En 1995, familia desapareció durante sus vacaciones en Cancún — 25 años después, su cámara fue re.

El calor sofocante de julio de 1995 envolvía las calles de Cancún como una manta pesada y húmeda. Las palmeras se mecían perezosamente bajo el sol implacable del Caribe mexicano, mientras los turistas extranjeros y las familias mexicanas se refugiaban en las sombras de los hoteles y restaurantes que comenzaban a transformar lo que antes era un pequeño pueblo pesquero en el destino turístico más importante del país.
La familia Herrera había planeado estas vacaciones durante meses. Roberto, un contador de 42 años de la Ciudad de México, había ahorrado peso por peso para llevar a su esposa Carmen y a sus dos hijos, Alejandro de 16 años, y Sofía de 12, a conocer el paraíso caribeño del que tanto había oído hablar. Carmen, maestra de primaria, había marcado las fechas en el calendario de la cocina con un círculo rojo del 15 al 22 de julio de 1995.
Siete días que cambiarían sus vidas para siempre. Si esta historia te está capturando, no olvides suscribirte a nuestro canal y déjanos un comentario contándonos desde dónde nos estás viendo. Ahora continuemos con esta misteriosa historia que ha permanecido sin resolver por décadas. El vuelo de Mexicana desde el aeropuerto de la Ciudad de México había sido turbulento, pero nada había podido borrar la sonrisa de expectativa en los rostros de la familia.
Roberto había comprado una cámara fotográfica nueva, específicamente para el viaje, una Kodak desechable de 27 exposiciones que guardaba celosamente en su riñonera de tela azul. Vamos a capturar cada momento”, le había dicho a Carmen mientras abordaban el avión, sin imaginar que esas palabras tendrían un significado completamente diferente años después.
El hotel Caribe Maya, donde se hospedaban, estaba ubicado en la zona hotelera, un complejo de mediana categoría que ofrecía lo básico para una familia de clase media. dos camas matrimoniales, aire acondicionado que funcionaba a medias y una vista parcial al mar desde el tercer piso. Los Herrera habían llegado el sábado por la tarde cansados pero emocionados.
Carmen había empacado meticulosamente trajes de baño, ropa ligera, repelente de mosquitos y medicamentos básicos. Todo estaba planeado al detalle. Los primeros dos días transcurrieron como cualquier vacación familiar perfecta. Roberto tomó fotografías de todo. Carmen construyendo castillos de arena con Sofía.
Alejandro aprendiendo a bucear con Snorkel en las aguas cristalinas. La familia completa posando frente a las ruinas del rey que habían visitado el domingo. Las imágenes capturaban momentos de felicidad pura, risas, abrazos, la naturalidad de una familia unida disfrutando de un tiempo especial juntos. El lunes 17 de julio, el día que todo cambió, había amanecido nublado.
Las nubes grises se extendían sobre el horizonte como una promesa de tormenta y el viento había comenzado a soplar con más fuerza de lo habitual. Carmen había sugerido quedarse en el hotel, pero Roberto insistió en que visitaran las ruinas de Chichen Itzá, el destino que más había esperado conocer. Es nuestro único día libre sin actividades programadas”, argumentó mientras desayunaban chilaquiles en el restaurante del hotel.
La excursión a Chichen Itzá requería un viaje de 2 horas en autobús. La familia se había levantado temprano a las 6 de la mañana para alcanzar el tour que salía a las 8. Carmen había preparado una pequeña mochila con agua, snacks y la cámara fotográfica. Alejandro llevaba sus audífonos y su walk típico de un adolescente de los 90, mientras Sofía abrazaba su muñeca favorita, una Barbie rubia que había insistido en traer a pesar de las protestas de su madre.
El autobús turístico, un vehículo blanco con ventanas amplias y asientos de tela gastada, recogió a la familia en el hotel exactamente a las 8:15 a. El conductor, un hombre moreno de mediana edad llamado José Luis, les había sonreído mientras verificaba sus nombres en una lista arrugada. Familia Herrera, cuatro personas, había murmurado antes de hacerles una seña para que abordaran.
Durante el trayecto, Roberto documentó todo con su cámara. Fotos del paisaje selvático, de Carmen durmiendo recostada en su hombro, de Alejandro mirando por la ventana con expresión pensativa, de Sofía jugando con su muñeca. El autobús había hecho dos paradas, una en una gasolinera para que los pasajeros usaran los baños y otra en un pequeño restaurante local donde compraron refrescos y dulces típicos.
Chichenitzá los había impresionado a todos. La majestuosa pirámide de Cuculcán se alzaba imponente bajo el cielo, cada vez más nublado, y Roberto no había parado de tomar fotografías. Carmen había comprado recuerdos en los puestos de artesanías, pequeñas réplicas de la pirámide, sarapes miniatura y pulseras de colores para Sofía.
Alejandro, inicialmente renuente a participar en las actividades familiares, había terminado fascinado por las explicaciones del guía sobre lacivilización maya. El grupo había recorrido las ruinas durante 3 horas. Roberto había tomado más de la mitad de las fotos de su cámara, imágenes de la familia posando frente a diferentes estructuras, closeups de los grabados en piedra, fotos panorámicas del sitio arqueológico.
Carmen había comprado una postal para enviar a su hermana en Guadalajara, pero nunca llegó a mandarla. La última vez que alguien vio a la familia Herrera fue a las 2:30 pm del lunes 17 de julio cuando abordaron el autobús de regreso a Cancún. José Luis, el conductor recordaría más tarde que Roberto le había preguntado sobre el tiempo de viaje y si había algún lugar recomendable para cenar en el camino.
“Queremos probar comida típica yucateca”, le había dicho Carmen con una sonrisa. El autobús había partido puntualmente a las 2:45 pm con destino a Cancún. Otros turistas que viajaban ese día recordarían vagamente a la familia. Una pareja de mediana edad con dos hijos que se veían contentos y relajados.
Nada fuera de lo común, nada que llamara la atención más allá de ser una familia mexicana típica disfrutando de sus vacaciones. Pero el autobús nunca llegó a Cancún. A las 6 pm, cuando no habían regresado al hotel, el personal comenzó a preocuparse. Carmen había dejado muchas de sus pertenencias en la habitación, medicamentos, ropa extra, productos de aseo personal.
Roberto había dejado su cartera con documentos importantes y dinero en efectivo en la caja fuerte del hotel. No era normal que una familia se fuera sin sus pertenencias más básicas. El gerente del hotel, el señor Raúl Mendoza, un hombre de 55 años que llevaba 15 años trabajando en el sector turístico, decidió llamar a la empresa de tours a las 7 pm.
La agencia Aventuras Mayas era una empresa pequeña, pero respetada que operaba desde 1992. Cuando Mendoza les explicó la situación, la respuesta inicial fue de confusión. ¿Cómo que no llegaron? Preguntó Sandra Vázquez, la coordinadora de Tours. José Luis llegó con el autobús a las 5:30 pm y reportó que todo había salido bien.
Todos los pasajeros bajaron en sus respectivos hoteles, pero cuando verificaron con otros hoteles, descubrieron algo alarmante. Varios pasajeros habían llegado a sus destinos, pero no todos. Además de los Herrera, faltaban otras tres personas, una pareja de alemanes y un joven mochilero estadounidense. En total, cinco personas habían desaparecido del mismo tour sin dejar rastro.
La investigación inicial se centró en José Luis, el conductor. Cuando la policía lo entrevistó esa misma noche. Su versión de los hechos era inconsistente. Primero dijo que recordaba haber dejado a la familia Herrera en su hotel. Pero cuando le preguntaron detalles específicos, no pudo proporcionarlos. Luego cambió su historia y dijo que tal vez los había dejado en el centro de Cancún porque habían pedido ir a cenar a un restaurante.
“La verdad es que fueron tantos pasajeros,”, se excusó José Luis durante el interrogatorio. “A veces uno no recuerda exactamente quién bajó dónde, pero estoy seguro de que todos llegaron a salvo.” Sin embargo, los registros de otros hoteles confirmaron que los turistas alemanes y el estadounidense tampoco habían regresado a sus respectivos alojamientos.
Algo había pasado durante el viaje de regreso, algo que José Luis no estaba dispuesto a revelar. La investigación policial inicial fue por usar un término generoso, deficiente. En 1995, Cancún estaba experimentando un crecimiento turístico explosivo y las autoridades locales no estaban preparadas para manejar casos complejos de desapariciones.
El comandante a cargo, Miguel Ángel Contreras, tenía más experiencia lidiando con turistas ebrios y peleas en bares que con investigaciones criminales serias. Los primeros días de investigación se perdieron en burocracia y procedimientos mal ejecutados. No se acordonó el autobús como escena del crimen.
No se realizaron las entrevistas adecuadas a testigos potenciales y no se siguieron las pistas básicas que podrían haber arrojado luz sobre el caso. Para cuando llegaron investigadores más experimentados de la capital, ya habían pasado 5co días cruciales. La familia de Carmen en la Ciudad de México había comenzado a desesperarse.
Su hermana Patricia había llamado al hotel el martes por la mañana preocupada porque no había recibido noticias y fue entonces cuando se enteró de la desaparición. Carmen me llama todos los días cuando está de viaje. Le dijo a los investigadores. Que no haya llamado en dos días no es normal para nada. Patricia viajó inmediatamente a Cancún, acompañada por el hermano de Roberto, Carlos.
Juntos iniciaron su propia investigación paralela, visitando hospitales, refugios y preguntando en restaurantes y hoteles si alguien había visto a la familia. Carlos había traído fotografías recientes de los cuatro miembros de la familia y las mostraba a cualquiera que quisiera verlas. “Mihermano es un hombre responsable”, insistía Carlos ante los medios locales.
Jamás se iría sin avisar. Jamás dejaría sus pertenencias en el hotel. Algo le pasó a mi familia y necesitamos que las autoridades lo tomen en serio. Los días se convertían en semanas y las semanas en meses. La historia apareció en los periódicos locales y nacionales, pero sin pistas concretas que seguir, la atención mediática se desvaneció gradualmente.
Los familiares organizaron marchas, pegaron carteles con fotografías de los desaparecidos en postes de luz y paredes y ofrecieron recompensas por información. La búsqueda se extendió más allá de Cancún. Se revisaron hospitales en Mérida, Campeche y Veracruz. se contactó con consulados para verificar si la familia había salido del país.
Se investigaron rumores de secuestros, trata de personas y accidentes de tráfico. Nada. Los herrera habían desaparecido como si la tierra se los hubiera tragado. José Luis, el conductor fue interrogado múltiples veces, pero nunca se encontraron evidencias sólidas de su participación en las desapariciones. Su versión de los hechos cambió varias veces, pero nunca, de manera que pudiera ser procesado legalmente.
La empresa Aventuras Mayas cerró sus operaciones 6 meses después del incidente, supuestamente por problemas financieros no relacionados con el caso. El caso oficialmente quedó archivado como desaparición sin resolver en 1997, 2 años después de los hechos. Las autoridades concluyeron que sin evidencia física o testimonios confiables no había manera de determinar qué había pasado con la familia Herrera y los otros turistas desaparecidos.
Patricia y Carlos nunca se rindieron. Año tras año, en el aniversario de la desaparición, viajaban a Cancún para renovar carteles, hablar con nuevos policías y seguir cualquier pista nueva que pudiera surgir. Sus propias familias comenzaron a preocuparse por su obsesión con el caso, pero ellos entendían que era la única manera de mantener viva la memoria de sus seres queridos.
No podemos seguir con nuestras vidas normalmente sabiendo que están ahí afuera en algún lugar, explicaba Patricia en una entrevista televisiva en 1998. Cada día que pasa sin respuestas es una tortura, pero rendirse sería traicionar su memoria. El tiempo continuó pasando. Los años 90 se convirtieron en los 2000 y el caso de la familia Herrera se convirtió en una de esas historias que la gente mayor contaba a las nuevas generaciones.
Una leyenda urbana de Cancún, una advertencia sobre los peligros que podían acechar incluso en el paraíso turístico. En 2005, 10 años después de la desaparición, Patricia había envejecido considerablemente. Su cabello negro ahora tenía mechones grises y las líneas de preocupación se habían hecho permanentes en su rostro.
Carlos había sufrido un infarto menor en 2003 que los médicos atribuyeron parcialmente al estrés constante de la búsqueda, pero ninguno de los dos pensaba en rendirse. Fue durante una de sus visitas anuales a Cancún cuando conocieron a Isabela Morales, una joven periodista de investigación que trabajaba para un periódico regional.
Isabela, de 28 años, había crecido escuchando la historia de los Herrera y había decidido hacer su propia investigación para un artículo especial sobre casos fríos en la Riviera Maya. “Hay algo que no encaja en esta historia”, le dijo Isabela a Patricia durante su primera reunión en un café del centro de Cancún.
He revisado todos los expedientes disponibles y hay demasiadas inconsistencias. Creo que alguien sabe más de lo que ha dicho. Isabela tenía acceso a archivos que Patricia y Carlos no habían podido ver. Como periodista había desarrollado contactos en la policía, el Ministerio Público y varias agencias de gobierno. Su investigación había revelado detalles que no habían salido a la luz durante la investigación original.
Por ejemplo, había encontrado un reporte policial que mostraba que José Luis había sido arrestado en 1991 por posesión de drogas, un antecedente que no había sido mencionado durante las investigaciones de 1995. También había descubierto que Aventuras Mayas había tenido problemas financieros serios mucho antes de la desaparición de la familia Herrera.
Pero lo más interesante, continuó Isabela, “es que he encontrado a otras personas que estuvieron en tours similares y tuvieron experiencias extrañas con José Luis. Nada criminal, pero comportamientos que no encajan con un conductor de turistas normal. Una de esas personas era María Elena Castillo, una mujer de Monterrey que había tomado un tour a Chichenitzá en abril de 1995, tres meses antes de la desaparición de los Herrera.
María Elena recordaba que José Luis había hecho una parada no programada en una casa a las afueras de un pueblo pequeño. Dijo que necesitaba recoger algo rápido. Recordaba María Elena. nos pidió que esperáramos en el autobús, pero yo vi que habló con unhombre que parecía muy nervioso. Intercambiaron algo, pero no pude ver qué era.
Toda la situación se sintió rara. Otro testimonio vino de Fernando Ruiz, un guía turístico que había trabajado ocasionalmente con aventuras mayas. Fernando mencionó que José Luis había mostrado señales de tener problemas de dinero serios en los meses anteriores a la desaparición. Siempre andaba pidiendo adelantos de sueldo, recordaba Fernando.
Y una vez lo vi discutiendo acaloradamente con Sandra, la coordinadora, sobre dinero que supuestamente le debía a unas personas. Isabela compartió estos hallazgos con Patricia y Carlos, quienes sintieron una mezcla de esperanza y frustración. Esperanza, porque finalmente había alguien haciendo preguntas serias sobre el caso.
Frustración, porque esta información había estado disponible desde 1995, pero nadie se había molestado en investigarla adecuadamente. ¿Cómo es posible que los investigadores originales no hayan encontrado esto?, preguntó Carlos con amargura. ¿Cuántos otros detalles importantes se les pasaron por alto? Isabela comenzó a trabajar en el caso con una dedicación que recordaba a la de Patricia y Carlos.
Pasaba horas entrevistando a exempleados de aventuras mayas, revisando registros de la empresa y rastreando a personas que hubieran conocido a José Luis. Su investigación la llevó a descubrir una red compleja de actividades sospechosas que habían estado operando en Cancún durante los años 90.
No era solo José Luis, había toda una estructura de personas involucradas en actividades ilegales que utilizaban el turismo como fachada, contrabando de drogas, lavado de dinero y sí, posiblemente trata de personas. La desaparición de la familia Herrera comenzó a verse no como un incidente aislado, sino como parte de un patrón más amplio de criminalidad organizada.
Los años siguientes fueron una montaña rusa emocional para Patricia y Carlos. Isabella publicó una serie de artículos en 2007 que generaron nueva atención mediática sobre el caso. Las autoridades prometieron reabrir la investigación, pero los avances fueron lentos y frustrantes. Muchos de los involucrados originales habían muerto, se habían mudado o simplemente se negaban a cooperar.
José Luis había muerto en 2004 de un infarto, llevándose cualquier secreto que pudiera haber tenido. Sandra Vázquez, la excoordinadora de Aventuras Mayas, había emigrado a Estados Unidos y se negaba a hablar con investigadores mexicanos. Otros empleados clave habían desaparecido o afirmaban no recordar nada relevante.
Para 2010, 15 años después de la desaparición, el caso parecía estar en otro punto muerto. Isabela había agotado la mayoría de sus pistas y las autoridades locales habían perdido interés nuevamente. Patricia, ahora de 58 años, comenzó a experimentar problemas de salud que los médicos atribuían al estrés crónico. Carlos había desarrollado diabetes y problemas cardíacos.
A veces me pregunto si deberíamos simplemente aceptar que nunca vamos a saber qué pasó”, admitía Patricia durante una conversación con Isabela en 2011. Pero luego recuerdo la sonrisa de Sofía, la manera en que Alejandro se reía de los chistes de su papá y sé que no puedo rendirme. El caso de la familia Herrera se había convertido en una obsesión no solo para Patricia y Carlos, sino también para Isabela.
Su investigación había consumido años de su vida, había afectado sus relaciones personales y había definido gran parte de su carrera profesional. Pero como Patricia, ella no podía simplemente dejarlo ir. En 2012, Isabela comenzó a explorar una nueva línea de investigación. Había escuchado rumores sobre un hombre llamado Eduardo Salinas, un exempleado de aventuras mayas que había emigrado a California poco después de la desaparición de los Herrera.
Los rumores sugerían que Eduardo sabía más sobre las actividades ilegales de la empresa de lo que había admitido. Después de meses de investigación, Isabela logró localizar a Eduardo en Los Ángeles. Ahora era un hombre de 52 años que trabajaba en construcción y había construido una nueva vida para sí mismo. Cuando Isabela lo contactó por primera vez, Eduardo se mostró reacio a hablar.
Eso fue hace mucho tiempo, le dijo por teléfono. No sé nada sobre ninguna familia desaparecida. Solo trabajaba en mantenimiento de vehículos. Pero Isabel persistió. Viajó a Los Ángeles con su propio dinero para entrevistar a Eduardo en persona. Cuando finalmente se reunieron en un pequeño café en el este de Los Ángeles, Eduardo parecía un hombre atormentado por secretos que había guardado durante décadas.
Mire”, le dijo Isabela después de horas de conversación, “yo no soy policía. No estoy aquí para causarle problemas. Solo quiero ayudar a una familia que ha sufrido durante 17 años sin saber qué pasó con sus seres queridos.” Eduardo finalmente comenzó a abrirse. Su historia reveló una red de corrupción yactividades criminales que había estado operando en Cancún durante los años 90, justo cuando la ciudad estaba experimentando su explosión turística.
Aventuras Mayas no era solo una empresa de tours, era una fachada para operaciones de contrabando que movían drogas y ocasionalmente personas. José Luis no era solo un conductor”, explicó Eduardo. Era parte de una organización más grande. Los tours eran perfectos para sus operaciones porque tenían acceso a muchos lugares, podían mover cosas sin levantar sospechas y tenían contacto regular con turistas que podrían tener dinero.
Según Eduardo, el día que desapareció la familia Herrera no había sido un día normal. Había habido una operación especial planeada, algo que requería el uso del autobús turístico para transportar algo o alguien. Eduardo no sabía exactamente qué, pero sospechaba que la familia había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
Yo estaba en el taller ese día, recordaba Eduardo. Vi cuando José Luis regresó con el autobús muy tarde, como a las 8 de la noche. Estaba nervioso, sudando mucho. Me pidió que limpiara el autobús completamente, que no dejara ni una huella. Eso no era normal. Eduardo también mencionó que había visto a hombres desconocidos en las instalaciones de Aventuras Mayas esa noche.
Hombres que no eran empleados de la empresa. Habían estado hablando en voz baja con Sandra Vázquez y otros supervisores. Al día siguiente, cuando comenzaron a circular noticias sobre la familia desaparecida, Eduardo había conectado los puntos. Sabía que algo horrible había pasado, admitió Eduardo. Pero tenía miedo. Esa gente no jugaba.
Habían amenazado a empleados antes por hacer preguntas. Yo tenía familia, hijos pequeños, no podía arriesgarme. La información de Eduardo le dio a Isabela una nueva perspectiva sobre el caso, pero también planteó preguntas aún más perturbadoras. Si la familia Herrera había sido víctima de una operación criminal, ¿qué había pasado exactamente con ellos? ¿Habían sido secuestrados, asesinados, ¿vidos a organizaciones de trata de personas? Isabela regresó a México con esta nueva información y la compartió con Patricia y Carlos. La reacción fue compleja.
Alivio de finalmente tener respuestas parciales, pero horror ante las implicaciones de lo que Eduardo había revelado. “Al menos ahora sabemos que no fue un accidente”, dijo Patricia con lágrimas en los ojos. “Sabemos que alguien les hizo daño deliberadamente, eso no hace que duela menos, pero al menos es la verdad.
” Carlos, ahora de 65 años y visiblemente frágil, había tomado la noticia con una mezcla de resignación y determinación renovada. “Necesitamos encontrar a Sandra Vázquez”, dijo. Ella sabe qué pasó. Ella tiene las respuestas que necesitamos. Con la ayuda de Isabela, Patricia y Carlos iniciaron una nueva campaña para localizar a Sandra Vázquez.
en Estados Unidos. Contrataron a un investigador privado en Los Ángeles, crearon una página web dedicada al caso y comenzaron a utilizar redes sociales para difundir información sobre la búsqueda. La campaña tuvo éxito. En 2015, 20 años después de la desaparición, localizaron a Sandra Vázquez viviendo en San Antonio, Texas.
Ahora era una mujer de 58 años que trabajaba como gerente de una pequeña empresa de bienes raíces. Había cambiado su apellido por matrimonio y había construido una nueva vida completamente separada de su pasado en Cancún. Cuando Isabela la contactó, Sandra inicialmente negó cualquier conocimiento sobre actividades criminales en Aventuras Mayas.
Pero cuando Isabela le mostró la información proporcionada por Eduardo y otros testigos, la fachada de Sandra comenzó a desmoronarse. “Ustedes no entienden la situación en la que estábamos”, finalmente admitió Sandra durante una conversación telefónica grabada. No éramos los únicos. Había muchas empresas involucradas.
Si no cooperábamos nos mataban. Era supervivencia. Sandra reveló que Aventuras Mayas había sido efectivamente una operación de fachada para actividades criminales desde 1993. La empresa había sido comprada por un grupo de inversionistas que, según después descubrió, tenían conexiones con el crimen organizado. Los tours legítimos continuaron operando, pero se habían convertido en una cobertura perfecta para contrabando de drogas.
y ocasionalmente trata de personas. El día que desapareció la familia Herrera, había habido una operación especial que requería el uso del autobús turístico. Sandra no sabía exactamente qué había pasado, pero sospechaba que la familia había presenciado algo que no debían haber visto. José Luis me llamó esa noche completamente histérico, recordaba Sandra.
dijo que había habido un problema, que los turistas habían visto algo. Los jefes estaban furiosos. Al día siguiente nos dijeron que nunca habíamos visto a esa familia, que no sabíamos nada sobre ninguna desaparición. Sandratambién reveló que varios empleados de Aventuras Mayas habían sido amenazados después de la desaparición.
Algunos habían sido golpeados, otros habían recibido amenazas contra sus familias. El mensaje era claro. Nadie debía hablar sobre lo que había pasado. Por eso cerré la empresa explicó Sandra. No podía seguir viviendo con eso. 6 meses después me fui de México y cambié mi nombre. Pensé que podría comenzar de nuevo, pero las pesadillas nunca se fueron.
La información de Sandra confirmó las sospechas de Isabela, pero aún no respondía a la pregunta más importante. ¿Qué había pasado exactamente? y con la familia Herrera. Para 2018, 23 años después de la desaparición, el caso había tomado una nueva dirección. Isabela había compilado suficiente evidencia para demostrar que la familia Herrera había sido víctima de una operación criminal, pero las autoridades mexicanas seguían siendo reticentes a reabrir oficialmente el caso.
Patricia, ahora de 66 años, había desarrollado problemas de salud serios que limitaban su capacidad para viajar. Carlos había fallecido en 2017 de un infarto, llevándose consigo décadas de dolor y búsqueda incansable. En su funeral, Patricia había prometido que continuaría la búsqueda hasta encontrar respuestas. “Carlos murió sin saber qué pasó con su hermano”, dijo Patricia durante el funeral. “Pero yo no voy a rendirme.
Roberto, Carmen, Alejandro y Sofía merecen justicia. y voy a encontrarla. Isabela había continuado su investigación, ahora con un enfoque diferente. En lugar de buscar a más testigos de los años 90, había comenzado a investigar patrones similares de desapariciones en la Riviera Maya durante esa época.
Lo que encontró fue perturbador. La familia Herrera no había sido la única víctima. Entre 1994 y 1998 habían desaparecido por lo menos 12 familias y individuos en circunstancias similares. Todos habían sido turistas, todos habían desaparecido durante tours o actividades organizadas y todos los casos habían sido mal investigados o archivados sin resolución.
Estamos hablando de un patrón sistemático”, explicó Isabela en un artículo publicado en 2019. No fueron incidentes aislados. Había una red criminal operando en la zona turística que utilizaba a los pueblos locales como víctimas regulares. El artículo de Isabela generó atención internacional sobre el caso.
Medios de comunicación de Estados Unidos, Canadá y Europa comenzaron a cubrir la historia de la familia Herrera como parte de una investigación más amplia sobre corrupción y crimen organizado en destinos turísticos mexicanos. La presión mediática finalmente forzó a las autoridades mexicanas a reabrir oficialmente el caso en 2020, 25 años después de la desaparición.
Un nuevo equipo de investigadores dirigido por el fiscal especial María Fernanda Gutiérrez comenzó a revisar toda la evidencia disponible con tecnología moderna y métodos de investigación actualizados. Fue durante esta nueva investigación que ocurrió el descubrimiento que cambiaría todo.
La cámara fotográfica de Roberto Herrera fue encontrada en la casa de un exempleado de Aventuras Mayas que había muerto recientemente. La cámara había sido guardada en una caja en el sótano de la casa de Manuel Restrepo, quien había trabajado como mecánico para la empresa turística. Cuando Manuel murió en 2019, su familia había comenzado a limpiar la casa para venderla.
Su hija Laura había encontrado la caja llena de objetos extraños, joyas, documentos y la cámara Kodak. Al principio pensé que era solo basura vieja”, explicó Laura, pero cuando vi las noticias sobre la familia desaparecida, reconocí la cámara. Mi padre nunca me había dicho nada. Sobre eso, la cámara fue entregada a las autoridades en marzo de 2020.
Después de 25 años, los investigadores finalmente tenían evidencia física directa del caso. La cámara fue enviada a un laboratorio especializado en Ciudad de México para desarrollar las fotografías que habían permanecido sin revelar durante un cuarto de siglo. El proceso fue delicado. Después de tanto tiempo, no había garantía de que las fotografías fueran recuperables.
Pero los técnicos del laboratorio utilizaron técnicas avanzadas de procesamiento químico y digital para revelar las imágenes. Las primeras fotografías mostraban exactamente lo que se esperaba. La familia Herrera disfrutando de sus vacaciones, las imágenes de los primeros días en Cancún, las sonrisas en la playa, los momentos familiares en el hotel, pero las últimas fotografías, las tomadas el día de la desaparición revelaron algo completamente diferente.
Las imágenes finales mostraban el interior del autobús turístico, pero con personas que no habían sido identificadas en las investigaciones originales. Hombres con ropa oscura, rostros que no coincidían con los de turistas típicos. Una fotografía mostraba a Roberto aparentemente siendo amenazado por unode estos hombres.
Pero la fotografía más impactante era la última en el rollo, una imagen borrosa, pero reconocible, de la familia Herrera con las manos atadas, con expresiones de terror en sus rostros. Roberto había logrado tomar una última fotografía antes de que le quitaran la cámara. Las fotografías proporcionaron la evidencia que Isabela y los familiares habían estado buscando durante décadas.
No solo confirmaron que la familia había sido víctima de un crimen, sino que también mostraron rostros de los perpetradores que podrían ser identificados. La fiscal María Fernanda Gutiérrez utilizó las fotografías para reactivar completamente la investigación. Utilizando tecnología de reconocimiento facial y bases de datos criminales actualizadas, su equipo logró identificar a tres de los hombres que aparecían en las imágenes.
Dos de ellos habían muerto en años anteriores, pero uno, Ramón Vega, de 67 años, aún estaba vivo y residía en Mérida bajo un nombre falso. Pega fue arrestado en septiembre de 2020 y enfrentado con las fotografías finalmente confesó su participación en el crimen. Según la confesión de Vega, la familia Herrera había sido secuestrada porque Roberto había fotografiado accidentalmente una transferencia de drogas que estaba teniendo lugar en una parada no programada del autobús.
Los criminales habían notado que Roberto había tomado fotografías durante toda la excursión. y temían que hubiera capturado evidencia de sus actividades. No había nada personal contra ellos”, explicó Vega durante su confesión. Solo estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado, pero una vez que vieron la operación, no podíamos dejarlos ir.
La confesión de Vega reveló el destino final de la familia Herrera. habían sido llevados a una casa segura en la selva fuera de Cancún, donde fueron retenidos durante dos días, mientras los criminales decidían qué hacer con ellos. Finalmente fueron asesinados y enterrados en un lugar remoto de la selva. Vega proporcionó direcciones aproximadas de donde habían sido enterrados los cuerpos.
Pero después de 25 años, la vegetación de la selva había crecido considerablemente. Los equipos de búsqueda utilizaron tecnología de radar penetrante y perros especializados para localizar los restos. En enero de 2021, 26 años después de la desaparición, fueron encontrados los restos de los cuatro miembros de la familia Herrera.
Los cuerpos fueron identificados a través de análisis dental y de ADN, proporcionando finalmente el cierre que Patricia había estado buscando durante más de la mitad de su vida. El funeral de la familia Herrera se realizó en febrero de 2021 con Patricia, ahora de 69 años, finalmente pudiendo despedirse de su hermana y su familia.
Isabela, quien había dedicado 16 años de su vida a la investigación, estuvo presente para honrar la memoria de las personas que habían cambiado el curso de su carrera. “Nunca debería haber tomado tanto tiempo”, dijo Patricia durante el funeral. “Pero al menos ahora pueden descansar en paz y nosotros podemos comenzar a sanar.
” Ramón Vega fue sentenciado a 40 años de prisión por cuatro cargos de asesinato en primer grado. Su sentencia fue vista como un precedente importante para casos similares de turistas desaparecidos en México. El caso de la familia Herrera también llevó a reformas en la industria turística mexicana. Se implementaron nuevas regulaciones para empresas de tours, sistemas de rastreo mejorados para autobuses turísticos y protocolos más estrictos para investigar desapariciones de turistas.
Isabela continuó su trabajo como periodista de investigación, especializándose en casos de personas desaparecidas. Su libro Sobre el caso Herrera, 25 años de búsqueda, La verdad sobre la familia desaparecida en Cancún. Se convirtió en un bestseller y fue adaptado para una serie documental. Patricia, después de décadas de búsqueda, finalmente pudo comenzar a vivir una vida normal.
Aunque nunca se recuperó completamente del trauma de perder a su hermana y su familia, encontró paz en saber que habían recibido justicia. Roberto tenía razón, reflexionó Patricia durante una entrevista final. Dijo que iban a capturar cada momento de las vacaciones. Nunca imaginó que esas fotografías serían las que finalmente revelarían la verdad sobre lo que les pasó.
El caso de la familia Herrera se convirtió en un símbolo de la importancia de nunca rendirse en la búsqueda de la verdad. También sirvió como recordatorio de que incluso en los lugares más hermosos del mundo puede haber peligros ocultos que requieren vigilancia y sistemas de justicia fuertes para proteger a los inocentes.
Las fotografías de Roberto Herrera, reveladas después de un cuarto de siglo, no solo proporcionaron evidencia crucial para resolver el caso, sino que también sirvieron como testimonio final de un padre que hasta el último momento había tratado de proteger a su familia ydocumentar la verdad sobre lo que les estaba pasando.
La historia de la familia Herrera terminó con justicia, pero también con una lección sobre la importancia de la perseverancia, la investigación rigurosa y la negativa a aceptar que algunas verdades nunca pueden ser conocidas. En un mundo donde muchas personas desaparecen sin dejar rastro, el caso Herrera demostró que a veces la verdad puede emerger incluso después de décadas de estar oculta.















