Cuando los albañiles derribaron la pared en Guanajuato, el olor que salió hizo gritar a todos  

Cuando los albañiles derribaron la pared en Guanajuato, el olor que salió hizo gritar a todos  

 

El sol de Guanajuato caía implacable sobre los techos coloniales cuando Manuel Cortés y su cuadrilla de albañiles comenzaron a derribar la pared norte de la antigua Casona en el callejón de los Ángeles. La estructura, una mansión del siglo XVII que había pertenecido a una familia minera, estaba siendo renovada para convertirse en un hotel boutique.

 Los nuevos dueños, un matrimonio de la Ciudad de México, habían contratado a Manuel por su experiencia en restauración de edificios históricos. Con cuidado, muchachos, advirtió Manuel mientras el cincel comenzaba a penetrar en el yeso amarillento. Esta casa tiene más de 200 años. El capataz, un hombre de 50 y tantos años con la piel curtida por el sol, había nacido y crecido en Guanajuato.

 Conocía las historias de la ciudad, los túneles, las momias y las leyendas que susurraban los ancianos sobre ciertas cazonas. Esta, en particular, tenía algo que siempre le había inquietado, aunque nunca supo explicar qué. El primer golpe contra la pared produjo un eco hueco que sorprendió a todos. Raúl, el más joven de los trabajadores, miró a Manuel con curiosidad. Está hueca, jefe.

 Parece un falso muro, respondió Manuel acercándose. Esto no estaba en los planos. Conforme continuaron derribando el yeso, una pequeña grieta comenzó a formarse en la parte superior de la pared y entonces ocurrió. Un edor indescriptible, espeso y nauseabundo, comenzó a filtrarse por la abertura. Era un olor tan denso que parecía tener sustancia propia, una mezcla de carne putrefacta, humedad estancada y algo más, algo que ninguno de los presentes podía identificar, pero que provocaba una repulsión instintiva. Pedro, uno de

los albañiles más experimentados, dio un paso atrás cubriéndose la nariz con el antebrazo. Dios santo, qué chingados es eso olor se intensificó rápidamente, extendiéndose por toda la planta baja de la casa y escapando hacia la calle. Una mujer que pasaba por el callejón comenzó a gritar, seguida por los vendedores ambulantes y los turistas que paseaban por la zona.

 En cuestión de minutos, todo el vecindario estaba alterado. Manuel ordenó a sus hombres que se cubrieran la cara con pañuelos mientras seguían derribando la pared. A medida que los fragmentos de yeso caían, revelaron un hueco oscuro y estrecho entre dos muros. Y dentro algo que ninguno de ellos estaba preparado para ver.

 “Llamen a la policía”, murmuró Manuel mientras su rostro perdía todo color. “Y que nadie toque nada. El inspector Héctor Ramírez llegó a la casona dos horas después, acompañado por un equipo forense y varios oficiales de policía. A sus 45 años, Ramírez creía haberlo visto todo en sus dos décadas en la fuerza. Pero el espectáculo que encontró tras la pared derribada le provocó un nudo en el estómago que no había sentido desde sus días como novato.

 El espacio entre los muros, de aproximadamente 1 met de ancho y tres de alto contenía los restos de lo que parecían ser al menos cinco cuerpos en diferentes estados de descomposición. Algunos eran poco más que esqueletos, mientras que otros conservaban suficiente tejido para sugerir que su muerte era más reciente. Pero lo más perturbador eran las marcas en las paredes, rasguños desesperados en la piedra y manchas oscuras que bajaban hasta el suelo.

 Estos no fueron asesinatos comunes explicó la forense, una mujer joven de apellido Velázquez. Por la posición de los cuerpos y las marcas en las paredes, diría que fueron emparedados vivos. Un escalofrío recorrió la espalda de Ramírez. Los emparedamientos eran una práctica medieval de tortura y ejecución, pero en pleno Guanajuato y en tiempos recientes.

¿Cuánto tiempo llevan aquí? preguntó tratando de mantener la compostura profesional. Es difícil precisarlo sin análisis detallados. respondió Velázquez, pero por los diferentes estados de descomposición diría que esto ha estado ocurriendo durante años, quizás décadas. El más reciente podría llevar apenas unos meses.

 Manuel, que había permanecido en un rincón observando el procedimiento, se acercó a Ramírez con expresión sombría. Inspector, esta casa ha tenido muchos dueños en los últimos 30 años. Nadie permanece mucho tiempo aquí. Siempre la venden a precios ridículamente bajos. ¿Sabe usted quién era el último propietario antes de los actuales compradores? Un hombre de apellido Sarate.

 Vivió aquí unos 5 años muy reservado. Vendió la propiedad hace 6 meses y se fue de la ciudad. Nadie sabe dónde está ahora. Ramírez anotó el nombre en su libreta. tendría que localizar a este Sárate y a todos los propietarios anteriores. Pero mientras contemplaba aquel macabro hallazgo, una sensación de inquietud crecía en su interior.

 Había algo más en aquella escena, algo que iba más allá de los homicidios, por horribles que fueran. “Inspector”, llamó uno de los oficiales desde el fondo del hueco. “Encontramos algo más.” El oficial sostenía unpequeño libro de cuero ennegrecido por el tiempo y la humedad. Ramírez se colocó unos guantes y lo tomó con cuidado.

 Al abrirlo, descubrió que era un diario escrito en una letra pequeña y nerviosa. La primera página estaba fechada en 1879. Esa misma noche, en la soledad de su despacho y con una taza de café que se enfriaba sin tocar, el inspector Ramírez comenzó a leer el diario encontrado en el hueco. Las páginas amarillentas revelaban la caligrafía temblorosa de un hombre llamado Joaquín Montes, un minero que había vivido en la casa durante el auge de la plata en Guanajuato.

 10 de marzo 1879. Hoy he escuchado nuevamente los susurros tras la pared norte. María insiste en que son ratas, pero yo sé que no es así. Las ratas no suplican. Las ratas no llaman por tu nombre en la oscuridad. Ramírez pasó la página sintiendo un escalofrío. 15 de marzo, 1879. He descubierto algo terrible en el sótano.

 Bajo las piedras del suelo hay un pasadizo que conecta con las antiguas minas. Y en las paredes de ese túnel he visto marcas, marcas de manos humanas que intentaron escapar. El anterior propietario, don Francisco, me aseguró que la casa estaba limpia de cualquier mal. Me mintió. Las entradas continuaban cada vez más perturbadoras.

 Joaquín describía cómo había comenzado a oír voces que le pedían más almas para saciar el hambre. Relataba noches en vela aterrorizado, mientras algo arañaba las paredes desde el interior. 2 de abril 1879. Hoy he comprendido lo que debo hacer. La casa exige un sacrificio. He invitado a mi primo Ricardo a quedarse unos días.

Es un hombre sin familia. Nadie lo extrañará. Ramírez cerró el diario un momento, necesitando aire. Lo que estaba leyendo sugería que Joaquín Montes había sido el primer asesino emparedando a su propio primo como ofrenda. ¿A qué exactamente? continuó leyendo. Las entradas se volvían cada vez más delirantes.

 Joaquín describía como después del sacrificio de su primo, la casa había quedado en silencio por un tiempo, pero luego los susurros habían vuelto, más fuertes, más hambrientos. 28 de julio 1879. El hambre de la casa no se sacia. He emparedado ya a tres hombres, todos forasteros, sin conexiones en Guanajuato.

 Pero anoche María escuchó los susurros. También dijo que la llamaban. Dios me perdone por lo que debo hacer. La última entrada era apenas legible, escrita con una letra tan temblorosa que algunas palabras eran indescifrables. 10 de agosto, 1879. No puedo más. Los gritos tras la pared no cesan. María sigue viva ahí dentro. Puedo oírla llamándome.

 Y hay algo más con ella, algo que no es humano. He vendido la casa a un comerciante de la capital. Que Dios se apiade de su alma. Yo me marcho a España en el próximo barco, pero temo que lo que habita en estas paredes me seguirá donde quiera que vaya. Ramírez cerró el diario con el sudor frío corriendo por su frente. Si lo que había leído era cierto, la casa tenía una historia de horror que se remontaba a más de un siglo.

 Y si los cuerpos encontrados eran una indicación, el ciclo de muerte había continuado mucho después de Joaquín Montes. Tomó su teléfono y marcó el número de Manuel Cortés. Manuel, necesito que me diga algo. ¿Han encontrado algún acceso al sótano en esa casa? No, inspector. Según los planos, esta casa no tiene sótano.

Ramírez sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Pues tenemos que encontrarlo y hay que hacerlo antes del anochecer. A la mañana siguiente, el callejón de los Ángeles amaneció acordonado por la policía. Varios vecinos se agolpaban tras las cintas amarillas, intercambiando teorías sobre lo que habían encontrado en la antigua Casona.

 Los rumores crecían más rápido que la hiedra en los muros coloniales de Guanajuato. Entonces, el inspector Ramírez, con ojeras profundas tras una noche sin sueño, coordinaba a un equipo de arqueólogos forenses que habían comenzado a examinar el suelo de la planta baja, buscando la entrada al sótano mencionado en el diario de Joaquín.

 Según los registros municipales, explicó la historiadora local, Dora Elena Fuentes, muchas casas de esta época tenían conexiones con la red de túneles mineros. Durante la guerra de independencia, estos pasajes se utilizaron tanto para esconder tesoros como para huir en caso de asedio. Ramírez asintió recordando las leyendas urbanas sobre tesoros escondidos en los túneles de Guanajuato, pero lo que buscaban ahora era mucho más siniestro que oro o plata.

 Mientras tanto, en la comisaría, la detective Laura Mondragón revisaba los registros de personas desaparecidas en Guanajuato durante los últimos 50 años. El patrón que emergía era inquietante. Cada pocos años, especialmente durante los periodos en que la casona del callejón de los Ángeles cambiaba de propietario, se registraban desapariciones de forasteros, principalmente turistas o trabajadores temporales.

 Inspector,llamó Laura por teléfono, he encontrado algo interesante. Todos los propietarios de la casa desde 1879 han seguido un patrón similar. Compran barato, viven allí un tiempo y luego venden precipitadamente, mudándose lejos a menudo al extranjero, como si estuvieran huyendo, murmuró Ramírez. Exacto. Y hay más. He localizado al penúltimo dueño, Ernesto Sarate.

 Vive ahora en Mérida. Dice que está dispuesto a hablar, pero solo en persona y fuera de Guanajuato. Parece aterrorizado. Ramírez consideró sus opciones. Necesitaba dividir la investigación. Alguien debía viajar a Mérida para entrevistar a Zárate mientras continuaban las excavaciones en la casona.

 Laura, toma el primer vuelo a Mérida. Yo seguiré aquí con el equipo forense. Justo cuando colgaba, uno de los arqueólogos lo llamó desde el interior de la casa. Habían encontrado algo bajo una pesada alfombra colonial en lo que fue el comedor. Una trampilla de madera sellada con clavos antiguos y cubierta de símbolos grabados. Parecen sellos de protección, explicó la doctora fuentes examinando los grabados.

Símbolos utilizados en el siglo XVII para mantener encerradas a entidades malignas, una mezcla de cristianismo y creencias prehispánicas. ¿Está sugiriendo que alguien intentaba mantener algo encerrado en ese sótano?, preguntó Ramírez escéptico, pero inquieto. No lo sugiero, inspector, lo afirmo.

 Y por la elaboración de estos sellos, fuera lo que fuese, alguien estaba absolutamente aterrorizado de que pudiera escapar. El equipo trabajó durante horas para abrir la trampilla sin dañarla. Cuando finalmente cedió, un aire frío y fétido emergió del hueco oscuro, tan intenso que varios técnicos tuvieron que retroceder. Tosiendo, Ramírez se asomó al agujero con una linterna potente.

 Una escalera de piedra descendía hacia la oscuridad y en los peldaños, claramente visibles, había marcas de arañazos recientes. “Traigan equipo de descenso y máscaras de gas”, ordenó. “Vamos a bajar.” El sótano era mucho más extenso de lo que habían anticipado. Bajo la luz de las linternas, Ramírez y dos oficiales avanzaban por un corredor estrecho de piedra, húmedo y cubierto de un mo negro que parecía palpitar bajo el as de luz.

El aire era denso, cargado de un olor a descomposición y algo más, algo metálico y antiguo. “Esto no es solo un sótano”, murmuró Ramírez observando la arquitectura del lugar. Es un pasaje que conecta con los túneles mineros. Las paredes estaban cubiertas de marcas. Algunas eran símbolos similares a los de la trampilla.

 Otros parecían súplicas desesperadas grabadas en la piedra. y algunos más eran simplemente arañazos, como si algo o alguien hubiera intentado excavar la roca con las manos desnudas. Después de unos 30 m, el pasaje se ensanchaba en una cámara circular. En el centro había una mesa de piedra similar a un altar.

 Alrededor, nichos excavados en las paredes contenían restos humanos, algunos tan antiguos que apenas quedaban más que huesos amarillentos, otros terriblemente recientes. “Esto es un santuario”, dijo uno de los oficiales, “un mayor que había crecido en la región, pero no cristiano.” Ramírez se acercó al altar. Sobre la superficie de piedra había manchas oscuras y alrededor en el suelo, pequeños objetos, monedas antiguas, joyas, dientes humanos y fragmentos de papel con nombres escritos.

 “Son ofrendas”, concluyó Ramírez sintiendo un escalofrío. Quien fuera el dueño de esta casa estaba alimentando algo. Un ruido súbito lo sobresaltó. Parecía venir de más profundo en el túnel. Más allá de la cámara era un sonido húmedo, como de algo arrastrándose. Inspector, llamó el segundo oficial apuntando su linterna hacia un pasaje que continuaba más allá del altar.

 Hay huellas recientes en el suelo. Las marcas no eran pisadas. Parecían más bien el rastro que dejaría un cuerpo pesado al ser arrastrado con ocasionales manchas oscuras a los lados. Ramírez comprobó su arma y miró a los oficiales. Vamos a seguir el rastro. Mantengan contacto por radio con el equipo de arriba. Si perdemos comunicación, que nadie más baje.

 Que sellen la entrada y llamen a la unidad especializada de Ciudad de México. Los tres hombres avanzaron por el nuevo túnel que descendía en una pendiente suave. El aire se volvía cada vez más frío y húmedo, y las paredes brillaban con una sustancia viscosa que reflejaba la luz de las linternas.

 Después de unos 100 metros, el túnel terminaba abruptamente en otra cámara más pequeña que la anterior, pero lo que vieron allí hizo que los tres se detuvieran en seco. En el centro de la cámara, arrodillada ante lo que parecía un pozo sin fondo, estaba una figura humana. Por su vestimenta, un traje caro, aunque manchado de tierra, parecía ser alguien de clase alta.

 La figura murmuraba en voz baja en lo que sonaba como una mezcla de español antiguo y algo más, algo que ninguno de los presentes podíaidentificar. “Policía”, anunció Ramírez apuntando su arma hacia la figura. “Dese vuelta lentamente y muestre sus manos.” La figura dejó de murmurar, pero no se movió.

 “Ya es demasiado tarde”, dijo finalmente con voz ronca. ya está despierto. Y entonces, desde las profundidades del pozo emergió un sonido que ninguno de los tres hombres olvidaría jamás. Un coro de voces en agonía mezcladas con algo más, algo que no era humano en absoluto. “Aléjese del pozo”, ordenó Ramírez, manteniendo su arma apuntada hacia la figura arrodillada.

 “Y dígame, ¿quién es usted?” El hombre se volvió lentamente. Era mayor, quizás 60 años, con el rostro demacrado y los ojos hundidos, como si llevara días sin dormir. Su ropa, aunque cara, estaba sucia y rasgada en varios lugares. “Mi nombre es Augusto Álvarez”, respondió con voz temblorosa. “Soy el dueño actual de la casa.

” O lo era hasta que vendí a esa pareja de la capital. Una risa amarga escapó de sus labios. Pobres ilusos, no saben lo que han comprado. Ah, señor Álvarez, está bajo arresto por sospecha de homicidio múltiple, dijo Ramírez, acercándose cautelosamente mientras hacía una seña a los oficiales para que cubrieran el pozo.

 Tiene derecho a guardar silencio, homicidio. Álvarez negó con la cabeza, su risa convirtiéndose en algo cercano a la histeria. Yo no maté a nadie, inspector. Yo lo salvé. Lo salvé de él. Un súbito temblor sacudió la cámara haciendo caer pequeñas piedras del techo. Del pozo emergió una nube de vapor fétido y con ella aquel coro de lamentos se intensificó.

 ¿Qué hay en ese pozo?, exigió saber Ramírez intentando mantener la calma mientras el suelo bajo sus pies vibraba. La boca, respondió Álvarez. Ahora completamente sereno, como si hubiera aceptado su destino. Así la llamaban los antiguos mineros, un lugar donde la tierra habla, donde devora. Los indígenas lo sabían, por eso nunca excavaron aquí.

 Pero los españoles, los españoles siempre han sido codiciosos. Otro temblor más fuerte. Uno de los oficiales perdió el equilibrio y cayó. su linterna rodando hacia el pozo y desapareciendo en su oscuridad. Por un instante, antes de que la luz se extinguiera, Ramírez creyó ver algo moviéndose en las profundidades, una masa oscura y pulsante, con apéndices que se retorcían como tentáculos.

 Vámonos de aquí”, ordenó Ramírez tomando a Álvarez por el brazo. “Ahora es inútil”, respondió Álvarez sin resistirse. “Cuando despierta necesita alimentarse. Si no le damos lo que quiere, lo tomará por sí mismo.” El oficial caído se incorporó, pero al hacerlo, algo pareció tirar de su pierna. Gritó aferrándose a una roca mientras su cuerpo era arrastrado lentamente hacia el pozo.

 “¡Ayuda!”, gritó desesperado. Ramírez y el otro oficial se lanzaron a sujetarlo. Por un momento terrible se convirtió en un macabro juego de tira y afloja, con el oficial gritando de dolor, mientras algo invisible tiraba de él con fuerza sobrenatural. “Disparen al pozo”, ordenó Ramírez sacando su propia arma. Ambos vaciaron sus cargadores en la oscuridad del pozo.

 Un chillido inhumano emergió de las profundidades y la fuerza que tiraba del oficial se dio momentáneamente. “Corran!”, gritó Ramírez, ayudando al oficial herido, a ponerse en pie. “Tú, llévate a Álvarez”. El grupo comenzó a ascender por el túnel, tropezando en la oscuridad, mientras las paredes temblaban cada vez con más violencia. Detrás de ellos, el sonido de algo pesado arrastrándose por el suelo se acercaba rápidamente.

No servirá de nada, jadeó Álvarez mientras corrían. Ya ha probado sangre. Seguirá el rastro hasta la superficie. Ramírez no respondió. Su mente analítica, forjada en años de trabajo policial, luchaba por procesar lo que estaba sucediendo. Parte de él se aferraba a explicaciones racionales, gases tóxicos causando alucinaciones, un derrumbe inminente, quizás un asesino en serie con algún tipo de mecanismo para aterrorizar a sus víctimas.

 Pero en lo más profundo de su ser, sabía que estaban enfrentando algo que desafiaba toda explicación racional. Llegaron a la primera cámara con el altar en el centro. El oficial que cargaba a Álvarez tropezó cayendo pesadamente. Cuando Ramírez se volvió para ayudarlos, vio con horror que las ofrendas sobre el altar habían comenzado a arder espontáneamente con un fuego verde y antinatural.

 Y en la entrada del túnel por el que acababan de escapar, una oscuridad más densa que la noche comenzaba a derramarse como aceite negro y viscoso. Mientras Ramírez y sus hombres luchaban en las profundidades, Laura Mondragón aterrizaba en Mérida. El calor húmedo del Yucatán la golpeó al salir del aeropuerto. Un contraste marcado con el clima templado de Guanajuato.

 Ernesto Sarate había accedido a encontrarse con ella en un café del centro histórico, un lugar público y concurrido. Cuando Laura llegó, lo encontró sentado en la esquinamás alejada con gafas oscuras a pesar de estar bajo techo y mirando constantemente hacia la puerta. Señor Zárate, se presentó Laura mostrando su identificación.

Gracias por acceder a hablar conmigo. Zárate, un hombre delgado con el cabello prematuramente blanco, asintió nerviosamente. No tenemos mucho tiempo, dijo en voz baja. Ellos siempre saben cuando alguien habla de la casa. Ellos, preguntó Laura, sentándose frente a él. Los guardianes, los que sirven a lo que vive bajo la casa.

 Sárate se quitó las gafas, revelando ojos inyectados en sangre. He estado huyendo durante seis meses, detective. Cambio de hotel cada tr días. No uso tarjetas de crédito. No hablo con nadie sobre mi pasado y aún así lo siento cerca. Laura estudió al hombre. No parecía drogado ni ebrio, sino genuinamente aterrorizado. Hábleme de la casa, señor Sarate.

 ¿Qué encontró allí? Sarate tomó un sorbo de su café con manos temblorosas. Compré la casa hace 5 años. Era una ganga demasiado buena para ser verdad. El anterior propietario prácticamente la regaló. Solo después entendí por qué. Hizo una pausa. Comenzó con susurros, voces en las paredes que me llamaban por mi nombre.

 Luego los sueños. ¿Qué sueños? Sueños de un pozo en las profundidades, de algo antiguo y hambriento que me prometía riquezas a cambio de sacrificios. Laura sintió un escalofrío a pesar del calor. Hizo usted esos sacrificios. Sárate bajo la mirada, avergonzado. Al principio resistí, pero la casa cambia tu mente poco a poco, te susurra cuando estás solo, te muestra visiones.

 Y luego una noche encontré a un vagabundo dormido en mi portal y yo yo se cubrió el rostro con las manos. ¿Cuántos fueron?, preguntó Laura, manteniendo su voz profesional a pesar del horror que sentía. Tres, susurró Zárate. Tres personas que nadie echaría de menos. Los emparedé como me mostraron en los sueños y funcionó. Por un tiempo las voces se callaron y comencé a prosperar. Mi negocio creció.

 Encontré una beta de ópalo en un terreno que había comprado por nada, pero no duró. No, nunca dura. La boca siempre vuelve a tener hambre y cada vez exige más. Sarate se inclinó hacia adelante. Cuando me di cuenta de que ahora quería mi esposa, supe que tenía que huir. Vendí la casa por una fracción de su valor a esa pareja de la capital.

 Tomé a mi familia y desaparecimos. ¿Sabe qué es exactamente lo que vive bajo la casa? Sara te negó con la cabeza. Los antiguos documentos que encontré en el desván solo lo llamaban la boca. Según ellos, estaba allí antes que los españoles, antes que los purépechas, algo que los primeros habitantes de estas tierras sellaron bajo tierra con sacrificios y magia antigua, se estremeció.

 Pero hay algo más, detective, algo que descubrí justo antes de irme. La boca no está solo bajo mi casa. Hay otros lugares en Guanajuato, otras entradas. Es como una red bajo la ciudad conectando ciertos puntos. Laura recordó los túneles mineros que recorrían el subsuelo de Guanajuato, utilizados hoy como vías para el tráfico y atracciones turísticas.

 ¿Tiene un mapa de esos lugares?, preguntó sintiendo que la información podría ser crucial para Ramírez. Sar dudó un momento, luego sacó un papel doblado de su bolsillo. Lo dibujé de memoria basándome en un mapa antiguo que encontré y luego quemé. No es exacto, pero su frase quedó interrumpida por el tintineo de su teléfono, un mensaje de texto.

 Cuando Sara te lo miró, su rostro perdió todo color. ¿Qué sucede?, preguntó Laura. Es un mensaje de mi propio número. Le mostró la pantalla a Laura. El mensaje decía simplemente, “La boca está abierta. Ellos vienen por ti. En ese momento, el suelo bajo sus pies tembló ligeramente, haciendo tintinear las tazas sobre la mesa.

 En los túneles bajo la cazona, Ramírez y sus hombres habían llegado a la escalera que conducía a la trampilla. El oficial herido apenas podía moverse, su pierna destrozada por lo que fuera, que había intentado arrastrarlo al pozo. Álvarez, sorprendentemente había recuperado parte de su compostura y ayudaba a cargar al herido.

 “Inspector Ramírez”, gritó una voz desde arriba. Era uno de los arqueólogos. Están bien. Necesitamos ayuda médica, respondió Ramírez y evacuen el edificio inmediatamente. Mientras comenzaban a subir la empinada escalera, otro temblor sacudió la estructura. más violento que los anteriores. Fragmentos de piedra cayeron del techo y una grieta comenzó a formarse en la pared junto a la escalera.

 “Se está abriendo camino”, murmuró Álvarez mirando hacia atrás con terror. “La boca busca la superficie.” Ramírez no quería creerlo, pero el ruido que venía tras ellos, un sonido húmedo de roca triturándose y algo masivo arrastrándose, era innegable. Más rápido”, urgió a sus hombres. Al llegar a la trampilla, manos ansiosas los ayudaron a subir.

 El equipo forense y los otros policías tenían expresiones deconfusión y miedo. “¿Qué sucede allá abajo?”, preguntó la doctora fuentes, mientras dos paramédicos atendían al oficial herido. “Evacuéen el edificio y acordó en un perímetro de 100 m”, ordenó Ramírez ignorando la pregunta. y necesito hablar con el Departamento de Bomberos y Protección Civil.

 Otro temblor tan fuerte que hizo caer algunos adornos de las paredes. Una grieta comenzó a formarse en el suelo, extendiéndose desde la trampilla. “Fuera! ¡Ahora!”, gritó Ramírez. El grupo salió apresuradamente a la calle. Los vecinos ya estaban fuera de sus casas, alarmados por los temblores que parecían afectar solo a esta zona de la ciudad.

 Ramírez miró su teléfono y vio varias llamadas perdidas de Laura. Cuando intentó devolverle la llamada, notó que no había señal. Inspector”, dijo Álvarez ahora extrañamente calmado, “no caso huir. La boca ha despertado completamente. Sabe que intentamos escapar sin alimentarla. ¿Qué es exactamente la boca?”, exigió Saber Ramírez mientras organizaba la evacuación de los edificios cercanos.

Álvarez miró hacia el cielo, donde nubes oscuras comenzaban a formarse sobre el callejón, a pesar de que el resto de la ciudad seguía bajo un sol radiante. Los españoles pensaron que era un demonio. Los indígenas creían que era algo más antiguo, algo que existía antes de los dioses.

 Yo solo sé que vive de la carne y el miedo y que lleva siglos debajo de Guanajuato, alimentándose a través de aquellos que ocupan ciertas casas construidas sobre sus entradas. Un nuevo temblor más violento hizo que varias tejas cayeran de los techos circundantes. La gente comenzó a correr alejándose del callejón. “¿Cómo lo detenemos?”, preguntó Ramírez, aferrándose a la idea de que debía existir una solución racional a esta pesadilla.

 “No se detiene”, respondió Álvarez, “solo se aplaca con sangre y terror. Y ahora que ha probado la libertad después de tanto tiempo, necesitará mucho para volver a dormir.” En ese momento, el teléfono de Ramírez vibró. Era un mensaje de Laura. “La boca tiene otras entradas en la ciudad. Sarate tiene un mapa. Nos dirigimos al aeropuerto.

 Regresamos esta noche. Ten cuidado. Los guardianes también son peligrosos. Guardianes, preguntó Ramírez en voz alta. Álvarez lo miró con sorpresa. No lo sabía. Cada propietario de una casa como la mía forma parte de un linaje. Somos los guardianes de las entradas. Algunos caemos en la locura y nos convertimos en sirvientes voluntarios.

 Otros resistimos, pero seguimos encadenados a nuestro deber. Una sonrisa triste cruzó su rostro. Yo intenté romper el ciclo vendiendo la casa, pero solo logré extender la infección. Antes de que Ramírez pudiera responder, un estruendo ensordecedor surgió de la casona. El suelo frente a la entrada se hundió formando un cráter que rápidamente comenzó a expandirse y entonces desde las profundidades emergió algo que desafiaba toda comprensión.

 Laura Mondragón y Ernesto Sarate conducían a toda velocidad por la carretera hacia el aeropuerto de Mérida cuando el teléfono de ella sonó. era el jefe de policía de Guanajuato. “Dective Mondragón”, dijo con voz tensa, “regres inmediatamente. Tenemos una situación de emergencia en el centro histórico. Temblores localizados, daños estructurales y reportes que no tienen sentido.

 ¿Qué clase de reportes, jefe?” Hubo una pausa tensa, gente desapareciendo en grietas que se abren en el suelo, sombras que se mueven contra la luz y dudó como si no pudiera creer lo que iba a decir. Y reportes de personas actuando de forma extraña, con los ojos completamente negros atacando a otros ciudadanos. Laura miró a Sarate, quien había palidecido al escuchar esto a través del altavoz.

 Son los guardianes”, murmuró Sarate. “La boca los está llamando a todos.” “El inspector Ramírez,” preguntó Laura, “Está coordinando la evacuación del centro. La última comunicación fue hace 10 minutos.” El jefe bajó la voz. “Laura, está pasando algo que no entendemos. Necesitamos toda la ayuda posible. Vamos en camino, jefe. Tenemos información que puede ser crucial.

” Al colgar, Laura miró a Sarate. Tenemos que regresar a Guanajuato ahora mismo. Es un suicidio protestó Sarate aterrorizado. Cuando la boca despierta completamente, no hay nada que pueda detenerla. Dijo que había forma de aplacarla. Sí, con sacrificios, sacrificios humanos. Sárate se pasó una mano temblorosa por el cabello.

 Durante siglos, los guardianes han mantenido el equilibrio, alimentando a la boca lo suficiente para mantenerla dormitante, pero satisfecha, una o dos vidas cada pocos años. Pero ahora se estremeció. Ahora ha probado la libertad. Guerrá más, mucho más. Laura pensó rápidamente. El mapa que me dio muestra todas las entradas, ¿verdad? Zara asintió.

 Entonces tal vez podamos sellarlas todas a la vez. Necesitaríamos un pequeño ejército y personas dispuestas a creer en algo que desafíatoda lógica. Laura sonrió gremmente. Por suerte, conozco a un inspector que acaba de ver lo suficiente como para creer cualquier cosa. Mientras se dirigían al pequeño aeropuerto local, Laura estudió el mapa que Sara te había dibujado.

Mostraba siete puntos en el centro histórico de Guanajuato, formando un patrón circular. La casona del callejón de los Ángeles era solo uno de ellos. ¿Quiénes son los otros guardianes?, preguntó, “No los conozco a todos. Nos mantenemos separados por seguridad, pero sé que incluyen a algunas de las familias más antiguas y poderosas de la ciudad, políticos, empresarios, incluso un sacerdote, creo.

 Laura sintió un escalofrío al comprender las implicaciones. Si lo que Sara te decía era cierto, esta conspiración de silencio y sacrificio se remontaba siglos atrás, involucrando a las élites de Guanajuato en un pacto macabro. ¿Cómo se sella una entrada? Preguntó finalmente. Con sangre y símbolos antiguos, respondió Sáate, los mismos que encontraron en la trampilla de mi casa, pero debe ser sangre ofrecida voluntariamente por alguien puro de corazón. Su voz se quebró.

 Es por eso que los guardianes eventualmente enloquecen el peso de lo que hacemos. No hay alma que pueda soportarlo indefinidamente. Mientras abordaban el pequeño avión privado que Laura había conseguido a través de contactos de emergencia, ambos podían sentir que algo fundamental estaba cambiando en el mundo, como si una oscuridad antigua estuviera despertando, no solo en Guanajuato, sino en todos lados, donde la Tierra guardaba secretos antiguos.

 El piloto les informó que había reportes de actividad sísmica inusual en Guanajuato y que el aeropuerto local había cerrado temporalmente. “Aterrizaremos en León”, explicó. Es lo más cerca que puedo llevarlos. Mientras el avión despegaba, Laura miró por la ventanilla hacia el horizonte. En la distancia, nubes oscuras y antinatural se formaban en dirección a Guanajuato.

 “Dios mío”, murmuró, “¿Qué es lo que hemos despertado? La noche había caído sobre Guanajuato cuando Ramírez y su equipo establecieron un centro de comando en la plaza de la paz, a cierta distancia del epicentro de los eventos sobrenaturales. La ciudad estaba sumida en el caos. Los temblores continuaban. localizados principalmente en el centro histórico.

Grietas se abrían en las callejuelas empedradas y lo más perturbador, cada vez más ciudadanos reportaban avistamientos de figuras oscuras que se movían como sombras independientes de sus dueños. El inspector había pasado las últimas horas tratando de mantener el orden mientras evacuaban el centro. Había sido difícil explicar a sus superiores lo que realmente ocurría sin sonar como un demente, así que se había limitado a hablar de posibles fugas de gas y riesgo de derrumbes.

 “Inspector”, llamó uno de sus oficiales, “la detective Mondragón acaba de llegar con un civil.” Laura se acercó apresuradamente, acompañada por Zárate, quien miraba nerviosamente a su alrededor. “Ramírez”, dijo Laura sin ceremonias. “tenemos un plan, pero vas a tener que confiar en mí.” rápidamente le explicó lo que habían aprendido sobre la boca, las siete entradas y los guardianes.

 “Esto es una locura”, murmuró Ramírez, aunque después de lo que había visto en los túneles, ya nada le parecía imposible. “Lo sé”, respondió Laura, “pero mira a tu alrededor. ¿Tienes una explicación mejor?” Un nuevo temblor sacudió la plaza, más fuerte que los anteriores. A lo lejos se escuchó un ruido como de piedra desgarrándose, seguido de gritos.

 ¿Qué necesitan?, preguntó finalmente Ramírez. Equipos para cada entrada”, explicó Laura desplegando el mapa de Sarate. Y esto sacó de su bolso un pequeño libro antiguo encuadernado en cuero. Sarate lo tenía escondido. Es un ritual para sellar las entradas. Necesitamos hacerlo simultáneamente en los siete puntos. ¿Y quiénes serán los voluntarios? Preguntó Ramírez.

 Laura y Sara te intercambiaron miradas. Nosotros tres para empezar, dijo Laura, y necesitamos encontrar a cuatro más. Personas valientes, dispuestas a arriesgar todo. No fue difícil encontrar voluntarios. A pesar del miedo o quizás debido a él, varios oficiales se ofrecieron. Al final formaron siete equipos, cada uno liderado por alguien que portaba una copia de las páginas relevantes del libro.

 Recuerden, advirtió Sarate antes de separarse, una vez que comience el ritual, la boca lo sabrá. Enviará a sus guardianes para detenernos. No confíen en nadie con ojos completamente negros, sin importar quién parezca ser. Ramírez tomó su posición en la entrada principal, la cazona del callejón de los Ángeles, ahora parcialmente derrumbada.

Laura se dirigió a una antigua iglesia en las afueras del centro. Sárate, temblando pero determinado, fue asignado a una mansión colonial cerca del Mercado Hidalgo. A las 11 de la noche, cuando la ciudad estaba sumida en una oscuridadantinatural, todas las luces eléctricas habían fallado en el centro histórico.

Los siete equipos comenzaron el ritual simultáneamente. Ramírez, parado frente al cráter que se había formado donde una vez estuvo la casona, comenzó a recitar las palabras antiguas que había memorizado. Eran una mezcla de latín, español antiguo y algo más antiguo, palabras que hacían que su lengua se sintiera pesada y extraña.

Mientras recitaba, una figura emergió de las sombras cercanas. Era Manuel, el capataz de los albañiles. Inspector, llamó con voz quebrada, ayúdeme, por favor. Pero cuando Manuel se acercó más, Ramírez vio con horror que sus ojos eran pozos de oscuridad absoluta y su boca se abría en una sonrisa demasiado amplia para ser humana.

 “No interrumpas el ritual”, dijo Ramírez continuando con las palabras mientras sacaba su arma. La boca tiene hambre, inspector”, dijo la cosa que ya no era Manuel, su voz ahora un coro de susurros. Tanto hambre después de siglos de migajas, y ahora que está despierta, la ciudad entera será su festín. Ramírez disparó, pero la bala pareció atravesar a Manuel sin efecto. La criatura siguió avanzando.

 El ritual requiere sangre libremente ofrecida, continuó la cosa. Ahora a pocos metros. ¿Está dispuesto a pagar ese precio, inspector? En ese momento, Ramírez comprendió lo que debía hacer. Continuó recitando las palabras del ritual mientras se acercaba al borde del cráter. Abajo, en la oscuridad, algo se movía, algo vasto y antiguo.

 Sacó su cuchillo y, sin dudar se hizo un corte profundo en la palma. La sangre brotó cayendo en gotas hacia la oscuridad. Acepto el pacto”, dijo completando el ritual. “Mi sangre por el sello. Un rugido surgió de las profundidades y por un instante terrible Ramírez vio lo que realmente era la boca.

 no una criatura, sino una ausencia, un vacío hambriento en la fábrica de la realidad, una herida en el mundo que nunca había sanado completamente. A través de su radio escuchó las voces de los otros seis equipos, todos completando el ritual simultáneamente, y entonces, como una onda expansiva, una luz brillante surgió del suelo en los siete puntos, formando pilares que se elevaban hacia el cielo nocturno.

 La cosa que había sido Manuel se retorció gritando con docenas de voces mientras se disolvía en la luz. El suelo tembló una última vez con tal violencia que Ramírez cayó de rodillas. Y entonces, silencio. Lentamente, las luces de la ciudad comenzaron a regresar. El cielo, que había estado cubierto por nubes sobrenaturales, comenzó a despejarse, revelando las estrellas.

 Ramírez se dejó caer exhausto mientras escuchaba por su radio los reportes de los otros equipos. Todos habían completado el ritual. Todos habían ofrecido su sangre voluntariamente. Todos habían sobrevivido, aunque marcados para siempre por lo que habían presenciado. Días después, cuando la ciudad comenzaba a recuperarse del supuesto desastre natural, la explicación oficial involucraba una combinación de fugas de gas, temblores y alucinaciones masivas causadas por las emanaciones.

 Ramírez, Laura y Sárate se reunieron en un café tranquilo en las afueras de la ciudad. ¿Está realmente sellada?, preguntó Laura, mirando su mano vendada, idéntica a las de los otros dos. Por ahora, respondió Sarate, más calmado de lo que lo habían visto antes. El pacto ha sido renovado. La boca dormirá otra vez, satisfecha con nuestra sangre libremente ofrecida.

 ¿Por cuánto tiempo? preguntó Ramírez. Sara te miró hacia la ciudad hermosa bajo el sol de la tarde. Nadie lo sabe con certeza. Los registros sugieren que los sellos duran entre 50 y 100 años. Después, dejó la frase en el aire, después será problema de otra generación, completó Ramírez.

 Los tres guardaron silencio, contemplando lo que habían vivido y el secreto que ahora compartían. un secreto que se uniría a las muchas leyendas de Guanajuato, susurradas por los ancianos a la luz de las velas, sobre lo que realmente habita bajo las hermosas calles empedradas de la ciudad. Y en la noche, cuando el viento sopla a través de los callejones estrechos y las sombras parecen moverse por sí solas, algunos juran que pueden escuchar un susurro lejano, como de muchas voces hablando al unísono, recordándoles que la boca solo duerme, nunca muere y algún

día volverá a tener hambre. Tener.