“Jalisco en shock: 49 cuerpos en un camión revelan oscuros secretos de un pueblo agavero.” 

“Jalisco en shock: 49 cuerpos en un camión revelan oscuros secretos de un pueblo agavero.” 

El estruendo en Jalisco fue ensordecedor, no por una explosión, sino por un silencio fétido que se apoderó de los campos de agabe. Un camión de carga abandonado fue encontrado con 49 cuerpos en descomposición. La Guardia Nacional sospechó de inmediato un caso de tráfico de personas, una herida supurante en el corazón del país.

Pero, ¿quién podría imaginar que el camión pertenecía a una distribuidora de bebidas de agave orgánico? Y más impactante aún, que la última conductora registrada era una vendedora de belleza hipnótica llamada Lorena Valdés, la misma mujer conocida en todo el pueblo por su sonrisa amable y su generosidad. ¿Era Lorena una simple víctima atrapada en una red criminal o la mente maestra detrás de esta masacre silenciosa? El aire de la mañana en Santa Magdalena del Sol era usualmente una bendición.

El sol apenas se asomaba por detrás del cerro del Tequila. bañando con una luz dorada los interminables campos de aabe azul que se extendían como un mar inmóvil y espinoso. El rocío aún perlaba las pencas y el aroma a tierra húmeda se mezclaba con el dulzor fermentado de las piñas recién gimadas. Para los habitantes del pueblo, la mañana era un ritual sagrado, el inicio de la jornada cortando a Gabe, cargando los camiones o simplemente saboreando un café de olla en la pequeña fonda junto a la carretera principal.

Pero esa tranquilidad se hizo añicos cuando un gimador llamado Ramiro, un hombre de piel curtida por el sol y manos callosas, encontró algo extraño al final de un camino de terracería que bordeaba su parcela. Un camión de carga blanco, sin logos ni insignias, estaba estacionado allí desde la noche anterior, una presencia anómala en el paisaje familiar.

Al principio, Ramiro pensó que era solo un transportista con una avería, pero algo en el aire le erizó la piel. Un edor nauseabundo, espeso y dulce, asaltaba sus fosas nasales. Cuanto más se acercaba, más difícil le resultaba contener las arcadas. se cubrió la nariz con su paliacate descolorido y se asomó al costado del vehículo.

La pintura blanca estaba descascarada en algunas partes y en el lateral de la puerta de carga había largos arañazos, como si garras desesperadas hubieran intentado abrirse paso desde el interior. Tragó saliva dudando si debía intentar abrir la caja. Sin embargo, una mezcla de curiosidad mórbida y un miedo creciente lo impulsó a llamar a otros campesinos que pasaban por el camino.

Oigan, compañeros, “vengan un momento. Sale un olor muy feo de este camión”, gritó con la voz temblorosa. En pocos minutos, una docena de hombres y mujeres se congregaron alrededor del vehículo. Los susurros se extendieron como un reguero de pólvora, cada uno con una teoría más sombría que la anterior. Alguien sugirió que eran reces muertas.

Otro que era un cargamento de fruta podrida. Finalmente, un joven llamado Miguel, más audaz que los demás, se armó de valor, trepó a la parte trasera y tiró de la palanca de la puerta metálica. En cuanto la puerta se abrió, un grito colectivo y desgarrador rasgó el aire matutino. La escena era un descenso a los infiernos.

Decenas de cuerpos humanos yacían apilados unos sobre otros en un amascijo de miembros y ropas sucias. Algunos estaban hinchados, de un tono azulado y violáceo, ya en avanzado estado de descomposición. Un enjambre de moscas zumbaba furiosamente, llenando el aire con un sonido macabro. El olor metálico de la sangre seca y la carne putrefacta provocó que varios vomitaran allí mismo.

 Madre de Dios, son personas, están todos muertos. gimió una mujer antes de desmayarse, su cuerpo cayendo como un costal sobre el polvo del camino. La noticia se propagó con la velocidad de un incendio forestal en temporada de sequía. En cuestión de minutos, casi todo el pueblo de Santa Magdalena corría hacia el lugar. El ambiente se tornó caótico, gritos de pánico, llantos desconsolados y el murmullo aterrorizado de quienes intentaban proteger a sus hijos de la visión dantesca.

El presidente municipal, don Héctor, llegó sin aliento, su rostro palideciendo hasta adquirir un tono ceniciento al ver el contenido del camión. “Llamen a la Guardia Nacional ahora. Esto es algo muy grave”, dijo con la voz quebrada. En menos de una hora, varias patrullas y ambulancias entraron en el pueblo, sus sirenas aullando, rompiendo el bullicio de la multitud.

Oficiales uniformados descendieron con prisa, acordonando el área con cinta amarilla. Un equipo de peritos forenses, ataviados con trajes blancos, mascarillas y guantes, comenzó la lúgubre tarea de sacar los cuerpos uno por uno. Eran tantos que los aldeanos solo podían observar, paralizados, incapaces de procesar la magnitud de la tragedia.

Un oficial contaba en voz alta mientras los cuerpos eran depositados en bolsas negras. Su voz resonó hasta detenerse en el número 49. Santa Magdalena del Sol, un pueblo hasta entonces conocido solo por sutranquilidad y sus campos de age. Se convirtió de repente en el epicentro de la noticia nacional. Reporteros de todas partes llegaron en tropel, sus cámaras y micrófonos apuntando a cualquier rostro que pudiera ofrecer una declaración, pero nadie sabía realmente cómo había llegado ese camión hasta allí.

En medio de la multitud apareció la figura de Lorena Valdés. Caminaba a paso rápido, su hermoso rostro contraído en una mueca de seria preocupación, sus cejas perfectamente arqueadas, fruncidas. Lorena era conocida por todos como la vendedora de Agabe Vital, una bebida saludable que distribuía cada semana a las tienditas y casas del pueblo.

 Era querida por su trato amable, su sonrisa perpetua y su costumbre de regalar muestras de su producto a quienes no podían pagarlo. “Dios mío”, susurró cubriéndose la boca con una mano delicada. “¿Cómo puede haber tantos muertos en nuestro pueblo?” Varias mujeres se acercaron a ella buscando consuelo o respuestas.

Lorenita, ¿tú sabes algo? Este camión no es de tu empresa, ¿verdad?, preguntó doña Elena con el rostro lleno de angustia. Lorena negó con la cabeza rápidamente, sus grandes ojos oscuros pareciendo llenarse de lágrimas. No, doña Elena, claro que no. Yo sí manejo un camión de carga, pero no es este.

 El de mi compañía tiene un logo grande, un agave dorado. Este no tiene nada. Su voz sonaba tan convincente, tan genuinamente horrorizada como la de los demás. Mientras tanto, los investigadores examinaban la cabina del camión. Dentro de la guantera encontraron una pila de documentos de envío. En el encabezado, el nombre de la distribuidora de bebidas.

y un nombre que destacaba claramente Lorena Valdés, vendedora, región Jalisco. El capitán Mateo Reyes, jefe del destacamento local, miró el documento con el seño fruncido. “Busquen a esta persona. Necesitamos su declaración de inmediato.” Lorena, de pie no muy lejos, observaba cada movimiento de los oficiales.

Por un instante fugaz, una sonrisa casi imperceptible, fría y afilada, se dibujó en la comisura de sus labios. Fue tan rápida que nadie la notó. Inmediatamente ocultó esa expresión fingiendo un ataque de pánico y se acercó cuando uno de los oficiales la llamó por su nombre. Señorita Lorena Valdés, por favor, acompáñenos un momento.

 Hay algunas cosas que necesita aclarar, dijo el oficial con un tono formal y distante. Los aldeanos miraron a Lorena con una mezcla de confusión e incredulidad. ¿Cómo era posible que la mujer que conocían, la que siempre ayudaba a todos, pudiera estar conectada con un camión lleno de cadáveres? Lorena bajó la cabeza, adoptando una postura de su misión.

Claro que sí, oficial. Les diré todo lo que sé”, dijo con suavidad. Detrás de su rostro sereno, su mente giraba a una velocidad vertiginosa. Sabía que ese momento era el principio de algo mucho más grande. Santa Magdalena del Sol nunca volvería a ser el mismo y ella, Lorena Valdés, estaría en el ojo del huracán que estaba a punto de desatarse.

La comandancia de Santa Magdalena del Sol herdía detención esa tarde. Tras el hallazgo del camión, el pueblo se vio invadido por periodistas y agentes federales. El informe preliminar, lleno de detalles espeluznantes, se apilaba sobre el escritorio del capitán Mateo Reyes, un hombre de mediana edad cuyo rostro mostraba las marcas del cansancio, pero cuyos ojos aún conservaban una agudeza implacable.

Su miraba recorría cada detalle de los documentos encontrados en la cabina. El nombre de Lorena estaba impreso con una claridad innegable en una orden de ruta. Lorena Valdés, vendedora, región Jalisco. En la sala de interrogatorios, un cuarto pequeño y sofocante, Lorena esperaba sentada con una calma desconcertante.

Su largo cabello negro caía suelto sobre sus hombros. Su rostro, aunque pálido, seguía siendo de una belleza serena. Vestía una blusa sencilla de color azul cielo, un bolso pequeño descansaba sobre la mesa metálica. Dos oficiales la observaban desde el otro lado, preparando una grabadora y un bloc de notas. “Señorita Valdés!”, la voz del capitán Reyes era grave, resonando en el pequeño espacio.

Encontramos documentos con su nombre en el camión que contenía 49 cadáveres. “¿Puede explicarnos por qué estaban ahí?” Lorena exhaló un suspiro profundo, como si cargara con el peso del mundo y respondió con una voz suave pero firme. Capitán, como sabe, trabajo como vendedora para una distribuidora de bebidas.

Nuestra empresa tiene muchos camiones de carga. Esos documentos podrían haber estado ahí por cualquier razón. A veces intercambiamos vehículos para las rutas, pero le aseguro que ese camión no es de mi compañía. El nuestro siempre lleva un gran logo de un agave dorado en los costados. La respuesta sonaba lógica.

Algunos de los oficiales se miraron entre sí, dudando si debían presionarla más. Pero Mateo Reyes no estaba satisfecho. Se reclinó en su silla, clavando sumirada en Lorena sin parpadear. Lorena, usted es muy querida en este pueblo. Todos dicen que es amable, generosa, que siempre ayuda a los demás. Pero llevo demasiado tiempo en este trabajo como para fiarme de las apariencias.

Así que le preguntaré una vez más, ¿está completamente segura de que no sabe como un documento con su nombre terminó en ese camión? Por un instante, la mirada de Lorena cambió. Un destello helado, casi depredador, cruzó sus ojos, pero lo ocultó de inmediato con una sonrisa amarga. Estoy completamente segura, capitán.

De verdad no sé nada. Si hubo algún error, estoy dispuesta a ayudar en todo lo que pueda en la investigación. El silencio se apoderó de la sala, roto únicamente por el chirrido de un viejo ventilador de techo. Mientras tanto, fuera de la sala, varios aldeanos que habían sido llamados a declarar esperaban en un largo banco de madera.

Aún tenían la imagen de los cuerpos grabada en sus retinas. Doña Elena, la dueña de la tiendita y amiga de Lorena, no dejaba de negar con la cabeza incrédula. Es imposible que Lorenita esté involucrada. es una buena persona, siempre me regala muestras de su bebida. Incluso me ayudó con dinero cuando mi hijo se enfermó.

 Le decía a un reportero que había logrado colarse. Sin embargo, otros empezaban a dudar. Miguel, el joven que había abierto la puerta del camión, hablaba en voz baja con un oficial. Ahora que lo pienso, ese camión se parecía mucho al que usa Lorena para repartir en el pueblo. La única diferencia es que no tenía el lobo.

 Tal vez, tal vez lo pintaron para ocultarlo. No sé, no me atrevo a acosarla. La policía registraba cada una de estas declaraciones intentando tejer los hilos de una historia que aún carecía de sentido. Al caer la tarde, llegó el informe preliminar de la morgue de Guadalajara. Lo que el médico forense comunicó fue aún más perturbador.

La mayoría de las víctimas eran habitantes de los pueblos y rancherías de la región, incluyendo a varios que habían sido reportados como desaparecidos en los últimos meses. Algunos todavía vestían sus ropas de trabajo, lo que sugería que habían sido secuestrados o engañados de forma repentina. “Esto no es un caso de tráfico de personas común”, explicó el forense por teléfono con un tono grave.

Hay indicios de que las víctimas estuvieron encerradas durante un tiempo considerable antes de morir. Sus cuerpos muestran signos de deshidratación severa y asfixia. Murieron lentamente encerrados en esa caja de metal. La revelación dejó la comandancia en un silencio sepulcral. Los investigadores bajaron la mirada conteniendo una mezcla de náuseas y rabia.

Mateo Reyes apretó los puños sobre su escritorio. Quien quiera que sea el responsable, los hizo sufrir deliberadamente. Esto fue una matanza planificada. Por otro lado, Lorena fue puesta en libertad provisional por falta de pruebas contundentes para retenerla. Algunos vecinos la recibieron con abrazos, como si fuera una víctima de una falsa acusación.

Lorena sonrió con dulzura, agradeciéndole su apoyo. Sin embargo, mientras caminaba de regreso a su casa por las calles solitarias del pueblo, su expresión cambió drásticamente. La sonrisa desapareció, reemplazada por una mirada fría y vacía, fija en el suelo polvoriento. En su mente, una voz susurraba, un eco del pasado que nunca se había extinguido.

recordó a su padre, obligado a trabajar hasta la muerte en una mina ilegal. Recordó a su madre, humillada por los vecinos antes de morir de pena y enfermedad. Esa vieja herida seguía viva dentro de ella. “Esto es solo el comienzo”, susurró para sí misma en un murmullo casi inaudible. A lo lejos, el cielo del atardecer se temía de un rojo sangriento.

El pueblo parecía tranquilo, pero en realidad la tormenta apenas comenzaba. La policía creía tener el control, pero Lorena sabía que cada uno de sus pasos podía ser manipulado por ella. Mientras tanto, 49 cuerpos en un hospital de Guadalajara se convertían en los mudos testigos de una tragedia mucho más profunda, una que aún no había revelado todos sus secretos.

El servicio médico forense de Guadalajara era un lugar de una tensión palpable esa noche. La luz fluorescente de la sala de autopsias bañaba con un brillo gélido los cuerpos inertes alineados sobre las planchas de acero inoxidable. Los 49 cadáveres del camión de Santa Magdalena yacían ahora en un estado lamentable.

El equipo de médicos trabajaba sin descanso, documentando cada hallazgo, mientras la policía custodiaba el perímetro con celo. El capitán Mateo Reyes estaba de pie en un rincón con el rostro endurecido. El olor a formol era tan penetrante que le quemaba la nariz. Esperaba el informe de la doctora a cargo, una mujer de mediana edad llamada doctora Campos, conocida por su meticulosidad y su aversión a las especulaciones.

Capitán, la voz de la doctora Campos era firme a pesar del agotamiento. Casi todas las víctimas murieron porasfixia. No hay heridas de bala ni signos evidentes de violencia física. Murieron atrapados en ese camión con la ventilación sellada. Varios también presentan deshidratación extrema, lo que significa que probablemente los encerraron vivos y los dejaron morir.

 Mateo exhaló lentamente, conteniendo la furia que hervía en su interior. Entonces fue una masacre deliberada. Doctora, la doctora Campos asintió. Más bien una tortura lenta por el estado de descomposición. Calculo que murieron casi al mismo tiempo, hace unos dos o tres días. Y mire esto, señaló la ropa de algunas de las víctimas. La mayoría son hombres en edad de trabajar, pero también hay mujeres y algunos adolescentes.

No parece un grupo aleatorio. Parece que hay un patrón. Mateo agudizó la mirada. Un patrón. ¿A qué se refiere? Muchos de ellos son de pueblos cercanos a Santa Magdalena. Reconocí algunos rostros de reportes de personas desaparecidas. Esto no fue una coincidencia. Alguien estaba seleccionando a sus víctimas de esa zona.

Esta declaración hizo que el ambiente en la sala se volviera aún más denso. Los oficiales que escuchaban se miraron unos a otros, comprendiendo que la tragedia estaba mucho más arraigada en su comunidad de lo que habían imaginado. A la mañana siguiente, la noticia de los 49 cuerpos ocupaba todos los titulares nacionales.

Santa Magdalena del Sol era ahora un circo mediático. Los reporteros acampaban en la entrada del pueblo con sus cámaras y micrófonos listos para emboscar a cualquier oficial o autoridad que apareciera. En el salón comunal, los aldeanos se habían reunido. Varias familias lloraban histéricamente mientras intentaban identificar a sus seres queridos a través de fotografías.

Una atmósfera de duelo y pánico se cernía sobre el lugar. “Ese es mi hijo, mi Armando”, gritó una madre al ver la foto de una de las víctimas. Su llanto se desgarró y su cuerpo se habría desplomado si sus familiares no la hubieran sostenido. Don Héctor, el presidente municipal, solo podía bajar la cabeza, abrumado por un sentimiento de culpa por no haber sospechado que algo tan terrible pudiera ocurrir bajo su vigilancia.

En medio de ese caos apareció un hombre delgado y de rostro pálido llamado Diego. Era un camionero independiente que a menudo hacía trabajos de reparto en la región. con voz temblorosa dio su testimonio a la policía. Yo yo vi a la señorita Lorena detenida en la vieja hacienda abandonada junto al río.

 Capitán, fue de noche. El camión que ella manejaba estuvo estacionado ahí por un buen rato. Yo andaba buscando un lugar para descansar, así que me fijé. Me pareció oír como voces de gente adentro del camión, como quejidos, pero no me atreví a acercarme. La señorita Lorena siempre es muy buena con la gente del pueblo, pero esa noche su cara se veía diferente, muy fría.

El capitán Mateo, que escuchaba atentamente tomó notas. Miró a Diego fijamente. ¿Por qué no nos dijo esto antes? Diego bajó la vista. Sus manos temblaban. Tenía miedo, capitán. Lorena es una persona muy respetada en el pueblo. Si me equivocaba, todos se me iban a echar encima. Este testimonio se convirtió en un punto de inflexión.

Aunque todavía no había pruebas físicas, la sospecha sobre Lorena se solidificó. Mientras tanto, ella mantenía una fachada de absoluta tranquilidad. Estaba sentada en el porche de su casa alquilada bebiendo una taza de té de manzanilla, como si la tormenta que se cernía sobre su nombre no le afectara. Algunos vecinos incluso pasaron a consolarla.

Ten paciencia, Lorenita. Creemos en ti. Todo esto es una calumnia. Tú que siempre nos has ayudado”, le dijo doña Elena con sinceridad. Lorena le dedicó una sonrisa dulce. Gracias. Doña Elena, solo quiero que todo esto termine pronto. Ojalá la policía encuentre al verdadero culpable. Pero en cuanto doña Elena se marchó, el rostro de Lorena se transformó.

La sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mirada helada y llena de secretos. Entró en su habitación, abrió un pequeño armario y sacó una vieja llave de hierro. acarició la llave con lentitud, sus labios susurrando, “Todavía no es tiempo. Paciencia.” Por la tarde, la policía volvió a citar a Lorena para un interrogatorio adicional.

En la comandancia, Mateo Reyes la miró con una intensidad penetrante. Lorena, un testigo, la vio en la hacienda abandonada cerca del río. “¿Puede explicarlo?” Lorena lo miró directamente y sonrió con ligereza. La hacienda abandonada. Ah, sí, a veces me detengo ahí cuando estoy cansada. Es un camino solitario, perfecto para descansar un poco.

 Si escuchó ruidos, tal vez eran coyotes o algún animal del campo. No lo sé. Su respuesta sonaba casual, pero no convenció a Mateo. En su interior, el capitán se dijo a sí mismo, “Esta mujer es un experta en el juego de las palabras. pero esconde algo muy oscuro. Los hilos comenzaban a conectarse. La tragedia del camión no era un accidente, sino un crimenmeticulosamente planeado.

Y en el centro de todo el enigma, el nombre de Lorena Valde seguía brillando con una luz de sospecha cada vez más intensa. Esa noche, Mateo estaba de pie frente a un gran mapa de la región colgado en su oficina. Puntos rojos marcaban los lugares donde los aldeanos habían desaparecido en los últimos meses.

 Casi todos los puntos convergían en un epicentro, Santa Magdalena del Sol. Contempló el mapa con la mandíbula apretada. Esto no es una coincidencia. Este pueblo guarda un gran secreto y estoy seguro de que Lorena está en medio de todo. El cielo sobre Santa Magdalena del Sol era de un gris plomizo esa noche.

 Las nubes ocultaban la luna y las calles, normalmente animadas por las charlas nocturnas de los vecinos, estaban desiertas. Solo se oía el canto de los grillos y el ladrido lejano de un perro. En una modesta casa en las afueras del pueblo, Diego se sentaba inquieto en una silla de madera. Sus manos temblorosas sostenían una taza de café que no había tocado.

Acababa de regresar de la comandancia después de dar su testimonio sobre Lorena. Las palabras del capitán Reyes resonaban en sus oídos. Su testimonio es crucial, pero tenga cuidado. Si Lorena está realmente involucrada, no es una persona común y corriente. Diego sabía que el riesgo era enorme. Lorena no era solo una vendedora amable.

Tenía una conexión con casi todos en el pueblo. Parecía tener ojos y oídos en todas partes. De repente escuchó unos golpes suaves en la puerta. Toc, toc, toc. ¿Quién es? Preguntó Diego nervioso. No hubo respuesta. Solo los golpes ahora más fuertes. Toc, toc, toc. Con cautela, Diego abrió la puerta.

 El patio delantero estaba vacío. Solo había un trozo de papel doblado clavado en la madera de la puerta con un pequeño cuchillo de cocina. Lo que estaba escrito en el papel hizo que su rostro palideciera. Tu boca puede ser tu tumba. Cállate o tu cuerpo será el próximo en el siguiente camión. El papel se le cayó de las manos. Diego retrocedió con la respiración agitada.

Sabía que la amenaza era real. A la mañana siguiente, la noticia de la amenaza a Diego llegó a oídos del capitán Reyes. Se dirigió a toda prisa a la casa del testigo con varios de sus hombres. Al llegar encontraron la puerta principal sin seguro. Diego, ¿estás ahí? Gritó Mateo mientras entraba.

 Pero lo que encontraron fue el cuerpo de Diego en el suelo de la cocina con un lazo de tela apretado alrededor de su cuello. Su rostro estaba a su lado, sus ojos abiertos de par en par, reflejando un terror absoluto antes de la muerte. “Dios mío”, exclamó uno de los oficiales cubriéndose la boca. Lo mataron. Mateo se arrodilló para examinar el cuerpo.

 No había signos de una lucha prolongada, solo pequeños rasguños en sus muñecas, como si hubiera intentado resistirse brevemente, pero hubiera sido sometido con rapidez. Esto no fue un suicidio dijo Mateo con una frialdad glacial. Fue un silenciamiento. La muerte de Diego complicó aún más la investigación. El único testigo que se había atrevido a hablar ahora estaba muerto.

 Pero para Mateo esto era la prueba definitiva de que el testimonio de Diego era cierto y de que alguien estaba desesperado por ocultar la verdad. Mientras tanto, Lorena mantenía su rutina habitual de cara al pueblo. Paseaba por el mercado, saludaba a las señoras e incluso repartía algunas botellas de su bebida de forma gratuita.

Su sonrisa era cálida, sus palabras amables, como si la conmoción que sacudía al pueblo no la afectara en lo más mínimo. Sin embargo, algunas miradas ahora la seguían con sospecha. Se oían susurros a sus espaldas. Dicen que los documentos del camión llevaban su nombre. ¿Será posible que Lorenita fuera capaz de algo así? Pero qué casualidad que el único testigo que la vio aparezca muerto a veces.

 Las personas que parecen más buenas son las más peligrosas. Lorena escuchaba los murmullos, pero solo sonreía. En su interior sabía que su máscara seguía funcionando. El pueblo todavía estaba dividido entre la confianza en su bondad y la creciente sospecha. En la comandancia, Mateo convocó a su equipo.

 Colocó fotografías de la investigación en una gran pizarra, la imagen del camión, el documento con el nombre de Lorena, el mapa del pueblo y ahora la foto del cadáver de Diego. “¡Miren este patrón”, dijo Mateo señalando el mapa. Las víctimas encontradas en el camión eran en su mayoría de esta región. La última persona vista con un camión similar fue Lorena.

Y ahora el testigo que la nombra aparece muerto de una forma muy sospechosa. Nada de esto es una coincidencia. Un miembro del equipo preguntó, “Capitán, ¿tenemos pruebas suficientes para detener a Lorena?” Mateo negó con la cabeza lentamente. Todavía no. Todos son indicios. Si damos un paso en falso, podría contraatacar con una cuartada y el apoyo de los vecinos.

 Necesitamos pruebas concretas. Esa noche, Mateo decidió llevar a cabouna investigación encubierta. Él y dos de sus hombres se dirigieron a la vieja hacienda abandonada junto al río, el lugar que Diego había mencionado. La hacienda parecía desierta, sus puertas oxidadas, parte de sus muros de adobe derrumbados, pero en cuanto entraron al patio, un olor penetrante los golpeó.

No era eledor a muerte, sino un olor químico mezclado con aceite de motor. Dentro de una de las bodegas encontraron marcas frescas de neumáticos de camión y huellas de botas. También había varios trapos manchados con un color rojo pardusco en una esquina. “Sangre”, susurró uno de los oficiales. Mateo recogió un pequeño objeto del suelo.

 Era una pulsera de plástico con el nombre de una de las víctimas ya identificadas. apretó el puño. Esta es la prueba. Las víctimas estuvieron aquí. De repente, un ruido de algo rozando contra la pared vino de la oscuridad. Todos se giraron al unísono levantando sus armas, pero al revisar solo era una rata enorme que huía. Aún así, Mateo sintió una inquietud profunda, como si unos ojos invisibles los estuvieran observando desde la distancia.

Al día siguiente, la noticia de la muerte de Diego sacudió aún más al pueblo. La gente empezó a tener miedo de salir de noche y muchos susurraban que una fuerza oscura estaba detrás de todo. En medio de la multitud, Lorena caminaba con su ropa impecable, inclinando la cabeza como si estuviera de luto. Pero al pasar junto al espejo de una tienda, vio su propio reflejo.

Una sonrisa fugaz y triunfante se deslizó por su rostro. Nadie sabía lo que se escondía detrás de esa sonrisa. Solo Lorena sabía que seguía un paso por delante de la policía. Sin embargo, también sabía que el juego no duraría para siempre. La policía se estaba acercando y tarde o temprano su gran secreto sería revelado.

La atmósfera en Santa Magdalena del Sol se volvió aún más opresiva tras la muerte de Diego. Los vecinos apenas salían de sus casas. Incluso el mercado, normalmente un hervidero de risas y chismes, ahora estaba lleno de rostros sombríos. El miedo se había convertido en un susurro constante que nunca cesaba. En la comandancia, el capitán Mateo Reyes contemplaba la montaña de expediente sobre su escritorio.

Tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Cada página que leía, cada pista que seguía, lo llevaba de vuelta a un solo nombre, Lorena. Pero sabía que las sospechas no eran suficientes. Necesitaba excavar más profundo, descubrir quién era realmente Lorena Valdés, no solo la vendedora de bebidas, sino la mujer detrás de la máscara, su origen, su vida antes de llegar al pueblo.

 Capitán, encontré algo que podría interesarle, dijo un joven oficial llamado Javier entrando con una carpeta. Mateo levantó la cabeza. ¿Qué es Javier? abrió la carpeta y colocó varios documentos sobre la mesa. Revisé los registros de población. Resulta que Lorena no nació aquí. Se mudó hace unos 5 años. Antes de eso, su familia vivía en un pequeño caserío llamado El Silencio, también aquí en Jalisco.

Mateo frunció el seño. El silencio. He oído hablar de ese lugar. Si no me equivoco, hubo un caso muy sonado allí hace unos 10 años. Javier asintió. Exacto, capitán. Un caso de esclavitud moderna. Decenas de campesinos fueron obligados a trabajar en una mina ilegal. Hubo muchos muertos, entre ellos los padres de Lorena.

Esas palabras parecieron enfriar la habitación. Mateo cerró la carpeta lentamente, su mirada perdida en la pared. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en su mente. Mientras tanto, Lorena estaba sentada en su habitación, un espacio sencillo pero impecablemente ordenado. Sobre una mesita había una vieja caja de madera que siempre mantenía cerrada con llave.

Esa noche la abrió. Dentro guardaba una fotografía descolorida de su familia. su padre, su madre y un hermano pequeño. Sus rostros sonreían a la cámara, pero cada vez que Lorena miraba esa foto, lo que veía eran las sombras de sus cuerpos, consumidos por el trabajo forzado en aquella mina. Una lágrima rodó por su mejilla, pero una extraña sonrisa, una mezcla de anhelo y odio, también apareció en sus labios.

“No se preocupen”, le susurró a la fotografía. Ya he empezado. Ellos sentirán el mismo sufrimiento que nosotros. Por otro lado, la investigación continuaba. Mateo decidió viajar al silencio con Javier para recabar más información. El viaje duró horas a través de caminos rurales y campos áridos. Al llegar encontraron un lugar sombrío, casi un pueblo fantasma.

 A pesar de los años transcurridos. Muchas casas estaban vacías. sus techos derrumbados, testigos mudos de la tragedia. Un anciano conocido como don Anselmo, el antiguo comisario de lugar, los recibió con una mirada pesada. Ese caso nunca se cerró de verdad. Mucha gente murió en vano. Los padres de Lorena estaban entre las víctimas.

Ella y su hermanito lograron sobrevivir, pero el niño murió poco después por una enfermedad.Lorena era muy pequeña, entonces, relató el anciano. ¿Cómo era ella? Preguntó Mateo. Don Anselmo respondió con un suspiro. Era una niña muy lista, pero desde que perdió a su familia, sus ojos siempre guardaron una herida profunda.

Todos sabíamos que creció con un gran rencor en el corazón. Mateo guardó silencio un largo rato. La vieja herida, al parecer nunca había sanado, al contrario, se había convertido en las brasas que ahora alimentaban una nueva tragedia en la región. Esa noche, Lorena recibió un mensaje de texto de un número desconocido.

 La policía ya sabe de dónde vienes. Ten cuidado. Lorena miró la pantalla de su teléfono y soltó una risa ahogada. Perfecto. El juego acaba de empezar. En lugar de entrar en pánico, se sintió más viva que nunca. Para ella, cuanto más se acercara a la policía, más podría demostrar que siempre estaba un paso por delante.

En Santa Magdalena, los vecinos comenzaron a notar otro patrón inquietante. Varias familias se dieron cuenta de que las personas desaparecidas, cuyos cuerpos aparecieron en el camión tenían alguna conexión con antiguas figuras de poder del pueblo, hombres que en su día estuvieron involucrados en la explotación de la mina del silencio.

Doña Elena, que había perdido a un sobrino, lloraba en el porche de su casa. ¿Por qué, mi muchacho? Él no tenía la culpa de nada. Don Héctor, que pasaba por allí, respondió con voz queda, “Quizás es una maldición, Elena. Los pecados del pasado de este pueblo han vuelto para cobrarnos la cuenta.

 El pueblo se llenó de rumores como ese. Y sin que ellos lo supieran, Lorena lo escuchaba todo desde las sombras. sabía que su plan estaba funcionando. El miedo no solo se arrastraba hacia la policía, sino también hacia el corazón de los propios aldeanos. El capitán Mateo, recién regresado de el silencio, estaba sentado pensativo en su oficina.

Se sentía más cerca de la verdad, pero también era consciente de que cuanto más profundo acababa, más peligroso se volvía todo. Miró la foto de Lorena en el expediente. Ese rostro hermoso y sonriente ahora le parecía completamente diferente. Esa sonrisa ocultaba un abismo oscuro, un abismo nacido de una herida que nunca se le permitió sanar.

Si Lorena es realmente la culpable”, murmuró Mateo para sí mismo, “entonces esto no es solo un caso criminal, es una venganza heredada del pasado.” En su habitación, Lorena cerró la caja de madera con la foto de su familia y se puso de pie frente a un espejo. Se arregló el cabello, observando su propio reflejo con una confianza inquebrantable.

Todo acaba de empezar”, dijo en voz baja. Y ellos aún no saben lo que les espera al final. Su sonrisa se expandió llena de un misterio letal. La noche avanzaba, pero el fuego de la venganza en su interior ardía más brillante que nunca. El alba despuntó en Santa Magdalena del Sol, pero el aire seguía sintiéndose pesado, como si una niebla de miedo se negara a disiparse.

La gente salía de sus casas solo lo indispensable para volver a encerrarse a toda prisa. En el salón comunal, el capitán Mateo estaba de pie frente a la gran pizarra, ahora cubierta de notas, fotos y líneas rojas que conectaban rostros y lugares. A su alrededor, varios oficiales y autoridades del pueblo se habían reunido.

“Presten atención”, dijo Mateo señalando las conexiones que había trazado en el mapa. Todas las víctimas encontradas en el camión tienen un vínculo aunque sea indirecto. Algunos eran familiares de antiguos capataces de la mina del silencio. Otros eran descendientes de los que se enriquecieron con ese trabajo forzado.

El patrón es claro. Esto no es una coincidencia. Dan Héctor, presente en la reunión levantó una mano temblorosa, su rostro pálido como el papel. Capitán, ¿qué significa esto? Es una venganza. Mateo lo miró fijamente. Aún no puedo confirmarlo, pero es evidente que el perpetrador elige a sus víctimas por una razón muy específica.

No es un crimen al azar. Un silencio tenso llenó la sala. Doña Elena, sentada en un rincón, se cubrió el rostro con su reboso, llorando en silencio. Su sobrino, ahora lo entendía, encajaba en ese patrón. Mientras la policía se afanaba en la investigación, Lorena caminaba tranquilamente por las calles del pueblo con su bolso lleno de botellas de muestra.

 Su apariencia era la de siempre, pulcra, perfumada y con una sonrisa amable. Los aldeanos que la veían no podían evitar devolverle el saludo. “Buenos días, doña Elena. Que tenga un buen día”, dijo Lorena con dulzura, ofreciéndole una botella gratis. Doña Elena la aceptó con la mano temblorosa, incapaz de negarse. Asintió levemente con el corazón dividido entre el miedo y la confusión.

¿Cómo era posible que una mujer tan buena estuviera relacionada con algo tan horrible? Lorena sabía perfectamente cómo jugar su papel. Su sonrisa era una red, sus palabras una trampa. Nadie se atrevía a acosarla abiertamente porquesiempre tenía una cuartada. siempre parecía preocuparse por los demás, pero detrás de esa fachada, su mente estaba ocupada diseñando su próximo movimiento.

No podía detenerse. Para ella, cada víctima era una pieza en el gran mosaico de su venganza. En la comandancia, Javier se acercó a Mateo con una expresión de urgencia. Capitán, encontramos algo al revisar los registros de la empresa donde trabaja Lorena. Mateo se giró rápidamente. ¿Qué cosa? La distribuidora de bebidas tiene varias bodegas secretas.

Una de ellas está en las afueras del pueblo. Casi no se usa, pero hay registros de que un camión de carga entraba y salía de allí con frecuencia, sin informes oficiales. Mateo se puso de pie, sus ojos brillando con intensidad. Podría ser el lugar donde prepara todo. Tenemos que ir para allá ahora. Esa tarde, Mateo y su equipo se dirigieron a la bodega.

Desde fuera, el edificio parecía normal. Pintura descascarada, una puerta de metal oxidada. Pero cuando intentaron abrir el candado, se dieron cuenta de que era nuevo. “Esto es extraño”, comentó Javier. Forzaron la cerradura. En cuanto la puerta se abrió, un olor penetrante los golpeó. No era el edor de la muerte, sino un olor agudo a productos químicos de los que se usan para congelar o preservar.

Dentro encontraron varios tambos grandes, mantas gruesas y cajas refrigerantes vacías. Las paredes estaban cubiertas de arañazos, como si alguien hubiera intentado escapar desesperadamente. “Dios mío”, susurró un oficial horrorizado. Mateo examinó el lugar con el rostro sombrío. Este era el lugar de secuestro antes de mover a las víctimas al camión, pero extrañamente no había ni rastro de la presencia de Lorena.

 Era como si ella supiera que la policía vendría y hubiera limpiado cualquier evidencia que pudiera incriminarla. Esa noche, Lorena estaba sentada en su casa a la luz de una pequeña lámpara de aceite. Sobre la mesa tenía un viejo cuaderno con una lista de nombres. Abrió una nueva página y escribió un nombre con tinta roja.

 “Es hora de añadir uno más”, murmuró. Sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción. Para Lorena, cada nombre que tachaba era una forma de justicia. De repente llamaron a la puerta. Lorena cerró rápidamente el cuaderno y lo escondió. Abrió con su habitual sonrisa amable. Era don Héctor. Su rostro estaba lleno de angustia.

Lorena, ¿puedo hablar contigo un momento? Claro, don Héctor. Pase, por favor, respondió ella con dulzura. Don Héctor se sentó mirando al suelo. Sé que la gente empieza a sospechar de ti. Yo no quiero creerlo. Siempre nos has ayudado, pero te lo ruego, si estás ocultando algo, detente ahora.

 Este pueblo ya ha sufrido demasiado. Lorena lo observó un largo rato y luego sonrió con tristeza. Don Héctor, yo no oculto nada. Solo quiero que este pueblo esté sano y feliz. Créame. John Héctor asintió, aunque la duda seguía en su rostro. Después de que se fue, Lorena cerró la puerta. La sonrisa desapareció, reemplazada por una mirada de hielo.

 “La gente es demasiado fácil de engañar”, susurró. Al día siguiente, Mateo anunció sus hallazgos en el salón comunal. Encontramos la bodega que se usó como lugar de secuestro. El culpable planeó todo meticulosamente, pero les advierto, es muy probable que siga aquí entre nosotros. La multitud estalló en murmullos. La gente se miraba, algunos con miedo, otros con sospecha.

Entre ellos, Lorena permanecía de pie con una expresión tranquila. Incluso asentía como si estuviera de acuerdo con la policía, pero en su interior se reía. Solo ella sabía que la verdadera trampa ya estaba tendida y cualquiera que intentara tirar del hilo solo quedaría más enredado. Una lluvia torrencial azotaba Santa Magdalena del Sol. Esa noche.

 Los relámpagos partían el cielo, iluminando los techos de las casas atrincheradas. En la comandancia, el capitán Mateo seguía frente a su pizarra de investigación. Sus ojos estaban cansados, pero su mente se negaba a descansar. Cuanto más se acercaba a la verdad, más sentía que algo lo acechaba desde la oscuridad.

De repente, su teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido. Capitán, me está buscando. Qué bien, yo también lo estoy observando a usted. Mateo se tensó. Le mostró el mensaje a Javier. Capitán, esto significa que el culpable conoce todos nuestros movimientos, dijo Javier con preocupación. Mateo apretó el teléfono.

No solo los conoce Javier, quiere jugar con nosotros. Segundos después llegó otro mensaje. Los que murieron son solo el comienzo. Es usted demasiado lento, capitán. El rostro de Mateo se endureció. Sabía quién enviaba los mensajes. Aunque no había firma, solo una persona se atrevería a desafiarlo de esa manera.

Lorena. En su casa, Lorena jugaba con su teléfono, una sonrisa dibujada en sus labios. La lluvia afuera creaba el ambiente perfecto para su plan. Una pequeña vela parpadeaba sobre la mesa. “Ya es hora, capitán”, murmuró.”Va a sentir lo que yo sentí.” La pérdida, el miedo, la desesperación. escribió un nuevo mensaje, esta vez más personal y cruel.

 Sé dónde vive su familia, Mateo. Puede proteger un pueblo, pero puede proteger su propia casa. Lorena sonrió imaginando el rostro de Mateo al leerlo. A la mañana siguiente, la amenaza se hizo real. Mateo recibió una llamada de su esposa. Cariño, había un hombre extraño parado frente a la casa hace un momento. Cuando salí, ya se había ido, pero dejó una rosa roja en la reja.

 ¿Qué significa esto? Mateo sintió que el aire le faltaba. Escúchame, no entres en pánico. Cierra todas las puertas y ventanas. No dejes entrar a nadie, ni siquiera a alguien que diga ser policía. Enviaré a mis hombres a vigilar la casa. Al colgar, apretó el puño. Había empezado a atacar en lo personal. Esto ya no era un caso, era una guerra.

Javier lo miró preocupado. Capitán, ¿y si le tendemos una trampa? Si a ella le gusta el juego psicológico, podemos hacerle creer que sabemos más de lo que parece. Mateo negó. No, una persona como ella no cae en trucos fáciles. Necesitamos pruebas reales. Pero una cosa está clara, no podemos subestimarla más.

 Mientras tanto, en el pueblo los rumores se descontrolaban. Un vecino juraba haber visto la sombra de una mujer cerca de la casa de Diego la noche antes de que lo encontraran muerto. Otro afirmaba haber oído el motor de un camión en mitad de la noche. Don Héctor, cada vez más desesperado, fue a la comandancia. Capitán Reyes, no podemos seguir viviendo así.

 La gente está empezando a irse con sus familiares de otros pueblos. Si esto continúa, Santa Magdalena se convertirá en un pueblo fantasma. Mateo lo escuchó con atención. No dejaremos que el culpable se salga con la suya, pero necesitamos su cooperación. No oculten ninguna información, por pequeña que sea. La noche siguiente, Mateo recibió un sobre.

 Dentro había una foto de su familia en el mercado tomada desde lejos sin que se dieran cuenta. Al dorso, una frase escrita a mano, cualquiera puede ser una víctima. capitán, incluso los que más ama. Javier al verlo palideció. Capitán, esto es demasiado. Está vigilando a su familia. Mateo guardó silencio un largo rato. Su respiración era pesada, pero su mirada se volvió más afilada que nunca.

 Quiere que me quiebre. Pero esto solo demuestra que está cada vez más acorralada. Por su parte, Lorena estaba sentada en una silla con una copa de vino barato en la mano. Disfrutaba cada segundo de su juego. Ver a su enemigo tambalearse era una satisfacción indescriptible. Sin embargo, detrás de esa sonrisa, una sombra comenzaba a atormentarla.

A veces creía oír la voz de su hermano pequeño llamándola desde lejos. Otras le parecía ver la figura de su madre en un rincón de la habitación. Lorena cerró los ojos conteniendo la emoción. No, todavía no he terminado. No debo flaquear. Todos deben sentir nuestro sufrimiento. La lluvia volvió a caer esa noche.

Mateo, de pie frente a la ventana de su oficina observaba como el agua golpeaba el cristal. Sabía que Lorena estaba ahí fuera, quizás mirando en la misma dirección. Muy bien, Lorena”, murmuró. “Si este es un juego de sombras, voy a resistir.” Pero recuerda, toda sombra necesita una luz para existir y yo voy a hacer esa luz. Su sonrisa era fría.

 Para Mateo, la guerra psicológica acababa de empezar. La atención en el salón comunal de Santa Magdalena era casi palpable. Esa noche los vecinos se habían reunido exigiendo respuestas. Las lámparas de aceite iluminaban rostros pálidos y llenos de miedo. “Ya no aguantamos más este terror”, dijo un hombre con la voz temblorosa.

“La gente muere y nosotros solo esperamos nuestro turno. ¿Hasta cuándo?” El capitán Mateo se plantó frente a ellos. “Sé que están asustados. Créanme, estamos trabajando sin descanso. El culpable se está volviendo más audaz, pero eso es una señal de que está contra las cuerdas. Los murmullos de duda persistían.

De repente, la puerta del salón se abrió de golpe. Una mujer hermosa, envuelta en un impermeable negro estaba de pie en el umbral. Era Lorena. Entró lentamente, quitándose el impermeable para revelar una sencilla blusa blanca. Una sonrisa enigmática jugaba en sus labios. “Disculpen si interrumpo esta reunión tan importante”, dijo con una calma escalofriante.

Don Héctor se levantó de un salto temblando. “¿Tú qué haces aquí?” Mateo y Javier se pusieron de pie al instante, sus manos yendo instintivamente hacia sus armas, pero Lorena levantó las manos en un gesto de rendición. Tranquilo, capitán. No he venido a escapar. He venido a dejarles un mensaje. Antes de que nadie pudiera reaccionar, Lorena dio dos palmadas.

Desde afuera, el motor de un camión de carga se escuchó acercándose. El camión se detuvo bruscamente frente al salón y las puertas traseras se abrieron de golpe. Un edor a muerte invadió la sala. Dentro yacían tres cadáveres frescos.Los gritos de los aldeanos llenaron el aire.

 Lorena se mantuvo erguida, mirando directamente a Mateo. Lo ve, capitán. No me escondo. Se los muestro a todos. Esto no es un simple asesinato, es un mensaje. No hay lugar seguro para nadie. Javier le apuntó con su arma. No te muevas. Estás loca, Lorena. Pero ella solo sonrió, quizás. Pero esta locura nació de todos ustedes, de un mundo que valora más el dinero que las vidas.

Mateo avanzó un paso. Has cruzado la línea. ¿Crees que asustándolos justificas lo que has hecho? Lorena se acercó, sus ojos brillando con furia. No necesito justificación, Mateo. Solo quiero que sientan la pérdida que yo he sentido. Todos en este pueblo son cómplices. Cerraron los ojos cuando mi familia fue destruida.

Y ustedes, los policías llegaron demasiado tarde. Son iguales. De repente, Lorena sacó algo de su bolsillo. No era un arma, sino una pequeña llave que arrojó al suelo. Si quieres saber más, busque la bodega en el bosque del Este, pero apúrese, no tiene mucho tiempo. Antes de que pudieran moverse, Lorena salió corriendo.

Se escuchó una pequeña explosión afuera. El camión se incendió parcialmente y en medio del caos, Lorena desapareció en la noche. Después de apagar el fuego, Mateo se quedó junto a los restos humeantes del camión. Javier lo miró confundido. Capitán, ¿por qué nos dio una pista? Es como si quisiera que encontráramos algo.

 Mateo respiró hondo porque está jugando con nosotros. quiere controlar el juego. Esa bodega podría ser una trampa o la verdad que quiere que veamos. Don Héctor todavía en Soclicó, “Deténgala, por favor, capitán. Este pueblo no puede soportar más.” Mateo miró hacia el bosque del este con una determinación de acero en sus ojos. “Voy a enfrentarla.

Si este es el juego que ella empezó, yo lo terminaré.” Mientras tanto, Lorena caminaba sola por un sendero oscuro. La lluvia caía sobre ella, mezclándose con las lágrimas que corrían por sus mejillas. “Ya se los he mostrado”, susurraba. “Nadie puede escapar de mi sombra.” Pero en el fondo de su corazón, una pequeña voz, la de su hermano, le rogaba, “Hermana, detente.

Este no es el camino.” Lorena se tapó los oídos y aceleró el paso hacia la oscuridad del bosque, negándose a escuchar. No puedo parar ahora. No lo haré. El cielo aún estaba cubierto de nubes cuando el capitán Mateo y su equipo llegaron al borde del bosque del este. Una niebla delgada se enroscaba entre los árboles, creando una atmósfera lúgubre.

A lo lejos se distinguía la silueta de la bodega abandonada. “Claramente quiere que vengamos aquí”, murmuró Javier. “Sí, y debemos asumir que es una trampa,”, respondió Mateo. Avanzaron con cautela. Al llegar, Mateo usó la llave que Lorena había arrojado. Encajó perfectamente en el candado. Abrieron la puerta lentamente.

Un edor a muerte, mucho más intenso que el del camión, los golpeó. Lo que vieron dentro los dejó helados. Decenas de jaulas de hierro se alineaban como en una perrera. En cada una había restos humanos, huesos, ropas desgarradas y cuerpos que aún no se habían descompuesto del todo. “Dios mío”, exclamó Javier, “¿A cuánta gente atrapó aquí?” En una pared, un mensaje escrito a mano decía, “Para los que fingen ser ciegos, aquí está la prueba de sus pecados.

Debajo había fotos antiguas de los aldeanos, incluyendo a un joven don Héctor, junto a imágenes de la familia de Lorena, esclavizada en la mina. De repente, la puerta de la bodega se cerró de golpe. Las luces parpadearon y se encendieron en un tono rojo. La voz de Lorena resonó desde un altavoz. Bienvenidos, capitán.

Finalmente, ven la verdad que este pueblo escondió durante años. Lorena, detén esto! Gritó Javier. La risa de Lorena llenó el espacio. ¿Ustedes creen que me importa? Solo les devuelvo lo que ellos hicieron. Todas estas personas confiaron en mí, igual que mi familia confió en este pueblo.

 La diferencia es que yo no cerré los ojos. De una de las jaulas se oyó un quejido débil. Un hombre herido vivo suplicaba ayuda. Antes de que pudieran reaccionar, la voz de Lorena volvió. Puede salvarlo a él o salvarse a usted mismo. Elija rápido, capitán, porque en unos minutos esta bodega será su tumba. Mateo vio en un rincón una bomba casera con una luz roja parpadeante.

El tiempo se agotaba. Javier, libera al hombre. Yo me encargo de la bomba, ordenó. Mientras Javier intentaba romper el candado de la jaula, Mateo se arrodilló frente a la bomba. El sudor frío le corría por la frente. “Lorena, te equivocas y crees que soy como ellos”, susurró mientras sus manos temblorosas buscaban el cable correcto.

La voz de Lorena, ahora casi un susurro fantasmal, respondió desde el altavoz. “Ya veremos, capitán. Ya veremos si usted es realmente diferente.” La luz roja de la bomba parpadeaba a un ritmo frenético en la penumbra de la bodega. El tiempo se escurría. “Capitán, el candado está atascado”,gritó Javier golpeando la cerradura de la jaula con la culata de su rifle.

 El hombre adentro, un superviviente llamado Bima, gemía de desesperación. “No me dejen aquí.” Mateo sabía que Lorena lo había puesto en una prueba imposible. “Lorena, si me escuchas,” dijo con voz firme, “no voy a elegir quién muere. No más. Voy a luchar contra tu método. La voz de Lorena respondió con un deje de diversión macabra.

Demasiado confiado, capitán. Ve a cuánto tiempo puede luchar contra el reloj. La luz de la bomba se aceleró. Javier finalmente logró romper la cerradura y Bima se arrastró fuera, débil y aterrorizado. Capitán, ya salió la bomba. Mateo miró los tres cables, rojo, azul, amarillo. Cerró los ojos un segundo, recordando cada detalle de su entrenamiento.

Si ella quiere que caiga en su trampa psicológica, haré lo contrario a lo evidente. Sin dudar, cortó el cable azul. El silencio fue absoluto. La luz roja se apagó. La bomba estaba desactivada. Javier se dejó caer al suelo, respirando con dificultad. Estamos vivos, capitán. Bima temblaba, apenas capaz de sostenerse.

Ella, Lorena, nos ofreció trabajo y luego nos encerró aquí. Los demás murieron uno por uno. Antes de que pudieran salir, la voz de Lorena regresó por el altavoz, esta vez sin risas, solo un tono frío y herido. Eres diferente, Mateo, pero aún así no puedes detenerme. La bomba era solo una pequeña prueba. El verdadero juego acaba de comenzar.

La voz se cortó. Mateo se puso de pie. Javier, sacaima de aquí, asegúrate de que reciba atención y toma su declaración. Yo no he terminado aquí. Javier dudó, pero obedeció, dejando a Mateo solo en la macabra bodega. El capitán exploró más a fondo y encontró una mesa con una carpeta. Dentro había una larga lista de nombres de los pueblos de la región.

Al lado de muchos una nota: vendido, desaparecido, muerto. Al final había una lista de nombres aún sin marcar. Eran los habitantes actuales de Santa Magdalena, don Héctor, Javier e incluso otros oficiales. “Dios mío”, murmuró Mateo. “ya ha marcado a sus próximas víctimas.” Afuera oyó el crujido de una rama. Apuntó su arma hacia la puerta.

Una silueta se recortó por un instante y luego desapareció en la oscuridad. Era Lorena. Había estado observando. Mientras tanto, en una colina cercana, Lorena contemplaba las luces del pueblo. Aferraba la vieja foto de su familia. Ya empecé, papá, mamá. Todos sabrán lo que se siente perderlo todo. Nadie puede detener esto.

 Ni siquiera Mateo guardó la foto y se adentró en la noche, dejando un nuevo rastro de terror a su paso. La mañana siguiente, Santa Magdalena parecía un pueblo fantasma. El terror era un sudario que lo cubría todo. La noticia de que Bima había sobrevivido no trajo esperanza, sino la confirmación de la monstruosidad de Lorena.

En el salón comunal, Mateo presentó la lista de objetivos. No podemos esperar a que ataque de nuevo, dijo Javier. Mi nombre está en esa lista, susurró don Héctor. Significa que soy el siguiente, no solo usted, respondió Mateo. Lorena quiere que sepamos que siempre está un paso por delante, pero esta vez le daremos la vuelta al juego.

 Bima, cubierto con una manta, habló con voz débil. Ella siempre hablaba de una noche final, una noche en la que todo el pueblo recordaría su nombre para siempre. Las palabras flotaron en el aire. Está planeando algo más grande, dijo Javier. No una o dos víctimas, sino todo el pueblo. Mateo tomó una decisión. No podemos escondernos.

Tenemos que usar el pueblo como cebo. Haremos que crea que hemos bajado la guardia mientras vigilamos cada punto clave. Esa noche, Santa Magdalena aparentó una falsa normalidad. Pero en las sombras la policía estaba apostada por todas partes. Mateo coordinaba desde la plaza. Todos atentos. Cualquier movimiento sospechoso, repórtenlo.

Justo antes de la medianoche, las luces de la zona este del pueblo se apagaron. Una silueta apareció en la oscuridad. Lorena. En su mano sostenía un detonador. “Lorena, no lo hagas”, gritó Mateo. Ella sonrió con amargura. Es inútil hablar, capitán. Este pueblo fingió no ver el sufrimiento de mi familia. Ahora es su turno de sentir.

 Dima le suplicó. Lorena, por favor, di tus lágrimas en la bodega. Sé que puede ser mejor que esto. Su rostro se contrajó por un momento, pero volvió a levantar el detonador. Tú vives porque yo te dejé vivir, pero esta noche todo termina. Mateo bajó su arma lentamente. La venganza solo enterrará el nombre de tu familia en sangre.

 No serán recordados como víctimas, sino como la razón de una masacre. Las palabras lo golpearon. La imagen de su hermano sonriendo volvió a su mente. “Cállate”, susurró. “No puedo parar.” Mientras dudaba, Mateo se lanzó hacia delante y de una patada le arrebató el detonador de la mano. Javier la inmovilizó por detrás.

“¡Suéltenme”, gritó ella, pero ya era demasiado tarde. La gran explosión que había planeado nunca ocurrió. El llantode Lorena se quebró mientras caía de rodillas. No tenían que sentirlo. Tenían que saber mi dolor. Mateo se arrodilló frente a ella. Sé que estás herida, pero este no es el camino. No solo destruyes el pueblo, sino también la única oportunidad de que tu familia sea recordada con dignidad.

Lorena lo miró con los ojos llenos de lágrimas y finalmente se rindió. Quizás, quizás si soy un monstruo. No eres un monstruo, Lorena”, dijo Javier mientras le ponía las esposas. Solo elegiste el camino equivocado, pero esta noche tu juego ha terminado. Los vecinos salieron de sus escondites, observando en silencio como se llevaban a la mujer que había sido su amiga y su verdugo.

Don Héctor bajó la cabeza lleno de remordimiento. Todos tuvimos la culpa. Nosotros cerramos los ojos y esta es la consecuencia. En el coche patrulla, Lorena miró por la ventana. Las lágrimas caían sin cesar. La imagen de su hermano apareció una última vez, sonriendo como si la perdonara. Un susurro escapó de sus labios.