Cuando las cocineras limpiaban la alacena en Morelia, escucharon risas de niños tras la madera vieja

Cuando las cocineras limpiaban la alacena en Morelia, escucharon risas de niños tras la madera vieja

Rosario, trae los trapos nuevos para la alacena del fondo, ordenó mientras ajustaba el pañuelo que contenía su cabello gris. Esa madera vieja traga el polvo como si fuera agua. Rosario, una mujer joven de apenas 23 años, asintió y se dirigió al cuarto de limpieza. Llevaba solo tres meses trabajando en aquella casona señorial que pertenecía a la familia Montero desde hacía cinco generaciones.

 A diferencia de otras empleadas que habían pasado por allí, Rosario sentía una extraña inquietud cada vez que tenía que limpiar el ala este de la casa, especialmente la cocina, con su enorme alacena colonial. Ten cuidado con las bisagras, le advirtió doña Consuelo cuando regresó con los trapos. El señor Montero dice que son originales del siglo XVII y no quiere que las cambiemos por nada del mundo.

 La alacena en cuestión era una imponente estructura de madera de cedro que ocupaba casi toda una pared de la cocina. Con más de 2 m de altura y tallada con motivos florales ya desgastados por el tiempo, tenía un aire señorial que contrastaba con los electrodomésticos modernos instalados a su alrededor. “¿Nunca le ha parecido rara esta lacena, doña Consuelo?”, preguntó Rosario mientras impregnaba el trapo con aceite de linaza para nutrir la madera reseca.

 La mujer mayor hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca invisible. Tiene sus mañas, como todo lo viejo, niña. Rosario asintió sin estar convencida. Había algo en aquella estructura que la inquietaba profundamente. Quizás era el olor peculiar que desprendía, una mezcla de humedad antigua y algo dulzón que no lograba identificar.

 O tal vez fuera la sensación de que la madera vibraba ligeramente bajo sus dedos. cuando pasaba el trapo por los paneles inferiores. Mientras doña Consuelo se ocupaba de organizar las especias en los estantes superiores, Rosario se arrodilló para limpiar la parte baja de la alacena. Fue entonces cuando lo escuchó por primera vez, una risita infantil, apenas un susurro que parecía provenir del interior de la madera misma, se quedó paralizada con el trapo suspendido en el aire.

 ¿Oyó eso, doña Consuelo? La mujer mayor dejó de ordenar los frascos y la miró con el ceño fruncido. Oír que muchacha, una risa como de niño, explicó Rosario, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda a pesar del calor. Doña Consuelo resopló. Serán los niños de la casa de al lado. Con este calor tienen las ventanas abiertas todo el día.

 Rosario quiso creerle, pero algo en su interior le decía que aquella risa no había venido del exterior. Continuó limpiando, ahora con movimientos más cautelosos, prestando atención a cualquier sonido. Y entonces, cuando pasó el trapo por una pequeña muesca en la esquina inferior, volvió a escucharlo. una risita clara, juguetona, seguida de un murmullo que sonaba como palabras en un idioma desconocido.

 Esta vez la risa fue tan nítida que incluso doña Consuelo se quedó inmóvil con un frasco de canela suspendido en el aire. Virgen santísima murmuró la mujer mayor haciendo la señal de la cruz sobre su pecho. No me digas que tú también lo oíste. Rosario asintió sintiendo como el miedo ascendía por su garganta como una serpiente fría.

 ¿Qué es eso, doña Consuelo? La anciana bajó lentamente de su escalerilla y se acercó a la alacena con cautela. Apoyó su oreja contra la madera oscura y cerró los ojos. como si escuchara con todo su ser. Después de unos segundos que parecieron eternos, se apartó con el rostro pálido bajo su piel morena.

 “Esta casa guarda muchos secretos, niña”, dijo en voz baja. “Y algunos es mejor no despertarlos.” “¿Estás despierta?”, susurró Lucía de repente, sorprendiéndola. “Sí, respondió Rosario. No puedo dormir.” Lucía se incorporó en su cama, su silueta apenas visible en la penumbra. Te vi muy rara después de limpiar la cocina.

 ¿Pasó algo? Rosario dudó. Lucía llevaba 5 años trabajando en la casa y quizás supiera algo. ¿Alguna vez has escuchado cosas raras en la alacena grande? El silencio que siguió a su pregunta fue tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo. Finalmente, Lucía habló con voz tensa, así que tú también los has oído. Un escalofrío recorrió la espalda de Rosario. Los niños, aclaró Lucía.

 Y aunque no podía verle el rostro claramente, Rosario percibió su miedo. A veces ríen, a veces lloran. Doña Consuelo dice que no debemos hablar de eso, pero ¿qué son? ¿Por qué están ahí? Lucía encendió la pequeña lámpara de mesa, revelando su rostro tenso y sus ojos oscuros brillantes de preocupación. Nadie lo sabe con certeza, pero hay historias.

 La señora Mercedes, que trabajó aquí casi 40 años, decía que durante la revolución, cuando los Monteros tuvieron que huir temporalmente, dejaron la casa al cuidado de una familia de campesinos. Rosario se sentó en su cama completamente atenta. ¿Y qué pasó con ellos? Tenían tres hijos pequeños.

Cuando los federales entraron en Morelia buscando revolucionarios, esa familia les pareció sospechosa ocupando una casa tan grande. Los acusaron de robo y traición. La voz de Lucía bajó hasta convertirse casi en un susurro. Dicen que los padres fueron fusilados en el patio. Y los niños, ¿qué les pasó a los niños? Preguntó Rosario, aunque una parte de ella ya presentía la respuesta.

Nadie lo sabe con certeza desaparecieron. Algunos dicen que huyeron, otros que los soldados se deshicieron de ellos. Pero la señora Mercedes juraba que los habían escondido en la alacena, que era más grande por dentro en aquel entonces con un compartimento secreto. Quizás murieron ahí de hambre, de miedo, esperando que alguien los encontrara.

Rosario sintió náuseas ante la imagen mental que se formó en su cabeza. Pero eso es horrible. Los señores Montero lo saben. Lucía se encogió de hombros. Si lo saben, nunca hablan de ello. Lacena ha estado en esa cocina por generaciones y nadie se atreve a moverla o modificarla. Un ruido sordo, como de madera crujiendo, las hizo sobresaltarse a ambas.

 Venía de algún lugar de la casa, posiblemente de la cocina. Es la casa, dijo Lucía con rapidez, como intentando convencerse a sí misma. Estas construcciones antiguas hacen ruidos con los cambios de temperatura. Pero Rosario no estaba tan segura. En su mente volvió a escuchar aquella risita infantil, ahora teñida de un nuevo y terrible significado.

 “Deberíamos dormir”, sugirió Lucía apagando la lámpara. “Mañana hay mucho trabajo y es mejor no pensar en estas cosas.” Pero en la oscuridad de su habitación, Rosario supo que no podría dormir, no cuando ahora sabía que aquellas risas podrían pertenecer a niños que habían muerto de la forma más terrible, olvidados y solos, a escasos metros de donde ella descansaba cada noche.

 “Buenos días”, saludó Rosario incómoda por el súbito silencio. Niña, te ves terrible”, comentó doña Consuelo sirviéndole una taza de café negro. “¿No dormiste bien?” Antes de que Rosario pudiera responder, el teléfono de la cocina sonó. Doña Consuelo fue a contestar y regresó con el rostro serio. “Era el señor Montero. Vuelven esta tarde en lugar de mañana.

Hay que preparar toda la casa.” Lucía y Rosario intercambiaron miradas. El regreso anticipado de los dueños significaba un día de trabajo intenso. Lucía, tú te encargas de las habitaciones arriba. Rosario, tú terminarás con la cocina y el comedor, ordenó doña Consuelo. Rosario sintió un nudo en el estómago.

 Terminar la cocina significaba volver a enfrentarse a la alacena. Doña Consuelo comenzó eligiendo cuidadosamente sus palabras. Sobre lo que escuchamos ayer. La mujer mayor la interrumpió con un gesto severo. No hay tiempo para hablar de tonterías. Hay mucho que hacer antes de que lleguen los señores.

 Durante toda la mañana, Rosario trabajó con eficiencia mecánica, dejando para el final la limpieza de la alacena. Cuando ya no pudo posponerlo más, se acercó a la estructura de madera con un nudo en la garganta. la observó detenidamente buscando algún indicio del compartimento secreto que había mencionado Lucía, pero la alacena parecía una pieza sólida, sin espacios ocultos evidentes.

 Con manos temblorosas comenzó a limpiar los estantes superiores. Todo parecía normal hasta que al mover un pesado mortero de piedra notó que una pequeña sección de la madera del fondo parecía más nueva que el resto. era apenas perceptible, pero años de limpiar casas antiguas le habían enseñado a reconocer esos detalles. Presionó ligeramente esa sección y sintió que cedía un poco.

 Su corazón comenzó a latir con fuerza. Miró sobre su hombro para asegurarse de que estaba sola y empujó con más firmeza. Con un crujido suave, la madera se movió, revelando un pequeño hueco no más grande que un libro. Dentro, envuelto en lo que parecían ser restos de un paño desilachado por el tiempo, había algo. Rosario contuvo la respiración mientras lo sacaba.

 Era un pequeño caballo de madera tallada, un juguete antiguo con las patas desgastadas y marcas de pequeños dientes en el lomo, como si un niño lo hubiera mordisqueado. “Dios mío”, susurró sintiendo un escalofrío y entonces lo escuchó de nuevo. No una risa esta vez, sino un llanto suave, como de un niño que intenta no ser descubierto.

 Provenía claramente del interior de la alacena. ¿Quién está ahí?, preguntó Rosario en voz baja, sintiéndose absurda por hablarle a un mueble. El llanto se detuvo, reemplazado por un silencio tenso. Luego, tan claramente que hizo que Rosario casi dejara caer el caballo de madera, una voz infantil respondió, “Ayúdanos, tenemos hambre.

” Rosario retrocedió un paso con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en sus oídos. Aquello no era su imaginación. La voz había sido real, tan real como el juguete que sostenía en su mano temblorosa. ¿Quiénes son?, preguntó luchando contra elimpulso de huir. Somos Tomás, Luisa y Emilio, respondió la misma voz, ahora más cerca, como si quien hablara se hubiera acercado a la madera.

 Estamos esperando a nuestros padres. Dijeron que volverían pronto, pero tenemos mucha hambre. Rosario sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Según la historia de Lucía, esos niños llevaban esperando a unos padres que nunca regresarían desde la época de la revolución casi 70 años atrás. “¿Puedo puedo ayudarlos de alguna manera?”, preguntó sin saber qué más decir.

 Un silencio y luego tenemos miedo de los hombres con rifles. Hacen mucho ruido. Ya se fueron. Rosario iba a responder cuando escuchó pasos acercándose a la cocina. Rápidamente volvió a colocar el caballo en su escondite y cerró el panel justo cuando doña Consuelo entraba. ¿Qué tanto haces, niña? Te he estado buscando por toda la casa.

 Solo estaba terminando con la alacena, respondió Rosario, consciente de lo pálida que debía estar. Doña Consuelo la miró con suspicacia, pero no dijo nada sobre su evidente nerviosismo. Los señores llegarán en dos horas. Ve a cambiarte el uniforme y ayuda a Lucía con las camas. Rosario asintió y salió de la cocina, pero no sin antes dirigir una última mirada a la alacena.

 Podría haber jurado que por el rabillo del ojo vio una pequeña mano pálida asomando por una rendija imposible entre los paneles de madera. Rosario observaba todo esto con una extraña sensación de irrealidad. Seguía realizando sus tareas mecánicamente, pero su mente estaba constantemente en la cocina con la alacena y las voces que había escuchado.

 El pequeño caballo de madera era la prueba de que no estaba imaginando cosas. Durante la cena, Rosario ayudaba a servir junto con Lucía mientras doña Consuelo supervisaba desde la cocina. La señora Elena Montero, una mujer elegante de unos 50 años, presidía la mesa con gracia estudiada. “La casa se ve impecable como siempre”, comentó la señora dirigiéndose a Lucía.

 Denle nuestras felicitaciones a Consuelo. Gracias, señora, respondió Lucía con una pequeña reverencia. El señor Roberto Montero, un hombre robusto con el cabello entreco, estaba concentrado en cortar su filete. Por cierto, Elena, tenemos que decidir qué hacer con la renovación de la cocina. El arquitecto necesita saber si conservamos la alacena antigua o la reemplazamos.

 Rosario, que estaba sirviendo puré de patatas, casi derrama la fuente al escuchar esto. La señora Elena frunció ligeramente el ceño. Ya hablamos de esto, Roberto. Esa alacena ha estado en la familia por generaciones. No veo razón para cambiarla. Es un mueble antiguo que ocupa demasiado espacio insistió el señor.

 La cocina sería mucho más funcional con armarios modernos. La hija mayor de los Montero, Alejandra, una joven de unos 20 años, intervino. Papá tiene razón, mamá. Esa la cena es tétrica. Siempre me ha dado escalofríos. A mí también, añadió Carlos, el hijo mediano. Cuando éramos pequeños, Daniela y yo estábamos convencidos de que había alguien dentro.

 ¿Te acuerdas, Dani? Daniela, la menor asintió vigorosamente. Escuchábamos risas y llantos. Ustedes decían que era nuestra imaginación, pero los tres lo oíamos. La señora Elena palideció visiblemente. Eso son tonterías de niños. La cena se queda. Elena, por favor. El señor Montero dejó los cubiertos sobre su plato. Sé que tu abuela te contó historias sobre ese mueble, pero es hora de modernizar.

Además, desde que la compramos, esta casa siempre ha tenido algo inquietante. Comprar. La palabra escapó de los labios de Rosario antes de que pudiera contenerse. Todos en la mesa se volvieron hacia ella. La señora Elena la miró con frialdad. Disculpa. Rosario sintió que sus mejillas ardían. Lo siento, señora.

 No quise interrumpir, pero lo has hecho dijo la señora con un tono cortante. ¿Qué querías decir? Rosario tragó saliva, consciente de que había cometido un grave error al hablar durante la cena familiar. Es solo que creía que la casa había pertenecido a su familia por generaciones. Un silencio incómodo se instaló en el comedor. Finalmente, el señor Montero respondió con voz calmada.

 La casa perteneció originalmente a la familia Alcázar. Mi abuelo la adquirió en 1930, después de que estuviera abandonada durante años tras los disturbios de la revolución. La señora Elena lanzó una mirada de advertencia a su marido. No creo que la historia de la propiedad sea de interés para el personal, Roberto. Al contrario, intervino Alejandra con una sonrisa curiosa.

 Parece que Rosario está bastante interesada, ¿no es así, Rosario? Atrapada, Rosario solo pudo asentir levemente. ¿Y por qué tanto interés en nuestra casa? Presionó la joven. Alejandra, basta. ordenó su madre. Rosario, ¿puedes retirarte a la cocina? Agradecida por la oportunidad de escapar, Rosario se apresuró hacia la cocina, donde doña Consuelo la recibió con una mirada severa.

 ¿En qué estabaspensando, niña? Nunca se interrumpe a los señores durante la cena. “Lo siento”, murmuró Rosario, dejando la fuente sobre la encimera. Es que sabía usted que esta casa no siempre perteneció a los Monteros. Doña Consuelo miró nerviosamente hacia la puerta para asegurarse de que estaban solas. Claro que lo sabía. Todo Morelia lo sabe. Los Montero compraron esta casa después de que los Alcázar fueran exterminados durante la revolución. Una tragedia.

 ¿Y los niños? preguntó Rosario en voz baja, incapaz de contenerse. Los niños de la alacena. El rostro de la mujer mayor se endureció. No digas tonterías. No hay ningunos niños. Los he oído, doña Consuelo, y los he visto. Encontré un juguete escondido en un compartimento secreto. La anciana la tomó bruscamente del brazo. Escúchame bien.

 Hay cosas en esta casa de las que no se habla nunca. Por tu propio bien, olvida todo eso. Pero la expresión en los ojos de doña Consuelo traicionaba sus palabras. No era enfado lo que Rosario veía allí, sino miedo, un miedo profundo y antiguo. Finalmente, incapaz de conciliar el sueño, se levantó y se puso una bata sobre el camisón.

 Con pasos sigilosos, salió de la habitación y se dirigió hacia la cocina. La casa dormida parecía diferente, más grande y amenazadora, con sombras que se alargaban de formas imposibles bajo la luz de la luna que se filtraba por las ventanas. Al llegar a la cocina se detuvo en el umbral. La alacena se erguía como una presencia oscura contra la pared, apenas visible en la penumbra.

 Rosario encendió una pequeña linterna que había traído consigo y avanzó lentamente. “¿Hay alguien ahí?”, susurró sintiendo como el pulso se aceleraba en sus venas. Silencio. Solo el tic tac del reloj de pared y el zumbido lejano del refrigerador. Se acercó más y apoyó suavemente la mano sobre la madera pulida. Tomás, Luisa, Emilio.

 Soy yo, Rosario. ¿Pueden oírme? Nada. Quizás todo había sido producto de su imaginación después de todo. O tal vez los niños solo aparecían durante el día. Estaba a punto de darse por vencida cuando sintió un cambio en la temperatura, un frío repentino que hizo que su aliento formara pequeñas nubes de vapor frente a su rostro.

 ¿Quién es Rosario?, preguntó una voz infantil tan cerca que Rosario dio un respingo. No era la misma voz que había escuchado antes. Esta era más aguda, probablemente de una niña. Soy yo respondió Rosario con el corazón latiendo, desbocado. Trabajo aquí limpiando la casa. Una risita, luego otra voz más grave de un niño mayor quizás.

 ¿Dónde está Magdalena? Ella es quien limpia nuestra casa. Magdalena ya no está, dijo Rosario con suavidad, comprendiendo que los niños se referían a alguien que habría trabajado allí durante la época de la revolución. Eso fue hace mucho tiempo. Un silencio confuso siguió a sus palabras. Luego, la primera voz que había escuchado, la que suponía pertenecía a Tomás, preguntó, “¿Cuánto tiempo hemos estado aquí?” Papá dijo que volverían pronto.

 Rosario sintió que se le formaba un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle a unos niños que llevaban muertos casi 70 años? Que sus padres nunca regresaron porque probablemente fueron ejecutados en el patio de esa misma casa. No lo sé exactamente, respondió con cautela. Pero ha pasado bastante tiempo. Un sollozo suave surgió de la alacena, seguido de un murmullo de consuelo que debía ser de uno de los hermanos mayores, calmando al pequeño.

“Tenemos miedo”, dijo la voz de la niña que debía ser Luisa. “Y hambre, mucha hambre.” El comentario hizo que Rosario sintiera un escalofrío. “¿Cuánto tiempo habrían estado esos niños escondidos en la alacena antes de morir?” días, semanas. La idea era insoportable. “¿Puedo, puedo ver a alguno de ustedes?”, preguntó sabiendo que era una petición extraña, pero necesitando alguna confirmación tangible de que no estaba hablando con el aire.

 Un largo silencio siguió a su pregunta. Luego, lentamente, una de las puertas de la alacena se entreabrió con un crujido suave. Rosario dirigió el as de su linterna hacia la abertura, conteniendo la respiración. Al principio no vio nada, solo el interior oscuro del mueble, pero entonces algo se movió. Una pequeña mano pálida, casi translúcida, asomó por el borde de la puerta.

 No era una mano corpórea como la de un niño vivo. Tenía una cualidad etérea, como si estuviera hecha de niebla condensada. La mano se retiró rápidamente cuando un ruido sobresaltó a Rosario, pasos en el corredor. ¿Quién anda ahí? La voz del señor Montero resonó acercándose a la cocina.

 Rosario apagó su linterna y se ocultó tras la isla central de la cocina, conteniendo la respiración. Los pasos del señor Montero entraron en la cocina y se detuvieron. Podía verlo a través del espacio entre la encimera y los taburetes. Estaba en pijama. con una bata sobre los hombros y miraba directamente hacia la alacena.

 “Otra vezustedes”, murmuró el hombre y Rosario se sorprendió por el tono resignado, casi familiar de su voz. “Han estado inquietos desde que mencioné lo de la renovación, ¿no es así? Un silencio y luego el leve sonido de una risita infantil. El señor Montero suspiró profundamente. Saben que no podemos mantener este secreto para siempre. Elena puede pretender que no pasa nada, pero los niños siempre los han percibido.

 Y ahora parece que también la nueva muchacha. Rosario contuvo la respiración dándose cuenta de que el señor Montero sabía que ella había descubierto el secreto de la alacena. No pueden quedarse aquí eternamente”, continuó el hombre hablando con la alacena como si fuera lo más natural del mundo. Han pasado demasiados años, necesitan descansar.

Otra risa, esta vez con un tono más triste y luego silencio. El señor Montero permaneció un momento más frente a la alacena, luego negó con la cabeza y salió de la cocina. Rosario esperó hasta que sus pasos se perdieron en el corredor antes de salir de su escondite, con la mente dando vueltas por lo que acababa de presenciar.

 El señor Montero sabía sobre los niños, les hablaba como si fueran viejos conocidos. ¿Qué más sabía? ¿Y por qué su esposa insistía tanto en mantenerla a la cena si aparentemente negaba la existencia de los niños? Con más preguntas que respuestas, Rosario regresó sigilosamente a su habitación, sabiendo que ahora estaba involucrada en algo mucho más grande y más antiguo de lo que había imaginado.

 “¿Has dormido bien, papá?”, preguntó Alejandra untando mermelada en su tostada. “Te escuché levantarte anoche. El señor Montero levantó la vista de su periódico. Solo fui a beber agua.” Sus ojos se encontraron brevemente con los de Rosario y ella tuvo la certeza de que él sabía que ella había estado allí escuchando su conversación con los niños de la alacena.

 He estado pensando en lo de la renovación de la cocina, continuó el señor Montero dirigiéndose a su esposa. Quizás tienes razón y deberíamos preservarla a la cena. Es parte de la historia de la casa. La señora Elena pareció sorprendida por este cambio de opinión. Me alegra que lo veas así, Roberto. Algunas tradiciones deben respetarse.

 Pero, añadió él, creo que deberíamos hacerle un pequeño ritual de limpieza, ¿no te parece? Para ahuyentar las energías antiguas. Los tres hijos intercambiaron miradas curiosas mientras la señora Elena palidecía visiblemente. “No creo que sea necesario”, respondió ella con voz tensa. “Insisto”, dijo el señor Montero con suavidad, pero con un tono que no admitía discusión.

 “De hecho, me gustaría que lo hiciéramos hoy mismo. Conozco a alguien que podría ayudarnos. Un exorcista, bromeó Carlos, pero su risa murió cuando vio la expresión seria de su padre. Algo así, respondió el señor Montero, un especialista en ayudar a que las almas perdidas encuentren su camino.

 Rosario casi derrama el café que estaba sirviendo. Alejandra la miró con curiosidad. Pareces muy interesada en nuestra conversación, Rosario, comentó la joven. ¿Has notado algo extraño en la cocina? Quizás en la alacena, antes de que Rosario pudiera responder, doña Consuelo apareció en el comedor. Rosario, te necesito en la cocina ahora mismo. Dijo con firmeza.

 Agradecida por la interrupción, Rosario se escabulló hacia la cocina. Doña Consuelo cerró la puerta tras ellas y la enfrentó con expresión severa. ¿Qué hiciste anoche?, preguntó en voz baja pero intensa. “¿Fuiste a la cocina, verdad? ¿Hablaste con ellos?” Rosario asintió, incapaz de mentir. “Los escuché, doña Consuelo, y el señor Montero también habló con ellos.

 Él sabe lo que hay en esa alacena.” La anciana se dejó caer en una silla repentinamente agotada. Toda la familia lo sabe, niña. Es un secreto que se transmite de generación en generación desde que compraron esta casa. Pero, ¿por qué no hacen algo? Esos niños llevan atrapados ahí desde la revolución. Doña Consuelo negó con la cabeza. No es tan simple.

 La señora Elena cree que liberarlos traería desgracia a la familia. Su abuela le dijo que mientras los niños permanecieran en la alacena, protegerían la casa y a sus habitantes. Proteger. ¿Cómo pueden proteger unos niños muertos? Son almas inocentes, explicó doña Consuelo bajando aún más la voz.

 Y murieron injustamente en esta casa. La abuela de la señora Elena, que fue quien compró la propiedad, hizo algún tipo de pacto con ellos. les prometió que siempre tendrían un hogar aquí a cambio de su protección. Rosario sintió un escalofrío. Eso es horrible. Están usando a unos niños muertos como amuletos de la suerte. La familia Montero ha prosperado extraordinariamente desde que adquirió esta casa”, dijo doña Consuelo.

 “Nunca han sufrido enfermedades graves, accidentes ni reveses financieros, a diferencia de muchas otras familias adineradas durante las crisis económicas. La señora Elenaestá convencida de que es gracias a los niños, pero el señor Montero quiere liberarlos.” Doña Consuelo asintió. Él siempre ha estado incómodo con el arreglo.

 Dice que es inmoral mantener esas almas atrapadas aquí. Pero su esposa La conversación se interrumpió cuando la puerta de la cocina se abrió. Era la señora Elena con el rostro tenso y los labios apretados en una fina línea. Consuelo, necesito hablar contigo a solas, añadió mirando significativamente a Rosario. Ve a ayudar a Lucía con las habitaciones, le ordenó doña Consuelo.

 Rosario salió de la cocina, pero en lugar de subir las escaleras se detuvo en el pasillo lo suficientemente cerca para escuchar la conversación a través de la puerta entreabierta. “Roberto ha invitado a ese chamán otra vez”, escuchó decir a la señora Elena con voz agitada. “¿Sabes lo que pasó la última vez que intentó algo así? Los niños se enfurecieron.

Fue hace muchos años, señora,”, respondió doña Consuelo. “Quizás ahora estén listos para irse.” “No pueden irse.” La voz de la señora Elena adquirió un tono desesperado. “Mi abuela hizo un pacto. Si rompemos ese pacto, toda la protección que han brindado a esta familia desaparecerá. ¿Quieres que nos pase lo mismo que a los Alcázar?” Los Alcázar murieron durante la revolución, señora.

 Fueron circunstancias históricas, no una maldición. Eso no lo sabes insistió la señora Elena. Mi abuela siempre dijo que los Alcázar habían ofendido a fuerzas que no entendían. Por eso terminaron como terminaron y por eso sus niños quedaron atrapados en esa alacena. Hubo un silencio y luego doña Consuelo habló con voz cansada.

 ¿Qué quiere que haga, señora? Mantén a esa chica nueva alejada de la cocina. Ha estado hablando con ellos, lo sé, y los ha puesto inquietos. Anoche los escuché llorar por primera vez en años. Rosario retrocedió sintiendo una mezcla de miedo y determinación. La señora Elena estaba dispuesta a mantener a tres niños atrapados eternamente por superstición y codicia.

 Pero el señor Montero quería liberarlos y ahora ella también estaba involucrada. Subió las escaleras decidida a descubrir más sobre el misterio de la alacena y los niños atrapados en ella, y sobre todo a ayudarlos a encontrar la paz que merecían después de tantas décadas de sufrimiento. Es él, dijo Lucía, que apareció a su lado en la ventana.

 El señor que viene cuando hay problemas con la casa. ¿Lo conoces? ¿Quién es? Se llama don Miguel. Algunos dicen que es un chamán, otros que es un medium. Viene cada pocos años, generalmente cuando la actividad en la alacena aumenta. Rosario la miró sorprendida. ¿Tú también sabes sobre los niños? Lucía asintió.

 Todos los que trabajamos aquí eventualmente nos enteramos, pero aprendemos a no hablar de ello, especialmente frente a la señora Elena. Abajo, el señor Montero recibió al visitante con un abrazo cálido. La señora Elena apareció en el vestíbulo, su rostro una máscara de cortesía forzada. “Deberíamos bajar”, sugirió Lucía.

 “Doña Consuelo querrá que sirvamos café en el salón. El ambiente era tenso. Don Miguel había tomado asiento en un sillón con una taza de café intacta frente a él. El señor y la señora Montero estaban sentados juntos en el sofá, pero sus posturas revelaban la distancia emocional entre ellos. Como le explicaba a su esposa, decía don Miguel cuando Rosario entró con una bandeja de galletas, estos casos requieren un enfoque compasivo pero firme.

 Esas almas llevan demasiado tiempo atrapadas en un limbo que ellos mismos no comprenden. “Han estado tranquilos durante años”, argumentó la señora Elena. “¿Por qué perturbarlos ahora?” Precisamente porque no están tranquilos, señora”, respondió don Miguel con voz suave pero firme. Nunca lo han estado. Simplemente han aprendido a coexistir con ustedes en un silencio que confunden con paz.

 El señor Montero se inclinó hacia delante. Los niños han estado más activos últimamente. Los hemos escuchado llorar, reír. Incluso nuestros hijos han notado su presencia de nuevo como cuando eran pequeños. Don Miguel asintió y sus ojos se posaron brevemente en Rosario. A veces la llegada de una nueva energía a la casa puede despertar a los espíritus dormidos.

 alguien que es receptivo a su presencia. Rosario sintió que se sonrojaba, consciente de que todos la miraban ahora. La muchacha no tiene nada que ver con esto intervino la señora Elena con dureza. Al contrario, dijo don Miguel con calma. Creo que tiene mucho que ver. Los niños han encontrado en ella a alguien que puede escucharlos verdaderamente sin miedo ni prejuicios.

Es solo una empleada”, insistió la señora Elena. Y además temporal, “Elena.” La voz del señor Montero adquirió un tono de advertencia. Ya hemos discutido esto. Vamos a proceder con el ritual esta noche, con o sin tu aprobación. La tensión en la sala era palpable. Finalmente, la señora Elena selevantó con rigidez.

 Haz lo que quieras, Roberto, pero no digas que no te advertí sobre las consecuencias. Salió del salón sin mirar atrás. El señor Montero suspiró profundamente y se volvió hacia Rosario. Rosario, entiendo que has estado en contacto con los residentes de nuestra alacena. Ella asintió intimidada por la formalidad de la situación.

 Sí, señor, los he escuchado y también los he visto, creo. Don Miguel se inclinó hacia ella con interés. ¿Qué has visto exactamente? Una mano pequeña, como de niño, pero era diferente, como si estuviera hecha de niebla. El hombre asintió. Son manifestaciones parciales, no tienen suficiente energía para materializarse completamente.

 Me dijeron sus nombres, continuó Rosario. Tomás, Luisa y Emilio dicen que tienen hambre y que están esperando a sus padres. Don Miguel intercambió una mirada significativa con el señor Montero. Como sospechábamos, están atrapados en un bucle temporal, reviviendo constantemente sus últimos momentos de conciencia.

 ¿Puedo preguntar qué les pasó exactamente?”, se atrevió Rosario. El señor Montero se frotó la frente como si intentara aliviar un dolor de cabeza. Según los registros que encontré después de comprar esta casa, los Alcázar eran una familia acomodada que simpatizaba con los revolucionarios. Cuando las tropas federales entraron en Morelia fueron denunciados por vecinos envidiosos.

 El padre escondió a los niños en un compartimento secreto de la alacena antes de que los soldados irrumpieran en la casa. “Tanto él como su esposa fueron ejecutados en el patio, continuó don Miguel. Los niños permanecieron escondidos esperando a unos padres que nunca regresarían. ¿Y nadie los buscó?”, preguntó Rosario horrorizada.

 La casa quedó abandonada durante años”, explicó el señor Montero. Cuando mi abuelo la compró en 1930, ya había pasado más de una década. Los restos de los niños fueron encontrados durante la primera renovación, pero para entonces ya era demasiado tarde. “Mi abuelo contrató a un sacerdote para darle sepultura cristiana”, añadió.

 Pero sus espíritus permanecieron vinculados a la alacena. La abuela de Elena, que era muy supersticiosa, convenció a mi abuelo de que debían dejarlos allí, que traerían buena suerte a la familia. Rosario sintió náuseas al pensar en esos niños, muriendo lentamente de hambre y sed oscuridad, esperando un rescate que nunca llegó.

 ¿Y qué pasará esta noche?, preguntó finalmente, “Intentaremos ayudarlos a cruzar al otro lado,”, respondió don Miguel, “a reunirse con sus padres, que es lo que han estado esperando todos estos años. La señora Elena no parece muy contenta con la idea. El señor Montero suspiró nuevamente. Mi esposa creció con las historias de su abuela sobre cómo los niños protegían a la familia.

 Es difícil para ella separar la superstición de la realidad. ¿Y si tiene razón? Preguntó Rosario con cautela. ¿Y si realmente existe algún tipo de protección? Don Miguel la miró con ojos penetrantes. ¿Crees que es justo mantener a tres almas inocentes atrapadas en el sufrimiento eterno para que una familia rica pueda seguir disfrutando de buena fortuna? Rosario negó con la cabeza.

No, por supuesto que no. Entonces nos ayudarás esta noche, dijo don Miguel. Y no era una pregunta, sino una afirmación. Yo, pero ¿qué puedo hacer? Los niños confían en ti, explicó el hombre. Te han hablado, se han mostrado ante ti. Serás nuestro puente hacia ellos. Rosario miró al señor Montero, que asintió gravemente.

 Entiendo si esto te incomoda, Rosario. Nadie te obligará a participar. Pero en su mente, Rosario veía la pequeña mano pálida extendida hacia ella. Escuchaba las voces infantiles preguntando por sus padres. Recordaba el pequeño caballo de madera gastado por las mordidas de un niño que había muerto esperando ser rescatado. “Les ayudaré”, dijo con firmeza, “Haré lo que sea necesario para que encuentren paz.

” A las 11 en punto, Rosario se reunió con el señor Montero y don Miguel en la cocina. El especialista había transformado el espacio. Varias velas blancas iluminaban la estancia con una luz vacilante y un intenso aroma acopal impregnaba el aire. Frente a la alacena había dispuesto una pequeña mesa con diversos objetos, tres muñecos de trapo muy simples, un cuenco con agua, otro con tierra y un tercero con lo que parecían ser pequeños dulces y juguetes minúsculos. Son ofrendas.

explicó don Miguel al ver la mirada curiosa de Rosario. Para que los niños se sientan bienvenidos y comprendidos. El señor Montero parecía nervioso, consultando repetidamente su reloj. Elena se ha encerrado en nuestra habitación. Dice que no quiere participar en esto. Es comprensible, respondió don Miguel.

 Su conexión con esta casa y sus creencias están profundamente arraigadas, pero debemos proceder. Se volvió hacia Rosario. ¿Estás lista? Ella asintió, aunque sentía un nudo en el estómago. ¿Qué debohacer exactamente? Simplemente hablarles como lo has hecho antes. Ayudarles a entender que ha llegado el momento de reunirse con sus padres.

 Don Miguel le entregó una vela blanca y le indicó que se sentara en un cojín frente a la alacena. Él tomó posición a su derecha mientras el señor Montero permanecía de pie ligeramente apartado. “Ahora cierra los ojos y respira profundamente”, instruyó don Miguel. “Visualiza una luz cálida que te rodea, que te protege.” Rosario obedeció intentando calmar sus nervios.

 Tras varios minutos de respiraciones guiadas, don Miguel comenzó a recitar en voz baja lo que parecía ser una mezcla de oraciones en español y frases en un idioma que Rosario no reconocía, posiblemente purépecha, la lengua indígena de la región. El aire en la cocina pareció volverse más denso, más frío. Rosario sintió un escalofrío recorrer su espalda y aún con los ojos cerrados percibió un cambio en la iluminación como si las velas perdieran intensidad.

 “Están aquí”, murmuró don Miguel. Rosario, háblales ahora con suavidad. Con el corazón latiendo aceleradamente, Rosario habló hacia la alacena. Tomás, Luisa, Emilio, ¿pueden oírme? Al principio nada. Luego un crujido suave de madera, como si alguien hubiera apoyado una mano pequeña contra la puerta de la alacena. Rosario.

 La voz infantil de Tomás sonaba más clara que nunca. Sí, soy yo, respondió ella, abriendo los ojos. Lo que vio la dejó sin aliento. Frente a la alacena, apenas visibles en la penumbra, se dibujaban tres siluetas translúcidas, dos niños y una niña, vestidos con ropas de principios del siglo XX. Sus rostros eran difusos, como vistos a través de un cristal empañado, pero Rosario podía distinguir sus expresiones confusas y temerosas.

 ¿Quiénes son ellos?, preguntó la niña que debía ser Luisa, señalando a don Miguel y al señor Montero. “Son amigos, respondió Rosario con voz temblorosa. Han venido a ayudarlos. Nuestros papás los enviaron”, preguntó el más pequeño Emilio con una voz que hizo que Rosario sintiera que su corazón se rompía. Don Miguel intervino con voz suave pero firme.

 “Niños, ha pasado mucho tiempo desde que se escondieron en la alacena. Sus padres los han estado buscando. ¿Dónde están?, preguntó Tomás, el mayor, con suspicacia. Dijeron que volverían pronto. Y lo harán, aseguró don Miguel. Pero no aquí. Ellos están en otro lugar ahora, un lugar hermoso donde no hay soldados, ni miedo, ni hambre.

Las tres figuras se miraron entre sí como consultándose silenciosamente. ¿Por qué no vinieron a buscarnos?, preguntó Luisa, y su voz transmitía décadas de dolor y abandono. Rosario sintió lágrimas en sus ojos. Lo intentaron, pero no pudieron regresar. Los soldados se lo impidieron. ¿Los soldados malos?, preguntó Emilio.

 “Sí”, respondió Rosario, “Pero eso fue hace mucho tiempo. Los soldados ya no están y sus padres los siguen esperando.” Don Miguel sacó de su bolsillo tres pequeñas figuras de madera tallada, similares al caballito que Rosario había encontrado en la alacena. “Miren, les traje algo. Estos juguetes los ayudarán a encontrar el camino hacia sus padres.

 Los tres espectros se acercaron con curiosidad. Sus movimientos eran extraños, como si flotaran en lugar de caminar. “Se parecen a los que nos hacía papá”, dijo Tomás extendiendo una mano translúcida hacia las figuras. Fue en ese momento cuando la puerta de la cocina se abrió violentamente. La señora Elena apareció en el umbral con el rostro desencajado por la ira y el miedo.

 “Detenganse ahora mismo”, gritó. “Están cometiendo un terrible error.” Los tres espectros se sobresaltaron y retrocedieron hacia la alacena, sus formas volviéndose más difusas. “Elena, por favor.” El señor Montero intentó interceptarla. Estamos cerca de ayudarlos a cruzar, ¿no?, gritó ella avanzando hacia la mesa con las ofrendas. Ustedes no entienden.

 Mi abuela hizo un pacto. Si los niños se van, la protección desaparece. La maldición caerá sobre todos nosotros. No hay ninguna maldición, señora, dijo don Miguel con firmeza. Solo tres almas inocentes que merecen descansar. Mientes. La señora Elena derribó la mesa con un manotazo, enviando las ofrendas y las velas al suelo.

 Algunas se apagaron, sumiendo parte de la cocina en sombras. Mi abuela me lo advirtió. Los Alcázar ofendieron a las fuerzas oscuras y por eso fueron castigados. Si liberamos a los niños, esas mismas fuerzas vendrán por nosotros. Los espectros de los niños comenzaron a agitarse, sus formas fluctuando entre la visibilidad y la desaparición.

 Un viento frío recorrió la cocina apagando más velas. “Están asustados”, dijo Rosario intentando mantener la calma. “Por favor, señora Elena, está empeorando las cosas.” Pero la mujer parecía fuera de sí. sacó de su bolsillo un pequeño saquito y comenzó a esparcir su contenido, un polvo oscuro alrededor de la alacena. “Mi abuela me enseñó cómo mantenerlos aquí”, dijo convoz frenética.

 “¿cómo renovar el pacto?” Don Miguel se puso de pie alarmado. Deténgase, no sabe lo que está haciendo. El señor Montero intentó sujetar a su esposa, pero ella lo apartó con una fuerza sorprendente. Continuó esparciendo el polvo mientras murmuraba palabras en un idioma que Rosario no reconocía. Los espectros de los niños comenzaron a gemir, un sonido que helaba la sangre.

 Sus formas se distorsionaron como si estuvieran siendo arrastrados hacia la alacena contra su voluntad. No! Gritó Rosario interponiéndose entre la señora Elena y los niños. Déjelos ir. Han sufrido suficiente. La señora Elena la miró con ojos desorbitados. Apártate, niña estúpida. No sabes lo que está en juego. Sé que está usando el sufrimiento de tres niños inocentes para su propio beneficio”, respondió Rosario con firmeza.

 Y eso está mal, no importa qué supersticiones le hayan enseñado. Mientras tanto, los espectros de los niños comenzaron a cambiar. Sus formas translúcidas se volvieron más sólidas, más definidas, y sus expresiones de miedo se transformaron en algo más oscuro, más antiguo. “Ven lo que han provocado”, gritó la señora Elena señalando a los niños.

 La maldición se está liberando. Las luces de la cocina, que habían permanecido apagadas durante el ritual comenzaron a parpadear frenéticamente. Un viento helado varría la estancia moviendo los papeles y agitando las cortinas. A pesar de que todas las ventanas estaban cerradas, Tomás, el mayor de los niños espectrales, dio un paso adelante.

 Su voz ya no sonaba infantil cuando habló. Tantos años, tantos años atrapados en la oscuridad. Lo siento mucho, dijo Rosario, sintiendo un miedo profundo, pero decidida a no mostrarlo. Nadie debería haberlos mantenido aquí. Ella nos encadenó, dijo Luisa señalando a la señora Elena o quizás refiriéndose a su abuela. Nos prometió que veríamos a nuestros padres si protegíamos la casa, pero era mentira.

 Una mentira cruel”, añadió Emilio, el más pequeño, pero con una voz que sonaba antigua, gastada por décadas de sufrimiento. Don Miguel dio un paso adelante. “Aún pueden reunirse con sus padres. Todavía hay tiempo.” “¿Tempo?” La risa de Tomás resonó con un eco sobrenatural. El tiempo no significa nada cuando has estado encerrado entre mundos durante 70 años.

 La señora Elena continuaba esparciendo el polvo negro, ahora en círculos alrededor de sí misma, como si intentara protegerse. La maldición, se los advertí. No hay ninguna maldición, Elena, dijo el señor Montero intentando razonar con ella. Solo tres niños que fueron utilizados y engañados. Rosario, impulsada por una determinación que no sabía que poseía, se acercó a los espectros.

 Tomás, Luisa, Emilio, sé que han sufrido terriblemente, pero esto no es culpa de todos nosotros. La abuela de la señora Elena los engañó, sí, pero ahora estamos aquí para ayudarlos a encontrar la paz. Los tres espectros la miraron fijamente, sus ojos ahora claramente visibles, ojos antiguos, cansados, llenos de un dolor que trascendía lo humano.

 “¿Por qué deberíamos confiar en ti?”, preguntó Tomás. “Porque yo también sé lo que es sentirse atrapada”, respondió Rosario con sinceridad. No de la misma manera que ustedes, por supuesto, pero sé lo que es sentir que no tienes salida, que estás encerrada en circunstancias que no puedes controlar.

 Don Miguel se acercó y colocó las tres figuras de madera en el suelo frente a los niños. Estas figuras representan sus espíritus. Si las toman, podrán seguir el camino hacia sus padres, un camino de luz, no de oscuridad. La señora Elena se abalanzó para intentar tomar las figuras, pero el señor Montero la sujetó firmemente esta vez. Ya basta, Elena, deja que se vayan.

No entiendes, gritó ella forcejeando. Si rompes el pacto, todos pagaremos el precio. Pero los niños ya no la escuchaban. Sus miradas estaban fijas en las figuras de madera. ¿De verdad veremos a mamá y papá?, preguntó Emilio y por un momento volvió a sonar como el niño pequeño que había sido. “Sí”, respondió Rosario con lágrimas corriendo por sus mejillas.

 “Han estado esperándolos todo este tiempo.” Lentamente, los tres espectros se acercaron a las figuras. Al tocarlas, algo extraordinario sucedió. Sus formas etéreas comenzaron a brillar con una luz cálida, dorada. Sus rostros, antes distorsionados por décadas de dolor y abandono, se suavizaron, rejuvenecieron, volviendo a ser verdaderamente los rostros de niños.

 “Los veo”, susurró Luisa, mirando hacia un punto en el aire que los demás no podían percibir. “Veo a mamá y papá.” “Están sonriendo”, añadió Tomás. Y su voz era nuevamente la de un niño de 11 o 12 años. La señora Elena había dejado de forcejear y observaba la escena con una mezcla de miedo y asombro.

 El señor Montero la mantenía sujeta, pero su agarre se había suavizado. “Gracias, Rosario”, dijo Emilio, volviéndose hacia ella con unasonrisa que iluminó su rostro espectral. Por escucharnos, los tres niños comenzaron a desvanecerse, pero no de la manera inestable y angustiosa de antes. Esta vez era un desvanecimiento sereno, como si se fundieran suavemente con la luz dorada que ahora llenaba la cocina.

“Adiós”, susurró Rosario sintiendo una extraña mezcla de tristeza y alegría. En un último destello de luz, los espectros desaparecieron por completo. Las figuras de madera que don Miguel había colocado en el suelo se convirtieron en cenizas que una brisa inexplicable dispersó en el aire.

 El silencio que siguió fue profundo, casi reverencial. Incluso la señora Elena parecía sin palabras, su rostro una máscara de incredulidad. Don Miguel fue el primero en hablar. Se han ido. Finalmente han encontrado la paz. ¿Qué hemos hecho? Murmuró la señora Elena desplomándose en una silla. El pacto está roto. Estamos desprotegidos.

No, Elena, dijo el señor Montero con suavidad. Estamos liberados todos nosotros, incluidos esos pobres niños. Rosario se sentía extrañamente ligera, como si un peso que no sabía que cargaba hubiera sido levantado de sus hombros. miró hacia la alacena, que ahora parecía simplemente lo que era, un viejo mueble de madera, sin secretos ni presencias sobrenaturales.

Don Miguel comenzó a recoger los objetos caídos y a apagar las velas restantes. El ritual ha terminado. Los niños han cruzado al otro lado, donde debieron estar desde hace mucho tiempo. La señora Elena permanecía sentada con la mirada perdida. Mi abuela decía que sin ellos la desgracia caería sobre nuestra familia, que estábamos protegidos mientras ellos permanecieran en la alacena.

 “Esas son supersticiones, señora”, dijo don Miguel con firmeza, pero amabilidad. Su familia prosperará o enfrentará dificultades basándose en sus propias acciones, no en la presencia o ausencia de espíritus atrapados. El señor Montero se acercó a su esposa y colocó una mano sobre su hombro. Hemos hecho lo correcto, Elena.

 Por primera vez en generaciones, esta casa está verdaderamente limpia. El amanecer llegó a Morelia con una claridad que parecía nueva, como si el cielo mismo celebrara la liberación de aquellas almas atrapadas. Rosario observaba desde la ventana de la cocina como los primeros rayos del sol iluminaban el patio transformando el rocío en diminutos diamantes sobre las plantas.

 La noche anterior parecía ahora un sueño febril, pero las cenizas que aún permanecían en el suelo frente a la alacena eran prueba de que todo había sido real. Doña Consuelo entró en la cocina y se detuvo en seco al ver a Rosario. Niña, has estado aquí toda la noche. Rosario asintió demasiado cansada para hablar. Después de que don Miguel se marchara y los señores monteros se retiraran a su habitación, ella había permanecido en la cocina incapaz de alejarse.

 Era como si una parte de ella temiera que los niños regresaran si no había nadie vigilando. Doña Consuelo se acercó a la alacena y la observó con cautela, como quien se aproxima a un animal que podría estar dormido o muerto. Es cierto, entonces se han ido. Sí. respondió Rosario. Encontraron el camino hacia sus padres. La mujer mayor hizo la señal de la cruz sobre su pecho.

 Que Dios los tenga en su gloria. Se quedaron en silencio por un momento, contemplando el mueble que durante décadas había sido mucho más que una simple alacena. “La señora Elena está devastada”, comentó finalmente doña Consuelo. No ha dejado de llorar en toda la noche por los niños. Por el miedo, corrigió la anciana.

 Creció convencida de que su buena fortuna dependía de mantener a esos pobres espíritus atrapados aquí. Ahora teme que todo se derrumbe. Rosario sintió una punzada de compasión mezclada con indignación. Es terrible pensar que alguien pueda creer que su felicidad debe construirse sobre el sufrimiento de otros. El miedo hace cosas extrañas en las personas.

respondió doña Consuelo con un suspiro, especialmente cuando se transmite de generación en generación. El sonido de pasos las interrumpió. El señor Montero entró en la cocina. Parecía agotado, pero tranquilo. Buenos días, saludó. Veo que tampoco has podido dormir, Rosario. Ella negó con la cabeza. Quería asegurarme de que todo seguía bien.

 Lo está, aseguró él. Don Miguel llamó hace media hora. Dice que no ha sentido ninguna perturbación espiritual. Los niños han cruzado definitivamente. Doña Consuelo comenzó a preparar café moviéndose con la eficiencia de quien busca refugio en las rutinas cotidianas. ¿Cómo está la señora, don Roberto? Finalmente se ha dormido, respondió él frotándose los ojos.

 Ha sido una noche difícil para ella. Décadas de creencias no se desvanecen en unas horas. Se volvió hacia Rosario con expresión grave. Te debo una disculpa y también un agradecimiento. Sin tu valentía, esos niños seguirían atrapados. Solo hice lo que cualquiera habría hecho respondióella, incómoda ante el reconocimiento. No dijo el señor Montero con firmeza.

 No cualquiera se habría enfrentado a lo desconocido como tú lo hiciste. Ni siquiera yo tuve ese valor durante años, a pesar de saber lo que ocurría en esta casa. El silencio que siguió fue interrumpido por Lucía, que entró apresuradamente en la cocina. Doña Consuelo, la señorita Alejandra acaba de llamar.

 Dice que vienen de regreso con sus hermanos. Quieren saber si todo está bien. Diles que pueden volver tranquilos, respondió el señor Montero. Todo ha terminado. Mientras Lucía se retiraba para hacer la llamada, el señor Montero se acercó a la alacena y apoyó una mano sobre la madera oscura. Vamos a renovar la cocina después de todo, anunció.

 Esta alacena ha servido a su propósito por demasiado tiempo. Es hora de un nuevo comienzo. ¿Y la señora Elena estará de acuerdo?, preguntó doña Consuelo. Tendrá que aceptarlo, respondió él con determinación. No podemos seguir viviendo en el pasado atados a miedos y supersticiones. Rosario observó como los primeros rayos de sol alcanzaban la alacena, iluminando los antiguos tallados florales.

 Por un instante creyó ver un reflejo dorado, como el resplandor que había envuelto a los niños en su partida, pero quizás fue solo su imaginación. Tres semanas después, Rosario contemplaba la cocina transformada. La vieja alacena había sido desmantelada y en su lugar había modernos armarios de madera clara. El espacio parecía más amplio, más luminoso, como si la casa entera hubiera exhalado un suspiro de alivio.

 La señora Elena había aceptado finalmente los cambios, aunque con reservas. Rosario la había escuchado una tarde hablando con doña Consuelo en el jardín, confesando que desde la partida de los niños sus pesadillas recurrentes sobre oscuridad y encierro habían cesado. Quizás todos estábamos atrapados de alguna manera, había dicho la señora con una nueva perspectiva que sorprendió tanto a doña Consuelo como a Rosario, que escuchaba discretamente mientras regaba las plantas.

ellos en la alacena y nosotros en nuestros miedos. La familia Montero había decidido conservar el pequeño caballo de madera que Rosario había encontrado en el compartimento secreto. Lo habían colocado en una pequeña vitrina en el salón como un recordatorio silencioso de los niños y su historia. Era el último día de rosario en la casona.

 había aceptado un trabajo mejor pagado en una tienda del centro, donde tendría horarios más regulares y podría tomar clases nocturnas en la universidad, algo que siempre había deseado. Mientras recogía sus pocas pertenencias, escuchó un suave golpe en la puerta de su habitación. Era Alejandra, la hija mayor de los Montero. “Mi padre me contó lo que hiciste”, dijo la joven sin preámbulos. por los niños.

Rosario se encogió de hombros incómoda. Solo ayudé un poco. No hiciste mucho más, insistió Alejandra. Nos liberaste a todos. esta casa. Siempre tuve la sensación de que algo no estaba bien. Incluso cuando no se oían las risas o los llantos, había una presencia, una tristeza que impregnaba las paredes. Se acercó y le entregó a Rosario un pequeño paquete envuelto en papel de seda.

Quería darte esto como agradecimiento. Rosario abrió el paquete con curiosidad. Dentro había una pequeña figura de madera tallada. Una mujer joven con un vestido sencillo, los brazos extendidos como en un gesto de bienvenida o protección. La mandé a hacer con el mismo artesano que talló las figuras que usó don Miguel, explicó Alejandra.

 Pensé que deberías tener algo que te recordara lo que hiciste aquí. Rosario sintió un nudo en la garganta mientras contemplaba la figura. Es preciosa. Gracias. No, gracias a ti”, respondió Alejandra con una sonrisa sincera por tu valentía. Más tarde, mientras Rosario se despedía de doña Consuelo y Lucía, no pudo evitar dirigir una última mirada a la cocina renovada, donde antes se alzaba la a la cena, ahora entraba la luz a raudales por una ventana nueva que habían instalado.

 El cambio era simbólico de muchas maneras. Donde antes reinaba la oscuridad y el secreto, ahora había luz y apertura. Al salir por la puerta principal, con su pequeña maleta en una mano y la figura de madera cuidadosamente guardada en su bolsillo, Rosario tuvo la extraña sensación de que alguien la observaba. Se giró para mirar hacia las ventanas del segundo piso, esperando ver quizás a la señora Elena o a alguno de los hijos.

 No había nadie allí, pero por un instante le pareció ver tres pequeñas siluetas luminosas que la saludaban. parpadeó y la visión desapareció. Adiós”, susurró, aunque sabía que probablemente había sido solo un truco de la luz del atardecer sobre los cristales. Mientras caminaba por la calle empedrada, alejándose de la cazona colonial, Rosario reflexionó sobre cómo en apenas un mes su vida había cambiado tan profundamente.

Había llegado a ese trabajo buscandosimplemente un sustento y se marchaba habiendo aprendido lecciones sobre el valor, la compasión y el poder de enfrentar miedos antiguos. La brisa de Morelia agitó su cabello mientras giraba en la esquina, dejando atrás la casona de los Montero y su alacena con sus secretos.

 Pero llevaba consigo el recuerdo de tres niños que después de décadas de oscuridad finalmente habían encontrado su camino hacia la luz y en cierto modo ella también. M.