El Puesto de Carnitas de Doña Basilisa: Cocinaba a Su Propia Esposa Para Clientes  

El Puesto de Carnitas de Doña Basilisa: Cocinaba a Su Propia Esposa Para Clientes  

 

Mars, Mercado Benito Juárez, Oaxaca de Juárez. Febrero de 1973. El primer síntoma fue la sed, una sede insaciable que no cedía sin importar cuánta agua bebiera. El señor Tomás Velázquez García, empleado de ferrocarriles de 52 años, llevaba tres días sin poder dormir más de 2 horas seguidas.

 Se despertaba cada noche con la boca tan seca que sentía la lengua pegada al paladar y un dolor punzante en los riñones que lo hacía doblarse sobre sí mismo. Su esposa, alarmada por el color amarillento que había tomado su piel, lo llevó al Hospital General de Oaxaca el 11 de febrero, un domingo por la mañana. El Dr.

 Javier Alfonso Ruiz, médico internista con 23 años de experiencia, examinó a Tomás con creciente preocupación. Los análisis de sangre mostraron niveles de creatinina alarmantemente elevados. Los riñones estaban fallando, pero lo que desconcertó al Dr. Ruiz fue que no había ninguna causa aparente. Tomás no era diabético, no tenía hipertensión, no consumía alcohol en exceso, era un hombre sano que de repente estaba muriendo de insuficiencia renal aguda.

¿Ha consumido algún medicamento sin prescripción?, preguntó el Dr. Ruiz. ¿Ha estado en contacto con químicos en su trabajo? ¿Ha comido algo fuera de lo normal? Tomás negó con la cabeza débilmente. No había nada fuera de lo ordinario, solo su rutina habitual. Trabajo en la estación de ferrocarriles, comida en casa preparada por su esposa, excepto los sábados cuando se daba el gusto de comer en el mercado.

 Su lugar favorito era el puesto de carnitas de doña Basilisa, donde compraba medio kilo cada semana desde hacía más de un año. El drctor Ruiz anotó esta información sin darle demasiada importancia. La insuficiencia renal aguda podía tener docenas de causas, muchas de ellas difíciles de diagnosticar. Tomás fue internado para tratamiento de emergencia, pero su condición se deterioró rápidamente.

 Murió tr días después, el 14 de febrero de 1973, en medio de convulsiones que ningún medicamento logró controlar. En el certificado de defunción, el Dr. Ruiz escribió: “Insuficiencia renal aguda de etiología desconocida.” Habría quedado como un caso más de muerte inexplicable si no fuera porque dos semanas después una mujer de 48 años llamada Esperanza Montes Rivera ingresó al mismo hospital con síntomas idénticos y una semana después de ella llegó un hombre de 64 años, Ernesto Galván Soto.

 Los tres habían comido en el mercado Benito Juárez. Los tres mencionaron el puesto de carnitas de doña Basilisa. Para entonces, el drctor Ruiz ya había alertado al departamento de salubridad del estado de Oaxaca. El caso cayó en el escritorio del inspector sanitario Miguel Ángel Fuentes Carrasco, un hombre de 46 años que había dedicado los últimos 20 de su vida a investigar brotes de enfermedades transmitidas por alimentos.

 Miguel Ángel había visto de todo. Cólera por agua contaminada, salmonela por pollo mal cocido, hepatitis por mariscos crudos, pero tres muertes por insuficiencia renal en menos de un mes, todas conectadas al mismo establecimiento, era algo que no había visto nunca. El primero de marzo, un viernes, Miguel Ángel llegó al mercado Benito Juárez a las 7 de la mañana, cuando los comerciantes apenas comenzaban a instalar sus puestos.

 El mercado era un laberinto de pasillos estrechos, llenos de colores, olores y sonidos. Vendedores de frutas gritaban sus ofertas. Mujeres regataban el precio del chile. Niños corrían entre las piernas de los adultos. En la sección de comida, donde el olor a tortillas recién hechas se mezclaba con el aroma de los guisos, Miguel Ángel encontró el puesto de doña Basilisa.

 Era un local pequeño, como todos los del mercado, una mesa larga con una plancha de metal donde se calentaban las carnitas, [música] varios recipientes de peltre con diferentes guisos, tortillas envueltas en servilletas de tela y una mujer de edad indeterminada que trabajaba con movimientos lentos pero precisos. Doña Basilisa Remedios Torres tenía el cabello completamente blanco recogido en un chongo apretado, la cara surcada por arrugas profundas y las manos nudosas de quien había trabajado toda su vida.

Vestía un delantal azul sobre un vestido negro y sus ojos oscuros observaban a cada cliente con una intensidad que resultaba incómoda. Miguel Ángel se presentó mostrando su credencial. Doña Basilisa no pareció sorprendida, simplemente asintió y siguió picando carne sobre una tabla de madera manchada por años de uso.

 “Ya me esperaba”, dijo con voz áspera, como de alguien que habla poco. “Dicen que mis clientes se enfermaron. “Tres personas han muerto”, respondió Miguel Ángel. “Todas comieron aquí. Necesito revisar su cocina, sus ingredientes, sus prácticas de higiene. Haga lo que tenga que hacer, joven. No tengo nada que esconder. Miguel Ángel pasó las siguientes dos horas inspeccionando el puesto.

 La cocina era rudimentaria, pero limpia.Los recipientes de Peltre estaban lavados. Las tablas de cortar no mostraban signos de contaminación cruzada. La plancha se mantenía a temperatura adecuada. revisó los ingredientes. La carne venía del rastro municipal con certificado sanitario vigente.

 Las especias eran las usuales, comino, laurel, ajo, cebolla, todo parecía estar en orden, pero había algo que no encajaba. Miguel Ángel llevaba suficientes años en este trabajo para confiar en su intuición y su intuición le decía que había algo extraño en este lugar. Tal vez era la forma en que doña Basilisa lo observaba mientras trabajaba con esa mirada penetrante que nunca parpadeaba.

 Tal vez era el hecho de que el puesto estuviera tan limpio cuando la mayoría de los comerciantes del mercado apenas cumplían con los estándares mínimos. O tal vez era ese olor apenas perceptible bajo el aroma de las especias, un olor dulzón y enfermizo que parecía venir [música] de algún lugar detrás del puesto. ¿Dónde guarda la carne que no usa durante el día?, preguntó Miguel Ángel.

 Doña Basilisa señaló hacia atrás con la cabeza, “En la bodega. Todos los comerciantes tenemos un espacio en el sótano del mercado. Necesito verlo.” Por primera vez, la expresión de doña Vasilisa cambió. Fue solo un instante, un destello de algo que podría haber sido molestia o tal vez miedo, pero desapareció tan rápido que Miguel Ángel no estuvo seguro de haberlo visto.

 “Está bien”, dijo la mujer, “ero está oscuro allá abajo. Las luces del sótano llevan semanas sin funcionar y el encargado del mercado no las arregla. Bajaron por unas escaleras de concreto en la parte trasera del mercado. La luz del día desaparecía rápidamente, reemplazada por la penumbra húmeda del sótano. Miguel Ángel encendió su linterna.

 El as de luz reveló un pasillo estrecho con puertas a ambos lados, cada una marcada con un número que correspondía al puesto de arriba. El olor era más fuerte aquí abajo. No solo el olor dulzón que había notado antes, sino también algo más como de humedad y moo mezclado con un toque metálico que le recordó a la sangre vieja. Doña Basilisa abrió la puerta marcada con el número 17.

 La bodega era un cuarto pequeño de quizás 3 m por tr con paredes de concreto y un refrigerador antiguo en una esquina. Miguel Ángel revisó el refrigerador. Dentro había varios kilos de carne envuelta en papel de estrasa, más especias y algunas verduras. Todo parecía normal, pero cuando cerró la puerta del refrigerador, la luz de su linterna iluminó algo en la pared del fondo.

 Había marcas en el concreto, arañazos profundos, como si alguien hubiera raspado la pared con las uñas durante mucho tiempo. ¿Qué son estas marcas?, preguntó Miguel Ángel. Doña Basilisa se encogió de hombros. Ya estaban cuando me asignaron esta bodega. Este sótano es viejo, don Miguel. ¿Quién sabe qué había aquí antes? Miguel Ángel tomó muestras de la carne del refrigerador y las guardó en bolsas estériles.

 También raspó las paredes en busca de MO o bacterias. Antes de irse le advirtió a doña Basilisa que no podía vender más carnitas hasta que los resultados de los análisis estuvieran listos. La mujer aceptó sin protestar, pero Miguel Ángel notó que sus manos temblaban ligeramente mientras cerraba la puerta de la bodega. En el laboratorio estatal, el bioquímico Rodrigo Samuel Medina Ortiz recibió las muestras con su habitual eficiencia.

Rodrigo tenía 38 años y una maestría [música] en toxicología de la Universidad Nacional Autónoma de México. Había trabajado en docenas de casos de intoxicación alimentaria y su reputación era impecable. Miguel Ángel le explicó los síntomas de las víctimas. Insuficiencia renal aguda, convulsiones, muerte rápida.

 Suena a envenenamiento”, dijo Rodrigo mientras examinaba las muestras. Pero tendremos que hacer un espectro completo de análisis. Bacterias, virus, parásitos y también toxinas. Si hay algo ahí, lo encontraré. Los resultados preliminares llegaron 5co días después. Bacterias, niveles normales, nada patógeno. Virus, negativo, parásitos, ninguno.

 Miguel Ángel sintió una mezcla de alivio y frustración. Si la carne estaba limpia, entonces, ¿qué había causado las muertes? Pero Rodrigo le dijo que esperara. Los análisis de toxinas tardarían más, especialmente si estaban buscando compuestos poco comunes. Mientras esperaba los resultados, Miguel Ángel decidió investigar más sobre doña Basilisa.

 Los registros del mercado mostraban que había empezado a vender carnitas en 1968, 5 años atrás. Antes de eso, no había registro de ella en ningún establecimiento comercial de Oaxaca. Miguel Ángel fue al Registro Civil para buscar información sobre su vida. encontró que Basiliza Remedios Torres había nacido en 1918 en un pueblo pequeño llamado San Pedro Mártir en la sierra oaxaqueña.

 Se había casado en 1937 con un hombre llamado Abundio RojasCastro. Tuvieron dos hijos que murieron en la infancia, según los certificados de defunción. Y en 1967 Abundio había muerto. Causa de muerte, accidente. Sin más detalles, intrigado, Miguel Ángel viajó a San Pedro Mártir. Era un pueblo de apenas 300 habitantes, enclavado en las montañas a 3 horas de la ciudad.

 Las carreteras eran de terracería y el camión de pasajeros solo subía dos veces por semana. El pueblo tenía una iglesia pequeña, una tienda de abarrotes y casas de adobe dispersas entre los pinos. El sacerdote del pueblo, el padre Celestino Márquez Solís, un hombre de 72 años que llevaba 45 administrando la parroquia, recordaba bien a Basiliza y a Bundio.

“Eran una pareja extraña”, dijo mientras servía café de olla en tazas de barro. Abundio era un hombre callado, trabajador. Cortaba madera en el bosque y la vendía en el pueblo. Basiliza. Ella era diferente. La gente decía que sabía de remedios, de hierbas. Algunas personas la buscaban cuando estaban enfermas, otras la evitaban.

 ¿Por qué la evitaban?, preguntó Miguel Ángel. El padre Celestino, bajo la voz, aunque estaban solos en la sacristía. Decían que practicaba brujería, que hacía trabajos de amarres, de venganzas. Yo nunca vi pruebas, entienda usted, pero había murmuraciones y luego estaba el asunto de abundio. ¿Qué asunto? Su muerte.

 Dijeron que fue un accidente, que un árbol cayó sobre él mientras trabajaba en el bosque. Pero algunos de los hombres que encontraron el cuerpo dijeron cosas extrañas, que el árbol no había caído naturalmente, que había marcas de hacha en el tronco, como si alguien lo hubiera cortado para que cayera justo donde Abundio estaba parado, y que cuando encontraron el cuerpo, Basiliza ya estaba allí sentada junto a él sin lágrimas, solo mirando.

Hubo investigación. El delegado municipal de entonces era primo de Basiliza, cerró el caso como accidente. A los pocos meses ella se fue del pueblo. Nadie volvió a verla hasta hace unos años cuando alguien la reconoció en el mercado de la ciudad. Miguel Ángel regresó a Oaxaca con más preguntas que respuestas.

 Si Abundio había muerto en 1967 y Basiliza había abierto su puesto de carnitas en 1968, ¿de dónde había sacado el dinero? Los registros fiscales mostraban que había declarado ingresos mínimos durante esos primeros años, apenas suficientes para sobrevivir y, sin embargo, había logrado mantener el negocio. El 20 de marzo, Rodrigo llamó a Miguel Ángel a su laboratorio.

 Su voz sonaba tensa por teléfono. “¿Necesitas venir a ver esto?” Y trae a alguien del Ministerio Público. Esto va más allá de un caso de salubridad. En el laboratorio, Rodrigo tenía varios papeles desplegados sobre su mesa de trabajo. “Encontré la toxina”, dijo sin preámbulos. Arsenito de sodio. Estaba en concentraciones bajas, no suficiente para matar inmediatamente, pero sí para causar daño acumulativo a los riñones con exposición prolongada.

 Miguel Ángel sintió que el estómago se le revolvía. “Asenito de sodio, ¿estás seguro? Completamente. Es un veneno clásico, Miguel. Se usaba mucho en el pasado para matar ratas. causa insuficiencia renal, convulsiones, todo lo que viste en las víctimas. Y lo interesante es que encontré trazas no solo en la carne, sino también en las muestras que tomaste de las paredes de la bodega.

 Alguien ha estado usando arsénico ahí abajo durante mucho tiempo. Pero, ¿por qué en concentraciones bajas? Si quería matar a la gente, ¿por qué no usar dosis más altas? Rodrigo se encogió de hombros. Tal vez no quería que las muertes fueran inmediatas. El arsénico en dosis bajas tarda semanas o meses en causar daño letal.

 Las víctimas se enferman gradualmente. Los síntomas parecen una enfermedad natural. Es el crimen perfecto si tienes paciencia. Miguel Ángel contactó inmediatamente a la Procuraduría General de Justicia del Estado. El caso pasó de ser una investigación sanitaria a una investigación criminal. El procurador asignó al agente del Ministerio Público, Luis Fernando Castellanos Vega, un abogado de 50 años con experiencia en casos de homicidio para coordinar con Miguel Ángel.

 Juntos obtuvieron una orden de cateo para el puesto de doña Basilisa y su bodega en el sótano del mercado. La orden se ejecutó el 23 de marzo, un viernes por la mañana. Cuando el equipo de investigadores llegó al mercado, descubrieron que doña Basilisa no había abierto su puesto. Los comerciantes vecinos dijeron que no la habían visto en toda la semana.

 Miguel Ángel sintió una punzada de preocupación. Se había enterado de la investigación, había oído. Bajaron al sótano sin esperar. Con órdenes judiciales en mano, abrieron la puerta de la bodega número 17. El olor era abrumador ahora, sin la presencia de doña Basilisa para explicarlo. Los investigadores entraron con linternas y [música] cámaras.

 El refrigerador seguía allí, pero cuando lo abrieron estabavacío. Alguien había limpiado todo recientemente. Las paredes mostraban señales de haber sido lavadas, pero las marcas de arañazos seguían visibles. Fue uno de los técnicos forenses, un joven llamado Ernesto Cruz [música] Pantoja, quien notó que el piso sonaba hueco en una esquina.

 golpeó con el pie y escuchó un eco. “Aquí hay algo”, dijo. Usando palas y barretas, levantaron las losas de concreto. Debajo había una cavidad de aproximadamente 1 metro de profundidad. Lo que encontraron dentro hizo que varios de los presentes tuvieran que salir a vomitar. Había huesos, docenas de ellos, algunos largos y blanqueados por el tiempo, otros más recientes, con restos de tejido todavía adherido, y entre los huesos, trozos de tela podrida, un cinturón de cuero con una evilla de metal y un anillo de matrimonio con una inscripción apenas

legible. Abundio y basiliza. 1937. El análisis forense posterior revelaría que los huesos pertenecían a un solo individuo, un hombre adulto de entre 50 y 60 años. La estructura ósea coincidía con la descripción física de Abundio Rojas Castro, según los registros del pueblo. Pero lo más perturbador fue el análisis de los cortes en los huesos.

Había marcas de sierra y cuchillo, patrones consistentes con desarticulación profesional, como la que se usa para procesar animales de carnicería. Abundio no solo había sido asesinado, había sido procesado como carne. La investigación se expandió rápidamente. Los investigadores exhumaron registros de ventas del puesto de carnitas desde 1968.

Doña Basilisa había llevado registros meticulosos de sus compras de carne en el rastro, pero los números no cuadraban. Compraba menos carne de la que sus ventas sugerían que debería necesitar. La diferencia no era enorme, tal vez 10 o 15% menos, pero era consistente año tras año, como si tuviera otra fuente de carne que no aparecía en los libros.

 Los investigadores entrevistaron a antiguos clientes del puesto. Muchos comentaban lo mismo. Las carnitas de [música] doña Basilisa tenían un sabor único, diferente a cualquier otra cosa que hubieran probado. Algunos lo describían como más dulce, otros como más suave. Era como si usara un tipo especial de cerdo dijo un hombre que había comido allí durante años.

 Le pregunté una vez de dónde sacaba la carne y ella solo sonrió y dijo que era su secreto. El equipo médico revisó los registros hospitalarios de los últimos 5 años. Además de las tres muertes recientes, encontraron otros 18 casos de insuficiencia renal inexplicada en personas que habían mencionado comer en el mercado Benito Juárez.

 No todos habían muerto, algunos se habían recuperado con tratamiento, pero todos mostraban daño renal consistente con envenenamiento por arsénico de baja dosis. Era un patrón que había pasado desapercibido porque los casos estaban espaciados en el tiempo y nadie había conectado los puntos antes. Pero, ¿dónde estaba doña Basilisa? La búsqueda se intensificó.

 La Policía Judicial del Estado emitió una orden de aprensión. Se revisaron estaciones de autobuses. Se alertó a las autoridades en los estados vecinos. Pasaron tres días sin rastro de ella. Algunos investigadores especulaban que había huído a las montañas de regreso a San Pedro mártir. Otros pensaban que tal vez se había suicidado.

La encontraron el 27 de marzo, [música] un martes por la tarde. Un grupo de niños que jugaban en las afueras de la ciudad, cerca del panteón municipal, reportaron haber visto a una anciana sentada bajo un árbol. Cuando los agentes llegaron, doña Basiliza seguía allí sentada en el suelo con la espalda contra el tronco, mirando hacia el cementerio.

 No opuso resistencia cuando la arrestaron. no dijo una palabra en el trayecto a la comandancia. Durante los tres días siguientes, en la sala de interrogatorios, doña Vasilisa permaneció en silencio. Miraba a los interrogadores con esos ojos oscuros e inexpresivos, pero no respondía a ninguna pregunta. El psiquiatra forense que la evaluó, el Dr.

 Bernardo Montes Ibarra, concluyó que estaba en plenas facultades mentales. No había señales de demencia ni de psicosis, simplemente se negaba a hablar. Fue el padre Celestino quien finalmente logró que hablara. El sacerdote había viajado desde San Pedro mártir cuando se enteró del arresto. Pidió permiso para verla y las autoridades accedieron pensando que tal vez el contexto religioso la haría cooperar.

 Se sentó frente a ella en la sala de visitas, sin los interrogadores presentes, solo con un guardia vigilando desde la puerta. “Vasiliza”, dijo el padre con voz suave. “Han pasado muchos años. ¿No crees que es tiempo de confesar?” Ella lo miró durante largo rato. Luego, por primera vez en días habló. confesar que, padre, que maté a Abundio, ya lo saben, encontraron sus huesos.

 ¿Por qué lo hiciste? Porque se lo merecía. Su voz era plana, sin emoción. 29 años me golpeó, padre. 29 años de vivir conmiedo, de esconder moretones, de rezar para que no llegara borracho a casa. Mató a mis dos hijos, ¿sabía? Uno de hambre porque se gastaba todo en pulque, otro a golpes cuando tenía 2 años y no dejaba de llorar.

 Y usted nunca hizo nada. Nadie hizo nada. El padre Celestino bajó la mirada. Debía haber ya no importa lo que debió haber hecho. Lo hecho hecho está. Cuando Abundio murió fue como si me quitaran cadenas que había llevado toda mi vida. Era libre, padre, libre. ¿Y la carne? ¿Por qué procesaste su cuerpo por primera vez? Algo parecido a una emoción cruzó el rostro de Basiliza.

 Una sonrisa pequeña y fría. No iba a desperdiciarlo. Abundio nunca sirvió para nada en vida, al menos en muerte podía ser útil. Así que lo corté como había visto que se cortaban los cerdos en el rastro. Guardé la carne, la cociné, la vendí y con ese dinero empecé mi negocio. Abundio me dio mi libertad y mi sustento.

 Fue la única cosa buena que hizo en su miserable vida. Y el arsénico, ¿por qué envenenabas a tus clientes? Faciliza se encogió de hombros. No envenenaba a todos, solo a algunos. Los que me recordaban a Abundio. Hombres que golpeaban a sus esposas. Hombres borrachos que maltrataban a sus hijos. Yo los reconocía.

 55 años viviendo con un hombre así. Te enseñan a identificarlos. Les ponía el arsénico en la carne poquito a poquito, para que sufrieran como yo sufrí, para que sus familias quedaran libres como yo quedé libre. ¿Cuántos? No llevaba cuenta. 20, 30, importa. Eran basura, padre. El mundo está mejor sin ellos. La confesión fue grabada y transcrita.

 Basilisa la firmó sin leer con esa misma expresión indiferente. Los médicos forenses intentaron realizar una autopsia psicológica para entender sus motivaciones, pero ella se negó a cooperar más allá de esa única conversación con el padre Celestino. El juicio comenzó en agosto de 1973 y duró 4 meses.

 La defensa argumentó que Basilisa había actuado bajo años de abuso extremo, que su juicio estaba nublado por el [música] trauma. presentaron testimonios de vecinos de San Pedro mártir que confirmaron la violencia de abundio. Pidieron consideración por su edad avanzada y su salud deteriorada, pero la fiscalía presentó las confesiones, los análisis forenses, los testimonios de las familias de las víctimas del envenenamiento.

 21 personas habían sido envenenadas [música] deliberadamente, tres habían muerto, las otras 18 vivían con daño [música] renal permanente. El veredicto fue inevitable. Faciliza Remedios Torres. Fue declarada culpable de homicidio calificado. Homicidio en grado de tentativa y profanación de cadáver. La sentencia, 35 años de prisión.

 Tenía 55 años cuando entró a la cárcel. Matemáticamente moriría allí. Pero Basiliza vivió más de lo que nadie esperaba. En la prisión se convirtió en una figura extraña y solitaria. No hablaba con las otras internas, no participaba en actividades, pasaba sus días sentada en su celda mirando por la pequeña ventana. Las guardias reportaban que a veces la escuchaban murmurar para sí misma.

 Siempre las mismas palabras en Zapoteco, su lengua materna. Nadie sabía qué significaban. En 1992, Pasilisa sufrió un infarto masivo. Tenía 74 años. fue trasladada al hospital de la prisión, donde los médicos lograron estabilizarla, pero quedó parcialmente paralizada. Ya no podía caminar, apenas podía hablar. La trasladaron a la enfermería permanente, donde pasó los últimos años de su vida en una cama mirando el techo.

 Murió el 12 de enero de 1997 a los 79 años. Su cuerpo fue reclamado por el padre Celestino, quien para entonces tenía 96 años y estaba casi ciego. La enterraron en el panteón municipal de Washaka en una tumba sin nombre. El padre Celestino insistió en oficiar una misa, aunque solo él y un sepulturero asistieron. El mercado Benito Juárez nunca volvió a ser el mismo después del caso.

 El puesto número 17 quedó vacío durante años. Nadie quería ocuparlo. Los rumores corrían entre los comerciantes, que por las noches se escuchaban sonidos que venían del sótano, como de alguien cortando carne, que el olor dulzón nunca desapareció completamente de esa esquina del mercado, que algunos clientes antiguos que habían comido las carnitas de doña Basilisa desarrollaban un rechazo visceral a comer cerdo, aunque no entendían por qué.

 Miguel Ángel Fuentes Carrasco se retiró del departamento de salubridad en 1993, 20 años después del caso. Nunca habló públicamente sobre su experiencia, rechazando entrevistas de periodistas y documentalistas. En el año 2006, poco antes de su muerte por cáncer de pulmón, grabó un testimonio para los archivos estatales.

 En él mencionó algo que nunca había incluido en los informes oficiales. “Cuando encontramos los huesos de abundio”, dijo con voz cansada, “haía algo más en esa cavidad bajo el piso. Un cuaderno viejo con tapas de cuero podrido. Lo confisqué,pero nunca lo mencioné en mi informe porque no sabía si era evidencia relevante o solo las divagaciones de una mujer enferma.

 En ese cuaderno, Pasilisa había escrito recetas, docenas de ellas, recetas para cocinar carne humana de diferentes maneras, estofada, asada, en adobo, en mole. Había anotaciones sobre qué partes del cuerpo tenían mejor sabor, qué métodos de cocción eran más efectivos para disimular el origen de la carne. Había dibujos detallados de anatomía humana con líneas marcando los mejores cortes, como los diagramas que usan los carniceros para las reces.

Pero lo que más me perturbó, continuó Miguel Ángel, fueron las últimas páginas. Estaban fechadas apenas dos semanas antes de que la arrestáramos. En ellas, Vasilice escribió que a Bundio se le estaba acabando, que después de 5 años de usar su carne mezclada con la de cerdo, finalmente se había terminado. Calculaba que había vendido aproximadamente 42 kg durante esos 5 años, siempre mezclados, siempre en pequeñas cantidades, para que nadie notara la diferencia.

 Y en la última entrada escribió algo que todavía me quita el sueño. Necesito encontrar más. Los clientes se han acostumbrado al sabor especial. Si no puedo darles lo que esperan, iré a la quiebra. Tal vez ese borracho que viene los jueves, el que tiene las mismas manos de abundio o esa mujer enferma que mendiga afuera del mercado. Nadie los extrañaría.

 La arrestamos justo a tiempo, concluyó Miguel Ángel. Pero no puedo evitar pensar en cuántas carnitas vendió durante esos 5 años. ¿Cuántas familias comieron en su puesto sin saber lo que realmente estaban consumiendo? Y me pregunto si Basilisa realmente actuó sola o si había otras personas como ella escondidas en otros mercados, en otras ciudades, procesando a sus víctimas y vendiéndolas como comida.

 Es un pensamiento que me persiguió durante 30 años y que me seguirá hasta la tumba. El mercado Benito Juárez sigue operando hasta el día de hoy. Es uno de los mercados más grandes y concurridos de Washaka con cientos de puestos que venden de todo, desde artesanías hasta comida. El puesto número 17 fue finalmente ocupado en el año 2004 por una joven pareja que vende Tlayayudas.

Dicen que antes de mudarse hicieron limpias espirituales y bendijeron el espacio. Pero los vendedores antiguos, aquellos que estaban allí en 1973, todavía evitan pasar por esa área cuando el mercado cierra y los pasillos quedan vacíos. Y en San Pedro Mártir, el pueblo donde todo comenzó, ya nadie habla de Basiliza Remedios Torres.

 Su casa, una estructura de adobe que se había mantenido abandonada desde 1968. Finalmente colapsó durante una tormenta en el año [música] 2016. Pero los ancianos del pueblo todavía recuerdan y cuando sus nietos preguntan por qué el terreno donde estuvo esa casa sigue vacío, por qué nadie construye allí aunque el espacio sea bueno los viejos simplemente niegan con la cabeza y dicen que hay lugares donde la tierra misma está lugares donde el mal echó raíces tan profundas que nunca se pueden arrancar completamente. Y hasta hoy,

cuando alguien en Oaxaca menciona carnitas con sabor diferente, los que conocen la historia sienten que se les revuelve el estómago porque saben que hubo un tiempo, no hace tanto, cuando ese sabor diferente no era solo el toque especial de un cocinero talentoso, sino algo mucho más oscuro y terrible de lo que cualquiera podría haber imaginado.

Yeah.