La Viejita Repartía Tamales Cada Viernes— Nadie Notó Que Estaban

La Viejita Repartía Tamales Cada Viernes— Nadie Notó Que Estaban Rellenos con Carne de Desaparecidos 

 

En el pequeño pueblo de San Miguel, Tinacapan, ubicado en las montañas de la sierra norte de Puebla, México, el año 1963 transcurría con la misma rutina que había caracterizado a la comunidad durante décadas. Las calles empedradas, las casas de adobe con techos de teja roja y la plaza central con su kosco de hierro forjado representaban la quinta esencia de la vida provinciana mexicana.

Doña Soledad Ramírez, una anciana de 75 años, era conocida por todos como la viejita de los tamales. Cada viernes, sin falta instalaba su pequeño puesto en la esquina de la plaza, cerca de la iglesia de San Miguel Arcángel. Su rostro arrugado como una pasa enmarcado por un rebozo negro y sus manos nudosas trabajaban con asombrosa agilidad mientras servía sus famosos tamales a los habitantes del pueblo.

 Tamales oaqueños, veracruzanos y de dulce. Pregonaba con una voz sorprendentemente fuerte para su edad avanzada, recién hechos, calientitos para el alma. Lo curioso era que doña Soledad había aparecido en el pueblo hace apenas seis meses, cuando llegó una madrugada en el autobús desde la Ciudad de México. Nadie sabía mucho sobre su pasado, solo que había enviudado hace años y que buscaba un lugar tranquilo para pasar sus últimos años.

 El pueblo la acogió con la hospitalidad característica de la gente serrana y ella correspondió ofreciendo los tamales más sabrosos que jamás habían probado. Miguel Ángel Domínguez, un joven maestro de la escuela primaria del pueblo, era cliente habitual del puesto de doña Soledad. Aquel viernes de junio, el aire olía a tierra mojada por la reciente lluvia y el cielo comenzaba a despejarse, revelando un atardecer cobrizo que bañaba las montañas circundantes.

“Doña Soledad, deme tres tamales de puerco, por favor”, pidió Miguel Ángel mientras observaba como la anciana abría su enorme olla de barro con cuidado, dejando escapar un aroma embriagador. Claro que sí, maestro, respondió ella con una sonrisa que revelaba apenas tres dientes amarillentos. Hoy están especialmente sabrosos.

 Tiene que probarlos mientras están calientes. Mientras la anciana servía los tamales, Miguel Ángel notó algo peculiar. En las manos de doña Soledad había manchas oscuras, como si se hubiera lastimado recientemente. Al percatarse de su mirada, la anciana rápidamente ocultó sus manos bajo el reboso. “Me quemé con el comal esta mañana”, explicó sin que le preguntaran.

 “A mi edad, la piel se vuelve tan delicada como papel de china.” Miguel Ángel asintió y pagó sus tamales, pero mientras se alejaba no pudo evitar sentir una extraña incomodidad. Había algo en la mirada de la anciana, algo en la forma en que sus ojos negros lo habían estudiado, que le provocó un escalofrío inexplicable. Lo que el joven maestro no sabía era que mientras mordía el primer tamal, disfrutando de su sabor único e inexplicablemente adictivo, las desapariciones que habían comenzado a ocurrir en los pueblos vecinos estaban a

punto de llegar a San Miguel Tsinacapán. Los domingos en San Miguel, eran días de misa y mercado. Las familias se reunían en la iglesia para el servicio matutino y después paseaban por los puestos del tianguis que se instalaba en la plaza. Ese domingo de junio, sin embargo, el pueblo amaneció con una noticia perturbadora.

 Rosita Méndez, una niña de 12 años, hija de don Jacinto, el carpintero, no había regresado a casa la noche anterior. Salió a comprar velas para el altar de la Virgen”, explicaba doña Carmela, la madre de Rosita, con lágrimas en los ojos, mientras un grupo de vecinos se reunía frente a su casa. Eso fue ayer por la tarde y nunca volvió.

 El comisario Egidal organizó brigadas de búsqueda que peinaron los alrededores del pueblo. Miguel Ángel se unió al grupo que exploró el camino hacia el río. El día avanzaba y la ansiedad crecía en cada rostro. La desaparición de una niña era algo inaudito en San Miguel, donde todos se conocían y donde las puertas de las casas raramente se cerraban con llave.

 Mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñiendo el cielo de un rojo intenso que parecía presagiar desgracias, los grupos regresaron a la plaza sin ninguna noticia sobre el paradero de Rosita. Es como si la tierra se la hubiera tragado”, comentó don Gilberto, el dueño de la tienda de abarrotes. Aquella noche, mientras Miguel Ángel regresaba a su pequeña casa en las afueras del pueblo, pasó frente a la vivienda de Doña Soledad.

 Era una construcción humilde de adobe, un poco apartada del resto, al final de un callejón estrecho que terminaba en el bosque. Lo que llamó su atención fue el humo que salía de la chimenea y un olor peculiar que flotaba en el aire nocturno. Cocinando a estas horas, pensó Miguel Ángel consultando su reloj de pulsera que marcaba las 10 de la noche.

Se detuvo un momento observando la casa en penumbras. Una única vela iluminaba una de las ventanas proyectando sombras extrañas en las paredes. Por un instantele pareció ver la silueta de doña Soledad moviéndose dentro, cargando algo pesado. Curioso, se acercó un poco más tratando de no hacer ruido sobre los guijarros del camino.

 El olor que emanaba de la casa era dulzón y metálico, mezclado con hierbas que no pudo identificar. Mientras se acercaba a la ventana, su pie golpeó accidentalmente una lata vacía, produciendo un ruido que rompió el silencio de la noche. Inmediatamente la vela dentro de la casa se apagó. Miguel Ángel contuvo la respiración sintiendo como su corazón latía aceleradamente.

Después de unos segundos de silencio absoluto, la puerta de la casa se abrió lentamente con un chirrido ominoso. ¿Quién anda ahí?, preguntó la voz de doña Soledad, más áspera y profunda de lo habitual. Miguel Ángel se ocultó rápidamente tras un árbol cercano, maldiciendo su curiosidad. Desde su escondite vio como la anciana salía al umbral, sosteniendo algo en su mano que brillaba tenuemente bajo la luz de la luna, un cuchillo de carnicero cuya hoja parecía recién lavada.

 “Sé que hay alguien ahí”, dijo la anciana escudriñando la oscuridad. “Los ojos viejos ven mejor en la noche, ¿sabes? Venimos de los murciélagos, tenemos ese don. Miguel Ángel permaneció inmóvil apenas respirando, mientras la anciana avanzaba unos pasos hacia el callejón. Fue entonces cuando notó algo perturbador.

 El delantal blanco que doña Soledad siempre llevaba estaba manchado de rojo oscuro, casi negro, bajo la luz lunar. El viernes siguiente, la desaparición de Rosita Méndez seguía siendo el tema principal de conversación en el pueblo. Las autoridades del municipio vecino habían enviado dos policías que realizaron preguntas, tomaron notas y prometieron regresar con refuerzos, pero hasta ahora no había ninguna pista sobre el paradero de la niña.

 A pesar de la tragedia, la vida en San Miguel, Chinacapán, debía continuar. Y como cada viernes, el puesto de tamales de doña Soledad apareció puntualmente en su esquina habitual de la plaza. Lo sorprendente para Miguel Ángel fue ver la fila de personas esperando para comprar. “Son los mejores tamales que he probado”, comentaba doña Esperanza, la partera del pueblo, mientras esperaba su turno.

 “Tienen algo que no puedo explicar, como si te llenaran no solo el estómago, sino también el alma. Miguel Ángel observaba desde la distancia recordando lo que había visto la noche del domingo. No se había atrevido a comentarlo con nadie. Pues, ¿qué podía decir realmente? ¿Que la anciana cocinaba de noche y tenía un cuchillo? Nada de eso era sospechoso por sí mismo.

 Sin embargo, no podía sacudirse la sensación de que algo no encajaba. con determinación se acercó al puesto. Doña Soledad lo recibió con su habitual sonrisa desdentada. Maestro, pensé que hoy no vendría. Los mismos de siempre, tres de puerco. Miguel Ángel asintió, estudiando discretamente las manos de la anciana.

 Las manchas oscuras que había notado la semana anterior habían desaparecido, pero ahora lucía un vendaje improvisado alrededor del dedo índice derecho. “Me corté preparando la masa”, explicó ella, notando nuevamente su mirada. A veces estas manos viejas ya no obedecen como antes. Mientras doña Soledad servía los tamales, Miguel Ángel se armó de valor para hacer la pregunta que llevaba días rondando su mente.

 Doña Soledad, el domingo por la noche pasé cerca de su casa. Era tarde como las 10 y vi humo saliendo de su chimenea. Estaba cocinando a esa hora. La anciana se quedó inmóvil por un instante con la cuchara de madera suspendida sobre la olla. Sus ojos negros se clavaron en los de Miguel Ángel con una intensidad que lo hizo estremecer.

 Ah, era usted el que andaba usmeando respondió finalmente recuperando su sonrisa. Sí, estaba preparando el recaudo para los tamales de hoy. Las mejores salsas se hacen de noche cuando la luna está en el cielo. Es un secreto antiguo que me enseñó mi abuela. La explicación sonaba razonable, pero algo en el tono de voz de la anciana mantenía las alarmas de Miguel Ángel encendidas.

 Tomó sus tamales y pagó, decidido a mantener los ojos bien abiertos. Mientras se alejaba, escuchó a doña Soledad llamar a su siguiente cliente. Hoy tengo una sorpresa. Un nuevo sabor especial, tamal de carne tierna con un toque de inocencia, solo para los paladares que saben apreciar lo exquisito. Miguel Ángel se detuvo en seco, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

 se volvió lentamente y observó como la anciana sacaba de un recipiente aparte algunos tamales más pequeños que los habituales, envueltos en hojas de maíz teñidas con un color rojizo inusual. Son pocos. Una edición limitada, continuaba explicando doña Soledad a la clienta, una mujer que Miguel Ángel reconoció como la esposa del médico del pueblo.

 La carne es, digamos que difícil de conseguir. La mujer compró dos aquellos tamales especiales, pagando el doble del precio habitual sin rechistar. Miguel Ángelobservó como otros clientes también pedían el nuevo sabor, intrigados por la recomendación de la anciana. Aquella noche, en la soledad de su casa, Miguel Ángel no pudo probar bocado de los tamales que había comprado.

 Una idea terrible comenzaba a formarse en su mente, una sospecha tan horrorosa que se negaba a darle forma concreta. Sin embargo, las coincidencias eran demasiadas. La desaparición de Rosita, el cuchillo, la cocina nocturna, el nuevo sabor especial que apareció justo una semana después. Es absurdo, se dijo a sí mismo tratando de convencerse.

Estoy dejando que mi imaginación vuele demasiado lejos. Pero mientras arrojaba los tamales intactos a la basura, no pudo evitar pensar en los cuentos de terror que su abuela le contaba de niño. Historias sobre brujas y caníbales que se mezclaban con la realidad en los pueblos olvidados de México. La semana siguiente trajo consigo una nueva desgracia a San Miguel Tinacapán.

Juanito López, un niño de 10 años que ayudaba a su padre en la panadería, desapareció mientras regresaba de entregar pan en las casas de las afueras del pueblo. Su bicicleta fue encontrada abandonada en el camino que conducía precisamente hacia la casa de doña Soledad. Esta vez la conmoción fue aún mayor.

 Dos desapariciones en menos de dos semanas eran algo sin precedentes en la tranquila comunidad. El miedo comenzó a instalarse en cada hogar y los padres ya no permitían que sus hijos salieran solos ni siquiera durante el día. La policía municipal regresó, ahora con más efectivos, y comenzaron a interrogar a todos los habitantes del pueblo.

 Miguel Ángel, impulsado por sus crecientes sospechas, decidió hablar con el sargento Ramírez, quien lideraba la investigación. Puede parecer una locura. le dijo en la pequeña oficina que habían improvisado en el ayuntamiento. Pero creo que deberían investigar a doña Soledad, la señora de los tamales. El sargento Ramírez, un hombre corpulento con un espeso bigote canoso, lo miró con escepticismo.

La anciana, ¿por qué sospecharía de ella? Miguel Ángel le contó lo que había visto la noche de la primera desaparición. La cocina nocturna, el cuchillo, el delantal manchado. También mencionó los nuevos tamales especiales que habían aparecido justo después de la desaparición de Rosita. El sargento tomó notas, pero su expresión dejaba claro que consideraba aquello como las divagaciones de un joven con demasiada imaginación.

 Maestro, dijo finalmente, apreciamos cualquier información, pero necesitamos pruebas concretas, no suposiciones. Una anciana cocinando de noche no constituye evidencia de nada siniestro. Frustrado pero decidido, Miguel Ángel salió del Ayuntamiento sabiendo que tendría que obtener pruebas por sí mismo si quería que alguien tomara en serio sus sospechas.

 Esa misma noche, armado con una linterna y un cuchillo de cocina que escondió bajo su chamarra, Miguel Ángel se dirigió hacia la casa de Doña Soledad. La luna estaba oculta tras densas nubes, lo que hacía la noche particularmente oscura. A medida que se acercaba, pudo ver nuevamente el humo saliendo de la chimenea y percibió aquel extraño olor dulzón y metálico flotando en el aire.

Con extremo sigilo se aproximó a la ventana trasera de la casa. Desde allí podía ver parcialmente el interior. Lo que vio hizo que su sangre se helara. Doña Soledad estaba inclinada sobre una mesa de madera trabajando afanosamente en algo que Miguel Ángel no podía distinguir completamente. La anciana canturreaba una melodía desconocida mientras sus manos se movían con precisión.

 Cuando se movió ligeramente para obtener un mejor ángulo de visión, Miguel Ángel pisó una rama seca que crujió bajo su peso. Inmediatamente doña Soledad se irguió. y miró directamente hacia la ventana. “Otra vez tú, curioso maestro”, dijo con una voz que sonaba extrañamente joven y vigorosa. “¿Por qué no entras? La puerta está abierta.

 Tengo un tamal especial reservado para ti. Miguel Ángel retrocedió instintivamente, pero su espalda chocó contra algo sólido. Al volverse, se encontró cara a cara con un hombre alto y desgarbado que nunca había visto en el pueblo. Sus ojos eran dos pozos vacíos y su sonrisa revelaba dientes afilados como los de un animal.

 Bienvenido a la cocina, maestro”, dijo el desconocido, agarrándolo con una fuerza sorprendente. “Mi madre estará encantada de tener ayuda esta noche.” Miguel Ángel intentó gritar, pero una mano callosa cubrió su boca con fuerza, impidiéndole emitir sonido alguno. El hombre desconocido lo arrastró sin esfuerzo hacia la puerta trasera de la casa.

 A pesar de su apariencia desgarbada, poseía una fuerza sobrehumana que hacía inútiles los intentos de resistencia del maestro. Una vez dentro, el horror de la escena superó las peores pesadillas de Miguel Ángel. La cocina de doña Soledad, iluminada por velas de cebo que desprendían un olor nauseabundo, era unmacabro taller de carnicería.

 En la mesa central, parcialmente cubierto por hojas de maíz, yacía lo que parecía ser un pequeño cuerpo desmembrado. Miguel Ángel reconoció con horror el suéter azul que Juanito López llevaba puesto el día de su desaparición. “De presento a mi hijo Ernesto”, dijo doña Soledad señalando al hombre que lo sujetaba.

 “Vive en el bosque, pero viene a ayudarme con la preparación especial.” La anciana se acercó a Miguel Ángel estudiando su rostro con aquellos ojos negros que ahora parecían pozos sin fondo. A la luz de las velas, su piel arrugada adquiría un tono amarillento enfermizo y su sonrisa revelaba más dientes de los que Miguel Ángel recordaba haber visto antes.

 “La carne joven es la más tierna”, continuó doña Soledad pasando un dedo huesudo por la mejilla de Miguel Ángel. Pero la carne adulta, especialmente la de aquellos con mentes agudas como la tuya, tiene un sabor más complejo, más nutritivo para ciertos propósitos. Ernesto arrastró a Miguel Ángel hasta una silla de madera y lo ató con cuerdas que parecían haber sido utilizadas muchas veces antes.

 El olor en la habitación era insoportable, una mezcla de sangre, especias y algo más antiguo y pútrido que emanaba de las paredes mismas. ¿Por qué? Logró preguntar Miguel Ángel temblando incontrolablemente. ¿Por qué hacer algo tan monstruoso? Doña Soledad rió un sonido seco como hojas muertas crujiendo bajo pisadas.

Monstruoso, ¿no, hijo? Es tradición familiar. Venimos de una larga línea de, digamos, cocineros especializados. Mi abuela me enseñó, como yo enseño a Ernesto. La carne humana tiene propiedades que otras carnes no poseen. Cada bocado que la gente del pueblo consume les roba un poco de su fuerza vital. que nosotros absorbemos.

 Mientras hablaba, la anciana continuaba preparando masa para tamales, mezclando harina de maíz con lo que parecía ser sangre en lugar de agua. Sus movimientos eran precisos, metódicos, como los de alguien que ha realizado la misma tarea durante décadas. Nos mudamos de pueblo en pueblo”, explicó Ernesto, ahora afilando un largo cuchillo de carnicero.

Cuando las sospechas comienzan o cuando hemos tomado suficiente, simplemente desaparecemos y buscamos un nuevo lugar. San Miguel Sinacapán ha sido particularmente nutritivo. Miguel Ángel comprendió con horror que no era la primera vez que esta familia cometía tales atrocidades. Cuántos pueblos antes que el suyo, cuántos niños inocentes habían terminado convertidos en alimento para satisfacer este ritual macabro.

 La policía está investigando”, dijo Miguel Ángel intentando ganar tiempo. “Saben que vine aquí esta noche. Si desaparezco, vendrán directamente a buscarme.” Doña Soledad y Ernesto intercambiaron miradas y luego estallaron en carcajadas que helaron la sangre de Miguel Ángel. “La policía, respondió la anciana.

 ¿Te refieres al sargento Ramírez? es uno de mis clientes más fieles. Le encantaron especialmente los tamales de la semana pasada, los que preparé con la pequeña Rosita. Miguel Ángel sintió náuseas al recordar haber visto al sargento en la fila del puesto de tamales, comprando precisamente aquellos envueltos en hojas teñidas de rojo.

 Todos en el pueblo han probado ya nuestra receta especial, continuó doña Soledad. Y sabes lo curioso? Una vez que prueban la carne humana, aunque no sepan lo que están comiendo, algo primitivo en ellos despierta. Se vuelven adictos, regresan semana tras semana, hambrientos de más. Es como si sus cuerpos reconocieran lo que están consumiendo y lo anhelaran.

 a pesar de que sus mentes civilizadas lo rechazarían con horror. Mientras la anciana hablaba, Ernesto había comenzado a preparar los instrumentos necesarios para lo que evidentemente sería el descuartizamiento de Miguel Ángel. Colocó metódicamente cuchillos de diferentes tamaños sobre un trapo de cocina junto con sierras y otros implementos cuyo propósito el maestro prefirió no imaginar.

 Pero antes de proceder, dijo doña Soledad acercándose nuevamente a Miguel Ángel, hay un pequeño ritual que debemos realizar. La carne sabe mejor cuando está impregnada de miedo, ¿sabes? Y para eso necesitamos que comprendas exactamente lo que va a sucederte paso a paso. Mientras doña Soledad describía con escalofriante detalle el proceso de desmembramiento que planeaban para él, Miguel Ángel luchaba desesperadamente contra sus ataduras.

 El sudor frío corría por su frente y su respiración se volvía cada vez más agitada. No podía terminar así, convertido en tamales para alimentar al pueblo que tanto amaba. Ernesto había salido momentáneamente de la cocina mencionando algo sobre buscar hierbas especiales en el cobertizo trasero.

 Doña Soledad, ahora sola con Miguel Ángel, continuaba su macabra preparación dándole la espalda mientras removía algo en una olla humeante. Fue entonces cuando Miguel Ángel recordó el cuchillo que había traído consigoescondido bajo su chamarra. con movimientos sutiles, intentó alcanzarlo, retorciéndose contra las cuerdas que lo sujetaban a la silla.

 Sus dedos rozaron el mango del cuchillo, pero no lograban agarrarlo completamente. “La salsa de chile cascabel con sangre es el secreto”, comentaba doña Soledad, ajena a los esfuerzos de su cautivo. Le da ese sabor ahumado que tanto le gusta a la gente. Tus brazos, creo, serán perfectos para los tamales del próximo viernes. Con un último esfuerzo desesperado, Miguel Ángel logró sujetar el cuchillo y comenzó a cortar las cuerdas que ataban sus muñecas a la silla.

 El filo no era el mejor, pero la adrenalina compensaba cualquier deficiencia de su improvisada arma. “Y tu corazón”, continuaba la anciana. Lo guardaremos para una ocasión especial, quizás para el Festival de la Virgen el mes que viene. Un platillo que hará que todo el pueblo nos recuerde por años, incluso después de que nos hayamos ido. Las cuerdas cedieron finalmente.

Con un movimiento rápido, Miguel Ángel se levantó de la silla y antes de que doña Soledad pudiera reaccionar, la empujó con todas sus fuerzas. La anciana cayó contra la olla hirviente que se volcó sobre ella, provocando un alarido de dolor que parecía imposible pudiera salir de una garganta humana.

 Sin perder un segundo, Miguel Ángel corrió hacia la puerta, pero se detuvo al escuchar los pasos de Ernesto regresando. Atrapado entre la anciana herida y su hijo, optó por la única vía de escape disponible, la pequeña ventana trasera por la que había estado espiando antes. De un salto atravesó el cristal que se hizo añicos provocándole cortes en brazos y rostro.

cayó pesadamente sobre la tierra húmeda del patio trasero, justo cuando Ernesto entraba en la cocina y descubría a su madre gritando en el suelo. “Te encontraré, maestro”, rugió Ernesto con una voz que ya no intentaba sonar humana. “Y cuando lo haga, tu muerte será mil veces más dolorosa.” Miguel Ángel corrió como nunca antes lo había hecho, adentrándose en el bosque que rodeaba la casa.

 La oscuridad era casi total, pero el miedo guiaba sus pasos alejándolo de aquel lugar de pesadilla. Ramas y espinas arañaban su piel mientras avanzaba a tropezones entre la maleza, guiándose únicamente por su instinto de supervivencia. Detrás de él podía escuchar los pasos pesados de Ernesto y sus gruñidos inhumanos cada vez más cerca.

 No era solo un hombre persiguiéndolo. Miguel Ángel sentía que estaba siendo casado por algo que desafiaba la comprensión natural del mundo. Tras lo que pareció una eternidad corriendo, Miguel Ángel vislumbró las luces del pueblo a lo lejos. Si lograba llegar, estaría a salvo, o al menos eso quería creer desesperadamente. Sus pulmones ardían y sus piernas comenzaban a fallarle cuando finalmente alcanzó las primeras casas de San Miguel, Tinacapán, se dirigió directamente a la plaza central, donde, a pesar de la hora avanzada, varios

hombres conversaban frente a la cantina. “Auxilio!”, gritó Miguel Ángel desplomándose frente a ellos. Doña Soledad, ella y su hijo están matando niños, los convierten en tamales. Los hombres lo miraron con una mezcla de confusión y preocupación. Don Martín, el cantinero, se acercó a ayudarlo a levantarse. Cálmese, maestro.

 Está herido y parece que ha tenido una noche difícil. Venga, entremos y llamemos al doctor. No lo entienden, insistió Miguel Ángel desesperado. Es real. He visto los cuerpos, Rosita, Juanito, están muertos. Todos han estado comiendo carne humana cada viernes. Un murmullo incómodo recorrió el grupo. El padre Jacinto, que pasaba por la plaza regresando de visitar a un enfermo, se acercó al escuchar el alboroto.

 Miguel Ángel, hijo, estás muy alterado. ¿Qué estás diciendo? Entre jadeos y soyosos, Miguel Ángel relató lo que había descubierto. Las expresiones de los hombres cambiaban de la incredulidad al horror a medida que la historia avanzaba. Algunos se persignaron, otros simplemente negaban con la cabeza, incapaces de aceptar lo que escuchaban.

“Tenemos que ir a la policía”, dijo finalmente don Martín. “No”, exclamó Miguel Ángel. El sargento Ramírez está involucrado. Ha estado comiendo los tamales especiales. No podemos confiar en él. Un silencio pesado cayó sobre el grupo. El padre Jacinto fue el primero en hablar. Entonces tendremos que encargarnos nosotros mismos.

 Si lo que dices es cierto, no hay tiempo que perder. Ernesto podría estar acercándose al pueblo en este momento. El grupo de hombres, liderado por el padre Jacinto y armados con escopetas de casa, machetes y antorchas improvisadas, se dirigió hacia la casa de doña Soledad. Miguel Ángel los acompañaba a pesar de su estado de agotamiento y las heridas que cubrían su cuerpo.

 La determinación de exponer la verdad le daba fuerzas para continuar. A medida que se acercaban a la casa, el olor putrefacto que Miguel Ángel había percibido antes se intensificaba.Varios hombres se cubrieron la nariz y la boca con pañuelos, incapaces de soportar la fetidez que impregnaba el aire nocturno.

 “Dios santo”, murmuró don Gilberto. Nunca había olido algo así. La casa estaba a oscuras cuando llegaron. No había rastro del humo que antes salía de la chimenea, ni señales de vida en el interior. Con precaución, el grupo rodeó la vivienda, iluminando cada rincón con sus antorchas. “La puerta está abierta”, señaló el padre Jacinto, apuntando hacia la entrada principal que se balanceaba ligeramente con la brisa nocturna.

 Con extrema cautela entraron en la casa. El interior estaba sumido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el crujir de la madera bajo sus pies. Miguel Ángel los guió hacia la cocina, donde había presenciado los horrores apenas una hora antes. Pero para su sorpresa, la estancia estaba completamente limpia.

 No había rastro de la olla volcada, ni de los instrumentos de carnicería, ni de los restos humanos que había visto sobre la mesa. Las paredes y el suelo estaban recién lavados, y un fuerte olor alegía reemplazaba parcialmente el edor putrefacto que impregnaba el resto de la casa. “Estaba aquí”, dijo Miguel Ángel girando sobre sí mismo, confundido.

 “Lo juro por Dios. El cuerpo de Juanito estaba sobre esa mesa. La olla estaba allí y doña Soledad cayó sobre ella cuando la empujé. Don Martín iluminó el suelo con su antorcha, revelando algo que confirmaba la historia de Miguel Ángel. Pequeñas gotas de sangre que el apresurado lavado no había logrado eliminar completamente.

 “Alguien limpió esto hace muy poco”, confirmó agachándose para examinar las manchas. “La sangre todavía está fresca.” El padre Jacinto ordenó que registraran cada rincón de la casa. Los hombres se dispersaron buscando en armarios bajo las camas en cada posible escondite. Miguel Ángel permaneció en la cocina intentando comprender cómo habían logrado eliminar toda evidencia tan rápidamente.

Fue don Eduardo, el herrero del pueblo, quien hizo el descubrimiento más perturbador. En el patio trasero, oculta bajo una pila de leña, encontró una trampilla que conducía a un sótano. “Aquí hay algo”, gritó mientras retiraba los últimos troncos que ocultaban la entrada. El grupo se reunió alrededor de la trampilla.

 El olor que emanaba del interior era tan intenso que varios hombres retrocedieron incapaces de soportarlo. “Dios nos ampare”, murmuró el padre Jacinto haciendo la señal de la cruz. Con machete en mano, don Eduardo fue el primero en descender por la estrecha escalera que conducía a las profundidades. Los demás lo siguieron, iluminando el camino con sus antorchas.

Lo que encontraron en aquel sótano confirmaría las peores pesadillas de Miguel Ángel y cambiaría para siempre la historia de San Miguel Tinacapán. El subterráneo era una cámara de los horrores, decenas de huesos humanos apilados en las esquinas, algunos tan pequeños que solo podían pertenecer a niños.

 Ganchos de carnicero colgaban del techo y grandes tinajas contenían lo que parecía ser carne en conserva. En una mesa de piedra yacían diversos instrumentos quirúrgicos oxidados y cuchillos de todos los tamaños. Pero lo más perturbador eran las marcas en las paredes, inscripciones en una lengua desconocida, símbolos arcanos que parecían palpitar a la luz de las antorchas y nombres, decenas de nombres escritos con lo que parecía ser sangre seca, fechas y lugares que abarcaban más de 50 años por todo México.

 Santa Madre de Dios”, exclamó don Martín señalando una sección particular de la pared. “Miren esto. Allí, en una lista reciente estaban escritos los nombres de Rosita Méndez y Juanito López junto con sus edades. Y debajo una lista de personas del pueblo encabezada por Sargento Ramírez, seguida por decenas de nombres más, incluyendo varios de los hombres presentes en aquella expedición.

 Son las personas que consumieron los tamales, comprendió Miguel Ángel con horror. Los estaban marcando. Don Gilberto, que había estado examinando otra parte del sótano, llamó la atención del grupo. Hay más habitaciones y creo que hay alguien vivo. Siguiendo su indicación, el grupo se adentró en un pasillo estrecho que conducía a otra cámara.

 Allí, encadenados a la pared, encontraron a tres niños en estado de desnutrición severa. Entre ellos, milagrosamente estaba Rosita Méndez, débil pero viva. Los mantenían con vida, explicó el padre Jacinto mientras don Eduardo rompía las cadenas con su martillo. Iban tomando partes de ellos poco a poco para sus preparaciones.

Mientras los hombres liberaban a los cautivos, Miguel Ángel notó algo inquietante, un túnel en la parte posterior del sótano que parecía extenderse bajo el bosque. “Se han escapado por ahí”, dijo señalando la abertura. Doña Soledad y Ernesto probablemente tenían este escape preparado desde el principio. El descubrimiento del sótano y el rescatede los niños confirmaron la horrorosa historia de Miguel Ángel.

 Las autoridades estatales fueron notificadas ignorando al sargento Ramírez, cuya complicidad involuntaria lo convertía en sospechoso. Pero doña Soledad y su hijo habían desaparecido sin dejar rastro, llevándose consigo sus macabros secretos y dejando tras de sí un pueblo marcado para siempre por el horror.

 Tres días después del descubrimiento del sótano, San Miguel Tinacapan recibió la visita de un equipo de investigadores de la Ciudad de México. Entre ellos venía el profesor Alejandro Ruiz, antropólogo especializado en cultos prehispánicos, quien mostró particular interés en los símbolos encontrados en las paredes del sótano.

 “Esto es extraordinario”, comentó mientras fotografiaba las inscripciones. Estos símbolos pertenecen a un culto que se creía extinto hace siglos. Los Tlacatecolotl, los hombres buo, practicantes de rituales caníbales que creían absorber la fuerza vital de sus víctimas. Miguel Ángel, que se había recuperado parcialmente de sus heridas y había estado ayudando en la investigación, escuchaba atentamente las explicaciones del profesor.

 Está diciendo que doña Soledad y su hijo pertenecían a algún tipo de culto prehispánico. El profesor Ruiz asintió gravemente mientras examinaba un antiguo cuchillo ceremonial encontrado entre las pertenencias de la anciana. no solo pertenecían a él, según estos registros, son descendientes directos de los sacerdotes originales.

 Han mantenido sus prácticas en secreto durante siglos, adaptándose a los tiempos modernos, pero conservando la esencia de sus rituales. Los investigadores descubrieron que la historia de horror de San Miguel Tinacapán era apenas la punta de Lisberg. Los nombres y fechas en las paredes correspondían a pueblos por todo México donde habían ocurrido desapariciones similares a lo largo de décadas.

 Siempre siguiendo el mismo patrón. Una anciana vendedora de comida aparecía en un pueblo pequeño. Ocurrían desapariciones de niños y luego tanto la anciana como las víctimas se esfumaban sin dejar rastro. Lo más perturbador”, explicó el profesor Ruiz a Miguel Ángel mientras revisaban los documentos encontrados en una caja oculta bajo el piso del sótano, es que no están solos.

Hemos identificado al menos tres familias más que practican rituales similares en diferentes regiones del país. Se comunican entre ellos, comparten conocimientos y ocasionalmente intercambian víctimas. Entre los documentos había cartas escritas en una mezcla de español inhawatl, detallando técnicas de preparación de carne humana y métodos para seleccionar víctimas.

También había fotografías antiguas, algunas de ellas de principios del siglo XX, que mostraban a una mujer sorprendentemente similar a doña Soledad, pero en diferentes épocas y lugares. ¿Cómo es posible?, preguntó Miguel Ángel confundido ante la aparente longevidad de la anciana. Los Tlacatecolotl creían que consumir ciertos órganos humanos preparados con rituales específicos podía extender la vida más allá de sus límites naturales”, respondió el profesor.

 Siempre consideramos que eran mitos, pero esto sugiere que podría haber algún fundamento en sus creencias. Mientras la investigación avanzaba, los efectos de los tamales en quienes los habían consumido comenzaron a manifestarse. Varias personas del pueblo reportaron pesadillas vívidas y un inexplicable anhelo por carne que algunos describían como un hambre que nada podía satisfacer. El Dr.

 Jiménez, enviado desde la capital para atender estos casos, diagnosticó una forma de intoxicación psicológica agravada por el trauma de descubrir lo que realmente habían estado comiendo. Para Miguel Ángel, sin embargo, las consecuencias fueron más profundas, aunque él nunca había probado los tamales especiales. El mero contacto con doña Soledad y su hijo parecía haberlo marcado de alguna manera.

 comenzó a tener sueños en los que podía ver a través de los ojos de Ernesto, como si existiera algún tipo de conexión sobrenatural entre ellos. En estos sueños veía fragmentos de lo que parecía ser el nuevo escondite de los caníbales, un pueblo costero con casas de techos de palma y un faro en la distancia. Podía sentir la anticipación de Ernesto mientras observaba a los niños jugar en la playa.

 seleccionando mentalmente a su próxima víctima. Cuando compartió estos sueños con el profesor Ruiz, este mostró una preocupación genuina. Los antiguos textos mencionan que los tlacatecolotl podían establecer vínculos mentales con aquellos a quienes marcaban para el sacrificio”, explicó, “Es posible que al descubrir su secreto y escapar, te hayas convertido en un objetivo especial para ellos.

 ¿Está diciendo que pueden encontrarme a través de estos sueños?”, preguntó Miguel Ángel sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. No solo eso, respondió gravemente el profesor, es una conexión bidireccional.Si ellos pueden verte en sueños, tú también puedes verlos a ellos. Lo que describes suena como la costa de Veracruz.

 Podríamos usar esta información para intentar localizarlos. Y así lo que comenzó como una pesadilla para Miguel Ángel se transformó en una oportunidad para detener definitivamente el horror que había asolado a tantos pueblos a lo largo de décadas. Las autoridades federales, inicialmente escépticas ante la historia de cultos caníbales ancestrales, cambiaron de opinión cuando las pruebas forenses confirmaron la presencia de restos humanos en los utensilios de cocina de doña Soledad y en muestras de masa para tamales que habían quedado en la casa.

La noticia conmocionó al país entero y San Miguel Cinacapán se convirtió en el centro de una investigación nacional. Mientras tanto, los sueños de Miguel Ángel se volvían cada vez más vívidos y detallados. Trabajando con el profesor Ruiz y un dibujante de la policía, logró crear un mapa del pueblo costero donde doña Soledad y Ernesto parecían haberse establecido.

Este Colutla, confirmó finalmente un oficial de la Policía Estatal de Veracruz, reconociendo el faro y la disposición del pueblo en los dibujos. Un pequeño pueblo pesquero en la costa norte del estado. Se organizó una operación encubierta. Miguel Ángel, a pesar de las objeciones de los investigadores, insistió en formar parte de ella.

 Tengo una conexión con ellos argumentó. Puedo sentir su presencia. Si están allí, los encontraré más rápido que cualquier policía. Nací una semana después del descubrimiento del sótano. Miguel Ángel se encontraba en Tecolutla, haciéndose pasar por un maestro que buscaba descanso tras el final del año escolar.

 Lo acompañaban cuatro agentes federales disfrazados de turistas, estratégicamente ubicados en diferentes puntos del pequeño pueblo costero. Durante tres días, Miguel Ángel recorrió cada rincón de Tecolutla visitando puestos de comida. conversando con lugareños, buscando cualquier señal de doña Soledad o su hijo, pero no encontró nada concreto, solo rumores sobre una anciana que había alquilado una cabaña en las afueras del pueblo, cerca de los manglares.

 Fue en la noche del cuarto día cuando tuvo el sueño más intenso hasta entonces. En él veía claramente a través de los ojos de Ernesto, mientras este acechaba a una niña que jugaba sola en la playa al atardecer. Podía sentir la anticipación del hombre, su respiración acelerada, el cuchillo oculto bajo su camisa y algo más. reconocía el lugar exacto donde se encontraba, una sección apartada de la playa junto a un viejo muelle abandonado.

 Miguel Ángel despertó sobresaltado, empapado en sudor frío. Sin perder un segundo, contactó a los agentes federales y les comunicó lo que había visto. La operación se puso en marcha inmediatamente. llegaron al muelle abandonado justo cuando el sol comenzaba a ponerse, tiñiendo el cielo y el mar de un rojo intenso que a Miguel Ángel le recordó demasiado a la sangre.

 El lugar estaba desierto, excepto por una niña que efectivamente jugaba sola construyendo castillos de arena. Los agentes se posicionaron estratégicamente, ocultos entre la vegetación y las rocas. Miguel Ángel, siguiendo el plan acordado, se acercó a la niña. Hola! La saludó con una sonrisa amable. ¿No es un poco tarde para estar jugando sola en la playa? La niña de unos 8 años lo miró con curiosidad, pero sin miedo.

 “Mi mamá está vendiendo artesanías más allá”, respondió señalando hacia un grupo de puestos distantes. “Siempre juego aquí mientras ella trabaja.” Miguel Ángel se sentó a su lado, aparentando interés en su castillo de arena mientras vigilaba discretamente los alrededores. podía sentir una presencia observándolos como un peso sobre su nuca que le erizaba el bello.

 “¿Has visto por aquí a una señora mayor?”, preguntó casualmente, “Una anciana que quizás vende comida, tamales, tal vez.” La niña asintió para sorpresa de Miguel Ángel. “La señora de la cabaña del manglar” respondió, “Hace unos tamales muy ricos. A veces le llevo pescado que mi papá trae del mar y ella me regala tamales a cambio.

 El corazón de Miguel Ángel se aceleró. Estaban en el lugar correcto. ¿Y cuándo fue la última vez que la viste? Preguntó intentando mantener un tono casual. La niña estaba a punto de responder cuando su expresión cambió súbitamente. Sus ojos se abrieron con miedo mientras miraba por encima del hombro de Miguel Ángel. Está justo detrás de ti”, susurró Miguel Ángel.

 Se giró bruscamente para encontrarse cara a cara con Ernesto, quien ya no hacía ningún esfuerzo por parecer normal. Su rostro estaba contorsionado en una mueca inhumana y en su mano brillaba el filo de un largo cuchillo. “Te dije que te encontraría, maestro”, gruñó con una voz que parecía emerger de las profundidades de la tierra.

 Miguel Ángel apenas tuvo tiempo de empujar a la niña hacia unlado antes de que Ernesto se abalanzara sobre él. El cuchillo rasgó el aire a centímetros de su rostro. Rodaron por la arena, luchando ferozmente mientras la niña corría gritando hacia los puestos de artesanías. Los agentes federales surgieron de sus escondites, armas en mano, pero Ernesto era sorprendentemente ágil.

 De un salto se separó de Miguel Ángel y corrió hacia los manglares con una velocidad sobrehumana. Tras él, gritó uno de los agentes, no lo pierdan. La persecución se adentró en el laberinto de raíces y aguas al obre que formaban los manglares. La luz del día se desvanecía rápidamente, dificultando la visibilidad. Los agentes encendieron sus linternas iluminando el camino mientras avanzaban cautelosamente por el terreno traicionero.

 Miguel Ángel, ignorando las advertencias de los federales, lo seguía de cerca. Algo en su interior le decía que él debía estar presente cuando finalmente encontraran a doña Soledad y Ernesto. Era como si un ciclo necesitara cerrarse, una historia que había comenzado con él y que solo podría terminar con su presencia. A medida que se adentraban en los manglares, el olor familiar y nauseabundo que Miguel Ángel había percibido en la casa de San Miguel, Sinacapán, comenzó a intensificarse.

Estaban cerca. Finalmente, tras casi una hora de búsqueda, los acces de las linternas revelaron una pequeña cabaña construida sobre pilotes, parcialmente oculta entre la densa vegetación. Humo salía de una chimenea improvisada y una luz amarillenta se filtraba por las rendijas de las ventanas tapadas con tablas.

 Los agentes rodearon la cabaña preparándose para entrar. Miguel Ángel, siguiendo instrucciones, se mantuvo a distancia, observando desde detrás de un grueso tronco de mangle. Lo que sucedió a continuación quedaría grabado en su memoria para siempre. Los agentes federales irrumpieron en la cabaña con un estruendo de madera astillada y gritos de advertencia.

 Desde su posición, Miguel Ángel solo podía ver destellos de luz y sombras moviéndose frenéticamente en el interior. Luego vinieron los disparos, tres detonaciones secas que resonaron en la quietud del manglar, seguidas por un silencio aún más aterrador. Pasaron varios minutos antes de que uno de los agentes emergiera de la cabaña, el rostro pálido bajo la luz de su linterna.

 Está despejado, anunció con voz tensa. “Puede acercarse, profesor Domínguez.” Con el corazón martilleando en su pecho, Miguel Ángel avanzó hacia la cabaña. El interior era una versión más rudimentaria, pero igualmente horrorosa, de la cocina en San Miguel, Tinacapan. Ollas burbujeantes sobre un fuego improvisado, cuchillos alineados meticulosamente sobre un trapo manchado, hierbas secas colgando del techo y en el centro de la estancia el cuerpo de Ernesto yacía inmóvil, tres orificios de bala en su pecho, pero no había rastro

de doña Soledad. ¿Dónde está la anciana?, preguntó Miguel Ángel escudriñando cada rincón de la cabaña. No hay nadie más aquí. respondió el agente a cargo, el teniente Morales. Registramos cada centímetro, solo estaba él. Mientras los agentes aseguraban el lugar y fotografia la evidencia, Miguel Ángel notó algo extraño en el cuerpo de Ernesto.

 Su piel, expuesta donde las balas habían rasgado su camisa, presentaba un tono grisáceo antinatural y una textura que recordaba más a la cera que a la carne. Teniente, llamó señalando el fenómeno. Mire esto. El teniente Morales se acercó examinando con perplejidad el cuerpo. Nunca había visto algo así, admitió.

 Es como si estuviera descomponiéndose, completó Miguel Ángel, pero no como un cadáver normal, es diferente. A medida que pasaban los minutos, el proceso se aceleraba. La piel de Ernesto comenzó a agrietarse, revelando debajo no carne y hueso, sino capas y capas de algo que parecía pergamino antiguo. Su rostro se contraía, los rasgos disolviéndose como cera bajo el calor, hasta que lo que quedó sobre el suelo de la cabaña no fue un cuerpo humano, sino un montón de piel arrugada y reseca, como la muda de una serpiente

gigantesca. Dios mío, murmuró uno de los agentes persignándose. ¿Qué demonios era esa cosa? Antes de que alguien pudiera responder, Miguel Ángel sintió una presencia a sus espaldas. Se volvió bruscamente para encontrarse con la mirada penetrante de doña Soledad, que había aparecido silenciosamente en la puerta de la cabaña.

 Pero no era la anciana que recordaba. Esta doña soledad se erguía completamente recta, sin el encorbamiento de la vejez. Su rostro, aunque surcado por arrugas, parecía más firme y sus ojos brillaban con una lucidez sobrenatural. Los agentes reaccionaron inmediatamente, apuntando sus armas hacia ella, pero doña Soledad simplemente sonrió, un gesto que transformó su rostro en algo que ya no parecía humano.

 “Mi pobre Ernesto”, dijo con una voz que sonaba como el crujir de hojas secas. Nunca fue tan fuerte como debería. Demasiadoapresurado, demasiado hambriento. Al suelo ahora! Ordenó el teniente Morales, pero la anciana ni siquiera pareció escucharlo. Sus ojos estaban fijos en Miguel Ángel, como si los demás no existieran.

 “Tú, sin embargo, continuó, tienes el potencial que mi hijo nunca tuvo. Lo supe desde que te vi en la plaza comprando mis tamales. Hay algo especial en ti, maestro. una fuerza que pocos poseen. Miguel Ángel sintió un escalofrío recorrer su cuerpo como si algo helado se deslizara bajo su piel. Los sueños comprendió súbitamente. No era Ernesto conectándose conmigo, eras tú.

 La sonrisa de doña Soledad se ensanchó revelando dientes que ya no parecían humanos, demasiado afilados, demasiado numerosos para una boca normal. El ciclo debe continuar”, dijo. Siempre necesitamos nuevos aprendices, alguien que lleve nuestras tradiciones a la siguiente generación. El teniente Morales perdió la paciencia y disparó. La bala atravesó limpiamente el pecho de doña Soledad, pero ella ni siquiera parpadeó.

 Donde debería haber sangre, solo emergió un polvo fino y grisáceo como ceniza antigua. Eso no funcionará conmigo, joven”, dijo la anciana con tono casi maternal. “He vivido más vidas de las que puedes imaginar. He visto imperios alzarse y caer. He probado la carne de conquistadores y revolucionarios.” Con un movimiento demasiado rápido para sus aparentes años, Doña Soledad extrajo algo de entre los pliegues de su rebozo, un pequeño frasco de vidrio que contenía un líquido rojo oscuro.

 “Este es mi último regalo para ti, Miguel Ángel”, dijo, lanzándole el frasco que él atrapó por reflejo, “la esencia de nuestro poder. Bébelo y entenderás. Bébelo y vivirás para ver el próximo siglo y el siguiente. Los agentes dispararon nuevamente, esta vez todos a la vez. Las balas atravesaron el cuerpo de la anciana como si estuviera hecho de humo.

Con cada impacto, partes de ella se desintegraban en aquella ceniza gris. Pero su sonrisa permanecía intacta, flotando en el aire como la del gato de Cheshir. “Te estaré esperando, maestro.” Fueron sus últimas palabras antes de que su forma se disolviera completamente en una nube de polvo que el viento nocturno dispersó entre los manglares.

 Cuando el hambre comience, sabrás dónde encontrarme. Un silencio sepulcral cayó sobre la cabaña. Los agentes miraban atónitos el espacio vacío donde segundos antes había estado la anciana. Miguel Ángel bajó la mirada hacia el frasco en su mano. El líquido en su interior parecía pulsar con luz propia, como si tuviera vida.

 Sin decir palabra, arrojó el frasco al fuego que aún ardía en el centro de la cabaña. El vidrio estalló y el líquido provocó una llamarada violenta que se elevó hasta el techo, consumiendo rápidamente las hierbas secas y extendiéndose por toda la estructura. “Fuera! Todos fuera!”, gritó el teniente Morales, empujando a sus hombres hacia la puerta.

 abandonaron la cabaña justo cuando las llamas envolvían por completo el interior. Desde la seguridad de los manglares observaron como el fuego devoraba aquel lugar de pesadilla, reduciendo a cenizas los instrumentos macabros y los restos de lo que alguna vez fue Ernesto. Mientras el fuego iluminaba la noche con su resplandor purificador, Miguel Ángel sintió como si un peso se levantara parcialmente de sus hombros, pero solo parcialmente, porque en algún rincón de su mente podía sentir todavía la presencia de doña Soledad, como un susurro lejano pero

persistente. “Se ha ido”, afirmó el teniente Morales poniendo una mano sobre el hombro de Miguel Ángel. Todo ha terminado. Miguel Ángel asintió, pero sabía que no era del todo cierto. Doña Soledad o lo que fuera realmente aquella entidad existía más allá de la forma física que habían conocido, y sus palabras finales resonaban en su mente como una promesa o una maldición.

 Cuando el hambre comience, sabrás dónde encontrarme. Tres meses después, la vida en San Miguel Tsinacapan intentaba regresar a la normalidad. La historia de los tamales caníbales se había convertido en una leyenda nacional, atrayendo a periodistas y curiosos de todo el país. Los niños rescatados del sótano se recuperaban lentamente de su trauma y las familias de las víctimas encontraron algo de paz al saber que la pesadilla había terminado.

 Miguel Ángel regresó a su labor como maestro, dedicándose con renovado empeño a sus alumnos. Pero en las noches los sueños continuaban. Fragmentos de lugares desconocidos, rostros de personas que nunca había visto y siempre, al fondo, la presencia vigilante de doña Soledad. Y algunas mañanas, al despertar sentía un extraño hormigueo en la boca, un anhelo indefinible que ningún alimento parecía satisfacer completamente.

ciclo, comprendió con un escalofrío no había terminado, solo había comenzado.