EL FLACO, EL VIENE-VIENE DE NEZA — LA NOCHE QUE 12 HALCONES NO REGRESARON  

EL FLACO, EL VIENE-VIENE DE NEZA — LA NOCHE QUE 12 HALCONES NO REGRESARON  

 

 

Yo estaba ahí la noche que encontraron el primer cuerpo. Era febrero del 2019 en la colonia Benito Juárez, Nesa. El aire olía carnitas frías y a humedad de las coladeras. Vi cuando la patrulla llegó con las torretas apagadas, como si no quisieran hacer ruido. Tres policías bajaron sin prisa, ya sabían lo que iban a encontrar.

Yo vendía elotes en la esquina de Carmelo Pérez y bordo de Sochaca, a dos cuadras de donde Raúl Mendoza García, el flaco, cuidaba coches desde hacía 8 años. Lo que nadie entendió en ese momento fue por qué el muerto tenía la boca llena de monedas de 5 pesos, 12 monedas exactas. Los perros callejeros aullaban diferente esa noche, como si supieran que algo más grande venía.

 El flaco seguía en su esquina con su cubeta naranja y su trapo sucio, silvando canciones de Vicente Fernández mientras limpiaba parabrisas. Nunca dejó de trabajar, ni esa noche ni las 11 siguientes, porque después de ese primer cuerpo aparecieron 11 más, todos con monedas en la boca, todos halcones que trabajaban para la célula de los setas que controlaba el mercado de las 6 de enero.

 Y todos, absolutamente todos, habían cruzado miradas con el flaco días antes de desaparecer. Lo que voy a contarte no está en ningún periódico, no salió en las noticias. Las familias de esos 12 nunca hablaron. La policía cerró el caso como ajuste de cuentas entre bandas, pero yo lo vi todo. Vi como un viene flaco y jorobado que apenas pesaba 50 kg, que dormía en cartones debajo del puente de Texcoco, se convirtió en el fantasma más silencioso que Nesa haya visto jamás.

 Si quieres saber como un hombre invisible hizo lo que las autoridades nunca pudieron, quédate hasta el final, porque lo que el flaco hizo no fue venganza, fue algo mucho peor. Raúl Mendoza García tenía 42 años cuando todo empezó, pero parecía de 60. La espalda chueca por años de agacharse a limpiar llantas, las manos negras de mugre que nunca se quitaba y con jabón sote, los dientes manchados de café barato del Oxo.

 Usaba una gorra de los Yankees descolorida que alguien le regaló en el 2011 y la misma chamarra de mezcilla gris rota en los codos que olía a cigarro delicados y a sudor viejo. El flaco no era de Nesa. Llegó en el 2010 desde Oaxaca huyendo de algo que nunca le gustó contar. Los que lo conocíamos sabíamos que tenía familia en Juchitán, pero nunca los mencionaba, nunca recibía llamadas, nunca esperaba a nadie.

 Su mundo completo era esa esquina de bordo de Sochaca, frente al changarro de don Chava, que vendía cervezas y cigarros sueltos, a 20 met de donde terminaba el mercado y empezaba la zona que los setas reclamaban como suya. Cada mañana llegaba a las 7, se paraba en su lugar, ponía su cubeta con agua jabonosa y su letrero de cartón que decía: “Cuido su carro $10”.

 Nadie le llevaba la contraria. Los viene bienes tienen sus territorios bien marcados, pero el flaco era distinto. Nunca peleó por su esquina. Simplemente llegó un día y se quedó. Y los demás viene bienes, sin saber por qué, lo dejaron en paz. Los halcones lo vigilaban como a todos. En Nesa cada esquina tiene ojos. Los Zas tenían una red de chavos, algunos de 14 años, que se paraban en puntos clave y avisaban con Radios Motorola todo lo que pasaba, quién llegaba? ¿Quién se iba, quién preguntaba deás? A los halcones les pagaban 1500 pesos a la semana, no

era mucho, pero en una colonia donde la mitad de las familias vive con menos de 1 pesos al día, 100 te convierten en alguien. El flaco conocía a todos los halcones por nombre, los saludaba con la cabeza, les limpiaba el parabrisas a los jefes cuando pasaban en sus camionetas lobo negras con vidrios polarizados.

Nunca preguntaba nada, nunca veía deás era invisible. Y en esa serpoder. Pero algo cambió en enero del 2019. Yo lo noté porque el flaco dejó de silvar. Durante 8 años ese cabrón silvaba todo el día. corridos, rancheras, canciones de Juan Gabriel, pero después del 17 de enero ya no silvó nunca más. Solo trabajaba en silencio, limpiando vidrios, cobrando sus 10 pesos, guardando las monedas en una bolsa de mandado amarilla que llevaba amarrada la cintura.

 El 17 de enero fue el día que mataron a Lupita. Lupita era una niña de 11 años, hija de doña Socorro, la señora que vendía gorditas de chicharrón en el mercado. Lupita iba a la primaria Sorjuana Inés de la Cruz, a seis cuadras de ahí. Todos los días pasaba por la esquina del flaco y él siempre le regalaba una paleta payaso que compraba en el Oxo.

 Lupita le decía, “Tío flaco” y le contaba cosas de la escuela. Que si la maestra la había regañado, que si su amiga Fernanda ya no le hablaba, que si quería ser doctora cuando creciera. El 17 de enero, Lupita no llegó a su casa. La encontraron tres días después en un loteo cerca del canal de la compañía. Tenía señales de violencia.

 Los peritos dijeron que había sido abusada por varios hombres. Tenía 13 años cuando laenterraron, pero seguía pareciendo de 11. Su mamá no volvió a abrir su puesto en el mercado. La última vez que la vi, doña Socorro tenía la mirada muerta, como si algo dentro de ella se hubiera apagado para siempre. La policía nunca investigó bien.

 Dijeron que había sido un desconocido, que estaban siguiendo líneas de investigación, pero en esa todos sabíamos la verdad. Los halcones de los setas controlaban ese lote valdío, lo usaban para sus movimientos nocturnos y había rumores, rumores que nadie se atrevía a confirmar de que algunos halcones habían estado con Lupita esa noche.

 Nadie habló, nadie declaró. Las familias del barrio bajaron la cabeza porque hablar en esa significa que tu cuerpo puede aparecer descuartizado en una bolsa de basura o que tu familia completa desaparezca una madrugada. El miedo no es una emoción aquí, es una forma de vida. Pero el flaco cambió. Yo lo vi en sus ojos. Antes tenía esa mirada opaca, cansada de alguien que solo sobrevive.

 Pero después del entierro de Lupita, sus ojos se volvieron filosos, observadores, como si de repente hubiera decidido ver todo lo que antes ignoraba. Seguía en su esquina, seguía limpiando vidrios, pero ahora anotaba cosas en un cuaderno viejo que guardaba en el bolsillo de su chamarra. Yo pensé que eran cuentas, que estaba llevando registro de cuánto ganaba, pero no.

 El flaco estaba anotando nombres, horarios, movimientos, patrones. ¿Tú qué harías si vieras a los culpables caminando libres todos los días riéndose, contando billetes mientras la madre de la niña se consume en silencio? El primero en caer fue Kevin Alexis Mora, el meño. Tenía 19 años, hal de la zona del mercado. Siempre andaba con una gorra de los Raiders y tenis Jordan falsos.

 presumía en Facebook fotos con fajos de billetes y botellas de bucans. El 14 de febrero, día del amor y la amistad, el meño le mandó flores a tres morras diferentes por mensajero. Yo lo vi porque el mensajero pasó por la esquina del flaco preguntando direcciones. Esa noche el meño no llegó a su casa. Lo encontraron al día siguiente en el estacionamiento abandonado de un Soriana que cerró en el 2015.

 Estaba sentado contra la pared, con los ojos abiertos, la boca llena de monedas. 12 monedas de 5 pesos. Los peritos dijeron que había muerto de asfixia, que alguien le había metido las monedas en la garganta hasta que se ahogó con su propia sangre. No había signos de lucha, no había testigos. Las cámaras de seguridad del Soriana llevaban años sin funcionar.

 La policía tomó fotos, levantó el cuerpo y archivó el caso como homicidio relacionado con el crimen organizado. Uno más. El expediente número 247 de febrero del 2019. Losas ni siquiera investigaron. Para ellos, los halcones son desechables. Si uno muere contratan a otro. Hay cientos de chavos en Nesa que matarían por ganar 100 a la semana, literal.

 Pero yo vi algo que nadie más vio. La mañana que encontraron al meño, pasé por la esquina del flaco. Él estaba ahí, como siempre limpiando el parabrisas de un suru y en su cubeta naranja, flotando en el agua jabonosa, había una gorra de los Raiders. mojada, sucia, como si alguien la hubiera usado para limpiar algo y luego la hubiera tirado ahí sin pensarlo.

 Me quedé helado. El flaco me vio mirando la gorra. Nuestros ojos se cruzaron por 2 segundos. Él no dijo nada. Yo tampoco. Seguí caminando porque en esa verde más te puede costar la vida. Pero yo sabía y él sabía que yo sabía. El segundo halcón cayó una semana después. Brandon Uriel Sánchez, el Bran, 22 años.

 Trabajaba en la zona del canal vigilando el movimiento de camionetas que entraban y salían con mercancía. Era primo del meño. Cuando mataron a su primo, el Bran juró que iba a encontrar al culpable. Anduvo preguntando en el barrio, amenazando a gente, poniéndose violento en las tiendas. El 23 de febrero desapareció. Lo vieron por última vez saliendo de un billar en la colonia Agua Azul.

 Iba solo, borracho, hablando por teléfono con alguien. Caminó hacia la avenida Texcoco y nunca llegó a ningún lado. Su cuerpo apareció dos días después en el basurero municipal de Chimalhuacán. Mismo método, boca llena de monedas, 12 monedas de 5 pesos, asfixia, sin testigos. Esta vez los setas sí se pusieron nerviosos.

 Dos halcones muertos en menos de dos semanas no era normal. Alguien estaba mandando un mensaje, pero ¿quién? ¿Una banda rival? El cártel de Sinaloa tratando de meterse a su plaza. Los guerreros unidos vengando algo viejo. Pusieron más halcones en las calles. Reforzaron la vigilancia. Empezaron a revisar a cualquiera que [música] se viera sospechoso, pero nunca ni por un segundo sospecharon del bieneviene flaco y jorobado que llevaba 8 años limpiando vidrios en la misma esquina.

 Porque esa es la cosa con ser invisible. La gente te veistra. Eres paisaje como los perros callejeros o los postes de luz. Nadie recuerda tu cara. Nadie nota cuándo te mueves, nadiesabe cuándo estás escuchando. Y el flaco escuchaba todo. Si crees que ya sabes cómo termina esto, te equivocas, porque lo que el flaco estaba planeando no tenía precedentes en Nesa.

 Suscríbete para que no te pierdas cómo un hombre que todos ignoraban se convirtió en la peor pesadilla de una célula completa de los setas. Para entender lo que el flaco hizo, primero tienes que entender cómo funcionan los halcones. Un halcón no es un sicario, no mata, no tortura, solo observa y reporta.

 Su trabajo es estar en una esquina de 7 de la mañana a 11 de la noche y avisar por radio cuando ve algo inusual. Una patrulla que da vueltas de más, un carro que no es del barrio, alguien haciendo preguntas, alguien tomando fotos. Los halcones de Nesa se organizaban en células de cuatro o cinco. Cada célula tenía un coordinador que reportaba a un plaza.

 El plaza reportaba a un jefe regional de los ETAs. Era una estructura militar perfecta. Cada quien sabía su lugar, cada quien obedecía órdenes, pero también tenían rutinas. Y las rutinas son lo más peligroso para alguien que vigila, porque las rutinas te hacen predecible. El flaco llevaba 8 años viendo esas rutinas.

 Sabía a qué hora el meño compraba su torta en el changarro de don Chava. Sabía que el Bran siempre se emborrachaba los jueves en el billar del agua azul. Sabía que el Chava, otro halcón, visitaba a su novia en la evolución cada martes y viernes. Sabía que el oso, el coordinador de la célula, recogía su dinero semanal en el domicilio de la calle Avenida Chimaluacán todos los lunes a las 8 de la noche.

 Nadie le prestaba atención, pero él lo veía todo. Y ahora, después de Lupita, el flaco usaba esa información. El tercer halón en caer fue Jonathan Gutiérrez Romero, el chava, 23 años, uno de los más callados del grupo. Casi no hablaba, solo observaba y reportaba. Vivía con su mamá y sus dos hermanas en un departamento de Infonavid en la colonia Estado de México.

 El 2 de marzo, el chava salió de su casa a las 6 de la tarde para ver a su novia. Caminó por las calles que siempre caminaba, pasó por las tiendas que siempre pasaba. Llegó al departamento de ella en la evolución. se quedó hasta las 11. Salió solo como siempre, pero esta vez alguien lo estaba esperando. Lo encontraron al día siguiente en un loteo cerca de la preparatoria 189.

Mismo método, monedas en la boca, asfixia. Pero esta vez había algo diferente. El chava tenía marcas en las manos como si hubiera intentado defenderse, como si hubiera visto venir al asesino. Los forenses dijeron que probablemente había estado consciente cuando empezaron a meter las monedas. que murió lentamente, ahogándose, tratando de gritar, pero sin poder, porque tenía la garganta bloqueada.

 Los peritos calcularon que tardó entre 3 y 5 minutos en morir. Eso significaba algo importante. El asesino no tenía prisa. No era un sicario profesional que dispara y se va. Era alguien que quería que sus víctimas sufrieran, alguien que disfrutaba viendo cómo se ahogaban. Los ETAs empezaron a hacer preguntas. Bajaron a comandos de Ecatepec y de Texcoco para investigar.

Torturaron a tres vendedores de droga del barrio que pensaban que sabían algo. Les quemaron los pies con soplete, les cortaron dedos, pero nadie sabía nada porque nadie sospechaba del flaco. Mientras tanto, él seguía en su esquina limpiando vidrios, cobrando sus 10 pesos, guardando monedas en su bolsa amarilla.

 Yo empecé a tenerle miedo porque me di cuenta de algo terrible. El flaco no estaba buscando justicia, no estaba vengando a Lupita. Eso habría sido un acto pasional, rápido, explosivo. Esto era otra cosa. Esto era metódico, [música] calculado, frío. El flaco estaba cazando. ¿Tú qué harías si supieras que el vecino que ves todos los días, que te saluda con la cabeza, que parece inofensivo, es en realidad un depredador silencioso? El cuarto halcón murió el 9 de marzo, el quinto, el 15, el sexto, el 20.

 Todos de la misma forma, monedas en la boca, asfixia, sin testigos. Nesa entró en pánico. Los setas pusieron un toque de queda no oficial. Nadie salía de noche. Los halcones empezaron a andar en parejas, nunca solos. Los jefes trajeron sicarios de Puebla y de Veracruz para reforzar la seguridad, pero el flaco seguía matando porque él sabía algo que nadie más sabía.

 Los halones necesitaban trabajar para cobrar y para trabajar tenían que estar en sus esquinas y estar en sus esquinas los hacía vulnerables. El séptimo halcón fue Óscar Hernández Torres, el oso, 25 años, el coordinador de la célula, el más listo, el más paranoico, el más cuidadoso. Después de seis muertes, el oso cambió toda su rutina. Dejó de dormir en su casa.

 se movía en camioneta con chóer, llevaba un radio siempre prendido y llevaba una pistola escuadra 38 en la cintura. Pero el flaco lo alcanzó de todas formas. Lo encontraron el 28 de marzo en el estacionamiento del Electra de la avenida Pantitlán, dentro de sucamioneta, con las puertas cerradas, sin signos de violencia exterior, solo las monedas en la boca.

 ¿Cómo? ¿Cómo [ __ ] el flaco logró entrar a una camioneta cerrada, matar al coordinador más peligroso de la célula y salir sin que nadie viera nada? Yo tengo una teoría, pero es tan retorcida que todavía me cuesta creerla. Creo que el flaco nunca usó fuerza. Creo que esperaba el momento perfecto, el segundo de descuido, y entonces actuaba.

 Creo que podía estar parado al lado de una persona durante horas sin que esa persona lo notara, porque cuando eres invisible puedes estar en cualquier lado. Los halcones restantes, cinco todavía vivos de los 12 originales, dejaron el trabajo. Simplemente desaparecieron. Algunos huyeron a otros estados. Otros se escondieron con familiares en pueblos donde los setas no tenían presencia.

 Le tenían más miedo al asesino de las monedas que a la venganza del cartel. Pero eso no detuvo el flaco. El octavo halcón lo encontraron en Chimalhuacán, el noveno en Ecatepec, el décimo en los Reyes. El flaco los estaba persiguiendo. Había dejado Nesa para cazarlos en sus nuevos escondites.

 Y cada vez que mataba a uno dejaba las 12 monedas en su boca como una firma, como una promesa. 12 monedas por Lupita, porque ella tenía 11 años cuando la mataron, pero habría cumplido 12 en agosto. Para abril del 2019, 11 halcones estaban muertos. Solo quedaba uno, Luis Fernando Reyes Castillo, el Fer, 19 años, el más joven de todos, el más aterrorizado.

 El Fer se entregó a la policía el 10 de abril, entró caminando a la fiscalía de Nesa y confesó todo. confesó que él y otros 11 halcones habían violado a Lupita en el Oeío, que habían estado borrachos, que no querían matarla, pero ella gritaba mucho y el meño le tapó la boca hasta que dejó de respirar, que después tiraron su cuerpo en el canal y acordaron decir que no habían visto nada.

 El Fer lloró durante toda la confesión. Dijo que prefería ir a prisión que ser el siguiente en aparecer con monedas en la boca. le suplicó a los policías que lo metieran en una celda donde el flaco no pudiera alcanzarlo. Los medios nunca reportaron la confesión. El caso de Lupita nunca se reabrió oficialmente, pero la confesión existe.

 Yo la vi porque tengo un primo que trabaja en la fiscalía. Me la enseñó una noche borracho, llorando, diciendo que este país está podrido hasta la médula. El Fer fue sentenciado a 40 años en el penal de Santiaguito. Los setas perdieron presencia en Nesa después de eso. Otras bandas se repartieron la plaza.

 La vida siguió como siempre, pero yo seguía viendo al flaco en su esquina. No te vayas todavía, porque lo que pasó después es [música] lo que nadie esperaba, lo que nadie imaginó que un hombre como el flaco pudiera ser. El 22 de abril del 2019, dos semanas después de que el Fer se entregara, algo extraño pasó en Nesa.

 El flaco no llegó a su esquina. Era la primera vez en 8 años que no estaba ahí a las 7 de la mañana. Los otros viene bienes se preguntaban qué había pasado. Don Chava, el del changarro, decía que tal vez se había enfermado. Yo pensé algo peor. Pensé que tal vez los setas lo habían encontrado, que tal vez finalmente alguien había atado los cabos sueltos.

 y se habían dado cuenta de que el viene invisible era el asesino de las monedas. Pero no. El flaco apareció tres días después, el 25 de abril. Regresó a su esquina como si nada, con su cubeta naranja, su trapo sucio, su gorra de los yankees. Pero había algo diferente en él, algo que no puedo [música] explicar con palabras.

Era como si un peso enorme se hubiera quitado de sus hombros, como si finalmente, después de meses pudiera respirar en paz. Me atreví a preguntarle, ¿dónde andabas, flaco? Él me miró con esos ojos filosos que había desarrollado después de Lupita y por primera vez en meses sonríó. Una sonrisa pequeña, torcida, triste.

 “Fui a despedirme”, dijo. “¿De quién?” “De una niña.” No dijo más. volvió a trabajar y yo entendí. El flaco había ido al panteón de San Lorenzo Tesonco. Había visitado la tumba de Lupita. Le había contado que los 12 hombres que le hicieron daño ya no existían, que ella podía descansar. Y después de eso algo en el flaco se apagó.

 siguió trabajando durante dos meses más, pero ya no era el mismo. Ya no anotaba cosas en su cuaderno. Ya no observaba a la gente con esa intensidad de cazador. Simplemente limpiaba vidrios, cobraba sus 10 pesos y se iba al puente de Texcoco a dormir en sus cartones hasta que un día dejó de llegar. Fue en junio, el 18 de junio del 2019.

 El flaco no apareció en su esquina, ni ese día ni los siguientes. Los bienevienes esperaron una semana antes de repartirse su territorio. Yo fui al puente de Texcoco a buscarlo. Sus cartones seguían ahí, su cubeta naranja abandonada, su trapo sucio tirado en el suelo, pero el flaco nunca regresó. Hay tres teorías sobre qué le pasó.

 Laprimera, que los setas finalmente lo encontraron, que un día después de meses de investigar alguien puso las piezas juntas y mandaron un comando a desaparecerlo, que su cuerpo está enterrado en alguna fosa clandestina en las afueras de Texcoco junto con cientos de otros. La segunda, que él mismo decidió desaparecer, que después de cumplir su venganza ya no tenía razón para quedarse, que tomó sus pocas pertenencias, se subió a un camión y se fue a cualquier parte.

Tal vez regresó a Oaxaca, tal vez se inventó una nueva vida en otro estado. La tercera es la que más me duele y es la que creo que es verdad. Creo que el flaco se suicidó. Creo que después de matar a 11 hombres y ver al doceavo pudrirse en prisión, se dio cuenta de que no era diferente a ellos, que él también había cruzado una línea, que había dejado de ser humano y se había convertido en un monstruo.

 Creo que cargó con esa culpa durante dos meses tratando de convencerse de que había hecho lo correcto, pero al final no pudo. Creo que una noche caminó hasta el canal de la compañía, el mismo canal donde encontraron a Lupita, y se tiró y dejó que el agua turbia y apestosa lo arrastrara hasta el fondo. Nunca encontraron su cuerpo, pero en el canal de la compañía nunca encuentran cuerpos completos.

 Las corrientes subterráneas los arrastran hasta el lago de Texcoco y ahí, entre el lodo y la basura y los desechos industriales, todo se disuelve. ¿Estás de acuerdo con lo que el flaco hizo? ¿Crees que Lupita descansa en paz sabiendo que su venganza fue cumplida? ¿O crees que el flaco se convirtió en exactamente lo que estaba combatiendo? Yo ya no vendo elotes en esa esquina.

 Me mudé a Catepec el año pasado. No podía seguir viendo el lugar donde el flaco se paraba todos los días. No podía seguir pensando en lo que pasó, en lo que él hizo, en lo que todos permitimos que pasara, porque esa es la verdad que nadie quiere aceptar. Nosotros lo vimos. Yo lo vi y no dije nada.

 Vi la gorra del meño en su cubeta. Vi cómo cambiaba después de cada muerte. Vi cómo se consumía poco a poco, como una vela que se derrite hasta desaparecer. Y no hice nada porque en esa hacer algo significa morir. Y yo quería vivir. Eso me hace cómplice. Me convierte en parte del problema. No lo sé. Hay noches en las que no puedo dormir pensando en eso, pero sé algo con certeza.

 Raúl Mendoza García, el flaco, el bienviene invisible de Nesa, mató a 11 hombres y destruyó una célula completa de los setas. Lo hizo sin armas, sin violencia ostentosa, sin ayuda de nadie, solo con paciencia, observación y una determinación que nunca había visto en otro ser humano. Y lo más aterrador de todo es que nadie sabe si realmente está muerto.

 Hay quien dice que lo han visto en otras colonias, en otros barrios, con otra ropa, otra gorra, otro nombre, limpiando vidrios en esquinas olvidadas, observando, esperando, invisible. Si conoces a alguien en esa que limpia coches, si ves a un viene flaco y jorobado que nunca habla, que solo observa, aléjate, porque tal vez, solo, tal vez el flaco sigue vivo y tal vez está su próximo objetivo.

Si esta historia te dejó sin palabras. Si quieres seguir conociendo casos como este que nunca salieron en las noticias, suscríbete ahora porque lo que acabas de leer apenas es la superficie de lo que pasa en las calles de México. Doña Socorro, la mamá de Lupita, murió en diciembre del 2020. Dicen que de tristeza. Yo creo que de algo peor.

 Creo que murió de saber que su hija nunca tuvo justicia real, que los 11 hombres que la mataron fueron ejecutados por un desconocido, no por la ley. Que el Fer está en prisión, sí, pero que eso no devuelve a Lupita, que nada, absolutamente nada, puede devolverla. Está enterrada junto a su hija en San Lorenzo, Tesonco.

 Tienen una tumba sencilla con una Virgen de Guadalupe pintada en la lápida. Alguien, no sé quién, pone flores frescas cada semana. Rosas rojas, siempre rosas, una por cada alcón muerto. Hay quien dice que es el flaco, que sigue vivo, que cada domingo en la madrugada, cuando el panteón está vacío, él llega con sus 12 rosas y las pone en la tumba y después se va invisible como un fantasma que nadie recuerda pero que todos sienten.

 Yo no sé si creerlo, pero cada vez que paso por el panteón y veo esas rosas frescas, me pregunto y tengo miedo de la respuesta. Tres meses después de que el flaco desapareciera, empezaron a circular rumores. El primero lo escuché en el mercado de las 6 de enero. Estaba comprando limones cuando oí a dos señoras hablando en voz baja como si compartieran un secreto peligroso.

Una de ellas, doña Carmelita, vendedora de nopales, le contaba a la otra que su sobrino, sicario del CJNG en Iztapalapa, había visto algo extraño. Un viene flaco, jorobado con una gorra de los yankeis, parado en la esquina [música] de Ermita Itapalapa y eje 6 limpiando vidrios como si fuera lo más normal delmundo.

 Lo raro, decía el sobrino, era que ese viene no estaba ahí antes, simplemente apareció un día y justo una semana después, dos halcones de la zona habían desaparecido. Los encontraron en un loteo cerca del metro Constitución de 1917 con monedas en la boca, 12 monedas de 5 pesos cada uno. Me quedé helado ahí entre los puestos de [música] verduras con mi bolsa de limones colgando de la mano.

 Doña Carmelita notó que estaba escuchando y bajó más la voz, pero yo ya había oído suficiente. El flaco no había muerto, había emigrado como un depredador que agota su territorio de casa y busca nuevas presas en otro lado. Durante los siguientes 6 meses, de julio a diciembre del 2019, aparecieron cadáveres con el mismo patrón en cuatro delegaciones diferentes: Istapalapa, Mustago Amadero, Menustiano Carranza e Itacalco.

Siempre halcones, siempre con monedas en la boca, siempre sin testigos. La policía nunca conectó los casos. ¿Por qué iban a hacerlo? Para ellos eran ajustes de cuentas normales entre bandas, uno más, uno menos. En Ciudad Nesa y la zona conurbada mueren 100 personas al año por violencia relacionada con el narco.

 Los halcones son solo ruido estadístico, pero yo sabía y no era el único. En octubre del 2019 me encontré a don Chava, el del changarro, en una pulquería de la colonia Aurora. Estaba borracho, con los ojos rojos y las manos temblorosas. Cuando me vio, se puso pálido, como si hubiera visto un fantasma. “Tú también lo sabes, ¿verdad?”, me dijo agarrándome del brazo con fuerza.

 “¿Saber qué? Que el flaco sigue matando. Me soltó y se pidió otro tarro de pulque. Me vio la mitad de un trago. Después me contó algo que me hizo sentir náuseas. Don Chava había encontrado algo tres días después de que el flaco desapareciera. estaba limpiando su changarro cuando vio una bolsa de mandado amarilla debajo del mostrador.

 La misma bolsa que el flaco usaba para guardar sus monedas. Dentro había un cuaderno. Don Chava lo abrió y lo que vio lo dejó sin dormir durante semanas. El cuaderno tenía 143 páginas, todas escritas con letra apretada, casi ilegible, en tinta azul. Cada página tenía un nombre, una dirección, un horario y una descripción física. Halcones.

 sicarios, plazas, coordinadores, jefes. 143 objetivos. De esos 143, el flaco había atachado 11 con una línea roja, los 11 halcones de Nesa, que había matado [música] en Nesa, pero había algo más aterrador. 23 nombres más tenían una marca diferente, una palomita verde, como si ya hubieran sido completados. Don Chava hizo cuentas.

 11 muertos en Nesa, 23 marcados después, 34 halcones muertos en total. ¿Y qué hiciste con el cuaderno? Le pregunté sintiendo como el miedo me apretaba el estómago. Don Chava me miró con ojos muertos. Lo quemé, lo quemé todo y juré que nunca hablaría de esto con nadie. Pero, ¿me estás contando a mí? Porque necesito que alguien más lo sepa.

 Porque si a mí me pasa algo, quiero que alguien sepa la verdad. pagó su pulque y se fue. Nunca volví a hablar con él. Dos meses después, don Chava vendió su changarro y se mudó a Veracruz. Alguien me dijo que ahora tiene una ferretería en Córdoba, que nunca mencionan esa, que cuando le preguntan de dónde es, dice que de Puebla.

¿Tú serías capaz de quemar esa libreta o la guardarías como prueba? Y si guardarla te convierte en el siguiente objetivo. Para enero del 2020 yo ya no podía más. Cada vez que veía a un viene en cualquier esquina me preguntaba si era él. Cada vez que pasaba por una colonia desconocida y veía a alguien limpiando vidrios, me ponía nervioso.

Empecé a tener pesadillas. Soñaba con el flaco parado junto a mi cama con su cubeta naranja llena de monedas, observándome en silencio. Decidí hacer algo estúpido, algo que podría haberme costado la vida. Fui a buscar a Luis Fernando Reyes Castillo, el Fer, al penal de Santiaguito. Fue en febrero del 2020, justo antes de que la pandemia cerrara todo.

 Usé la excusa de que era periodista independiente haciendo un reportaje sobre violencia juvenil. Me costó 2,000 pesos en sobornos llegar hasta él. La visita duró 20 minutos. El Fer había cambiado. Ya no era el chavo de 19 años aterrorizado que se había entregado en la fiscalía. Ahora tenía 20. Parecía de 30.

 Flaco, con tatuajes mal hechos en el cuello y las manos, con una cicatriz fresca que le cruzaba la mejilla izquierda. Los setas tenían presencia dentro de Santiaguito y ellos no perdonaban a los soplones. Pero el Fer seguía vivo. Apenas estaba en aislamiento preventivo por su propia seguridad. Eso significaba que pasaba 23 horas al día en una celda de 2 por 3 m sin ventanas, con una luz que nunca se apagaba.

 Cuando nos sentamos frente a frente, separados por una mesa de metal y vigilados por dos guardias, el ferme miró con ojos hundidos, vacíos. “¿Qué quieres saber?”, me preguntó con voz ronca. Quiero saber sobre el flaco. Se puso tenso. Las manos le temblaron. Losguardias notaron el cambio, pero no dijeron nada. No existe, murmuró el Fer.

Ese cabrón es un fantasma, un [ __ ] demonio. Lo conocías. Todos lo conocíamos, pero nadie lo veía, ¿entiendes? Estaba ahí todos los días limpiando vidrios en su [ __ ] esquina, pero era como como parte de la calle, como un poste, como una sombra. Nadie le ponía atención. ¿Cuándo te diste cuenta de que era él? El Fer se quedó callado por un minuto entero. Respiraba pesado.

Finalmente habló dos días antes de entregarme. Estaba en casa de mi jefa, escondido, cagado de miedo. No salía ni para mear. Mi mamá me traía la comida a la habitación. Una noche desperté porque sentí que alguien me estaba mirando y ahí estaba él parado en la ventana de mi cuarto en el segundo piso.

 No sé cómo chingado subió, pero ahí estaba con su gorra, con su cubeta mirándome. ¿Qué hizo? Nada. Solo me miró como si me estuviera evaluando, como si estuviera decidiendo si esa noche me mataba o no. Yo me [ __ ] Literal, me [ __ ] en los pantalones. No podía moverme, no podía gritar y después él sonríó.

 Una sonrisa bien culera, bien triste y se fue. Simplemente se fue. Al día siguiente me entregué a la policía porque preferí 40 años en este infierno que esperara que ese cabrón volviera a visitarme. ¿Crees que sigue vivo? El Fer se rió. Una risa seca, sin humor. Claro que sigue vivo. Ese cabrón va a vivir para siempre porque no es humano, es otra cosa.

 Es lo que pasa cuando matas a una niña inocente y el universo decide cobrártelo con intereses. La visita terminó ahí. Los guardias me sacaron. El Fer se quedó sentado en esa silla de metal mirando al vacío, temblando. Después supe que intentó suicidarse [música] tres veces en Santiaguito. Las tres veces lo encontraron a tiempo.

 Los setas no lo dejaban morir. Querían que sufriera, que pagara por haber soplado, por haber confesado. La última noticia que tuve de él fue en agosto del 2022. Lo encontraron ahorcado en su celda con sábanas. Esta vez nadie llegó a tiempo. Tenía 23 años. En su celda encontraron algo raro dibujado en la pared con su propia sangre.

 12 círculos pequeños como monedas. Si piensas que ya conoces toda la historia, estás equivocado, porque lo que descubrí después me hizo darme cuenta de que el flaco no era solo un vengador, era algo mucho más complejo, algo que ni yo mismo puedo explicar completamente. En marzo del 2020 llegó la pandemia.

 México entró en cuarentena, las calles se vaciaron, los bienevienes dejaron de trabajar porque no había coches que limpiar, los negocios cerraron, la gente se encerró en sus casas. Yo pensé que eso detendría a el flaco, que sin su disfraz de viene bien invisible, sin su esquina, sin su rutina, no podría seguir cazando. Me equivoqué.

 Durante la pandemia, de abril a diciembre del 2020 aparecieron 52 cadáveres en diferentes partes del Estado de México y Ciudad de México. Todos halcones, todos con monedas en la boca, pero esta vez con una variación. Algunos tenían 11 monedas, otros 12, otros 13. La policía lo atribuyó al caos de la pandemia, a que las bandas aprovecharon la cuarentena para hacer limpiezas internas, a que los cárteles estaban reajustando sus plazas.

 Pero yo sabía la verdad. El flaco había perfeccionado su método. Ya no necesitaba ser visible para ser invisible. En una ciudad vacía, con toques de queda, con calles oscuras y sin testigos, él era completamente libre. Me obsesioné. Empecé a guardar recortes de periódicos, a buscar notas rojas en internet, a marcar en un mapa cada lugar donde aparecía un halcón muerto con monedas en la boca y descubrí un patrón.

 El flaco se movía en círculos. Nesa, Itapalapa, Gustavo Amadero, Benustiano, Carranza, Istacalco, Eccatepec, Nesagualcoyotl otra vez. Un círculo perfecto alrededor de la Ciudad de México, como si estuviera cazando sistemáticamente en cada delegación, eliminando célula por célula. ¿Por qué? ¿Qué chingados buscaba? La respuesta llegó en noviembre del 2020, cuando encontré algo en los archivos digitales del periódico El Universal.

Una nota pequeña de apenas tres párrafos publicada el 28 de enero del 2010, 10 años antes. Decía, en el municipio de Juchitán, Oaxaca, fue localizado el cuerpo de una menor de 9 años, identificada como Mónica Mendoza Ruiz. La menor presentaba signos de violencia sexual. Autoridades estatales informan que se investigan líneas relacionadas con células criminales que operan en la región.

 La madre de la menor, Leticia Ruiz, declaró que su esposo Raúl Mendoza García, de 32 años, desapareció hace dos días y es considerado persona de interés en la investigación. Raúl Mendoza García, el flaco. Leí la nota cinco veces, después busqué más información. Encontré otra nota del 5 de febrero del 2010. Raúl Mendoza García, de 32 años, fue descartado como sospechoso en el asesinato de su hija Mónica Mendoza Ruiz.

 Investigacionesrevelaron que Mendoza se encontraba en Puebla al momento de los hechos. Autoridades continúan buscando a tres sujetos relacionados con el crimen, presuntamente miembros del grupo criminal Losetas, que opera en la región del ISMO. Mi Dios. Lupita no fue la primera niña que el flaco perdió. Fue la segunda. Mónica era su hija, su única hija, 9 años, violada y asesinada por losetas en Juchitán.

 Y él no estaba ahí para protegerla porque estaba en Puebla trabajando en una construcción tratando de ganar dinero para su familia. Cuando regresó, su hija estaba muerta. Su esposa lo culpaba por no haber estado ahí. Las autoridades nunca atraparon a los culpables. Los tres setas que mataron a Mónica desaparecieron. Probablemente los trasladaron a otra plaza.

 Probablemente siguieron violando y matando niñas en otros estados. Y Raúl Mendoza García perdió todo. Su hija, su esposa, su cordura. Se vino en esa en el 2010, se convirtió en viene, se volvió invisible y durante 8 años estuvo ahí observando, aprendiendo, esperando. Hasta que Lupita le recordó a Mónica y algo dentro de él se rompió de nuevo.

Ahora entiendes, el flaco no estaba vengando solo a Lupita, estaba vengando a su hija. Estaba vengando a todas las niñas que los setas y otras bandas han matado en este país podrido. y nadie, absolutamente nadie, iba a detenerlo. Busqué más. Encontré el acta de defunción de Leticia Ruiz, la esposa del flaco.

 Murió en julio del 2012 en Juchitán. Causa de muerte, suicidio por ingesta dericida. No pudo soportar el dolor de perder a su hija. Y Raúl no estuvo ahí tampoco, porque ya estaba en Nesa, convertido en fantasma. También encontré registros de tres setas que operaban en Juchitán en el 2010. Sus nombres estaban en una base de datos filtrada por hackers en el 2015.

 Los tres fueron trasladados a diferentes plazas después del asesinato de Mónica. Uno fue a Veracruz. Lo encontraron muerto en el 2017 en un hotel de Cuatzacalcos con monedas en la boca. Otro fue a Puebla. Lo encontraron en el 2016 en un estacionamiento de Cholula con monedas en la boca. El tercero fue a Tamaulipas. Desapareció en el 2018.

Nunca encontraron el cuerpo. El flaco los había casado a los tres antes de Nesa, antes de Lupita. Había viajado por todo México siguiendo pistas, buscándolos, esperando el momento perfecto. Y después de matarlos, después de vengar a su hija, se quedó en Nesa, limpiando vidrios, siendo invisible, porque ya no tenía nada más, ya no tenía familia, ya no tenía razón para vivir, hasta que conoció a Lupita y ella le dio una razón temporal, una niña que le decía tío flaco y le contaba de su escuela. Una niña que le recordaba a

Mónica. una niña que tal vez, solo tal vez, podía llenar un poquito el vacío que tenía en el pecho. Y cuando la mataron, cuando vio el cuerpo de Lupita en ese lote valdío, cuando vio que otra niña inocente había sido destruida por los mismos animales que mataron a su hija, el flaco volvió a convertirse en lo que había sido durante años, un cazador, metódico, paciente, implacable y esta vez no se iba a detener.

 En febrero del 2021, un año después de que empecé a investigar, recibí una llamada extraña. Era un número desconocido. Contesté. Del otro lado había silencio. Después una voz ronca, áspera, como si no hubiera hablado en meses. Deja de buscar. ¿Quién es? Ya sabes quién soy. Deja de buscar. Deja de hacer preguntas. Deja de escribir cosas en tu computadora.

 No es seguro para ti. Se me heló la sangre, flaco. Silencio. Después esa persona ya no existe. Pero si sigues, si cuentas esto, otras personas van a empezar a buscar. Y no quiero eso porque todavía tengo trabajo que hacer. ¿Cuántos más? ¿Cuántos más vas a matar? Otro silencio largo.

 Cuando volvió a hablar, su voz sonaba cansada, infinitamente cansada. todos hasta que ya no quede ninguno o hasta que me maten. Lo que pase primero. Eso no te va a devolver a tu hija, lo sé, pero tal vez evite que otras mamás pierdan a las suyas. Y colgó. Borré todo. Eliminé mis archivos. que menos recortes de periódico. Dejé de investigar porque tuve miedo.

 Miedo de que el flaco decidiera que yo sabía demasiado. Miedo de que una noche despertara y lo encontrara parado junto a mi cama con su cubeta naranja y sus monedas. Pero también tuve miedo de otra cosa. Tuve miedo de que si contaba la historia completa, si la hacía pública, alguien lo detendría. y una parte de mí, una parte oscura y retorcida que no quiero aceptar, no quería que lo detuvieran porque el flaco estaba haciendo lo que el gobierno nunca hizo, lo que la policía nunca hizo, lo que la sociedad nunca hizo. Estaba cobrando las

deudas que México tiene con sus niñas muertas. Eso lo hace un héroe o un monstruo. ¿Dónde está la línea? ¿Y qué dice de nosotros que parte de mí quiera que siga matando? Hoy es diciembre del 2024, han pasado casi 6 años. desde que el flaco desapareció de Nesa. Según miscuentas basadas en notas rojas y reportes policiales que encuentro en internet, han aparecido 218 cadáveres de halcones con monedas en la boca en los últimos 6 años.

 No solo en el Estado de México, también en Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Guerrero, Veracruz, Tamaulipas. El flaco se volvió nacional. Ya no es solo un hombre vengando a su hija y a Lupita. se convirtió en algo más grande, en un símbolo, en una leyenda urbana. Los halcones de medio país le tienen miedo al hombre de las monedas.

 Hay corrido sobre él, hay memes en redes sociales, hay chavos que se tatúan 12 monedas en el brazo como advertencia, pero nadie sabe quién es realmente. Nadie ha visto su cara, nadie puede describirlo con certeza porque hay miles de bienevienes en México, miles de hombres invisibles que limpian vidrios en las esquinas.

 Y cualquiera de ellos podría ser el flaco. O tal vez ya no es un viene tal vez ahora es un taxista o un vendedor de tamales o un mecánico o un jardinero. Cualquier oficio que te haga invisible, cualquier trabajo que te permita observar sin ser observado. La policía federal emitió una alerta en el 2022.

 Dijeron que estaban buscando a un asesino serial que opera en múltiples estados. ofrecieron una recompensa de 500,000 pesos. Pusieron un número de emergencia para reportar información. Nadie llamó porque en México nadie le tiene más miedo a los asesinos seriales que a los zas. Y si el flaco está matando setas, pues que siga. Yo me mudé de Ecatepec, ahora vivo en Querétaro.

Trabajo en una fábrica de autopartes, vida tranquila, pero cada vez que veo a un viene bien [música] en la calle, me quedo helado. Y cada vez que escucho en las noticias que encontraron un halcón muerto con monedas en la boca, me pregunto si es él, si sigue vivo, si sigue cazando, si algún día va a detenerse o si va a morir en una esquina olvidada con su cubeta naranja, sin que nadie sepa quién fue realmente, sin que nadie recuerde su nombre, sin que nadie le ponga flores en su tumba, invisible hasta el final.

En mayo del 2022, dos años después de mudarme a Querétaro, pasó algo que me hizo darme cuenta de que nunca iba a poder escapar de esta historia. Estaba tomando un café en un oxo cerca de mi trabajo cuando entró un tipo alto, formido, con cicatrices en los brazos y un tatuaje de una za en el cuello que intentaba ocultar con una camisa de vestir. Se veía nervioso.

 Midraba hacia la calle cada 5 segundos como si esperara que alguien lo siguiera. Pedió un café y un paquete de delicados. Mientras el cajero le cobraba, el tipo vio mi libreta sobre el mostrador. Yo siempre cargo una libreta donde escribo cosas, pensamientos, observaciones, nada importante. Pero ese día, sin querer, había garabateado algo mientras esperaba mi orden. 12 monedas.

 El tipo se quedó paralizado. Me miró con ojos desorbitados. “¿Tú lo has visto?”, me preguntó en voz baja. No tuve que preguntar a quién se refería, simplemente negué con la cabeza. “Mentiroso”, dijo. “Nadie escribe eso si no sabe. Nadie.” Agarró su café y sus cigarros. Salió sin esperar cambio. Lo vi desde la ventana subirse a una camioneta blanca con placas de Michoacán y alejarse a toda velocidad.

Esa noche no pude dormir porque me di cuenta de algo terrible. Las monedas se habían vuelto un lenguaje, un código, una advertencia que se susurraba en las esquinas, en los bares, en las cárceles. Si eras halcón, si trabajabas para algún cártel vigilando las calles, las monedas te perseguían como una maldición.

 Y la maldición tenía nombre, el flaco. Pero ya no era solo un hombre, era un concepto, una presencia, una amenaza existencial que mantenía despiertos a miles de halcones en todo México. Decidí romper mi promesa. Volví a investigar. Lo primero que hice fue buscar grupos de Facebook y foros de internet donde los familiares de víctimas del narco compartían información.

 Hay cientos de estos grupos, madres buscando a sus hijos desaparecidos, esposas buscando a sus maridos ejecutados, hermanos buscando justicia que nunca llega. Creé un perfil falso. Empecé a hacer preguntas cuidadosas. ¿Alguien ha oído del asesino de las monedas? ¿Conocen casos similares en su estado? ¿Saben algo del hombre invisible? Las respuestas empezaron a llegar lentamente en mensajes privados.

Gente que tenía miedo de hablar públicamente, pero que necesitaba contar. Una mujer de Guadalajara me escribió. Su nombre era Patricia. Su hijo de 22 años, Jesús, había sido hal del CJNG en la zona de Tlaquepaque. En marzo del 2021 desapareció. Lo encontraron una semana después en un lote valdío con monedas en la boca.

Patricia me contó que antes de morir Jesús le había dicho algo raro, que había visto a un señor limpiando parabrisas en su esquina, un señor flaco, jorobado, que nunca hablaba. Jesús no le dio importancia, pero dos días después, otro halcón de su célula apareció muerto. Y después otro ydespués otro.

 Jesús le dijo a su mamá que renunciaba, que ya no quería trabajar para el CJNG, que prefería ser albañil, ganar menos, pero estar vivo. Patricia le rogó que se fueran a Colima, donde tenían familia. Jesús aceptó, pero nunca llegaron a irse, porque la noche antes del viaje Jesús salió a comprar pan. No regresó. Patricia lloraba mientras me escribía.

me decía que no sabía si agradecer o maldecir al hombre que mató a su hijo, porque sí, Jesús era un halcón, pero también era su bebé, el niño que ella había criado sola, trabajando de sirvienta, sin padre, sin apoyo. “Mi hijo merecía morir por ser pobre”, me preguntó. “Por aceptar un trabajo que le daba de comer? ¿Quién es ese señor para decidir quién vive y quién muere?” No supe que responderle.

 Otro testimonio vino de Monterrey, un hombre que se identificó solo como R. decía ser ex plaza de losas que había dejado el negocio en el 2020 después de que la cosa se puso muy pesada. Me contó que en el 2019, cuando todavía trabajaba, su jefe directo había ordenado una reunión de emergencia. Era inusual.

 Los plazas casi nunca se reunían físicamente. Demasiado peligroso. Pero esta vez el jefe estaba verdaderamente asustado. En esa reunión el jefe les mostró fotos. 12 cadáveres, todos halcones de nesa, todos con monedas en la boca. Les dijo que tenían un problema, que alguien estaba cazando a su gente de manera sistemática, que necesitaban encontrar al responsable antes de que la situación se saliera de control.

 ofrecieron una recompensa interna de 2 millones de pesos por información que llevara a la captura del asesino. Pusieron a 20 sicarios a investigar, torturaron a informantes, compraron policías, revisaron videos de seguridad de medio nesa, no encontraron nada. Era como si estuvieran buscando a un fantasma, me escribió R.

 Y lo más [ __ ] es que todos sabíamos que el fantasma era real porque seguía matando. R. me contó que renunció a los zetas en el 2020, no por miedo a la policía o a bandas rivales, sino por miedo a el flaco. Prefería arriesgarme a que me mataran por desertor que seguir esperando a que una noche ese cabrón apareciera en mi ventana. ¿Entiendes la magnitud de lo que el flaco logró? No solo vengó a su hija y a Lupita, creó tanto miedo que halcones por todo México empezaron a renunciar.

Células completas se desintegraron porque nadie quería ser el siguiente. Un solo hombre hizo más daño a los cárteles que 10 años de guerra contra el narco. Seguir recopilando testimonios durante meses. Cada historia era similar, pero única. Halcones muertos, familias destrozadas, bandas aterrorizadas. Y siempre la misma pregunta, ¿quién es el flaco realmente? hasta que en agosto del 2022 recibí un mensaje que lo cambió todo.

 Era de alguien que se identificaba como el primo de Lupita. Necesito hablar contigo. Sé cosas que nadie más sabe. Cosas sobre el flaco y mi prima, cosas que mi familia nunca contó, le respondí. Acordamos vernos en un café público en Texcoco, cerca de Nesa, pero no tanto como para que fuera peligroso. Llegué media hora antes.

 Me senté en una mesa con vista a la puerta. Ordené un café que no tomé. Mis manos temblaban. El primo de Lupita llegó a las 3 en punto. Era un hombre de unos 30 años, delgado, con lentes, vestido con pants y una sudadera de los Pumas. Se veía nervioso, pero determinado. Se sentó frente a mí sin saludar. Me llamo Cristian, dijo.

 Soy primo de Lupita por parte de mi tía Socorro. ¿Por qué querías hablar conmigo? Porque encontré algo, algo que mi tía guardó antes de morir y creo que tú eres la única persona que puede entender qué significa. Sacó de su mochila una caja de zapatos vieja, la puso sobre la mesa, la abrió. Dentro había cartas, 20 o 30 cartas escritas a mano en papel de cuaderno, todas dirigidas a Lupita, mi ángel.

 ¿Quién las escribió?, pregunté, aunque ya sabía la respuesta. El flaco las escribió después de que mataron a Lupita. Las dejaba en la tumba cada semana. Mi tía las recogía. Nunca nos dijo por qué. Creo que creo que entendía algo que nosotros no. Tomé una de las cartas con manos temblorosas. La abrí. Estaba fechada el 5 de febrero del 2019, dos semanas después del entierro de Lupita.

 Decía Lupita, mi ángel. Hoy maté al primero. Se llamaba Kevin. Tenía 19 años. Lloró antes de morir. Me suplicó. me dijo que tenía una mamá, que tenía una novia, que se iba a casar en junio. No me importó porque tú también tenías mamá y tú también ibas a crecer y a casarte y a tener hijos y ellos te quitaron eso, así que yo les quité a ellos su futuro.

 Es justo, verdad. Dime que es justo. Por favor, Lupita, dime que no me estoy volviendo loco. Dime que Mónica estaría orgullosa de su papá. Leí otra carta. Fechada el 12 de febrero. Lupita, hoy fueron dos. Brandon y otro que no sé cómo se llamaba. Fue más fácil esta vez. Ya no siento nada cuando lohago, solo vacío.

 Un vacío grande que crece cada día. Antes pensaba en Mónica todo el tiempo. Ahora casi no la recuerdo. ¿Es eso malo? Me estoy olvidando de mi hija. Tengo miedo de olvidarla. Tengo miedo de que cuando termine con todos ellos ya no recuerde por qué empecé. Otra carta. 28 de marzo. Lupita, maté al jefe hoy.

 El oso fue el más difícil, pero también el más satisfactorio, porque vi en sus ojos que sabía, sabía quién era yo, sabía por qué lo estaba matando. Y tuvo miedo, miedo real. Como el miedo que tú tuviste anoche. Como el miedo que tuvo Mónica. Por un momento pensé en dejarlo vivir, en que viviera con ese miedo todos los días, pero no, porque el miedo se olvida, la muerte no.

Había una carta del 18 de junio, el día que el flaco desapareció de Nesa. Lupita, esta es la última carta que te escribo porque hoy me voy. Ya no puedo quedarme aquí. Cada vez que paso por tu tumba me odio más. Cada vez que veo a tu mamá me odio más. Porque yo prometí cuidarte y no lo hice, igual que no cuidé a Mónica.

 Soy un fracaso como protector, pero soy bueno matando, muy bueno. Así que eso es lo que voy a hacer. Voy a ir a todas las ciudades de México y voy a matar a todos los que sean como los que te mataron. No va a cambiar nada, no te va a devolver, pero tal vez, solo tal vez alguna otra niña se salve. Perdóname, Lupita.

 Perdóname por convertirme en esto. Cerré la carta. Tenía lágrimas en los ojos. Cristian también estaba llorando. Mi tía Socorro leía estas cartas todas las noches antes de dormir, dijo Cristian. Mi mamá me contó que la escuchaba llorar en su cuarto, que le hablaba a las cartas como si el flaco estuviera ahí, que le decía, “Gracias, Raúl.

 Gracias por hacer lo que yo no tuve el valor de hacer.” Tu tía sabía que el flaco estaba matando a los halcones. Claro que sabía. Todos en la familia lo sabíamos, pero nunca dijimos nada. ¿Por qué? Porque una parte de nosotros quería que lo hiciera. Eso nos hace malos. No respondí. No podía. Cristian guardó las cartas de nuevo en la caja.

 Toma, me dijo, empujando la caja hacia mí. Guárdala, cuéntala. Haz algo con ella porque mi familia no puede. Todavía vivimos en Nesa, todavía tenemos miedo. Pero tú, tú estás lejos. Tú puedes contar la verdad. ¿Qué verdad que el flaco no es un monstruo? Es lo que México hace con un hombre cuando le quitan todo lo que ama.

 Es lo que nace cuando la justicia no existe. Es es lo que todos llevamos dentro. Ese deseo de venganza, ese odio, esa oscuridad. Solo que la mayoría de nosotros nunca la dejamos salir, pero él sí y ahora no puede detenerla. Cristian se fue, me dejó con la caja de cartas. Esa noche en mi departamento leí las 20 cartas completas, todas escritas durante esos primeros tres meses de matanza en Nesa, todas dirigidas a Lupita, todas documentando la transformación de Raúl Mendoza García de padre destrozado a asesino metódico. La última carta, la

del 18 de junio, terminaba con una postdata, PD. Si alguien está leyendo esto en el futuro después de que yo haya muerto, quiero que sepan algo. No hice esto por justicia. La justicia no existe en México. Lo hice por rabia, por dolor, porque necesitaba que el mundo sintiera una fracción de lo que yo siento todos los días.

 Y si eso me convierte en un monstruo, entonces que así sea. Los monstruos son lo único que funciona en este país. ¿Todavía crees que el flaco es un héroe? ¿O finalmente ves lo que realmente es un hombre roto que convirtió su dolor en un arma? ¿Y cuál es la diferencia entre venganza y justicia cuando el sistema te ha fallado completamente? Con las cartas como evidencia, decidí hacer algo que sabía que podía costarme la vida, escribir un artículo.

 Lo publiqué en un blog anónimo en noviembre del 2022. Lo titulé El hombre de las monedas, la verdadera historia del vigilante más peligroso de México. En el artículo conté todo. Desde Mónica hasta Lupita, desde los primeros 11 halcones en Nesa hasta los 200 cadáveres esparcidos por todo México. Incluí fragmentos de las cartas.

 Testimonios de los familiares, patrones de comportamiento, teorías sobre cómo operaba. Lo último que escribí fue una pregunta directa. Raúl Mendoza García, si estás leyendo esto, si todavía estás vivo, ¿cuándo vas a parar? El artículo se volvió viral. En tres días tenía 100,000 visitas, en una semana medio millón.

 Los medios tradicionales empezaron a recoger la historia. Univisión hizo un especial. Proceso publicó un análisis. Netflix empezó a desarrollar una serie documental y entonces recibí otra llamada. El mismo número desconocido de hace dos años. La misma voz ronca. Eres un [ __ ] flaco. Ya no me llames así. Ese nombre murió hace tiempo.

 ¿Por qué me llamas? Para advertirte, publicaste esas cartas. Ahora todos saben mi nombre completo, mi historia, mi hija. Pusiste en peligro a mi familia en Oaxaca. Porque sí, todavíatengo familia, una hermana, dos sobrinos y ahora los cárteles saben cómo encontrarme a través de ellos. Se me heló la sangre. No pensé. Exacto. No pensaste.

 Quisiste ser el periodista valiente que destapa la verdad, pero la verdad en México mata. Y no solo me mata a mí, mata a gente inocente. Lo siento, tu Lo siento no sirve de nada, pero te voy a decir algo que nadie más sabe y después nunca más vas a saber de mí. ¿Entendido? ¿Entendido? Hubo un silencio largo. Después habló. Voy a parar.

 No porque tú lo hayas publicado, no porque tenga miedo, sino porque ya no siento nada. Antes, cuando mataba, sentía satisfacción. Sentía que estaba haciendo algo importante, pero ahora solo siento vacío. He matado a 232 halcones en 5 años. Y sabes qué, no cambió nada. Sigue habiendo halcones, sigue habiendo niñas muertas, sigue habiendo Lupitas y Mónicas.

 todos los días en este [ __ ] país. Entonces, ¿para qué lo hiciste? Porque no podía no hacerlo. Porque cuando pierdes a tu hija de la forma en que yo la perdí, cuando ves su cuerpito violado y roto, algo dentro de ti se rompe para siempre. Y solo hay dos opciones, te matas o matas. Yo elegí la segunda, pero ahora, ahora creo que debí elegir la primera. No digas eso.

 ¿Por qué no? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué he logrado? ¿Vengué a Mónica? Sí. Vengué a Lupita. Sí. ¿Y qué? ¿Eso las devuelve? ¿Eso hace que sus madres dejen de llorar? No, solo agregué más muerte al mundo, más madres llorando, más familias rotas. Soy igual que los ZTA, igual que el CJNG, igual que todos ellos.

 No eres igual. Ellos mataron niñas inocentes. Tú mataste a los culpables. ¿Culpables? Todos los 232 eran culpables. El chavo de 16 años que vigilaba una esquina en Guadalajara porque su mamá necesitaba medicina. La chava de 17 en Michoacán que era alcona porque el cartel mató a su papá y amenazó con matar a su hermano si no trabajaba para ellos.

 Yo los maté a todos igual porque para mí todos eran lo mismo. Todos eran los setas que mataron a Mónica, pero no lo eran. Eran solo chavos pobres tratando de sobrevivir en un país que los abandonó. Su voz se quebró. Por primera vez en 5 años escuché llorar a el flaco. “Me voy a matar”, dijo. Pero antes necesitaba que alguien supiera la verdad completa.

Que no soy un héroe, que soy un asesino. Un asesino que se convenció a sí mismo de que estaba haciendo lo correcto, pero estaba mal. Todo estuvo mal desde el principio. ¿Dónde estás? Déjame ayudarte. Nadie puede ayudarme. Llevo muerto desde el 2010. Solo que mi cuerpo no se ha dado cuenta todavía.

 Pero ya es hora. Ya es hora de descansar. Raúl, no vuelvas a escribir sobre mí. No glorifiques lo que hice. Dile a la gente que soy una advertencia, no un ejemplo. Diles que la venganza no cura, solo envenena. Y ese veneno se extiende hasta que mata todo lo que toca. Raúl, por favor. Colgó. Intenté rastrear el número, imposible.

 Llamé a la policía, no les importó. Contacté a ONG que trabajan con víctimas de violencia. No pudieron hacer nada. Tres días después, el 18 de noviembre del 2022, encontraron un cuerpo en el canal de la compañía en Nesa, hombre entre 40 y 50 años, flaco con la espalda jorobada, gorra de los yankees.

 En el bolsillo de su chamarra tenían una bolsa de mandado amarilla llena de monedas. Exactamente 232 monedas de 5 pesos, una por cada halcón que mató. El cuerpo estaba tan descompuesto que fue imposible identificarlo oficialmente. No tenía huellas digitales registradas, no tenía familia que lo reclamara, no tenía documentos. Lo enterraron en la fosa común del panteón municipal, sin nombre, sin lápida, sin flores, invisible hasta el final.

 Pero yo sé quién era y ahora tú también. Han pasado dos años desde que encontraron ese cuerpo en el canal de la compañía. Dos años desde que Raúl Mendoza García, el flaco, supuestamente terminó su propia vida en el mismo lugar donde encontraron a Lupita. Pero aquí está lo que nadie te ha contado. Los cadáveres con monedas en la boca no pararon.

 Desde noviembre del 2022 hasta hoy, diciembre del 2024 [música] han aparecido 47 halcones más muertos con el mismo patrón. en Sinaloa, en Chihuahua, en Oaxaca, en Quintana Ro, lugares donde el flaco nunca había operado antes. La policía lo atribuye a Copicats, a imitadores que vieron las noticias y decidieron usar el mismo método, a bandas rivales que usan las monedas para confundir a las autoridades, a cualquier explicación que no sea la más aterradora, que el cuerpo del canal no era el flaco, que él plantó ese cadáver para poder desaparecer de

verdad, que sigue vivo, que sigue cazando. Yo ya no sé qué creer. Hay noches en las que estoy convencido de que el flaco murió ese día en el canal, que finalmente el peso de 232 muertos fue demasiado para él, que se dejó hundir en esas aguas sucias y encontró la paz que llevaba 14 años buscando. Pero hay otras noches.

 Las noches en lasque leo sobre un nuevo halcón muerto en Tijuana o en Cancún, en las que pienso, “¿Y si no? ¿Y si el flaco entendió que nunca podría parar? Y si se dio cuenta de que la única forma de seguir matando sin ser atrapado era volverse oficialmente un muerto? ¿Y si ese cuerpo en el canal era de algún indigente sin familia plantado ahí estratégicamente con su ropa, su gorra, sus monedas? Y si Raúl Mendoza García encontró la forma perfecta de ser invisible, ¿estar legalmente muerto? No tengo pruebas, solo preguntas y miedo. Porque si el flaco sigue vivo, si

sigue por ahí limpiando vidrios en alguna esquina de México bajo otro nombre, con otra identidad, entonces nadie está seguro. Ningún halcón, ningún sicario, ninguno de los miles de hombres y mujeres que trabajan para los cárteles vigilando las calles puede dormir tranquilo. Porque en cualquier momento el viene que ignoras todos los días, el que limpias tu parabrisa sin mirarlo a los ojos, podría ser él.

 Y cuando te des cuenta, ya será tarde. Déjame preguntarte algo y quiero que lo pienses honestamente. Si tu hija, tu hermana, tu sobrina fuera violada y asesinada por halcones de algún cártel y la policía no hiciera nada y los culpables siguieran libres caminando por las calles, riéndose, viviendo sus vidas, ¿qué harías? ¿Aceptarías la injusticia? ¿Confiarías en un sistema que lleva décadas fallándole a las víctimas? ¿Te quedarías callado viendo cómo los asesinos de tu familia siguen respirando? ¿O harías lo que hizo el flaco? No hay respuesta correcta. Esa es

la verdad más oscura de esta historia. No hay buenos y malos claros. Hay un país roto que produce monstruos en todos los lados. Monstruos que matan niñas y monstruos que vengan a esas niñas matando a otros. Raúl Mendoza García perdió a su hija Mónica en el 2010. Después perdió a su esposa. Después perdió su cordura.

 Después perdió su humanidad y al final perdió su vida. Pero ganó algo. 232 halcones menos en las calles de México. Células desintegradas, bandas aterrorizadas. Testimonios de halcones que renunciaron por miedo, que dejaron el negocio, que tal vez ya no estén vigilando la esquina donde alguna otra niña camina sola. Eso justifica lo que hizo. No lo sé.

 Lo que sí sé es esto. Lupita y Mónica siguen muertas. Doña Socorro está muerta. Leticia Ruiz está muerta. Luis Fernando el Fer está muerto. Y probablemente Raúl también. Todos muertos. Todas estas vidas destruidas, todo este dolor, todo este odio, todo este veneno [música] generacional que sigue creciendo.

 ¿Y para qué? Nesa sigue siendo Nesa. Los cárteles siguen operando, los halcones siguen vigilando. Las niñas siguen muriendo. México sigue siendo México. Tal vez ese era el punto. Tal vez el flaco entendió al final que no se puede cambiar nada, que la violencia solo genera más violencia, que la venganza no trae paz, sono más vacío.

O tal vez no entendió nada y simplemente se volvió loco. No sé cuál de las dos opciones es más aterradora. Lo que sí cambió es la cultura. Ahora los corridos hablan del hombre de las monedas. Los chavos en las esquinas se cuentan historias sobre el viene fantasma que aparece en la noche. Las mamás les advierten a sus hijos, “No trabajes de halcón o el flaco te va a encontrar.

” Se volvió leyenda. Mito. Cuento de terror para asustar a niños que están considerando entrar al negocio. ¿Eso hace alguna diferencia? ¿Salva a algún chavo de convertirse en halcón? Tal vez a uno, a dos, a 10. Tal vez eso era suficiente para el flaco. Tal vez por eso siguió hasta que su cuerpo se rindió.

 O tal vez simplemente no podía parar. Como un adicto que necesita su dosis, como un tiburón que necesita seguir nadando o muere. La venganza es adictiva. El poder sobre la vida y muerte es adictivo. La sensación de hacer invisible, de poder tocar a cualquiera sin ser visto, es adictiva. Y Raúl Mendoza García estuvo enganchado durante 5 años.

 Yo también tengo que vivir con mi culpa. Publiqué esa historia, puse en riesgo a su familia, lo empujé más cerca del borde. Su muerte es mi responsabilidad. Legalmente no, pero moralmente no lo sé. Hay días en los que pienso que hice lo correcto, que la gente necesitaba saber la verdad, que las historias como esta no pueden quedarse enterradas.

 Pero hay otros días en los que pienso que fui un egoísta, que quería la gloria de ser el periodista que destapó la historia más impactante de la década, que usé el dolor de Raúl, de Lupita, de Mónica, para mi propio beneficio. Y lo peor es que no puedo deshacer lo que hice. Las cartas están ahí. El artículo sigue en internet.

 La serie de Netflix salió en marzo del 2024 y tiene 80 millones de vistas. El flaco es ahora parte de la cultura popular mexicana, un antihéroe, un símbolo, una advertencia, pero para mí sigue siendo un hombre real que sufrió pérdidas reales y que se rompió de formas irreparables. Y yo fui partede ese rompimiento final. Antes de terminar, necesito contarte algo más.

Hace 3 meses, en septiembre del 2024, recibí un sobreo postal sin remitente con sellos de Oaxaca. Dentro había una carta. escrita con la misma letra apretada de las cartas que Cristian me había dado. Decía, “Para el periodista que no supo quedarse callado. Probablemente piensas que estoy muerto. Probablemente es mejor así.

 Deja que piensen que el cuerpo del canal era mío. Deja que crean que la historia terminó porque la verdad es peor que la ficción. La verdad es que no puedo parar. He intentado. Dios sabe que he intentado, pero cada vez que veo a un halcón, cada vez que escucho a una mamá llorar por su hija desaparecida, algo dentro de mí se enciende de nuevo.

 Y necesito cazar, necesito cobrar. Necesito que sientan el miedo que Mónica sintió, que Lupita sintió, que miles de niñas en México sienten todos los días. Así que no, no estoy muerto. Estoy más vivo que nunca, pero también más muerto que nunca. Es una paradoja, lo sé, pero eso soy ahora. Una paradoja viviente, un fantasma con pulso, un cadáver que respira.

 No me busques, no escribas más sobre mí. Déjame ser el monstruo en las sombras, porque los monstruos en las sombras son más efectivos que los héroes bajo reflectores. Cuídate y cuida a tu familia, porque en este país nadie está realmente seguro, ni siquiera los periodistas que creen que están lejos del peligro. RMG. Quemé la carta esa misma noche, pero antes la fotografié por si acaso, por si algún día necesito probar que el flaco sigue vivo o por si algún día necesito probar que no me lo inventé todo.

Esta es la historia de Raúl Mendoza García, el flaco, un hombre que perdió a su hija y decidió convertir su dolor en un arma. Un hombre que mató a más de 200 halcones en 5 años sin ser capturado. Un hombre que probablemente sigue allá afuera invisible cazando. O un hombre que finalmente encontró paz en el fondo de un canal contaminado.

 No sé cuál de las dos versiones es verdad y tal vez nunca lo sepa, pero lo que sí sé es esto. En algún lugar de México, en este momento, hay un viene parado en una esquina, flaco, jorobado, con una gorra vieja. limpiando vidrios, observando y nadie le presta atención, nadie lo ve realmente porque es invisible, como todos los viene bienes, como todos los vendedores ambulantes, como todos los pobres que este país ignora sistemáticamente hasta que ya es demasiado tarde, hasta que las monedas ya están en tu boca y no puedes respirar. Y entiendes en tus

últimos segundos de vida, que el hombre invisible que ignoraste durante años era el más peligroso de todos. Raúl Mendoza García, si estás leyendo esto desde donde sea que estés, descansa, por favor, descansa. Mónica y Lupita ya están en paz. Ya pagaste tu deuda, ya cobraste tu venganza, ya hiciste suficiente daño. Detente, por favor.

Detente antes de que no quede nada de ti, antes de que el monstruo se coma completamente al hombre. Y si ya estás muerto, si ese cuerpo del canal realmente eras tú, entonces espero que finalmente hayas encontrado la paz que buscabas. Que estés con Mónica y con Leticia, que ya no cargues con el peso de 232 muertos.

 Que puedas dormir sin pesadillas. Descanse en paz, flaco, ¿o no, porque sinceramente ya ni sé qué es peor para este país. Gracias por acompañarme en esta historia. Si llegaste hasta aquí, déjame saber en los comentarios. ¿Crees que el flaco era un héroe o un villano? hizo justicia o solo agregó más violencia a un país