El Sepulturero Oyó Un Ruido Extraño En Una Tumba Reciente… Lo Que Encontró Te Helará La Sangre

La lluvia golpeaba con furia las lápidas antiguas del cementerio de San Gabriel, convirtiendo la tierra sagrada en un lodasal espeso y oscuro. Anselmo se ajustó el abrigo desgastado contra el viento helado, sintiendo como el agua fría se filtraba por el cuello de su camisa. Odiaba estas noches de tormenta. El barro se pegaba a sus botas viejas, haciendo que cada paso fuera una lucha agotadora.
Pero su turno aún no había terminado, solo quería cerrar el portón de hierro y regresar al calor precario de su pequeña cabaña de madera. Caminó con dificultad hacia la zona norte, el área destinada a los entierros recientes y a los olvidados. Allí no había mármol ni estatuas de ángeles llorando, solo cruces de madera y montículos de tierra fresca.
Fue entonces cuando sucedió, se detuvo en seco. Entre el rugido de los truenos y el repiqueteo constante de la lluvia, un sonido diferente llegó a sus oídos. No era el viento silvando entre los árboles, no era un animal buscando refugio. Era un sonido rítmico, seco, desesperado. Tuc, tuc, tuc. Anselmo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Miró a su alrededor con los ojos entrecerrados por el agua. “¿Hay alguien ahí?”, gritó, pero su voz fue tragada por la tormenta. El sonido se repitió, esta vez acompañado de algo más aterrador. Un gemido ahogado, amortiguado por capas de suelo pesado, venía de abajo, justo debajo de sus pies. El viejo sepulturero se arrodilló sobre un montículo de tierra removida hacía pocas horas.
No había lápida, ni nombre, ni flores, solo tierra anónima. Pegó la oreja al barro frío. Ahora lo escuchaba con claridad. Alguien rasguñaba la madera desde el interior. “Dios santo”, susurró Anselmo santiguándose con mano temblorosa. El miedo le decía que corriera, que dejara a los muertos descansar, pero su conciencia gritaba más fuerte.
No lo pensó dos veces. Olvidó su artritis. Olvidó el cansancio y la edad. Agarró su pala con una fuerza que creía haber perdido hace años y la clavó en la tierra mojada. lanzó una palada de barro hacia atrás, luego otra y otra más. El agua de la lluvia llenaba el agujero casi tan rápido como él intentaba vaciarlo, pero la adrenalina había tomado el control.
Sus músculos ardían, su respiración se volvía irregular y dolorosa. “Aguante”, gritó al suelo, sin saber si la persona atrapada podía oírlo. “Ya voy por usted.” El sonido de los golpes abajo se hizo más débil, más lento. Se estaban quedando sin aire. Anselmo acabó con la furia de un hombre poseído. El lodo salpicaba su rostro cegándolo por momentos, pero no se detuvo ni para limpiarse. Tenía que llegar a la madera.
Tenía que llegar antes de que el silencio fuera definitivo. De repente, el metal de la pala chocó contra algo sólido. Un golpe seco resonó. Madera. Anselmo tiró la herramienta a un lado y se lanzó dentro de la fosa que ya le llegaba a la cintura. Comenzó a apartar los últimos restos de tierra con sus propias manos, clavando las uñas en el suelo, ignorando el dolor y la sangre que brotaba de sus dedos.
Limpió la superficie. Era una caja de pino simple, madera barata y delgada, apenas suficiente para contener un cuerpo. No había cerraduras complejas, solo clavos apresurados. recuperó la pala y clavó el borde metálico en la ranura entre la tapa y la caja. Hizo palanca con todo el peso de su cuerpo. La madera crujió protestando bajo la presión.
“Vamos”, gruñó apretando los dientes hasta que le dolieron la mandíbula. Con un chirrido agudo que le heló la sangre, los clavos se dieron. A la tapa se levantó violentamente. Un relámpago iluminó el interior de la tumba en ese preciso instante, revelando una imagen que Anselmo jamás borraría de su memoria. No había un cadáver en descomposición, había una mujer joven y no llevaba una mortaja fúnebre.
Llevaba un vestido de novia. El satén, que alguna vez debió ser blanco inmaculado, estaba ahora manchado de tierra roja y sangre seca. Su velo estaba rasgado, enredado alrededor de su cuello como una soga. Su rostro tenía un color azulado terrible, la piel pálida como la cera de una vela. Por un segundo eterno, Anselmo pensó que había llegado demasiado tarde.
La mujer yacía inmóvil, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. “No”, susurró él, sintiendo que las piernas le fallaban. Pero entonces ocurrió el milagro. El pecho de la mujer se contrajo en un espasmo violento. Soltó una bocanada de aire agónico, un sonido ronco y gutural, como si su alma estuviera regresando a su cuerpo de golpe.
Sus ojos se abrieron de par en par. Eran grandes, oscuros y estaban inyectados en sangre, llenos de un terror absoluto que ningún ser humano debería conocer. Una mano fría y cubierta de barro se disparó hacia arriba, agarrando la muñeca de Anselmo con una fuerza sorprendente, clavándole las uñas en la piel. Ella intentó gritar, pero solo salió un gorgoteo débil.
Intentó incorporarse, pero sucuerpo colapsó de inmediato con un grito de dolor mudo. Anselmo bajó la mirada hacia el interior del ataúdio la causa. Las piernas de la novia estaban torcidas en un ángulo antinatural. rotas, inútiles. Alguien no solo la había enterrado, la había destrozado antes de hacerlo. El viejo sepulturero reaccionó por instinto. Se quitó su abrigo pesado y cubrió con él el cuerpo tembloroso de la mujer.
“Está a salvo”, dijo él con la voz quebrada por la emoción, aunque sabía que en ese pueblo nadie estaba realmente a salvo. Soy Anselmo, la tengo. No dejaré que le hagan daño otra vez. La mujer lo miró y en medio de ese terror, Anselmo movió algo más en sus ojos. No era solo miedo a la muerte, era la comprensión de una verdad insoportable.
Ella sabía quién le había hecho esto. Bajo la lluvia implacable, Anselmo pasó sus brazos por debajo del cuerpo frágil de la novia y, reuniendo fuerzas que venían de su voluntad de acero, la levantó hacia la superficie, sacándola de su propia tumba. La tormenta rugía sobre ellos. ocultando el crimen. Pero esa noche, Anselmo sabía que no solo había desenterrado a una mujer, había desenterrado una guerra.
El peso de la mujer inerte casi arrastra a Anselmo de rodillas al barro. Pero el viejo sepulturero se mantuvo firme, clavando los talones en el suelo resbaladizo. En cuanto los pies de la novia, inútiles y rotos, rozaron la superficie, su cabeza cayó hacia atrás con violencia. se había desmayado. Anselmo agradeció en silencio ese pequeño favor del destino.
El dolor del traslado habría sido insoportable para cualquiera consciente. No había tiempo que perder. La lluvia caía con más fuerza, borrando las huellas de su crimen piadoso, pero también amenazando con ahogar la poca vida que le quedaba a ella. Anselmo la cargó en brazos, ignorando el fuego que quemaba sus propios músculos cansados y las punzadas de su artritis.
corrió hacia el sector este del cementerio, donde la vegetación crecida y salvaje ocultaba su pequeña cabaña de madera del resto del mundo. Pateó la puerta de entrada para abrirla y entró tambaleándose, cerrándola de un golpe con la espalda para dejar fuera la furia de la tormenta. El silencio repentino de la habitación fue ensordecedor.
depositó a la mujer con sumo cuidado sobre su propio catre, una cama estrecha cerca de la chimenea apagada. Sus manos, habitualmente torpes por la edad, se movieron con una rapidez sorprendente. Buscó madera seca y encendió el fuego. En segundos, las llamas comenzaron a lamer los leños, arrojando una luz anaranjada y danzante sobre el cuerpo inmóvil.
La iluminación reveló la magnitud del horror. El vestido de novia, una prenda que debió costar una fortuna, estaba hecho girones, empapado en una mezcla oscura de agua, tierra y sangre. Pero lo que detuvo el corazón de Anselmo no fue la ropa, sino las piernas de ella. estaban hinchadas, amoratadas y torcidas en ángulos imposibles, tibia y peroné, fracturados en ambas extremidades.
Anselmo retrocedió un paso llevándose la mano a la boca. No fue un accidente de coche. Esas fracturas eran típicas de una caída vertical desde una gran altura. Alguien la había lanzado al vacío antes de enterrarla. Su mirada se dirigió instintivamente al viejo teléfono de línea colgado en la pared. Dio un paso hacia él, pero se detuvo en seco con la mano en el aire.
¿A quién iba a llamar? Si llamaba a la policía local, vendrían el comisario y sus hombres, los mismos hombres que aceptaban sobornos de las familias poderosas del pueblo. Si alguien había enterrado a esta mujer con tanta prisa y violencia, ese alguien tenía poder, mucho poder. Llevarla al hospital o entregarla a las autoridades sería como devolver una cordera herida a la boca de los lobos.
Terminarían el trabajo que habían empezado bajo tierra. Nadie puede saberlo”, murmuró Anselmo tomando una decisión que sellaría su destino. Se dirigió a un baúl polvoriento que servía de mesa bajo la ventana. Lo abrió apartando mantas viejas hasta llegar al fondo falso. Sacó un estuche de cuero negro agrietado por los años que no había tocado en décadas.
Al abrirlo, el brillo del metal quirúrgico reflejó la luz del fuego. Visturíes, tijeras, vendas y frascos de morfina antigua. El sepulturero desapareció por un momento. El cirujano, que había sido en otra vida, regresó. Volvió junto a la cama. Necesitaba actuar rápido antes de que la inflamación hiciera imposible alinear los huesos, tomó unas tijeras y cortó la tela del vestido sin miramientos, exponiendo las piernas heridas.
La piel estaba fría al tacto, marmórea. Anselmo respiró hondo, buscando esa calma helada que solía tener en el quirófano. “Perdóname, niña”, susurró. “Esto va a doler.” Sin anestesia moderna, solo contaba con la inconsciencia de ella como aliada. agarró el tobillo derecho con firmeza y colocó la otra mano sobre la rodilla.
Con un movimiento seco, brutal ypreciso, tiró y rotó. Un crujido nauseabundo llenó la pequeña cabaña. La mujer soltó un alarido ahogado, un sonido animal que le rasgó la garganta sin llegar a despertarla del todo. Su cuerpo se arqueó sobre el colchón, sacudido por espasmos de dolor puro, y luego volvió a caer inerte.
El sudor perlaba la frente de Anselmo, pero no se detuvo. Aseguró la pierna con tablillas de madera que tenía para reparar cercas y las vendó con fuerza. Repitió el proceso con la pierna izquierda. Otro crujido, otro gemido de agonía que se desvaneció en el aire viciado de la habitación. Cuando terminó, Anselmo estaba temblando.
Se limpió las manos ensangrentadas en un trapo. Comprobó el pulso de ella. Era débil, filiforme, pero constante. Había sobrevivido al trauma inicial y al procedimiento. Era fuerte, mucho más fuerte de lo que parecía. Buscó en sus estantes y preparó una infusión concentrada de corteza de sauce y hierbas para combatir la fiebre que vendría después.
Le abrió la boca con delicadeza y la obligó a tragar el líquido amargo gota a gota, masajeando su garganta para que no se ahogara. Si este giro te dejó helado, suscríbete porque lo que viene en la mansión es peor. Luego tomó los restos del vestido de novia. Esa prenda era una sentencia de muerte, si alguien la veía, lo enrolló en una bola compacta y lo escondió en el fondo del baúl bajo sus propias ropas.
Después buscó una de sus camisas de franela viejas y cubrió el cuerpo de la mujer para darle calor y dignidad. El viento aullaba fuera golpeando las paredes de madera, como si quisiera entrar a reclamar lo que le habían robado a la tierra. Anselmo arrastró su vieja mecedora hasta la puerta, tomó su escopeta de caza de detrás del armario, quebró el cañón para comprobar que los dos cartuchos estaban en su sitio y la cerró con un chasquido metálico.
Se sentó en la oscuridad con el arma sobre el regazo clavando la vista en la entrada. Esa noche él había desafiado a la muerte y había ganado la primera mano, pero sabía que la partida apenas comenzaba. Si los monstruos que le hicieron esto regresaban para comprobar su obra, tendrían que pasar por encima de él. Tres días pasaron, tres días de fiebre y delirios, donde la mujer murmuraba nombres que Anselmo no conocía.
El viejo no se apartó de su lado, cambiando los paños fríos de su frente y vigilando la puerta con la escopeta cargada sobre las rodillas. De repente, el silencio opresivo de la cabaña se rompió. La mujer soltó un jadeo brusco y violento, como quien sale a la superficie después de estar a punto de ahogarse. Sus ojos se abrieron de golpe, clavándose en el techo de madera oscura y vigas podridas.
No había lámparas de cristal ni sábanas de seda, solo olor a humo, tierra y humedad. El instinto de supervivencia se activó en su cerebro. Intentó incorporarse de un salto para huir, pero su cuerpo no respondió a la orden. Un dolor agudo, eléctrico y paralizante recorrió sus piernas desde los tobillos hasta la cadera.
Fue un dolor tan intenso que le robó el aliento antes de que pudiera siquiera gritar. Miró hacia abajo con terror. Sus piernas estaban inmovilizadas, envueltas en tablillas de madera tosca y vendajes apretados, manchados de unüentos. El pánico estalló en su pecho como una bomba. Intentó mover los dedos de los pies. Nada. Era como si la mitad inferior de su cuerpo hubiera dejado de existir, reemplazada por plomo ardiente. No grasnó.
Su voz era apenas un susurro rasposo, destrozada por la tierra que había tragado y la falta de uso. Mis piernas no la siento. Se sacudió con desesperación, golpeando el colchón con los puños cerrados, ignorando que cada movimiento brusco podía deshacer el precario trabajo quirúrgico de Anselmo. La puerta de la entrada se abrió de golpe.
Anselmo entró rápidamente, dejando caer una pila de leña al suelo. se acercó a la cama con pasos largos y firmes, alarmado por el escándalo. “¡Qieta!”, ordenó con voz de mando, recuperando por un segundo la autoridad del médico, que alguna vez fue. “No se mueva o perderá las piernas para siempre.” La mujer se congeló al verlo. Un desconocido, un hombre viejo, sucio, con el rostro marcado por cicatrices profundas y sombras de insomnio.
El terror en sus ojos se multiplicó. Se arrastró hacia la cabecera de la cama usando solo sus codos, acorralada como un animal herido. ¿Quién es usted?, balbuceó buscando con la mirada algo con qué defenderse. Cualquier cosa. ¿Dónde estoy? Ellos le enviaron. Anselmo levantó las manos abiertas para mostrarle las palmas vacías, demostrando que no llevaba armas.
Se sentó en el taburete junto a la cama, manteniendo una distancia prudente, pero controlando la situación con su presencia. “Soy Anselmo. Es usted mi huésped, aunque llegó sin invitación”, dijo él sec, “sin adornos. Está en el cementerio de San Gabriel.” “Cementerio!” La palabra golpeó a la mujer como unabofetada física.
El aire se le escapó de los pulmones. “La saqué de la tierra hace tres noches.” Continuó él sin rodeos. La verdad brutal era la única medicina que servía ahora. Alguien la enterró allí viva y alguien le rompió las piernas antes de hacerlo para asegurarse de que no pudiera salir. La mujer negó con la cabeza frenéticamente, cerrando los ojos con fuerza, como si negar la realidad pudiera cambiarla.
Pero entonces su mirada se desvió involuntariamente hacia la esquina de la habitación. Allí, colgado de un clavo oxidado en la pared estaba el vestido. El satén blanco estaba gris por el barro seco. El encaje del pecho estaba rígido y oscuro por la sangre era su vestido. Las imágenes la golpearon en ráfagas violentas.
El acantilado bajo la luz de la luna, la sonrisa fría y calculadora de Lorenzo, los brazos de Claudia rodeando la cintura de su esposo, el empujón, la caída interminable, el impacto, la oscuridad absoluta y asfixiante de la caja de madera empezó a hiperventilar. El aire no entraba en sus pulmones, su pecho subía y bajaba con espasmos rápidos.
Anselmo actuó rápido, se inclinó hacia adelante y la agarró firmemente por los hombros, sacudiéndola levemente para sacarla del ataque de pánico antes de que se desmayara otra vez. “¡Respire, niña, míreme.” “¡Respire!”, le dijo suavizando el tono, pero manteniendo la firmeza. Ellos creen que está muerta. Eso le da una ventaja. Nadie busca a un fantasma.
Usted tiene el elemento sorpresa. La mujer lo miró temblando incontrolablemente. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sucias, limpiando surcos en la piel pálida. No puedo moverme. Soyos. La realidad cayendo sobre ella como una losa. Estoy rota. Yo arreglé los huesos lo mejor que pude”, explicó Anselmo, soltándola y alcanzando un cuenco de barro con caldo caliente que tenía cerca del fuego.
Pero necesitará tiempo, mucho tiempo y una voluntad de hierro. Si se rinde ahora y se deja morir de pena, ellos ganan y se quedan con todo. Le acercó la cuchara de madera a los labios. Ella dudó apretando la boca, pero el hambre primitiva era más fuerte que el miedo o la tristeza. Abrió la boca y tragó el líquido caliente. Sintió como el calor bajaba por su garganta, devolviendo poco a poco la vida a sus venas.
Cuando terminó el caldo, Anselmo metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un objeto pequeño y brillante. Lo depositó con cuidado en la palma abierta y temblorosa de la mujer. Era un crucifijo de plata. su crucifijo, el que su madre le había dado. Estaba en su bolsillo dijo el viejo sepulturero. Parece que alguien allá arriba no quería soltarla todavía.
Ella cerró el puño alrededor del metal frío, aferrándose a él como si fuera la única ancla sólida en un mar de locura. Miró a Anselmo a los ojos y por primera vez el miedo dejó paso a una pregunta genuina. ¿Por qué? Susurró con voz rota. ¿Por qué me salvó? Podría haberse metido en problemas. Anselmo se levantó tomando el cuenco vacío.
Su rostro se ensombreció y por un momento pareció mucho más viejo de lo que era. “Porque yo sé lo que es que te quiten la vida y te dejen respirando”, respondió él mientras se dirigía a la puerta dándole la espalda. Descanse, niña. Mañana empezamos a luchar y va a doler. La puerta se cerró tras él. La mujer se quedó sola en la penumbra, apretando la cruz de plata, hasta que los bordes se clavaron en su piel.
Lorenzo la había enterrado. Anselmo la había desenterrado. Ahora dependía únicamente de ella decidir si se quedaba mentalmente en esa tumba o salía a cazar. Sus ojos, antes llenos de pánico, se endurecieron lentamente. La novia inocente había muerto en esa caída por el barranco. Lo que había despertado en la cabaña del sepulturero era algo muy diferente.
La fiebre volvió esa noche, pero esta vez no trajo delirios inconexos, sino una claridad brutal. Marina se agitó en el catre, empapada en sudor frío, mientras su mente la arrastraba de vuelta al borde del abismo. No estaba en la cabaña del sepulturero, estaba de nuevo en el acantilado, bajo la luna llena, con el viento del mar golpeando su vestido de novia.
En su pesadilla, el rostro de Lorenzo ya no tenía la sonrisa encantadora que la había enamorado. Sus ojos, antes cálidos, eran ahora dos pozos de hielo. ¿Tienes frío, amor?, preguntó él en el recuerdo, pero su tono era de burla, no de preocupación. Marina intentó retroceder, pero estaba atrapada entre su esposo y el vacío. “Lorenzo, ¿qué pasa? ¿Me asustas?”, suplicó ella, sintiendo el primer pinchazo del terror real.
Él soltó una carcajada seca, sin humor. Dio un paso hacia ella, acorralándola contra el borde de piedra. Siempre fuiste tan ingenua, Marina, dijo él con desprecio, escupiendo las palabras. De verdad creíste que un hombre como yo se fijaría en alguien tan patética como tú. No me enamoré de ti, me enamoré de la cuenta bancaria de tupadre y del poder de industrias del sol.
No, eso es mentira, gimió ella negando con la cabeza. Es un negocio, querida. Y tú ya cumpliste tu parte al firmar el acta de matrimonio sin separación de bienes. Ahora simplemente estorbas. Antes de que Marina pudiera procesar la crueldad de sus palabras, una sombra emergió de detrás del coche nupcial.
una figura esbelta envuelta en un abrigo de piel. Marina contuvo el aliento al reconocerla. Claudia, su mejor amiga, su dama de honor, la mujer que le había arreglado el velo horas antes y le había jurado lealtad eterna. Claudia caminó hacia Lorenzo y le rodeó la cintura con una familiaridad posesiva, apoyando la cabeza en su hombro.
Lo siento, amiga, dijo Claudia, aunque su sonrisa venenosa decía lo contrario. Pero Lorenzo y yo tenemos planes caros y tú eras el único obstáculo. La traición dolió más que cualquier golpe físico. Marina sintió que el mundo giraba, su esposo y su hermana del alma. Todo había sido una mentira, una farsa montada para llevarla a este preciso momento.
“Son unos monstruos”, gritó Marina intentando lanzarse sobre ellos, pero sus piernas temblaban. Lorenzo la detuvo con una mano en el pecho. Su expresión se volvió mortalmente seria. “Adiós, esposa mía.” El empujón fue seco y violento. Marina sintió el vacío bajo sus pies. El grito se le congeló en la garganta. La caída pareció durar una eternidad, el viento rugiendo en sus oídos hasta que el impacto contra la repisa de tierra inferior le destrozó las piernas y apagó la luz del mundo.
Pero la pesadilla no terminó ahí, la oscuridad cambió. Ya no era la inconsciencia, era una oscuridad física, asfixiante, con olor a tierra húmeda. Sintió el peso de la madera sobre su nariz. Escuchó el sonido sordo de las paladas de tierra cayendo sobre la tapa de la caja. Pum, pum, pum. Estaban enterrándola. Sabían que estaba viva o no les importaba comprobarlo.
La estaban borrando de la existencia. No. El grito desgarró la garganta de Marina en el mundo real. Se despertó de golpe, sentándose en la cama con una fuerza que hizo crujir sus huesos rotos. El dolor físico la trajo de vuelta a la cabaña de madera, pero el dolor emocional la dejó sin aire.
Anselmo estaba a su lado en un segundo, sujetándole los hombros para que no se lastimara más. “Ya pasó, está aquí. Está a salvo”, le repitió el viejo sacudiéndola suavemente. Marina lo miró con ojos desorbitados, jadeando como un animal acorralado. Las lágrimas corrían por su rostro, calientes y amargas. agarró la camisa de Franela de Anselmo con desesperación, clavando los dedos en la tela.
“Ellos lo hicieron”, gritó entre soyosos histéricos. “No fue un accidente. Lorenzo y Claudia me empujaron.” Anselmo no mostró sorpresa. Su rostro se mantuvo impasible, duro como la piedra del cementerio. Solo asintió lentamente, confirmando lo que ya sospechaba. Me dijeron que me amaban. La voz de Marina se quebró en un susurro agónico y luego me tiraron como si fuera basura. Me enterraron viva, Anselmo.
Me enterraron viva. El viejo sepulturero le pasó un vaso de agua, obligándola a beber para calmar los espasmos de su pecho. La traición tiene muchas caras, niña dijo él con voz grave. Y la codicia es la más fea de todas. Marina se dejó caer contra la almohada. agotada, pero algo había cambiado en su interior. El llanto cesó abruptamente.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano sucia, dejando un rastro de tierra en su mejilla. Miró al techo de la cabaña y en sus ojos oscuros el miedo de la víctima comenzó a ser reemplazado por la frialdad del verdugo. Recordó las palabras de Lorenzo. Tú solo estorbas. Recordó la sonrisa de Claudia.
Creen que ganaron”, murmuró Marina apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. “Creen que soy un cadáver pudriéndose bajo la lluvia.” Anselmo se sentó en su taburete y comenzó a limpiar su vieja escopeta con un trapo aceitoso. El sonido metálico del mecanismo resonó en la habitación silenciosa.
“El mundo cree que está muerta”, dijo el viejo sin mirarla. Y los muertos tienen una ventaja. Nadie los ve venir hasta que es demasiado tarde. Marina giró la cabeza para mirarlo. El dolor de sus piernas seguía ahí, punzante y constante, pero ahora tenía un propósito. Cada punzada le recordaría por qué tenía que sobrevivir.
“Voy a necesitar aprender a caminar de nuevo”, dijo ella con una determinación helada. “Y luego voy a necesitar que me enseñe a cazar lobos. Anselmo detuvo sus manos sobre el arma, levantó la vista y sonrió levemente, una mueca torcida en su rostro cicatrizado. Descanse ahora respondió él. Mañana empezamos. El odio es un buen combustible, pero quema rápido.
Necesitará ser más lista que ellos. Fuera. La tormenta amainaba, pero dentro de la cabaña una tormenta mucho más peligrosa acababa de comenzar. Marina cerró los ojos, pero ya no para dormir, sino para planear. Lorenzo quería sudinero, Claudia quería su vida. Ella les quitaría todo.
Lejos de la cabaña húmeda y oscura del sepulturero, en el salón principal de la mansión del sol, las luces de las cámaras de televisión brillaban con una intensidad cegadora. Lorenzo estaba sentado frente a una docena de micrófonos, vestido con un traje negro impecable que gritaba luto y elegancia. A su lado, Claudia sostenía su mano con fuerza, vistiendo un recatado vestido gris, interpretando a la perfección el papel de la amiga incondicional y devastada.
“Estamos destrozados”, dijo Lorenzo con la voz quebrada, mirando directamente a la lente de la cámara. Marina desapareció la segunda noche de nuestra luna de miel. Salimos a caminar por los acantilados para ver las estrellas y hizo una pausa dramática bajando la cabeza para ocultar unos ojos que no tenían ni una sola lágrima.
Me distraje un segundo, solo un segundo, y cuando me giré, ella ya no estaba. Solo encontré su zapatos cerca del borde. Los flashes de los fotógrafos estallaron como disparos. Hemos contratado equipos de búsqueda privados, intervino Claudia con los ojos rojos. probablemente irritados a propósito antes de salir a escena.
No descansaremos hasta encontrarla. Lorenzo levantó la vista de nuevo, mostrando una determinación ensayada. Ofrezco una recompensa de 5 millones a cualquier persona que pueda darnos información sobre su paradero. Por favor, ayúdenme a traer a mi esposa a casa. La conferencia de prensa terminó.
Los periodistas, conmovidos por la imagen del marido perfecto sufriendo, murmuraban palabras de apoyo mientras recogían sus equipos. Sin embargo, en cuanto la última fulgoneta de prensa cruzó el portón de salida, la atmósfera en la mansión cambió radicalmente. Lorenzo cerró la puerta doble de roble con un golpe seco. Su postura encorbada de dolor desapareció.
Al instante se aflojó la corbata negra y soltó una carcajada sonora que resonó en el techo alto del vestíbulo. 5 millones, se burló Claudia dirigiéndose a la barra de licores para servirse una copa de champán. Eres generoso con un dinero que todavía no es tuyo. Lo será pronto respondió él tomando la copa que ella le ofrecía. Nadie la va a encontrar.
El mar se la llevó o está enterrada bajo toneladas de tierra. Esa recompensa es solo humo para que la policía y el público vean cuánto sufro. Claudia se acercó a él y brindaron. El sonido del cristal chocando selló su pacto criminal. El abogado dice que sin cuerpo declarar la muerte legal tomará tiempo, advirtió ella.
Tengo al juez en mi bolsillo y al jefe de policía en mi nómina”, dijo Lorenzo con arrogancia, paseándose por la sala como si ya fuera el dueño legítimo de cada mueble. Declararán muerte accidental en 6 meses y entonces industrias del sol será mía y tú serás la señora de la casa. Al día siguiente la purga comenzó. Lorenzo llegó a la sede central de la empresa.
No perdió tiempo. Convocó al gerente general. un hombre mayor que había servido al padre de Marina durante 40 años y lo despidió en el acto frente a todos los empleados. “Esta empresa necesita sangre nueva”, gritó Lorenzo para que todos lo oyeran. “Cualquiera que sea leal al pasado puede irse ahora mismo. El futuro soy yo.
” Nadie se atrevió a protestar. El miedo se instaló en los pasillos de cristal y acero. Lorenzo se sentó en el sillón de cuero de la oficina presidencial, puso los pies sobre el escritorio de Caoba y sonrió. Había ganado. Mientras tanto, a kilómetros de allí, en el pequeño pueblo de San Gabriel, Anselmo entró en la única farmacia del lugar.
Llevaba su sombrero calado hasta las cejas para evitar miradas curiosas. Necesitaba antibióticos fuertes y vendas limpias. Mientras esperaba en el mostrador, contando las pocas monedas que le quedaban, su mirada se desvió hacia el pequeño televisor colgado en la esquina. Estaban repitiendo el noticiero del mediodía.
La imagen de Lorenzo llenó la pantalla con el titular en letras rojas. Tragedia en la alta sociedad. Magnate busca a su esposa desaparecida. Anselmo sintió que el suelo se movía bajo sus pies. reconoció el nombre de inmediato. Industrias del Sol. No era una empresa cualquiera, eran los dueños de medio país. Y la foto que mostraron a continuación, una imagen de Marina sonriendo el día de su compromiso, le confirmó lo que más temía.
La mujer que agonizaba en su cabaña no era una simple novia desafortunada, era una de las mujeres más ricas de la región. Pobre hombre”, comentó la farmacéutica siguiendo la mirada de Anselmo hacia la pantalla. “Dicen que está desesperado. Ojalá la encuentren.” Anselmo apretó los labios conteniendo las ganas de gritar la verdad.
El pobre hombre era un asesino. Pero si Lorenzo tenía el poder de salir en televisión nacional y manipular a la opinión pública de esa manera, entonces el peligro era mucho mayor de lo que Anselmo había calculado. Si descubrían que Marina estaba viva, noenviarían a un matón cualquiera, enviarían un ejército o a la propia policía.
El sepulturero pagó las medicinas con manos temblorosas. Compró también el periódico local que tenía la cara de Lorenzo en primera plana. Salió de la farmacia caminando rápido, sintiendo que cada persona en la calle podía ser un espía. El pueblo ya no era seguro. Tenía que volver a la cabaña. Tenía que advertirle a Marina que sus enemigos no eran solo lobos, eran lobos dueños del bosque entero.
Al llegar al cementerio, cerró el portón con doble cadena. La guerra acababa de escalar. Ya no se trataba solo de curar unos huesos rotos, se trataba de sobrevivir a un imperio que quería ver los muertos. La puerta de la cabaña se abrió de golpe, sobresaltando a Marina, que intentaba mantenerse despierta a pesar del dolor.
Anselmo entró como una exhalación, empapado y con la respiración agitada. No dijo ni una palabra de saludo. Caminó directamente hacia la cama y arrojó el periódico húmedo sobre las mantas justo frente a ella. “Mírelo”, ordenó el sepulturero con voz dura. “Mírelo bien y dígame si ese hombre es su esposo.” Marina bajó la vista.
La fotografía en primera plana era granulada, pero inconfundible. era Lorenzo con su traje de diseñador y esa expresión de falsa tristeza que el mundo estaba comprando. El titular gritaba: “¡Magnate de industrias del sol ofrece recompensa millonaria por su esposa desaparecida. Un grito de rabia pura se escapó de la garganta de Marina.
“Mentiroso”, chilló golpeando la imagen con el puño cerrado. “Maldito mentiroso, él sabe dónde estoy.” Él me puso allí. La furia le dio una fuerza repentina. Ignorando el dolor punzante de sus piernas rotas, se estiró hacia la mesita de noche, buscando desesperadamente el teléfono antiguo que colgaba en la pared cercana.
“Tengo que llamar a la policía”, gritó con los ojos desorbitados. Tengo que decirles que estoy viva. Tienen que saber lo que hizo. Sus dedos rozaron el auricular de plástico negro, pero antes de que pudiera descolgarlo, una mano callosa y fuerte le atrapó la muñeca. Anselmo la detuvo con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos.
“Suélteme”, protestó ella forcejeando inútilmente. “Escúcheme”, bramó Anselmo, imponiendo su voz sobre los gritos de ella. Si usted hace esa llamada ahora mismo, estará muerta antes del amanecer. Marina se quedó paralizada por la sentencia brutal. El silencio cayó pesadamente en la habitación. ¿De qué está hablando? Susurró ella temblando.
La policía me protegerá. Soy la víctima. Anselmo soltó su muñeca y señaló el periódico con desprecio. Ese hombre, en la foto no es un criminal cualquiera. Es el dueño de industrias del sol. Tiene dinero suficiente para comprar este pueblo entero tres veces. El jefe de policía local cena en su mesa cada Navidad.
Los jueces juegan al golf con él. ¿Cree que van a creer a una mujer herida y escondida en un cementerio antes que al hombre que firma sus cheques? Marina miró el periódico de nuevo. La realidad de las palabras de Anselmo se hundió en su mente como un cuchillo. Lorenzo tenía el poder. Ella solo tenía unos huesos rotos y un vestido sucio.
Si llama continuó Anselmo bajando el tono, pero manteniendo la intensidad. Vendrán a buscarla, pero no será para salvarla. Dirán que murió por las heridas en el hospital o que tuvo un accidente en la ambulancia. Y Lorenzo se quedará con todo tal como planeó. Marina sintió que las lágrimas volvían a subir a sus ojos, pero esta vez no las dejó caer.
El miedo estaba siendo reemplazado por algo más frío, más oscuro. “Entonces, ¿qué hago?”, preguntó con la voz rota. Me quedo aquí a esperar la muerte. Dejo que él gane, no respondió Anselmo sentándose en el borde de la cama. Usted desaparece. El viejo se inclinó hacia adelante con la mirada fija en ella. Para el mundo, Marina del Sol ha desaparecido.
Deje que sigan buscando un cadáver. Mientras ellos buscan a una muerta, usted se cura, usted se hace fuerte. No puedo caminar, Anselmo dijo ella, señalando sus piernas inmovilizadas. Soy una inválida por ahora, corrigió él. Yo fui médico en otra vida antes de que la injusticia me quitara todo. Sé cómo arreglar esto, pero necesito que usted me dé su palabra.
Necesito un pacto de silencio absoluto. Nadie puede saber que está aquí. Ni un alma. Marina miró las manos de Anselmo, manos que cababan tumbas. pero que también sabían curar. Miró la foto de Lorenzo sonriendo sobre su propia desgracia. Pensó en Claudia bebiendo champán en su casa. La ingenuidad abandonó su cuerpo en ese instante.
“Lo juro,” dijo Marina y su voz sonó firme. Metálica. No diré nada. No haré nada hasta que usted diga que estoy lista. Anselmo asintió lentamente. Va a ser doloroso. Va a ser largo. Tendrá que aprender a caminar de nuevo. Tendrá que aprender a vivir sin su nombre. No me importa el dolor, respondió ella, clavando sus ojososcuros en los del viejo.
Solo quiero una cosa. Quiero ver la cara de Lorenzo. Cuando sepa que falló. Quiero destruirlo. Anselmo se levantó y tomó el periódico. Lo arrugó y lo lanzó al fuego de la chimenea. Ambos vieron como la cara sonriente de Lorenzo se ennegrecía y se consumía entre las llamas hasta convertirse en ceniza. “Entonces tenemos un trato”, dijo el sepulturero.
“Descanse, Marina. Hoy muere la víctima. Mañana nace la vengadora. Afuera el viento dejó de soplar. El cementerio estaba en calma, guardando su nuevo secreto. Bajo la tierra los muertos dormían, pero en la cabaña la guerra acababa de ser declarada. Seis meses pasaron como un suspiro doloroso y lento en la cabaña del cementerio.
El verano murió y dio paso a un otoño gris. Y ahora el invierno golpeaba las paredes de madera con ráfagas de viento helado, pero dentro el fuego no era lo único que ardía. Marina estaba de pie. Sus nudillos estaban blancos, apretando con fuerza desesperada las barras paralelas improvisadas que Anselmo había construido con ramas de roble lijadas.
El sudor le corría por la frente a pesar del frío. Sus piernas, antes inútiles y rotas, temblaban violentamente bajo su propio peso. “No se rinda, ladró Anselmo desde la esquina, actuando no como un cuidador amable, sino como un sargento instructor. Si se cae ahora, ellos ganan.” Marina apretó los dientes.
El dolor era agudo, como agujas calientes clavándose en sus tobillos y rodillas, pero el miedo a quedar inválida era mayor. Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire viciado y dio un paso. Uno. Su pie derecho tocó el suelo. La pierna aguantó. Dio otro paso. Dos. Un gemido escapó de su garganta, pero no se detuvo.
Dio un tercero antes de que sus fuerzas fallaran y cayera de rodillas sobre las mantas que Anselmo había colocado estratégicamente en el suelo. El viejo sepulturero no corrió a levantarla. Se quedó mirándola, evaluando su progreso con ojo clínico. “Tres pasos”, dijo él asintiendo con aprobación. Ayer fue solo uno. Está sanando. Los huesos han soldado.
Ahora es la mente la que tiene que convencer al cuerpo de que puede moverse. Marina se secó el sudor y levantó la vista. En sus ojos ya no quedaba rastro de la niña rica y mimada. Había acero en su mirada. “Quiero intentarlo de nuevo”, dijo ella, intentando levantarse sola. Suficiente por hoy, ordenó Anselmo acercándole un par de muletas toscas que él mismo había tallado.
No sirve de nada romperse otra vez por impaciencia. Mañana probaremos afuera. Necesita aire. Necesita ver el mundo que le robaron. Esa noche Marina tomó una decisión. se sentó frente al pequeño espejo roto que colgaba sobre el lavabo. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer pálida, con ojeras profundas y el cabello rubio y largo enmarañado.
Ese cabello era su orgullo, su marca distintiva, la corona dorada de la heredera de industrias del sol. Lorenzo amaba ese cabello. Anselmo llamó ella con voz firme. “Tráigame las tijeras.” El viejo la miró con curiosidad, pero obedeció. Marina tomó las tijeras de metal frío. Sin dudar un segundo, agarró un mechón largo de su cabello dorado y cerró las cuchillas.
El sonido del corte fue seco y definitivo. El mechón cayó al suelo de tierra. Siguió cortando con furia metódica hasta que su melena rubia desapareció, dejando un cabello corto, irregular y práctico. “Necesito tinte”, pidió ella. “Algo oscuro, negro como la tierra. Anselmo salió y regresó con un cuenco lleno de una pasta oscura hecha de nueces negras y hierbas del bosque.
Marina aplicó la mezcla con sus propias manos, manchándose la piel, cubriendo cada rastro de oro con oscuridad. Cuando se lavó la cabeza una hora después, Marina del Sol había desaparecido. La mujer que la miraba desde el espejo tenía el cabello corto y negro, resaltando la dureza nueva de sus facciones. Ya no parecía una víctima, parecía una sobreviviente, parecía peligrosa.
Ahora es una más de nosotros, dijo Anselmo suavemente. Una sombra en la noche. A la noche siguiente salieron. Marina se movía con dificultad usando las muletas, el dolor mordiendo cada paso, pero la libertad era un anestésico poderoso. Caminaron entre las tumbas hasta llegar a la colina más alta del cementerio, desde donde se podía ver todo el pueblo de San Gabriel y a lo lejos, en la cima de la montaña, la imponente mansión del sol.
Las luces de la mansión brillaban como estrellas arrogantes en la oscuridad había música. Se podían ver coches de lujo entrando y saliendo del portón principal. Lorenzo estaba celebrando algo, quizás otro negocio cerrado o simplemente el hecho de ser rico y libre. Marina se apoyó en una lápida para no caerse, sintiendo como el odio le calentaba la sangre más que cualquier abrigo.
“Mírelos”, susurró Anselmo a su lado. “Ellos creen que el mundo les pertenece. ¿Creen que ustedes polvo y huesos ahí abajo se están divirtiendo?”, dijo Marina con vozhelada. “Están gastando el dinero de mi padre. Están viviendo mi vida. La paciencia es el arma del cazador.” Marina le recordó el viejo. Un lobo no ataca cuando tiene hambre, ataca cuando la presa está distraída.
Usted ha estado muerta 6 meses. Puede estar muerta un poco más. Aprenda sus rutinas. Observe sus movimientos. Encuentre la grieta en su armadura. Todos los hombres poderosos tienen una debilidad. Marina observó las luces lejanas. Imaginó a Claudia riendo con esa risa falsa. Imaginó a Lorenzo brindando con champán caro.
“No voy a volver como Marina”, dijo ella, apretando los mangos de madera de sus muletas. Marina era débil. Marina confiaba en la gente. Quien baje de esta colina será alguien que ellos no conocen. El viento sopló fuerte agitando su nuevo cabello negro. Por primera vez en medio año, Marina sonrió.
No era una sonrisa de felicidad, sino de anticipación. Vamos a casa. Anselmo ordenó. Tengo que entrenar. Mis piernas tienen que ser fuertes porque cuando vaya a por ellos no pienso usar muletas. Voy a entrar caminando por la puerta principal. Dieron media vuelta y regresaron a las sombras. En la mansión la fiesta continuaba ajena al hecho de que en el cementerio, bajo la vigilancia de los muertos, la justicia estaba afilando sus cuchillos.
Una tarde, mientras Marina practicaba caminar sin muletas alrededor de la pequeña mesa de la cabaña, se detuvo en seco. Un destello de memoria la golpeó con la fuerza de un rayo, tan vívido que casi pierde el equilibrio. Cerró los ojos y volvió a ver el acantilado. Sintió el viento en la cara. Sintió las manos de Lorenzo empujándola, pero esta vez recordó algo más.
recordó su propia reacción instintiva. “Anselmo!”, gritó ella con la respiración agitada. El viejo que estaba afilando un hacha junto a la puerta levantó la vista alarmado. “¿Qué pasa? ¿Le duele?” “No”, dijo Marina, acercándose a él, cojeando, pero con urgencia. Recuerdo el momento de la caída. Cuando él me empujó, yo intenté agarrarme a algo. Me agarré a su mano izquierda.
Marina levantó su propia mano imitando el gesto de desesperación. Él tiró hacia atrás para soltarse. Yo apreté con todas mis fuerzas y sentí que algo se deslizaba, algo de metal. Anselmo dejó el hacha y se puso de pie, entendiendo a dónde iba la conversación. El anillo de bodas, dijo el sepulturero. El anillo que usted le puso en el dedo horas antes estaba un poco flojo, continuó Marina.
con los ojos brillando de emoción, se quejó de eso durante la cena. Anselmo, si yo le arranqué el anillo en el forcejeo, tiene que haber caído conmigo. Si el anillo de Lorenzo estaba enterrado en la tumba, donde la encontraron, era la prueba irrefutable. Demostraba que él había estado allí en el lugar del entierro ilegal y no paseando por la playa como le dijo a la policía.
Tengo que volver al agujero, dijo Anselmo tomando su pala y un tamí de malla fina que usaba para la jardinería. Si ese anillo está bajo la tierra, tenemos el arma para cortarle la cabeza al rey. Esperaron a que cayera la noche. Anselmo salió hacia la zona norte del cementerio, moviéndose como un fantasma entre las sombras. Llegó al montículo de tierra que había removido meses atrás.
La lluvia y el viento habían aplanado el suelo, pero él conocía el lugar exacto. Empezó a acabar, pero esta vez no con fuerza bruta, sino con precisión quirúrgica. Sacaba paladas de tierra y las pasaba por el tamí, revisando cada piedra, cada raíz, cada terrón de barro. Pasó una hora, luego dos. El frío le entumecía los dedos, pero no se detuvo.
De repente, bajo la luz pálida de la luna, algo brilló en la malla metálica. Anselmo detuvo la respiración, metió la mano en la tierra tamizada y sacó un objeto circular. Lo limpió con su camisa. Era un anillo de oro grueso y pesado. Lo acercó a sus ojos cansados y en el interior de la banda, grabada con letra elegante, se leía una inscripción: “Lorenzo y Marina.
Amor eterno, te tengo”, susurró Anselmo a la oscuridad, guardó la joya en su bolsillo más seguro y alizó la tierra para no dejar rastro de su búsqueda. A la mañana siguiente, el destino jugó su segunda carta. Un coche negro desconocido en el pueblo se detuvo frente a la puerta principal del cementerio.
De él bajó un hombre de mediana edad, vestido con una gabardina gris y fumando un cigarrillo barato. No tenía el aspecto arrogante de los hombres de Lorenzo, ni la mirada corrupta de la policía local. Tenía ojos de sabueso cansado. Anselmo estaba barriendo la entrada cuando el hombre se acercó. Buenos días”, dijo el extraño mostrando una placa dorada.
“Soy el inspector Vargas de la división de homicidios de la capital. Busco al encargado.” Anselmo se apoyó en su escoba, manteniendo su expresión neutral. “Soy yo. ¿En qué puedo ayudarle, oficial?” “Estoy revisando el caso de la desaparición de Marina del Sol”, dijo Vargas mirando alrededor del cementerio con sospecha.
La policíalocal lo cerró como accidente, pero hay cosas que no me cuadran. Un cuerpo no desaparece así como así y un esposo no cobra el seguro de vida tan rápido sin levantar sospechas. El corazón de Anselmo dio un vuelco. Por fin, un policía honesto, o al menos uno lo suficientemente obstinado como para no creerse las mentiras de Lorenzo. Aquí solo hay muertos que descansan en paz.
Inspector respondió Anselmo con cautela. No podía confiar en él todavía. Si Vargas trabajaba para Lorenzo sin saberlo, entregarle a Marina sería un suicidio. Quizás, dijo Vargas tirando la colilla al suelo y pisándola. Pero tengo la teoría de que alguien sabe algo y cuando descubra quién está encubriendo a ese bastardo de Lorenzo, esa persona caerá con él.
Vargas le entregó una tarjeta de visita a Anselmo. Si ve algo raro o si recuerda haber visto un coche de lujo por aquí hace 6 meses, llámeme. No a la policía local, a mí. El inspector volvió a su coche y se alejó levantando polvo. Anselmo miró la tarjeta en su mano y luego tocó el anillo en su bolsillo. Las piezas del tablero se estaban moviendo, tenían la prueba física y ahora tenían un posible aliado con el poder de ejecutar la ley.
Corrió de vuelta a la cabaña. Marina dijo al entrar, mostrando el anillo de oro que brillaba en su palma sucia. Tenemos la bala y creo que acabo de encontrar la pistola para dispararla. Marina tomó el anillo. Al ver el nombre de Lorenzo, sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del metal, no con nostalgia, sino con la promesa de un final violento.
Es hora de preparar la fiesta, Anselmo, dijo ella con una sonrisa fría. Lorenzo quería celebrar mi aniversario de muerte. Vamos a darle una sorpresa que nunca olvidará. un año exacto. Habían pasado 12 meses desde la noche en que la tierra se tragó a Marina y Anselmo la devolvió a la vida. En la pequeña televisión de la cabaña, la imagen de Lorenzo brillaba de nuevo.
Esta vez no vestía de negro luto. Llevaba un traje blanco festivo y sostenía una copa de champán. A su lado, Claudia lucía un anillo de diamantes enorme en el dedo anular, sonriendo con una victoria que ya no se molestaba en ocultar. Amigos y prensa dijo Lorenzo con su voz de serpiente encantadora. Ha sido un año difícil.
Hemos llorado la ausencia de mi amada Marina, pero la vida debe continuar. Mañana por la noche en la Mansión del Sol celebraremos una misa en su memoria y al finalizar firmaré los documentos para tomar el control total de las empresas y asegurar el futuro de todos sus empleados. Además, tengo el honor de anunciar mi compromiso con Claudia, quien ha sido mi roca en esta tormenta.
Marina, sentada en su silla de ruedas frente a la pantalla, no gritó esta vez no lloró, simplemente se inclinó hacia adelante y apagó el televisor con un movimiento seco. La habitación quedó en silencio. Va a quedarse con todo, dijo Marina con voz tranquila, una tranquilidad mucho más aterradora que su furia anterior. va a celebrar mi muerte y su boda la misma noche. Es el escenario perfecto.
Anselmo, que estaba limpiando sus botas de trabajo, levantó la vista. Perfecto. ¿Para qué? Para que el fantasma llegue a la fiesta, respondió ella, girando la silla hacia el viejo. Mañana por la noche entramos en esa mansión, no como ladrones. Entraremos por la puerta principal. Necesitaremos ropa dijo Anselmo poniéndose de pie.
No puede ir vestida con arapos si quiere que la miren con miedo y no con lástima. El sepulturero caminó hacia la repisa de la chimenea. Allí había una vieja vasija de barro sellada con cera. Sin dudarlo un instante, la tomó y la arrojó con fuerza contra el suelo de madera. El barro estalló en mil pedazos.
Monedas de plata y billetes arrugados se esparcieron por la habitación. Eran los ahorros de toda una vida. 40 años de cabar tumbas y vivir con lo mínimo. Marina miró el dinero y luego a los ojos de Anselmo. No puedo aceptar esto, Anselmo. Es su retiro. No es un regalo. Cortó él con firmeza. Es una inversión.
Compre lo que necesite para parecer una reina. Compre un vestido que haga que Claudia parezca una sirvienta a su lado y consiga un traje para mí. Mañana no seré el sepulturero, mañana seré su escolta. Esa misma tarde, Marina salió oculta bajo una capa y gafas oscuras. Fue a la tienda de segunda mano de un pueblo vecino para no ser reconocida. compró un vestido blanco.
No era un vestido de novia, pero era elegante, de seda fría y corte regio. Compró un velo de encaje antiguo para cubrir su rostro hasta el momento final y compró un traje negro, viejo pero digno, para Anselmo. Al regresar quedaba una última pieza en el tablero. Marina se dirigió a la cabina telefónica oxidada que estaba en la entrada del pueblo, lejos de oídos indiscretos.
marcó el número que aparecía en la tarjeta del inspector Vargas. El teléfono sonó tres veces antes de que una voz ronca contestara. “Vargas, inspector”, dijo Marina disfrazandolevemente su voz, pero hablando con claridad cristalina. “Usted busca respuestas sobre el caso del sol.” Hubo una pausa al otro lado de la línea.
Se oyó el ruido de un encendedor. ¿Quién habla? Alguien que sabe dónde está el cuerpo. Mintió Marina. sabiendo que eso captaría su atención total. Si quiere al asesino, no vaya al cementerio. Vaya a la fiesta en la mansión del sol mañana a las 8 y lleve esposas. Las va a necesitar. Escuche, si esto es una broma, Lorenzo mató a su esposa, interrumpió ella.
Y tengo la prueba física que él cree que está enterrada. Si usted no va, la justicia la haré yo misma. Marina colgó antes de que pudieran rastrear la llamada. La noche siguiente, la tormenta volvió como si el clima recordara el aniversario del crimen. La lluvia azotaba San Gabriel. En la cabaña, Anselmo se ajustó la corbata frente al espejo roto.
Se veía diferente, erguido, fuerte. Ayudó a Marina a sentarse en la silla de ruedas. Ella llevaba el vestido blanco y el velo cubriendo sus facciones. En su regazo, oculto bajo los pliegues de seda, apretaba el anillo de bodas de Lorenzo. “¿Está lista para volver a la vida?”, preguntó Anselmo abriendo la puerta hacia la noche oscura.
Marina asintió con la mirada fija en las luces lejanas de la mansión. “Nací lista, Anselmo. Vamos a arruinarles la fiesta.” Anselmo empujó la silla hacia la salida, dejando atrás la cabaña que había sido su refugio. Ya no había vuelta atrás. Esa noche o recuperaban su vida o morían intentándolo. La invitación a la muerte había sido aceptada.
El salón principal de la mansión del sol resplandecía bajo la luz de mil velas. La élite de la ciudad bebía champán y murmuraba con dolencias vacías. Pero todos sabían la verdad. estaban allí para celebrar el ascenso del nuevo rey. Lorenzo subió al pequeño escenario improvisado frente a la chimenea gigante.
A su lado, Claudia lucía triunfante, agarrada a su brazo como si fuera un trofeo. El abogado de la familia esperaba en una mesa lateral con los documentos de sucesión listos para ser firmados. Lorenzo golpeó suavemente su copa con una cuchara de plata para pedir silencio. La música se detuvo. Las conversaciones cesaron. Amigos, comenzó Lorenzo con esa voz suave que había engañado a todos.
Ha sido un año de oscuridad. Perder a Marina fue como perder mi propia alma. Pero sé que ella nos mira desde el cielo y quiere que seamos felices. Quiere que industrias del sol siga brillando. Por eso hoy firmo estos papeles no por ambición, sino por deber, y anuncio mi unión con Claudia para sanar juntos nuestras heridas.
Un aplauso cortés y ensayado llenó la sala. Lorenzo tomó la pluma de oro, se inclinó sobre el papel que le transfería todo el poder. La tinta estaba a punto de tocar la página. Boom. Un sonido atronador sacudió los cimientos de la casa. No fue un trueno, fueron las puertas dobles de roble macizo de la entrada principal que se abrieron de golpe golpeando contra las paredes con violencia.
El viento de la tormenta irrumpió en el salón, apagando la mitad de las velas en un instante y sumiendo la sala en una penumbra fantasmal. El silencio que siguió fue absoluto, aterrador. Todas las cabezas se giraron hacia la entrada. En el umbral, recortada contra la lluvia y la noche, había una silueta. Un hombre alto, vestido con un traje negro antiguo, pero digno, empujaba una silla de ruedas. Anselmo entró.
Su paso era firme, militar. Sus botas, aunque limpias, resonaban en el suelo de mármol con un eco pesado que helaba la sangre. empujaba la silla sin prisa, pero sin pausa. En la silla iba sentada una figura vestida completamente de blanco, un velo de encaje espeso cubría su rostro ocultando sus facciones, pero la seda de su vestido brillaba bajo los relámpagos que entraban por las ventanas.
¿Quién es? Susurró alguien entre la multitud. Es un fantasma, gritó una mujer retrocediendo aterrorizada. Lorenzo soltó la pluma. La tinta manchó el documento legal creando una mancha negra que se expandió como veneno. Su rostro perdió todo color. Claudia se llevó las manos a la boca ahogando un grito. Anselmo no se detuvo ante nadie.
La multitud se abrió a su paso como las aguas del mar, retrocediendo con miedo ante esa procesión fúnebre que había invadido la fiesta. Nadie se atrevió a bloquearles el camino. Los guardias de seguridad, confundidos por la solemnidad del momento, no reaccionaron. El sonido de las ruedas sobre el mármol era lo único que se escuchaba.
Chirrid, Chirrid, Chirrid. Llegaron al centro del salón, justo frente al escenario donde Lorenzo y Claudia temblaban. Anselmo detuvo la silla, se colocó al lado de la mujer de blanco, cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Lorenzo con el desprecio de un juez mirando a un condenado. Lorenzo intentó hablar, pero su garganta estaba cerrada.
Dio un paso vacilante hacia el borde del escenario. ¿Qué es esto? Logró Grasnar intentando recuperar suautoridad. Seguridad. Saquen a estos intrusos. Nadie se movió. La curiosidad y el horror paralizaban a los invitados. La mujer en la silla levantó lentamente sus manos. Estaban enguantadas en encaje blanco.
Con movimientos deliberados y teatrales. Agarró el borde de su velo. Claudia agarró el brazo de Lorenzo clavándole las uñas. No puede ser, gimió ella. La vimos caer. La enterramos. La mujer de blanco tiró del velo hacia atrás. El encaje cayó. Un grito colectivo recorrió la sala. Allí estaba Marina. No la Marina rubia y suave que todos recordaban.
Esta mujer tenía el cabello negro como la noche, corto y afilado. Su piel era pálida, casi translúcida, pero sus ojos ardían con un fuego oscuro y terrible. No había dulzura en su rostro, solo había poder. Marina clavó su mirada en Lorenzo. Una sonrisa lenta y fría curvó sus labios. una sonrisa que prometía dolor. “Hola, esposo mío”, dijo ella, y su voz, aunque suave, resonó en cada rincón del salón silencioso.
“Llegas tarde a nuestra cena de aniversario.” Lorenzo retrocedió tropezando con sus propios pies, como si hubiera visto al mismo “Estás muerta”, gritó él perdiendo la compostura. “Tú estás muerta.” Lo estaba, respondió Marina inclinando la cabeza ligeramente, pero la tierra no me quiso. Dijo que tenía una cuenta pendiente contigo. Marina metió la mano en los pliegues de su vestido.
Claudia gritó pensando que sacaría un arma, pero Marina solo sacó un objeto pequeño y dorado. Lo lanzó al aire hacia el escenario. El anillo de bodas de Lorenzo golpeó el suelo de madera a los pies del magnate. Clin, clin, clin. Rodó y se detuvo justo frente a sus zapatos caros. Creo que perdiste esto la noche que me asesinaste, dijo Marina.
He venido a devolvértelo y a recuperar lo que es mío. El caos estalló. Pero Marina no se movió. Se quedó allí sentada en su trono de ruedas, observando como el miedo devoraba al hombre que creía ser intocable. La dama blanca había regresado y la fiesta acababa de convertirse en un juicio. El sonido del anillo de oro rodando por el suelo de madera se detuvo, pero el eco del miedo de Lorenzo resonaba en toda la sala.
El magnate miró la joya a sus pies y luego a Marina, con los ojos inyectados en sangre. Su máscara de viudo perfecto se rompió en mil pedazos, revelando al monstruo acorralado que llevaba dentro. Seguridad. bramó Lorenzo con la voz desgarrada por la histeria. Saquen a esta mujer de aquí. Es una impostora. Mi esposa está muerta.
Dos guardias corpulentos dieron un paso al frente, confundidos, pero obedientes a quien les pagaba el sueldo. Anselmo se interpuso en su camino con los puños apretados, listo para defender a Marina con su propia vida. Pero Marina levantó una mano, deteniendo a todos con un solo gesto. “No necesito que nadie me defienda”, dijo ella con una calma helada.
Agarró los reposabrazos de su silla de ruedas. Sus nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo. Todos los invitados contuvieron el aliento. Lorenzo retrocedió un paso negando con la cabeza. No,” susurró Claudia temblando. “Tú no puedes caminar.” Marina apretó los dientes, canalizando cada gramo de dolor y odio que había acumulado durante un año.
Empujó hacia abajo. Sus piernas, entrenadas en la oscuridad de la cabaña, temblaron, pero respondieron. Lentamente, milagrosamente, Marina se puso de pie, se irguió en toda su estatura, dominando el salón con su vestido blanco y su cabello negro, pareciendo un ángel vengador. “Me rompiste las piernas, Lorenzo”, dijo ella, dando un paso firme hacia el escenario.
“Me tiraste por un barranco y me enterraste bajo 2 m de tierra, pero se te olvidó una cosa. Las raíces siempre encuentran la manera de salir a la luz. Claudia soltó un grito ahogado y trató de correr hacia la salida lateral, pero su camino fue bloqueado por una figura que emergió de las sombras del fondo del salón.
“Nadie sale de aquí”, ordenó una voz ronca y autoritaria. El inspector Vargas entró, seguido por media docena de agentes armados. llevaba su placa en alto y una orden judicial en la mano. Lorenzo miró a su alrededor buscando una escapatoria, pero estaba rodeado. “Esto es absurdo”, gritó el magnate intentando recuperar el control.
“No tienen pruebas. Es la palabra de una loca contra la mía. Eso lo plantaron ellos.” Chilló Lorenzo señalando a Anselmo. Ese viejo sepulturero está compinchado con ella. Marina subió los escalones del escenario y se paró frente a su esposo. Estaba tan cerca que podía oler su miedo.
Anselmo me salvó la vida cuando tú me la quitaste, dijo ella, mirándolo a los ojos. Y ahora vas a pagar cada segundo que pasé en esa caja. Vargas hizo una señal. Los agentes se abalanzaron sobre Lorenzo y Claudia. El sonido metálico de las esposas cerrándose alrededor de las muñecas del magnate fue el aplauso final que Marina estaba esperando. “Suéltame.
Soy el dueño de todo esto”, gritó Lorenzo mientras lo arrastraban hacia la salidabajo la lluvia y los flashes de las cámaras. Claudia lloraba y suplicaba perdón a gritos, pero Marina ni siquiera la miró. Se giró hacia los invitados que la miraban con una mezcla de terror y asombro. La fiesta terminó”, anunció Marina con voz firme.
“Fuera de mi casa!” El salón se vació rápidamente, dejando solo el eco de la justicia cumplida. Marina se dejó caer de nuevo en la silla, agotada, pero victoriosa. Anselmo se acercó y le puso una mano en el hombro. “Se acabó, niña”, dijo el viejo. “Ganamos! La tormenta pasó, llevándose consigo la suciedad y las mentiras.
El amanecer rompió sobre San Gabriel con una luz dorada y limpia, iluminando la fachada imponente de la mansión del sol, pero la mansión estaba vacía. Marina caminó por los pasillos lujosos, escuchando el sonido de sus propios pasos sobre las alfombras persas. Todo allí olía a Lorenzo y a Claudia. Los muebles caros, los cuadros antiguos, el oro y el terciopelo.
Todo le parecía frío y ajeno. Había recuperado su nombre, su fortuna y su empresa. Los abogados habían confirmado esa misma mañana que Lorenzo pasaría el resto de sus días en una celda de máxima seguridad y Claudia enfrentaba una condena similar por complicidad e intento de homicidio. Marina tenía todo lo que el mundo consideraba éxito, pero al mirar por la ventana hacia el jardín perfectamente cuidado, sintió un vacío inmenso.
Esta casa no era un hogar, era un mausoleo. Salió al porche, donde Anselmo la esperaba junto al coche que la llevaría a la ciudad para firmar los últimos documentos. El viejo sepulturero llevaba su ropa de trabajo habitual, habiendo dejado el traje negro guardado como un recuerdo de su única noche en la alta sociedad.
“¿Está lista para volver a ser la reina del castillo?”, preguntó Anselmo, aunque en sus ojos se notaba que ya sabía la respuesta. Marina negó con la cabeza y sonró. Una sonrisa verdadera por primera vez en un año. Este castillo está maldito, Anselmo. No puedo vivir aquí. No después de saber lo que es vivir de verdad, sacó un documento de su bolso y se lo entregó.
¿Qué es esto?, preguntó él. La escritura respondió ella, he donado la mansión a partir del próximo mes. Será un orfanato y un refugio para mujeres que no tienen a dónde ir. Las monjas de la caridad se harán cargo. Quiero que estas paredes escuchen risas de niños y vean esperanza, no ambición. Anselmo asintió lentamente, orgulloso.
Y usted, ¿a dónde irá la mujer más rica de la región? Tengo dinero suficiente para vivir tres vidas, dijo Marina mirando hacia el horizonte. Pero solo hay un lugar donde me sentí segura. Solo hay un lugar donde encontré a mi verdadera familia. El coche de lujo se quedó aparcado en la entrada.
Marina y Anselmo caminaron juntos bajando la colina hacia el pueblo de regreso al cementerio. Llegaron a la pequeña cabaña de madera cuando el sol estaba en lo más alto. No era un palacio. Las vigas crujían y entraba aire por las rendijas, pero olía a leña, a hierbas curativas y a lealtad. Anselmo puso agua a hervir en el fuego.
Se sentaron en el porche de estar talado, con dos tazas de té humeante en las manos, mirando las tumbas silenciosas. Me devolvió la vida, Anselmo dijo Marina, rompiendo el silencio cómodo entre ellos. No solo me sacó de la tierra, me enseñó a ser fuerte, me enseñó que la sangre no hace a la familia.
El viejo tomó un sorbo de té para ocultar la emoción en su rostro curtido. “Y usted me devolvió el propósito, niña”, respondió él con voz ronca. “Pensé que mi vida se reducía a enterrar gente gracias a usted. Recordé lo que se siente al salvar a alguien.” Marina apoyó la cabeza en el hombro del viejo sepulturero.
Ya no era la heredera ingenua ni la vengadora oscura. Era simplemente una mujer que había encontrado la paz. “Aquí me quedo”, dijo ella, cerrando los ojos bajo el sol cálido. “Hay mucho trabajo por hacer en el jardín y creo que este lugar necesita un poco de vida.” En el cementerio de San Gabriel, entre los muertos y el olvido, dos almas rotas habían sanado juntas.
No necesitaban mansiones, ni joyas, ni aplausos. tenían algo mucho más valioso, algo que Lorenzo nunca pudo comprar con todo su dinero. Se tenían el uno al otro y eso al final del día era la única riqueza que importaba. Esta conmovedora historia nos deja con el alma estremecida y el corazón lleno de reflexiones profundas, llevándonos desde la oscuridad más absoluta de una traición imperdonable hasta la luz brillante de la redención humana, mostrándonos crudamente cómo la codicia desmedida puede pudrir el alma de personas como Lorenzo y Claudia, quienes
cegados por la ambición olvidaron que la verdadera riqueza no se encuentra en las cuentas bancarias ni en las mansiones lujosas, sino en la pureza de la conciencia. Sin embargo, más allá del dolor y la injusticia, lo que realmente perdura en nuestra memoria es la figura heroica de Anselmo, un humildesepulturero que, sin tener nada material, demostró poseer el tesoro más grande de todos, una compasión inquebrantable y un sentido del deber que salvó una vida cuando el mundo entero miraba hacia otro lado.
Su vínculo con Marina nos enseña la lección más valiosa de todas. Y es que la verdadera familia no se define por la sangre, los apellidos o los contratos sociales, sino por la lealtad, el sacrificio y la capacidad de sostenernos mutuamente cuando estamos rotos. La transformación de Marina, de una víctima enterrada viva a una mujer empoderada que rechaza el lujo vacío para encontrar la paz en lo simple, nos inspira a creer que no importa cuán profundo nos hundan las circunstancias o cuánto intenten silenciarnos, siempre existe la fuerza
interior para renacer y reescribir nuestro destino si tenemos el coraje de luchar. Si este relato de supervivencia, justicia divina y amor fraternal ha tocado tu fibra sensible y te ha hecho valorar a quienes están a tu lado en los momentos difíciles, te invito de todo corazón a que apoyes nuestro esfuerzo dándole un gran me gusta a este video, ya que tu apoyo es fundamental para que sigamos trayendo estas historias llenas de emoción y verdad.
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Cuídense mucho y mantengan siempre la esperanza viva. Nos vemos muy pronto en el próximo video. Hasta la próxima.















