EL NOVIO DIJO “NO” Y LO QUE HIZO LA NOVIA DESPUÉS TRAUMATIZÓ A TODA LA CIUDAD — León, 1930  

EL NOVIO DIJO “NO” Y LO QUE HIZO LA NOVIA DESPUÉS TRAUMATIZÓ A TODA LA CIUDAD — León, 1930  

 

Bienvenido a esta jornada por uno de los casos más macabros y aterrorizantes de la historia de León, Guanajuato. Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios aquí abajo de dónde estás viendo este video y a qué horas. Y también si te gustan historias como esta, suscríbete al canal para más casos diarios.

 ¿Listo? Ahora aumenta el volumen y vamos a comenzar. En el archivo municipal de León, Guanajuato, existe un expediente que durante décadas permaneció sellado en una caja de cartón deteriorada marcada únicamente con las iniciales CV y el año 1930. Según los registros de la dirección de archivo histórico, el expediente fue clasificado como caso cerrado sin resolución satisfactoria en octubre de 1932 y desde entonces nadie volvió a consultarlo hasta que un investigador local, cuyo nombre se omitió en las actas posteriores, solicitó acceso en

1963, lo que encontró dentro de aquella caja. lo llevó a abandonar su investigación apenas tres semanas después. El expediente volvió a sellarse y así permaneció. La historia que vamos a narrar transcurre en una época en que León era conocida como la capital del calzado mexicano, una ciudad próspera donde las familias de Abolengo mantenían tradiciones que se remontaban al virreinato.

 Las calles empedradas del centro histórico, flanqueadas por casonas de cantera rosa, ocultaban secretos que solo se susurraban detrás de puertas cerradas. En aquellos años, el honor familiar era más importante que la verdad y había familias dispuestas a todo preservarlo. La familia Villaseñor era una de las más respetadas de la ciudad.

 Don Aurelio Villaseñor había heredado de su padre una curtidería que empleaba a más de 40 hombres y su esposa, doña Esperanza Montes de Villaseñor, provenía de una familia de hacendados de la región de los Altos de Jalisco. Juntos habían construido un patrimonio considerable y habían criado a tres hijos varones y una hija, la menor de todos, nacida en 1911.

Su nombre era Catalina. Según los testimonios recogidos en el expediente, Catalina Villaseñor era descrita por quienes la conocieron como una joven de belleza poco común, alta para los estándares de la época, con cabello negro que usaba siempre recogido en un moño bajo y ojos de un color que algunos describieron como miel oscura.

 Pero lo que más llamaba la atención de quienes la trataban no era su apariencia física. sino algo más difícil de definir. Una vecina, cuyo testimonio aparece en el expediente fechado en noviembre de 1930, declaró, “Catalina tenía una forma de mirar que te hacía sentir que sabía cosas que no debería saber.

 No era una mirada desagradable, pero tampoco era cómoda. Era como si siempre estuviera calculando algo. La casa de los villor se ubicaba en la calle de la Condesa, a pocas cuadras de la catedral basílica de Nuestra Señora de la Luz. Era una construcción de dos plantas con un patio central adornado con macetas de geranios y una fuente de cantera que, según los registros, había sido traída desde Querétaro en 1872.

La casa tenía 14 habitaciones, un sótano que se usaba para almacenar cueros de la curtidería y un jardín trasero que colindaba con un callejón sin salida, conocido localmente como el callejón del olvido. Este nombre, según las crónicas municipales, se debía a que durante la época colonial el callejón había sido utilizado como depósito temporal de cadáveres durante una epidemia de viruela.

 Nadie construyó jamás en ese terreno. En 1928, cuando Catalina tenía 17 años, la familia Villaseñor recibió la visita de un joven comerciante de telas procedente de la Ciudad de México. Su nombre era Emilio Garza Treviño, hijo de un importador de textiles que mantenía negocios con varias familias de León. Emilio tenía 24 años.

 una educación refinada que incluía estudios inconclusos de derecho y una reputación de hombre serio y trabajador. Don Aurelio vio en él un candidato ideal para su hija menor. El noviazgo entre Catalina y Emilio comenzó formalmente en marzo de 1928 bajo las estrictas normas de cortejo de la época. Las visitas se realizaban los domingos por la tarde, siempre en presencia de doña Esperanza o de alguna de las sirvientas de confianza.

 Según una carta que Emilio envió a su madre, fechada en abril de ese año y que posteriormente fue incluida en el expediente, el joven escribió, “Catalina es una muchacha educada y de buena familia, aunque confieso que hay algo en ella que no logro descifrar.” A veces cuando hablamos tengo la sensación de que está pensando en algo completamente diferente a lo que dice, pero supongo que así son las mujeres de provincia.

Durante los dos años siguientes, el noviazgo siguió su curso esperado. Emilio viajaba a León cada dos o tres meses, permanecía una semana y luego regresaba a la Ciudad de México para atender los negocios de su padre. En cada visita la relación parecía avanzar hacia el matrimonio que ambas familiasdeseaban.

 Sin embargo, según los testimonios posteriores, había señales que nadie quiso ver. Una de las sirvientas de la casa Villaseñor, una mujer llamada Refugio Hernández, declaró en octubre de 1930, la señorita Catalina cambiaba cuando el señor Emilio no estaba. Durante sus visitas era dulce y complaciente, como una muñeca de aparador.

 Pero cuando él se iba, pasaba días enteros encerrada en su habitación. A veces la escuchábamos hablar sola. Una vez encontré en su tocador un cuaderno donde había escrito el nombre de él cientos de veces, llenando páginas enteras. Me dio escalofríos, pero no dije nada. En esa casa no se hablaba de lo que no convenía. La boda estaba programada para el 12 de octubre de 1930, una fecha elegida por doña Esperanza, porque coincidía con el día de la hispanidad, una festividad que la familia consideraba de buen augurio.

 Los preparativos comenzaron con meses de anticipación. Se encargó un vestido de novia a una modista de Guadalajara. Se reservó la catedral para la ceremonia y se planeó una recepción en el hotel Mariscal, el establecimiento más elegante de León en aquella época. Pero algo comenzó a cambiar en los meses previos a la boda.

 Según los testimonios, Emilio Garza empezó a espaciar sus visitas. En lugar de viajar cada dos meses, dejó pasar cuatro, luego cinco. Las cartas que enviaba a Catalina, que al principio llegaban cada semana, comenzaron a ser cada vez más breves y menos frecuentes. En una de sus últimas cartas, fechada en julio de 1930, Emilio escribió, “Los negocios me tienen muy ocupado. Espero que comprendas.

Pronto nos veremos y hablaremos de todo. Lo que Catalina no sabía o quizás sospechaba, pero se negaba aceptar era que Emilio había conocido a otra mujer en la Ciudad de México. Según un documento encontrado posteriormente entre los papeles del padre de Emilio. El joven había iniciado una relación con la hija de un banquero, una unión que prometía beneficios económicos.

significativamente mayores que el matrimonio con una familia de curtidores de provincia. El 21 de septiembre de 1930, tres semanas antes de la fecha programada para la boda, Emilio Garza llegó a León, pero no venía para ultimar los detalles de la ceremonia, venía para cancelarla. La reunión tuvo lugar en el despacho de don Aurelio, en la planta baja de la casa de la calle de la Condesa.

 Según el testimonio posterior de uno de los hermanos de Catalina, Emilio habló durante menos de 15 minutos. Explicó que había reflexionado sobre su decisión, que no se sentía preparado para el matrimonio, que lamentaba profundamente cualquier inconveniente causado a la familia. Don Aurelio escuchó en silencio. Cuando Emilio terminó, el patriarca de los Villaseñor simplemente asintió y dijo, “Entiendo.

 Le pido que abandone mi casa.” Nadie le comunicó la noticia a Catalina de inmediato. Don Aurelio ordenó que la familia se reuniera para la cena como si nada hubiera ocurrido. Fue doña Esperanza quien después de la cena subió a la habitación de su hija para informarle que la boda había sido cancelada. Según la declaración posterior de la sirvienta refugio, quien estaba limpiando en el pasillo en ese momento, no se escuchó ningún grito, ningún llanto, ningún ruido de ningún tipo procedente de la habitación.

Después de aproximadamente 10 minutos, doña Esperanza salió con el rostro pálido y bajó las escaleras sin decir palabra. Durante los días siguientes, Catalina no abandonó su habitación. La sirvienta le llevaba las comidas en una bandeja y las regresaba casi intactas. Según los registros, durante 9 días consecutivos, Catalina apenas probó alimento.

 Cuando finalmente salió de su encierro, el primero de octubre, quienes la vieron notaron un cambio. No era exactamente físico, aunque había perdido peso de manera visible. Era algo en su expresión, en la forma en que caminaba, en el tono de su voz cuando finalmente habló. Su primera declaración fue dirigida a su madre.

 Necesito que me ayudes a escribir unas cartas. Hay que informar a los invitados que la boda se pospone por motivos de salud del novio. Doña Esperanza intentó explicarle que no habría boda, que Emilio había roto el compromiso definitivamente. Catalina la miró con aquellos ojos color miel oscura y respondió con una calma que su madre describiría posteriormente como inadecuada para las circunstancias.

Sé lo que dijo, pero va a cambiar de opinión. Ya lo verás. En los archivos del Hospital Civil de León existe un registro fechado el 3 de octubre de 1930. Un médico llamado Bernardo Fuentes Macías fue llamado a la casa de los villaseñor para examinar a Catalina a petición de doña Esperanza, quien estaba preocupada por el estado mental de su hija.

 El informe del doctor Fuentes, aunque breve, resulta revelador. La paciente presenta un estado de ánimo aparentemente estable, sin signos evidentes de histeria o melancolíaprofunda. Sin embargo, manifiesta una convicción inquebrantable respecto a un evento futuro que, según la familia, no tiene posibilidad de ocurrir. Cuando se le confronta con esta realidad, la paciente sonríe y cambia de tema.

Recomiendo vigilancia y descanso. El 4 de octubre, Catalina envió una carta a Emilio Garza a la Ciudad de México. El contenido de esta carta fue recuperado posteriormente y añadido al expediente. En ella, Catalina no hacía ningún reproche, no expresaba dolor ni resentimiento. En su lugar escribía sobre los preparativos de la boda como si nada hubiera cambiado, mencionando los arreglos florales, el menú de la recepción, los invitados confirmados.

 La carta terminaba con una línea que sería citada múltiples veces en los documentos posteriores. Te espero el día 11 por la noche, como acordamos. No llegues tarde, sabes que no me gusta esperar. Emilio Garza nunca respondió esa carta. según su declaración posterior, la leyó, la guardó en un cajón y no volvió a pensar en ella.

 “Pensé que era una forma de lidiar con la situación”, declaró. “Las mujeres a veces reaccionan de maneras extrañas ante el rechazo. Supuse que con el tiempo lo aceptaría, pero Catalina no estaba aceptando nada. En los días siguientes, según los testimonios de la servidumbre, comenzó a comportarse de una manera que solo puede describirse como metódica.

 Se levantaba cada mañana a las 6, se bañaba, se vestía con ropa formal y pasaba las horas organizando lo que ella llamaba los preparativos finales. Revisaba listas, escribía notas, daba instrucciones a las sirvientas sobre la disposición de los muebles, la limpieza de la vajilla de plata, la preparación de las habitaciones para invitados que no iban a llegar.

 La sirvienta refugio declaró, “Era como ver a alguien actuando en una obra de teatro, pero sin público. Hacía todo con tanta seriedad, con tanta convicción, que a veces yo misma olvidaba que no iba a haber ninguna boda. Una vez le pregunté si necesitaba algo y me miró como si yo fuera tonta y me dijo, “Necesito que todo esté perfecto para cuando llegue Emilio.

Me dio tanto miedo que no volví a preguntarle nada. Los padres de Catalina observaban esta situación con creciente alarma, pero también con la parálisis característica de las familias de su posición social. Admitir que su hija estaba sufriendo un colapso mental hubiera sido un escándalo. Hubiera significado reconocer públicamente que algo estaba mal en la familia Villaseñor, así que optaron por la negación.

 Don Aurelio se refugiaba en su trabajo pasando cada vez más horas en la curtidería. Doña Esperanza fingía que los preparativos de su hija eran simplemente una forma de mantenerse ocupada mientras superaba la decepción. El 8 de octubre, 4 días antes de la fecha original de la boda, ocurrió algo que cambiaría el curso de los acontecimientos.

A las 9 de la noche, un mensajero llegó a la casa de la calle de la Condesa con un telegrama urgente procedente de la Ciudad de México. El mensaje era breve. Padre grave, regreso imposible. Confirmo cancelación definitiva. Emilio. Don Aurelio leyó el telegrama y decidió no mostrárselo a Catalina.

 En su lugar, lo guardó en el cajón de su escritorio y ordenó al mensajero que no dijera nada a nadie sobre su contenido. Pero lo que don Aurelio no sabía era que Catalina había estado observando desde la ventana de su habitación en el segundo piso, quedaba directamente sobre la entrada principal. Había visto llegar al mensajero, había visto a su padre recibirlo, había visto el sobre con la marca del telégrafo.

 Esa noche, según el testimonio posterior del velador de la casa, un hombre llamado Macedonio Ramos, Catalina bajó a la planta baja a las 3 de la madrugada. Macedonio estaba medio dormido en su silla junto a la puerta principal cuando la vio pasar como una sombra blanca vestida con su camisón. No hizo ruido, declaró.

 Fue directamente al despacho del patrón. Estuvo ahí dentro tal vez 10 minutos. Cuando salió llevaba algo en la mano, pero estaba tan oscuro que no pude ver qué era. Subió las escaleras y no la volví a ver hasta la mañana. El 9 de octubre, Catalina informó a su madre que necesitaba hacer algunas compras en el centro de la ciudad.

 Doña Esperanza, aliviada de ver a su hija mostrando interés en algo que parecía normal, envió con ella a la sirvienta refugio como acompañante. Según el testimonio de refugio, visitaron tres establecimientos. Una mercería en la calle Madero, una botica en la plaza principal y una ferretería cerca del mercado Hidalgo.

 En la mercería, Catalina compró varios metros de cinta negra. En la botica adquirió un frasco de láudano, explicando que su madre sufría de insomnio. En la ferretería pidió una cuerda de cáñamo de aproximadamente 3 m de largo. Refugio declaró que no pensó nada extraño sobre ninguna de estas compras en ese momento.

 La señorita parecía tranquila, hasta contenta. Meinvitó a tomar un helado en la plaza. Hablamos del clima, de las fiestas patrias que acababan de pasar. En ningún momento me dio miedo. El 10 de octubre, víspera de la fecha en que Catalina esperaba la llegada de Emilio, la atmósfera en la casa de los Villaseñor era de tensión contenida.

 Don Aurelio había decidido que al día siguiente, si su hija seguía con su comportamiento delirante, llamaría al doctor Fuentes nuevamente y discutiría la posibilidad de un internamiento temporal en alguna institución discreta. Doña Esperanza había pasado la mayor parte del día llorando en su habitación. Los hermanos de Catalina, incómodos con toda la situación, habían encontrado excusas para estar fuera de la casa.

 Catalina, por su parte, pasó el día en su habitación. La sirvienta que le llevó el almuerzo reportó que estaba sentada frente a su tocador, cepillándose el cabello con movimientos lentos y repetitivos. En el espejo, según la sirvienta, había pegado una fotografía de Emilio Garza. La señorita me sonrió cuando entré”, declaró.

 me dijo que todo estaba listo, que mañana sería un día muy importante. Me pidió que le preparara un baño caliente para las 8 de la noche. Eso fue todo. Lo que ocurrió durante la noche del 10 al 11 de octubre de 1930 en la casa de la calle de la Condesa fue reconstruido posteriormente a través de múltiples testimonios, algunos contradictorios, otros incompletos.

 El expediente contiene 17 declaraciones diferentes tomadas entre octubre de 1930 y febrero de 1931. Ninguna de ellas cuenta la historia completa, ninguna de ellas explica todo lo que sucedió. Lo que se sabe con certeza es lo siguiente. A las 8 de la noche, como había solicitado, Catalina tomó un baño caliente.

 La sirvienta que preparó el baño declaró que la señorita permaneció en el agua durante más de una hora, lo cual era inusual. A las 9:30, Catalina bajó al comedor familiar vistiendo un vestido de seda azul oscuro, uno de sus favoritos. cenó con sus padres y dos de sus hermanos en un silencio casi completo. Segundo don Aurelio, su hija comió con apetito por primera vez en semanas.

 Pensé que era una buena señal”, declaró posteriormente. Pensé que finalmente estaba volviendo a la normalidad. A las 10:30, la familia se retiró a sus habitaciones. Don Aurelio fue el último en subir las escaleras. Pasó frente a la puerta de la habitación de su hija y se detuvo. Consideró tocar, preguntarle cómo se sentía, tal vez intentar hablar sobre lo que estaba sucediendo, pero no lo hizo.

 Estaba cansado, declaró. Llevaba semanas sin dormir bien por toda esta situación. Me dije que hablaría con ella por la mañana. El velador Macedonio Ramos tomó su puesto habitual junto a la puerta principal a las 11 de la noche. En su declaración afirmó que la casa estaba en completo silencio. No escuchó nada inusual durante las primeras horas de su guardia.

 A la medianoche, según su costumbre, hizo una ronda por el patio central y verificó que las puertas traseras estuvieran cerradas. Todo parecía en orden. Fue aproximadamente a las 2 de la madrugada cuando Macedonio escuchó el primer sonido extraño. Lo describió como un golpe sordo, como si algo pesado hubiera caído en el piso de arriba.

 Esperó unos minutos pensando que tal vez alguien se había levantado al baño y había tropezado. Cuando no escuchó nada más, volvió a su silla. El segundo sonido llegó aproximadamente 15 minutos después. Esta vez fue diferente. Macedonio lo describió como un arrastre, como si alguien estuviera moviendo un mueble por el pasillo.

 El sonido duró varios segundos y luego cesó. Macedonio consideró subir a investigar, pero algo lo detuvo. “No sé cómo explicarlo”, declaró. Tuve la sensación de que no debía subir. Fue como un presentimiento. No hubo más sonidos durante el resto de la noche. Macedonio permaneció en su puesto cada vez más inquieto, hasta que el amanecer comenzó a filtrar luz gris a través de las ventanas del patio.

 A las 6 de la mañana, como era su costumbre, la cocinera llegó a preparar el desayuno. Macedonio le comentó que había escuchado ruidos extraños durante la noche, pero la mujer le restó importancia. “En las casas viejas siempre hay ruidos”, le dijo. A las 7 de la mañana, la sirvienta refugio subió a la habitación de Catalina para despertarla y ayudarla a vestirse como hacía cada día.

 Tocó la puerta tres veces sin obtener respuesta. Finalmente giró la manija y empujó. La declaración de Refugio Hernández tomada el mismo día de los hechos es el documento más extenso del expediente. La mujer habló durante más de 2 horas, interrumpiéndose frecuentemente para llorar o para beber agua. Su relato ha sido citado múltiples veces en los estudios posteriores sobre el caso, aunque nunca en su totalidad.

Lo que Refugio encontró en la habitación de Catalina era, en sus propias palabras, algo que no debería existir en este mundo. La habitación había sidocompletamente transformada. Los muebles habían sido movidos contra las paredes, dejando un espacio vacío en el centro. En el suelo, dibujado con lo que parecía ser tiza roja, había un círculo de aproximadamente 2 m de diámetro.

 dentro del círculo, formando un patrón que Refugio no supo identificar. Había objetos personales, un anillo, varias cartas, mechones de cabello atados con cinta negra, la fotografía de Emilio que había estado en el espejo del tocador. Catalina estaba sentada en el centro del círculo, vestida con el vestido de novia que había sido confeccionado para la boda que nunca ocurrió.

El vestido de encaje blanco importado de España tenía manchas oscuras en el pecho y las mangas. El velo cubría parcialmente su rostro. Sus manos descansaban sobre su regazo, entre lasadas. Refugio gritó. Los minutos siguientes fueron caóticos. Don Aurelio fue el primero en llegar a la habitación, seguido de doña Esperanza y los hermanos de Catalina.

 La escena que encontraron los dejó paralizados. Nadie se atrevía a entrar al círculo. Nadie se atrevía a acercarse a Catalina. Fue el hermano mayor, un hombre llamado Aurelio como su padre, quien finalmente cruzó el umbral y se arrodilló junto a su hermana. Lo que descubrió al levantar el velo fue lo que causó que doña Esperanza perdiera el conocimiento y tuviera que ser llevada a su habitación, donde permanecería postrada durante las siguientes semanas.

 El rostro de Catalina estaba sereno, casi sonriente. Sus ojos estaban abiertos, mirando hacia la puerta, como si hubiera estado esperando a alguien. En su regazo, sostenida entre sus manos entrelazadas, había una carta. El sobre estaba dirigido a Emilio Garza Treviño, Ciudad de México. El médico forense, que examinó el cuerpo esa misma mañana determinó que Catalina Villaseñor había fallecido aproximadamente entre las 2 y las 4 de la madrugada.

 La causa de muerte fue registrada oficialmente como paro cardíaco de origen indeterminado, aunque el informe contenía varias anotaciones que sugerían que el médico no estaba completamente satisfecho con este diagnóstico. Una de estas anotaciones, escrita en el margen con letra diferente decía: “Sin signos de violencia externa, sin signos de envenenamiento, sin explicación médica satisfactoria.

Del frasco del áudano que Catalina había comprado días antes, fue encontrado en su tocador, completamente lleno e intacto. La cuerda de cáñamo estaba en un cajón, enrollada y sin usar. Los metros de cinta negra habían sido utilizados para atar los mechones de cabello que formaban parte del extraño arreglo en el suelo.

 La carta que Catalina sostenía nunca fue abierta. Don Aurelio la tomó de las manos de su hija, la guardó en su escritorio junto con el telegrama de Emilio y ordenó que nadie la mencionara jamás. Sin embargo, en 1932, cuando el expediente fue oficialmente cerrado, la carta fue añadida como evidencia. Su contenido fue transcrito por un escribano municipal.

 La carta decía lo siguiente: “Querido Emilio, cuando leas estas palabras, ya no estaré en el mundo que conocemos. No te escribo para reprocharte nada. El amor no conoce reproches, solo verdades. Y la verdad es que te he amado con una intensidad que ni tú ni nadie podría jamás comprender. Dijiste que no estabas listo.

 Dijiste que habías cambiado de opinión. Pero yo sé la verdad que no te atreves a decir, tienes miedo. Miedo de lo que siento. Miedo de lo que serías capaz de sentir si te permitieras amarme como yo te amo a ti. No te guardo rencor, solo lástima, porque vivirás el resto de tu vida sabiendo que hubo alguien que te amó de verdad, completamente, sin condiciones, y que tú elegiste darle la espalda.

 El día de nuestra boda estaré esperándote, no en la catedral, no en la iglesia, en otro lugar. Un lugar donde el amor no puede ser rechazado, donde los juramentos no pueden romperse, donde las promesas se mantienen para siempre. Te esperaré ahí toda la eternidad, si es necesario, siempre tuya, Catalina. La noticia de la muerte de Catalina Villaseñor se extendió por león.

 Con la velocidad de los rumores en una ciudad pequeña. Para el mediodía del 11 de octubre, la mayoría de las familias importantes ya conocían los hechos básicos. La hija menor de los villor había aparecido muerta en su habitación, vestida de novia el día que debería haber sido su boda. Lo que nadie sabía con certeza era ocurrido exactamente.

 La familia Villaseñor hizo todo lo posible por controlar la narrativa. El funeral se celebró al día siguiente con una rapidez inusual que provocó comentarios entre los vecinos. La ceremonia fue privada. limitada a familiares inmediatos y algunos amigos cercanos. El párroco de la catedral, un hombre llamado Francisco Delgado, ofició la misa con brevedad y evitó cualquier mención de las circunstancias de la muerte, pero los rumores eran imposibles de contener. Las sirvientas hablaban,los vecinos especulaban y cada versión

de la historia añadía nuevos detalles, algunos verdaderos, otros inventados, todos contribuyendo a la leyenda que comenzaba a formarse alrededor de Catalina Villaseñor. Algunos decían que había muerto de un corazón roto, literalmente. Otros susurraban que había hecho algún tipo de pacto oscuro para vengarse del hombre que la había abandonado.

 Los más supersticiosos hablaban de brujería, de rituales prohibidos, de conocimientos que ninguna joven decente debería poseer. La Iglesia, siempre atenta a este tipo de habladurías, envió a un representante del obispado para hablar con la familia y ofrecer consuelo espiritual. Aunque según algunos testimonios, la verdadera intención era investigar si había algo que pudiera comprometer a la institución.

 Lo que nadie sabía en ese momento era que la muerte de Catalina era solo el comienzo. El telegrama que informaba a Emilio Garza sobre el fallecimiento de su ex prometida llegó a la Ciudad de México el 12 de octubre, el día que debería haber sido la boda. Según la declaración posterior de Emilio, recibió la noticia mientras desayunaba con su nueva novia, la hija del banquero, en un café de la colonia Roma.

 “No supe cómo reaccionar”, declaró. “Me levanté de la mesa, me disculpé con María Elena y salí a caminar. Estuve caminando durante horas. No recuerdo a dónde fui ni qué pensé. Solo sé que cuando regresé a mi departamento ya había oscurecido. Emilio no asistió al funeral, no envió flores ni condolencias, no intentó comunicarse con la familia Villaseñor.

Según su propia declaración, intentó continuar con su vida como si nada hubiera ocurrido. “Me dije que era un capítulo cerrado”, explicó, “que lamentaba lo sucedido, pero que no era mi responsabilidad. que Catalina había tomado sus propias decisiones, pero el capítulo no estaba cerrado. Durante las semanas siguientes, Emilio Garza comenzó a experimentar lo que él describió como coincidencias perturbadoras.

Primero fueron pequeñas cosas, encontrar mechones de cabello negro en lugares inesperados, en su abrigo, en su almohada, en el interior de sus zapatos. Luego los objetos comenzaron a desaparecer y reaparecer en lugares diferentes. Un reloj que dejaba en su mesita de noche aparecía sobre la repisa de la chimenea.

 Una carta que había guardado en un cajón aparecía abierta sobre su escritorio. Lo más perturbador eran los sonidos. Emilio comenzó a escuchar o creer que escuchaba el susurro de un vestido de seda arrastrándose por el pasillo fuera de su habitación, el crujido de la escalera a horas en que nadie debería estar subiendo y ocasionalmente una voz que parecía llamar su nombre desde algún lugar que no podía identificar.

El 20 de octubre, Emilio visitó a un médico. El diagnóstico fue nerviosismo agudo, probablemente causado por estrés y falta de sueño. Le recetaron un sedante suave y le recomendaron descanso. Emilio siguió las indicaciones, pero los síntomas no mejoraron. El 25 de octubre algo ocurrió que cambiaría por completo la percepción de Emilio sobre lo que estaba experimentando.

Esa noche, mientras intentaba dormir, escuchó claramente tres golpes en la puerta de su habitación. Se levantó, encendió la luz y abrió la puerta. El pasillo estaba vacío, pero en el suelo, en frente a su puerta, había un sobre. Un sobre sin sellos ni marcas postales, un sobre dirigido a él con una letra que reconoció inmediatamente.

Era la letra de Catalina. Emilio tomó el sobre con manos temblorosas. Consideró no abrirlo, tirarlo, quemarlo, pero la curiosidad, o quizás algo más fue más fuerte. Rompió el sello y extrajo una única hoja de papel. El mensaje era breve. Te dije que esperaría. Emilio Garza pasó el resto de la noche despierto con todas las luces de su departamento encendidas.

A la mañana siguiente llamó a su padre y le informó que necesitaba ausentarse por un tiempo. Esa misma tarde tomó un tren hacia Monterrey, donde tenía parientes lejanos, y se instaló en su casa con la intención de permanecer ahí hasta que las cosas se calmaran. Pero las cosas no se calmaron.

 Los fenómenos continuaron en Monterrey, aunque de forma diferente. Ya no había cartas ni objetos desaparecidos. En su lugar, Emilio comenzó a ver sombras con el rabillo del ojo, figuras que desaparecían cuando intentaba mirarlas directamente, y el susurro de seda, ese sonido que había aprendido a asociar con Catalina, parecía seguirlo a todas partes.

 El 3 de noviembre, Emilio escribió una carta a su padre que sería incluida posteriormente en el expediente. En ella describía sus experiencias con un detalle que sugiere que estaba intentando documentar lo que le ocurría, quizás con la esperanza de que alguien pudiera ayudarlo a encontrar una explicación racional. La carta terminaba con una frase que resulta particularmente significativa.

 A veces pienso que debería haber ido a León parala boda, no para casarme, sino para despedirme. Tal vez eso es lo que ella necesitaba. Tal vez eso es lo que yo necesitaba. Mientras tanto, en León, la casa de los villaseñor se había convertido en un lugar de luto perpetuo. Don Aurelio apenas salía de su despacho.

 Doña Esperanza permanecía confinada en su habitación, atendida por una enfermera que la familia había contratado. Los hermanos de Catalina, incómodos con la atmósfera opresiva, encontraron excusas para pasar el menor tiempo posible en la casa. Solo la servidumbre permanecía, cumpliendo sus funciones con una eficiencia silenciosa que ocultaba el miedo que todos sentían.

Porque en la casa también ocurrían cosas extrañas. La habitación de Catalina había sido cerrada con llave el mismo día de su muerte por orden de don Aurelio. Nadie debía entrar, nadie debía tocar nada. Pero las sirvientas que pasaban frente a esa puerta reportaban fenómenos que no podían explicar. Algunas afirmaban escuchar música procedente del interior, una melodía que reconocían como el bals que Catalina había elegido para su primer baile como esposa.

 Otras juraban haber visto luz filtrándose por debajo de la puerta en horas de la madrugada y todas, sin excepción, sentían una presencia inexplicable cuando se acercaban demasiado. El velador Macedonio Ramos fue el primero en renunciar. El 8 de noviembre entregó su aviso a don Aurelio y se negó a dar explicaciones. Solo le diré, patrón, que hay cosas en esta casa que no son naturales”, declaró.

 Y yo ya soy demasiado viejo para andar metiéndome en asuntos del otro mundo. Otras sirvientas siguieron su ejemplo en las semanas siguientes. Para finales de noviembre, la familia Villaseñor había perdido a casi todo su personal doméstico. Los pocos que permanecían lo hacían por necesidad económica, no por lealtad, y cumplían sus funciones con una prisa que delataba su deseo de pasar el menor tiempo posible dentro de aquellas paredes.

 El 9 de diciembre de 1930, aproximadamente dos meses después de la muerte de Catalina, ocurrió un evento que quedaría registrado en múltiples documentos de la época. Esa noche, varios vecinos de la calle de la Condesa reportaron haber escuchado gritos procedentes de la casa de los villor. Los gritos, según los testimonios, comenzaron alrededor de las 11 de la noche y continuaron intermitentemente durante casi una hora.

 La policía fue llamada a las 12:15 de la madrugada. Cuando los agentes llegaron, encontraron la puerta principal abierta de par en par y la casa aparentemente vacía. Subieron al segundo piso, siguiendo un rastro de lo que parecía ser cera derretida, y encontraron a don Aurelio Villaseñor frente a la puerta cerrada de la habitación de su hija, arrodillado, con las manos sangrando por haber intentado forzar la cerradura.

 Según el informe policial, don Aurelio estaba en un estado de confusión severa. Repetía una y otra vez la misma frase. Ella está ahí dentro. La escuché. Ella está ahí dentro. Los agentes forzaron la cerradura y abrieron la puerta. La habitación estaba exactamente como había sido dejada dos meses antes, con el círculo de Tisa aún visible en el suelo, los objetos aún dispuestos en su patrón extraño, el tocador con el espejo vacío donde antes había estado la fotografía de Emilio. No había nadie dentro.

Don Aurelio fue trasladado a la casa de uno de sus hijos, donde permaneció bajo cuidado médico durante varios días. Doña Esperanza, al enterarse de lo ocurrido, sufrió un colapso que requirió hospitalización. La familia decidió que era momento de abandonar la casa de la calle de la Condesa.

 La mudanza se realizó el 15 de diciembre con una premura que llamó la atención de los vecinos. Los muebles fueron trasladados a un almacén. La mayoría de los objetos personales fueron empacados sin clasificar y la casa fue cerrada con la intención de venderla lo antes posible, pero ningún comprador apareció. Los rumores sobre lo ocurrido en la casa se habían extendido por toda la ciudad y nadie quería arriesgarse a vivir en un lugar con esa reputación.

 La casa permaneció vacía durante los años siguientes, deteriorándose lentamente mientras la vegetación del jardín trasero crecía sin control y las telarañas cubrían las ventanas. Los niños del vecindario comenzaron a llamarla la casa de la novia y se contaban historias cada vez más elaboradas sobre lo que había ocurrido allí.

 Según estas historias, el fantasma de Catalina Villaseñor vagaba por los pasillos cada noche, vestida con su traje de novia manchado, buscando al hombre que la había abandonado. Pero estas historias de fantasmas, por más populares que fueran, no eran lo más perturbador del caso. Lo más perturbador era lo que estaba ocurriendo a cientos de kilómetros de distancia en la vida de Emilio Garza.

 En enero de 1931, Emilio regresó a la Ciudad de México. Había pasado casi tres meses en Monterrey y aunque los fenómenosextraños no habían cesado por completo, habían disminuido lo suficiente como para permitirle funcionar con relativa normalidad. Su relación con María Elena, la hija del banquero, se había enfriado durante su ausencia, pero Emilio esperaba poder recuperarla. No pudo.

 La primera señal de que algo andaba muy mal llegó el 14 de febrero, día de San Valentín. Emilio había planeado una cena romántica con María Elena en un restaurante elegante del centro. Llegó puntual, vestido con su mejor traje, con un ramo de rosas en la mano. María Elena no apareció. Emilio esperó durante 2 horas. Cuando finalmente fue a buscarla a su casa, el mayordomo le informó que la señorita no estaba disponible y que prefería no recibir visitas del señor Garza.

 Emilio insistió en ver al padre de María Elena, el banquero, quien finalmente accedió a recibirlo en su estudio. La conversación fue breve y devastadora. Según la declaración posterior de Emilio, el banquero le mostró una carta que había recibido el día anterior, una carta que describía en detalle la relación de Emilio con Catalina Villaseñor, la cancelación de la boda y las circunstancias de la muerte de la joven.

 La carta estaba firmada con el nombre de Catalina. No sé quién está detrás de esto,”, declaró Emilio, “pero le aseguro que es una broma de muy mal gusto.” El banquero no estaba convencido. “La letra coincide con muestras que obtuvimos de otros documentos”, le informó. No sé cómo es posible, pero esta carta parece genuina y dadas las circunstancias, prefiero que mi hija no se asocie con usted.

Emilio abandonó la casa del banquero en estado de shock. En los días siguientes intentó investigar quién podía estar enviando esas cartas en nombre de Catalina. Contactó a la familia Villaseñor en León, pero don Aurelio se negó a hablar con él. consultó con expertos en caligrafía, quienes confirmaron que la letra de las cartas era consistente con muestras de la escritura de Catalina.

 Incluso contrató a un investigador privado para que siguiera cualquier pista. El investigador no encontró nada, ningún cómplice, ningún falsificador, ninguna explicación racional para lo que estaba ocurriendo. Las cartas continuaron llegando durante los meses siguientes, siempre a personas importantes en la vida de Emilio.

 Su padre recibió una describiendo supuestos negocios turbios de su hijo. Un socio comercial recibió otra acusándolo de deshonestidad. Un antiguo profesor de la universidad recibió una tercera sugiriendo que Emilio había hecho trampa en sus exámenes. Todas estaban firmadas por Catalina Villaseñor. Todas parecían haber sido escritas por su mano.

Para el verano de 1931, la reputación de Emilio Garza estaba en ruinas. Sus negocios habían colapsado, sus amistades se habían disuelto, su familia lo trataba con una mezcla de lástima y sospecha. El joven que había llegado a León dos años antes como un próspero comerciante con un futuro brillante, se había convertido en un paria social, un hombre marcado por un escándalo que no podía explicar ni defender.

 El 10 de octubre de 1931, exactamente un año después de la víspera de la muerte de Catalina, Emilio Garza tomó un tren hacia León. No había informado a nadie de su viaje. No tenía un plan claro de lo que haría cuando llegara. Solo sabía que necesitaba volver al lugar donde todo había comenzado. Llegó a león al anochecer y caminó directamente hacia la calle de la Condesa.

 La casa de los villaseñor estaba tal como la recordaba en su estructura básica, pero el abandono era evidente. Las ventanas estaban cubiertas de polvo. El jardín delantero había sido invadido por maleza y la puerta principal mostraba señales de haber sido forzada en algún momento, probablemente por vagabundos que habían buscado refugio temporal.

Emilio entró a la casa. Lo que ocurrió durante las horas siguientes solo se conoce parcialmente a través de un diario que Emilio había comenzado a escribir meses antes y que fue encontrado posteriormente entre sus pertenencias. Las entradas correspondientes a esa noche son fragmentarias, escritas con una letra cada vez más irregular, como si el autor hubiera estado temblando mientras escribía.

La primera entrada dice, 11 de la noche. Estoy en el vestíbulo. La casa está en silencio. Hace frío, más frío de lo que debería hacer en octubre. Voy a subir la segunda entrada. Aproximadamente una hora después. He entrado en su habitación. El círculo sigue ahí. Los objetos siguen ahí. Todo está cubierto de polvo, excepto el centro del círculo.

El centro está limpio, como si alguien lo hubiera barrido recientemente. Hay un olor, no sé cómo describirlo. Es dulce, pero hay algo debajo que no es dulce. La tercera entrada, la he visto. Estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia el callejón. Llevaba el vestido, el vestido de novia. Cuando me vio, sonríó.

 No dijo nada, solo sonríó. Luego desapareció. Nosé cómo más describir lo que pasó, simplemente ya no estaba ahí. La cuarta y última entrada de esa noche es la más difícil de interpretar. Ella tenía razón. El amor no conoce reproches, solo verdades. Y la verdad es que nunca podré escapar.

 No porque ella me persiga, porque yo mismo elegí seguirla. Desde el momento en que leí su carta en el restaurante de México, desde el momento en que la imagen de su rostro quedó grabada en mi mente, supe que estaba perdido. El amor cuando es verdadero no tiene fin. Ella lo sabía, ahora yo también lo sé. Emilio Garza salió de la casa de los Villaseñor al amanecer del 11 de octubre.

 Varios vecinos lo vieron caminar por la calle de la Condesa con paso lento pero decidido rumbo al centro de la ciudad. Uno de estos vecinos, un comerciante que abría su tienda temprano, declaró posteriormente que el joven tenía la mirada de alguien que ha visto cosas que no debería ver. No parecía asustado, parecía resignado. Emilio no tomó el tren de regreso a la Ciudad de México.

 En su lugar caminó hasta la estación de ferrocarril y se sentó en un banco del Andén, donde permaneció durante varias horas. Los empleados de la estación notaron su presencia, pero no le prestaron mayor atención. Era un hombre bien vestido, aparentemente tranquilo, que no causaba ningún problema. A las 3 de la tarde, un tren de carga procedente de Aguas Calientes entró en la estación.

 Emilio Garza se levantó del banco, caminó hasta el borde del andén y se dejó caer frente a la locomotora. La muerte fue instantánea. El cuerpo de Emilio Garza fue identificado esa misma tarde gracias a los documentos que llevaba en su cartera. Entre estos documentos había una carta dirigida a sus padres. escrita con su propia letra en la que explicaba su decisión.

La carta fue incluida en el expediente policial del caso, aunque las autoridades decidieron clasificarla como evidencia sensible y restringir su acceso. Sin embargo, fragmentos de la carta fueron filtrados a la prensa local en los días siguientes. Uno de estos fragmentos citado en un artículo del periódico El Heraldo de León, fechado el 14 de octubre de 1931, decía, “No me culpen por lo que voy a hacer, culpen al amor si tienen que culpar a alguien.

 El amor es la fuerza más poderosa del universo, pero también la más destructiva. Catalina lo entendió antes que yo. Ahora voy a reunirme con ella.” La muerte de Emilio Garza puso fin a la fase activa del caso, al menos desde la perspectiva de las autoridades. Ya no había víctimas vivas que investigar, ni sospechosos que interrogar, ni explicaciones que buscar.

El expediente fue cerrado formalmente en octubre de 1932, un año después del suicidio, con la calificación de casos sin resolución satisfactoria. Pero la historia no terminó ahí. Las reverberaciones de lo ocurrido continuaron sintiéndose en león durante décadas. La familia Villaseñor nunca se recuperó del doble golpe de perder a su hija y verse involucrada en un escándalo que nadie entendía completamente.

 Don Aurelio murió en 1934, aparentemente de causas naturales, aunque algunos rumores sugerían que nunca había superado lo que había visto aquella noche de diciembre en la habitación de su hija. Doña Esperanza sobrevivió a su esposo por 7 años, pero pasó la mayor parte de ese tiempo en un estado de semialidez, atendida por enfermeras que se rotaban cada pocos meses porque ninguna soportaba permanecer demasiado tiempo en su presencia.

 Los hermanos de Catalina se dispersaron por el país, cada uno buscando distancia de los recuerdos. Ninguno de ellos hablaba jamás de su hermana. Cuando sus propios hijos preguntaban por la tía que nunca habían conocido, les decían simplemente que había muerto joven de una enfermedad del corazón. Era una verdad a medias, la única que podían soportar contar.

 La casa de la calle de la Condesa permaneció vacía hasta 1947, cuando fue adquirida por un comerciante de Guadalajara que desconocía su historia. El nuevo propietario intentó renovarla y convertirla en una pensión familiar, pero el proyecto fracasó después de que varios huéspedes se quejaran de experiencias inquietantes, ruidos nocturnos, objetos que se movían solos, la sensación de ser observados constantemente.

La casa cambió de dueño varias veces en las décadas siguientes, nunca permaneciendo habitada por mucho tiempo. En 1962, un incendio de origen desconocido destruyó el segundo piso, incluyendo la habitación que había pertenecido a Catalina. Las autoridades determinaron que el fuego había comenzado en esa habitación específica, aunque nunca pudieron establecer que lo había causado.

 Los restos de la casa fueron demolidos en 1965. En su lugar se construyó un edificio de departamentos que permanece en pie hasta el día de hoy. Los residentes actuales, en su mayoría, desconocen la historia del terreno donde viven. Los pocos que la conocen prefieren no hablar de ella. En 1963,como mencionamos al principio de este relato, un investigador local solicitó acceso al expediente del caso Villaseñor Garza.

 que permanecía sellado en el archivo municipal. Este investigador, cuyo nombre no aparece en los registros oficiales, pasó tres semanas revisando los documentos, entrevistando a los pocos testigos que aún vivían y tratando de reconstruir una narrativa coherente de lo ocurrido. Sus conclusiones, según un memorando interno del archivo que fue incluido posteriormente en el expediente fueron las siguientes.

 El caso presenta elementos que desafían explicación racional. Sin embargo, si descartamos las interpretaciones sobrenaturales y nos concentramos en los hechos documentados, emerge un patrón que, aunque perturbador, es fundamentalmente humano. Catalina Villaseñor era una joven con una capacidad excepcional para la obsesión y una voluntad de acero.

 Su rechazo por parte de Emilio Garza desencadenó una crisis que la llevó a planificar y ejecutar un acto final diseñado para causar el máximo impacto emocional en el hombre que la había abandonado. Las cartas posteriores, supuestamente escritas después de su muerte, podrían explicarse de varias maneras.

 Cartas preescritas entregadas por cómplices, imitadores que aprovecharon la situación para causar daño o incluso productos de la imaginación de receptores traumatizados. Lo que no puede explicarse fácilmente es el efecto que estos eventos tuvieron en todos los involucrados. Independientemente de su origen real, las cartas funcionaron exactamente como Catalina hubiera querido.

 Destruyeron a Emilio Garza tan completamente como si ella misma lo hubiera hecho con sus propias manos. El investigador abandonó su proyecto poco después de redactar este memorando. Según fuentes no oficiales, sufrió una crisis nerviosa que lo obligó a retirarse de la vida académica. Nunca volvió a escribir sobre el caso.

El expediente fue sellado nuevamente y permaneció así durante décadas. En 1968, durante una reorganización del archivo municipal, la caja que lo contenía fue trasladada a un almacén secundario donde quedó olvidada bajo pilas de otros documentos históricos. No fue hasta principios de los años 90 cuando un archivista lo redescubrió durante un inventario rutinario.

 Para entonces, todos los protagonistas del caso habían muerto. Los últimos hermanos de Catalina fallecieron en los años 80. Los descendientes de la familia Garza habían emigrado a Estados Unidos y perdido contacto con sus raíces mexicanas. La sirvienta Refugio Hernández, que había sido la primera en descubrir el cuerpo de Catalina, murió en 1973 en un asilo de ancianos de león, donde había pasado sus últimos años repitiendo una y otra vez la misma historia a quien quisiera escucharla.

 Pero la historia, como todas las historias que tocan algo profundo en la experiencia humana, continuó transmitiéndose de generación en generación, transformándose con cada narración, adquiriendo nuevos detalles mientras perdía otros. En los barrios viejos de León todavía hay ancianos que recuerdan haber escuchado a sus abuelos hablar de la novia de la calle de la Condesa, aunque los detalles que cuentan varían enormemente de un narrador a otro.

 Algunos dicen que Catalina era una bruja que vendió su alma al por venganza. Otros afirman que era una santa cuyo amor fue tan puro que transcendió la muerte. Unos pocos, los más escépticos, sostienen que todo fue una invención, una leyenda urbana que creció desproporcionadamente a partir de un simple caso, de una joven mentalmente inestable que se suicidó después de ser rechazada.

 La verdad, como suele ocurrir, probablemente se encuentra en algún lugar entre todas estas versiones. Lo que no puede negarse es que algo ocurrió en León entre 1930 y 1931. Algo que dejó una marca indeleble en la memoria colectiva de la ciudad, algo que 70 años después todavía tiene el poder de inquietar a quienes escuchan su historia.

 En el terreno donde alguna vez estuvo la casa de los Villaseñor, el edificio de departamentos modernos se alza sin ninguna placa conmemorativa, sin ninguna señal que indique lo que ocurrió en ese lugar. Los residentes viven sus vidas cotidianas ajenos a la historia enterrada bajo sus pies. Pero hay quienes dicen que en ciertas noches de octubre, especialmente alrededor del día 12, se puede escuchar algo en los pasillos del edificio.

 No es exactamente un sonido, es más bien una sensación, la sensación de que alguien está esperando, de que alguien ha estado esperando durante mucho tiempo y de que seguirá esperando con la paciencia infinita de un amor que no conoce fin. Los archivos municipales de León contienen miles de expedientes de casos olvidados, tragedias menores que el tiempo ha borrado de la memoria colectiva, pero el expediente marcado con las iniciales wequi y el año 1930 tiene algo que lo distingue de todos los demás. No es solo la naturalezaperturbadora de los eventos que

documenta, es algo más sutil, más difícil de definir. Quienes han tenido acceso al expediente a lo largo de los años reportan una experiencia similar, la sensación de que mientras leen los documentos amarillentos, alguien los está observando, no con hostilidad, sino con una atención intensa, casi esperanzada.

 como si la persona que los observa estuviera esperando algo, esperando que alguien finalmente entienda. Catalina Villaseñor fue enterrada en el panteón de San Nicolás de León en una tumba familiar que hoy está cubierta de maleza y prácticamente olvidada. La inscripción en la lápida según registros del cementerio consultados en 1966, dice simplemente Catalina Villaseñor 1911930 amó demasiado.

 Emilio Garza fue enterrado en la Ciudad de México en un panteón privado cuya ubicación exacta se ha perdido con el tiempo. No hay registros de que nadie haya visitado su tumba después de 1940. La carta que Catalina escribió antes de morir, aquella que sostenía entre sus manos cuando refugio la encontró, permanece guardada en el expediente del archivo municipal.

 El papel se ha vuelto quebradizo con los años y la tinta se ha desvanecido hasta ser apenas legible. Pero las palabras siguen ahí esperando a ser leídas una vez más. Te esperaré ahí toda la eternidad si es necesario. Hay quienes creen que las promesas hechas con suficiente convicción tienen un poder propio, independiente de quien las hace.

 que las palabras cuando están cargadas de suficiente emoción pueden crear realidades que trascienden la muerte y el tiempo. Que el amor, cuando es lo suficientemente intenso, puede convertirse en algo más que un sentimiento. Puede convertirse en una presencia, en una fuerza, en algo que persiste mucho después de que el corazón que lo sintió ha dejado de latir.

Catalina Villaseñor creía en estas cosas y quizás, solo quizás tenía razón. En León, Guanajuato, donde las calles empedradas del centro histórico aún conservan algo del aspecto que tenían en 1930, los residentes más antiguos todavía recuerdan la historia de la novia de la calle de la Condesa.

 La cuentan en voz baja como se cuentan todas las historias que tienen el poder de inquietar. Y siempre terminan con la misma advertencia. El amor cuando es verdadero no tiene fin, pero tampoco tiene piedad. Y si alguna noche de octubre caminando por las calles de León, cerca de donde alguna vez estuvo la casa de los villor, ¿crees escuchar el susurro de un vestido de seda arrastrándose por el empedrado? No te detengas. No mires hacia atrás.

 No preguntes quién está ahí, porque algunas preguntas, como algunos amores, son mejor dejarlas sin respuesta. Los investigadores que han estudiado este caso a lo largo de las décadas han llegado a diferentes conclusiones sobre lo que realmente ocurrió en aquellos meses de 1930. Algunos sostienen que se trató de un caso de trastorno mental severo, probablemente exacerbado por las rígidas expectativas sociales de la época y la humillación pública del rechazo.

 Otros sugieren que Catalina fue víctima de circunstancias que la superaron, una joven atrapada en un mundo que no le permitía expresar su dolor de otra manera. Pero hay una tercera interpretación más perturbadora que las anteriores, que surge de una lectura cuidadosa de todos los documentos del expediente.

 Esta interpretación sugiere que Catalina sabía exactamente lo que estaba haciendo desde el principio, que había planeado su muerte con la misma meticulosidad con la que había planeado su boda. de cada detalle, desde el vestido que eligió usar hasta la carta que dejó entre sus manos, había sido calculado para producir un efecto específico.

 Si esta interpretación es correcta, entonces Catalina Villaseñor no fue una víctima del amor no correspondido, fue su instrumento, el mecanismo a través del cual una emoción pudo convertirse en algo más poderoso que cualquier fuerza física, algo capaz de destruir no solo su propia vida, sino la vida del hombre que la había rechazado, la paz de su familia y la tranquilidad de una comunidad entera.

El amor, dicen, mueve montañas, pero también puede hundirlas. En el archivo municipal de León hay una caja de cartón deteriorada que contiene cientos de páginas de testimonios, informes médicos, cartas, fotografías y documentos oficiales relacionados con el caso Villaseñor Garza. Quien tenga la paciencia de leerlos todos, desde el primer testimonio hasta el último memorando, encontrará una historia que no ofrece respuestas fáciles ni moralejas reconfortantes.

contrará una historia sobre los límites de la obsesión humana, sobre la delgada línea que separa el amor de la posesión, sobre lo que puede ocurrir cuando esa línea se cruza y quizás si lee con suficiente atención encontrará algo más. una presencia entre las palabras, una mirada desde el otro lado de la página, una pregunta que nunca fue respondida yque tal vez nunca podrá serlo.

 ¿Qué habría pasado si Emilio hubiera dicho que sí? Nadie lo sabrá jamás. Pero en algún lugar, en ese espacio indefinible entre la memoria y el olvido, entre la vida y lo que viene después, alguien sigue esperando una respuesta. Alguien con ojos color miel oscura y un vestido de novia manchado. Alguien que amó demasiado y que nunca aprendió a dejar de amar.

 Toda la eternidad si es necesario. El reloj del archivo municipal marca las horas con la misma indiferencia con que las marcaba hace 90 años. El polvo se acumula sobre las cajas selladas, los papeles amarillean, las tintas se desvanecen, pero algunas cosas permanecen, algunas promesas nunca se rompen, algunos amores nunca terminan y algunas novias nunca dejan de esperar.

Hasta hoy el caso de Catalina Villaseñor y Emilio Garza permanece oficialmente sin resolver. Las autoridades de León lo clasifican como un incidente histórico de interés meramente académico. Los descendientes de las familias involucradas, los pocos que quedan y conocen la historia, prefieren no hablar de ella.

 Los residentes del edificio que se alza donde antes estaba la casa de los villasñor viven sus vidas sin saber lo que ocurrió bajo sus pies hace casi un siglo. Pero la historia persiste, como persisten todas las historias que contienen una verdad demasiado incómoda para ser olvidada. una verdad sobre la naturaleza del amor, sobre su capacidad tanto para crear como para destruir, sobre lo que puede ocurrir cuando entregamos nuestro corazón a alguien que no está dispuesto a recibirlo.

 Catalina Villaseñor entregó su corazón a Emilio Garza y cuando él se lo devolvió roto, ella decidió que si no podía tenerlo en vida, lo tendría de otra manera. Una manera que nadie había anticipado, una manera que nadie pudo prevenir, una manera que 90 años después todavía tiene el poder de helar la sangre de quienes escuchan su historia.

El amor cuando es verdadero, no tiene fin, pero tampoco tiene piedad. La noche cae sobre León, Guanajuato. Las luces de la ciudad parpadean como estrellas terrestres, iluminando calles que han visto pasar generaciones de habitantes, cada uno con sus propias historias, sus propios amores, sus propias tragedias.

 En algún lugar entre esas calles, en un terreno que ya no guarda ninguna señal de lo que fue, el pasado y el presente se encuentran en un abrazo silencioso. Y en ese abrazo, si escuchas con atención, puedes oír el eco de una promesa que nunca fue cumplida, el susurro de un vestido de seda, el latido de un corazón que dejó de latir hace casi un siglo, pero que de alguna manera nunca dejó de amar.

 Catalina Villaseñor sigue esperando y quizás, solo quizás seguirá esperando para siempre. M.