Hermanos desaparecen en Málaga 2007 — 17 años después pescador halla algo en su red
Almohadilla Los Hermanos de Málaga. Script completo. 3 de agosto de 2007. 1:15. Playa de la Malabeta, Málaga. Alba y Dievo juegan en la arena. Sus padres almuerfan paella a 30 m. 1:35. Los niños desaparecen. Sus toallas cirben en la playa. 1:40. María grita el nombre de sus hijos. Nadie responde. 1:55. Llega la policía, comienza la búsqueda.
Cuatro. Bufos ingresan al agua, no encuentran nada. 2007 a 2024, 17 años de silencio. 17 años de búsquedas. 17 años sin respuestas. 12 de marzo de 2024. Un pescador saca su red y todo cambia porque lo que Antonio encontró a 3 km de la costa no eran solo respuestas. Era evidencia, era prueba, era la verdad que nadie quería descubrir.
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Ahora vamos a descubrir cómo comenzó todo y porque un día perfecto en la playa de Málaga se convirtió en la peor pesadilla de una familia. El verano de 2007 fue particularmente caluroso en Andalucía. Málaga, la joya de la Costa del Sol, estaba en pleno apogeo turístico. La ciudad bullía con vida, los hoteles estaban completos y las playas repletas de familias españolas y turistas extranjeros que buscaban refugio del calor abrasador en las aguas del Mediterráneo.
La playa de la Malagueta es una de las playas urbanas más emblemáticas de Málaga. Con más de un kilómetro de longitud y arena oscura característica de la zona se extiende desde el puerto de Málaga hasta la playa de la Caleta. A diferencia de otras playas más remotas de la Costa del Sol, la malagueta está en pleno corazón de la ciudad, rodeada por el paseo marítimo Pablo Ruiz Picaso, lleno de chiringuitos, restaurantes y bares donde los malaveños y turistas disfrutan de espetos de sardinas, pescadíito frito y, por supuesto, la famosa paella andaluza.
En 2007, la playa contaba con varios puestos de socorristas claramente identificados con sus banderas rojas y amarillas, duchas públicas, zona de juegos infantiles y una pasarela de madera que facilitaba el acceso. Los fines de semana de agosto, la playa se llenaba hasta el punto de que encontrar un espacio para poner una toalla era casi imposible.
María Fernández tenía 35 años en el verano de 2007. Nacida y criada en Málaga, en el barrio del Palo, conocía la playa de la Malaveta como la palma de su mano. Había crecido jugando en esa misma arena, había aprendido a nadar en esas mismas olas y ahora llevaba a sus propios hijos a disfrutar del mismo mar que ella tanto amaba. María trabajaba como administrativa en el Hospital Regional de Málaga.
Era una mujer meticulosa, organizada, de esas personas que siempre llevan protector solar extra en el bolso, que cuentan dos veces a los niños antes de salir de casa y que revisan tres veces que la puerta esté cerrada con llave. Sus amigas siempre le decían que era demasiado preocupada, demasiado protectora. María simplemente sonreía y respondía que mejor prevenir que lamentar.
Su esposo, Fernando Fernández era taxista. Conocía cada calle de Málaga, cada atajo, cada rincón de la ciudad. Llevaba 15 años conduciendo su taxi blanco por el centro histórico, La Malagueta, Miramar y los alrededores del aeropuerto. Era un hombre tranquilo, de pocas palabras, pero de sonrisa fácil. Los clientes lo adoraban porque siempre tenía una historia que contar sobre Málaga, algún dato curioso sobre la catedral o una recomendación de donde comer el mejor pescado de la ciudad.
María y Fernando se habían conocido en la feria de Málaga de 1995. Ella tenía 23 años y trabajaba en una caseta de su empresa. Él había llegado con unos amigos después de terminar su turno de taxi. Se enamoraron bailando sevillanas a las 3 de la mañana con las luces de la feria iluminando el cielo y el olor a churros y a faar flotando en el aire caliente de agosto.
Se casaron dos años después, en 1997 en la iglesia de Santiago, en el centro de Málaga. Fue una boda sencilla pero hermosa con la familia, amigos cercanos y una celebración que se extendió hasta el amanecer en un restaurante con vistas al puerto. Alba Fernández nació el 15 de marzo de 1998. Fue su primera hija y llevó en primavera cuando los Naranjos de Málaga estaban en flor y el aire olía a Faar.
María recuerda perfectamente el momento en que sostuvieron a Alba por primera vez, tan pequeña, tan perfecta, con una mata de pelo negro y unos ojos enormes que parecían observarlo todo con curiosidad. Alba era una niña curiosa y parlanchina desde muy pequeña. A los dos años ya formulaba preguntas infesantes sobre todo lo que veía.
Porque el cielo es a full, porque el mar tiene olas, porque los pájaros vuelan. María y Fernando se turnaban para responder a su pequeña investigadora, aunque muchas veces terminaban inventando respuestas porque ni ellos mismos sabían la explicación real. A los 9 años, en el verano de 2007, Alba era una niña delgada de piel morena por el sol malabeño, con dos coletas largas que su madre le hacía cada mañana y que inevitablemente terminaban deshechas al final del día.
Llevaba siempre una pulsera de cuentas de colores que había hecho ella misma en el colegio, un brafalete que nunca se quitaba ni siquiera para bañarse. Le encantaba coleccionar conchas en la playa y construir elaborados castillos de arena con torres, puentes y fosos. Diego Fernández llevó 2 años después, el 7 de noviembre de 2000.
Si Alba era la preguntona, Diego era el silencioso observador. Desde pequeño prefería quedarse callado mirando, analizando. Era más reservado que su hermana, menos expresivo, pero igual de inteligente. Le fascinaban los animales, especialmente los pefes y las criaturas marinas. Podía pasarse horas en el acuario de Benalmádena, con la nariz pegada al cristal, observando cómo nadaban los tiburones y las rayas.
A los 7 años, Dievo había empezado a coleccionar información sobre el mar Mediterráneo. Recortaba artículos de periódicos sobre descubrimientos marinos, guardaba fotos de barcos pesqueros y soñaba con ser biólogo marino cuando fuera mayor. Su habitación estaba decorada con pósters de ballenas, delfines y submarinos. En su estantería, ordenados meticulosamente, tenía libros sobre océanos que María le compraba en la librería del centro cada vez que sacaba buenas notas.
En el verano de 2007, Diego tenía casi 7 años. Era un niño delgado como su hermana, con el mismo pelo oscuro pero más corto, siempre despeinado por el viento del mar. Llevaba una camiseta azul con un tiburón blanco estampado que era su favorita y que se negaba a quitarse aunque María insistiera en lavarla. Sus rodillas siempre tenían algún raspón de jugar en el patio del colegio y sus manos solían a sal y arena la mayor parte del verano.
La relación entre Alba y Dievo era, como la de muchos hermanos, una mezcla de complicidad y peleas. Alba, como hermana mayor, siempre intentaba cuidar de Diego, aunque a veces lo hacía de forma mandona que terminaba en discusiones. Diego, por su parte, admiraba a su hermana mayor, pero también se frustraba cuando ella lo trataba como a un bebé.
Pero en la playa toda rivalidad desaparecía. En la playa, Alba y Dievo eran un equipo. Construían castillos juntos, buscaban cangrejos entre las rocas, jugaban a las olas y competían para ver quién encontraba la concha más bonita. María los observaba desde la sombrilla y pensaba que no había nada más perfecto que ver a sus dos hijos jugando felices bajo el sol andaluz.
El viernes 3 de agosto de 2007 amaneció despejado y caluroso. A las 9 de la mañana el termómetro ya marcaba 28 gr y la predicción meteorológica anunciaba que las temperaturas alcanzarían los 36 gr al mediodía. Era el típico día de playa y prácticamente toda Málaga pensó lo mismo. María había planeado el día con su habitual meticulosidad.
preparó una bolsa de playa con toallas, crema solar factor 50, sombrilla, juguetes de playa para los niños, una nevera portátil con agua, fumos y fruta y su libro de verano que llevaba semanas intentando terminar. Fernando cargó todo en el maletero de su taxi, que ese viernes tenía libre porque había trabajado el domingo anterior.
Salieron de casa a las 10:30 de la mañana. Vivían en el distrito de carretera de Cádif, a unos 15 minutos en coche de la playa. Alba iba cantando en el asiento trasero una canción de moda que sonaba constantemente en la radio ese verano. Diego miraba por la ventana en silencio con su cubo y su pala de playa en el regazo, ansioso por llegar.
Llegaron a la malabeta a las 11 horas. El aparcamiento ya estaba bastante lleno, pero Fernando encontró un sitio en la calle Cervantes a unos 5 minutos caminando de la playa. Descargaron las cosas. Fernando cargó con la sombrilla y la nevera, María con las bolsas y los niños con sus propios juguetes. La playa estaba, como era de esperar en un viernes de agosto, repleta de gente.
Familias con niños pequeños ocupaban la zona más cercana a los socorristas. Parejas jóvenes se tostaban al con esterillas de colores. Grupos de amigos jugaban a las palas y al fútbol playa. El aire olía a sal, crema solar y a los espetos que ya empezaban a asarse en los chiringuitos cercanos.
María eligió un lugar relativamente bueno, a unos 30 m de la orilla, cerca de un puesto de socorristas. Fernando clavó la sombrilla en la arena, extendieron las toallas y María inmediatamente empezó a embadurnar a los niños con crema solar, ignorando las protestas de Alba que decía que ya era mayor para ponerse ella sola la crema.
Durante las siguientes dos horas fue un día de playa perfecto. Alba y Dievo jugaron en la orilla, construyeron un castillo elaborado con foso y puente levadifo hecho con un palo de helado que encontraron en la arena. Entraron al agua varias veces, siempre vigilados por María, que no les quitaba ojo, aunque el agua en esa zona apenas les llegaba a las rodillas.
A las 1 horas, María y Fernando decidieron ir a comer al chiringuito Antonio, uno de los más conocidos de la malagueta, famoso por su paella marinera y sus espetos de sardinas. Estaba a apenas 30 m de donde tenían montada la sombrilla, prácticamente en línea recta. Desde las mesas del chiringuito se podía ver perfectamente su fona en la playa.
María llamó a los niños. Alba, Diego, vamos a comer. Los niños protestaron. No tenían hambre todavía. Querían seguir jugando, terminar el castillo. María miró a Fernando. Los niños insistían, “¿Podemos quedarnos un ratito más, mamá? Por favor.” María dudó. Desde la mesa del chiringuito podría verlos perfectamente.
Eran apenas 30 m. La playa estaba llena de gente, había socorristas. Era pleno día. Fernando también pensó que no pasaba nada. 20 minutos les dijeron, “Comemos rápido y volvemos. No os mováis de aquí. No os acerquéis mucho al agua. Si necesitáis algo, nos gritáis. ¿Entendido? Alba y Dievo asintieron. Entendido.
María les dejó una botella de agua y una bolsa con galletas por si les daba hambre. Fernando repitió las instrucciones. No os mováis de aquí. Nos vemos en 20 minutos. Eran las 1:15 horas cuando María y Fernando se sentaron en la mesa del chiringuito Antonio. María pidió para ella para dos y Fernando una cerveza fría.
Desde su asiento, María podía ver la sombrilla, las toallas y las siluetas de sus hijos jugando en la arena. Todo estaba bien, todo estaba normal. 20 minutos. Eso fue todo. 20 minutos que cambiarían sus vidas para siempre. La paella llegó a las 1:25. María y Fernando comieron rápido, casi sin hablar, disfrutando del pescado fresco y del arroz perfectamente cofinado. Hacía calor, mucho calor.
El sol de mediodía caía implacable sobre la playa. María bebió agua fría. Fernando terminó su fervezafa y pidió otra. A las 1:35, María miró su reloj. 20 minutos exactos. Vamos, le dijo a Fernando. Ya es hora. Dejaron dinero en la mesa, más una propina generosa para el camarero, y caminaron de vuelta hacia su fona en la playa.
Mientras caminaban, María sentía el calor de la arena incluso a través de sus sandalias. A su alrededor, familias reían, niños gritaban jugando, las olas rompían suavemente en la orilla. Todo era normal, todo era como siempre. hasta que llegaron a su sombrilla. Las toallas de Alba y Dievo estaban allí perfectamente dobladas. Los juguetes estaban en orden junto al castillo de arena que habían estado construyendo.
Las sandalias de los niños estaban colocadas lado a lado, justo como María les había enseñado a dejarlas. La botella de agua estaba en su sitio sin abrir, las galletas intactas, pero Alba y Dievo no estaban. María sintió la primera punada de preocupación. Miró a su alrededor. “Habrán ido al agua, dijo Fernando. Vamos a buscarlos.
” Caminaron hacia la orilla. María gritó sus nombres. Alba, Dievo. Ninguna respuesta. Caminaron por el agua mirando las cabezas de los niños que jugaban en las olas. Ninguno era Alba, ninguno era Diego. La preocupación se convirtió en miedo. María empezó a caminar más rápido, girando la cabeza en todas direcciones.
Fernando fue hacia el puesto de socorristas. Han visto a dos niños, una niña de 9 años con coletas y un niño de siete con camiseta de tiburón. El socorrista negó con la cabeza. Hay muchos niños en la playa, señor. María corría ahora. gritaba sus nombres, Alba, Diego. Su voz se quebraba. Otras personas en la playa empezaron a notar su desesperación.
Una mujer se acercó. ¿Qué pasa? ¿Puedo ayudar? Mis hijos, dijo María, no los encuentro. Estaban aquí hace 20 minutos. La noticia se extendió rápidamente. En una playa llena de familias, la pérdida de un niño era la peor pesadilla de todos. La gente empezó a ayudar en la búsqueda. Personas que ni siquiera conocían a María y Fernando se levantaron de sus toallas y empezaron a buscar.
Gritaban los nombres de Alba y Diego. Preguntaban a otros bañistas si habían visto algo. Fernando corrió hacia el paseo marítimo. Quizás los niños se habían ido caminando hacia los chiringuitos, hacia la zona de juegos infantiles. Preguntó en cada establecimiento. Nadie los había visto. Corrió hacia el otro extremo de la playa. Nada.
Eran las 1:40. Apenas 5co minutos habían pasado desde que descubrieron que los niños no estaban, pero para María parecía una eternidad. Su mente empezó a recorrer todas las posibilidades aterradoras. El agua y si se habían metido al agua y una ola los había arrastrado. Corrió de nuevo hacia la orilla, gritando a los socorristas.
Mis hijos están desaparecidos. Tienen que buscar en el agua. El socorrista principal, un hombre de unos 40 años llamado José, inmediatamente activó el protocolo de emergencia. Sonó el silvato tres veces, la señal de búsqueda de persona desaparecida. Los otros socorristas corrieron hacia el agua.
José tomó su radio y llamó a la policía local. Fernando llamó al 112 desde su móvil. Su voz temblaba mientras explicaba la situación. Mis hijos han desaparecido en la playa de la Malaveta. Tienen 9 y 7 años. Hace 20 minutos estaban jugando en la arena. Ahora no están. Por favor, necesitamos ayuda. El operador del 112 le hizo preguntas. ¿Cómo iban vestiros? Alba lleva un bañador rosa con flores y tiene dos coletas.
Diego lleva un bañador azul y una camiseta con un tiburón. Donde los vieron por última vez. Justo frente al chiringuito Antonio en la zona central de la playa. ¿Saben nadar? No muy bien. Son pequeños. A las 1:55, 15 minutos después de que María y Fernando descubrieran la desaparición, tres coches de la policía local de Málaga llegaron a la malabeta.
Los agentes inmediatamente comenzaron a organizar la búsqueda. Dividieron la playa en sectores. Un grupo se dirigió hacia el este, hacia la playa de la Caleta. Otro grupo hacia el oeste, hacia el puerto. Un tercer grupo se quedó en la zona central entrevistando a bañistas. María estaba histérica, lloraba, gritaba los nombres de sus hijos, intentaba correr en todas direcciones a la vez.
Una mujer policía, agente Lucía Morales, la tomó de los brazos suavemente. Señora, necesito que respire. Vamos a encontrar a sus hijos, pero necesito que me ayude. Cuénteme exactamente qué pasó. María, entre sollofos, explicó. Los dejamos jugando mientras comíamos. Solo fueron 20 minutos. Podíamos verlos desde el restaurante. Cuando volvimos no estaban.
Sus cosas sigen allí, todo está allí, menos ellos. La agente Morales hizo más preguntas. Los niños conocían a alguien en la playa. No, nadie. ¿Habían discutido con ustedes? No, estaban felices jugando. ¿Tenían alguna razón para irse? Ninguna. Son niños buenos, obedientes. Nunca se irían solos. Mientras María hablaba con la policía, Fernando corría de un lado a otro de la playa, mirando cada rostro, cada niño.
Su mente no podía profesar lo que estaba pasando. Hace media hora, sus hijos estaban jugando felices, seguros. ¿Cómo podían simplemente desaparecer? Los socorristas peinaban la orilla. Otros bañistas se habían unido a la búsqueda. Había ahora más de 50 personas buscando a Alba y Diego, gritando sus nombres, levantando toallas, mirando debajo de sombrillas, preguntando a todo el mundo.
A las 2:30, una hora después de la desaparición, llegó un equipo de la Guardia Civil con perros rastreadores. Los perros olfatearon las toallas de los niños, sus juguetes, empezaron a rastrear, tirando de las correas si viendo algún olor. Los perros se dirigieron hacia el agua. Se detuvieron justo en la orilla, donde las olas morían en la arena.
Allí perdieron el rastro. Los perros ladraban, corrían en círculos, pero no podían cedir más allá. El agua había borrado el olor. El jefe de la operación, comandante Ramírez de la Guardia Civil, tomó una decisión. Necesitaban bufos. Si los perros perdieron el rastro en el agua, existía la posibilidad de que los niños hubieran entrado al mar.
A las 3 horas, un equipo de búsqueda y rescate acuático fue convocado desde el puerto de Málaga. Mientras esperaban a los buzos, la policía continuó entrevistando a testigos. Pero aquí surgió el primer gran problema. Era una playa llena de gente, miles de personas, la mayoría turistas, muchos extranjeros que no hablaban español.
Y en una playa tan concurrida, dos niños jugando en la arena no llamaban la atención de nadie. Nadie los había notado especialmente. Nadie recordaba haberlos visto. Un hombre, un turista alemán, dijo que creía haber visto a dos niños. un niño y una niña caminando hacia el paseo marítimo alrededor de las 1:20, pero no estaba seguro. Había muchos niños.
No prestó mucha atención. La policía tomó nota, pero sabía que el testimonio era débil. Una mujer española que había estado tomando el sol cerca de la sombrilla de los Fernández, dijo que había visto a los niños construyendo un castillo. Recordaba haber pensado que eran muy aplicados, muy concentrados en su construcción, pero no recordaba haber visto cuando se fueron o hacia dónde fueron.
En un momento estaban ahí, en el siguiente momento ya no. A las 4 horas, 3 horas después de la desaparición, llegaron los bufos. El grupo especial de actividades subacuáticas de la Guardia Civil, conocido como Geas, era el equipo más especializado en rescates acuáticos de Andalucía. Seis bufos profesionales equipados con trajes de neopreno, tanques de oxígeno, linternas subacuáticas y equipos de comunicación.
El jefe del equipo, buzo veterano llamado Santiago, habló con María y Fernando antes de entrar al agua. Vamos a buscar en un radio de 1 km desde este punto”, les explicó señalando la zona donde estaba la sombrilla. La profundidad aquí no es mucha, máximo 10 m en la zona más alejada. Si sus hijos están en el agua, los encontraremos.
María se aferró a Fernando. No podía ni siquiera profesar lo que estaba pasando. Sus bebés en el agua ahogaros. No, no era posible. Pero los bufos entraron al agua y María los vio desaparecer bajo las olas y supo que esta pesadilla era real. A las 6 horas el sol empezaba a bajar. La playa, que había estado llena de vida esa mañana, ahora estaba prácticamente vacía, excepto por la policía, los equipos de búsqueda y decenas de curiosos que se habían quedado para ver qué pasaba.
Las noticias locales ya habían empezado a reportar la desaparición. Dos niños desaparecidos en la malaveta era el titular en las pantallas de televisión de los bares del paseo marítimo. María y Fernando se sentaron en la arena junto a la sombrilla que todavía estaba clavada allí, junto a las toallas de sus hijos que todavía estaban dobladas.
No querían irse, no podían irse. Y si Alba y Dievo volvían y ellos no estaban allí, la agente Morales se sentó junto a María. Señora Fernández, sé que esto es terrible, pero necesito que venga conmigo a la comisaría. Necesitamos hacer un informe completo. Necesitamos fotos de los niños. Necesitamos información detallada para emitir una alerta de búsqueda.
María asintió aturdida. Fernando la ayudó a levantarse. Caminaron como zombies hacia el coche de policía. Antes de entrar, María se giró para mirar la playa una última vez. La sombrilla cedía allí. El castillo de arena que Alba y Dievo habían construido se veía intacto. Todo estaba como lo habían dejado, excepto sus hijos.
Sus hijos habían desaparecido. En la comisaría de policía local de Málaga, María y Fernando pasaron las siguientes tres horas respondiendo preguntas. Les tomaron declaración completa. Les pidieron fotos recientes de los niños. María sacó su teléfono móvil con manos temblorosas y mostró las últimas fotos. Alba sonriendo en su comunión deía dos meses.
Dievo en el zoológico de Fuenjirola. Los dos juntos en la playa la semana anterior. Las fotos fueron inmediatamente digitalizadas y enviadas a todos los medios de comunicación de Andalucía. A las 8 horas de ese mismo viernes, las caras de Alba y Diego Fernández estaban en todas las televisiones locales. Los presentadores de noticias mostraban las imágenes y daban la descripción.
Si alguien ha visto a estos niños, por favor inmediatamente con la policía. La policía también organizó una conferencia de prensa esa noche. María y Fernando se sentaron frente a las cámaras con los ojos rojos de llorar, completamente destrofados. María apenas podía hablar. “Por favor”, suplicó a las cámaras. “sibe algo de nuestros hijos, si alguien los ha visto, por favor llame a la policía.
Son nuestros bebés, solo queremos que vuelvan a casa.” La imagen de María llorando frente a las cámaras se convirtió en icónica. Aparecería en periódicos de toda España los días siguientes. El caso de los hermanos desaparecidos de Málaga captó inmediatamente la atención nacional. Esa noche María y Fernando no durmieron. No podían volver a su casa bafía, a las habitaciones vacías de sus hijos.
Se quedaron en casa de los padres de María en el palo. La madre de María, Dolores, intentaba consolarla, pero ¿qué consuelo podía ofrecer? Sus nietos habían desaparecido. María se quedó despierta toda la noche, aferrada a su teléfono móvil, esperando una llamada, un mensaje, algo. Fernando salió a las 3 de la madrugada y condujo de vuelta a la malaveta.
La playa estaba desierta, iluminada solo por las farolas del paseo marítimo. Caminó hasta donde había estado su sombrilla. Gritó los nombres de sus hijos en la oscuridad. Alba, Diego. Solo el sonido de las olas, le respondió. El sábado 4 de agosto, el día después de la desaparición, la búsqueda se intensificó masivamente.
Más de 100 agentes de la policía local, Policía Nacional y Guardia Civil participaron en el operativo. Se organizaron equipos que recorrieron cada centímetro de la playa de la Malageta, las playas cercanas, el paseo marítimo, el puerto, las zonas residenciales cercanas. Voluntarios civiles también se unieron a la búsqueda.
La comunidad maladeña se volcó completamente. Cientos de personas, muchas de ellas padres y madres que no podían ni imaginar el dolor de los Fernández, salieron a las calles con fotos de Alba y Diego, preguntando a todo el mundo, pegando carteles en cada farola, en cada escaparate. La teoría principal de la policía era el ahogamiento.
Los perros rastreadores habían perdido el rastro en el agua. Los niños, aunque no sabían nadar muy bien, podrían haberse adentrado en el mar sin que nadie se diera cuenta y una corriente o una ola más grande de lo normal podría haberlos arrastrado. Era la explicación más lógica, aunque terrible, pero también se investigaban otras posibilidades.
Secuestro. En España, los secuestros de niños eran extremadamente raros, pero no imposibles. La policía revisó las cámaras de seguridad de los establecimientos cercanos a la playa. Las imágenes eran de mala calidad y ninguna mostraba claramente a Alba y Diego. Se veían cientos de niños, cientos de familias, pero identificar específicamente a dos niños en medio de esa multitud era prácticamente imposible.
Se entrevistó a todos los empleados de los chiringuitos, a los vendedores ambulantes, a los socorristas. ¿Alguien vio algo sospechoso? ¿Algún adulto hablando con los niños? ¿Alguien tratando de llevárselos? Nadie recordaba nada fuera de lo normal. El domingo 5 de agosto, dos días después de la desaparición, los bufos se vían buscando en el agua sin resultados.
La teoría del ahogamiento empezaba a tambalearse. Normalmente, cuando alguien se ahoga en aguas costeras, el cuerpo aparece en las primeras 48 horas. A veces las corrientes lo alejan, pero casi siempre termina reapareciendo en alguna playa cercana. Pero no había señal de Alba y Diego. María vivía en un estado de soc constante. No comía, apenas bebía agua.
Su madre la obligaba a tomar pequeños sorbos de caldo. Fernando tampoco estaba mejor. Había perdido 5 kilos en dos días. Sus ojos estaban hundidos, su piel pálida. Ambos se culpaban mutuamente, aunque nunca lo dijeron en voz alta. ¿Por qué los dejamos solos? ¿Por qué no nos quedamos con ellos? El lunes 6 de agosto, tres días después de la desaparición, la policía celebró otra conferencia de prensa.
El comandante Ramírez, que dirigía la investigación, explicó que se habían seguido todas las líneas de investigación posibles. Más de 200 personas habían sido entrevistadas. Las cámaras de seguridad habían sido revisadas exhaustivamente. Los bufos habían buscado en un área de más de 5 km cuadino. Las playas cercanas habían sido peinadas.
Los perros rastreadores habían recorrido kilómetros de costa, pero no había ni un solo rastro de Alba y Diego Fernández. El caso se mantuvo en las noticias durante semanas. Los programas de televisión dedicaron especiales al tema. Expertos en desapariciones de niños fueron invitados a debatir que podría haber pasado.
Algunos sugerían que los niños habían sido secuestrados por una red de tráfico de menores. Otros insistían en el ahogamiento, argumentando que las corrientes mediterráneas podían haber llevado los cuerpos lejos. María y Fernando no se rendían. Contrataron detectives privados con el dinero que les prestó la familia. Los detectives revisaron el caso desde Fero, entrevistaron de nuevo a testigos, siguieron pistas que la policía había descartado, pero llegaron a las mismas conclusiones.
No había pistas sólidas. Los meses pasaron. Agosto se convirtió en septiembre, luego octubre. La vida en Málaga seía su curso normal, pero para María y Fernando, el tiempo se había detenido el 3 de agosto a las 1:35 horas. No podían cedir adelante, no podían cerrar este capítulo porque no tenían respuestas.
María dejó su trabajo en el hospital. No podía concentrarse, no podía funcionar. Fernando intentó volver a conducir su taxi, pero tuvo que dejarlo después de dos semanas. No podía estar detrás del volante sin pensar en sus hijos. Cada niño que veía en la calle le recordaba a Alba y Dievo. Cada risa de niño le partía el corazón.
La habitación de los niños se mantuvo intacta. María entraba cada día, se sentaba en la cama de Alba y lloraba. Los juguetes se vían en su sitio, la ropa doblada en los cajones, los libros de Diego sobre el mar todavía apilados en su mesita de noche. Era como si los niños fueran a volver en cualquier momento.
En diciembre de 2007, 5co meses después de la desaparición, el caso fue oficialmente clasificado como desaparición sin resolver. La búsqueda activa se detuvo. No había más líneas de investigación que cedir. No había más lugares donde buscar. El expediente permaneció abierto, como todos los casos de personas desaparecidas, pero ya no había investigación activa.
Para María y Fernando. Esto fue devastador. Sentían que el sistema les había fallado. Sentían que todo el mundo se había rendido menos ellos. Pero, ¿qué podían hacer? No tenían recursos infinitos, no tenían poder, solo tenían su dolor y su desesperación. Los años pasaron con una lentitud dolorosa. 2008, 2009, 2010.
Cada año, el 3 de agosto, María y Fernando iban a la playa de la Malaveta. Se sentaban en el mismo lugar donde había estado su sombrilla 7 años atrás. Llevaban flores que dejaban en la arena. Lloraban. recordaban y esperaban, aunque ya no sabían qué esperaban. En 2010, María se unió a una asociación de familias de personas desaparecidas en Andalucía.
Allí conoció a otras madres y padres que vivían el mismo infierno. Personas que llevaban décadas buscando a sus hijos, a sus hermanos, a sus padres. Personas que se aferraban a la más mínima esperanza porque era lo único que tenían. La asociación organizaba eventos de sensibilización, presionaba al gobierno para mejorar los protocolos de búsqueda, daba apoyo psicológico a las familias.
Para María fue el primer atisbo de algo parecido a la PF. No estaba sola. Había otras personas que entendían su dolor. Fernando, sin embargo, no encontraba consuelo en ningún lado. Se sumió en una profunda depresión. Empezó a beber. Su familia intentó ayudarlo, pero él los alejaba.
No quería ayuda, quería sus hijos de vuelta y como eso era imposible, no quería nada más. En 2015, 8 años después de la desaparición, María y Fernando se separaron. No fue un divorcio oficial, simplemente dejaron de vivir juntos. La tragedia que compartían los había unido al principio, pero con el tiempo se convirtió en lo único que tenían. y no era suficiente.
Se recordaban mutuamente su dolor, su fracaso, su pérdida. Separarse fue un alivio doloroso. María se mudó a un apartamento pequeño en el centro de Málaga. Fernando se quedó en la casa familiar, rodeado de los recuerdos de sus hijos. Se dían en contacto. Se veían cada 3 de agosto para su ritual anual en la playa, pero ya no eran una pareja.
La desaparición de Alba y Dievo no solo había destruido a dos niños, había destruido una familia entera. Los años continuaron pasando. 2016, 2017, 2018. El mundo cambió. Llegaron los smartphones, las redes sociales se popularizaron masivamente, la tecnología avanzó, pero Alba y Dievo se veían desaparecidos.
Cada año María publicaba fotos de sus hijos en Facebook con mensajes de 17 años buscándote, 18 años sin ti. Grupos de apoyo online compartían las fotos, pero no conducían a nada. En 2020, la pandemia de COVID-19 cambió el mundo. Málaga, una ciudad que vivía del turismo, se va. Las playas se cerraron durante meses. María pasó el confinamiento sola en su apartamento, mirando fotos antiguas de sus hijos, preguntándose que habrían sido ahora.
Alba tendría 22 años. ¿Estaría en la universidad? ¿Tendría novio? Diego tendría 20 años. ¿Habría cumplido su sueño de ser biólogo marino? Estas preguntas la atormentaban, pero también la mantenían de alguna manera conectada con sus hijos. Mientras pudiera imaginarlos, mientras pudiera pensar en ellos como personas que crecían en algún lugar, podía soportar el dolor.
Fernando no sobrevivió a la pandemia. En diciembre de 2020 contrajó COVID-19. Su sistema inmunológico, debilitado por años de alcoholismo y depresión, no pudo luchar contra el virus. Murió solo en un hospital de Málaga con 48 años sin haber vuelto a ver a sus hijos. María asistió a su funeral.
Fue una ceremonia pequeña con restricciones por la pandemia. María lloró no solo por Fernando, sino por todo lo que habían perdido. Su familia, su vida, sus hijos. Todo había sido destruido en 20 minutos un viernes de agosto de 2007. Después de la muerte de Fernando, María casi se rinde. ¿Para qué se vir? ¿Para qué buscar? Habían pasado 13 años.
Sus hijos estaban muertos. Tenía que aceptarlo, pero no podía. Una parte de ella profunda e irracional seía creyendo que algún día habría respuestas. Y entonces llegó marfo de 2024. Antonio Ruiz Morales había nacido en Málaga en 1964. A sus años llevaba cuatro décadas siendo pescador.
Había aprendido el oficio de su padre, que a su vez lo había aprendido del suyo. Los Ruiz llevaban generaciones pescando en las aguas de Málaga. Antonio conocía estas aguas mejor que nadie. Sabía dónde estaban los mejores bancos de pefes, donde las corrientes eran más fuertes, donde el fondo marino era rocoso y donde era arena suave. Pescaba principalmente boquerones, sardinas y jureles.
Salía con su barca cada madrugada, lanzaba sus redes y volvía al puerto por la tarde con su captura. Era una vida dura, física, pero Antonio no conocía otra cosa. El mar era su vida. El mar le había dado de comer toda su existencia. El martes 12 de marzo de 2024 amaneció nublado sobre Málaga. Antonio salió a las 6 de la mañana como siempre.
El mar estaba tranquilo, apenas había oleaje. Buenas condiciones para pescar. Llevó su barca un pesquero tradicional de 8 met llamado Carmen en honor a su esposa fallecida, hacia su fona habitual de pesca, a unos 3 km de la costa de la Malaveta. A las 11 de la mañana, Antonio lanzó sus redes.
Dejó que se hundieran, que se extendieran en el fondo marino. Esperó hora bebiendo café de un termo y fumando un cigarrillo. Luego empezó a recoger las redes usando el cabrestante eléctrico que tenía instalado en la barca. Las redes subían lentamente. Antonio podía sentir el peso. Había buena captura, quizás 10 o 15 kg de boquerones. Cuando las redes salieron del agua, Antonio vio los peces plateados brillando al sol, saltando, intentando escapar, pero también vio algo más.
Enredado en las redes, cubierto de algas y arena. Había algo que hizo que Antonio soltara el cabrestante de golpe. Su corazón empezó a latir con fuerza. Sus manos empezaron a temblar. Se acercó a las redes con piernas temblorosas. No podía ser lo que pensaba que era. No podía ser, pero lo era.
Enredado en sus redes de pesca, Antonio Ruiz había encontrado una mochila infantil, una mochila pequeña del tamaño que usaría un niño de primaria. Estaba hinchada, deformada por años bajo el agua, cubierta de conchas y mejillones, pero era inconfundiblemente una mochila. Antonio, con manos temblorosas, cortó cuidadosamente las redes para liberarla.
La mochila era pesada, llena de agua y arena. Tenía un diseño de dibujos animados que ya casi no se veía, descolorido por el agua salada y el tiempo. Había una etiqueta en la parte superior. Antonio limpió las algas con dedos temblorosos. En la etiqueta, escrito con rotulador permanente, casi borrado, pero aún legible, ponía Diego Fernández, segundo primaria.
Antonio sintió que el mundo se detenía. Diego Fernández, ese nombre le sonaba, de dónde lo conocía y entonces lo recordó. El caso de los niños desaparecidos. Hacía años, muchos años, los hermanos que desaparecieron en la playa de la Malaveta con dedos que apenas le respondían, Antonio sacó su teléfono móvil, marcó el 112.
Su voz temblaba tanto que el operador le pidió que repitiera lo que había dicho. “He encontrado algo”, dijo Antonio en mi red de pesca. una mochila de un niño. Del niño que desapareció en 2007, Diego Fernández. Creo que encontrado su mochila. El operador le hizo esperar. Hubo consultas, transferencias. Finalmente, una voz oficial.
Guardia civil. Señor, ¿puede repetir exactamente lo que ha encontrado y dónde está ahora? Antonio explicó, estoy a 3 km de la costa de la malaveta. He pescado una mochila infantil. Tiene el nombre Dievo Fernández. Es del caso de los niños desaparecidos de 2007. Estoy seguro. Le dijeron que no se moviera, que no tocara nada más, que una patrullera de la guardia civil estaba de camino.
Antonio cortó el motor de su barca y se quedó allí flotando en el mar, mirando esa pequeña mochila que había estado en el fondo del oéano durante 17 años. La patrullera llegó media hora después. Dos agentes de la Guardia Civil subieron a la barca de Antonio. Fotografiaron la mochila desde todos los ángulos. La metieron cuidadosamente en una bolsa de evidencia.
Le tomaron declaración a Antonio sobre exactamente donde había lanzado sus redes, a qué profundidad, qué corrientes había. “Señor Ruif”, le dijeron, “vación formal. Antonio asintió. Navegó su barca de vuelta al puerto, cviendo la patrullera. Su mente daba vueltas. Había pescado muchas cosas extrañas en sus 40 años como pescador.
Neumáticos, botellas, incluso una vef una nevera entera. Pero esto, esto era diferente. Esto era parte de una tragedia que había marcado a toda Málaga. En la comandancia de la Guardia Civil, la mochila fue entregada al equipo de investigación forense. Con sumo cuidado, expertos con guantes abrieron la cremallera.
Dentro, protegido por una bolsa de plástico sellada que sorprendentemente había resistido años bajo el agua, había un cuaderno escolar. Las páginas estaban mojadas, pero parcialmente legibles. En la primera página con letra infantil irregular ponía Diego Fernández, segundo de primaria, curso 2006 a 2007. También había un estuche con bolígrafos y lápices de colores, ahora corroídos por el agua salada, un pequeño juguete de plástico, un delfín a full y en el bolsillo exterior de la mochila, también dentro de una bolsa de plástico, una
tarjeta de identificación que los padres a veces ponían en las mochilas de sus hijos por seguridad. En ella, la foto de un niño sonriente, datos de contacto y la dirección de los padres. No había duda, era la mochila de Diego Fernández, uno de los niños desaparecidos en la playa de la Malabeta en 2007. El comandante García, que ahora dirigía la unidad de casos fríos de la Guardia Civil en Málaga, inmediatamente reabrió el caso.
Pero ahora tenían algo que no habían tenido en 17 años. Tenían evidencia física, tenían una ubicación. Si la mochila de Dievo estaba a 3 km de la costa bajo el agua, eso cambiaba completamente la narrativa. Durante años, la teoría había sido que los niños habían desaparecido, posiblemente secuestrados. Algunos creían en el ahogamiento, pero los bufos no habían encontrado nada en 2007 y los cuerpos nunca aparecieron.
Pero ahora, ahora parecía que los bufos en 2007 simplemente no habían buscado lo suficientemente lejos, o las corrientes habían movido las evidencias o algo había pasado que nadie había considerado. El comandante Barfía sabía que tenía que hacer una llamada que temía. Tenía que llamar a María Fernández. Después de 17 años de silencio, tenía que decirle que habían encontrado algo relacionado con su hijo.
María estaba en su apartamento esa tarde cuando sonó su teléfono. Era un número desconocido. Dudó sin contestar, pero algo la hizo descolgar. Señora Fernández, soy el comandante García de la Guardia Civil. Necesito que venga a la comandancia. Hemos encontrado algo relacionado con su hijo Diego. María sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Durante 17 años había esperado esta llamada. La había temido. La había soñado. ¿Qué han encontrado? Su voz apenas era un susurro. Preferiría explicárselo en persona. Por favor, venga lo antes posible. María llamó un taxi. El trayecto de 15 minutos le pareció eterno. Su mente recorría todas las posibilidades. ¿Habían encontrado a Diego? ¿Estaba vivo? No.
Después de 17 años no podía estar vivo. Habían encontrado su cuerpo. Su corazón se aceleraba, sus manos sudaban. En la comandancia, el comandante García la recibió personalmente. La llevó a su oficina. Señora Fernández sentó, le dijo señalando una silla. María se sentó aferrando su bolso con manos temblorosas. Esta mañana un pescador local encontró esto”, dijo el comandante mostrándole fotos en su ordenador.
“Es la mochila escolar de su hijo Diego.” María miró la pantalla, vio la mochila, la reconoció inmediatamente. Era la mochila de su hijo, la misma que Dievo llevaba a todas partes, no solo al colegio, sino también a la playa de excursión, de visita a casa de los abuelos. Su pequeña mochila azul. Se cubrió la boca con las manos.
Las lágrimas empezaron a caer. ¿Dónde? ¿Dónde la encontraron? A 3 km de la costa de la Malaveta, en el fondo del mar. Un pescador la sacó accidentalmente con sus redes. María profesaba la información lentamente. 3 km bajo el agua. Entonces, entonces Dievo estaba en el agua. Los habían buscado, pero no tan lejos.
¿Por qué no buscaron más lejos? El comandante explicó. En 2007 se buscó en un radio de 1 km. Era el protocolo estándar para niños que presumiblemente no sabían nadar bien. Nadie imaginó que pudieran estar tan lejos. Las corrientes, señora Fernández. Las corrientes mediterráneas son más fuertes de lo que la gente cree. Pudieron arrastrar objetos más lejos de lo esperado. “Mi hijo está allí.
” María preguntó lo que necesitaba saber. ¿Está Diego en ese lugar? Estamos organizando una búsqueda exhaustiva en esa zona. Ahora mismo vamos a encontrar respuestas, señora Fernández. Después de 17 años, finalmente vamos a saber qué pasó. En las siguientes 48 horas, la Guardia Civil organizó el mayor operativo de búsqueda submarina de la historia reciente de Málaga.
Bufos del Geas, equipados con la última tecnología en sonares de alta definición, yeoradares submarinos y druns acuáticos, peinaron el área de 3 km donde Antonio había encontrado la mochila. Las noticias del descubrimiento se filtraron a la prensa. Después de 17 años, el caso de los hermanos Fernández volvía a las portadas.
Encuentran mochila de niño desaparecido en 2007 titulada Sur, el periódico local de Málaga. Nueva pista en caso de hermanos desaparecidos de Fía el país. María no se movió de la comandancia. Se quedó allí esperando como había esperado durante 17 años. Pero esta vez, por primera vez, había algo concreto que esperar. Había una búsqueda real en un lugar específico con un objetivo claro.
El segundo día de búsqueda, 14 de marzo de 2024, a las 11:45 de la mañana, uno de los bufos encontró algo más. A apenas 200 m de donde apareció la mochila de Diego, enterrado parcialmente en la arena del fondo marino, estaba el esqueleto de un niño pequeño. Los huesos estaban dispersos por la acción de las corrientes y los años, pero estaban allí.
Una hora después, a 150 metros del primer hallafgo, encontraron el esqueleto de otro niño. María no lloró, no gritó, simplemente se dejó caer en la silla. Después de 17 años de no saber, de vivir en un limbo horrible entre la esperanza y la desesperación, finalmente tenía una respuesta. Alba y Dievo estaban muertos. Habían muerto el 3 de agosto de 2007.
probablemente en las primeras horas después de su desaparición. Habían estado en el mar todo este tiempo. ¿Pero cómo? ¿Por qué? Esas eran las preguntas que ahora necesitaban respuesta. ¿Cómo niños que estaban jugando en la arena terminaron a 3 km de la costa? El análisis forense de los restos tomó semanas.
Los huesos fueron examinados meticulosamente. El forense jefe, Dr. Navarro, un experto con 30 años de experiencia, dirigió la investigación. Lo que encontró fue perturbador. En el cráneo de Dievo había una fractura, no era una fractura antigua curada, era una fractura perimortem, es decir, ocurrida en el momento de la muerte o muy cerca.
El análisis mostraba que era consistente con un golpe fuerte, como el impacto contra algo duro. Alba también tenía lesiones, varias costillas fracturadas. De nuevo, perimortem, estas lesiones no eran consistentes con un ahogamiento simple. Si los niños simplemente se hubieran adentrado en el agua y se hubieran ahogado, no tendrían estas fracturas. Algo más había pasado. El Dr.
Navarro presentó varias teorías. Una posibilidad era que los niños hubieran sido arrastrados por una ola mientras jugaban en la orilla. Las olas, incluso en días aparentemente tranquilos, pueden ser traicioneras. Una ola grande podría haberlos tumbado, arrastrado al agua y en el pánico y la confusión podrían haberse golpeado contra rocas bajo el agua.
Las fracturas serían consistentes con esto. La Guardia Civil reabrió completamente el caso. Revisaron todas las declaraciones de 2007. Volvieron a entrevistar a testigos que todavía vivían en Málaga. Analizaron las corrientes marinas de esa zona. Consultaron con expertos oceanógrafos. Lo que descubrieron fue revelador. En esa zona específica de la malabeta hay una corriente submarina conocida localmente como la lengua.
Es una corriente de resaca, un flujo de agua que se aleja de la costa y puede ser extremadamente peligroso. No es visible desde la superficie. Parece agua tranquila, pero bajo la superficie la corriente es lo suficientemente fuerte como para arrastrar a un adulto, mucho más a dos niños pequeños. Los socorristas conocen esta corriente, por eso hay carteles de advertencia.
Por eso los socorristas siempre recuerdan a la gente que no se adentre demasiado. Pero en una playa llena de gente concientos de niños jugando, es imposible vigilar a todos el tiempo. La teoría final, la más probable según los investigadores, fue esta. Alba y Dievo, jugando en la orilla como habían hecho cientos de veces antes, se adentraron un poco más en el agua.
Quizás persiguiendo una pelota, quizás simplemente jugando. Pisaron la zona donde está la lengua. La corriente los atrapó, los arrastró hacia afuera, lejos de la costa. Los niños, que no sabían nadar bien, entraron en pánico. Gritaron, pero sus voces se perdieron entre el ruido de las olas y de la gente en la playa. La corriente los arrastró rápidamente hacia afuera.
En su pánico y desesperación, podrían haberse golpeado contra rocas submarinas que hay en esa zona, causando las fracturas que el forense encontró. En cuestión de minutos ya estaban demasiado lejos para ser vistos desde la playa. La corriente siguió arrastrándolos mar adentro. Se ahogaron, probablemente muy rápido, probablemente juntos.
Sus cuerpos se hundieron y las corrientes submarinas durante días y semanas los movieron gradualmente hasta el lugar donde finalmente descansaron, a 3 km de la costa, donde permanecieron durante 17 años hasta que Antonio el pescador los encontró accidentalmente. Esta explicación fue la oficial. fue presentada a María, fue presentada a la prensa.
La tragedia de los hermanos Fernández, accidente por corriente de resaca, fue el titular. Tras 17 años se resuelve el misterio, los niños fueron víctimas del mar. Para María, saber la verdad era a la vez un alivio y una nueva abonía. Alivio porque finalmente sabía. No habían sido secuestrados, no habían sufrido a manos de algún monstruo, simplemente habían sido dos niños jugando que se encontraron con la fuerza implacable del mar.
Pero era también una agonía porque significaba que habían muerto asustados, ahogándose, llamándola probablemente, y ella no había estado allí. Había estado a 30 m de distancia comiendo paella, sin idea de que sus bebés estaban muriendo. La culpa que había sentido durante 17 años se multiplicó. No importaba que los expertos le dijeran que no era su culpa.
No importaba que todos le dijeran que ella y Fernando no podían haber sabido, que fue un accidente terrible, pero un accidente al fin y al cabo. María sabía que nunca se perdonaría a sí misma. Los restos de Alba y Dievo fueron finalmente entregados a María después de que todos los análisis forenses se completaran.
En mayo de 2024, casi 17 años después de su desaparición, María finalmente pudo enterrar a sus hijos. El funeral se celebró en la misma iglesia de Santiago, donde María y Fernando se habían casado 27 años atrás. La iglesia estaba llena. Familiares, amigos, gente que había seguido el caso durante años, periodistas.
Todos vinieron a despedirse de dos niños que nunca tuvieron la oportunidad de crecer. Dos pequeños ataúdes blancos estaban frente al altar. M.
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