Desaparecieron en la selva peruana — 12 años después, drones captan algo imposible

Dos primos viajan desde España hasta Venezuela para fotografiar las cataratas del ángel, el salto de agua más alto del mundo. Son jóvenes talentosos, llenos de vida y sueños. En un pozo cristalino al pie de las cataratas desaparecen en segundos, arrastrados bajo el agua ante los ojos de su guía. Nunca resurgen.
Búsquedas exhaustivas durante días se encuentran. Nada, ni cuerpos ni rastros, como si la tierra se los hubiera tragado. 7 años después, su madre finalmente recupera el video de la cámara que su hijo dejó caer aquella mañana terrible. Y lo que ve en esas imágenes la congela de terror. Hay algo en el agua, algo con forma humanoide, pero definitivamente no humano, algo que los arrastró a las profundidades.
Y cuando un nuevo equipo regresa al pozo con tecnología moderna, descubren que ese algo sigue ahí. Pero la verdad resulta ser aún más imposible que cualquier teoría. Sus hijos no murieron, se transformaron. Ahora viven bajo el agua con criaturas que no deberían existir. ¿Cómo vive una madre sabiendo que su hijo está vivo, pero perdido en un mundo al que nunca podrá seguirlo? El 23 de agosto de 1998, dos primos inseparables desaparecieron en las majestuosas cataratas del ángel en Venezuela, el salto de agua más alto
del mundo con sus 979 m de caída libre. Javier Fernández, de 19 años, y su primo Diego Fernández, de 21, habían viajado desde Barcelona para cumplir el sueño de una vida, fotografiar y filmar una de las maravillas naturales más impresionantes del planeta. Volveremos con las mejores fotos que hayas visto jamás.
había prometido Javier a su madre Carmen antes de partir. Diego y yo seremos fotógrafos famosos después de este viaje. Los primos eran conocidos en su círculo universitario como aventureros apasionados y fotógrafos talentosos. Javier estudiaba periodismo en la Universidad de Barcelona, mientras que Diego cursaba ingeniería, pero compartía la misma pasión por la fotografía.
Habían ahorrado durante dos años trabajando en verano para financiar este viaje a Venezuela. Llegaron a Canaima, el pequeño pueblo en el estado Bolívar que sirve como punto de partida para visitar el salto Ángel el 20 de agosto. Se alojaron en un campamento turístico llamado Posada Kusari, donde conocieron a su guía, un pemón llamado Antonio Pérez, de 45 años, que conocía la selva y las cataratas como la palma de su mano.
“Las cataratas son sagradas para mi pueblo”, les explicó Antonio la primera noche. “Deben ser respetadas. Hay lugares donde no debemos ir, lugares donde los espíritus habitan.” Diego y Javier, jóvenes urbanos criados con racionalismo occidental, sonrieron educadamente, pero no tomaron en serio las advertencias. Para ellos eran solo folklore local pintoresco.
El 22 de agosto comenzaron la expedición. El viaje al Salto Ángel requería primero navegar en Curiara, canoa motorizada por el río Chur durante varias horas, seguido de una caminata por la selva tropical. Llevaban consigo dos cámaras fotográficas Nikon profesionales, una videocámara Sony handicam, varios rollos de película y todo el equipo necesario para acampar.
“Miren eso”, exclamó Javier mientras navegaban por el río filmando con la videocámara. “La selva es increíble. Es como estar en otro planeta.” Acamparon la primera noche en la base de las cataratas. El sonido del agua cayendo desde casi un kilómetro de altura era ensordecedor, pero hipnótico. Cenaron pescado fresco que Antonio había atrapado y cazabe, el pan tradicional pemón hecho de yuca.
“Mañana subiremos hasta el mirador principal”, dijo Antonio. “Llegaremos temprano para capturar la luz del amanecer sobre las cataratas. Después, si quieren, puedo llevarlos al pozo de la felicidad, una laguna natural al pie de la catarata, pero deben prometerme que seguirán exactamente mis instrucciones. Esas rocas son muy resbaladizas.
Prometido dijeron ambos primos al unísono. La mañana del 23 de agosto amaneció clara y brillante, perfecta para fotografiar. Salieron del campamento a las 5:30 a cuando todavía estaba oscuro. Antonio lideraba seguido por Diego y luego Javier, quien filmaba constantemente con la videocámara mientras caminaban.
“Javier, guarda esa cámara y mira por dónde pisas”, le advirtió Antonio más de una vez. “Este sendero es peligroso.” Llegaron al mirador principal justo cuando el sol comenzaba a iluminar el tepui aullante puy, la montaña de cima plana desde la cual caía el salto ángel. El espectáculo era sobrecogedor. El agua parecía literalmente caer del cielo, creando una niebla perpetua que formaba arcoiris en la luz del amanecer.
Diego tomó docenas de fotografías. Javier filmó todo haciendo tomas panorámicas y acercamientos. Estaban absolutamente extasiados. “Esto es No hay palabras”, murmuró Diego, sus ojos brillando con lágrimas de emoción pura. Nunca he visto nada tan hermoso. Después de dos horas fotografiando desde diferentes ángulos, Antonio sugirióbajar al pozo de la felicidad.
“El agua allí es cristalina”, dijo. “Podrán nadar si quieren y las fotografías desde abajo mirando hacia arriba son espectaculares.” El descenso fue difícil. El sendero era empinado y resbaladizo con rocas cubiertas de musgo húmedo. Antonio iba primero probando cada apoyo antes de indicar a los primos que lo siguieran.
Tardaron casi una hora en llegar al pozo. El pozo de la felicidad era exactamente como Antonio había descrito, una laguna de aguas turquesas rodeada de rocas gigantescas y vegetación exuberante. Desde allí, mirando hacia arriba, la catarata parecía caer directamente del cielo, una columna blanca de agua que desaparecía en la niebla antes de llegar al suelo.
“Tengo que nadar hasta ese punto”, dijo Diego señalando una formación rocosa en medio del pozo. La perspectiva desde allí será perfecta. No, dijo Antonio firmemente. La corriente es más fuerte de lo que parece. Muchos turistas han subestimado ese pozo. Algunos no han salido, pero Diego estaba poseído por la pasión del fotógrafo. Solo serán unos minutos.
Javier, fímame desde aquí. Y antes de que Antonio pudiera detenerlo, Diego se había quitado la camisa y los zapatos. Había metido su cámara en una bolsa impermeable que llevaba colgada al cuello y se había zambullido en el agua. Diego nadó con brazadas fuertes hacia la formación rocosa en el centro del pozo de la felicidad.
Javier filmaba desde la orilla, siguiendo cada movimiento de su primo con la videocámara. Antonio observaba con expresión tensa, claramente incómodo con la situación. “Está bien”, gritó Diego desde la roca, levantando el pulgar. El sonido de las cataratas era tan fuerte que apenas se le oía. sacó su cámara de la bolsa impermeable y comenzó a tomar fotografías mirando hacia arriba, hacia donde la catarata caía desde las alturas. “Son increíbles”, gritó.
“La luz es perfecta”. Javier seguía filmando, capturando a su primo en aquel momento de triunfo. “¡Vuelve ya!”, gritó. “Tenemos suficientes fotos.” Diego asintió y guardó su cámara de nuevo, pero cuando se preparaba para zambullirse para regresar, algo cambió. Su expresión se transformó de alegría a confusión, luego a alarma.
¿Qué? Comenzó a decir mirando hacia el agua alrededor de sus pies y entonces, sin previo aviso, desapareció. No seulló, no saltó, simplemente se hundió como si algo lo hubiera jalado desde abajo. “Diego”, gritó Javier dejando caer la videocámara sobre las rocas. Sin pensarlo se arrojó al agua. No rugió Antonio, pero ya era demasiado tarde.
Javier también había entrado al pozo. Antonio se quitó la mochila y se preparó para entrar al agua, pero se detuvo cuando vio algo que heló su sangre. Javier había nad Diego había desaparecido, pero ahora él también estaba gritando, mirando hacia abajo al agua con expresión de terror absoluto. Hay algo aquí, gritaba Javier. Algo me está.
Y entonces él también desapareció bajo la superficie, exactamente como Diego Antonio esperó. su corazón latiendo salvajemente. Segundos se convirtieron en minutos. Ninguno de los dos primos resurgió. El agua del pozo, que había estado agitada por su nado, lentamente se calmó hasta quedar perfectamente lisa, como un espejo turquesa que no revelaba nada de lo que había bajo su superficie.
Antonio esperó 20 minutos gritando sus nombres, escudriñando desesperadamente el agua en busca de cualquier señal. Nada. Era como si la tierra se los hubiera tragado. Finalmente, sabiendo que necesitaba ayuda, Antonio corrió de regreso por el sendero empinado hacia el campamento base.
Le tomó casi dos horas, cayendo varias veces en su prisa. Cuando llegó, estaba sangrando de cortes en las manos y la cara, jadeando de agotamiento. “Los turistas”, gritó a otros guías en el campamento. “Se hundieron en el pozo. Necesitamos ayuda de rescate.” Ahora se organizó un equipo de rescate inmediatamente para cuando regresaron al pozo de la felicidad, ya eran pasadas las 3 de la tarde.
Habían transcurrido casi 5 horas desde la desaparición. Busos experimentados, algunos de ellos de la Guardia Nacional, se sumergieron en el pozo una y otra vez. El agua era profunda, más de 30 m en el centro, pero excepcionalmente clara. No había corrientes submarinas significativas y no había absolutamente ningún rastro de Diego o Javier.
Es imposible, dijo el capitán de los Bos, un hombre llamado Ricardo Suárez. Con agua tan clara deberíamos ver los cuerpos. Deberían estar en el fondo, pero no hay nada. Ni cuerpos, ni ropa, ni equipamiento. Es como si nunca hubieran entrado al agua. Antonio los llevó al lugar exacto donde había dejado caer la videocámara de Javier.
Estaba allí, en las rocas húmedas, su lente rota, pero el cuerpo de la cámara intacto. También encontraron las camisas y zapatos que Diego se había quitado antes de nadar, pero de Diego y Javier no había ni rastro. La búsqueda continuó durante 5co días. Trajeron más busos,equipo de sonar, incluso un pequeño submarino no tripulado.
Exploraron cada centímetro del pozo y del río que fluía desde él. drenaron parcialmente el pozo usando bombas portátiles. Encontraron rocas, sedimentos, algunos peces, incluso algunos artefactos antiguos de los pemones que habían caído al agua a lo largo de los siglos, pero no encontraron ninguna evidencia de los dos jóvenes españoles que habían desaparecido allí.
Las familias volaron desde Barcelona. Carmen, la madre de Javier, estaba destrozada. El padre de Diego, Roberto, exigía respuestas que nadie podía dar. ¿Cómo pueden dos personas simplemente desaparecer? Gritaba Roberto a los oficiales venezolanos. ¿Alguien sabe algo? Alguien debe saber. Pero nadie sabía. Antonio contó su historia una y otra vez a investigadores, policías, periodistas.
Siempre la misma historia. Los primos habían sido jalados bajo el agua por algo y nunca resurgieron. Algunos pemones locales, los ancianos especialmente, movían sus cabezas con conocimiento triste. “Churunu, decían usando el nombre antiguo para el salto ángel. Los espíritus del agua.” Ellos toman a veces, especialmente aquellos que no muestran respeto, pero estas explicaciones no satisfacían a las familias ni a las autoridades.
Se realizó una investigación oficial. La conclusión: ahogamiento accidental, cuerpos arrastrados por corrientes subterráneas hacia cavernas submarinas donde nunca podrían ser recuperados. No era una explicación que nadie realmente creía, pero era la única que tenían. La videocámara de Javier fue entregada a su familia.
Estaba dañada por la caída, pero los técnicos en Barcelona dijeron que quizás la cinta de video dentro podría ser rescatada. Sin embargo, el equipo necesario para esa recuperación era costoso y no estaba garantizado que funcionara. Carmen guardó la cámara en un cajón incapaz de enfrentar lo que podría contener. Y allí permaneció durante 7 años un testimonio silencioso de aquel día terrible en el que dos jóvenes llenos de vida simplemente desaparecieron en las profundidades de un pozo cristalino bajo la catarata más alta del mundo. En marzo de 2005, Carmen
Fernández finalmente decidió que era hora de enfrentar el pasado. Javier había sido su único hijo y aunque habían pasado 7 años desde su desaparición, el dolor seguía siendo tan fresco como el primer día. Pero el terapeuta le había dicho que necesitaba cierre, esa palabra que todos usaban, pero que parecía inalcanzable.
“Tal vez viendo las últimas imágenes de Javier puedo finalmente comenzar a aceptar”, dijo Carmen a su hermana Lucía. “Necesito ver su rostro una vez más, escuchar su voz. Necesito despedirme.” La videocámara Sony Handyam había estado en un cajón durante todos esos años. Carmen la sacó con manos temblorosas.
El exterior estaba rayado y abollado por la caída sobre las rocas, pero cuando presionó el botón de poder, sorprendentemente una pequeña luz verde se encendió. “Todavía tiene batería”, murmuró Lucía, igualmente sorprendida después de 7 años. “Debe haber sido la batería de litio”, dijo Carmen. Javier siempre compraba las mejores, pero cuando intentaron reproducir la cinta no funcionó. La pantalla permanecía negra.
El mecanismo hacía un ruido de clic clic inquietante, como si algo dentro estuviera atascado. “Llevémosla a un especialista”, sugirió Lucía. “Tal vez pueden recuperar el video. Encontraron una tienda en Barcelona llamada Recuperatecaba en rescatar datos de dispositivos dañados. El técnico, un joven llamado Mark Soler, examinó la cámara cuidadosamente.
“Ha sufrido daños por impacto”, dijo. “Pero el cassette de video dentro parece estar intacto. Lo que está dañado es el mecanismo de reproducción de la cámara. Pero puedo extraer el cassette y transferir el contenido a formato digital usando otro equipo.” ¿Cuánto tardará?, preguntó Carmen. “Una semana, quizás dos.” Es un proceso delicado.
Carmen dejó la cámara con instrucciones de que Mark la llamara en cuanto tuviera resultados. Los siguientes 10 días fueron tortura. No podía dormir, obsesionada con lo que el video podría revelar. Vería los últimos momentos de su hijo. ¿Escucharía su risa una vez más? ¿O sería el video demasiado doloroso de ver? Finalmente, Mark llamó.
Lo tengo, dijo simplemente recuperé todo el video. Pero, señora Fernández, hay algo extraño en las imágenes. Creo que debería venir con alguien. Carmen y Lucía fueron a la tienda esa misma tarde. Mark las llevó a una sala trasera donde tenía un ordenador con una pantalla grande. En la pantalla estaba congelada una imagen de Javier sonriendo a la cámara, la selva verde exuberante detrás de él.
El video comienza normalmente, explicó Mark. Su hijo filmó el viaje en la canoa, el campamento, el amanecer. Es hermoso realmente, pero entonces hizo una pausa incómodo. Entonces llegan al pozo y lo que sucede después es, “Bueno, júzguenloustedes mismas.” Presionó Play. Carmen vio a Javier filmando el viaje.
Escuchó su voz llena de alegría y asombro. Vio las cataratas del ángel en toda su majestuosidad. Lágrimas corrían por su rostro, pero también sonreía. Era como tener a su hijo de vuelta, aunque fuera solo por un momento. Luego, la cámara mostraba el descenso al pozo de la felicidad. Carmen pudo ver lo peligroso que era el sendero, lo resbaladizas que eran las rocas.
“Ten cuidado, mi niño”, murmuró, aunque sabía que ya era demasiado tarde. Después llegaron al pozo. La cámara mostraba a Diego quitándose la camisa, hablando con Antonio, quien claramente estaba advirtiendo contra nadar. Luego Diego se zambullía y la cámara lo seguía mientras nadaba hacia la formación rocosa.
“Es aquí donde se pone extraño”, dijo Mark en voz baja. En la pantalla, Diego había llegado a la roca y estaba tomando fotografías mirando hacia arriba. Luego su expresión cambiaba. Estaba mirando hacia abajo, al agua alrededor de sus pies y en el video, por una fracción de segundo, había algo visible en el agua cristalina. Pausa, dijo Carmen.
Rebobina eso que era. Mark rebobinó y congeló la imagen. Amplió la zona del agua alrededor de los pies de Diego. Y allí, apenas visible, pero definitivamente presente, había una forma oscura bajo la superficie. No era una roca, no era un pez, era algo grande moviéndose con lo que parecían ser extremidades. Dios mío, susurró Lucía.
El video continuó. Diego desaparecía bajo el agua, jalado tan rápido que apenas era un borrón. Luego se escuchaba a Javier gritando y la cámara caía sobre las rocas. La imagen se sacudía violentamente, quedaba en un ángulo extraño enfocando el cielo y el borde del pozo, pero el audio seguía grabando. Y en ese audio claramente audible sobre el rugido de las cataratas había gritos, los gritos de Diego y Javier, gritos de terror absoluto.
Y luego, justo antes de que el audio se cortara, otra voz, una voz que no era humana, que sonaba como agua gorgoteando, pero que de alguna manera formaba algo similar a palabras. Mark paró el video. El silencio en la sala era absoluto. He escuchado ese audio 50 veces, dijo Mark. He usado software para amplificarlo, limpiarlo, analizarlo y juro que esa voz está diciendo algo.
No sé en qué idioma, pero está diciendo algo. Carmen temblaba. ¿Qué crees que era esa cosa en el agua? No lo sé, admitió Mark, pero creo que deberías llevar esto a las autoridades o a científicos. alguien que pueda analizar esto adecuadamente. Carmen contactó inmediatamente a la policía en Barcelona, quien a su vez contactó a la embajada de Venezuela.
La existencia del video con las imágenes extrañas causó suficiente interés para reabrir oficialmente la investigación del caso. Un equipo fue enviado desde Venezuela. El inspector Gustavo Morales de la Policía de Investigaciones, el Dr. Luis Ramírez, un biólogo marino especializado en fauna de agua dulce y la doctora Patricia Velázquez, una antropóloga que había estudiado las culturas indígenas de la región durante décadas.
Se reunieron en Barcelona para revisar el video con Carmen y los técnicos de Recuperatec. Vieron las imágenes una y otra vez, analizando cada fotograma. Esa forma en el agua no es ningún animal conocido de la región”, dijo el doctor Ramírez categóricamente. No es un anaconda, no es un caimán, no es ningún pez grande, es algo diferente.
“¿Qué hay del audio?”, preguntó el inspector Morales. “¿Qué es esa voz?” trajeron a un lingüista, el Dr. Fernando Iváñez, especializado en lenguas indígenas sudamericanas. Escuchó el audio docenas de veces usando software especializado para aislar y amplificar la voz no humana. Es extraordinario, dijo finalmente, la estructura fonética no corresponde a ninguna lengua humana que conozco, pero hay patrones, hay intención comunicativa.
Lo que sea que hizo ese sonido estaba tratando de comunicarse o tal vez advertir, sugirió la doctora Velázquez. He escuchado historias de los Pemones sobre espíritus del agua. Ellos llaman a las cataratas del ángel Churun y tienen muchas leyendas sobre seres que habitan las aguas profundas. Siempre los he considerado mitología, pero pero ahora crees que podría haber algo real detrás de las leyendas, completó el inspector Morales.
No sé qué creer, admitió la doctora Velázquez, pero creo que necesitamos regresar al pozo de la felicidad y hacer una investigación adecuada con equipo moderno. Se organizó una expedición para junio de 2005. El equipo incluiría a los tres investigadores venezolanos, a Carmen, quien insistió en ir, a dos busos profesionales con cámaras submarinas de última generación y a un equipo de filmación que documentaría todo.
También invitaron a Antonio Pérez, el guía que había estado con Diego y Javier aquel día. Antonio, ahora de 52 años, había dejado de trabajar como guía turístico después del incidente. Había regresado asu comunidad Pemón en las montañas y rara vez hablaba del evento. Cuando lo contactaron, inicialmente se negó.
No quiero volver a ese lugar, dijo por teléfono. He visto suficiente. He perdido el sueño suficientes noches. Pero cuando le dijeron que habían encontrado video que mostraba algo en el agua, cambió de opinión. Sabía que había algo, dijo. Los vi ser arrastrados. No fue un accidente. Fue deliberado. Necesito saber qué fue.
El equipo llegó a Canaima a mediados de junio. El viaje hasta el Salto Ángel fue tenso. Carmen miraba la misma selva que su hijo había filmado 7 años antes, sintiendo su presencia como un fantasma. Cuando llegaron al pozo de la felicidad, Antonio se detuvo al borde pálido. Aquí, dijo señalando, aquí es donde Javier dejó caer la cámara y allí señaló la formación rocosa en el centro del pozo.
Allí es donde Diego estaba cuando fue arrastrado bajo el agua. Los buzos se prepararon meticulosamente. Llevaban trajes completos con cámaras montadas en sus cascos, luces potentes y estaban conectados a la orilla con cuerdas de seguridad. También llevaban un sonar portátil para mapear el fondo del pozo. “Vamos a descender lentamente”, explicó el buzo jefe, un hombre llamado Carlos Méndez. “Vamos a documentar todo.
Si hay algo allí abajo, lo encontraremos.” Se sambulleron y el equipo en la orilla observaba las imágenes en tiempo real en una pantalla portátil. El agua era tan clara como Antonio había descrito. Podían ver los buzos descendiendo, sus luces iluminando las paredes rocosas del pozo. 10 m, 20 m, 30 m. El fondo del pozo apareció cubierto de sedimento y rocas.
Estamos explorando sistemáticamente, informó Carlos a través del comunicador de radio. No veo nada inusual hasta ahora. Pasaron 40 minutos. Los busos exploraron cada rincón del pozo usando el sonar para detectar cualquier cavidad o túnel que pudiera estar oculto. Encontraron algunos agujeros pequeños en las paredes rocosas, pero ninguno lo suficientemente grande para que un humano pudiera pasar.
No hay manera de que los cuerpos pudieran haber sido arrastrados a ningún lado reportó Carlos. Si se hundieron aquí, deberían estar aquí. Pero no hay nada. estaban a punto de abandonar cuando el sonar captó algo extraño, una anomalía en una de las paredes rocosas a unos 25 m de profundidad. “Hay algo aquí”, dijo Carlos.
“Una especie de grieta o abertura, pero está oculta detrás de, “Esperen, ¿qué es esto?” Las cámaras mostraban lo que los busos estaban viendo, una sección de la pared rocosa que parecía diferente del resto. No era natural, parecía casi tallada. Carlos se acercó más, sus dedos trazando lo que parecían ser símbolos grabados en la roca. “Esto es obra humana”, dijo.
“¿Hay inscripciones aquí?” “No, contradijo la doctora Velázquez mirando la pantalla con intensidad. No es obra humana. Los pemones no tallan bajo el agua, nadie lo hace.” Pero esos símbolos, he visto algo similar en pinturas rupestres antiguas en teulles remotos, son símbolos de advertencia. “¿Advertencia de qué?”, preguntó el inspector Morales.
Antes de que alguien pudiera responder, algo pasó rápidamente frente a la cámara del buso. Fue tan rápido que casi lo perdieron, pero la doctora Velázquez gritó, “¡Congela eso, rebobina!” El técnico de video rebobinó y congeló la imagen y allí, capturado en el video por una fracción de segundo, estaba lo mismo que habían visto en el video de Javier 7 años antes.
Una forma oscura, grande, con extremidades que no eran exactamente brazos ni piernas, sino algo intermedio, y ojos, definitivamente ojos brillantes y pálidos en la oscuridad del agua. En la orilla todos se quedaron helados y bajo el agua, Carlos gritó a través del radio, “Sáquenos, hay algo aquí abajo y se está moviendo hacia nosotros.
” El caos estalló en la orilla del pozo de la felicidad. El equipo comenzó a tirar frenéticamente de las cuerdas de seguridad, intentando traer a los buzos de vuelta a la superficie lo más rápido posible, sin arriesgarse a causar embolia por descompresión. “¡Más despacio!”, gritaba el Dr. Ramírez. Si suben demasiado rápido, morirán.
Pero en la pantalla podían ver lo que los busos veían. Esa forma oscura se movía en círculos alrededor de ellos, acercándose gradualmente. Carlos y su compañero Miguel nadaban hacia arriba tan rápido como se atrevían, sus luces cortando el agua azul verde. “Está siguiéndonos”, jadeaba Miguel a través del radio. Se está acercando.
Antonio, observando desde la orilla, murmuraba algo en pemón. una oración o quizás un conjuro de protección. Sus manos temblaban mientras sostenía un amuleto que llevaba el cuello. Los buzos pasaron los 20 m de profundidad, luego los 15. La superficie estaba cada vez más cerca, pero la criatura también se acercaba, su forma haciéndose más distinta en el video.
Parecía humanoide, pero definitivamente no humana. La piel era pálida, casi translúcida, y sumovimiento en el agua era antinatural, como si no necesitara nadar, sino que simplemente se deslizara a través del líquido. A 10 m de la superficie, Carlos miró directamente a su cámara de casco y, por lo tanto, directamente a la pantalla que todos observaban en la orilla.
Sus ojos estaban muy abiertos de terror. “Está tratando de agarrar a Miguel”, dijo. Su voz sorprendentemente calmada dada la situación. Puedo verla extendiendo algo. Dios tiene manos. Tiene manos humanas. Y entonces, justo cuando los buzos estaban a 5 metros de la superficie, la criatura simplemente se detuvo. Se quedó suspendida en el agua mirando hacia arriba, hacia ellos, y luego lentamente comenzó a descender de nuevo hacia las profundidades.
En unos segundos había desaparecido completamente en la oscuridad azul del fondo del pozo. Carlos y Miguel rompieron la superficie, arrancándose los reguladores de las bocas y jadeando. El equipo los sacó del agua rápidamente, ayudándolos a llegar a las rocas secas de la orilla. “¿Qué demonios era eso?”, jadeaba Miguel quitándose el casco con manos temblorosas.
¿Qué era esa cosa? Nadie tenía respuesta. Se sentaron en silencio durante varios minutos, recuperando el aliento y el valor. Luego, el inspector Morales tomó la palabra. Necesitamos revisar todo el video que acabamos de capturar”, dijo. Fotograma por fotograma y necesitamos hablar con Antonio sobre las leyendas de su pueblo.
Establecieron un campamento temporal lejos del pozo. Esa noche, alrededor de una fogata, Antonio finalmente contó toda la historia que nunca había revelado completamente. “Mi abuelo era un chamán”, comenzó. Me contó historias cuando era niño sobre los maguari, los guardianes del agua. Según nuestras leyendas más antiguas, mucho antes de que llegaran los españoles, mucho antes incluso de que los Pemones vivieran en estas tierras, había otra gente.
No eran como nosotros. Vivían en las aguas profundas de los ríos y pozos. ¿Estás hablando de algún tipo de tribu acuática?, preguntó la docotora Velázquez. No exactamente, dijo Antonio. Los Maguari no son humanos, aunque se parecen a nosotros. Mi abuelo decía que son más antiguos que la humanidad, que estaban aquí cuando el mundo era joven y las montañas recién se formaban.
Viven en lugares especiales, lugares donde el agua cae desde gran altura, donde la energía es fuerte. ¿Y estos maguari toman a la gente? Preguntó Carmen. Su voz apenas un susurro. A veces, admitió Antonio. Según las historias, toman a aquellos que muestran falta de respeto o a aquellos que están destinados a unirse a ellos.
unirse a ellos, repitió el Dr. Ramírez. ¿Qué significa eso? Antonio se encogió de hombros. Las historias no son claras. Algunos dicen que los Maguari necesitan sangre nueva porque no pueden tener hijos propios. Otros dicen que transforman a humanos en uno de ellos. Es solo folklore, ¿verdad? O eso pensaba hasta aquel día hace 7 años.
El Dr. Ramírez había estado tomando notas furiosamente desde un punto de vista biológico. Dijo, “Lo que describiste y lo que vimos en el video no es completamente imposible. Hay precedentes de humanoides adaptados al agua en otras culturas, las sirenas, los elquis, los capas japoneses. Siempre hemos asumido que eran puramente mitológicos, pero ¿y si no lo fueran? ¿Y si representaran recuerdos culturales de encuentros reales con especies humanoides acuáticas? Estás sugiriendo que hay una especie desconocida de
homínidos acuáticos viviendo en el pozo de la felicidad, dijo el inspector Morales escépticamente. Estoy sugirio, dijo el doctor Ramírez cuidadosamente, que lo que vimos hoy no encaja con ninguna forma de vida conocida. Tiene características humanoides claras, pero adaptaciones acuáticas que no existen en el Homo sapiens.
Camina erguido bajo el agua, lo cual sugiere bipedalismo. Tiene manos con dedos oponibles, pero su piel, su manera de moverse es algo completamente diferente. Carmen había estado escuchando todo esto con creciente horror. “Si esto es real”, dijo, “si estas criaturas existen, entonces, ¿qué le pasó a mi hijo? ¿Está muerto o qué? El silencio que siguió fue doloroso.
Finalmente, Antonio habló suavemente. Según las leyendas, aquellos tomados por los maguar no mueren. Se transforman. Aprenden a respirar agua como aire. Sus cuerpos cambian, se convierten en parte del mundo submarino. Eso es imposible, dijo el Dr. Ramírez, pero su voz carecía de convicción. Todo esto es imposible, contraatacó Carmen.
Pero aquí estamos, habiendo visto algo que no debería existir. Así que dime, doctor, ¿es tan imposible pensar que mi hijo podría estar vivo ahí abajo de alguna forma? Nadie tenía respuesta para eso. Los siguientes días estuvieron llenos de debates intensos. El inspector Morales quería traer al ejército venezolano para hacer una exploración completa del pozo, posiblemente incluso drenarlo por completo. El Dr.
Ramírezinsistía en que cualquier criatura tan única debía ser estudiada científicamente, no casada. La Doctob Velázquez argumentaba que si los Maguari realmente existían y habían vivido allí durante milenios, los humanos no tenían derecho a invadir su hábitat. Y Carmen. Carmen solo quería saber si su hijo estaba vivo. Necesito una respuesta definitiva insistió.
Si Javier está muerto, necesito saber para poder enterrarlo apropiadamente. Si está vivo de alguna forma, necesito intentar contactarlo. Fue Antonio quien finalmente propuso una solución. Hay una manera, dijo. Según las historias de mi pueblo, los Maguari entienden el lenguaje humano, aunque no pueden hablarlo bien, y responden a ofrendas.
Si queremos comunicarnos con ellos, podemos intentar un ritual de contacto. Un ritual, repitió el inspector Morales escépticamente. Magia, no magia, corrigió la doctora Velázquez. Protocolo cultural. Muchas culturas indígenas tienen formas establecidas de comunicarse con fuerzas que no comprenden completamente.
Si estas criaturas han existido aquí durante generaciones, los pemones habrían desarrollado métodos de interacción. decidieron intentarlo. Antonio explicó que necesitaban traer ofrendas específicas, pescado fresco, flores silvestres y algo personal de aquellos que habían sido tomados. Carmen tenía la billetera de Javier, que había estado en su mochila cuando desapareció.
Al anochecer del tercer día, realizaron el ritual Antonio cantó en Pemón. Palabras antiguas que incluso él no comprendía completamente, heredadas de su abuelo y del abuelo de su abuelo. Colocaron las ofrendas al borde del agua y esperaron. Durante largo rato no pasó nada. Luego, justo cuando la luna comenzaba a elevarse, el agua del pozo comenzó a agitarse.
No eran olas normales, sino ondulaciones que se movían en patrones perfectos, como si algo grande se moviera justo bajo la superficie. Carlos y Miguel, los busos, tenían cámaras con visión nocturna apuntando al agua. En sus pantallas podían ver formas moviéndose en las profundidades, no una, sino varias. Los Maguari no estaban solos y entonces una cabeza rompió la superficie.
Era humanoide pero extraña, con ojos grandes y pálidos adaptados a la oscuridad submarina, piel casi translúcida que brillaba débilmente en la luz de la luna. La criatura observó al grupo en la orilla con lo que parecía ser curiosidad cautelosa. Antonio habló en Pemón, luego en español. Hemos venido a preguntar por los dos jóvenes que fueron tomados hace 7 años.
Sus familias necesitan saber qué le sucedió. La criatura ladeó la cabeza, un gesto inquietantemente humano. Luego se hundió de nuevo bajo el agua. Por un momento pensaron que se había ido, pero entonces resurgió y no estaba sola. Junto a ella había dos figuras más, también humanoides, también con esa piel pálida y ojos adaptados al agua, pero estas dos figuras eran diferentes, más recientes.
Y cuando se acercaron lo suficiente a la orilla para que las luces las iluminaran, Carmen gritó, porque aunque transformados, aunque cambiados de maneras que desafiaban la comprensión, ella reconocía esos rostros. Uno era su hijo Javier, el otro era su sobrino Diego. No estaban muertos, pero tampoco estaban exactamente vivos en el sentido que ella entendía.
Habían sido transformados en algo intermedio, algo que podía existir tanto en el mundo del aire como en el mundo del agua. Javier miró a su madre. Sus ojos eran diferentes, más grandes, sin párpados, adaptados a la vida submarina, pero había reconocimiento allí. Había memoria. levantó una mano, los dedos palmeados ahora en un gesto que podría haber sido saludo o despedida.
Carmen se arrojó hacia el agua, pero Antonio y el inspector Morales la detuvieron. No, dijo Antonio firmemente. Si entras al agua, te tomarán también. Es su mundo ahora, pero es mi hijo, soyaba Carmen, mi bebé. Javier y Diego permanecieron en la superficie durante unos minutos más observando al grupo. Luego, en un movimiento sincronizado con la criatura original, se hundieron de nuevo en las profundidades.
Las ofrendas que habían dejado al borde del agua habían desaparecido, tomadas bajo la superficie. El agua del pozo lentamente volvió a la calma. Los maguari se habían ido llevándose a los dos jóvenes transformados con ellos. Carmen colapsó en la orilla llorando. No eran lágrimas de puro dolor como las que había derramado durante 7 años pensando que su hijo estaba muerto.
Eran lágrimas de algo más complejo, alivio de que Javier estaba en cierto sentido vivo, horror por lo que se había convertido y la terrible aceptación de que nunca podría recuperarlo. El inspector Morales tomó una decisión esa noche. Vamos a clasificar esto como confidencial, dijo. Si revelamos lo que encontramos aquí, este lugar será invadido por científicos, militares, cazadores de sensaciones.
Los Maguari serán casados, estudiados, posiblemente destruidos yJavier y Diego con ellos. Pero el mundo tiene derecho a saber, protestó el Dr. Ramírez. Esto es un descubrimiento científico de importancia incalculable. El mundo no tiene derecho a destruir una especie solo por curiosidad, contratacó la doctora Velázquez.
Los Maguari han vivido aquí en paz durante milenios. tienen tanto derecho a existir sin interferencia como cualquier otra especie. Después de mucho debate, llegaron a un acuerdo. Escribirían un informe oficial que concluiría que Diego y Javier se habían ahogado en el pozo de la felicidad y que sus cuerpos habían sido arrastrados a cavernas submarinas inaccesibles.
El video que mostraba a los Maguari sería clasificado y guardado en archivos gubernamentales secretos. Carmen estuvo de acuerdo con una condición. se le permitiría regresar al pozo una vez al año para dejar ofrendas, para comunicarse a su manera con el hijo que había perdido, pero que de alguna manera todavía existía.
Y así la historia oficial del desaparecimiento de Diego y Javier Fernández terminó como había comenzado, con misterio y sin resolución satisfactoria. Los reportes de prensa hablaron del cierre final del caso, de cuerpos perdidos en las profundidades de una familia que finalmente podía tener paz.
Pero Carmen sabía la verdad y cada año en agosto viajaba a Venezuela, hacía la larga caminata hasta el pozo de la felicidad y dejaba ofrendas al borde del agua, pescado fresco, flores silvestres y fotos de la familia que Javier había dejado atrás. Y a veces en noches de luna llena, cuando el agua estaba perfectamente quieta, veía formas moviéndose en las profundidades.
Dos formas que se mantenían cerca una de la otra, primos que habían compartido una aventura y que ahora compartían una existencia más allá de la comprensión humana. El mundo nunca supo la verdad sobre los Maguari. Las cataratas del ángel continuaron siendo un destino turístico popular y el pozo de la felicidad seguía atrayendo a visitantes valientes.
Pero los guías pemones ahora eran más estrictos con las advertencias y muy pocos turistas se aventuraban al agua profunda. Y en los archivos secretos del gobierno venezolano, junto con otros misterios sin resolver, había un video. Un video que mostraba algo que no debería existir, pero que existía. Una prueba de que el mundo todavía guardaba secretos, de que la humanidad no estaba sola y de que algunas desapariciones no eran finales, sino transformaciones.
La videocámara de Javier, que había capturado sus últimos momentos como humano, fue finalmente enterrada en una ceremonia privada en Barcelona. Pero las imágenes que contenía, tanto las oficiales como las clasificadas, permanecerían para siempre como testimonio de que a veces las leyendas son más reales de lo que nos atrevemos a imaginar. Yeah.









