Misterio en Bordo Poniente: maleta quemada, una lección letal de amores equivocados.  

Misterio en Bordo Poniente: maleta quemada, una lección letal de amores equivocados.  

 

 

Nuestra nariz no es de palo. Así que cuando el viento del bordo poniente sopló con insistencia, el olor agrio y quemado golpeó como una cachetada real. En medio de esa llanura de plástico, tela y restos de comida, había algo que no pertenecía a la geografía del olvido. Una maleta de metal color carbón. Ampollada, se herguía extraña entre la maleza crecida hasta la rodilla.

Cuando doña Sara, una pepenadora de manos curtidas, tocó la cremallera, el metal crujió y de la grieta negra se escapó un baú caliente y naceabundo. Todos retrocedieron. Había un mechón de cabello castaño pegado. Había una tela amarilla que gritaba sin voz. Esa noche, el cielo de la Ciudad de México parecía contener la respiración.

¿Quién tendría las entrañas para encender una flama y borrar la huella de una muchacha? ¿Fue el deseo que ciega? ¿Los celos que queman o un corazón congelado desde hace tiempo? Esa noche aún no lo sabíamos, pero la maleta hablaría y cada partícula de ceniza adherida se convertiría en testigo. Aquella mañana, una neblina delgada todavía colgaba como una cortina raída sobre la montaña de basura.

Camión tras camión reptaba para vaciar sus entrañas y una parbada de sopilotes giraba en un remolino insaciable. En una orilla más apartada, la hierba silvestre crecía alta, abrazando el sendero de lodo que las llantas pesadas habían dejado la noche anterior. Doña Sara, acostumbrada a todos los olores imaginables, se detuvo en seco cuando su nariz captó algo distinto.

No era la podredumbre de la carne ni el ácido de los desechos industriales, sino un olor a quemado mezclado con una dulzura engañosa, como un caramelo olvidado en el fuego. experiencia le había enseñado que olores como ese nunca traían buenas noticias. Frente a ella, la maleta, la pintura descascarada, los costados hinchados, la cremallera, derretida y vuelta a enfriar, era ahora una cinta negra y rígida.

Doña Sara miró a su alrededor, llamando en voz baja a su compañera, pero el viento solo le azotó el reboso. Se acercó con cautela. Sus dedos viejos tocaron el borde agrietado de la maleta. El metal estaba frágil, como una galleta carbonizada. Cuando un pequeño trozo se desprendió, un mechón de cabello castaño claro quedó atrapado en la punta de sus dedos.

Doña Sara tragó saliva. Su cuerpo tembló, retrocedió un paso y luego corrió tropezando, bajando por el montículo, gritando el nombre de la única persona a la que nunca quiso llamar en ese lugar. llamaba a su hijo. El comandante Santiago Prado revisaba unos expedientes en su auto cuando el teléfono vibró. La voz de su madre era un torbellino de palabras rotas, pero fue suficiente para helarle la sangre.

 En cuestión de minutos, las sirenas rasgaron el ritmo cotidiano del bordo poniente. La cinta amarilla de la policía formó una barrera. Los peritos forenses, con sus trajes blancos, contrastaban con la tierra negra y los reporteros, que de alguna manera siempre llegaban primero, se agolpaban detrás de la línea. Las narices de sus cámaras eran tan agudas como el olor del aire.

 Santiago se mantuvo a varios pasos de la maleta. No miraba a su madre, que estaba sentada en una cubeta volteada, cubriéndose la boca con la punta del reboso. El profesionalismo exigía distancia, pero esa distancia era apenas un suspiro que lo separaba de su propio corazón. Un périto asintió dando la señal. La maleta fue levantada con una lentitud reverencial, como si cargaran un secreto que cambiaría la vida de muchos.

Dentro yacía el cuerpo de una mujer pequeña doblaba sobre sí misma como alguien que tiene frío. Pero lo que la había abrazado era el fuego. Su piel estaba ennegrecida, pero un trozo de tela amarilla seguía adherido a su cintura, como si esa última prenda aún intentara proteger la dignidad de su dueña.

 Lo extraño era que la lluvia de la noche anterior no había sido pareja en toda la ciudad. Allí la tierra estaba apenas húmeda, no encharcada. Los restos del fuego aún dejaban un patrón sobre ladrillos rotos y trozos de madera debajo de la maleta. Cerca, un oficial encontró una botella de plástico de las de agua con el cuello quemado.

 Todavía guardaba un aroma penetrante a gasolina. Esto no fue un accidente, no fue una explosión espontánea de gas metano. Alguien vino, la colocó, la roció, la encendió y se fue. Santiago se arrodilló examinando las huellas de neumáticos. Había varias superpuestas, pero una era más reciente, dejando un surco ligeramente más estrecho que el de los camiones de basura.

Podría ser un coche pequeño, un sedán, quizás un taxi de plataforma. Recordó los informes de la noche anterior, lluvias torrenciales en otras alcaldías, pero aquí solo una llovisna breve, una suerte perversa. El fuego no había sido apagado por la lluvia y las pequeñas pistas habían sobrevivido al diluvio. El equipo forense trabajaba en un silencio disciplinado.

Calculaban la altura de la víctima porla longitud de los huesos. Estimaban su edad por los tejidos restantes. Anotaban el cabello castaño y marcaban la tela amarilla con una nota especial. Un médico forense le susurró a Santiago que había fuertes indicios de que la víctima ya estaba muerta cuando el fuego comenzó.

El cuerpo no había luchado contra las llamas. Sus pulmones no contenían Oyin. La muerte llegó primero, silenciosa. Luego el fuego solo intentó borrar la historia. Santiago asintió lentamente. Un borrador siempre deja marcas. Entre las cenizas y el plástico derretido, los peritos encontraron tres objetos que se negaron a rendirse al fuego.

 Primero, un manojo de llaves soldadas por el calor, pero cuyos dientes aún eran legibles. Segundo, un pequeño cortauñas que probablemente salió despedido cuando movieron la maleta. Tercero, algo que al principio parecía un trozo de cartera de piel, pero resultó ser el resto de la cubierta de una libreta de color rojo oscuro enegrecida en los bordes.

Cuando uno de los técnicos la volteó con unas pinzas, los fragmentos de las páginas se deshicieron en gránulos oscuros. Todos contuvieron la respiración. Si era una libreta, allí podría estar la última voz de la víctima susurrando. Santiago ordenó que los objetos fueran embolsados, etiquetados y enviados al laboratorio. De inmediato.

Recorrió el área de nuevo con una mirada entrenada por años de práctica. A unos metros de la maleta había una huella de zapato no muy profunda, distinta a las de los oficiales que usaban botas. La suela tenía un patrón de líneas diagonales muy juntas. Zapatos de vestir de hombre de ciudad, pensó. Le tomó una foto agachándose.

Luego se hirió al escuchar una risa breve detrás de la cinta amarilla. Un reportero gritaba su nombre tratando de obtener una primicia. Santiago se volvió levantando la mano para pedir tiempo. La prensa tendría su historia, pero no hoy, no antes de que él tuviera una respuesta. A lo lejos, su madre seguía sentada mirando fijamente la montaña de basura que se mecía con el calor del sol naciente.

Santiago se acercó unos pasos, deteniéndose antes de que la distancia se volviera personal. Le dijo en voz baja que podía irse a casa, que tomara un té, que descansara y que no prendiera la televisión. Doña Sara asintió, pero sus ojos no se movieron de la línea amarilla. Sabía que detrás de esa cinta la ciudad escondía su lado más oscuro.

Y esa noche la noticia explotaría en las pantallas de todos los celulares. Mientras la camioneta del forense se alejaba lentamente, Santiago sintió dos pesos luchando sobre sus hombros. Uno, el de un hijo que quería consolar a su madre. El otro, el de un policía que debía traer calma a una ciudad.

 En su mente, las primeras piezas comenzaban a encajar. Una maleta cuidadosamente empacada, un fuego iniciado con gasolina, la botella de plástico abandonada, las huellas de un auto pequeño y una lluvia que fue demasiado tacaña. El culpable no era un borracho perdido, era una mano capaz de planear, aunque no lo suficientemente astuta para ocultarlo todo. Su teléfono sonó de nuevo.

 Un joven detective le informaba desde una casa de huéspedes para estudiantes en Coyoacán. Había un reporte. Un estudiante de lengua japonesa de la UNAM no había vuelto a casa desde hacía dos días. Su compañera de cuarto empezaba a entrar en pánico. Se llamaba Alina Reyes. Tenía el cabello teñido de castaño. Santiago cerró los ojos un instante, sintiendo como algo se apretaba en su pecho.

 Tela amarilla, cabello castaño, un hombre que ya no volvería a casa. abrió los ojos mirando de nuevo el lugar donde había estado la maleta y se hizo una promesa con un corazón tan frío como el acero. Esa noche no volvería a casa hasta encontrar la primera puerta que lo llevara hacia quien había encendido ese fuego.

 La casa de huéspedes en Coyoacán se alzaba en una callejuela empedrada, flanqueada por un puesto de quesadillas y un taller mecánico. La pintura de las paredes se descascaraba, pero un pequeño patio aún conservaba bugambilias fuccias que crecían salvajes. La puerta de la habitación número cuatro estaba entreabierta y dentro un aroma a humedad se mezclaba con el perfume de jabón de la banda.

 Sobre el escritorio, dos tazas de café instantáneo. Una estaba fría, la otra a medio terminar. Santiago observó la escena en silencio. A su lado, Lorena Márquez, la compañera de cuarto de Alina, mantenía la cabeza gacha, sus dedos jugueteando nerviosamente con el borde de su blusa. Apenas reporté hoy en la mañana, comandante. Después de dos noches pensé que la última vez que la viste, cuando fue, la voz de Santiago era plana, sin emoción.

Antier por la tarde, señor. Estudiábamos juntas para un examen. Después, Alina dijo que iba a ver a Kenji, su novio, en su departamento de la del Valle. Se veía muy contenta. Decía que él quería proponerle matrimonio después de graduarse, respondió Lorena en un susurro.Y después de eso, ninguna noticia. No supuse que se había quedado a dormir con él como otras veces.

Santiago dirigió su mirada hacia la pared. En un gancho colgaba una chamarra de mezclilla con parches amarillos. El tono era idéntico al de la tela encontrada en el cuerpo. Se acercó tocando el material suavemente, como para confirmar que su memoria no le fallaba. Sobre la mesa, una libreta abierta mostraba una caligrafía ordenada.

En la última página, una nota, verme con K. En la del Valle, hablar del futuro. Tengo miedo de que cambie. La última frase estaba encerrada en un círculo dos veces. Santiago encendió su pequeña grabadora. Lorena, ¿sabes la dirección de Kenji? En un edificio de apartamentos en la colonia del Valle. Torres Saltavista.

Piso 6. Dep. 6B. Santiago asintió. Envió a dos de sus agentes para que confirmaran la dirección. En su mente, las piezas del rompecabezas se alineaban, la maleta, la tela amarilla, el cabello castaño, la nota en la libreta y un nombre que se repetía, Kenji. Cuando salían de la casa, la dueña, una mujer mayor llamada doña Carmen, se acercó corriendo con una bolsa de plástico.

Comandante, encontré esto en el bote de basura de atrás. Creo que es de Alina. Dentro de la bolsa había una cartera de plástico parcialmente derretida y un manojo de llaves con un llavero en forma de estrella. Santiago reconoció la forma idéntica a la del manojo recuperado en el bordo poniente, solo que este estaba intacto.

¿Estás segura de que es de Alina? Doña Carmen asintió. Siempre lo traía. Oiga, pero anoche vino un muchacho a buscarla. Yo creo que era su novio. Usaba cubrebocas. Habló un ratito con Lorena en la puerta. Santiago se giró rápidamente hacia Lorena. El rostro de la chica se había puesto pálido. Solo preguntó si Alina ya había regresado.

Le dije que no y se fue. ¿A qué hora fue eso? Como a las 11 de la noche, Santiago anotó el dato. Sabía que esa hora coincidía con el momento en que los forenses estimaban que el cuerpo había comenzado a arder. De inmediato, el equipo se movilizó hacia la colonia del Valle. El edificio de apartamentos era moderno y elegante, pero los pasillos se sentían silenciosos y fríos.

Frente a la puerta del 6B, la pequeña luz del timbre seguía encendida. La puerta no tenía el seguro puesto. Al entrar, un aire húmedo y un olor a productos químicos de limpieza los recibió. En la mesa del comedor había restos de sopa instantánea, dos vasos vacíos y una pequeña botella de alcohol de farmacia con apenas un cuarto de líquido.

 En el suelo, unas marcas negras de las ruedas de una maleta presionaban la alfombra. Los peritos comenzaron una revisión rápida. En el baño, entre los azulejos del piso, encontraron una mancha rojiza que había sido limpiada apresuradamente. En el ababo, un cabello largo de mujer. Santiago permanecía en el centro de la sala, sus ojos fijos en un trozo de papel sobre el refrigerador.

Era una nota escrita de prisa en japonés. En una esquina, alguien había garabateado una traducción torpe al español. Me equivoqué. Tengo miedo. Dios, por favor, borra este pecado. Santiago cerró los ojos por un instante. Sabía que este caso ya no era solo sobre un asesinato. Había un amor que se había convertido en cenizas.

Había un hombre que creyó poder redimir su culpa con fuego. Seen este lugar, ordenó en voz baja. Y contacten a Migración. Averigüen si un tal queen Jitanaca sigue en México. La noche descendía sobre la ciudad. Las luces comenzaban a encenderse. Desde el balcón del sexto piso, Santiago observó la Ciudad de México, brillante bajo una llovisna fina.

 Debajo de todo ese resplandor, un secreto había ardido, pero la sombra del culpable todavía caminaba libre. A la mañana siguiente, el aire en la Ciudad de México seguía húmedo. Santiago no había dormido. En la pantalla de su laptop, los resultados forenses aparecían uno por uno. Las huellas dactilares en el asa de la maleta coincidían con los datos de Kenji Tanaka en los archivos de migración.

Y algo más alarmante, una grabación de las cámaras de seguridad del aeropuerto internacional de la ciudad de México a las 2 de la madrugada mostraba a un hombre con gafas y una mochila negra caminando a toda prisa hacia la puerta de salidas internacionales. El nombre en el boleto Kenji Tanaka, destino Tokio.

 El boleto fue comprado a las 12 de la noche, apenas unas horas después de que el fuego se apagara en el bordo poniente. intentó huir”, murmuró Santiago tamborileando los dedos sobre la mesa. Un oficial a su lado asintió, pero no voló, comandante. La aerolínea confirma que nunca abordó. Su nombre está registrado, pero el pase de abordar nunca fue escaneado.

Santiago frunció el ceño. Eso significaba que todavía estaba aquí. El equipo regresó de inmediato a la colonia del Valle, peinando los alrededores del edificio. Encontraron a un viene don Checo, quien finalmente se atrevió a hablar.Yo le ayudé con una maleta esa noche, jefe. Un muchachito parecía japonés. Se veía bien nervioso.

Dijo que iba a tirar unas cosas viejas a un centro de reciclaje. Olía mucho a gasolina la maleta, pero pensé que no más eran muebles sucios. Santiago lo miró fijamente. Recuerda la hora. Pasadas las 11 más o menos. ¿Y recuerdas su cara? Don Checo asintió con duda. Traía cubrebocas, pero sus ojos se veían como los de alguien que no ha dormido en una semana.

Su testimonio reforzaba todas las piezas, pero la pregunta seguía en el aire. Si Kenji no voló, ¿dónde se escondía? Al caer la tarde, llegó un nuevo informe. Uno de los compañeros de clase de Alina, un estudiante llamado Beto, confesó haber recibido un mensaje de un número desconocido esa madrugada. El mensaje era corto, una mezcla de español y japonés.

 Lo siento, no me busquen. Estoy con ella ahora. El mensaje fue enviado a las 3 de la mañana después de que las cámaras captaran a Kenji en el aeropuerto. Santiago supo que no era un mensaje de Alina. Era del culpable. Intentando desviar la investigación. Decidió rastrear la última señal del celular de Alina. La ubicación final activa, un hotel de paso en la colonia Doctores, unas 4 horas después del asesinato.

Llegaron al lugar antes del anochecer. El pasillo era estrecho, las luces tenues, un olor a cigarro y humedad impregnaba el aire. El recepcionista, un hombre mayor con una camiseta descolorida, entrecerró los ojos al ver la placa de policía. ¿Ha visto a este hombre?, preguntó Santiago mostrándole la foto del pasaporte de Kenji.

 El hombre asintió rápidamente. Sí, cómo no. Llegó en la madrugada todo asustado. Se registró, pero se fue hoy tempranito. Pensé que andaba crudo o algo. Dejó esto. De debajo del mostrador sacó una pequeña botella de sojo y un trozo de boleto de avión rasgado por la mitad. Santiago se quedó mirando el boleto. Se arrepintió, pero tenía miedo de enfrentar el castigo, pensó otro oficial. Lo llamó desde afuera.

Comandante, tenemos información nueva. Un conductor de UBO reporta haber recogido a un pasajero que coincide con la descripción de Kenji aquí en la Doctores. Destino, la Tapo, la terminal de autobuses. Esta mañana Santiago se movilizó de inmediato. En el camino, su mente daba vueltas. El culpable mató por celos, luego quemó el cuerpo para borrar el pecado, pero una vez que la sangre se secó, el remordimiento lo atrapó.

No huyó a su país. En lugar de eso, corrió a una terminal de autobuses. Quizás quería esconderse en algún estado perdido, desaparecer. La terminal de autobuses de pasajeros de Oriente, la Tapo, siempre está llena de vida. Pero esa noche una niebla fina le daba un aire solitario. Las luces amarillas de los postes iluminaban los andenes donde los autobuses esperaban para partir.

 El sonido de los frenos de aire era constante. Santiago y su equipo se dispersaron. Caminó lentamente entre las filas de pasajeros con la linterna en la mano. Detrás de una pila de cajas de cartón escuchó el sonido de unos pasos apresurados. Luego se detuvieron. Kenji Tanaka, la voz de Santiago resonó en el andén.

No hubo respuesta. Se acercó. Detrás de las cajas, un hombre con gafas estaba de pie. Su cuerpo temblaba. En su mano sostenía una botella de alcohol casi vacía. “Suelta eso”, ordenó Santiago. Kenji lo miró con los ojos rojos húmedos. No quise matarla”, susurró en un español quebrado. “Yo solo estaba enojado.” Ella dijo el nombre de otro hombre.

 “Lo perdí todo.” Santiago se acercó lentamente. “¿Perdiste el rumbo, no todo, pero ahora tienes que hablar?” Kenji bajó la mirada. La botella cayó de su mano derramando el líquido en el suelo. El olor a alcohol se mezcló con el del diésel de los autobuses. Las luces de un autobús parpadearon. La sirena de una patrulla delató su llegada.

Kenji cayó de rodillas con las manos en alto. Yo encendí el fuego, pero ella ya no respiraba. Solo quería que desapareciera para no ver más sus ojos, sus ojos acusándome. Santiago miró al hombre arrodillado por un largo momento. Luego bajó su arma. Responderás por todo en un tribunal. Pero esta noche el fuego se detiene aquí. El equipo esposó a Kenji.

 En el cielo de la Ciudad de México, la niebla persistía ocultando la luna. Debajo de ella, el culpable que una vez vino buscando amor, ahora se iba en silencio, envuelto en remordimiento y un olor a alcohol que no había tenido tiempo de desaparecer. La sala de interrogatorios de la Secretaría de Seguridad Ciudadana estaba en silencio esa noche.

 Una luz blanca caía directamente sobre la mesa de metal fría. Kenji Tanaka estaba sentado con las manos esposadas, su rostro pálido, sus ojos vacíos como un espejo roto. Frente a él, el comandante Santiago Prado abrió una carpeta con las fotos de las pruebas, la maleta calcinada, el llavero de estrella, los restos de la libreta.

Kenji. La voz de Santiago era tranquila pero firme.Ya lo sabemos todo. Tus huellas en la maleta, las grabaciones de las cámaras, el boleto de avión que rompiste. Pero queremos escucharlo de tu boca. ¿Qué pasó exactamente? El joven miró al suelo durante un largo rato. Sus labios temblaron antes de que finalmente pudiera hablar.

 Nunca planeé matarla. dijo en un susurro. Alina era una buena chica. Me enseñó español. Se reía conmigo. Hizo que no me sintiera como un extraño aquí. Hizo una pausa tomando una bocanada de aire, pero esa noche todo se rompió. Santiago le hizo un gesto para que continuara. La esperé en mi departamento. Comimos juntos. Dijo que quería hablar.

Yo viía afuera. Me dijo que quería terminar. Dijo que yo era demasiado celoso, que la presionaba mucho. Y entonces mencionó el nombre de otro hombre, un compañero de la universidad. Perdí el control. Solo quería que se callara. Que se callara por un instante. La empujé y no recuerdo bien como mis manos terminaron en su cuello.

 La voz de Kenji se quebró. bajó la cabeza mirando a las esposas en sus muñecas. Cuando reaccioné, ella ya no se movía. Intenté darle respiración artificial, pero era tarde. Entré en pánico. Sabía que la policía me buscaría. Pensé que si quemaba todo podría borrar mi error. Santiago lo miró con frialdad. No borraste nada, solo lo empeoraste.

Kenji asintió débilmente. Lo sé. Cuando el fuego empezó, yo estaba llorando. No podía dejar de mirar la maleta. Escribí en la libreta antes de irme. Estoy con ella ahora. Pensé que si yo también me quemaba, quizá podría irme con ella. Pero soy un cobarde. Un silencio pesado llenó la habitación. Solo el tic tac de un reloj colgaba en el aire.

Santiago abrió la siguiente carpeta, sacó el informe forense. Hay algo que no encaja, Kenji. La víctima murió por estrangulamiento. Sí, pero debajo de sus uñas encontramos ADN de otra mujer. ¿Quién es? Kenji lo miró sorprendido. Otra mujer. No, solo estábamos Alina y yo. No mientas. No miento”, presionó Santiago.

También encontramos huellas dactilares de una mujer en la mesa de tu departamento. No son de Alina y no son tuyas. Kenji se quedó callado un largo rato y luego susurró, “Lorena, quizá fue ella.” Santiago se inclinó hacia delante. Lorena Márquez, su compañera de cuarto. Kenji asintió lentamente. Ella vino esa noche antes de que llegara Alina. Me trajo un libro.

 Dijo que quería devolverlo. No sabía que fueran tan amigas, pero Alina me dijo que Lorena a veces sentía envidia porque yo prefería a Alina. La sangre de Santiago celó. Así que antes de que llegara Alina, Lorena ya estaba en tu departamento. Sí, pero solo estuvo un momento. Me dijo, “¿Sabes que Alina no te toma en serio? Solo está jugando contigo.

” Luego se fue. Pensé que solo eran celos de amigas. Santiago se puso de pie, mirando a través del espejo unidireccional, donde otros dos detectives observaban como el rompecabezas cambiaba de forma. Lorena, que parecía tan nerviosa desde el principio. Lorena, que tardó dos días en reportar la desaparición. Lorena, que dijo que Alina solía quedarse a dormir en el departamento de Kenji. Todo empezaba a tener sentido.

Santiago apagó la grabadora y miró a Kenji directamente. Si eres honesto, no enfrentarás esto solo. Pero necesito saber, ¿cuándo te fuiste del departamento? ¿Cerraste la puerta con llave? Kenji pensó. No tuve tiempo. Salí corriendo. La puerta no tenía seguro. Santiago lo miró fijamente. Entonces, cualquiera pudo haber entrado después de que te fuiste.

 Unas horas más tarde, fuera de la sala, Santiago revisaba un nuevo informe. El análisis forense digital de la laptop de Alina mostraba que sus datos habían sido borrados dos horas después de la hora estimada de su muerte. La dirección IP utilizada para el borrado provenía de la casa de huéspedes en Coyoacán. Pertenecía a Lorena Márquez.

Santiago miró la lluvia que había vuelto a caer tras la ventana. Kenji era culpable. Sí, pero quizá no fue la única mano que provocó que Alina se fuera demasiado pronto. Tomó su teléfono y le dio una orden a su equipo. Aseguren a Lorena Márquez esta misma noche. No dejen que salga de la ciudad. El cielo de la Ciudad de México se partió con un relámpago y detrás de él un nuevo secreto esperaba ser revelado, un secreto quizá más oscuro que el fuego del bordo poniente.

Eran pasadas la 1 de la madrugada en la comandancia. La segunda sala de interrogatorios estaba en penumbra. Lorena Márquez estaba sentada con los brazos cruzados, el rostro pálido, pero la mirada desafiante. Frente a ella, el comandante Santiago Prado colocó una serie de fotos, Alina sonriendo con su credencial de la universidad, la maleta carbonizada y una captura de las cámaras de seguridad del edificio en la del Valle.

Lorena, la voz de Santiago era un témpano. Sabemos que estuviste en el departamento de Kenji Tanakaca esa noche. No intentes mentir. Lorena tragó saliva. Solo pasé a devolverle un libro que meprestó. Después de eso, me fui a casa. Santiago giró la pantalla de una tableta hacia ella. El video mostraba a una joven con blusa y jeans entrando al edificio a las 7 de la noche y saliendo casi a las 9.

Dijiste que fue un momento, pero dos horas no es un momento, Lorena. Ella guardó silencio. Sus manos temblaban ligeramente en su regazo. Kenji dice que hablaste mal de Alina frente a él, que le dijiste que Alina solo jugaba con sus sentimientos. ¿Por qué hiciste eso?, preguntó Santiago, su voz baja pero penetrante.

Lorena esbozó una sonrisa torcida. Solo le dije la verdad. A Alina siempre le gustó jugar con los hombres. Siempre lo conseguía todo. Las mejores notas, muchos amigos, hasta un extranjero que se arrastraba a sus pies. ¿Y tú tenías envidia? No, espetó Lorena, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo solo quería que se diera cuenta de lo que tenía.

Se detuvo bajando la mirada. Su voz se redujo a un murmullo. Yo conocí a Kenji primero. Yo se los presenté, pero en cuanto se hicieron novios, a mí me hizo a un lado. Él nunca volvió a verme. Santiago la observó con intensidad. ¿Te gustaba Kenji? Lorena no respondió, pero sus lágrimas comenzaron a caer en silencio.

Escúchame, Lorena. Santiago se inclinó hacia delante. Encontramos tus huellas en la laptop de Alina. Borraste sus archivos después de que murió. ¿Por qué? Lorena levantó la cabeza, sus labios temblaban. Tenía miedo. Esa noche, después de que Alina se fue a la del valle, estaba inquieta. Fui a su cuarto, la busqué, pero no estaba. En la madrugada, Kenji me llamó.

Su voz era puro pánico. Me dijo, Alina se cayó. Está muerta. Me quedé helada. Me pidió ayuda. Ayuda para qué? Para limpiar el departamento, susurró Santiago. Dijo que tenía miedo de que la policía lo malinterpretara, que solo quería que pareciera un accidente. Fui una estúpida, comandante. Le creí. Santiago golpeó la mesa suavemente.

Así que fuiste para allá después del asesinato. Lorena asintió despacio. Llegué casi a las 12 de la noche. Alina ya estaba en la maleta. Kenji estaba sentado en el suelo con la mirada perdida. Empecé a llorar, pero él solo me pidió que me deshiciera de la laptop, que borrara todos los archivos. dijo que si la policía veía el contenido, a mí también me podrían involucrar por unas discusiones que habíamos tenido.

Tuve miedo y lo hice. Santiago la miró fijamente por un largo rato y luego dijo, “¿Y sabías lo que iba a hacer después?” Lorena cerró los ojos, tomó la maleta y dijo que se iba de la ciudad. Juro que no sabía que iba a quemarla. Pensé que se iba a entregar. Por Dios, yo no lo sabía. El silencio se apoderó de la sala.

Santiago podía ver una mezcla de miedo y remordimiento genuinos, pero algo todavía no encajaba. Lorena, una cosa más. En las uñas de Alina había rasguños recientes y el ADN coincide contigo. Se vieron antes de que ella fuera a la del valle. Lorena abrió los ojos lentamente. Sí. Pasó a la casa antes de irse a buscar su chamarra.

Discutimos por Kenji, asintió débilmente. La acusé de ser una aprovechada. Ella me dio una cachetada. Yo le rasguñé el brazo. Después de eso se fue. Fue la última vez que la vi viva. Santiago tomó notas rápidamente. Las piezas finalmente encajaban. Una pelea entre dos mujeres. Una se fue con rabia, la otra se quedó con culpa y un hombre que perdió el control.

 Tres corazones en llamas, pero solo un cuerpo convertido en cenizas. Santiago miró a Lorena con algo más de compasión. Tú no la mataste, pero encubriste el crimen. Eso sigue siendo un delito. Pero no es el final. Di toda la verdad. Ayúdanos a cerrar esta historia con honestidad. Lorena bajó la cabeza, las lágrimas caían sin control. Voy a contarles todo, comandante.

Sobre la llamada y sobre la carta que Kenji me dejó. Santiago dejó de escribir carta. La nota del refrigerador no era una carta. No, esa la escribió en el departamento. Me la dio a mí para que la guardara. Antes de que todo esto pasara, los ojos de Santiago se entrecerraron. ¿Dónde está esa carta ahora? Lorena susurró. Casi inaudible.

 Sigue en la casa. Debajo del colchón de Alina. Santiago se puso de pie de un salto llamando a su equipo por la radio. Preparen una orden de cateo. Nos vamos a Coyoacán. Ahora, afuera, el cielo de la Ciudad de México retumbó como si también contuviera un secreto a punto de estallar. Una carta que podría cambiarlo todo.

 La callejuela en Coyoacán estaba oscura y pegajosa por la lluvia. Tres patrullas se detuvieron sin hacer ruido, sus torretas apenas encendidas. Santiago bajó primero con el chaleco antibalas todavía puesto. Miró la casa de huéspedes, el lugar donde todo había comenzado y quizás donde la verdad final esperaba. La puerta del cuarto de Alina se abrió lentamente.

El olor a humedad y a un perfume floral llenó el aire. En un rincón, la pequeña cama seguía tendida, como si su dueña fuera aregresar en cualquier momento. Santiago se arrodilló levantando con cuidado la tabla de triple y bajo el colchón. De esa estrecha ranura, un périto sacó un sobrecolor manila amarillento en los bordes.

En él estaba escrito para Alina de K. Santiago se puso unos guantes y lo abrió con cuidado. Dentro había una hoja de papel parcialmente quemada en una esquina. La caligrafía era una mezcla de japonés y español. La tinta negra estaba desbaída. Leyó en voz alta, palabra por palabra, Alina.

 Vine a este país con esperanza, pero cada día me siento más pequeño en un mundo que no me recuerda. Solo tú me hiciste creer que la vida podía ser cálida de nuevo. Si un día pierdo el control, por favor, no me odies. Quiero cambiar, pero la ira en mi sangre es más rápida que mis pensamientos. Si fallo en ser un buen hombre aquí, déjame ir en paz. No quiero lastimarte.

La firma al final era de Kenji. Santiago se quedó mirando la carta un largo rato. Esto fue escrito antes del asesinato dijo en voz baja. Lorena, a quien habían llevado como testigo, lo miró con los ojos vacíos. Me la dio hace como una semana. Pensé que era una carta de amor. Fui una estúpida. No sabía que era una especie de advertencia.

Santiago la miró con dureza. ¿Por qué no la entregaste cuando Alina desapareció? Lorena se mordió elo. Tuve miedo. Sabía que si la policía leía eso, sospecharían de Kenji inmediatamente. Yo todavía todavía quería protegerlo. Santiago respiró hondo. Protegiste al hombre que acababa de asesinar a tu mejor amiga Lorena bajó la cabeza.

 Su voz se quebró. Pensé que el amor podía redimirlo todo, pero resulta que el amor también puede cegar. Santiago caminó hacia la ventana mirando las luces de la ciudad. La carta en su mano se sentía pesada como una piedra. Sabía que el caso estaba casi resuelto, pero no terminado. Había un motivo más profundo que simples celos.

Ordenó al equipo de informática forense que recuperara los archivos borrados de la laptop de Alina. Unas horas después, el resultado llegó. Dentro de una carpeta oculta había un video de 2 minutos. La pantalla mostraba el rostro de Alina grabado en su propio cuarto. Se veía nerviosa. El sonido de la lluvia se escuchaba de fondo.

 Si algo me pasa, por favor, díganle a la policía. Kenji ha empezado a cambiar. Se enoja sin razón. A veces me mira como si fuera otra persona, pero no puedo dejarlo así nada más. Tengo miedo de que si se queda solo se haga daño a sí mismo o a mí. El video se detuvo ahí. Santiago miró la pantalla. Su mandíbula se tensó. Ella lo sabía murmuró.

Sabía que esto terminaría mal. Lorena se cubrió el rostro y rompió a llorar. Fui yo le dije que tuviera paciencia. Le dije que Kenji solo estaba estresado. Dios mío, fui yo quien le empujó de vuelta a sus brazos. Santiago contuvo la rabia que crecía en su pecho. Tú no la mataste, pero fuiste parte de esa ceguera.

Ahora es nuestro trabajo cerrar este círculo para que no haya más aliñas. Se levantó llevando la carta y el video a la mesa de pruebas. Afuera, el cielo de la Ciudad de México comenzaba a clarear. La luz del sol se filtraba entre las nubes grises. Pero para Santiago esa mañana no trajo paz. Solo una pregunta.

 ¿Cuánto amor se convierte en herida antes de que alguien se dé cuenta de que el sentimiento de posesión puede ser más peligroso que el odio? Dos meses después, el aire en el reclusorio sur se sentía denso por las miradas y los susurros. En el banquillo de los acosados, Kenji Tanaka estaba sentado en silencio con el uniforme naranja de prisionero, la cabeza gacha.

 A su lado, Lorena Márquez, con el rostro pálido como el papel. El comandante Santiago Prado estaba presente como testigo principal. Estaba acostumbrado a los tribunales, pero esta vez cada foto que el fiscal mostraba, la maleta, el bordo poniente, el último video de Alina, le dejaba un sabor amargo en la boca. El fiscal se puso de pie.

 Acusado Kenji Tanaka, ¿dadite usted que causó la muerte de Alina Reyes? Kenji levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos. Lo admito, pero no porque quisiera matarla. Solo quería que dejara de abandonarme. No supe cómo detener esa rabia. La sala quedó en silencio. El fiscal continuó. Entonces, ¿por qué quemó el cuerpo de la víctima? Kenji miró al vacío.

No soportaba ver su rostro. Pensé que el fuego podía limpiar el pecado, pero solo lo hizo crecer más grande. Un soy se escuchó desde los asientos traseros. Era la madre de Alina. El juez se dirigió a Lorena. Señorita Lorena Márquez, se le acusa de obstrucción a la justicia y alteración de pruebas. entiende los cargos.

Lorena asintió débilmente. Entiendo, su señoría, ya no quiero ocultar la verdad, solo quiero dejar de sentirme culpable. El fiscal mostró la carta encontrada bajo el colchón. Esta carta es prueba de que el acusado ya mostraba signos de violencia emocional. ¿Por qué se acercó a la víctima después de escribir esto?Kenji miró al suelo porque pensé que el amor podía arreglarlo todo, pero me equivoqué.

El amor no cura nada cuando dentro de él hay miedo. El juicio continuó hasta la tarde. Cuando el juez golpeó el mazo por última vez, el sonido resonó como un trueno. Se dicta una sentencia de 50 años de prisión al acusado Kenji Tanaka por el delito de homicidio calificado y una sentencia de 2 años de prisión a la acusada Lorena Márquez por obstrucción a la justicia.

Algunos vitorearon, otros lloraron. Kenji solo cerró los ojos. Mientras que Lorena bajó la cabeza rezando en silencio. Santiago se levantó observando cómo se los llevaban esposados. Cuando Kenji pasó a su lado, lo miró por un instante. Una mirada vacía, pero honesta, como la de alguien que por fin entiende el precio de la ira.

 Afuera caía una lluvia fina. Santiago encendió un cigarrillo, pero no lo fumó. se quedó en las escalinatas mirando el cielo gris de la ciudad. Un colega se le acercó. Caso cerrado, comandante. Deberías sentirte aliviado. Santiago asintió, pero su mirada seguía perdida. Nada se cierra de verdad cuando alguien pierde la vida. Esa noche, Santiago volvió al bordo poniente.

Se paró en el lugar donde encontraron la maleta, ahora cercado. La tierra comenzaba a cubrirse de hierba nueva. Se inclinó y esparció un puñado de flores secas. “Que encuentres la paz, Alina”, susurró. Y que nosotros aprendamos de este error. El viento traía el olor a basura, pero detrás se colaba el aroma de las flores de algún jardín cercano.

Santiago cerró los ojos. En ese silencio sintió que el fuego que una vez ardió allí finalmente se había extinguido, no por el agua, sino por la verdad. Dos semanas después de la sentencia, la vida en la Ciudad de México seguía su curso. En un pequeño puesto de periódicos, la noticia se había reducido a una nota de pie de página.

 Kenji Tanakas era extraditado a Japón para cumplir su condena. El caso estaba cerrado. Tienes que aprender a soltar, Santiago, le dijo el capitán Valdés, su superior, mientras compartían un café. A veces pienso que lo que se quemó no fue solo su cuerpo, sino una parte de nuestra conciencia”, respondió Santiago. No había una respuesta para eso.

 Esa noche, en su pequeño departamento, Santiago miró las dos piezas que definían la historia, una foto de Alina y la carta de Kenji. El culpable y la víctima, el fuego y la ceniza. Y de esas cenizas él había aprendido una lección. Tres meses después recibió un sobre con matas de Japón. Era de Kenji en la carta escrita en un español torpe, pero claro, leía, le escribo no para pedir perdón, porque sé que las palabras no devuelven la vida, solo para darle las gracias.

En ese tribunal usted no me miró como a un monstruo, sino como a un hombre perdido. Desde ese día he empezado a hablar con Dios de nuevo. Si algún día salgo libre, solo encenderé fuego para dar calor, nunca para quemar. Un fin de semana, Santiago condujo hasta Huauchinango, Puebla, el pueblo natal de Alina.

 Le había prometido a su madre que entregaría la carta a la familia. La madre de Alina, una mujer de rostro amable pero cansado, lo recibió en el porche de su casa. Usted es el policía que llevó el caso de mi hija, ¿verdad? Sí, señora. Quería entregarle esto. Es una carta del culpable. Solo si usted está lista para leerla.

La mujer tomó el sobre, pero no lo abrió. lo abrazó contra su pecho. No necesito saber lo que dice, solo quiero saber una cosa. Él se arrepintió. Santiago asintió profundamente. Señora. Lágrimas rodaron por las mejillas de la mujer. Entonces, que Dios se encargue del resto. Yo ya me cansé de estar enojada. Al atardecer, Santiago visitó la tumba de Alina sobre la tierra. fresca.

 Colocó una pequeña flor blanca y encendió una vela. “No vengo como policía”, dijo en voz baja, “sino como alguien que aprendió de tu historia. Moriste por un amor que se equivocó de camino, pero quizá gracias a ti otros aprendan a amar sin herir.” El viento sopló haciendo danzar la llama de la vela. Una luz pequeña, temblorosa, pero viva.

Al regresar a la ciudad, la radio anunció una nueva campaña nacional contra la violencia en el noviazgo, inspirada en el caso de Alina Reyes. Santiago sonrió levemente. Quizá era un buen comienzo. Al pasar cerca del bordo poniente, vio a lo lejos a unos niños pepenadores jugando. Uno de ellos encendió una pequeña luz, un simple juguete, pero para Santiago fue una señal.

 En el lugar donde el pecado había ardido, ahora crecía una nueva vida. El fuego se apagó, murmuró, pero tú luz sigue aquí, Alina. M.

 

Misterio en Bordo Poniente: maleta quemada, una lección letal de amores equivocados. – YouTube

 

Transcripts:

Nuestra nariz no es de palo. Así que cuando el viento del bordo poniente sopló con insistencia, el olor agrio y quemado golpeó como una cachetada real. En medio de esa llanura de plástico, tela y restos de comida, había algo que no pertenecía a la geografía del olvido. Una maleta de metal color carbón. Ampollada, se herguía extraña entre la maleza crecida hasta la rodilla.

Cuando doña Sara, una pepenadora de manos curtidas, tocó la cremallera, el metal crujió y de la grieta negra se escapó un baú caliente y naceabundo. Todos retrocedieron. Había un mechón de cabello castaño pegado. Había una tela amarilla que gritaba sin voz. Esa noche, el cielo de la Ciudad de México parecía contener la respiración.

¿Quién tendría las entrañas para encender una flama y borrar la huella de una muchacha? ¿Fue el deseo que ciega? ¿Los celos que queman o un corazón congelado desde hace tiempo? Esa noche aún no lo sabíamos, pero la maleta hablaría y cada partícula de ceniza adherida se convertiría en testigo. Aquella mañana, una neblina delgada todavía colgaba como una cortina raída sobre la montaña de basura.

Camión tras camión reptaba para vaciar sus entrañas y una parbada de sopilotes giraba en un remolino insaciable. En una orilla más apartada, la hierba silvestre crecía alta, abrazando el sendero de lodo que las llantas pesadas habían dejado la noche anterior. Doña Sara, acostumbrada a todos los olores imaginables, se detuvo en seco cuando su nariz captó algo distinto.

No era la podredumbre de la carne ni el ácido de los desechos industriales, sino un olor a quemado mezclado con una dulzura engañosa, como un caramelo olvidado en el fuego. experiencia le había enseñado que olores como ese nunca traían buenas noticias. Frente a ella, la maleta, la pintura descascarada, los costados hinchados, la cremallera, derretida y vuelta a enfriar, era ahora una cinta negra y rígida.

Doña Sara miró a su alrededor, llamando en voz baja a su compañera, pero el viento solo le azotó el reboso. Se acercó con cautela. Sus dedos viejos tocaron el borde agrietado de la maleta. El metal estaba frágil, como una galleta carbonizada. Cuando un pequeño trozo se desprendió, un mechón de cabello castaño claro quedó atrapado en la punta de sus dedos.

Doña Sara tragó saliva. Su cuerpo tembló, retrocedió un paso y luego corrió tropezando, bajando por el montículo, gritando el nombre de la única persona a la que nunca quiso llamar en ese lugar. llamaba a su hijo. El comandante Santiago Prado revisaba unos expedientes en su auto cuando el teléfono vibró. La voz de su madre era un torbellino de palabras rotas, pero fue suficiente para helarle la sangre.

 En cuestión de minutos, las sirenas rasgaron el ritmo cotidiano del bordo poniente. La cinta amarilla de la policía formó una barrera. Los peritos forenses, con sus trajes blancos, contrastaban con la tierra negra y los reporteros, que de alguna manera siempre llegaban primero, se agolpaban detrás de la línea. Las narices de sus cámaras eran tan agudas como el olor del aire.

 Santiago se mantuvo a varios pasos de la maleta. No miraba a su madre, que estaba sentada en una cubeta volteada, cubriéndose la boca con la punta del reboso. El profesionalismo exigía distancia, pero esa distancia era apenas un suspiro que lo separaba de su propio corazón. Un périto asintió dando la señal. La maleta fue levantada con una lentitud reverencial, como si cargaran un secreto que cambiaría la vida de muchos.

Dentro yacía el cuerpo de una mujer pequeña doblaba sobre sí misma como alguien que tiene frío. Pero lo que la había abrazado era el fuego. Su piel estaba ennegrecida, pero un trozo de tela amarilla seguía adherido a su cintura, como si esa última prenda aún intentara proteger la dignidad de su dueña.

 Lo extraño era que la lluvia de la noche anterior no había sido pareja en toda la ciudad. Allí la tierra estaba apenas húmeda, no encharcada. Los restos del fuego aún dejaban un patrón sobre ladrillos rotos y trozos de madera debajo de la maleta. Cerca, un oficial encontró una botella de plástico de las de agua con el cuello quemado.

 Todavía guardaba un aroma penetrante a gasolina. Esto no fue un accidente, no fue una explosión espontánea de gas metano. Alguien vino, la colocó, la roció, la encendió y se fue. Santiago se arrodilló examinando las huellas de neumáticos. Había varias superpuestas, pero una era más reciente, dejando un surco ligeramente más estrecho que el de los camiones de basura.

Podría ser un coche pequeño, un sedán, quizás un taxi de plataforma. Recordó los informes de la noche anterior, lluvias torrenciales en otras alcaldías, pero aquí solo una llovisna breve, una suerte perversa. El fuego no había sido apagado por la lluvia y las pequeñas pistas habían sobrevivido al diluvio. El equipo forense trabajaba en un silencio disciplinado.

Calculaban la altura de la víctima porla longitud de los huesos. Estimaban su edad por los tejidos restantes. Anotaban el cabello castaño y marcaban la tela amarilla con una nota especial. Un médico forense le susurró a Santiago que había fuertes indicios de que la víctima ya estaba muerta cuando el fuego comenzó.

El cuerpo no había luchado contra las llamas. Sus pulmones no contenían Oyin. La muerte llegó primero, silenciosa. Luego el fuego solo intentó borrar la historia. Santiago asintió lentamente. Un borrador siempre deja marcas. Entre las cenizas y el plástico derretido, los peritos encontraron tres objetos que se negaron a rendirse al fuego.

 Primero, un manojo de llaves soldadas por el calor, pero cuyos dientes aún eran legibles. Segundo, un pequeño cortauñas que probablemente salió despedido cuando movieron la maleta. Tercero, algo que al principio parecía un trozo de cartera de piel, pero resultó ser el resto de la cubierta de una libreta de color rojo oscuro enegrecida en los bordes.

Cuando uno de los técnicos la volteó con unas pinzas, los fragmentos de las páginas se deshicieron en gránulos oscuros. Todos contuvieron la respiración. Si era una libreta, allí podría estar la última voz de la víctima susurrando. Santiago ordenó que los objetos fueran embolsados, etiquetados y enviados al laboratorio. De inmediato.

Recorrió el área de nuevo con una mirada entrenada por años de práctica. A unos metros de la maleta había una huella de zapato no muy profunda, distinta a las de los oficiales que usaban botas. La suela tenía un patrón de líneas diagonales muy juntas. Zapatos de vestir de hombre de ciudad, pensó. Le tomó una foto agachándose.

Luego se hirió al escuchar una risa breve detrás de la cinta amarilla. Un reportero gritaba su nombre tratando de obtener una primicia. Santiago se volvió levantando la mano para pedir tiempo. La prensa tendría su historia, pero no hoy, no antes de que él tuviera una respuesta. A lo lejos, su madre seguía sentada mirando fijamente la montaña de basura que se mecía con el calor del sol naciente.

Santiago se acercó unos pasos, deteniéndose antes de que la distancia se volviera personal. Le dijo en voz baja que podía irse a casa, que tomara un té, que descansara y que no prendiera la televisión. Doña Sara asintió, pero sus ojos no se movieron de la línea amarilla. Sabía que detrás de esa cinta la ciudad escondía su lado más oscuro.

Y esa noche la noticia explotaría en las pantallas de todos los celulares. Mientras la camioneta del forense se alejaba lentamente, Santiago sintió dos pesos luchando sobre sus hombros. Uno, el de un hijo que quería consolar a su madre. El otro, el de un policía que debía traer calma a una ciudad.

 En su mente, las primeras piezas comenzaban a encajar. Una maleta cuidadosamente empacada, un fuego iniciado con gasolina, la botella de plástico abandonada, las huellas de un auto pequeño y una lluvia que fue demasiado tacaña. El culpable no era un borracho perdido, era una mano capaz de planear, aunque no lo suficientemente astuta para ocultarlo todo. Su teléfono sonó de nuevo.

 Un joven detective le informaba desde una casa de huéspedes para estudiantes en Coyoacán. Había un reporte. Un estudiante de lengua japonesa de la UNAM no había vuelto a casa desde hacía dos días. Su compañera de cuarto empezaba a entrar en pánico. Se llamaba Alina Reyes. Tenía el cabello teñido de castaño. Santiago cerró los ojos un instante, sintiendo como algo se apretaba en su pecho.

 Tela amarilla, cabello castaño, un hombre que ya no volvería a casa. abrió los ojos mirando de nuevo el lugar donde había estado la maleta y se hizo una promesa con un corazón tan frío como el acero. Esa noche no volvería a casa hasta encontrar la primera puerta que lo llevara hacia quien había encendido ese fuego.

 La casa de huéspedes en Coyoacán se alzaba en una callejuela empedrada, flanqueada por un puesto de quesadillas y un taller mecánico. La pintura de las paredes se descascaraba, pero un pequeño patio aún conservaba bugambilias fuccias que crecían salvajes. La puerta de la habitación número cuatro estaba entreabierta y dentro un aroma a humedad se mezclaba con el perfume de jabón de la banda.

 Sobre el escritorio, dos tazas de café instantáneo. Una estaba fría, la otra a medio terminar. Santiago observó la escena en silencio. A su lado, Lorena Márquez, la compañera de cuarto de Alina, mantenía la cabeza gacha, sus dedos jugueteando nerviosamente con el borde de su blusa. Apenas reporté hoy en la mañana, comandante. Después de dos noches pensé que la última vez que la viste, cuando fue, la voz de Santiago era plana, sin emoción.

Antier por la tarde, señor. Estudiábamos juntas para un examen. Después, Alina dijo que iba a ver a Kenji, su novio, en su departamento de la del Valle. Se veía muy contenta. Decía que él quería proponerle matrimonio después de graduarse, respondió Lorena en un susurro.Y después de eso, ninguna noticia. No supuse que se había quedado a dormir con él como otras veces.

Santiago dirigió su mirada hacia la pared. En un gancho colgaba una chamarra de mezclilla con parches amarillos. El tono era idéntico al de la tela encontrada en el cuerpo. Se acercó tocando el material suavemente, como para confirmar que su memoria no le fallaba. Sobre la mesa, una libreta abierta mostraba una caligrafía ordenada.

En la última página, una nota, verme con K. En la del Valle, hablar del futuro. Tengo miedo de que cambie. La última frase estaba encerrada en un círculo dos veces. Santiago encendió su pequeña grabadora. Lorena, ¿sabes la dirección de Kenji? En un edificio de apartamentos en la colonia del Valle. Torres Saltavista.

Piso 6. Dep. 6B. Santiago asintió. Envió a dos de sus agentes para que confirmaran la dirección. En su mente, las piezas del rompecabezas se alineaban, la maleta, la tela amarilla, el cabello castaño, la nota en la libreta y un nombre que se repetía, Kenji. Cuando salían de la casa, la dueña, una mujer mayor llamada doña Carmen, se acercó corriendo con una bolsa de plástico.

Comandante, encontré esto en el bote de basura de atrás. Creo que es de Alina. Dentro de la bolsa había una cartera de plástico parcialmente derretida y un manojo de llaves con un llavero en forma de estrella. Santiago reconoció la forma idéntica a la del manojo recuperado en el bordo poniente, solo que este estaba intacto.

¿Estás segura de que es de Alina? Doña Carmen asintió. Siempre lo traía. Oiga, pero anoche vino un muchacho a buscarla. Yo creo que era su novio. Usaba cubrebocas. Habló un ratito con Lorena en la puerta. Santiago se giró rápidamente hacia Lorena. El rostro de la chica se había puesto pálido. Solo preguntó si Alina ya había regresado.

Le dije que no y se fue. ¿A qué hora fue eso? Como a las 11 de la noche, Santiago anotó el dato. Sabía que esa hora coincidía con el momento en que los forenses estimaban que el cuerpo había comenzado a arder. De inmediato, el equipo se movilizó hacia la colonia del Valle. El edificio de apartamentos era moderno y elegante, pero los pasillos se sentían silenciosos y fríos.

Frente a la puerta del 6B, la pequeña luz del timbre seguía encendida. La puerta no tenía el seguro puesto. Al entrar, un aire húmedo y un olor a productos químicos de limpieza los recibió. En la mesa del comedor había restos de sopa instantánea, dos vasos vacíos y una pequeña botella de alcohol de farmacia con apenas un cuarto de líquido.

 En el suelo, unas marcas negras de las ruedas de una maleta presionaban la alfombra. Los peritos comenzaron una revisión rápida. En el baño, entre los azulejos del piso, encontraron una mancha rojiza que había sido limpiada apresuradamente. En el ababo, un cabello largo de mujer. Santiago permanecía en el centro de la sala, sus ojos fijos en un trozo de papel sobre el refrigerador.

Era una nota escrita de prisa en japonés. En una esquina, alguien había garabateado una traducción torpe al español. Me equivoqué. Tengo miedo. Dios, por favor, borra este pecado. Santiago cerró los ojos por un instante. Sabía que este caso ya no era solo sobre un asesinato. Había un amor que se había convertido en cenizas.

Había un hombre que creyó poder redimir su culpa con fuego. Seen este lugar, ordenó en voz baja. Y contacten a Migración. Averigüen si un tal queen Jitanaca sigue en México. La noche descendía sobre la ciudad. Las luces comenzaban a encenderse. Desde el balcón del sexto piso, Santiago observó la Ciudad de México, brillante bajo una llovisna fina.

 Debajo de todo ese resplandor, un secreto había ardido, pero la sombra del culpable todavía caminaba libre. A la mañana siguiente, el aire en la Ciudad de México seguía húmedo. Santiago no había dormido. En la pantalla de su laptop, los resultados forenses aparecían uno por uno. Las huellas dactilares en el asa de la maleta coincidían con los datos de Kenji Tanaka en los archivos de migración.

Y algo más alarmante, una grabación de las cámaras de seguridad del aeropuerto internacional de la ciudad de México a las 2 de la madrugada mostraba a un hombre con gafas y una mochila negra caminando a toda prisa hacia la puerta de salidas internacionales. El nombre en el boleto Kenji Tanaka, destino Tokio.

 El boleto fue comprado a las 12 de la noche, apenas unas horas después de que el fuego se apagara en el bordo poniente. intentó huir”, murmuró Santiago tamborileando los dedos sobre la mesa. Un oficial a su lado asintió, pero no voló, comandante. La aerolínea confirma que nunca abordó. Su nombre está registrado, pero el pase de abordar nunca fue escaneado.

Santiago frunció el ceño. Eso significaba que todavía estaba aquí. El equipo regresó de inmediato a la colonia del Valle, peinando los alrededores del edificio. Encontraron a un viene don Checo, quien finalmente se atrevió a hablar.Yo le ayudé con una maleta esa noche, jefe. Un muchachito parecía japonés. Se veía bien nervioso.

Dijo que iba a tirar unas cosas viejas a un centro de reciclaje. Olía mucho a gasolina la maleta, pero pensé que no más eran muebles sucios. Santiago lo miró fijamente. Recuerda la hora. Pasadas las 11 más o menos. ¿Y recuerdas su cara? Don Checo asintió con duda. Traía cubrebocas, pero sus ojos se veían como los de alguien que no ha dormido en una semana.

Su testimonio reforzaba todas las piezas, pero la pregunta seguía en el aire. Si Kenji no voló, ¿dónde se escondía? Al caer la tarde, llegó un nuevo informe. Uno de los compañeros de clase de Alina, un estudiante llamado Beto, confesó haber recibido un mensaje de un número desconocido esa madrugada. El mensaje era corto, una mezcla de español y japonés.

 Lo siento, no me busquen. Estoy con ella ahora. El mensaje fue enviado a las 3 de la mañana después de que las cámaras captaran a Kenji en el aeropuerto. Santiago supo que no era un mensaje de Alina. Era del culpable. Intentando desviar la investigación. Decidió rastrear la última señal del celular de Alina. La ubicación final activa, un hotel de paso en la colonia Doctores, unas 4 horas después del asesinato.

Llegaron al lugar antes del anochecer. El pasillo era estrecho, las luces tenues, un olor a cigarro y humedad impregnaba el aire. El recepcionista, un hombre mayor con una camiseta descolorida, entrecerró los ojos al ver la placa de policía. ¿Ha visto a este hombre?, preguntó Santiago mostrándole la foto del pasaporte de Kenji.

 El hombre asintió rápidamente. Sí, cómo no. Llegó en la madrugada todo asustado. Se registró, pero se fue hoy tempranito. Pensé que andaba crudo o algo. Dejó esto. De debajo del mostrador sacó una pequeña botella de sojo y un trozo de boleto de avión rasgado por la mitad. Santiago se quedó mirando el boleto. Se arrepintió, pero tenía miedo de enfrentar el castigo, pensó otro oficial. Lo llamó desde afuera.

Comandante, tenemos información nueva. Un conductor de UBO reporta haber recogido a un pasajero que coincide con la descripción de Kenji aquí en la Doctores. Destino, la Tapo, la terminal de autobuses. Esta mañana Santiago se movilizó de inmediato. En el camino, su mente daba vueltas. El culpable mató por celos, luego quemó el cuerpo para borrar el pecado, pero una vez que la sangre se secó, el remordimiento lo atrapó.

No huyó a su país. En lugar de eso, corrió a una terminal de autobuses. Quizás quería esconderse en algún estado perdido, desaparecer. La terminal de autobuses de pasajeros de Oriente, la Tapo, siempre está llena de vida. Pero esa noche una niebla fina le daba un aire solitario. Las luces amarillas de los postes iluminaban los andenes donde los autobuses esperaban para partir.

 El sonido de los frenos de aire era constante. Santiago y su equipo se dispersaron. Caminó lentamente entre las filas de pasajeros con la linterna en la mano. Detrás de una pila de cajas de cartón escuchó el sonido de unos pasos apresurados. Luego se detuvieron. Kenji Tanaka, la voz de Santiago resonó en el andén.

No hubo respuesta. Se acercó. Detrás de las cajas, un hombre con gafas estaba de pie. Su cuerpo temblaba. En su mano sostenía una botella de alcohol casi vacía. “Suelta eso”, ordenó Santiago. Kenji lo miró con los ojos rojos húmedos. No quise matarla”, susurró en un español quebrado. “Yo solo estaba enojado.” Ella dijo el nombre de otro hombre.

 “Lo perdí todo.” Santiago se acercó lentamente. “¿Perdiste el rumbo, no todo, pero ahora tienes que hablar?” Kenji bajó la mirada. La botella cayó de su mano derramando el líquido en el suelo. El olor a alcohol se mezcló con el del diésel de los autobuses. Las luces de un autobús parpadearon. La sirena de una patrulla delató su llegada.

Kenji cayó de rodillas con las manos en alto. Yo encendí el fuego, pero ella ya no respiraba. Solo quería que desapareciera para no ver más sus ojos, sus ojos acusándome. Santiago miró al hombre arrodillado por un largo momento. Luego bajó su arma. Responderás por todo en un tribunal. Pero esta noche el fuego se detiene aquí. El equipo esposó a Kenji.

 En el cielo de la Ciudad de México, la niebla persistía ocultando la luna. Debajo de ella, el culpable que una vez vino buscando amor, ahora se iba en silencio, envuelto en remordimiento y un olor a alcohol que no había tenido tiempo de desaparecer. La sala de interrogatorios de la Secretaría de Seguridad Ciudadana estaba en silencio esa noche.

 Una luz blanca caía directamente sobre la mesa de metal fría. Kenji Tanaka estaba sentado con las manos esposadas, su rostro pálido, sus ojos vacíos como un espejo roto. Frente a él, el comandante Santiago Prado abrió una carpeta con las fotos de las pruebas, la maleta calcinada, el llavero de estrella, los restos de la libreta.

Kenji. La voz de Santiago era tranquila pero firme.Ya lo sabemos todo. Tus huellas en la maleta, las grabaciones de las cámaras, el boleto de avión que rompiste. Pero queremos escucharlo de tu boca. ¿Qué pasó exactamente? El joven miró al suelo durante un largo rato. Sus labios temblaron antes de que finalmente pudiera hablar.

 Nunca planeé matarla. dijo en un susurro. Alina era una buena chica. Me enseñó español. Se reía conmigo. Hizo que no me sintiera como un extraño aquí. Hizo una pausa tomando una bocanada de aire, pero esa noche todo se rompió. Santiago le hizo un gesto para que continuara. La esperé en mi departamento. Comimos juntos. Dijo que quería hablar.

Yo viía afuera. Me dijo que quería terminar. Dijo que yo era demasiado celoso, que la presionaba mucho. Y entonces mencionó el nombre de otro hombre, un compañero de la universidad. Perdí el control. Solo quería que se callara. Que se callara por un instante. La empujé y no recuerdo bien como mis manos terminaron en su cuello.

 La voz de Kenji se quebró. bajó la cabeza mirando a las esposas en sus muñecas. Cuando reaccioné, ella ya no se movía. Intenté darle respiración artificial, pero era tarde. Entré en pánico. Sabía que la policía me buscaría. Pensé que si quemaba todo podría borrar mi error. Santiago lo miró con frialdad. No borraste nada, solo lo empeoraste.

Kenji asintió débilmente. Lo sé. Cuando el fuego empezó, yo estaba llorando. No podía dejar de mirar la maleta. Escribí en la libreta antes de irme. Estoy con ella ahora. Pensé que si yo también me quemaba, quizá podría irme con ella. Pero soy un cobarde. Un silencio pesado llenó la habitación. Solo el tic tac de un reloj colgaba en el aire.

Santiago abrió la siguiente carpeta, sacó el informe forense. Hay algo que no encaja, Kenji. La víctima murió por estrangulamiento. Sí, pero debajo de sus uñas encontramos ADN de otra mujer. ¿Quién es? Kenji lo miró sorprendido. Otra mujer. No, solo estábamos Alina y yo. No mientas. No miento”, presionó Santiago.

También encontramos huellas dactilares de una mujer en la mesa de tu departamento. No son de Alina y no son tuyas. Kenji se quedó callado un largo rato y luego susurró, “Lorena, quizá fue ella.” Santiago se inclinó hacia delante. Lorena Márquez, su compañera de cuarto. Kenji asintió lentamente. Ella vino esa noche antes de que llegara Alina. Me trajo un libro.

 Dijo que quería devolverlo. No sabía que fueran tan amigas, pero Alina me dijo que Lorena a veces sentía envidia porque yo prefería a Alina. La sangre de Santiago celó. Así que antes de que llegara Alina, Lorena ya estaba en tu departamento. Sí, pero solo estuvo un momento. Me dijo, “¿Sabes que Alina no te toma en serio? Solo está jugando contigo.

” Luego se fue. Pensé que solo eran celos de amigas. Santiago se puso de pie, mirando a través del espejo unidireccional, donde otros dos detectives observaban como el rompecabezas cambiaba de forma. Lorena, que parecía tan nerviosa desde el principio. Lorena, que tardó dos días en reportar la desaparición. Lorena, que dijo que Alina solía quedarse a dormir en el departamento de Kenji. Todo empezaba a tener sentido.

Santiago apagó la grabadora y miró a Kenji directamente. Si eres honesto, no enfrentarás esto solo. Pero necesito saber, ¿cuándo te fuiste del departamento? ¿Cerraste la puerta con llave? Kenji pensó. No tuve tiempo. Salí corriendo. La puerta no tenía seguro. Santiago lo miró fijamente. Entonces, cualquiera pudo haber entrado después de que te fuiste.

 Unas horas más tarde, fuera de la sala, Santiago revisaba un nuevo informe. El análisis forense digital de la laptop de Alina mostraba que sus datos habían sido borrados dos horas después de la hora estimada de su muerte. La dirección IP utilizada para el borrado provenía de la casa de huéspedes en Coyoacán. Pertenecía a Lorena Márquez.

Santiago miró la lluvia que había vuelto a caer tras la ventana. Kenji era culpable. Sí, pero quizá no fue la única mano que provocó que Alina se fuera demasiado pronto. Tomó su teléfono y le dio una orden a su equipo. Aseguren a Lorena Márquez esta misma noche. No dejen que salga de la ciudad. El cielo de la Ciudad de México se partió con un relámpago y detrás de él un nuevo secreto esperaba ser revelado, un secreto quizá más oscuro que el fuego del bordo poniente.

Eran pasadas la 1 de la madrugada en la comandancia. La segunda sala de interrogatorios estaba en penumbra. Lorena Márquez estaba sentada con los brazos cruzados, el rostro pálido, pero la mirada desafiante. Frente a ella, el comandante Santiago Prado colocó una serie de fotos, Alina sonriendo con su credencial de la universidad, la maleta carbonizada y una captura de las cámaras de seguridad del edificio en la del Valle.

Lorena, la voz de Santiago era un témpano. Sabemos que estuviste en el departamento de Kenji Tanakaca esa noche. No intentes mentir. Lorena tragó saliva. Solo pasé a devolverle un libro que meprestó. Después de eso, me fui a casa. Santiago giró la pantalla de una tableta hacia ella. El video mostraba a una joven con blusa y jeans entrando al edificio a las 7 de la noche y saliendo casi a las 9.

Dijiste que fue un momento, pero dos horas no es un momento, Lorena. Ella guardó silencio. Sus manos temblaban ligeramente en su regazo. Kenji dice que hablaste mal de Alina frente a él, que le dijiste que Alina solo jugaba con sus sentimientos. ¿Por qué hiciste eso?, preguntó Santiago, su voz baja pero penetrante.

Lorena esbozó una sonrisa torcida. Solo le dije la verdad. A Alina siempre le gustó jugar con los hombres. Siempre lo conseguía todo. Las mejores notas, muchos amigos, hasta un extranjero que se arrastraba a sus pies. ¿Y tú tenías envidia? No, espetó Lorena, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo solo quería que se diera cuenta de lo que tenía.

Se detuvo bajando la mirada. Su voz se redujo a un murmullo. Yo conocí a Kenji primero. Yo se los presenté, pero en cuanto se hicieron novios, a mí me hizo a un lado. Él nunca volvió a verme. Santiago la observó con intensidad. ¿Te gustaba Kenji? Lorena no respondió, pero sus lágrimas comenzaron a caer en silencio.

Escúchame, Lorena. Santiago se inclinó hacia delante. Encontramos tus huellas en la laptop de Alina. Borraste sus archivos después de que murió. ¿Por qué? Lorena levantó la cabeza, sus labios temblaban. Tenía miedo. Esa noche, después de que Alina se fue a la del valle, estaba inquieta. Fui a su cuarto, la busqué, pero no estaba. En la madrugada, Kenji me llamó.

Su voz era puro pánico. Me dijo, Alina se cayó. Está muerta. Me quedé helada. Me pidió ayuda. Ayuda para qué? Para limpiar el departamento, susurró Santiago. Dijo que tenía miedo de que la policía lo malinterpretara, que solo quería que pareciera un accidente. Fui una estúpida, comandante. Le creí. Santiago golpeó la mesa suavemente.

Así que fuiste para allá después del asesinato. Lorena asintió despacio. Llegué casi a las 12 de la noche. Alina ya estaba en la maleta. Kenji estaba sentado en el suelo con la mirada perdida. Empecé a llorar, pero él solo me pidió que me deshiciera de la laptop, que borrara todos los archivos. dijo que si la policía veía el contenido, a mí también me podrían involucrar por unas discusiones que habíamos tenido.

Tuve miedo y lo hice. Santiago la miró fijamente por un largo rato y luego dijo, “¿Y sabías lo que iba a hacer después?” Lorena cerró los ojos, tomó la maleta y dijo que se iba de la ciudad. Juro que no sabía que iba a quemarla. Pensé que se iba a entregar. Por Dios, yo no lo sabía. El silencio se apoderó de la sala.

Santiago podía ver una mezcla de miedo y remordimiento genuinos, pero algo todavía no encajaba. Lorena, una cosa más. En las uñas de Alina había rasguños recientes y el ADN coincide contigo. Se vieron antes de que ella fuera a la del valle. Lorena abrió los ojos lentamente. Sí. Pasó a la casa antes de irse a buscar su chamarra.

Discutimos por Kenji, asintió débilmente. La acusé de ser una aprovechada. Ella me dio una cachetada. Yo le rasguñé el brazo. Después de eso se fue. Fue la última vez que la vi viva. Santiago tomó notas rápidamente. Las piezas finalmente encajaban. Una pelea entre dos mujeres. Una se fue con rabia, la otra se quedó con culpa y un hombre que perdió el control.

 Tres corazones en llamas, pero solo un cuerpo convertido en cenizas. Santiago miró a Lorena con algo más de compasión. Tú no la mataste, pero encubriste el crimen. Eso sigue siendo un delito. Pero no es el final. Di toda la verdad. Ayúdanos a cerrar esta historia con honestidad. Lorena bajó la cabeza, las lágrimas caían sin control. Voy a contarles todo, comandante.

Sobre la llamada y sobre la carta que Kenji me dejó. Santiago dejó de escribir carta. La nota del refrigerador no era una carta. No, esa la escribió en el departamento. Me la dio a mí para que la guardara. Antes de que todo esto pasara, los ojos de Santiago se entrecerraron. ¿Dónde está esa carta ahora? Lorena susurró. Casi inaudible.

 Sigue en la casa. Debajo del colchón de Alina. Santiago se puso de pie de un salto llamando a su equipo por la radio. Preparen una orden de cateo. Nos vamos a Coyoacán. Ahora, afuera, el cielo de la Ciudad de México retumbó como si también contuviera un secreto a punto de estallar. Una carta que podría cambiarlo todo.

 La callejuela en Coyoacán estaba oscura y pegajosa por la lluvia. Tres patrullas se detuvieron sin hacer ruido, sus torretas apenas encendidas. Santiago bajó primero con el chaleco antibalas todavía puesto. Miró la casa de huéspedes, el lugar donde todo había comenzado y quizás donde la verdad final esperaba. La puerta del cuarto de Alina se abrió lentamente.

El olor a humedad y a un perfume floral llenó el aire. En un rincón, la pequeña cama seguía tendida, como si su dueña fuera aregresar en cualquier momento. Santiago se arrodilló levantando con cuidado la tabla de triple y bajo el colchón. De esa estrecha ranura, un périto sacó un sobrecolor manila amarillento en los bordes.

En él estaba escrito para Alina de K. Santiago se puso unos guantes y lo abrió con cuidado. Dentro había una hoja de papel parcialmente quemada en una esquina. La caligrafía era una mezcla de japonés y español. La tinta negra estaba desbaída. Leyó en voz alta, palabra por palabra, Alina.

 Vine a este país con esperanza, pero cada día me siento más pequeño en un mundo que no me recuerda. Solo tú me hiciste creer que la vida podía ser cálida de nuevo. Si un día pierdo el control, por favor, no me odies. Quiero cambiar, pero la ira en mi sangre es más rápida que mis pensamientos. Si fallo en ser un buen hombre aquí, déjame ir en paz. No quiero lastimarte.

La firma al final era de Kenji. Santiago se quedó mirando la carta un largo rato. Esto fue escrito antes del asesinato dijo en voz baja. Lorena, a quien habían llevado como testigo, lo miró con los ojos vacíos. Me la dio hace como una semana. Pensé que era una carta de amor. Fui una estúpida. No sabía que era una especie de advertencia.

Santiago la miró con dureza. ¿Por qué no la entregaste cuando Alina desapareció? Lorena se mordió elo. Tuve miedo. Sabía que si la policía leía eso, sospecharían de Kenji inmediatamente. Yo todavía todavía quería protegerlo. Santiago respiró hondo. Protegiste al hombre que acababa de asesinar a tu mejor amiga Lorena bajó la cabeza.

 Su voz se quebró. Pensé que el amor podía redimirlo todo, pero resulta que el amor también puede cegar. Santiago caminó hacia la ventana mirando las luces de la ciudad. La carta en su mano se sentía pesada como una piedra. Sabía que el caso estaba casi resuelto, pero no terminado. Había un motivo más profundo que simples celos.

Ordenó al equipo de informática forense que recuperara los archivos borrados de la laptop de Alina. Unas horas después, el resultado llegó. Dentro de una carpeta oculta había un video de 2 minutos. La pantalla mostraba el rostro de Alina grabado en su propio cuarto. Se veía nerviosa. El sonido de la lluvia se escuchaba de fondo.

 Si algo me pasa, por favor, díganle a la policía. Kenji ha empezado a cambiar. Se enoja sin razón. A veces me mira como si fuera otra persona, pero no puedo dejarlo así nada más. Tengo miedo de que si se queda solo se haga daño a sí mismo o a mí. El video se detuvo ahí. Santiago miró la pantalla. Su mandíbula se tensó. Ella lo sabía murmuró.

Sabía que esto terminaría mal. Lorena se cubrió el rostro y rompió a llorar. Fui yo le dije que tuviera paciencia. Le dije que Kenji solo estaba estresado. Dios mío, fui yo quien le empujó de vuelta a sus brazos. Santiago contuvo la rabia que crecía en su pecho. Tú no la mataste, pero fuiste parte de esa ceguera.

Ahora es nuestro trabajo cerrar este círculo para que no haya más aliñas. Se levantó llevando la carta y el video a la mesa de pruebas. Afuera, el cielo de la Ciudad de México comenzaba a clarear. La luz del sol se filtraba entre las nubes grises. Pero para Santiago esa mañana no trajo paz. Solo una pregunta.

 ¿Cuánto amor se convierte en herida antes de que alguien se dé cuenta de que el sentimiento de posesión puede ser más peligroso que el odio? Dos meses después, el aire en el reclusorio sur se sentía denso por las miradas y los susurros. En el banquillo de los acosados, Kenji Tanaka estaba sentado en silencio con el uniforme naranja de prisionero, la cabeza gacha.

 A su lado, Lorena Márquez, con el rostro pálido como el papel. El comandante Santiago Prado estaba presente como testigo principal. Estaba acostumbrado a los tribunales, pero esta vez cada foto que el fiscal mostraba, la maleta, el bordo poniente, el último video de Alina, le dejaba un sabor amargo en la boca. El fiscal se puso de pie.

 Acusado Kenji Tanaka, ¿dadite usted que causó la muerte de Alina Reyes? Kenji levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos. Lo admito, pero no porque quisiera matarla. Solo quería que dejara de abandonarme. No supe cómo detener esa rabia. La sala quedó en silencio. El fiscal continuó. Entonces, ¿por qué quemó el cuerpo de la víctima? Kenji miró al vacío.

No soportaba ver su rostro. Pensé que el fuego podía limpiar el pecado, pero solo lo hizo crecer más grande. Un soy se escuchó desde los asientos traseros. Era la madre de Alina. El juez se dirigió a Lorena. Señorita Lorena Márquez, se le acusa de obstrucción a la justicia y alteración de pruebas. entiende los cargos.

Lorena asintió débilmente. Entiendo, su señoría, ya no quiero ocultar la verdad, solo quiero dejar de sentirme culpable. El fiscal mostró la carta encontrada bajo el colchón. Esta carta es prueba de que el acusado ya mostraba signos de violencia emocional. ¿Por qué se acercó a la víctima después de escribir esto?Kenji miró al suelo porque pensé que el amor podía arreglarlo todo, pero me equivoqué.

El amor no cura nada cuando dentro de él hay miedo. El juicio continuó hasta la tarde. Cuando el juez golpeó el mazo por última vez, el sonido resonó como un trueno. Se dicta una sentencia de 50 años de prisión al acusado Kenji Tanaka por el delito de homicidio calificado y una sentencia de 2 años de prisión a la acusada Lorena Márquez por obstrucción a la justicia.

Algunos vitorearon, otros lloraron. Kenji solo cerró los ojos. Mientras que Lorena bajó la cabeza rezando en silencio. Santiago se levantó observando cómo se los llevaban esposados. Cuando Kenji pasó a su lado, lo miró por un instante. Una mirada vacía, pero honesta, como la de alguien que por fin entiende el precio de la ira.

 Afuera caía una lluvia fina. Santiago encendió un cigarrillo, pero no lo fumó. se quedó en las escalinatas mirando el cielo gris de la ciudad. Un colega se le acercó. Caso cerrado, comandante. Deberías sentirte aliviado. Santiago asintió, pero su mirada seguía perdida. Nada se cierra de verdad cuando alguien pierde la vida. Esa noche, Santiago volvió al bordo poniente.

Se paró en el lugar donde encontraron la maleta, ahora cercado. La tierra comenzaba a cubrirse de hierba nueva. Se inclinó y esparció un puñado de flores secas. “Que encuentres la paz, Alina”, susurró. Y que nosotros aprendamos de este error. El viento traía el olor a basura, pero detrás se colaba el aroma de las flores de algún jardín cercano.

Santiago cerró los ojos. En ese silencio sintió que el fuego que una vez ardió allí finalmente se había extinguido, no por el agua, sino por la verdad. Dos semanas después de la sentencia, la vida en la Ciudad de México seguía su curso. En un pequeño puesto de periódicos, la noticia se había reducido a una nota de pie de página.

 Kenji Tanakas era extraditado a Japón para cumplir su condena. El caso estaba cerrado. Tienes que aprender a soltar, Santiago, le dijo el capitán Valdés, su superior, mientras compartían un café. A veces pienso que lo que se quemó no fue solo su cuerpo, sino una parte de nuestra conciencia”, respondió Santiago. No había una respuesta para eso.

 Esa noche, en su pequeño departamento, Santiago miró las dos piezas que definían la historia, una foto de Alina y la carta de Kenji. El culpable y la víctima, el fuego y la ceniza. Y de esas cenizas él había aprendido una lección. Tres meses después recibió un sobre con matas de Japón. Era de Kenji en la carta escrita en un español torpe, pero claro, leía, le escribo no para pedir perdón, porque sé que las palabras no devuelven la vida, solo para darle las gracias.

En ese tribunal usted no me miró como a un monstruo, sino como a un hombre perdido. Desde ese día he empezado a hablar con Dios de nuevo. Si algún día salgo libre, solo encenderé fuego para dar calor, nunca para quemar. Un fin de semana, Santiago condujo hasta Huauchinango, Puebla, el pueblo natal de Alina.

 Le había prometido a su madre que entregaría la carta a la familia. La madre de Alina, una mujer de rostro amable pero cansado, lo recibió en el porche de su casa. Usted es el policía que llevó el caso de mi hija, ¿verdad? Sí, señora. Quería entregarle esto. Es una carta del culpable. Solo si usted está lista para leerla.

La mujer tomó el sobre, pero no lo abrió. lo abrazó contra su pecho. No necesito saber lo que dice, solo quiero saber una cosa. Él se arrepintió. Santiago asintió profundamente. Señora. Lágrimas rodaron por las mejillas de la mujer. Entonces, que Dios se encargue del resto. Yo ya me cansé de estar enojada. Al atardecer, Santiago visitó la tumba de Alina sobre la tierra. fresca.

 Colocó una pequeña flor blanca y encendió una vela. “No vengo como policía”, dijo en voz baja, “sino como alguien que aprendió de tu historia. Moriste por un amor que se equivocó de camino, pero quizá gracias a ti otros aprendan a amar sin herir.” El viento sopló haciendo danzar la llama de la vela. Una luz pequeña, temblorosa, pero viva.

Al regresar a la ciudad, la radio anunció una nueva campaña nacional contra la violencia en el noviazgo, inspirada en el caso de Alina Reyes. Santiago sonrió levemente. Quizá era un buen comienzo. Al pasar cerca del bordo poniente, vio a lo lejos a unos niños pepenadores jugando. Uno de ellos encendió una pequeña luz, un simple juguete, pero para Santiago fue una señal.

 En el lugar donde el pecado había ardido, ahora crecía una nueva vida. El fuego se apagó, murmuró, pero tú luz sigue aquí, Alina. M.