“Huatulco en shock: 45 cuerpos hallados en un barco revelan un secreto que conmociona al pueblo.”

Tres noches atrás, un pescador de camarón en la costa de Hatulco casi se desmaya mientras recogía sus redes al amanecer. De entre las olas vio una panga de madera desvencijada, cubierta de verdín y percebes que se mecía sin rumbo hacia la playa turística. Llevaba una estela de edor insoportable, una mezcla pútrida de salitre, pescado podrido y algo más, algo metálico y dulzón que revolvía las entrañas.
Y lo más aterrador, cuando la corriente la encayó en la arena, de su bodega abierta emanó un silencio antinatural, un silencio que gritaba muerte. Desde ese momento, la vibrante bahía oaxaqueña fue sacudida por un horror que las postales turísticas jamás podrían capturar. Nadie se atrevía a acercarse a la embarcación pues todos creían que un barco fantasma había llegado desde el fondo del mar, cargado con las almas de quienes el océano había reclamado.
El viento del Pacífico soplaba con una fuerza inusual esa madrugada. Las olas golpeaban los riscos de la bahía de Santa Cruz con un estruendo que mantuvo a varios pescadores en tierra. Normalmente esa franja de playa ya estaría buluyendo con el ir y venir de los vendedores de cocos y los turistas madrugadores.
Pero esa mañana era diferente, solitaria, fría y con una pesadez aire que calaba los huesos. Un pescador llamado Mateo, un hombre de piel curtida por mil soles y ojos acostumbrados a leer el mar, estaba recogiendo sus redes vacías cuando su mirada se clavó en esa mancha oscura que flotaba a la deriva, acercándose lentamente a la orilla.
No era una lancha común, sino una panga de pesca grande, de esas antiguas, con la pintura azul descascarada y el nombre borrado por el tiempo y la sal. navegaba sin control, como un ataúd a la deriva. “¿De quién es esa panga?”, gritó Mateo, su voz ronca haciéndose eco en el vacío, llamando a otros pescadores que se resguardaban más lejos.
Varios hombres corrieron a su lado, entrecerrando los ojos para ver mejor. A la distancia, el barco parecía una carcasa. Su pequeño mástil para la lona estaba partido y la popa se inclinaba peligrosamente. Pero no era su aspecto de crépito lo que inquietaba, sino el edor nauseabundo que el viento arrastraba hacia ellos.
Una peste que obligaba a cubrirse la cara con el paliacate. Con la primera luz del alba tinendo el horizonte de naranja y violeta, los curiosos comenzaron a congregarse. Los niños corrían por la arena, pero sus madres los jalaban de vuelta con brusquedad. No se acerquen”, gritaba una mujer. El pánico en su voz.
El olor era verdaderamente antinatural, penetrante, una mezcla de salmuera y la sangre rancia de docenas de matanzas. La panga finalmente chocó contra la arena encallando con un crujido sordo. Decenas de personas formaban ya un semicírculo tenso, susurrando entre ellos con rostros de mal agüero. Un joven audaz, quizás un lanchero acostumbrado al peligro, se animó a subir a la cubierta, pero tardó apenas unos segundos en lanzar un grito ahogado y saltar de vuelta a la arena.
Su cara estaba pálida como el Naka, sus ojos desorbitados por el terror. “Hay algo adentro”, balbuceó la voz temblorosa. La noticia corrió como pólvora. La policía no tardó en llegar. Liderada por el capitán Morales, un oficial de mediana edad, de bigotes peso y mirada severa, conocido por su tempel inquebrantable.
Junto a sus hombres acordonó la zona con una cinta amarilla brillante. Todos atrás. Esto podría ser la escena de un crimen, ordenó con voz de mando. Entre la multitud, un joven de cabello algo largo y mirada intensa encendió la pequeña cámara de video que siempre llevaba consigo. Era Alejandro Alex Vargas, un periodista de un medio digital de Oaxaca.
Alex estaba acostumbrado a cubrir festivales y laguelaguetza, pero su instinto le decía que esto era diferente. Había algo mucho más grande que un simple naufragio. Capitán, ¿puedo acercarme un poco para grabar?, preguntó Alex, su tono respetuoso pero insistente. El capitán Morales apenas le dedicó una mirada detrás de la cinta.
Reportero, si la cruzas, mis hombres te sacarán de aquí. Alex asintió. Entendía las reglas, pero su curiosidad era un fuego que no podía apagar. Desde límite continuó grabando. El edor se volvió tan denso que algunos oficiales tuvieron que ponerse doble cubrebocas. Cuando uno de los policías usó una barreta para forzar la portezuela de la bodega, un silencio sepulcral cayó sobre la playa.
El metal oxidado chirrió agudamente. De repente, una ráfaga de aire aún más fétido brotó del interior, provocando que varios curiosos tuvieran arcadas y vomitaran en la arena. Un oficial apuntó su linterna hacia la oscuridad. Un instante después se escuchó un grito ahogado. “Dios mío”, susurró un policía. Detrás de la puerta se veía una pila de costales de yute apilado sin orden.
Varios estaban rasgados y de las aberturas asomaban cabelleras largas y negras apelmazadas con un líquido seco de color pardo oscuro. Un agentearmándose de valor jaló uno de los costales. Al deslizarse la tela áspera, todos quedaron paralizados por el horror. Dentro yacía el cadáver de una mujer con el rostro pálido y amor atado.
Sus ojos estaban cerrados, su piel cubierta de arañazos. En su pecho, un extraño símbolo parecía haber sido tallado con un cuchillo. El capitán Morales retrocedió un paso, su rostro endurecido como una máscara de piedra. Cierren esa bodega. No quiero que cunda el pánico. Llamen a los forenses y a la fiscalía ahora mismo.
Pero antes de que pudieran cerrar, otros costales se movieron, revelando más cabelleras y los brazos de otros cadáveres. No eran uno ni dos, eran decenas. La multitud estalló en un murmullo caótico. Los susurros se convirtieron en pequeños gritos. Una anciana se desmayó. Un niño lloraba histéricamente y varios hombres intentaban calmar la situación, aunque sus propios rostros estaban lívidos.
Alex tragó saliva, sus manos temblaban mientras enfocaba la cámara. Sabía que esto no era una noticia común. Decenas de mujeres muertas. ¿Cómo es posible que estuvieran en esta vieja panga? Pensó. En medio del caos. El capitán Morales se mantuvo firme intentando proyectar calma. Todos los civiles, retírense ahora por su propia seguridad.
Despejen la playa, gritó. Mientras tanto, Ax fijó su atención en el casco de la panga. En un costado, apenas visible bajo el verdín, había un símbolo tallado, una forma que se asemejaba a un círculo con líneas onduladas como un calamar estilizado. Alex se acercó un poco más y tomó varias fotografías. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Recordaba haber visto un glifo similar en un viejo artículo de antropología sobre rituales marítimos en una comunidad remota de la costa oaxaqueña. Nunca terminó de leerlo, considerándolo un rumor folclórico, pero ahora el símbolo era real grabado en la madera de un barco de la muerte. Aek se sintió arrastrado por una corriente oscura y peligrosa.
Volteó a ver al capitán Morales, aún ocupado con la multitud. Este barco tuvo que salir de algún lugar. Pero, ¿de dónde? Murmuró para sí mismo. Esa mañana la playa de Hatulco, usualmente un paraíso de sol y arena, se transformó en un escenario macabro. Las olas seguían rompiendo en la orilla como si guardaran un secreto más oscuro que los restos de un naufragio.
Alex lo supo con certeza. Esto era solo el comienzo. Al día siguiente, la tranquilidad de Oaxaca se había evaporado. La noticia del barco lleno de cadáveres en Hatulco se extendió como un incendio por todo el estado. Los medios de comunicación se agolparon en la playa, aunque el acceso a la PAN estaba estrictamente prohibido.
La policía había montado una carpa improvisada como puesto de mando. El edor de la embarcación aún flotaba en el aire, obligando al equipo forense a trabajar con mascarillas industriales. Alex Vargas regresó al lugar a primera hora, acompañado por su asistente, Isabela Isa Reyes. Isa era una pasante de periodismo, una joven entusiasta y de espíritu fuerte, pero esta vez su rostro estaba pálido desde que el olor a muerte la golpeó al bajar del auto.
Alex, esto es una locura. 45 mujeres, todas en una panga. Si fuera trata de personas, ¿por qué las abandonarían así?”, susurró Isa, su voz apenas audible sobre el sonido del mar. Alex no apartaba la vista de la pantalla de su cámara, repasando la grabación de la noche anterior una y otra vez. Cada vez que veía la pila de costales, sentía una náusea profunda, pero su instinto periodístico era más fuerte que el miedo.
Eso es lo que tenemos que averiguar, Isa, aquí hay algo que no encaja y estoy seguro de que no es un cártel común y corriente. No muy lejos de ellos, el capitán Morales hablaba por teléfono, su rostro tenso. Acababa de recibir el informe preliminar del forense. Cuando los reporteros intentaron abordarlo, los despachó con un gesto brusco.
Sin embargo, Alex, con una audacia que a veces rayaba en la imprudencia, se acercó. Capitán, una palabra. Sé que ya tiene los resultados iniciales, dijo Alex. Morales lo miró fijamente y luego suspiró resignado. Eres un buitre, Vargas, pero sé que no te darás por vencido. Escucha bien. La autopsia preliminar reveló algo muy extraño. Todas las víctimas murieron de forma similar.
Tienen un corte en el pecho con la forma de un símbolo y ninguna presenta signos de lucha. Ningún signo de lucha. Alex frunció el ceño. Exacto. Como si hubieran aceptado su destino. O tal vez ya estaban inconscientes antes del corte. Isa se cubrió la boca con la mano. Qué horror. El capitán Morales bajó la voz para que los otros reporteros no lo oyeran.
Y lo más extraño es que aunque muchas son de fuera, de Veracruz, de Chiapas, hemos identificado a dos de ellas. eran de aquí de Oaxaca. Según sus credenciales, ambas provenían de un pequeño pueblo pesquero en la costa, cerca de los límites con Guerrero, un lugar llamado Boca delEse nombre resonó en la mente de Alex.
Recordaba haberlo leído en ese viejo archivo de antropología, el mismo del símbolo, un artículo que hablaba de rituales marítimos y que había sido desechado por considerarse un mito. “Boca del diablo”, murmuró Alex. El capitán Morales lo miró con suspicacia. “¿Conoces ese lugar? He leído algo sobre él.
Un pueblo aislado del que poco se habla, pero que supuestamente tiene tradiciones muy antiguas. O quizás siniestras. Morales asintió lentamente. Estamos tratando de rastrear al dueño de la panga, pero no hay registros oficiales. Es un barco fantasma. La única pista que tenemos es símbolo tallado en el casco, el mismo que tenían las víctimas. Creemos que es la marca de un grupo.
Voy a enviar un equipo a boca del Axuvo la respiración. Capitán, permítame ir con usted. Podría ser la historia más grande de mi carrera, pero más que eso, quiero saber la verdad. Morales lo estudió por un largo momento. Vargas, esto no es un juego. Si realmente hay algo oscuro en ese pueblo, te estás jugando el pellejo.
Alex sonrió débilmente. El riesgo es parte del oficio, capitán. Isa tragó saliva. Si Alex va, yo también voy. No, Isa la interrumpió Alex. Tú te quedas aquí en la ciudad. Es demasiado peligroso. Pero Isa negó con la cabeza. Su determinación era férrea. No me voy a quedar atrás. Si se trata de buscar la verdad, quiero aprender en el campo.
El capitán Morales soltó un suspiro de frustración. Son un par de testarudos. Está bien, pero no quiero problemas. Si digo que se retiren, se retiran. Esa tarde, mientras la panga era remolcada a un pequeño muelle para una inspección más profunda, Axó en la carpa de la policía buscando en los archivos digitales de su periódico.
Un artículo borroso apareció en la pantalla de su laptop, La tradición del mar, ofrendas en boca del El texto nunca fue publicado, solo quedaba el borrador en la base de datos interna. Describía vagamente un ritual antiguo realizado por ciertos pueblos de la costa para suplicar protección contra los huracanes y buena pesca.
La ofrenda en forma de vidas humanas, leyó Alex en voz baja. La frase le erizó la piel. Isa, sentada a su lado, leyó por encima de su hombro. No puede ser que el barco. Alex la miró, sus ojos reflejando una terrible sospecha. Me temo que esos cuerpos no eran víctimas de un cártel, Isa. Eran parte de un ritual que ha estado ocurriendo por mucho, mucho tiempo.
Isa se tapó la boca. Eso es una locura. ¿Cómo podría todo un pueblo participar en algo así? Alex miró la pantalla, su expresión sombría. A veces la fe y la superstición pueden ser más poderosas que la lógica, y eso es lo más peligroso de todo. Afuera, el sol se ponía tiñiendo el cielo de un naranja oscuro y ominoso. El capitán Morales entró en la carpa, su rostro serio. Confirmado.
La madera del barco coincide con la que se usa en los astilleros de la zona de boca del Mañana salimos para allá al amanecer. Alex e Isa intercambiaron una mirada. En sus corazones la curiosidad se mezclaba con un miedo creciente. Sabían que el viaje a ese pueblo no era una simple investigación. Era un paso hacia un secreto tan oscuro y profundo como el propio océano.
Y esa misma noche, lejos de allí, en boca del los aldeanos se reunían en la orilla, encendiendo velas y quemando copal, rezando frente al mar. Ante ellos, una anciana de cabello blanco y ropajes oscuros erguía su voz grave resonando con el rugido de las olas. El sacrificio ha llegado al mar. La sombra estará satisfecha.
Nuestro pueblo seguirá a salvo. Nadie en el pueblo era consciente de que su secreto estaba a punto de ser descubierto y que una tormenta mucho más grande se avecinaba. El viaje a boca del no fue fácil. La camioneta del capitán Morales, seguida por el jeep destartalado de Alex e Isa, tuvo que serpentear por caminos de terracería, subir colinas escarpadas y atravesar una selva baja y silenciosa.
El asfalto desapareció gradualmente, reemplazado por tierra y rocas, una clara señal de que el pueblo estaba verdaderamente aislado del mundo exterior. Durante el trayecto, Isa miraba por la ventana. El paisaje de acantilados que se hundían en el mar era de una belleza salvaje, pero una extraña frialdad parecía impregnar el aire.
“Alex, siento como si este pueblo estuviera hecho a propósito para mantener a la gente alejada”, murmuró ella. Alex, sentado a su lado, solo asintió. Desde la noche anterior, la imagen de los costales llenos de cuerpos lo perseguía. Y ahora el nombre de boca del repetido una y otra vez reforzaba su convicción de que la respuesta al misterio estaba allí.
El capitán Morales, que conducía adelante, rompió el silencio por la radio. He estado en muchos pueblos remotos, pero este es diferente. Apenas hay registros oficiales sobre boca del Casi no hay informes de crímenes, como si vivieran en una paz perfecta. Pero eso es precisamente lo que me inquieta.
Después de casi 3 horas de camino, finalmente llegaron a la entrada del pueblo. Un arco de piedra simple, con grabados de peces y olas les daba la bienvenida. Debajo, una inscripción tosca decía: “Bienvenidos a Boca del Diablo.” Tan pronto como entraron, la atmósfera cambió. Las casas de adobe y madera, pintadas de colores vivos, pero desgastados por el salitre, se alineaban en calle sin pavimentar.
Los niños jugaban en la tierra y un sonido lejano de tambores se escuchaba a lo lejos. A primera vista, parecía un pueblo pesquero oaxaqueño tranquilo y pintoresco, pero había algo que no encajaba, las miradas de la gente. Cada vez que pasaban, los aldeanos detenían sus actividades y los observaban con ojos cargados de sospecha.
Sus sonrisas eran forzadas y algunos incluso se apresuraban a cerrar las puertas de sus casas. “¿Por qué siento que no les gusta que haya extraños aquí?”, susurró Isa apretando su bolso. Alex asintió. Es la señal de que esconden algo. Fueron recibidos por una mujer mayor de cabello completamente blanco trenzado con listones negros y un rostro surcado de arrugas profundas como los cañones de la sierra.
vestía un pilcuro y su mirada era tan penetrante que parecía leerles el alma. Era doña Elvira, la matriarca y curandera del pueblo. Su sonrisa era apenas una línea delgada y sus ojos evaluaban a los recién llegados. “Bienvenidos a Boca del capitán.” Ya esperábamos su visita”, dijo con una voz grave y resonante.
El capitán Morales asintió con respeto. “Venimos a investigar el barco que apareció en Huatulco. Tenemos evidencia que apunta a este pueblo. Esperamos que pueda ayudarnos.” Doña Elvira lo miró fijamente y luego esbozó una sonrisa enigmática. Esa panga era solo un viejo trozo de madera. Llevaba mucho tiempo sin usarse.
¿Quién sabe cómo el mar decidió llevarla tan lejos? Alex observó su expresión. Era una calma demasiado perfecta para alguien cuyo pueblo estaba siendo vinculado a una masacre. ¿Y cuándo fue la última vez que se usó esa panga?, preguntó Alax con cautela. Doña Elvira giró su cabeza hacia él y le dio una palmada ligera en el hombro.
Jovencito, a veces el mar se lleva cosas viejas. Las olas traen y llevan lo que quieren, incluso cosas que no entendemos. No hay que hacer tantas preguntas. Y se sintió un escalofrío al escuchar el tono de su voz. Había una amenaza sutil oculta en sus palabras. Después de ese breve encuentro, los instalaron en una pequeña cabaña en las afueras del pueblo.
Al caer la noche, la atmósfera se volvió aún más extraña. A lo lejos se escuchaba el sonido rítmico de un tambor, como en un ritual. Alex, incapaz de dormir, decidió salir a caminar. Isa lo siguió demasiado asustada para quedarse sola. Caminaron por las calles silenciosas del pueblo. De repente, en una esquina, se toparon con un pescador anciano de cabello blanco.
Su cuerpo era delgado y sus ojos hundidos. El hombre se presentó como Miguel. ¿Por qué vinieron a este pueblo? No todos los secretos deben ser desenterrados, dijo en voz baja. Su voz ronca como el viento marino. Alex se acercó. Señor, solo buscamos la verdad. El barco que encontraron llevaba 45 mujeres muertas.
Si salió de aquí, el mundo tiene derecho a saberlo. Miguel negó lentamente con la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Joven, ¿no entiendes? Esto no es un crimen común, es una maldición. Este pueblo hizo un pacto con el mar hace mucho tiempo. Si no le damos nuestra ofrenda, el océano se tragará todo lo que amamos.
Isa tragó saliva, su rostro pálido. Ofrenda se refiere a personas. Miguel no respondió, solo los miró con ojos llenos de terror y se perdió en la oscuridad de la noche. Alex e Isaon el uno al otro. La verdad comenzaba a emerger, pero era demasiado monstruosa para ponerla en palabras. Cuando regresaban a la cabaña, vieron a lo lejos a decenas de personas reunidas en la playa, sosteniendo antorchas y cantando en una lengua antigua.
En el centro del círculo con su vestimenta oscura estaba doña Elvira. Alex, susurró Isa, su voz temblando. ¿Qué están haciendo? Alex aferró su cámara y murmuró, “Creo que estamos presenciando el principio de un secreto que ha estado oculto por demasiado tiempo. Esa noche, las olas golpearon las rocas con más fuerza de lo habitual, como si el mar supiera que unos ojos extraños estaban espiando sus misterios.
La atmósfera en el pueblo pesquero se volvió más opresiva con la noche. Las olas sonaban más furiosas, como si algo en las profundidades estuviera agitado. Alex estaba en la orilla, mirando la silueta de las pangas amarradas, incapaz de sacudirse la sensación de peligro inminente. La imagen de la bodega llena de costales seguía grabada en su mente.
De repente, Miguel, el pescador anciano que les había hablado de la maldición, se le acercó de nuevo. Su rostro estaba pálido, sus ojos llenos de una urgencia nerviosa. Llevaba una pequeña botella de vidrioque contenía un líquido rojizo y espeso. Esto lo encontré en la arena, cerca de donde amarraron la panga de la muerte”, susurró Miguel. Sus manos temblorosas.
No es sangre de pescado, muchacho. Es sangre humana y está fresca. Alex tomó la botella con cuidado, observando el líquido con el ceño fruncido. ¿Cómo podía haber sangre fresca cerca del lugar si los cuerpos llevaban semanas en descomposición? La pregunta añadió una nueva capa de horror a la que ya sentía. Antes de que pudiera preguntar más, un grito rasgó el aire desde el muelle.
Varios aldeanos corrían señalando hacia el mar con pánico. Alex y Miguel se giraron. El cadáver de una cabra descuartizado flotaba entre las olas. Su cuerpo estaba cubierto de los mismos símbolos extraños que había visto en el barco y en los cuerpos de las víctimas. Un hombre joven y robusto, a quien había visto antes con Doña Elvira, salió de entre la multitud.
Su rostro estaba sudado y miró a Alex con dureza. ¿Lo ves? Esto no es un accidente ni obra de un loco. Este pueblo sigue sus propias leyes, leyes que los de afuera no deben conocer. Alex se acercó a él. Su voz era baja pero firme. Tú sabes algo. Dime qué está pasando. Si te quedas callado, más gente morirá. El joven, cuyo nombre supo después era Javier, apretó la mandíbula.
No puedo hablar. Si abro la boca, mi familia será la siguiente. La tensión aumentó cuando el jefe Vargas, el corpulento jefe de la policía local, llegó con un par de sus hombres. Inspeccionó el cadáver de la cabra y ordenó que lo sacaran del agua. Su rostro era una máscara de indiferencia, pero sus ojos delataban una fría determinación.
Ax le acercó. Jefe, esto es obviamente más que un caso de trata. Hay algo mucho más grande detrás. El jefe Vargas se volvió. Su mirada era de acero. Lo sé, reportero. Pero no todo se puede escribir en tus periódicos. Hay cosas que es mejor dejar enterradas. Esas palabras dejaron a Alex helado. Por primera vez sintió que ni siquiera la policía local era de fiar.
Más tarde esa noche, mientras Alex caminaba de regreso a su cabaña, la figura de doña Elvira emergió de las sombras bajo una gran seiva. La anciana lo miró con una expresión que era a la vez fría y admonitoria. Alejandro, su voz era un susurro áspero. No cabes tan profundo. Ese barco es solo la superficie de algo mucho más oscuro.
Si continúas, verás cosas que tu mente no podrá comprender. Alex la enfrentó. ¿Qué quiere decir? ¿Qué tiene que ver ese barco con este pueblo? Doña Elvira se acercó y puso una mano huesuda en su hombro. No todos los muertos pueden descansar bajo tierra. Algunos deben regresar al mar porque es el mar quien los reclama.
Un escalofrío recorrió la espalda de Alex. La frase era un acertijo que lo guiaba hacia un horror inimaginable. Cuando quiso preguntar más, doña Elvira ya se había desvanecido en la oscuridad. Ax quedó paralizado, su mente trabajando a toda velocidad. Las piezas del rompecabezas, el barco lleno de cuerpos, la sangre fresca, la cabra con los símbolos, las amenazas de Javier y las palabras de doña Elvira comenzaban a formar una imagen aterradora.
No era trata de personas ni simples asesinatos. Era algo mucho más antiguo y siniestro. y se dio cuenta de que el terror apenas estaba comenzando. El viento del amanecer era helado y cortante. Alex no había podido dormir, atormentado por las palabras de doña Elvira. Algunos deben regresar al mar porque es el mar quien los reclama.
Estaba sentado en el porche de la cabaña, mirando las olas grises bajo la luz de la luna menguante. De repente escuchó pasos apresurados en el sendero. Era Miguel el pescador, su rostro pálido y sus ojos desorbitados por el pánico. “Alex, ven rápido antes de que alguien más lo vea”, exclamó sin aliento. Sin hacer preguntas, Alex siguió a Miguel a través de un camino oscuro hasta un almacén de pesca abandonado.
La puerta de madera chirrió al abrirse. Un olor a humedad y pescado podrido lo golpeó. En un rincón del almacén, un costal de yute se movía débilmente. Del interior provenía un gemido suave, el sonido de alguien luchando por sobrevivir. Alex se quedó sin aliento. Dios mío. Miguel se apresuró a abrir el costal.
Dentro había una joven, su cuerpo cubierto de moretones, su rostro pálido, respirando con dificultad. Tenía las manos y los pies atados. Los ojos de la mujer se abrieron ligeramente, mirando a Alex con terror. “La encontré al amanecer”, explicó Miguel con voz temblorosa. Las olas la arrastraron a la orilla. “Por suerte, la vi antes que los demás.
” Alex se arrodilló a su lado. ¿Cómo te llamas? ¿Puedes hablar? La joven intentó articular palabra. Su voz era un susurro. Me llamo Sofía. Ellos querían sacrificarme. La sangre de Alexo. Esas palabras confirmaban sus peores sospechas. No eran asesinatos al azar. Había un patrón, un ritual. sacó una botella de agua y ayudó a Sofía a beber. Tranquila, estás a salvo ahora.
Pero Miguel miraba nerviosamente hacia la puerta. Alex, si el pueblo descubre que la estamos escondiendo, nosotros también seremos víctimas. Antes de que Aax pudiera responder, la puerta del almacén se abrió de nuevo. Javier entró, su rostro una mezcla de ira y pánico. Están locos. ¿Por qué la trajeron aquí? Si la gente del pueblo se entera, estamos acabados.
A se puso de pie conteniendo su enojo. Precisamente por eso debemos protegerla. Ella es una testigo. Si habla, todo saldrá a la luz. Javier apretó los puños, el miedo luchando contra algo más en su interior. No lo entiendes, ¿verdad? Este pueblo está atado por una promesa. Si esta víctima sobrevive, la maldición caerá sobre todos nosotros.
¿Qué maldición? Replicó Alex furioso. O es solo una excusa para cubrir sus crímenes. Javier desvió la mirada incapaz de responder. De repente se escucharon pasos pesados afuera. Alex rápidamente cubrió a Sofía con una red de pesca y la escondió detrás de unas cajas. Miguel apagó la lámpara de aceite sumiendo el almacén en la oscuridad.
La puerta se abrió de golpe. El jefe Vargas estaba en el umbral, su silueta recortada contra la luz del amanecer. Sus ojos penetrantes escudriñaban la oscuridad. ¿Qué esconden aquí?, preguntó su voz gélida. Alex trató de mantener la calma, solo hablando con Miguel y Javier. Jefe, ¿y usted qué hace por aquí? El jefe Vargas entró, sus botas resonando en el suelo de madera.
Miró cada rincón del almacén como si olfateara algo fuera de lugar. El corazón de Alex latía con fuerza, temiendo que Sofía hiciera algún ruido, pero ella permaneció en silencio, conteniendo la respiración. Finalmente, el jefe Vargas se detuvo frente a Alex. Tienes que detenerte, reportero. La historia que buscas no te traerá la verdad, solo la muerte.
La advertencia sonó como una sentencia. Alex estaba más convencido que nunca de que el jefe de policía sabía mucho más de lo que admitía. Tan pronto como Vargas se fue, Alex volvió a ver a Sofía. La joven soyozaba en silencio, pero logró hablar de nuevo. Siempre eligen la noche de luna nueva. El barco no es para pescar, es para el sacrificio.
Alex le tomó la mano. Vas a estar bien, Sofía, te lo prometo. Pero en su corazón sabía que esa promesa era frágil, porque desde esa noche él, Isa y Miguel, habían cruzado una línea peligrosa. Ya no eran solo investigadores, ahora eran parte del juego mortal del pueblo. Y afuera todo boca del parecía esperar el momento adecuado para silenciarlos para siempre.
El sol apenas había despuntado y el pueblo ya era un hervidero de murmullos. Grupos de aldeanos se reunían en la pequeña plaza, cuchicheando y señalando hacia la playa. Alex, oculto detrás de unas palmeras, sentía la tensión en el aire. El pueblo parecía haber despertado de una larga pesadilla, solo para entrar en otra.
Isa se le acercó con el rostro lleno de pánico. Alex, el rumor ya se corrió. Dicen que alguien vio a Miguel cargando un bulto anoche. Alex apretó los puños. ¿Quién lo dijo? No lo sé, respondió Isa. Pero tienes que tener cuidado. Si están seguros de que fuimos nosotros, nos casarán. Mientras tanto, Javier llegó corriendo sin aliento. Miró a Alex con furia.
Te dije que no la escondieras. Ahora todo el pueblo sospecha de su presencia. Aex lo enfrentó. Es una testigo, Javier. Si de verdad quieres liberarte de este círculo vicioso, tenemos que protegerla. Javier suspiró. Derrotado. ¿Crees que es fácil luchar contra todo un pueblo? Todos están sometidos al pacto. Nadie puede escapar. Antes de que la discusión continuara, el sonido de una caracola gigante resonó tres veces desde el centro del pueblo.
Todos se callaron. Era una señal de reunión de emergencia. Alex, Isa y Miguel no tuvieron más remedio que unirse a la multitud. En el centro del círculo, doña Elvira estaba de pie, sosteniendo un bastón de madera. Su rostro anciano parecía más severo que nunca. Sus ojos barrieron a cada uno de los presentes. Anoche, dijo doña Elvira con voz profunda, el mar nos dio una mala señal.
La ofrenda de la cabra fue encontrada destrozada, pero el espíritu que se reclamaba no se presentó. Eso significa que alguien está tratando de romper el pacto. La multitud empezó a agitarse. El jefe Vargas se adelantó parándose junto a doña Elvira. Encontraremos a quien se atreva a desafiar las costumbres de este pueblo.
Que nadie intente ocultar nada. Alex sintió que se le erizaba el bello de la nuca. Sabía que sus palabras eran más que una amenaza. Vargas y doña Elvira eran los guardianes que aseguraban que el ritual continuara. Alex se dio cuenta de que el tiempo se agotaba. No podían seguir escondiendo a Sofía en el almacén.
Después de la reunión, apartó a Miguel y a Javier. Tenemos que sacar a Sofía de aquí esta noche, si no la matarán. Miguel asintió aterrorizado. Javier miraba a la nada como si su alma estuviera dividida. Están locos.Si nos descubren, nos sacrificarán a todos en su lugar. Alex se acercó a él mirándolo a los ojos.
¿Y vas a dejar que una chica muera así? ¿A eso le llamas costumbre o es solo una excusa para encubrir un pecado? Javier no respondió, se dio la vuelta y se alejó, dejando a Alex y a Miguel solos. Esa noche, Alex e Isa regresaron al almacén. Sofía seguía débil, pero estaba más consciente. Los miró con una mezcla de miedo y esperanza.
Escuché la caracola, susurró. Ya saben que estoy aquí. Sí, dijo Alex. No te preocupes, esta noche te sacaremos a un lugar seguro. Miguel interrumpió en voz baja. ¿Pero a dónde? Todas las salidas están vigiladas. Alex pensó rápidamente. Usaremos el río que atraviesa el manglar. Es la única salida que no vigilan.
Pero antes de que pudieran ejecutar el plan, escucharon pasos afuera. Alex le hizo una señal a Miguel para que apagara la lámpara. El almacén se sumió en la oscuridad. La puerta chirrió. Era Javier llevando una pequeña antorcha. Su rostro estaba tenso. “No tengo mucho tiempo”, dijo. “Sé que van a sacar a Sofía.
Los ayudaré, pero con una condición. Después de esto, se irán lejos y no volverán jamás. Alex lo miró con desconfianza. ¿Por qué el cambio de opinión? Javier bajó la cabeza. Su voz se quebró. Porque sé quién será la próxima víctima. Mi hermana menor. Un silencio pesado llenó la habitación. Por primera vez, Javier mostraba su vulnerabilidad.
Alex finalmente asintió. Está bien. Salvaremos a Sofía y luego a tu hermana. Pero desde esta noche no solo luchamos contra una costumbre, luchamos contra todo el pueblo. Afuera, la caracola sonó de nuevo. Esta vez cinco veces seguidas. Era la señal. La cacería había comenzado. La noche era más oscura que nunca.
El cielo sin luna estaba apenas alpicado de estrellas. Alex sentía el sudor frío en la frente. El sonido de la caracola todavía resonaba en sus oídos. Cinco toques. La cacería. Sofía, débil era sostenida por Miguel. Javier iba al frente con una pequeña antorcha, mirando constantemente hacia atrás. Se movían por un sendero estrecho que solo unos pocos conocían.
un camino que llevaba al manglar. “Más rápido,” susurró Javier. “Si nos encuentran aquí, se acabó.” Alex observaba a Sofía. Su respiración era agitada, pero sus ojos permanecían abiertos, luchando por no desmayarse. “¡Resiste! “Ya casi salimos de aquí”, le susurró Alex. De repente, un sonido extraño llegó desde lejos. Tambores y gritos guturales.
No era una simple señal, era un canto que erizaba la piel. Miguel susurró con pánico, es el canto de llamada. Están pidiendo al mar que nos encuentre. ¿Qué quieres decir? Preguntó Alex. ¿Pueden saber dónde estamos? Miguel asintió. Cuando cantan eso, dicen que la sombra del abismo los guía hacia el sacrificio.
Tenemos que salir antes de que terminen. Aceleraron el paso. Las ramas del mangle les arañaban la piel, el lodo le succionaba los pies. Sofía casi se cae varias veces, pero entre Alex y Miguel la sostenían. De repente, Javier se detuvo mirando el suelo fangoso. Hay huellas frescas. Más de una. hacia la misma dirección que nosotros.
“Imposible”, murmuró Javier. “¿Alguien ya pasó por aquí?” Alex tragó saliva. ¿Quién? La respuesta llegó antes de lo esperado. Luces de antorchas aparecieron entre los árboles. Varias figuras de aldeanos avanzaban lentamente, armados con machetes y arpones. Entre ellos, Ax vio la silueta imponente del jefe Vargas.
Nos rodearon”, susurró Miguel. Sin pensarlo, Javier les hizo una seña para que se adentraran más en el manglar por un camino aún más estrecho. Tuvieron que arrastrarse entre las raíces. El lodo los cubría, pero era la única forma de no ser vistos. Sofía gimió de dolor. Los latidos del corazón de Alex Resonven en sus oídos.
Los pasos de los aldeanos se acercaban. La voz de doña Elvira resonó en la distancia. No dejen que escapen. El mar exige un alma y el pueblo debe pagar. La voz tenía un eco antinatural, como si no fuera solo ella quien hablara. Javier encontró una abertura hacia un pequeño río que serpenteaba entre los mangles.
Es por aquí. Rápido. Corrieron hasta llegar a la orilla. El agua era negra y opaca. Javier empujó una pequeña canoa escondida bajo unos arbustos. Suban. La corriente nos llevará a la desembocadura. Ayudaron a Sofía a subir primero, luego Isa y Miguel. Alex fue el último. Javier empujó la canoa hasta que la corriente los arrastró, pero el sonido de los tambores y la caracola seguía escuchándose, ahora mezclado con un aullido extraño que parecía venir del mar.
Sofía se tapó los oídos temblando. “Algo no sigue”, susurró Alex. Miró hacia atrás. En la orilla, las antorchas de los aldeanos formaban una línea. El jefe Vargas estaba al frente, su mirada fija en ellos. Pero lo que realmente aterrorizó a Abax fue otra sombra. Algo se movía en el agua. Una estela extraña seguía la canoa comosi una criatura enorme nadara debajo de ellos.
Miguel miró el agua pálido. Esa no es la corriente. La canoa se sacudió. El agua negra formó un remolino que crecía en fuerza. Sofía gritó. Alex la abrazó con fuerza mientras Javier intentaba estabilizar la canoa con un remo. “Sujétense”, gritó Javier. Si pasamos esa curva, la corriente nos llevará al mar abierto.
Pero Aoek sabía que no solo los perseguían hombres. Había algo en el mar, algo que habían invocado con su canto, que ahora también los cazaba. Y en esa noche de luna nueva, el océano de Oaxaca estaba vivo, reclamando su promesa de sangre. La pequeña canoa finalmente salió del laberinto de mangles. La corriente del río los arrastró hacia la desembocadura, donde el agua dulce se encontraba con el mar.
Pequeñas olas golpeaban la embarcación haciéndola tamalear. El viento salado golpeó el rostro de Alex, pero en lugar de alivio sintió un terror aún más profundo. Sofía yacía débil en el regazo de Isa, respirando con dificultad. El mar abierto está adelante”, dijo Javier remando lentamente. “Si llegamos a esos peñascos negros, hay una cueva.
Podemos escondernos hasta el amanecer.” Alex miró hacia el horizonte. A lo lejos se veían unos acantilados con una abertura oscura. Era su única esperanza, pero algo en la superficie del mar lo hizo dudar. El agua se remolinaba de forma antinatural. A pesar de que no había viento. A lo lejos volvieron a escuchar el sonido de la caracola. Miguel apretó los dientes.
Imposible. Todavía nos siguen. De repente, la canoa se sacudió violentamente. Burbujas enormes emergieron del agua, seguidas de un estruendo que parecía venir del fondo del mar. Sofía abrió los ojos de par en par, su mirada perdida, sus labios temblando. Ya despertó. Alex tragó saliva. ¿Quién despertó? Sofía no respondió, solo señaló el agua con un dedo tembloroso.
Javier contuvo la respiración. Su rostro se volvió ceniciendo. La sombra del abismo, el espíritu que adoran. Si de verdad apareció, no tenemos escapatoria. De repente, antorchas iluminaron la desembocadura. El jefe Vargas y varios aldeanos estaban en una panga más grande. A su lado, doña Elvira levantó una vasija de barro y vertió un líquido rojo en el mar.
El olor a sangre fresca se esparció por el aire. Alex retrocedió. Es sangre humana. Doña Elvira levantó la vista al cielo, su voz resonando sobre las olas. Oh, guardián del mar, te entregamos el alma que te debemos. Toma a los que huyen. Hazlos el sacrificio para este pueblo. El marirvió. Del centro de un remolino emergió una sombra negra y gigantesca.
Parecía el cuerpo de una serpiente marina, pero su cabeza era como un cráneo con ojos rojos y brillantes. Su rugido hizo vibrar el aire. Miguel comenzó a rezar en voz baja. Javier remaba con todas sus fuerzas, pero la corriente era demasiado fuerte. “Sostengan a Sofía”, gritó Alex. agarró un remo extra para ayudar, pero la canoa solo giraba, acercándose cada vez más al remolino.
Desde lejos, el jefe Vargas los miraba con frialdad. Levantó un arpón largo. No tienen escapatoria. Es mejor morir en el mar que desafiar la tradición. La ira hirvió en el pecho de Alex. Están locos. Esto no es tradición, es una masacre. Pero su voz se perdió en el rugido de la criatura. La sombra negra emergió más, revelando aletas como alas rotas y una piel viscosa.
Su boca se abrió mostrando hileras de dientes afilados. La canoa casi se vuelca cuando una granola los golpeó. Sofía gritó aferrándose a Alex. En su mirada de pánico, Alex notó algo extraño. Un símbolo negro apareció débilmente en el cuello de Sofía. brillando con una luz tenue. Javier también lo vio. Es la marca.
Sofía no es una víctima cualquiera. Es la elegida. Alex estaba atónito. ¿Qué quieres decir? El espíritu del mar solo despierta por un alma marcada, dijo Javier. Si se la llevan, el pueblo estará a salvo por años. Por eso la quieren tanto. La criatura se acercaba. Sus ojos fijos en Sofía. Miguel, en un acto de desesperación, se puso de pie y golpeó el agua con su remo. El monstruo rugió y azotó la cola.
Una ola del tamaño de una palmera se estrelló contra ellos. Todos fueron arrojados, apenas logrando aferrarse a la canoa. Alex casi pierde el agarre, pero su mano todavía sostenía a Sofía. No te soltaré. ¿Me oyes? No dejaré que te lleven. Sofía lo miró las lágrimas mezclándose con el agua salada. Si soy yo a quien busca, tal vez solo yo deba irme. No digas eso! Gritó Alex.
Pero antes de que pudiera decir más, el remolino se hizo más grande. El cuerpo del monstruo emergió hasta la mitad, bloqueando el cielo. El sonido de la caracola y los gritos de los aldeanos se intensificaron y en medio de ese Mar Rojo todos supieron que ya no había escapatoria. Solo quedaba la opción de luchar contra lo imposible o entregar a Sofía a su oscuro destino.
La pequeña canoa era una cáscara a la deriva en un mar rojo sangre. Elmonstruo negro flotaba en la superficie, sus ojos de fuego clavados en Sofía esperando el momento de reclamarla. Axerraba a la mano de la joven. No te dejaré ir, jadeó. Si esa cosa quiere un sacrificio, tendrá que luchar por él. Javier lo miró con desesperación.
No seas idiota, Alex. Es algo que no podemos vencer. Moriremos todos con ella. Miguel se puso en pie pálido, pero con los ojos encendidos. Entonces, déjenme ser el sacrificio a mí. Que me lleve a mí, pero que Sofía se salve. No, Miguel”, dijo Sofía, su voz temblorosa. No te quiere a ti, solo me quiere a mí. El viento helado traía el olor a sangre.
Desde la panga del jefe Vargas, los aldeanos vitoreaban sedientos de ver el ritual cumplido. Creían que el mar se calmaría una vez que Sofía fuera entregada. Alex miró a sus compañeros. Si nos rendimos, somos iguales que ellos. Continuamos esta maldición y yo no puedo hacer eso. Y si luchamos, morimos ahogados esta noche, replicó Javier.
¿Crees que eso es mejor? Hubo un silencio solo roto por el rugido de la criatura. Sofía cerró los ojos. No quiero que mueran por mi culpa. Si mi destino es ser la víctima, que así sea. No, la interrumpió Alex. No eres un objeto que se puede intercambiar por su seguridad. Eres una persona, Sofía, y mereces vivir. Miguel lo miró con dureza. Hablas del derecho a vivir, pero no piensas en los cientos de personas en ese pueblo.
Si Sofía no es sacrificada, todos podrían morir. ¿Sabes lo que esa criatura puede hacer? ¿Y quién decidió esa ley cruel? Desafió Alex. El jefe Vargas. Doña Elvira, no es ley, es una tiranía disfrazada de tradición. Javier bajó la cabeza culpable. Nací en ese pueblo. Sé que están equivocados, pero también he visto lo que el mar puede hacer cuando se enfurece.
Vi una tormenta hundir una docena de pangas. Vi a niños ser arrastrados por las olas. Si Sofía no es entregada, el pueblo podría desaparecer de verdad. Por un momento, las palabras de Javier golpearon la lógica de Alex. Su corazón quería salvar a Sofía, pero su mente vacilaba. Sofía los miró. No tienen que pelear.
Puedo irme sola. Si entro en ese remolino, todo terminará. Alex la sujetó por los hombros. Jamás vuelvas a decir eso. Miguel apretó los puños. Si tenemos que sacrificar a alguien, yo distraeré a la criatura. Al menos ustedes podrán escapar con Sofía. No funcionará, Miguel, dijo Javier. Te matarás sin más y luego vendrá por ella. La canoa se sacudió de nuevo.
El monstruo se acercaba. La voz de doña Elvira resonó. La hora ha llegado. Entreguen a la chica o todos se hundirán con ella. Alex miró a Sofía. Escúchame, no te vamos a entregar. Encontraremos otra manera. Si tenemos que morir, moriremos luchando, no rindiéndonos. Sofía lloró, su corazón dividido entre el miedo y la gratitud.
¿Por qué eres tan terco, Alex? Él sonrió con tristeza. Porque una vez perdí a alguien que amaba por una superstición como esta. No dejaré que vuelva a pasar. Javier suspiró y asintió lentamente. De acuerdo. Si esa es tu decisión, estoy contigo. Estoy harto de ser parte de un pueblo cruel.
Miguel los miró y también asintió. Si están listos, entonces lucharemos. Pero recuerden, puede que no haya vuelta atrás. Mientras estemos juntos, dijo Alex, siempre hay un camino. Una ola gigante los golpeó, pero esta vez su determinación no flaqueó. En medio de un mar rojo, con un monstruo ancestral acechándolos, tres personas juraron proteger a Sofía, incluso si les costaba todo.
Las olas enfurecidas reflejaban la luz de las antorchas. Los vítores de los aldeanos se intensificaban. El monstruo marino estaba cada vez más cerca. Ax plantó en la proa, empuñando un remo como si fuera una lanza. Si no actuamos ahora, estamos perdidos. Miguel estaba a su lado, tenso. ¿Cuál es el plan? Aak señaló el remolino. La criatura es atraída por la sangre.
Si podemos distraerla con otra cosa, tal vez podamos contraatacar. ¿Estás loco? Si crees que podemos luchar contra eso”, dijo Javier. “Si solo esperamos, moriremos sin luchar.” “¿Quieres eso?”, replicó Alex. Javier guardó silencio y finalmente asintió. “Dime qué hacer.” Sofía, aún débil, habló con claridad. La criatura no solo busca sangre, busca la marca en mi cuerpo.
No pueden esconderme, pero tal vez puedan engañarla. ¿Cómo? Preguntó Alex. Sofía señaló una vasija de barro vacía en el fondo de la canoa. Llénala con tu sangre. Arrójala en otra dirección. Hasle creer que la marca se ha movido. Sin dudarlo, Aek se mordió el brazo hasta que la sangre fluyó. La recogió en la vasija y se la pasó a Miguel y a Javier, quienes hicieron lo mismo. El líquido rojo llenó la vasija.
“Ahora”, gritó Aex y arrojó el contenido lejos de ellos. La sangre se disolvió en el mar. El monstruo rugió y giró su cabeza siguiendo el olor. Su cuerpo se movió creando una ola que irónicamente los empujó lejos del remolino. Funcionó. Remen hacia los peñascos”, gritó Alex.
Javier y Miguel remaron con todas sus fuerzas, pero desde la panga del jefe Vargas, la voz de doña Elvira resonó. “No dejen que escapen, están profanando el ritual.” Levantó otra vasija mucho más grande y vertió más sangre fresca al mar. El agua alrededor de ellos se tiñó de un rojo intenso. El monstruo volvió a enfurecerse creando un remolino que los arrastraba de nuevo.
“Nos tiene otra vez”, gritó Miguel. “Entonces lucharemos de frente”, exclamó Alex. El monstruo emergió, su cuerpo como una torre. Su boca se abrió y Alex le arrojó el remo con toda su fuerza. El remo se clavó en uno de sus ojos brillantes. La criatura rugió de dolor. Bien hecho! Gritó Javier. Pero el jefe Vargas no se quedó quieto.
Saltó a su canoa blandiendo un arpón que brillaba con una luz extraña y se lanzó directamente hacia Sofía. Alex se interpusó bloqueando el golpe con otro remo. El impacto fue brutal. El remo de Aak se partió y chispas salieron del arpón. Miguel pateó al jefe Vargas haciéndolo tamalearse y sacó un pequeño cuchillo.
Pero Vargas era increíblemente fuerte. Se levantó sangrando, pero con los ojos ardiendo de furia. No saben lo que hacen. Desafiar el ritual es firmar la sentencia de muerte de todo el pueblo. Mientras luchaban, Javier seguía remando, gritando, “Entonces que muera el pueblo. Prefiero la libertad que vivir bajo una maldición.
” En medio del caos, Alex logró arrebatarle el arpón al jefe Vargas y lo arrojó al mar. El arma se hundió emitiendo una luz extraña antes de desaparecer. De repente, el monstruo se detuvo. Sus ojos se volvieron salvajes, como si sintiera que algo se había perdido. La voz de doña Elvira era un chillido de pánico.
¿Qué has hecho? Ese arpón era el lazo del pacto. Lo has despertado por completo. El mar se convulsionó. El monstruo se elevó aún más alto. Su rugido hizo temblar el cielo. Una ola del tamaño de una casa se estrelló contra el mar, separando su canoa de la de los aldeanos. Alex miró a sus amigos.
El sudor perlaba su frente. Hemos cruzado el punto de no retorno. Ahora solo tenemos una opción, terminar con esto. El mar se convulsionó como si todo el océano se hubiera despertado. El arpón había desaparecido y con él cualquier control sobre la criatura. El monstruo rugió, un sonido que sacudió los cimientos del mundo.
La paga del jefe Vargas fue sacudida violentamente. Varios aldeanos cayeron al agua, sus gritos ahogados por un remolino repentino. “No!”, gritó doña Elvira, pálida. Sin el arpón ya no está atado al pueblo. Nos destruirá a todos. El jefe Vargas, empapado, intentó levantarse. Idiota, Vargas, no sabes lo que has hecho.
Ese arpón era lo único que lo controlaba. Si era para controlarlo, ¿por qué lo usaban para matar inocentes?, replicó Alex. Mejor que esa cosa sea destruida junto con ustedes. El monstruo se elevó y lanzó un chorro de agua que partió la panga de los aldeanos en dos. Los gritos llenaron el aire mientras se hundían. Javier miró la escena con horror.
Ya no distingue entre enemigos y amigos. Nos considera a todos su presa. Pero Sofía agarró la mano de Alex. Alex, si esta criatura se libera, no solo el pueblo será destruido. Toda la costa podría desaparecer. Gente inocente, ellos también morirán. Las palabras golpearon a Alex. Su lucha ya no era personal. El jefe Vargas nadó hacia su canoa.
Ayúdenme. Aún podemos calmarlo si encontramos el harpón. Miguel lo empujó con un remo. Después de todo lo que has hecho, ¿crees que te creeremos? Pero Javier dudó. Y si dice la verdad. ¿Y si el harpón es la única forma de detenerlo? El monstruo se dirigía ahora hacia la costa. Olas gigantescas se estrellaban contra el pueblo derribando casas.
Doña Elvira gritaba desesperada. No, esto no es lo que prometió. Debía proteger al pueblo, no destruirlo. La criatura destrozó otras pangas con un solo golpe de su cola. Sofía lloraba. Alex, puedo sentirlo llamándome. La marca en mi cuerpo arde. Si no me rindo, seguirá destruyéndolo todo. Alex la miró, su mente corriendo a toda velocidad.
Si la marca es la llave, entonces tenemos que encontrar la manera de destruirla, no de entregarte. Javier asintió lentamente. Pero, ¿cómo? No es una simple herida, es una maldición. Mientras tanto, el jefe Vargas, aferrado a un trozo de madera, los miraba con odio. No podrán detenerlo. Sin el arpón, el pueblo desaparecerá y ustedes se hundirán con él.
El monstruo estaba cada vez más cerca de la orilla. El pueblo se estaba convirtiendo en un infierno. “Si la marca es la llave”, dijo Alex, “entonces debemos encontrar la fuente de la maldición. El pueblo debe tener la respuesta. ¿Hay algo que esconden? ¿Quieres que volvamos al pueblo?, preguntó Miguel. ¿Ves lo que está pasando allí? Es un suicidio.
Es mejor morir buscando una respuesta que morir sin luchar. Respondió Alex. Javier miró el mar embravecido y respiró hondo. Entonces tenemos que llegar a la orillaantes de que el monstruo lo destruya todo. Empezaron a remarcia la costa. Si no encontramos la respuesta, susurró Sofía, me entregaré. Jamás, dijo Alex.
Detrás de ellos, el monstruo se enroscó creando un muro de agua del tamaño de una montaña, listo para arrasar con el pueblo y sus secretos. La playa era un caos. Las olas habían devorado las primeras casas y el fuego se extendía. Gritos de pánico se mezclaban con el estruendo del mar. Alex, Isa, Miguel, Javier y Sofía lograron llegar a la orilla.
Apenas tocaron la arena, la tierra tembló bajo sus pies. La marca en el pecho de Sofía brillaba intensamente. Alex, cuanto más me acerco al pueblo, más fuerte se vuelve la marca. Algo me está llamando desde el centro. El antiguo santuario, dijo Alex. Todo empezó allí. Corrieron por las calles en ruinas. En medio del caos encontraron a doña Elvira arrodillada y llorando.
Van al santuario. No lo hagan. Si revelan la verdad, el pueblo realmente terminará. Miguel la agarró por el cuello. ¿Qué más esconden? La marca, soyó ella. No es una maldición, es un lazo de sangre. Sofía es descendiente de la primera mujer que hizo el pacto con la criatura. No es una víctima al azar. Estaba destinada a hacer el puente.
Sofía se quedó sin aliento. Soy descendiente de ellos. Tu tatarabuela fue la primera en entregarse como sacrificio. De su linaje nació la línea que lleva la marca. Y tú eres la última. El rugido del monstruo se hizo ensordecedor. Ya estaba en la base de la colina donde se encontraba el santuario. Entonces, está claro, dijo Alex.
El santuario guarda lo que ata a Sofía con esa cosa. Si lo destruimos, el lazo se romperá. Corrieron colina arriba. Al llegar vieron una gran estatua de piedra con forma de serpiente marina. De su boca emanaba una luz roja que pulsaba al mismo ritmo que la marca de Sofía. Es aquí, susurró ella.
Siento como si mi alma fuera arrastrada hacia esa estatua. Antes de que pudieran acercarse, el jefe Vargas apareció armado con una espada corta. No toquen esa estatua. Si la destruyen, el pueblo desaparecerá. Es mejor que muera una persona para salvar a todos. Alex se interpusó. ¿Y cuántos han muerto ya por este pacto podrido? Vargas se lanzó hacia Sofía, pero Miguel lo derribó.
Javier le quitó la espada. Son unos tontos gritó Vargas. Si la destruyen, todos nos ahogaremos. Esa criatura nunca morirá. Un estruendo los interrumpió. El monstruo había llegado a la cima de la colina. Sofía gritó. La marca en su pecho ardía. Alex, me está absorbiendo. Alex tomó la mano de Sofía. Lucha contra él.
Sin pensarlo, Alex agarró un trozo de madera afilado y lo clavó en el pecho de la estatua. La piedra se agrietó y explotó en un destello de luz roja. Sofía fue lanzada al suelo. La luz de la estatua fue absorbida por la marca en su pecho. Gritó un sonido que se mezcló con el rugido del monstruo. De repente, la luz de la marca se volvió blanca y segadora.
Una ráfaga de energía salió del cuerpo de Sofía y envolvió al monstruo. La criatura rugió, su cuerpo se retorció y comenzó a disolverse como cera caliente. Las olas se calmaron, el viento cesó. El cuerpo del monstruo se convirtió en una niebla negra y desapareció. Sofía se desplomó en los brazos de Alex, pálida y débil.
Se acabó, susurró. Ya no está. Lo lograste, dijo Alex con los ojos llenos de lágrimas. Nos salvaste a todos. El jefe Vargas se arrodilló, su rostro vacío. Han destruido todo. El pueblo nunca volverá a ser el mismo. Doña Elvira, que había subido tras ellos, lloraba. Quizás ya era hora. Es mejor que el pueblo sea destruido a que siga viviendo en pecado.
Alex miró la playa devastada. La maldición había terminado, pero el precio había sido demasiado alto. Sofía cerró los ojos y sonrió débilmente. Al menos los niños que vengan después de nosotros no tendrán que ser víctimas. a lo











