La Macabra Historia de Doña Victoria — Adoptó 5 niños para recrear la familia que nunca tuvo  

La Macabra Historia de Doña Victoria — Adoptó 5 niños para recrear la familia que nunca tuvo  

 

La casa de doña Victoria se alzaba imponente al final de la calle Jacaranda, en un barrio residencial de Guadalajara que había conocido mejores tiempos. Era una construcción antigua de dos plantas, con un jardín delantero descuidado y una verja de hierro oxidada que chirriaba con el menor movimiento. Los vecinos raramente veían a su propietaria, una mujer de 60 y tantos años que solo salía para lo esencial y siempre vestida de negro riguroso como si guardara un luto eterno.

 Victoria Álvarez Mendoza había heredado aquella casa de sus padres, fallecidos hacía más de tres décadas en un accidente de tráfico. Nunca se casó ni tuvo hijos, y su existencia transcurría en una soledad casi absoluta desde que se jubiló como profesora de piano en el conservatorio de la ciudad.

 Los pocos que la conocían la describían como una mujer educada, pero distante, con una mirada que parecía atravesarte sin verte realmente. El cambio en la rutina de doña Victoria comenzó a mediados de febrero de aquel año. Los vecinos notaron un inusual movimiento en la casa. Pintores, electricistas, jardineros. La vieja mansión parecía estar despertando de un largo letargo.

 La señora Gutiérrez, que vivía en la casa de enfrente y cuya curiosidad era directamente proporcional a su aburrimiento, fue la primera en comentarlo durante la reunión semanal de la comunidad. Les digo que algo raro está pasando. Victoria nunca ha gastado un peso en arreglar esa casa en todos estos años y ahora de repente está renovándola por completo.

 Incluso la he visto sonreír cuando habla con los obreros. Y eso que pensaba que sus músculos faciales ya no le permitían tal esfuerzo. Las risas nerviosas de los presentes no ocultaban su propia intriga. Doña Victoria siempre había sido un enigma en el vecindario, un fantasma silencioso que transitaba por sus calles sin dejar huella.

 El misterio se acrecentó cuando a finales de marzo, un coche oficial del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia se detuvo frente a la casa. De él bajó una mujer de mediana edad con un maletín y documentos en la mano, quien permaneció dentro de la propiedad durante más de 2 horas. La señora Gutiérrez, estratégicamente posicionada tras sus cortinas, no pudo contener su asombro cuando vio salir a la funcionaria acompañada de doña Victoria.

Ambas mujeres se despidieron con un apretón de manos que parecía sellar algún tipo de acuerdo. ¿No les parece extraño? Comentaba la señora Gutiérrez a sus vecinos días después. A su edad y viviendo como ha vivido siempre, ¿qué asuntos puede tener con el dif? La respuesta llegó una semana más tarde en una fría mañana de abril.

 El mismo coche oficial se detuvo nuevamente frente a la casa, pero esta vez, además de la funcionaria, bajaron dos niños, un chico de unos 10 años y una niña que no parecía tener más de ocho. Ambos llevaban pequeñas maletas y miraban la casa con una mezcla de temor y curiosidad. Esa tarde el rumor se extendió por el vecindario como la pólvora.

 Doña Victoria había adoptado a dos niños. La noticia resultaba tan inverosímil que muchos se negaron a creerla hasta que la vieron salir con ellos al día siguiente, los tres vestidos impecablemente, camino de lo que parecía ser el colegio. Lo que nadie sabía era que aquello era solo el comienzo. Mercedes Fuentes, la funcionaria del DIF, que había gestionado las adopciones, tenía serias dudas sobre todo el asunto.

 A sus 45 años y con más de 20 en el sistema de protección infantil, había desarrollado un sexto sentido para detectar situaciones potencialmente problemáticas. Y había algo en Victoria Álvarez que no terminaba de convencerla. Señora Álvarez, le había dicho durante su primera entrevista, entiendo su deseo de ofrecer un hogar a niños que lo necesitan, pero debo ser franca.

 Su edad y el hecho de que nunca haya tenido experiencia previa con niños son factores que nos hacen ser cautelosos. Victoria la había mirado fijamente con aquellos ojos oscuros que parecían no parpadear nunca. Señorita Fuentes, entiendo perfectamente sus reservas, pero le aseguro que estoy más que capacitada para cuidar de estos niños.

Tengo recursos económicos suficientes. Gozo de buena salud. Según confirman mis exámenes médicos y mi experiencia como educadora durante más de 30 años, me ha dado las herramientas necesarias para guiar su desarrollo. Había algo mecánico en su discurso, como si hubiera ensayado cada palabra. Sin embargo, todos sus papeles estaban en orden, sus evaluaciones psicológicas no mostraban nada preocupante y su situación financiera efectivamente más que adecuada.

 Puedo preguntarle por qué ahora, doña Victoria, después de tantos años viviendo sola, Victoria había sonreído, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. La soledad, señorita Fuentes, es una compañera terrible en la vejez. Siempre quise tener una familia, pero la vida no me dio esa oportunidad.

 Ahora que estoyen el ocaso de mis días, quiero llenar mi casa de risas y dar amor a quienes no lo han recibido. Mercedes había anotado algo en su expediente. Las palabras sonaban sinceras, pero había algo en el tono, en la mirada que la inquietaba. Sin embargo, no había motivos objetivos para rechazar su solicitud, especialmente considerando la urgente necesidad de hogares para niños del sistema.

 Así fue como Tomás y Lucía, dos hermanos que habían quedado huérfanos tras el fallecimiento de su madre soltera por complicaciones diabéticas, llegaron a la casa de Jacar 27. Los primeros días transcurrieron con aparente normalidad. Doña Victoria había acondicionado dos habitaciones para los niños, comprando muebles nuevos y decorándolas con un gusto exquisito, aunque quizás demasiado anticuado para niños de su edad.

Los inscribió en un colegio privado cercano, les compró ropa nueva y juguetes y estableció una rutina estricta que incluía horarios para deberes, tiempo libre, comidas y sueño. Los vecinos comenzaron a acostumbrarse a la nueva dinámica. Veían a doña Victoria llevar y recoger a los niños del colegio, siempre puntual, siempre correctamente vestida.

 A veces incluso intercambiaba breves saludos con otros padres. Era como si aquella mujer uraña y solitaria estuviera transformándose en una abuela dedicada. Pero dentro de la casa las cosas no eran exactamente como parecían. Tomás y Lucía pronto descubrieron que doña Victoria tenía expectativas muy específicas sobre su comportamiento.

No toleraba el menor ruido durante las comidas. Exigía que sus habitaciones estuvieran impecables en todo momento y les hacía tomar clases de piano cada tarde, a pesar de que ninguno mostraba especial interés o aptitud para la música. La disciplina forma el carácter repetía constantemente, y en esta casa se respetan las normas.

 Una noche, aproximadamente tres semanas después de su llegada, Lucía tuvo una pesadilla y despertó llorando. Tomás, que dormía en la habitación contigua, escuchó los soyozos de su hermana y se levantó para consolarla, como había hecho siempre. estaba abrazándola cuando la luz se encendió repentinamente. Doña Victoria estaba en la puerta con su bata negra y el cabello gris recogido en un moño tan tenso que parecía estirarle la piel del rostro.

 ¿Qué significa esto? Su voz era baja pero cortante. Lucía tuvo una pesadilla explicó Tomás instintivamente colocándose frente a su hermana. Ya veo. La mujer se acercó lentamente. Lucía, los niños educados no arman escándalos por la noche. Las pesadillas son producto de una imaginación desordenada y eso se corrige con disciplina. La niña se encogió asustada.

Lo siento, señora. Doña Victoria, corrigió la mujer. O mejor aún, mamá. Soy vuestra madre ahora, ¿no es así? Los hermanos intercambiaron una mirada de incomodidad. Nunca habían llamado mamá a aquella extraña. Ni siquiera habían considerado la idea. Vuelve a tu habitación, Tomás. Yo me ocuparé de Lucía. El niño dudó, pero la mirada de doña Victoria no admitía réplica.

 A regañadientes, volvió a su cuarto, pero dejó la puerta entreabierta para escuchar. La voz de la mujer cambió completamente al quedarse a solas con la niña. Se volvió dulce, casi empalagosa. Mi pequeña Lucía, mi preciosa niña, no debes tener miedo. Mamá está aquí para protegerte, pero para eso necesito que seas buena.

 que sigas las reglas de esta casa. ¿Comprendes? Sí, Señ mamá, respondió Lucía intimidada. Ahora vamos a rezar juntas para alejar esos malos sueños. ¿De acuerdo? Tomás escuchó como doña Victoria obligaba a su hermana a arrodillarse junto a la cama y repetir oraciones que nunca antes habían rezado. El ritual se prolongó durante casi una hora hasta que la voz de Lucía sonaba ronca y adormilada.

Aquella noche Tomás no pudo volver a conciliar el sueño. Había algo profundamente perturbador en el comportamiento de aquella mujer, en su obsesión por controlar cada aspecto de sus vidas. Pensó en escapar, en llevarse a Lucía lejos de allí. Pero, ¿a dónde irían? El recuerdo del orfanato donde habían pasado los se meses previos a la adopción lo hizo estremecer.

 Al menos aquí tenían comida caliente, camas limpias y podían estar juntos. La situación dio un giro inesperado un mes después, cuando doña Victoria anunció durante el desayuno que iban a recibir una visita importante. “Hoy vendrá la señorita fuentes del DIFE para ver cómo nos va”, explicó mientras servía leche en los vasos de los niños con una precisión casi clínica.

Espero que ambos os comportéis adecuadamente y mostréis lo felices que sois en vuestro nuevo hogar. No era una sugerencia, era una orden. Y la mirada que acompañó a sus palabras dejaba claro que habría consecuencias si no la cumplían. Mercedes Fuentes llegó puntual a las 4 de la tarde. La recibió una imagen aparentemente idílica, una casa impecablemente limpia.

 Dos niños bienvestidos que mostraban sus cuadernos escolares con buenas calificaciones y una doña Victoria atenta y cariñosa que ofrecía café y galletas caseras. “Tomás, Lucía, ¿puedo hablar con vosotros a solas un momento?”, preguntó Mercedes cuando terminó la parte formal de la visita. “Por supuesto”, respondió doña Victoria con una sonrisa tensa. “¿Pueden usar el salón? Yo estaré en la cocina preparando más café.

 En cuanto la mujer salió, Mercedes se inclinó hacia los niños. ¿Cómo estáis realmente? ¿Podéis hablarme con confianza? Tomás miró brevemente hacia la puerta por donde había salido doña Victoria, como temiendo que pudiera estar escuchando. “Estamos bien”, dijo finalmente. “La casa es bonita y la comida es buena. Y doña Victoria os trata bien, es muy estricta.

 Intervino Lucía con la mirada baja. Pero dice que es por nuestro bien. Mercedes notó la incomodidad en sus respuestas, la forma en que evitaban su mirada. Si alguna vez necesitáis algo o queréis hablar, podéis llamarme, dijo, entregándoles discretamente una tarjeta con su número a cualquier hora. Antes de que pudieran responder, el sonido de la porcelana anunció el regreso de doña Victoria con la bandeja de café.

 Su mirada se detuvo brevemente en la tarjeta que Lucía intentaba ocultar en su bolsillo. “Espero que hayan tenido una charla agradable”, comentó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Los niños están encantados con su nuevo hogar, ¿verdad?” Ambos asintieron mecánicamente. Esa misma noche, mientras los niños dormían, doña Victoria hizo una llamada desde el teléfono fijo del pasillo hablando en susurros.

Sí, todo salió bien con la visita del DF. No, no sospechan nada. Sí, estamos listos para el siguiente paso. Dos más, como estaba previsto. Sí, lo entiendo, pero necesito completar mi familia. Cinco es el número perfecto, siempre lo ha sido. Al colgar se dirigió a su habitación abriendo un armario que siempre mantenía bajo llave.

 Dentro había cinco marcos de fotos antiguos. Dos de ellos ya contenían fotografías recientes de Tomás y Lucía. Los otros tres permanecían vacíos esperando ser llenados. Pronto, murmuró acariciando los marcos vacíos. Pronto mi familia estará completa. Mientras tanto, en su habitación, Tomás escuchaba. El sonido viajaba con extraña claridad por los antiguos conductos de ventilación de la casa.

 Y aunque no había podido distinguir toda la conversación, lo que había oído era suficiente para confirmar sus peores sospechas. Aquella mujer tenía planes, planes que los incluían a ellos y a otros niños que aún no habían llegado. Planes que, por alguna razón que no alcanzaba a comprender le helaban la sangre.

 Con manos temblorosas, sacó de debajo del colchón la tarjeta que Mercedes Fuentes les había dado y que había logrado rescatar del bolsillo de Lucía antes de que doña Victoria la descubriera. La miró largamente, debatiéndose entre el miedo a lo desconocido y el temor creciente hacia aquella mujer que pretendía ser su madre.

 Afuera, la lluvia comenzó a caer con fuerza sobre Guadalajara, golpeando las ventanas de la antigua casa como dedos impacientes que advertían de la tormenta por venir. Mayo trajo consigo un calor prematuro a Guadalajara. Las jacarandas estaban en plena floración, cubriendo las aceras con una alfombra púrpura que contrastaba con el cielo despejado.

 En el barrio de Doña Victoria, la rutina seguía su curso aparentemente normal, pero para aquellos que observaban con atención, algo había cambiado en el ambiente de la casa número 27. Tomás no había encontrado el valor para usar el número de teléfono de Mercedes Fuentes. Cada vez que se decidía hacerlo, algo lo detení. el miedo a lo desconocido, la preocupación por Lucía o simplemente la duda de si realmente había motivos suficientes para alarmarse.

 Después de todo, doña Victoria no los había maltratado físicamente. Su control era más sutil, más psicológico, manifestándose en reglas estrictas, rituales obligatorios y una vigilancia constante que los hacía sentir como si vivieran bajo un microscopio. Lo más perturbador eran las cenas de los domingos.

 Doña Victoria insistía en que vistieran ropa formal para la ocasión, traje negro para Tomás, vestido blanco con lazo negro para Lucía. La mesa se preparaba meticulosamente con la mejor vajilla y se servía un menú elaborado que siempre terminaba con un postre específico, flan de vainilla con caramelo. Durante estas cenas, doña Victoria los obligaba a narrar detalladamente sus actividades de la semana, corrigiéndolos constantemente sobre su postura, su forma de sostenerlos cubiertos o la manera de expresarse.

 Una familia debe compartir sus experiencias”, decía mientras cortaba su carne con precisión quirúrgica. “Y debe hacerlo con la dignidad y el respeto que merece la institución familiar.” Pero lo que más inquietaba a Tomás era lo que ocurría después de la cena. Doña Victoria losllevaba al salón, donde había instalado una antigua cámara fotográfica sobre un trípode.

 Los hacía posar junto a ella, siempre en la misma posición. Ella sentada en el centro, Lucía a su derecha y Tomás a su izquierda, ambos de pie con las manos sobre los hombros de la mujer. Sonrían, ordenaba, aunque su propio rostro permanecía serio. Una familia debe preservar sus momentos juntos. Después de tomar la fotografía, los enviaba a sus habitaciones mientras ella se encerraba en su cuarto oscuro, una pequeña habitación del sótano que había acondicionado para revelar las imágenes.

A veces Tomás la escuchaba hablar sola mientras trabajaba allí abajo, murmurando nombres que no reconocía, y frases inconexas sobre completar el círculo y recuperar lo perdido. La situación dio un giro inesperado a mediados de mayo, cuando doña Victoria anunció durante el desayuno que recibirían a un nuevo miembro en la familia.

 “Su nombre es Manuel”, explicó mientras servía el chocolate caliente con la misma precisión de siempre. “Tiene 12 años y llegará este fin de semana. Espero que lo hagan sentir bienvenido. Tomás y Lucía intercambiaron miradas de sorpresa. No habían sido consultados ni informados previamente sobre esta decisión. ¿Por qué viene a vivir con nosotros? Se atrevió a preguntar Tomás.

 Doña Victoria lo miró fijamente con esa expresión suya que parecía estudiar cada movimiento, cada gesto. Porque nuestra familia aún no está completa, Tomás, y Manuel necesita un hogar igual que vosotros. ¿Cuántos más vendrán? La pregunta escapó de los labios del niño antes de que pudiera contenerse. Algo brilló en los ojos de la mujer, algo frío y calculador.

 Los necesarios para completar nuestra familia. Cinco es el número perfecto. ¿Por qué cinco? Insistió Tomás, ignorando la mirada de advertencia de Lucía. Doña Victoria dejó la tetera sobre la mesa con un golpe seco. Las preguntas impertinentes no son propias de un niño educado. Tomás, termina tu desayuno en silencio. El resto de la comida transcurrió en un silencio tenso.

 Cuando los niños subieron a prepararse para ir al colegio, Tomás susurró a su hermana. Ya son tres y quiere dos más. Algo no está bien, Lucía. Quizás solo quiere una familia grande”, respondió la niña, pero su voz carecía de convicción. “¿No te parece extraño que siempre hable de completar la familia como si tuviera un plan específico, un número exacto en mente?” Lucía no respondió, pero el miedo en sus ojos decía todo lo que Tomás necesitaba saber.

Manuel llegó el sábado por la mañana acompañado por la misma funcionaria del DIF que había llevado a los hermanos. Era un chico delgado, con el pelo negro cortado al rape y unos ojos oscuros que parecían demasiado viejos para su edad. Traía consigo una pequeña mochila que contenía todas sus pertenencias. A diferencia de Tomás y Lucía, Manuel no era huérfano.

 Había sido retirado de la custodia de su madre, una adicta a las metanfetaminas, que lo había abandonado repetidamente para irse con distintas parejas. Su expediente mencionaba que había pasado por tres casas de acogida en los últimos dos años sin lograr adaptarse a ninguna. Doña Victoria lo recibió con la misma sonrisa tensa que había mostrado cuando llegaron los hermanos.

 Le mostró la casa, le asignó una habitación, la tercera puerta a la derecha del pasillo superior y le explicó meticulosamente las normas de convivencia. En esta casa valoramos el orden, la disciplina y el respeto, concluyó su discurso. Cumple con tus obligaciones y encontrarás en mí a una madre amorosa y protectora.

 Manuel asintió en silencio con una expresión indescifrable. No parecía impresionado ni intimidado. Simplemente observaba todo con una calma evaluadora, como si estuviera acostumbrado a adaptarse a nuevos entornos hostiles. Cuando doña Victoria lo dejó instalándose, Tomás se acercó a su puerta. “Hola”, saludó intentando sonar amigable.

 “Soy Tomás y ella es mi hermana Lucía”, añadió señalando a la niña que se asomaba tímidamente tras él. Manuel los miró con cierta desconfianza. ¿Cuánto tiempo llevan aquí? Casi dos meses, respondió Tomás. ¿Te ha explicado todas las reglas? Las básicas, supongo. Nada que no haya oído antes en otras casas. Todos quieren orden y disciplina.

Había una dureza en su voz, una resignación que hizo que Tomás se sintiera extrañamente conectado con él. Esta casa es diferente”, dijo finalmente doña Victoria. Es una loca, completó Manuel con una media sonrisa. Ya lo he notado. Esa forma de mirar como si estuviera calculando algo todo el tiempo.

 La he visto antes en gente que tiene planes para ti, planes que no tienen nada que ver con lo que tú quieras. Lucía se acercó visiblemente nerviosa. No deberías hablar así si te oye. Manuel se encogió de hombros. ¿Qué va a hacer? Devolverme no sería la primera vez ni la peor casa donde he estado.

 Tomás miróhacia el pasillo para asegurarse de que doña Victoria no estaba cerca y bajo la voz. Creo que tiene algún tipo de plan. Habla de completar la familia. dice que necesita cinco niños y hace cosas raras, como obligarnos a posar para fotografías todos los domingos o rezar antes de dormir durante horas. El interés de Manuel pareció despertarse. Cinco niños.

¿Para qué? No lo sé, pero algo no está bien. La escuché hablar por teléfono una noche diciendo que el plan iba según lo previsto. Manuel guardó silencio un momento como procesando la información. Bueno, sea lo que sea, he sobrevivido a cosas peores. Mi último padre adoptivo me usaba como saco de boxeo cuando bebía, que era casi todas las noches.

Levantó su camiseta mostrando una serie de cicatrices y marcas que hicieron que Lucía ahogara un grito. Esto es lo que pasa cuando confías en los adultos. Así que gracias por la advertencia, pero me mantendré alerta por mi cuenta. El domingo siguiente, Manuel fue introducido al ritual de la cena formal. Se mostró sorprendentemente cooperativo, vistiendo el traje negro que doña Victoria le había comprado y siguiendo todas las normas de etiqueta sin protestar.

 Incluso participó en la sesión fotográfica posterior sin hacer preguntas, adoptando naturalmente la posición que le indicaron. De pie, detrás de doña Victoria entre Tomás y Lucía. “Perfecto,”, murmuró la mujer después de tomar la fotografía. “Ahora solo faltan dos.” Esa noche, cuando todos se habían retirado a sus habitaciones, Manuel se deslizó silenciosamente hasta la puerta de Tomás.

 ¿Estás despierto?”, susurró Tomás, que no había logrado conciliar el sueño, lo invitó a entrar. “Ten cuidado. Ella a veces hace rondas nocturnas para asegurarse de que estamos en nuestras camas.” “Lo sé, la he escuchado”, respondió Manuel sentándose en el borde de la cama. “He estado observando esta casa y hay algunas cosas que no cuadran.

” ¿Como qué? Para empezar, todas las fotografías antiguas han sido retiradas. En una casa tan vieja debería haber fotos de familia, recuerdos, pero no hay nada que date de antes de nuestra llegada. Tomás asintió. También había notado esa ausencia. Y luego están esos marcos vacíos en su habitación. ¿Qué marcos?, preguntó Manuel con repentino interés.

 Una noche la seguí hasta su cuarto. Tiene un armario con cinco marcos de fotos. Dos tienen nuestras fotos. Ahora supongo que tres con la tuya. Los otros dos están vacíos. Manuel permaneció pensativo. Hay algo más. He estado explorando la casa cuando ella no mira. En el sótano, además del cuarto oscuro, hay una habitación cerrada con llave.

 Escuché ruidos allí dentro esta tarde, mientras vosotros estabais en el jardín, como si alguien estuviera moviendo muebles. Un escalofrío recorrió la espalda de Tomás. ¿Crees que hay alguien más en la casa? No lo sé, pero voy a averiguarlo. ¿Cómo? Manuel sonrió. Una sonrisa que no tenía nada de infantil. Tengo mis métodos.

 He aprendido algunos trucos en mis años. saltando de casa en casa. Antes de que Tomás pudiera preguntar más, un crujido en el pasillo los alertó. Manuel se deslizó rápidamente bajo la cama, justo cuando la puerta se abría. Doña Victoria apareció en el umbral con su bata negra y el cabello recogido como siempre.

 ¿Con quién hablabas, Tomás? Su voz era suave, pero había una nota amenazante en ella. Con nadie, señora. Mamá. Solo estaba rezando antes de dormir, como usted me enseñó. Doña Victoria entró en la habitación, sus ojos escrutando cada rincón. Qué obediente te has vuelto de repente. Me alegra ver que finalmente estás adoptando las buenas costumbres de esta casa.

 se acercó lentamente a la cama y por un momento terrible, Tomás creyó que iba a agacharse y descubrir a Manuel, pero en lugar de eso se sentó en el borde, exactamente donde Manuel había estado sentado momentos antes. “¿Sabes? Me recuerdas mucho a alguien”, dijo con una voz distante, como si estuviera hablando más para sí misma que para él.

tenía tu misma mirada desafiante, esa forma de observarlo todo como si estuvieras buscando una salida. Extendió una mano y acarició el cabello de Tomás, un gesto que pretendía ser afectuoso, pero que solo consiguió ponerle la piel de gallina. Pero él aprendió eventualmente y tú también aprenderás. ¿Quién, señora? La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera contenerse.

 Los dedos de doña Victoria se tensaron en su cabello, agarrándolo con fuerza durante un segundo antes de soltarlo. Mi hermano, por supuesto, tu tío, algún día te contaré toda la historia familiar cuando estemos todos reunidos. Se levantó con un movimiento fluido, alisando su bata. Ahora duerme. Mañana será un día importante.

 Cuando la puerta se cerró tras ella, Tomás permaneció inmóvil, conteniendo la respiración hasta que los pasos se alejaron por el pasillo. Solo entonces Manuel salió de su escondite.”¿Lo has oído?”, susurró Tomás. “Habla como si realmente fuéramos su familia, como si tuviera un hermano que se parecía a mí, o como si estuviera completamente loca.

 respondió Manuel con una expresión sombría. Mañana voy a entrar en esa habitación del sótano. Necesitamos saber qué está pasando aquí. Es peligroso. Si te descubre, ¿qué alternativa tenemos? Esperar a ver qué sucede cuando su familia esté completa. No, gracias. A la mañana siguiente, durante el desayuno, doña Victoria anunció que tenía que salir para realizar algunas gestiones.

 “Estaré fuera la mayor parte del día”, explicó mientras servía el café con leche. Espero que se comporten adecuadamente en mi ausencia, Manuel. Como eres el mayor, quedas a cargo de que se cumplan las normas. Manuel asintió con una expresión de absoluta seriedad que casi hizo sonreír a Tomás. era un actor consumado.

 En cuanto el coche de doña Victoria desapareció calle abajo, Manuel puso en marcha su plan. Voy a necesitar que vigiléis, explicó a los hermanos. Lucía, tú quédate en la ventana del salón y avisa si ves regresar el coche. Tomás, tú vigila la puerta principal por si vuelve antes de lo previsto o llega alguien más.

 ¿Qué vas a hacer exactamente?, preguntó Lucía, visiblemente nerviosa. Voy a entrar en esa habitación cerrada del sótano y en su dormitorio para investigar esos marcos de fotos. ¿Cómo vas a abrir las cerraduras? Manuel sacó del bolsillo de su pantalón un pequeño estuche que contenía varias ganzúas improvisadas. Como dije, he aprendido algunos trucos.

Mientras los hermanos tomaban sus posiciones de vigilancia, Manuel descendió al sótano. La casa estaba en silencio, excepto por el ocasional crujido de la madera antigua y el tic tac del reloj de péndulo del salón. El sótano era un espacio amplio dividido en varias secciones. El cuarto oscuro de doña Victoria ocupaba uno de los rincones con su puerta roja y el cartel de no entrar claramente visible.

Junto a él, separada por un estrecho pasillo, estaba la puerta que había llamado la atención de Manuel, una sólida puerta de madera con una cerradura antigua pero resistente. Le llevó casi 10 minutos manipular la cerradura con sus herramientas improvisadas, maldiciendo en voz baja cada vez que sentía que estaba cerca, pero fallaba en el último momento.

Finalmente, con un click satisfactorio, la puerta se dió. El olor lo golpeó primero. Una mezcla de humedad, polvo acumulado y algo más, algo dulzón y desagradable que no logró identificar. Encendió la linterna de su teléfono móvil, un viejo modelo que había logrado ocultar a doña Victoria, y dirigió el az de luz al interior.

 Lo que vio le heló la sangre. La habitación había sido transformada en una especie de santuario macabro. Las paredes estaban cubiertas con fotografías en blanco y negro, todas siguiendo un patrón similar. una mujer sentada en el centro que reconoció como una versión más joven de doña Victoria, flanqueada por cinco niños, tres varones y dos niñas, todos vestidos con la misma ropa formal que les hacía usar a ellos para las fotografías dominicales.

Pero lo más perturbador no eran las fotografías en sí, sino lo que había en el centro de la habitación. Cinco camas pequeñas dispuestas en semicírculo, como en una enfermería antigua. Cada cama tenía un nombre grabado en la cabecera. Gabriel, Miguel, Rafael, Catalina y María. “¿Qué demonios?”, murmuró acercándose para examinar mejor.

 Las camas estaban impecablemente hechas, con sábanas blancas y un crucifijo colgado sobre cada una. En una mesita junto a cada cama había un vaso de agua y lo que parecía ser un frasco de medicamentos. En la pared del fondo, un altar improvisado mostraba una fotografía enmarcada mucho más grande que las demás.

 En ella, una familia completa, un hombre y una mujer de mediana edad, flanqueados por seis niños, entre ellos una adolescente que era indudablemente doña Victoria en su juventud. Bajo la fotografía, una placa metálica tenía grabada una inscripción. Familia Álvarez Mendoza 19621970. Reunidos en la eternidad. Manuel estaba tan absorto en su descubrimiento que casi no escuchó los pasos precipitados en la escalera.

 Se giró justo cuando Tomás irrumpía en la habitación con el rostro pálido. Tienes que salir de aquí. Ha vuelto. Lucía la está distrayendo, pero no tardará en bajar a buscarnos. Manuel asintió, pero antes de salir sacó rápidamente su teléfono y tomó varias fotografías de la habitación.

 Necesitamos pruebas, explicó ante la mirada sorprendida de Tomás. Nadie nos creería sin ellas. Cerraron la puerta con cuidado, asegurándose de dejar todo exactamente como estaba, y subieron las escaleras lo más silenciosamente posible. Llegaron al salón justo cuando Lucía entraba con doña Victoria, quien parecía más agitada de lo habitual.

 “¡Ah, aquí están!”, dijo la mujer, sus ojos oscuros estudiándoloscon intensidad. “¿Qué estaban haciendo?” Jugando al escondite, respondió Manuel con naturalidad. Esta casa es perfecta para eso con tantos rincones. Doña Victoria pareció relajarse ligeramente. Ya veo. Bueno, tengo noticias importantes. Nuestra familia pronto estará completa.

 Las gemelas llegarán este fin de semana. Gemelas, repitió Tomás intercambiando una mirada alarmada con Manuel. Sí, Elena y Sofía. tiene 9 años, igual que Lucía. Serán las hermanas perfectas para ella. Había un brillo febril en sus ojos mientras hablaba, como si estuviera visualizando algo que solo ella podía ver.

Finalmente, después de todos estos años, mi familia volverá a estar completa. Esa noche, cuando todos se habían retirado a sus habitaciones, Manuel se escabulló nuevamente hasta el cuarto de Tomás. Lucía ya estaba allí, sentada en la cama con expresión angustiada. Les he mostrado lo que encontré”, susurró Manuel sacando su teléfono y mostrando las fotografías que había tomado en el sótano.

 “Creo que sé lo que está pasando aquí.” “Mamas, ¿qué?”, preguntaron los hermanos al unísono. “Miren la fotografía grande, la de la familia completa. Creo que son los padres y hermanos de doña Victoria. Y miren la fecha, 1962-1970. Algo pasó en 1970. Algo que hizo que toda la familia terminara. Terminara, repitió Lucía sin comprender.

 Muriera aclaró Tomás con un nudo en la garganta. Todos murieron, excepto ella. Manuel asintió y ahora está recreando su familia original. Nos ha elegido porque nos parecemos a sus hermanos muertos. Miren las fotos en las paredes del sótano. ¿No el parecido? Era cierto. Ampliando las imágenes podían verse las similitudes.

Tomás tenía el mismo tipo de rostro que el niño identificado como Gabriel. Lucía se parecía asombrosamente a Catalina y Manuel compartía la misma estructura ósea y expresión seria que Miguel. Las gemelas que vienen, comenzó Lucía, “Cletarán su familia.” Terminó Manuel. Elena y Sofía, que se parecerán a María y Rafael. ¿Pero por qué? Preguntó Tomás.

¿Por qué hacer todo esto? Manuel guardó silencio un momento antes de responder. Las camas en el sótano, los medicamentos. Creo que está preparando algo para cuando la familia esté completa, algo definitivo. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Tomás. ¿Crees que planea reunirlos en la eternidad? Completó Manuel citando la placa bajo la fotografía familiar.

 Creo que planea matarnos y probablemente a ella misma también para recrear la muerte de su familia original. El silencio que siguió a esta declaración fue absoluto, pesado como una lápida. Finalmente, Lucía lo rompió con voz temblorosa. Tenemos que escapar. No, contradijo Manuel, tenemos que conseguir ayuda. Si simplemente escapamos, encontrará a otros niños que se parezcan a sus hermanos y todo empezará de nuevo.

 La señorita Fuentes, recordó Tomás. Ella nos dio su número, dijo que podíamos llamarla si necesitábamos algo. ¿Tienes aún la tarjeta?, preguntó Manuel. Tomás asintió. La escondí bajo una tabla suelta del piso junto a la ventana. Bien, mañana cuando doña Victoria salga a hacer las compras, la llamaremos, le mostraremos las fotos, le contaremos todo.

El plan parecía sólido, pero había un problema fundamental que ninguno mencionó. ¿Les creería alguien? tres niños del sistema acusando a una respetable profesora jubilada de planear un homicidio múltiple basado en una teoría extraída de fotografías antiguas y una habitación extraña en el sótano. La respuesta llegaría antes de lo que esperaban y de la forma más inesperada.

La mañana del jueves amaneció gris y fría, inusual para esa época del año en Guadalajara. Nubes densas oscurecían el cielo y una ligera llovisna empapaba las calles, como si el clima mismo quisiera advertir sobre los eventos que estaban por desarrollarse. Doña Victoria se mostró inusualmente animada durante el desayuno.

 Había preparado hotcakes con miel, un lujo que nunca antes les había ofrecido y hablaba sin parar sobre las preparaciones para la llegada de las gemelas. He acondicionado la habitación al final del pasillo para ellas. Dos camas idénticas, dos armarios, todo simétrico como debe ser para unas gemelas. Sus manos se movían con energía mientras describía los detalles, pero había algo mecánico en sus gestos, como si estuviera representando un papel ensayado.

 Y he comprado vestidos nuevos para Lucía también, para que combine con sus nuevas hermanas. Las tres lucirán preciosas en nuestras fotografías familiares. Manuel, Tomás y Lucía apenas tocaron su comida, intercambiando miradas de preocupación que doña Victoria, absorta en su monólogo, no pareció notar. “Hoy tengo muchas cosas que hacer antes de su llegada”, continuó la mujer mientras recogía los platos.

Iré al centro comercial a comprar algunos regalos de bienvenida y luego pasaré por el conservatorio para finalizar los arreglos del conciertofamiliar. ¿Concierto familiar? Preguntó Tomás, incapaz de ocultar su sorpresa. Sí, por supuesto. Cuando una familia se reúne después de tanto tiempo, debe celebrarse adecuadamente.

Su sonrisa no alcanzaba sus ojos. El domingo, después de nuestra cena y la sesión fotográfica, daremos un pequeño recital de piano. He reservado el auditorio del conservatorio para nosotros solos. Un escalofrío recorrió la espalda de Manuel el domingo. Todo indicaba que ese sería el día en que doña Victoria ejecutaría la fase final de su plan.

Pero ninguno de nosotros sabe tocar bien el piano”, objetó Lucía tímidamente. “Oh, no te preocupes por eso, querida. Será más bien una recreación. Cada uno de ustedes interpretará exactamente lo que debe interpretar.” Había algo siniestro en la forma en que pronunció estas palabras, algo que hizo que los tres niños sintieran un nudo en el estómago.

 Después del desayuno, doña Victoria se preparó para salir. “Estaré fuera unas 4 horas”, anunció mientras se colocaba un abrigo negro. “Espero que la casa esté en perfecto orden cuando regrese. Las gemelas llegan mañana y todo debe estar impecable.” En cuanto el sonido del motor de su coche se perdió en la distancia, los tres niños se reunieron en la habitación de Tomás.

 Es este domingo dijo Manuel confirmando lo que todos habían deducido. Sea lo que sea que planea, sucederá después del concierto familiar. Tenemos que llamar a la señorita Fuentes ahora mismo, urgió Lucía, su voz temblando ligeramente. Tomás asintió y se arrodilló junto a la ventana, levantando una tabla suelta del piso para extraer la tarjeta cuidadosamente guardada. La miró con alivio.

 El número seguía legible, a pesar de la humedad que había penetrado en su escondite. “Usaré mi teléfono”, ofreció Manuel. sacándolo de su escondite bajo el colchón. Pero hagámoslo abajo, cerca de la puerta principal. Si vuelve inesperadamente, al menos tendremos posibilidad de escondernos o disimular. Bajaron sigilosamente las escaleras y se situaron en el pequeño vestíbulo.

 Manuel marcó el número con dedos temblorosos mientras Tomás y Lucía vigilaban por las ventanas. Tras varios tonos, una voz femenina respondió, “Mercedes Fuentes, ¿en qué puedo ayudarle?” “Señorita Fuentes, comenzó Manuel intentando controlar el temblor de su voz. Soy Manuel, uno de los niños adoptados por Victoria Álvarez.

 Estoy con Tomás y Lucía y necesitamos su ayuda urgentemente.” Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. “Manuel, ¿ha sucedido algo? ¿Estáis bien? No estamos lastimados, pero estamos en peligro. Doña Victoria, no es quien usted cree está planeando algo terrible. ¿A qué te refieres exactamente? La voz de Mercedes sonaba ahora cautelosa, profesional.

Es difícil de explicar por teléfono. Encontramos una habitación secreta en el sótano con camas y medicamentos y fotografías, muchas fotografías de su familia muerta. Creo que nos adoptó porque nos parecemos a sus hermanos fallecidos y está recreando algún tipo de eh escena final con nosotros. Otro silencio, este más prolongado.

Cuando Mercedes volvió a hablar, su tono había cambiado sutilmente. Manuel, ¿estás seguro de lo que estás diciendo? Son acusaciones muy serias. Tengo pruebas, respondió Manuel con firmeza. Fotografié todo con mi teléfono. Puedo enviárselas ahora mismo si me da su número de celular. Tras un momento de duda, Mercedes accedió y Manuel envió rápidamente las imágenes que había capturado en el sótano.

 Esperaron en tensión mientras la mujer las examinaba. ¿Sigues ahí, Manuel?, preguntó finalmente Mercedes. Sí, aquí estamos los tres. Lo que me has enviado es inquietante, ciertamente, pero necesito que entiendan algo. No puedo presentarme en la casa sin más basándome en estas fotografías. Necesito seguir un protocolo, hablar con mis superiores, posiblemente involucrar a la policía.

 No hay tiempo”, exclamó Tomás acercándose al teléfono. “Las gemelas llegan mañana y el domingo tiene planeado un concierto familiar que suena como el final de todo esto.” Mercedes pareció reflexionar. “Escúchenme bien, voy a iniciar los trámites ahora mismo, pero estos procesos llevan tiempo. Mientras tanto, actúen con normalidad.

No dejen que doña Victoria sospeche que saben algo o que han contactado conmigo. Y si no llega a tiempo la voz de Lucía era apenas audible. Llegaré a tiempo, prometió Mercedes con una firmeza que pareció sincera. Pero necesito que ustedes sean valientes y cuidadosos. Si en algún momento sienten que están en peligro inmediato, llamen al 911 directamente.

 ¿Entendido? Los tres asintieron, aunque sabían que ella no podía verlos. “Una cosa más”, añadió Manuel, “la habitación del sótano. Los nombres en las camas son Gabriel, Miguel, Rafael, Catalina y María. Creo que eran los nombres de sus hermanos, los que murieron. Y nosotros tres ya tenemos asignados nuestros roles. Yo soy Miguel, Tomás es Gabriel yLucía es Catalina.

 Las gemelas que vienen serán María y Rafael. Entiendo, respondió Mercedes, y algo en su tono sugería que realmente lo hacía. Voy a investigar a la familia Álvarez Mendoza inmediatamente. Mientras tanto, mantengan sus teléfonos a mano. Y sus palabras fueron interrumpidas por el sonido inconfundible de un coche deteniéndose frente a la casa.

 “Ha vuelto”, susurró Tomás alarmado. “Demasiado pronto. Tenemos que colgar”, dijo Manuel precipitadamente. “La llamaremos más tarde si podemos. cortó la llamada y guardó rápidamente el teléfono en su bolsillo, justo cuando la llave giraba en la cerradura. Los tres adoptaron posiciones casuales en el salón, fingiendo estar ocupados con libros que tomaron apresuradamente de la estantería.

 La puerta se abrió, pero para su sorpresa no era doña Victoria quien entró, sino una mujer más joven, vestida con un traje formal y con un maletín en la mano. La reconocieron de inmediato. Era Elena Gutiérrez, la asistente de Mercedes Fuentes en el DIFE. Buenos días, chicos. Saludó con una sonrisa que no parecía del todo natural. Doña Victoria está en casa.

No, respondió Manuel con cautela. Salió a hacer compras. Dijo que volvería en unas horas. Perfecto. Elena cerró la puerta atrás de sí y bajó la voz. Mercedes me envió. Recibió sus fotografías y está muy preocupada. me pidió que viniera inmediatamente a verificar la situación mientras ella habla con las autoridades.

Los niños intercambiaron miradas de alivio. La ayuda había llegado mucho más rápido de lo que esperaban. La habitación del sótano, comenzó Tomás, pero Elena lo interrumpió con un gesto. Lo sé, me lo explicó todo. Necesito verla por mí misma para documentarla oficialmente. ¿Pueden mostrarme dónde está? Manuel asintió y los guió a todos hacia la puerta del sótano.

 Mientras descendían las escaleras, Elena mantenía una expresión profesional, pero sus ojos recorrían cada detalle del lugar con intensidad. La puerta de la habitación secreta seguía cerrada con llave, como era de esperar. No podemos abrirla, explicó Manuel. Usé mis ganszúas improvisadas ayer, pero doña Victoria podría notar si forzamos la cerradura de nuevo.

 Elena sonrió y extrajo de su maletín un pequeño estuche de herramientas. No te preocupes, tengo experiencia con esto. Parte de nuestro trabajo incluye inspecciones de emergencia. con una habilidad que sorprendió a los niños, manipuló la cerradura hasta que esta se dio con un clic satisfactorio. La puerta se abrió, revelando nuevamente el perturbador santuario.

 Elena entró lentamente observando las fotografías en las paredes, las camas dispuestas en semicírculo, los frascos de medicamentos. Su expresión profesional se quebró momentáneamente, dejando entrever una genuina consternación. “Esto es muy inquietante”, murmuró sacando su teléfono para tomar fotografías adicionales. “Definitivamente no es normal.

” Se acercó a examinar los frascos junto a las camas, leyendo las etiquetas cuidadosamente. Su rostro palideció visiblemente. “¿Qué son?”, preguntó Lucía. barbitúricos y benzodiaceepinas en dosis muy altas, respondió Elena con voz tensa. Son sedantes potentes que en estas cantidades podrían ser letales, especialmente para niños.

 Un silencio pesado cayó sobre ellos. La confirmación de sus peores sospechas era aterradora. Elena continuó su inspección, deteniéndose finalmente frente a la fotografía grande de la familia original. ¿Han investigado qué le sucedió a esta familia?” Manuel negó con la cabeza. Solo sabemos lo que dice la placa.

 Reunidos en la eternidad 19621970. Algo pasó en 1970 que acabó con todos, excepto doña Victoria. Necesitamos más información”, decidió Elena guardando su teléfono. “Voy a revisar el resto de la casa, especialmente su dormitorio. Mencionaron algo sobre marcos de fotos, ¿verdad?” “Sí, tienes cinco marcos en un armario bajo llave”, confirmó Tomás.

 Tres ya tienen nuestras fotografías y dos están esperando a las gemelas. Elena asintió. “Guíenme hasta allí. y mantengan un ojo en la calle por si regresa. Subieron al segundo piso y se dirigieron al dormitorio principal. La habitación de doña Victoria era austera, una cama individual con colcha negra, un pequeño escritorio con una Biblia abierta y el armario mencionado, un mueble antiguo de madera oscura con una cerradura ornamentada.

 Elena volvió a usar sus herramientas para abrirlo, revelando el interior, cinco marcos de plata dispuestos en fila sobre terciopelo negro. Tres de ellos contenían fotografías de Tomás, Lucía y Manuel tomadas durante las sesiones dominicales. Los otros dos permanecían vacíos esperando. Esto confirma su teoría”, murmuró Elena fotografiando también este hallazgo.

Está recreando metódicamente a su familia perdida. Mientras cerraba cuidadosamente el armario, un sonido captó su atención. Un cajón del escritorio ligeramente entreabierto conuna esquina de papel asomando. Lo abrió del todo y extrajo un recorte de periódico amarillento protegido por una funda plástica.

 El titular, en grandes letras negras, decía: “Tragedia familiar conmociona a Guadalajara. Cinco hermanos mueren envenenados tras recital de piano. Elena leyó rápidamente el artículo, su rostro volviéndose más pálido a medida que avanzaba. “Dios mío”, murmuró finalmente. “Esto explica todo.” “¿Qué dice?”, preguntó Manuel, acercándose para ver.

 En 1970, los cinco hermanos menores de Victoria Álvarez Mendoza murieron envenenados después de un recital familiar de piano en el conservatorio donde su padre era director. Según la investigación, el padre, sumido en una depresión severa tras perder su trabajo por acusaciones de conducta inapropiada, envenenó a sus hijos con barbitúricos mezclados en el ponche que bebieron durante la celebración posterior al recital.

Luego se suicidó. La madre murió de un ataque cardíaco al descubrir la escena. Victoria, que tenía entonces 18 años y estaba en la universidad, fue la única que sobrevivió por no estar presente esa noche. Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación mientras asimilaban esta horrible revelación. El concierto del domingo, susurró Tomás, va a recrear toda la escena, el recital, el envenenamiento, todo.

 No llegará a hacerlo”, afirmó Elena con determinación, guardando el recorte en su maletín. “Tengo más que suficiente para que las autoridades intervengan inmediatamente. Voy a salir ahora mismo y contactar con Mercedes y la policía. Ustedes permanezcan aquí y actúen con normalidad cuando ella regrese. En cuestión de horas estarán a salvo.

 Los niños la acompañaron hasta la puerta, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una chispa de esperanza. “Gracias”, dijo Lucía con lágrimas en los ojos. “Gracias por creernos”. Elena le sonrió amablemente, colocando una mano sobre su hombro. Es mi trabajo proteger a los niños y ustedes han sido muy valientes.

Se despidió con un gesto y caminó hacia su coche estacionado frente a la casa. Los tres la observaron partir desde la ventana, sintiendo que un peso enorme se levantaba de sus hombros. “Saldremos de esta”, dijo Manuel con una convicción que sorprendió a los hermanos. Solo tenemos que mantener la calma unas horas más.

 Pero el alivio duró poco. Apenas 20 minutos después de la partida de Elena, el teléfono de la casa sonó. Tomás, que estaba más cerca, contestó. Casa de la familia Álvarez, respondió, como doña Victoria les había enseñado. Tomás, soy Mercedes Fuentes. La voz al otro lado de la línea sonaba agitada.

 ¿Está Elena Gutiérrez con ustedes? Tomás sintió que el corazón se le detenía. No, se fue hace unos 20 minutos. Dijo que iba a contactar con usted y la policía. Un silencio aterrador precedió a las siguientes palabras de Mercedes. Tomás, escúchame con mucha atención. Elena Gutiérrez fue despedida del DIF hace 3 meses por conducta inapropiada.

 No la envié yo, no trabaja con nosotros. y acabo de hablar con la policía que no ha recibido ningún informe sobre su caso. El auricular casi se le cae de las manos, pero pero ella sabía todo sobre las fotografías, sobre la habitación del sótano, porque le enviaste las imágenes a mi número y ella debe tener acceso a él de alguna manera”, explicó Mercedes con urgencia en su voz.

 Tomás, necesito que tú y los otros salgan de esa casa inmediatamente. Vayan a casa de un vecino, a cualquier lugar público. No esperen a que vuelva doña Victoria. Entendido, respondió Tomás colgando rápidamente. Se giró hacia Manuel y Lucía, que lo miraban expectantes. Tenemos que salir de aquí ahora mismo. Elena no es quien dice ser. les explicó rápidamente la conversación mientras se dirigían a la puerta principal.

 Manuel giró el pomoc llave. No puede ser”, murmuró intentando de nuevo. “No recuerdo que Elena cerrara con llave al salir. Las ventanas”, sugirió Lucía dirigiéndose al salón, pero todas las ventanas del primer piso tenían barrotes ornamentales, una característica de seguridad de las casas antiguas que nunca antes había parecido tan siniestra.

El segundo piso, decidió Manuel. La ventana de mi habitación da al tejado del porche. Podríamos salir por ahí y saltar al jardín. Subieron corriendo las escaleras, pero al llegar al pasillo superior se detuvieron en seco. Un olor penetrante y dulzón llenaba el aire, haciendo que sus ojos se sintieran pesados y sus mentes confusas.

Gas”, murmuró Manuel cubriéndose la nariz y boca con la manga de su camisa. “Está bombeando algún tipo de gas a la casa.” Intentaron llegar a la habitación, pero sus piernas se volvían cada vez más pesadas, sus movimientos más torpes. Tomás fue el primero en caer de rodillas seguido por Lucía. Manuel logró avanzar un poco más hasta alcanzar el pomo de su puerta, pero incluso mientras la abría sentía que la conciencia se le escapaba.

 Lo último quevio antes de que la oscuridad lo engullera fue una figura entrando por el final del pasillo, Elena Gutiérrez, o quien fuera realmente, con una máscara de gas cubriendo su rostro y una sonrisa satisfecha visible, incluso a través del plástico transparente. Cuando Manuel despertó, lo primero que notó fue el sonido, una melodía de piano interpretada con técnica impecable.

 pero sin emoción alguna, como una grabación perfectamente ejecutada, pero desprovista de alma. Luego registró que estaba sentado en una silla incómoda, sus muñecas y tobillos firmemente sujetos con cuerdas que le cortaban la circulación. Al abrir completamente los ojos, comprendió dónde estaban. La habitación secreta del sótano, ahora iluminada por docenas de velas, que daban a todo el espacio un resplandor dorado y siniestro.

 Frente a él, un antiguo piano vertical ocupaba el centro de la sala, desplazando las camas que ahora estaban alineadas contra la pared. Y en el piano, tocando con concentración absoluta estaba doña Victoria, vestida con un elegante vestido negro que parecía de otra época. A su lado, de pie y también vestida de negro, estaba la mujer que se había presentado como Elena Gutiérrez.

 A ambos lados de Manuel, igualmente atados a sillas, Tomás y Lucía, comenzaban a recuperar la conciencia y junto a ellos, dos niñas idénticas de unos 9 años, con vestidos blancos y lazos negros, permanecían inconscientes, sus cabezas caídas hacia delante y sus largos cabellos oscuros ocultando sus rostros. Las gemelas”, pensó Manuel con horror, “las han traído antes de tiempo.

 Doña Victoria terminó la pieza con un floreo y se giró hacia ellos, sus ojos brillando con una luz febril que Manuel nunca había visto antes. “Ah, están despertando”, dijo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. “Justo a tiempo para nuestro ensayo final.” se levantó del taburete y se acercó a ellos, observándolos con la mirada clínica de un científico estudiando especímenes.

“Lamento que hayamos tenido que adelantar nuestros planes”, continuó. “Pero ustedes tres resultaron ser más inquietos de lo previsto. No podíamos arriesgarnos a más complicaciones. ¿Quién es ella realmente?”, preguntó Tomás señalando con la cabeza a la supuesta Elena Gutiérrez. Victoria querida, creo que es hora de las presentaciones formales”, dijo la mujer quitándose una peluca castaña para revelar un cabello gris idéntico al de doña Victoria, recogido en el mismo moño tenso. “Niños”, anunció doña Victoria

con un tono casi ceremonioso, “lesento a mi hermana gemela Verónica Álvarez Mendoza. Manuel sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Pero el artículo decía que toda su familia había muerto. Ah, la prensa respondió Verónica con desdén, siempre tan descuidada con los detalles. Yo no estaba en casa esa noche, igual que Victoria.

 estudiaba medicina en el extranjero. Un detalle que los periódicos consideraron insignificante. Hermanas en la vida, hermanas en la misión, añadió Victoria con una sonrisa idéntica a la de su gemela. Reunir a nuestra familia ha sido el trabajo de toda una vida. “Están locas”, murmuró Manuel, tirando disimuladamente de sus ataduras para probar su resistencia.

eran demasiado fuertes. “La locura es un concepto tan relativo”, respondió Verónica con tranquilidad. “Algunos podrían llamarlo locura, nosotras lo llamamos devoción, amor familiar.” “Amor”, exclamó Lucía con lágrimas en los ojos. “A esto le llaman amor, secuestrarnos, planear matarnos.” Oh, querida.

 Victoria se acercó y acarició el cabello de Lucía con un gesto que pretendía ser maternal, pero resultaba escalofriante. No es matar, es liberar. Nuestros hermanos fueron liberados de un mundo cruel por nuestro padre, quien finalmente comprendió que la única forma de proteger a su familia era llevárnosla con él a la eternidad. Nosotras fuimos las abandonadas, ¿entiendes? Las dejadas atrás.

Y ahora, 55 años después, finalmente hemos reunido a todos los componentes necesarios para completar el círculo”, continuó Verónica acercándose al piano. Cinco niños que son reflejos perfectos de nuestros hermanos física y espiritualmente. La música que nuestro padre compuso especialmente para el recital final y el mismo elixir liberador que él utilizó, recreado gracias a mis conocimientos farmacéuticos.

Señaló hacia una mesa donde cinco copas de cristal contenían un líquido transparente. Junto a ellas, dos copas más pequeñas esperaban, evidentemente destinadas a las hermanas. El plan original era esperar hasta el domingo, realizar el recital en el conservatorio como se había planeado”, explicó Victoria con Pesar.

 Pero su pequeña investigación y esa llamada a la trabajadora social nos obligaron a acelerar todo. Una pena. Realmente las cosas precipitadas nunca tienen la misma elegancia. Manuel miró a su alrededor desesperado por encontrar alguna vía de escape. Su mirada se detuvo en las gemelas queseguían inconscientes. “¿Qué les han hecho? Solo están sedadas”, respondió Verónica con ligereza.

Queríamos evitarles el miedo inicial. Son tan jóvenes, tan impresionables, despertarán a tiempo para el recital y la celebración posterior. Victoria volvió al piano y comenzó a tocar nuevamente una melodía diferente, más sombría y compleja. Nuestro padre compuso esta pieza específicamente para Rafael. Comentó sin dejar de tocar.

 Era el más talentoso de todos nosotros. Tú la interpretarás, Manuel, como su reflejo en esta vida. Manuel intercambió miradas con Tomás. Necesitaban ganar tiempo, encontrar alguna forma de escapar o al menos retrasar lo inevitable hasta que Mercedes y las autoridades pudieran localizarlos. ¿Cómo murieron realmente?, preguntó intentando distraer a las hermanas.

 El artículo mencionaba envenenamiento, pero hay más, ¿verdad? Las hermanas intercambiaron una mirada cargada de significado. Fue Verónica quien respondió, “Nuestro padre era un hombre brillante, incomprendido por una sociedad mediocre, director del conservatorio, compositor, un genio musical.

 Cuando esos envidiosos lo acusaron falsamente y lo despidieron, algo se quebró en él. comprendió que este mundo no merecía a su familia, que debíamos ser preservados de su corrupción. Planificó cada detalle del recital final. Continuó victoria, sus dedos nunca deteniéndose sobre las teclas. Cada pieza seleccionada específicamente para cada uno de nuestros hermanos, cada nota cargada de significado.

 Y después, durante la pequeña celebración en el salón de profesores, sirvió personalmente el ponche especial que Verónica y yo recreamos para ustedes. Primero bebió nuestra madre, añadió Verónica con una expresión soñadora. Ella no sabía, por supuesto. Luego cada uno de nuestros hermanos por orden de edad, Gabriel, Miguel, Rafael, Catalina, María y finalmente nuestro padre se sirvió la última copa.

 Y nunca se les ocurrió que quizás él no quería que ustedes siguieran sus pasos. Intentó razonar Tomás, que tal vez las salvó al no incluirlas en su plan. La música se detuvo abruptamente. Victoria se giró hacia él con una expresión de genuina sorpresa. Salvarnos. Nos condenó a décadas de soledad, de anhelo. Nos dejó atrás incompletas.

Lágrimas genuinas brillaban en sus ojos. Pero esta noche, finalmente, el círculo se cerrará. La familia estará reunida y nosotras con ella. Un gemido suave interrumpió la conversación. Una de las gemelas comenzaba a despertar, su pequeño rostro contrayéndose en confusión al abrir los ojos y encontrarse en un entorno desconocido.

“Ah, nuestra pequeña María está despertando”, comentó Victoria acercándose a la niña. “Bienvenida, querida. Estás a salvo con tu familia ahora.” La niña miró a su alrededor con terror creciente, sus ojos deteniéndose en su hermana idéntica, a un inconsciente, y luego en los otros tres niños atados a sillas.

 ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? Soy tu madre, María, respondió Victoria con esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos. Y esta es tu tía Verónica. Has estado soñando, cariño, pero ahora has despertado a tu verdadera vida con tu verdadera familia. La niña comenzó a llorar silenciosamente, lágrimas deslizándose por sus mejillas pálidas. Quiero ir a casa.

 ¿Estás en casa? Insistió Victoria, acariciando su cabello con un gesto mecánico. Y pronto estaremos todos juntos para siempre. ¿No es maravilloso? Un ruido en el piso superior interrumpió la escena. Un golpe sordo, como si algo pesado hubiera caído. Las hermanas intercambiaron miradas alertas. ¿Esperabas a alguien?, preguntó Verónica en voz baja.

 Victoria negó con la cabeza. Debe ser el viento. Las ventanas viejas a veces se abren solas. Iré a comprobar, decidió Verónica dirigiéndose hacia las escaleras. Continúa con los preparativos. En cuanto su hermana desapareció por la puerta, Victoria volvió su atención a los niños. “No importa quién pueda haber llegado,” dijo con calma, inquietante.

 “Nadie puede detener lo que está destinado a ocurrir. La familia Álvarez Mendoza finalmente será reunida en la eternidad, como debió ser hace 55 años. se dirigió a las copas sobre la mesa y comenzó a distribuirlas, colocando una frente a cada niño. Cuando Verónica regrese, comenzaremos el recital. Cada uno interpretará la pieza asignada a su predecesor y luego celebraremos nuestra reunión con este elixir especial.

 Manuel notó que sus manos temblaban ligeramente mientras arreglaba las copas. Por primera vez vislumbró algo de duda, de humanidad. en aquella mujer consumida por una obsesión de décadas. “No tiene que hacer esto”, dijo en voz baja intentando conectar con esa humanidad latente. “Aún puede elegir otro camino, uno que honre la memoria de su familia sin destruir otras vidas.

” Victoria se detuvo, sus ojos encontrándose con los de Manuel. Por un breve instante pareció considerar suspalabras, pero luego la expresión vacía regresó como una máscara deslizándose nuevamente en su lugar. “Ya no hay otros caminos para mí”, respondió con voz hueca. Solo este, el que mi padre trazó para todos nosotros hace tanto tiempo.

 Un grito ahogado en el piso superior rompió el tenso silencio. Luego el sonido inconfundible de una lucha, objetos cayendo, voces alteradas. Victoria se tensó, sus ojos fijos en la puerta del sótano. Verónica murmuró preocupada. se dirigió hacia las escaleras, pero antes de que pudiera alcanzarlas, la puerta se abrió violentamente.

Verónica apareció, pero no sola. Mercedes Fuentes la sujetaba firmemente por un brazo, mientras dos oficiales de policía la flanqueaban con sus armas desenfundadas. Se acabó, Victoria”, anunció Mercedes, su voz firme, pero compasiva. “Suelte esas copas y aléjese de los niños.” Victoria permaneció inmóvil durante unos segundos, su rostro congelado en una expresión de incredulidad.

 Luego, lentamente, una sonrisa triste se formó en sus labios. Siempre supe que eras perspicaz, Mercedes.” dijo con una calma sorprendente. Desde nuestra primera entrevista percibí que veías más allá de la fachada. Es una pena realmente unos días más y nuestro plan habría sido perfecto. No hay nada perfecto en esto, Victoria, respondió Mercedes mientras los oficiales avanzaban cautelosamente hacia ella.

Solo el sufrimiento de cinco niños inocentes y dos mujeres consumidas por un trauma que nunca procesaron adecuadamente. Trauma. Victoria soltó una risa amarga. Llámalo como quieras. Nosotras lo llamamos amor familiar, el tipo de amor que trasciende incluso la muerte. Su mano se deslizó hacia el bolsillo de su vestido, extrayendo un pequeño frasco de vidrio.

 Antes de que nadie pudiera reaccionar, lo destapó y bebió su contenido de un solo trago. “Victoria, no!”, gritó Verónica intentando liberarse del agarre de Mercedes. “Se suponía que lo haríamos juntas con toda la familia.” Victoria la miró con una sonrisa serena, dejando caer el frasco vacío al suelo. Lo siento, hermana, pero parece que solo una de nosotras se reunirá con ellos hoy.

 Tú tendrás que esperar. se tambaleó ligeramente, sus ojos comenzando a perder enfoque. “Los veo”, murmuró extendiendo una mano hacia un punto vacío del espacio. “Están esperándome todos ellos, padre, madre, Gabriel, Miguel, Rafael, Catalina, María.” Sus piernas cedieron y se desplomó lentamente al suelo. Los oficiales se apresuraron hacia ella, pero era evidente por la quietud de su cuerpo que Victoria Álvarez Mendoza ya estaba más allá de cualquier ayuda humana.

 Verónica dejó escapar un grito desgarrador, mitad rabia, mitad dolor, mientras Mercedes y los oficiales restantes se apresuraban a liberar a los niños de sus ataduras. Estáis a salvo ahora. les aseguró Mercedes abrazando a Lucía, que soyaba incontrolablemente. Todo ha terminado. Pero mientras los paramédicos entraban al sótano y la policía esposaba a una Verónica que ya no ofrecía resistencia, consumida por el shock de la muerte de su gemela, Manuel no podía evitar preguntarse si realmente había terminado el recuerdo de aquella casa de aquellas

semanas bajo el dominio de victoria de la habitación del sótano con las cinco camas esperando. sabía que lo perseguiría durante mucho tiempo. Afuera, la lluvia había cesado y un débil rayo de sol se filtraba por las pequeñas ventanas del sótano, como si la naturaleza misma reconociera que la oscuridad que había habitado aquella casa durante décadas finalmente comenzaba a disiparse.

Un mes después de los eventos en la casa de la calle Jacaranda, el caso de las hermanas Álvarez Mendoza había captado la atención de todo México. Los periódicos lo llamaban el caso de las hermanas macabras o la casa de las adopciones siniestras con titulares sensacionalistas que apenas rozaban la superficie de la verdadera historia.

Manuel, Tomás, Lucía y las gemelas Elena y Sofía, cuyos verdaderos nombres fueron protegidos por las autoridades, habían sido reubicados en diferentes hogares temporales mientras el sistema decidía su futuro. Las gemelas que habían estado sedadas durante la mayor parte del incidente y habían sufrido menos trauma psicológico que los otros tres, fueron acogidas por una familia en Monterrey que estaba en proceso de adopción definitiva.

Tomás y Lucía permanecían juntos en un hogar de acogida especializado en niños que habían experimentado situaciones traumáticas. Su recuperación era lenta, pero constante, gracias en gran parte a la terapia intensiva y al apoyo incondicional de sus nuevos cuidadores. Un matrimonio de psicólogos con amplia experiencia en traumas infantiles.

Manuel, por su parte, había sido acogido temporalmente en el hogar de Mercedes Fuentes. La trabajadora social, profundamente afectada por el caso y admirada por el valor y la inteligencia del muchacho, había solicitado un permiso especialpara acogerlo mientras se determinaba su situación permanente. Era un cálido día de junio cuando Mercedes condujo a Manuel hasta el Ministerio Público para su declaración final sobre los hechos.

 El juicio contra Verónica Álvarez estaba en su fase preliminar. Y el testimonio de Manuel sería crucial para establecer la premeditación y la gravedad de los cargos. ¿Estás nervioso?, preguntó Mercedes mientras entraban al imponente edificio de la fiscalía. Manuel negó con la cabeza, aunque sus manos inquietas delataban cierta ansiedad.

 No por declarar, ya lo he hecho varias veces. Es solo que será la primera vez que la vea desde aquella noche. Mercedes apoyó una mano reconfortante en su hombro. No tienes que mirarla si no quieres. Puedes mantener la vista en el juez o en mí todo el tiempo. No quiero verla, afirmó Manuel con una determinación sorprendente para sus 12 años.

 Necesito demostrarme a mí mismo que ya no puede hacerme daño. El juzgado estaba relativamente vacío ese día, ya que se trataba solo de una audiencia preliminar, no del juicio completo. Aún así, varios periodistas ocupaban la parte trasera de la sala, ansiosos por captar cada detalle de un caso que había conmocionado al país.

 Verónica Álvarez entró escoltada por dos guardias. vestía el uniforme gris de la prisión preventiva y su cabello, antes recogido en un moño idéntico al de su hermana, caía ahora en mechones desiguales alrededor de su rostro demacrado. Al ver a Manuel, sus ojos se iluminaron brevemente con un destello de algo indefinible, quizás reconocimiento, quizás resentimiento.

La audiencia procedió con la formalidad habitual. El fiscal presentó las pruebas recopiladas en la casa, las fotografías de la habitación del sótano, los marcos con las fotos de los niños, los frascos de barbitúricos que habían sido analizados y confirmados como letales y los documentos que demostraban cómo las hermanas habían manipulado el sistema de adopción para seleccionar específicamente a niños que se parecían a sus hermanos fallecidos.

Cuando llegó el turno de Manuel para testificar, avanzó con pasos firmes hacia el estrado. Juró decir la verdad y comenzó a relatar su experiencia desde el momento en que llegó a la casa hasta la noche final en el sótano. Su voz era clara y constante, sus respuestas precisas y detalladas, mostrando una madurez que impresionó visiblemente al juez.

Y en tu opinión, preguntó el fiscal, ¿crees que las acusadas tenían plena conciencia de sus actos? Entendían que lo que planeaban hacer era un delito grave. Manuel miró directamente a Verónica antes de responder. Sí, señor, lo sabían perfectamente. Todo estaba meticulosamente planeado, hasta el último detalle, la selección de los niños, las fotografías, incluso las piezas musicales que cada uno debía interpretar antes de antes de morir.

Verónica sostuvo su mirada sin pestañear, una sonrisa apenas perceptible curvando sus labios. No había mostrado ninguna emoción durante toda la audiencia, excepto cuando se presentaron las fotografías de su hermana fallecida. ¿Alguna pregunta para el testigo? Preguntó el juez dirigiéndose a la defensa.

 El abogado de Verónica, un hombre de aspecto cansado que claramente llevaba el caso más por obligación que por convicción, se levantó. Manuel comenzó con un tono que pretendía ser amable, pero sonaba condescendiente. Eres un chico muy inteligente, eso es evidente, pero también has pasado por experiencias traumáticas previas a este incidente, ¿no es así? Tu expediente menciona múltiples hogares de acogida, situaciones de abandono.

Objeción, interrumpió el fiscal. irrelevante y potencialmente perjudicial para un menor. Al contrario, insistió el defensor, estoy estableciendo la posibilidad de que el testigo, debido a sus experiencias previas, pueda haber malinterpretado las acciones de mis clientas, que posiblemente solo querían ofrecerle un hogar estable, aunque con métodos poco ortodoxos.

El juez consideró brevemente, “Permitiré la pregunta, pero con precaución el testigo puede responder si se siente cómodo haciéndolo.” Manuel asintió, su expresión serena. “He estado en tres hogares de acogida antes de llegar a casa de doña Victoria. En uno de ellos sufrí abusos físicos, es cierto, pero eso no afecta mi capacidad para distinguir entre disciplina estricta y un plan para asesinar a cinco niños.

 Vi las pruebas con mis propios ojos. La habitación del sótano preparada como una morgue, los medicamentos letales etiquetados con nuestros nombres, las confesiones directas de ambas hermanas sobre su intención de reunirnos en la eternidad. Como ellas decían. Un murmullo recorrió la sala. El abogado defensor, claramente descolocado por la respuesta articulada del muchacho, intentó cambiar de estrategia.

Las hermanas Álvarez sufrieron un trauma terrible en su juventud con la pérdida de toda su familia. ¿No crees que esopodría explicar, aunque no justificar sus acciones? Manuel guardó silencio un momento considerando la pregunta seriamente. Todos enfrentamos traumas. respondió finalmente. Mi madre era adicta y me abandonó repetidamente.

Tomás y Lucía quedaron huérfanos cuando su madre murió de diabetes. Las gemelas fueron retiradas de su hogar por negligencia extrema, pero ninguno de nosotros planeó secuestrar y matar a otros para recrear lo que perdimos. miró directamente a Verónica nuevamente. El dolor no es una excusa para causar más dolor.

 Ellas tuvieron 55 años para buscar ayuda, para procesar su pérdida. En cambio, eligieron consumirse en ella y arrastrar a otros inocentes. El abogado defensor, visiblemente incómodo, declaró no tener más preguntas. Manuel fue excusado del estrado y regresó junto a Mercedes, quien le dio un apretón discreto en el hombro, su rostro mostrando el orgullo que sentía.

 La audiencia continuó con los testimonios de expertos forenses y psicológicos. El psiquiatra que había evaluado a Verónica tras su detención explicó que aunque sufría de un trastorno delirante compartido con su hermana, anteriormente conocido como Folly Ad, era plenamente consciente de la ilegalidad y la inmoralidad de sus acciones.

 Las hermanas Álvarez construyeron una realidad alternativa en la que creían estar honrando la voluntad de su padre al recrear la tragedia familiar”, explicó el especialista. Pero dentro de ese marco delirante mantenían plena capacidad para planificar meticulosamente, manipular el sistema, ocultar evidencia y ejecutar un plan complejo que se extendió durante meses.

 Esto demuestra conciencia de la ilegalidad de sus acciones y capacidad para distinguir entre el bien y el mal, incluso mientras perseguían su objetivo patológico. Al finalizar la sesión, el juez determinó que existían pruebas suficientes para proceder con un juicio formal contra Verónica Álvarez por los cargos de secuestro agravado, intento de homicidio múltiple, manipulación de documentos oficiales y varios otros delitos menores.

 Se fijó la fecha del juicio para 3 meses después y se denegó cualquier posibilidad de fianza. Mientras salían del juzgado, Manuel permaneció en silencio, procesando todo lo ocurrido. Mercedes respetó su espacio, esperando a que fuera él quien iniciara la conversación cuando estuviera listo. ¿Crees que la condenarán?, preguntó finalmente cuando ya estaban en el coche.

Con las pruebas que tenemos y la confesión parcial que hizo después de la muerte de su hermana es casi seguro, respondió Mercedes arrancando el vehículo. Probablemente pasará el resto de su vida en una institución psiquiátrica penitenciaria. Manuel asintió su mirada perdida en el paisaje urbano de Guadalajara que desfilaba tras la ventanilla.

 ¿Sabes? Cuando la vi hoy esperaba sentir miedo o rabia o algo, pero solo sentí lástima. Mercedes lo miró brevemente antes de volver su atención a la carretera. Es una respuesta muy madura, Manuel, y muy humana. No es solo por ella, continúa el muchacho, es por todos nosotros, por cómo un trauma puede definirte si le permites consumir tu vida.

 Victoria y Verónica permitieron que la tragedia de su familia las definiera durante medio siglo, hasta el punto de estar dispuestas a crear otra tragedia idéntica. Guardó silencio un momento antes de añadir, no quiero que lo que pasó en esa casa me defina para siempre. Mercedes sonrió con calidez. Y no tiene por qué hacerlo.

 Lo que te define no es lo que te sucede, sino como respondes a ello. Continuaron el viaje en un silencio cómodo, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Al llegar a casa de Mercedes, una pequeña pero acogedora vivienda en las afueras de la ciudad, Manuel notó un coche desconocido aparcado frente al jardín. Esperamos visita.

 preguntó repentinamente alerta. Las experiencias recientes lo habían vuelto cauteloso ante cualquier alteración en la rutina. Mercedes apagó el motor y se giró hacia él con expresión seria, pero amable. Sí, hay alguien que quiere hablar contigo, pero antes necesito explicarte algo. Manuel se tensó instintivamente. ¿Qué ocurre? Como sabes, he estado trabajando para encontrar la mejor situación permanente para ti, me comenzó Mercedes.

 He contactado con varias familias potenciales, evaluando cuidadosamente cada opción para asegurarme de que sea la adecuada. El corazón de Manuel se hundió. Aunque sabía que su estancia con Mercedes era temporal, en el fondo había albergado la esperanza de poder quedarse con ella. Durante el último mes había encontrado en su hogar algo que nunca antes había experimentado.

 Seguridad, comprensión, respeto. “Entiendo”, dijo intentando ocultar su decepción. “¿Has encontrado una familia para mí?”, Mercedes sonríó, una sonrisa genuina que iluminó sus ojos. En realidad, eso es lo que quería hablar contigo. He solicitado formalmente tu custodia permanente, Manuel. Si estás deacuerdo, me gustaría adoptarte.

Manuel la miró con incredulidad, sin estar seguro de haber escuchado correctamente. ¿Tú quieres adoptarme a mí completamente? Aseguró ella. No había querido mencionarlo antes porque necesitaba asegurarme de que fuera posible legalmente, dada mi posición en el DIF, pero he recibido la aprobación preliminar con la condición de que me transfiera a un departamento diferente para evitar cualquier conflicto de interés.

 Manuel seguía sin palabras, una mezcla de emociones contradictorias batallando en su interior. Alegría, incredulidad, miedo a ilusionarse todo al mismo tiempo. La persona que está esperándonos es mi supervisor, continuó Mercedes ante su silencio. Viene a hablar contigo formalmente sobre tus deseos para asegurarse de que también es lo que tú quieres.

 Pero antes de entrar, necesitaba que supieras que esto no es una decisión impulsiva o basada en la lástima. Este mes conviviendo contigo me ha mostrado lo extraordinario que eres, Manuel. Tu inteligencia, tu resiliencia, tu empatía a pesar de todo lo que has pasado. Sería un honor para mí ser tu familia. Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargadas de significado.

Para Manuel, que había pasado toda su vida siendo transferido de un hogar a otro, siendo siempre el caso difícil, el chico problemático, la idea de que alguien realmente lo quisiera como parte permanente de su vida era casi incomprensible. ¿Por qué yo?, logró preguntar finalmente su voz apenas un susurro. De todos los niños que has conocido en tu trabajo.

 Mercedes extendió una mano y tomó la suya con delicadeza. No hay un solo por qué, Emanuel. Son miles de pequeños momentos. La forma en que proteges a los más vulnerables, como hiciste con Tomás y Lucía, tu capacidad para mantener la calma en situaciones terribles, tu honestidad, incluso cuando sería más fácil mentir, pero sobre todo es algo que no puedo explicar racionalmente, algo que simplemente siento que eres el hijo que siempre quise tener.

 Manuel sintió que algo se quebraba dentro de él, una pared defensiva que había construido a lo largo de años de decepciones y abandonos. Las lágrimas comenzaron a fluir libremente, sin vergüenza ni contención. Sí, dijo entre soyosos, “Sí, quiero que me adoptes.” Mercedes lo abrazó con fuerza. sus propios ojos humedecidos. Se quedaron así durante un largo momento hasta que Manuel finalmente se apartó secándose las lágrimas con el dorso de la mano.