Héctor Domínguez Exterminó 18 Miembros Del CJNG Que Incendiaron Su Negocio

Héctor Domínguez es el nombre de este hombre que veis en pantalla, un hombre que destrozó su [música] vida por venganza. 18 hombres del cártel Jalisco, nueva generación murieron en 23 días. No fueron abatidos por militares, no fueron ejecutados por cárteles rivales. Fue un carnicero de 51 años armado con los mismos cuchillos que usaba para despedazar reces.
Héctor Domínguez llevaba 25 años con carnicería La Vaquita en Iztapalapa. Negocio honesto, clientela fiel, vida tranquila. Hasta que cuatro cobradores del CJ TNG llegaron exigiendo 3000 pesos semanales. Héctor dijo, “No.” Ellos regresaron con gasolina y encendedor. Su hermano menor estaba adentro haciendo inventario. Lo quemaron vivo.
El CJNG pensó que con eso mandaban mensaje, que nadie más se negaría a pagar. Lo que no sabían era que Héctor había trabajado 15 años en el rastro municipal antes de abrir su negocio, que podía despedazar res de 500 kg en 30 minutos, que conocía anatomía animal mejor que muchos veterinarios, que sabía exactamente dónde cortar para matar rápido o para hacer sufrir lento y que la anatomía humana no es tan diferente del animal.
Martes 5 de abril de 2016, 4:30 de la mañana. El despertador sonó en la oscuridad del cuarto. Héctor extendió la mano, apagó la alarma antes del segundo timbre. Movimiento automático después de 30 años de la misma rutina. A su lado, Patricia seguía dormida. 26 años de matrimonio. Ella ya ni se despertaba con la alarma. Su cuerpo había aprendido a ignorarla.
Héctor se levantó sin hacer ruido. Se vistió en la oscuridad. Pantalón de mezclilla, playera blanca, chamarra ligera porque las mañanas de abril todavía eran frías. Calcetines, botas de trabajo con casquillo de acero, las mismas que había comprado hace dos años y que todavía tenían para otros dos. fue al baño, se lavó la cara con agua fría, se vio en el espejo, 51 años mirándolo de vuelta, pelo negro con canas en las arrugas alrededor de los ojos, cara curtida por tres décadas, trabajando bajo luces fluorescentes y dentro de
cuartos fríos. No era hombre guapo, nunca lo había sido. Cara común, de esas que ves en la calle y olvidas 5 minutos después, pero era cara honesta de trabajador, de hombre que se ganaba la vida sin [ __ ] a nadie. Se cepilló los dientes, se peinó, salió del baño. En la cocina preparó café. Instantáneo, no tenía tiempo para café de verdad.
Dos cucharadas de nescafé, agua hirviendo, dos de azúcar. Lo tomó parado junto a la estufa mientras se calentaba. Agarró su termo. Lo llenó con más café para llevar. Lo iba a necesitar. Martes significaba recibir pedido del rastro. Cuatro reces, trabajo pesado. Necesitaría cafeína. Revisó su cartera. 300 pesos. Suficiente para el día.
Llaves de la carnicería. Llaves de la camioneta. Celular cargado al 70%. Listo. Salió del departamento a las 5:10. El edificio todavía dormía. Escaleras vacías. Solo se escuchaba el zumbido de los focos del pasillo. Afuera el aire estaba frío, cielo todavía oscuro, calles vacías, excepto por algunos trabajadores como él.
Gente que madrugaba porque así era la vida. No había de otra. Su camioneta estaba estacionada en la calle Nissan 2005, blanca. O había sido blanca. Ahora era más gris por la mugre acumulada. Funcionaba bien, eso era lo importante. No necesitaba verse bonita, solo necesitaba arrancar cada mañana. Arrancó.
Motor tosió dos veces antes de prender. Héctor esperó 30 segundos para que calentara. Después manejó hacia la carnicería. 10 minutos de camino. Calles que conocía de memoria. Mismo recorrido desde hace 25 años. Pasaba por la misma tienda de la esquina, el mismo puesto de tacos que abría a las 6, la misma farmacia, el mismo taller mecánico.
Iztapalapa al amanecer. No era bonito, nunca lo había sido. Calles rotas, edificios viejos, basura en las esquinas. Pero era su barrio donde había crecido, donde había trabajado toda su vida, donde planeaba morir algún día, aunque ese día llegaría más pronto de lo que pensaba. Llegó a la vaquita a las 5:15.
La carnicería estaba en esquina concurrida. Buena ubicación. Por eso había costado tanto conseguir el local hace 25 años. Héctor había tenido que pedir préstamo, empeñar lo poco que tenía, pero valió la pena. Buena ubicación significaba buenos clientes. El local tenía cortina metálica pintada de rojo. La vaquita decía en letras blancas grandes, abajo en letras más pequeñas.
Carnes de calidad desde 1991, 25 años, un cuarto de siglo, toda una vida. Héctor se bajó de la camioneta, sacó el manojo de llaves, abrió el candado de la cortina, lo quitó. Después jaló la cortina hacia arriba. El sonido de metal contra metal resonó en la calle vacía. Adentro todo estaba como lo había dejado la noche anterior, limpio, ordenado, listo para otro día.
El mostrador de acero inoxidable brillaba bajo las luces que acababa de encender, báscula digital en una esquina,cuchillos colgados en la pared, tabla de cortar limpia, caja registradora vieja pero funcional, vitrina refrigerada vacía, porque la carne llegaría en media hora. Detrás del mostrador estaba la puerta que llevaba a la parte trasera, el cuarto frío donde guardaban las reces completas, el área de trabajo donde las despedazaban, el baño, la pequeña oficina donde Héctor llevaba las cuentas, todo pequeño, todo funcional,
todo pagado. Héctor no le debía a nadie. La carnicería era suya, completamente suya. y eso valía más que cualquier otra cosa. A las 5:30 llegó Osvaldo, su hermano menor, 48 años, 3 años menor que Héctor, parecidos físicamente, misma altura, mismo build, mismo pelo negro con canas.
Pero Osvaldo sonreía más, era más alegre, menos serio que Héctor. Buenos días, hermano. Saludó entrando. Traía dos bolsas de pan dulce. Compré conchas por si Chu llega con hambre. Siempre llega con hambre. Tiene 22 años, por eso compré seis. Osvaldo dejó el pan en la oficina. se puso su delantal blanco, aunque para las 9 estaría rojo de sangre.
Todos los delantales terminaban rojos. Era parte del trabajo. ¿A qué hora llega el pedido?, preguntó. Dijeron que a las 6, cuatro reces. Buenas. Eso dijeron. Ya veremos. Los hermanos tenían rutina establecida. Osvaldo preparaba las herramientas mientras Héctor revisaba el cuarto frío. Después trabajaban juntos recibiendo el pedido, inspeccionando la carne, colgando las reces en los ganchos.
Osvaldo sacó los cuchillos, cuatro diferentes tamaños, del más grande para cortes iniciales hasta el más pequeño para trabajo detallado. Los puso sobre la mesa de acero. Después sacó la piedra de afilar. Empezó a pasar el cuchillo más grande. El sonido del metal contra piedra, repetitivo, casi meditativo. ¿Cómo está, Alma?, preguntó Héctor desde el cuarto frío.
La puerta estaba abierta. Podían hablar mientras trabajaban. Bien, preparando proyecto de la escuela con Julián, algo de los planetas. Julián era el hijo mayor de Osvaldo, 13 años, buen muchacho, sacaba buenas calificaciones. El menor Toño tenía 11, también buen estudiante. Y Toño, ese está obsesionado con el fútbol, quiere entrar al equipo de la escuela.
Es bueno, es rápido, pero necesita practicar más. Le dije que si mejora sus calificaciones le compro tenis nuevos. Buen trato. Eso pensé yo. Conversación simple, familiar, como cada mañana durante los últimos 11 años desde que Osvaldo empezó a trabajar en la carnicería. Osvaldo había tenido trabajo en fábrica de textiles, supervisor de línea.
Pagaban decente, pero la fábrica cerró en 2005. Crisis económica, recortes. Osvaldo se quedó sin trabajo. Tenía esposa, dos hijos, renta que pagar. No podía darse el lujo de buscar trabajo perfecto. Necesitaba dinero. Ya. Héctor le ofreció trabajo sin pensarlo dos veces. Familia era familia. Osvaldo aceptó agradecido y resultó ser bueno. Aprendió rápido. Trabajaba duro.
Los clientes lo querían. 11 años después seguían trabajando juntos. Y Héctor no se imaginaba la carnicería sin su hermano. No sabía que en 4 días tendría que hacerlo. El camión del rastro llegó puntual a las se era camión refrigerado viejo. Puertas traseras que crujían al abrirse. Conductor que Héctor conocía desde hacía años.
Hombre de 50 y tantos, gordo, siempre sudando, aunque hiciera frío. “Buenos días, don Toño.” Saludó Héctor. “Buenos días, Héctor. Traigo tus cuatro reces. ¿Qué tal están? Tres están perfectas. Una está medio flaca, pero carne buena, solo menos cantidad. Don Toño y su ayudante bajaron las cuatro reces. Venían colgadas en ganchos. Héctor y Osvaldo las inspeccionaron.
Don Toño tenía razón. Tres estaban excelentes. Una estaba flaca, pero la carne se veía bien, sin problemas. Serviría. ¿Cuánto?, preguntó Héctor. 4500 por las tres grandes. 3800 por la flaca. Dame las cuatro por 15,000. 15500. 15200. Hecho. Negociación simple, justa. Ambos sabían cuánto valía la carne. Héctor pagó en efectivo.
Don Toño firmó la nota. Se despidieron entre los cuatro. Metieron las reces al cuarto frío. Las colgaron en los ganchos permanentes. Ajustaron temperatura, cerró la puerta gruesa. “Empezamos con la flaca”, dijo Héctor. “La despachamos primero. Las otras las guardamos para mañana y pasado. Va.” Se pusieron guantes de carnaza, agarraron los cuchillos, entraron al cuarto frío y empezó el trabajo real.
Despedazar res era arte. Héctor lo había aprendido hace 30 años en el rastro municipal. Primer día de trabajo tenía 21 años. Lo pusieron a limpiar, barrer sangre, lavar pisos, trabajo sucio que nadie quería. Pero Héctor observaba, veía como los carniceros veteranos trabajaban, cómo identificaban los cortes, cómo separaban músculo de hueso con precisión quirúrgica, cómo aprovechaban cada parte del animal. Preguntaba.
Los viejos al principio lo ignoraban, pero Héctor insistía y poco a poco le enseñaron.Primero cortes básicos, después más complejos. En 6 meses ya podía despedazar res completa. En un año ya era más rápido que algunos veteranos. Trabajó en el rastro 15 años, de los 21 a los 36. 15 años levantándose a las 4 de la mañana trabajando 12 horas diarias, llegando a casa oliendo a sangre y grasa animal. Pero aprendió.
Dios, ¿cómo aprendió? aprendió que vaca tiene 500 músculos diferentes, que cada uno tiene textura distinta, uso distinto, precio distinto. Aprendió que el secreto estaba en conocer la anatomía, dónde están las articulaciones, cómo se conectan los huesos, dónde cortar para separar limpio, sin desperdiciar carne.
Aprendió que cuchillo afilado hace trabajo más fácil, que corte limpio es corte seguro, que respetar el animal significa aprovechar cada parte. y aprendió algo más, algo que no le servía de nada en el rastro, pero que resultaría útil después aprendió dónde están las arterias principales, cuánto tiempo tarda un animal en morir si cortas aquí versus allá, qué cortes causan muerte rápida, qué cortes causan muerte lenta aprendió anatomía de muerte.
La red flaca les tomó 2 horas. Héctor y Osvaldo trabajaban en sincronía, no necesitaban hablar. Después de 11 años juntos, cada uno sabía qué hacer. Héctor hacía los cortes principales. Separaba cuartos delanteros de traseros, quitaba costillas. Osvaldo limpiaba cada pieza, quitaba exceso de grasa, preparaba para venta.
Primero separaron cuartos delanteros para bistec y carne molida, traseros para cortes premium, después costillas, después víceras, hígado, riñones, corazón, lengua, todo tenía comprador. A las 8 ya tenían todo en la vitrina refrigerada, organizado, etiquetado, listo para clientes. Héctor se lavó las manos, se quitó el delantal ensangrentado, se puso uno limpio, revisó la caja registradora, contó cambio, verificó que tuvieran suficientes bolsas.
A las 8:15 llegó Chui, Jesús Méndez, 22 años, estudiante de contabilidad. Trabajaba medio tiempo en la carnicería para pagar la escuela. Llegaba a las 8 y se quedaba hasta las 2. Después se iba a clases. Buenos días, jefes. Saludó entrando. Pelo despeinado, ojos de dormido, pero sonrisa en la cara. Chuy siempre estaba de buen humor.
“Buenos días, hay conchas en la oficina”, dijo Osvaldo. “¿En serio? Eres el mejor, don Baldo.” Chuy era buen muchacho, trabajador, responsable, bueno con clientes, no tan bueno cortando carne, pero estaba aprendiendo y lo importante era la actitud. Héctor le había dado trabajo hace dos años cuando Chui llegó preguntando.
“El muchacho necesitaba dinero para la escuela. Su padre había muerto. Su madre trabajaba limpiando casas. No alcanzaba. Héctor le dio oportunidad. Chui no lo había defraudado. ¿Cómo te fue en el examen? Preguntó Héctor. Creo que bien. Contabilidad de costos, medio difícil, pero estudié. ¿Cuándo te dan resultados? La próxima semana. Vas a pasar.
Siempre pasas. Chui sonrió, se puso su delantal, se lavó las manos, tomó posición detrás del mostrador. A las 8:30 llegó el primer cliente. Doña Margarita era cliente desde que Héctor abrió la carnicería 25 años atrás, 72 años. Viuda. Vivía sola tres calles más allá. Venía cada martes sin falta. Siempre pedía lo mismo.
Medio kilo de molida, 200 g de bistec. Buenos días, doña Mague. Saludó Héctor con sonrisa genuina. Realmente le caía bien la señora. Era de las buenas, de las que nunca regateaban, de las que pagaban exacto y agradecían el servicio. Buenos días, Héctor. ¿Cómo amaneció? Bien, gracias. ¿Y usted? Ahí vamos. Las rodillas me duelen con el frío, pero qué le vamos a hacer. Es la edad.
No se ve de 72. Eh, mentiroso. Pero sonríó. Le gustaba el cumplido, aunque supiera que era mentira. Dámelo de siempre, por favor. Héctor preparó el pedido. Medio kilo de molida recién hecha, nada de sobras, nada de carne vieja. Molida fresca del día, la puso en la báscula. 510 g. Héctor quitó un pedazo hasta que marcara exacto 500.
Después bistec lo cortó grueso, como a doña Mague le gustaba. Algunos clientes lo querían delgado, otros grueso. Héctor recordaba las preferencias de sus clientes regulares. Envolvió todo en papel. Sumó en la calculadora 65 pesos. 65. Doña Mague. Ella le dio billete de 100. Héctor le devolvió 35 exactos. Ella guardó el cambio en su bolsa.
Gracias, mijo. Nos vemos el próximo martes. Aquí estaremos, Dios mediante. Doña Margarita salió, entró el siguiente cliente y después otro y otro. Así era cada mañana, cliente tras cliente, pedidos pequeños, pedidos grandes, amas de casa comprando para la comida, restaurantes comprando al mayoreo, taqueros comprando para sus puestos.
Héctor los atendía a todos con paciencia, con amabilidad, recordando nombres, preguntando por familias, construyendo relaciones, porque negocio exitoso no era solo sobre vender carne, era sobre tratar bien a la gente, sobre ser honesto, sobre darlesrazones para regresar. Y en 25 años, Héctor había construido clientela fiel, clientela que en 4 días iba a enterarse de qué tan lejos puede llegar un hombre cuando le quitas lo que más quiere.
A las 10 de la mañana, el ritmo se calmó. Había vendido bien. Ya habían despachado casi un tercio de la resflaca. Para las dos, ya estarían vendiendo de las siguientes. Osvaldo estaba en el cuarto frío preparando más carne. Chuy atendía a cliente comprando para restaurante. Héctor aprovechó para ir al baño.
Cuando salió había cuatro hombres parados frente al mostrador. Supo inmediatamente que no venían a comprar carne. Eran jóvenes, veintitantos, ropa cara, tenis caros, cadenas de oro. Uno tenía tatuaje en el cuello, serpiente enroscada. Otro traía gorra de béisbol de diseñador. El tercero tenía reloj que probablemente costaba más que todo el inventario de la carnicería.
Y el cuarto, el más alto, sonreía. Sonrisa que no llegaba a los ojos, sonrisa de tiburón. Chui los atendía nervioso. Héctor notó como las manos del muchacho temblaban ligeramente. ¿Se les ofrece algo?, preguntó Héctor acercándose. Tono neutral, profesional, pero alerta. El alto volteó. La sonrisa se ensanchó. Tú eres el dueño. Soy dueño. Perfecto.
Venimos a hablar de negocios. No estoy contratando. No venimos a pedir trabajo. El tipo se acercó al mostrador. Puso las manos sobre el acero. Manos con anillos en cada dedo, manos que nunca habían trabajado de verdad. Venimos a ofrecerte protección. Ahí estaba. Héctor había estado esperando esta conversación durante años.
Sabía que eventualmente llegaría. En Izrapalapa todos los negocios pagaban piso. Era cuestión de tiempo antes de que llegaran por él. Protección contra ¿qué? Contra accidentes. El alto miró alrededor del local como evaluando. Cosas malas pasan. Robos, incendios, gente problemática. Nosotros nos aseguramos de que esas cosas no pasen. Llevo 25 años aquí.
Nunca he tenido problemas. Porque has tenido suerte, pero la suerte se acaba. El tipo dejó de sonreír. Cara sería ahora. Nosotros nos aseguramos de que la suerte no se acabe. Héctor conocía el juego. Había escuchado historias. Don Rafa de la taquería pagaba, el de la ferretería pagaba, la señora de las gorditas pagaba, todos pagaban.
¿Cuánto cuesta esa protección? 3,000 semanales. Héctor hizo cuentas rápidas en su cabeza. 3,000 a la semana, 12,000 al mes, 144,000 al año. Más de lo que ganaba algunos meses era básicamente robo con permiso. No dijo simplemente. La sonrisa del alto regresó, pero ahora era fría. No es opcional, amigo. Sí, lo es. Y la respuesta es no.
El del tatuaje en el cuello dio paso adelante. La mano fue a la cintura donde probablemente traía pistola escondida. Creo que no entiendes la situación, viejo. Héctor no se intimidó. Había despedazado miles de animales en su vida. Había visto morir cosas. Había estado cubierto de sangre hasta los codos más veces de las que podía contar.
Cuatro narquitos de barrio no le daban miedo. Entiendo perfectamente. Ustedes quieren mi dinero. Yo no quiero dárselo. Situación clara. El alto levantó mano. Deteniendo a su compañero. Miró a Héctor con ojos calculadores. ¿Eres valiente o estúpido? Todavía no decido cuál. Ninguno. Solo soy hombre que trabajó 30 años para tener este negocio.
No voy a regalar mi dinero porque cuatro [ __ ] creen que tienen derecho. Silencio tenso. Los cuatro tipos mirando a Héctor. Héctor mirándolos de vuelta sin pestañar, sin mostrar miedo. Finalmente el Alto asintió. Está bien, te doy dos días para pensarlo. El jueves regresamos. Espero que para entonces seas más inteligente. Se dieron vuelta.
Caminaron hacia la salida. Antes de salir, el alto volteó una última vez. Por cierto, me llamo el rojo, por si preguntas por ahí, todos me conocen y todos pagan, piénsalo. Los cuatro salieron, la puerta se cerró, campanita sonó. Héctor se quedó parado detrás del mostrador, manos apretadas en puños, mandíbula tensa.
Chui lo miraba con ojos grandes. Jefe, esos tipos son del sexto enje y son del cártel. Van a regresar. Tienes que pagarles. No voy a pagarles nada. Osvaldo salió del cuarto frío. Había escuchado todo. Hermano, el muchacho tiene razón. Estos cabrones son peligrosos. Todos son peligrosos hasta que dejan de serlo. No estoy bromeando.
Si no les pagas, van a hacer algo. Van a quemar el negocio. O peor, que lo intenten. Héctor, he dicho que no voy a pagar. Trabajé demasiado para esto. No voy a darle mi dinero a gente que no se lo ha ganado. Osvaldo iba a responder. Decidió no hacerlo. Conocía a su hermano. Cuando Héctor tomaba decisión, no había forma de hacerlo cambiar.
Pero Osvaldo estaba preocupado porque conocía historias, conocía gente que se había negado a pagar y sabía cómo terminaban esas historias con negocios quemados, con gente golpeada, con cuerpos en la calle. Esperaba que Héctor supiera enqué se estaba metiendo, pero tenía mal presentimiento de que su hermano no tenía idea de qué tan mal iban a ponerse las cosas. Capítulo 2. Los dos días.
El resto del martes pasó normal. Clientes llegaron, compraron, se fueron. Héctor los atendió como siempre, con sonrisa, con amabilidad, como si nada hubiera pasado. Pero su mente estaba en otro lado pensando en los cuatro tipos, en el rojo, en la amenaza velada. Dos días para pensarlo.
Héctor no necesitaba dos días. Ya había decidido. No iba a pagar. Principio de cosas, si pagaba una vez, tendría que pagar siempre. Y no podía vivir así, trabajando para darle su dinero a otros. Mejor cerrar el negocio que vivir así. A las 2 Choy se fue a sus clases. Osvaldo y Héctor siguieron trabajando, despachando clientes, preparando más carne, limpiando.
A las 6 cerraron, bajaron la cortina, limpiaron todo, dejaron listo para mañana. ¿Seguro de tu decisión?, preguntó Osvaldo mientras caminaban hacia sus carros. ¿Seguro? ¿Van a regresar? Lo sé. ¿Y qué vas a hacer? Voy a decirles que no de nuevo y después van a lastimarte. Tal vez o tal vez se aburran y me dejen en paz. Osvaldo negó con la cabeza.
No funcionan así. Si te dejan en paz, todos van a pensar que pueden hacer lo mismo, no pueden permitirlo. Entonces tendremos problema. Héctor, por favor, piénsalo. Son 3,000 a la semana. Es mucho, pero no imposible. Y estar vivo vale más que 3,000 pesos. No es sobre el dinero, es sobre el principio.
Los principios no importan cuando estás muerto. Héctor miró a su hermano. Osvaldo tenía razón, lo sabía, pero no podía ceder. No podía dejar que estos cabrones ganaran. Voy a estar bien, dijo finalmente. No te preocupes. Se despidieron. Cada quien a su carro, cada quien a su casa. Héctor manejó a su departamento pensando, “Tal vez debería pagar, tal vez Osvaldo tenía razón.
3,000 a la semana era manejable y vivir valía más.” Pero entonces pensó en los 30 años que había trabajado en cada madrugada, en cada hora extra, en cada sacrificio y supo que no podía pagar, no podía darle su dinero, no podía validar su extorsión, costara lo que costara. El miércoles pasó tranquilo. Héctor esperaba que los del CJNG tal vez regresaran antes, que tal vez intentaran presionarlo más, pero no aparecieron.
Negocio como siempre, clientes, ventas, trabajo. Osvaldo estaba más callado que de costumbre. Héctor lo notaba. Su hermano estaba preocupado, pero no decía nada. Respetaba la decisión de Héctor, aunque no estuviera de acuerdo. A las 2, cuando Chuy se fue, Osvaldo habló. “Todavía puedes cambiar de opinión.
No voy a cambiarla. Mañana regresan. Lo sé. ¿Qué vas a decir? Lo mismo que dije ayer. Y entonces va a empezar el problema. Entonces que empiece. Osvaldo suspiró. Sabía que era inútil. Héctor era más terco que Mula. Una vez que decidía algo no cambiaba. Está bien, pero si pasa algo, quiero que sepas que estoy de tu lado.
Somos hermanos, pase lo que pase. Lo sé, gracias. Se abrazaron. Abrazo rápido. De esos entre hombres que no saben cómo mostrar afecto, pero significativo. No sabían que era la última vez que se abrazarían. Esa noche Héctor no durmió bien. Se acostó a las 11. Patricia ya dormía. Él se quedó despierto mirando el techo pensando, ¿estaba tomando decisión correcta? ¿Valía la pena arriesgar todo por principios? Tal vez debería pagar.
3,000 no era fin del mundo. Podía absorberlo. Negocio generaba suficiente. Pero entonces pensó en don Rafa, en cómo el hombre se veía derrotado cada vez que hablaba de pagar piso, cómo trabajaba más duro solo para darle dinero a gente que no lo merecía. Héctor no quería vivir así. Derrotado, víctima.
Prefería pelear, aunque perdiera, al menos perdería parado, no de rodillas. Se durmió cerca de las dos. Sueño inquieto, lleno de sueños que no recordaba al despertar. El despertador sonó a las 4:30, como siempre. Era jueves, el día que los del CJNG regresarían, el día que todo cambiaría. El jueves empezó como cualquier otro día.
Héctor se levantó, se preparó, tomó café, manejó a la carnicería. Osvaldo llegó poco después, Chuya a las 8. Prepararon carne, atendieron clientes, trabajo normal, pero había tensión en el aire. Los tres la sentían. Sabían que los del CJ llegarían en cualquier momento. A las 10:30 llegaron, esta vez eran cinco, los mismos cuatro del martes, el rojo, el del tatuaje, el de la gorra, el del reloj y uno nuevo, mayor.
Ten 30 y tantos. Cicatriz gruesa en la mejilla derecha, de esas que dejan abaja, ojos muertos, ojos de alguien que ha matado y que mataría de nuevo sin pestañar. Este sí daba miedo. Los cinco entraron. Clientes que estaban ahí inmediatamente sintieron el cambio. Pagaron rápido, salieron. Nadie quería estar cerca cuando empezara.
El rojo caminó al mostrador. Los otros cuatro se quedaron detrás. El de la cicatriz se quedó junto a la puerta bloqueándola. “Dos díaspasaron”, dijo el rojo. “¿Ya pensaste?” Héctor estaba cortando bistec. Terminó el corte, dejó el cuchillo, se limpió las manos en el delantal, caminó al mostrador. “Sí”, pensé.
Y la respuesta sigue siendo no. El rojo suspiró como si Héctor fuera niño terco que no entendía cosas simples. Mira, no quiero problemas, en serio. Solo páganos y todo está bien. Seguimos siendo amigos. No somos amigos y no voy a pagar. El de la cicatriz habló. Voz grave, ronca, como si hubiera fumado dos cajetillas diarias durante 20 años. Todos pagan.
El de la esquina paga, la ferretería paga, la señora de las gorditas paga, todos. ¿Por qué crees que eres especial? No creo que soy especial. Solo creo que trabajé demasiado para regalar mi dinero. No lo está regalando. El de la cicatriz dio dos pasos adelante. Ahora estaba a metro del mostrador.
Lo estás invirtiendo en tu seguridad, en poder seguir trabajando sin problemas. Mi seguridad está bien y puedo trabajar sin problemas sin darles nada. ¿Estás seguro? No era pregunta, era amenaza. Clara, directa. Héctor sintió algo frío bajándole por la espalda, instinto, peligro. su cuerpo diciéndole que esto era malo, que estos hombres eran peligrosos, pero no podía ceder.
No ahora, no después de haberse parado tan firme. Estoy seguro. El de la cicatriz asintió lentamente, como si hubiera confirmado algo que ya sabía. Está bien, te di oportunidad. No la tomaste. Se volteó hacia el rojo. Ya estuvo. Este [ __ ] no entiende. Hay que mandarle mensaje. El rojo asintió. Miró a Héctor. Es tu decisión. Recuérdalo. Tú decidiste.
Los cinco salieron. La puerta se cerró. Campanita sonó. Silencio. Chuya estaba pálido, manos temblando. Osvaldo salió de la parte trasera. Había escuchado todo. Hermano, por favor, todavía puedes arreglarlo. Sal. Alcánzalos. Diles que vas a pagar. No, van a hacer algo. Que lo hagan. Héctor, he dicho que no. Ya tomé la decisión.
Ahora tengo que vivirla. Osvaldo lo miró. Frustración en los ojos, miedo también, pero respeto porque aunque no estuviera de acuerdo, admiraba que su hermano no se doblaba. Está bien”, dijo finalmente. “Pase lo que pase, estamos juntos”. Gracias. No sabían que para la medianoche Osvaldo estaría muerto y que Héctor empezaría su camino hacia convertirse en algo que ni él mismo reconocería.
El resto del jueves pasó en tensión. Cada vez que sonaba la campanita de la puerta, los tres volteaban esperando ver a los del CJNG regresar, pero solo eran clientes, gente normal comprando carne para la comida. A las 2, Chui se fue a sus clases. Antes de irse, se acercó a Héctor. “Jefe, de verdad creo que deberías reconsiderar.
Ya tomé mi decisión, pero Chuy, aprecio tu preocupación, en serio, pero esto es entre ellos y yo. Tú no te preocupes, vete a tus clases, estudia, enfócate en tu futuro. Chuy asintió, aunque no estaba convencido. Se fue mirando hacia atrás como si fuera la última vez que vería la carnicería en pie. No estaba tan equivocado.
Héctor y Osvaldo trabajaron las siguientes 4 horas atendiendo clientes, preparando carne para mañana, limpiando. Rutina normal, aunque nada se sentía normal. A las 6 cerraron como siempre, bajaron la cortina metálica, limpiaron el mostrador, guardaron el dinero del día en la caja fuerte pequeña que tenían en la oficina. ¿Te vas?, preguntó Héctor.
Osvaldo revisó su reloj. 6:15. Alma me dijo que llegaría tarde. Tiene junta en la escuela de Julián. Los niños están con mi suegra. No hay prisa. ¿Quieres ayudarme con el inventario? Entonces, necesito contar cuánta carne nos queda. Ver qué pedir para la próxima semana. Claro, lo hacemos ahora.
Sí, así mañana no tenemos que preocuparnos. Los dos fueron al cuarto frío. Héctor sacó clipboard con hojas de inventario. Empezaron a contar. Tres reces y media todavía colgando enganchos. Suficiente para mañana y pasado mañana. El sábado tendrían que pedir más. Contaron víseras en refrigerador, hígados, riñones, corazones, lenguas.
Todo tenía que estar registrado. Les tomó una hora. Héctor anotaba, Osvaldo contaba. A las 7:15 terminaron. Listo. Dijo Héctor guardando el clipboard. Mañana llamo al rastro. Pedimos cuatro más para el sábado. Perfecto. Salieron del cuarto frío. Osvaldo se quitó el delantal, lo colgó en su gancho. Me voy entonces. Mañana nos vemos. Nos vemos.
Saluda a Alma y los niños. Lo haré. Osvaldo caminó hacia la puerta, puso mano en el picaporte, se detuvo. Volteó. Hermano, sé que ya decidiste, pero si cambias de opinión, no hay vergüenza en eso. Está bien proteger lo que tienes, aunque signifique pagar. Héctor sonrió. Sonrisa triste. Lo sé. Pero no voy a cambiar de opinión.
Osvaldo asintió, abrió la puerta, salió. La puerta se cerró detrás de él. Esa fue la última vez que Héctor vio a su hermano vivo. Héctor se quedó otros 20 minutos. Revisó que todo estuviera bien. Luces apagadas, excepto la de emergencia. Cuarto fríofuncionando. Puerta trasera cerrada con llave. Ventanas cerradas. Todo en orden. Salió por la puerta principal.
Cerró con llave. Bajó la cortina metálica. Puso el candado. Su camioneta estaba estacionada en la calle. Subió. Arrancó. Manejó hacia su departamento. 10 minutos de camino, mismo que hacía cada noche. Calles que conocía de memoria. Llegó a su edificio a las 7:30, estacionó, subió al tercer piso, abrió la puerta de su departamento.
Patricia estaba en la cocina preparando cena, olor a pollo guisado. Héctor había comido guizo mil veces, nunca se cansaba. “Llegaste temprano”, dijo Patricia sin voltear. Estaba picando cebolla. Osvaldo me ayudó con el inventario. Terminamos rápido. ¿Cómo estuvo el día? Héctor pensó en contarles sobre los del CJNG, sobre la amenaza, sobre lo que probablemente venía. Decidió no hacerlo.
No quería preocuparla. Ya habría tiempo después. Normal, vendimos bien. Buen día. Me da gusto. Héctor fue al baño, se lavó las manos, la cara, se quitó la ropa que olía a carne cruda, se puso pants y playera limpia. Regresó a la cocina, puso la mesa, sacó platos, cubiertos, vasos. Patricia sirvió la cena. Pollo guisado con arroz, tortillas calientes, salsa verde.
Se sentaron, comieron platicando de cosas sin importancia, de la prima de Patricia que se iba a casar, del hijo mayor que llamó desde Monterrey, donde trabajaba, de la hija menor que estaba embarazada de su segundo hijo. Familia, vida normal, rutina de 26 años de matrimonio. Terminaron de cenar a las 8:30. Patricia lavó platos, Héctor secó.
Después se sentaron a ver televisión, noticiario, noticias deprimentes, violencia, corrupción, desastres. Héctor no prestaba atención realmente. Su mente estaba en otro lado, pensando en los del CJ TNG, en qué harían, cuándo lo harían. A las 10, Patricia bostezó. Me voy a dormir. Mañana tengo que levantarme temprano. Voy a limpiar tres casas.
Yo voy en un rato. Voy a ver un poco más de tele. No te desveles. No lo haré. Patricia se fue a la recámara. Héctor se quedó en la sala, pero no veía televisión. Solo miraba la pantalla sin ver. A las 10:30 sonó su celular. Número desconocido. Contestó. Bueno, Héctor, tu negocio está en llamas.
Era don Rafa, el de la taquería. Voz alterada, sonido de sirenas en el fondo. Héctor sintió como si le hubieran golpeado el estómago. ¿Qué? Tu carnicería está ardiendo. Estoy aquí. Ya llamé a bomberos, pero está muy fuerte, creo que Héctor colgó. Se levantó de un salto, agarró llaves, chamarra, salió corriendo. Patricia gritaba preguntas desde la recámara.
Héctor no respondió. No tenía tiempo. Bajó las escaleras saltando escalones. Salió del edificio, subió a su camioneta, arrancó con llantas chillando, manejó como loco, pasando semáforos en rojo, rebasando por donde no debía. No le importaba, solo podía pensar en una cosa. La carnicería. 25 años de trabajo, ardiendo.
Llegó en menos de 5 minutos. Vio las llamas desde dos calles antes. Naranja brillante contra el cielo negro. Humo negro subiendo en columna gruesa. Estacionó de frenón. Se bajó corriendo. La vaquita era infierno. Fuego saliendo por las ventanas, por la puerta. La cortina metálica se había derretido en partes, plástico goteando, metal brillando rojo por el calor, gente en la calle mirando, algunos con celulares grabando, otros solo mirando con ojos grandes.
Don Rafa lo vio, corrió hacia él. Héctor, no te acerques. Pero Héctor no escuchaba. Corrió hacia la carnicería, hacia las llamas. Don Rafa lo agarró, lo detuvo. Suéltame. No puedes entrar. Mi hermano está dentro. Héctor Forcejeó. Osvaldo estaba haciendo inventario. Está adentro. Don Rafa lo soltó. Lo miró con horror. Osvaldo está dentro.
Sí, tengo que sacarlo. Héctor se soltó, corrió hacia la puerta. El calor lo golpeó como pared. Aire tan caliente que quemaba los pulmones. Otros dos hombres lo agarraron, lo jalaron hacia atrás. Ya no puedes hacer nada. Es mi hermano. Ya es tarde. Héctor dejó de forcejear. Se quedó ahí parado mirando su negocio a arder, sabiendo que su hermano estaba adentro, sabiendo que probablemente ya estaba muerto.
Las piernas se le doblaron. Cayó de rodillas en la calle mirando las llamas sin poder hacer nada. Sirenas acercándose, bomberos llegando, pero Héctor sabía que era tarde, demasiado tarde. Los bomberos tardaron 15 minutos en llegar. Para entonces, media calle estaba mirando, celulares grabando, gente comentando, algunos llorando porque conocían a Héctor, porque habían sido clientes durante años.
Los bomberos desplegaron mangueras, empezaron a rociar agua, pero el fuego era muy fuerte. Había ardido demasiado tiempo. Les tomó 20 minutos controlar las llamas, otros 30 apagar todo completamente. Para entonces la vaquita era ruinas humiantes, paredes negras, techo colapsado, vidrios reventados, metal derretido, nada reconocible.
25 años de trabajo convertidos en ceniza en menos de unahora. Los bomberos entraron con cuidado buscando. Héctor sabía que buscaban. Lo encontraron en el cuarto frío. Osvaldo había intentado refugiarse ahí pensando que las paredes gruesas lo protegerían del fuego, que el aire frío lo mantendría a salvo del calor. No funcionó.
El cuarto frío dejó de funcionar cuando el fuego destruyó el sistema eléctrico. Se convirtió en horno. Osvaldo murió asfixiado por el humo antes de que el calor lo alcanzara. Eso fue lo que los paramédicos le dijeron después, que había sido rápido, que probablemente no sufrió mucho. Héctor no les creyó, pero agradeció la mentira.
Sacaron el cuerpo a las 2 de la mañana en bolsa negra, cremallera cerrada. Pero Héctor sabía quién era. Lo supo en el momento en que salieron con la camilla. Don Rafa estaba a su lado. Le puso mano en el hombro. Lo siento, Héctor, de verdad lo siento. Héctor no respondió. No podía. La garganta no le funcionaba. Miraba la bolsa negra, su hermano menor, el que había trabajado con él 11 años, el que tenía esposa e hijos, el que hacía chistes malos y compraba conchas para Chui, muerto por 3000 pesos semanales.
Algo se rompió dentro de Héctor en ese momento. Algo que había mantenido amarrado durante 51 años, algo oscuro, algo peligroso. Se liberó y Héctor supo con absoluta certeza qué iba a hacer. Iba a matar a los responsables, a todos, uno por uno, con sus propias manos, de la misma forma que despedazaba reces.
La policía llegó a las 2:30. Dos detectives, hombre y mujer, 40 y tantos, caras cansadas. Habían visto esto antes. Muchas veces hicieron preguntas. Héctor respondió de manera automática. ¿Tienen enemigos? El CJNG. ¿Vinieron el martes pidiendo protección? Les dije que no. Regresaron hoy. Les dije que no otra vez. Dijeron que iban a mandar mensaje.
Los detectives intercambiaron miradas. ¿Puede describirlos? Héctor describió a los cinco, el rojo, el del tatuaje en el cuello, el de la gorra, el del reloj, el de la cicatriz en la mejilla. La detective tomaba notas, pero Héctor veía en sus ojos que no iban a hacer nada, nunca hacían nada. En Iztapalapa, el CJNG operaba con impunidad, la policía estaba comprada o tenía miedo, probablemente ambas.
“Vamos a investigar”, dijo el detective hombre, palabras vacías. “Si recuerda algo más, llámenos.” Le dieron tarjeta. Se fueron. Héctor tiró la tarjeta de la basura más cercana. No necesitaba policía. Iba a hacer justicia él mismo. Patricia llegó a las 3. Había tomado taxi. Venía con los ojos rojos de llorar.
Vio las ruinas de la carnicería. Vio a Héctor sentado en la banqueta con cara vacía. Se sentó junto a él, lo abrazó. Héctor se dejó abrazar, pero no lloró. No podía. El dolor era demasiado grande. Más grande que lágrimas. Osvaldo, preguntó Patricia, aunque ya sabía la respuesta. Estaba adentro. Lo encontraron en el cuarto frío.
Patricia empezó a llorar de nuevo. Osvaldo era como hermano para ella también. 11 años trabajando juntos. 11 años de comidas familiares, de cumpleaños, de Navidades. ¿Quién lo hizo? El CJNG. ¿Por qué? Porque les dije que no. Patricia se separó. Lo miró. ¿Qué vas achecer? Héctor no respondió inmediatamente. Miró las ruinas de su negocio. Después miró a su esposa.
Voy a matarlos. No era amenaza. No era brabucoonada. Era declaración simple, hecho. Patricia debió haberse sorprendido, debió haber argumentado, debió haber intentado detenerlo. No lo hizo porque ella también estaba furiosa. También quería venganza, también quería que los responsables pagaran. ¿Cuántos son? No sé, pero voy a averiguar y voy a matarlos a todos.
Patricia asintió, tomó su mano. ¿Qué necesitas? Información, nombres, direcciones, rutinas. Voy a preguntar. Tengo amigas que saben cosas que tienen contactos. Gracias. Se quedaron sentados en la banqueta hasta el amanecer, mirando las ruinas humeantes, haciendo planes, planes de muerte, de venganza, de justicia que la ley nunca daría.
Osvaldo fue velado el sábado, funeraria pequeña en Istapalapa, ataú cerrado porque el cuerpo estaba muy dañado. La familia decidió que era mejor así, que Alma y los niños recordaran a Osvaldo vivo, no como quedó después del fuego. La sala estaba llena. Osvaldo había sido querido. Clientes de la carnicería, vecinos, amigos de la escuela de los niños, gente que lo conoció en la fábrica antes de que cerrara.
Todos ofreciendo condolencias, todos diciendo lo mismo. Era buen hombre, no merecía esto. Qué injusticia. Palabras vacías, bien intencionadas, pero vacías. Héctor las escuchaba sin escuchar. Asentía, agradecía, pero su mente estaba en otro lado. Pensaba en venganza. Alma estaba sentada en primera fila entre sus dos hijos. Julián, de 13 años intentando ser fuerte.
Toño de 11 llorando abiertamente. Héctor se acercó. Se arrodilló frente a ellos. Lo siento. Fue todo lo que pudo decir. Alma lo miró. Ojos rojos. Cara hinchada de tantollorar. No es tu culpa. Sí lo es. Estaba en mi negocio. Murió por mi decisión. Murió porque unos criminales lo mataron, no porque tú tomaste decisión de no pagar. Pero Héctor no la creía.
Sabía la verdad. Si él hubiera pagado, Osvaldo estaría vivo. Simple como eso. Voy a cuidarte, le dijo a Alma. A ti y a los niños. Voy a asegurarme de que estén bien. Lo sé. Gracias. Héctor se levantó, miró a sus sobrinos. Su papá los quería mucho, nunca lo olviden. Los dos niños asintieron sin hablar.
Héctor regresó a su asiento junto a Patricia. Ella le tomó la mano, la apretó. El velorio duró hasta las 11 de la noche. Después todos se fueron. Solo quedó familia cercana. Héctor, Patricia, Alma, los niños, algunos tíos y primos, se quedaron hasta medianoche. Después la funeraria cerró. Todos se fueron a sus casas a intentar dormir, aunque ninguno lo lograría.
Realmente el entierro sería mañana, domingo, a las 11 de la mañana. El domingo amaneció nublado, cielo gris, amenaza de lluvia que nunca llegaba, como si hasta el clima estuviera de luto. El panteón estaba en las afueras de Itapalapa, lugar grande, miles de tumbas, muchas sin nombre, muchas sin flores, gente pobre que moría y que era olvidada. Osvaldo no sería olvidado.
Llegaron a las 11, más de 100 personas, mismo grupo del velorio, más otros que no pudieron ir ayer. El sacerdote dio misa corta, habló de Osvaldo, de su vida, de su trabajo, de su familia. Palabras bonitas, verdaderas. Después bajaron el ataúd, cuatro hombres cargándolo. Héctor era uno de ellos. Al otro lado estaba don Rafa y dos primos de Osvaldo. Lo llevaron a la tumba.
Ya estaba acabada. 2 m de profundidad esperando. Pusieron el ataúd en las correas. Después lo bajaron lentamente, madera crujiendo contra las correas, hasta que tocó fondo. El sacerdote echó agua bendita. Rezó palabras en latín, después en español. Después fue turno de echar tierra. Cada familiar echaba puñado. Ritual. Despedida final.
Héctor echó su puñado. Tierra cayendo sobre la madera. Sonido sordo. Final. Después los trabajadores del panteón terminaron. Palas echando tierra, llenando el hoyo, cubriendo el ataúd, haciendo desaparecer a Osvaldo bajo 2 m de tierra. Para las 12 ya estaba terminado. Tumba llena. Lisa, con piedra temporal que después cambiarían por lápida permanente.
La gente empezó a irse ofreciendo últimas condolencias, prometiendo rezar, diciendo que si necesitaban algo solo tenían que llamar. Héctor se quedó hasta el final. Cuando todos se fueron, solo él, Patricia, Alma y los niños se quedaron ahí parados mirando la tumba sin hablar no había palabras. Finalmente, Alma habló.
Deberíamos irnos. Los otros asintieron. Empezaron a caminar hacia los carros. Héctor se quedó atrás un momento mirando la tumba de su hermano. Te prometo algo dijo en voz baja. Voy a hacer que paguen todos, cada uno de los responsables. Lo juro. Después se dio vuelta y se fue. Tenía trabajo que hacer.
Don Rafa llegó al departamento de Héctor el lunes por la tarde. Traía sobre manila bajo el brazo. Mirada seria. Patricia lo dejó pasar. Ofreció café. Don Rafa aceptó. Se sentaron en la mesa de la cocina. Don Rafa puso el sobre la mesa. No lo abrió todavía. Pregunté con gente que sabe, dijo, gente que tiene contactos en el barrio, que sabe quién es quién.
Y la célula del CJNG que opera esta zona son 18. El líder se hace llamar el tigre. Armando Beltrán, 36 años. Vive en casa de dos pisos en la Reforma. Tiene tres hijos con dos mujeres diferentes. Don Rafa abrió el sobre, sacó fotos, las puso sobre la mesa. Héctor las miró. Fotos de vigilancia tomadas de lejos, de celular probablemente, pero claras.
reconoció a algunos de los rostros, el rojo, el del tatuaje en el cuello, el de la cicatriz en la mejilla. “Este es el chava”, dijo don Rafa señalando al de la cicatriz. Jesús Ortiz, 29 años, segundo al mando, vive con su madre en la estrella. Es adicto a cristal, violento cuando está drogado.
Siguió describiendo 18 nombres, 18 fotos, 18 objetivos. Para cada uno había información, dónde vivían, qué carros manejaban, rutinas conocidas, lugares que frecuentaban. ¿Cómo conseguiste todo esto?, preguntó Héctor. Don Rafa lo miró directo a los ojos. No quieres saber y yo no voy a decirte, pero es información buena, verificada.
¿Por qué me ayudas? Porque los alacranes eh se detuvo. Perdón, el CJNG. Me confundí con otro cartel. El punto es que estos cabrones han aterrorizado el barrio durante años y nadie hace nada. Policía no, gobierno nadie. hizo pausa. Alguien tiene que hacerlo y creo que ese alguien eres tú. Van a matarme probablemente, pero al menos vas a llevarte algunos con contigo.
Héctor miró las fotos, 18 caras, algunas jóvenes, algunas mayores, pero todas con la misma mirada. Mirada de depredadores, de gente acostumbrada a tomar lo que quiere, a lastimar quien sea necesario. ¿Qué vas a amorecer?,preguntó don Rafa. Héctor recogió las fotos, las guardó de vuelta en el sobre. Voy a matarlos uno por uno hasta que no quede ninguno. Son 18. Lo sé.
Están armados. Lo sé. ¿Eres carnicero, no sicario. Soy carnicero que sabe despedazar cuerpos en menos de 30 minutos, que sabe dónde cortar para matar rápido o lento, que conoce anatomía. Héctor miró a don Rafa. “¿Cuánta diferencia crees que hay entre descuartizar res y descuartizar humano?” Don Rafa no respondió, pero entendió.
Vio algo en los ojos de Héctor que no había visto antes, algo frío, algo peligroso. Este no era el mismo hombre que había conocido durante 25 años. Ese hombre murió con su hermano en el fuego. Este era alguien nuevo, alguien capaz de cosas terribles. ¿Cuándo empiezas?, preguntó don Rafa finalmente. Esta noche.
Héctor pasó el resto de la tarde preparándose. Estudió la información, memorizó nombres, caras, direcciones, rutinas. Decidió empezar con el tigre, el líder. Si mataba la cabeza primero, tal vez los otros se dispersarían, se esconderían. Sería más difícil encontrarlos después, pero mandaría mensaje claro. Nadie estaba a salvo, ni siquiera el jefe.
Según la información, el tigre frecuentaba Table Dance la sirenas los viernes, pero también iba otros días. No tenía patrón fijo, pero cuando iba siempre salía borracho. Tarde, entre 11 y medianoche, Héctor decidió vigilar, ver si tenía suerte. Fue a su camioneta. Del asiento trasero, sacó caja de herramientas, la llevó al departamento.
Patricia lo miraba desde la cocina. ¿Qué necesitas? Cuchillos, los buenos. y plástico del que usaba para envolver carne. ¿Tienes todavía? En la bodega del edificio. Guardé algunas cajas ahí. Voy por ellas. Patricia bajó. Regresó 15 minutos después con dos cajas. Dentro había rollos de plástico grueso del que usaban para envolver cortes grandes.
También había cuchillos, los de la carnicería, los que Héctor usaba para trabajar. Los había salvado del fuego porque estaban en su camioneta. Los llevaba para afilar en casa. Cuatro cuchillos de diferente tamaño. Héctor los puso sobre la mesa, los revisó. Necesitaban afilarse. Sacó piedra de afilar. Empezó a trabajar el sonido familiar del metal contra piedra, sonido que había escuchado miles de veces, pero ahora tenía significado diferente.
Ahora afilaba para matar humanos, no animales. Le tomó una hora afilar los cuatro. Cuando terminó, podían cortar pelo. Podían atravesar carne y hueso sin resistencia. Perfectos. También necesitaba algo para transportar. No podía llevar cuerpo en su camioneta. Alguien lo vería. Necesitaba vehículo diferente, algo que pudiera abandonar después sin que lo rastrearan.
Voy a salir”, le dijo a Patricia. “Vuelvo en un par de horas.” “¿A dónde vas?” “A comprar carro.” Encontró lo que necesitaba en terreno de autos usados en la salida de Puebla. Camioneta Nissan Vieja, modelo 2003, blanca. Abolladuras en varios lados, vidrios con grietas, pero motor funcionaba. El vendedor quería 6,000. Héctor ofreció cinco. Negociaron.
Terminaron en 5,500. Héctor pagó en efectivo. Le dieron recibo simple, sin nombres reales, sin direcciones, transacción que nadie iba a recordar. manejó la camioneta de vuelta a Iztapalapa. La estacionó tres calles lejos de su departamento, en calle donde nadie la conocería. Caminó de vuelta a su departamento. Eran las 7.
Patricia había preparado cena, sopa de pollo. Héctor comió aunque no tenía hambre. Necesitaba energía para lo que venía. A las 8 se cambió de ropa, todo negro. Pantalón, playera, chamarra, gorra, guantes de carnaza. Guardó los cuchillos en mochila, también el plástico y cuerda y trapos. ¿Vas ahora?, preguntó Patricia.
Voy a vigilar ver si tiene suerte. Si no, regreso y lo intento mañana. Patricia se acercó, lo abrazó. Ten cuidado. Lo tendré. No dejas que te atrapen. No lo haré. Y si algo sale mal, nada va a salir mal. Pero ambos sabían que era mentira. Todo podía salir mal. Héctor podía morir esta noche, pero tenía que intentarlo.
Por Osvaldo, por justicia. Se despidieron. Héctor salió, caminó a donde estaba la camioneta, subió, arrancó, manejó hacia las sirenas. La casa había comenzado. La sirenas estaba en zona industrial de Iztapalapa. Edificio de dos pisos fachada con luces de neón rosa, azul, verde. Música saliendo, reggaetón, sonando alto.
Estacionamiento tenía como 30 carros, pickups, SUVs, carros caros de gente con dinero o al menos gente que quería aparentar. Héctor se estacionó media cuadra más allá, donde podía ver la entrada, pero no tan cerca que lo notaran. Apagó motor. Esperó. Eran las 9:15. Según información, el tigre llegaba entre 9 y 10. Salía entre 11 y medianoche.
Héctor estaba preparado para esperar horas, pero tuvo suerte. A las 9:20 llegó Audi Negro. Vidrios polarizados, rines cromados, música sonando desde adentro. El Audi se estacionó cerca de la entrada. Lugarreservado probablemente para clientes especiales. Salieron tres hombres. Héctor los reconoció por las fotos. El tigre Armando Beltrán, 36 años, líder de la célula y dos de sus hombres.
Héctor no recordaba nombres, pero lo reconoció. Los tres entraron al table dance, riendo, empujándose entre ellos. Ya venían tomados. Mejor gente borracha toma malas decisiones. Se confía. Héctor se acomodó en su asiento, sacó termo de café que había traído, tomó trago. Estaba tibio, no importaba, solo necesitaba cafeína y esperó.
La espera fue larga. Héctor vio gente entrar, gente salir, algunos solos, algunos en grupos, trabajadores celebrando, narcosando dinero. A las 10 y med salieron los dos hombres que habían llegado con el tigre, solos, borrachos, tambaleándose. Se subieron a taxi, se fueron. El tigre todavía dentro. Mejor solo era más fácil que tres.
Héctor esperó otra hora. A las 11:15, el tigre finalmente salió solo, borracho, más borracho que sus hombres. Apenas podía caminar derecho. Se metió al Audi, arrancó. Salió del estacionamiento. Manejaba mal, desviándose muy lento. Después, muy rápido. Héctor lo siguió, manteniendo distancia. No quería que notara, pero el tigre estaba demasiado borracho para notar nada.
Lo siguió por 10 cuadras, zona residencial, casas pequeñas, calles vacías, luces de calle funcionando a medias. El tigre se detuvo en semáforo rojo, único carro en el cruce. Héctor aceleró, rebasó, se puso adelante, se bajó rápido, motor encendido, caminó hacia el Audi, cuchillo en mano, escondido contra su pierna.
El tigre lo vio acercarse, ojos de borracho tratando de enfocar. Tardó 2 segundos procesar. Demasiado tarde. Héctor abrió puerta del conductor de jalón. La puerta no tenía seguro. Error. El tigre intentó cerrarla. Héctor metió el cuchillo. Punta tocando cuello del tigre. Muévete al asiento de copiloto ahora.
El tigre, ya no tan borracho por adrenalina, obedeció. Se trepó al asiento de copiloto. Manos arriba. Héctor se subió al asiento del conductor. Cerró puerta. Manejó. El semáforo. Cambió a verde. Perfecto. ¿Qué quieres? Dinero. Te doy dinero. Tengo. Ah, no quiero tu dinero. Entonces, ¿qué? Quiero que me digas quién prendió fuego a mi negocio. El tigre procesó.
Después entendió. Ojos se abrieron. Tú eres el carnicero, el que no quiso pagar. Soy el carnicero cuyo hermano mataron. Eso fue fue accidente. Solo queríamos quemar el negocio. Mensaje. No sabíamos que había alguien adentro. ¿Te hace sentir mejor pensar que fue accidente? Mira, puedo pagarte.
Compensación 100,000, 200, lo que quieras. Héctor manejaba hacia Zona industrial, bodegas abandonadas, lugar que había identificado esa tarde cuando salió a comprar la camioneta. No quiero tu dinero, quiero nombres. ¿Quién prendió el fuego? El tigre dudó. Héctor presionó el cuchillo más fuerte. La punta rompió piel. Gota de sangre apareció. El Chava y el rojo.
Ellos lo hicieron. Yo solo di la orden. Entonces tú también eres responsable. Espera. Héctor se estacionó detrás de bodega. lugar oscuro, sin luces, sin ventanas, sin testigos. Volteó hacia el tigre. Te voy a hacer pregunta. Contesta honesto. ¿Sentiste algo cuando mi hermano murió? El tigre no respondió.
¿Sentiste algo? ¿Remordimiento? ¿Culpa, algo? Silencio. Eso pensé. Héctor movió el cuchillo. Corte rápido en arteria carótida. Exactamente donde cortaba en reces para desangrar. Sangre salió a presión. El tigre se agarró el cuello con ambas manos, ojos grandes, boca abierta tratando de gritar. No salió sonido, solo burbujas de sangre.
Héctor lo observó sin emoción, como observaba animales morir en el rastro. El tigre intentó abrir puerta, intentó salir, pero estaba débil, perdiendo sangre rápido, perdiendo conciencia. Cayó hacia delante, cabeza contra tablero. Dejó de moverse a los 90 segundos, muerto. Héctor se quedó sentado ahí por un momento, procesando lo que acababa de hacer.
Había matado a hombre, no en defensa propia, no por accidente. Lo había casado, emboscado, ejecutado. Esperó sentir algo. Remordimiento, culpa, horror. No sintió nada, solo satisfacción. Uno menos. 17 quedan. Sacó el plástico, extendió sábana grande en el suelo detrás de la bodega, arrastró cuerpo del tigre fuera del Audi, lo puso sobre plástico y empezó a trabajar.
30 años de experiencia. sabía exactamente dónde cortar, cómo separar articulaciones, cómo quitar carne de hueso. En el rastro podía despedazar res de 500 kg en 30 minutos. Humano de 80 kg le tomó 15. Cuando terminó, el tigre estaba en partes. Brazos, piernas, torso, cabeza, todo separado, todo envuelto en plástico.
Metió todo en bolsas de basura grandes, seis bolsas en total, las puso en la caja de su camioneta. Después limpió. Sangre del Audi, sangre del piso. Usó trapos, agua que traía en garrafón, jabón. No quedó perfecto, pero suficientemente limpio. Nadie iba a notar a menos que buscaraespecíficamente. Manejó el Audi a otra zona industrial 5 km más allá.
Lo estacionó en calle oscura. Dejó llaves adentro, puertas sin seguro. Alguien lo robaría antes del amanecer. Probablemente lo desarmarían para partes. No habría evidencia. Regresó caminando a su camioneta. Le tomó 20 minutos. Eran casi las 2 de la mañana. Manejó a tiradero ilegal en las afueras de Itapalapa, lugar donde gente dejaba basura, muebles viejos, refrigeradores, llantas. montañas de basura.
Tiró las seis bolsas entre los montones para cuando alguien las encontrara, si es que las encontraban, estarían podridas. Animales habrían comido partes. Imposible identificar. Manejó de vuelta a donde había estacionado su camioneta esa tarde. La dejó ahí. Caminó a su departamento. Llegó a las 3:30 de la mañana.
Patricia estaba despierta esperando en la sala. Ya, ya. ¿Cómo te sientes? Héctor lo pensó como cuando termino día de trabajo. Cansado, nada más. Patricia asintió, se levantó, lo abrazó. Báñate, después duerme. Mañana hay más. Héctor se bañó tres veces, lavando toda la sangre. Después se fue a dormir. Durmió 6 horas sin pesadillas, sin remordimientos, solo cansancio de trabajo bien hecho.
Uno de 18 muerto, 17 restantes. El martes por la mañana, los periódicos reportaron la desaparición de Armando Beltrán. Familia denunció que no llegó a casa. Su audio apareció abandonado en zona industrial, sin sangre visible, sin evidencia, sin cuerpo. Policía clasificó como desaparición, probablemente conflicto interno del cártel. Ajuste de cuentas.
No investigaron profundo. Héctor leyó la nota mientras tomaba café en su departamento. Pequeña sonrisa apareció en su cara. Después se preparó para el funeral de Osvaldo. Era martes. Habían pasado 4ro días desde el incendio. El funeral fue a las 11. Misma gente que el velorio, ofreciendo mismas condolencias.
Héctor las aceptó, pero su mente estaba en otro lugar pensando en los siguientes objetivos. El chava, el rojo, los que realmente prendieron el fuego iban a sufrir más que el tigre, mucho más. Esa tarde Héctor vigiló el departamento del Chava, colonia Estrella, edificio viejo de cuatro pisos.
El Chava vivía en el tercero con su madre. Héctor esperó en su camioneta 2s horas, tres, observando, viendo quién entraba, quién salía. A las 7 de la noche, el chava finalmente apareció bajando escaleras solo, caminando con prisa, adicto necesitando su dosis. Héctor lo reconoció inmediatamente. Había visto esa mirada antes en gente del barrio, esa necesidad urgente, esa ansiedad.
El chava caminó cuatro calles. Héctor lo siguió a distancia a pie. Había dejado la camioneta estacionada. El chava entró a edificio abandonado, centro de distribución probablemente, lugar donde vendían drogas. Héctor esperó afuera escondido en sombras. 15 minutos después el chava salió con bolsita en mano. Ya la estaba abriendo mientras caminaba.
Ansioso, Héctor lo siguió esperando un momento. Lugar perfecto. Lo encontró en callejón Oscuro, sin luces, sin cámaras, sin testigos. El chava iba caminando mirando su celular con una mano, la bolsita en la otra. Héctor aceleró el paso silencioso. Botas con suela suave no hacían ruido. Sacó cuchillo, se acercó por detrás.
El chava volteó último segundo. Sintió presencia, pero demasiado tarde. El cuchillo entró en el estómago. No profundo, no mortal. Héctor no quería que muriera rápido. El chava gritó, cayó de rodillas, manos sobre estómago, sangre saliendo entre dedos. ¿Por qué jadeó? Héctor se arrodilló frente a él para que lo viera, para que supiera quién era.
La carnicería la quemaron con mi hermano adentro. El chava procesó, ojos se abrieron. Yo solo seguía órdenes. Las órdenes no importan. Lo hiciste. Prendiste el fuego. Por favor, tengo madre. Está enferma. Mi hermano tenía esposa, hijos, también estaba vivo. Héctor no sentía compasión. Veía el dolor en los ojos del chava. Escuchaba sus súplicas, no le importaba.
Este hombre había matado a Osvaldo, había quemado su negocio, había destruido su vida, ahora iba a pagar. Héctor cortó su garganta lento, dejando que sintiera, dejando que supiera que iba a morir. El chava cayó hacia delante, cara contra el pavimento. Murió en menos de un minuto. Héctor lo arrastró más profundo en el callejón, detrás de contenedores de basura.
No lo despedazó esta vez no tenía tiempo. Zona muy transitada. Alguien podía ver. Solo lo dejó ahí. Lo encontrarían mañana. Pero para entonces, Héctor ya estaría tras el siguiente. Salió del callejón, caminó de vuelta a su camioneta, se fue. Dos de 18, 16 restantes. El rojo fue más difícil.
Después de que el tigre desapareció y encontraron el cuerpo del chava, el CJNG se puso en alerta máxima. Todos sabían que algo estaba pasando, que alguien los estaba casando. El rojo se movía con cuidado ahora, siempre armado, siempre con al menos doshombres, nunca solo, nunca vulnerable. Héctor lo vigiló tres días estudiando, buscando patrón, buscando debilidad.
La encontró el viernes. El rojo iba al gimnasio todas las mañanas. Iron Temple en la colonia Escuadrón, lugar caro para gente con dinero o narcos que querían aparentar. Llegaba a las 6 de la mañana, siempre en su sheta blanco, siempre solo. Los guardaespaldas esperaban afuera en otro carro, no entraban al gimnasio.
Dos horas de rutina, pesas, cardio, sauna. Salía a las 8, ahí estaba la ventana, dos horas donde estaba relativamente solo. Dentro del gimnasio había gente, pero no sus hombres, no gente armada. Héctor estudió el edificio el jueves, dos pisos, estacionamiento subterráneo, área de pesas en primer piso, cardio y clases en segundo piso, sauna y vestidores en sótano.
El viernes a las 5:30 de la mañana, Héctor estaba esperando en el estacionamiento subterráneo. Había entrado la noche anterior cuando el gimnasio cerró. Se escondió en cuarto de mantenimiento. Esperó toda la noche. Incómodo, frío, pero necesario. A las 6:10 llegó el jeta blanco. Se estacionó en su lugar habitual, esquina, lejos de otros carros. El rojo se bajó.
Mochila del gimnasio al hombro, audífonos puestos escuchando música. Caminó hacia el elevador. Héctor salió del cuarto de mantenimiento silencioso. El rojo no lo escuchó por la música. Esperó hasta que el rojo estaba entre dos carros. Espacio estrecho, difícil de escapar. Después se movió.
El cuchillo entró en la espalda baja. Riñón. Dolor instantáneo, paralizante. El rojo gritó. Intentó voltear. Héctor lo empujó contra carro. Lo sostuvo ahí. Por mi hermano susurró Héctor en su oído. El rojo intentó responder. Solo salió gorgoteo. Héctor había cortado profundo. Le cortó la garganta. El rojo se desangró en 30 segundos. Cayó entre los carros.
Héctor lo arrastró al cuarto de mantenimiento. No podía dejarlo ahí. Lo encontrarían demasiado rápido. En el cuarto había drenaje grande para cuando lavaban pisos. Héctor quitó la rejilla, cortó el cuerpo en pedazos suficientemente pequeños. Los metió por el drenaje. No todos cabían. tuvo que dejar algunas partes en bolsas de basura en el cuarto, pero la mayoría fue por el drenaje.
Para cuando encontraran las partes, Héctor ya estaría lejos. Salió del gimnasio a las 7 por puerta trasera. Nadie lo vio. El gimnasio apenas empezaba a llenarse. Los guardaespaldas del rojo esperaron hasta las 9. Después entraron buscando. Encontraron el Jetta. No encontraron a el rojo. Reportaron desaparición.
Tres de 18. 15 restantes. El sábado 16 de abril el CJNG llamó reunión de emergencia. Los 15 restantes se juntaron en casa de seguridad, colonia Santa María, casa de dos pisos, reja alta, cámaras, guardias, discutieron tres muertos en una semana, el tigre, el Chava, el rojo. ¿Quién nos está matando? Los setas, la unión. Otro cártel.
Teorías volaban, todos nerviosos, nadie sabía qué pensar. El que tomó control fue el víbora Homero Castillo, 28 años, primo del tigre, segundo al mando después del Chava, ahora líder de facto. Cálmense, dijo con voz fuerte. Necesitamos pensar, no entrar en pánico. Tres de los nuestros están muertos. Lo sé, pero si nos volvemos locos, no vamos a resolver nada.
El víbora caminó al frente de la sala. Todos lo miraban, esperando que dijera algo que tuviera sentido. Vamos a analizar. El tigre desapareció después de salir de las sirenas. Solo borracho. Alguien lo agarró cuando estaba vulnerable. Todos asintieron. El chava lo mataron yendo a comprar droga, también solo, también vulnerable. Más asentimientos.
Y el rojo desapareció del gimnasio, lugar donde iba todas las mañanas, rutina conocida. El víbora los miró uno por uno. ¿Ven el patrón? No nos están atacando en grupo. Nos están casando de uno en uno cuando estamos solos, cuando somos vulnerables. Entonces, ¿qué hacemos? Dejamos de estar solos.
Nadie sale sin al menos otros dos. Siempre armados, siempre alertas y cambiamos rutinas. Nada predecible. Y si es otro cártel, no importa quién sea. Si no pueden agarrarnos solos, no pueden matarnos. Tenía sentido. Todos estuvieron de acuerdo y el negocio preguntó a alguien. Tenemos que seguir operando. Gente espera droga. Necesitamos cobrar piso.
Operamos, pero con cuidado, en grupos y traemos refuerzos de Puebla. Mi contacto puede mandar cinco sicarios profesionales para protegernos mientras averiguamos qué está pasando. Se votó. Todos de acuerdo. El plan estaba hecho. Lo que no sabían era que Héctor no era cártel, no seguía reglas, no le importaban números y que encontraría forma de matarlos, aunque vinieran refuerzos.
Don Rafa llegó al departamento de Héctor el domingo por la tarde. Traía información nueva, expresión seria. Están cambiando tácticas, dijo. Nadie sale solo, siempre en grupos. Y trajeron gente de fuera, cinco sicarios de Puebla, profesionales.Héctor lo procesó. ¿Dónde están? En la Casa de Seguridad Santa María, la que te dije antes. ¿Cuántos en total ahora? 20.
Los 15 originales más los cinco nuevos. Números habían aumentado. Eso complicaba cosas, pero no imposibles. Salen. Sí, pero siempre en grupos de tres o cuatro armados, alertas. Entonces, tengo que ajustar. Héctor, esto se está poniendo peligroso. Eran 18, mataste tres. Ahora son 20. Vas hacia atrás. Es temporal.
Los refuerzos van a querer regresar a Puebla eventualmente. Solo tengo que esperar. Y mientras, mientras sigo cazando, pero más cuidadoso, más paciente. Don Rafa lo miró con preocupación. ¿Cómo te sientes con lo que has hecho? Héctor no respondió inmediatamente. ¿Cómo se sentía? Había matado tres hombres, los había despedazado como animales.
Había tirado sus partes como basura. ¿Debería sentir algo, horror, culpa, remordimiento. No sentía nada, solo satisfacción, trabajo progresando, venganza. avanzando. “Me siento bien”, dijo finalmente. “Me siento como si estuviera haciendo lo correcto.” Don Rafa asintió lentamente, no juzgando, solo entendiendo.
Patricia sabe todo, sabe suficiente. Y ella como está, apoyándome, ayudándome, queriendo lo mismo que yo. Venganza, justicia. ¿Hay diferencia? Héctor lo pensó. Para mí no. Los siguientes días, Héctor vigiló estudiando, aprendiendo nuevos patrones. Los del CJNG salían menos. Cuando salían iban en grupos nunca predecibles, cambiando rutas, cambiando horarios, pero todos tenían que comer, todos tenían que dormir, todos tenían que hacer cosas humanas y ahí estaban vulnerables.
Héctor identificó dos objetivos posibles. Daniel, el flaco Méndez, 26 años, vivía con novia en departamento rentado, colonia Palmitas. La novia trabajaba de cajera en Walmart, turnos de 2 de la tarde a 10 de la noche. Cuando ella trabajaba, el flaco quedaba solo en el departamento. Teóricamente nunca debía estar solo, pero a veces los otros tenían que hacer cosas.
y el flaco se quedaba solo dos tr horas suficiente. El otro objetivo era Luis del Greñas Torres, 29 años, vivía con su madre anciana, colonia Itapalapa Centro. La madre tenía diabetes, necesitaba medicinas. El greñas iba a farmacia específica cada 19 semana, martes, 7 de la noche, siempre con al menos otro hombre. Pero la farmacia tenía salida trasera, quedaba a callejón estrecho oscuro. Ahí podía agarrarlo.
Héctor decidió empezar con el Greñas. Más rápido, menos variables. Martes 19 de abril, 6:30 de la tarde. Héctor esperaba en el callejón detrás de la farmacia, escondido detrás de contenedor de basura, cuchillo en mano. Había estudiado la farmacia durante dos días. El Greñas siempre entraba por puerta principal.
Su compañero esperaba afuera en el carro. El Greñas entraba, compraba medicinas, salía, pero había ocasión en que El Greñas salía por puerta trasera cuando farmacia estaba muy llena, cuando fila era larga, usaba salida trasera para evitar espera. Héctor apostaba que hoy sería uno de esos días. Tenía razón. A las 7:10 el Greñas entró a la farmacia.
Héctor lo vio desde el callejón. Había ventana pequeña que daba vista parcial. Farmacia estaba llena, al menos 10 personas esperando. El greñas miró la fila, después miró hacia atrás, hacia la puerta trasera. Héctor sonrió. Lo iba a hacer. El Greñas habló con farmacéutico. El farmacéutico asintió, le dio las medicinas, el Greñas pagó, después caminó hacia atrás, hacia la salida trasera.
Héctor se preparó, la puerta se abrió. El greña salió, bolsa de farmacia en mano mirando su celular con la otra. No vio a Héctor hasta que fue tarde. El cuchillo entró en el costado. Entre costillas. Pulmón. El greñas jadeó. Intentó gritar. No pudo. Pulmón colapsado, sin aire. Héctor le tapó la boca con mano, lo jaló más profundo en el callejón.
Detrás del contenedor. El greña se intentó pelear, pero era débil, perdiendo sangre, perdiendo conciencia. Héctor esperó viéndolo morir. Tomó 3 minutos largo, sufrido. Bien, cuando dejó de moverse, Héctor revisó sin pulso. Muerto. Lo dejó ahí detrás del contenedor. Lo encontrarían mañana o pasado. Pero para entonces Héctor ya estaría tras el siguiente.
Salió del callejón, caminó tranquilo, como si nada. Se subió a su camioneta tres calles más allá, manejó a casa. Cuatro de 18 originales, 11 originales restantes, más cinco refuerzos, 16 en total ahora. Pero progresando, el flaco fue más fácil. Su novia trabajaba a turnos tarde en Walmart martes a sábado, 2 de la tarde a 10 de la noche.
El flaco supuestamente nunca debía estar solo, pero los otros se cansaban, se aburrían y a veces lo dejaban par de horas. Héctor vigiló el departamento durante una semana identificando patrón. Jueves. Los otros salían a las 6, regresaban a las 9, 3 horas, el flaco solo. El jueves 21 de abril a las 7 de la noche, Héctor tocó la puerta del departamento del flaco.
Llevaba uniforme de repartidor, gorra, chaleco, caja en manos. Cualquiera que viera pensaría que era entrega legítima. ¿Quién? Preguntó el flaco desde adentro. Paquete para Daniel Méndez. No ordené nada. Dice aquí que sí. Puede firmar. Silencio. El flaco pensando, “Déjalo ahí. Firmo después. No puedo. Necesito firma ahora o me lo tengo que llevar.
Más silencio. Después sonido de cadena, cerradura, puerta abriéndose. El flaco asomó cabeza, vio a Héctor con uniforme, bajó guardia. Error fatal. Héctor empujó la puerta, entró rápido. Cuchillo ya en mano. El flaco intentó cerrar. Tarde Héctor lo empujó hacia adentro. Cerró puerta detrás de él.
Que el cuchillo entró en su estómago. El flaco se dobló, cayó de rodillas. Héctor lo agarró del pelo, lo obligó a mirarlo. ¿Me reconoces? El flaco lo miró procesando. Ojos se abrieron. El carnicero. El carnicero cuyo hermano mataste. Yo no fue el chava y el rojo. Pero tú estabas ahí vigilando, asegurándote que nadie interviniera. Héctor había preguntado.
Don Rafa tenía contactos. Sabía quién había estado en el incendio. El chava prendió fuego. El rojo ayudó. El flaco vigiló. El tigre dio orden. Todos responsables. Todos culpables. Por favor. Héctor le cortó la garganta. El flaco cayó hacia delante. Murió en el piso de su sala. Héctor lo arrastró al baño. Lo metió en la tina.
No podía despedazarlo aquí. Vecinos escucharían, pero podía dejarlo desangrarse completamente. Lo dejó ahí. Salió del departamento. Cerró puerta con seguro, como si nada. Bajó escaleras, salió del edificio. Nadie lo vio. O si lo vieron, pensaron que era repartidor normal. Se subió a su camioneta, se quitó el uniforme, lo guardó. Manejó a casa.
cinco de 18 originales, 10 originales restantes más cinco refuerzos, 15 total, casi a la mitad. El viernes 22 de abril, el CJNG contraatacó. Habían encontrado el cuerpo del flaco esa mañana. Su novia llegó a casa del trabajo. Encontró la puerta cerrada con seguro. Extraño, el flaco siempre la esperaba con puerta abierta.
Abrió, entró, vio sangre en el piso, siguió rastro, encontró cuerpo en Tina, gritó, llamó a otros del CJNG. Ellos llegaron antes que policía. Vieron la escena. Entendieron. Alguien había entrado, matado a el flaco, dejó el cuerpo. Mensaje claro. Nadie está a salvo. El víbora convocó reunión urgente. Los 15 restantes se juntaron en casa de seguridad.
“Esto no es cártel rival”, dijo el víbora. Cara seria, voz controlada pero tensa. Cárteles no matan así. No dejan cuerpos en bañeras, no casan de uno en uno. Entonces, ¿quién? El víbora los miró. ¿Alguien con venganza personal? ¿Alguien a quien le hicimos algo? ¿Alguien que quiere vernos sufrir. Silencio mientras todos procesaban.
Piensen, ¿a quién jodimos recientemente? ¿Quién tiene motivo? Varios nombres salieron, comerciantes que se negaron a pagar, familias que debían dinero, rivales menores. Después alguien dijo, “El carnicero.” Todos voltearon. ¿Qué carnicero? “El de la vaquita, el que no quiso pagar. Quemamos su negocio. Su hermano murió. El víbora se quedó inmóvil.
¿Cuándo fue eso? Hace dos semanas, jueves 7 de abril. El víbora calculó. El tigre desapareció el lunes 11, 4 días después del incendio. Después el Chava el martes 12, el Rojo el viernes 15, el Greñas el martes 19, el flaco ayer jueves 21. Cinco muertos en 10 días, empezando 4 días después de que mataron al hermano del carnicero.
No era coincidencia. Necesito saber todo sobre ese carnicero, dijo el víbora. Nombre, dirección, familia, todo. Les tomó dos horas, pero consiguieron información. Héctor Domínguez, 51 años, vivía en departamento en colonia Roma. Casado con Patricia Domínguez, dos hijos pero vivían fuera de la ciudad. ¿Estás seguro que es él?, preguntó alguien.
Es carnicero viejo. No, sicario. Piénsenlo, dijo el víbora. Carnicero sabe despedazar cuerpos, sabe anatomía, sabe dónde cortar y tiene motivo. Matamos a su hermano. Tenía sentido, horrible sentido. ¿Qué hacemos? El víbora no dudó. Vamos a su casa, lo matamos. Y a su esposa y a cualquiera. Ahí mandamos mensaje. Nadie jode al CJNG. Se votó.
Unanimidad. Tres sicarios irían, los mejores, los más violentos, con orden simple, matar a todos. Salieron esa tarde, 5 de la tarde, armados, preparados, pero cometieron error. Asumieron que Héctor sería presa fácil, carnicero viejo, sin entrenamiento, sin experiencia en violencia real. No sabían que Héctor había matado cinco de ellos, que había despedazado cuerpos, que había cruzado línea que la mayoría nunca cruza.
No sabían que habían creado monstruo y estaban a punto de averiguarlo de la peor manera. Héctor llegó a su departamento a las 6 de la tarde. Había estado vigilando, siguiendo a otro objetivo, planeando próximo movimiento. Subió a escaleras, llegó al tercer piso, vio puerta de su departamento. Estaba entreabierta, nuncala dejaban así.
Patricia siempre cerraba con seguro. Héctor se detuvo. Corazón acelerándose, algo malo. Lo sabía. Sacó cuchillo que ahora llevaba siempre. Se acercó despacio, silencioso. Empujó puertas suavemente, se abrió. Sala destrozada, muebles volteados, lámpara rota, señales de lucha. Tres hombres dentro. Uno tenía pistola contra cabeza de Patricia. Los otros dos registraban.
Patricia lo vio ojos grandes, aterrada. Intentó gritar advertencia. El hombre le tapó boca. Presionó pistola más fuerte. “Entra”, dijo el hombre. Cierra la puerta. Héctor entró. Cerró puerta. Cuchillo escondido contra pierna. “Tú eres el que está matando a nuestra gente”, dijo el hombre. No era pregunta, era afirmación. Héctor no respondió.
El víbora te manda saludos. Dice que estuvo divertido, pero se acabó. Ahora vas a morir y tu esposa también. Los otros dos hombres se acercaron. Uno tenía pistola, otro tenía cuchillo. Últimas palabras, preguntó él que tenía Patricia. Héctor miró a su esposa, 28 años de matrimonio, dos hijos, vida entera juntos.
No podía dejar que muriera, no por su venganza, no por su guerra. Déjenla ir, dijo Héctor. Esto es entre ustedes y yo. Ella no tiene nada que ver. El hombre se rió. No funciona así. Tú mataste a nuestros hermanos. Ahora nosotros matamos a tu familia. El hombre empezó a apretar gatillo. Héctor se movió rápido, más rápido de lo que hombres esperaban.
30 años cortando carne había dado velocidad, precisión, fuerza. El cuchillo voló, atravesó aire, se clavó en cuello del hombre que sostenía a Patricia. El hombre soltó pistola, cayó hacia atrás, manos en cuello, sangre brotando. Los otros dos reaccionaron, levantaron armas. Héctor ya se movía. Agarró lámpara rota, se la tiró al más cercano, le dio en cara. El hombre cayó.
El tercero disparó. Bala pasó cerca. Muy cerca, Héctor sintió calor, se lanzó, tacleó al tirador. Ambos cayeron, pelearon rodando, golpeándose. La pistola cayó. Ambos la vieron. Ambos fueron por ella. Héctor llegó primero, la agarró. Disparó una vez, dos veces, tres veces. El hombre dejó de moverse. El tercero se levantó.
Sangre en cara de lámpara. Intentó correr. Héctor le disparó en espalda. El hombre cayó. Gritó. Héctor se acercó. Le disparó en cabeza. Silencio. Tres cuerpos en sala. Sangre por todos lados. Olor a pólvora. Héctor corrió hacia Patricia, la abrazó. ¿Estás bien? Ella temblaba, pero asintió. Estoy bien. Estoy bien. ¿Te lastimaron? No, solo me asustaron.
Héctor la sostuvo respirando pesado, adrenalina bajando, dándose cuenta de qué tan cerca había estado. Si hubiera llegado 5 minutos después, Patricia estaría muerta. No podía permitir que eso pasara. No podía seguir así. No con Patricia en peligro. Tienes que irte”, dijo, “ahora, esta noche a Puebla o más lejos, donde no te encuentren.
Y tú, yo me quedo, termino esto. No te voy a dejar. No es opción. Si te quedas, te van a matar. Para llegar a mí, no puedo protegerte y casarlos al mismo tiempo.” Patricia lo miró. Sabía que tenía razón. Odiaba admitirlo, pero tenía razón. ¿Cuánto tiempo? No sé, semanas, tal vez más. Y después, después nos vamos lejos.
Empezamos de nuevo, donde nadie nos conozca. Patricia asintió. se separó. Voy a empacar. Mientras ella empacaba, Héctor limpió. Tres cuerpos que transportar: deshacer, esconder. Le tomó toda la noche, pero lo hizo. Para amanecer, el departamento estaba limpio. Los cuerpos estaban en piezas, distribuidos en diferentes basureros ilegales.
Patricia se fue a las 6 de la mañana en autobús con maleta pequeña. Héctor le dio todo el efectivo que tenía, 20,000 pesos. “Te llamo cada dos días”, dijo él, “para saber que estás bien. Ten cuidado. Lo tendré.” Se despidieron. Héctor la vio irse. Después regresó al departamento vacío. Ahora estaba solo, sin distracciones, sin preocupaciones por familia.
Podía enfocarse completamente en la casa. Y los del CJ acababan de cometer error fatal. Habían atacado a Patricia, habían entrado a su casa, habían cruzado línea. Ahora Héctor no iba a ser cuidadoso, no iba a ser paciente, iba a ser brutal, rápido, despiadado, iba a cazarlos a todos y no iba a parar hasta que el último estuviera muerto.
Los siguientes días fueron matanza. Héctor ya no era cuidadoso, ya no esperaba momentos perfectos, ya no planeaba meticulosamente. Atacaba rápido, violento, sin piedad. Sábado 23 de abril, Omar el Cacho Vélez. 27 años lo agarró saliendo de puesto de garnachas, cuchillo en riñones, desangrado en calle.
Héctor se fue antes de que alguien reaccionara. Domingo 24 de abril. Ramón el Pelos y Barra, 30 años, lo siguió a casa de madre. Esperó hasta que salió. Cuchillo en garganta. Dejó cuerpo en jardín. Lunes 25 de abril. Sergio el Gonzo. Paredes, 25 años. Lo agarró en gasolinera. Esperó hasta que entró a pagar. Cuchillo en espalda, cayó frente a cajera. Héctor salió antes deque policía llegara. Tres en tres días.
Héctor no se escondía, no ocultaba cuerpos, los dejaba donde caían. Mensaje claro. Esto es guerra y yo estoy ganando. El CJNG estaba en pánico total. Ocho muertos en dos semanas, más de la mitad de célula original eliminada y no podían encontrar a Héctor. Sabían dónde vivía. Pero departamento estaba vacío. Héctor no regresaba.
Dormía en camioneta o en hoteles baratos pagando efectivo, sin dar nombres. Era fantasma. Aparecía, mataba, desaparecía. El víbora estaba desesperado. Había perdido control. Sus hombres tenían miedo. Algunos querían irse, regresar a Puebla, abandonar plaza. “No se pueden ir”, gritó en reunión. “Si nos vamos, perdimos. Si perdimos aquí, nos van a mandar a todos a otros lados, lugares peores.
Pero nos está matando.” Alguien protestó, “Uno por día. A este paso no vamos a durar semana.” Entonces, lo encontramos primero y lo matamos. ¿Cómo? Es fantasma. Aparece de la nada, mata, desaparece. No lo podemos seguir. No lo podemos predecir. El víbora no tenía respuesta porque tenían razón. Héctor había cambiado táctica.
Ahora era impredecible. Atacaba cuando menos lo esperaban, donde menos lo esperaban y no tenían forma de detenerlo. Martes 26 de abril, Héctor cometió error. Estaba casando a Javier el Moco Ugarte, 22 años, uno de los más jóvenes, hijo de comerciante local. Se había unido al CJNG hace 6 meses por dinero rápido. Héctor lo había seguido toda la tarde esperando un momento.
El moco nunca estaba solo, siempre con al menos dos más. A las 8 de la noche entraron al restaurante los tres, se sentaron, ordenaron comida. Héctor esperó afuera vigilando. Cuando salieran lo seguiría. Esperaría momento, pero se distrajo. Celular sonó. Era Patricia. Héctor contestó. Hablaron 2s minutos. Ella estaba bien escondida en Puebla, en hotel pequeño, con nombre falso.
Esos 2 minutos fueron suficiente. Cuando Héctor volteó, los tres ya habían salido. Estaban caminando hacia carro estacionado. Héctor lo siguió apurado. No queriendo perder oportunidad. No vio el otro carro, el que estaba siguiéndolo, Suburban Negra, con tres sicarios del cejo a TNG, los que el víbora había asignado para patrullar buscando a Héctor.
Esperando tener suerte, la tuvieron. Lo vieron siguiendo a sus compañeros, lo reconocieron. Foto que tenían era vieja, pero suficientemente clara. La suburban aceleró, se puso detrás de Héctor. Héctor escuchó motor, volteó, vio la suburban, supo inmediatamente, corrió. La suburban lo siguió acelerando tratando de atropellarlo.
Héctor corrió entre carros estacionados. La suburba no podía seguir. Demasiado grande, demasiado ancha. Pero los tres sicarios se bajaron corriendo tras él, gritando, sacando pistolas, disparos, balas silvando, gente en calle gritando, corriendo, pánico. Héctor corrió por callejón. Los sicarios siguieron disparando, fallando.
Héctor era rápido, ágil, conocía el terreno. Salió del callejón, corrió tres calles, se metió en edificio abandonado, subió escaleras al techo. Los sicarios entraron detrás siguiéndolo. En el techo, Héctor esperó detrás de puerta, cuchillo en mano. Primer sicario salió. Héctor lo agarró, cuchillo en garganta. El hombre cayó. Segundo sicario salió.
Vio a su compañero caer. Levantó pistola. Héctor le tiró el cuchillo, le dio en pecho. El hombre cayó hacia atrás. Tercer sicario no salió. se quedó en escaleras inteligente. “Ya no tienes cuchillo”, gritó desde abajo. “Y yo tengo pistola. Sal o subo.” Héctor no respondió. Miraba alrededor buscando arma, algo.
Encontró tubo de metal, parte de estructura suelto. Lo agarró pesado. Suficiente. Espero. El tercer sicario subió despacio. Pistola adelante, alerta. Llegó al techo, miró alrededor. Héctor estaba detrás de tanque de agua esperando. El sicario caminó adelante buscando. Héctor se movió silencioso por detrás. El tubo le dio en nuca.
El sicario cayó. Héctor le dio otra vez y otra hasta que dejó de moverse tres muertos. Héctor agarró una de las pistolas, verificó cinco balas. Suficiente. Bajó del edificio, salió a calle diferente, se mezcló con gente. Nadie lo notó, solo otro tipo caminando. Pero había sido cerca, muy cerca. Si no hubiera sido rápido, si no hubiera conocido el área, estarían muertos.
Necesitaba ser más cuidadoso. No podía darse el lujo de errores. Todavía quedaban nueve. Y ahora sabían que él estaba cerca, activo, cazando. Iban a estar más alertas, más preparados, pero Héctor no iba a parar, no hasta que el último estuviera muerto. El víbora tomó decisión. Nos encerramos, dijo a los nueve restantes.
Todos en casa de seguridad no salimos. Traemos comida, agua, todo, pero no salimos. ¿Por cuánto tiempo? hasta que esto se calme, hasta que el carnicero cometa error y lo atrapemos. No era plan perfecto, pero era plan. Y en este momento cualquier plan era mejor que morir de uno en uno.Se mudaron todos a Casa de Seguridad. Nueve hombres armados, alertas, encerrándose.
Héctor lo supo por don Rafa. Se metieron todos a la casa. Santa María, no han salido en dos días. ¿Estás seguro? Tengo gente vigilando. Nadie ha salido. Comida llega por delivery. La recogen en la puerta, pero nadie sale. Héctor lo pensó. Casa de seguridad. Nueve hombres adentro armados esperándolo. No podía atacar frontal. Se suicidió. Necesitaba otra forma.
¿La casa tiene sótano?, preguntó. No sé por qué. Necesito planos de la casa, drenaje, electricidad, gas, todo. Don Rafa lo miró. ¿Qué estás planeando? ¿Sacarlos o entrar sin que me vean? Héctor, son nueve con armas automáticas. No puedes. Puedo y voy. Solo necesito información. Don Rafa suspiró. Sabía que era inútil argumentar.
Dame dos días, veo que puedo conseguir. Dos días después, don Rafa llegó con planos. Tuve que pagar por estos. 1000 pesos al tipo de oficina municipal. Dice que nunca nos conoció. Héctor extendió planos sobremesa. Estudió casa de dos pisos. Primer piso, sala, comedor, cocina, baño. Segundo piso, tres recámaras, dos baños.
sótano, área de almacenamiento, caldera, conexiones eléctricas, drenaje conectaba a sistema municipal, tubos grandes, suficientemente grandes para que persona delgada pasara, gas natural, línea de entraba por lado este, medidor exterior, después tubería interior a cocina y caldera, electricidad, línea aérea, conectaba a poste en calle, después a caja de breakers en garage.
Héctor estudió durante una hora, después sonrió. ¿Qué?, preguntó don Rafa. Tengo idea. Jueves 28 de abril, 2 de la mañana. Héctor estaba en la calle detrás de casa de seguridad, oscuro, silencioso, todo dormía. Llevaba mochila con herramientas, cortador de tubería, llave inglesa, cinta y varios litros de gasolina en garrafones.
Primer paso, electricidad. Trepo poste. Cortó línea, casa quedó oscura, silencio. Después, gritos dentro, confusión. Héctor bajó rápido, corrió a siguiente posición. Segundo paso, gas. Encontró medidor, línea principal. Cortó con cegueta. Gas empezó a salir. Cbido suave. Cerró válvula después de 30 segundos. Suficiente gas escapó, pero no demasiado. No quería explosión todavía.
Tercer paso, drenaje. Encontró tapa de alcantarilla en calle, la levantó. Bajó con linterna. Túnel de drenaje húmedo. Olía horrible, pero espacioso. Podía caminar agachado. Siguió túnel contando. Según planos, casa conectaba aquí. Encontró tubería grande saliendo de casa arriba, drenaje de cocina y baños. Vertió gasolina toda 5 L por tubería arriba.
Escuchó líquido bajando, llenando. Esperó 5 minutos. Gasolina distribuyéndose, impregnando. Después salió, cerró alcantarilla, corrió a posición final, lado este de casa, donde estaba línea de gas, sacó trapo, lo empapó con gasolina, lo metió en botella con más gasolina, bomba molotov improvisada, prendió, lanzó, botella, rompió contra ventana, primer piso, gasolina explotó, fuego.
Héctor corrió lejos, rápido. 10 segundos después escuchó explosión, gas acumulado, gasolina en drenaje, fuego, todo junto. Casa explotó. No completamente, no como película, pero suficiente. Ventanas reventadas, paredes agrietadas, fuego por todos lados, gritos dentro, pánico. Héctor esperó escondido observando. Puerta principal se abrió.
Hombres saliendo, tosiendo quemados. Algunos con ropa en fuego. Héctor contó 1 2 3 cu 5 se esperó. Nadie más salió. Tres todavía adentro, muertos, atrapados. Los seis afuera se reagruparon, tosiendo mirando Cazarder. Uno tenía pistola, otros desarmados. Habían salido rápido, sin tiempo de agarrar armas.
Héctor tenía pistola que había quitado a Sicario antes. Cinco balas, no suficiente para seis, pero tenía cuchillo y tenía sorpresa. Esperó. Los seis estaban distraídos, mirando fuego, tratando de entender qué pasó. Héctor se acercó silencioso por detrás. El primero no lo vio. Cuchillo en espalda, cayó sin sonido.
El segundo volteó tarde, cuchillo en garganta. Los otros cuatro reaccionaron gritando. El que tenía pistola levantó arma. Héctor disparó primero. Dos balas, pecho. El hombre cayó. Tres restantes corrieron diferentes direcciones. Instinto de supervivencia. Héctor siguió al más lento. Lo alcanzó. Cuchillo en riñones. El hombre cayó.
Dos escaparon corriendo por calles oscuras, gritando, pidiendo ayuda. Héctor los dejó ir. No podía seguir a ambos y bomberos llegarían pronto. Policía también tenía que irse, pero había logrado mucho. Casa destruida. Al menos seis muertos. Probablemente tres más adentro si no lograron salir de nueve. Tal vez quedaban dos.
Los que escaparon y asustados corriendo, sin armas, sin refugio, sin líder. Fáciles de encontrar, fáciles de matar. Los dos que escaparon fueron fáciles de rastrear. Uno era Javier el Moco Ugarte, 22 años. El joven corrió a casa de su madre pensando que ahí estaría seguro. No loestaba. Héctor lo encontró dos días después, escondido en cuarto de su infancia, temblando con pistola que había conseguido de quién sabe dónde.
“No te acerques”, dijo el moco. Manos temblando, pistola moviéndose. “Te mato, lo juro.” Héctor se quedó quieto en la puerta mirándolo. “¿Mataste a alguien antes?”, preguntó Héctor. “Sí, maté. Maté a muchos.” “Mentira, Héctor lo veía. El moco era novato. Había hecho trabajos menores. Cobrar piso, amenazar, pero nunca había matado.
No lo creo dijo Héctor. Creo que eres niño jugando a narco y ahora estás asustado. No estoy asustado. Deberías porque vine a matarte como maté a los otros. Como voy a matar al último. ¿Por qué? ¿Qué te hicimos? Quemaron mi negocio con mi hermano adentro. El moco parpadeó procesando. Yo no estuve ahí. Yo no hice nada. Pero eras parte de ellos.
Tomabas el dinero, disfrutabas el poder, eres culpable. Igual tenía que ganar dinero. Mi familia necesitaba. Mi hermano también tenía familia, esposa, dos hijos, ahora están sin padre por 3,000 pesos semanales. El moco empezó a llorar todavía apuntando pistola, pero llorando. Por favor, tengo 22 años, toda la vida por delante.
Mi hermano tenía 48, también tenía vida por delante. Héctor caminó adelante, lento. El moco disparó, manos temblando tanto que falló. Bala dio en pared. Héctor no se detuvo. Siguió caminando. El moco disparó de nuevo. Falló de nuevo. Clic. Sin balas. El moco tiró pistola. Levantó manos.
No, por favor, tengo madre, hermanos. Héctor no respondió. Cuchillo salió. Entró. El moco cayó. Uno restante. El último fue el más difícil de encontrar. Arturo, el mosco Villegas, 32 años, veterano. Había estado en estos 10 años. Sabía cómo esconderse. Héctor lo buscó durante una semana. Nada. El mosco había desaparecido, probablemente había huido de ciudad, tal vez de estado, pero Héctor tenía paciencia y recursos.
Don Rafa preguntaba, gente hablaba, alguien siempre sabía algo. Finalmente, información llegó. El mosco estaba escondido en Toluca, casa de familiar, pensando que ahí nadie lo encontraría. Héctor manejó a Toluca, le tomó dos horas, encontró la casa pequeña en colonia obrera. Nada especial. Vigiló un día, vio a el mosco salir a comprar cerveza. Confirmó que era él.
Esa noche Héctor entró por ventana trasera. Silencioso. La familia dormía. No quería lastimar inocentes. Encontró a el mosco dormido en sala, en sofá, botella vacía en el piso, borracho. Héctor se acercó, cuchillo en mano, miró a el mosco. Último de 18. Último responsable. Podía matarlo ahora, rápido, sin dolor, durmiendo, pero no sería justo.
Los otros habían sabido, habían visto venir, habían tenido oportunidad de defenderse, aunque fuera mínima. El mosco merecía lo mismo. Héctor lo empujó. El mosco despertó confundido, ojos de borracho. ¿Qué? vio a Héctor, vio el cuchillo, entendió. No, susurró. Sí, respondió Héctor. Fue hace un mes. Ya déjalo ir.
Mi hermano sigue muerto. Mi negocio sigue destruido. Mi vida sigue arruinada. No lo dejó ir. El mosco intentó levantarse. Héctor lo empujó de vuelta. Puso cuchillo en su garganta. Últimas palabras. El mosco lo pensó. Después hicimos lo que teníamos que hacer. Negocios, nada personal. Para ustedes fue negocio. Para mí fue vida.
Diferencia importante. El cuchillo cortó. El mosco dejó de moverse. 18 de 18. Todos muertos. Venganza completa. Héctor Domínguez nunca fue arrestado. Policía investigó las muertes. Encontraron conexión. Todos eran miembros de célula del CJ. Asumieron guerra interna o conflicto con otro cártel.
Nunca pensaron en carnicero de 51 años. Nunca lo investigaron, nunca lo interrogaron. El caso quedó abierto sin resolver, eventualmente archivado. Héctor y Patricia se mudaron a Oaxaca tres semanas después de que murió el mosco, pueblo pequeño donde nadie los conocía, donde nadie hacía preguntas. Compraron casa pequeña con efectivo, dinero que Héctor había ahorrado durante años.
Héctor abrió otra carnicería, La Red Feliz, nombre que Patricia escogió. Quería algo alegre, algo que no recordara tragedia, negocio pequeño, clientela local, vida tranquila. Han pasado 3 años desde los hechos. Héctor tiene 54 ahora, pelo más gris, movimientos más lentos, pero todavía puede despedazar res en 30 minutos. Todavía tiene manos firmes, todavía sabe dónde cortar, pero ya no corta humanos, solo animales, como debe ser.
A veces cuando está solo en el cuarto frío, Héctor piensa en esas tres semanas de abril y mayo de 2016. Piensa en los 18 hombres que mató, 18 vidas que terminó, 18 familias que destruyó. ¿Se arrepiente? No. Mataron a Osvaldo, quemaron su negocio, amenazaron a Patricia. Trataron de matarlo. Hizo lo que tenía que hacer.
¿Lo haría de nuevo? Sí, sin dudar. Si alguien lastimara a su familia otra vez, volvería a convertirse en cazador, en monstruo, en lo que fuera necesario, porque aprendió algoimportante durante esas tres semanas. Aprendió que todos tenemos límites, líneas que cuando se cruzan nos transforman en algo diferente, algo capaz de violencia que nunca imaginamos.
Aprendió que la diferencia entre hombre civilizado y asesino es más pequeña de lo que la gente piensa. solo toma un empujón, un momento de pérdida, un deseo de venganza y aprendió que despedazar humanos no es tan diferente de despedazar animales. La anatomía es similar, los cortes son iguales, el proceso es el mismo, la única diferencia real es la culpa.
Y Héctor nunca sintió culpa, solo justicia. Patricia sabe todo. Héctor le contó después cada detalle, cada muerte, cada despedazamiento. Ella se escuchó sin juzgar, sin horrorizarse, sin apartarse, porque ella también había querido venganza, también había querido que los responsables pagaran. Héctor solo hizo lo que ella habría hecho si hubiera podido.
¿Crees que somos malas personas?, preguntó Héctor una noche acostados en cama en su nueva casa en Oaxaca. Patricia lo pensó largo rato. No, dijo finalmente. Creo que somos personas normales que pasaron por algo horrible y que respondimos de la única forma que pudimos. Matando 18 personas, defendiendo lo nuestro, vengando a Osvaldo, protegiendo nuestra familia.
No es lo mismo para mí. Sí. Héctor la abrazó agradecido, no por justificar lo que hizo, sino por entender por qué lo hizo y por quedarse con él a pesar de todo. Los hijos de Héctor saben partes de la historia. No todo, pero suficiente. Saben que el negocio se quemó, que murió el tío Osvaldo, que hubo problemas con el CNG, que papá tuvo que defender a la familia.
No saben detalles, no saben cuántos murieron, no saben cómo, no necesitan saber, solo necesitan saber que papá hizo lo que tenía que hacer y que ahora están a salvo. Los nietos de Osvaldo también saben. Julián tiene 17 ahora, Toño 15. Ambos saben que papá murió en incendio, que los responsables nunca fueron a juicio, pero también saben que no quedaron sin castigo, que tío Héctor se aseguró de eso.
No hablan de ello, pero saben y eso les da paz, saber que papá fue vengado, que no murió en vano. Alma, viuda de Osvaldo, se mudó con ellos a Oaxaca un año después. No podía quedarse en Itapalapa. Demasiados recuerdos, demasiado dolor. Héctor le compró casa pequeña cerca de la suya. la ayuda económicamente.
Los niños trabajan en la carnicería después de la escuela, ganando dinero honesto, aprendiendo oficio. Familia sigue unida a pesar de pérdida, a pesar de violencia, a pesar de todo. Don Rafa visita una vez al año, maneja desde Iztapalapa, 6 horas. Vale la pena para ver a su amigo. Se sientan en patio de casa de Héctor bebiendo cerveza, platicando de cosas sin importancia.
Nunca hablan de lo que pasó. No hace falta. Pero una vez, después de varias cervezas, don Rafa preguntó, “¿Valió la pena?” Héctor lo pensó. No trajo de vuelta a Osvaldo, no restauró mi negocio, no devolvió años de trabajo. Entonces, no valió. Pero tampoco podía vivir dejándolos salirse con la suya, dejando que mataran a mi hermano sin consecuencias, dejando que aterrorizaran el barrio sin que nadie hiciera nada. Entonces, sí valió.
Héctor asintió. Sí, valió la pena. En Iztapalapa la historia se cuenta todavía. No en voz alta, no abiertamente, pero se cuenta en susurros, en cantinas, entre gente que sabe cosas. ¿Te acuerdas del carnicero? El que mató a toda la célula del CJNG ese mero. Leyenda, ¿verdad? No puede ser real. Es real.
Yo conocí a uno de los que murieron, el chava. Lo encontraron en callejón, garganta cortada, y el carnicero lo hizo. Él solo mató a 18, uno por uno, con cuchillo de carnicero. No [ __ ] Es cierto. Quemaron su negocio, mataron a su hermano y el carnicero les cobró a todos. ¿Y qué pasó con él? Desapareció. Dicen que se fue de la ciudad, que está vivo en algún lugar, viviendo tranquilo, y nunca lo atraparon. Nunca.
Policía ni siquiera sabía que era él. Pensaron que fue guerra de cárteles. Silencio mientras procesan. Es buena historia. No es historia. Es verdad. Pregunta de cualquier viejo de Istapalapa. Todos la conocen. ¿Y qué aprendemos de eso? Que no jodas con la gente tranquila, porque cuando la gente tranquila se cansa, se convierte en lo más peligroso que existe.
La carnicería original, la vaquita, nunca fue reconstruida. El terreno sigue ahí, vacío. Nadie ha querido comprarlo. Nadie ha querido construir. Dicen que está maldito, que 18 hombres murieron por lo que pasó ahí, que sus fantasmas rondan. Héctor no cree en fantasmas, pero a veces cuando visita Iztapalapa para ver a familiares pasa por el terreno.
Se queda parado ahí mirando, recordando, 25 años de trabajo convertidos en ceniza por avaricia, por violencia, por injusticia. Pero también recuerda lo que vino después, la casa, la venganza, la justicia que la ley nunca dio. Y siente satisfacción porque aunque perdió su negocio, aunque perdióa su hermano, no perdió su dignidad, no se arrodilló, no se rindió, no dejó que ganaran, peleó con todo lo que tenía, con todo lo que sabía, con toda la violencia que había guardado durante 50 años de vida pacífica y ganó.
Hay placa pequeña en el panteón de Istapalapa, en la tumba de Osvaldo. Patricia la mandó hacer dos años después de su muerte. Dice Osvaldo Cruzi/1968-2016, hermano, esposo, padre, murió injustamente, pero fue vengado justamente. No es epitafio normal, pero es honesto. Héctor la ve cada vez que visita y cada vez siente paz porque cumplió promesa que hizo ese día en el panteón.
Prometió que los responsables pagarían, que todos pagarían, que no quedaría ninguno vivo. Y cumplió 18 hombres muertos, 18 venganzas, una por cada vida destruida que esos hombres causaron durante años operando sin consecuencias. Héctor no es héroe, lo sabe. Es asesino. Mató a 18 personas. Algunas merecían morir, otras tal vez no, pero todas eran responsables.
Todas habían elegido ese camino, todas sabían los riesgos. Y cuando esos riesgos se materializaron en forma de carnicero de 51 años con cuchillo en mano, ninguno estuvo preparado porque nunca esperaron que alguien peleara, nunca esperaron consecuencias reales, nunca esperaron que la gente común dijera “Ya basta.
” Ese fue su error fatal. La última vez que Héctor usó cuchillo para matar fue hace 3 años. El Mosco en Toluca, el último de los 18. Desde entonces solo usa cuchillos para su propósito original. Cortar carne, despedazar reces, preparar cortes para clientes, trabajo honesto, trabajo que conoce, trabajo que ha hecho durante 33 años.
Las manos todavía son firmes, los cortes todavía son limpios, el conocimiento todavía estar ahí. Pero algo cambió, algo fundamental. Ahora, cuando corta, cuando ve sangre, cuando siente peso del cuchillo, recuerda, recuerda lo que hizo, recuerda cómo se sintió, recuerda la facilidad con la que cruzó línea entre despedazar animales y despedazar humanos. Y entiende algo importante.
Entiende que esa línea siempre estuvo ahí, delgada, frágil, esperando ser cruzada. Entiende que todos la tenemos. Todos podríamos cruzarla bajo circunstancias correctas. y entiende que una vez que la cruzas nunca regresas completamente. Algo cambia, algo permanente. No es necesariamente malo, es solo diferente.
Héctor es diferente ahora, más duro, más frío, más capaz de violencia si fuera necesario, pero también más protector, más leal, más dispuesto a hacer lo que sea por familia, porque sabe de lo que es capaz, sabe hasta dónde puede llegar y sabe que lo haría de nuevo sin dudar si alguien amenazara a los que ama. Esa certeza le da paz extraña, saber que no es víctima, que no es indefenso, que si algo malo pasa puede responder efectivamente, definitivamente.
Es conocimiento oscuro, pero conocimiento al fin.















