Cuando las sirvientas limpiaban una mansión en Zacatecas, hallaron cunas vacías que se mecían solas

María Dolores Gutiérrez caminaba con paso firme, pero nervioso por la empedrada calle del centro histórico de Zacatecas. A susco años, la oportunidad de trabajar como ama de llaves en la mansión Echeverría representaba un golpe de suerte después de meses buscando empleo. El sol de la mañana iluminaba los edificios coloniales de cantera rosa mientras ella ajustaba su bolso desgastado y repasaba mentalmente las indicaciones.
Calle de la Condesa número 28, murmuró para sí misma mientras observaba los números de las casas. La mansión apareció imponente al final de la calle, una construcción del siglo XVII que destacaba por su tamaño entre las demás edificaciones. Tres pisos de arquitectura colonial con balcones de hierro forjado, ventanales altos protegidos por cortinas pesadas y una puerta principal de madera tallada.
que parecía vigilar la entrada como un centinela silencioso. María Dolores se detuvo frente al portón y respiró profundamente. El anuncio en el periódico había sido específico. Se solicita ama de llaves y personal de limpieza para mansión histórica, buen sueldo, discreción absoluta.
Tiró de la campana y el sonido metálico resonó como un eco distante. Pasaron casi 2 minutos antes de que la puerta se abriera con un chirrido prolongado. Un hombre de unos 60 años, vestido con un traje negro impecable y rostro severo la recibió. “Señora Gutiérrez, preguntó con voz grave. Sí, vengo por el puesto de ama de llaves. Adelante, el señor Echeverría la espera en el despacho.
El interior de la mansión era aún más impresionante. Un recibidor amplio con piso de mármol. candelabros de cristal y una escalera de caracol que ascendía hacia los pisos superiores. El aire olía a cera de abeja, madera antigua y algo más que no supo identificar. Un aroma dulzón y ligeramente metálico. El mayordomo, quien se presentó como Julián Mendoza, la condujo por un pasillo lateral hasta una puerta de madera oscura.
Tocó tres veces antes de abrirla. La Sra. Gutiérrez, señor. Sentado tras un escritorio de Caoba, Francisco Echeverría levantó la mirada de sus documentos. Un hombre de unos 50 años, cabello entre cano y ojos negros penetrantes. Su rostro mostraba las arrugas propias de la edad, pero también las marcas de preocupaciones profundas.
“Gracias por venir, señora Gutiérrez”, dijo con una voz sorprendentemente suave. Siéntese, por favor. La entrevista fue breve y directa. El señor Echeverría explicó que la mansión había permanecido deshabitada por casi 10 años tras la muerte de su esposa. Ahora planeaba regresar con su hija de 17 años, Camila, quien había estado estudiando en Ciudad de México.
Necesito que la casa esté impecable. En tres semanas contrataremos a cinco mujeres más para la limpieza. Usted estará a cargo de coordinarlas. Entiendo, señor. Hay ciertas habitaciones en el tercer piso que permanecerán cerradas. Nadie debe entrar ahí bajo ninguna circunstancia. María Dolores asintió, aunque la advertencia le pareció extraña.
El salario será mejor de lo que esperaba, continuó él mencionando una cifra que efectivamente duplicaba sus expectativas. Pero insisto en la discreción. Esta casa tiene historia, señora Gutiérrez, y no todas las historias deben ser contadas. Cuando salió del despacho con el contrato firmado y un juego de llaves en su bolso, María Dolores sintió una mezcla de alivio y extrañeza.
El trabajo era una bendición, pero algo en la mirada del señor Echeverría y en sus palabras finales le provocó un escalofrío. “Julián le mostrará la casa”, dijo el Señor antes de que ella saliera. Y recuerde, el tercer piso está prohibido. Mientras seguía al mayordomo por los pasillos de la planta baja, María Dolores no pudo evitar mirar hacia la escalera que conducía a los pisos superiores.
Por un instante, le pareció escuchar el sonido lejano de una nana y el crujido rítmico de madera meciéndose. Una semana después, María Dolores se encontraba en el comedor principal de la mansión. rodeada de cinco mujeres que había seleccionado cuidadosamente para el trabajo. Todas eran de confianza. Rosario y Carmen, hermanas de 50 y 45 años respectivamente, con experiencia en limpieza de hoteles.
Luisa, una joven de 23 años necesitada urgentemente de empleo tras quedar viuda. Dolores de 38 años, recomendada por su prima. Y finalmente Teresa, de 60 años, quien había trabajado toda su vida en casas adineradas. La mansión tiene 18 habitaciones distribuidas en tres pisos”, explicaba María Dolores mientras desplegaba un plano antiguo sobre la mesa.
Cocina, comedor, sala principal y despacho en la planta baja. 10 recámaras en el segundo piso y y el tercer piso? Preguntó Luisa con curiosidad. María Dolores hizo una pausa antes de responder. El tercer piso tiene siete habitaciones que permanecerán cerradas. Son órdenes explícitas del señor Echeverría. Nae Teresa, la mayor del grupo, frunció elseño. Cerradas.
¿Por qué contratar tanta gente si hay áreas que no se limpiarán? No hacemos preguntas, Teresa, respondió María Dolores con firmeza. Solo seguimos instrucciones. El señor Echeverría y su hija llegarán en dos semanas y para entonces la casa debe estar impecable. distribuyeron las tareas metódicamente. Los primeros días se dedicarían a limpiar el polvo acumulado durante años, revisar que las instalaciones funcionaran correctamente y reparar cualquier desperfecto menor.
Después vendrían la limpieza profunda de pisos, el pulido de la platería y la preparación de las habitaciones que serían ocupadas. Mientras organizaban los productos de limpieza, Rosario se acercó discretamente a María Dolores. “¿Has oído las historias sobre esta casa?”, susurró María Dolores. La miró con severidad.
No me interesan los chismes, Rosario. “No son chismes”, insistió ella, bajando aún más la voz. “Mi madre trabajó aquí hace 20 años. Dice que la señora Echeverría perdió la razón después de que su bebé muriera. Dicen que tuvo tres embarazos y ninguno basta, interrumpió María Dolores. No estamos aquí para hablar de tragedias familiares.
Respetaremos la privacidad de nuestro empleador. Las mujeres comenzaron a trabajar ese mismo día. La mansión, aunque descuidada, mostraba signos de haber sido un lugar magnífico. Cortinas de terciopelo, ahora polvorientas, muebles de maderas finas cubiertos con sábanas amarillentas y cuadros al óleo que retrataban a los antepasados de la familia Echeverría, observando silenciosamente desde las paredes.
Al caer la tarde, cuando las sombras comenzaban a alargarse en los pasillos, Teresa se encontraba limpiando un candelabro en el pasillo principal del segundo piso cuando algo llamó su atención, un sonido apagado, pero constante que parecía provenir del piso superior. ¿Escuchan eso?, preguntó a Dolores, quien pulía un espejo cercano. Ambas guardaron silencio.
Era un sonido rítmico, como el crujido de una mecedora sobre el piso de madera. Tac, tac, tac. Debe ser el viento moviendo alguna ventana, sugirió Dolores, aunque no había brisa ese día. Teresa, sin embargo, no parecía convencida. Suena como una mecedora. El tercer piso está cerrado”, le recordó María Dolores, quien apareció con un jarrón que acababa de limpiar. “Nadie ha subido allí.
” El sonido cesó abruptamente, como si alguien hubiera escuchado su conversación. Las tres mujeres intercambiaron miradas, pero ninguna comentó nada más. Esa noche, cuando todas se marcharon, excepto María Dolores, quien se quedaría a dormir en la habitación designada para el ama de llaves, la casa pareció sumirse en un silencio espeso, casi tangible.
Mientras revisaba los avances del día en su libreta, volvió a escuchar el mismo sonido. Tac, tac, tac. Levantó la mirada hacia el techo. Venía definitivamente del tercer piso, justo encima de su habitación. Durante varios minutos, el sonido continuó monótono y persistente hasta que finalmente se detuvo.
María Dolores intentó concentrarse en su trabajo, pero una inquietud se había instalado en su pecho. Recordó las palabras de Rosario sobre la señora Echeverría y sus bebés perdidos. se preguntó si habría alguna conexión con las habitaciones prohibidas del tercer piso y ese extraño sonido de mecedora.
Antes de apagar la luz, revisó nuevamente el juego de llaves que le había entregado el señor Echeverría. Había una, más antigua y ornamentada que las demás, sin etiqueta. Se preguntó si sería la llave del tercer piso. La curiosidad la tentaba, pero el sentido del deber prevaleció. Había firmado un contrato y dado su palabra.
Sin embargo, mientras se sumía en un sueño intranquilo, el sonido regresó más fuerte esta vez, acompañado de lo que pareció ser un suave tarareo de cuna. Al tercer día de limpieza, el grupo había logrado avances significativos. en la planta baja y comenzaban a concentrarse en el segundo piso. Luisa, la más joven, se encontraba sacudiendo el polvo de una vitrina en el pasillo cuando notó una mancha en el techo.
Parecía humedad, un círculo oscuro que se extendía justo debajo de lo que debía ser una de las habitaciones prohibidas del tercer piso. “Señora María Dolores”, llamó, “Creo que hay una filtración aquí arriba.” María Dolores examinó la mancha con preocupación. Si había una fuga de agua, podría causar daños estructurales. Tendría que informar al señor Echeverría, pero él había viajado a Ciudad de México para traer a su hija y no regresaría hasta dentro de 10 días.
Tendremos que revisar de dónde viene, decidió finalmente, pero no podemos acceder al tercer piso. El mayordomo Julián tiene las llaves, ¿no?, sugirió Carmen. Julián solo viene los martes y viernes para traer suministros, respondió María Dolores. Y hoy es miércoles. Luisa miró la mancha con atención.
Parece reciente, como si el agua estuviera corriendo ahora mismo. Lapreocupación creció en el rostro de María Dolores. Una filtración activa podría causar un desastre en pocos días. Tras meditarlo, tomó una decisión. Iré a revisar, anunció. Ustedes continúen con la limpieza. subió hasta el final de la escalera de Caracol, donde una puerta de madera oscura bloqueaba el acceso al tercer piso.
Sacó el juego de llaves y después de varios intentos, la llave ornamentada encajó perfectamente en la cerradura. La puerta se abrió con un chirrido prolongado, revelando un pasillo en penumbra. El tercer piso estaba sumido en una oscuridad casi completa. Las ventanas estaban tapeadas con tablas, permitiendo apenas el paso de finos haces de luz entre las rendijas.
El aire era denso, cargado de humedad y un olor extraño, como ropa vieja y algo metálico. María Dolores avanzó cautelosamente tratando de orientarse. El pasillo se extendía con puertas a ambos lados, todas cerradas. calculó mentalmente la ubicación de la mancha en el techo del segundo piso y se detuvo frente a la puerta que debía corresponder a esa habitación.
Esta puerta no estaba cerrada con llave. Al empujarla, la madera se dio con un crujido que resonó en el silencio. La habitación que se reveló ante ella la dejó paralizada. Era un cuarto infantil. Las paredes estaban pintadas de un azul pálido, ahora descolorido por el tiempo. Había estanterías con juguetes antiguos cubiertos de polvo, un cambiador, una cómoda pequeña y en el centro de la habitación una cuna de madera tallada.
La cuna estaba vacía, pero se mecía suavemente, como si alguien acabara de empujarla. Tac, tac, tac. El corazón de María Dolores se aceleró. Era el mismo sonido que había escuchado las noches anteriores, pero lo más perturbador no era la cuna meciéndose sola, sino la mancha oscura que se extendía desde ella hasta el suelo, continuando hacia el techo del segundo piso.
Se acercó con cautela. No era agua como había supuesto. Era una sustancia más espesa, casi negra en la penumbra. tocó ligeramente con la punta del dedo y lo acercó a su nariz. El olor metálico se intensificó. Sangre, sangre vieja y coagulada. El descubrimiento la hizo retroceder bruscamente, chocando contra la pared.
En ese momento, la cuna dejó de mecerse. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier sonido. María Dolores salió apresuradamente de la habitación, cerrando la puerta tras sí. Con manos temblorosas, recorrió el pasillo de regreso a la escalera, pero antes de llegar su atención fue captada por otra puerta ligeramente entreabierta.
La curiosidad y el miedo lucharon dentro de ella. Finalmente empujó la puerta con dedos temblorosos. Esta habitación era diferente. Parecía un estudio o biblioteca pequeña, estanterías con libros, un escritorio antiguo y sobre él un diario de cuero desgastado. María Dolores se acercó, incapaz de resistir el impulso. Abrió el diario en una página marcada con una cinta descolorida.
12 de octubre de 1992. Carlos nació muerto esta madrugada. Es el tercero. Fernando dice que debemos aceptarlo, que no estamos destinados a ser padres, pero yo sé que no es cierto. Mis bebés viven, los escucho por las noches. Necesitan sangre para crecer fuertes. El doctor Morales me ha mostrado el camino.
Dice que hay formas de traerlos de vuelta si les ofrezco suficiente. El diario se deslizó de sus manos temblorosas. La letra, inicialmente clara y elegante se volvía errática y casi irreconocible hacia el final de la entrada. María Dolores retrocedió, ahora consciente del peligro que representaba estar allí.
Cuando finalmente regresó al segundo piso, cerrando con llave la puerta del tercero, encontró a Luisa esperándola con expresión preocupada. encontró la filtración, señora María Dolores? Ella asintió, incapaz de articular palabras por un momento. No es agua, dijo finalmente. Es humedad antigua. Habrá que revisar el techo más adelante.
Luisa la observó con curiosidad. Se encuentra bien. Está pálida, solo cansada. Respondió María Dolores evitando su mirada. Sigamos con la limpieza. Hay mucho por hacer. Esa noche, cuando todas se marcharon, María Dolores permaneció despierta en su habitación escuchando. El sonido de la mecedora no se escuchó, pero en su lugar creyó percibir el débil llanto de un bebé tan distante que podría haber sido solo el viento entre las vigas antiguas de la mansión.
La inquietud se apoderó de Luisa durante los días siguientes. Había notado el cambio en el comportamiento de María Dolores desde su visita al tercer piso, miradas nerviosas hacia el techo, sobresaltos ante ruidos inesperados y un silencio obstinado cuando alguien mencionaba la supuesta filtración. Algo había ocurrido allá arriba y la curiosidad de Luisa crecía tras día.
El viernes por la tarde, mientras limpiaba los candelabros del pasillo principal, observó a María Dolores conversando con Julián en el vestíbulo. El mayordomo había llegadocon los suministros semanales y parecían enfrascados en una discusión tensa. Aprovechando la distracción, Luisa se deslizó silenciosamente hacia la habitación de María Dolores.
El juego de llaves debía estar allí. La joven sabía que estaba violando la confianza de su supervisora, pero la sensación de que algo siniestro ocurría en la mansión la impulsaba a investigar. Efectivamente, encontró las llaves en el cajón de la mesita de noche, incluida la llave ornamentada que presumiblemente abría la puerta del tercer piso.
Con el corazón latiendo aceleradamente, Luisa subió la escalera de caracol, vigilando constantemente que nadie la descubriera. La pesada puerta de madera se dio ante la llave antigua revelando el pasillo en penumbra que había perturbado a María Dolores días atrás. El aire del tercer piso era frío y estancado con ese peculiar olor metálico mezclado con humedad.
Luisa avanzó cautelosamente, sus pasos amortiguados por una gruesa capa de polvo. A diferencia de María Dolores, ella no buscaba la habitación de la filtración. Su atención fue captada por la última puerta del pasillo, más grande y ornamentada que las demás, con un cerrojo adicional. Era la única puerta con un símbolo tallado, un círculo atravesado por líneas que formaban una estrella irregular.
Luisa sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero la curiosidad pudo más. Probó varias llaves hasta que una encajó en el cerrojo. La habitación que se reveló ante ella era amplia y estaba dominada por una cama con dosel. Las cortinas de un rojo desbaído estaban parcialmente corridas, dejando entrever sábanas manchadas.
Pero lo que heló la sangre de Luisa fue lo que había en las paredes. Fotografías, decenas de fotografías en blanco y negro de bebés. Algunos parecían dormidos, otros claramente no estaban vivos. Y entre las fotografías, páginas arrancadas de libros antiguos con símbolos similares al tallado en la puerta, diagramas de cuerpos humanos con anotaciones en latín y dibujos detallados de procedimientos que parecían rituales.
En el centro de la habitación había una mesa de madera oscura con surcos que convergían en un desagüe central. Sobre ella instrumentos quirúrgicos oxidados y velas negras consumidas hasta la mitad. En un rincón, tres cunas idénticas, todas vacías, todas mecedoras. Luisa retrocedió horrorizada, pero su espalda chocó contra algo sólido.
Al girarse se encontró cara a cara con Teresa. “¿Qué haces aquí?”, preguntó la mujer mayor, su voz extrañamente calmada. Yo la mancha quería ver, balbuceó Luisa. Teresa la observó con una expresión indescifrable. No deberías estar aquí. Nadie debería. ¿Tú sabías de esto?, preguntó Luisa, señalando las paredes cubiertas de fotografías macabras.
Mi abuela trabajó en esta casa cuando la señora Echeverría aún vivía, respondió Teresa con voz monótona. Todos en Zacatecas conocen la historia, aunque nadie habla de ella. La señora perdió tres bebés, uno en cada parto. No pudo soportarlo. Comenzó a buscar formas de traerlos de vuelta. Luisa sintió náuseas.
¿Qué tipo de formas? El tipo que requiere sangre, respondió Teresa. Sangre joven. Niños desaparecieron en Zacatecas durante años. Nadie conectó los puntos hasta que fue demasiado tarde. Un ruido proveniente del pasillo alertó a ambas mujeres. Pasos que se acercaban lentamente. “Debemos irnos”, susurró Luisa con urgencia. Pero Teresa no se movió. “Ya es tarde.
Ellos saben que estamos aquí. Ellos, como respondiendo a su pregunta, las tres cunas comenzaron a mecerse simultáneamente, produciendo ese familiar sonido rítmico.” Tac. Tac, tac. Y entonces Luisa los vio. En cada cuna forma pequeña y oscura, comenzaba a materializarse como sombras que tomaban volumen.
Los niños, murmuró Teresa, nunca se fueron realmente. Luisa quiso gritar, pero el terror paralizó su garganta. Los pasos en el pasillo se detuvieron frente a la puerta abierta. María Dolores apareció en el umbral. su rostro, una máscara de horror y resignación. “Les dije que no subieran”, susurró. “Les advertí sobre el tercer piso, detrás de ella, la figura alta y elegante del señor Echeverría emergió de las sombras.
Pero no era el mismo hombre que había entrevistado a María Dolores. Sus ojos, antes negros, ahora brillaban con un fulgor rojizo. “Mi esposa encontró una manera”, dijo con voz profunda y extrañamente reverberante. “Nuestros hijos necesitan sangre para mantenerse y ahora ustedes la han despertado. Después de 10 años ella ha regresado.
” Una cuarta figura apareció en el umbral. Una mujer de cabello largo y blanco, rostro demacrado y ojos hundidos, que alguna vez debieron ser hermosos. Vestía un camisón manchado de rojo oscuro. “Mis bebés tienen hambre”, susurró la señora Echeverría extendiendo una mano huesuda hacia Luisa. “Y ustedes han venido a alimentarlos”.
Las cunas se mecieron con más fuerza y los bultososcuros en su interior comenzaron a emitir un llanto que nada tenía de infantil. Luisa miró desesperadamente a su alrededor buscando una vía de escape, pero las ventanas estaban tapeadas y la única salida bloqueada por el matrimonio Echeverría y María Dolores, quien ahora sonreía con una expresión vacía.
Lo siento, Luisa, dijo el ama de llaves, pero una vez que entras al tercer piso, ya no puedes salir. Yo lo aprendí hace 20 años cuando vine a trabajar como niñera. La señora necesitaba una niñera para sus bebés. Aunque ya no estuvieran vivos, las sombras en las cunas crecían tomando formas cada vez más definidas.
Tres bebés de piel grisácea y ojos negros como pozos sin fondo. El llanto se intensificó perforando los oídos de Luisa como agujas. “No te resistas”, susurró Teresa a su lado. “Es más fácil así. Yo lo he hecho durante años. Les damos un poco cada vez y nos permiten vivir. Luisa comprendió entonces por qué Teresa había insistido tanto en conseguir trabajo en la mansión, por qué conocía tamban bien la historia.
No era su primera vez allí. Mientras las formas sombrías abandonaban sus cunas y se acercaban flotando hacia ella, Luisa cerró los ojos, sabiendo que el nuevo empleo en la mansión Echeverría sería también el último. El sol de mediodía bañaba la plaza principal de Zacatecas cuando el automóvil negro de Francisco Echeverría se detuvo frente a la catedral.
La gente volteaba discretamente, intrigada por la reaparición de una familia que había sido tema de murmuraciones durante décadas. Del asiento trasero emergió una joven de 17 años, Camila Echeverría, con el cabello negro recogido en una cola de caballo y ojos oscuros que reflejaban una mezcla de curiosidad y aprensión. Había pasado los últimos 10 años en un internado en Ciudad de México, alejada de los rumores que rodeaban a su familia.
¿Estás segura de que quieres venir conmigo?, preguntó Francisco, observando a su hija con preocupación. ¿Podrías quedarte en el hotel mientras superviso los avances en la casa? Quiero ver dónde nací, papá, respondió Camila con determinación. He esperado demasiado tiempo. Francisco asintió resignado. Habían tenido esta conversación varias veces durante el viaje desde la capital.
Camila insistía en regresar permanentemente a Zacatecas a pesar de las advertencias de su padre. “La casa ha estado vacía mucho tiempo”, dijo él mientras caminaban hacia la mansión Echeverría. Contraté personal para acondicionarla, pero aún así no me asustan los fantasmas, papá, interrumpió Camila con una sonrisa que no alcanzó sus ojos, ni siquiera los de nuestra familia.
Francisco se tensó visiblemente. “No hables así en público”, murmuró mirando alrededor para asegurarse que nadie los escuchaba. Al llegar a la mansión, Julián les abrió la puerta con su habitual expresión impasible. Bienvenido, señor Echeverría. Señorita Camila, es un placer volver a verla. El interior de la casa lucía notablemente mejor que semanas atrás.
Los pisos brillaban. Las ventanas habían sido lavadas, permitiendo que la luz natural inundara las estancias, y los muebles, desprovistos de sus fundas protectoras, mostraban la elegancia de épocas pasadas. María Dolores apareció desde el comedor, secándose las manos en su delantal. Señor Echeverría, no lo esperábamos hasta mañana.
Decidimos adelantar el viaje”, respondió él sec. “Mi hija estaba ansiosa por conocer la casa.” María Dolores observó a Camila con una expresión indescifrable. “Señorita Camila, bienvenida. Es usted la viva imagen de su madre.” La joven sonrió cortésmente, aunque un escalofrío recorrió su espalda ante la mención de la mujer que apenas recordaba.
Sus memorias de la infancia eran fragmentarias, una nana susurrada en la oscuridad, el olor a sándalo mezclado con algo metálico y esas extrañas pesadillas recurrentes sobre bebés que lloraban en habitaciones oscuras. ¿Dónde está el resto del personal? preguntó Francisco, notando la ausencia de las otras mujeres.
Rosario y Carmen vendrán mañana para terminar con los últimos detalles, respondió María Dolores. Luisa tuvo que marcharse por problemas familiares y Teresa está arriba preparando las habitaciones principales. Francisco asintió, aunque sus ojos se estrecharon con sospecha. Muéstrale a Camila su habitación, por favor. Yo necesito revisar algunos asuntos en el despacho.
María Dolores condujo a Camila por la escalera principal. La joven observaba todo con fascinación, intentando conectar los espacios reales con los fragmentos de sus recuerdos infantiles. “Su habitación es la tercera a la derecha”, explicó María Dolores. Era su cuarto cuando niña, aunque por supuesto lo hemos renovado completamente.
Al abrir la puerta, Camila entró en una habitación amplia y luminosa, una cama con dosel, un escritorio junto a la ventana que daba al jardín trasero y un armario antiguo de madera oscura. Todo estaba decoradoen tonos azules y blancos, creando una atmósfera serena. Es hermosa murmuró Camila. Gracias. María Dolores asintió. La cena se servirá a las 7.
¿Necesita algo más, señorita? No, gracias. Me gustaría descansar un poco. Cuando el ama de llaves se retiró, Camila se acercó a la ventana. Desde allí podía ver el patio trasero de la mansión, con su fuente central ahora seca y estatuas de ángeles parcialmente cubiertas por enredaderas. Más allá, los tejados de Zacatecas se extendían hasta fundirse con las montañas en el horizonte.
Estaba organizando su ropa cuando un sonido captó su atención, un crujido rítmico que parecía provenir del piso superior. Tac, tac, tac. El sonido le resultaba extrañamente familiar, como un eco de sus pesadillas infantiles. Sin pensarlo demasiado, Camila salió de su habitación y miró hacia el final del pasillo, donde una escalera más estrecha conducía al tercer piso.
Subió los escalones lentamente, guiada por ese sonido hipnótico. La puerta al final de la escalera estaba entreabierta, permitiendo que una franja de oscuridad se derramara sobre los peldaños superiores. “¿Hay alguien ahí?”, llamó en voz baja. El sonido cesó abruptamente. Camila dudó por un momento, pero la curiosidad pudo más.
El pasillo del tercer piso era considerablemente más frío que el resto de la casa. Camila avanzó con cautela, sus pasos amortiguados por una alfombra desgastada que cubría el suelo de madera. A diferencia de los pisos inferiores, aquí no había señales del trabajo de limpieza. El polvo flotaba en los rayos de luz que se filtraban entre las tablas que cubrían parcialmente las ventanas.
Teresa llamó Camila recordando que María Dolores había mencionado que la mujer mayor estaba preparando habitaciones. No hubo respuesta, solo un silencio espeso que parecía absorber su voz. Las puertas a ambos lados del pasillo permanecían cerradas, excepto una que estaba ligeramente entreabierta casi al final del corredor. De allí parecía haber provenido el sonido de la mecedora.
Camila se detuvo frente a esa puerta, sintiendo un inexplicable nudo en el estómago. Algo en ese lugar despertaba recuerdos fragmentados, sensaciones más que imágenes claras. Empujó la puerta suavemente y contuvo la respiración ante lo que vio. Era una habitación infantil. Las paredes, pintadas de un azul pálido, mostraban un mural de estrellas y lunas.
En el centro, una cuna de madera tallada permanecía inmóvil, aunque Camila habría jurado que el sonido de mecedora provenía de allí. Junto a la ventana tapeada había una mecedora real, vacía e igualmente quieta. “No deberías estar aquí”, dijo una voz detrás de ella. Camila se giró sobresaltada. Teresa estaba en el umbral, observándola con una mezcla de temor y resignación.
Me pareció escuchar un ruido, explicó Camila. ¿Qué es este lugar? Teresa entró en la habitación cerrando la puerta tras de sí. Esta iba a ser la habitación de tu hermano Carlos respondió con voz suave. El tercero, mi hermano. Camila sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Yo no tengo hermanos. ¿Los tuviste? Contestó Teresa acercándose a la cuna.
La acarició con una familiaridad perturbadora. Tres. Todos nacieron muertos. Fernando el primero, en 1988. Luego vino Antonio en 1990 y finalmente Carlos en 1992. Camila se apoyó contra la pared sintiendo un mareo repentino. Nadie le había hablado jamás de hermanos fallecidos. “¿Por qué mi padre nunca me lo dijo? Tu padre prefiere olvidar”, respondió Teresa.
Después de Carlos tu madre cambió. comenzó a buscar formas de traerlos de vuelta. Traerlos de vuelta, eso es imposible. Teresa sonrió con tristeza. Hay cosas entre el cielo y la tierra que escapan a nuestra comprensión, niña. Tu madre encontró antiguos libros. Consultó con personas que practicaban artes oscuras. Estaba convencida de que podía devolverles la vida.
Camila observó la habitación con nuevos ojos, los juguetes cuidadosamente dispuestos, la ropa doblada en la cómoda, todo preparado para un bebé que nunca llegó a usar nada de ello. ¿Qué le pasó a mi madre? Mi padre solo dice que enfermó y murió cuando yo tenía 7 años. Teresa desvió la mirada. Algunas puertas no deben abrirse, Camila.
Algunas preguntas no deben responderse. Necesito saber la verdad, insistió la joven. Un ruido en el pasillo interrumpió la conversación. Pasos que se acercaban apresuradamente. La puerta se abrió de golpe, revelando a Francisco Echeverría. Su rostro contorsionado por la furia y el miedo. Camila, ¿qué haces aquí? Su voz resonó en la pequeña habitación.
Te dije que el tercer piso estaba prohibido. No me dijiste nada sobre este piso, respondió Camila, enfrentándose a su padre. Así como tampoco me hablaste de mis hermanos muertos. Francisco palideció. Miró a Teresa con ojos acusadores. ¿Qué le has contado? Solo la verdad, señor, respondió la mujer sin inmutarse. Tiene derecho a saber. Sal de aquí, Teresa.Ordenó Francisco con voz gélida.
Hablaremos después. Cuando la mujer se retiró, Francisco cerró la puerta y se acercó a su hija. Su ira parecía haberse disipado, reemplazada por un cansancio infinito. “Quería protegerte”, dijo finalmente. “Hay cosas de nuestra familia que es mejor no recordar, como el hecho de que tuve tres hermanos que murieron al nacer, o como lo que sea que hizo mamá después.
” Francisco se estremeció visiblemente. Tu madre amaba a esos bebés incluso antes de que nacieran. Cada pérdida la destruyó un poco más. Después de Carlos, el tercero, simplemente se rompió. Comenzó con pequeñas cosas, hablarles como si estuvieran vivos, mecerlos en cunas vacías. Hizo una pausa mirando hacia la cuna con expresión atormentada.
Luego conoció al doctor Morales, un hombre que practicaba medicinas alternativas. Le llenó la cabeza de ideas sobre rituales antiguos, sacrificios, formas de traer almas del más allá. Elena se obsesionó, convirtió la habitación principal en una especie de altar. Camila sintió náuseas al imaginar lo que su padre describía.
Y tú la dejaste. Intenté detenerla. La voz de Francisco se quebró. Contraté psiquiatras. Intenté alejarla de Morales. Incluso planeé llevarnos lejos de Zacatecas. Pero ella se negó a abandonar esta casa. Decía que sus bebés estaban aquí, que podía escucharlos llorar por las noches. ¿Qué pasó después?, preguntó Camila, aunque una parte de ella temía la respuesta.
Francisco se pasó una mano temblorosa por el rostro. Niños comenzaron a desaparecer en Zacatecas. Niños pequeños, bebés. La policía nunca encontró conexión con nuestra familia, pero yo yo encontré cosas en el sótano. Ropa pequeña manchada de sangre, juguetes que no eran nuestros. “Dios mío”, murmuró Camila horrorizada.
Cuando te descubrí una noche en el tercer piso, en la habitación donde tu madre realizaba sus rituales, supe que teníamos que irnos. Te envié con mi hermana a Ciudad de México mientras intentaba ayudar a Elena, pero era demasiado tarde. La encontré una mañana en esta habitación, en esa mecedora con las venas cortadas.
Había usado su propia sangre para dibujar símbolos en las paredes. Lágrimas silenciosas corrían por las mejillas de Camila. Los fragmentos de recuerdos de su infancia comenzaban a tomar forma. El olor metálico era sangre. La nana en la oscuridad era su madre cantándole a cunas vacías y los llantos en sus pesadillas.
¿Por qué volvimos, papá? ¿Por qué ahora? Francisco no respondió inmediatamente se acercó a la ventana y quitó una de las tablas, permitiendo que un rayo de sol entrara directamente, iluminando la cuna. “Porque nunca me fui realmente”, dijo finalmente he estado cuidando este lugar todos estos años, asegurándome de que nadie descubriera lo que pasó aquí y porque se detuvo como si dudara en continuar.
¿Porque qué? Insistió Camila. Porque a veces en las noches sin luna todavía puedo escucharlos a tus hermanos, a tu madre llamándote. Camila sintió un escalofrío recorrer su espalda. No puedes creer realmente que no sé qué creer. La interrumpió su padre. Solo sé que tu madre estaba convencida de que había logrado algo esa última noche.
Antes de morir escribió en su diario, “Ellos viven en las sombras ahora esperando a su hermana. El sol comenzaba a ponerse y la habitación se sumía gradualmente en la penumbra. La cuna, antes inmóvil, comenzó a mecerse suavemente, produciendo ese familiar sonido que había atraído a Camila en primer lugar. Tac, tac, tac, debemos irnos”, dijo Francisco tomando a su hija del brazo.
No es seguro aquí después del anochecer, pero antes de que pudieran alcanzar la puerta, esta se cerró con un golpe seco. La temperatura de la habitación descendió bruscamente y la mecedora junto a la ventana comenzó a moverse en sincronía con la cuna. “Mamá”, susurró Camila, sintiendo una presencia familiar envolviéndola.
Está aquí, ¿verdad? Francisco? Asintió. Su rostro una máscara de terror resignado. Nunca se fue. La cena esa noche transcurrió en un silencio tenso. Francisco apenas tocó su comida mientras Camila revolvía distraídamente el contenido de su plato. perdida en pensamientos sobre los eventos de la tarde.
María Dolores y Julián servían eficientemente, intercambiando miradas cómplices que no pasaron desapercibidas para Camila. “¿Cuánto tiempo llevas trabajando para mi padre Julián?”, preguntó la joven intentando romper el incómodo silencio. “Toda mi vida, señorita”, respondió el mayordomo. “Serví a su abuelo, luego a sus padres y ahora al señor Francisco.
¿Conociste bien a mi madre?” Julián se tensó visiblemente. La señora Elena era una mujer extraordinaria. “Camila, por favor”, intervino Francisco con voz cansada. “No es momento para interrogatorios. La joven ignoró a su padre. ¿Estabas aquí cuando murió? Un silencio sepulcral cayó sobre el comedor. Julián miró a Francisco comopidiendo permiso para responder.
Todos estábamos aquí, dijo finalmente María Dolores mientras recogía los platos apenas tocados. Fue una noche que ninguno olvidará. Me gustaría saber qué pasó, insistió Camila. Realmente pasó. Francisco golpeó la mesa con el puño, haciendo tintinear la cristalería. Basta, no removeremos el pasado. Tu madre está muerta y enterrada.
Fin de la discusión. ¿Está seguro de eso, señor? La voz de Teresa surgió desde la puerta del comedor. La mujer mayor permanecía en las sombras, su figura apenas iluminada por la luz de las velas. Realmente está enterrada, Teresa. María Dolores la miró. horrorizada. No es apropiado. La niña merece saber la verdad.
Continuó Teresa avanzando hacia la mesa. Especialmente ahora que ha regresado. Ellos la sienten, la han estado esperando. Francisco se levantó bruscamente, derribando su silla. Suficiente, Teresa, estás despedida. Recoge tus cosas y vete esta misma noche. No puedes silenciarme como silenció a los otros, respondió Teresa con calma, inquietante.
Le ha contado a Camila sobre Luisa, sobre las otras chicas que renunciaron misteriosamente. Camila miró a su padre con renovada sospecha. ¿De qué está hablando? Delirios de una mujer mayor, respondió Francisco, evitando su mirada. Julián escolta a Teresa fuera de la propiedad. El mayordomo dio un paso adelante, pero Teresa no se movió.
“Hay una manera de probar quién dice la verdad”, dijo mirando directamente a Camila. “En el sótano, detrás de la bodega de vinos, una puerta sellada que tu padre nunca quiso abrir. No hay nada en el sótano,” intervino María Dolores con nerviosismo. “Lo limpié yo misma. No limpiaste detrás de la falsa pared”, replicó Teresa. “Nadie lo ha hecho en años.
” Un trueno retumbó en la distancia como subrayando las palabras de Teresa. La tormenta que se había estado gestando toda la tarde finalmente llegaba a Zacatecas. Quiero ver ese sótano”, declaró Camila levantándose. “Ahora no irás a ninguna parte”, ordenó Francisco. Esta conversación ha terminado. Ve a tu habitación.
Pero Camila ya no era una niña que obedecía ciegamente. Si no me muestras lo que hay en el sótano, lo encontraré por mi cuenta. O mejor aún, llamaré a la policía y les contaré todo lo que he descubierto hoy. Padre e hija se miraron desafiantes durante un largo momento. Finalmente, Francisco se dio. Está bien, te mostraré el sótano, pero solo tú y yo.
Teresa viene también, insistió Camila. Ella parece ser la única dispuesta a decir la verdad aquí. Francisco miró con odio a la mujer mayor, pero asintió resignado. Como quieras, Julián trae linternas y María Dolores asegura las ventanas. Parece que la tormenta será fuerte esta noche. El descenso al sótano fue sombrío. Una estrecha escalera de piedra conducía desde la cocina hasta un espacio amplio y frío que olía a tierra húmeda y vino añejo.
La bodega de la familia Echeverría había sido famosa en tiempos mejores, con botellas que databan de finales del siglo XIX. Francisco guió el camino entre estanterías polvorientas llenas de botellas cubiertas de telarañas. Al fondo, donde la luz de las linternas apenas alcanzaba, se detuvo frente a lo que parecía ser un simple muro de piedra.
No hay nada aquí”, dijo iluminando la pared. Como pueden ver, Teresa avanzó pasando junto a Francisco. “El mecanismo está aquí”, dijo, presionando una piedra que sobresalía ligeramente. Con un chirrido oxidado, una sección del muro se movió, revelando un pasaje estrecho. “¿Cómo sabías eso?”, preguntó Camila asombrada. Porque yo ayudé a tu madre”, respondió Teresa, su voz mezclada con remordimiento y orgullo. “Yo fui su primera asistente.
” Francisco palideció bajo la luz amarillenta de la linterna. “Teresa, no, ya es hora, señor Echeverría. Los secretos siempre salen a la luz, como las almas que no encuentran descanso.” El pasaje conducía a una cámara más pequeña y circular. Cuando Francisco dirigió su linterna hacia el centro, Camila tuvo que contener un grito.
Una mesa de piedra dominaba el espacio con surcos tallados que convergían en un desagüe central. Alrededor símbolos extraños habían sido pintados en las paredes con una sustancia oscura y reseca, pero lo más perturbador eran los tres pequeños ataúdes de madera dispuestos en un semicírculo frente a la mesa.
“Fernando, Antonio y Carlos”, murmuró Teresa señalando cada ataúd. “Tus hermanos. Pensé que estaban enterrados en el cementerio”, susurró Camila, sintiendo que las piernas le fallaban. “Hay lápidas con sus nombres”, respondió Francisco, su voz apenas audible. “Pero tu madre insistió en mantenerlos aquí. Decía que necesitaban estar cerca para el ritual final.
” Camila se acercó lentamente al primer ataúd. La madera estaba tallada con los mismos símbolos que había visto en las paredes. Están, están ahí dentro. Teresa asintió. Lo que queda de ellos. Tu madrelos preservó con técnicas que aprendió del doctor Morales. ¿Y el ritual final? Preguntó Camila, aunque temía la respuesta.
¿Cuál era? Francisco y Teresa intercambiaron una mirada cargada de significado. “Tú,” respondió finalmente su padre con voz quebrada. El ritual requería el sacrificio voluntario de un familiar de sangre para traer de vuelta a los muertos. Tu madre planeaba ofrecerse a sí misma, pero yo la detuve, o eso creí.
La encontraron con las venas cortadas, recordó Camila. No se suicidó por depresión. Estaba completando el ritual, pero algo salió mal”, continuó Teresa. “O quizás salió exactamente como ella quería. En lugar de traer a los niños completamente a la vida, creó algo entre mundos, ni vivos ni muertos. Sombras con conciencia que habitan esta casa, alimentándose de la energía vital de quienes se acercan demasiado.
Un ruido sordo proveniente de los ataúdes hizo que los tres retrocedieran. Parecía como si algo en su interior estuviera moviéndose. ¿Qué les pasó a las sirvientas?, preguntó Camila, conectando finalmente las piezas. A Luisa y las otras que Teresa mencionó. Francisco bajó la mirada. Algunos accidentes son inevitables en una casa antigua.
No fueron accidentes, exclamó Teresa. Fueron sacrificios. Alimentaste a tus propios hijos con la sangre de esas mujeres, igual que tu esposa lo hizo con los niños desaparecidos años atrás. Estaba protegiéndote, gritó Francisco, dirigiéndose a Camila. Ellos te querían a ti. Siempre te han querido a ti. Tu madre creía que solo la sangre de su hermana podría completar su transformación.
Tuve que darles alternativas. La revelación golpeó a Camila como un puño físico. Su padre, a quien había admirado toda su vida, había continuado los horrendos rituales de su madre, alimentando a entidades sobrenaturales con vidas inocentes. “Por eso me trajiste de vuelta”, preguntó retrocediendo hacia la salida para sacrificarme a ellos. No.
La desesperación en la voz de Francisco parecía genuina. Te traje porque no podía seguir haciéndolo, porque cada vida tomada me destruía un poco más. Pensé Pensé que si volvías encontraríamos juntos una manera de terminar con esto, de liberarlos. Mientes, intervino Teresa, los trajiste porque Luisa no fue suficiente.
Necesita sangre joven, sangre familiar, la sangre de Camila. Un trueno particularmente fuerte sacudió. “Están libres”, susurró Teresa con una mezcla de horror y reverencia. “Han esperado este momento durante años. Tenemos que salir de aquí”, gritó Francisco tomando a Camila del brazo. “Ahora!” Pero el pasaje por el que habían entrado ahora estaba bloqueado por una figura femenina etérea de cabello largo y blanco, vestida con un camisón manchado de sangre.
Elena murmuró Francisco paralizado. Mamá, susurró Camila al mismo tiempo. La figura sonrió extendiendo brazos traslúcidos hacia su hija. Detrás de ella, tres pequeñas sombras se materializaban lentamente, tomando la forma de bebés de piel grisáce y ojos negros como pozos sin fondo. “Mis hijos”, dijo la aparición con voz que parecía provenir de todas partes.
Nuestra familia finalmente está completa. La tormenta arreciaba sobre Zacatecas. Relámpagos iluminaban intermitentemente las calles desiertas del centro histórico, mientras el viento ahullaba entre los edificios centenarios. En la mansión Echeverría las velas temblaban y algunas se habían apagado, sumiendo gran parte de la casa en una oscuridad casi completa.
María Dolores y Julián esperaban en la cocina escuchando el rugido de la tormenta. Ninguno hablaba, pero sus rostros reflejaban la misma preocupación. Habían pasado casi dos horas desde que Francisco, Camila y Teresa habían descendido al sótano. Algo ha salido mal. dijo finalmente María Dolores rompiendo el silencio. Deberíamos ir a buscarlos.
Julián negó con la cabeza. El Señor fue muy claro. Nadie debe bajar pase lo que pase. Y si necesitan ayuda. Nadie puede ayudarlos ahora, respondió el mayordomo con voz grave. No contra lo que habita en esta casa. Un grito agudo, casi inhumano, resonó desde las profundidades del sótano, perforando el rugido de la tormenta.
Ambos sirvientes se estremecieron. “¡Dios mío!”, susurró María Dolores persignándose. “Ha comenzado. En el sótano, Camila se encontraba paralizada entre el terror y una extraña fascinación. La aparición de su madre avanzaba hacia ella con movimientos fluidos, como si flotara sobre el suelo de piedra. Las tres pequeñas sombras, sus hermanos, se movían a su alrededor, emitiendo un llanto que helaba la sangre.
Mamá, logró articular Camila, ¿qué es lo que quieres? La figura de Elena Echeverría sonrió con una ternura macabra. Solo quiero completar nuestra familia, mi niña. Tus hermanos necesitan tu ayuda para cruzar completamente a este mundo. Elena, por favor, intervino Francisco, colocándose protectoramente frente a su hija. Ella no tiene nada que ver conesto. Es inocente. Inocente.
La voz de Elena adquirió un tono gélido. como los niños que trajiste aquí durante años, como Luisa, Francisco palideció, hice lo que tenía que hacer para mantener a Camila a salvo, para mantener a todos a salvo. Teresa, quien había permanecido en silencio, dio un paso adelante. Señora Elena, he cumplido mi promesa.
La he esperado todos estos años. Le he traído a su hija. Camila miró a Teresa con horror. Me trajiste como sacrificio. Te traje para reunir a una familia, respondió la mujer mayor sin remordimiento. Tu madre me salvó cuando nadie más lo hizo. Le debo mi lealtad. La aparición de Elena extendió una mano hacia Teresa.
“Mi fiel amiga, tu recompensa te espera.” Antes de que alguien pudiera reaccionar, una de las pequeñas sombras se abalanzó sobre Teresa. La mujer no intentó resistirse, por el contrario, abrió los brazos como acogiendo al lente. Un grito desgarrador escapó de su garganta cuando la sombra pareció fundirse con ella, penetrando en su pecho como humo negro.
Teresa se desplomó, su cuerpo convulsionando mientras la entidad tomaba posesión de ella. “¡Corre!”, gritó Francisco a Camila, empujándola hacia una esquina de la cámara donde había notado un estrecho pasaje secundario. “¡Hay otra salida por ahí, ve.” Camila dudó solo un segundo antes de lanzarse hacia el pasaje. Escuchó a su padre gritar cuando las otras dos sombras infantiles se abalanzaron. sobre él. No miró atrás.
El instinto de supervivencia guiaba ahora cada uno de sus movimientos. El pasaje era angosto y bajo, obligándola a avanzar agachada. La linterna que había tomado de su padre iluminaba débilmente el camino, revelando telarañas y ocasionales huesos pequeños, de ratas, de algo peor, dispersos por el suelo. El túnel parecía interminable, serpenteando bajo los cimientos de la mansión.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el pasaje desembocó en lo que parecía ser una cripta antigua. Lápidas gastadas y nichos vacíos sugerían que era parte de un cementerio olvidado, probablemente anterior a la construcción de la mansión. Una estrecha escalera de piedra ascendía hacia una trampilla en el techo.
Camila subió apresuradamente, empujando la trampilla con todas sus fuerzas. Cedió con un crujido y la joven emergió en medio de la tormenta, encontrándose en el jardín trasero de la mansión. La lluvia la empapó instantáneamente mientras corría hacia la casa buscando refugio. Entró por una puerta lateral que conducía directamente a la cocina.
María Dolores y Julián se sobresaltaron al verla aparecer empapada y con expresión de terror puro. “Señorita Camila”, exclamó María Dolores. “¿Qué ha pasado? ¿Dónde está su padre?” “Ellos lo tienen”, respondió Camila entre jadeos. “Y a Teresa también. Mi madre, ella está, algo ha regresado con ella.
Julián y María Dolores intercambiaron miradas. No parecían sorprendidos, solo resignados. “Debemos irnos”, dijo Camila dirigiéndose hacia la puerta principal. “Ahora todos no podemos”, respondió Julián con calma inquietante. “Nadie puede abandonar la mansión durante la tormenta. Es parte del pacto.” ¿Qué pacto? Camila miró al mayordomo con renovada sospecha.
Ustedes también están con ellos. Estamos con la familia Echeverría respondió María Dolores. Como siempre lo hemos estado, por generaciones. Un escalofrío recorrió la espalda de Camila cuando comprendió el significado de esas palabras. No son solo sirvientes, ¿verdad? Somos guardianes, explicó Julián. Aseguramos que los secretos permanezcan ocultos y que los sacrificios se realicen cuando sea necesario.
Y ahora soy el sacrificio murmuró Camila. No necesariamente, intervino María Dolores con un tono casi maternal. Su madre la quiere viva. Solo necesita parte de usted, su sangre, su energía vital suficiente para completar la transformación de sus hermanos. Y mi padre también es parte de este culto, Julián negó con la cabeza.
El señor Francisco intentó detenerlo durante años, pero cuando comprendió que era imposible, que los entes necesitaban ser alimentados, se resignó a proporcionar sustitutos, mujeres como Luisa, pero nunca fue suficiente. Ellos siempre la quisieron a usted. Un ruido proveniente del sótano interrumpió la conversación.
pasos arrastrándose por la escalera, lentos y pesados. “Ya vienen”, susurró María Dolores, retrocediendo hacia las sombras de la cocina. Camila buscó frenéticamente una salida. Las ventanas estaban firmemente cerradas y, según Julián, la puerta principal estaría igualmente sellada durante la tormenta. Su única opción era esconderse y esperar.
Hay un lugar”, dijo repentinamente recordando el pasaje que había descubierto. Un túnel que lleva a una cripta antigua podría esconderme allí hasta que amanezca. María Dolores la miró con una mezcla de compasión y duda. No escapará de ellos, señorita. Conocen cada rincón de esta propiedad.Han estado aquí más tiempo que cualquiera de nosotros.
Tengo que intentarlo”, insistió Camila dirigiéndose nuevamente hacia la puerta trasera. Pero antes de que pudiera alcanzarla, la figura etérea de Elena Echeverría se materializó frente a ella, bloqueando el camino. Detrás de la aparición venía Francisco caminando con movimientos rígidos y mirada vacía. Sus ojos, antes marrones, ahora brillaban con un fulgor rojizo antinatural.
Mi querida niña”, dijo Elena con su voz espectral, “no necesidad de correr. La familia siempre debe permanecer unida.” Junto a Francisco apareció Teresa o lo que quedaba de ella. Su cuerpo se movía con la misma rigidez, pero sus ojos habían adquirido la misma tonalidad rojiza y una sonrisa perturbadora deformaba sus facciones.
“Mira lo felices que somos ahora”, continuó Elena señalando a Francisco y Teresa. “Tus hermanos necesitaban cuerpos y estos adultos generosamente los han proporcionado. Fernando habita ahora en tu padre y Antonio en Teresa.” “¿Y Carlos?” preguntó Camila, retrocediendo hasta chocar contra la mesa de la cocina.
Carlos es especial”, respondió Elena, su sonrisa ampliándose. Él espera un cuerpo más joven, más fuerte, el tuyo. Las tres sombras, Elena, Francisco Fernando y Teresa Antonio, avanzaron hacia Camila acorralándola contra la mesa. María Dolores y Julián permanecían inmóviles en las sombras, observando la escena con expresiones impasibles.
“No les tengas miedo.” susurró Elena. Es solo un momento de dolor y luego estaremos juntos para siempre. Una familia completa al fin. Camila sintió que algo se movía dentro de su chaqueta, la pequeña cruz de plata que su tía le había regalado en Ciudad de México. “Para protegerte”, le había dicho, porque hay lugares donde la oscuridad es más fuerte que la luz.
En ese momento la joven había sonreído con indulgencia, tomándolo como una superstición de su tía profundamente religiosa. Ahora, con manos temblorosas, Camila extrajo la cruz. Al contacto con el metal bendecido, la aparición de su madre retrocedió con un siseo furioso. “Aparta eso!”, gritó Elena, su voz distorsionándose hasta convertirse en algo inhumano.
Francisco Fernando y Teresa Antonio también se detuvieron, sus rostros contorsionándose en muecas de dolor. La cruz parecía crear una barrera invisible que los mantenía a distancia. “Lo siento mamá”, murmuró Camila avanzando con la cruz extendida. Pero no seré parte de esto. Aprovechando la confusión, Camila corrió hacia el pasillo buscando desesperadamente una ruta de escape.
Los gritos furiosos de su madre convertida en espectro resonaban tras ella, acompañados por los pasos pesados de su padre y Teresa, ahora poseídos por entidades sobrenaturales. La tormenta había alcanzado su punto máximo. Los relámpagos iluminaban los pasillos de la mansión en destellos cegadores, seguidos de truenos que hacían vibrar los cimientos.
Las ventanas temblaban bajo la fuerza del viento y la lluvia golpeaba los cristales como si intentara romperlos. Camila llegó al vestíbulo principal y se dirigió hacia la puerta de entrada. La encontró sellada, tal como Julián había advertido. No era simplemente que estuviera cerrada. La madera parecía haberse fundido con el marco como si fuera una pieza sólida.
“No puedes escapar, hermana”, dijo una voz infantil, pero terriblemente adulta detrás de ella. Teresa Antonio, se acercaba por el pasillo, seguida por Francisco Fernando. “La casa nos pertenece como tú.” Camila levantó nuevamente la cruz, pero esta vez los entes no retrocedieron con la misma intensidad.
Parecían estar adaptándose a su presencia, encontrando formas de resistir su poder. “Esa baratija no te protegerá por mucho tiempo,”, continuó Teresa Antonio. “La fe debe ser verdadera para tener poder.” Y tú, querida hermana, apenas crees en lo que ves con tus propios ojos. Tenía razón. La cruz comenzaba a sentirse pesada en su mano y la barrera invisible que creaba parecía debilitarse.
Camila comprendió que necesitaba una estrategia mejor que simplemente huir. La respuesta vino en forma de recuerdo, el diario de su madre que María Dolores había mencionado. Si su madre había encontrado la forma de traer a estas entidades al mundo, quizás también había documentado cómo devolverlas. a donde pertenecían.
El diario murmuró para sí misma. Necesito encontrar su diario. Un relámpago particularmente cercano impactó en algún lugar del jardín, iluminando momentáneamente todo el vestíbulo con luz cegadora. Cuando Camila pudo ver nuevamente, Teresa Antonio estaba a pocos metros extendiendo manos huesudas hacia ella. Sin pensarlo dos veces, Camila corrió hacia la escalera principal, subiendo los escalones de dos en dos.
Si el diario existía, debía estar en la habitación principal o en algún lugar del tercer piso, donde su madre realizaba sus rituales. La escalera crujía bajo los pies de Camila mientras ascendía apresuradamente hacia elsegundo piso. Los pasos de sus perseguidores resonaban no muy lejos, acompañados por el susurro espectral de su madre, que parecía provenir de todas partes, y de ninguna a la vez.
Mi niña, no hay escapatoria”, decía la voz. “La sangre llama a la sangre. La familia Echeverría siempre ha estado vinculada a este lugar, a estos rituales. Es nuestro legado, nuestro destino.” Al llegar al segundo piso, Camila dudó dónde buscar el diario. No podía perder tiempo revisando habitación por habitación. Necesitaba pensar como su madre, entender dónde ocultaría sus secretos más oscuros.
El tercer piso decidió finalmente si Elena había realizado sus rituales allí, seguramente guardaba también sus escritos en ese lugar. continuó subiendo hasta llegar a la puerta que conducía al tercer piso, la misma que había encontrado entreabierta horas antes. Ahora estaba completamente abierta como invitándola a entrar. Las sombras parecían más densas aquí, casi tangibles, moviéndose con voluntad propia.
Camila avanzó por el pasillo, su cruz firmemente agarrada en una mano y la linterna en la otra. El as de luz bailaba sobre las paredes, revelando momentáneamente símbolos extraños pintados con una sustancia oscura y reseca, los mismos símbolos que había visto en el sótano. La al final del pasillo, una puerta más grande y ornamentada que las demás permanecía cerrada.
A diferencia de las otras, esta tenía un símbolo tallado en la madera, un círculo atravesado por líneas que formaban una estrella irregular. Sin dudar, Camila la empujó. La habitación que se reveló ante ella era exactamente lo que había descrito su padre. Un dormitorio convertido en santuario macabro. Una cama con dosel ocupaba a un lado, sus sábanas manchadas de un rojo oxidado.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro de bebés, algunos claramente sin vida, y páginas arrancadas de libros antiguos con diagramas anatómicos y símbolos ocultistas. En el centro de la habitación había una mesa de madera oscura con surcos que convergían en un desagüe central, similar a la del sótano, pero más pequeña.
Sobre ella, instrumentos quirúrgicos oxidados y velas negras consumidas hasta la mitad. Pero lo que captó la atención de Camila fue el escritorio en una esquina. Sobre él, iluminado por un rayo de luna que se filtraba entre las tablas que cubrían la ventana, descansaba un libro de cuero desgastado. Se acercó rápidamente y lo abrió.
Era efectivamente el diario de su madre, sus páginas llenas de una escritura que comenzaba siendo pulcra y elegante, pero que gradualmente se volvía errática y casi ilegible en las entradas finales. 12 de marzo de 1994, leyó Camila. He encontrado el ritual definitivo en el grimorio del doctor Morales. Requiere sangre familiar, voluntariamente ofrecida.
La mía no será suficiente. Pero combinada con la de Camila, la joven pasó páginas frenéticamente buscando algo que pudiera ayudarla a detener lo que su madre había iniciado. Finalmente, en las últimas entradas, encontró algo prometedor. 3 de mayo de 1995. La invocación debe ser reversible. Toda acción en el plano espiritual tiene su opuesto.
Si la sangre ofrecida los trajo, solo la sangre del invocador puede devolverlos, pero debe ser ofrecida con intención opuesta. Donde hubo deseo de traer, debe haber voluntad de enviar. Donde hubo amor posesivo, debe haber amor que libera. Camila apenas tuvo tiempo de asimilar estas palabras cuando la temperatura de la habitación descendió bruscamente.
Su aliento se condensaba ahora en pequeñas nubes frente a su rostro. “Encontraste mi diario”, dijo la voz de Elena detrás de ella. “Siempre fuiste una niña curiosa e inteligente.” Camila se giró lentamente. Su madre flotaba a pocos metros. su forma espectral ahora más definida y sólida que antes. Detrás de ella, Francisco, Fernando y Teresa Antonio bloqueaban la puerta.
“Esto tiene que terminar, mamá”, dijo Camila, apretando el diario contra su pecho. “Lo que hiciste, lo que estás haciendo, no está bien.” Bien. La risa de Elena resonó con un eco sobrenatural. ¿Qué sabe una niña sobre lo que está? Bien o mal, ¿crees que es justo que mis bebés me fueran arrebatados? ¿Que la vida les fuera negada antes de siquiera comenzar? No eran los únicos niños en el mundo, respondió Camila, recordando las implicaciones de los sacrificios.
¿Cuántos más tuvieron que morir para alimentar tu obsesión? La expresión de Elena se endureció. Sacrificios necesarios. Este mundo es cruel, Camila. Toma y toma sin dar nada a cambio. Yo simplemente equilibré la balanza. Tomando más vidas, rebatió Camila. Eso no es equilibrio, es venganza. Y ahora quieres mi sangre para completar tu obra.
Tu sangre es especial, explicó Elena, acercándose flotando. Eres mi hija, la única que sobrevivió. En ti corre la sangre de generaciones de echeverría, una línea que siempre ha estado conectada con los misterios entremundos. ¿Qué quieres decir?, preguntó Camila, ganando tiempo mientras pensaba en una forma de escapar. ¿Por qué crees que esta mansión fue construida aquí sobre un antiguo cementerio? ¿Por qué crees que generaciones de Echeverría han experimentado visiones, sueños proféticos, encuentros con lo que otros llamarían fantasmas? Está en nuestra sangre, Camila, la
capacidad de ver más allá del velo, de comunicarnos con el otro lado. Las palabras de Elena resonaron en la mente de Camila como campanas funerarias. Fragmentos de recuerdos de su infancia cobraron nuevo significado. Las amigas imaginarias con las que hablaba, las pesadillas vívidas que parecían más reales que la vigilia, la facilidad con que siempre había percibido emociones y energías que otros no notaban.
¿Estás diciendo que todos en nuestra familia podían ver cosas? preguntó, manteniendo el diario firmemente contra su pecho. No todos con la misma intensidad, respondió Elena, acercándose más. Su forma espectral parecía alimentarse de la tormenta. Cada relámpago la hacía más sólida, más presente. Algunos apenas tenían sueños proféticos ocasionales.
Otros, como tu bisabuela Catalina, podían hablar con los muertos tan fácilmente como con los vivos. Tú y yo compartimos ese don en su forma más pura. No es un don, rebatió Camila. Es una maldición si lleva a esto. Elena sonrió con tristeza. Eres joven. No comprendes aún el potencial de nuestras habilidades.
Podemos hacer más que simplemente ver o hablar con espíritus. Podemos moldear la realidad misma, traer de vuelta lo que se ha perdido o lo que debería permanecer perdido”, murmuró Camila. La expresión de Elena se endureció. “Mis hijos merecían vivir. El destino me los arrebató injustamente. Y tú arrebataste otras vidas en respuesta”, gritó Camila.
“cuántos niños desaparecieron por tu obsesión. Cuántas familias destrozadas! La habitación tembló. como si la casa misma reaccionara a la confrontación. Las fotografías en las paredes se agitaron, algunas cayendo al suelo. Los instrumentos sobre la mesa tintinearon. El tiempo se acaba intervino Francisco Fernando con voz infantil emanando del cuerpo adulto.
La tormenta está en su punto máximo. Es ahora o nunca, madre. Teresa Antonio asintió avanzando un paso. Necesitamos su sangre para completar nuestra transición, para que Carlos pueda habitar en ella y nosotros podamos volvernos completamente físicos. Camila comprendió entonces el plan completo. No solo querían su sangre como sacrificio.
Uno de sus hermanos no muertos planeaba poseerla como había ocurrido con su padre y Teresa. Se convertiría en un recipiente viviente para Carlos, el tercero de los bebés fallecidos. La joven miró rápidamente alrededor buscando una salida. Las ventanas estaban tapeadas, la puerta bloqueada por los cuerpos poseídos. Solo quedaba una opción, usar el conocimiento del diario.
Si la sangre ofrecida los trajo, solo la sangre del invocador puede devolverlos. Había escrito su madre. Elena era la invocadora original, pero estaba muerta o algo parecido. Funcionaría con su propia sangre siendo hija de la invocadora. Con movimiento repentino, Camila dejó caer el diario y tomó uno de los escalpelos oxidados de la mesa ritual.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, hizo un corte en la palma de su mano. La sangre brotó roja y brillante bajo la luz de los relámpagos. Deténganla, gritó Elena, su forma espectral ondulando violentamente, pero Camila ya había comenzado. Recordando los símbolos que había visto en el diario y en las paredes, dibujó rápidamente, con su propia sangre un círculo invertido en el suelo a su alrededor.
Por la sangre que compartimos, recitó improvisando palabras que surgían instintivamente de algún lugar profundo dentro de ella. Rompo el vínculo que os atao de esta existencia intermedia. Id hacia la luz que os espera más allá. La mansión entera pareció gemir, las paredes vibraron y el suelo tembló bajo sus pies.
Francisco, Fernando y Teresa Antonio se detuvieron en seco, sus cuerpos convulsionándose. No! gritó Elena, su forma espectral fluctuando violentamente. No puedes enviarlos de vuelta. Son mis hijos y por eso deben descansar, respondió Camila, lágrimas mezclándose con la sangre que goteaba de su mano. Por amor, mamá, no por posesión, sino por verdadero amor. Déjalos ir.
Un trueno ensordecedor sacudió la mansión hasta sus cimientos. Por un instante, todo quedó en silencio absoluto. Luego, un grito desgarrador emanó simultáneamente de Francisco Teresa y la forma espectral de Elena. Sombras negras comenzaron a desprenderse de los cuerpos de Francisco y Teresa, retorciéndose en el aire como humo vivo.
La forma de Elena se fragmentaba desintegrándose en partículas luminosas. “Mis bebés”, susurró Elena. su voz desvaneciéndose. “Mi familia, siempre seremos tu familia”, respondió Camila, extendiendo su mano sangrante hacia su madre. Perono así, no a este precio. Las sombras que habían sido Fernando y Antonio flotaron hacia la forma desintegrándose de Elena.
Una tercera sombra más pequeña apareció desde algún rincón oscuro de la habitación. Carlos, que nunca había encontrado un cuerpo para poseer. Por un momento, las cuatro figuras etéreas, madre e hijos, se reunieron en el centro de la habitación, formando una imagen fantasmal de la familia que podría haber sido.
Luego, con un último destello de luz sobrenatural, desaparecieron. Francisco y Teresa se desplomaron inconscientes en el suelo. La tormenta amainó repentinamente, como si nunca hubiera ocurrido. Un silencio profundo invadió la mansión, roto únicamente por la respiración agitada de Camila y los quejidos débiles de su padre y Teresa, que comenzaban a recuperar la conciencia.
Camila se acercó a su padre arrodillándose junto a él. Francisco abrió los ojos lentamente, confundido y desorientado. Camila murmuró su voz nuevamente la suya. ¿Qué ha pasado? Se han ido, papá, respondió ella, ayudándolo a incorporarse. Todos ellos. Mamá, mis hermanos, los liberé. Francisco la miró con una mezcla de asombro y orgullo.
¿Cómo? Usando lo que somos, respondió Camila, observando su mano ensangrentada, lo que siempre hemos sido, pero para liberar, no para atar. Teresa también comenzaba a despertar, su rostro reflejando el horror de los recuerdos de lo que había ocurrido mientras estaba poseída. “¿Qué haremos ahora?”, preguntó Francisco, mirando alrededor de la macabra habitación, que había sido el santuario de rituales de su esposa.
Camila se acercó a la ventana tapeada. Con un esfuerzo arrancó una de las tablas, permitiendo que la luz del amanecer entrara por primera vez en décadas en aquella habitación. El sol naciente bañó el espacio con tonos dorados, disipando las últimas sombras. Limpiamos, respondió simplemente, limpiamos esta casa. Honramos a los muertos apropiadamente y luego decidimos si queremos seguir siendo los echeverría de la mansión embrujada o si es tiempo de escribir una nueva historia.
Francisco se levantó con dificultad y se acercó a su hija. Juntos contemplaron el amanecer sobre Zacatecas, una ciudad que había vivido bajo la sombra de los secretos de su familia durante generaciones. “Una nueva historia”, murmuró Francisco colocando una mano sobre el hombro de su hija. “Me gusta cómo suena eso.
En el patio trasero, las estatuas de ángeles parcialmente cubiertas por enredaderas parecían observar la mansión con nuevos ojos. La fuente central, seca durante años, comenzó misteriosamente a fluir de nuevo, el agua cristalina reflejando la luz del nuevo día. La mansión Echeverría seguiría siendo parte de las leyendas de Zacatecas, pero quizás ahora, con los fantasmas finalmente descansando, podría también convertirse en un hogar. M.















