La Macabra Historia de Doña Clara — Crió gallinas con nombres de sus hijos desaparecidos en el río 

La Macabra Historia de Doña Clara — Crió gallinas con nombres de sus hijos desaparecidos en el río 

 

En el pequeño pueblo de San Miguel del Río, donde las montañas abrazan las casas de adobe y el tiempo parece detenerse al atardecer, todos conocían a doña Clara Mendieta, una mujer que alguna vez fue la viva imagen de la felicidad. Ahora era apenas una sombra que deambulaba por las calles empedradas con la mirada perdida y el cabello canoso, siempre recogido en un moño descuidado.

 Yo llegué al pueblo hace apenas tres meses, contratado como médico rural después de terminar mi especialidad en psiquiatría. El gobierno me había enviado a este rincón olvidado como parte de mi servicio social. Y aunque al principio me resistí, ahora agradecía el silencio y la simpleza de la vida en San Miguel. O al menos eso pensaba hasta que conocía a doña Clara y su perturbadora historia.

Mi casa quedaba a solo dos calles de la suya, una construcción vieja de dos plantas con un amplio patio trasero donde, según me habían contado, la mujer criaba gallinas. No le presté mucha atención hasta aquella noche de marzo, cuando los gritos me despertaron. No eran gritos humanos, sino el cacareo enloquecido de decenas de aves, acompañado de un lamento que helaba la sangre.

 Me asomé por la ventana y solo vi oscuridad. El pueblo no tenía alumbrado público más allá de la plaza central y las nubes cubrían la luna. Pero los sonidos continuaron cada vez más intensos, más desesperados. Al día siguiente decidí presentarme formalmente. Como médico del pueblo, era mi deber conocer a todos los habitantes, especialmente a los ancianos que pudieran necesitar atención.

 Caminé hasta su casa y toqué la puerta tres veces. Nadie respondió, pero podía sentir que alguien me observaba desde dentro. Volví a tocar. ¿Quién es?, preguntó una voz cascada desde el otro lado. Buenos días, doña Clara. Soy el Dr. Alejandro Vega, el nuevo médico del pueblo. Venía a presentarme y ver si necesita alguna revisión o medicamento.

La puerta se abrió lentamente, revelando a una mujer de unos 70 años, delgada hasta los huesos, con ojos oscuros y hundidos, que parecían haber visto demasiado. Me estudió de arriba a abajo con desconfianza. No necesito médicos dijo sec. Estoy perfectamente bien. Estaba a punto de insistir cuando un ruido proveniente del patio trasero llamó mi atención.

 Era un cacareo, pero extrañamente ordenado, casi como si siguiera un patrón. “Cría gallinas?”, pregunté intentando romper el hielo. Algo en su mirada cambió. Una mezcla de orgullo y dolor cruzó su rostro arrugado. “No son gallinas cualquiera”, respondió con un tono repentinamente más suave. “Son mis niños.

 Vienen todas las mañanas a saludarme.” Un escalofrío recorrió mi espalda. La mujer claramente presentaba algún tipo de trastorno, posiblemente desencadenado por algún trauma. Como psiquiatra, mi interés profesional se despertó inmediatamente. “¿Sus niños podría conocerlos?”, pregunté con cautela. Doña Clara pareció dudar, pero finalmente asintió y me hizo un gesto para que la siguiera.

Atravesamos un pasillo largo y oscuro, donde antiguos retratos familiares colgaban torcidos de las paredes. En todos ellos vi a la misma mujer, décadas más joven, sonriente, rodeada de tres niños y un hombre de aspecto severo. El patio trasero era mucho más grande de lo que imaginaba, un terreno de casi media hectárea cercado por un muro de piedra donde decenas de gallinas deambulaban libremente.

 Pero lo que me dejó paralizado fue ver que cada gallina llevaba atado al cuello un pequeño listón de colores diferentes y en cada listón había una etiqueta con nombres escritos. Este es Martín”, dijo doña Clara señalando a un gallo de plumaje negro y brillante. Era el mayor, siempre fue muy protector con sus hermanos. El animal se acercó cuando ella pronunció su nombre como si realmente respondiera a él. “Y aquellas son Lucía y Tomás.

” Continuó apuntando hacia dos gallinas que picoteaban juntas cerca del bebedero. Los mellizos nunca se separaban. ni siquiera cuándo. Su voz se quebró. No terminó la frase, pero sus ojos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. “Doña Clara, ¿qué les sucedió a sus hijos?”, pregunté suavemente.

 Me miró como si acabara de decir una barbaridad. “Ellos están aquí, respondió con firmeza. ¿No los ve? El río me los quitó, pero ahora han vuelto a mí. Son más pequeños. Sí, pero son ellos. reconocería sus almas en cualquier parte. Decidí no presionar más aquel día. Claramente la mujer sufría de un trastorno delirante, probablemente causado por la pérdida traumática de sus hijos.

 Le prometí volver al día siguiente y me despedí. Esa noche, en el bar del pueblo, pregunté al cantinero, “Don Gustavo, sobre la historia de doña Clara. El hombre miró nerviosamente a su alrededor antes de inclinarse sobre la barra. “No debería hablar de esto, doctor”, susurró. “Trae mala suerte, pero ya que es usted el médico, supongo que debe saberlo.

“Según me contó hace 30 años, San Miguel sufrió la peor inundación de su historia. El río, normalmente tranquilo, se desbordó tras tres semanas de lluvias incesantes arrasando parte del pueblo. La casa de los Mendieta fue una de las más afectadas, ya que estaba cerca de la ribera. Don Ernesto, su esposo, había salido al pueblo vecino por negocios.

Continuó Gustavo. Doña Clara estaba sola con los niños. Martín tenía 10 años, los mellizos apenas siete. Nadie sabe exactamente qué pasó esa noche. Pero a la mañana siguiente, cuando las aguas comenzaron a retroceder, encontraron a doña Clara aferrada a una viga del techo, viva, pero completamente fuera de sí, de los niños.

Nunca se encontraron los cuerpos. Un silencio pesado cayó sobre nosotros. Gustavo se persignó antes de continuar. Don Ernesto no lo soportó. Se meses después se pegó un tiro. Dejó una nota culpando a Clara, diciendo que ella debió haber hecho más para salvar a sus hijos. ¿Y las gallinas? Pregunté. Eso empezó hace unos 15 años, respondió.

Primero fue una, luego dos, ahora tiene casi 50, todas con nombres de niños. No solo sus hijos, sino también otros otros niños del pueblo que han muerto desde entonces. Cada vez que un niño muere en San Miguel aparece una nueva gallina en el corral de doña Clara. Y lo más extraño es que nadie sabe de dónde la saca.

 Nadie le vende gallinas, eso es seguro. A medida que la noche avanzaba, Gustavo me contó más cosas sobre doña Clara, cómo hablaba con las gallinas como si fueran personas, como a veces en noches de luna llena organizaba fiestas de cumpleaños para ellas con tortas y canciones que se podían escuchar desde la calle y como en los aniversarios de la inundación el cacareo de las aves se volvía frenético, como si estuvieran poseídas.

Regresé a casa con la cabeza dando vueltas. Como médico y científico, sabía que debía haber una explicación racional para todo esto. La mente humana es frágil y el dolor puede manifestarse de maneras extrañas y perturbadoras. Pero algo en la historia de doña Clara me inquietaba profundamente. Decidí que la visitaría regularmente.

Tal vez podría ayudarla, ofrecerle algún tipo de terapia para procesar su trauma y volver a conectar con la realidad. Lo que no sabía entonces es que doña Clara no era quien necesitaba ayuda. Era yo quien estaba a punto de sumergirme en una pesadilla de la que aún hoy intento despertar. Al día siguiente regresé con mi maletín médico y algunos folletos sobre duelo patológico.

Doña Clara me recibió con más amabilidad que la primera vez. Incluso me ofreció un café que acepté por cortesía, aunque el líquido negro y espeso que me sirvió apenas podía llamarse café. Mientras conversábamos en la cocina, noté algo que me había pasado desapercibido en mi primera visita. En una repisa cuidadosamente alineados había tres vasos de vidrio con agua.

 Junto a cada vaso, una fotografía pequeña enmarcada. Los mismos tres niños de los retratos del pasillo. ¿Para qué son los vasos con agua, doña Clara?, pregunté con genuina curiosidad. para cuando regresen. Respondió como si fuera lo más natural del mundo. Siempre tienen sed después después de jugar en el río.

 Un nudo se formó en mi garganta. Había tanto dolor en aquella simple frase que por un momento me faltó el aire. ¿Puedo preguntarle algo personal? Dije después de un largo silencio. ¿Qué recuerda exactamente de aquella noche? La noche de la inundación. Sus ojos se nublaron como si una cortina hubiera caído sobre ellos.

 Agua, murmuró. Solo recuerdo el agua subiendo, subiendo sin parar y los gritos, los gritos de mis niños llamándome, pidiendo ayuda, pero yo yo no pude. Su voz se quebró. Por un instante vi a la verdadera doña Clara, la mujer destrozada bajo capas de delirios protectores. No fue su culpa, le dije, poniendo mi mano sobre la suya, retiró la mano como si mi toque le quemara.

Usted no sabe nada, siseó repentinamente hostil. Ellos están aquí ahora han vuelto a mí. El agua me los quitó, pero ahora son míos otra vez. se levantó bruscamente y me pidió que la siguiera al patio. Las gallinas parecían más agitadas que el día anterior, corriendo de un lado a otro sin sentido aparente.

 “Están nerviosos hoy”, explicó doña Clara. “¿Sienten que va a llover?” Miré al cielo. Estaba completamente despejado, sin una sola nube a la vista. El pronóstico no había mencionado lluvia para los próximos días. Doña Clara, dije con cuidado, me gustaría ayudarla a procesar lo que pasó. Hay terapias que no necesito su ayuda, doctor, me interrumpió.

 Necesito que me deje en paz a mí y a mis hijos. Mientras hablábamos, noté que una de las gallinas, la que llevaba el nombre Tomás, se acercaba a nosotros. Había algo extraño en la manera en que el animal me miraba, como si realmente estuviera evaluándome. “Le caes bien”, dijo doña Clara con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Tomássiempre fue buen juez de carácter.

 De repente, todas las gallinas empezaron a cacarear al unísono. Un sonido ensordecedor que parecía seguir algún tipo de patrón, casi como un cántico. Doña Clara cerró los ojos. y comenzó a mecerse suavemente, como arrullada por aquella cacofonía grotesca. “¿Lo oye?”, preguntó sin abrir los ojos. “Están cantando, cantando la canción del río.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Quería irme de allí, pero mi curiosidad profesional me mantenía clavado al suelo. ¿Qué canción es esa, doña Clara?” abrió los ojos y me miró fijamente. Por un segundo me pareció ver algo más que locura en ellos, algo antiguo y terriblemente consciente, la misma que cantaban mientras se ahogaban, respondió en un susurro.

Esa noche no pude dormir. Las palabras de doña Clara resonaban en mi mente, mezclándose con el recuerdo del cacareo frenético de las gallinas. Había algo profundamente perturbador en todo esto, algo que iba más allá de un simple caso de trastorno delirante. A las 3 de la madrugada me despertó un ruido.

 Al principio pensé que era parte de mi sueño inquieto, pero pronto reconocí el sonido. Era el cacareo de las gallinas de doña Clara, pero diferente, más agudo, como si estuvieran en pánico. Me vestí rápidamente y salí a la calle. A pesar de la hora, varias luces se habían encendido en las casas vecinas. No era el único que había sido despertado por aquel alboroto.

 Cuando llegué a la casa de doña Clara, la puerta estaba entreabierta. Llamé varias veces, pero nadie respondió. Con el corazón acelerado, entré. La casa estaba oscuras y en silencio, demasiado silencio, considerando el cacareo que me había despertado. Avancé por el pasillo hasta llegar al patio trasero, guiado solo por la tenue luz de mi teléfono celular.

Lo que vi allí me dejó helado. Todas las gallinas estaban muertas, dispersas por el suelo en posturas antinaturales, como si hubieran caído en pleno vuelo. Y en el centro del patio, doña Clara estaba de rodillas, completamente empapada, aunque no había llovido. “Doña Clara, llamé suavemente, acercándome con cautela.” levantó la cabeza lentamente.

Su rostro estaba transformado por el dolor y la confusión. “Se los llevó otra vez”, murmuró. El río volvió por ellos. Siempre vuelve. La mañana después del incidente con las gallinas muertas, todo el pueblo estaba conmocionado. Nadie podía explicar qué había ocurrido exactamente, pero los rumores se expandieron como la niebla del amanecer.

Algunos decían que doña Clara había sacrificado a las aves en algún tipo de ritual macabro. Otros, los más ancianos, susurraban sobre maldiciones antiguas y almas que no encuentran descanso. Como médico del pueblo, me correspondía evaluar el estado mental de doña Clara. La encontré sentada en la cocina de su casa con la mirada perdida, rodeada de vecinas que intentaban consolarla.

Las gallinas muertas ya habían sido retiradas, enterradas en una fosa común al fondo del patio por algunos hombres del pueblo. “Doña Clara”, dije suavemente, sentándome frente a ella, “¿puede contarme qué sucedió anoche?” Sus ojos, enrojecidos por el llanto, se fijaron en los míos por un momento antes de volver a perderse en el vacío.

 “El agua,” murmuró. Vino el agua y se los llevó otra vez. Siempre es el agua. No hubo inundación anoche, doña Clara, le expliqué con paciencia. No ha llovido en semanas. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios agrietados. Usted no entiende, doctor. El río está en todas partes, a veces está escondido, pero siempre nos observa esperando, esperando llevarse lo que amamos.

 Las vecinas intercambiaron miradas incómodas. Una de ellas, doña Mercedes, una mujer robusta de unos 60 años, se acercó a mí. “Doctor, quizás sea mejor que hablemos fuera”, sugirió. Una vez en el porche, Mercedes me explicó que no era la primera vez que algo así sucedía. Cada 5 años más o menos, dijo en voz baja, mirando nerviosamente hacia la puerta para asegurarse de que doña Clara no podía oírnos.

 Las gallinas mueren todas juntas sin explicación y siempre en la misma fecha, el aniversario de la inundación. Ayer era el aniversario. Pregunté sorprendido. Mercedes asintió. 30 años exactos. Por eso muchos en el pueblo estábamos intranquilos, sabíamos que algo iba a pasar, así como explican la muerte simultánea de tantas aves, la mujer se persignó rápidamente.

 Hay cosas que es mejor no tratar de entender, doctor. Especialmente en un pueblo como San Miguel, donde el río tiene vida propia. Sus palabras me perturbaron más de lo que quería admitir. Como científico, me resistía a aceptar explicaciones sobrenaturales, pero no podía negar que había algo profundamente inquietante en toda esta situación.

 ¿Qué pasará ahora?, pregunté. Con doña Clara, quiero decir. Mercedes suspiró. Lo mismo de siempre. En unos días empezará a recolectar nuevas gallinas y les pondrálos mismos nombres. una y otra vez. Es como si como si estuviera condenada a repetir su pérdida eternamente. Esa tarde decidí investigar más a fondo el caso.

 Visité el pequeño archivo municipal donde se guardaban los registros del pueblo. El encargado, un hombre mayor llamado Ramírez me miró con recelo cuando le pregunté sobre la inundación de hacía 30 años. ¿Por qué desenterrar esas viejas tragedias, doctor?”, preguntó mientras buscaba los documentos que le había solicitado. “Algunas cosas es mejor dejarlas en paz.

Soy el médico de doña Clara”, respondí. “Necesito entender su historia para poder ayudarla.” Ramírez negó con la cabeza, como si yo hubiera dicho algo absurdo. Nadie puede ayudar a doña Clara, doctor. Lo han intentado muchos antes que usted. Me entregó una carpeta amarillenta. Dentro encontré recortes de periódicos locales que cubrían la tragedia, informes policiales y certificados de defunción.

La historia oficial coincidía con lo que me habían contado. Una inundación repentina. Tres niños desaparecidos, cuerpos nunca recuperados. Pero entre los documentos encontré algo que llamó mi atención, una declaración de doña Clara tomada días después del incidente. Yo los empujé, decía el documento con su firma temblorosa.

 Al final los llevé al río. Dios me perdone, pero yo los empujé. Mi sangre se eló. Doña Clara había confesado haber ahogado a sus propios hijos. Levanté la mirada hacia Ramírez, que me observaba desde el otro lado de la habitación. Esto no tiene sentido dije. Si confesó haberlos matado, ¿por qué nunca fue procesada? El hombre se acercó lentamente y se sentó frente a mí porque nadie le creyó.

Doctor, estaba completamente trastornada por el shock. Además, varios testigos la vieron intentando desesperadamente salvar a sus hijos cuando el río se los llevaba. Su confesión fue considerada parte de su delirio, una forma de culparse por no haber podido protegerlos. Eso tenía más sentido. El sentimiento de culpa del sobreviviente es un fenómeno bien documentado en psiquiatría, pero algo seguía molestándome y el suicidio de su esposo, don Ernesto, realmente la culpó en su nota. Ramírez desvió la mirada.

Eso es lo que dice la historia oficial, murmuró. Pero hay quienes piensan que hay algo más, algo que nunca se dijo públicamente. ¿Qué cosa? El hombre se inclinó hacia mí bajando tanto la voz que tuve que esforzarme para oírle. Don Ernesto no se suicidó por culpa o dolor, doctor. Se mató por miedo.

 Miedo a qué? A lo que vio cuando regresó a su casa después de la inundación. A lo que encontró en el sótano. Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Qué encontró? Ramírez se puso de pie abruptamente. Ya he dicho demasiado. Estos son solo rumores viejos de un pueblo pequeño, doctor. No les preste atención. Salí del archivo municipal con más preguntas que respuestas.

 La confesión de doña Clara, aunque desestimada oficialmente, había plantado una semilla de duda en mi mente. ¿Y qué era aquello que supuestamente había encontrado don Ernesto en el sótano de su casa? Decidí que la única forma de averiguarlo era preguntar directamente a doña Clara, pero cuando regresé a su casa, la encontré ocupada en una actividad que me dejó pasmado.

 Estaba limpiando cuidadosamente el gallinero, preparándolo como si esperara nuevos inquilinos. “Doña Clara”, llamé desde la puerta del patio. “¿Qué está haciendo?” me miró con una sonrisa serena, como si la tragedia de la noche anterior nunca hubiera ocurrido. Preparando todo para cuando vuelvan, respondió simplemente, siempre vuelven, ¿sabe? El río me los quita, pero luego me los devuelve.

 Es como un juego eterno entre nosotros. Había algo profundamente perturbador en su tono casual, en la forma en que hablaba del río como si fuera una entidad consciente con la que mantenía algún tipo de relación retorcida. Doña Clara, encontré su declaración en los archivos municipales. Dije, decidiendo ser directo, la que hizo después de la inundación.

 Su expresión no cambió, pero noté como sus manos se tensaban alrededor del cepillo que sostenía. Dijo que había empujado a sus hijos al río. Continué. ¿Por qué diría algo así si no era verdad? dejó el cepillo a un lado y me miró fijamente con una claridad en sus ojos que no había visto antes. A veces, doctor, decimos cosas terribles para ocultar otras aún peores.

 ¿Qué podría ser peor que eso? Se acercó a mí tanto que pude oler el aroma a tierra húmeda que emanaba de su ropa, aunque hacía semanas que no llovía. La verdad, susurró, la verdad sobre lo que realmente pasó aquella noche. La verdad sobre lo que el río me pidió a cambio de la vida de mis hijos. Mi corazón se aceleró.

Estaba entrando en su delirio, siguiéndola hasta las profundidades de su psicosis. Como médico sabía que debía mantener la distancia profesional, pero como ser humano no podía evitar sentirmeatraído hacia aquel abismo de dolor y locura. ¿Qué le pidió el río, doña Clara? Sonrió una sonrisa vacía que no llegó a sus ojos.

Sangre, respondió simplemente. El río siempre pide sangre y cuando se la negamos la toma por su cuenta. Antes de que pudiera responder, un grito nos sobresaltó a ambos. En la puerta del patio estaba Mercedes con el rostro descompuesto por el horror. Ana María! gritó, “La niña ha desaparecido. Mi nieta ha desaparecido.

” Todo el pueblo se movilizó para buscar a Ana María, la nieta de Mercedes, una niña de apenas 6 años que había estado jugando en el patio de su casa y de pronto se había esfumado. La policía local organizó grupos de búsqueda que peinaron cada rincón del pueblo y sus alrededores. Yo me uní a uno de estos grupos, aunque mi mente seguía dando vueltas a la inquietante conversación con doña Clara.

Buscamos hasta bien entrada la noche, iluminando el camino con linternas y llamando desesperadamente el nombre de la niña. Pero fue inútil. Ana María había desaparecido sin dejar rastro, como si se la hubiera tragado la tierra. o el río. Pensé con un escalofrío. Cuando regresé a mi casa, exhausto y desmoralizado, me sorprendió encontrar una gallina en mi porche, una gallina blanca con un listón rojo atado al cuello y en el listón escrito con letra temblorosa un nombre, Ana María.

Mi sangre se heló. Era imposible que doña Clara ya hubiera reemplazado a la niña desaparecida. con una de sus macabras representaciones. Nadie en el pueblo creía aún que Ana María estuviera muerta. Todos manteníamos la esperanza de encontrarla con vida. Tomé la gallina con cuidado y me dirigí a casa de doña Clara.

 A pesar de la hora tardía, había luz en sus ventanas. Toqué la puerta con fuerza. Doña Clara, llamé, abra la puerta. Necesito hablar con usted. La puerta se abrió lentamente, revelando su figura encorbada. Sabía que vendría dijo con voz cansada. Pase, doctor, hay cosas que necesitas saber.

 La seguí hasta la cocina, donde, para mi sorpresa, encontré a Ramírez, el encargado del archivo municipal, sentado a la mesa. Su rostro estaba pálido, como si hubiera visto un fantasma. Le estaba contando a Ramírez sobre el río, explicó doña Clara con naturalidad, sobre cómo siempre cumple sus promesas. Coloqué la gallina sobre la mesa.

 ¿Qué significa esto? Exigí saber. ¿Por qué tiene el nombre de Ana María? La niña apenas ha desaparecido hoy. Doña Clara miró al animal con ternura. Porque ella es Ana María. Respondió. El río me la ha devuelto como siempre hace. Ramírez se cubrió el rostro con las manos como si no pudiera soportar lo que estaba escuchando.

 Doctor, intervino finalmente. Hay algo que debe saber sobre doña Clara y esta casa. Algo que el pueblo ha mantenido en secreto durante décadas. El sótano, murmuró doña Clara, como si hubiera leído mi pensamiento. ¿Quieres saber lo que Ernesto encontró en el sótano? Ramírez asintió gravemente. Después de la inundación, cuando las aguas bajaron, don Ernesto regresó a casa y bajó al sótano para evaluar los daños.

 Lo que encontró allí lo cambió para siempre. ¿Qué encontró?, pregunté, aunque una parte de mí no quería saberlo. Dibujos, respondió doña Clara, adelantándose a Ramírez. Cientos de dibujos en las paredes, dibujos que yo había hecho a lo largo de los años, sin saber por qué. El río me lo pedía en sueños. Dibujos de ¿qué? De niños, intervino Ramírez. Niños ahogándose.

Cada dibujo mostraba a un niño diferente, atrapado bajo el agua, con su nombre escrito debajo. Algunos eran los hijos de doña Clara, otros eran niños que aún no habían nacido, niños que morirían ahogados. Años después, un sudor frío recorrió mi espalda. Eso es imposible, murmuré. Ana María estaba allí, continuó doña Clara.

 Su rostro, su nombre, la fecha exacta. El río me lo mostró hace años y yo lo dibujé sin entender. No podía creer lo que estaba escuchando. Era demencial, imposible. Y sin embargo, allí estaba aquella gallina con el nombre de una niña que acababa de desaparecer. Quiero ver ese sótano”, dije finalmente. Doña Clara y Ramírez intercambiaron una mirada cargada de significado.

“Nadie ha bajado allí desde la muerte de Ernesto”, dijo Ramírez. “La entrada fue sellada por orden del alcalde. Pero hay otra manera de entrar”, añadió doña Clara. El río siempre deja un camino. Se levantó con dificultad y nos guió fuera de la casa hacia el patio trasero. La noche era oscura y fría, sin luna ni estrellas visibles en el cielo.

Caminamos hasta el fondo del terreno, donde el muro de piedra que lo rodeaba parecía fundirse con la oscuridad. Aquí, dijo doña Clara, señalando lo que parecía ser una puerta pequeña y oxidada, casi invisible entre la vegetación que la cubría parcialmente. Ramírez sacó una linterna de su bolsillo y la encendió, revelando una escena que hizo que mi corazón se detuviera por unsegundo.

 La puerta estaba entreabierta y en el suelo frente a ella pequeñas huellas húmedas se alejaban hacia la oscuridad. Huellas de niño”, murmuró Ramírez, su voz quebrada por el miedo. “Ana María”, susurró doña Clara, “ha vuelto al río. Todos vuelven al río eventualmente la puerta oxidada conducía a un túnel estrecho y húmedo que descendía en pendiente suave bajo tierra.

 El aire allí era denso, con un olor a mo y a algo más. Algo que no pude identificar inmediatamente, pero que me revolvió el estómago. Ramírez iba delante con su linterna. Yo le seguía y doña Clara cerraba la marcha con paso sorprendentemente firme para su edad. “Este túnel no debería existir”, murmuró Ramírez mientras avanzábamos. No figura en ningún plano del pueblo.

Lo construyó el río, respondió doña Clara con naturalidad, como si explicara algo obvio. El río siempre encuentra la forma de llegar a donde quiere. Quise protestar, explicar que los ríos no construyen túneles, que no tienen voluntad ni conciencia, pero las palabras murieron en mi garganta. Había algo en aquel lugar que desafiaba toda lógica, toda explicación racional.

Después de unos minutos que parecieron horas, el túnel se ensanchó dando paso a una cámara subterránea de dimensiones considerables. Ramírez dirigió el as de la linterna hacia las paredes y lo que vi dejó paralizado. Tal como habían descrito, las paredes estaban cubiertas de dibujos.

 Cientos, quizás miles de ellos, superpuestos unos sobre otros como un macabro palimesto, figuras infantiles sumergidas en lo que parecía ser agua, con expresiones de terror perfectamente capturadas a pesar de la sencillez del trazo, y bajo cada figura, un nombre y una fecha, escritos con la misma caligrafía infantil. Dios mío”, susurré sintiendo como el frío se instalaba en mis huesos.

 Ramírez movió la linterna lentamente, recorriendo la terrorífica galería. Me fijé en los nombres: Martín, Lucía, Tomás. Los hijos de doña Clara estaban allí junto con docenas de otros nombres que no reconocí. Y entonces, en un rincón, un dibujo más reciente que los demás captó mi atención. Ana María. Leí en voz alta el nombre bajo la figura de una niña pequeña con coletas.

 La fecha escrita era precisamente la del día anterior. No entiendo dije volviéndome hacia doña Clara. ¿Usted dibujó esto? La anciana negó con la cabeza. Yo solo dibujé hasta que Ernesto selló el sótano. Después el río continuó por su cuenta. Eso es imposible, protesté, aunque mi voz sonó débil incluso a mis propios oídos.

 Ramírez apuntó la linterna hacia otra parte de la pared, donde los dibujos parecían más recientes. Con horror reconocí rostros de niños que había visto en el pueblo desde mi llegada. Niños vivos, sanos, jugando en las calles, pero en los dibujos todos aparecían ahogándose con fechas futuras escritas bajo sus nombres.

 “Son los próximos”, dijo doña Clara con tristeza, “los que el río reclamará”. Sentí náuseas. Todo esto era demencial, imposible de explicar con los parámetros de la ciencia que había estudiado durante años. Y sin embargo, allí estaba la evidencia macabra y contundente. ¿Por qué? Pregunté. Mi voz apenas un susurro.

 ¿Por qué el río quiere a los niños? Doña Clara se acercó a la pared y pasó sus dedos arrugados sobre uno de los dibujos, el de su hijo mayor. “El río está hambriento”, explicó. Siempre lo ha estado. Desde que se fundó este pueblo, el río ha reclamado su tributo. Antes lo hacía abiertamente con inundaciones que arrasaban todo a su paso.

 Pero entonces empezaron a construir presas, muros de contención, a domarlo, y el río encontró otras formas de alimentarse. “Esto es una locura”, murmuré. Los ríos no tienen conciencia, no pueden reclamar nada. ¿Está seguro, doctor?, preguntó Ramírez, su voz temblando ligeramente. ¿Cómo explica esto entonces? Antes de que pudiera responder, un sonido débil llegó hasta nosotros desde el fondo de la cámara.

 Un sonido que eló mi sangre, el llanto de un niño. Ana María! susurró Ramírez, girando bruscamente la linterna hacia la fuente del sonido. En la pared más alejada de la entrada había una abertura, una especie de grieta lo suficientemente grande como para que una persona se deslizara por ella. De allí provenía el llanto cada vez más claro.

Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia la abertura. Ramírez intentó detenerme. “No sabemos qué hay ahí dentro”, advirtió. Hay una niña asustada”, respondí con firmeza. Eso es todo lo que necesito saber. La grieta era estrecha, pero transitable. Me deslicé por ella con dificultad, sintiendo como las piedras afiladas arañaban mi ropa y mi piel.

Ramírez me siguió después de dudarlo un momento, pero doña Clara se quedó atrás. El río no le dará lo que busca. Fue lo último que dijo antes de que la perdiéramos de vista. La grieta se ensanchaba a medida que avanzábamos hasta convertirse en otro túnel másamplio que el primero. El sonido del agua corriendo se hacía cada vez más fuerte, mezclándose con el llanto infantil que nos guiaba.

 Finalmente, el túnel desembocó en una especie de gruta natural, iluminada por una luz verdosa cuyo origen no podía determinar. En el centro de la gruta había un pequeño estanque de aguas oscuras y turbias, y sentada al borde del estanque, con los pies sumergidos en el agua, estaba Ana María. “Ana María!”, exclamó Ramírez corriendo hacia la niña.

Pero antes de que pudiera alcanzarla, la pequeña giró la cabeza hacia nosotros y lo que vi dejó paralizado. Su rostro, que había visto en fotografías cuando se inició la búsqueda estaba transformado. Sus ojos, antes de un cálido tono marrón, ahora eran completamente negros como pozos sin fondo, y su piel tenía un tono grisáceo casi traslúcido.

No es ella murmuré agarrando el brazo de Ramírez para detenerlo. Eso no es Ana María. La criatura con forma de niña sonrió. Una sonrisa demasiado amplia para un rostro infantil, revelando dientes pequeños y afilados como agujas. Claro que soy Ana María”, dijo con una voz que era y no era la de una niña, como si múltiples voces hablaran al unísono.

 Soy Ana María y también soy Martín y Lucía y Tomás y todos los que el río ha reclamado. Ramírez cayó de rodillas temblando incontrolablemente. ¿Dónde está la verdadera Ana María? Exigí saber, luchando contra el terror que amenazaba con paralizarme, la criatura señaló el estanque con un dedo pálido y alargado.

 Aquí mismo, respondió, todos estamos aquí. El río nos guarda, nos transforma, nos convierte en parte de sí mismo. Como hipnotizado, me acerqué al estanque y miré en sus aguas turbias. Al principio no vi nada, pero luego, a medida que mis ojos se acostumbraban, empecé a distinguir formas bajo la superficie, rostros infantiles, docenas de ellos presionados contra una membrana invisible, como si intentaran asomarse a nuestro mundo desde otro.

 Retrocedí horrorizado, tropezando con Ramírez, que seguía de rodillas en el suelo. “¿Qué es esto?”, susurré. “¿Qué está pasando? La criatura con forma de Ana María se puso de pie. El agua chorreaba de sus piernas, pero no parecía mojada como si el líquido fuera parte de ella. “El río necesita niños”, explicó con aquella voz múltiple y antinatural.

Sus almas son puras. Su energía vital es fuerte. El río se alimenta de ellos para seguir existiendo. Eso es monstruoso dije, sintiendo como la ira comenzaba a reemplazar al miedo. Es natural, respondió la criatura. Todo se alimenta de algo. La hierba de la tierra, los animales de la hierba, los humanos de los animales y el río.

 El río se alimenta de inocencia. dio un paso hacia nosotros y noté con horror que sus piernas parecían fusionarse intermitentemente con el agua como si no fuera completamente sólida. Doña Clara lo entendía continuó. Por eso hacía los dibujos. Por eso criaba las gallinas con nuestros nombres. Era su forma de mantenernos vivos de alguna manera, de no olvidarnos.

Ella dijo que el río le pidió un sacrificio a cambio de la vida de sus hijos. Recordé. La criatura asintió. El río le ofreció un trato. La vida de sus hijos a cambio de la de otros niños, muchos otros. Ella debía atraerlos, conducirlos hasta el río, pero se negó. Prefirió perder a sus propios hijos antes que condenar a otros.

Una revelación golpeó mi mente como un rayo. Por eso confesó haberlos empujado. Murmuré. Para proteger a los demás niños. Si todos creían que era una asesina, ninguna familia le confiaría a sus hijos. Exactamente. Confirmó la criatura. Un sacrificio noble, aunque inútil. El río siempre encuentra la forma. Miré a Ramírez, que parecía haber envejecido 10 años en los últimos minutos. Usted lo sabía. Le acusé.

 Usted y todo el pueblo. Por eso nadie denunció las gallinas con nombres de niños muertos. Por eso sellaron este lugar. Todos sabían lo que pasaba realmente. El hombre levantó la mirada, su rostro una máscara de culpa y resignación. No lo sabíamos con certeza, se defendió débilmente. Eran solo rumores, leyendas locales.

 Y además, ¿qué podíamos hacer? Luchar contra un río. Podían haberse ido, respondí. Abandonar este maldito pueblo. La criatura soltó una risa que sonó como agua chocando contra las rocas. El río no está solo aquí, dijo. Está en todas partes. Todos los ríos. son el mismo río. Todas las aguas son la misma agua, no hay escapatoria. Mientras hablábamos, noté que el nivel del estanque había empezado a subir lentamente y que el agua comenzaba a fluir hacia nosotros.

 “Tenemos que irnos”, dije agarrando a Ramírez por el brazo para ponerlo de pie. “Ahora es demasiado tarde”, respondió la criatura con calma. El río ha esperado demasiado tiempo por ti, doctor. Ah, por mí. Pregunté confundido. Yo acabo de llegar al pueblo. ¿Por qué me querría el río? Mira la pared, indicó la criaturaseñalando un punto detrás de nosotros.

Me giré lentamente en la pared rocosa de la gruta, parcialmente sumergida en el agua que seguía subiendo, había un dibujo que no había notado antes, un hombre con bata blanca ahogándose y debajo mi nombre completo y la fecha, ese mismo día. No susurré. Esto es imposible. Yo no soy de aquí. El río no puede haberme elegido antes de mi llegada.

 El río existe fuera del tiempo que conoces”, explicó la criatura. “Ve el pasado, el presente y el futuro simultáneamente. Te vio llegar antes de que nacieras, doctor. Te ha estado esperando. El agua ya nos llegaba a los tobillos y seguía subiendo rápidamente. Ramírez comenzó a gritar y trató de correr hacia el túnel por el que habíamos llegado, pero resbaló y cayó al agua.

 Cuando intentó levantarse, algo pareció tirar de él hacia abajo, como si manos invisibles lo sujetaran. En segundos desapareció bajo la superficie. “Ramírez!”, grité intentando alcanzarlo, pero ya era tarde. Me volví hacia la criatura que ahora flotaba sobre el agua que ya me llegaba a la cintura. ¿Por qué yo? Exigí saber qué tengo de especial.

 Nada, respondió con aquella sonrisa inhumana. Y todo. El río te eligió por la misma razón que elige a todos, porque puede. El agua seguía subiendo, ya me llegaba al pecho. Intenté nadar hacia el túnel, pero una fuerza invisible me jalaba hacia el centro del estanque, donde el agua formaba un remolino cada vez más violento.

No tiene sentido resistirse, dijo la criatura. El río siempre obtiene lo que quiere. Mientras luchaba contra la corriente, un recuerdo súbito atravesó mi mente. Las gallinas, las gallinas de doña Clara que habían muerto la noche anterior. Todas al mismo tiempo, sin explicación aparente. Y hoy ella tenía una nueva con el nombre de Ana María.

Las gallinas, murmuré, más para mí mismo que para la criatura. Ella no las compra ni las roba, ella las transforma”, completó la criatura. Ese fue el trato que finalmente aceptó. No entregaría niños al río, pero transformaría a los que el río tomara por su cuenta. Un alma atrapada en un cuerpo animal es mejor que un alma perdida para siempre en las corrientes.

 De repente, todo cobró sentido. Las gallinas no eran símbolos ni representaciones, eran los niños mismos, o al menos algo de ellos, preservado mediante algún ritual macabro que doña Clara había aprendido o descubierto. “Entonces, Ana María está aquí”, dijo la criatura señalando el remolino que se formaba en el centro del estanque y también está en el cuerpo de la gallina que doña Clara ha preparado para ella dividida.

Pero no destruida, atrapada, pero no perdida. El agua me llegaba al cuello. Ahora ya no podía tocar el fondo con los pies. Pronto, muy pronto, sería arrastrado hacia el remolino, hacia ese otro lugar donde los rostros se presionaban contra la membrana entre los mundos. “No quiero morir”, dije, sorprendiéndome de la calma con la que pronuncié esas palabras.

 Nadie quiere”, respondió la criatura con lo que casi parecía compasión. “Pero todos lo hacen. Eventualmente el río solo acelera lo inevitable.” Cerré los ojos preparándome para lo que vendría. Pensé en mi vida, en las decisiones que me habían llevado hasta ese pueblo maldito, hasta esa gruta subterránea donde mi existencia terminaría.

 Y entonces, cuando ya sentía como el agua comenzaba a cubrirme por completo, una mano arrugada y sorprendentemente fuerte agarró mi brazo tirando de mí hacia arriba. “Doña Clara”, exclamé al abrir los ojos y verla allí de pie en una pequeña embarcación que no había notado antes, una especie de barca rudimentaria pero estable. “Suba, doctor”, dijo con urgencia.

rápido me hizó con una fuerza impropia de su edad y me desplomé sobre la barca, tosiendo y escupiendo agua. La criatura con forma de Ana María nos observaba desde unos metros de distancia, su rostro transformado por la ira. “¿Qué crees que estás haciendo, Clara?”, preguntó con aquella voz múltiple que ahora sonaba como el rugido de una catarata.

 “¿Sabes que no puede escapar? El río lo ha elegido y yo he elegido salvarlo, respondió doña Clara con firmeza. Ya te he dado demasiado, río. Mis hijos, mi esposo, mi cordura. No tendrás al doctor. La criatura siceó un sonido como vapor escapando a presión. No puedes interferir con el río, Clara. Conoces las consecuencias. Las conozco mejor que nadie, respondió la anciana.

 y estoy dispuesta a afrontarlas. Comenzó a remar con movimientos rápidos y precisos, alejándonos del remolino central. El agua a nuestro alrededor se agitaba violentamente como si intentara volcar la barca. ¿Por qué me está salvando?, pregunté todavía aturdido por lo que acababa de presenciar. Doña Clara me miró con ojos cansados, pero lúcidos.

Porque usted es el primero que intentó entenderme, no encerrarme ni medicarme hasta la inconsciencia. Y porque estoy cansada, doctor, cansada de este cicloeterno de muerte y transformación. La barca avanzaba contra la corriente, dirigiéndose hacia una apertura en la pared rocosa que no había visto antes. Detrás de nosotros, la criatura se sumergió en el agua y desapareció.

 ¿A dónde vamos?, pregunté. A la superficie, respondió doña Clara. A través del túnel secundario es más largo, pero más seguro. Y la criatura, el río, nos seguirá. Dijo con resignación. Siempre lo hace, pero tendremos tiempo suficiente para hacer lo que debemos hacer. ¿Qué es eso? Sus ojos se fijaron en los míos con una determinación que nunca había visto en ella.

 Acabar con todo esto, respondió, de una vez por todas. La barca se deslizaba por un túnel estrecho y sinuoso, apenas iluminado por la débil luz que emanaba de unas extrañas formaciones cristalinas en las paredes. El agua fluía con fuerza bajo nosotros, impulsándonos hacia delante como si el propio río estuviera ansioso por expulsarnos de sus entrañas.

 Doña Clara remaba con movimientos precisos, corrigiendo nuestra trayectoria cuando la corriente amenazaba con estrellarnos contra las paredes rocosas. ¿Qué quiso decir con acabar con todo esto?, pregunté rompiendo el tenso silencio que se había instalado entre nosotros. Doña Clara mantuvo la mirada fija en el camino acuático que se abría ante nosotros.

Durante 30 años he mantenido un equilibrio precario con el río”, respondió finalmente. Él toma a los niños. Yo transformo sus almas en aves. No es vida, pero es algo. Una forma de mantenerlos en este mundo, de darles una existencia tangible. Pero eso es imposible. dije, aunque después de lo que había visto, la palabra imposible había perdido gran parte de su significado.

Hay cosas más antiguas que su ciencia, doctor, respondió con una sonrisa triste. Rituales que se remontan a la fundación del pueblo, conocimientos que se transmitían de madres a hijas. Mi abuela me los enseñó como su abuela le enseñó a ella. Está diciendo que todas las mujeres de su familia podían transformar almas.

 Negó con la cabeza, no todas. Solo las que nacían con el don, las que podían oír al río hablar, ver sus designios. Mi madre no lo tenía, yo sí. Y sus hijos. Martín lo tenía, dijo su voz quebrándose ligeramente. Por eso el río lo quería más que a los otros. Un varón con el don es raro, poderoso. El túnel se ensanchaba gradualmente y la corriente se volvía más mansa.

 A lo lejos podía distinguir lo que parecía ser luz natural. Estábamos acercándonos a la salida. “¿Cómo piensa acabar con esto?”, insistí. “Si lo que dice es cierto, si el río es lo que sea que es, ¿cómo puede detenerlo?” Doña Clara me miró y por primera vez vi miedo en sus ojos, un miedo antiguo y profundo. Con fuego respondió simplemente.

 El fuego es lo único que el río teme, agua y fuego, opuestos eternos. El fuego puede secar un arroyo, evaporar un estanque. El fuego puede por un tiempo vencer al agua. ¿Está sugiriendo que debemos quemar el río? pregunté incrédulo. No, el río físico, explicó el punto donde el río se conecta con nuestro mundo, el lugar donde la barrera es más delgada, mi casa.

Antes de que pudiera responder, la barca emergió finalmente del túnel, deslizándose suavemente hacia la orilla de lo que reconocí como el río que bordeaba el pueblo. Estábamos a unos 500 m de las primeras casas y el sol comenzaba a asomar por el horizonte. Habíamos pasado toda la noche bajo tierra.

 Doña Clara amarró la barca a un árbol cercano y me hizo un gesto para que la siguiera. Caminamos en silencio a través de campos abandonados, evitando el camino principal. Cuando finalmente llegamos a la parte trasera de su propiedad, noté que las gallinas, las nuevas gallinas, incluida la que llevaba el nombre de Ana María, se habían multiplicado inexplicablemente.

Había al menos una docena. Todas con sus respectivos listones y nombres. ¿De dónde salieron?, pregunté señalando las aves. Del río, respondió doña Clara. Siempre del río. Por cada niño que toma me devuelve su esencia transformada. Es su manera de mantener el equilibrio, de honrar nuestro acuerdo tácito.

 Entramos a la casa por la puerta trasera. Doña Clara se movía con una energía y determinación sorprendentes para alguien de su edad, recolectando objetos aparentemente al azar, fotografías viejas, pequeños juguetes, prendas infantiles descoloridas por el tiempo. Los colocaba todos en el centro de la sala formando una pila heterogénea.

 ¿Qué está haciendo? preparando el ritual, respondió sin detenerse. Necesitamos algo personal de cada niño, algo que anclaba su alma al mundo físico. Los niños que murieron hace décadas, todavía conserva sus pertenencias, asintió gravemente. Todo está en el ático, guardado esperando este momento. Mientras doña Clara continuaba con sus preparativos, yo intentaba procesar todo lo que había presenciado en las últimas horas.

 La gruta subterránea, las carasbajo el agua, la criatura con forma de Ana María. Era demasiado para mi mente racional y sin embargo no podía negar la evidencia de mis propios sentidos. Doña Clara, dije finalmente, “¿Qué pasará con las gallinas? Con las almas de los niños, quiero decir.” Se detuvo un momento, sosteniendo una pequeña camiseta azul descolorida que presumiblemente había pertenecido a uno de sus hijos.

“Serán liberadas”, respondió. El ritual romperá su conexión con las aves, con este mundo. Podrán seguir adelante hacia donde sea que vayan las almas, cuando no están atrapadas por fuerzas como el río. ¿Y usted qué pasará con usted? Una sonrisa triste se dibujó en sus labios arrugados.

 Yo soy la conexión, doctor, el puente entre el río y este mundo para cerrar la puerta definitivamente. No necesitó terminar la frase. Entendí lo que implicaba y un escalofrío recorrió mi espalda. “Debe haber otra manera”, protesté. “Podríamos consultar a expertos, investigar.” “No hay tiempo, me interrumpió con firmeza. El río está furioso.

 Lo que hice salvarlo a usted ha roto definitivamente nuestro pacto tácito. Vendrá con toda su furia y no se detendrá con un niño o dos. Arrasará el pueblo entero si es necesario. Como para confirmar sus palabras, un trueno retumbó en la distancia, aunque el cielo seguía mayormente despejado. “Tormenta en cielo claro”, murmuró doña Clara. Ya viene.

 Terminó de arreglar los objetos en el centro de la sala y se dirigió a la cocina. Regresó con una lata de queroseno que debía usar para su antigua estufa. ¿Estás segura de esto?, pregunté una última vez. Más segura que de nada en mi vida, respondió. He vivido demasiado tiempo en este limbo, doctor, ni viva ni muerta, atada al río y a los niños perdidos.

Es hora de acabar. Comenzó a rociar el queroseno sobre la pila de objetos y luego siguió por toda la casa empapando muebles, cortinas, paredes. El olor acre invadió mis fosas nasales haciéndome tooser. “Doña Clara, por favor, piénselo bien”, supliqué siguiéndola. “Si incendia la casa, el fuego podría extenderse al pueblo.

” “No lo hará”, aseguró con una certeza inquebrantable. El fuego solo consumirá lo que debe consumir. Confíe en mí. Cuando terminó con el queroseno, regresó a la sala y se sentó en el suelo junto a la pila de objetos. Sacó una pequeña caja de fósforos de su bolsillo. “Debe irse ahora, doctor”, dijo sin mirarme.

 “No puede estar aquí cuando comience.” No voy a dejarla sola. Respondí con firmeza. debe hacerlo. Alguien tiene que contar esta historia, asegurarse de que no se repita. Alguien tiene que recordar a los niños sus nombres reales, no como aves en un corral. Otro trueno, más cercano esta vez hizo temblar las ventanas de la casa. Afuera el cielo se había oscurecido repentinamente, como si una tormenta hubiera surgido de la nada.

Ya viene”, susurró doña Clara, su voz mezclándose con el viento que comenzaba a ullar alrededor de la casa. “El río viene por nosotros.” Antes de que pudiera responder, un sonido no sobresaltó a ambos. Golpes en la puerta principal, frenéticos y desesperados. “Doctor Vega”, llamó una voz que reconocí como la de Mercedes.

 “Doña Clara, abran, por favor.” Miré a doña Clara indeciso. “Ábrala”, dijo ella con resignación. “Quizás también esto forma parte del designio del río. Me dirigí a la puerta y la abrí. Mercedes estaba allí, empapada, aunque no había empezado a llover, con el rostro desencajado por la angustia y el miedo.

 Y junto a ella, sosteniéndole la mano con fuerza, estaba Ana María. La encontramos en la orilla del río”, explicó Mercedes atropelladamente, entrando a la casa sin esperar invitación hace apenas unos minutos. Está ilesa, pero no habla, no responde cuando le preguntamos qué pasó. La niña parecía en perfecto estado físico, pero había algo extraño en su mirada, algo vacío y distante que me recordó inquietantemente a la criatura de la gruta.

 Doña Clara se puso de pie lentamente, sus ojos fijos en la pequeña. Esa no es Ana María, dijo con voz firme. No es la verdadera Ana María. Mercedes la miró confundida. ¿De qué habla? Claro que es ella. Mírela. La miro”, respondió doña Clara acercándose a la niña, y veo al río en sus ojos, como si respondiera a una señal invisible, Ana María sonríó.

 La misma sonrisa inhumana y demasiado amplia que había visto en la criatura de la gruta. “Clara”, dijo la niña, “ero la voz que salió de su boca era aquella voz múltiple y acuosa que heló mi sangre. ¿De verdad creíste que podrías escapar de mí tan fácilmente? Mercedes soltó la mano de la niña y retrocedió horrorizada.

 Yo me interpuse entre ella y Ana María o lo que fuera que estuviera usando su forma. Déjala, exigí. Deja a la niña en paz. La criatura con forma de Ana María ladeó la cabeza estudiándome con curiosidad. Sigues siendo valiente, doctor, a pesar de lo que has visto. Me pregunto si tu valentía persistirácuando el agua llene tus pulmones, cuando sientas la presión de las profundidades aplastando tu cráneo.

 Un trueno ensordecedor sacudió la casa entera y las ventanas estallaron hacia adentro, permitiendo que ráfagas de viento y lluvia invadieran la sala. La tormenta había llegado. “Salangan!”, gritó doña Clara. a Mercedes y a mí. Salgan ahora. Mercedes no necesitó que se lo repitieran. Corrió hacia la puerta, pero yo me mantuve firme.

 No voy a dejarla, insistí. Qué conmovedor. Se burló la criatura con forma de Ana María, el buen dispuesto a morir por una vieja loca. Pero no será solo tu vida, doctor. Cuando acabe con ustedes dos, iré por el resto del pueblo, niño por niño, casa por casa. El río reclamará todo lo que le pertenece. Doña Clara encendió un fósforo, la pequeña llama danzando precariamente en medio del viento que azotaba la habitación.

No, si yo puedo evitarlo dijo con determinación. La criatura dio un paso hacia ella, pero se detuvo abruptamente, como si una barrera invisible le impidiera avanzar más. ¿Qué estás haciendo?, preguntó. Y por primera vez detecté miedo en aquella voz. inhumana. Lo que debía hacer hace 30 años, respondió doña Clara, elegir un bando, no más equilibrio, no más pactos tácitos.

Hoy elijo a los vivos sobre los muertos, la tierra sobre el agua. dejó caer el fósforo sobre la pila de objetos empapados en queroseno. En segundos las llamas se elevaron, alimentadas por el viento que inexplicablemente parecía avivar el fuego en lugar de apagarlo. No rugió la criatura, su voz convertida ahora en el estruendo de mil cataratas.

El cuerpo de Ana María comenzó a distorsionarse, a perder su forma humana. La piel se volvió traslúcida, revelando lo que parecía ser agua en movimiento dentro de ella. Doctor, váyase”, gritó doña Clara por encima del rugido del fuego y la tormenta. Esta vez obedecí, comprendiendo finalmente que mi presencia solo dificultaría lo que debía ocurrir.

 Corrí hacia la puerta donde Mercedes esperaba paralizada por el horror. “¡Vamos!”, le grité agarrándola del brazo y arrastrándola fuera de la casa. Apenas habíamos cruzado el umbral cuando un destello cegador iluminó todo el interior de la casa, seguido de un sonido que no puedo describir, como un grito y un rugido y un torrente, todo al mismo tiempo.

 La onda expansiva nos lanzó varios metros en el aire, haciéndonos aterrizar dolorosamente en el jardín delantero. Me incorporé aturdido, con zumbidos en los oídos y la visión borrosa. La casa de doña Clara estaba envuelta en llamas, pero eran llamas como nunca había visto, azules, verdes, violetas, colores imposibles para el fuego natural.

 Y en medio del infierno cromático, dos figuras luchaban, doña Clara y la criatura, ahora completamente transformada en un ser de agua y luz, vagamente humanoide, pero constantemente cambiante. “Doña Clara!”, grité intentando acercarme, pero el calor era insoportable. Por un instante, la anciana giró su rostro hacia mí.

 estaba sonriendo, una sonrisa de paz y determinación. “Cuente nuestra historia, doctor”, dijo, “aunque no sé cómo pude escucharla por encima del rugido del fuego para que no se repita.” Y entonces, mientras la criatura acuosa se retorcía y chillaba a su alrededor, doña Clara cerró los ojos y extendió los brazos como abrazando el fuego mismo.

Las llamas la envolvieron, fusionándose con ella, transformándola en pura luz. La criatura del río emitió un último alarido desgarrador antes de evaporarse en una nube de vapor que ascendió hacia el cielo tormentoso. Y entonces, silencio. El fuego siguió ardiendo, pero ahora era un fuego normal, anaranjado y rojo, confinado a la estructura de la casa, sin extenderse un centímetro más allá de sus límites, tal como doña Clara había predicho.

Los vecinos comenzaron a salir de sus casas, atraídos por el espectáculo del incendio. Algunos trajeron cubos de agua, otros llamaron a los bomberos del pueblo vecino. Nadie se explicaba cómo el fuego había comenzado, ni por qué no se expandía a pesar del viento. Mercedes estaba sentada en el suelo, meciéndose suavemente con la mirada perdida.

 “Ana María”, murmuraba una y otra vez, “¿Dónde está Ana María?” Como respondiendo a su pregunta, un suave cacareo llamó nuestra atención. De entre los arbustos del jardín emergió una gallina blanca con un listón rojo al cuello. Se acercó directamente a Mercedes y se detuvo frente a ella, mirándola con lo que solo puedo describir como reconocimiento.

Mercedes extendió una mano temblorosa y acarició el plumaje del ave. Ana María susurró, “¿Eres tú, verdad?” La gallina emitió un suave gorjeo, casi como un arrullo, y se acurrucó contra el regazo de la mujer. A medida que las llamas consumían la casa de doña Clara, noté algo extraordinario. Todas las gallinas del corral trasero, docenas de ellas con sus respectivos listones de colores, emergían una a unay se acercaban a diferentes personas del pueblo.

 Cada avecía saber exactamente a quién dirigirse, ancianos que habían perdido hijos o nietos décadas atrás, familias que habían sufrido tragedias recientes y en cada caso se producía el mismo reconocimiento silencioso, la misma aceptación muda. Comprendía entonces que doña Clara había conseguido su propósito. No había destruido las almas transformadas.

 las había liberado, permitiéndoles buscar a sus seres queridos una última vez antes de partir definitivamente. La tormenta se disipó tan repentinamente como había aparecido, revelando un cielo despejado y un sol radiante. El río, visible desde donde yo estaba, fluía tranquilo y manso, como cualquier río normal.

 Su hambre parecía haber sido saciada, al menos por ahora. Esa noche, mientras los rescoldos de la casa de doña Clara aún humeaban, redacté mi renuncia como médico rural de San Miguel del Río. No podía quedarme en un lugar donde había presenciado algo tan inexplicable y perturbador, algo que desafiaba todo lo que creía saber sobre la realidad.

 Pero antes de irme cumplí mi promesa a doña Clara. Escribí nuestra historia, la verdadera historia en un cuaderno que luego deposité en el archivo municipal junto a los documentos sobre la inundación de hacía 30 años. Lo titulé simplemente El río y los niños y lo firmé con mi nombre completo y mi título médico para darle toda la credibilidad posible.

No sé si alguien lo leerá alguna vez o si lo creerán si lo hacen, pero siento que es importante que quede registro para que las generaciones futuras estén alertas, para que reconozcan las señales y el río vuelve a despertar su hambre ancestral. Porque estoy convencido de que doña Clara tenía razón.

 El río no está solo aquí, está en todas partes, en cada corriente de agua que fluye por la tierra. Y aunque su conexión con San Miguel ha sido sellada con fuego y sacrificio, quizás existan otros puntos débiles, otras puertas que podrían abrirse. Mientras escribo estas líneas finales, desde la seguridad de mi nuevo hogar en la ciudad, a cientos de kilómetros de cualquier río importante, no puedo evitar mirar con recelo el agua que sale del grifo, el líquido que llena mi vaso, la lluvia que golpea mi ventana, porque ahora sé lo que se oculta en las

profundidades, lo que acecha bajo la superficie aparentemente inocua del elemento que da vida. Y en las noches más oscuras, cuando el viento ahulla y la lluvia cae con fuerza, a veces creo oír voces infantiles llamándome, cantando una canción sin palabras, que habla de corrientes profundas y hambre eterna.

 La canción del río que nunca se sacia, que siempre regresa, que siempre encuentra la forma. Yeah.