LA TORTILLERA QUE HIZO JUSTICIA EN CHIMALHUACÁN: el día que 13 sicarios del CJNG comieron su última.
Nadie en la colonia El Barrio Alto de Chimalhuacán imaginaba que Rosaura Méndez Galván, la de la avenida Juárez, terminaría siendo el peor error que el cártel Jalisco Nueva Generación cometería en el Estado de México. A sus años, con las manos quemadas de tanto echar tortillas al comal y la mirada cansada de quien ha visto demasiado, Rosaura parecía solo otra mujer más del barrio tratando de sobrevivir.
Pero había algo en la forma en que miraba a ciertos clientes, algo en el silencio que guardaba cuando los camionetas polarizadas se estacionaban frente a su negocio. Algo que los vecinos notaban, pero preferían ignorar. El 14 de febrero del 2023, 13 hombres del CJNG entraron a su tortillería pidiendo órdenes para llevar. Ninguno salió caminando.
Lo que pasó esa tarde entre las paredes de blog sin pintar y el olor a masa de maíz se convirtió en leyenda, en advertencia, en el tipo de historia que la gente del barrio cuenta en voz baja, porque saben que la justicia a veces no viene de donde uno espera. Si quieres saber como una mujer del barrio logró lo que ni la policía ni los grupos rivales pudieron hacer, suscríbete ahora porque esta historia te va a dejar helado.
Chimaluacán huele a tierra mojada mezclada con diesel, a tacos de canasta. y a miedo contenido. Es un municipio donde las calles de tierra conviven con avenidas asfaltadas, donde las casas de tres pisos sin terminar se levantan una junto a otra como dientes chuecos y donde todo el mundo sabe que hay zonas [música] a las que no entras si no conoces a alguien o si no traes el permiso correcto.
La tortillería de Rosaura estaba justo en una de esas fronteras invisibles en la avenida Juárez, casi esquina con calle Morelos, un negocio pequeño con piso de cemento pulido, tres mesas de plástico y un comal industrial que funcionaba desde las 5 de la mañana hasta las 9 de la noche.
Rosaura había heredado el negocio de su madre, doña Catalina, quien murió de diabetes 3 años antes, sin haber dejado nada más que deudas y el local rentado. Desde entonces, Rosaura se levantaba a las 4 de la madrugada para preparar la masa, encender el comal y recibir a los primeros clientes. Albañiles que iban rumbo a obras en Nesahualcoyotl, señoras que compraban su kilo antes de mandar a los niños a la escuela.
Chóeres de microbús que desayunaban unos tacos rápidos antes de empezar la ruta. Era un negocio honesto, de supervivencia, del tipo que apenas te da para pagar la renta y comprarlo del día siguiente. Pero en Chimalhuacán, como en cualquier municipio donde el narco tiene presencia, nada permanece neutral por mucho tiempo.
Los del CJNG habían llegado a la zona hacía año y medio, desplazando poco a poco a grupos locales más pequeños, poniendo orden a su manera. Al principio fue cobro de piso, después control de tianguis, luego puntos de venta. Rosaura empezó a anotar los cambios en septiembre del 2021. Caras nuevas vigilaban desde las esquinas, camionetas que circulaban despacio, negocios que cerraban de la noche a la mañana.
El primer contacto lo tuvo un martes de octubre. Dos hombres jóvenes, no más de 25 años, entraron a la tortillería a las 7 de la noche, cuando ya solo quedaba un cliente terminando sus tacos. Uno de ellos traía una chamarra deportiva negra con el logo de los Pumas, el otro gorra del América. Se pararon frente al mostrador sin pedir nada, solo mirándola.
¿Cuánto sacas al día?, preguntó el de la chamarra. Rosaura no levantó la vista de las tortillas que estaba empacando. Lo suficiente para comer. No te hagas, jefa. Aquí todos cooperan. 500 a la semana y no hay problema. Ella siguió trabajando en silencio, doblando las tortillas calientes en papeles trasa. El silencio se extendió incómodo, pesado.
El segundo hombre se recargó en la pared, sacó un cigarro. No es sugerencia, dijo el de la gorra. Es aviso. Rosaura finalmente los miró. Tenía esa mirada que desarrollan las mujeres que han criado hijos solas, que han enterrado maridos o hermanos, que han visto demasiado como para asustarse con palabras. Les doy 200.
Es lo que puedo. Los dos hombres se miraron entre sí. El de la chamarra sonrió, no con humor, sino con ese tipo de sonrisa que anuncia problemas. El jefe no negocia, señora. 500 o cerramos el changarro. 200, repitió Rosaura. O mejor búsquenle en otro lado porque aquí no hay. Se fueron sin decir nada más, pero Rosaura sabía que volverían.
Esa noche cerró el negocio temprano. Caminó las cuatro cuadras hasta su casa, un departamento pequeño en un edificio de tres pisos y se quedó despierta pensando no en cómo pagar, sino en cuánto tiempo tenía antes de que la presión se volviera insoportable. Los siguientes meses fueron una negociación tensa. Los del CJNG aceptaron los 200 semanales, pero dejaron claro que era temporal, que en cuanto el negocio creciera el precio subiría.
Rosaura pagaba cada viernes, siempre en un sobre blanco que entregabaal mismo muchacho de la gorra del América, quien se presentó como Toño. Nunca hubo recibo, nunca hubo palabra de más, solo el intercambio silencioso de dinero por permiso para seguir existiendo. Pero algo cambió en diciembre del 2022. Su hijo Carlos Alberto, de 23 años, apareció una tarde en la tortillería con el rostro hinchado y una herida en la ceja.
trabajaba de ayudante en una atlapalería en la colonia San Lorenzo y según le contó a Rosaura entre lágrimas, se había negado a permitir que usaran la bodega del negocio para guardar mercancía. Los mismos que cobraban piso querían espacio para almacenar cosas que Carlos sabía que no eran legales. Cuando dijo que no, lo golpearon, lo amenazaron, le dijeron que o cooperaba o la próxima vez sería peor.
Me dijeron que si no acepto te van a buscar a ti, mamá, le dijo Carlos con la voz quebrada. Dijeron que saben dónde trabajas. Rosaura limpió la sangre del rostro de su hijo con un trapo húmedo, le puso hielo en la ceja, le preparó un té de manzanilla, pero algo dentro de ella se endureció esa noche. No era miedo, era algo más frío, más calculado.
Era la certeza de que el juego había cambiado, de que ya no se trataba solo de pagar para que la dejaran en paz. Ahora amenazaban a su hijo y eso en el mundo de Rosaura Méndez era cruzar una línea que no tenía regreso. ¿Tú qué harías si te amenazan a través de tu familia? ¿Hasta dónde llegarías para proteger a los tuyos? Durante las siguientes semanas, Rosaura empezó a observar, no de manera obvia, sino con la paciencia de quien sabe que la información es poder.
Notó que los del CJNG tenían rutinas. Pasaban a cobrar los viernes entre 6 y 7 de la tarde, siempre los mismos dos o tres. A veces llegaban en una lobo gris polarizada, otras en una suurban negra. Notó que después de cobrarse iban a una casa de seguridad tres calles arriba en la colonia Vidrieros, donde se juntaban varios, comían, se quedaban hasta tarde.
Notó que los viernes siempre pedían tortillas para llevar, órdenes grandes de 5 o 6 kg, porque eran varios los que comían ahí. También notó algo más que confiaban. Confiaban en que ella era solo una más, una mujer del bardio que pagaba y se quedaba callada. Y esa confianza, Rosaura lo sabía. Era su única arma.
Empezó a preguntarse qué pasaría si no terminaba el pensamiento en voz alta, ni siquiera en su cabeza. Pero la idea estaba ahí, germinando como las semillas de maíz que ponía a remojar cada noche para la masa del día siguiente. Una idea oscura, peligrosa, quizá imposible, pero también pensaba quizá necesaria.
A finales de enero del 2023, Carlos volvió a casa con más moretones. Esta vez no solo lo habían golpeado, lo habían arrodillado en la bodega de la tlapalería y le habían puesto una pistola en la nuca, diciéndole que tenía una semana para decidir. O la bodega se usaba para lo que ellos necesitaban, o Carlos y su jefe aparecerían en una zanja.
Rosaura escuchó sin interrumpir, sin llorar. Cuando Carlos terminó de hablar, ella solo asintió. No te preocupes, mijo. Le dijo con una calma que Carlos no reconoció. Yo me encargo. ¿Qué vas a hacer, mamá? Rosaura no respondió, solo le dio un beso en la frente y le dijo que se fuera a dormir. Esa noche Rosaura no durmió.
se quedó sentada en la mesa de su pequeña cocina con una taza de café frío que nunca se tomó, pensando en su madre, [música] en su hijo, en todas las veces que había tenido que agachar la cabeza para sobrevivir. Pensó en la impunidad, en la policía que nunca llegaba, en las autoridades que miraban para otro lado. Pensó en cuántas familias del barrio estaban pasando por lo mismo, atrapadas entre pagar y morir, [música] entre someterse o huir.
Y entonces, en algún momento de esa madrugada, tomó una decisión que no tenía vuelta atrás. El plan era simple, brutal, casi suicida, pero tenía una lógica que solo alguien como Rosaura, alguien que había pasado décadas observando, esperando, sobreviviendo, podía entender. Si iba a morir, si iban a matarla de todas formas, al menos se llevaría a tantos como pudiera y conocía la única forma en que una podía volverse letal.
Durante la primera semana de febrero, Rosaura empezó a comprar cosas. Raticida de la marca más fuerte que encontró en la ferretería. Cinco paquetes diferentes comprados en distintos lugares para no levantar sospechas. Arsénico en polvo que consiguió con un contacto que trabajaba en fumigaciones.
Cianuro que le vendió bajo mano un empleado de una joyería que lo usaba para limpiar metales. Cada compra la hizo en efectivo, en lugares distintos, sin dejar rastro. guardaba todo en una caja de zapatos en el fondo de su closet envuelto en bolsas de plástico. También empezó a probar, no con personas, sino con ratas que atrapaba en la parte trasera del negocio.
Mezclaba las sustancias con masa de maíz, hacía tortillas pequeñas, las dejaba donde sabía que las ratas pasaban. Alprincipio las dosis eran incorrectas. Algunas ratas tardaban horas en morir, otras simplemente no comían. Pero Rosaura era paciente, metódica. fue ajustando cantidades, proporciones, tiempos.
Aprendió que si mezclaba el veneno directamente con la masa cruda, el sabor era demasiado amargo. Pero si lo aplicaba después, cuando la tortilla ya estaba cocida y todavía caliente, el veneno se absorbía sin dejar rastro perceptible en el sabor. Para mediados de febrero, Rosaura tenía su método perfeccionado y solo le faltaba la oportunidad.
El 14 de febrero cayó en martes, día de cobro adelantado, porque el viernes era festivo en algunas zonas. Rosaura abrió su tortillería como siempre a las 5 de la mañana. Preparó la masa normal para los clientes regulares, pero también preparó una cantidad extra, una que guardó separada en una cubeta de plástico azul que nunca usaba para la venta.
A esa masa le agregó todo lo que había estado guardando. Raticida triturado hasta volverlo polvo. Arsénico medido con precisión. cianuro disuelto en agua. Mezcló con las manos sintiendo la textura fría y pegajosa entre los dedos, sabiendo que cada gramo de esa masa era muerte concentrada. Trabajó todo el día con una calma extraña, casi meditativa.
Atendió a los clientes de siempre, vendió sus kilos, preparó tacos, limpió el comal, [música] pero la cubeta azul permanecía cubierta con un trapo en la parte trasera esperando. A las 6 de la tarde, cuando el sol empezaba a caer y las luces de la avenida se encendían, la suburba negra se estacionó frente a la tortillería. Bajaron cuatro hombres, entre ellos Toño, el de la gorra del América.
Entraron con esa confianza que da el poder, con esa seguridad de quien sabe que nadie se atreverá a contradecirlos. “Señora Rosaura, saludó Toño. Hoy venimos por el cobro, pero también necesitamos un favor.” ¿Qué favor? Preguntó ella sin dejar de trabajar en el comal. “Hay una reunión en la casa. Somos como 15. Necesitamos tortillas.
harto 5 kg de las que estén bien calientes. Rosaura sintió que el corazón se le aceleraba, pero su rostro permaneció impasible. ¿Para cuándo? Para ahorita. Las llevamos y las comemos allá. Es cumpleaños del jefe. Rosaura asintió despacio. Era demasiado perfecto, demasiado conveniente, casi como si el universo le estuviera dando la oportunidad que había estado esperando. 15 personas, repitió.
Sí, tengo, pero me tardo como media hora en hacer esa cantidad fresca. [música] No hay problema, esperamos. Los cuatro hombres se sentaron en las mesas de plástico, pidieron refrescos, prendieron cigarros, hablaban entre ellos en voz baja, se reían, revisaban sus celulares. Ninguno prestaba atención real a Rosaura, quien se movía entre el comal y la parte trasera del negocio, como siempre lo hacía.
Fue en uno de esos viajes a la parte trasera cuando Rosaura tomó la cubeta azul y comenzó a trabajar. Hizo las tortillas una por una con el mismo cuidado que ponía en cualquier orden, pero usándola más envenenada. Las dejó en el comal el tiempo exacto. Las volteó con la misma destreza de siempre, las apiró en una canasta de mimbre cubierta con una servilleta de tela.
5 kg exactos, 150 tortillas, cada una un pequeño círculo de muerte. Mientras trabajaba, pensó en Carlos, en los moretones de su rostro, en la pistola en su nuca. Pensó en su madre. que había muerto sin haber conocido un día de paz. Pensó en todas las mujeres del barrio que vivían con miedo, que pagaban por existir, que se quedaban calladas para sobrevivir.
Lo que está a punto de pasar cambiará todo en Chimaluacán. No te puedes perder ni un detalle de esta historia. A las 7 en punto, Rosaura empacó las tortillas en bolsas de plástico, todavía calientes, todavía humeantes. Se las entregó a Toño junto con el sobre blanco del cobro de la semana. Aquí están bien calientes como te gustan, dijo y por primera vez en meses sonrió.
Toño tomó las bolsas, pesó el dinero en el sobre, asintió satisfecho. Gracias señora. Nos vemos la próxima semana. Los cuatro hombres subieron a la suurban con las bolsas de tortillas y el dinero. Arrancaron dejando el olor de diésel y marihuana en el aire. Rosaura los vio alejarse por la avenida Juárez, girar en la esquina hacia la colonia Vidrieros, desaparecer en la noche de Chimalhuacán.
Cerró el negocio a las 8, una hora antes de lo normal. Limpió todo con más cuidado de lo habitual. Lavó la cubeta azul tres veces con cloro. Se aseguró de que no quedara ni un rastro de la masa envenenada. [música] tiró el agua del lavado en una coladera de la calle, lejos de su negocio. Guardó todo en su lugar, apagó las luces, cerró con candado.
Caminó a su casa despacio, sintiendo el frío de febrero en el rostro, escuchando los sonidos nocturnos del barrio, perros ladrando, música de una fiesta lejana, el rugido de un motor. se cambió de ropa, se preparó un té, prendió la televisión sin verlarealmente y esperó. Las noticias llegaron al día siguiente, el miércoles 15 de febrero, temprano en la mañana.
Primero fue un rumor que corrió por el barrio como pólvora, que había ambulancias en la colonia Vidrieros, que sacaron varios cuerpos de una casa, que la policía ministerial había acordonado tres cuadras. Después fueron los mensajes de WhatsApp, las fotos borrosas tomadas desde lejos, los videos grabados desde ventanas, 13 cuerpos, todos hombres, todos con señales de envenenamiento, vómito, convulsiones, sangrado interno.
La escena, según filtraron algunos paramédicos que llegaron primero, era de pesadilla. Cuerpos tirados en la sala, en el patio, uno en el baño. Todos habían estado comiendo cuando comenzaron los síntomas. La mesa todavía tenía platos con carne asada, frijoles, salsa y tortillas. Muchas tortillas [música] a medio comer. Las autoridades tardaron menos de 6 horas en comenzar la investigación.
Interrogaron a vecinos, revisaron cámaras de seguridad de la zona, rastrearon movimientos. Alguien mencionó que los del CJNG siempre compraban tortillas en el negocio de la avenida Juárez, que el día anterior habían hecho un pedido grande. A las 3 de la tarde del miércoles, dos agentes ministeriales llegaron a la tortillería de Rosaura.
Ella estaba atendiendo clientes como cualquier otro día, con esa calma que ahora parecía casi sobrenatural. “Señora Rosaura Méndez Galván”, dijo uno de los agentes. “Necesitamos que nos acompañe para algunas preguntas.” Rosaura apagó el comal, se quitó el delantal, le pidió a una vecina que cuidara el negocio, subió a la patrulla sin resistencia, sin nervios visibles.
En la agencia del Ministerio Público la sentaron en una sala de interrogatorios con paredes de color verde pálido y una mesa metálica. Le ofrecieron agua, café. Ella pidió solo agua. “Señora Méndez”, [música] comenzó el agente a cargo, un hombre de unos 50 años con bigote gris. Sabemos que usted vendió tortillas ayer a un grupo de hombres que ahora están muertos.
Necesitamos saber exactamente qué pasó. Rosaura tomó un sorbo de agua. Miró a la gente sin parpadear. Vendí tortillas como hago todos los días. Vinieron, pidieron 5 kg, se los preparé, se fueron. ¿Notó algo extraño en ellos? ¿Alguna amenaza? ¿Algún conflicto? Eran clientes regulares. No hubo problemas. El interrogatorio duró 3 horas.
Le preguntaron sobre su relación con los muertos, sobre sus métodos de preparación, sobre qué usaba en la masa. Rosaura respondió cada pregunta con la misma voz tranquila, sin contradecirse, sin mostrar emoción. Sabía que la investigarían, que revisarían su negocio, que buscarían evidencia, pero también sabía que había sido cuidadosa, meticulosa, no quedaban rastros.
La policía científica inspeccionó la tortillería esa misma tarde. Decomizaron muestras de masa, revisaron los ingredientes, fotografiaron todo, interrogaron a vecinos, a clientes regulares, pero no encontraron nada. La masa que quedaba era normal, limpia, los ingredientes eran los de siempre: maíz nixtamalizado, cal, agua, las cubetas, los comales, todo estaba impecable.
Los análisis toxicológicos de los cuerpos confirmaron envenenamiento masivo, raticida, arsénico, cianuro, todo mezclado. Las tortillas encontradas en la casa fueron analizadas y dieron positivo. Pero cuando analizaron las muestras del negocio de Rosaura, todo salió negativo. No había correspondencia. El fiscal a cargo del caso se encontró con un problema.
Evidencia circunstancial fuerte, pero sin prueba directa. Sabían que las tortillas venían del negocio de Rosaura. Tenían testimonios de que ella las había preparado, pero no podían probar que ella las hubiera envenenado. No había huellas de sustancias tóxicas en su local, no había testigos del proceso de preparación, no había confesión.
Durante una semana, Rosaura permaneció como principal sospechosa. La citaron tres veces más, siempre con las mismas preguntas, buscando alguna contradicción. Pero Rosaura se mantuvo firme. Ella había hecho tortillas como siempre. Si alguien las envenenó después, ella no sabía nada. ¿Crees que Rosaura hizo justicia o cometió un crimen? ¿Qué harías tú en su lugar? El caso comenzó a complicarse para la fiscalía cuando empezaron a aparecer otras teorías.
Grupos rivales del CJNG que pudieron haber infiltrado a alguien en la cadena de distribución. Conflictos internos del cártel. Venganzas personales. Chimaluacán era un terreno donde cualquier explicación podía ser válida, donde la violencia tenía tantas capas que era imposible distinguir una de otra.
Además, la presión pública jugó a favor de Rosaura de una forma inesperada. En el barrio nadie lloraba a los muertos. Eran sicarios, cobradores, hombres que habían aterrorizado a la colonia durante meses. Los vecinos, cuando eran entrevistados por reporteros, hablaban de alivio más que de tragedia. Ir Rosaura, la silenciosa quesiempre había sido parte del paisaje del barrio, se convirtió en algo más, un símbolo, quizá, una leyenda urbana en formación.
Tres semanas después del envenenamiento masivo, la fiscalía liberó a Rosaura por falta de pruebas concluyentes. No había forma de sostener un caso sin evidencia física directa, sin testigos, sin confesión. Rosaura regresó a su tortillería en la primera semana de marzo bajo la mirada de todo el barrio. El primer día de reapertura fue extraño.
Los clientes llegaron como siempre, pero había algo diferente en el aire. La gente la miraba distinto, no con miedo exactamente, sino con respeto. Algunas mujeres del barrio le daban las gracias en voz baja al pagar sus tortillas. Algunos hombres solo asentían al recibir su pedido con una expresión que decía lo que las palabras no podían.
Carlos, su hijo, dejó la tlapalería donde trabajaba y se fue a vivir con unos tíos a Puebla. Rosaura insistió. Sabía que aunque los del CJNG que habían muerto eran solo una célula pequeña, el cártel tenía memoria, tenía estructura y tarde o temprano alguien vendría buscando respuestas. Durante las siguientes semanas, la presencia del CJNG en Chimalhuacán disminuyó notablemente.
No desapareció, pero se volvió más cautelosa, más dispersa. Los cobros de piso continuaron, pero con menos agresividad. Las amenazas directas se volvieron menos frecuentes. Era como si la organización hubiera entendido un mensaje que nadie había verbalizado, que incluso en el barrio más controlado, incluso con toda la violencia a su disposición, podían ser vulnerables.
Rosaura siguió levantándose a las 4 de la madrugada, preparando masa, echando tortillas, pero ahora dormía con un cuchillo bajo la almohada y mantenía una maleta preparada junto a la puerta por si acaso. Sabía que la trego era frágil, que en cualquier momento todo podía cambiar. Dos meses después del incidente, en abril del 2023, llegó un hombre nuevo a la tortillería.
No era del barrio. Eso Rosaura lo notó de inmediato. Vestía demasiado bien. Hablaba con acento del sur, quizá Guerrero o Michoacán. Pidió un kilo de tortillas y esperó mientras ella las preparaba. “Usted es Rosaura, ¿verdad?”, preguntó el hombre con tono amable, pero firme. Sí, soy yo. Me mandaron a darle un mensaje.
Rosaura sintió que se le helaba la sangre, pero mantuvo las manos ocupadas con las tortillas sin mostrar miedo. ¿Qué mensaje? El hombre se acercó al mostrador. Bajó la voz, que lo que pasó ya pasó, que hubo pérdidas de los dos lados, aunque usted vea las de uno. Que el negocio sigue, pero las reglas cambiaron. Ya no se cobra aquí.
Esta zona quedó neutral. Rosaura lo miró a los ojos buscando la trampa, el engaño. Pero el hombre solo sostuvo la mirada con una expresión que no era de amenaza, sino de reconocimiento. Y eso es todo. También me dijeron que le diga que fue impresionante, que no muchas personas tienen lo que se necesita para hacer lo que usted hizo, si es que lo hizo, y que por eso mismo es mejor que todos sigamos con nuestras vidas.
El hombre pagó su kilo de tortillas, dejó un billete de 200 sin esperar cambio y se fue. Rosaura no vio alejarse por la avenida, desaparecer entre la gente del mercado. Se quedó parada frente al comal billete en la mano, sin saber si acababa de recibir una sentencia o un indulto. Esta noche, por primera vez en meses, Rosaura durmió sin sobresaltos, no porque se sintiera segura, [música] sino porque entendió algo fundamental, que había cruzado una línea de la que no había regreso, pero que al hacerlo había ganado algo más valioso que el miedo. [música]
Había ganado respeto, el tipo de respeto que solo se gana cuando demuestras que no hay nada en el mundo que no estés dispuesta a arriesgar para proteger lo tuyo. No te puedes perder cómo continúa esta historia, porque lo que viene ahora te va a dejar sin palabras. Los meses siguientes fueron una prueba de nervios.
Rosaura mantuvo su rutina, pero con una conciencia aguda de todo lo que la rodeaba. Notaba cuando caras nuevas aparecían en el barrio, cuando coches desconocidos circulaban más lento de lo normal frente a su negocio. Aprendió a leer las señales, a detectar el peligro antes de que se materializara. En mayo, una reportera de un periódico local intentó entrevistarla.
Quería hacer un reportaje sobre las mujeres del barrio que se enfrentan al crimen organizado. Rosaura la rechazó amablemente, pero con firmeza. No tengo nada que decir. Soy nada más. La reportera insistió. mencionó que había rumores, que la gente hablaba, que su historia podría inspirar a otras mujeres. Rosaura la miró con esos ojos cansados que habían visto demasiado.
Si quiere ayudar a las mujeres del barrio, señorita, cuente las historias de las que están vivas y luchando todos los días sin aparecer en ninguna parte. Yo solo vendo tortillas. La reportera se fue sin su historia, pero el intento le recordó aRosaura que la fama, incluso la no deseada, era peligrosa. En su mundo, la supervivencia dependía de pasar desapercibida, de ser una más entre las miles que se levantan antes del amanecer para ganarse la vida.
Junio trajo cambios en la dinámica del barrio. Un grupo nuevo, aparentemente del cártel del Golfo, intentó establecerse en algunas colonias aledañas. Hubo enfrentamientos breves, balaceras nocturnas que hacían que todos se metieran a sus casas y apagaran las luces. Pero la zona de la avenida Juárez, donde estaba la tortillería de Rosaura, permaneció curiosamente tranquila.
Era como si existiera un acuerdo tácito, una zona desmilitarizada no oficial. Carlos llamaba cada semana desde Puebla. Había conseguido trabajo en una fábrica textil. Estaba viviendo con los tíos. Planeaba estudiar una carrera técnica. Cada vez que hablaban, le preguntaba a su madre cuándo se iría de Chimarhuacán, cuándo vendería el negocio y se mudaría a un lugar más seguro.
“Pronto, mi hijo”, respondía Rosaura, “cuando junte un poco más.” Pero ambos sabían que era mentira. Rosaura no se iría. Ese negocio era todo lo que le quedaba de su madre, de su vida, de la persona que había sido antes de que todo [música] cambiara. Y aunque ahora cargaba con el peso de 13 muertos en la conciencia, aunque sabía que nunca podría confesar lo que había hecho, también sabía que no tenía a dónde más ir.
En agosto, justo cuando empezaban las primeras lluvias de temporada, Rosaura tuvo una conversación que la marcó. Era con doña Esperanza, una vecina de 70 años que compraba tortillas todos los días desde hacía dos décadas. Esperanza había perdido a dos hijos por la violencia del narco, uno en 2010 y otro en 2015. Sabía del dolor, de la impotencia, del silencio forzado.
Ese día, doña Esperanza llegó temprano cuando todavía no había otros clientes. Pidió su medio kilo de siempre y mientras Rosaura las empacaba, habnó sin mirarla directamente. ¿Sabes Rosaura? La gente habla, [música] dicen cosas, inventan historias, pero yo nunca creo lo que la gente dice. Rosaura continúa empacando sin responder.
Lo que sí creo, continuó Doña Esperanza, es que a veces la justicia no viene de donde uno espera y que cuando viene hay que tener el valor de no hacer preguntas. Las dos mujeres se miraron en silencio. Rosaura vio en los ojos de esperanza algo que reconoció. Dolor compartido, comprensión mutua.
la complicidad silenciosa de quienes han perdido demasiado. No más quería que supiera dijo Esperanza tomando su bolsa de tortillas, que hay quienes agradecemos poder dormir un poco más tranquilas, venga de donde venga esa paz. Esperanza pagó y se fue, dejando a Rosaura sola con sus pensamientos. Por primera vez desde el 14 de febrero, Rosaura sintió algo que no era miedo ni culpa, sino una especie de validación torcida, no arrepentimiento, porque eso hubiera implicado que creía haber hecho algo malo. Más bien una confirmación de
que en un mundo donde las reglas estaban rotas desde hace mucho, a veces la única justicia posible era la que uno se tomaba con sus propias manos. Septiembre llegó con su característico clima inestable. Mañanas frías, tardes calurosas. Lluvias repentinas. Rosaura cumplió 44 años sin celebración, sin fiesta, solo con una llamada de Carlos y un pastel pequeño que se comió sola en su departamento.
Mientras apagaba la única vela. No pidió ningún deseo. Ya no creía en deseos. El negocio seguía funcionando. Ahora con una clientela que se había vuelto casi reverencial. La gente compraba sus tortillas y se iba, a veces con una mirada que decía más que las palabras. Los nuevos en el barrio no entendían por qué había tanto respeto hacia una simple tortillería, pero los viejos residentes sabían o creían saber y en Chimalhuacán creer suficiente.
¿Crees que Rosaura hizo lo correcto? ¿Tú podrías hacer lo mismo para protected a tu familia? Suscríbete para más historias que te van a hacer cuestionar todo lo que creías saber sobre la justicia. En octubre apareció un nuevo personaje en la historia, el padre Miguel, un sacerdote joven asignado a la parroquia de San Pedro.
Era de esos curas que no solo daban misa, sino que se involucraban en la comunidad, que visitaban casas, que conocían problemas. Un martes por la tarde entró a la tortillería, pidió un kilo y esperó a que no hubiera otros clientes para hablar. “Señora Rosaura, ¿tiene un moment?” “Dígame, padre.” El sacerdote eligió sus palabras con cuidado.
He estado escuchando confesiones desde que llegué hace tres meses y he notado algo interesante. Mucha gente del barrio viene a confesar pecados que no cometieron. Rosaura lo miró sin expresión. Eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Nada directamente. Solo quería que supiera que la casa de Dios está abierta para todos, para los que cargan peso especialmente.
Padre, con todo respeto, yo no soy muy de ir a misa. Lo sé, pero quería que supiera quesi alguna vez necesita hablar, no como confesión formal, sino solo como dos personas, mi puerta está abierta. Sin juicios. El padre Miguel pagó sus tortillas y se fue, dejando a Rosaura con una sensación extraña. No era culpa lo que sentía, pero tampoco era paz.
Era algo intermedio, algo gris, como el cielo de Chimalhuacán en temporada de lluvias. Esa noche, Rosaura se quedó despierta pensando en la oferta del padre. Se preguntó qué se sentiría confesar, poner en palabras lo que había hecho, escuchar una absolución que sabía que no merecía ni buscaba. Pero al final, como siempre, se quedó callada.
Algunos secretos eran demasiado grandes para compartirlos, incluso con Dios. Noviembre trajo el día de muertos y con él la tradición de poner ofrendas. Rosaura puso una pequeña en su casa, fotos de su madre, de su padre muerto cuando ella era niña, de un hermano que perdió hace años. Puso pan, agua, sal, las cosas que se ponen siempre.
Pero mientras arreglaba la ofrenda, se sorprendió pensando en los 13 hombres, no con culpa, sino con una curiosidad mórbida. ¿Alguien habría puesto fotos de ellos? ¿Tendrían madres llorando su ausencia? ¿O solo serían otra estadística en un país que perdió la cuenta de sus muertos? decidió no pensar más en eso.
Los muertos, pensó, ya estaban muertos y los vivos tenían que seguir viviendo. Diciembre llegó con su frío característico del Estado de México. Las ventas de tortillas aumentaban porque la gente comía más, celebraba las posadas, preparaba comidas grandes. Rosaura trabajaba jornadas de 14 horas, de 4 de la mañana a 6 de la tarde con apenas tiempo para comer.
El trabajo era su refugio, el ritmo constante del comal era [música] su meditación, el olor a maízni tamalizado era su terapia. El 14 de diciembre, exactamente 10 meses [música] después del envenenamiento, llegó una camioneta desconocida a la tortillería. Rosaura sintió que se le erizaba la piel cuando vio bajar a tres hombres, ninguno del barrio.
Pero para su sorpresa, solo querían comprar tortillas para llevar 2 kg. Pagaron, agradecieron, se fueron. Ninguna amenaza, ningún mensaje oculto, solo una transacción comercial normal. Rosaura se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Exhaló despacio, sintiendo el alivio mezclado con la decepción de quien se ha preparado tanto para un golpe que nunca llega, que casi lo extraña cuando no sucede. La Navidad fue tranquila.
Carlos vino a visitarla por tres días. trajo regalos pequeños. Compartieron una cena sencilla. No hablaron de lo que había pasado, ni de los muertos, ni de por qué Carlos ya no vivía en Chimalhuacán. Hablaron de cosas superficiales, el trabajo de Carlos en la fábrica, los planes de estudiar mecánica automotriz, el nuevo novio que tenía y que le daba miedo presentarle a su madre.
“Tráelo cuando quieras, mij hijo”, le dijo Rosaura. “Ya es hora de que empieces a vivir tu vida. Y tu, mamá, ¿cuándo vas a empezar a vivir la tuya? Rosaura sonrió con tristeza. Yo ya viví, Carlos. Ahora solo estoy terminando. Carlos se fue el 28 de diciembre y Rosaura volvió a su rutina, pero algo había cambiado en esos 10 meses.
Ya no miraba sobre su hombro con tanta frecuencia. Ya no saltaba cada vez que una camioneta desconocida se estacionaba cerca. no era que se sintiera segura, sino que había aceptado la realidad, que vivía en un limbo entre la justicia y la venganza, entre ser víctima y victimaria, entre el anonimato y la leyenda.
El año terminó con las celebraciones típicas del barrio. Cohetes, música, gente en las calles. Rosaura cerró temprano el 31 de diciembre, se fue a su casa, prendió la televisión para ver el conteo de Año Nuevo. Cuando llegó la medianoche, brindó sola con un vaso de agua. por los que ya no están, susurró, y por los que seguimos.
No sabía si se refería a los muertos que ella había causado o a los que el narco había cobrado. En el fondo, pensó, “Quizá no había diferencia. Todos eran parte del mismo ciclo de violencia que se alimentaba a sí mismo, generación tras generación, sin principio claro ni final a la vista. Enero del 2024 comenzó con una sorpresa. La fiscalía cerró oficialmente el caso de los tres envenenados.
clasificándolo como ajuste de cuentas entre grupos delictivos. Rosaura leyó la nota en un periódico que alguien dejó olvidado en una de las mesas de la tortillería. El artículo era corto, apenas un párrafo, enterrado, entre otras noticias de violencia. 13 hombres reducidos a una estadística más, a un misterio sin resolver que a nadie le importaba resolver.
Rosaura dobló el periódico y lo tiró a la basura. Sintió algo parecido al alivio, pero también algo parecido a la indignación. No por los muertos que habían elegido ese camino, sino por la facilidad con la que el sistema simplemente archivaba vidas humanas como si fueran trámites incompletos. Febrero llegó de nuevo,completando un año del evento.
Rosaura esperaba sentir algo en la fecha, algún tipo de aniversario emocional, pero el 14 de febrero del 2024 fue solo otro martes con los mismos clientes, las mismas tortillas, la misma rutina. La única diferencia fue que ese día vendió más de lo normal porque era San Valentín y la gente compraba para preparar cenas románticas.
La vida, pensó Rosaura mientras trabajaba en el comal. Tenía una capacidad increíble para normalizarlo todo. Incluso el horror eventualmente se volvía parte del paisaje. ¿Tú crees que Rosaura encontrará paz algún día? ¿O hay crímenes que sin importar las razones nunca dejan de perseguirte? En marzo, doña Esperanza murió de un infarto mientras dormía.
Rosaura fue al velorio, llevó flores, le dio el pésame a los familiares. Durante el rosario, mientras escuchaba las oraciones mecánicas y veía el ataú cerrado, pensó en todas las conversaciones que había tenido con esperanza a lo largo de los años. Pensó en esa última conversación sobre la justicia que viene de donde uno menos espera.
Pensó en qué esperanza se llevó a la tumba cualquier sospecha o conocimiento que tuviera, guardando el secreto como había guardado tantos otros en sus 70 años de vida en Chimalhuacán. Abril trajo una nueva realidad al barrio. El CJNG regresó, no con la misma fuerza ni la misma agresividad, pero regresó. Nuevas caras, nuevas camionetas, nuevas reglas.
Pero curiosamente a Rosaura nunca la volvieron a buscar para cobro de piso. Era como si su nombre estuviera en una lista negra, una lista de gente que era más peligrosa molestar que dejar en paz. Un viernes de ese mes, un muchacho joven, no más de 20 años entró a comprar tortillas. Mientras Rosaura las preparaba, el chico habló con esa falsa confianza de quien está tratando de probar algo.
Usted es la que Soy la que vende tortillas. Interrumpió Rosaura sin mirarlo. Nada más. No, sí, claro. Solo que dicen que usted dicen muchas cosas en el barrio. Volvió a interrumpir, esta vez mirándolo directo. La mayoría son mentiras y las que no, es mejor no repetirlas. El muchacho captó el mensaje, pagó, tomó sus tortillas, se fue sin decir nada más.
Prosaura se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en eso. Una leyenda urbana, un cuento que se contaba en voz baja, una advertencia envuelta en tortillas [música] calientes. Mayo del 2024 trajo un visitante inesperado, un investigador privado contratado por la familia de uno de los muertos. Era un hombre de unos 40 años, delgado, con lentes, aspecto de oficinista más que de detective.
Se presentó con cortesía. explicó que la madre de Toño, el muchacho de la gorra del América, lo había contratado porque no creía la versión oficial. “Solo quiero saber la verdad”, dijo el investigador. “No busco justicia ni venganza, solo respuestas para una madre que no puede dormir.” Prosaura lo escuchó mientras limpiaba el comal sin detenerse.
La verdad, señor, es que su hijo eligió un camino peligroso y los caminos peligrosos a veces terminan mal. Eso es todo lo que sé. Pero las tortillas venían de aquí. Los análisis lo confirmaron. Los análisis también confirmaron que en mi negocio no hay nada. Si alguien envenenó esas tortillas, lo hizo después de que salieron de aquí.
O quizá las tortillas no tenían nada y murieron de otra cosa. Yo no soy científica, señor, solo soy El investigador insistió con más preguntas, pero Rosaura mantuvo la misma línea. Ella vendió tortillas. Lo que pasó después no era su responsabilidad ni su conocimiento. Eventualmente el hombre se fue frustrado, pero sin evidencia nueva.
Dos semanas después, el investigador publicó un artículo en un blog de investigación periodística. Presentaba teorías, conexiones, sospechas, pero no tenía pruebas. El artículo generó algo de ruido en redes sociales durante unos días y luego fue olvidado, enterrado bajo el aluvión constante de nueva violencia, nuevos muertos, nuevos misterios.
Rosaura leyó el artículo en el celular de un cliente que se lo mostró. Vio su foto tomada sin su permiso desde la calle. vio las especulaciones, las acusaciones veladas y sintió nada o casi nada, solo un cansancio profundo, el tipo de cansancio que no se cura con dormir. Mantente atento porque lo que viene ahora te va a hacer entender por qué esta historia no ha terminado.
Junio del 2024 marcó un cambio sutil pero significativo en la vida de Rosaura. Carlos anunció que se casaría en agosto con su novia de Puebla, una muchacha llamada Andrea, que trabajaba como enfermera. La boda sería pequeña, [música] familiar, en Puebla. Carlos le preguntó a su madre si vendría, si podría cerrar el negocio por un fin de semana. Claro que voy, mijo.
No me perdería tu boda por nada. Pero cuando colgó el teléfono, Rosaura se dio cuenta de algo que la asustó. Había considerado seriamente no ir, quedarse en Chimalhuacán, no dejar el negocio. Sehabía vuelto prisionera de su propia rutina, de su propio secreto, de la vida que había construido sobre 13 cadáveres.
Decidió que iría a la boda, que se permitiría un fin de semana de normalidad, de celebración, de ser solo una madre orgullosa. Le pidió a una vecina de confianza que manejara el negocio esos días. Preparó todo con anticipación. compró un vestido discreto pero bonito. La boda fue simple pero emotiva.
Ver a Carlos feliz abrazando a Andrea, sonriendo sin miedo, le recordó a Rosaura por qué había hecho lo que hizo. No por venganza, no por justicia, sino para que su hijo pudiera vivir sin pistolas en la nuca, sin amenazas, sin terror. Y si el precio de esa libertad era cargar ella sola con el peso de 13 muertes, entonces era un precio que estaba dispuesta a pagar.
Durante el brindis, Carlos habló de su madre, de su fortaleza, de cómo lo había protegido siempre. Rosaura escuchó con los ojos húmedos, no de alegría, sino de una tristeza compleja que sabía que nunca podría explicarle, porque la verdad era que lo había protegido de una forma que él nunca conocería, que nunca debería conocer.
Julio trajo de vuelta la rutina. Rosaura volvió a Chimalhuacán, a su tortillería, a subida de 4 de la mañana a 6 de la tarde. Pero algo había cambiado. Empezó a permitirse pequeños lujos, cerraba los domingos completos, se compraba flores para su departamento. Veía películas por la noche. Pequeños actos de rebelión contra la autoflagelación constante en la que había vivido.
Agosto fue el mes de la boda y también el mes en que apareció una pintada en la pared lateral de su tortillería. Alguien durante la noche había escrito con spray negro, “La justicia no siempre viene de donde esperamos.” No era amenaza ni acusación, solo una afirmación. Rosaura la vio al abrir el negocio, la miró por un largo momento y decidió dejarla ahí.
No la pintó, no la cubrió, se convirtió en parte del paisaje del barrio. Otro misterio entre tantos. Septiembre del 2024. cumplió 19 meses desde el envenenamiento, un año y medio en el que Rosaura había vivido en un limbo extraño, no totalmente libre, pero tampoco totalmente capturada. No inocente, pero tampoco oficialmente culpable. Era una existencia gris que se ajustaba perfectamente al chimaluacán que conocía, donde nada era blanco o negro, donde todo existía en tonos de sombra.
Un jueves de ese mes, mientras cerraba el negocio, se acercó una niña de unos 10 años. Traía uniforme de primaria, mochila desgastada. Le preguntó si podía regalarle algunas tortillas porque en su casa no había que comer. Rosaura le preparó un kilo completo, se lo dio sin cobrar, le agregó un refresco. “Gracias, señora”, dijo la niña con una sonrisa que le recordó a Rosaura todo lo que había olvidado sobre la inocencia.
De nada, mi hija. Y dile a tu mamá que si necesitan más, vengan. Siempre hay. La niña se fue corriendo con su tesoro. Rosaura la vio alejarse y sintió por primera vez en mucho tiempo algo parecido a la redención. No era perdón, no era absolución, era solo la confirmación de que todavía podía ser algo bueno, que entre la oscuridad de lo que había hecho todavía quedaban espacios para pequeñas luces.
Octubre trajo las primeras lluvias fuertes de la temporada. El negocio sufrió una pequeña inundación. El agua se metió por debajo de la cortina metálica, mojó sacos de maíz. Rosaura pasó todo un día limpiando, secando, reorganizando. Mientras trabajaba, pensó en cómo la vida tiene una forma peculiar de recordarte que nada dura para siempre, que incluso las construcciones más sólidas pueden ser arrastradas por las aguas.
Noviembre marcó un año y 9 meses desde los hechos. El día de muertos, Rosaura volvió a poner su ofrenda. Esta vez, mientras arreglaba las fotos y las flores, se permitió pensar conscientemente en los 13 hombres, no como monstruos ni como víctimas, sino como lo que eran. Personas que habían tomado decisiones que lo llevaron a un final violento, igual que ella había tomado la suya.
Ustedes eligieron su camino, susurró a la ofrenda, aunque no había fotos de ellos ahí. Y yo elegí el mío. Que Dios nos juzgue a todos. Diciembre del 2024 llegó con la noticia de que Carlos y Andrea esperaban un bebé. Rosaura recibiría la noticia por teléfono y lloró. No de tristeza, sino de una alegría agridulce.
Iba a ser abuela. Iba a ver una nueva vida en la familia. Una vida que crecería lejos de Chimaluacán, lejos de tortillerías y venenos y secretos enterrados. Una vida limpia. ¿Cómo te sientes, mamá?, preguntó Carlos. Feliz, mijo, muy feliz. ¿No le dijo que también se sentía aterrada de que ese niño o niña eventualmente preguntara sobre su abuela, sobre qué había hecho en su vida, sobre quién era realmente.
No le dijo que se preguntaba si las acciones de uno podían contaminar a las generaciones siguientes o si el amor podía ser suficiente escudo contra laoscuridad del pasado. Enero del 2025 comenzó con una sensación de normalidad engañosa. Rosaura seguía con su rutina. El barria seguía girando alrededor de sus propios problemas.
Y la tortillería seguía siendo ese espacio neutro donde la gente compraba su kilo diario sin hacer preguntas incómodas. Pero el 8 de enero, un miércoles gris y frío, llegó alguien que rompería esa falsa calma. [música] Era una mujer de unos 35 años, vestida con ropa de oficina, pero gastada. El tipo de atuendo que dice profesionista que ha caído en tiempos difíciles.
Llevaba un folder manila bajo el brazo y una expresión que Rosaura reconoció de inmediato. Determinación mezclada con desesperación. Señora Rosaura Méndez, preguntó, aunque claramente ya sabía la respuesta. ¿Quién pregunta? Me llamo Verónica Soto. Era era la novia de uno de los hombres que murieron aquí hace dos años, de Jonathan.
Jonathan Maldonado, todos lo conocían como el Joker. Rosaura sintió que se le enfriaba la sangre, pero mantuvo las manos ocupadas con el comal sin mostrar alteración. Lo siento por su pérdida, señorita. ¿Quiere tortillas? Verónica dejó el folder sobre el mostrador. No quiero tortillas, quiero la verdad. Ya le dije la verdad a la policía, a los periodistas, al investigador privado.
No tengo más que decir. Jonathan no era como los otros, dijo Verónica, y su voz se quebró ligeramente. Lo obligaron. Tenía deudas. Lo amenazaron con matar a su mamá. Él solo quería salir de ese mundo. Me lo había prometido. Rosaura finalmente levantó la vista. Vio en los ojos de Verónica algo que no había esperado encontrar. No acusación, sino súplica.
Esta mujer no venía por venganza, venía por respuestas que le permitieran dormir. Todos tienen su historia, señorita [música] Soto, pero eso no cambia lo que hacían. ¿Usted tiene hijos? La pregunta tomó a Rosaura desprevenida. Tengo un hijo. Entonces entiende. Jonathan era hijo de alguien, era novio de alguien, era una persona, no solo un número.
El silencio se extendió pesado entre las dos mujeres. Un cliente entró, pidió su orden, pagó y se fue ajeno a la atención que llenaba el pequeño local. Cuando volvieron a estar solas, Verónica abrió el folder. He estado investigando por mi cuenta. No soy detective, soy contadora, pero sé leer números. y los números de su negocio no cuadran.
Rosaura sintió que el pulso se le aceleraba, pero mantuvo expresión neutra. ¿Qué números? Sus compras. Durante las dos semanas antes de de lo que pasó, usted compró cantidades inusuales de ciertos productos. Raticida en tres farmacias diferentes. Arsénico de una empresa de fumigación. Pequeñas cantidades, nada que llamara la atención por separado.
Pero sumado tenía plaga de ratas. Interrumpió Rosaura. Cualquiera en el barrio lo puede confirmar. También encontré algo más.” Continuó Verónica sacando unos papeles del folder. Jonathan le mandó un mensaje de texto a su mamá el día antes de morir. [música] Decía, “Mañana vamos por tortillas de la señora Rosaura, la que nunca causa problemas.
El jefe quiere celebrar su cumpleaños con comida del barrio. ¿No le parece extraño que específicamente mencionara su nombre?” Rosaura sintió un escalofrío. Nunca había considerado que pudiera haber evidencia digital, mensajes, comunicaciones que ella no controlaba. No veo que tiene de extraño. Venían seguido. Exacto.
Venían seguido y nunca antes hubo problema. ¿Por qué justamente ese día? ¿Qué cambió? Las dos mujeres se miraron. Rosaura vio en Verónica no a una amenaza, sino a un espejo, otra mujer del barrio tratando de sobrevivir, de entender, de encontrar sentido en un mundo que no lo tenía. Señorita Soto, dijo Rosaura con voz baja pero firme.
Usted puede investigar lo que quiera, puede juntar todos los papeles del mundo, pero la policía ya cerró el caso. No hay evidencia física, no hay testigos, no hay confesión, solo hay teorías y especulaciones. Y en Chimarhuacán eso no alcanza ni para una denuncia. No vine a denunciarla, respondió Verónica, y había lágrimas en sus ojos.
Vine porque necesito saber si el hombre que amaba murió por lo que hacía o por lo que alguien más decidió que merecía. Necesito saber si hubo justicia o solo más violencia. La pregunta quedó flotando en el aire, densa y sin respuesta. Rosaura guardó silencio por un largo momento antes de hablar. La justicia, señorita, es una palabra bonita que usamos para sentirnos mejor sobre cosas terribles.
La verdad es que todos elegimos. Su novio eligió trabajar para esa gente. Yo elegí sobrevivir como pude y usted eligió venir aquí buscando respuestas que no le van a devolver lo que perdió. Verónica tomó su folder, lo cerró con manos temblorosas. Supongo que tiene razón, pero quiero que sepa algo. No voy a olvidar.
Puedo no tener pruebas, puedo no poder hacer nada legal, pero yo sé lo que hizo y eso, señora Rosaura, lo va a cargar el restode [música] su vida. Se fue sin comprar tortillas, sin decir adiós. Rosaura la vio alejarse por la avenida Juárez, esa silueta oscura contra el cielo gris de [música] Chimalhuacán.
Y por primera vez desde que todo había pasado, Rosaura sintió algo parecido a miedo genuino. No miedo a la policía ni al cartel, sino miedo a que la verdad tuviera una forma de filtrarse, de emerger, de negarse a permanecer enterrada. ¿Crees que los secretos pueden permanecer ocultos para siempre? ¿O hay verdades que eventualmente encuentran la forma de salir a la luz? Esa noche, Rosaura no pudo dormir.
Revisó su celular. Buscó información sobre Verónica Soto en redes sociales. Encontró un perfil de Facebook poco activo. Fotos de hace dos años con un hombre que debía ser Jonathan. Imágenes de comidas, de paseos, de una vida normal que terminó abruptamente. En las publicaciones más recientes, Verónica había compartido artículos sobre justicia para víctimas del crimen organizado, sobre cómo el sistema falla a las familias.
Rosaura cerró el celular y se quedó mirando el techo de su habitación, escuchando los sonidos nocturnos del edificio. Tuberías que crujían, pasos de vecinos, el ladrido lejano de perros. Se preguntó cuántas noches más tendría que pasar así, atrapada entre el alivio de haber protegido a su hijo y el peso de haber destruido otras familias.
Los siguientes días fueron tensos. Rosaura se sorprendía a sí misma mirando hacia la puerta cada vez que entraba alguien nuevo, esperando ver a Verónica de nuevo, o peor, esperando que llegara acompañada de autoridades, de periodistas, de alguien que pudiera convertir sus sospechas en evidencia. Pero Verónica no volvió y eso de alguna manera era peor, porque significaba que estaba ahí afuera investigando, juntando piezas, construyendo un caso que quizá nunca presentaría en una corte, pero que existía de todas formas. El 23 de enero,
Rosaura recibió una llamada de Carlos. Andrea había tenido complicaciones en el embarazo, nada grave, pero necesitaba reposo. Carlos sonaba preocupado, estresado. Rosaura le dijo que todo estaría bien, que las mujeres Méndez eran fuertes, que el bebé nacería sano, pero cuando colgó se dio cuenta de que había estado usando el plural, las mujeres Méndez, como si ella todavía fuera parte de esa categoría de mujeres fuertes y dignas, cuando la verdad era que se había convertido en algo distinto, algo que no tenía nombre
bonito. Febrero del 2025 marcó exactamente 2 años desde el envenenamiento. Rosaura esperaba que la fecha pasara desapercibida, que fuera solo otro 14 de febrero con ventas normales y ningún evento especial. Pero la mañana de ese día encontró algo que le heló la sangre. Alguien había dejado un ramo de flores marchitas frente a la cortina metálica de su tortillería con una nota escrita a mano que decía simplemente dos años.
No olvidamos. Rosaura recogió las flores y la nota rápidamente antes de que alguien más las viera. Las tiró en un bote de basura tres calles abajo, caminando rápido, mirando sobre su hombro. No había firma en la nota, no había amenaza directa, pero el mensaje era claro. Alguien recordaba, alguien llevaba la cuenta.
Abrió el negocio tratando de actuar normal, pero le temblaban las manos al encender el comal. Los primeros clientes notaron que estaba distraída, que se equivocó dos veces al dar el cambio, que quemó un lote de tortillas por no voltearlas a tiempo. ¿Está bien, señor Arnosaura?, preguntó don Sebastián, un cliente de años que compraba su medio kilo todos los días.
“Sí, don Sebastián, solo que dormí mal. Todos tenemos esas noches”, dijo el hombre con empatía. Especialmente en este barrio. Esa frase simple, especialmente en este barrio, resumía tanto. Chimaluacán era un lugar donde todos cargaban algo, donde nadie dormía completamente tranquilo, donde el trauma era tan común que se volvía parte del paisaje.
A media mañana llegó una camioneta que Rosaura reconoció. Era de los nuevos del CJ, la célula que había reemplazado a los muertos. Bajaron dos hombres que no conocía, jóvenes con esa energía nerviosa de quien está probando su posición. “Señora, dijo uno de ellos. Venimos de parte del jefe, quiere platicar con usted.
” Rosaura sintió que el estómago se le hundía. ¿De qué? Solo quiere platicar. Nada malo. Es más bien cortesía. No era una invitación que pudiera rechazar. Rosaura cerró el negocio, le pidió a la vecina que vigilara y subió a la camioneta. Mientras circulaban por las calles de Chimaluacán, pensó en las posibilidades. Quizá habían descubierto algo.
Quizá Verónica había contactado a alguien del cartel. Quizá simplemente habían decidido que ella sabía demasiado. La llevaron a una casa en la colonia Atlatel, no muy lejos de donde había estado la casa de seguridad de los muertos. Era una construcción de dos pisos, discreta, pero bien protegida.
Lahicieron pasar a una sala donde esperaba un hombre de unos 45 años, bien vestido, con el tipo de presencia que no necesita gritar para intimidar. “Señora Rosaura, saludó el hombre. Soy Javier. No nos conocemos, pero yo sé mucho de usted. ¿Qué quiere de mí?” Javier sonríó, pero no con amenaza, sino con algo parecido al respeto.
Nada, al contrario, quiero que sepa que la situación está controlada. Sé que hoy es un día especial, un aniversario. Sé que alguien le dejó flores. Ese alguien ya fue hablado. No volverá a molestarla. Rosaura sintió un escalofrío. ¿Quién era? Eso no importa. Lo que importa es que entienda algo. Lo que pasó hace 2 años pasó. Fueron pérdidas.
Así es este negocio. Pero usted demostró algo que muy pocas personas demuestran y eso tiene valor. No sé de qué me habla. Javier se levantó, se acercó a la ventana. Claro que sabe y yo también sé. Pero en este mundo, señora Rosaura, a veces es mejor que ciertas cosas permanezcan en el aire sin confirmarse ni negarse.
Usted sigue con su vida, nosotros con la nuestra. Hay un entendimiento mutuo. Me está protegiendo. Estoy reconociendo que usted es alguien que merece cierto respeto y en Chimalhuacán eso cuenta más que un ejército. Si crees que esta conversación te está poniendo la piel chinita, suscríbete ahora porque lo que viene después te va a hacer replantear todo lo que pensabas sobre el narco y la justicia.
La dejaron de regreso en su tortillería. Media hora después, Rosaura abrió de nuevo, pero apenas podía concentrarse. ¿Qué acababa de pasar? ¿El cart la estaba protegiendo o simplemente la estaban controlando de una forma más sofisticada? No había claridad, solo más hombres en un mundo que ya era suficientemente oscuro.
Esa tarde, mientras cerraba el negocio, vio a Verónica parada al otro lado de la calle observándola. No se acercó, solo estaba ahí mirando. Rosaura sostuvo la mirada por un momento y en ese intercambio silencioso pasó algo. Reconocimiento mutuo de que ambas estaban atrapadas en esta [música] historia.
Cada una por su lado, cada una cargando su peso. Verónica finalmente se dio vuelta y se alejó. Rosaura cerró la cortina metálica sintiendo que algo había cambiado, aunque no podía precisar qué exactamente. Marzo trajo cambios inesperados. Carlos llamó con buenas noticias. Las complicaciones de Andrea habían pasado. El embarazo iba bien, esperaban una niña.
Rosaura lloró de alegría al escuchar la noticia, imaginándose una nietecita de ojos grandes y sonrisa inocente. Alguien que crecería sin saber nada de tortillerías envenenadas ni secretos familiares oscuros. ¿Ya pensaron en nombres?, preguntó Rosaura. Andrea quiere ponerle Catalina como tu mamá. ¿Te parece bien? Rosaura tuvo que alejarse del teléfono por un momento para no que Carlos escuchara su llanto.
Catalina, su madre, la mujer que le había enseñado a hacer tortillas, que había sobrevivido a tantas cosas, que había muerto sin haber conocido paz. Ahora su nombre viviría en una nueva generación, una que tendría oportunidades que Rosaura nunca tuvo. Me parece perfecto, mijo. Pero esa noche, [música] sola en su departamento, Rosaura se preguntó si su madre aprobaría lo que había hecho.
Doña Catalina había sido mujer de principios, creyente, de misa todos los domingos. ¿Qué pensaría de una hija que había matado a 13 hombres? ¿Lo entendería como protección maternal o lo condenaría como asesinato? No había respuestas, solo preguntas que se multiplicaban en la oscuridad de su habitación.
Abril del 2025 trajo una sorpresa perturbadora. Una tarde, mientras Rosaura organizaba el inventario en la parte trasera del negocio, escuchó voces en el mostrador. Cuando salió, encontró a dos mujeres jóvenes esperando. Las reconoció de vista. Vivían unas cuadras arriba, en una zona controlada por un grupo rival del CJNG.
Señora Rosaura, dijo una de ellas, no más de 25 años. Necesitamos hablar con usted. ¿De qué? Las dos mujeres se miraron entre sí antes de que una hablara en voz baja. Nosotras también tenemos problemas con con cierta gente y escuchamos que usted que usted sabe cómo defenderse. Rosaura sintió que el mundo se inclinaba ligeramente. Estaban pidiéndole consejo, instrucciones.
Esperaban que les enseñara cómo. “No sé de qué hablan”, dijo con firmeza. [música] “yo vendo tortillas nada más.” Pero dicen que usted dicen muchas cosas, todas son rumores. Si tienen problemas, vayan con la policía. [música] La policía no nos ayuda. Usted lo sabe. Rosaura las miró por un largo momento. Vio en sus ojos el mismo miedo que ella había sentido, la misma desesperación.
Eran mujeres del barrio, probablemente con hijos, con familias, tratando de sobrevivir en un mundo que las había abandonado, pero ella no podía ayudarlas. No podía convertirse en en qué? En una especie de vengadora serial, en alguien que enseñaba a otras cómo matar. “Yo no puedo ayudarlas”, dijofinalmente.
“Y si vuelven a venir con esto, no van a ser bienvenidas en mi negocio.” Las dos mujeres se fueron. decepcionadas, asustadas. Rosaura las vio alejarse sintiendo una mezcla de culpa y alivio. Culpa porque sabía exactamente por lo que estaban pasando. Alivio porque había logrado mantener una línea que no quería cruzar. De víctima que se defendió a mentor de otras venganzas.
Pero el incidente la dejó pensando. ¿Cuántas otras mujeres del barrio estaban en situaciones similares? ¿Cuántas vivían con miedo pagando cuotas? viendo a sus hijos amenazados. Y cuántas de ellas ahora miraban hacia la tortillería de Rosaura como si fuera qué, un símbolo de resistencia, un faro de esperanza oscura.
La idea la perturbaba profundamente. No había hecho lo que hizo para ser inspiración de nadie. Lo había hecho por supervivencia, por proteger a Carlos, nada más. Pero el barrio Chimalhuacán, México entero, tenía una forma de convertir historias en leyendas y leyendas en algo más grande y peligroso. Mayo llegó con calor prematuro y una sensación de inquietud que Rosaura no podía sacudirse.
Los clientes seguían llegando, el negocio seguía funcionando, pero ella se sentía observada constantemente, no solo por Verónica, que ocasionalmente aparecía en el barrio, aunque nunca entraba al negocio, sino por otros. Miradas [música] curiosas, susurros que se detenían cuando ella pasaba, preguntas veladas que nunca se terminaban de formular.
El 15 de mayo, un viernes por la tarde, llegó el padre Miguel de nuevo. Hacía meses que no lo veía. Se veía más delgado, más cansado, con esa expresión de quien ha escuchado demasiadas confesiones oscuras. Señora Rosaura saludó comprando su kilo habitual. ¿Cómo ha estado? Igual que siempre, padre. He escuchado cosas, rumores sobre usted, convirtiéndose en una especie de figura en el barrio.
No soy ninguna figura, solo hago tortillas. El padre pagó, pero no se fue inmediatamente. ¿Sabe? He estado pensando mucho sobre la justicia últimamente. Sobre qué es, sobre quién tiene derecho a impartirla. La Biblia está llena de ejemplos contradictorios. [música] Por un lado, no matarás. Por otro lado, toda la historia de David y Goliat, de Judit [música] y Olofernes, de personas que mataron para proteger a su pueblo.
No soy teóloga, padre, lo sé, pero es inevitable pensar en estas cosas cuando vivo en un lugar donde el sistema de justicia ha colapsado completamente, donde las personas tienen que elegir entre ser víctimas perpetuas o convertirse en algo que nunca quisieron ser. Rosaura lo miró a los ojos. ¿Me está juzgando o absolviendo, padre? El sacerdote sonrió con tristeza.
Ni una ni otra. [música] Solo estoy reconociendo que vivimos en tiempos imposibles, donde las respuestas correctas ya no existen y que [música] usted, sea lo que sea que haya hecho o no hecho, está viviendo con eso todos los días. Y eso, señora Rosaura, es su propio infierno o su propio purgatorio. Se fue dejando a Rosaura con esas palabras que resonaron en su cabeza al resto del día y la noche.
Purgatorio, [música] un lugar intermedio entre la condena y la salvación. Era, pensó, una descripción perfecta de su vida actual. Junio del 2025 trajo el embarazo de Andrea a término. Carlos llamaba cada día con actualizaciones, que si las contracciones, que si el hospital, que si ya casi. Rosaura vivía pegada al teléfono, incapaz de viajar a Puebla porque no podía dejar el negocio tanto tiempo, pero desesperada por estar ahí.
El 18 de junio a las 3 de la madrugada llegó la llamada. Mamá, ya nació. Es una niña perfecta. Catalina Méndez Soto. Rosaura lloró en la oscuridad de su habitación, sosteniendo el teléfono contra su pecho, sintiendo algo que no había sentido en años. Alegría pura, sin contaminar por miedo o culpa. Una niña nueva en el mundo, sangre de su sangre.
Una oportunidad de que algo bueno emergiera de todo esto. ¿Cuándo puedes venir, mamá? Dame una semana para arreglar todo. Voy a cerrar el negocio unos días y me voy para allá. Pasó la siguiente semana preparando todo, dejó stock extra, [música] le dio instrucciones detalladas a la vecina que cuidaría el local, pagó rentas adelantadas.
Era la primera vez en años que planeaba ausentarse más de un día y la idea la llenaba de ansiedad, no por el negocio, sino porque alejarse de Chimalhuacán significaba alejarse de la zona de control, del territorio conocido donde sabía quién [música] era quién y qué era qué. ¿Tú podrías dejar todo atrás para empezar de nuevo o hay lugares que te atrapan sin importar cuánto quieras irte? El 26 de junio, Rosaura subió a un autobús rumbo a Puebla con una maleta pequeña y un corazón dividido entre la alegría de conocer a su nieta y el terror de dejar
[música] expuesto su secreto, su negocio, su vida construida sobre mentiras y supervivencia. El viaje duró 4 horas. Rosaura pasó todo ese tiempomirando por la ventana, viendo como el paisaje urbano de Chimalhuacán daba paso a campos, a montañas, a un México más verde y aparentemente más tranquilo. Se preguntó cómo sería vivir en un lugar así, lejos del ruido constante de sirenas y balazos, lejos de la tensión perpetua del barrio.
Carlos esperaba en la central de autobuses. Cuando se abrazaron, Rosaura sintió cuánto había cambiado su hijo. Estaba más maduro, más sólido, con esa seguridad que da saberse padre. Ya no era el muchacho asustado con moretones en el rostro. Era un hombre construyendo una familia lejos de las sombras. La casa donde vivían Carlos y Andrea era pequeña pero limpia, en una colonia de clase media baja de Puebla.
Nada lujoso, pero tampoco peligroso. Calles donde los niños jugaban afuera, donde las señoras barrían sus banquetas por las mañanas, donde todo parecía pertenecer a un México diferente al que Rosaura conocía. Andrea la recibió con calidez y luego le mostró a la bebé. Catalina, envuelta en una cobija rosa, con los ojos cerrados y los puños apretados, completamente ajena a todo lo complicado del mundo en el que había nacido.
Rosaura tomó a su nieta en brazos y algo dentro de ella se rompió. Lloró en silencio, las lágrimas cayendo sobre la cobija rosa mientras la bebé dormía inocente. Carlos y Andrea la dejaron tener ese momento, entendiendo que había algo más profundo que simple alegría de abuela. Durante los siguientes cinco días, Rosaura se permitió existir en esa burbuja.
Ayudaba con la bebé, cocinaba para Carlos y Andrea. Caminaba por el barrio como si fuera una persona normal con una vida normal. Por momentos casi lo creía. Casi podía olvidar la tortillería, los 13 cuerpos, el veneno mezclado con masa de maíz, pero las noches eran diferentes. Cuando todos dormían y Rosaura estaba sola en el pequeño cuarto de visitas, los pensamientos regresaban.
Se preguntaba si Catalina crecería algún día preguntando sobre su abuela, sobre quién había sido, sobre qué había hecho. Se preguntaba si Carlo sospechaba, si en algún rincón de su mente conectaba los puntos, pero prefería no enfrentar la verdad. Una noche, mientras cargaba a Catalina porque la bebé no paraba de llorar, le susurró, “Tú vas a crecer en un mundo mejor, mija.
Tu papá se aseguró de eso y yo yo hice lo que tuve que hacer para que fuera posible. No era confesión ni justificación, era solo una declaración de hechos, susurrada a una bebé que no entendía palabras, pero que quizá, pensó Rosaura, podía sentir la intensidad detrás de ellas. El primero de julio, Rosaura regresó a Chimalhuacán.
El viaje de vuelta fue más corto emocionalmente, como si cada kilómetro la fuera preparando para regresar a ser quien necesitaba ser en el barrio. Para cuando bajó del autobús en la central de Chimaluacán, ya había guardado los cinco días en Puebla en una parte de su mente etiquetada como lo que pudo ser, y estaba lista para volver a la realidad de lo que es.
La vecina que había cuidado el negocio le contó que todo había estado tranquilo, que las ventas habían sido normales, que nadie había causado problemas, pero también mencionó algo extraño. Una mujer había preguntado por Rosaura varios días seguidos, una mujer que parecía estar vigilando más que comprando.
¿Cómo era? Trintañera, delgada. Se veía de oficina, pero como venida a menos. No compró nada, solo preguntaba cuándo regresabas. Verónica. Rosaura sintió un nudo en el estómago. ¿Qué había estado haciendo durante su ausencia? Investigando, hablando con gente, construyendo algún caso que eventualmente presentaría en algún lado? Reabrió el negocio el 2 de julio y todo pareció volver a la normalidad.
Los clientes habituales regresaron, las ventas fueron las esperadas, la rutina se restableció, pero Rosaura se sentía diferente. Haber conocido a Catalina, haber visto a Carlos construir una vida limpia lejos de Chimalhuacán, le había mostrado que había alternativas, que no tenía que quedarse eternamente atrapada en este lugar.
empezó a considerar seriamente la idea de vender el negocio, hacer números, ver cuánto podría sacar, si sería suficiente para mudarse a Puebla, estar cerca de su nieta, empezar de nuevo en un lugar donde nadie conociera su historia. Pero cada vez que hacía los cálculos llegaba a la misma conclusión. No alcanzaba. Y aunque alcanzara, ¿cómo explicaría Carlos su llegada repentina? Él le preguntaría por qué había cerrado el negocio de su abuela, por qué dejaba Chimaluacán después de tantos años.
Y Rosaura no tenía respuestas que pudiera darle sin revelar verdades que prefería mantener enterradas. A mediados de julio, Verónica finalmente reapareció. Entró a la tortillería un martes [música] por la tarde cuando había pocos clientes. Se paró frente al mostrador con una expresión que Rosaura no supo interpretar.
Determinación, derrota, ambas.Señora Rosaura comenzó, necesito hablar con usted. Ya hablamos. No tengo nada más que decir. Yo sí y necesito que me escuche. Rosaura suspiró, dejó las tortillas que estaba preparando, miró a Verónica con cansancio. Diga lo que tenga que decir. Verónica sacó su celular, mostró la pantalla.
Era una foto de ella con Jonathan, ambos sonriendo en alguna playa. en algún momento cuando el futuro todavía parecía posible. Durante los últimos meses he estado obsesionada a comprobarlo, con demostrar que usted mató a Jonathan y a los demás. He gastado todo mi dinero en investigadores, en análisis, en tratar de encontrar algo que la conectara directamente [música] y y no encontré nada, nada que sirva legalmente.
Usted fue muy cuidadosa, [música] muy meticulosa, no dejó evidencia física, no dejó testigos, no cometió ningún error técnico. Rosaura se mantuvo en silencio sin confirmar ni negar, pero también descubrí [música] otra cosa. Continuó Verónica y su voz se quebró. Descubrí que Jonathan no era quien yo creía, que había hecho cosas, cosas terribles.
Hablé con la mamá de una muchacha que él había amenazado, con el dueño de un negocio que tuvo que cerrar porque Jonathan y su grupo lo extorsionaban con con demasiada gente que tenía razones para odiarlo. Las lágrimas corrían por el rostro de Verónica ahora sin control. Y me di cuenta de algo horrible, que la persona que amaba era un monstruo, que yo estaba enamorada de una fantasía de quien él era conmigo, pero no de quien realmente era en el mundo.
Y eso, eso es peor que su muerte, porque significa que lo ha estado llorando durante dos años y medio y resulta que estaba llorando a alguien que nunca existió realmente. Rosaura sintió algo parecido a la compasión, no arrepentimiento, pero sí comprensión del dolor de esta mujer que había perdido no solo a su pareja, sino también la imagen que tenía de él.
Lamento que descubriera eso, señorita Soto. De verdad, vine a decirle que ya no voy a seguir investigando, que voy a dejar esto atrás. No porque crea que lo que usted hizo fue correcto, si es que lo hizo, sino porque me di cuenta de que no puedo pasarme la vida buscando justicia para alguien que nunca la merecía. Verónica guardó su celular, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, pero también vine a decirle algo más, que usted se va a morir con esto, con el peso de lo que hizo, que puede vivir libre legalmente, pero nunca va a ser
realmente libre. Y que eso, señora Rosaura, es su castigo. No la cárcel, no la muerte, sino vivir cada día sabiendo lo que es capaz de hacer. Se dio vuelta para irse, pero antes de salida agregó, “Y espero, por su bien y por el de su familia que valiera la pena.” ¿Quieres saber si Rosaura podrá vivir con su secreto o si todo eventualmente se derrumbará? Suscríbete ahora porque esta historia apenas está llegando a su punto más crítico.
Rosaura se quedó parada detrás del mostrador por un largo tiempo después de que Verónica se fuera. Las palabras resonaban en su cabeza. Su castigo es vivir cada día sabiendo lo que es capaz de hacer. Tenía razón. Verónica, con toda su investigación y su dolor había encontrado la verdad más importante, que Rosaura estaba condenada no por la ley, sino por su propia conciencia.
Esa noche, Rosaura hizo algo que no había hecho en años. Fue a la iglesia. No entró, solo se paró afuera mirando las puertas de madera tallada, [música] escuchando el murmullo de la misa del atardecer que se celebraba adentro. Se preguntó si el padre Miguel estaría ahí, si la vería, si entendería por qué había venido. No entró. Al final, dar ese paso habría significado admitir que buscaba perdón.
Y Rosaura sabía que no estaba lista para eso. Quizá nunca lo estaría. Así que se quedó afuera [música] en el atrio de la iglesia mientras la gente entraba y salía, mientras el mundo continuaba girando ajeno a sus dilemas internos. Agosto trajo calor intenso y una sensación de claustrofobia que Rosaura no podía sacudirse.
El negocio seguía funcionando. Carlos mandaba fotos de Catalina creciendo. La vida continuaba, pero ella se sentía como si estuviera esperando algo, aunque no sabía qué. El 14 de agosto, un martes cualquiera, llegó un sobre a la tortillería. Lo dejó. Un chico de mensajería. Pidió que firmara. Se fue. Rosaura abrió el sobre con manos temblorosas.
Adentro había una sola hoja de papel con un mensaje mecanografiado. Señora Méndez, este es un aviso de cortesía. Hay personas que han estado haciendo preguntas sobre usted en lugares incorrectos, preguntas que podrían generar respuestas que nadie quiere escuchar. Le sugerimos que mantenga un perfil bajo durante los próximos meses.
Esto no es amenaza, es protección. Un amigo. No había firma ni remitente. Rosaura leyó el mensaje tres veces antes de guardarlo en su bolsa. ¿Quién era el amigo? Javier, el del CJNG, el padre Miguel, alguien más quehabía estado vigilando desde las sombras y lo más inquietante. ¿Quiénes eran esas personas haciendo preguntas? Verónica, a pesar de haber dicho que dejaría todo, las dos mujeres que habían venido pidiendo consejo, algún grupo rival buscando información que pudieran usar.
Rosaura no durmió esa noche. Se quedó sentada en la oscuridad de su departamento escuchando los sonidos del edificio. Cada crujido, una amenaza potencial, cada voz en el pasillo, un peligro imaginario. Se preguntó si era así como iba a hacer el resto de su vida, viviendo con miedo perpetuo, esperando que el otro zapato finalmente cayera.
La mañana siguiente abrió el negocio como siempre, pero con una nueva regla mental, máxima vigilancia. Observaba a cada cliente que entraba, memorizaba caras, prestaba atención a conversaciones cercanas. Se convirtió en lo que siempre había temido convertirse. Paranoica, desconfiada, viviendo en un estado constante de alerta.
Septiembre llegó con las primeras lluvias de la temporada. El negocio tuvo un problema eléctrico que requirió reparación, algo con el comal industrial que se había sobrecalentado. Mientras el técnico trabajaba, Rosaura no podía dejar de pensar en la ironía, ese comal, ese instrumento que usaba para ganarse la vida honestamente, también había sido el arma con la que preparó la muerte para 13 hombres.
¿Cuántos años tiene este comal?, preguntó el técnico. Como 20 años, era de mi madre. Está en buenas condiciones para la antigüedad, aunque debería considerar comprar uno nuevo eventualmente. Este no va a durar para siempre. Nada dura para siempre, pensó Rosaura. Ni los comales, ni los secretos, ni las vidas construidas sobre mentiras. El técnico se fue.
El comal volvió a funcionar. La vida siguió. Pero ese comentario casual sobre reemplazar el comal le había sembrado una idea. ¿Qué pasaría si vendía todo? compraba equipamiento completamente nuevo, empezaba literalmente desde cero. ¿Sería eso suficiente para dejar atrás el peso del pasado? Sabía que la respuesta era no.
Los objetos físicos eran solo símbolos. El verdadero peso estaba en su mente, en su memoria, en los fantasmas que cargaba cada día. Octubre del 2025 marcó 2 años y 8 meses desde el envenenamiento. Rosaura había perdido la cuenta de cuántas veces había contado ese tiempo, como si marcar el paso de los días pudiera de alguna manera diluir lo que había hecho.
Pero el tiempo no diluía nada, solo añadía capas como sedimento acumulándose en el fondo de un río oscuro. Carlos llamó con una noticia. Habían decidido bautizar a Catalina en noviembre. Querían que Rosaura fuera la madrina. Ella aceptó de inmediato, sintiendo una mezcla de alegría y pánico. Ser madrina significaba un compromiso espiritual, una promesa ante Dios de guiar a la niña por el camino correcto.
¿Cómo podía ella con todo lo que cargaba hacer esa promesa? Pero tampoco podía negarse. Así que empezó a prepararse, compró un vestido apropiado, ahorró dinero para el regalo, practicó las respuestas que tendría que dar durante la ceremonia. Y cada noche, antes de dormir se preguntaba si Dios la castigaría por la hipocresía de pararse frente a un altar, pretendiendo ser alguien digna de guiar a una niña inocente.
A finales de octubre, el padre Miguel apareció de nuevo en la tortillería. Hacía meses que no lo veía. Se veía más viejo, con más canas, con esa fatiga que solo viene de haber escuchado demasiadas confesiones sin poder ofrecer absoluciones que realmente funcionen. “Señora Rosaura”, dijo comprando su kilo habitual. Escuché que va a ser madrina de su nieta.
¿Cómo supo? Este es un barrio pequeño, aunque parezca grande. Las noticias viajan y me pareció significativo. Significativo cómo el padre Miguel eligió sus palabras con cuidado. Que alguien que ha pasado por lo que usted ha pasado, lo que sea que eso signifique, todavía quiera hacer promesas espirituales, todavía quiera comprometerse con guiar a una nueva vida, me parece que es señal de que a pesar de todo hay esperanza.
Esperanza de qué, padre? De redención. No la que viene de afuera, de la ley o de la sociedad, sino la que uno construye internamente, día a día, tratando de ser mejor que lo que fue ayer. Rosaura sintió lágrimas amenazando con aparecer, pero las controló. ¿Usted cree en la redención para todas las personas, padre, sin importar lo que hayan hecho, el sacerdote la miró con ojos llenos de compasión? Creo que Dios es más grande que nuestros peores actos y creo que el verdadero castigo no es la condenación eterna, sino vivir con la conciencia de
lo que hemos hecho. Y si uno puede vivir con eso y aún así elegir hacer bien, entonces sí hay redención. Pagó sus tortillas y se fue, dejando a Rosaura con esas palabras que se mezclaban con todo lo demás que cargaba. ¿Crees que algunas acciones son imperdonables? ¿O crees que todos merecemos una segundaoportunidad sin importar lo que hayamos hecho? El bautizo de Catalina se celebró un domingo de noviembre en Puebla.
Rosaura sostuvo a su nieta frente al altar mientras el sacerdote vertía agua bendita sobre la cabecita de la bebé, pronunciando las palabras rituales de compromiso espiritual. Mientras repetía las respuestas requeridas, sintió el peso completo de lo que era. Una mujer que había matado a 13 hombres.
sosteniendo a una criatura inocente, prometiendo guiarla por el camino del bien. Cuando la ceremonia terminó y todos celebraban con comida y música, Rosaura se alejó un momento al jardín de la casa. Carlos la encontró ahí mirando el cielo gris de Puebla. ¿Estás bien, mamá? Estoy bien, mijo, solo pensando. ¿En qué? Rosaura miró a su hijo, ese hombre que había construido una vida limpia, segura, lejos de las amenazas y el terror.
Pensó en todas las noches que había pasado despierta, preguntándose si había valido la pena, si el precio había sido demasiado alto. En que hice lo correcto dijo finalmente. Pase lo que pase después, protegerte a ti valió todo. Carlos la abrazó sin entender completamente, pero sintiendo la intensidad detrás de esas palabras. Tres días después, Rosaura regresó a Chimalhuacán, a su tortillería, a su vida construida sobre secretos y supervivencia.
Abrió el negocio a las 5 de la mañana, como siempre. Encendió el comal que había pertenecido a su madre. Preparó la primera tanda de tortillas del día. Los clientes llegaron, compraron, se fueron. La vida continuó y Rosaura entendió que así sería el resto de sus días. Levantarse cada mañana, hacer tortillas, cargar su secreto, vivir con el peso de 13 fantasmas que nunca la abandonarían.
No era perdón ni castigo, era simplemente lo que había elegido y las consecuencias que tendría que cargar hasta el día que muriera. En Chimalhuacán, la siguió siendo solo eso. una que todos respetaban sin saber exactamente por















