La Viuda Negra de Guanajuato: 17 Esposos Ricos, 17 Funerales y Una Fortuna Maldita

En el corazón de Guanajuato, donde las calles empedradas serpentean entre casas coloniales de colores vibrantes y las campanas de la basílica resuenan en el aire seco del altiplano, vivía una mujer cuya belleza era tan legendaria como su maldición. Carmen Soledad Herrera había nacido en 1923 en una modesta casa de cantera rosa, hija de un minero que murió joven por la silicosis y de una costurera que trabajaba hasta altas horas para mantener a sus cinco hijos.
Pero Carmen era diferente. Sus ojos verdes como jade contrastaban con su piel morena clara y su sonrisa podía derretir el corazón más frío de los comerciantes del mercado Hidalgo. A los 18 años, Carmen ya había enterrado a su primer esposo. Si estás disfrutando esta historia, no olvides suscribirte al canal y déjanos en los comentarios desde qué parte de México nos estás viendo.
Ahora continuemos con el relato que ha aterrorizado a Guanajuato por décadas. Don Aurelio Mendoza, un próspero comerciante de plata de 60 años, se había enamorado perdidamente de la joven tras verla en la plaza de los Ángeles un domingo por la tarde. Carmen llevaba un vestido azul cielo que había cosido su madre y el sol de octubre hacía brillar su cabello negro como obsidiana.
Aurelio, viudo y sin hijos, la cortejó con la desesperación de un hombre que sabía que la juventud se le escapaba entre los dedos. Se casaron en la parroquia de San Diego en diciembre de 1941 en una ceremonia que todo Guanajuato comentó durante meses. Él le regaló una casa en la calle Sopeña con balcones de hierro forjado y patios llenos de bugambilias.
Carmen se convirtió en la señora Mendoza y por primera vez en su vida conoció la abundancia. Pero la felicidad duró exactamente 4 meses. Una madrugada de abril, los gritos de Carmen despertaron a toda la vecindad. Aurelio había muerto en su cama con el rostro contraído en una mueca de dolor insoportable y espuma en los labios. El Dr.
Ramírez, el médico más respetado de la ciudad, dictaminó que había sido un infarto fulminante, aunque admitió en privado que nunca había visto algo así en un hombre que gozaba de perfecta salud. Carmen lloró con una intensidad que partía el alma. Sus lágrimas parecían sinceras, y nadie sospechó nada cuando heredó toda la fortuna de Aurelio, la casa, las minas de plata en la valenciana y una considerable suma de dinero que la convirtió en una de las mujeres más ricas de Guanajuato.
Durante el luto, Carmen se recluyó en su casa de la calle Sopeña. Las vecinas la veían vestida de negro riguroso asistiendo a misa diaria en San Diego, donde encendía velas por el alma de su difunto esposo. Su dolor parecía auténtico y la comunidad la adoptó como una viuda ejemplar. Pero cuando el año de luto terminó, Carmen reapareció en sociedad más hermosa que nunca.
A los 20 años ya tenía pretendientes haciendo fila en su puerta. El segundo fue don Evaristo Chávez, dueño de varias haciendas en los alrededores de León. Era un hombre de 45 años, con bigote espeso y una risa contagiosa que llenaba las cantinas del centro. Se enamoró de Carmen durante una función de teatro en el teatro Juárez, donde ella lucía un vestido verde esmeralda que realzaba sus ojos.
Evaristo la cortejó con serenatas que toda la ciudad escuchaba desde sus ventanas y le regaló un collar de perlas que había pertenecido a su abuela. Se casaron en 1943 en una ceremonia aún más lujosa que la primera. Esta vez Carmen llevó un vestido blanco bordado con hilos de oro y la recepción se celebró en la hacienda San Cristóbal, rodeada de campos de maíz que se extendían hasta el horizonte.
Los mariachis tocaron hasta el amanecer y los invitados bebieron tequila de las mejores destilerías de Jalisco. Pero la felicidad de Evaristo duró apenas 6 meses. Una tarde de otoño, mientras supervisaba la cosecha en sus tierras, Evaristo se desplomó súbitamente. Los peones que trabajaban cerca corrieron a auxiliarlo, pero ya era demasiado tarde.
Su cuerpo convulsionó violentamente durante unos minutos antes de quedar inmóvil, con los ojos abiertos mirando el cielo nublado de noviembre. El doctor que lo examinó habló de un posible envenenamiento, pero nunca pudo probarlo. Carmen, que había permanecido en Guanajuato ese día, aquejada de una misteriosa jaqueca, heredó nuevamente todo, las haciendas, el ganado y una fortuna que la convirtió en una de las mujeres más acaudaladas de todo el vajío.
El patrón comenzaba a repetirse, pero nadie se atrevía a señalarlo abiertamente. Durante los siguientes años, Carmen se casó una y otra vez. Cada matrimonio seguía el mismo ritual macabro, el enamoramiento súbito del pretendiente, una boda suntuosa, unos meses de aparente felicidad y después la muerte inexplicable del esposo. Siempre había una explicación médica plausible: infartos, embolias, accidentes misteriosos y siempre Carmen heredaba todo.
El tercero fue don CresencioVillareal, un empresario textil de Querétaro que se enamoró de ella durante una feria en San Miguel de Allende. Murió ahogado en su propia bañera, aparentemente víctima de un desmayo. El cuarto, don Florencio Aguilar, propietario de varias minas en Zacatecas, falleció de una fiebre extraña que ningún médico pudo diagnosticar.
Sus últimas palabras, según Carmen, habían sido de amor hacia ella. El quinto esposo, Don Hermenildo Sánchez, era dueño de una cadena de tiendas de abarrotes en todo el estado. Murió en un accidente cuando su caballo se espantó misteriosamente en un camino que había recorrido mil veces. El sexto, Don Isidoro Ramírez, un próspero ganadero de Aguascalientes, pereció durante una cena familiar cuando se atragantó con un pedazo de carne, a pesar de que era conocido por comer con suma delicadeza.
Para 1950, Carmen había enviudado seis veces y acumulado una fortuna que superaba la de muchas familias aristocráticas del país. Su casa en la calle sopeña se había convertido en una mansión con jardines exuberantes, fuentes de mármol y una servidumbre que la atendía como a una reina. Pero también había comenzado a despertar sospechas.
Los rumores corrían como pólvora por los callejones de Guanajuato. En las fondas del mercado, las mujeres cuchicheaban sobre la mala suerte que perseguía a los esposos de Carmen. En las cantinas, los hombres bromeaban nerviosamente sobre la belleza mortal de la viuda negra, pero nadie se atrevía a acusarla directamente.
Carmen era demasiado poderosa, demasiado respetada y sus lágrimas en cada funeral parecían demasiado auténticas. El séptimo esposo fue don Juventino Herrera, un ascendado de Dolores Hidalgo, sin parentesco con ella a pesar del apellido. Era un hombre de gran cultura que hablaba francés y había viajado por Europa antes de la guerra.
se enamoró de Carmen tras leer uno de sus poemas en una velada literaria organizada por la alta sociedad guanajuatense, porque Carmen, además de hermosa y rica, había desarrollado una faceta artística que la hacía aún más irresistible. juventino le escribía cartas de amor en papel perfumado, citando a Becker y a Neruda, la llevaba a conciertos de música clásica en la capital y le regalaba libros de poesía francesa encuadernados en piel.
Su cortejo fue el más refinado que Carmen había recibido y por un momento las malas lenguas pensaron que quizás este matrimonio sería diferente. Se equivocaron. Juventino murió durante su luna de miel en Acapulco, aparentemente víctima de una reacción alérgica a los mariscos que cenó en la playa. Carmen regresó a Guanajuato vestida de negro, más pálida y hermosa que nunca, cargando no solo con su dolor, sino también con las propiedades de Juventino.
Una hacienda productora de vino, varias casas en el centro histórico de Dolores Hidalgo y una considerable suma en bonos del gobierno. Fue entonces cuando apareció en su vida el padre Miguel Hidalgo Sánchez, un sacerdote joven destinado a la parroquia de San Diego. No era pariente del héroe de la independencia, pero compartía su pasión por la justicia y su valor para enfrentarse a los poderosos.
El padre Miguel había escuchado las historias que circulaban sobre Carmen y aunque no tenía pruebas, su instinto le decía que algo no estaba bien. Comenzó a vigilarla discretamente, asistía a sus bodas, oficiaba los funerales de sus esposos y observaba. Notó pequeños detalles que otros pasaban por alto. Como Carmen siempre tenía una cuartada perfecta cuando sus esposos morían.
Como sus lágrimas cesaban súbitamente cuando creía que nadie la veía. Como sus ojos brillaban con una luz extraña cuando hablaba de sus queridos difuntos. El octavo esposo fue don Clemente Cervantes, un comerciante de joyas que tenía tiendas en Guanajuato, San Luis Potosí y Guadalajara. Era un hombre meticuloso que llevaba registros detallados de cada transacción y guardaba copias de todos sus documentos.
se enamoró de Carmen cuando ella fue a su tienda a encargar un anillo para reemplazar uno que, según dijo, había perdido en el jardín. Clemente era diferente a los anteriores esposos, era más joven, apenas 3 años mayor que Carmen y tenía una mente analítica que lo había hecho próspero en el mundo de los negocios.
Durante su noviazgo comenzó a hacer preguntas sutiles sobre la vida pasada de Carmen, sobre sus anteriores matrimonios, sobre las circunstancias de las muertes de sus esposos. Carmen respondía con lágrimas en los ojos, hablando del dolor de haber perdido tantos amores, de la maldición que parecía perseguirla. Clemente se compadecía y la consolaba, pero en privado tomaba notas.
Había algo en las historias de Carmen que no cuadraba, pequeñas inconsistencias que su mente comercial detectaba como detectaría una gema falsa. Se casaron en abril de 1952 en una ceremonia más íntima que las anteriores. Carmen había dicho que no quería tentarlo a la suerte con unacelebración demasiado lujosa. Clemente aceptó, pero secretamente había comenzado a tomar precauciones.
cambió su testamento, dejando la mayor parte de su fortuna a instituciones de caridad, y escribió una carta detallada sobre sus sospechas que dejó en una caja fuerte en Guadalajara con instrucciones de que fuera abierta en caso de su muerte. Carmen no sabía nada de estas precauciones cuo, tres meses después de la boda, preparó su veneno habitual.
Había perfeccionado su técnica a lo largo de los años. una combinación de plantas venenosas que crecían en las montañas cercanas a Guanajuato, procesadas hasta crear una sustancia indetectable que causaba síntomas similares a un ataque cardíaco o un envenenamiento accidental. Pero Clemente había desarrollado otro hábito.
Nunca comía ni bebía nada que Carmen hubiera tocado sin que ella probara primero. Lo hacía de manera sutil, galante, como un esposo enamorado que quería compartir cada bocado con su amada. Carmen no podía negarse sin despertar sospechas, así que había tenido que esperar el momento perfecto. Llegó durante una cena romántica en su casa.
Carmen había preparado mole poblano, el platillo favorito de Clemente, y había impregnado su porción con el veneno. Pero cuando se sentaron a cenar, Clemente insistió en que probaran el mole del plato del otro en una demostración de amor que la dejó helada. Quiero saber si cocinas tan bien para ti como cocinas para mí”, le dijo con una sonrisa, intercambiando los platos antes de que ella pudiera objetar.
Carmen no tuvo más remedio que comer el mole envenenado mientras veía a Clemente disfrutar la porción que había estado destinada a él. sintió el sabor amargo familiar y supo que tenía menos de una hora antes de que los síntomas comenzaran. Con una excusa de dolor de cabeza, se retiró a su recámara y escribió rápidamente una nota confesando todo, esperando que fuera encontrada después de su muerte y que así al menos se hiciera justicia.
Pero Carmen había subestimado su propia resistencia al veneno. Años de probarlo en pequeñas dosis para perfeccionar la fórmula, habían creado en su organismo una tolerancia parcial. No murió esa noche. En lugar de eso, pasó tres días en agonía delirando con fiebre, mientras Clemente cuidaba de ella sin saber que estaba siendo envenenada por la mujer que amaba.
Durante esos días de delirio, Carmen habló en sueños. Clemente escuchó nombres, fechas, métodos. Escuchó confesiones fragmentadas que confirmaron todas sus sospechas. Cuando Carmen finalmente se recuperó, fingiendo que había sido víctima de una intoxicación alimentaria, Clemente ya sabía la verdad. no la confrontó inmediatamente.
En lugar de eso, comenzó a documentar todo lo que había escuchado durante sus delirios. Visitó a las familias de los esposos anteriores. Hizo preguntas discretas, investigó las circunstancias de cada muerte. Poco a poco armó un rompecabezas macabro que revelaba la verdadera naturaleza de la mujer con la que se había casado. Mientras tanto, Carmen planeaba su próximo movimiento.
Sabía que Clemente sospechaba algo. Había notado sus miradas penetrantes, sus preguntas casuales, que no eran tan casuales. Decidió que debía actuar rápido antes de que él pudiera tomar medidas contra ella. preparó una nueva dosis de veneno, esta vez más potente, y planeó administrársela durante un viaje de negocios a Guadalajara.
Pero Clemente se le adelantó. La noche antes del viaje, mientras Carmen dormía, él registró sus pertenencias y encontró el frasco con el veneno oculto entre sus cosméticos. A la mañana siguiente, Clemente no abordó el tren a Guadalajara. En lugar de eso, fue directamente a la comandancia de policía de Guanajuato y entregó toda la evidencia que había recopilado, el veneno, sus notas, los testimonios de las familias de las víctimas y la confesión delirante de Carmen que había grabado en su mente palabra por palabra. El comandante
Rodolfo Navarro era un hombre íntegro que había servido en la revolución bajo las órdenes de Pancho Villa. Había visto muchos horrores en su vida, pero la historia que Clemente le contó lo dejó sin palabras. Sin embargo, arrestar a Carmen Soledad Herrera no sería fácil. Era una de las mujeres más poderosas de Guanajuato, con conexiones en los más altos niveles del gobierno estatal y federal.
Necesitaba pruebas irrefutables. La investigación que siguió fue una de las más complejas en la historia de Guanajuato. El comandante Navarro trabajó en secreto con un equipo de médicos forenses de la Ciudad de México para exhumar los cuerpos de los esposos de Carmen. Lo que encontraron confirmó las peores sospechas, rastros de veneno en los tejidos de al menos cinco de los siete cuerpos que pudieron examinar.
Los otros dos estaban demasiado descompuestos para el análisis, pero los patrones de muerte eran consistentes. Mientras se desarrollaba la investigación, Carmencontinuó con su vida normal. Se había dado cuenta de la desaparición del frasco de veneno, pero asumió que Clemente lo había descubierto y decidido mantenerse callado por amor o por miedo.
No sabía que cada movimiento suyo estaba siendo vigilado, que cada conversación era monitoreada, que su mundo estaba a punto de colapsar. El noveno pretendiente ya había aparecido en su vida, don Leonardo Jiménez, un empresario minero de real de monte que había llegado a Guanajuato para expandir sus operaciones.
Era un hombre de 50 años, viudo reciente, con una fortuna considerable y una hija estudiando en París. se había enamorado de Carmen durante una recepción en casa del gobernador, donde ella lucía un vestido azul marino que resaltaba su figura todavía perfecta a los 30 años. Leonardo la cortejaba con la pasión de un adolescente, enviándole flores exóticas desde la capital y escribiéndole poemas que hacía publicar en el periódico local.
Carmen aceptó sus atenciones, pero esta vez con más cautela. Algo le decía que debía ser especialmente cuidadosa, que el ambiente en Guanajuato había cambiado sutilmente. Tenía razón. El padre Miguel Hidalgo Sánchez había estado trabajando en coordinación con el comandante Navarro, utilizando su posición en la iglesia para acceder a registros parroquiales y testimonios de los feligreses.
Había documentado cada matrimonio, cada funeral, cada herencia. El patrón era tan claro como aterrador. La trampa se tendió durante la pedida de mano de Leonardo. Carmen había aceptado casarse con él y la ceremonia estaba programada para diciembre de 1952. Pero el comandante Navarro decidió que no podía permitir una novena víctima.
La noche del 15 de noviembre, cuando Carmen regresaba de una cena en casa de Leonardo, encontró su mansión rodeada de policías. La arrestaron en su propia sala, rodeada de los retratos de sus ocho esposos muertos que colgaban de las paredes como trofeos macabros. Carmen mantuvo la compostura hasta el final, negando todos los cargos con lágrimas en los ojos, insistiendo en que era víctima de una conspiración, que sus enemigos querían destruirla porque era una mujer exitosa e independiente.
Pero la evidencia era abrumadora. Durante el juicio que se convirtió en el evento más seguido en la historia de Guanajuato, desfilaron testigos que contaron historias escalofriantes. El doctor, que había atendido a Aurelio Mendoza confesó que siempre había sospechado envenenamiento. Los trabajadores de Evaristo Chávez describieron como el patrón se había quejado de un sabor amargo en su desayuno la mañana de su muerte.
La sirvienta de Juventino Herrera recordó haber visto a Carmen preparando personalmente los mariscos que causaron la supuesta reacción alérgica. El testimonio más impactante fue el de Clemente Cervantes, quien relató con voz quebrada cómo había descubierto la verdadera naturaleza de su esposa, cómo había escuchado sus confesiones delirantes, cómo había encontrado el veneno entre sus pertenencias.
Cuando mostró el frasco al jurado, un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Carmen fue declarada culpable de ocho asesinatos en primer grado, pero su historia no terminó ahí. Durante su estancia en prisión, mientras esperaba que se definiera su sentencia, comenzó a escribir sus memorias. En esos cuadernos que se conservan hasta hoy en los archivos judiciales de Guanajuato, Carmen reveló detalles aún más escalofriantes.
No había comenzado a matar por dinero, sino por una mezcla de miedo y resentimiento hacia los hombres que la habían desilusionado desde su juventud. Su padre había muerto joven, dejando a la familia en la miseria. Su primer novio, cuando tenía 16 años, la había abandonado al embarazarse una criada de su casa.
Cuando conoció a Aurelio Mendoza, vio la oportunidad de escapar de la pobreza, pero también sintió una rabia profunda hacia su dependencia económica y emocional. El primer asesinato había sido casi accidental. Carmen había estado experimentando con plantas venenosas que su abuela, una curandera de la región, le había enseñado a identificar.
Su intención original había sido crear pociones de amor. Pero cuando Aurelio comenzó a mostrar signos de celos posesivos y control, decidió probar una dosis pequeña de veneno para calmarlo. La dosis resultó ser letal. La sensación de poder que experimentó al ver morir a Aurelio fue embriagante. De pronto se había liberado de su dependencia, había heredado su fortuna y había descubierto que tenía la capacidad de controlar el destino de los hombres que entraban en su vida.
Cada matrimonio posterior fue un experimento, una demostración de su poder, una venganza contra todos los hombres que habían lastimado a las mujeres de su familia. En sus memorias, Carmen describía con detalle escalofriante cómo había perfeccionado sus métodos. Había estudiado anatomía y toxicología de forma autodidacta,experimentando con diferentes plantas y combinaciones hasta crear venenos prácticamente indetectables.
Había aprendido a leer a los hombres, a identificar sus debilidades, a enamorarlos de tal forma que nunca sospecharían de ella. Pero también reveló algo que sorprendió incluso a los investigadores. No todos sus esposos habían muerto por veneno. Algunos habían sido víctimas de accidentes cuidadosamente orquestados.
El ahogamiento de don Crescencio no había sido resultado de un desmayo, sino que Carmen lo había mantenido bajo el agua después de drogarlo levemente. El espanto del caballo de don Hermenegildo había sido provocado por una serpiente que Carmen había colocado estratégicamente en el camino. Los cuadernos revelaron la mente de una psicópata brillante, una mujer que había convertido el asesinato en un arte y que había disfrutado cada momento de poder que le proporcionaba.
Pero también mostraron los momentos de duda, las noches de insomnio cuando los rostros de sus víctimas la perseguían, la creciente paranoia que la había llevado a cometer errores que finalmente la traicionaron. La sentencia llegó en marzo de 1953. Cadena perpetua. Carmen Soledad Herrera, la viuda negra de Guanajuato, pasaría el resto de su vida tras las rejas.
Pero incluso en prisión, su historia continuó generando fascinación y terror. Durante sus primeros años de encarcelamiento, Carmen recibió cientos de cartas de admiradores morbosos, hombres que se sentían atraídos por su belleza y su notoriedad. Algunos incluso le proponían matrimonio a pesar de conocer su historial.
Ella respondía a algunas de estas cartas con una cortesía fría que revelaba que su capacidad de manipulación permanecía intacta. En 1960, Carmen hizo su primer intento de fuga. Había seducido a uno de los guardias de la prisión, un hombre joven llamado Esteban Morales, que había caído bajo su hechizo.
A pesar de conocer perfectamente su historia. Esteban la ayudó a falsificar documentos y planeó una ruta de escape hacia la frontera con Estados Unidos, donde Carmen tenía contactos que podían proporcionarle una nueva identidad. El plan falló cuando otro recluso, celoso de la atención que Carmen recibía, denunció la conspiración a las autoridades.
Esteban fue arrestado y Carmen pasó dos años en confinamiento solitario. Durante ese periodo de aislamiento, su salud mental comenzó a deteriorarse visiblemente. Los guardias reportaban que Carmen hablaba sola durante horas, manteniendo conversaciones animadas con personas invisibles que parecían ser sus esposos muertos. A veces reía con una alegría inquietante, como si estuviera recordando momentos felices con ellos.
Otras veces gritaba pidiendo perdón, suplicando a las sombras que la dejaran en paz. En 1965, un psiquiatra de la Universidad Nacional fue autorizado a estudiar el caso de Carmen. El Dr. Raúl Mendoza Cervantes, sin relación con ninguna de las víctimas, pasó meses entrevistándola tratando de entender la mente de una de las asesinas en serie más prolíficas de México.
Sus notas, que se mantuvieron clasificadas durante décadas, revelaron una personalidad compleja y contradictoria. Carmen mantenía periodos de lucidez absoluta en los que podía discutir literatura, política y filosofía con una inteligencia sorprendente. Había aprendido varios idiomas en prisión y había leído extensamente sobre psicología criminal.
aparentemente tratando de entenderse a sí misma. Pero estos momentos de claridad se alternaban con episodios psicóticos donde revivía sus crímenes con una mezcla de orgullo y horror. “No me arrepiento de haberlos matado”, le dijo al Dr. Mendoza durante una de sus sesiones. “Me arrepiento de haber sido descubierta.
Había tanto poder en esos momentos. Era como ser Dios, decidir quién vivía y quién moría. Por primera vez en mi vida yo tenía el control. Pero en otras ocasiones Carmen se mostraba como una mujer quebrada por el peso de sus crímenes. “Los veo todas las noches”, confesaba entre lágrimas. Aurelio me pregunta por qué lo maté si él me amaba tanto.
Evaristo me reprocha que haya destruido su familia. No puedo escapar de ellos, doctor. Me siguen incluso aquí. El estudio del Dr. Mendoza concluyó que Carmen sufría de un trastorno de personalidad antisocial severo, complicado por episodios de psicosis que habían empeorado con los años de encarcelamiento. Recomendó tratamiento psiquiátrico intensivo, pero las autoridades penitenciarias consideraron que era demasiado peligrosa para ser transferida a una institución mental.
En 1970, Carmen hizo su segundo intento de fuga, esta vez utilizando sus conocimientos de plantas venenosas de una manera inesperada. Había cultivado secretamente hierbas tóxicas en un pequeño jardín que las autoridades le habían permitido mantener como parte de su terapia ocupacional. utilizó estas plantas para crear una poción que causaba síntomas similares auna enfermedad grave, esperando ser transferida a un hospital donde podría escapar más fácilmente.
El plan fue descubierto cuando las pruebas médicas revelaron que su enfermedad era artificialmente inducida. Carmen fue trasladada a una celda de máxima seguridad, sin acceso a plantas ni materiales que pudiera usar para crear venenos. Esta medida prácticamente la dejó sin esperanzas de escape, pero también aceleró su deterioro mental.
Durante la década de 1970, Carmen se convirtió en una leyenda urbana en Guanajuato. Los padres usaban su historia para asustar a los niños desobedientes y los jóvenes se retaban unos a otros a pasar la noche cerca de su antigua mansión en la calle sopeña, que había permanecido vacía desde su arresto.
Se decía que los fantasmas de sus víctimas vagaban por la casa. buscando justicia o venganza. Algunos turistas comenzaron a visitar los sitios asociados con sus crímenes, creando un turismo macabro que las autoridades locales preferían desalentar. Sin embargo, la historia de la viuda negra se había convertido en parte del folklore guanajuatense, una advertencia sobre los peligros de la belleza sin escrúpulos y la ambición desmedida.
En 1975, Carmen sufrió su primer infarto. A los 52 años, su belleza legendaria había sido erosionada por décadas de encarcelamiento y enfermedad mental. Su cabello negro se había vuelto completamente gris y su rostro mostraba las marcas del tiempo y el tormento interior. Sobrevivió al ataque cardíaco, pero su salud nunca se recuperó completamente.
Durante sus últimos años, Carmen se dedicó obsesivamente a escribir cartas a las familias de sus víctimas, pidiendo perdón por sus crímenes. Algunas familias respondían con perdón cristiano, otras con rechazo y ira. Estas correspondencias se convirtieron en su única conexión con el mundo exterior, un hilo frágil que la mantenía anclada a la realidad.
En una carta dirigida a la hija de don Leonardo Jiménez, el noveno pretendiente que nunca llegó a ser su víctima, Carmen escribió, “Agradezco a Dios cada día que mi arresto salvara la vida de su padre. Él era un hombre bueno, como lo fueron todos mis esposos. Yo fui quien estuvo mal, quien permitió que la oscuridad de mi corazón los destruyera.
Su padre tuvo la fortuna de escapar de mi maldición. Leonardo Jiménez, que para entonces tenía más de 80 años, respondió a la carta con una mezcla de compasión y horror. He vivido 30 años preguntándome cómo habría sido mi vida si me hubiera casado contigo”, escribió. “Ahora sé que no habría vivido para contarlo. Te perdono, Carmen, pero nunca podré olvidar el mal que causaste.
” En 1980, Carmen comenzó a mostrar signos de demencia senil. Sus periodos de lucidez se volvieron cada vez más raros y pasaba la mayor parte del tiempo sumida en un mundo interior poblado por fantasmas y recuerdos distorsionados. Los guardias reportaban que hablaba con sus esposos muertos como si estuvieran vivos, preparando cenas imaginarias y planeando bodas que nunca tendrían lugar.
Aurelio viene a visitarme todas las noches”, le contó a una enfermera de la prisión. Me dice que me perdona, que entiende por qué tuve que hacerlo. Pronto estaremos juntos otra vez, él y yo, y todos los demás. Será una gran reunión familiar. El final llegó en la madrugada del 15 de noviembre de 1983, exactamente 31 años después de su arresto.
Carmen murió en su celda, aparentemente de causas naturales, aunque algunos guardias juraron que la habían escuchado conversando animadamente con alguien invisible momentos antes de que su corazón se detuviera. Tenía 60 años. Su muerte pasó casi inadvertida para el público general. Los periódicos publicaron breves notas necrológicas que resumían su historia criminal, pero la noticia fue opacada por eventos políticos más importantes.
Sin embargo, en Guanajuato su muerte marcó el fin de una era de terror que había durado más de cuatro décadas. El cuerpo de Carmen fue sepultado en una tumba sin nombre en el cementerio municipal, siguiendo sus propios deseos expresados en un testamento que había escrito años antes. No quería que su tumba se convirtiera en un lugar de peregrinaje morboso o que su nombre fuera recordado en una lápida.
Que mi historia sirva de advertencia”, había escrito, pero que mi nombre sea olvidado. Sin embargo, la historia de Carmen Soledad Herrera, la viuda negra de Guanajuato, no fue olvidada. Se convirtió en leyenda, en cuento de advertencia, en tema de novelas y películas. Pero más importante aún, se convirtió en un recordatorio de que el mal puede esconderse detrás de la belleza más seductora y que la capacidad humana para la destrucción no conoce límites cuando se combina con inteligencia y falta de escrúpulos.
Los descendientes de sus víctimas llevaron vidas marcadas por la tragedia que Carmen había traído a sus familias. Algunos prosperaron utilizando las herencias que sus antepasados habíanacumulado para crear negocios exitosos y obras de caridad. Otros nunca se recuperaron completamente del shock de descubrir que sus seres queridos habían sido asesinados por la mujer que profesaba amarlos.
La familia Mendoza, herederos de Aurelio, el primer esposo, estableció una fundación de beneficencia. que ayudaba a viudas en situación vulnerable como una forma de honrar la memoria de su patriarca y prevenir que otras mujeres cayeran en la desesperación que había llevado a Carmen por el camino del crimen. La fundación operó durante décadas convirtiéndose en una de las instituciones de caridad más respetadas del Bajío.
Los Chávez, descendientes de Evaristo, mantuvieron las haciendas familiares, pero nunca pudieron olvidar completamente las circunstancias de su muerte. Durante generaciones, las mujeres de la familia evitaron casarse con viudas, sin importar cuán respetables parecieran. Era una superstición que se transmitía de madre a hija, un miedo ancestral que la historia de Carmen había grabado en su memoria colectiva.
En 1990, 7 años después de la muerte de Carmen, un investigador de la Universidad de Guanajuato, llamado Dr. Alberto Hernández Vázquez, comenzó un estudio exhaustivo sobre su caso. Su objetivo era entender no solo los aspectos criminológicos, sino también los factores sociales y culturales, que habían permitido que una mujer asesinara a ocho hombres durante más de una década sin ser detectada.
El estudio del Dr. Hernández reveló aspectos perturbadores sobre la sociedad guanajuatense de mediados del siglo XX. La posición social privilegiada que Carmen había adquirido a través de sus matrimonios la había hecho prácticamente intocable. Era una mujer rica, hermosa y aparentemente devota, que asistía a misa diariamente y contribuía generosamente a obras de caridad.
En una sociedad donde las apariencias eran cruciales, nadie se atrevía a cuestionar públicamente a alguien que parecía ser el epítome de la virtud femenina. Además, el machismo de la época había trabajado a favor de Carmen de maneras que ella misma había calculado cuidadosamente. Los hombres que la conocían no podían concebir que una mujer fuera capaz de planear y ejecutar asesinatos tan sofisticados.
Las pocas sospechas que surgieron fueron descartadas precisamente porque venían de una fuente femenina. Se asumía que las mujeres eran demasiado emocionales e irracionales para ser asesinas calculadoras. Carmen Soledad Herrera escribió el doctor Hernández en sus conclusiones, fue el producto de una sociedad que subestimó sistemáticamente la capacidad intelectual y criminal de las mujeres.
Su éxito como asesina en serie no se debió únicamente a su inteligencia y belleza, sino también a los prejuicios de género que la protegieron durante años. El estudio también reveló que Carmen no había sido la única viuda negra en la historia de México, aunque sí la más prolífica y exitosa. En lo largo del siglo XX habían documentado al menos una docena de casos similares en diferentes estados donde mujeres habían asesinado a múltiples esposos por motivos económicos, pero ninguna había alcanzado el nivel de sofisticación y duración de los crímenes
de Carmen. En 1995, la casa de Carmen en la calle Sopeña fue finalmente vendida por el gobierno estatal, que había confiscado todas sus propiedades tras su condena. La compraron una pareja de artistas de la Ciudad de México que querían convertirla en un hotel boutique. Durante la renovación encontraron varios objetos que habían pertenecido a Carmen.
Frascos de vidrio con residuos de sustancias no identificadas, diarios íntimos que no habían sido descubiertos durante la investigación original y retratos de hombres que no correspondían a ninguno de sus esposos conocidos. Estos hallazgos sugirieron que Carmen podría haber tenido más víctimas de las que se conocían oficialmente.
Los frascos fueron analizados por expertos en toxicología forense, quienes confirmaron que contenían rastros de los mismos compuestos venenosos que había utilizado en sus crímenes conocidos. Los diarios revelaron planes detallados para asesinar a otros hombres que había conocido, pero con quienes nunca se había casado, sugiriendo que sus impulsos homicidas habían sido más extensos de lo que se creía.
Los retratos eran particularmente inquietantes. Mostraban a cinco hombres diferentes, todos de edad madura y apariencia próspera, con dedicatorias amorosas escritas en el reverso. Ninguno de estos hombres había sido identificado en las investigaciones originales y no había registros de que Carmen hubiera mantenido relaciones con ellos.
Esto llevó a los investigadores a especular que podría haber tenido víctimas no matrimoniales, hombres que había conocido y asesinado sin casarse con ellos. Sin embargo, después de décadas era imposible verificar estas sospechas. Los hombres de los retratos, si habían sido víctimasde Carmen, habían muerto hacía mucho tiempo y cualquier evidencia forense había desaparecido.
El misterio de las posibles víctimas adicionales se sumó a la leyenda siniestra que rodeaba a la viuda negra de Guanajuato. En el año 2000, coincidiendo con el cambio de milenio, la historia de Carmen experimentó un resurgimiento en la cultura popular mexicana. Una novela basada en su vida se convirtió en bestseller nacional y posteriormente fue adaptada a una telenovela que causó sensación en todo el país.
Aunque las adaptaciones tomaron libertades considerables con los hechos históricos, reavivaron el interés público en el caso. La telenovela titulada La maldición de la viuda negra presentaba a Carmen como una mujer trágica empujada al crimen por las circunstancias, más que como la psicópata calculadora que había sido en realidad.
Esta romantización de su historia causó controversia, especialmente entre las familias de las víctimas, que consideraron que la producción trivializaba el sufrimiento que Carmen había causado. Mi bisabuelo no fue víctima de una mujer desesperada por amor”, declaró María Elena Mendoza, tatara de Aurelio Mendoza, en una entrevista periodística.
fue víctima de una asesina fría y calculadora que lo mató por dinero. No permitiremos que la historia sea reescrita para el entretenimiento. A pesar de las protestas, la telenovela fue un éxito comercial que exportó la historia de Carmen a otros países latinoamericanos. Esto llevó a un aumento significativo en el turismo a Guanajuato con visitantes que querían conocer los lugares donde había vivido y operado la famosa asesina en serie.
Las autoridades turísticas de Guanajuato se encontraron en una posición incómoda. Por un lado, el interés en la historia de Carmen traía visitantes y dinero a la ciudad. Por otro lado, no querían que Guanajuato fuera conocida únicamente por su asociación con una asesina en serie. desarrollaron un enfoque equilibrado, incluyendo la historia de Carmen en Tours, que también destacaban los aspectos positivos de la rica historia y cultura guanajuatense.
En 2005 se inauguró un pequeño museo de criminología en Guanajuato que incluía una sección dedicada a Carmen Soledad Herrera. El museo presentaba su historia de manera educativa, enfocándose en los aspectos forenses y psicológicos del caso, más que en sensacionalizar sus crímenes.
La exhibición incluía algunos de sus objetos personales, fotografías de la época y análisis científicos de sus métodos. El museo se convirtió en una atracción popular, especialmente entre estudiantes de criminología y psicología de universidades mexicanas e internacionales. Los curadores se esforzaron por mantener un equilibrio entre el interés académico y el respeto hacia las víctimas, incluyendo memoriales para cada uno de los ocho esposos asesinados.
Durante la primera década del siglo XXI, varios investigadores internacionales estudiaron el caso de Carmen como parte de investigaciones más amplias sobre asesinas en serie. Su historia fue incluida en libros académicos sobre criminología, psicología forense y estudios de género. Los expertos la clasificaron como uno de los casos más complejos de asesinato en serie con motivaciones mixtas, económicas, psicológicas y de poder.
El perfil psicológico de Carmen, desarrollado décadas después de su muerte, utilizando técnicas modernas de perfilado criminal, reveló características consistentes con los asesinos en serie más estudiados. Mostraba signos de narcisismo patológico, falta de empatía, capacidad de manipulación excepcional y una necesidad compulsiva de control.
Sin embargo, también presentaba aspectos únicos relacionados con su género y contexto cultural. Carmen Herrera representa un tipo de asesina en serie que explota específicamente las expectativas de género de su época, escribió la criminóloga estadounidense doctora Patricia Williams en su estudio comparativo de 2008.
Su éxito dependía no solo de su inteligencia criminal, sino de su capacidad para interpretar el papel de la viuda perfecta que la sociedad esperaba que fuera. Dre. En 2010, el centenario del inicio de la Revolución Mexicana, varios académicos incluyeron la historia de Carmen en estudios sobre cómo los cambios sociales del siglo XX habían afectado los patrones criminales en México.
argumentaron que Carmen había sido en cierto modo un producto de la transición de una sociedad tradicional a una más moderna, donde las mujeres tenían más oportunidades económicas, pero seguían enfrentando limitaciones sociales significativas. Para 2015 se habían escrito más de una docena de libros sobre Carmen, desde biografías sensacionalistas hasta análisis académicos rigurosos.
Su historia había sido adaptada no solo para televisión, sino también para teatro, radio e incluso una ópera experimental que se estrenó en el Festival Servantino de Guanajuato. Cadaadaptación ofrecía una interpretación diferente de sus motivaciones y personalidad. Sin embargo, la fascinación pública con Carmen también tuvo consecuencias negativas.
En 2012, una mujer en Michoacán fue arrestada por envenenar a su esposo y durante el juicio confesó que había estado inspirada por la historia de la viuda negra de Guanajuato. Este caso llevó a debates sobre la responsabilidad de los medios en la presentación de historias criminales y si la glorificación de asesinos históricos podía inspirar nuevos crímenes.
El incidente de Michoacán no fue aislado. A lo largo de los años se documentaron al menos cinco casos en diferentes estados mexicanos donde mujeres acusadas de asesinar a sus esposos mencionaron haber conocido la historia de Carmen. Esto llevó a algunos criminólogos a clasificarla como un asesino en serie de influencia, alguien cuyas acciones continuaban inspirando crímenes décadas después de su muerte.
En respuesta a estas preocupaciones, las instituciones educativas y culturales que presentaban la historia de Carmen comenzaron a incluir advertencias explícitas sobre las consecuencias devastadoras de sus acciones. Se enfatizó que Carmen no era una heroína ni una figura romántica, sino una criminal que había destruido múltiples familias y comunidades.
Durante la década de 2010, el avance de la tecnología forense permitió nuevos análisis de la evidencia física que se había conservado del caso de Carmen. Se pudieron identificar con mayor precisión los compuestos específicos que había utilizado en sus venenos y se descubrió que había desarrollado combinaciones particularmente sofisticadas que no habían sido documentadas en otros casos criminales de la época.
Los análisis revelaron que Carmen había utilizado principalmente alcaloides extraídos de plantas locales como la Adelfa, el Risino y varias especies de solanáceas. Sin embargo, también había incorporado compuestos sintéticos que solo estaban disponibles en farmacias especializadas, sugiriendo que tenía contactos en el mundo médico o farmacéutico que nunca fueron identificados durante la investigación original.
Los venenos de Carmen Herrera eran obras maestras de la química criminal, escribió el toxicólogo forense Dr. Miguel Rodríguez en su análisis de 2016. combinaba conocimiento tradicional de plantas venenosas con técnicas químicas avanzadas para su época. Si hubiera aplicado su inteligencia a propósitos legítimos, podría haber sido una química o farmacóloga notable.
En 2018, 70 años después de su primer asesinato, se organizó en Guanajuato un simposio académico internacional sobre el caso de Carmen. Asistieron criminólogos, psicólogos, historiadores y sociólogos de más de una docena de países, convirtiendo la conferencia en el evento académico más importante sobre asesinos en serie jamás realizado en México.
El simposio produjo nuevas teorías sobre las motivaciones de Carmen y su método operativo. Algunos investigadores argumentaron que había desarrollado lo que denominaron síndrome de la viuda perfecta, un patrón de comportamiento donde utilizaba las expectativas sociales sobre el luto femenino como camuflaje para sus actividades criminales.
Otros propusieron que Carmen había sido una de las primeras asesinas empresariales de la historia moderna. Alguien que había tratado el asesinato como un negocio calculado en lugar de como actos impulsivos de pasión o venganza. Esta teoría se basaba en la evidencia de que había llevado registros detallados de las finanzas de sus víctimas y había planificado cuidadosamente la secuencia.
de sus matrimonios para maximizar sus ganancias. El simposio también examinó el impacto a largo plazo de Carmen en la sociedad guanajuatense. Los investigadores documentaron cómo su historia había afectado las actitudes hacia las viudas jóvenes durante generaciones, creando una suspicacia cultural que persistía incluso en el siglo XXI.
Muchas viudas legítimas habían enfrentado discriminación y sospechas injustificadas debido a la sombra que Carmen había proyectado sobre su condición. Para 2020, más de 70 años después de su arresto, Carmen Soledad Herrera seguía siendo una figura fascinante y aterradora en la cultura mexicana. Su historia había transcendido su contexto histórico original para convertirse en una leyenda moderna sobre el poder, la ambición y la corrupción del alma humana.
Las nuevas generaciones de guanajuatenses crecían conociendo su historia, transmitida no solo a través de libros y medios, sino también de la tradición oral familiar. Los abuelos contaban a sus nietos sobre la mujer hermosa que había aterrorizado a la ciudad, utilizando su historia como una lección sobre la importancia de ver más allá de las apariencias y no dejarse engañar por la belleza superficial.
En los cafés del centro histórico de Guanajuato, los guías turísticos narraban su historia a visitantesfascinados, señalando los lugares donde había vivido, donde se había casado, donde había cometido sus crímenes. casa en la calle Sopeña, ahora convertida en hotel boutique, se había convertido en uno de los alojamientos más solicitados de la ciudad, con huéspedes que llegaban de todo el mundo atraídos por su historia macabra.
Sin embargo, para las familias de las víctimas, Carmen nunca dejó de ser una fuente de dolor. Aunque las heridas del tiempo habían cicatrizado parcialmente, el conocimiento de que sus antepasados habían sido asesinados por la mujer que profesaba amarlos, seguía siendo una carga emocional que se transmitía de generación en generación.
Cada vez que veo su nombre en un libro o en la televisión, siento como si el crimen hubiera ocurrido ayer,”, confesó en 2019 Roberto Chávez Hernández, bisnieto de Evaristo Chávez. No entiendo por qué la gente sigue fascinada con alguien que causó tanto dolor. Para nosotros ella no es una leyenda o un personaje interesante.
Es la mujer que destruyó a nuestra familia. A medida que México avanzaba hacia la tercera década del siglo XXI, la historia de Carmen Soledad Herrera permanecía como un recordatorio sombrío de que el mal puede residir en los lugares más inesperados, detrás de las fachadas más convincentes. Su legado no era solo el de una asesina en serie, sino el de una advertencia atemporal sobre los peligros de juzgar por las apariencias y la importancia de cuestionar incluso a aquellos que parecen más dignos de confianza.
En las calles empedradas de Guanajuato, donde los colores vibrantes de las casas coloniales brillan bajo el sol del altiplano mexicano, la sombra de la viuda negra se había desvanecido, pero nunca había desaparecido completamente. Su historia continuaba siendo contada, estudiada y recordada no como una celebración de sus crímenes, sino como una lección sobre la complejidad del mal humano y la importancia de la justicia.
Carmen Soledad Herrera había muerto así décadas, pero su historia seguía viva, transmitida de generación en generación como una advertencia eterna. Que el corazón humano puede albergar oscuridades insondables y que la belleza y el encanto pueden ser las máscaras más peligrosas que el mal puede portar. La maldición de la viuda negra de Guanajuato no era sobrenatural, sino profundamente humana.
La maldición de recordar que el mal existe, que puede florecer en cualquier momento y lugar y que la vigilancia eterna es el precio de la seguridad en una sociedad civilizada. Su fortuna no estaba en el dinero que había acumulado, sino en el legado de dolor y desconfianza que había dejado tras de sí. una herencia que seguiría pasando de generación en generación mientras su historia continuara siendo contada.















