Niña desapareció en un campamento familiar — 7 años después su hermano halla su diario oculto

Los dedos de Miguel temblaban mientras sostenía el cuaderno de tapas rojas. Había estado escondido en el guardarropa de su hermana durante años, siete malditos años esperando a ser descubierto. “Hoy vi algo extraño”, leyó en voz alta su voz quebrándose. Julián, el pescador estaba con un hombre rubio junto a una furgoneta blanca.
“¿Me vieron? El hombre me miró feo.” Su madre dejó caer la caja que tenía en las manos. “¿Qué estás leyendo, Miguel? levantó la vista, las lágrimas corriendo por sus mejillas. El diario de Carmen lo escribió el día que desapareció. El silencio que siguió fue ensordecedor. Luego su madre gritó, no de dolor, sino de rabia, de esperanza, de terror, porque después de 7 años finalmente tenían una pista y esta vez no la dejarían escapar.
Tentar nuevamente o cloud puede cometer erros. Confira siempre respostas. El sol de la tarde bañaba los pinos del valle de Boí cuando la familia Martínez aparcó su Seats To 27 blanco junto al camping Els Abets. Era el verano del 87 y Carmen Martínez, de 11 años, no podía contener su emoción. Había esperado este viaje durante meses, rogándole a sus padres cada noche después de la cena.
Mamá, mira, hay un lago”, gritó Carmen señalando el brillo azul entre los árboles. Su melena castaña ondeaba con el viento de montaña que traía el olor a resina y hierba fresca. Miguel, su hermano de 9 años, bajó del coche arrastrando una mochila casi tan grande como él. Siempre había sido el callado de la familia, observando el mundo con esos ojos oscuros que parecían guardar secretos.
Mientras Carmen corría de un lado a otro explorando, Miguel se quedó quieto, estudiando el bosque que rodeaba el camping como si presintiera algo. “Tranquila pequeña”, dijo Antonio Martínez, el padre, un maestro de escuela con gafas de carey y manos manchadas de tisa, incluso en vacaciones.
“Tenemos toda la semana para explorar. Primero montemos la tienda.” Rosa. La madre extendió un mantel de cuadros rojos sobre la mesa de madera del camping. Era enfermera en el hospital de Belbach y había pedido esta semana libre después de meses de turnos agotadores. Necesitaba desconectar, respirar aire puro, ver a sus hijos felices lejos del ruido de Barcelona.
El camping estaba moderadamente lleno. Había otras familias catalanas, algunas parejas alemanas con sus Volkswagen impecables y un grupo de excursionistas franceses que montaban tiendas enormes con la eficiencia militar. En la parcela contigua, una pareja mayor de Jida asaba chorizos en una barbacoa portátil y el aroma hizo gruñir el estómago de Miguel.
“¿Puedo ir al lago antes de que oscurezca?”, suplicó Carmen tirando de la manga de su padre. Antonio miró a Rosa que asintió con una sonrisa cansada. Vale, pero Miguel va contigo y volved en media hora. No quiero que estéis fuera cuando anochezca. Carmen tomó la mano de su hermano y echaron a correr hacia el sendero que conducía al lago.
Los pasos de Carmen eran ligeros, casi danzantes. Miguel la seguía arrastrando los pies sobre las agujas de pino que alfombraban el camino. El lago era pequeño, pero perfecto, rodeado de abetos que se reflejaban en el agua como una pintura. Carmen se quitó las sandalias y metió los pies en el agua helada, chillando de alegría.
Miguel se sentó en una roca lanzando piedras planas que rebotaban una, dos, tres veces antes de hundirse. ¿Crees que hay peces?, preguntó Carmen. Seguro. Truchs, probablemente. Mañana traemos cañas. Papá prometió enseñarnos a pescar. Mientras hablaban, un hombre apareció del otro lado del lago. Llevaba una camisa de franela a cuadros y un sombrero de paja.
Tenía una caña de pescar al hombro y una sonrisa amable. Miguel lo observó con cautela, pero Carmen lo saludó con la mano. Buenas tardes! Gritó el hombre con acento andaluz. De vacaciones, pequeños. Sí, señor, respondió Carmen. Acabamos de llegar. Pues habéis elegido buen sitio. Este valle es el más bonito de los Pirineos.
Se acercó un poco más. Me llamo Julián. Llevo toda la vida viniendo aquí. Si necesitáis algo, mi caravana está junto al bloque de los baños. Gracias, Señor, dijo Miguel tirando del brazo de su hermana. Tenemos que volver. Carmen se despidió y ambos regresaron corriendo al camping.
La noche caía rápido en la montaña y cuando llegaron a su parcela, las estrellas ya comenzaban a aparecer. Antonio había encendido un quinqué de gas que iluminaba la tienda naranja con un resplandor cálido. Cenaron bocadillos de tortilla y nocilla y Rosa sacó una botella de gaseos a la casera que había mantenido fría en la nevera portátil.
Miguel bebía en silencio, pero sus ojos no dejaban de moverse, escaneando las sombras entre los árboles. ¿Estás bien, cariño?, preguntó Rosa acariciando el pelo de su hijo. Sí, mamá, solo hay muchos ruidos en el bosque. Son los animales, hijo, búos, tejones, quizás algún jabalí. No te preocupes, estamosseguros aquí.
Pero Miguel no estaba tan seguro. Había algo en el aire, una tensión que no sabía nombrar. Cuando finalmente se metieron en la tienda, Carmen ya dormía abrazada a su osito de peluche, el mismo que había tenido desde los 3 años. Miguel permaneció despierto, escuchando los susurros del viento entre los pinos y el ocasional crujido de ramas.
A las 2 de la madrugada escuchó pasos. Alguien caminaba cerca de su tienda. Se asomó por la cremallera y vio una silueta moviéndose entre las parcelas. Era demasiado grande para ser un animal. El corazón le latía fuerte, pero no despertó a sus padres. La figura desapareció en la oscuridad hacia el bosque. Miguel se durmió finalmente al amanecer cuando los primeros pájaros comenzaron a cantar y la luz gris del alba filtró las sombras de la noche.
Los primeros dos días transcurrieron como un sueño. Pescaron en el lago, aunque no pescaron nada. Subieron al mirador del valle donde se veía toda la comarca de la Alta Ribagorza y por las noches jugaban a las cartas bajo las estrellas. Carmen estaba radiante, bronceada, con una corona de flores silvestres que había trenzado esa mañana.
El tercer día, miércoles por la tarde, todo cambió. “Voy a dar un paseo,” anunció Carmen después de comer. Solo hasta el arroyo que vimos ayer. “Lleva a Miguel”, dijo Rosa automáticamente, fregando los platos en un barreño. “Mamá, tengo 11 años. ¿Puedo ir sola 5 minutos?” Antonio levantó la vista del periódico ABC que había comprado en el pueblo.
“Carmen, no discutas. O vas con tu hermano o no vas.” Pero Miguel estaba leyendo un cómic del capitán Trueno tumbado en una hamaca. Déjala, papá. El arroyo está a 50 m. Puedo verla desde aquí. Carmen le sacó la lengua a su hermano y echó a correr antes de que sus padres cambiaran de opinión. Llevaba su cuaderno de flores donde dibujaba y pegaba las plantas que encontraba.
Era su proyecto del verano, un regalo para su profesora de ciencias naturales, la señorita Nuria. Antonio volvió a su periódico leyendo sobre las olimpiadas de Seú del año siguiente. Rosa tendió la ropa mojada en una cuerda entre dos árboles. Miguel pasó las páginas de su cómic, pero sus ojos seguían a su hermana hasta que desapareció tras un recodo del sendero.
Pasó media hora, luego una hora. Miguel, ve a buscar a tu hermana, dijo Rosa con un toque de irritación. Se le habrá olvidado la hora. Miguel dejó el cómic y caminó hacia el arroyo. El sendero era estrecho, flanqueado por elchos y sarsamoras. El agua cantaba sobre las piedras, un sonido que normalmente le tranquilizaba, pero que ahora le ponía nervioso.
Carmen llamó, pero solo le respondió el eco. Llegó al arroyo, no había nadie. Recorrió la orilla hacia arriba, luego hacia abajo. Encontró el cuaderno de Carmen abierto junto al agua con un dibujo a medio hacer de una planta con flores moradas. El lápiz estaba en el suelo como si lo hubiera soltado de repente.
El corazón de Miguel se aceleró. Carmen! Gritó más fuerte ahora. Carmen, esto no tiene gracia. Silencio. Solo el murmullo del agua y el susurro de las hojas. Corrió de vuelta al camping, el pánico apretándole la garganta. Mamá, papá, no la encuentro. Antonio dejó caer el periódico. ¿Qué quieres decir con que no la encuentras? No está en el arroyo.
Solo encontré esto. Miguel extendió el cuaderno con manos temblorosas. Rosa palideció. Habrá ido más lejos. Estará explorando. Pero su voz sonaba hueca, forzada. Comenzaron a buscar. Primero ellos solos llamándola, recorriendo los senderos cercanos. Luego pidieron ayuda a otros campistas. En 20 minutos había 15 personas peinando el bosque.
Julián, el hombre de la caravana, se ofreció a buscar en las zonas más alejadas del lago. A las 7 de la tarde, cuando el sol comenzaba a descender tras las montañas, Antonio tomó una decisión. Tengo que avisar a la Guardia Civil. Condujo hasta el pueblo de Boí, donde había un cuartel pequeño.
El sargento Ramírez, un hombre de bigote espeso y mirada seria, tomó nota con un bolígrafo que se le atascaba. ¿Qué llevaba puesto? Una camiseta blanca con un dibujo de los gunis, vaqueros cortos, zapatillas adidas rojas. Antonio recitaba los detalles como un autómata. ¿Algún problema familiar, discusiones? No, nada.
Es una niña feliz, nunca se escaparía. Ramírez asintió, pero Antonio vio en sus ojos lo que no decía, que las estadísticas de niños desaparecidos raramente tenían finales felices después de las primeras 24 horas. Esa noche el camping se transformó en un campamento base de búsqueda. Llegaron más guardias civiles, voluntarios del pueblo, incluso algunos montañeros experimentados con linternas potentes y walkietalkies.
Miguel no durmió. Se quedó sentado fuera de la tienda escuchando las voces que gritaban el nombre de su hermana en la oscuridad. Su madre lloraba en silencio dentro de la tienda, abrazada a su padre. Él pensaba en la figura que habíavisto la primera noche. ¿Por qué no lo había mencionado? ¿Por qué no despertó a sus padres? A las 3 de la madrugada, un guardia civil encontró algo, una zapatilla roja junto al camino que conducía al pueblo, casi 1 kmro más allá del camping.
La búsqueda se intensificó con el amanecer. Helicópteros sobrevolaron el valle, su ruido rompiendo la paz de la montaña. Perros rastreadores tiraban de sus correas siguiendo pistas que siempre terminaban en nada. Periodistas llegaron desde Barcelona y Jeida con sus cámaras y micrófonos transformando la tragedia en espectáculo.
Antonio y Rosa dieron una rueda de prensa bajo el pino más grande del camping. Rosa llevaba una foto de Carmen, la misma del último día de colegio, donde sonreía mostrando el hueco del diente que había perdido en primavera. “Por favor”, suplicó Rosa con voz quebrada. “Si alguien sabe algo, lo que sea.” Carmen es una niña buena. Tiene 11 años. Quiere ser veterinaria.
Le encantan los animales. Tiene un hámstero. Se derrumbó incapaz de continuar. Antonio la sostuvo mientras las cámaras capturaban cada segundo de su dolor. Miguel observaba desde lejos, invisible para todos. Nadie le preguntaba qué había visto, qué sabía. Era solo un niño el hermano pequeño, pero en su cabeza las piezas comenzaban a encajar de formas terribles.
La figura nocturna, Julián, el hombre del lago, la zapatilla encontrada en el camino al pueblo. Al quinto día, la búsqueda oficial terminó. La Guardia Civil había peinado 50 km² sin encontrar rastro. El sargento Ramírez visitó a los Martínez con el rostro de piedra. Lo sentimos mucho. Mantendremos el caso abierto, pero sin nuevas pistas.
¿Qué está diciendo? Gritó Antonio. Que se rinden, que mi hija no importa. Señor Martínez, hemos hecho todo lo humanamente posible. 50 agentes, dos helicópteros, cientos de voluntarios. No hay absolutamente nada más que fuera. Fuera de aquí. Ramírez se marchó con los hombros caídos. También él tenía hijos. La familia Martínez regresó a Barcelona en el Seat 127, que ahora parecía demasiado grande, demasiado vacío.
El asiento trasero donde Carmen solía cantar canciones de Mecano estaba silencioso. Miguel se sentó donde siempre, mirando por la ventanilla de las montañas que se alejaban, preguntándose si su hermana seguía allí, en algún lugar entre esos pinos. En casa todo recordaba a Carmen, su mochila del colegio colgada en el perchero, sus zapatillas de bailarina junto a la puerta, la jaula de Peluso donde el hámstería en su rueda ajeno a la tragedia. Rosa no volvió al hospital.
Se pasaba los días en el sofá mirando fotos, esperando que sonara el teléfono. Antonio intentó volver a su colegio en octubre, pero tuvo que pedir una baja. No podía estar frente a esos niños de 11 años sin ver el rostro de su hija. Miguel volvió al colegio, pero era un fantasma. Los otros niños no sabían qué decirle.
Los profesores lo trataban con una delicadeza dolorosa. En el recreo se sentaba solo bajo el pino, dibujando en su cuaderno cosas que no mostraba a nadie. Pasaron los meses, otoño se convirtió en invierno. La Navidad llegó como un insulto con sus luces y villancicos. Los Martínes no pusieron árbol, no hubo regalos.
Miguel pasó la nochebuena en su habitación escuchando a sus padres discutir en la cocina. Tenemos que seguir adelante, decía Antonio. Por Miguel, él nos necesita. Seguir adelante. ¿Cómo? Mi niña está Rosa no podía decir la palabra. muerta, porque mientras no lo dijera, mientras no hubiera cuerpo, Carmen podía estar viva en algún lugar.
Miguel también se aferraba a esa esperanza. Por la noche rezaba oraciones que había aprendido de su abuela. Dios te salve, María, llena eres de gracia. Por favor, trae a Carmen de vuelta. Pero Dios no respondía. En febrero del 88, 6 meses después de la desaparición, un periodista de El periódico de Cataluña publicó un artículo sobre el caso El misterio de la niña del camping.
Incluía teorías: secuestro, accidente, animal salvaje. Cada teoría era una puñalada para la familia. Antonio demandó al periódico. No ganó nada, excepto más dolor. En la primavera, Rosa intentó volver a trabajar. Duró dos días. El hospital de Belbach estaba lleno de niños y cada uno era Carmen. Miguel cumplió 10 años en abril. No hubo fiesta.
Rosa le hizo un bizcocho que nadie comió. Esa noche Miguel fue al cuarto de su hermana por primera vez desde el verano. Todo estaba como lo había dejado, los pósters de hombres gen, la pared, los peluches en la cama, la ropa en el armario y entonces lo vio. En el guardarropa, detrás de una caja de zapatos, había algo que no había notado antes.
Un cuaderno pequeño de tapas rojas escondido entre los jersey. Lo tomó con manos temblorosas. Era un diario, el diario de Carmen. Miguel cerró la puerta del cuarto de su hermana con llave. Su corazón latía tan fuerte que pensaba que sus padres loescucharían desde la cocina. Se sentó en la cama de Carmen, rodeado de sus cosas, y abrió el diario con manos temblorosas.
La primera página tenía la letra redonda y cuidadosa de su hermana. Este es el diario sreto de Carmen Martínez López. Si lo estás leyendo y no eres yo, estás metido en un lío. Comenzado el 15 de junio de 1987. Miguel sonrió a pesar de las lágrimas. Era tan típico de Carmen. Pasó las primeras páginas.
Entrada sobre el colegio, peleas con su amiga Marta sobre quién se quedaría con el lápiz rosa, quejas sobre los deberes de matemáticas, cosas normales, cosas de niña. Pero entonces llegó al 27 de julio, una semana antes del viaje al camping. Hoy papá nos dijo que vamos al camping en agosto. Sí, por fin. Hace un año que le pedí ir.
Miguel dice que habrá osos, pero yo sé que miente. Mamá prometió que podemos bañarnos en el lago. Voy a llevar mi cuaderno de flores para hacer un herbario como el de la señorita Nuria. Será el mejor verano de mi vida. Lo sé. Miguel tuvo que detenerse. Su hermana había estado tan emocionada. Si hubiera sabido, respiró hondo y continuó.
Las entradas del camping comenzaban el 10 de agosto, el día que llegaron. Ya estamos aquí. El camping es precioso, hay pinos por todas partes y un lago que brilla como diamantes. Miguel está raro como siempre, pero yo estoy feliz. Papá montó la tienda en dos horas, aunque mamá tuvo que ayudarle con las varillas.
Jeje. Mañana vamos a explorar. 11 de agosto. Hoy fuimos al lago. El agua estaba helada, pero metí los pies igual. Había un señor pescando. Se llama Julián. Parece simpático, pero Miguel dice que no le habla a desconocidos. Miguel es un aburrido. 12 de agosto, el tercer día. El día que desapareció, Miguel pasó la página con el pulso acelerado.
Esta mañana había algo extraño. Estaba recogiendo flores cerca del bloque de los baños cuando vi a Julián, el pescador, hablando con otro hombre junto a una furgoneta blanca. El otro hombre era joven con el pelo rubio largo como un roquero. Estaban discutiendo. Julián le daba algo en una bolsa y el otro hombre le daba dinero. Me vieron y Julián me saludó, pero el otro hombre me miró feo y se subió a la furgoneta rápido.
No sé por qué, pero me dio miedo. No se lo conté a mamá porque pensará que soy una chibata. Pero algo no estaba bien. El roquero tenía los ojos raros como vacíos. Igual no es nada. Papá dice que tengo mucha imaginación. Esa era la última entrada. No había más después. Miguel releyó el párrafo tres veces. Una furgoneta blanca, un hombre rubio con pelo largo, un intercambio de dinero. Julián.
Todo su cuerpo se tensó. ¿Por qué Carmen no se lo había contado? ¿Por qué no le dijo nada a nadie? Y más importante, Julián tenía algo que ver con su desaparición. Miguel recordó ese día. Carmen había ido al arroyo sola. El arroyo estaba cerca del bloque de baños, cerca de la caravana de Julián.
De repente, todo cobró sentido horrible. La figura que vio la primera noche, la zapatilla encontrada en el camino al pueblo. Julián, que se ofreció tan rápido a ayudar en la búsqueda que conocía cada rincón del valle, Miguel cerró el diario y se lo guardó bajo la camiseta. Tenía que contárselo a sus padres. Tenía que llamar a la guardia civil.
Pero cuando bajó las escaleras, se detuvo. Su padre estaba en el sofá con la mirada perdida en la televisión que ni siquiera estaba encendida. Su madre dormitaba en el sillón con un pañuelo húmedo en la mano. Ambos parecían haber envejecido 20 años en 6 meses. ¿Y si el diario no demostraba nada? ¿Y si eran solo las imaginaciones de una niña de 11 años? ¿Y si darles esperanza solo para que se las arrebataran de nuevo era peor que el silencio? Miguel subió de nuevo a su cuarto.
Escondió el diario en el fondo de su mochila del colegio, detrás de los libros de texto que ya no leía. Esa noche no durmió. En su cabeza reproducía la escena una y otra vez. Carmen viendo algo que no debía. Julián dándose cuenta. Carmen yendo al arroyo cerca de su caravana. ¿Qué había visto realmente su hermana? Y lo más terrible, seguía viva.
Los días siguientes fueron una agonía. Miguel caminaba por la casa como un sonámbulo, el peso del secreto aplastándolo. En el colegio no prestaba atención. Su profesora, la señora Monserrat, le preguntó si estaba bien. Él asintió con la cabeza sin decir palabra. Por la noche sacaba el diario y lo releía. Buscaba pistas que pudiera haber perdido.
Estudiaba cada palabra, cada coma. El otro hombre tenía los ojos raros como vacíos. ¿Quién era? ¿Qué vendía Julián? ¿Drogas, armas? Y la pregunta que más le atormentaba, ¿qué le habían hecho a Carmen? La casa de los Martínez en Barcelona había cambiado poco en 7 años, pero sus habitantes eran irreconocibles.
Antonio había vuelto a enseñar, pero era un profesor mecánico sin la pasión que alguna vez tuvo. Rosatrabajaba turnos de noche en el hospital porque no soportaba estar en casa durante el día, rodeada de recuerdos. Miguel se había convertido en un adolescente silencioso y observador, alto, delgado, con los mismos ojos oscuros que de niño, pero ahora endurecidos por años de culpa secreta.
El diario de Carmen seguía escondido en su cuarto envuelto en una bolsa de plástico dentro de una caja de zapatos en el fondo de su armario. Cada año el 12 de agosto la familia hacía un ritual silencioso. Rosa encendía una vela por Carmen en la iglesia de Santa María del Pino.
Antonio visitaba la comisaría de mozos de escuadra para preguntar si había novedades. Nunca la sabía. Miguel no iba con ellos. No podía. El peso de lo que sabía lo asfixiaba. Ese verano todo cambió. Era domingo por la tarde. Miguel estaba en su cuarto escuchando a Nirvana en su walk intentando no pensar en nada.
Su madre entró sin llamar con los ojos rojos. Miguel, tengo que tengo que limpiar el cuarto de tu hermana. Él se quitó los auriculares. ¿Qué? Han pasado 7 años. No puedo, no puedo seguir manteniendo ese cuarto como un santuario. Tu padre dice que necesitamos seguir adelante, que no es sano. Mamá, no. Hijo, por favor, me está matando.
Cada vez que paso por esa puerta, Rosa se derrumbó en la cama de Miguel llorando. Él la abrazó torpemente. No sabía consolar a nadie. Hacía años que habían dejado de consolarse unos a otros. “¿Puedes ayudarme?”, susurró Rosa. Empacaremos sus cosas, donaremos la ropa, guardaremos lo importante. Juntos. Miguel asintió, aunque cada fibra de su ser gritaba que no.
Al día siguiente comenzaron. Rosa trajo cajas de cartón y papel de periódico. Miguel observaba mientras su madre doblaba cuidadosamente cada prenda de Carmen, oliendo cada camiseta como si pudiera recuperar a su hija a través del aroma desvanecido del detergente. Whip. Ayúdame con el armario”, pidió Rosa. Miguel se acercó al guardarropa con piernas de plomo.
Habían pasado 7 años desde que encontró el diario aquí. ¿Y si había algo más? ¿Y si había otra pista que había perdido. Comenzaron a sacar cajas de zapatos, jersis, faldas, vestidos que Carmen nunca llegó a estrenar. Rosa lloraba en silencio mientras empacaba. Miguel trabajaba en automático hasta que su mano tocó algo en el fondo del estante superior.
Una caja de madera pequeña tallada con flores. No la había visto antes. ¿Qué es eso? Preguntó Rosa secándose las lágrimas. Miguel bajó la caja. Tenía un pequeño cerrojo, pero estaba abierto. Dentro había fotos polaroid, pulseras de la amistad, entradas de cine del Renoar, Florida Blanca y un sobre blanco sin nombre. Miguel lo abrió con dedos temblorosos.
Dentro había una nota escrita con la letra apresurada de Carmen, muy diferente a la cuidadosa caligrafía de su diario. Si alguien encuentra esto y yo no estoy, decirle a la Guardia Civil que miren en la caravana del pescador. El hombre rubio volvió hoy y lo vi meter algo en una bolsa azul debajo de la caravana. Julián me vio mirando.
Tengo miedo. Voy a ir al arroyo a pensar. Si no vuelvo, por favor, buscad debajo de su caravana. Sé que algo malo pasa ahí. Lo siento si esto es una tontería. Carmen. El mundo de Miguel se detuvo. ¿Qué dice? Preguntó Rosa arrebatándole la nota. La leyó una vez, dos veces. Sus manos comenzaron a temblar tanto que el papel se agitaba como una hoja en el viento. Dios mío, Dios mío, Dios mío.
Dejó caer la nota y corrió escaleras abajo. Antonio, Antonio. Miguel recogió la nota del suelo, la leyó de nuevo, memorizó cada palabra, luego corrió a su cuarto y sacó el diario de su escondite. Lo había guardado durante 7 años, permitiendo que su familia sufriera. permitiendo que el culpable caminara libre.
Todo porque tenía miedo, porque era un cobarde. Bajó las escaleras de tres en tres. Sus padres ya estaban al teléfono con la policía. “Tienen que reabrir el caso”, gritaba Antonio al auricular. “Mi hija dejó una nota. ¿Sabía quién?” “Sí, después de 7 años. ¿Creen que no lo sabemos?” “Por favor, tiene que venir alguien ahora.
” Miguel extendió el diario. “Hay más”, dijo con voz quebrada. “Siempre hubo más.” El inspector Carles Puik llegó en menos de una hora. Era un hombre joven para ser inspector, apenas 35 años, con una carpeta llena de casos sin resolver y una mirada que había visto demasiado. El caso de Carmen Martínez llevaba 7 años archivado en un estante polvoriento, pero Puig nunca lo había olvidado.
Fue su primer caso importante cuando entró en los mozos de escuadra y aún le quitaba el sueño. Se sentó en el sofá de los Martínez con el diario y la nota extendidos en la mesa de café. ¿Por qué no entregaron esto hace 7 años? Su voz no era acusatoria. solo cansada. Miguel no podía mirarlo. Lo encontré entonces. Tuve miedo.
No sabía si si significaba algo. Solo tenía 10 años. Rosa le apretó la mano a su hijo. Era un niño. No puede culparlo. Nolo culpo, señora. Solo necesito entender la línea temporal. Puig leyó el diario completo, página por página, mientras la familia esperaba en silencio. El reloj de pared marcaba los segundos con crueldad.
Cuando terminó, se frotó los ojos con cansancio. Julián Ortega, lo investigamos al principio, dijo que había ayudado en la búsqueda. Su caravana estaba limpia, no había antecedentes. Y ahora, presionó Antonio. ¿Pueden encontrarlo? Puedo intentarlo, pero han pasado 7 años. Pudo haber vendido la caravana. mudarse, desaparecer y sin cuerpo, sin evidencia física.
“Mi hija escribió que había algo debajo de su caravana”, interrumpió Rosa con voz de acero. “¿No es eso suficiente para investigar?” Puig asintió lentamente. “Sí, sí lo es. Las próximas 48 horas fueron un torbellino. Puig movilizó un equipo pequeño pero eficiente. Rastrearon registros del camping Els Abets. La dirección había cambiado de dueño dos veces, pero los archivos antiguos estaban en un almacén en Barruera.
Encontraron el registro de Julián Ortega. Última estancia, agosto de 1987. Dirección Granada. Pero cuando fueron a esa dirección descubrieron que era falsa. No existía ese número en esa calle. Era una identidad falsa, explicó Puik. Probablemente tenía razones para esconderse. ¿Drogas?, preguntó Antonio. Posiblemente o algo peor.
Mientras tanto, otro agente investigaba las furgonetas blancas registradas en la zona en agosto del 87. Había 112, la mayoría vendidas, desguazadas o desaparecidas, pero una llamó la atención, una Ford Transit registrada a nombre de Ernesto Vidal Camps con antecedentes por tráfico de drogas en Francia.
Ernesto Vidal tenía el pelo rubio largo en las fotos de ficha policial. Tenía 30 años entonces, 37 ahora y estaba vivo y vivía en Jeida a solo 150 km de Barcelona. Vamos a traerlo dijo Puig. La detención fue rápida. Ernesto Vidal trabajaba como mecánico en un taller de coches en Jida. Vivía con su novia y su hijo de 3 años. Era un hombre reformado, según él.
Llevaba 5 años limpio. En la sala de interrogatorios, Puig extendió las fotos del 87. “¿Recuerda el camping Elizabeth?” Vidal palideció. Eso fue hace mucho tiempo. Una niña desapareció. Carmen Martínez, 11 años. ¿La recuerda? Yo no tuve nada que ver con eso, pero conocí a Julián Ortega, le comprabas heroína.
Carmen los vio intercambiar dinero dos días antes de desaparecer. Vidal comenzó a sudar. No sé de qué habla. La niña escribió en su diario que te vio. Describió tu furgoneta, describió cómo miraste cuando te descubrió observándolos. Eso no demuestra nada. Puik se inclinó hacia delante. Ernesto, si me dices la verdad ahora, si me ayudas a encontrar a esa niña, el fiscal será más comprensivo.
Pero si sigues mintiendo, te acusaremos de lo peor. Secuestro, asesinato, ocultación de cadáver. Vidal se derrumbó. No la maté. Tiene que creerme, yo no la toqué. Entonces, dime qué pasó. Y Vidal habló. Habló durante 3 horas mientras una grabadora capturaba cada palabra y un taquírafo transcribía cada confesión.
Julián Ortega no era pescador, era traficante. Usaba el camping como punto de distribución de heroína que traía desde Francia. Vidal era uno de sus clientes habituales. Ese verano del 87, Carmen había visto demasiado. Los había visto intercambiar no solo drogas, sino también dinero en cantidades que llamarían la atención. El día que desapareció, Carmen fue al arroyo. Julián la interceptó.
Le dijo que necesitaba hablar con ella, que había visto algo que no debía ver. La niña, asustada, intentó correr. Julián la agarró. Hubo una lucha. Él no quería hacerle daño insistió Vidal llorando. Solo quería asustarla, hacerla prometer que no diría nada. Pero ella gritó y él él golpeó demasiado fuerte. La mató.
No sé. Cuando llegué, ella estaba inconsciente. Julián estaba desesperado. Me dijo que la llevara, que la escondiera, que si llamaba a los guardias, ambos iríamos a la cárcel por lo de las drogas. ¿Dónde la llevaste? A una cazón abandonada en el valle de al lado. Nadie iba allí. La dejé en una habitación del sótano.
Le dejé agua, comida. Pensé, pensé que despertaría y encontraría la manera de salir, pero no lo hizo. Vidal negó con la cabeza las lágrimas corriendo por sus mejillas. Volví dos días después. Había muerto. No sé si por el golpe o sí. No pudo terminar. ¿Qué hiciste con el cuerpo? Lo enterré detrás de la casa bajo un pino grande con una roca al lado.
Marqué la roca con una X. Pensé, pensé que algún día alguien debería saberlo. Y Julián desapareció esa misma semana. Nunca más supe de él. El inspector Puik salió de la sala de interrogatorios con el estómago revuelto. Había oído confesiones terribles en su carrera, pero esta era diferente. Una niña inocente asesinada por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Dos días después un equipo forense viajó alvalle de Boí. Vidal los guió a la casa abandonada, ahora casi cubierta por la vegetación. Detrás, bajo un pino enorme, encontraron la roca marcada con una X casi borrada por el tiempo. Cavaron a metro y medio de profundidad, encontraron un esqueleto pequeño envuelto en una manta azul descompuesta.
Junto a los restos una pulsera de oro con el nombre grabado Carmen. La familia Martínez enterró a Carmen en el cementerio de Monsuik con vistas al mar que ella amaba. La lápida era simple. Carmen Martínez López 1976-197. Nunca te olvidaremos. Ernesto Vidal fue condenado a 20 años por homicidio involuntario y ocultación de cadáver.
En prisión se convirtió en un modelo de rehabilitación dando charlas a jóvenes sobre los peligros de las drogas. Julián Ortega fue encontrado 3 meses después en un piso de Madrid, muerto por sobredosis de la misma heroína que vendía. Nunca supo que su víctima había sido encontrada. Rosa volvió al hospital, pero ahora trabajaba en el pabellón de pediatría, cuidando a los niños con una ternura feroz que todos sus colegas notaban.
Antonio escribió un libro sobre la experiencia titulado El último verano de Carmen, que se convirtió en un bestseller y ayudó a decenas de familias con hijos desaparecidos. Miguel, ahora con 17 años visitaba la tumba de su hermana cada domingo. Le llevaba flores silvestres, las mismas que Carmen coleccionaba en su cuaderno.
“Lo siento”, susurraba cada vez. Siento haber tardado tanto, pero en el silencio del cementerio, entre el canto de los pájaros y el susurro de los cipreses, Miguel sentía algo que no había sentido en 7 años. Paz. Su hermana finalmente estaba en casa y él había cumplido su última promesa, encontrar la verdad sin importar cuánto tiempo tomara. Yeah.















