“Guadalajara en shock: 39 alumnas halladas en la barranca; el culpable indigna a todos.”

En Guadalajara, durante años, decenas de universitarias habían desaparecido sin dejar rastro, como si la tierra se las hubiera tragado. Hasta que finalmente la policía descubrió 39 cuerpos enterrados en las profundidades de la barranca de Buen Titán. La ciudad se estremeció. Los medios de comunicación condenaron la ineficacia de las autoridades y la investigación apuntó hacia alguien que nadie habría sospechado jamás.
una figura que hasta entonces había sido considerada un faro de calma y razón, pero era realmente un salvador o el cerebro detrás de este terror silencioso. La noche en Guadalajara parecía devorar los sonidos. Las calles del centro histórico, normalmente vibrantes con el murmullo de turistas y el eco lejano de un mariachi, comenzaban a vaciarse.
Solo quedaban las luces tenues de algunas taquerías y bares, proyectando sombras alargadas sobre el adoquín húmedo. A lo lejos, el gemido de una patrulla de la policía municipal rompía la quietud mientras rodeaba la glorieta de los niños héroes cerca del concurrido campus de la Universidad de Guadalajara. Sin embargo, en las últimas semanas el ambiente en la universidad se había vuelto denso y opresivo.
Hacía más de un mes que los rumores sobre estudiantes desaparecidas habían comenzado a extenderse como una plaga. Primero fue una, luego dos, y la cifra siguió aumentando sin ninguna explicación clara. Al principio, muchos supusieron que eran fugas voluntarias, escapadas a Puerto Vallarta o decisiones impulsivas de empezar una nueva vida.
Pero el número crecía de manera inexorable, alimentando un miedo subterráneo que se arrastraba por los pasillos y las aulas. En una modesta casa en la colonia de Zapopan, una mujer llamada Rosa Luna se sentaba en un viejo sillón con los ojos hinchados de tanto llorar. Sostenía con manos temblorosas una fotografía de su hija, Sofía Luna, un estudiante de último año de psicología.
La última vez que la vio fue hacía una semana cuando Sofía se despidió para ir a la universidad a una asesoría de tesis. Desde entonces, su celular está apagado. Señora Rosa, tenga paciencia. Quizás se quedó en casa de una amiga le dijo una vecina intentando ofrecer un consuelo que sonaba hueco. Rosa solo negó con la cabeza, las lágrimas cayendo sin control por sus mejillas surcadas de preocupación.
No, susurró. Mi Sofía nunca se iría así. Ella siempre llamaba, siempre avisaba a dónde iba. Esto no es normal. Su voz, apenas un hilo, estaba cargada de un terror primordial. Al otro lado de la ciudad, en un pequeño apartamento en la zona de Chapultepec, el joven periodista Santiago Santimoreno miraba fijamente la pantalla de su laptop.
Acababa de recibir un mensaje de texto de un contacto en la Fiscalía del Estado sobre el creciente número de denuncias por desaparición. La cifra extraoficial ya superaba la decena. Todas universitarias, todas desaparecidas de repente, sin dejar rastro. Santi teclaba rápidamente tomando notas para un artículo en su blog de periodismo de investigación, La voz oculta.
Sabía que los grandes medios a menudo ignoraban estas historias al principio. No hay pruebas, solo rumores, era la excusa habitual. Pero esta vez su instinto le gritaba que algo mucho más grande y oscuro se estaba gestando bajo la superficie de la ciudad. En la sede de la Fiscalía General del Estado de Jalisco, la comisaria Elena Vargas revisaba una pila de expedientes que amenazaba con derrumbarse sobre su escritorio.
Acababa de ser llamada por el fiscal general después de que las familias de las víctimas organizaran una pequeña protesta frente al edificio exigiendo respuestas. Elena abrió un expediente tras otro. Nombres diferentes, rostros diferentes, pero el patrón era inquietantemente idéntico. Todas eran estudiantes de la UDEG, todas desaparecidas en el trayecto a casa o después de alguna actividad en el campus.
¿Por qué siempre universitarias? Murmuró Elena para sí misma, mirando un gran mapa de la ciudad en la pared, lleno de chinchetas rojas y líneas que no llevaban a ninguna parte. Uno de sus subalternos, un joven detective llamado Morales, respondió en voz baja. Quizás sea una coincidencia, comisaria. O podrían haberse fugado con sus novios, ya sabe cómo son los jóvenes.
Elena exhaló un largo suspiro, la frustración apretándole el pecho. Si fuera una, Morales, tal vez. Pero ya son más de 12. Hay chicas de familias adineradas de Providencia y otras de barrios humildes de Tonalá. Es imposible que todas desaparecieran por la misma razón. En medio de esa creciente ansiedad, emergió la figura del doctor Mateo Castillo, un carismático profesor de psicología criminal de la universidad.
Era una cara conocida en la televisión local, donde a menudo ofrecía análisis agudos sobre crímenes de alto perfil. Castillo era famoso por su amabilidad, su voz pausada y la sensación de calma que transmitía. Esa noche participó en un foro dediscusión en el campus hablando ante estudiantes y periodistas. “No debemos apresurarnos a culpar a nadie”, dijo Castillo con una sonrisa casi imperceptible.
La desaparición de estas jóvenes puede deberse a muchos factores: presión académica, conflictos familiares, la influencia de malas compañías. Debemos confiar en que la policía está haciendo su trabajo. Santi, presente en el foro, sintió que las palabras de Castillo sonaban demasiado pulcras, como si estuviera intentando deliberadamente sofocar la creciente alarma en lugar de abordarla.
Tomó nota de cada palabra, sopesando si era normal que un académico mostrara tal confianza al desestimar los temores de la comunidad. Mientras tanto, la paciencia de las familias se agotaba. Organizaron una vigilia en una pequeña plaza cerca de la universidad. Encendieron veladoras cuyas llamas parpadeaban en la noche y colocaron fotografías de las chicas desaparecidas.
La atmósfera era una mezcla de dolor y rabia contenida. Un padre, con el rostro desencajado, gritó, “Si la policía no puede encontrar a nuestras hijas, las encontraremos nosotros mismos.” Sus palabras golpearon a Elena, que estaba presente de incógnito, con la fuerza de una bofetada. Sabía que la presión pública solo aumentaría.
En su interior hizo una promesa silenciosa. Voy a encontrarlas. Cueste lo que cueste. La noche avanzaba y una llovisna fina comenzó a caer, mojando el asfalto de Guadalajara y haciendo que la ciudad pareciera llorar. Santi guardó su cámara después de grabar la vigilia. caminó de regreso a su apartamento con la mente llena de preguntas.
Había un gran misterio detrás de estas desapariciones y sentía que esto era solo el comienzo de algo mucho más aterrador. Aquella mañana, Guadalajara no era la misma. El cielo estaba cubierto por un manto de nubes grises y densas, como si contuviera una tormenta a punto de estallar. En las afueras de la ciudad, una camioneta de la fiscalía se detuvo en un camino de tierra que conducía hacia la barranca de Buenán.
El olor a tierra húmeda impregnaba el aire, mezclado con un edor dulzón y metálico que obligó a varios agentes a cubrirse la nariz con pañuelos. Un hombre que buscaba leña la noche anterior había informado a la policía sobre un montículo de tierra sospechoso cubierto de hojas secas. El informe casi fue descartado hasta que un perro de la unidad canina, traído esa mañana comenzó a ladrar sin cesar en un punto específico.
La comisaria Elena Vargas dirigía la operación en persona. Sus ojos, afilados y penetrantes, estaban fijos en el montículo que el equipo de peritos comenzaba a excavar. El sonido de las palas cortando la tierra húmeda era lo único que rompía el silencio del cañón, seguido de un olor a descomposición que se intensificó hasta volverse insoportable.
“Comisaria!”, gritó uno de los peritos con voz ahogada. “Tenemos un cuerpo.” Elena se acercó. Su corazón dio un vuelco cuando retiraron una tela blanca y sucia que envolvía el cadáver. Un largo cabello oscuro se desparramó sobre la tierra. La ropa, aunque desgarrada, aún estaba en el cuerpo. Era una mujer joven, una estudiante.
Su rostro, de un pálido a su lado, era casi irreconocible. Antes de que pudieran recuperarse del soc, el perro ladró de nuevo en otro punto cercano. La siguiente excavación reveló otro cuerpo y luego otro y otro más, hasta que después de medio día de trabajo agotador, la cuenta se detuvo. 39. Comisaria, informó el jefe del equipo forense con voz temblorosa.
Elena se quedó sin palabras. El número se clavó en su mente como un puñal de hielo. Cerró los ojos por un momento, conteniendo una oleada de náusea y rabia que amenazaba con desbordarla. 39 vidas jóvenes enterradas en el silencio de la barranca. Todas mujeres, todas universitarias. La noticia del descubrimiento se extendió como un incendio forestal.
En cuestión de horas, los medios de comunicación nacionales invadieron Guadalajara. Las cámaras de televisión apuntaban a la cinta amarilla de la policía que acordonaba la zona. Los micrófonos se dirigían a cualquiera que pudiera ofrecer una declaración. El joven periodista Santi Moreno también estaba allí escribiendo frenéticamente en su libreta mientras grababa cada detalle con su teléfono.
“Sanyi, ¿es verdad que son las universitarias desaparecidas?”, le preguntó otro reportero con la voz entrecortada. Santi respiró hondo. No puedo confirmarlo oficialmente, pero la ropa y algunas pertenencias coinciden con los informes de las familias. Este será un caso que marcará a la ciudad para siempre.
En medio del caos, las familias de las víctimas comenzaron a llegar. Los gritos de dolor rasgaron el aire cuando la policía les mostró fotografías de las pruebas encontradas, zapatos, mochilas y credenciales de estudiante halladas cerca de los cuerpos. Rosa, la madre de Sofía, se desmayó al ver la mochila de su hija manchada de tierra y lodo. Elena observaba la escenacon el corazón destrozado.
Sabía que a partir de ese día su vida no volvería a ser la misma. No solo porque el caso atraería la atención nacional, sino porque sentía que tenía una deuda personal con cada una de esas familias. Mientras tanto, el doctor Mateo Castillo apareció en el lugar con un semblante grave.
Afirmó haber sido invitado por la fiscalía para ofrecer su opinión como experto en psicología criminal. Los periodistas lo rodearon de inmediato. Doctor Castillo, ¿cuál es su opinión sobre el hallazgo de estas decenas de cuerpos? Castillo suspiró profundamente, bajó la mirada por un instante y luego respondió con un tono lleno de empatía. Esta es una tragedia humana devastadora.
Por el patrón de los entierros, podría tratarse del trabajo de una persona sumamente organizada y metódica. No debemos sacar conclusiones precipitadas. Confiemos en que las autoridades harán su trabajo. Su rostro era sereno, sus palabras tranquilizadoras, como si ofreciera un bálsamo en medio del pánico. Muchos quedaron impresionados.
Incluso algunas familias de las víctimas le agradecieron su presencia. Sin embargo, a los ojos de Santi, algo no encajaba. La mirada de Castillo era demasiado plana, carente de la genuina conmoción que una escena así debería provocar. Esa tarde se celebró una conferencia de prensa en el patio de la fiscalía.
La sala estaba abarrotada de periodistas. Elena se paró frente al podio, su rostro endurecido por la tensión, aunque el agotamiento era visible en sus ojos. Hemos encontrado 39 cuerpos en la zona de la barranca de Buenán. La identificación preliminar indica que se trata de las estudiantes reportadas como desaparecidas en los últimos dos años.
Trabajaremos incansablemente para descubrir quién es el responsable de todo esto. Pedimos sus oraciones y su apoyo. Apenas terminó, una lluvia de preguntas la bombardeó. ¿Por qué la policía tardó tanto en encontrarlas? ¿Es esto una prueba de negligencia? ¿Hay algún cártel involucrado? Elena se contuvo para no perder la compostura. No podemos especular.
Lo único que puedo asegurar es que investigaremos hasta las últimas consecuencias. Pero fuera del edificio, la ira del público era incontenible. Decenas de ciudadanos gritaban, la policía falló. Pena de muerte para el culpable. El ambiente se caldeó casi llegando a un motín. Esa noche Santi escribió su artículo con las manos temblorosas.
El titular era simple pero demoledor. Guadalajara de luto. 39 estudiantes halladas en una fosa común. Sabía que sus palabras acudirían a la opinión pública, pero sentía que la verdad, por cruda que fuera, debía ser contada. En su impecable y silencioso apartamento con vistas a la ciudad, el doctor Castillo miraba la pantalla del televisor que mostraba las noticias del hallazgo.
Una leve curva se dibujó en sus labios, casi imperceptible. Apagó el televisor y abrió una gruesa libreta llena de anotaciones a mano. En una de las páginas estaba escrita una frase, fase uno completada. La respuesta del público es la esperada. Guadalajara no se había recuperado del SOC. La noticia del hallazgo de los 39 cuerpos de estudiantes en la barranca de Went Titan seguía dominando las pantallas de televisión, las portadas de los periódicos y las conversaciones en los cafés.
La ciudad, normalmente conocida por su calidez y su vibrante vida cultural, se había transformado en un lugar gobernado por el miedo. Los padres prohibían a sus hijas salir de noche. El campus universitario se sentía desierto, con aulas vacías, porque muchos estudiantes habían decidido regresar a sus lugares de origen.
En la morgue del servicio médico forense, la atmósfera era aún más sombría. El olor a formol se mezclaba con el inconfundible aroma de la muerte. Los cuerpos recuperados de la barranca ahora yacían en bolsas negras esperando ser identificados. Los médicos forenses trabajaban sin descanso, tomando notas, fotografiando y recogiendo muestras.
La comisaria Elena Vargas permanecía de pie con el rostro tenso, escuchando el informe de un doctor mientras intentaba controlar la agitación en su estómago. La mayoría de las víctimas murieron en buen estado de salud, sin signos de abuso de drogas. Las lesiones en sus cuerpos son mínimas, no hay indicios de violencia brutal.
La causa principal de la muerte fue asfixia, probablemente por estrangulamiento o sofocación”, explicó el forense en voz baja. Elena asintió con la mirada perdida. Esa forma de matar indicaba control. No eran asesinatos impulsivos, sino actos metódicos y planificados ejecutados con una calma aterradora. miró el tablero de datos.
La edad de las víctimas oscilaba entre los 19 y los 22 años. Todas universitarias, la mayoría activas en la vida del campus. ¿Por qué ellas? Murmuró, más para sí misma que para nadie. Santi Moreno, a quien se le había concedido un acceso limitado, observaba desde un rincón de la sala.
Los otros periodistas se habían ido, pero él seguía allí esperando, anotando cada detalle. Veía el agotamiento en los ojos de Elena, pero también una determinación que no se había extinguido. Comisaria Vargas, ¿existe algún patrón que relacione a las víctimas entre sí? Preguntó Santi con cautela. Elena se tomó un momento antes de responder. Apenas estamos recopilando datos, pero hay algo extraño.
Varias de las últimas víctimas eran de la Facultad de Psicología y casi todas están registradas como asistentes a seminarios o tutorías académicas con el doctor Mateo Castillo. Santi sintió un escalofrío. Ese nombre había aparecido una y otra vez en sus notas. El profesor amable que aparecía en los medios, el que parecía tan preocupado.
Era posible que solo fuera una coincidencia que estuviera en el círculo de todas ellas. Esa tarde, en el campus, el ambiente era aún más lúgubre. Los tablones de anuncios estaban cubiertos de carteles con las fotos de las estudiantes y la pregunta, ¿dónde están? El doctor Castillo caminaba por un pasillo saludando a los estudiantes que bajaban la mirada llenos de miedo.
Su rostro seguía siendo sereno, su sonrisa imperturbable, como si la tragedia no pudiera alterar su compostura. Un estudiante se le acercó y le preguntó con voz temblorosa, “Profesor, ¿es verdad que las víctimas tenían relación con nuestra facultad?” Castillo le dio una palmada en el hombro. No crean en los chismes. Nuestro deber ahora es estudiar, cuidarnos y no aumentar el pánico.
Recuerden, el miedo puede matar más rápido que el propio criminal. Sus palabras eran tranquilizadoras, pero escondían una ironía que solo él conocía. Por la noche, Santi decidió investigar más a fondo. Contactó a una de las mejores amigas de Sofía Luna, la víctima cuya madre Rosa le había contado su historia.
Al otro lado del teléfono, una voz joven y vacilante le dijo, “Sofía me habló de una investigación extraña.” Dijo que su profesor le pidió participar en un experimento psicológico, una especie de simulación sobre el miedo. A ella le pareció raro, pero le dijeron que era para su tesis. Después de eso desapareció.
Santi anotó rápidamente su corazón latiendo con más fuerza. El hilo conductor comenzaba a tomar forma. Mientras tanto, la comisaria Vargas dirigía una reunión interna en la fiscalía. El mapa de la ciudad cubría una pared con líneas rojas marcando las últimas ubicaciones conocidas de las víctimas. Es extraño. Casi todas las rutas terminan cerca del campus, dijo Elena con firmeza.
No quiero hacer suposiciones, pero hay un patrón. El culpable parece tener acceso directo a la universidad. Puede acercarse a las estudiantes sin levantar sospechas. Podría ser alguien de adentro. Algunos de sus hombres dudaron. Pero, comisaria, si fuera alguien de adentro, ya habríamos oído rumores. Hasta ahora nada.
Elena tamborileó los dedos sobre la mesa. Este individuo es inteligente, sabe cómo borrar sus huellas. Precisamente porque es tan pulcro, estoy cada vez más convencida de que no es una persona común. La noche se hizo más profunda. Santi cruzaba un puente peatonal, la llovisna mojando el asfalto mientras las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos.
Abrió su libreta y miró el nombre que se repetía una y otra vez. Doctor Mateo Castillo, ¿eres realmente solo un profesor bien intencionado o hay una sombra oscura detrás de ese rostro sereno? Murmuró en voz baja. En su apartamento, Castillo estaba sentado frente a un escritorio de madera.
La luz de una lámpara iluminaba una libreta llena de anotaciones. Escribía con calma, como si no estuviera siguiendo una tragedia, sino los resultados de una valiosa investigación. Los sujetos muestran una alta obediencia a la autoridad. Sus muertes ocurrieron sin una resistencia significativa. La siguiente fase debe ser más compleja. Cerró la libreta y sonrió levemente.
A lo lejos se oyó el sonido de una sirena de policía. Guadalajara estaba despierta, llena de miedo, pero para Castillo todo esto era solo el principio. Guadalajara seguía envuelta en una neblina de lluvia cuando se celebró la segunda conferencia de prensa. El auditorio de la fiscalía estaba abarrotado de periodistas.
Las cámaras de televisión formaban una barrera. Los micrófonos se extendían hacia el podio como brazos desesperados. Los rostros tensos esperaban respuestas. La comisaria Elena Vargas, de pie con su uniforme impecable, aunque las ojeras delataban sus noches de insomnio, abrió una carpeta y dijo con voz firme, “Hemos encontrado pruebas adicionales.
La mayoría de las últimas víctimas tenían vínculos con actividades académicas en la universidad. Investigaremos a fondo a todas las partes involucradas.” El auditorio estalló en un murmullo. Las preguntas llovieron. ¿Significa eso que el culpable es del campus? ¿Ya hay algún sospechoso? Elena se contuvo para no mencionar anadie. Se limitó a responder.
No podemos especular. En un rincón, Santi Moreno observaba seriamente tomando notas. Sabía hacia donde apuntaba la policía, aunque no se dijo el nombre del doctor. Mateo Castillo resonaba en su mente con más fuerza que nunca. Sin embargo, poco después de la conferencia, el propio castillo apareció en el patio de la fiscalía.
Vestido con una camisa blanca impecable, caminó con calma entre la multitud de periodistas. Al verlo, las cámaras se giraron hacia él. “Doctor Castillo, ¿qué opina de los resultados de la conferencia?”, preguntó un reportero. Castillo sonrió levemente, como si hubiera preparado su respuesta. Creo que es natural que la policía explore todas las posibilidades.
Sin embargo, debemos tener cuidado de no convertir a nadie en un chivo expiatorio. No permitamos que el dolor de las familias sea utilizado para difundir calumnias. Sus palabras sonaron sabías. El público una vez más fue seducido. Muchos elogiaron a Castillo como un académico comprometido con la verdad. En las redes sociales, su foto circulaba con la leyenda La voz de la calma en medio de la tormenta.
Santi apretó los dientes. Algo le molestaba. Castillo estaba demasiado preparado, demasiado pulcro, como si cada una de sus palabras estuviera diseñada para construir una imagen de benevolencia. Esa noche, Santi se reunió con una fuente secreta, un estudiante que había sido asesorado por Castillo. Se encontraron en un pequeño café cerca de la central de autobuses.
El estudiante, nervioso, se cubría el rostro con una gorra. Santiago, debo irme pronto. Tengo miedo de que me vean. Sofía, mi amiga, me contó que el profesor Castillo la invitó a una simulación. dijo que era para una investigación sobre el miedo, pero lo extraño es que no hay registro oficial de esa investigación en la facultad.
Santi se inclinó hacia delante. ¿Qué tipo de simulación? El estudiante tragó saliva. Era como un juego. Les pedían entrar en una habitación oscura y escuchar órdenes por un altavoz. Si no obedecían, habría un castigo. Sofía dijo que al principio era un experimento pequeño, pero que se fue volviendo aterrador.
Después de eso desapareció. El corazón de Santi se aceleró. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Le dio las gracias al estudiante y se fue rápidamente. Mientras tanto, Elena enfrentaba una presión política cada vez mayor. Sus superiores la reprendieron por su supuesta lentitud. “Si no hay un sospechoso, claro, en una semana, le pediré su renuncia”, le dijo un alto funcionario con frialdad.
Elena contuvo su ira. Sabía que este no era solo un caso criminal. Había una atención nacional, incluso internacional. Cada uno de sus movimientos era observado. Esa noche miró el gran mapa en su oficina. Los puntos rojos de las víctimas parecían heridas abiertas en la ciudad. Apretó los puños. Sé que estás aquí cerca.
Quien quiera que seas, te encontraré. Mientras tanto, Castillo regresó a su tranquilo apartamento. Se sentó frente a su escritorio y encendió una vieja grabadora. Su propia voz tranquila y autoritaria llenó la habitación. Cierren los ojos. Respiren profundamente. Recuerden, están siendo puestos a prueba. Si obedecen, estarán a salvo.
Si se resisten, morirán. Castillo reprodujo la grabación varias veces. Sus labios se curvaron en una sonrisa, como si escuchara una hermosa melodía. escribió una frase en su libreta. La autoridad es aceptada sin cuestionamientos. Siguiente etapa. Ampliar el círculo de sujetos. Fuera de su ventana, las luces de Guadalajara parpadeaban bajo la lluvia.
La ciudad no sabía que la persona a la que admiraban como un salvador estaba planeando su siguiente experimento. Guadalajara respiraba atención. Las calles, antes bulliciosas, se sentían desoladas. Los padres prohibían a sus hijas salir de noche. En el campus reinaba la desconfianza. La policía vigilaba las entradas de la universidad como si fuera el epicentro de todas las respuestas.
La comisaria Elena Vargas estaba sentada en su oficina frente a una montaña de expedientes. Su mente estaba más enredada que los papeles esparcidos sobre su escritorio. El informe de laboratorio forense acababa de llegar. Se había encontrado una huella dactilar parcial en la ropa de una de las últimas víctimas.
El nombre que apareció no era el que esperaba. La huella pertenecía a Héctor Ramírez, un guardia de seguridad del campus que llevaba más de 15 años trabajando allí. Elena frunció el seño. Héctor era conocido por ser un hombre trabajador, aunque reservado. No tenía antecedentes penales, nunca había causado problemas.
Pero la evidencia era la evidencia. ¿Será posible que él haya hecho todo esto? Pensó. Sin embargo, una fuerte duda la asaltaba. Al mismo tiempo, Santi Moreno recibió la misma noticia de un informante dentro de la fiscalía. Se dirigió de inmediato al campus para hablar con algunos estudiantes.
Uno de ellos le dijo con amargura, “La comisaria debe estar equivocada. El señor Héctor es una buena persona. A menudo ayudaba a los estudiantes que se quedaban hasta tarde. Es imposible que hiciera algo tan atroz. La sospecha de Santi seguía apuntando a un solo nombre, Mateo Castillo. Le parecía extraño que Castillo, siempre tan presente en los medios, pareciera saber tanto sobre la dirección de la investigación como si pudiera anticiparse a los movimientos de la policía.
Sin embargo, esa misma tarde la televisión local interrumpió su programación con una noticia de última hora. La policía había detenido a Héctor Ramírez como sospechoso principal. Los periodistas se agolparon frente a la humilde casa de Héctor, grabando el llanto desconsolado de su esposa, que no podía creer la acusación.
Castillo, invitado como experto a un programa de debate, habló con su característica voz serena. Lamento profundamente esta situación. Si realmente el guardia está involucrado, debemos confiar en el proceso legal. Espero que la sociedad no juzgue a toda la universidad por las acciones de un solo individuo. Sus palabras se volvieron virales.
El público comenzó a condenar a Héctor, llamándolo un monstruo con uniforme. En las redes sociales, su foto circulaba con titulares sensacionalistas. Mientras tanto, en la sala de interrogatorios, Héctor estaba sentado con el rostro pálido y las manos temblorosas. Juró una y otra vez. Yo nunca maté a nadie, comisaria.
Solo hacía mi trabajo de vigilancia. Incluso conocía a algunas de las víctimas. A menudo me dejaban las llaves o me pedían que las acompañara a la salida. Elena lo miró fijamente a los ojos. Había una sinceridad difícil de fingir. Su instinto de investigadora le gritaba que Héctor no era el culpable, pero la prueba de la huella dactilar era como una bofetada cada vez que intentaba dudar.
Esa noche, Santi se coló en el edificio de la Facultad de Psicología. Quería ver el laboratorio de investigación de Castillo del que se rumoreaba que usaba para sus experimentos. Con una pequeña cámara fotografió cada rincón. En un cajón cerrado con llave encontró unas notas con nombres de estudiantes. Varios de los nombres estaban tachados con tinta roja.
Santi se quedó helado. El último nombre de la lista era Sofía Luna, la estudiante de la que le había hablado su fuente en el café. Pero antes de que pudiera salir, escuchó pasos. se escondió rápidamente detrás de un armario. Por una pequeña rendija vio a Castillo entrar con un rostro frío. El profesor tomó algo de un escritorio y lo guardó en un maletín negro.
Santi contuvo la respiración. Un momento después, Castillo sacó su teléfono e hizo una llamada. Mañana por la mañana, asegúrate de que el expediente de la huella dactilar se haga público. Que todo apunte a ese guardia. No quiero que mi nombre sea mencionado. El corazón de Santi pareció detenerse. Ahora estaba seguro.
Castillo era el verdadero cerebro. En cuanto Castillo se fue, Santi salió corriendo con el sudor frío perlando su frente. Sabía que debía informar a Elena de inmediato, pero le creería. Sin pruebas contundentes, las palabras de un periodista no serían suficientes para derribar la sólida acusación que ya se había construido. Al otro lado de la ciudad, Castillo se sentaba tranquilamente en su sala de estar.
Encendió el televisor y volvió a ver la grabación de su entrevista de esa tarde. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. El mundo lo veía como un héroe, mientras que el chivo expiatorio estaba listo para cargar con sus pecados. escribió una nueva frase en su libreta. Fase dos exitosa. Díctima pública. Uno. Víctimas reales. 39. Nuevos sujetos en espera.
Guadalajara estaba siendo azotada por una fuerte lluvia desde la tarde. Las calles estaban inundadas y las luces de la ciudad se reflejaban en el agua como fragmentos de un espejo roto. En una pequeña oficina alquilada para una reunión de emergencia, la comisaria Elena Vargas esperaba con el rostro tenso.
La puerta se abrió y Santi Moreno entró todavía con el impermeable puesto. Su respiración estaba agitada. Pero sus ojos brillaban con determinación. No tengo mucho tiempo, comisaria. Tengo que hablar con usted, dijo rápidamente. Elena lo miró con desconfianza. Si se trata de otra noticia sensacionalista, no me interesa. Santi abrió su mochila y sacó varias fotografías.
Esto no es un chisme. Anoche me infiltré en el laboratorio del doctor Castillo. Mire esto. Las fotos mostraban una lista de nombres de estudiantes con varias marcas rojas. Elena las revisó, sus ojos entrecerrándose. Estos nombres, algunas de las víctimas que encontramos en la barranca y otras que aún no. Exacto.
La interrumpió Santi. Castillo está planeando algo más. Lo escuché yo mismo hablando por teléfono, ordenando a alguien que se asegurara de que la huella de Héctor se hiciera pública. Está cubriendo sus huellas.Elena se quedó en silencio. Quería negarlo, pero la información encajaba perfectamente con la duda que la había estado carcomiendo.
Héctor parecía demasiado frágil para llevar a cabo asesinatos tan sistemáticos. Si lo que dices es cierto”, dijo Elena lentamente, “no podemos actuar precipitadamente. Castillo es demasiado influyente, es respetado, los medios le creen. Incluso algunos altos mandos de la policía lo escuchan como a un experto.
Necesitamos pruebas que lo destruyan.” Santi asintió. “Por eso he venido. Tenemos que trabajar juntos. Yo tengo mis contactos. Usted tiene el acceso oficial. Si actuamos por separado, él siempre estará un paso por delante. Por primera vez, Elena miró a Santi de una manera diferente, ya no como un periodista molesto, sino como un aliado en el que quizás podría confiar.
Mientras tanto, en una celda de detención, Héctor Ramírez estaba acurrucado en un rincón. La lluvia se filtraba por una grieta en el techo goteando sobre el frío suelo de cemento. Se abrazaba las rodillas con los ojos hinchados. Un detective entró con un periódico. Héctor, ¿sabes lo que dicen de ti? Los medios ya te llaman él asesino del campus.
Tu familia está siendo amenazada. Será mejor que confieses y acabemos con esto. Héctor negó con la cabeza enérgicamente. Soy inocente, solo soy un guardia. Por Dios, nunca toqué a ninguna de ellas, pero su voz solo rebotó en las paredes de la celda. sabía que ahí fuera ya había sido condenado. En otro lugar, Mateo Castillo estaba sentado en su oficina con el aroma a café negro flotando en el aire.
Leía un artículo en línea que elogiaba su papel en el caso Profesor Castillo, la voz académica que trae calma al horror de Guadalajara. Río entre dientes y escribió de nuevo en su libreta. Tercera etapa, prueba pública. Crear un chivo expiatorio. A continuación, preparar nuevos sujetos. Poco después, su teléfono vibró.
Una voz al otro lado dijo, “Todo va según lo planeado, profesor. La huella del guardia será la prueba principal. La policía está atrapada.” Castillo respondió con calma. Excelente. Déjalos que se entretengan con su juguete. Nosotros todavía tenemos un escenario que preparar. Esa noche Elena tomó una decisión audaz. Visitó la celda de Héctor en secreto.
Le pidió al guardia que saliera un momento y se sentó frente a él. Héctor, escúchame. Creo que eres inocente, pero para probarlo necesito tu ayuda. ¿Viste algo en el campus? Algo extraño. Antes de que las estudiantes desaparecieran. Héctor miró a Elena con los ojos llorosos. Vi al profesor Castillo llevar a varias estudiantes a su laboratorio de noche.
Dijo que estaban en una simulación. Cuando le pregunté, solo sonrió y me dijo, “No te metas en esto.” La confesión dejó a Elena helada. Miró a Héctor durante un largo rato y luego le dio una palmada en el hombro. Tranquilo, encontraré la manera de limpiar tu nombre. Al salir de la celda, sintió un gran peso en el pecho.
Se dio cuenta de que esta batalla era mucho más peligrosa de lo que había imaginado. Castillo no era solo un profesor, era un maestro manipulador que sabía cómo controlar a las personas tanto en su laboratorio como en el escenario público. Afuera, Santi le esperaba en su coche. Elena subió y cerró la puerta. Tenías razón”, dijo en voz baja.
Es castillo, pero para derribarlo necesitaremos más que un informe. Santi la miró con determinación. Entonces tendremos que encontrar una prueba viviente, algo que no pueda negar. El coche se puso en marcha, abriéndose paso a través de la noche lluviosa. Dentro, dos personas de profesiones distintas unían sus fuerzas con un solo objetivo, desenterrar la verdad.
No sabían que en su lujoso apartamento Castillo habría un maletín negro que contenía una grabadora, máscaras y una nota con el horario de una reunión secreta. Su leve sonrisa sugería que sabía que un nuevo juego estaba a punto de comenzar. La lluvia había cesado, pero el aire de Guadalajara seguía cargado de humedad.
El cielo nocturno era de un gris plomiso, como si ocultara los oscuros secretos de la ciudad. En una sala secreta de la fiscalía, conocida solo por unos pocos, la comisaria Elena Vargas estaba de pie frente a un gran pizarrón. Las fotos de las víctimas estaban unidas por hilos rojos. A su lado, Santi Moreno reproducía una grabación de una pequeña grabadora.
La voz tranquila de un hombre llenó la sala. Cierren los ojos. Recuerden, están siendo puestos a prueba. Si obedecen, estarán a salvo. Si se resisten, morirán. La voz le erizó la piel a Elena. Miró a Santi con seriedad. Es la voz de Castillo. Santi asintió. Lo grabé en secreto cuando entró en su oficina. Desafortunadamente se parece demasiado a las grabaciones de sus seminarios.
Podrían argumentar que es una edición. Elena tamborileó los dedos sobre la mesa. Entonces, necesitamos pruebas directas. Tenemos que hacerlo reaccionar. Crearemos un señuelo.Esa misma noche elaboraron un plan. Le enviarían un mensaje anónimo a Castillo haciéndose pasar por una estudiante curiosa por sus experimentos.
El mensaje enviado desde un número nuevo era breve. Sé sobre la simulación que realiza. Quiero participar. Nos vemos mañana en el antiguo edificio de la facultad. Santi dudó. Si sospecha todo esto podría fracasar. Elena respondió con frialdad. Si no lo intentamos. Héctor será condenado por un crimen que no cometió.
No tenemos otra opción. La noche siguiente, el viejo edificio de la facultad, abandonado desde hacía mucho tiempo, se convirtió en el escenario de la trampa. Elena colocó a dos agentes de civil en los alrededores, mientras Santi se escondía con una pequeña cámara en el segundo piso.
El reloj marcaba casi la medianoche cuando se escucharon pasos. El doctor Mateo Castillo apareció vestido con un traje oscuro y llevando un maletín. Se movía con calma, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Abrió la puerta de la sala principal y encendió una pequeña linterna. “Hola”, dijo su voz suavemente. “Quien quiera que seas, sal.
No tienes que tener miedo.” Elena hizo una seña a sus hombres para que esperaran. Querían ver qué haría Castillo. Él dejó el maletín sobre una mesa y sacó varios objetos, una máscara, una tela, cuerdas y una grabadora. Hablaba solo, como si estuviera ensayando. Primera etapa, se le pide al sujeto que cierre los ojos. Segunda etapa, seguir las instrucciones.
Tercera etapa, se detuvo y sonrió levemente. Santi grabando desde arriba. Casi deja caer la cámara. Era la prueba que necesitaban. Pero de repente Castillo detuvo sus movimientos. Se quedó quieto mirando a su alrededor. Quien quiera que esté escondido aquí salga ahora. Sé que me están observando. El corazón de Elena se aceleró.
Castillo caminó hacia una esquina, acercándose al escondite de uno de los agentes. En un instante sacó una linterna y la apuntó directamente al rostro del policía. “Policía”, dijo Castillo en voz baja, pero con un tono de victoria. ¿Creeron que era estúpido? ¿Pensaron que no me daría cuenta de esta trampa? La situación se volvió caótica.
El agente intentó detenerlo, pero Castillo fue más rápido. Le arrojó un polvo blanco de un frasco segando temporalmente al policía. Elena entró corriendo apuntando con su pistola. No te muevas, Castillo. Él se giró, su sonrisa imperturbable. Comisaria Vargas, la admiro. Pero debes saber que sin pruebas contundentes, todo esto parecerá un intento de arruinar mi reputación.
¿Y sabe quién perderá ante la opinión pública? Cerró su maletín y retrocedió. Dos agentes intentaron rodearlo, pero Castillo levantó las manos. Conténganse. Si me detienen esta noche sin pruebas, demandaré a la fiscalía. Los medios los destruirán. Elena apretó los dientes. Sabía que el hombre tenía razón. Todo se basaba en sospechas.
Sin pruebas físicas claras, Castillo podría escapar de nuevo. Con calma salió del edificio, dejando tras de sí un leve aroma a perfume. Santi bajó frustrado. Casi lo teníamos. Elena pateó una silla. Es más astuto de lo que pensábamos, pero esta noche demostró algo. Sabe que lo estamos cazando y eso significa que será más cuidadoso.
Tendremos que ser más inteligentes. Al otro lado de la ciudad, Castillo se sentó en su coche. Encendió un cigarrillo y río entre dientes. Creyeron que podían atraparme. Pero el juego apenas comienza. En su libreta escribió una frase, “El señuelo falló, pero la cacería me da nueva energía. Es hora de elegir a la siguiente víctima.
” A la mañana siguiente, Guadalajara fue sacudida de nuevo. Una noticia impactante se extendió de boca en boca antes de explotar en las pantallas de televisión. Un estudiante había sido encontrada sin vida a la orilla de un camino rural. Su cuerpo yacía sobre la tierra húmeda, todavía con la chaqueta de su universidad.
La víctima era Nadia, una estudiante de último año de comunicación. Había sido reportada como desaparecida una semana antes, pero su familia había creído que simplemente estaba ocupada con su tesis. Cuando su cuerpo fue llevado a la morgue, la comisaria Elena Vargas ya estaba allí. Su rostro estaba sombrío. Escuchó el informe del forense.
Sin signos de lucha. Al igual que las víctimas anteriores, hay residuos de un sedante en su sangre. Marcas en las muñecas por ataduras. El patrón es consistente. Elena se frotó el rostro. Eso significa que sigue activo y no pudimos detenerlo. Santi Moreno llegó poco después. vio el cuerpo de Nadia y susurró, “Castillo nos está enviando un mensaje.
Después de que nuestra trampa fallara, está demostrando quién sigue al mando.” Elena lo miró con una mezcla de ira y frustración. Si esto continúa, la opinión pública nos va a destruir. Mis superiores ya me han advertido que si no hay un culpable oficial en dos semanas, cerrarán el caso con Héctor como chivo expiatorio.Santi apretó los puños.
Eso significaría que Castillo ganó. No me quedaré de brazos cruzados. Fuera de la morgue, los periodistas los acosaban con preguntas. ¿Es esta la víctima número 40? ¿Sigue siendo el mismo culpable? ¿Por qué la policía no puede atraparlo? Elena solo respondió brevemente, estamos trabajando. Tengan fe en que encontraremos al responsable.
Pero la confianza del público se desvanecía. En las redes sociales, el hashtag Guadalajara en peligro era tendencia. Mientras tanto, Mateo Castillo estaba sentado cómodamente en su oficina viendo las noticias sobre Nadia con un rostro impasible. Sobre su escritorio, una libreta abierta mostraba el nombre de nadie atachado en rojo. El experimento había concluido.
Los medios reaccionan según lo previsto murmuró. La policía está acorralada. El público está en pánico. Todo va a la perfección. Luego cerró la libreta y tomó otra hoja con tres nuevos nombres. Sus labios se curvaron en una sonrisa. Los siguientes sujetos están listos. Esa noche Elena contactó a Santi en secreto.
Se reunieron en una casa segura. Revisé los registros académicos de Nadia, dijo Elena. Asistió a un seminario privado de Castillo hace un mes. No hay registro oficial, pero un testigo la vio salir de su oficina. Santi se inclinó hacia delante. Eso lo vincula directamente. Si podemos encontrar pruebas físicas de esa reunión, podríamos cambiar el rumbo de esto. Elena suspiró.
El problema es que Castillo es extremadamente cuidadoso. Necesitamos a alguien de adentro. Santi pensó por un momento. Conozco a un estudiante que fue su asistente de investigación. Se llama Isabella. Quizás ella pueda ayudar. El acuerdo estaba hecho. Contactarían a Isabella para intentar infiltrarse en el círculo de castillo.
Mientras tanto, en su celda, Héctor Ramírez se enteró de la muerte de Nadia por un pequeño televisor. Las lágrimas rodaron por su rostro. Mientras yo estoy encerrado, él sigue libre. Dios, ayúdalos a encontrar la verdad. En medio de la noche, Castillo caminaba por el pasillo de su apartamento. Miró su reflejo en un gran espejo y sonrió.
Intentaron atraparme. Ahora es mi turno de darles una lección. Abrió el maletín negro que siempre lo acompañaba. Dentro había máscaras, cuerdas, frascos con líquidos y una cámara portátil. Mientras miraba la ciudad desde su balcón, susurró, “La víctima número 40 ha caído. Es hora de pasar a la siguiente etapa.
Sabrán que la verdadera autoridad nunca se cuestiona. Esa noche, una lluvia torrencial caía sobre Guadalajara. En un pequeño café cerca del puerto, Santi Moreno y la comisaria Elena Vargas esperaban a alguien. Poco después, una joven entró. Era Isabella, la exasistente de investigación del doctor Mateo Castillo.
Sus ojos estaban llenos de miedo. No sabe lo peligroso que es esto. Susurró Castillo no es un profesor común. Lo sabe todo. Si se entera de que hablé con ustedes, mi vida se acabará. Santi se inclinó hacia ella. No dejaremos que eso suceda. Eres la única que puede ayudarnos. ¿Qué sabes de su laboratorio privado? Isabella tragó saliva.
Hay una habitación en el tercer piso de la facultad. La llama su laboratorio privado. Solo unos pocos pueden entrar. Una vez entré y lo lamento. Las paredes están cubiertas de fotos de estudiantes. Algunas todavía están en la universidad, otras ya han desaparecido. Hay notas detalladas sobre sus hábitos, sus amigos, sus horarios.
Es como si estuviera mapeando sus vidas. Santi tomó notas rápidamente. Eso es suficiente para vincularlo con las víctimas. Pero Isabella negó con la cabeza. No hay pruebas físicas que puedan tomar. Yo sé una computadora con múltiples capas de protección. Elena pensó rápidamente. Entonces tienes que volver. Finge que quieres unirte de nuevo a su investigación.
Pondremos un dispositivo de grabación en tus cosas. Isabella se sorprendió. Están locos. Si lo encuentra, me matará. Santi le puso una mano en el hombro. Te vigilaremos en todo momento, pero es la única manera de exponerlo. Isabella finalmente asintió con el rostro pálido. Está bien, pero esta es la última vez.
Después de esto, quiero irme lejos de esta ciudad. Mientras tanto, Mateo Castillo preparaba su próximo movimiento. En un gran tablero, tres nombres ya estaban tachados, incluido el de Nadia. Ahora, un nuevo nombre estaba rodeado en rojo, Valeria Reyes, un estudiante de medicina. Valeria será un sujeto importante, se dijo a sí mismo.
Quiero ver como alguien acostumbrado a salvar vidas reacciona ante su propia muerte. abrió un cajón y sacó una jeringa con un líquido transparente. “La siguiente fase del experimento comenzará pronto”, dijo con una mirada fría. Al día siguiente, Isabella regresó al campus. En su mochila había un pequeño dispositivo de grabación. Llamó a la puerta de la oficina de castillo.
Él la recibió con una sonrisa. “Iabella, ¿qué sorpresa! ¿Qué te trae de vuelta?Ella trató de mantener la calma. Quiero continuar con la investigación, profesor. Él la miró fijamente, como si leyera su mente, y luego río. Sabía que volverías, pero esta vez no habrá secretos. Seguirás mis reglas. Al entrar, Isabella vio de nuevo el tablero de fotos.
El número había aumentado. Entre los rostros reconoció a uno, Valeria, su mejor amiga. Casi se desmaya, pero se contuvo. Fingió tomar notas mientras la grabadora registraba cada palabra de castillo. “Todo ser humano tiene un punto débil”, dijo él tocando la foto de Valeria. Yo solo les ayudo a encontrarlo. Esa noche Isabella se reunió con Elena y Santi.
Con las manos temblorosas les entregó la mochila. No puedo seguir. Está apuntando a Valeria, mi amiga. Por favor, sálvenla. Elena reprodujo la grabación y escuchó a Castillo mencionar claramente a Valeria. Tenemos que movernos rápido, dijo Santi. Si no, Valeria será la próxima víctima. Elena asintió tensa. No podemos arrestarlo sin pruebas directas.
Tenemos que atraparlo en el acto. Santi miró por la ventana. La lluvia seguía cayendo. Entonces dijo, “Usaremos a Valeria como ceñuelo.” El cielo de Guadalajara estaba cubierto de nubes pesadas. En una sala de reuniones secreta, la comisaria Elena Vargas se dirigía a un pequeño equipo, Santi Moreno, Isabella y tres agentes de civil.
Nuestro objetivo es capturar al doctor Mateo Castillo en el acto. Cuando intente dañar a Valeria Reyes dijo Elena. Valeria, sentada en un rincón con el rostro pálido, asintió. Si esto puede detenerlo, lo haré. Santi la miró con preocupación. El riesgo es enorme. Si sospecha, tu vida estará en peligro. Valeria sonrió con amargura.
Prefiero luchar que esperar mi turno en silencio. El plan era que Valeria asistiera a un seminario de castillo. Elena desplegaría a su equipo alrededor del edificio y Santi llevaría una cámara oculta. En cuanto Castillo la saque de la sala, esa será nuestra señal”, explicó Elena. Lo seguiremos. Tenemos que atraparlo con las manos en la masa. El día llegó.
Valeria fue al seminario tratando de parecer normal. Castillo la recibió con una sonrisa cálida. Valeria, me alegra que te intereses por mi investigación. Valeria inclinó la cabeza. Quiero aprender de usted, profesor. Castillo la estudió. Tienes potencial. Después del seminario podemos hablar más a fondo.
Hay cosas que no puedo decir frente a otros. Valeria sintió un escalofrío. De acuerdo, profesor. Desde lejos, Santi, disfrazado de personal técnico, grabó la conversación. Mordió el anzuelo, susurró en su micrófono. Después del seminario, Castillo llevó a Valeria al antiguo edificio de la facultad. El lugar estaba desierto. Aquí podemos hablar libremente, dijo él.
Valeria intentó mantener la calma. Sabía que el equipo de Elena estaba cerca, pero se sentía sola. Dentro de la habitación polvorienta, Castillo la miró con una sonrisa extraña. ¿Sabes, Valeria? La mayoría de la gente le teme a la muerte, pero yo creo que el miedo puede ser controlado, incluso estudiado. ¿Qué quiere decir?, preguntó Valeria fingiendo curiosidad.
Castillo se acercó. Serás un sujeto crucial para mi próximo experimento. Sacó un pequeño frasco con un líquido transparente. Valeria retrocedió. “No temas”, dijo él con una sonrisa fría. Solo quiero ver cómo una futura doctora enfrenta su propia muerte. Esa era la señal. Equipo, prepárense, dijo la voz de Elena en el comunicador.
Tres agentes se deslizaron dentro del edificio, pero de repente Castillo se detuvo. Sus ojos se entrecerraron. Sonrió con malicia. Eres muy lista, Valeria. O más bien los que te manejan son listos. Creyeron que no sabía que me estaban observando. Olí la trampa desde que llamaste a mi puerta.
En un instante, la agarró del brazo y le presionó el frasco contra el cuello. Un paso más y este líquido entra en tus venas. El equipo se detuvo. No disparen susurró Elena por la radio. Podría lastimarla. Castillo miró hacia la oscuridad. Me iré esta noche y no podrán detenerme. Si se atreven a seguirme, recuerden que la vida de Valeria está en mis manos.
Rápidamente la arrastró hacia una puerta lateral y desapareció en la oscuridad, dejando al equipo en pánico. Afuera, la lluvia comenzó a caer de nuevo. “Casi lo teníamos”, murmuró Elena. “Pero es más listo de lo que pensamos.” Santi apretó los puños. No, esto demuestra que está acorralado. Cometerá un error y entonces lo atraparemos.
En un coche cercano, Isabella lloraba al ver a su amiga ser secuestrada. Por favor, sálvenla. Elena le puso una mano en el hombro. No nos detendremos hasta que Valeria esté de vuelta. Al otro lado de la ciudad, Castillo metió a Valeria en un coche sin matrícula. La miró a los ojos asustados y sonrió fríamente.
El verdadero experimento acaba de comenzar. Valeria abrió los ojos, su visión borrosa. Se encontró atada a una silla de metal en una habitación oscura. Un fluorescente parpade era la única luz.La puerta era de acero y las paredes estaban cubiertas de garabatos y símbolos extraños. El olor a metal y productos químicos le picaba en la nariz.
La puerta se abrió con un chirrido. El doctor Mateo Castillo entró vestido con una bata blanca de laboratorio. Su sonrisa era amable, pero le heló la sangre. Bienvenida a la fase final de mi investigación, Valeria, dijo con calma. Eres mi sujeto más valioso. Una futura doctora acostumbrada a salvar vidas, ahora enfrentada a su propia mortalidad.
Valeria lo miró con odio. ¿Estás loco? Esto no es una investigación, es un asesinato. Castillo Río. Los Legos lo llaman asesinato. Yo lo llamo un experimento sobre los límites humanos. El miedo provoca las respuestas más honestas del cerebro. Eso es lo que quiero ver en ti. Puso una caja de metal sobre una mesa.
Dentro había jeringuillas, un visturí y un reloj de arena. Te daré 30 minutos, dijo levantando el reloj de arena. Puedes elegir luchar con la lógica de una doctora o rendirte al miedo. Registraré cada detalle. Valeria contuvo las lágrimas. Si fueras un verdadero científico, no necesitarías víctimas para probar tus teorías.
Castillo la miró fijamente. Víctimas. No son víctimas, son peones. Sin ellos, nunca habría entendido el verdadero significado de la autoridad. Y ahora tú completarás mi obra. Mientras tanto, en la sede de la fiscalía, Elena miraba un mapa de Guadalajara. Ha desaparecido durante 12 horas. Debemos encontrarlo antes de que sea tarde.
Santi revisaba las imágenes de las cámaras de seguridad. Lo último que tenemos es su coche cerca de la antigua zona industrial. Después se esfumó Isabella en un rincón dijo de repente, “Debe haberla llevado a su laboratorio privado. Le gustan los lugares aislados, edificios abandonados.” Una vez mencionó unos almacenes cerca del puerto como un lugar tranquilo para pensar.
Elena se giró rápidamente. Almacenes cerca del puerto. Pensé que era una conversación sin importancia, dijo Isabella. Santi abrió un mapa digital. Hay tres almacenes abandonados en esa zona. Los revisaremos uno por uno. El reloj de arena seguía corriendo. Valeria cerró los ojos. intentando calmarse. Recordó las palabras de Elena.
Si te sientes atrapada, resiste. Te encontraremos. Pero el miedo se hacía más fuerte. Castillo la observaba tomando notas. “Puedo ver tu pulso acelerarse”, dijo. “Tu cuerpo no puede mentir.” Valeria lo desafió. “¿Crees que esto te hará un genio? Solo eres un cobarde escondido detrás de una bata de doctor.
Castillo sonrió y levantó una jeringuilla. ¿Sabes qué es esto? Una dosis letal de sedante. En 5 minutos dejarías de respirar, pero soy generoso. Te daré una oportunidad. Señaló una pequeña caja con una llave. Dentro hay un visturí. Si puedes liberarte antes de que la arena se acabe, sobrevivirás. Si no, Valeria miró el reloj de arena.
El tiempo se agotaba. Trató alcanzar la caja con los dedos. Mientras tanto, el equipo de Elena se acercaba a los almacenes del puerto. La noche era oscura, solo se oía el sonido de las olas. De repente, un agente señaló una tenue luz parpade desde uno de los almacenes. Es él, susurró Santi.
La arena estaba a punto de acabarse. Valeria logró alcanzar la caja, pero sus manos temblaban. La llave estaba fuera de su alcance. “Mira”, dijo Castillo. Cuando la vida y la muerte están separadas por centímetros, el ser humano muestra su verdadera naturaleza. Valeria gritó usando toda su fuerza. La silla se movió.
Dejó caer la caja que se abrió. El visturí brilló en el suelo, pero cuando intentó alcanzarlo, Castillo lo pateó lejos. Bien hecho, Valeria, pero aún estás lejos de ser libre. Ella soyloosó derrotada. Castillo levantó la jeringuilla y se acercó lentamente. Afuera, Elena dio la orden. El equipo derribó la puerta del almacén. El estruendo resonó.
Castillo se detuvo sorprendido. Valeria lo miró con una chispa de esperanza. Se acabó el juego, Castillo! Gritó Elena desde la puerta. Pero él solo sonrió fríamente, la jeringuilla aún en su mano. Oh. No, comisaria. El juego acaba de empezar. El eco del portazo metálico aún vibraba en el almacén. La comisaria Elena Vargas estaba en el umbral con el arma en alto.
Detrás de ella, dos agentes y Santi Moreno, que grababa la escena con su cámara con el rostro tenso. Dentro el doctor Mateo Castillo permanecía de pie con la jeringuilla en la mano junto a una Valeria aterrorizada y atada a la silla. “Suéltala ahora mismo, Castillo”, ordenó Elena. Él sonrió como si estuviera en un aula.
Ah, comisaria Vargas, siempre tan dramática, pero nunca entenderá esta investigación. Este sujeto está en el límite entre la vida y la muerte. Es aquí donde veo la verdadera esencia humana. Va a arruinarlo todo por un simple procedimiento legal. Esto no es una investigación, es una tortura gritó Santi.
Has sacrificado a decenas de mujeres por tu ego enfermo. Castillo río suavemente. Esas vidas no fueron en vano. Mellevaron a la verdad. Y Valeria será el broche de oro de mi experimento. Levantó la jeringuilla listo para inyectarla. Elena dio una señal rápida. Uno de sus agentes disparó al fluorescente sumiendo la sala en la oscuridad.
Castillo río en la penumbra. Un truco clásico. Creyeron que no estaba preparado. Se escuchó un ruido metálico y el grito de Valeria. En la oscuridad, Castillo se movió con rapidez. Elena encendió la linterna de su arma, capturando una imagen fugaz de castillo arrastrando a Valeria hacia un rincón. Se escuchó un disparo que impactó en la pared.
“Detente, Castillo!”, gritó Elena. Pero él lanzó un frasco que se rompió en el suelo, liberando un gas irritante que hizo toser a todos. Santi, cubriéndose la nariz, vio la sombra de Castillo escapar con Valeria por una puerta lateral. “Está huyendo.” Afuera la lluvia caía a cántaros. Castillo corría por el muelle, arrastrando a una Valeria seminconsciente.
Las sirenas de la policía se acercaban. Elena y su equipo lo persiguieron. Finalmente, Castillo se detuvo al final del muelle. No tenía escapatoria. Las olas golpeaban con furia los pilotes de madera. Se giró con Valeria desplomada a sus pies. La jeringuilla seguía en su mano. “No tienes a dónde ir”, gritó Elena.
Castillo río con amargura. Siempre tengo una salida, comisaria. Si muero, mi experimento será inmortal. La gente me recordará como un pionero que se atrevió a cruzar los límites morales. Se llevó la jeringuilla a su propio cuello. Prefiero terminar esto con mis propias manos que dejar que ustedes contaminen mi investigación.
No, avanzó Santi. El mundo debe conocer la verdad a través de un juicio, no con la muerte que tú elijas. Tienes que responder por tus crímenes. Castillo lo miró con desdén. ¿Y qué derecho tienes tú, un simple periodista, a decidir el final de mi historia? Santi lo enfrentó con valentía. Tengo el derecho como ser humano, al igual que todas tus víctimas a las que trataste como objetos.
No eran peones, eran personas. De repente, Valeria gritó débilmente. No dejen que gane, por favor. Su voz pareció sacudir a Castillo por un instante. En ese momento de duda, Elena disparó. La bala alcanzó el hombro de Castillo. La jeringuilla cayó al mar. Él se tambaleó sangrando, pero aún así río. Finalmente, yo también soy un sujeto en mi propio experimento.
Cayó de rodillas y se desplomó en el muelle. Valeria fue liberada inmediatamente. Isabella corrió a abrazarla. Gracias a Dios que estás a salvo. Santi miró el mar oscuro que se había tragado la jeringuilla. Se acabó. Pero Elena, con el rostro endurecido, lo corrigió. Aún no. Todavía tenemos que identificar a todas las víctimas y asegurarnos de que sus familias obtengan justicia.
Semanas después, Guadalajara comenzó a sanar. Los medios informaron sobre la captura y muerte del doctor Mateo Castillo. Héctor Ramírez fue liberado, aunque traumatizado, fue recibido por las familias de las víctimas con abrazos y lágrimas. Santi escribió un largo artículo sobre el caso, no solo el horror, sino sobre el coraje de la gente común para enfrentar el mal disfrazado de respetabilidad.
Su artículo se hizo viral. Valeria decidió tomarse un descanso de la universidad para recuperarse. Isabella se mudó buscando paz lejos de las sombras de Castillo y la comisaria Elena Vargas se paró frente a las tumas de las víctimas en silencio. Les prometo que sus nombres no serán olvidados. La justicia puede tardar, pero al final















