¡Horror en Veracruz! Joven despierta la verdad es escalofriante  

¡Horror en Veracruz! Joven despierta la verdad es escalofriante

 

El alba era una herida pálida en el cielo de boca del [ __ ] Veracruz. Una neblina densa, casi tangible, se aferraba a los tallos de caña de azúcar mojados por el sereno. Don Ignacio, un campesino curtido por décadas de sol y machete, detuvo su paso. Cada mañana el aire olía a tierra húmeda y al dulce aroma del bagazo, pero ese día algo discordante flotaba en la brisa.

Un olor extraño no era el de un animal muerto ni el del abono. Era unedor penetrante, dulzón y tibio, como el de la carne humana pudriéndose entre la maleza. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, se fijaron en un costal de plástico gris abultado de forma antinatural. Un enjambre de moscas negras zumbaba sobre él.

Cuando la punta de su machete rozó la lona, algo en el interior le devolvió el toque frío y duro. De una pequeña rasgadura asomaban unos dedos humanos pálidos y laxos. El grito de don Ignacio desgarró el silencio de la mañana. Dios mío. En cuestión de minutos, el pequeño se vio sacudido por la noticia, pero nadie estaba preparado para la realidad que aguardaba.

 El cuerpo no era el de una víctima de un asalto común, sino el de un joven al que le habían extirpado todos los órganos internos. El sol apenas comenzaba a calentar el aire cuando el cielo sobre boca del [ __ ] pasó de un gris suave a un azul hechoso. El zumbido de los insectos y el goteo de la humedad sobre las hojas de caña eran la única música matutina.

Pero la atmósfera se había vuelto tensa y pesada desde que don Ignacio salió corriendo del cañaveral con el rostro pálido como la cera. Hay un muerto en un costal allá por la parcela 18″, gritó con la voz rota por el miedo. Los campesinos que preparaban su café de olla dejaron las tazas sobre la mesa.

 Varios jóvenes armados con linternas y palos, se apresuraron a seguir las huellas de don Ignacio por el camino de terracería, a un lodoso por la lluvia de la noche anterior. El olor a podredumbre se intensificaba a cada paso, revolviendo el estómago. Allí está”, susurró un muchacho señalando el bulto grisáceo al pie de una seiva.

 Las moscas se arremolinaban en la boca del costal que estaba ligeramente abierta. Uno de los hombres más valientes, un jornalero llamado Antioco, se atrevió a acercarse. Con la punta de un palo, apartó un poco la lona. Al instante retrocedió con una arcada. Madre santísima, es una mano. Todos se quedaron petrificados sin atreverse a dar un paso más.

 Algunas mujeres que habían llegado después se taparon la boca y retrocedieron. Una de ellas vomitó violentamente entre los matorrales. No tardaron en llegar los agentes de la Policía Estatal de Veracruz. Dos oficiales uniformados descendieron de su patrulla y de inmediato acordonaron la zona con cinta amarilla. Todos atrás.

 Nadie se acerque”, ordenó uno de ellos con voz firme. Los teléfonos celulares que algunos curiosos habían usado para grabar fueron confiscados de inmediato. Eledor a descomposición, mezclado con el aroma a tierra mojada y caña, hacía casi imposible respirar. El equipo de servicios periciales de la Fiscalía General del Estado, FGE, llegó cerca de las 9 de la mañana.

Vestidos con trajes blancos, guantes y mascarillas, portaban cámaras forenses y maletines metálicos. La líder del equipo, la teniente Elena Vargas, una mujer joven de mirada penetrante y gestos decididos, se arrodilló junto al costal. Con unas pinzas largas abrió con cuidado una parte del plástico. El aire de la mañana se vio asaltado por una pestilencia abrumadora.

Hombre de unos 30 años en avanzado estado de descomposición, dijo con voz controlada, pero miren esto. Elena señaló el pecho del cadáver. Una larga y pulcra sutura, como la de una cirugía, recorría el torso. Todos guardaron silencio. Esa costura no era producto de un arma blanca, era un corte limpio hecho con técnica médica.

Uno de los agentes más jóvenes susurró, “Quizás fue víctima de un accidente y lo operaron.” Elena negó con la cabeza lentamente. Si así fuera, ¿por qué lo arrojaron al cañaveral? En los alrededores no había rastros de sangre ni señales de lucha, solo una huella de neumático ancha que se dirigía hacia la carretera.

Elena se agachó y fotografió la marca en el lodo. Esto no fue un asesinato espontáneo. Trajeron el cuerpo aquí para deshacerse de él. Cuando los peritos levantaron el costal para colocarlo en una camilla, la lona se rasgó por un extremo, revelando la piel pálida y una cavidad torácica visiblemente vacía. No había corazón, no había pulmones.

Un policía novato casi dejó caer su linterna por la impresión. Elena lo miró con frialdad. Tranquilo, registren cada detalle. Esto no es un simple homicidio. Mientras tanto, fuera del perímetro acordonado, decenas de curiosos se habían congregado. Los susurros se transformaron rápidamente en rumores macabros. “Dicen que le sacaron los órganos”, murmuró una mujer.

 “A lo mejor es por el tráfico de riñones”, añadió otra.La noticia se propagó como un incendio forestal. En menos de una hora, videos del costal y audios describiendo el edor ya circulaban por los grupos de WhatsApp de todos los pueblos cercanos. Al mediodía, la camioneta del servicio médico forense Semefo llegó desde Veracruz. Los técnicos introdujeron el bulto en una bolsa negra.

 Elena permaneció inmóvil observando el trozo de tierra ahora marcado con pequeños números amarillos. No borren la huella del neumático. Tomen muestras de la tierra y de las hojas, ordenó. Sabía que ese rastro de lodo podría ser la llave para desentrañar el misterio. Cuando todo terminó, el cañaveral volvió a su silencio habitual, impregnado ahora por el olor a químicos forenses y el persistente aroma de la muerte.

Don Ignacio, el hombre que lo encontró, seguía sentado en una piedra temblando. Si no hubiera pasado por ahí esta mañana, quizás nunca lo habrían encontrado dijo en voz baja. Pero, ¿cómo puede alguien ser tan cruel? Elena lo miró fijamente y respondió con una voz carente de emoción, porque a veces los vivos pueden ser mucho más fríos que los muertos.

Y en ese preciso instante comenzó una investigación a gran escala, una que destaparía una red oscura que comerciaba con cuerpos humanos como si fueran mercancía. Esa misma tarde el cuerpo del hombre sin identificar yacía en la plancha de acero inoxidable de la morgue de la FGE en Veracruz. El aire helado y el olor a formol se filtraban a través de las mascarillas.

Las luces fluorescentes proyectaban un brillo blanco e implacable sobre la escena. Alrededor de la mesa, tres personas guardaban un silencio solemne. El comandante Mateo Morales, jefe de la policía de investigación, la teniente Elena Vargas y el doctor Francesco de la Peña, el médico forense. Adelante, dijo Morales en voz baja.

 Una cámara de video comenzó a grabar documentando cada segundo. El doctor de la peña abrió la bolsa negra lentamente. El cuerpo estaba rígido, la piel de un tono pálido y grisáceo. La sutura que iba desde el esternón hasta el abdomen era perfectamente visible. Esto no es una herida postmortem. Miren el corte es limpio, preciso explicó el doctor mientras iluminaba la incisión con una lámpara.

 Tomó un visturí y tras examinar las capas de piel señaló la cavidad torácica vacía. Faltan los órganos vitales, corazón, pulmones, ambos riñones y una parte del hígado. Todo fue extraído con técnica quirúrgica. Elena trabó saliva. Su voz sonó ronca. ¿Significa que fue obra de alguien con conocimientos de anatomía humana? Exacto, respondió el doctor de la peña.

Y lo que es peor, la herida fue suturada después de la extracción, como si quisieran que el cuerpo se mantuviera intacto para desecharlo sin dejar un rastro de sangre. Morales permaneció en silencio por unos segundos. Cuando murió, la estimación es de 4 a 5 días. No hay sangre activa en la cavidad torácica, lo que indica que los órganos fueron extraídos postmortemo justo en el momento en que el corazón dejó de latir.

Sin embargo, el doctor levantó una pequeña jeringa que acababa de encontrar en el brazo de la víctima. Todavía hay residuos de un líquido aquí. Las pruebas preliminares indican una sustancia similar al Midasolam, un sedante de uso hospitalario. La sala se sumió en un silencio denso. El Midasolam no era un fármaco que se pudiera comprar en cualquier farmacia.

Solo hospitales o médicos con licencia tenían acceso a él. Elena anotó rápidamente en su libreta Fuente del Sedante, Mercado Negro. posible personal médico involucrado. El doctor de la Peña añadió, “No hay signos de lucha en el cuerpo, ni heridas defensivas, ni marcas de ataduras en las muñecas. Lo cedaron o lo dejaron inconsciente antes de que todo ocurriera.

” Morales asintió lentamente. “Nos enfrentamos a gente que trabaja de forma limpia, metódica y que sabe exactamente lo que hace.” Miró a Elena. Contacta al laboratorio, toma muestras de sangre, tejido y cabello. Quiero el informe de toxicología para mañana por la mañana. Cuando volvieron a cerrar la bolsa, Elena se quedó un momento más con la vista fija en la sutura del pecho de la víctima.

La línea era recta, casi perfecta. la firma de la fría pericia de alguien que había empuñado un visturí antes. Si lo hicieron así, murmuró Elena para sí misma, esto no fue un asesinato, fue una cosecha. Esa noche, en la sala de juntas de la comandancia en Veracruz, una pizarra blanca se llenó de fotos y datos preliminares.

Se trazó una línea de tiempo, descubrimiento del cuerpo, ubicación, resultados forenses, posibles motivos. El comandante Morales se paró frente a la mesa. Su voz era tranquila, pero cortante. No vamos a tratar esto como un homicidio común. Esto es una red de extracción de órganos. Tienen acceso a sedantes, equipo médico y un lugar para operar.

Busquen a cualquier persona reportada como desaparecida en la última semana enla zona de Veracruz, Jalapa y Boca del [ __ ] Un agente de inteligencia intervino, comandante, en las últimas semanas ha habido rumores sobre la desaparición de un obrero de una maquiladora, pero su familia aún no ha presentado una denuncia formal.

Rastreen todos los reportes, no esperen a que sean oficiales, interrumpió Morales. Y una cosa más, necesitamos la identidad de la víctima lo antes posible. Envíen sus huellas dactilares a la base de datos nacional del INE. Si no hay coincidencia, usaremos el ADN. Elena añadió, “También quiero una lista de la distribución de sedantes en Veracruz.

Cualquiera que compre Midasolam sin autorización, iremos por él. Morales la miró por un instante y asintió. De acuerdo. A partir de esta noche formaremos un equipo especial, Operación Cañaveral. No quiero que Veracruz sea conocido por tener un mercado de órganos humanos. Cerca de la medianoche, cuando la morgue ya estaba vacía, Elena regresó sola.

 La luz fría se reflejaba en el suelo de metal. Volvió a abrir sus notas. Hombre, alrededor de 30 años, sin tatuajes, sin heridas externas, solo una sutura y una marca de inyección. Fotografió una vez más el rostro de la víctima parcialmente descompuesto, y luego cerró lentamente la bolsa. En su mente susurró una pregunta, ¿quién eras en realidad? ¿Y quién consideró que tu cuerpo era solo una pieza de mercancía? El zumbido del refrigerador de la morgue era suave, pero en los oídos de Elena sonaba como el último aliento de la

justicia que ella debía revivir. A la mañana siguiente, en la oficina de servicios periciales de la FGE, el aire vibraba con el sonido de computadoras y monitores. En el centro de la sala, la foto del rostro del joven no identificado se proyectaba en una gran pantalla. La teniente Elena Vargas estaba de pie frente a ella con el dedo índice presionando el botón de búsqueda en el sistema de datos del Registro Nacional de Población.

Unos segundos después, la pantalla mostró un mensaje frío. No se encontraron coincidencias. Inténtalo de nuevo con las huellas de la mano derecha, ordenó el operador. Lo intentó, pero el resultado fue el mismo. No había datos, no había nombre. Era como si aquel hombre nunca hubiera existido oficialmente. El comandante Morales entró con una taza de café. Todavía nada, teniente.

Nada, comandante. Las huellas están parcialmente dañadas por la descomposición, pero es extraño. Tampoco hay coincidencias de ADN en la base de datos de Veracruz. Morales dejó la tasa sobre un escritorio. Entonces tendremos que buscar por otra vía. Utilicen el sistema nacional. Quizás no era de aquí.

 3 horas más tarde llegaron los resultados de la Ciudad de México. Seguían en blanco. El ADN de la víctima nunca había sido registrado. El silencio se apoderó de la sala. Afuera, una llovisna lenta comenzó a mojar el patio de la comandancia. Elena volvió a mirar la foto. Era un rostro joven de piel morena y cabello corto.

 No tenía tatuajes ni cicatrices antiguas, solo una pulsera de goma negra en la muñeca. Era un trabajador de campo, murmuró. Miren sus manos. Son ásperas, pero están limpias. No era un delincuente. Morales la miró. Podría ser un obrero de una maquiladora, un trabajador temporal o un inmigrante. Coordínate con la Secretaría del Trabajo a ver si tienen reportes de trabajadores desaparecidos.

En ese momento, el sargento Luis Peña, su asistente, entró apresuradamente con una carpeta. Comandante, ya preguntamos. en todas las clínicas y hospitales de los alrededores de Veracruz, Jalapa y Boca del [ __ ] Nadie reporta un paciente con una herida quirúrgica como esa. Hizo una pausa y abrió una hoja impresa.

Pero hay algo más. En la sangre de la víctima se encontró el mismo tipo de sedante que se usaba en varias clínicas clandestinas en la colonia Alacranes. Morales se enderezó de inmediato. Clínicas clandestinas. Anoten los nombres y direcciones. Ya lo hicimos, comandante. Pero todas cerraron el mes pasado. Elena frunció el ceño.

 Cerraron antes de que encontráramos el cuerpo, como si supieran que algo iba a pasar. Morales reflexionó un momento y dijo, “De acuerdo, hagan un mapa. Marquemos la ubicación de todas esas clínicas en los alrededores de Veracruz. Esa noche Elena se sentó sola frente a su escritorio. En la pantalla de su laptop abrió varios grupos de Facebook de comunidades locales.

Escribió palabras clave: “Desaparecido, busco a mi amigo” obrero perdido. Aparecieron cientos de publicaciones, la mayoría de familias buscando a sus parientes. Pero una publicación captó su atención. Una cuenta a nombre de María Elena Ríos de Oaxaca había escrito: “Busco a mi hijo Javier Ríos de 30 años. Trabajé en Veracruz y perdí contacto con él desde el 12 de junio.

 Por favor, si alguien sabe algo, comuníquese conmigo. La foto adjunta mostraba a un joven con una sonrisa tímida, vestido con una camiseta gris y pantalones de mezclilla.Elena la observó durante un largo rato. El rostro era muy parecido al de la víctima en la morgue. Hizo zoom en la camiseta gris. El color y el corte eran idénticos a la ropa que llevaba la víctima cuando fue encontrada.

Inmediatamente llamó a Morales. Comandante, creo que tenemos una pista. Una publicación de una madre de Oaxaca que busca a su hijo. La fecha de desaparición y la ropa coinciden. Morales respondió al instante, “Contáctala ahora mismo. Pídele que envíe una muestra de ADN o un cepillo de cabello. Si hay coincidencia, tendremos un nombre para nuestra víctima.

” Dos días después llegaron los resultados de laboratorio. Las letras en el informe parecían tener un peso abrumador. Coincidencia del 99.8% con la muestra de la familia Ríos. La sala de investigación quedó en silencio por unos segundos. Elena colocó el informe sobre el escritorio de Morales. Se llamaba Javier Ríos, 30 años.

Técnico, en una fábrica de electrónicos en Veracruz. Vivía en una vecindad cerca del parque industrial. Morales suspiró profundamente. Finalmente sabemos quién es. Ahora viene la gran pregunta. ¿Por qué lo mataron y quién lo engañó para que fuera hasta boca del [ __ ] Elena miró la pantalla de su laptop ampliando la foto de la sonrisa de Javier.

En su interior hizo una promesa. Voy a encontrar a quien te convirtió en una víctima. Afuera la lluvia había cesado, pero para el equipo de investigación la tormenta apenas comenzaba. El equipo de investigación se dirigió al parque industrial donde Javier Ríos había trabajado y vivido antes de desaparecer. Una hilera de cuartos de vecindad con paredes de block se alzaba apretadamente con el zumbido constante de la maquinaria de las fábricas de fondo.

 La teniente Elena Vargas, acompañada por dos agentes, entró en el pequeño cuarto número ocho. La puerta se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas. El interior era un espacio de apenas 3 por 3 m, un ventilador viejo, un colchón delgado en el suelo y una mesa de madera con herramientas de electricista. No había signos de violencia ni desorden.

Todo parecía pulcro, como si su ocupante hubiera salido por un momento para no volver jamás. Elena encontró una radio vieja, una cartera con poco dinero y una pequeña libreta. En la última página, una nota escueta decía, “Dos días de descanso. Voy a boca del [ __ ] a ver a una amiga.

” La nota estaba fechada el 12 de junio, el último día que Javier estuvo vivo. “¡Qué amiga”, murmuró Elena. No había nombres ni números de teléfono, pero debajo de la nota había una inicial garabateada. L. El sargento Peña revisó un teléfono de repuesto encontrado en un cajón. No tiene chip, teniente, pero todavía enciende. Encendió el dispositivo y abrió el registro de llamadas.

La última vez que se usó fue la noche del 12 de junio. Había dos llamadas y tres mensajes de texto de un número desconocido. El número comenzaba con el código de área de Veracruz, pero no estaba registrado oficialmente. Un típico chip de Oxo sin identidad. Elena miró la pantalla. Imprime el historial de comunicaciones de este número.

Ahora, esa noche, en la oficina de la FGE, la pizarra blanca se llenó de nuevas anotaciones. El comandante Morales observaba una pantalla grande que mostraba un gráfico de las llamadas. Este número desconocido estuvo activo solo dos días, antes y después de la desaparición de Javier. Luego se apagó. El sargento Peña añadió, “Lo rastreamos a través de las antenas.

” Su última señal fue en la colonia Alacranes, cerca de donde vivía Javier. Morales giró su silla hacia Elena. “Averigüemos quién es el dueño. Contacten al proveedor.” Al día siguiente llegó la respuesta del proveedor. El número no tenía registro de corp. Fue comprado en un puesto callejero usando una identidad falsa.

Pero un detalle llamó la atención. El número se había utilizado para registrar una cuenta de Facebook a nombre de Luna Esmeralda. Elena abrió el perfil. La foto de perfil mostraba a una mujer joven de cabello largo sonriendo dulcemente en un café. En su biografía decía: “Amante del café y de la lluvia de Veracruz”.

Su última publicación del 10 de junio decía, “A veces un encuentro breve puede ser el comienzo de algo hermoso.” Morales miró la pantalla. “Hermoso para quién”, dijo en voz baja. Elena revisó los comentarios. Varios hombres jóvenes habían dejado mensajes coquetos, incluyendo una cuenta a nombre de Javier R.

 Con un emoji de corazón. Hizo clic en la conversación privada. Aunque la mayoría de los mensajes habían sido borrados, algunos fragmentos aún estaban guardados en el caché del servidor. Luna, ¿te gusta el café negro o el late? Javier negro, pero dulce si lo preparas tú. Luna. Jaja. Te lo prepararé en persona entonces. Javier, de verdad, ¿cuándo? Luna. este miércoles por la noche.

No olvides traer tu sonrisa. El último mensaje fue enviado a las 6 de la tarde del 12 de junio, la noche enque Javier desapareció. Elena se quedó mirando la pantalla un largo rato. Era su primera cita, dijo con una voz casi inaudible. Morales asintió con el rostro endurecido y en lugar de eso fue a su muerte.

se puso de pie y miró a todo el equipo. Escuchen, a partir de esta noche cambiamos el objetivo de la investigación. Buscamos a esta mujer, Luna Esmeralda. Probablemente no es un hombre real, pero ella es la clave de todo. Al anochecer, Elena observaba un mapa digital en la pared.

 Un punto rojo marcaba la última señal del chip utilizado por Luna, justo en las afueras de la ciudad, cerca de la carretera vieja a Jalapa. Un área llena de moteles de paso y casas de huéspedes sin registro. Miró a Morales. Tenemos que ir nosotros mismos, comandante. Esta persona sabe cómo esconderse, pero las huellas digitales siempre dejan una sombra. Morales asintió.

De acuerdo. Mañana por la mañana formen un equipo de campo. Y Elena, ella lo miró. No confíes en la sonrisa de nadie que conozcas en el mundo virtual. Elena sonrió levemente, pero sus ojos permanecieron fríos. En su mente, la imagen del rostro de la mujer llamada Luna giraba una y otra vez una sonrisa dulce en la pantalla, pero detrás de ella quizás la mano que sostenía el visturí.

A la mañana siguiente, el aire de Veracruz todavía era húmedo. Cuando el equipo de investigación llegó a la colonia Alacranes, una callejuela detrás de la vieja terminal de autobuses los llevó a una serie de moteles baratos. Uno de ellos, el motel Elocazo, parecía de con un letrero de madera descolorido en la entrada.

La teniente Elena Vargas le mostró la foto de Luna en su teléfono al recepcionista, un hombre de mediana edad y aspecto cansado. “Señor, ha visto a esta mujer.” Se hospedó aquí alrededor del 12 de junio con un hombre joven. El recepcionista miró la pantalla prunciando el ceño. Ah, sí, los recuerdo. Llegaron por la noche.

 La mujer era la que hablaba muy amable. El muchacho parecía borracho o mareado. Lo llevó a la habitación número siete. Elena tomó nota rápidamente. Dejó alguna identificación. La credencial del INE del muchacho me sorprendió, pero ella dijo, “Mi amigo está ebrio, luego se la devuelvo.” Después de eso salieron como a las 9 de la noche.

 El muchacho iba casi arrastrado hacia un coche gris. Pensé que solo eran una pareja común y corriente. Las palabras del hombre quedaron suspendidas en el aire. Elena miró al comandante Morales que estaba de pie en un rincón. Un coche gris. Sí, una Toyota Avanza Cor Beige. La recuerdo porque se estacionó mal, casi bloqueando la entrada, respondió el recepcionista.

El equipo solicitó de inmediato permiso para revisar las grabaciones de la cámara de seguridad del motel. Un viejo monitor zumbó antes de mostrar un video en blanco y negro. La imagen temblaba, pero era lo suficientemente clara. A las 7 de la tarde se veía a Javier y a una mujer de pelo largo entrando en el vestíbulo.

Ella llevaba una gorra y un cubrebocas, pero la intensidad de su mirada no podía ocultarse. Se dirigieron a la habitación siete. Unos minutos más tarde, la cámara captó otra escena. Dos figuras saliendo. La mujer sostenía a Javier, que parecía completamente flácido. Afuera, alguien esperaba junto a una avanza base la luz del poste reveló la sombra de un brazo con un pequeño tatuaje en la muñeca izquierda.

Morales miró la pantalla sin hablar. Detén la imagen ahí”, dijo en voz baja. Amplía el tatuaje. Elena contuvo el aliento mientras la pantalla mostraba un pequeño patrón de tinta, un escorpión estilizado. Se volvió hacia Morales. He visto ese tatuaje antes en los archivos criminales. Pertenece a un hombre llamado Ricardo Mendoza, alias El Chacal.

es chofer de una de las clínicas clandestinas que cerramos el año pasado. “Coincide”, confirmó Morales. Esa clínica también era la fuente del mismo sedante que encontramos en el cuerpo. Desde atrás, el sargento Peña exclamó, “Comandante, encontré una prueba adicional.” Mostró una foto de la cámara exterior. La parte trasera de la avanza tenía un rasguño distintivo en la luz trasera derecha.

Esta marca es única. Podemos rastrearla en talleres mecánicos o agencias de alquiler de autos. Morales asintió con firmeza. Difundan inmediatamente los datos de este vehículo a todos los talleres de Veracruz. Estoy seguro de que fue alquilado. No es de ellos. Al atardecer, regresaron a la comandancia. En la sala de investigación la pizarra blanca estaba ahora llena de conexiones rojas.

 Lun Esmeralda, Chip de prepagó, Motel Elocaso, Ricardo El Chacal Mendoza, Toyota Avanza Bayis. Morales se paró al frente. Su tono de voz era resuelto. Estamos cerca. Luna atrajó a la víctima. El chacal lo transportó. ¿Pero para quién trabajan? Eso es lo que vamos a descubrir. Elena añadió, “Y estoy segura de que no es la única víctima. Operan como una red profesional.

Fuera de la ventana, la lluvia comenzó a caer.La luz de un relámpago iluminó sus rostros tensos. Morales miró hacia afuera. Su voz era baja pero grave. Si esto es realmente una red de tráfico de órganos, significa que Javier no fue el primero y si no nos damos prisa, tampoco será el último. Elena cerró la carpeta que tenía en la mano.

 Esta noche iré a los talleres mecánicos de la zona del malecón. Hay un informe de alguien que reparó la luz trasera de una avanza base la semana pasada. Morales la miró haciendo un gesto. Ve con un equipo pequeño. No vaya sola. No sabemos quién nos está observando. Elena asintió con la mirada fría. En su interior sabía que el rastro de la mujer llamada Luna y del hombre tatuado se estaba enfriando.

Pero mientras existiera esa sombra en una grabación de seguridad, aún había esperanza de arrancar la verdad de la oscuridad. Y esa noche, en un Veracruz que comenzaba a ahogarse en la lluvia, la investigación pasó de ser una simple búsqueda de culpables a una cacería contra una red de muerte que se escondía tras la sonrisa de una mujer.

 El equipo de investigación liderado por la teniente Elena Vargas se dirigió a un taller mecánico en una calle polvorienta cerca del malecón de Veracruz. El lugar llamado Taller El Hüero pequeño local impregnado del olor a aceite quemado y el sonido metálico de los martillos. Un hombre mayor con una gorra gastada los recibió con extrañeza.

Elena le mostró la foto de la cámara de seguridad. Una Toyota Avanza base con un rasguño en la luz trasera. “Señor, han reparado este coche aquí.” El hombre observó la foto un largo rato y luego asintió lentamente. Sí, señora. A mediados de junio, un tipo joven vino por la noche. Dijo que se le había roto la calavera con una rama.

pidió que la cambiáramos rápido, pagó en efectivo y se fue sin decir mucho más. Elena se inclinó. ¿Recuerda su rostro? El hombre se rascó la cabeza. Era alto, pelo corto y tenía un tatuaje de un escorpión en la mano izquierda. Tenía mucha prisa, como si tuviera miedo de que lo vieran. Elena miró a Luis Peña, su asistente.

Anota la fecha y la hora. Podría ser Ricardo Mendoza. Luego volvió a preguntar, “¿El coche era suyo?” El anciano negó con la cabeza. No era rentado. Todavía tenía una pequeña calcomanía de renta car del puerto en el cristal trasero. Sin perder un minuto, el equipo se dirigió a la oficina de alquiler de coches.

El propietario, un hombre llamado Armando, se puso nervioso cuando le mostraron la foto del vehículo. Sí, es nuestro. El coche se alquiló el 12 de junio, pero el nombre en el contrato no era Ricardo. Usó una credencial a nombre de Leonardo Casillas. Sospeché que era falsa, pero vino con una mujer joven y no pensé mal.

 Elena preguntó rápidamente, ¿cómo era la mujer? Guapa, pelo largo, usaba cubrebocas. Su voz era suave, pero sus ojos eran muy intensos. Dijeron que iban a pasear por la costa dos días. Elena pidió las grabaciones de la cochera. En la pantalla apareció claramente el hombre del tatuaje, el mismo del video del motel, de pie junto a la mujer de pelo largo.

 Llevaba una gorra negra y caminaba con confianza. Es ella, dijo Elena en voz baja. Lona. Poco después, el comandante Morales llegó al lugar. Revisen todos los datos del GPS y los documentos de alquiler. Necesitamos saber la ruta de ese coche. Armando entregó los papeles. El coche lo devolvieron la noche del 13, pero solo vino la mujer.

 Dijo que su esposo estaba trabajando. Morales asintió fríamente. Nos llevamos las llaves al laboratorio forense. noche en el laboratorio, la sala estaba bañada en una luz blanca y brillante. El equipo forense examinó cada centímetro del coche. Rociaron luminol sobre la alfombra de la cajuela. En segundos, unas manchas azuladas comenzaron a brillar en la superficie.

Elena se inclinó. Su corazón latía con fuerza. Es sangre. Luis Peña tragó saliva. Lo limpiaron, pero no del todo. Se tomó una muestra y se analizó rápidamente. El resultado llegó dos horas después. El ADN coincidía con el de la víctima Javier Ríos. Elena apretó los puños. Ahora no hay duda.

 El Chacal fue quien transportó el cuerpo de Javier. Morales estaba a su lado mirando el informe con frialdad. Luna lo atrajó, el chacal lo transportó, pero por encima de ellos hay alguien más, alguien que lo organiza todo. Elena abrió el antiguo expediente de Ricardo Mendoza, dos veces en la cárcel por robo y su último trabajo como chófer en la clínica ilegal que había sido clausurada.

Conocía la ciudad, sabía cómo moverse sin ser visto y cómo deshacerse de problemas. Nos enfrentamos a una red profesional”, dijo Elena con firmeza. Morales miró a su equipo. “A partir de esta noche, emitan una orden de búsqueda a nivel nacional. Ricardo Mendoza es el principal sospechoso. Distribuyan su foto a todas las fiscalías del país.

” Hizo una pausa. Su voz era baja pero afilada. Y esa mujer Luna no es un simple ce señuelo. Ella conoce el lugar donde operan.Elena miró el coche que aún brillaba bajo la luz. La encontraré, comandante. Aunque se esconda detrás de mil perfiles falsos. Morales asintió. Lo sacaremos de las sombras del mundo virtual.

A medida que la noche avanzaba, Elena se quedó sola frente a la avanza base. El olor a metal y químicos llenaba el aire. Tocó el pequeño rasguño en la luz trasera, como si tocara una cicatriz. Una voz en su interior susurró, “Tu rastro aún no ha desaparecido, Javier. Te prometo que todos ellos pagarán.” Afuera, la lluvia comenzó a caer con fuerza.

 Las calles de Veracruz brillaban con las luces de la ciudad. Mientras la casa del corazón de la red oscura apenas comenzaba, tres días después del hallazgo de sangre en el coche, se formó un equipo especial para cazar a Ricardo Mendoza. El rastreo de su teléfono móvil reveló que había activado un nuevo chip en la zona de Tejería, no lejos de un mercado ambulante lleno de posadas baratas.

La teniente Elena Vargas recibió el informe en la sala de mando. Sus coordenadas cambiaron dos veces, pero la última señal se detuvo en una posada llamada La Cabaña informó el sargento Peña. Elena se puso de pie de inmediato. Nos vamos esta noche. No le daremos tiempo de escapar de nuevo. El reloj marcaba las 10:25 de la noche cuando tres coches indistintivos se detuvieron al final de un callejón estrecho.

La posada, la cabaña, parecía lúgubre con una sola luz de neón parpadeando sobre la puerta. Elena y su equipo, vestidos de civil, se dispersaron. Dos agentes subieron al techo trasero. Otro vigilaba la entrada principal. El recepcionista, un joven delgado, tembló cuando le preguntaron. Sí, señora. Habitación 6, segundo piso.

La alquiló desde ayer. Dijo que se iría de madrugada. Elena hizo una señal con la mano. Bloqueen todas las salidas. Que nadie escape. Sus pasos apenas se oían en el suelo de madera húmeda. Detrás de la puerta de la habitación seis se oía el sonido bajo de un televisor y el arrastrar de una maleta. Elena levantó tres dedos.

Un, dos, tres. La puerta fue derribada. Un grito ahogado resonó. Un hombre saltó del borde de la cama intentando agarrar una mochila del suelo, pero antes de que pudiera correr, dos agentes lo inmovilizaron contra la pared. Ricardo Mendoza, policía. Él se resistió con los ojos desorbitados. Se equivocan de persona”, gritó.

 Pero Elena ya le apuntaba con su pistola al rostro. “Quieto! ¿Creíste que podías huir para siempre?” La mochila que intentaba tomar cayó al suelo, abierta. Dentro había dinero en efectivo, dos teléfonos y un billete de autobús con destino a Chetumal, una ruta común para el contrabando hacia Centroamérica. Ricardo agachó la cabeza respirando con dificultad.

Yo solo seguí órdenes. No maté a nadie. Elena se acercó lentamente. ¿Quién te dio las órdenes? Él apretó los labios sin responder. Al otro lado de la habitación, Peña revisaba un armario y encontró un pequeño frasco con la etiqueta Midasolam. “Sedante de hospital. Esto no es algo común, teniente”, dijo levantándolo con unos guantes.

Elena volvió a mirar a Ricardo. “¿Sabes lo que implica tener esto sin permiso? Súmale el homicidio y te pasarás el resto de tu vida en la cárcel.” Ricardo cerró los ojos. Su voz temblaba. Solo era el conductor. Todas las órdenes venían de ella. De Luna. ¿Quién es Luna? ¿Cuál es su nombre real? No es Luna.

 Usa muchos nombres, a veces Isabela, a veces Sofía. Pero sé dónde está ahora. Elena lo miró fijamente. Habla. Ricardo respiró hondo. Se esconde en una casa vieja en la zona de la laguna de Mandinga, cerca del río. Pero allí hay más gente. Un extranjero al que llaman el doctor. Elena contactó inmediatamente a la comandancia. Envíen refuerzos.

Tenemos una nueva ubicación. Mientras tanto, Ricardo era conducido fuera de la habitación, esposado. Ya no se resistía. En la escalera, Elena le susurró a Peña: “Saben más de lo que admite. Asegúrate de que confisquen todos sus dispositivos.” A la 1:30 de la madrugada, en la sala de interrogatorios de la FGE, Ricardo estaba sentado con las manos esposadas.

El sudor le corría por las cienes. Frente a él, Elena colocó la foto de Javier Ríos y el informe forense. Mira esto. El ADN de la víctima estaba en el coche que conducías. ¿Todavía crees que te vamos a creer que solo eras el chóer? Ricardo miró la foto un largo rato y luego bajó la vista. Lo sé, señora, pero yo solo hacía mi trabajo.

Me dijeron que era un trabajo limpio. Llevaba al pasajero a esa casa y me daban 50,000 pesos. Y después, preguntó Elena. Después me ordenaban deshacerme del cuerpo en las afueras de boca del [ __ ] Su voz era ronca, casi inaudible. Luna me daba las órdenes, me decía que el trabajo estaba terminado. Elena giró un bolígrafo entre sus dedos.

¿Nos vas a enseñar esa casa? Ahora se levantó y miró a Morales, que acababa de entrar. Tenemos una dirección cerca de la laguna.Con suerte los atraparemos esta misma noche. Morales asintió. Prepara al equipo táctico. No les des oportunidad de borrar las pruebas. La lluvia seguía cayendo sobre Veracruz cuando el convoy policial se deslizó a través de la noche.

 En el asiento trasero, Ricardo iba en silencio con el rostro pálido. A través de la ventanilla mojada, las luces de la ciudad se reflejaban como fragmentos de luz. En la mente de Elena solo había un pensamiento. Esa noche quizás encontrarían a Luna, la mujer que se escondía detrás de todas esas muertes. Y más allá de la oscura laguna, la verdad esperaba ser revelada.

Esa noche la lluvia no había amainado. El camino hacia la laguna de Mandinga era resbaladizo y brumoso. Solo las luces lejanas de la ciudad se reflejaban en la superficie del agua. El convoy policial avanzaba lentamente por un camino estrecho, casi inundado. La teniente Elena Vargas iba en el asiento del copiloto con la vista fija en el mapa digital de su tableta.

“El punto de la confesión de Mendoza está aquí”, dijo señalando un punto rojo en la pantalla. Una vieja casa de madera a la orilla de la laguna. Parece abandonada, pero hay actividad eléctrica de un generador. En el asiento trasero, Ricardo estaba sentado, esposado y en silencio. Su rostro estaba pálido, su voz temblaba.

Les dije que el lugar está vigilado por dos hombres y que hay un extranjero al que llaman el doctor Morales. El comandante de la operación lo miró fijamente. Si mientes, lo sabremos. Ricardo bajó la cabeza. No me atrevería a mentir, comandante. Ese lugar es un infierno. A las 2:40 de la madrugada, los vehículos se detuvieron cerca de la orilla a unos 100 met de la casa.

Una luz amarillenta y tenue se filtraba desde el interior. Las sombras de dos personas se movían de un lado a otro en una ventana. A lo lejos se oía el zumbido de un generador. Elena se puso un chaleco antibalas y un comunicador. Todos los equipos listos. Una voz respondió en la radio. Águila en posición norte.

Equipo Bravo en la parte trasera. Esperando la orden. Respiró hondo y dio la señal con los dedos. 3 2 1. El equipo se dispersó en silencio. Dos agentes se movieron entre los manglares. Otro cortó el paso por la orilla. La lluvia boteaba sobre sus cascos, aumentando la tensión. Elena se acercó a una ventana y se asomó.

vio una mesa de operaciones oxidada, botellas de medicamentos y una gran hielera blanca. En un rincón, una mujer de pelo largo hablaba con un hombre extranjero de piel blanca. “Luna,”, susurró Elena. De repente, el extranjero levantó su teléfono como si hubiera recibido un mensaje. Se volvió rápidamente hacia la ventana y gritó algo en otro idioma.

 La luz de la habitación se apagó de golpe. “¡Entren!”, gritó Elena. La puerta trasera fue derribada. El sonido de un disparo de advertencia rompió el silencio de la noche. Dos hombres salieron corriendo con machpes, pero fueron neutralizados con balas de goma. Elena y dos agentes entraron por el lado izquierdo, recorriendo un pasillo oscuro.

El olor a formol y sangre era abrumador. La mesa de operaciones estaba manchada de rojo. Debajo la hielera estaba abierta, llena de bolsas de plástico etiquetadas como órganos humanos. “Dios mío”, murmuró uno de los agentes con el rostro tenso. De repente se oyeron pasos rápidos en el piso de arriba. Elena miró hacia arriba.

 Era Luna corriendo hacia las escaleras. Su pelo estaba mojado y en su mano sostenía una pequeña pistola. Se volvió y miró a Elena por un instante. Sus ojos se encontraron. Alto. Luna! Gritó Elena. La mujer, en cambio, disparó una vez. La bala atravesó la pared de madera junto a la cabeza de Elena. La policía respondió al fuego, impactando el arma de Luna y haciéndola volar por los aires.

Perdió el equilibrio y cayó al suelo intentando arrastrarse hacia una puerta trasera. Elena le pateó la pistola lejos y la esposó rápidamente. Se acabó el juego. Lona sonrió a pesar de que la sangre le corría por la frente. ¿Creen que estoy sola? Su voz era ronca, pero sus ojos fríos. Desde afuera se oyó el rugido de un motor de coche.

 Un hombre extranjero y rubio salió de la casa disparando dos veces hacia la policía antes de correr hacia la laguna. “Atrápenlo vivo”, gritó Morales. Tres oficiales lo persiguieron. El coche que usaba el hombre se atascó en el lodo. Intentó escapar en una pequeña lancha en la orilla, pero antes de que pudiera encender el motor, una bala de goma lo golpeó en el hombro.

cayó de bruces en el lodo gritando de dolor. “¿Cómo te llamas?”, le gritó Morales. El hombre siceó, Klaus Richker. Una hora más tarde, la casa estaba acordonada. En la sala principal se aseguraron las hieleras, los sedantes y fajos de dólares. Luna estaba sentada en una silla atada, mirando fríamente a Elena.

 “¿A cuántas víctimas se llevaron?”, preguntó Elena. Luna bajó la vista con una sonrisa apenas perceptible. La suficiente es para que el mundo nos siga necesitando.Elena la miró con dureza. Te equivocas. El mundo no necesita a gente como ustedes. Afuera, el cielo comenzaba a clarear. La niebla de la laguna se disipaba lentamente, revelando la vieja casa de madera, testigo mudo de la oscuridad que finalmente había sido expuesta.

Pero Elena sabía que aunque la operación de esa noche había terminado, la guerra contra el tráfico de órganos apenas comenzaba. Isabela Reyes, alias Luna y Ricardo Mendoza estaban sentados en dos salas de interrogatorios distintas. Esa mañana el cielo seguía gris y la humedad de la noche se condensaba en las paredes de concreto.

El olor a café amargo y humo de cigarro llenaba el aire. Detrás de un espejo de una sola vía, la teniente Elena Vargas observaba cada movimiento de Isabela en un monitor. Parecía tranquila, con el rostro inexpresivo, como si no fuera la mujer que acababan de arrestar en una casa de horrores. Tenía las manos esposadas, pero sus ojos seguían siendo agudos, como si estuviera midiendo a quien tenía enfrente.

Elena entró cerrando la puerta suavemente. ¿Sabes por qué estás aquí? Su voz era plana. Isabela sonrió. Ya tienen sus pruebas. No. La sangre en el coche, la casa en la laguna, los dólares en la hielera. ¿Para qué preguntar más? Elena la miró con frialdad. Quiero saber a cuántas víctimas mataron. La mujer soltó una risa corta.

 ¿Crees que los contaba? Venían, se iban. A algunos se les pagaba, otros nunca volvían a casa. Y Javier Ríos, lo engañaste con un perfil falso. Le diste una bebida con sedantes y luego llevaron su cuerpo a esa casa. Elena se inclinó alzando la voz. ¿Para qué? Para venderlo. Isabela la miró directamente a los ojos. Su sonrisa se desvaneció.

 Usted no entiende, teniente. En este mundo cuerpo humano vale más que el oro. Órganos, sangre, incluso huesos, todo tiene un comprador. Nosotros solo satisfacemos la demanda. Elena apretó los puños. Una demanda que respondes con la vida de las personas. Isabela bajó la vista por un momento y luego susurró, no los matamos.

 Solo aprovechamos lo que ya no le sirve al mundo. Esa frase hizo que Elena se levantara de golpe. La silla se arrastró con un ruido violento. ¿Qué no le sirve? Javier trabajaba todos los días. Enviaba dinero a su madre en Oaxaca. Vivía honestamente hasta que conoció a una basura como tú. Isabel guardó silencio. Solo se oía el tic tac del reloj.

Después de unos segundos, dijo en voz baja, “Nunca quise ser esto, pero una vez que entras en este mundo, no hay salida.” Elena entrecerró los ojos. ¿Quiénes son ellos? Isabela suspiró profundamente. Klaus Vctor, el extranjero que atraparon anoche, no es el cerebro. Por encima de él hay alguien en el extranjero en Bangkok.

Todas las órdenes llegan a través de una aplicación encriptada. Richter solo supervisaba la operación en México. Elena se inclinó. ¿Puedes probarlo? Isabela asintió lentamente. Hay un servidor en una bodega cerca de la casa. Todas las transacciones pasan por ahí. Si no quemaron el lugar, los datos todavía están allí.

 Elena salió de la sala a toda prisa. se encontró con el comandante Morales, que estaba interrogando a Richer en la habitación de alado. El hombre extranjero parecía adolorido, con el hombro todavía vendado. “Admite trabajar para una fundación médica ficticia en el extranjero”, dijo Morales a través de un traductor. La empresa se llama Life Hope Transplant International.

Desde allí su red se extiende a Vietnam, Camboya y México. Elena resopló. Isabela dice que hay un servidor en la Casa de la Laguna. Morales asintió. Enviaremos al equipo de forencia digital esta misma tarde. Esa tarde el equipo regresó al lugar. En una pequeña habitación detrás de la casa encontraron un servidor negro y polvoriento todavía encendido.

Los datos que contenía eran escalofriantes, una lista de nombres, tipos de sangre, códigos de órganos e incluso fotos de docenas de personas que habían sido objetivos. Elena miró la pantalla un largo rato. Trataban a los seres humanos como si fueran inventario. El sargento Peña tragó saliva. Hay más de 12 nombres, teniente, y algunos de ellos no han sido encontrados.

Contacten a todas las fiscalías del país dijo Elena en voz baja. Abriremos una investigación por cada nombre en esta lista. Al día siguiente, la noticia sobre el desmantelamiento de la red internacional de tráfico de órganos se extendió por todo el país. Las fotos de la casa en la laguna, la Avanza Base y el rostro de Isabela Reyes llenaron las portadas de los periódicos.

El público estaba indignado. El gobierno elogió la valentía del equipo especial, pero en medio de todo el ruido, Elena estaba sentada en silencio en su oficina. En su mano, la foto de Javier Ríos estaba metida entre los informes forenses. Debajo, una pequeña nota escrita a mano decía, “No confíes en un rostro amigable en el mundo virtual.

” Miró por la ventana. A lo lejos, el sol de la tarde se abríapaso entre las nubes grises. Todos los principales culpables habían sido capturados, pero en su corazón Elena sabía que redes como esta no mueren, solo se esconden esperando el momento de volver a crecer. Y se prometió a sí misma que si esa sombra volvía a aparecer, ella estaría lista.

Tres semanas después de la redada en la laguna de Mandinga, la atmósfera en la FGE de Veracruz comenzó a calmarse. El expediente del caso ya había sido enviado a la fiscalía. Isabela Reyes y Ricardo Mendoza fueron formalmente acosados. Klaus Richter estaba en un hospital penitenciario esperando su extradición.

Pero para la teniente Elena Vargas, el caso no estaba cerrado. Cada noche seguía mirando el gran mapa en su oficina. En una esquina, una pequeña línea señalaba el río Jamapa, el lugar donde el agua se llevaba todo lo que nadie quería encontrar. sabía que todavía había un nombre de la lista del servidor que no había sido identificado, Ballardo Cruz, la última víctima cuyo cuerpo aún no había sido encontrado.

Esa tarde, Elena y el sargento Peña subieron a una lancha patrullera para recorrer el río. El viento soplaba suave, pero el ambiente era pesado. “¿Por qué sigue tan segura de que el cuerpo está aquí?”, preguntó Peña en voz baja. “Porque Isabela lo dijo,”, respondió Elena sin rodeos. Antes de mudarse a la casa de la laguna, solían arrojar los restos quirúrgicos a este río, pero una víctima escapó antes de que terminaran.

Estoy segura de que fue Ballardo. La lancha avanzaba lentamente entre la corriente. El agua turbia giraba bajo un cielo nublado. De repente, uno de los agentes en la proa gritó, “Teniente, allí hay algo atascado en las raíces del mangle.” La lancha se acercó. Una gran bolsa de plástico negro estaba atrapada entre las raíces.

Parte de ella estaba rota. Cuando la sacaron, un olor naceabundo los golpeó. Dentro había ropa desgarrada, restos de tejido humano y un collar de acero con la letra B grabada. Elena miró el objeto sin decir nada. Su corazón se endureció. Ballardo Cruz, susurró la última víctima. Esa noche en la morgue, los resultados de ADN confirmaron la identidad.

Elena estaba sentada en una silla mirando el informe sin parpadear. El caso que la había atormentado durante semanas finalmente tenía un final, pero no sentía alivio, solo un vacío. El comandante Morales entró con dos tazas de café. Se acabó, Elena. Lo lograste. El estado está en deuda contigo. Elena negó con la cabeza.

Aún no, comandante. Ellos son solo una pequeña parte de la cadena. Richter no es el cerebro. Por encima de él todavía hay alguien manejando las rutas. A veces tenemos que detenernos en los límites que podemos alcanzar, respondió Morales con calma. La justicia no siempre espera al final del camino. Elena miró por la ventana.

La lluvia había comenzado de nuevo, goteando en el cristal como las sombras del río aquella noche. Si todos nos detenemos a mitad de camino, crímenes como este seguirán existiendo, dijo en voz baja. Dos días después se celebró la primera audiencia en el juzgado de Veracruz. La sala estaba llena de periodistas.

Isabela estaba sentada en el banquillo de los acosados con el rostro sereno bajo su uniforme de reclusa. Cuando el fiscal leyó los cargos, los ojos de Isabela se encontraron con los de Elena, que estaba sentada entre el público. La miraba era fría, pero en la comisura de sus labios había una sonrisa apenas perceptible.

Cuando el juez le preguntó si tenía algo que declarar, Isabela respondió, “Yo solo soy una herramienta. Mientras la gente rica siga necesitando órganos, siempre habrá nuevas lunas que nazcan.” La sala quedó en silencio. Esa frase fue como una daga que atravesó a todos los presentes. Elena apretó los puños, pero se contuvo.

Semanas después se dictó la sentencia cadena perpetua para Clas Victor e Isabela Reyes. 30 años de prisión para Ricardo Mendoza y largas condenas para todos sus cómplices. Los medios lo llamaron el caso de Boca del [ __ ] la operación de tráfico de órganos más grande de la historia de Veracruz. El último día antes de que se cerrara el caso, Elena estaba de pie en el muelle del río Jamapa.

El atardecer caía lentamente, tiñando el cielo de naranja y oro. En su mano sostenía el collar con la letra B que habían encontrado. Lo arrojó suavemente al agua, viendo cómo se hundía lentamente con la corriente. Peña se acercó. Teniente, ¿por qué lo tiró? Elena sonrió levemente. Porque pertenece a alguien que ya está en paz. Que el río lo guarde.

 Se quedaron en silencio un momento, escuchando el sonido del agua contra las rocas. La ciudad de Veracruz comenzaba a encender sus luces, pero en el corazón de Elena, la sombra de este caso seguiría viva, como un recordatorio de que el mal nunca desaparece por completo, solo cambia de lugar y espera una oportunidad.

Miró a lo lejos hacia la corriente que se llevaba los restos de la lluvia.”Mientras haya gente que venda cuerpos humanos por dinero,” dijo en voz baja, “yo seguiré aquí.” Peña la miró con admiración. Y gente como usted hará que tengan miedo de volver a aparecer. Elena miró el cielo que comenzaba a oscurecerse.

Eso espero. El viento del río sopló suavemente, trayendo el olor a tierra mojada y una nueva