La Macabra Historia de Doña Elvira — Crio a sus hijos para realizar la boda que nunca tuvo

La pequeña ciudad de San Miguel de Allende, con sus calles empedradas y sus casas coloniales pintadas en tono Socre y terracota, siempre había sido un lugar de contrastes. Para los turistas representaba un oasis de cultura y belleza arquitectónica. Para los locales era un lugar de leyendas susurradas y secretos transmitidos por generaciones.
En la calle Aldama, una de las más antiguas y estrechas del centro histórico, se alzaba la casona de los Martínez, una estructura imponente de dos pisos con balcones de hierro forjado y ventanales altos que parecían observar a los transeútes con desden aristocrático. Allí vivía doña Elvira Martínez, una mujer de 75 años cuya presencia inspiraba tanto respeto como temor entre los habitantes del pueblo.
Su cabello, completamente blanco, siempre recogido en un moño perfecto, y su postura erguida, a pesar de los años, le conferían un aire de dignidad inquebrantable. vestía invariablemente de negro, como si llevara un luto eterno por alguna tragedia personal que pocos conocían en su totalidad. Roberto Guzmán, un periodista de Ciudad de México que había llegado a San Miguel para documentar las tradiciones locales para una revista cultural, no podía imaginar que su encuentro casual con doña Elvira cambiaría para siempre su percepción sobre la oscuridad que puede
habitar en el corazón humano. Era una tarde de octubre cuando Roberto, siguiendo una recomendación de su casera, decidió visitar el pequeño café que se encontraba frente a la cazona de los Martínez. El cielo amenazaba tormenta y las nubes grises se arremolinaban sobre los campanarios de la parroquia, creando una atmósfera de pesadumbre.
Esa casa, la de los balcones negros, tiene más historia que todo el pueblo junto”, le comentó la dueña del café, una mujer de unos 50 años llamada Carmen, mientras le servía un café de olla humeante. “Doña Elvira viene aquí cada tarde a las 5 en punto, no falla nunca, como si su vida dependiera de esa rutina.” Roberto miró su reloj.
Faltaban apenas 10 minutos para las 5. ¿Y qué hay de especial en doña Elvira? Preguntó más por cortesía que por verdadero interés. Carmen miró a ambos lados como asegurándose de que nadie más pudiera escuchar y bajó la voz hasta convertirla en un susurro. Dicen que crió a sus hijos Alejandro y María solo para que protagonizaran la boda que ella nunca pudo tener.
Dijo con una mezcla de temor y fascinación. Su prometido, don Francisco Álvarez, hijo de una de las familias más ricas de Guanajuato, murió la noche antes de su boda. “Un accidente”, decían, pero doña Elvira nunca lo superó. “¿Y qué tiene que ver eso con sus hijos?”, inquirió Roberto, ahora genuinamente intrigado. Carmen estaba a punto de responder cuando la puerta del café se abrió.
Un silencio sepulcral invadió el lugar. Doña Elvira entró con paso firme, su bastón de ébano golpeando rítmicamente el suelo de terracota. Sin mirar a nadie en particular, se dirigió a su mesa habitual junto a la ventana que daba directamente a su casa. Su mesa está lista, doña Elvira”, dijo Carmen, apresurándose a atenderla con una deferencia que rayaba en el miedo.
La anciana asintió levemente, como si aquel ritual diario fuera un derecho divino, y sus ojos, de un azul tan claro que parecían casi translúcidos, se posaron brevemente en Roberto. Fue solo un instante, pero el periodista sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Había algo en aquella mirada que traspasaba las barreras físicas, algo que parecía leer los pensamientos más íntimos.
Carmen regresó con una taza de té de jazmín y un pequeño plato con pastas caseras. Como siempre, doña Elvira, dijo y se retiró rápidamente. Roberto intentó concentrarse en sus notas, pero era imposible ignorar la presencia de la anciana. Tras unos minutos que se le hicieron eternos, tomó una decisión impulsiva. Se levantó y con una seguridad que estaba lejos de sentir, se acercó a la mesa de doña Elvira. Disculpe la intromisión, señora.
Soy Roberto Guzmán, periodista de Ciudad de México. Estoy haciendo un reportaje sobre las familias tradicionales de San Miguel y Siéntese joven interrumpió doña Elvira con una voz sorprendentemente firme. Llevo observándolo desde que entré. Su curiosidad es tan evidente como mal disimulada. Roberto, desconcertado, tomó asiento frente a ella.
Le agradezco yo no me agradezca todavía. Lo cortó nuevamente. No sabe si lo que va a escuchar le resultará agradable. Un relámpago iluminó el cielo, seguido por el estruendo de un trueno que hizo vibrar los cristales del café. La lluvia comenzó a caer con furia, golpeando los adoquines de la calle y creando cortinas de agua que aislaban aún más aquel encuentro del mundo exterior.
“Mi historia no es para almas sensibles, señor Guzmán”, continuó doña Elvira. “Pero quizás sea el momento de que alguien la documente antes de que me reúna con mis amados.” Roberto sacósu grabadora y tras pedir permiso con un gesto la colocó sobre la mesa. La escuchó, doña Elvira. La anciana tomó un sorbo de su té, dejó la taza con delicadeza sobre el platillo de porcelana y comenzó a hablar.
En 1965 yo era la mujer más envidiada de San Miguel. Pertenecía a una familia respetable. Tenía juventud, belleza y estaba comprometida con Francisco Álvarez, heredero de una fortuna construida con la plata de las minas de Guanajuato. Nuestro matrimonio iba a ser el evento social del año. Mi vestido, traído especialmente de España, costó más que la casa de muchas familias del pueblo.
Sus ojos se perdieron en algún punto más allá de la ventana, como si pudiera ver en la lluvia torrencial las imágenes de su pasado. La noche antes de la boda, Francisco vino a verme en secreto. Era una tradición que no debíamos vernos, pero él insistió. dijo que tenía algo importante que confesarme. Su voz se quebró ligeramente.
Me dijo que amaba a otra, una muchacha de clase baja, una sirvienta de su hacienda, pero que su deber era casarse conmigo, mantener el honor de las familias, la posición social. Me lo dijo mirándome a los ojos sin un atisbo de vergüenza. Otro relámpago iluminó la estancia, proyectando sombras alargadas sobre el rostro de doña Elvira, acentuando los surcos profundos que la edad y el sufrimiento habían tallado en su piel.
Esa noche lloré hasta que no me quedaron lágrimas. Al amanecer, cuando vino mi madre a despertarme para comenzar los preparativos de la boda, llegó también la noticia. Francisco había muerto. Su coche se había salido de la carretera en el camino de regreso a su hacienda. Un accidente trágico dijeron todos.
Lo siento mucho, murmuró Roberto sin saber qué más decir. Doña Elvira lo miró con una intensidad que lo hizo sentir incómodo. No lo sienta, no fue un accidente. El corazón de Roberto dio un vuelco. ¿Acaso aquella anciana estaba confesando un asesinato? Los frenos de su auto fallaron porque yo pagué para que fallaran,”, continuó doña Elvira con una calma que resultaba escalofriante.
Si no podía tenerlo, nadie lo tendría, especialmente no aquella muchacha insignificante. Roberto sintió que le faltaba el aire. La confesión de doña Elvira, hecha con tanta naturalidad como si estuviera comentando el clima, lo dejó paralizado. “Pero la historia no termina ahí, señor Guzmán”, prosiguió la anciana.
“El dolor y la culpa me consumieron durante años. No podía dormir, las pesadillas me atormentaban. En ellas Francisco me recriminaba, me maldecía. Hasta que una noche, despierta en mi cama, sentí su presencia en la habitación. El periodista tragó saliva, incapaz de articular palabra. No era un fantasma, señor Guzmán, era algo más profundo, una revelación.
Francisco me había mostrado el camino. Nuestra boda debía celebrarse a pesar de su ausencia física y para eso necesitaba hijos. Un hijo que se pareciera a él, una hija que fuera como yo a su edad. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales, creando un telón de fondo perfecto para aquella historia macabra.
Me casé con el primer hombre que me propuso matrimonio después de mi luto, Héctor Martínez. un buen hombre, pero débil de carácter, exactamente lo que necesitaba. Alguien que no interfiriera en mis planes. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios arrugados. Tuvimos dos hijos, Alejandro y María. Desde el momento de su nacimiento supe que estaban destinados a algo grande.
Roberto comenzaba a entender la dirección que tomaba la historia y un sudor frío le recorrió la espalda. Los cría para ser perfectos, para ser como Francisco y yo debimos haber sido. Alejandro aprendió a montar a caballo como él, a fumar los mismos cigarrillos, a utilizar la misma colonia francesa.
María aprendió a caminar, a hablar, a vestirse como yo lo hacía a su edad. Les conté infinitas historias sobre su tío Francisco hasta que sintieron que lo conocían, hasta que lo amaron como yo lo amaba. Doña Elvira está diciendo que intentó intervenir Roberto, pero la anciana levantó una mano para silenciarlo.
Cuando Alejandro cumplió 20 años y María 18, la misma edad que teníamos Francisco y yo, cuando nos comprometimos, anuncié su compromiso matrimonial. Nadie en el pueblo se atrevió a cuestionar lo que era evidentemente un matrimonio entre hermanos. El miedo y el respeto a la familia Martínez prevalecían sobre cualquier moral.
Roberto estaba horrorizado, pero no podía dejar de escuchar. Era como si la voz de doña Elvira lo hubiera hipnotizado, arrastrándolo a las profundidades de su locura. La boda fue exactamente como debió haber sido la mía con Francisco, el mismo vestido, las mismas flores, la misma iglesia. Finalmente, mi sueño se había cumplido a través de mis hijos.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla arrugada de doña Elvira, pero la felicidad no duró. Alejandro y María nunca se adaptaron a su vida como maridoy mujer. María comenzó a tener pesadillas. decía ver el fantasma de un hombre que la acusaba. Alejandro empezó a beber, a maltratarla. Todo se desmoronaba.
Un silencio pesado se instaló entre ellos, roto solo por el sonido de la lluvia y los ocasionales truenos. ¿Qué pasó con ellos?, se atrevió a preguntar Roberto finalmente. Doña Elvira levantó la mirada y por primera vez el periodista vio algo que parecía remordimiento en aquellos ojos glaciales. “Viven conmigo en la casona”, respondió, “O lo que queda de ellos.
” Roberto sintió que la temperatura del café parecía descender varios grados. La lluvia, que durante unos minutos había amainado, volvió a arreciar con violencia, como si el cielo mismo quisiera acompañar la narración de doña Elvira con su propia sinfonía macabra. ¿Qué quiere decir con lo que queda de ellos?, preguntó Roberto, aunque una parte de él temía la respuesta.
Doña Elvira dirigió su mirada hacia la ventana, hacia su casona, al otro lado de la calle. Las luces del segundo piso estaban encendidas. proyectando sombras inquietantes tras las cortinas de encaje. Hace 15 años, la noche del aniversario de su boda, encontré a María en el balcón principal, empapada por la lluvia mirando hacia el vacío.
Continuó la anciana. Me dijo que no podía seguir viviendo aquella mentira, que los ojos de Francisco la perseguían en sueños, que sentía su presencia cada vez que Alejandro la tocaba. me confesó que estaba embarazada y que no soportaba la idea de traer al mundo a un hijo fruto de aquella unión contra natura.
Roberto contuvo la respiración. La historia se volvía cada vez más perturbadora. Le dije que se calmara, que entrara a la casa para no enfermarse, pero ella me miró con un odio que jamás había visto en sus ojos. Doña Elvira hizo una pausa y sus manos arrugadas temblaron ligeramente. Me dijo que yo era un monstruo que había destruido sus vidas por un capricho enfermizo.
Y entonces, entonces se lanzó al vacío. Un trueno especialmente violento hizo vibrar los cristales del café como subrayando la tragedia narrada. Roberto sintió náuseas. Alejandro escuchó el grito y salió corriendo. Prosiguió doña Elvira, su voz ahora apenas un susurro. Cuando vio el cuerpo de María sobre los adoquines, rodeada de un charco de sangre que la lluvia diluía lentamente, enloqueció. Se abalanzó sobre mí.
intentó estrangularme. Gritaba que yo había asesinado a Francisco y ahora también a su hermana, que yo era el verdadero demonio. La anciana se llevó inconscientemente una mano al cuello, como si aún pudiera sentir los dedos de su hijo, oprimiéndole la garganta. Lo golpeé con mi bastón en la cabeza.
No pretendía matarlo, solo defenderme, pero cayó al suelo y no volvió a levantarse. Sus ojos, ahora húmedos, se clavaron en los de Roberto. En una sola noche perdí a mis dos hijos, o eso creí. Un escalofrío recorrió la espalda de Roberto. La forma en que doña Elvira había pronunciado aquellas últimas palabras sugería algo más, algo que el periodista no estaba seguro de querer descubrir.
Alejandro no murió, continuó. Ella quedó en estado vegetativo. Los médicos dijeron que nunca recuperaría la consciencia. Contraté enfermeros, los mejores que el dinero podía pagar para que lo cuidaran en casa. Y cada noche, desde hace 15 años le leo cuentos a la cabecera de su cama. Le hablo de Francisco, de la hermosa boda que nunca pudimos celebrar.
Roberto sintió un nudo en la garganta. La historia de doña Elvira oscilaba entre lo trágico y lo terrorífico y no sabía cómo reaccionar. En cuanto a María, la anciana hizo una pausa y una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios. María nunca nos abandonó realmente. Un relámpago iluminó el rostro de doña Elvira, transformándolo por un instante en una máscara grotesca.
La recogí del pavimento, señor Guzmán. La llevé adentro. Llamé a un médico de confianza, un viejo amigo de la familia que me debía algunos favores. Me ayudó a embalsamarla. Su voz era ahora fría, distante. Está sentada en el salón principal con su vestido de novia. La peino cada mañana.
Le cambio de vestido según la temporada. Es mi muñeca, mi hermosa muñeca. Roberto sintió que le faltaba el aire. No podía creer lo que estaba escuchando. Aquella mujer sentada frente a él con la compostura de una dama de sociedad hablaba de cadáveres embalsamados y vidas destruidas, como quien comenta una receta de cocina. “Doña Elvira, lo que me está contando”, comenzó a decir, pero las palabras se le atragantaron.
“¿Le parece una locura, señor Guzmán?”, preguntó ella con una calma escalofriante. No sería el primero en pensarlo, pero le aseguro que todo lo que le he dicho es cierto y aún no he terminado mi historia. Carmen se acercó en ese momento para rellenar la taza de té de doña Elvira. Su rostro mostraba una mezcla de curiosidad y temor.
¿Todo bien, doña Elvira?, preguntó mirando dereojo a Roberto. Perfectamente, Carmen, respondió la anciana. El señor Guzmán y yo estamos teniendo una conversación fascinante sobre tradiciones familiares. La dueña del café asintió y se retiró rápidamente, como si temiera quedar atrapada en la órbita de aquella mujer.
“Como le decía,” continuó doña Elvira una vez que Carmen se alejó. María estaba embarazada cuando murió. El doctor logró salvar al bebé mediante una cesárea de emergencia. Una niña. La llamé Elvira como yo. Roberto palideció. La historia daba un giro aún más macabro. La pequeña Elvira creció en nuestra casa bajo mi cuidado exclusivo.
Le enseñé todo lo que sabía. Le conté sobre su madre, sobre Francisco, sobre el destino glorioso para el que había nacido. La anciana tomó un sorbo de té con una tranquilidad que contrastaba con el horror de su relato. Y cuando cumplió 18 años el año pasado, supe que era el momento de continuar con nuestro legado.
¿A qué se refiere?, preguntó Roberto, aunque una parte de él ya anticipaba la respuesta. Busqué a un joven que se pareciera a Francisco. Lo encontré en un pueblo cercano, un muchacho de buena familia llamado Daniel. Lo invité a venir a San Miguel. Le ofrecí pagar sus estudios universitarios a cambio de que visitara ocasionalmente a mi nieta.
Una sonrisa inquietante se dibujó en su rostro. Los jóvenes son tan predecibles. Se enamoraron o eso creen ellos. La lluvia había cesado, dejando un silencio opresivo que hacía aún más perturbadoras las palabras de doña Elvira. Este sábado se casarán, señor Guzmán. Elvira llevará el vestido de su madre, que es el mismo que yo debía haber usado hace más de 50 años.
Sus ojos brillaron con una emoción enfermiza. Y esta vez la ceremonia será perfecta. No habrá tragedias, no habrá confesiones de última hora, no habrá accidentes. Roberto intentó mantener la compostura, pero el horror que sentía era casi físico, como una mano helada apretándole el corazón. Y el joven Daniel, ¿sabe él la historia de su familia? Logró preguntar.
Daniel sabe lo que necesita saber. Respondió doña Elvira con firmeza, que Elvira es mi nieta. que sus padres murieron en un accidente, que yo la he criado con amor nada más. El periodista miró por la ventana hacia la casona. Las luces del segundo piso parecían parpadear como si alguien se moviera tras las cortinas. ¿Y por qué me cuenta todo esto a mí? Preguntó finalmente.
¿Por qué ahora? Doña Elvira lo miró con intensidad y por un instante Roberto creyó ver en sus ojos un destello de locura pura. Porque alguien debe documentar nuestra historia familiar, señor Guzmán, porque usted tiene el don de la palabra y yo estoy cansada de guardar secretos. hizo una pausa y añadió con voz queda, “Y porque el doctor dice que no me queda mucho tiempo, mi corazón está fallando.
” Roberto asintió lentamente, intentando procesar todo lo que había escuchado. Una parte de él quería levantarse y salir corriendo de aquel café. Otra parte, la del periodista, sabía que estaba ante la historia de su vida. “Hay algo más”, continuó doña Elvira. Me gustaría que viniera a la boda como mi invitado personal.
El ofrecimiento cayó sobre Roberto como un balde de agua fría. No sé si, insisto, lo interrumpió ella, y sus palabras, aunque pronunciadas con suavidad, tenían el peso de una orden. Quiero que sea testigo del momento en que el círculo se cierre, en que mi sueño finalmente se cumpla. Roberto dudó. Aceptar aquella invitación significaba adentrarse aún más en el mundo retorcido de doña Elvira, pero rechazarla podría cerrarle las puertas a conocer el desenlace de aquella historia macabra.
Será un honor, doña Elvira, respondió finalmente, sorprendiéndose a sí mismo por su decisión. La anciana sonrió satisfecha y miró su reloj de pulsera. Es tarde, debo volver a casa. Elvira estará preocupada. Se levantó con sorprendente agilidad para su edad. Lo esperamos el sábado a las 5 de la tarde, señor Guzmán. La ceremonia se realizará en la capilla privada de nuestra casa.
Roberto se puso de pie por cortesía. Allí estaré. Doña Elvira lo miró una última vez antes de dirigirse hacia la puerta. Una cosa más, señor Guzmán”, dijo deteniéndose. “Lo que le he contado hoy queda entre nosotros hasta después de la boda. Si veo una sola línea publicada antes, si escucho un solo rumor en el pueblo, sabrá por qué me temen” en San Miguel.
Y sin esperar respuesta, salió del café, su figura oscura recortándose contra la luz mortesina del atardecer. Carmen se acercó a la mesa de Roberto tan pronto como doña Elvira desapareció de la vista. ¿Qué le dijo?, preguntó con una mezcla de curiosidad y miedo. Nunca la había visto hablar tanto con un forastero.
Roberto, aún aturdido por todo lo que había escuchado, tardó unos segundos en responder. Me contó su historia familiar, dijo finalmente, y me invitó a una boda. Carmen se persignórápidamente. Una boda. Dios mío, no me diga que su nieta Elvira se casa este sábado. Completó Roberto. El rostro de Carmen palideció. No hay ninguna nieta.
Señor Guzmán, dijo en un susurro apenas audible. La hija de doña Elvira María murió sin tener hijos. Todo el pueblo lo sabe. Roberto sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. Si no había ni quién era la joven que vivía con doña Elvira y con quién se casaría el sábado. Necesito saber más sobre doña Elvira y su familia, dijo, recuperando su instinto periodístico.
¿Hay alguien en el pueblo que pueda contarme la verdadera historia? Carmen miró nerviosamente hacia la puerta, como si temiera que doña Elvira pudiera regresar en cualquier momento. El padre Tomás, el antiguo párroco de la parroquia, conoce todos los secretos de las familias de San Miguel. Respondió finalmente, está retirado.
Vive en una pequeña casa junto al cementerio. Pero le advierto, señor Guzmán, que meterse en los asuntos de los Martínez nunca ha traído nada bueno a nadie. Roberto asintió agradeciendo la información, pagó su cuenta, recogió su grabadora y salió del café. El aire fresco de la tarde, purificado por la reciente lluvia, le despejó un poco la mente.
Miró hacia la cazona de los Martínes, imponente y sombría bajo el cielo crepuscular. Una silueta femenina se perfiló brevemente tras una de las ventanas del segundo piso, demasiado joven para ser doña Elvira. ¿Sería la misteriosa Elvira o era otra cosa, algo más siniestro, un producto de la imaginación de una anciana perturbada por la culpa y el dolor? Con un escalofrío, Roberto se apresuró hacia su hotel.
Necesitaba escuchar la grabación de su conversación con doña Elvira, organizar sus notas y, sobre todo, prepararse mentalmente para visitar al padre Tomás al día siguiente. Algo le decía que la historia que había escuchado en el café era solo la punta de un iceberg de horror y locura que se hundía profundamente en las tinieblas del pasado de San Miguel de Allende.
La mañana del viernes amaneció con una neblina espesa que envolvía San Miguel de Allende como un sudario fantasmal. Roberto había dormido mal, acosado por pesadillas en las que veía a una joven con vestido de novia arrojándose desde un balcón mientras una figura oscura reía entre las sombras. se despertó empapado en sudor, con la certeza de que debía conocer la verdad completa sobre doña Elvira antes de asistir a la supuesta boda.
Tras un desayuno apresurado en el comedor del hotel, Roberto se dirigió al cementerio municipal siguiendo las indicaciones que le había dado Carmen. La pequeña casa del padre Tomás se encontraba justo a la entrada. Un edificio modesto de una sola planta con paredes encaladas y un jardín bien cuidado.
El anciano sacerdote lo recibió con amabilidad. A sus 85 años, el padre Tomás conservaba una mente lúcida y una memoria prodigiosa. Sus ojos, aunque nublados por cataratas incipientes, reflejaban sabiduría y una profunda compasión. “Carmen me llamó anoche para avisarme que vendría”, dijo el sacerdote invitándolo a sentarse en una sala austera, pero acogedora.
Dice que está interesado en la familia Martínez. Así es, padre. confirmó Roberto. Estoy escribiendo un artículo sobre las familias tradicionales de San Miguel y ayer tuve una conversación perturbadora con doña Elvira. El padre Tomás suspiró profundamente. Elvira Martínez. Hace años que no la veo en misa, pero rezo por ella todos los días, hizo la señal de la cruz.
¿Qué le contó? Roberto dudó un momento, pero decidió ser completamente sincero. Me habló de Francisco Álvarez, su prometido, que murió la noche antes de su boda. Me confesó que ella había ordenado sabotear los frenos de su coche. El periodista hizo una pausa observando la reacción del sacerdote. También me contó sobre sus hijos Alejandro y María, y cómo los crió para que se casaran entre ellos, como una especie de reemplazo de la boda que ella nunca tuvo con Francisco.
El padre Tomás no pareció sorprendido, lo que inquietó aún más a Roberto. Continúe, pidió el sacerdote. Me habló del suicidio de María, de cómo Alejandro intentó matarla y quedó en estado vegetativo tras golpearlo con su bastón. La voz de Roberto se quebró ligeramente. Me dijo que embalsamó el cuerpo de María y que lo mantiene en su casa vestido de novia.
Y me habló de una supuesta nieta, otra Elvira, hija de María, que se casará mañana. El sacerdote cerró los ojos como si aquellas palabras le causaran un dolor físico. “La primera parte de su historia es cierta”, dijo finalmente. Francisco Álvarez murió la noche antes de su boda con Elvira, pero no fue un accidente como se rumoreó en el pueblo.
Fue un suicidio. Roberto se inclinó hacia adelante, sorprendido por esta revelación. un suicidio. Pero doña Elvira dijo, “Elvira nunca aceptó la verdad.” Lo interrumpió el padre Tomás. Francisco vino a verme esa noche. Estabadesesperado. Me confesó que amaba a otra mujer, una joven sirvienta de su hacienda llamada Concepción.
La había dejado embarazada y quería romper su compromiso con Elvira para casarse con ella. “¿Y qué le aconsejó usted, padre?”, preguntó Roberto. Le dije que debía ser honesto, que un matrimonio basado en la mentira solo traería sufrimiento. El sacerdote suspiró. Francisco fue a ver a Elvira esa misma noche.
No sé qué pasó exactamente entre ellos, pero horas después encontraron su cuerpo en el fondo del barranco de los Pikachos. había dejado una carta confesando su amor por Concepción y pidiendo perdón a Elvira. Roberto sintió un escalofrío. La versión de doña Elvira era completamente diferente. ¿Y qué pasó con Concepción y su hijo? Desaparecieron, respondió el padre Tomás con tristeza.
Algunos dicen que volvió a su pueblo natal, otros que Elvira pagó para que se la llevaran lejos. Nunca se supo con certeza. El periodista asintió procesando la información. Y sobre Alejandro y María, ¿es cierto que doña Elvira los crió para que se casaran entre sí? El padre Tomás se levantó con dificultad y se acercó a una pequeña estantería.
tomó un álbum de fotografías antiguo y regresó a su asiento. Elvira se casó con Héctor Martínez un año después de la muerte de Francisco. Tuvieron dos hijos, Alejandro y María. Abrió el álbum y mostró a Roberto una fotografía de una familia. Un hombre de aspecto débil, una Elvira más joven, pero ya con una expresión severa y dos niños pequeños.
Desde que eran niños, Elvira los vistió y los educó Alejandro siempre llevaba el mismo tipo de ropa que Francisco. Usaba el mismo corte de pelo. A María la vestía como ella misma en su juventud. Roberto estudió la fotografía con atención. Los niños parecían incómodos, con sonrisas forzadas que no llegaban a sus ojos. Y realmente los casó.
Carmen me dijo que todo el pueblo lo sabía, pero nadie se atrevió a intervenir. El padre Tomás pasó algunas páginas del álbum hasta llegar a una fotografía que mostraba a dos jóvenes vestidos de novios de pie en el pórtico de la casona de los Martínez. No había alegría en sus rostros, solo una resignación sombría.
Yo me negué a oficiar la ceremonia”, dijo el sacerdote. “Ningún sacerdote en San Miguel lo hubiera hecho, pero Elvira contrató a alguien, un falso clérigo, para realizar una ceremonia que no tenía validez legal ni religiosa. Sin embargo, desde ese día obligó a Alejandro y María a vivir como marido y mujer, y nadie intervino, las autoridades.
San Miguel era diferente. Entonces, señor Guzmán, la familia Martínez tenía poder, influencias y Elvira, Elvira inspiraba un temor que iba más allá de lo racional. El padre Tomás se persignó nuevamente. Algunos en el pueblo decían que había hecho un pacto con el después de la muerte de Francisco, que practicaba brujería en los sótanos de su casa.
Roberto intentó mantener su escepticismo profesional, pero después de escuchar la historia de doña Elvira y ahora la del padre Tomás, sentía que estaba adentrándose en un territorio donde la realidad y la superstición se entremezclaban de manera inquietante. Y es cierto que María se suicidó y que Alejandro quedó en estado vegetativo tras un intento de matar a doña Elvira.
El sacerdote asintió gravemente. Fue hace 15 años. María estaba embarazada, aunque nunca se supo si el padre era Alejandro o tal vez otro hombre, alguien con quien ella buscaba escapar de su pesadilla. Pasó a otra página del álbum donde se veía un recorte de periódico con el titular Tragedia en la familia Martínez.
se arrojó desde el balcón principal durante una tormenta. Alejandro enloqueció de dolor y atacó a Elvira. Ella se defendió con su bastón y lo golpeó en la cabeza. No murió, pero quedó postrado en una cama sin consciencia. Y el embarazo de María. Doña Elvira me dijo que lograron salvar al bebé, una niña a la que llamó Elvira como ella.
El padre Tomás cerró el álbum y miró a Roberto con una expresión de profunda preocupación. María murió instantáneamente. No hubo ningún bebé, señor Guzmán. No existe ninguna nieta. Un silencio pesado se instaló en la habitación. Roberto sentía que su cabeza iba a estallar con toda la información contradictoria. Pero entonces, ¿quién es la joven que vive con doña Elvira? Vi una silueta en la ventana del segundo piso ayer después de hablar con ella, el padre Tomás se inclinó hacia delante bajando la voz como si temiera ser escuchado. Nadie ha
visto a esa supuesta nieta en el pueblo, señor Guzmán. Doña Elvira contrata a todo el personal de servicio de fuera de San Miguel, gente que no hace preguntas, que solo va a la casa por horas y se marcha. hizo una pausa dramática. Pero hay rumores, rumores oscuros. ¿Qué tipo de rumores? Preguntó Roberto sintiendo que se acercaba al núcleo del misterio.
Hace unos 10 años comenzaron adesaparecer jovencitas en los pueblos cercanos, chicas de entre 15 y 18 años, todas de cabello negro y tez clara, como era María en su juventud. El sacerdote se persignó. La policía investigó, pero nunca encontraron nada concluyente. Las desapariciones cesaron hace unos 5 años.
Roberto sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. ¿Está sugiriendo que doña Elvira podría haber secuestrado a esas chicas? No estoy sugiriendo nada, hijo, respondió el padre Tomás. Solo te cuento lo que sé. Pero hay algo más que debería saber, algo que nadie en el pueblo menciona.
Roberto esperó conteniendo la respiración. Cuando María se suicidó, yo fui uno de los primeros en llegar a la casona. Vi el cuerpo antes de que lo retiraran. El sacerdote hizo una pausa como si le costara continuar. Tres días después oficiamos un funeral. Un funeral con ataúd cerrado. Elvira no dejó que nadie viera el cuerpo.
Dijo que estaba demasiado desfigurado por la caída. ¿Cree que doña Elvira realmente embalsamó el cuerpo de su hija y lo mantiene en su casa? Preguntó Roberto sintiendo náuseas ante la idea. No lo sé, hijo, pero te diré algo que nunca le he contado a nadie. El padre Tomás miró a su alrededor como asegurándose de que estaban solos.
La noche después del funeral, mientras rezaba en el cementerio, vi a Elvira. Estaba desenterrando el ataúd. Roberto se quedó sin palabras. La historia adquiría dimensiones cada vez más macabras. Y sobre esta boda que supuestamente se celebrará mañana, comenzó a decir, “No deberías ir, señor Guzmán.
” Lo interrumpió el padre Tomás con urgencia. Sea lo que sea que Elvira está planeando, no puede ser nada bueno. Pero si realmente hay una joven allí, si ha secuestrado a alguien y planea algún tipo de ritual enfermizo, ¿no debería intervenir? Llamar a la policía. El sacerdote negó con la cabeza. La policía local nunca se ha atrevido a investigar a los Martínez y sin pruebas concretas no harán nada.
Roberto se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver parte del cementerio y más allá las torres de la parroquia emergiendo entre la neblina que comenzaba a disiparse. “Necesito ver dentro de esa casa”, dijo finalmente. “Necesito saber qué está pasando realmente. Es peligroso”, advirtió el padre Tomás.
“Elvira no es solo una anciana perturbada. Es, ¿qué, padre?, insistió Roberto volviéndose hacia él. El sacerdote lo miró con intensidad. Hay oscuridad en ella, hijo. Una oscuridad que trasciende lo humano. Hizo la señal de la cruz. Te lo digo como hombre de Dios, esa casa alberga un mal antiguo. Roberto, a pesar de su racionalidad periodística, no pudo evitar sentir un escalofrío ante las palabras del sacerdote.
Sin embargo, su decisión estaba tomada. Iré a la boda mañana, padre, pero antes necesito informarme más sobre doña Elvira y su familia, sacó su libreta. ¿Hay algún archivo municipal donde pueda consultar? documentos antiguos, partidas de nacimiento, certificados de defunción. “La biblioteca municipal guarda los archivos históricos de San Miguel”, respondió el padre Tomás.
“Pero te advierto que algunos documentos relacionados con los Martínez podrían haber desaparecido misteriosamente a lo largo de los años.” Roberto asintió agradeciendo la información. Se despidió del sacerdote y salió de la casa con la determinación de llegar al fondo de aquel misterio, sin importar lo oscuro que pudiera ser.
La biblioteca municipal era un edificio colonial restaurado con esmero ubicado en una calle lateral de la plaza principal. Roberto pasó el resto del día sumergido en viejos documentos, periódicos amarillentos y registros parroquiales. Lo que descubrió confirmó en gran medida la versión del padre Tomás, pero también añadió nuevas capas de misterio a la historia de los Martínez.
Encontró el acta de defunción de Francisco Álvarez, donde efectivamente se consignaba suicidio como causa de la muerte. descubrió que Héctor Martínez, el esposo de doña Elvira, había muerto en circunstancias sospechosas apenas tres años después del nacimiento de María, supuestamente por una intoxicación alimentaria. Y lo más perturbador, en los últimos 15 años, coincidiendo con la muerte de María, habían desaparecido siete jóvenes en la región, todas con características físicas similares.
Cuando la bibliotecaria le avisó que iban a cerrar, Roberto recogió sus notas y salió al atardecer de San Miguel. El cielo se teñía de tonos anaranjados y púrpuras, creando un contraste dramático con las fachadas ocres de los edificios coloniales. Sin pensar conscientemente en ello, sus pasos lo llevaron de vuelta a la calle Aldama, frente a la casona de los Martínez.
Se detuvo en la acera opuesta pretendiendo tomar fotografías de la arquitectura del lugar. La casa parecía más viva que el día anterior. Todas las ventanas del segundo piso estaban iluminadas y se podían versiluetas moviéndose tras las cortinas. Preparativos para la boda, sin duda. Pero, ¿quién se casaría realmente mañana? ¿Habría realmente una joven llamada Elvira? ¿O se trataría de algún tipo de ritual macabro protagonizado por el cadáver embalsamado de María? Mientras observaba la casa, la puerta principal se abrió. Roberto rápidamente
fingió estar interesado en fotografiar otro edificio, pero por el rabillo del ojo vio salir a doña Elvira, acompañada por un joven de unos 20 años, alto y apuesto, con un porte distinguido que recordaba a las fotografías antiguas de Francisco Álvarez que Roberto había visto en la biblioteca.
Debía ser Daniel el supuesto novio. Sabría aquel joven en qué se estaba metiendo. Era un cómplice voluntario o una víctima más delirio de doña Elvira. Doña Elvira y el joven subieron a un coche negro con chóer que los esperaba y se alejaron. Roberto, movido por un impulso, decidió aprovechar la ausencia de la anciana para intentar ver más de cerca la casona.
se acercó con aparente despreocupación como un turista más admirando la arquitectura colonial. Al pasar frente a la casa, notó que una de las ventanas de la planta baja estaba entreabierta. Se detuvo mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba. La calle estaba momentáneamente desierta. Sin pensarlo dos veces, se acercó a la ventana y miró al interior.
Lo que vio lo dejó helado. El salón principal de la casona estaba decorado como para una boda con flores blancas y cintas de seda por todas partes y sentada en un sillón de terciopelo rojo, como presidiendo la escena, había una figura femenina vestida de novia. Su postura era demasiado rígida, su inmovilidad antinatural.
A pesar de la penumbra del interior, Roberto pudo distinguir que el rostro de la figura tenía una palidez cerosa como la de un maniquí o un cadáver. El sonido de pasos acercándose desde el interior de la casa lo hizo retroceder apresuradamente. Continuó caminando por la calle como si nada hubiera pasado, pero su corazón latía desbocado.
Lo que había visto confirmaba la historia más aterradora de doña Elvira. María, o lo que quedaba de ella, seguía presente en la casona como una macabra espectadora de la boda que se celebraría al día siguiente. Roberto regresó a su hotel con la mente en ebullición. Debía llamar a la policía. ¿Con qué pruebas? Que había visto una figura que podría ser un cadáver embalsamado o simplemente un maniquí de boda. Necesitaba más.
Necesitaba estar seguro antes de actuar. Esa noche, mientras revisaba sus notas en la habitación del hotel, alguien llamó suavemente a su puerta. Al abrir se encontró con Carmen, la dueña del café. “Señor Guzmán, perdone la intromisión”, dijo en voz baja, “Pero hay algo que debe saber antes de mañana”. Roberto la invitó a entrar intrigado por su visita inesperada.
He visto a la nieta”, dijo Carmen sin preámbulos una vez que la puerta se cerró tras ella, “¿A quién doña Elvira llama su nieta?” “¿Cuándo?”, preguntó Roberto sorprendido. “Esta tarde vino al café con doña Elvira y un joven que supongo que es el novio.” Carmen se retorció las manos nerviosamente. Nunca había entrado al pueblo.
Siempre ha estado encerrada en la casona. Pero lo más extraño es se parece muchísimo a María como si fuera su gemela. Roberto sintió un escalofrío. ¿Cómo es posible? El padre Tomás me aseguró que María no tuvo ninguna hija. No lo sé, respondió Carmen. Pero hay algo más, algo que me eló la sangre. Mientras doña Elvira hablaba con el joven, la chica me miró fijamente y movió los labios como si quisiera decirme algo sin que los demás la escucharan.
¿Qué decía?, preguntó Roberto inclinándose hacia ella. Ayúdame, respondió Carmen con la voz quebrada por la emoción. No soy Elvira. El sábado amaneció inusualmente frío para ser octubre en San Miguel de Allende. Una niebla espesa se aferraba a las calles empedradas y a los tejados de las casas coloniales, creando una atmósfera opresiva que parecía presagiar acontecimientos funestos.
Roberto había dormido apenas unas horas, atormentado por las revelaciones de Carmen. Si la joven que vivía con doña Elvira no era su nieta, ¿quién era entonces? ¿Una de las chicas desaparecidas de los pueblos cercanos? ¿Y qué papel jugaba el joven Daniel en todo aquello? ¿Era una víctima o un cómplice en los retorcidos planes de la anciana? Tras una ducha rápida y un desayuno que apenas tocó, Roberto llamó a su editor en Ciudad de México.
Necesitaba que alguien supiera dónde estaba y qué estaba investigando por si las cosas se complicaban. Si no te llamo antes de medianoche, contacta con la policía estatal, no la local”, le indicó y envíales toda la información que te he pasado sobre Los Martínez. Su editor, aunque escéptico sobre las implicaciones más siniestras de la historia, prometió hacerlo. Acto seguido, Roberto llamó aCarmen.
“Necesito que me ayudes a entrar en la casona antes de la ceremonia”, le dijo sin rodeos. Tengo que hablar con esa chica, averiguar quién es realmente. Es muy peligroso, respondió Carmen, su voz temblorosa al otro lado del teléfono. Doña Elvira tiene gente a su servicio, hombres que no dudarían en Por favor, insistió Roberto. Si esa joven realmente ha sido secuestrada, si está pidiendo ayuda, no podemos ignorarlo.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea. Mi sobrino Luis trabaja ocasionalmente para doña Elvira haciendo entregas de comestibles. Dijo finalmente Carmen. Hoy llevará las flores para la ceremonia. Podría decir que eres su ayudante. Roberto sintió una oleada de alivio. Gracias, Carmen. Te debo una.
No me agradezcas todavía, respondió ella, y prométeme que tendrás cuidado. Hay cosas en esa casa que no son naturales. Roberto quiso preguntar a qué se refería exactamente, pero Carmen ya había colgado. A las 2 de la tarde, tal como habían acordado, Roberto se encontró con Luis en la trastienda del café.
El joven de unos 18 años parecía nervioso, pero resuelto. “Mi tía me ha explicado lo básico”, dijo mientras cargaban ramos de flores blancas en una camioneta destartalada. “Le debo muchos favores a Carmen, así que la ayudaré, pero que conste que no me gusta nada esto. Solo necesito unos minutos dentro de la casa”, explicó Roberto.
Para hablar con la chica que doña Elvira llama su nieta. Luis se santiguó rápidamente. Esa mujer no es su nieta. Señor Guzmán, no sé quién es, pero no es quién doña Elvira dice que es. ¿La has visto? Preguntó Roberto interesado. Un par de veces de lejos. Nunca se le permite hablar con nadie del servicio. Luis arrancó la camioneta, pero hay rumores entre el personal.
Dicen que doña Elvira la mantiene drogada la mayor parte del tiempo, que la encontró en un orfanato hace años y la ha criado para que sea idéntica a su hija muerta. Roberto asintió procesando esta nueva información mientras avanzaban por las calles estrechas hacia la casona de los Martínez. ¿Y qué sabes de Daniel el novio? Es un estudiante de Ciudad de México.
Viene de buena familia, pero necesita dinero para sus estudios respondió Luis. Doña Elvira lo conoció en un evento benéfico y le ofreció financiar su carrera a cambio de que saliera con su nieta. Al parecer, el trato incluía casarse con ella eventualmente. ¿Y aceptó así, sin más?, preguntó Roberto indignado. Luis se encogió de hombros.
El dinero mueve montañas, señor Guzmán. Y por lo que he oído, al principio él pensaba que solo sería un compromiso largo, que doña Elvira moriría antes de que tuvieran que casarse realmente. Pero la vieja es más dura que un roble. Hizo una pausa. Ahora dicen que está enamorado de verdad, o eso cree él. Llegaron a la casona.
Luis tocó la campanilla y un mayordomo de aspecto severo les abrió la puerta. Roberto mantuvo la cabeza baja, fingiendo ser un simple asistente mientras seguía a Luis al interior de la casa. El salón principal estaba tal como Roberto lo había vislumbrado el día anterior, decorado para una ceremonia nupsial.
La figura que había visto sentada en el sillón de terciopelo rojo ya no estaba, pero el sillón seguía allí, ahora con un ramo de novia colocado sobre él. Las flores van en la capilla”, indicó el mayordomo. Al fondo del pasillo a la derecha, Luis asintió y ambos se dirigieron hacia allí, cargando los arreglos florales. La capilla privada de los Martínez era una estancia pequeña, pero exquisitamente decorada, con un altar de mármol, bancos de madera tallada para unos 30 invitados y vitrales que filtraban la luz creando patrones multicolores en el suelo.
“Colóquenlas a lo largo del pasillo central y en el altar”, ordenó el mayordomo antes de retirarse. En cuanto quedaron solos, Roberto se volvió hacia Luis. Necesito encontrar a la chica. ¿Sabes dónde podría estar? Probablemente en el segundo piso, en el ala este, respondió Luis en voz baja. Es donde están las habitaciones principales, pero no será fácil llegar hasta allí sin que te vean.
Roberto miró a su alrededor buscando una solución. Su mirada se posó en una pequeña puerta lateral cerca del altar. ¿A dónde lleva esa puerta? a la escalera de servicio. Conecta con todos los pisos, explicó Luis, pero suele estar cerrada con llave. Roberto se acercó y para su sorpresa, la puerta cedió al girar el pomo.
“Parece que hoy es nuestro día de suerte”, dijo, aunque un escalofrío le recorrió la espalda. “¿Era realmente suerte o alguien había dejado la puerta abierta a propósito?” “Voy a subir”, decidió. Si alguien pregunta por mí, diles que fui al baño o que salí a la camioneta a buscar más flores. Luis asintió nervioso. Tenga cuidado, señor Guzmán, y no tarde demasiado.
Se supone que debemos estar fuera en media hora. Roberto pasó por la puerta y se encontró en una escalera estrecha y empinada, débilmenteiluminada por bombillas desnudas. subió los escalones con cuidado, intentando no hacer ruido. Al llegar al segundo piso, se asomó cautelosamente al pasillo. Estaba desierto, decorado con retratos familiares antiguos y muebles que parecían reliquias de otra época.
avanzó sigilosamente, atento a cualquier sonido. El al, según lo que le había dicho Luis, debía estar al final del corredor. Pasó frente a varias puertas cerradas, hasta que al doblar una esquina escuchó voces que provenían de una habitación cercana. Se detuvo en seco, conteniendo la respiración.
Todo tiene que ser perfecto, ¿entiendes? Era la voz de doña Elvira, fría y autoritaria. Hoy se cierra el círculo. Hoy finalmente Francisco y yo seremos uno a través de ustedes. Sí, abuela respondió una voz femenina apagada y monótona, como si recitara un texto aprendido de memoria. Roberto se acercó un poco más, moviéndose con extrema cautela hasta situarse junto a la puerta entreabierta.
A través de la rendija pudo ver a doña Elvira de espaldas a él y frente a ella, sentada ante un tocador, a una joven de unos 20 años. Su rostro, reflejado en el espejo, era de una belleza perturbadora, pálido, con grandes ojos oscuros y cabello negro que caía en ondas sobre sus hombros.
El parecido con la María de las fotografías que había visto era asombroso, pero había algo en su expresión, una vacuidad en su mirada que resultaba profundamente inquietante. “Ahora ponte el vestido”, ordenó doña Elvira señalando hacia un maniquí que sostenía un vestido de novia antiguo, amarillento por el paso del tiempo. “El mismo que debía haber usado yo, el mismo que usó tu madre.
” La joven se levantó con movimientos mecánicos como si fuera un autómata. Fue entonces cuando Roberto notó algo extraño. Sus brazos y piernas tenían marcas oscuras, como si hubiera estado atada durante largo tiempo. “No quiero casarme”, dijo la joven de repente, su voz cambiando, adquiriendo una firmeza inesperada.
“No soy Elvira, no soy tu nieta. Mi nombre es Lucía Hernández y me secuestraste hace 5co años. El rostro de doña Elvira se contrajo en una mueca de furia. Con sorprendente agilidad para su edad, abofeteó a la joven con tal fuerza que la hizo tambalearse. “Nunca vuelvas a decir eso”, vas, gritó. Eres Elvira Martínez, mi nieta, hija de María y Alejandro, descendiente de la noble sangre de los Álvares.
Y hoy te casarás con Daniel, que es la viva imagen de Francisco, para que finalmente el círculo se cierre y mi Francisco pueda descansar en paz. La joven se llevó una mano a la mejilla enrojecida, pero su expresión seguía siendo desafiante. Estás loca. Daniel lo sabrá. Le diré la verdad durante la ceremonia. Doña Elvira sonrió.
Una sonrisa que provocó un escalofrío en Roberto. No dirás nada, querida, porque si lo haces, Alejandro sufrirá las consecuencias. Se acercó a la joven y le acarició el rostro con una ternura escalofriante. ¿Recuerdas a Alejandro? ¿Recuerdas lo que le hice la última vez que intentaste escapar? El rostro de la joven palideció aún más y el miedo reemplazó la rebeldía en su mirada.
No le hagas más daño, por favor, suplicó. Entonces, sé una buena nieta y haz exactamente lo que te digo respondió doña Elvira, volviendo a su tono autoritario. Ponte el vestido. Isabel vendrá en unos minutos para ayudarte con el maquillaje y el velo. Con estas palabras, doña Elvira se dirigió hacia la puerta. Roberto apenas tuvo tiempo de ocultarse tras una cortina antes de que la anciana saliera de la habitación y se alejara por el pasillo.
Cuando estuvo seguro de que doña Elvira se había marchado, Roberto salió de su escondite y tras dudar un segundo entró en la habitación. La joven estaba de pie junto al vestido con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. No grites”, dijo Roberto rápidamente, levantando las manos en gesto apaciguador. “He venido a ayudarte. Me llamo Roberto Guzmán.
Soy periodista.” La joven lo miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. “¿Cómo has entrado? Si doña Elvira te encuentra aquí, no hay tiempo para explicaciones.” La interrumpió Roberto. Escuché lo que dijiste. Es cierto. Te llamas Lucía Hernández. Ella asintió. secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Me secuestró hace 5 años, cuando tenía 16. Iba camino al instituto en mi pueblo, cerca de Dolores Hidalgo. Su voz temblaba. Me ha mantenido encerrada desde entonces, drogándome la mayor parte del tiempo, enseñándome a comportarme como su nieta, a hablar como ella, a vestirme como su hija María. Dios mío, murmuró Roberto horrorizado.
Tenemos que sacarte de aquí. La policía no lo cortó ella con urgencia. No puedo irme sin Alejandro. Alejandro, el hijo de doña Elvira, pero él está en estado vegetativo, según me contaron. Lucía negó con la cabeza. No es Alejandro, es otro chico secuestrado como yo. Doña Elvira también lo llama Alejandro, pero su verdadero nombre es Miguel.
Lomantiene en una habitación de lático, atado a una cama. A veces le hace cosas terribles. Roberto sintió que la sangre se le helaba en las venas. La locura de doña Elvira iba mucho más allá de lo que había imaginado. Y Daniel, el novio él sabe algo de esto. No creo, respondió Lucía. Doña Elvira es muy cuidadosa cuando él viene de visita.
Me obliga a actuar como si realmente fuera su nieta. Amenaza con hacerle daño a Miguel si no lo hago convincentemente. Hizo una pausa. Pero creo que últimamente ha comenzado a sospechar. Ha notado mis cambios de comportamiento cuando estoy menos drogada. Me ha hecho preguntas. El sonido de pasos acercándose por el pasillo lo sobresaltó.
“Debo irme”, dijo Roberto rápidamente. “Pero volveré. Te prometo que te sacaré de aquí a ti y a Miguel. Por favor, date prisa, suplicó Lucía. Después de la boda, doña Elvira planea algo terrible. La he oído hablar sola. Dice que finalmente podrá reunirse con Francisco, que su tarea estará cumplida. Roberto asintió y se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió hacia ella. Una pregunta más.
¿Qué hay del cuerpo embalsamado de María? ¿Es cierto que lo guarda en la casa? Lucía palideció en el salón principal, sentada en el sillón rojo. Solo la saca para ocasiones especiales, como hoy. Su voz se quebró y a veces, a veces me hace vestirme igual que ella y sentarme a su lado para tomar el té. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Roberto.
Sin decir más, salió de la habitación y se dirigió apresuradamente hacia la escalera de servicio, justo a tiempo para evitar ser visto por una mujer mayor que debía ser Isabel la maquilladora. Bajó las escaleras y regresó a la capilla donde Luis terminaba de colocar los arreglos florales.
¿La encontraste?, preguntó el joven en voz baja. Sí, respondió Roberto, y es mucho peor de lo que imaginábamos. Tenemos que salir de aquí ahora. Necesito contactar con la policía estatal inmediatamente. Mientras cargaban los recipientes vacíos en la camioneta, Roberto le contó a Luis lo que había descubierto. El joven escuchaba con una mezcla de horror e incredulidad.
Sabía que doña Elvira estaba loca, pero esto”, murmuró Luis mientras arrancaba el vehículo. “Tenemos que actuar rápido”, insistió Roberto. “La ceremonia es a las 5, apenas nos quedan 3 horas.” Regresaron al café, donde Carmen los esperaba ansiosamente. Al escuchar el relato de Roberto, la mujer se santiguó varias veces. Siempre supe que había oscuridad en esa casa, pero nunca imaginé algo así”, dijo con la voz quebrada por la emoción.
Roberto usó el teléfono del café para llamar a la policía estatal, pero la respuesta que recibió lo dejó frustrado. Sin pruebas concretas y tratándose de una familia tan poderosa como los Martínez, no podían intervenir de inmediato. Enviarían a alguien a investigar, pero tardaría al menos unas horas en llegar desde Guanajuato.
No hay tiempo, dijo Roberto colgando con rabia. La ceremonia será antes de que lleguen. ¿Qué podemos hacer? Preguntó Carmen, retorciéndose las manos nerviosamente. Roberto reflexionó un momento. Iré a la boda como estaba previsto decidió finalmente. Doña Elvira me invitó personalmente. No sospechará nada.
Una vez dentro, buscaré la manera de ayudar a Lucía y a Miguel. Es demasiado peligroso, objetó Carmen. Esa mujer es capaz de cualquier cosa. No tenemos alternativa respondió Roberto con determinación. Luis, ¿podrías llevarme de vuelta al hotel para cambiarme? Debo estar presentable para una boda de alta sociedad. A las 5:15, Roberto se encontraba nuevamente frente a la casona de los Martínez, esta vez vestido con un traje oscuro y una expresión de circunstancia.
La niebla que había envuelto San Miguel durante todo el día comenzaba a espesarse con la caída de la tarde, creando una atmósfera opresiva casi sobrenatural. Varios coches de lujo estaban estacionados frente a la casa y un pequeño grupo de invitados, todos con aspecto acaudalado y expresiones serias, entraba en la casona.
Roberto se unió a ellos, presentándose como el invitado personal de doña Elvira. El mayordomo, aunque lo miró con cierta suspicacia, lo condujo a la capilla, donde ya se encontraban unos 20 invitados tomando asiento en el altar. un hombre vestido como sacerdote, pero que Roberto sospechaba que no lo era realmente. Preparaba lo necesario para la ceremonia.
No había señales de Daniel, el novio, ni de doña Elvira. Roberto tomó asiento en uno de los últimos bancos cerca de la puerta para tener una visión completa de la capilla y poder actuar rápidamente si era necesario. Había acordado con Luis que el joven esperaría fuera con la camioneta, listo para una posible huida. A las 5 en punto, un cuarteto de cuerdas comenzó a tocar la marcha nupsal.
Las puertas de la capilla se abrieron y apareció Daniel, vestido con un traje antiguo que, según pudo deducir Roberto, debía ser idéntico al que habría usadoFrancisco Álvarez en su fallida boda. El joven estaba pálido y tenso, como si fuera un condenado camino al patíbulo en lugar de un novio en el día de su boda. Tras él entró doña Elvira con un vestido negro de corte antiguo y un broche de diamantes que resplandecía sobre su pecho.
Su rostro, habitualmente severo, mostraba hoy una expresión de triunfo apenas contenido. Y finalmente, del brazo de un hombre que Roberto no reconoció, entró Lucía, vestida con el antiguo vestido de novia que había visto en la habitación. Estaba hermosa, pero su belleza tenía algo fantasmal. Acentuado por la palidez de su rostro y la mirada perdida de sus ojos, Roberto comprendió que probablemente estaba bajo los efectos de algún sedante.
La ceremonia comenzó con una solemnidad opresiva. El falso sacerdote hablaba en un tono monótono, recitando las palabras rituales sin emoción. Daniel respondía mecánicamente como si estuviera en trance. Lucía apenas parecía consciente de lo que ocurría a su alrededor. Roberto observaba con atención, buscando el momento adecuado para intervenir cuando algo llamó su atención.
En el banco más cercano al altar, donde normalmente se sentarían los padres de los novios, había una figura femenina que no había notado antes. Vestía un traje de gala anticuado y permanecía completamente inmóvil. Con un escalofrío, Roberto comprendió que se trataba del cuerpo embalsamado de María. La ceremonia avanzaba hacia el momento crucial.
El falso sacerdote preguntó, Daniel Aguilar, ¿aceptas a Elvira Martínez como tu legítima esposa para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad todos los días de tu vida? Daniel dudó un momento y Roberto vio cómo miraba a Lucía con una expresión de confusión, como si finalmente comenzara a sospechar que algo no estaba bien.
Yo, comenzó a decir, pero se detuvo. Dilo ordenó doña Elvira con una voz que parecía salida del más allá. En ese momento, algo extraordinario como despertando de un largo sueño, levantó la cabeza y miró directamente a Daniel. Mi nombre no es Elvira”, dijo con claridad su voz resonando en la capilla. “Me llamo Lucía Hernández y fui secuestrada hace 5 años por esta mujer.
Todo esto es una farsa.” Un murmullo de conmoción recorrió la capilla. Los invitados se miraban unos a otros desconcertados. Daniel dio un paso atrás horrorizado. “¿Qué está diciendo?”, preguntó mirando a doña Elvira. El rostro de la anciana se contorsionó en una mueca de furia sobrehumana.
“¡Cállate!”, gritó avanzando hacia Lucía con su bastón en alto. “No arruinarás mi momento de gloria.” Roberto se levantó de un salto y corrió hacia el altar. “Es cierto”, gritó. Esta joven ha sido secuestrada y hay otro chico retenido en el ático. La policía estatal viene en camino. El caos se desató en la capilla.
Los invitados se levantaron de sus asientos, algunos dirigiéndose hacia las salidas, otros simplemente paralizados por la conmoción. Daniel miraba alternativamente a Lucía y a doña Elvira como si intentara comprender la magnitud del engaño. Doña Elvira, sin embargo, mantenía una calma terrorífica. se volvió hacia Roberto, sus ojos azules brillando con un fuego helado.
“Sabía que no debía confiar en usted, señor Guzmán”, dijo con voz gélida, “pero ya es demasiado tarde para interferir. El círculo debe cerrarse hoy.” Con una agilidad sorprendente para su edad, sacó del interior de su bastón una pequeña pistola plateada y apuntó directamente a Lucía.
“Si no puedes ser mi Elvira en vida, lo serás en muerte. declaró, “Te reunirás con Francisco, con María, conmigo, todos juntos, como debió ser siempre.” Roberto reaccionó instintivamente, lanzándose hacia delante para intentar desarmarla. Hubo un forcejeo, un disparo ensordecedor, un grito colectivo. Roberto sintió un dolor agudo en el hombro izquierdo y cayó al suelo.
A través de la neblina del dolor, vio a doña Elvira tambalearse y caer hacia atrás, su rostro contraído en una mueca de sorpresa. Daniel había actuado con rapidez, empujando a la anciana en el momento del disparo, desviando la bala que, en lugar de alcanzar a Lucía, había rozado el hombro de Roberto. “¡Llamen a una ambulancia!”, gritaba alguien.
Doña Elvira yacía en el suelo, su respiración agitada, una mano apretada contra su pecho, el broche de diamantes se había soltado y rodado por el suelo. “Francisco”, murmuró. sus ojos fijos en algún punto más allá del techo de la capilla. Por fin, por fin estaremos juntos. Sus palabras se perdieron en un último suspiro. Doña Elvira Martínez había muerto.
En los minutos caóticos que siguieron, Roberto, a pesar del dolor de su herida, insistió en que buscaran a Miguel en el ático. Lo encontraron, tal como había dicho Lucía, atado a una cama, débil pero vivo, otro joven secuestrado para representar el papel de Alejandro en el retorcido teatro de doña Elvira.
La policía estatal llegó finalmente junto conambulancias y periodistas alertados por el escándalo. Roberto, mientras era atendido por los paramédicos, vio como Lucía y Miguel eran conducidos hacia una ambulancia, sus rostros reflejando una mezcla de alivio y trauma. Daniel, completamente conmocionado, declaraba a la policía repitiendo una y otra vez que no sabía nada, que realmente había creído que Lucía era la nieta de doña Elvira, que nunca había sospechado la verdad completa.
Una semana después, ya recuperado de su herida, Roberto terminaba de escribir su reportaje en la habitación del hotel en San Miguel. La historia de doña Elvira Martínez había conmocionado a todo México revelando décadas de manipulación, abuso y locura ocultas tras la fachada respetable de una de las familias más antiguas de la ciudad.
Las investigaciones policiales habían confirmado la mayoría de los elementos de la historia. El suicidio de Francisco Álvarez, el matrimonio forzado entre los hermanos Alejandro y María, el suicidio de esta, el estado vegetativo real, no fingido, de Alejandro, que seguía vivo en un hospital, y los secuestros de Lucía y Miguel, además de otras víctimas anteriores que no habían sobrevivido a los delirios de doña Elvira.
El cuerpo embalsamado de María había sido encontrado en la casona. junto con diarios personales de doña Elvira que documentaban su descenso a la locura, su obsesión con Francisco Álvarez y su determinación de recrear la boda que nunca tuvo a través de generaciones de víctimas inocentes. Carmen y Luis habían sido fundamentales para ayudar a Roberto a reconstruir la historia completa.
El padre Tomás, con su conocimiento de los secretos del pueblo, había proporcionado el contexto histórico necesario. Lucía y Miguel habían regresado con sus familias, que llevaban años buscándolos, y comenzaban el largo proceso de recuperación física y psicológica. Daniel, aunque legalmente no había cometido ningún delito, cargaba con el peso moral de haber sido, sin saberlo, parte del enfermizo plan de doña Elvira.
Mientras Roberto escribía la última línea de su reportaje, miró por la ventana hacia la casona de los Martínez, ahora acordonada por la policía y convertida en una especie de museo del horror para los curiosos que se acercaban a fotografiarla. La niebla, que parecía haber sido constante durante aquellos días se había disipado y San Miguel de Allende resplandecía bajo el solo otoñal.
Sin embargo, Roberto no podía evitar sentir que una sombra persistía sobre la ciudad, la sombra de una historia de amor transformada en obsesión, de una boda que nunca debió ser y que en su perversa ausencia había engendrado décadas de horror y sufrimiento. Antes de cerrar su computadora, añadió una posdata personal, algo que no incluiría en el reportaje oficial.
Dicen que en las noches de niebla, desde la casona de los Martínez, a veces se escucha la marcha nupsial y se ven sombras moviéndose tras las ventanas del segundo piso. Los habitantes de San Miguel aseguran que doña Elvira, María, Francisco y todas sus víctimas inocentes siguen representando eternamente aquella boda fatídica, atrapados en un círculo de horror del que no pueden escapar ni siquiera en la muerte.
Yo no creo en fantasmas, pero después de lo que he visto y oído en esta ciudad, ya no estoy tan seguro de nada.















