
El 8 de noviembre de 1997, en la colonia desarrollo urbano Quetzalquattle de Iztapalapa, Ciudad de México, 15 cuerpos amanecieron distribuidos en un radio de ocho cuadras, todos ejecutados entre las 2 y las 6 de la madrugada. Todos con el mismo calibre de bala. Todos miembros de los fantasmas del oriente.
La pandilla que controlaba el robo de taxis en esa zona de la delegación más violenta de la capital. La policía judicial tardaría semanas en armar el rompecabezas, pero en las calles de Iztapalapa la verdad circuló desde el primer cadáver. Alguien había cobrado una deuda de sangre. El motivo no era drogas, ni territorio, ni guerra entre bandas.
Era un tsuru verde con placas de taxi que tres semanas antes habían robado con todo y chóer. Y cuando el chóer apareció muerto en un terreno valdío de Chalco con señales de tortura, su hermano mayor decidió que 15 vidas no eran suficientes para pagar una, pero era un comienzo. Esta es la historia de Fermín Ríos Galván, un mecánico de 44 años que nunca había disparado un arma hasta que le devolvieron el cuerpo de su hermano menor en una bolsa negra de plástico.
Iztapalapa en noviembre de 1997 era el infierno que la ciudad de México pretendía que no existía. La delegación más poblada del Distrito Federal con casi 2 millones de habitantes apretados en colonias que crecían sin control hacia los cerros del oriente. Desarrollo urbano. Ketzalcoatle, conocido simplemente como Duku por sus habitantes, era una de esas colonias que los mapas oficiales apenas registraban.
Calles de tierra que se volvían ríos de lodo cada temporada de lluvias. Casas de blog sin terminar con varillas oxidadas apuntando al cielo gris de la ciudad. postes de luz colgando de cables que nadie sabía quién había instalado, tienditas de abarrotes en cada esquina vendiendo lo mínimo necesario para sobrevivir y en cada tercer casa, alguien que había perdido a alguien por la violencia que se había normalizado hasta volverse parte del paisaje.
En 1997, México todavía estaba procesando la crisis económica de 1994, el llamado error de diciembre, que había devaluado el peso y dejado a millones en la pobreza. El presidente era Ernesto Cedillo, el tecnócrata que había heredado el desastre de Salinas y que prometía estabilidad mientras el país se desangraba por los costados.
En Iztapalapa nadie creía en promesas gubernamentales. La gente había aprendido que el gobierno solo aparecía para cobrar impuestos y para recoger cadáveres. Todo lo demás, la seguridad, el empleo, la justicia. Tenías que conseguirlo por tu cuenta o no lo conseguías. El robo de taxis era epidemia en la Ciudad de México de los 90.
Cada día desaparecían entre 20 y 30 taxis. La mayoría tsurus blancos o verdes que los ladrones robaban para desmantelar y vender las piezas o para usarlos en secuestros exprés donde subían pasajeros y los llevaban a cajeros automáticos vaciándoles las cuentas antes de abandonarlos en algún terreno valdo. Las estadísticas oficiales decían que el 60% de los taxis robados nunca se recuperaban.
Las estadísticas no oficiales, las que los taxistas conocían, decían que si te robaban el taxi con violencia, las probabilidades de que aparecieras vivo eran de una en tres. Los fantasmas del oriente no eran un cartel ni una organización sofisticada, eran una pandilla de barrio que había encontrado en el robo de taxis un negocio más rentable que el narcomenudeo.
15 miembros activos, todos entre los 17 y 28 años, todos nacidos y crecidos en Duku o colonias aledañas, operaban con un sistema simple. Identificaban taxis en las avenidas principales, los seguían hasta zonas menos transitadas, los interceptaban con pistolas o cuchillos, bajaban al conductor y desaparecían el vehículo en menos de una hora.
Tenían un taller clandestino en la colonia Santa Marta de Catitla, donde desarmaban los taxis y vendían las piezas a refaccionarias que no hacían preguntas. Lo que no podían desmantelar, lo quemaban en terrenos Valdíos de Chalco o Valle de Chalco, ya en el Estado de México, donde la policía capitalina no tenía jurisdicción.
El líder de los fantasmas se llamaba Ernesto Valderas. 27 años, conocido como el Sombra, porque siempre usaba una gorra negra que le cubría media cara. Había crecido sin padre, criado por una abuela que murió cuando él tenía 14. A los 15 ya robaba autopartes. A los 18 tuvo su primer arresto por robo de vehículo. Pasó 8 meses en el Reclusorio Oriente y salió con contactos que le permitieron armar su propio grupo.
A los 27 controlaba el robo de taxis en cuatro colonias y tenía bajo su mando a 14 jóvenes que lo seguían porque no tenían a nadie más que los guiara. El Sombra no era cruel por naturaleza, era cruel por necesidad. En su mundo, la crueldad era moneda de supervivencia. Si no eras temido, eras presa.
Fermín Ríos Galván tenía 44 años en noviembre de 1997 y había pasado 30 de ellos trabajando con las manos.Empezó a los 14 como ayudante en un taller mecánico de la colonia Agrícola Oriental, donde aprendió a desarmar y armar motores con la precisión de un cirujano. A los 20 ya era oficial mecánico. A los 25 abrió su propio taller, un espacio rentado de 4x 6 m en la avenida Ermita Itapalapa, donde arreglaba todo lo que tuviera motor, coches, motos, lanchas de los ricos que venían desde Coyoacán, porque les habían dicho que el mecánico de Iztapalapa era
bueno y barato. A los 44 su taller seguía siendo del mismo tamaño, pero su reputación había crecido. Fermín Ríos era el mecánico al que llevabas tu carro cuando otros mecánicos te habían dicho que no tenía arreglo. Fermín nunca se casó, no porque no quisiera, sino porque nunca encontró el momento.
Había tenido novias, algunas serias, pero siempre terminaba dedicándoles más tiempo a los motores que a las relaciones. Su familia era su taller y sus hermanos. Eran cuatro en total. Fermín el mayor, después Aurelio de 42, después Gonzalo de 39 y el menor Toño de 35. Los cuatro habían crecido en la misma vecindad de la colonia Santa María hastauacán, criados por una madre viuda que trabajó como costurera hasta que la artritis le quitó la capacidad de sostener una aguja.
El padre había muerto en un accidente de construcción cuando Fermín tenía 12 años. Desde entonces, Fermín había asumido el rol de figura paterna para sus hermanos menores. Aurelio trabajaba como electricista. Tenía su propio negocio de instalaciones en casas y negocios. Gonzalo era soldador, trabajaba en una fábrica de estructuras metálicas en Vallejo y Toño, el menor, era taxista.
Manejaba un Tsuru verde modelo 1994 que había comprado a crédito 3 años antes y que todavía estaba pagando. Toño estaba casado con Marcela. Tenían dos hijos de 7 y 4 años que adoraban a su padre porque los llevaba a pasear en el taxi los domingos, porque les compraba dulces con las propinas, porque siempre llegaba a casa con historias de los pasajeros extraños que subía cada día.
La noche del 18 de octubre de 1997, Toño Ríos salió de su casa cerca de las 9 para hacer el turno nocturno. Los turnos nocturnos pagaban mejor porque había menos competencia y los pasajeros daban mejores propinas. Marcela no quería que saliera esa noche porque había visto en las noticias que habían matado a otro taxista en Tuawak.
Pero Toño le dijo que no se preocupara, que él conocía las zonas peligrosas, que llevaba años haciendo esto sin problemas. Solo voy a trabajar hasta las 2″, le dijo besándola en la frente. A las 3 estoy de regreso. Fue la última vez que Marcela vio a su esposo vivo. Toño hizo sus primeros viajes sin incidentes.
Recogió a una pareja en el metro Constitución de 1917 y los llevó a la colonia Escuadrón 2011. Recogió a un borracho en una cantina de la avenida Tlauak y lo llevó a su casa en San Lorenzo Tesonco. Recogió a una enfermera que salía del turno nocturno del Hospital General de Istapalapa y la llevó hasta la colonia Leyes de Reforma. Cada viaje anotado en su libreta, cada pasajero un ingreso más para pagar la letra mensual del taxi.
A las 11:43 de la noche, según la última anotación de su libreta, Toño recogió a un hombre joven en la esquina de avenida Tláak y eje 6 sur. El pasajero pidió que lo llevara a desarrollo urbano Quetzalquatlle, una zona que Toño conocía, pero que evitaba después de cierta hora porque era territorio de pandillas.
Pero el pasajero ofreció pagar el doble de la tarifa. Toño aceptó. Error fatal. Nadie sabe exactamente qué pasó después. Lo que la policía reconstruyó semanas después, basándose en testimonios de vecinos y en las pocas evidencias que encontraron, fue que el taxi de Toño entró a Duke cerca de las 11:50. A las 12:10 minutos, un vecino escuchó gritos y vio como tres hombres sacaban a un taxista de su vehículo a punta de pistola.
El vecino no llamó a la policía porque en Duke llamar a la policía era invitar problemas. El taxi desapareció en la oscuridad. Toño desapareció con él. Marcela esperó toda la noche. A las 3 de la mañana empezó a preocuparse. A las 5 llamó a Fermín. A las 7 fueron juntos a la delegación a reportar la desaparición.
El agente de guardia tomó los datos sin interés. Les dijo que esperaran 24 horas antes de hacer la denuncia formal. Les dijo que seguramente el taxista estaba con otra mujer o se había quedado dormido en algún lado. Fermín tuvo que contenerse para no romperle la cara. Pasaron tres días sin noticias. Fermín cerró su taller y se dedicó a buscar a su hermano.
Recorrió colonias, hospitales, delegaciones, morgues. Preguntó a otros taxistas si habían visto algo. Ofreció recompensa por información. Nada. Toño había desaparecido como si la tierra se lo hubiera tragado. El 22 de octubre, 4 días después de la desaparición, un campesino encontró un cuerpo en un terreno valdío a las afueras de Chalco.
El cuerpo estaba en avanzado estado de descomposición, pero todavía llevaba la licencia de conducir en el bolsillo. Antonio Ríos Galván, 35 años, taxista. Fermín fue a reconocer el cuerpo a la morgue de Chalco. Lo que vio lo marcó para siempre. Su hermano menor, el niño al que había enseñado a andar en bicicleta, al que había llevado a su primer día de escuela, al que había prestado dinero para comprar su taxi, estaba irreconocible.
El cuerpo mostraba señales de tortura, quemaduras de cigarro, huesos rotos, cortes en el torso. Los forenses determinaron que Toño había muerto entre 24 y 48 horas después de su desaparición, lo que significaba que lo habían tenido vivo durante uno o dos días antes de matarlo. Fermín no lloró en la morgue, no lloró en el funeral, no lloró cuando Marcela se derrumbó sobre el ataú de su esposo gritando que, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Fermín no lloró porque algo dentro de él se había congelado, se había convertido en algo frío y duro y
paciente, algo que esperaba el momento de actuar. El entierro fue el 24 de octubre en el Panteón Civil de Iztapalapa. Asistieron más de 100 personas, familiares, vecinos, otros taxistas que conocían a Toño, clientes del taller de Fermín que querían mostrar su apoyo. Durante el servicio, mientras el padre recitaba oraciones que a Fermín le parecían vacías, un hombre se acercó discretamente y le pasó un papel doblado.
“Es lo que sé”, susurró el hombre antes de desaparecer entre la multitud. Fermina esperó hasta llegar a su casa para leer el papel. Era una nota escrita a mano con información que cambiaría todo. Los que mataron a tú hermanos se llaman los fantasmas del oriente. Operan en Duku. El líder es Ernesto Valderas. El Sombra. Vive en calle a Catitla 47. Fueron ellos.
Todo mundo lo sabe. Fermín leyó la nota cinco veces, después la quemó. No necesitaba evidencia física. La información ya estaba grabada en su memoria. Durante los siguientes tres días, Fermín no habló con nadie sobre lo que había leído. Siguió atendiendo su taller, siguió reparando motores, siguió actuando como si nada hubiera cambiado.
Pero cada noche, cuando cerraba el taller y se quedaba solo, planeaba, investigaba, observaba. El 27 de octubre fue a Duku por primera vez. Manejó su camioneta pickup por las calles de la colonia, memorizando rutas, identificando puntos clave, buscando la calle Acatitla 47. La encontró. Era una casa de dos pisos, mejor construida que las demás.
con un portón de metal y una camioneta estacionada afuera. La casa del Sombra. Fermín no se detuvo, no llamó la atención, solo pasó de largo como si estuviera buscando una dirección, pero sus ojos registraron cada detalle: las ventanas, las puertas, los posibles puntos de entrada y salida. Volvió tres veces más esa semana, cada vez a diferentes horas, construyendo un mapa mental de la zona.
El 1 de noviembre, día de muertos, Fermín visitó la tumba de su hermano. Llevó flores de sempasuchil y una botella de tequila que Toño le había regalado el año anterior para su cumpleaños. se sentó junto a la tumba y habló en voz baja. Voy a hacer algo que tal vez no esté bien, pero no puedo dejar que estos cabrones sigan vivos mientras tú estás aquí abajo.
No es justo, no es correcto. Y yo sé que tú harías lo mismo por mí. Destapó el tequila, tomó un trago, vertió otro sobre la tierra de la tumba. Dame fuerza, hermano, dame fuerza para hacer lo que tengo que hacer. Esa noche Fermín llamó a sus otros dos hermanos, Aurelio y Gonzalo. Les pidió que vinieran a su casa. Era urgente.
Llegaron cerca de las 9 de la noche, preocupados porque Fermín nunca llamaba con urgencia para nada. Se sentaron en la sala de la casa de Fermín, una casa pequeña pero bien mantenida en la colonia agrícola Oriental. Fermín le sirvió café. Después les dijo la verdad. Sé quiénes mataron a Toño. Aurelio y Gonzalo se quedaron en silencio.
Se llaman Los Fantasmas del Oriente. Son una pandilla de Duku que se dedica a robar taxis. El líder se llama Ernesto Valderas. Vive en calle Acatitla 47. ¿Cómo lo sabes? preguntó Gonzalo. Me llegó información. ¿Se lo dijiste a la policía? ¿Para qué? ¿Para que les avisen y desaparezcan? ¿Para que los arresten y salgan en se meses? ¿Para que Toño siga muerto y ellos sigan vivos? Aurelio se inclinó hacia delante.
¿Qué estás proponiendo? Fermín los miró a los ojos, primero a uno, después al otro. Estoy proponiendo que hagamos justicia nosotros, que vayamos por cada uno de esos cabrones, que les hagamos pagar lo que le hicieron a nuestro hermano. El silencio que siguió fue pesado. Gonzalo se levantó, caminó hacia la ventana, miró hacia la calle oscura.
¿Cuántos son? 15 más el líder. Nosotros somos tres. Con los primos seríamos siete, tal vez ocho. Aurelio habló. ¿Y después qué? Nos van a buscar. La policía, otras pandillas, quién sabe quién más. Talvez, pero Toño va a estar vengado y eso es lo único que me importa. A mí también me importa, dijo Gonzalo sin voltear.
Era mi hermano, lo quería igual que tú. Entonces, ¿estás conmigo? No dije eso. Dije que me importa, pero hacer lo que propones, eso nos convierte en asesinos. ¿Y ellos qué son? Santos. Torturaron a Toño durante dos días antes de matarlo. Dos días. ¿Sabes lo que eso significa? Sufrió.
Pidió que lo dejaran, tal vez rogó. Y ellos siguieron por un [ __ ] taxi de 100,000 pesos. Lo torturaron durante dos días. Gonzalo finalmente volteó. Tenía lágrimas en los ojos. ¿Cómo sabes que lo torturaron? Porque vi el cuerpo. Porque el forense me dijo que tenía huesos rotos que no fueron de una golpiza rápida. Fueron de algo sistemático, algo que tomó tiempo.
Aurelio se puso de pie. ¿Tienes un plan? Tengo el principio de un plan, pero necesito que estén conmigo para terminarlo. ¿Y las armas? ¿De dónde las vamos a sacar? Conozco a alguien. Aurelio y Gonzalo se miraron. Habían crecido juntos, habían sufrido juntos, habían enterrado juntos a su padre y ahora a su hermano menor.
Ninguno de los tres era criminal. Ninguno había disparado un arma fuera de las ferias donde les pagabas por tirar a blancos de plástico. Pero también sabían que Fermín tenía razón. La justicia oficial no existía para gente como ellos. Si querían justicia, tendrían que tomarla con sus propias manos. “Cuenta conmigo”, dijo Aurelio. “Y conmigo”, dijo Gonzalo.
Fermín asintió. Entonces, empecemos. Durante la siguiente semana, Fermín reclutó a los demás. Primero fueron sus primos Raúl, de 38 años, que trabajaba como chóer de camión de carga, Edmundo de 33, que era albañil, y Sergio de 29 que trabajaba en una fábrica de muebles. Los tres eran hijos de la hermana de su madre.
Habían crecido casi como hermanos de los ríos. Habían llorado en el funeral de Toño con rabia genuina. Después sumó a dos hombres que no eran familia, pero que tenían razones propias. El primero era Jacinto Hernández, 41 años, mecánico que trabajaba ocasionalmente con Fermín en proyectos grandes. Su cuñado había sido asesinado dos años antes por otra pandilla de Iztapalapa durante un intento de robo.
Nunca atraparon a los culpables. Cuando Fermín le contó su plan, Jacinto no dudó ni un segundo. El segundo era Mario Centeno, 36 años, taxista que conocía a Toño de las bases de taxis donde se juntaban a esperar pasajeros. Mario había perdido su propio taxi 6 meses antes por los fantasmas. Lo habían golpeado tan fuerte que estuvo dos semanas en el hospital.
Desde entonces trabajaba de chalán porque ninguna financiera le prestaba para otro taxi. Cuando se enteró de quién había matado a Toño, fue él mismo a buscar a Fermín para ofrecerse ocho hombres en total contra 15 pandilleros más su líder. Las matemáticas no estaban a su favor, pero Fermín tenía algo que los fantasmas no tenían.
Planeación meticulosa. El 3 de noviembre, Fermín se reunió con un conocido de sus tiempos de juventud, un hombre que había tomado caminos diferentes y que ahora vivía de negocios que preferían la oscuridad. El hombre al que Fermín solo conocía como el chino operaba desde una bodega en la central de abasto vendiendo cosas que no se compraban en tiendas.
Fermín llegó con 15,000 pes en efectivo, todo lo que había logrado juntar vendiendo herramientas y vaciando su cuenta de ahorros. ¿Qué necesitas?, preguntó el chino sin preámbulos. Cuatro pistolas, calibre 38 o 9 mm con suficientes balas. ¿Para qué las quieres? Importa. El chino lo estudió durante un momento. Me enteré de lo de tu hermano. Mal pedo.
¿Puedes conseguirme lo que necesito o no puedo? Te cuestan 12,000 por las 4 más 3,000 por las balas. Son los 15 que traes. ¿Cuándo las tengo? Mañana a las 8 de la noche. Aquí mismo. Fermín regresó al día siguiente. El chino le entregó una mochila con cuatro pistolas, 238 revólveres y 2 9 mm semiautomáticas. También había 100 balas distribuidas en cajas.
Una cosa más, dijo el chino cuando Fermin. ¿Qué? Los que vayas a cazar, asegúrate de que no quede ninguno vivo. Los muertos no hablan, los heridos sí. Fermín asintió y se fue. Durante los siguientes tres días, los ocho hombres se prepararon. Practicaron disparar en un terreno valdío cerca de Sochimilco, lejos de cualquier habitación.
La mayoría nunca había disparado un arma real. Fermín les enseñó lo básico, cómo sostenerla, cómo apuntar, cómo no anticipar el retroceso. No se convirtieron en tiradores expertos, pero al menos ya no le tenían miedo al ruido ni al impacto. Más importante que las armas era la información. Fermín había pasado semanas recopilando datos sobre los fantasmas.
Sabía dónde vivía cada uno de los 15 miembros. Sabía sus rutinas, dónde se juntaban, a qué hora se movían. Sabía que los jueves por la noche la mayoría se reunía en la Casa del Sombra para repartir el dinero de lasemana. Sabía que los viernes en la madrugada era cuando menos vigilancia tenían porque estaban cansados de la fiesta del jueves.
El plan era atacar el viernes 7 de noviembre en la madrugada, cuando los pandilleros estuvieran dispersos y vulnerables. Se dividirían en cuatro equipos de dos hombres. Cada equipo tendría objetivos específicos. Atacarían simultáneamente a las 2 de la mañana para maximizar el factor sorpresa. Se comunicarían con radios de banda civil que Raúl había conseguido de su trabajo como chóer.
La noche del 6 de noviembre, víspera del ataque, Fermín reunió a los 8o en su taller. Desplegó sobre el piso un mapa de duque que había dibujado a mano con la ubicación de cada objetivo. Asignó equipos: Equipo uno, Fermín y Aurelio. Objetivos: El Sombra y los dos hombres que vivían con él. Equipo dos, Gonzalo y Raúl.
Objetivos: cuatro pandilleros que compartían una casa en calle mixteca. Equipo tres, Edmundo y Sergio. Objetivos: tres pandilleros que vivían dispersos, pero cerca unos de otros. Equipo 4: Jacinto y Mario. Objetivos: cinco pandilleros que vivían en la zona norte de la colonia. “Entramos a las 2 en punto”, dijo Fermín. “Todos al mismo tiempo.
Nadie se adelanta, nadie se atrasa. Si alguien tiene problemas, lo dice por radio y los demás vamos a ayudar.” ¿Quedó claro? Los siete asintieron. Una cosa más, esto que vamos a hacer no tiene vuelta atrás. Una vez que empecemos, somos asesinos. La ley nos va a buscar. Otras pandillas tal vez también.
Nuestras vidas van a cambiar para siempre. Si alguien quiere salirse, este es el momento. No hay vergüenza en decir que no puedes. Nadie se movió. Entonces, mañana a las 11 de la noche nos vemos en el punto de reunión. Cada quien sabe lo que tiene que hacer. Se dispersaron. Fermín se quedó solo en su taller. Miró las herramientas que había usado durante 30 años para crear cosas, para reparar cosas.
¿Mañana usaría otras herramientas para destruir? Se preguntó si Toño lo perdonaría. Se preguntó si Dios lo perdonaría. Decidió que no le importaba. Lo único que importaba era que 15 hombres que habían torturado y asesinado a su hermano dejaran de respirar. El 7 de noviembre a las 11 de la noche los ocho hombres se reunieron en un estacionamiento abandonado cerca de Duke.
Llegaron en cuatro vehículos diferentes. La pickup de Fermín, el Jetta de Aurelio, la camioneta de Raúl y un Tsuru prestado que Jacinto había conseguido de un amigo sin decirle para qué. Se estacionaron en la oscuridad, apagaron luces, verificaron armas. Fermín distribuyó los radios. Canal 14, frecuencia que rara vez usaba nadie. ¿Alguna pregunta de último momento? ¿Qué hacemos si hay mujeres o niños en las casas? Preguntó Sergio.
Los sacamos primero. No lastimamos a nadie que no sea objetivo. Esto es por Toño, no por demostrar quién es más macho. Y si alguno se nos escapa, lo buscamos después. Pero la idea es que no se escape nadie. A la 1 de la mañana comenzaron a moverse hacia sus posiciones. Se separaron en las cuatro direcciones que el plan requería.
La colonia estaba oscura. Muchos postes de luz no funcionaban. Las calles estaban vacías, excepto por perros callejeros que ladraban a las sombras. Fermín y Aurelio llegaron a la calle a Catitla 47 a la 1:40. Se estacionaron a media cuadra, apagaron el motor, esperaron. La casa del Sombra estaba en silencio. Había luz en una ventana del segundo piso.
Probablemente alguien despierto viendo televisión. La camioneta que Fermín había visto antes seguía estacionada afuera. A la 1:55, Fermín habló por el radio. Águila 1 en posición. Todos listos. Águila dos lista, respondió Gonzalo. Águila 3 lista, respondió Edmundo. Águila 4, lista, respondió Jacinto. A las 2 en punto, ni un segundo antes, Fermín miró su reloj.
Los números brillaban en la oscuridad. 156 157 158 159 dos en punto. Adelante. Fermín y Aurelio bajaron de la pickup. Caminaron hacia la casa del Sombra. Fermín llevaba una de las 38, Aurelio la otra. Llegaron al portón de metal. Estaba cerrado, pero no con candado. Fermín lo empujó. Chirrió levemente, pero nadie pareció escuchar. Entraron al patio.
Había una moto estacionada, ropa colgada en un tendedero, basura acumulada en una esquina. La puerta principal era de madera vieja. Fermín la probó cerrada. Miró a Aurelio, asintió. Aurelio retrocedió un paso y pateó la puerta junto a la cerradura. La madera se astilló. La puerta se abrió. Adentro estaba oscuro.
Olía cigarro, cerveza rancia, comida vieja. Fermín encendió su linterna, la misma que usaba en el taller para ver debajo de los carros. Iluminó una sala desordenada. Sillones rotos, botellas vacías, un televisor encendido pero sin sonido, un ruido arriba, pasos, alguien bajando las escaleras. ¿Quién [ __ ] está ahí? Una voz desde arriba.
Fermín apuntó la linterna hacia la escalera. Un hombre joven, tal vez 20 años, bajaba con unapistola en la mano. Cuando la luz le pegó en los ojos, se detuvo cegado momentáneamente. Fermín disparó. El sonido fue ensordecedor en el espacio cerrado. El hombre cayó rodando por los escalones. No volvió a moverse. Más ruido arriba, gritos.
Fermín y Aurelio subieron las escaleras saltando sobre el cuerpo. Arriba había un pasillo corto con tres puertas. Una se abrió. Otro hombre salió también armado. Aurelio disparó dos veces. El hombre se desplomó. La tercera puerta al final del pasillo. Fermín la pateó. Adentro había un cuarto más grande, probablemente la habitación principal.
Y ahí, parado junto a la cama, con una pistola temblando en la mano, estaba Ernesto Balderas. El sombra, sin su gorra característica se veía más joven, más asustado, más humano. ¿Quiénes son ustedes?, preguntó con voz que intentaba ser amenazante, pero que temblaba. Soy el hermano del taxista que mataste hace tres semanas, Antonio Ríos.
¿Te acuerdas de él? El sombra parpadeó procesando el del tsuru verde. Ese mismo. Mira, eso fue fue un accidente. Se puso difícil y las cosas se salieron de control. Accidente. Lo torturaste dos días por accidente. No fui yo directamente fueron mis muchachos. Yo traté de pararlo, pero cállate. Fermín levantó la pistola.
El Sombra levantó la suya. Pero el Sombra era joven, nervioso, probablemente drogado. Fermín era un hombre de 44 años que había pasado semanas preparándose para este momento. Fermín disparó primero dos veces al pecho. El sombra cayó sobre la cama, sangre manchando las sábanas sucias. Fermín se acercó. El sombra todavía respiraba apenas, burbujeando sangre por la boca.
Esto es por Toño! Dijo Fermín. Disparó una última vez. El Sombra dejó de moverse. Mientras tanto, en otras partes de Duke, los otros equipos ejecutaban sus propias misiones. Gonzalo y Raúl llegaron a la casa de calle mixteca, donde vivían cuatro pandilleros. La puerta trasera estaba abierta, un error de seguridad que les costó la vida.
Entraron silenciosamente. Encontraron a dos dormidos en una habitación, los otros dos en otra. Los tomaron por sorpresa. Cuatro disparos, cuatro cuerpos. Edmundo y Sergio tuvieron más dificultad. Su primer objetivo, un pandillero que vivía solo, se despertó cuando forzaban la puerta y alcanzó a disparar una vez antes de que Edmundo le dieran el pecho.
La bala del pandillero rozó el brazo de Sergio, pero no era grave. Los otros dos objetivos de su lista estaban juntos en una casa jugando videojuegos a las 2 de la mañana entraron por la ventana trasera. Los pandilleros ni siquiera alcanzaron a soltar los controles. Jacinto y Mario enfrentaron la situación más complicada.
Dos de sus cinco objetivos no estaban en casa. Eliminaron a los tres que encontraron, pero quedaban dos sueltos. reportaron por radio. Águila 4 a Águila 1. Nos faltan dos, el negro y el POle. No están donde debían estar. Fermín, que ya había terminado en la casa del Sombra, respondió, “¿Saben dónde pueden estar? Hay una tienda en la esquina de Aztecas y Coahuila que nunca cierra.
A veces se juntan ahí a jugar cartas. Vayan. Jacinto y Mario fueron a la tienda. Efectivamente, el negro y el pozole estaban ahí sentados en unas sillas de plástico afuera de la tienda, tomando cervezas, ajenos a que 12 de sus compañeros ya estaban muertos. Cuando vieron acercarse a dos hombres con pistolas, intentaron correr.
No llegaron lejos. A las 4 de la mañana, los ocho hombres de la familia Ríos se reunieron en el punto de extracción. Todos estaban ahí. Todos habían completado sus misiones. Sergio tenía el brazo vendado con un pedazo de su propia camisa, pero la herida no era profunda. “¿Cuántos en total?”, preguntó Fermín.
hicieron la cuenta. Tres en la casa del Sombra, cuatro en calle mixteca, tres de Edmundo y Sergio, cinco de Jacinto y Mario contando los dos de la tienda. 15 muertos, todos los miembros de los fantasmas del oriente. “Vámonos”, dijo Fermin. “Cada quien a su casa por rutas diferentes. Nos vemos el domingo como si nada hubiera pasado.
” Los cuatro vehículos arrancaron en Minam. Diferentes direcciones. Fermín manejó solo hacia su casa en Agrícola Oriental. Eran las 4:30 de la mañana. El cielo comenzaba a aclararse en el horizonte. La ciudad despertaba ajena a lo que acababa de pasar. Cuando Fermín llegó a su casa, se quitó la ropa manchada de sangre, la metió en una bolsa de plástico, la quemó en el patio trasero junto con los guantes que había usado.
Se duchó con agua hirviendo hasta que la piel le ardía. Se vistió con ropa limpia. Se sentó en su sala a esperar el amanecer. No sentía remordimiento. No sentía culpa, solo sentía un vacío enorme donde antes había estado la rabia. La rabia se había ido, había cumplido su propósito. Ahora solo quedaba esperar las consecuencias.
Las primeras llamadas a la policía llegaron a las 6 de la mañana cuando los vecinos de Duku comenzaron a despertar yencontrar los cuerpos. Para las 8, la colonia estaba acordonada. Para las 10, los noticieros de televisión hablaban de una masacre sin precedentes en Itapalapa. 15 muertos en una sola noche. Todos pertenecientes a la misma pandilla.
Evidentemente, un ajuste de cuentas, pero ¿de quién? La policía judicial inició la investigación más grande que Izapalapa había visto en años. Docenas de agentes recorriendo las calles, interrogando vecinos, buscando testigos. El problema era que nadie había visto nada o si habían visto no iban a hablar. En Duke, hablar con la policía era invitación a que te mataran.
Además, muchos vecinos secretamente celebraban la muerte de los fantasmas. Esos pandilleros habían aterrorizado la colonia durante años. Que alguien finalmente les hubiera cobrado era motivo de alivio, no de denuncia. Pasaron dos semanas sin avances en la investigación. Los periódicos dejaron de hablar del caso.
Otros crímenes, otras tragedias tomaron su lugar en las primeras planas. La masacre de Izapalapa se convirtió en un caso frío archivado pero no resuelto. Fermín volvió a su rutina. Abría el taller a las 7, cerraba a las 8 de la noche, reparaba carros como si nada hubiera pasado. Sus hermanos hicieron lo mismo. Aurelio siguió con sus instalaciones eléctricas.
Gonzalo volvió a la fábrica. Los primos continuaron sus vidas. Nadie habló de lo que habían hecho ni entre ellos. Era como si hubiera sido un sueño colectivo del que despertaron sin necesidad de procesarlo. El 28 de noviembre, tres semanas después de la masacre, Fermín recibió una visita inesperada en su taller Dos Hbres en trajes baratos con placas de la policía judicial.
Fermín Ríos Galván, soy yo. Somos de la Procuraduría. Queremos hacerle unas preguntas sobre su hermano Antonio. ¿Qué quieren saber? Sabemos que usted estuvo investigando quién lo mató. Sabemos que hizo preguntas en Duke. Sabemos que ofreció recompensa por información y y tres semanas después de que su hermano fue enterrado, toda la pandilla que lo mató aparece muerta.
¿No le parece mucha coincidencia? Fermín los miró con calma. Me parece justicia divina. ¿Dónde estaba usted la noche del 7 de noviembre? En mi casa dormido. ¿Alguien puede confirmarlo? Vivo solo. ¿Y sus hermanos? Pregúnteles a ellos. Los agentes se miraron entre sí. Sabían que Fermín estaba involucrado. Cualquiera con dos dedos de frente lo sabía, pero no tenían pruebas.
No había testigos, no había evidencia física. Las armas habían desaparecido, enterradas en diferentes puntos de la Ciudad de México, donde nunca las encontrarían. Los vehículos habían sido limpiados exhaustivamente. Señor Ríos, si usted tuvo algo que ver con esas muertes, tarde o temprano lo vamos a descubrir. Mucha suerte con eso. Los agentes se fueron.
Regresaron dos veces más en las siguientes semanas, cada vez con las mismas preguntas, cada vez con las mismas respuestas. No tenían nada, solo sospechas. El caso de la masacre de Istapalapa fue oficialmente cerrado en enero de 1998 por falta de evidencia. El expediente quedó archivado con la etiqueta, probable ajuste de cuentas entre grupos delictivos, autores no identificados. La vida continúa.
Fermín siguió trabajando su taller durante 20 años más. Se retiró en 2017 a los 64 años, cuando sus rodillas ya no aguantaban estar de pie todo el día. Nunca se casó, nunca tuvo hijos. Vivió solo en la misma casa de Agrícola Oriental hasta que murió de un infarto en 2021 a los 68 años. En su funeral, que fue pequeño porque ya no le quedaba mucha familia, Aurelio pronunció unas palabras.
No mencionó la masacre, no mencionó a los fantasmas, solo dijo que Fermín había sido el mejor hermano mayor que alguien podía pedir, que había cuidado de su familia cuando nadie más podía, que había hecho siempre lo necesario para proteger a los suyos. Marcela, la viuda de Toño, asistió al funeral. Tenía 61 años. Sus dos hijos ahora eran adultos con familias propias.
Después del servicio se acercó al ataú de Fermín y le susurró algo que nadie más escuchó. Tal vez le dio las gracias, tal vez le pidió perdón por haberlo obligado a hacer lo que hizo. Tal vez simplemente le dijo adiós. Aurelio murió en 2023 de cáncer de pulmón. Gonzalo sigue vivo. Tiene 70 años. Vive en Querétaro con su esposa.
Nunca regresó a Iztapalapa. Los primos se dispersaron también, cada uno construyendo su vida lejos de la Ciudad de México, lejos de los recuerdos de aquella noche de noviembre. Jacinto murió en un accidente de moto en 2005. Mario se fue a Estados Unidos en 1999 y nunca volvió. Nadie sabe qué pasó con los demás.
La historia de la masacre de Iztapalapa se convirtió en leyenda urbana. En los barrios del oriente de la ciudad todavía se cuenta, especialmente entre taxistas que trabajan turnos nocturnos. La cuentan como advertencia. No te metas con la familia equivocada. La cuentan como inspiración. Hay gente que cobra susdeudas.
La cuentan como recordatorio de que en lugares donde la justicia oficial no existe, surge otra clase de justicia, más antigua, más brutal, más definitiva. ¿Era Fermín Ríos un asesino? Sí. Planeó y ejecutó la muerte de 15 personas. Aunque todas esas personas eran criminales, aunque todas habían participado en asesinatos de taxistas, seguían siendo vidas humanas que Fermín decidió terminar.
Era un hermano defendiendo la memoria de alguien que amaba también. Sí. Tonño Ríos fue torturado durante dos días antes de morir. Eso es algo que ningún familiar debería tener que imaginar. Fermín vivió con esa imagen en su cabeza durante el resto de su vida. La verdad incómoda es que ambas cosas son ciertas. Fermín fue asesino y vengador, criminal y justiciero, monstruo y protector.
Todo al mismo tiempo. La historia no tiene héroes. Tiene un taxista que murió haciendo su trabajo. Tiene una pandilla que vivía de destruir las vidas de otros. Tiene un hermano que decidió que si el sistema no hacía justicia, él la haría. y tiene 15 cuerpos distribuidos en ocho cuadras de una colonia olvidada de Itapalapa. No hay final feliz.
Toño sigue muerto. Fermín murió cargando el peso de lo que hizo. Los 15 pandilleros tenían familias que también sufrieron, madres que lloraron a sus hijos, aunque esos hijos fueran criminales. Lo único que queda es la pregunta que cada quien tiene que responder. ¿Qué harías tú si mañana matan a tu hermano, a tu padre, a tu hijo, y sabes exactamente quién lo hizo, pero la policía no hace nada? ¿Qué harías? ¿Aceptarías la injusticia y seguirías adelante? ¿O tomarías las cosas en tus propias manos sabiendo que eso te convierte en lo mismo que odias?
Fermín Ríos eligió la segunda opción. Vivió con esa elección durante 24 años y si pudiera hablar desde su tumba, probablemente diría lo mismo que dijo a sus hermanos aquella noche de noviembre cuando decidieron actuar. No es correcto, pero es necesario. Y entre lo correcto y lo necesario, a veces tienes que elegir.
Si esta historia te hizo reflexionar sobre la justicia, la venganza y el precio que pagamos por proteger a quienes amamos, deja tu like y comparte este video. Comenta qué opinas. ¿Hizo bien Fermín en vengar a su hermano o cruzó una línea que nunca debió cruzar? ¿Qué hubieras hecho tú en su lugar? Suscríbete al canal para más historias reales que muestran el México que existe detrás de las estadísticas.
El México de gente común enfrentando decisiones imposibles. Porque ahora mismo en alguna colonia de Iztapalapa, de Catepec, de Nesahualcoyotl perdió a alguien y que está sentada en una sala decidiendo qué hacer. Algunos elegirán la resignación, otros elegirán lo mismo que Fermín. Y el ciclo continuará como ha continuado durante décadas, como continuará mientras la justicia oficial siga siendo un lujo que los pobres no pueden permitirse.















