Cuando los albañiles derribaron un muro en San Luis Potosí, hallaron cunas selladas en cal y cemento  

Cuando los albañiles derribaron un muro en San Luis Potosí, hallaron cunas selladas en cal y cemento  

¿Estás seguro de que no hay problemas con patrimonio histórico?, preguntó Ramón, el más joven de los trabajadores, mientras contemplaba la fachada deteriorada. Joaquín, un hombre curtido de 50 años con décadas de experiencia en restauraciones, encendió un cigarrillo. Todo está en regla. El arquitecto consiguió los permisos hace meses.

Podemos derribar los muros internos que no sean originales, pero la fachada y la estructura principal se quedan. Los hombres comenzaron a descargar herramientas de la camioneta, martillos, cinceles, escaleras y una pequeña excavadora que usarían para los trabajos más pesados. El plan para esa semana era comenzar con la demolición de los tabiques añadidos durante una remodelación en los años 50, cuando la casona había sido convertida en oficinas gubernamentales.

El interior estaba en peor estado de lo que Joaquín había anticipado. de humedad habían desprendido gran parte del yeso de las paredes, revelando la piedra caliza original en muchos lugares. El suelo de mosaico hidráulico, otrora elegante, estaba ahora cubierto de escombros y excrementos de palomas. “Empezaremos por el ala este”, indicó Joaquín, consultando los planos que el arquitecto le había entregado.

 Según esto, este muro no es original. Lo levantaron para dividir lo que antes era un salón principal. Los hombres se pusieron manos a la obra, golpeando con sus mazos el tabique señalado. El trabajo era arduo, pero la pared cedía con relativa facilidad, confirmando que no era parte de la estructura original. Fue Ramón quien notó algo extraño cuando habían avanzado aproximadamente un metro en la demolición.

 Jefe, venga a ver esto”, llamó deteniendo su mazo en el aire. Joaquín se acercó limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo. En la sección recién expuesta del muro, donde el tabique había sido derribado, aparecía un hueco que no correspondía con los planos. “Parece que hay algo detrás”, murmuró Joaquín acercándose para examinar mejor.

 Ramón iluminó el espacio con la linterna de su teléfono. La luz reveló lo que parecía ser otro muro, más antiguo y hecho de piedra, con una peculiar abertura sellada con cáli y cemento. “Esto no está en los planos”, dijo Joaquín frunciendo el ceño. “Sigamos derribando con cuidado. Quizás sea un pasadizo antiguo. Lo que encontraron al terminar de derribar el tabique, dejó a todos los presentes inmóviles con una sensación helada recorriendo sus espaldas.

 No era un pasadizo, sino un nicho empotrado en la pared. Y dentro, sellada con una gruesa capa de cal y cemento, había una pequeña cuna de madera. La cuna estaba casi completamente cubierta por la mezcla de cal y cemento que se había endurecido con el tiempo, dejando visible solo parte de la estructura de madera.

 Era antigua, tallada a mano, con el tipo de artesanía que no se veía desde hace un siglo. “No toquen nada”, ordenó Joaquín sacando su teléfono. “Voy a llamar al arquitecto.” Mientras Joaquín se alejaba para hacer la llamada, los demás trabajadores miraban el descubrimiento con una mezcla de curiosidad y aprensión.

 La imagen de una cuna emparedada resultaba perturbadora por sí misma, pero había algo más en aquella escena que les erizaba la piel. ¿Para qué alguien sellaría una cuna dentro de un muro?, preguntó Miguel, el más veterano, después de Joaquín. Nadie respondió. No hacía falta. Todos conocían las viejas historias sobre entierros en las paredes, prácticas que se remontaban a tiempos oscuros cuando se creía que emparedar objetos o incluso seres vivos en los cimientos de un edificio le otorgaba protección o fortaleza. Joaquín regresó 20 minutos

después con el rostro tenso. El arquitecto viene en camino. Dice que tenemos que parar la demolición hasta que llegue. Los hombres asintieron agradecidos por la pausa. Nadie parecía tener muchas ganas de seguir trabajando cerca de aquel hallazgo. Tomás, uno de los albañiles más jóvenes, se acercó cautelosamente a la cuna.

 Jefe, hay algo raro aquí. Mire. Joaquín se aproximó de nuevo. Tomás señalaba unas marcas en la parte visible de la madera, donde el cemento se había desprendido ligeramente. Eran tallas, pequeños símbolos que formaban un patrón. “Parecen protecciones”, murmuró Miguel, que se había criado en un pueblo donde tales supersticiones aún persistían.

 Mi abuela tenía símbolos parecidos tallados en el marco de la puerta de su casa. El arquitecto Gabriel Mendoza llegó una hora después acompañado por una mujer que se presentó como doctora Elena Vázquez, arqueóloga del Instituto Nacional de Antropología e Historia. “No toquen nada más”, dijo la doctora Vázquez mientras se acercaba al muro con una linterna profesional.

 Examinó la cuna sellada durante varios minutos en silencio, tomando fotografías con una cámara digital. Es del siglo XIX por el estilo, comentó finalmente. Pero lo que me preocupa son estos símbolos, sonprotecciones, sí, pero no del tipo común. ¿Qué significa eso?, preguntó Joaquín. Significa que quien selló esta cuna no estaba protegiendo la casa, respondió Elena con un tono grave.

Estaban protegiendo a la casa de lo que había en la cuna. Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. Afuera, el cielo se había oscurecido repentinamente, anunciando una tormenta. “La buena noticia,” continuó la arqueóloga, “es que parece haber solo una. En otros casos similares que he estudiado suelen aparecer en grupos, pero sus palabras resultaron premonitorias, porque cuando el arquitecto ordenó continuar con cautela la demolición de otros tabiques no originales, encontraron un segundo nicho y luego un

tercero. Al final del día habían descubierto siete cunas selladas en diferentes partes de la casa. El equipo de Lina había crecido, ahora incluía a dos técnicos que documentaban meticulosamente cada una de las cunas emparedadas y a un historiador local, el Dr. Julián Montero, que había traído consigo varios volúmenes antiguos y carpetas con documentos amarillentos.

 La casa perteneció originalmente a la familia Irigoyen,” explicaba el doctor Montero a Joaquín y al arquitecto Mendoza en lo que alguna vez fue el estudio de la Casona. Comerciantes de plata, muy influyentes en la región durante el siglo XVII y XIX. “¿Hay algún registro de niños en la familia?” “¿Muertes infantiles?”, preguntó Gabriel Mendoza, quien no podía ocultar su nerviosismo ante la posibilidad de que su proyecto de hotel boutique se viera comprometido. El Dr.

 Montero ajustó sus gafas y ojeó uno de sus cuadernos. Eso es lo curioso. No hay registros de muertes infantiles en la familia Irigoyen. De hecho, según los censos y registros parroquiales, tuvieron muy pocos hijos y todos llegaron a la edad adulta. Entonces, ¿de quién son las cunas? La pregunta de Joaquín quedó flotando en el aire viciado de la habitación.

 Eso es lo que necesitamos averiguar”, respondió la doctora Vázquez, quien acababa de entrar en el estudio. “Hemos conseguido autorización para extraer una de las cunas con todo el cuidado. La llevaremos al laboratorio para analizarla. El proceso de extracción fue lento y meticuloso. Eligieron la cuna que parecía estar en mejor estado, la primera que habían encontrado.

 Con cinceles de precisión y pequeñas herramientas, los técnicos del INA fueron liberando la estructura de madera de su prisión de cal y cemento. A medida que el trabajo avanzaba y más de la cuna quedaba expuesta, la tensión en la habitación crecía. Los símbolos tallados en la madera eran más numerosos y complejos de lo que habían estimado inicialmente.

Son una mezcla de símbolos católicos y prehispánicos, explicó Elena mientras fotografiaba cada nuevo detalle que aparecía. Esto era común en prácticas sincréticas, especialmente en contextos donde se temía a entidades sobrenaturales. Entidades como, ¿qué?, preguntó Ramón, quien a pesar del miedo no había podido resistirse a quedarse para ver la extracción, como aquello que pudiera habitar o poseer a un niño”, respondió la arqueóloga con un tono que intentaba ser clínico, pero no podía ocultar cierta inquietud. Cuando finalmente

lograron liberar por completo la cuna, todos contuvieron la respiración. Estaba vacía, pero el fondo de madera mostraba manchas oscuras que ninguno quiso identificar en voz alta. La llevaremos al laboratorio”, dijo Elena, haciendo un gesto a sus asistentes para que prepararan el embalaje especializado. Fue entonces cuando Tomás, que se había mantenido en silencio durante toda la operación, habló con voz temblorosa.

Nadie más lo escucha. Todos se quedaron inmóviles intentando captar cualquier sonido. “¿Escuchar qué?”, preguntó Joaquín frunciendo el ceño. Ese llanto respondió Tomás con los ojos muy abiertos. como de un bebé. viene de las paredes. Nadie admitió escucharlo, pero el rostro pálido de más de uno sugería lo contrario.

 La doctora Vázquez ordenó que se suspendieran todos los trabajos hasta nuevo aviso y que la casona fuera cerrada y vigilada durante la noche. Mientras se retiraban, el doctor Montero se acercó a Joaquín y le susurró, “Hay algo que no mencioné antes. La familia Irigoyen abandonó esta casa repentinamente en 1887. Dejaron todas sus pertenencias y nunca regresaron. Nadie supo por qué.

 El cielo sobre San Luis Potosí se había oscurecido por completo. La tormenta que había amenazado todo el día finalmente desató su furia, como si quisiera lavar los secretos que la vieja cazona comenzaba a revelar. A las 3 de la madrugada, su teléfono sonó sobresaltándolo. Era Santiago, uno de los policías asignados a vigilar la casona.

 “Joaquín, tienes que venir”, dijo el oficial con la voz entrecortada. “Ha ocurrido algo, no sé cómo explicarlo.” “¿Qué pasa?” Joaquín se incorporó de golpe, completamente despierto. Ahora alguien entró en la casa o algo, no lo sé.Escuchamos ruidos dentro, pero cuando entramos a revisar no había nadie. Y las cunas, las cunas han cambiado. Cambiado.

¿Qué quieres decir? Tienes que verlo tú mismo. Ya llamé a la doctora Delina. Está en camino. Joaquín se vistió apresuradamente y condujo bajo la lluvia torrencial hasta el centro histórico. Las calles estaban desiertas y las luces de los faroles proyectaban sombras fantasmales sobre los edificios coloniales.

 Cuando llegó a la casona, encontró a Santiago y a su compañero Pedro en la entrada, empapados y visiblemente alterados. Gracias por venir”, dijo Santiago, apretando el mango de su linterna con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. “La doctora aún no ha llegado.” “¿Qué pasó exactamente?”, preguntó Joaquín mientras entraban en el edificio.

 Estábamos haciendo nuestra ronda alrededor de las 2 de la mañana. Todo estaba tranquilo, solo el ruido de la lluvia. Entonces escuchamos algo dentro, como arañazos. Pensamos que quizás algún animal se había colado o que algún curioso había logrado entrar. Rompimos el sello de la puerta y entramos, continuó Pedro, quien parecía aún más asustado que su compañero.

 Seguimos los ruidos hasta el salón principal, donde están las cunas, pero no había nadie. Lo que vimos fue, “Las cunas se habían movido,” terminó Santiago. No físicamente, sino no sé cómo explicarlo. El cemento que las cubría se había agrietado en todas ellas, como si algo dentro estuviera intentando salir. Entraron en el salón principal, iluminando el camino con sus linternas.

 Joaquín sintió que el aire se volvía más frío y denso a medida que se aproximaban a las cunas emparedadas. Lo que vio le heló la sangre. Santiago tenía razón. El cemento que sellaba las cunas presentaba ahora profundas grietas, como si una fuerza desde el interior hubiera estado empujando. Pero lo más perturbador eran las manchas frescas que se extendían desde las grietas, un líquido oscuro que goteaba lentamente hasta el suelo.

 “Dios mío”, murmuró Joaquín dando un paso atrás. “¿Qué es eso?” Antes de que alguno pudiera responder, escucharon un sonido que les erizó la piel, un suave arrullo como el que una madre cantaría a su bebé, que parecía venir de todas partes, y de ninguna a la vez. La doctora Vázquez llegó minutos después, acompañada por el doctor Montero.

 Ambos quedaron impactados ante lo que veían. Esto no es posible”, susurró Elena, acercándose cautelosamente a una de las cunas. “El cemento tiene más de un siglo, no puede agrietarse así de repente.” El doctor Montero se había quedado paralizado en la entrada del salón, su rostro una máscara de terror. “Encontré algo más en los archivos después de irme ayer”, dijo finalmente, con voz apenas audible, “Sobre por qué los Irigoyen abandonaron esta casa.

Todos se volvieron hacia él esperando. Según un diario personal que encontré de un sacerdote de la época, la familia Irigoyén trajo nodrizas de varios pueblos para sus hijos. Siete nodrizas en total, todas desaparecieron misteriosamente y sus bebés también. Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación, roto solo por el sonido de algo goteando desde las cunas agrietadas.

 El sacerdote sospechaba que don Irigoyen había hecho un pacto con algo para asegurar la prosperidad de su negocio minero. Un sacrificio, continuó Montero, su voz cada vez más débil. Cuando la familia huyó, el sacerdote y varios hombres sellaron algo en las paredes, algo que, según ellos, no debía ser liberado jamás. En ese momento, todas las linternas parpadearon simultáneamente y el suave arrullo que habían escuchado antes se transformó en un agudo llanto infantil que reverberó por toda la cazona, y las grietas en el cemento que sellaba las cunas comenzaron

a ensancharse. Joaquín, quien no había abandonado la casona desde los eventos de la madrugada, observaba con ojos enrojecidos por la falta de sueño como los técnicos instalaban equipos de monitoreo alrededor de las cunas agrietadas. Las manchas oscuras habían sido analizadas preliminarmente. Era una sustancia orgánica, posiblemente sangre, aunque sorprendentemente fresca para algo que debería tener más de un siglo.

 No tiene sentido murmuraba la doctora Vázquez mientras revisaba los resultados en su tablet. La composición sugiere que es reciente de hace horas, no años. El arquitecto Mendoza había llegado temprano. Su rostro una mezcla de preocupación por su proyecto y genuina perturbación por lo que estaba presenciando. ¿Cuánto tiempo llevará esto?, preguntó a Elena intentando mantener un tono profesional que su voz temblorosa traicionaba.

 “No lo sé, Gabriel”, respondió ella con franqueza. “Nunca he visto nada parecido. Esto va más allá de la arqueología convencional. Uno de los sacerdotes, el padre Ignacio, un hombre mayor con rostro severo, se acercó a ellos después de examinar las cunas. “He visto los símbolos”, dijo con gravedad, “son una mezcla de iconografíacatólica y prehispánica, como ustedes han notado. Pero hay algo más.

” “¿Qué cosa, padre?”, preguntó Joaquín. “Algunos de estos símbolos son muy específicos, no son para proteger contra cualquier mal. sino contra una entidad particular que en la tradición local se conoce como la roba niños. La roiños, repitió Gabriel, escéptico a pesar de todo lo que había visto. Una entidad que toma la forma de una mujer que ha perdido a sus hijos explicó el sacerdote.

 Se dice que hace tratos con personas desesperadas, riqueza a cambio de niños, pero no los mata, los transforma, los convierte en sus propios hijos. Con todo respeto, padre”, intervino la doctora Vázquez, “Estamos tratando de abordar esto desde una perspectiva científica. Por supuesto,” asintió el padre Ignacio, “pero a veces la ciencia y la fe deben trabajar juntas frente a lo inexplicable.

” Y lo que tenemos aquí señaló hacia las cunas, donde un técnico acababa de dar un salto atrás al ver cómo una nueva grieta se formaba espontáneamente. Está más allá de la explicación convencional. El doctor Montero, que había pasado la noche investigando en los archivos diocesanos, regresó con más documentos.

 He encontrado registros específicos sobre esta casa”, anunció desplegando varios papeles en una mesa improvisada. En 1887, después de que los irigoen huyeran, un grupo dirigido por el párroco local realizó lo que llamaron un sellamiento. Mencionan siete receptáculos que contenían lo que no era ya humano, pero alguna vez lo fue.

 Un escalofrío recorrió la espina de todos los presentes. Según estos documentos, continuó Montero, los Irigoyen habían estado sacrificando a los bebés de sus nodrizas. durante años como parte de un ritual para obtener riqueza minera. Pero no era un sacrificio común. Los entregaban a una entidad que se aparecía en sus sueños.

 La roiños, murmuró el padre Ignacio. Exacto. La entidad prometía transformar a los bebés en betas de plata pura, pero algo salió mal en el último ritual. Lo que regresó no fue riqueza, sino algo que hizo que la familia huyera aterrorizada. Mientras el historiador hablaba, uno de los técnicos que monitoreaba las cunas gritó alarmado.

 Todos se volvieron para ver cómo el cemento de una de ellas se desmoronaba, revelando por completo la cuna de madera tallada que contenía. Y dentro, donde debería haber solo vacío o quizás restos antiguos, había algo que se movía lentamente, algo pequeño, del tamaño de un recién nacido, pero con una piel que brillaba con el lustre metálico de la plata pura.

 Joaquín se quedó paralizado, incapaz de apartar la mirada de aquella criatura que no debería existir. Era como un bebé con la forma y tamaño de un recién nacido, pero su piel era completamente metálica con el brillo inconfundible de la plata. Sus movimientos eran lentos, como si despertara de un sueño centenario. Lo más perturbador eran sus ojos, completamente negros, sin ir pupila.

 que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla. “Nadie lo toque”, gritó Elena recuperando parte de su compostura profesional. “Santiago, Pedro, desalojen el edificio, todos fuera, excepto el equipo esencial.” Los policías comenzaron a escoltar a los técnicos hacia la salida. El arquitecto Mendoza no necesitó que le insistieran.

 fue uno de los primeros en abandonar la habitación, murmurando algo sobre llamar a los propietarios. “Esto no puede estar pasando”, susurró el Dr. Montero, quien se había quedado junto a Joaquín, “Ambos como hipnotizados por la visión de la criatura plateada. va contra todo lo que sabemos y sin embargo está sucediendo”, respondió el padre Ignacio sin dejar de recitar sus oraciones.

 La criatura giró lentamente su cabeza hacia ellos como si acabara de percatarse de su presencia. abrió su boca revelando una cavidad tan oscura como sus ojos y emitió un sonido que no era humano, una mezcla entre un llanto infantil y el tintineo de metales chocando entre sí. En ese momento, el cemento de las otras seis cunas comenzó a desmoronarse simultáneamente.

“Fuera todos”, ordenó la doctora Vázquez con autoridad. Ahora nadie discutió. Incluso los sacerdotes retrocedieron hacia la puerta sin dejar de murmurar sus oraciones. Pero antes de que pudieran salir, un viento helado surgió de la nada dentro de la habitación cerrada, apagando las luces portátiles que habían instalado.

 En la penumbra repentina, solo iluminada por la débil luz que se filtraba a través de las ventanas tapeadas, vieron con horror como las siete cunas se elevaban lentamente del suelo flotando a un metro de altura. “¡Madre de Dios!”, jadeó el padre Mateo, aferrándose a su crucifijo. Una voz suave como una nana, pero cargada de una malevolencia antinatural reverberó por toda la habitación.

Han despertado a mis niños después de tanto tiempo. Han despertado a mis niños. Joaquín sintió que un frío sobrenatural le calaba hasta los huesos.La voz parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez. ¿Quién eres?, se atrevió a preguntar la doctora Vázquez. Su voz científica ahora temblorosa. Una risa infantil multiplicada por siete, respondió, y luego la voz de mujer nuevamente, soy la que toma a los abandonados, la que transforma lágrimas en riqueza, la que da nueva vida a los olvidados, la roba niños, murmuró el

padre Ignacio haciendo la señal de la cruz. Ese es uno de mis nombres, concedió la voz. He tenido muchos a través de los siglos, pero estos niños son míos por derecho. Fueron entregados voluntariamente. Fueron robados, contradijo el Padre. Eran inocentes. Y acaso no lo siguen siendo la voz adquirió un tono de falsa indignación.

 Les di una nueva existencia eterna, perfecta, hasta que ustedes los encerraron en estas paredes, los privaron de su madre. Las siete cunas descendieron lentamente hasta posarse de nuevo en el suelo. En cada una, ahora visible claramente, había una criatura similar a la primera, bebés de plata con ojos negros como pozos sin fondo.

 “Ahora están despiertos”, continuó la voz. más cercana ahora, como si su fuente estuviera justo detrás de ellos. Y tienen hambre. Un escalofrío colectivo recorrió a los presentes cuando sintieron más que vieron una presencia manifestarse en el centro de la habitación, la silueta translúcida de una mujer con un vestido anticuado, cuyos rasgos parecían cambiar constantemente entre la belleza y la putrefacción.

Han perturbado su descanso”, dijo la aparición extendiendo brazos etéreos hacia las cunas. “Ahora deben alimentarlos.” Las criaturas plateadas comenzaron a emitir un llanto metálico al unísono, un sonido tan doloroso que varios de los presentes cayeron de rodillas tapándose los oídos. “¿Qué quieres?”, gritó Joaquín por encima del estruendo.

 La aparición se volvió hacia él, fijando en su rostro ojos que pasaban de ser humanos a vacíos en cuestión de segundos. “Un intercambio justo”, respondió con una sonrisa que revelaba dientes afilados como agujas. Siete perturbaron su descanso, siete deben tomar su lugar. Los dos sacerdotes, sin embargo, parecían resistir mejor el ataque sónico.

 El padre Ignacio había sacado una pequeña botella de su bolsillo y rociaba agua bendita en dirección a la aparición, mientras el padre Mateo sostenía en alto un antiguo libro de oraciones. “En el nombre de Cristo te ordenamos que ces”, gritó el padre Ignacio. Para sorpresa de todos, el llanto disminuyó momentáneamente. La aparición de la mujer fluctuó como una imagen en una pantalla con interferencia.

 “Tus rituales no tienen poder sobre mí, sacerdote”, respondió la entidad, aunque su voz sonaba menos segura. Existía antes que tu Dios pisara estas tierras. El doctor Montero, que había estado ojeando frenéticamente los documentos que había traído, alzó la voz de repente: “Los símbolos no solo son cristianos y prehispánicos.

 Hay algo más aquí”, señaló unos dibujos en uno de los documentos. “Estos son más antiguos, posiblemente haztecos. Hablan de la devoradora de plata.” La aparición se volvió bruscamente hacia el historiador y por un instante su forma cambió completamente, revelando algo que ya no parecía humano en absoluto, sino una masa oscura con múltiples extremidades.

“La plata la debilita”, gritó Montero. “No la fortalece.” Por eso transformó a los niños en plata para mantenerlos como como baterías para absorber su esencia lentamente. “Silencio, rugió la entidad y esta vez su voz hizo que los cristales de las ventanas tapeadas estallaran.” Joaquín, en un momento de claridad desesperada, recordó algo.

 Las herramientas que habían dejado en la habitación contigua el día anterior, cuando comenzaron la demolición, entre ellas había una sierra circular para cortar metal. “Necesito tiempo”, gritó a los sacerdotes antes de lanzarse hacia la puerta. El padre Ignacio pareció entender, intensificó sus oraciones mientras el padre Mateo abría su libro en una página específica y comenzaba a leer en voz alta en una mezcla de latín y lo que sonaba como nawatle.

 La entidad ahulló de rabia y las siete criaturas plateadas comenzaron a moverse en sus cunas intentando incorporarse con movimientos espasmódicos. Joaquín corrió por el pasillo oscurecido hasta la habitación donde habían dejado sus herramientas. Tropezó con escombros y casi cayó, pero la adrenalina lo mantenía en movimiento.

 Al llegar, buscó frenéticamente entre las herramientas hasta encontrar la sierra circular. La encendió para comprobar que funcionaba. El disco de metal giró con un zumbido amenazador. Mientras regresaba a toda prisa, escuchó como los gritos y oraciones se mezclaban con un sonido metálico, como si algo arañara las paredes.

 Al entrar nuevamente en el salón principal, la escena era dantesca. Dos de las criaturas plateadas habían salido de sus cunas y se arrastraban por el suelo con movimientosantinaturalmente rápidos. para seres tan pequeños. Sus cuerpos brillaban con un fulgor plateado que iluminaba la habitación con destellos fantasmales. La aparición de la mujer ahora flotaba cerca del techo, su forma cambiando constantemente entre humana y algo monstruoso. “La plata!”, gritó Joaquín.

“Si destruimos a sus hijos, la debilitamos.” Sin esperar respuesta, encendió la sierra y se lanzó hacia la criatura más cercana. El disco dentado hizo contacto con el cuerpo metálico, produciendo un chirrido ensordecedor y una lluvia de chispas. La criatura emitió un chillido inhumano y la aparición en el techo se retorció como si ella misma estuviera siendo cortada.

“Funciona”, exclamó el doctor Montero. “Están conectados a ella.” La doctora Vázquez, recuperando el control, ordenó a los técnicos que aún podían moverse, “Traigan todas las herramientas para metal que encuentren rápido.” La entidad furiosa descendió como una sombra veloz hacia Joaquín, sus manos convertidas ahora en garras.

 “Pagarás por esto, mortal!” El padre Mateo se interpuso sosteniendo su crucifijo directamente frente a la aparición. No lo tocarás. La entidad se detuvo momentáneamente como si hubiera chocado contra una barrera invisible. Aprovechando ese instante, Joaquín continuó su ataque contra la criatura plateada. La sierra finalmente cortó a través del metal y la criatura se desintegró en una lluvia de polvo plateado.

 Un alarido sobrenatural sacudió la casona entera. La aparición se retorció en el aire perdiendo consistencia. “Está funcionando”, gritó Joaquín. “Necesito ayuda con las demás”. Los técnicos regresaron con martillos, cinceles y otra sierra. Bajo la protección de los sacerdotes que mantenían a raya a la entidad con sus oraciones, comenzaron a atacar a las criaturas restantes.

 Cada bebé de plata que se desintegraba debilitaba visiblemente a la aparición. Su forma se volvía más inestable, su voz más débil. “No entiendes lo que haces”, gimió la entidad cuando ya solo quedaban dos criaturas. Ellos son míos. Me fueron entregados, fueron robados”, respondió el padre Ignacio firmemente. “Y ahora serán liberados.

” Con un último esfuerzo coordinado, los dos bebés metálicos restantes fueron destruidos. La aparición de la mujer emitió un último grito desgarrador antes de colapsar sobre sí misma, como absorbida por un vórtice invisible, dejando tras de sí solo el eco de un llanto lejano que se desvanecía lentamente. El silencio que siguió fue casi tan sobrecogedor como el caos anterior.

 Todos se miraban incapaces de procesar lo que acababan de presenciar. Fue la doctora Vázquez quien finalmente rompió el silencio, su voz científica regresando gradualmente. Necesitamos documentar esto, todo, y luego decidir qué hacer. Lo que debemos hacer, dijo el padre Ignacio con firmeza, es purificar este lugar y sellarlo permanentemente.

 Mientras discutían, Joaquín notó algo extraño en el polvo plateado esparcido por el suelo. Estaba cambiando. El polvo metálico se transformaba lentamente en algo que parecía ceniza humana. Creo, dijo en voz baja, que los niños finalmente están descansando. La doctora Vázquez había convocado a especialistas de confianza, antropólogos, historiadores y expertos en conservación.

 También estaban presentes los dos sacerdotes cuya participación había sido formalmente solicitada por el INAC bajo la categoría de consultores en patrimonio religioso. Joaquín y su equipo de albañiles habían sido contratados oficialmente por el Instituto para trabajos de restauración especializada, lo que significaba que tenían acceso completo al edificio, pero estaban obligados a firmar acuerdos de confidencialidad.

Lo que presenciamos desafía toda explicación científica convencional, admitió Elena durante una reunión en lo que habían convertido en centro de operaciones el antiguo comedor de la casona. Pero nuestro deber es documentarlo con el máximo rigor posible. Los restos de las criaturas, ahora completamente transformados en cenizas humanas, habían sido recogidos con sumo cuidado y colocados en pequeños féretros bendecidos por los sacerdotes.

“La entidad ha sido expulsada”, explicó el padre Ignacio. “Pero este lugar sigue impregnado de una energía residual. Debemos proceder con la purificación antes de considerar cualquier otra acción. El ritual de purificación se llevó a cabo al atardecer del tercer día. Combinaba elementos de ceremonias católicas tradicionales con rituales huastecos reconstruidos por el doctor Montero a partir de los documentos históricos.

 Las siete cunas, ahora vacías, fueron colocadas en el centro del salón principal, formando un círculo. Los féretros con las cenizas fueron depositados en el interior de cada cuna. Mientras los sacerdotes recitaban oraciones, el doctor Montero y la doctora Vázquez rociaban las cunas con una mezcla de agua bendita y una infusión de hierbas localestradicionalmente usadas en ceremonias de purificación.

 Joaquín, quien había insistido en participar, encendió siete velas colocadas alrededor del círculo de cunas. que encuentren la paz que les fue negada”, murmuró, sorprendiéndose a sí mismo con estas palabras que surgieron espontáneamente. Una brisa suave recorrió la habitación, a pesar de que todas las ventanas y puertas estaban cerradas, las llamas de las velas se inclinaron todas en la misma dirección, como señalando hacia algo.

 Y por un instante, casi imperceptible, todos los presentes creyeron ver siete pequeñas luces elevándose desde las cunas y ascendiendo hasta desaparecer en el techo. El silencio que siguió tenía una cualidad diferente. Ya no era el silencio tenso y cargado de los días anteriores, sino algo más ligero, como si el aire mismo hubiera sido liberado de un peso invisible.

Está hecho”, dijo finalmente el padre Ignacio haciendo la señal de la cruz. Han sido liberados. Los días siguientes se dedicaron a un trabajo más mundano, pero igualmente importante, el sellado físico de los nichos donde habían estado las cunas. Esta vez, sin embargo, no se trataba de contener algo malévolo, sino de crear un memorial apropiado.

 Joaquín supervisó personalmente la colocación de siete pequeñas placas de bronce, cada una con un símbolo de protección positiva, diseñado por el doctor Montero en los lugares exactos donde habían estado las cunas. No llevaban nombres, pues nunca se supo quiénes habían sido estos niños en vida. Pero tenían grabada una simple frase: “Descansen en paz, pequeños inocentes”. 18872025.

Una semana después del incidente, el equipo completo se reunió por última vez en La Casona. El arquitecto Mendoza, quien había estado sorprendentemente ausente durante la mayor parte del proceso, apareció con noticias inesperadas. Los propietarios han decidido cambiar el proyecto, anunció, ya no será un hotel.

Donarán el edificio para que se convierta en un centro cultural dedicado a la preservación de la historia local, con énfasis especial en la protección de la infancia. Nadie mencionó lo obvio, que los propietarios probablemente habían sido informados, al menos parcialmente de lo ocurrido, y que la idea de convertir un lugar con semejante historia en un establecimiento comercial resultaba ahora impensable.

 Para Joaquín, sin embargo, había algo más importante que resolver. ¿Qué pasará con la historia real?, preguntó lo que realmente sucedió aquí, lo que vimos. La doctora Vázquez intercambió miradas con el Dr. Montero y los sacerdotes antes de responder. Oficialmente se registrará como un hallazgo arqueológico de importancia religiosa y cultural.

 Un caso de rituales sincréticos del siglo XIX relacionados con la minería y las creencias locales. Hizo una pausa. La verdad completa, quedará entre nosotros. ¿Y si regresa? La pregunta de Joaquín expresaba el temor que todos compartían en silencio. No lo hará, respondió el padre Ignacio con una convicción que resultaba reconfortante.

Lo que la mantenía atada a este lugar ha sido liberado. Los niños están en paz. Mientras salían de la casona esa tarde, Joaquín se detuvo un momento en el umbral, mirando hacia atrás. El edificio que días atrás le había parecido siniestro y opresivo, ahora transmitía una extraña sensación de serenidad. Las sombras ya no parecían ocultar presencias amenazantes y el aire olía a piedra antigua y madera sin el edor putrefacto que había impregnado el lugar durante el enfrentamiento.

 “Adiós pequeños”, susurró antes de cerrar la puerta tras él. El Centro Cultural Casa Irigoyén había sido inaugurado con una ceremonia sobria, pero significativa a la que asistieron autoridades locales, representantes del INA y discretamente mezclados entre el público, aquellos que conocían la verdadera historia del edificio.

 Joaquín, quien había sido contratado como jefe de mantenimiento permanente del centro, una posición que todos entendían iba más allá de simples reparaciones, recorría las salas antes de la apertura al público en esta fresca mañana de otoño. Se detuvo, como hacía cada día, frente a la que llamaban sala de los inocentes. era la habitación donde habían estado las cunas, ahora convertida en un espacio dedicado a la historia de la infancia en la época colonial y postindependencia, con especial énfasis en las difíciles condiciones que enfrentaban los niños de

las clases trabajadoras. Las siete placas de bronce permanecían en su lugar, ahora complementadas por una explicación oficial que las describía como memoriales a los niños víctimas de las duras condiciones de la minería del siglo XIX. No era toda la verdad, pero tampoco era falso. “Buenos días, Joaquín”, saludó una voz familiar a sus espaldas.

 se volvió para encontrarse con la doctora Vázquez, quien visitaba el centro regularmente como asesora principal del proyecto museográfico. “Dctora Elena, no sabíaque vendría hoy”, respondió con una sonrisa. “Tengo algunas noticias”, dijo ella guiándolo hacia un banco cercano. Su expresión era seria, pero no alarmante.

 “Hemos identificado a algunas de las familias.” Joaquín entendió inmediatamente a qué se refería. Durante estos meses, el Dr. Montero había estado investigando meticulosamente registros parroquiales, censos y documentos de la compañía minera de los Irigoyen, intentando identificar a las nodrizas desaparecidas y, por extensión, a los niños que habían terminado en aquellas cunas.

 “¿Estás segura?”, preguntó sintiendo un nudo en la garganta. Elena asintió. Montero encontró registros de empleo de la mina. Siete mujeres, todas contratadas como nodrizas para los hijos de Don Nrigoyen entre 1883 y 1887. Todas desaparecieron de los registros sin explicación y sus nombres: María Dolores Ramírez, Juana Cortés, Soledad Vega, Antonia Méndez, Carmen Orozco, Luisa Trujillo y Esperanza Gutiérrez, recitó Elena con respeto.

 Todas jóvenes, todas de pueblos cercanos, todas madres recientes. Joaquín cerró los ojos un momento, dejando que aquellos nombres, ahora por fin conocidos, resonaran en su mente. Y los niños solo tenemos tres nombres confirmados. Manuel, hijo de María Dolores, Josefina, hija de Juana, y Gabriel, hijo de Soledad.

 De los demás solo hay registros de bautismo que mencionan hijo de o hija de sin nombres propios. Un silencio respetuoso se instaló entre ellos. Finalmente, Joaquín preguntó, “¿Qué haremos con esta información?” El padre Ignacio sugiere una misa conmemorativa privada. Solo nosotros quienes sabemos. Y luego, con tu permiso, me gustaría añadir discretamente los nombres a las placas, no la historia completa, solo los nombres, para que no sean olvidados nuevamente.

 Joaquín asintió, sintiendo una mezcla de tristeza y alivio. Me parece correcto. Deberían tener sus nombres de vuelta al menos. Mientras continuaban su recorrido por el centro cultural, Joaquín notó algo que había estado ocurriendo con más frecuencia en los últimos meses. El edificio se sentía diferente, no solo libre de la presencia maligna que una vez lo había habitado, sino genuinamente acogedor, como si las paredes mismas agradecieran el nuevo propósito que se les había dado.

 ¿Has tenido más sueños?, preguntó Elena de repente. Joaquín sabía a qué se refería. Después del incidente, todos los involucrados habían experimentado sueños extraños. No pesadillas, como cabría esperar, sino visiones serenas de niños jugando en un jardín soleado. De vez en cuando, admitió, anoche, de hecho, vi a un niño pequeño, tal vez de unos 2 años que me saludaba con la mano desde lejos.

Creo, creo que podría haber sido Manuel. Elena sonrió suavemente. Yo soñé con una niña hace tres días. Me mostraba un dibujo que había hecho. Estaba tan orgullosa de él. ¿Crees que son realmente ellos intentando comunicarse? No lo sé, respondió Elena con honestidad. La ciencia diría que es nuestro subconsciente procesando el trauma.

 Pero, pero hay cosas que la ciencia no puede explicar, completó Joaquín. Exactamente. El resto del día transcurrió con normalidad. Visitantes recorrían las exposiciones. Grupos escolares escuchaban atentamente a los guías. Investigadores consultaban el pequeño archivo histórico que se había establecido en una de las salas.

 Al atardecer, cuando el centro cerraba sus puertas al público, Joaquín realizaba su rutina habitual de verificación, luces, ventanas, alarmas. Siempre dejaba la sala de los inocentes para el final. Esta noche, al entrar en la habitación, notó algo inusual. Un pequeño ramo de flores silvestres había sido colocado bajo una de las placas de bronce, la que correspondía, según sus cálculos, a Manuel.

 “No recuerdo haber visto a nadie dejar esto”, murmuró para sí mismo, acercándose para examinar el ramo. Junto a las flores había una pequeña tarjeta. La abrió con curiosidad y leyó el mensaje escrito con letra infantil. “Gracias por recordarnos. Ahora podemos descansar. Manuel, Josefina, Gabriel, Teresa, Lucía, Nicolás y Rosa. Un escalofrío que no era de miedo, sino de profunda emoción, recorrió su cuerpo.

Teresa, Lucía, Nicolás y Rosa, los nombres que faltaban, los nombres que nadie conocía. Con manos temblorosas guardó la tarjeta en su bolsillo. Mañana la mostraría a Elena y los demás. Pero por esta noche este mensaje era solo para él. Descansen en paz, susurró a la habitación vacía apagando las luces. Y por un instante, antes de que la oscuridad fuera completa, creyó ver siete pequeñas luces como luciérnagas danzando felices entre las sombras.

Joaquín, quien ahora además de jefe de mantenimiento, era considerado un guardián no oficial del edificio, supervisaba los preparativos para la ceremonia conmemorativa que se realizaría esa noche, pero su mente estaba en otro evento, uno mucho más íntimo que tendría lugar después cuandoel público se hubiera marchado.

 La pequeña tarjeta con los nombres de los niños había cambiado muchas cosas. La doctora Vázquez, siempre científica, pero cada vez más abierta a lo inexplicable, había hecho analizar la tinta y el papel, confirmando que eran materiales modernos. Alguien la dejó allí. Había sido su conclusión oficial. Pero la pregunta persistía.

 ¿Quién conocía esos nombres que ni siquiera los investigadores habían descubierto aún? El Dr. Montero, siguiendo esta nueva pista, había intensificado su búsqueda en los archivos y, finalmente encontró registros fragmentarios que confirmaban la existencia de Teresa, hija de Carmen, Lucía, hija de Antonia, Nicolás, hijo de Luisa, y Rosa, hija de Esperanza.

 Un descubrimiento que debería haber sido imposible para cualquier visitante casual del centro. Ahora en el aniversario se realizaría una ceremonia privada en la sala de los inocentes. Las placas de bronce habían sido modificadas discretamente para incluir los nombres completos de las madres y sus hijos. El padre Ignacio oficiaría una breve misa y luego, en un gesto simbólico, pero profundamente significativo, siete familias actuales de San Luis Potosí, descendientes indirectos de las comunidades de donde provenían las

nodrizas, encenderían velas en memoria de los pequeños. “Todo está listo para esta noche”, confirmó Joaquín Elena, quien acababa de llegar para los eventos del día. Gracias, Joaquín. No podríamos haber encontrado un mejor guardián para este lugar, respondió ella con una sonrisa cálida. No soy un guardián, protestó él suavemente.

 Solo un albañil que estuvo en el lugar equivocado, en el momento equivocado. O quizás en el lugar correcto, sugirió Elena. A veces pienso que no fue casualidad que fueras tú quien encontrara las cunas. Tenías que ser tú. Joaquín no respondió. Él mismo había reflexionado sobre eso durante largas noches, de todos los trabajos de restauración en la ciudad, de todas las casonas antiguas.

 ¿Por qué había terminado precisamente en esta? ¿Por qué había sido él quien notó primero el nicho oculto? La ceremonia pública fue un éxito rotundo. Autoridades locales pronunciaron discursos sobre la importancia del patrimonio histórico. Se inauguró una nueva exposición sobre la minería en el siglo XIX y el patio central se llenó de música tradicional y danzas regionales.

 Cuando el último visitante se marchó y las puertas se cerraron, comenzó la verdadera conmemoración. Solo estaban presentes aquellos que conocían la verdad. Joaquín y su cuadrilla original de albañiles, la doctora Vázquez y su equipo del INA, el doctor Montero, los dos sacerdotes y las siete familias cuidadosamente seleccionadas.

 En la sala de los inocentes, iluminada únicamente por velas, el padre Ignacio dirigió una ceremonia que mezclaba elementos católicos tradicionales con rituales de memoria prehispánicos investigados por el doctor Montero. Estamos aquí para honrar la memoria de siete inocentes y sus madres, víctimas de la codicia y la crueldad, comenzó el sacerdote, pero también para celebrar su liberación y descanso eterno.

 Uno a uno, los representantes de las siete familias se acercaron a las placas encendiendo una vela frente a cada una, mientras el padre Ignacio leía los nombres en voz alta. Manuel Ramírez, hijo de María Dolores. Josefina Cortés, hija de Juana. Gabriel Vega, hijo de Soledad. Teresa Orozco, hija de Carmen. Lucía Méndez, hija de Antonia.

 Nicolás Trujillo, hijo de Luisa. Rosa Gutiérrez, hija de Esperanza. Cuando la última vela fue encendida, un silencio solemne llenó la habitación. Y entonces algo extraordinario sucedió. Las llamas de las siete velas se elevaron simultáneamente, creciendo hasta alcanzar casi 30 cm de altura, pero sin quemar más intensamente. Era como si se hubieran convertido en columnas de luz pura.

 Un suave aroma a flores silvestres inundó la sala, aunque no había flores en ninguna parte. Y por un instante, tan breve que después muchos dudarían si realmente lo habían visto, siete pequeñas siluetas luminosas aparecieron junto a las velas, como niños de luz que saludaban con sus manitas antes de desvanecerse. Nadie habló, no había palabras para lo que acababan de presenciar.

 Algunos lloraban en silencio, otros sonreían a través de las lágrimas. Incluso la Dra. Vázquez, siempre racional, tenía los ojos húmedos y una expresión de asombro en su rostro. Joaquín sintió una paz profunda sentarse en su corazón. Después de un año de dudas, de preguntas sin respuesta, de intentar reconciliar lo racional con lo inexplicable, por fin comprendía su papel en todo esto.

 No había sido coincidencia. Él había sido elegido de alguna manera para ser parte de esta historia, para ayudar a liberar a estos niños, para asegurarse de que fueran recordados. Cuando la ceremonia concluyó y la gente comenzó a dispersarse, Joaquín se quedó un momentomás frente a las placas de bronce. Las velas seguían ardiendo, ahora con llamas normales, pero firmes y brillantes.

Adiós, pequeños, susurró como había hecho un año atrás, pero esta vez sabía que no era realmente un adiós. Al día siguiente, cuando Joaquín abrió el centro al público, notó algo diferente en la sala de los inocentes. donde antes había una sensación de solemnidad y tristeza, ahora parecía haber una atmósfera casi alegre.

 Los visitantes, especialmente los niños, se detenían más tiempo allí, a menudo sonriendo sin razón aparente. Y en el libro de visitas del centro, una entrada anónima escrita con la misma letra infantil de aquella primera tarjeta, decía simplemente, “Gracias por recordarnos. Ahora cuidamos este lugar.

 Como ustedes cuidaron de nosotros, Manuel, Josefina, Gabriel, Teresa, Lucía, Nicolás y Rosa, la casona de los Irigoyen, una vez escenario de horrores indecibles, se había transformado. Ya no era un lugar de oscuridad y secretos enterrados, sino un espacio de memoria, redención y quizás de cierta clase de milagro. Y Joaquín, el albañil que había derribado aquel primer muro, comprendió que algunos muros están destinados a caer para que la verdad pueda finalmente salir a la luz. Yeah.