(CDMX 1910) El Joven que Salió de Belén Cargando a su Madre Muerta

Bienvenidos a este recorrido por uno de los casos más desgarradores de la historia de la Ciudad de México. Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás escuchando y la hora exacta en este momento. Nos interesa profundamente saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos que el tiempo intentó enterrar junto con los cuerpos que guardaba.
El 12 de marzo de 1910, a las 6 de la mañana, un muchacho de 18 años recién cumplidos salió por primera vez en su vida de la cárcel de Belén. No salió solo, salió cargando en brazos el cadáver envuelto de su madre. Ese joven había nacido dentro de esos muros. Había crecido entre rejas, había aprendido a caminar agarrándose de los barrotes y durante 18 años completos nunca conoció otra cosa que el olor a desinfectante de Creosota a humedad y a los orines de cientos de presasinadas en celdas sin ventilación.
Su nombre era José de Jesús Hernández y esta es la historia de cómo el sistema judicial mexicano del porfiriato condenó a un niño inocente a cumplir una sentencia que nunca fue suya. Porque en México durante décadas los hijos de las presas nacían y crecían dentro de las cárceles sin juicio, sin sentencia, sin crimen, pero con toda la condena.
Para entender esta historia hay que regresar al año 1891. México vivía bajo el régimen de Porfirio Díaz, en pleno auge de lo que la prensa llamaba el progreso y el orden. En la Ciudad de México habitaban poco más de 300,000 habitantes. Las calles empedradas del centro olían a tabaco turco, a perfume francés importado y a estiércol de caballo mezclado con el aroma de las tortillerías que abrían desde las 5 de la mañana.
Las familias adineradas vivían en cazonas de cantera rosa con patios centrales de baldosas hidráulicas traídas de Europa. Tenían pianos alemanes en las salas. vajas de porcelana inglesa y retratos al óleo de sus antepasados colgados junto a los crucifijos de Ébano y marfil. Pero debajo de ese barniz de civilización europea latía una realidad muy diferente.
Las criadas indígenas dormían en cuartos sin ventanas junto a las caballerizas. ganaban dos pesos al mes. Trabajaban desde las 4 de la mañana hasta las 11 de la noche y si alguna osaba quejarse, simplemente la echaban a la calle sin referencias. En una ciudad donde no había leyes laborales, donde las mujeres no podían votar ni heredar, donde el testimonio de una sirvienta indígena valía menos que el de un caballo ante un juez.
El cuerpo de estas mujeres pertenecía a sus patrones, tanto como las ollas de la cocina o las sábanas de la casa. En la calle de la Monterilla número 8, en el barrio de Santa María La Redonda, vivía la familia Rivas del Valle. Don Agustín Rivas del Valle era notario público, hombre respetado en el Yoki Club, asistente regular a misa de siete en la Catedral Metropolitana.
Su esposa, doña Carlota del Valle de Rivas, presidía la Sociedad de Beneficencia de Señoras Católicas y organizaba quermeses para recaudar fondos para huérfanos. Tenían un hijo único, Alberto Rivas del Valle, 24 años, estudiante de leyes en el colegio de San Hilde Fonso. Los vecinos lo describían como un joven apuesto de buenos modales en público, aficionado al teatro y a las tertulias literarias.
Lo que los vecinos no sabían es que Alberto llegaba borracho tres noches por semana. que golpeaba las puertas cuando su madre no le abría lo suficientemente rápido, que había dejado embarazada a dos criadas anteriores, que fueron despedidas sin un centavo y sin explicaciones. En esa casa trabajaban seis sirvientes, entre ellas María Guadalupe Hernández, 32 años, viuda, originaria de un pueblo de Hidalgo, cuyo nombre nunca quedó registrado en los expedientes.
Llegó a la capital huyendo del hambre después de que su esposo muriera en un accidente en la mina de Real del Monte. Tenía tres hijas. La mayor se llamaba María del Refugio, 13 años y 4 meses. En el barrio todos la conocían como Cuca. Era una niña delgada, de ojos grandes y asustados, que se ruborizaba cada vez que alguien le hablaba.
Trabajaba como muchacha de cocina desde los 11 años. Su labor consistía en lavar trastes, pelar verduras, barrer el patio de servicio y calentar el chocolate para el señorito Alberto cuando este lo pedía. La casa de los Ribas del Valle era típica de las familias acomodadas de la época. Dos plantas, fachada de cantera gris con balcones de hierro forjado, un portón de madera maciza con aldaba de bronce en forma de león.
Al entrar un patio central con una fuente de cantera y macetas de geranios rojos. A la izquierda, la sala principal con muebles de caoba tapizados en terciopelo verde botella. A la derecha, el comedor con una mesa para 12 personas y un aparador lleno de copas de cristal de bohemia. Al fondo del patio, pasando el corredor de arcos, estaba la cocina.
Una habitación amplia con piso deladrillo rojo, paredes encaladas que el humo del brasero iba ennegreciendo, una mesa de piedra volcánica donde se molía el chocolate y el maíz para las tortillas, repisas de madera cargadas de cazuelas de barro y un fogón de leña que mantenían encendido desde las 4 de la madrugada.
Esa cocina olía permanentemente a canela, a piloncillo derretido, a chile seco y al jabón de pasta con el que fregaban el suelo todos los sábados. María del Refugio dormía en un cuarto sin ventanas, que daba al patio de servicio junto con otras dos sirvientas, un cuarto de 3 m por tr, tres petates en el suelo, una vela de cebo como única iluminación, una palangana de peltre para lavarse todas.
Se levantaba a las 4:30 de la mañana, encendía el fogón, ponía a calentar el agua para el café de los patrones, molía el nixtamal, hacía las tortillas. A las 7 de la mañana ya había barrido el patio, lavado los trastes del desayuno y empezado a pelar las papas para la comida del mediodía. Las otras criadas decían que era una niña trabajadora y callada, que nunca se quejaba, que cuando el señorito Alberto le gritaba o le aventaba las cosas, ella solo bajaba la cabeza y se quedaba quieta hasta que él se iba.
La noche del lunes 21 de septiembre de 1891 cambió para siempre el destino de esa familia. Eran las 10:30 de la noche. Alberto Rivas del Valle llegó a la casa tambaleándose. Venía de una tertulia en el teatro principal donde había bebido brandy español y fumado puros cubanos con otros estudiantes de leyes. Entró dando un portazo.
Gritó que tenía hambre. Su madre ya dormía. Su padre estaba de viaje en Veracruz cerrando un negocio de escrituración de tierras. Las criadas ya se habían retirado a sus cuartos, todas, excepto María del Refugio, que esa noche había tenido que quedarse despierta porque la señora le había ordenado terminar de lavar la ropa de cama.
Alberto la vio cruzando el patio con una palangana de ropa mojada. le ordenó que le calentara chocolate. La niña dejó la ropa, se secó las manos en el delantal y caminó hacia la cocina. Él la siguió. Lo que ocurrió después quedó registrado en el expediente criminal número 247 del Archivo General de la Nación en las declaraciones juradas de María Guadalupe Hernández y de dos criadas.
que escucharon los ruidos, pero no se atrevieron a salir de su cuarto. Alberto cerró la puerta de la cocina con llave. María del Refugio intentó encender el fogón con manos temblorosas. Él se le acercó por detrás, le agarró el brazo. Ella intentó zafarse. Él la jaló del cabello y la tiró contra la mesa de piedra volcánica.
Le tapó la boca con un trapo de cocina para que no gritara. La violó sobre el suelo de ladrillo entre las ollas de barro y el brasero apagado. La niña sangraba. El delantal blanco de manta quedó empapado de sangre. El piso de ladrillo también. Cuando terminó, se abrochó los pantalones, se peinó el cabello con los dedos y le dijo textualmente según el expediente, “Si hablas, te echo a la calle y nadie va a creerle a una [ __ ] india.
” María del refugio se quedó tirada en el suelo, temblando, sangrando. Esperó a que él subiera las escaleras hacia su habitación. Entonces se arrastró hasta el cuarto de la ropa sucia, se escondió entre las sábanas y las toallas y lloró sin hacer ruido hasta que amaneció. A las 4:30 de la mañana del martes 22 de septiembre, María Guadalupe encontró a su hija acurrucada en el rincón del cuarto de servicio.
Tenía el delantal roto, las rodillas raspadas, los ojos hinchados de tanto llorar. no tuvo que preguntarle qué había pasado. Lo supo en cuanto la vio. Durante las siguientes semanas, María del Refugio siguió trabajando. No hubo denuncia, no hubo médico, no hubo justicia. Porque en el México de 1891, una niña indígena de 13 años no tenía derecho a denunciar a un señorito de buena familia.
Su palabra no valía nada frente a un juez y si se atrevía a hablar, lo único que conseguiría sería ser despedida, difamada y condenada a la mendicidad o a la prostitución. Pero el cuerpo de María del Refugio no pudo guardar el secreto. A las 8 semanas empezó a sangrar. No un sangrado normal, un sangrado que no se detenía.
María Guadalupe pidió permiso para llevarla con una partera del barrio. La señora Carlota se negó. Dijo que seguramente era cosa de mujeres y que ya se le pasaría. El sangrado empeoró. El 4 de noviembre de 1891, un miércoles por la tarde, María Guadalupe encontró a su hija desmayada en el excusado del patio de servicio.
Había sangre hasta los tobillos. La niña estaba pálida como la cera de las velas. Apenas respiraba, su madre la cargó hasta el lavadero, la acostó sobre unas mantas, le limpió la sangre con agua fría, le habló, le rogó que aguantara, pero María del Refugio estaba perdiendo demasiada sangre. Su cuerpo de 13 años no pudo soportar el aborto espontáneo que su organismo intentaba expulsar.
A las 3 de la madrugada del 5 de noviembre, María del Refugio murió en los brazos de su madre. Sus últimas palabras fueron, “Perdóname, mamá.” Tenía 13 años y 6 meses. Sus ojos se quedaron abiertos mirando al techo de vigas negras del lavadero. María Guadalupe no gritó, no lloró en voz alta. lavó el cuerpo de su hija con agua tibia, le peinó el cabello, la vistió con su único vestido bueno, uno de algodón azul que había sido de su abuela.
Le cerró los ojos, le cruzó las manos sobre el pecho y la veló en la azotea porque no había dinero para cajón ni para veladora de cera. Solo una vela de cebo que se consumió antes del amanecer. Al día siguiente, 6 de noviembre de 1891, María Guadalupe fue a la casa de los Rivas del Valle, ya no como empleada. Entró por la puerta principal, algo que nunca había hecho.
Doña Carlota estaba bordando en la sala. Alberto leía el periódico junto a la ventana. María Guadalupe les dijo que su hija había muerto, que necesitaba ayuda para el entierro, que no tenía dinero ni siquiera para pagar el carretón que llevaría el cuerpo al panteón. Doña Carlota la miró con desprecio y le dijo que ella no trabajaba ahí, que se fuera.
Alberto Rivas del Valle se levantó de su silla, caminó hacia ella y le dijo textualmente, “Según consta en el expediente judicial, ¿para qué gastar en una muerta? Ya ni sirve.” María Guadalupe sacó el cuchillo cebollero que llevaba escondido bajo el reboso. Lo había afilado esa misma mañana y comenzó a apuñalar a Alberto Rivas del Valle.
17 puñaladas en el pecho, en el cuello, en el estómago. Doña Carlota gritó. Una criada corrió a buscar ayuda, pero María Guadalupe no intentó escapar. Se quedó parada en medio de la sala con el cuchillo en la mano chorreando sangre, mirando como el cuerpo de Alberto se convulsionaba en el piso de baldosas hidráulicas.
La sangre salpicó el retrato del sagrado corazón que colgaba en la pared. Manchó las cortinas de Damasco francés. Formó un charco que llegó hasta los pies de la Virgen de yeso que estaba en una hornacina junto a la ventana. Cuando llegó la policía, María Guadalupe seguía ahí esperando. No puso resistencia. soltó el cuchillo cuando se lo pidieron.
Se dejó esposar y cuando el oficial le preguntó por qué lo había hecho, ella respondió con una calma que heló la sangre de todos los presentes. Porque ese animal le quitó la vida a mi hija dos veces, una cuando la violó y otra cuando la dejó de sangrarse como perro. El proceso judicial fue rápido, demasiado rápido.
María Guadalupe Hernández fue acusada de homicidio doloso con premeditación y alevosía. Su abogado de oficio, un joven pasante llamado Esteban Mora, que acababa de recibirse, intentó argumentar legítima defensa del honor. Presentó el testimonio de dos criadas que habían escuchado los gritos de María del Refugio la noche de la violación.
El juez no lo admitió como prueba. Dijo que eran testimonios de mujeres de baja condición, sin credibilidad moral. La familia Rivas del Valle contrató al mejor abogado criminalista de la Ciudad de México, un hombre llamado Ignacio Vallarta, hijo, sobrino del expresidente de la Suprema Corte. Argumentó que María Guadalupe era una mujer peligrosa de instintos criminales, que había cometido un asesinato a sangre fría contra un joven de buena familia, sin provocación alguna.
pidió cadena perpetua. El juicio duró tr días. María Guadalupe declaró el segundo día. Su declaración completa está transcrita en el expediente. Cuando el juez le preguntó si se arrepentía, ella respondió, “Sí, lo maté, señor juez, y lo volvería a hacer 1000 veces. Ese animal le quitó la vida a mi hija dos veces.
Una cuando la violó y otra cuando la dejó de sangrarse como perro. Yo no tengo más hijos que defender. Llévenme y mátenme si quieren, pero mi refugio ya está con la Virgen y ese demonio ya no va a tocar a nadie más. El veredicto se leyó el 8 de octubre de 1891. Culpable de homicidio doloso. Sentencia 20 años de prisión en la cárcel de Belén.
le redujeron la sentencia de cadena perpetua por considerar que había actuado bajo perturbación emocional derivada de la muerte de su hija. Pero 20 años seguían siendo 20 años. Ese mismo día, a las 4 de la tarde, María Guadalupe Hernández fue trasladada en un carretón de la policía desde el Palacio de Justicia hasta la cárcel de Belén.
La cárcel de Belén era el infierno en la tierra. Ocupaba una manzana completa en el barrio del mismo nombre, entre las calles de Belén, arcos de Belén y la que hoy es eje central. Era un edificio de dos plantas construido en el siglo XVII con muros de tesontle de más de un metro de grosor, patios interiores llenos de maleza y celdas que en su mayoría no tenían ventanas.
albergaba más de 100 presos, hombres y mujeres separados en pabellones diferentes, pero bajo el mismo techo de miseria y abandono. El pabellón de mujeres estaba en el ladosur. 56 celdas, algunas individuales, la mayoría colectivas con capacidad para seis presas. Pero había celdas donde dormían hasta 12 mujeres en el suelo, una encima de otra, sin colchones, solo petates podridos que olían a orines y a Moon.
María Guadalupe fue asignada a la celda 47, una celda individual de 2 m por tr, una cama de hierro con un colchón de paja picada, una letrina de barro en el rincón que se vaciaba una vez a la semana, una ventana alta del tamaño de un ladrillo por donde apenas entraba un rayo de luz durante dos horas al mediodía.
Nada más. Cuando entró a esa celda, estaba embarazada de 5 meses. Nadie lo sabía todavía. Ni siquiera ella estaba completamente segura. Pero su cuerpo ya lo sabía. Y el 12 de marzo de 1892, a las 2:30 de la madrugada, María Guadalupe comenzó a sentir los dolores del parto. No hubo médico, no hubo partera, no hubo agua caliente ni sábanas limpias, solo una presa llamada Filomena Rangel, condenada por infanticidio, que había tenido siete hijos antes de matar al último, porque no tenía con qué alimentarlo.
Ella fue quien atendió el parto. María Guadalupe dio a luz en el suelo de la celda 47 sobre periódicos viejos que Filomena había pedido prestados a las guardianas. Periódicos del imparcial y del nacional con noticias de inauguraciones de tranvías eléctricos y banquetes en honor del presidente Díaz. Y sobre esos periódicos manchados de tinta y de sangre nació José de Jesús Hernández.
Nació llorando, un llanto fuerte, desesperado, como si su cuerpo ya supiera dónde había llegado. Filomena lo envolvió en su propio reboso. María Guadalupe lo sostuvo contra su pecho y en ese momento, en medio de la oscuridad de esa celda que olía a sangre y a encierro, María Guadalupe tomó una decisión. No iba a permitir que ese niño muriera en Belén.
Iba a mantenerlo vivo, costara lo que costara. Pero, ¿cómo se mantiene vivo aún recién nacido en una cárcel? ¿Cómo se le da de comer cuando la madre recibe un plato de frijoles aguados y una tortilla dura al día? ¿Cómo se le protege del frío cuando no hay mantas? ¿Cómo se le enseña a crecer cuando no hay luz, ni espacio, ni esperanza? Si quieres conocer cómo este niño sobrevivió 18 años dentro de esos muros, no olvides suscribirte al canal y activar la campanita, porque lo que estás a punto de escuchar te va a romper el corazón.
José de Jesús creció en la celda 47 de la cárcel de Belén. Crecer es un verbo generoso para lo que realmente ocurrió. Sobrevivió. Esa es la palabra correcta. Durante sus primeros 6 años de vida, el niño nunca salió de esa celda, excepto para ir al patio interior del pabellón de mujeres dos veces por semana, media hora cada vez.
Su mundo medía 2 m por tr. Las paredes eran de adobe encalado que se desconchaba dejando ver el ladrillo podrido debajo. El techo tenía manchas de humedad con forma de continentes imaginarios. El piso era de tierra apisonada que se convertía en lodo cuando llovía y el agua se filtraba por las rendijas. Aprendió a caminar agarrándose de los barrotes de la puerta de hierro.
Sus primeras palabras no fueron mamá ni agua, fueron guardia y rejas. Su primer juguete fue un hueso de res que le regaló una presa llamada Socorro Mejía, condenada a muerte por envenenar a su marido. Ella sería ejecutada 3 años después, pero antes de morir le regaló al niño ese hueso que había pulido con una piedra hasta dejarlo blanco y suave.
José de Jesús jugaba con ese hueso durante horas. Lo rodaba por el suelo, lo mordía, lo abrazaba mientras dormía, dormía en un petate junto a la cama de hierro de su madre. Cuando tenía pesadillas, ella bajaba de la cama y se acostaba junto a él en el suelo. Le cantaba canciones en voz tan baja que las guardias no pudieran oírla.
Canciones de su pueblo en Hidalgo, canciones sobre pájaros que ella ya no recordaba cómo se veían. María Guadalupe le enseñó a leer con una Biblia robada que otra presa le consiguió a cambio de dos tortillas y un pedazo de jabón. le enseñó a escribir en las paredes con un trozo de carbón que rescató del brasero del patio.
Las guardias borraban sus lecciones cada semana, pero ella volvía a escribirlas. Dios, luz libre. Palabras que el niño podía leer, pero no comprender. Porque para comprender la palabra libre hay que haber conocido la libertad. Y José de Jesús nunca la había conocido. En la cárcel de Belén había una regla no escrita.
Los hijos de las presas podían quedarse con sus madres. hasta los 6 años. Después de eso, si eran niñas, las enviaban al hospicio de niños expósitos. Si eran niños, los llevaban al tribunal de menores y de ahí a algún orfanato o casa de beneficencia. Casi ninguno sobrevivía más de dos años en esos lugares. Las epidemias de tifo, viruela y disentería mataban a los niños como moscas.
Cuando José de Jesús cumplió 6 años, llegó la orden. El director de la cárcel, un hombrellamado Rosendo Márquez, mandó llamar a María Guadalupe a su oficina. le dijo que el niño tenía que irse, que ya estaba en edad de ser trasladado. María Guadalupe se arrodilló frente al escritorio de Caoba del director. Lloró, rogó, le dijo que su hijo no sobreviviría fuera de Belén, que era un niño débil, que tosía mucho, que ella lo necesitaba.
El director Márquez era un hombre de 50 años, viudo, sin hijos. Había visto morir a cientos de presos. Había ordenado ejecuciones. Había presenciado motines donde los guardias mataban a golpes a los amotinados. Se había acostumbrado al sufrimiento, pero algo en la mirada de María Guadalupe lo conmovió. O tal vez simplemente estaba cansado ese día.
Le dijo que el niño podía quedarse, pero con una condición. No podía salir al patio donde lo vieran las autoridades. No podía hacer ruido. No podía existir oficialmente. Si alguien del gobierno preguntaba, el niño no estaba ahí. María Guadalupe aceptó. Y José de Jesús se convirtió en un fantasma. Pasó los siguientes 12 años escondido en la celda 47.
Las guardias hacían la vista gorda, las otras presas también. Todos sabían que había un niño creciendo en el pabellón de mujeres, pero nadie decía nada porque en Belén había una ley no escrita. Entre presos y guardias podía haber golpes, castigos, humillaciones, pero había ciertos dolores que hasta los más crueles respetaban.
Y separar a un niño de su madre para enviarlo a morir a un hospicio era uno de esos dolores que ni siquiera los guardias más sádicos querían cargar en su conciencia. José de Jesús cumplió 7 años. 8 nu Su cuerpo crecía, pero su mundo seguía midiendo 2 met por tr. A los 10 años ya sabía leer y escribir mejor que muchas de las presas.
A los 11 empezó a ayudar a su madre a lavar ropa. A los 12 se convirtió en lo que las presas llamaban un paje. Un paje era un niño o adolescente que hacía mandados para las presas con dinero, porque en Belén todo se compraba. Las celdas individuales costaban 5 pesos al mes. Las celdas con menos asinamiento, 3 pesos.
Un plato extra de comida, 20 centavos. Una manta, 50 centavos. Un pedazo de jabón 10 centavos. Y si tenías dinero, podías contratar a alguien que te lavara la ropa, te limpiara la letrina, te peinara o te leyera el periódico si no sabías leer. José de Jesús hacía todo eso. Lavaba la ropa de las presas ricas a cambio de un pedazo de tortilla o un trozo de piloncillo.
Les leía las cartas que recibían de sus familias. Les escribía las respuestas cuando ellas no sabían escribir. Todo a cambio de comida, porque la ración oficial de la cárcel no alcanzaba ni para mantener viva a su madre. María Guadalupe cada vez comía menos para que su hijo comiera más. Su cuerpo se fue consumiendo, sus mejillas se hundieron, sus ojos se hicieron más grandes en un rostro cada vez más delgado.
Las otras presas empezaron a llamarla la lupe de los ojos tristes, porque había en su mirada una tristeza tan profunda que dolía verla. En el año 1908 algo cambió.Ía María Guadalupe empezó a toser. No era una tos normal, era una tos seca, persistente, que la despertaba en las madrugadas y no la dejaba volver a dormir.
Después vino la fiebre, luego los sudores nocturnos que empapaban el petate donde dormía y finalmente la sangre. Tuberculosis, la enfermedad más común en las cárceles mexicanas de la época. En Belén morían de tuberculosis más presos que de cualquier otra causa. El asinamiento, la falta de ventilación, la desnutrición, la humedad constante, todo contribuía a que la bacteria se extendiera como fuego en paja seca.
No había tratamiento, no había medicinas. Los presos tuberculosos simplemente morían. Algunos en semanas, otros tardaban años. María Guadalupe tardó 2 años. José de Jesús tenía 16 años cuando su madre empezó a escupir sangre, 17 cuando ya no podía levantarse de la cama. 17 años y 11 meses, cuando ella no podía comer nada sólido.
Él le lavaba la cara con el agua que le daba la guardia, le daba de beber con una cuchara, le limpiaba la sangre que escupía con su propia camisa porque no tenían trapos limpios. Le hablaba, le contaba historias inventadas sobre cómo sería el mundo afuera. Un mundo que él nunca había visto, pero que su madre le había descrito tantas veces que se lo sabía de memoria.
“Hay árboles, mijo”, le decía ella entre tos y tos. Árboles tan altos que no puedes ver dónde terminan. Y pájaros de colores y ríos con agua tan limpia que puedes ver las piedras del fondo. Y el cielo, ay mi hijo, el cielo es tan grande que te hace sentir que puedes volar. José de Jesús nunca había visto un árbol, nunca había visto un pájaro que no fuera una paloma enferma.
que a veces se metía al patio. Nunca había visto un río. Su cielo era el techo manchado de humedad de la celda 47. La noche del 11 de marzo de 1910 fue la última noche de María Guadalupe Hernández en este mundo.Tosió sangre sin parar desde las 10 de la noche. José de Jesús le limpiaba la boca con su camisa. La camisa ya estaba empapada de sangre, pero él seguía limpiándola.
Siguió limpiándola hasta que ya no hubo más sangre que limpiar. A las 4:17 de la mañana del 12 de marzo de 1910, María Guadalupe dejó de respirar. Sus últimas palabras fueron, mañana cumples 18, mi hijo. Mañana sales. No mires atrás. No mires atrás. José de Jesús se quedó sentado en el petate junto a la cama de hierro, sosteniendo la mano fría de su madre, mirando su rostro que en la muerte parecía por fin descansar.
Por primera vez en 18 años, su madre no tenía esa expresión de dolor contenido. Por primera vez se veía en paz. A las 6 de la mañana, el guardia de turno abrió la reja de la celda 47. Era un hombre llamado Urbano Díaz. Llevaba trabajando en Belén 15 años. Había visto nacer a José de Jesús. Se quedó parado en el umbral de la puerta, miró al muchacho, miró el cadáver y dijo con voz ronca, José de Jesús Hernández, ya eres mayor de edad, ya eres libre, puedes irte.
José de Jesús no se movió. El guardia insistió, “¿Me oíste, muchacho? Ya puedes salir. Ya no tienes que estar aquí.” José de Jesús seguía sin moverse. Sus ojos estaban clavados en el rostro de su madre. Entonces hizo algo que nadie esperaba. Se levantó, fue a la cama donde yacía el cuerpo de María Guadalupe, tomó la única sábana que tenían, una sábana de manta gris remendada cientos de veces y envolvió en ella el cuerpo de su madre.
El guardia urbano Díaz le dijo, “Muchacho, deja eso. Nosotros nos encargamos. Hay un carretón que viene por los muertos cada mañana. José de Jesús lo miró por primera vez y sin decir una palabra cargó el cuerpo de su madre en brazos. Ella pesaba menos de 35 kg. Dos años de tuberculosis la habían consumido hasta dejarla en puros huesos.
Pero para José de Jesús no era un peso, era lo único que había tenido en su vida. Empezó a caminar hacia la puerta de la celda. El guardia intentó detenerlo. Espera, no puedes, tienes que Pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta porque había algo en la mirada de ese muchacho, algo que no era desafío, ni rabia, ni locura.
Era simplemente determinación pura y absoluta. José de Jesús atravesó el pasillo del pabellón de mujeres cargando a su madre. Las presas que estaban despiertas se asomaron por los barrotes de sus celdas. Algunas lloraron, otras se persignaron. Una mujer llamada Gertrudis, condenada por aborto, se arrodilló cuando él pasó frente a su celda.
Pero, ¿qué pasó cuando ese muchacho de 18 años que nunca había visto el mundo exterior salió por primera vez a la calle con el cadáver de Sephor, su madre, en brazos? ¿Cómo reaccionó la gente del Zócalo cuando lo vieron pasar? ¿Y qué hizo con el cuerpo de su madre? si no tenía dinero para un entierro. Si quieres saber cómo terminó este recorrido que partió el corazón de todos los que lo presenciaron, suscríbete al canal y activa la campanita, porque lo que viene a continuación es el final más desgarrador que esta ciudad haya visto jamás.
José de Jesús Hernández caminó descalzo por el corredor principal de la cárcel de Belén. atravesó el patio central, donde los presos del pabellón de hombres lo miraron en silencio. Cruzó la puerta de hierro que daba al vestíbulo de entrada. Los guardias que estaban de turno se quedaron paralizados. Nadie se atrevió a detenerlo.
El director Rosendo Márquez bajó corriendo las escaleras de su oficina cuando le avisaron lo que estaba pasando. Llegó al vestíbulo justo cuando José de Jesús estaba a punto de cruzar el portón principal. “Espera”, gritó el director. El muchacho se detuvo, se dio vuelta, lo miró. El director Márquez abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salieron porque lo que vio en los ojos de ese muchacho no era odio ni resentimiento, era algo mucho peor.
Era vacío. José de Jesús le sostuvo la mirada durante 3 segundos, luego se dio vuelta y salió a la calle. Era la primera vez en su vida que veía el sol de frente. Lo primero que sintió fue el dolor. La luz del sol le quemó los ojos. Tuvo que cerrarlos. Caminar a ciegas durante varios pasos hasta que sus pupilas, acostumbradas a la penumbra de la celda 47, pudieron adaptarse a la claridad del día.
Cuando finalmente pudo abrir los ojos, lo que vio lo dejó paralizado. Edificios más altos de lo que había imaginado. Calles anchas llenas de gente, carros tirados por caballos, tranvías eléctricos que pasaban haciendo un ruido metálico. Vendedores ambulantes gritando sus mercancías. Mujeres con sombrillas, hombres con sombrero, niños corriendo.
El mundo era enorme y él no sabía hacia dónde ir. Pero sus pies comenzaron a caminar solos. Bajó por la calle de Belén hacia el sur. giró a la izquierda en lo que hoy es eje central. Siguió caminando. La gente que caminaba en sentidocontrario se apartaba cuando lo veían. Un muchacho descalzo con pantalones rotos, camisa ensangrentada cargando un bulto envuelto en una sábana gris.
Algunos se persignaban, otros se tapaban la boca con la mano. Una mujer se desmayó cuando comprendió que ese bulto era un cadáver, pero nadie lo detuvo. Nadie llamó a la policía porque había algo en la forma en que ese muchacho caminaba, algo sagrado, algo que imponía un respeto que iba más allá de las leyes o las costumbres sociales.
Cruzó la Alameda Central. El parque estaba lleno de familias paseando, niños jugando junto a la fuente, parejas de novios sentados en las bancas de hierro forjado. Todos se quedaron en silencio cuando lo vieron pasar. Llegó al Zócalo, la plaza principal de la Ciudad de México. Era domingo, día de misa mayor.
Cientos de personas salían de la catedral después del servicio religioso. Señoras elegantes con vestidos de seda, caballeros con bastón, militares uniformados. José de Jesús atravesó el zócalo en línea recta de este a oeste. La multitud se fue abriendo a su paso como el Mar Rojo. Algunos hombres se quitaron el sombrero cuando pasó junto a ellos.
Algunas mujeres lloraron sin saber por qué. Un sacerdote que salía de la catedral lo vio y murmuró: “Es un viacrucis. Porque eso parecía. Un muchacho descalso cargando su cruz. José de Jesús siguió caminando. Subió por la avenida Juárez. Pasó frente al palacio de bellas artes que estaba en construcción, frente al caballito, frente a las tiendas de lujo, donde las señoras compraban telas importadas y perfumes franceses.
Caminó durante más de 2 horas sin detenerse, sin descansar. Los brazos le ardían, los pies le sangraban, pero no soltó el cuerpo de su madre. Finalmente llegó a la entrada del Panteón de Dolores, el cementerio más grande de la ciudad de México. El encargado de la puerta, un hombre llamado Macario Soto, lo vio llegar y salió a su encuentro.
¿Traes papeles? le preguntó. José de Jesús lo miró sin entender. Papeles, repitió el hombre. Acta de defunción, permiso de inhumación, comprobante de pago de la fosa. José de Jesús negó con la cabeza. No tenía nada de eso. No tenía ni un centavo. Macario Soto suspiró. Había trabajado en ese panteón durante 20 años.
Había visto de todo, pero nunca había visto algo como esto. Llamó a uno de los sepultureros, un hombre joven llamado Teodoro Campos, que estaba cabando una fosa al fondo del panteón. le contó la situación. Teodoro miró al muchacho, miró el cadáver envuelto en la sábana y dijo, “Sígueme.” Lo llevó hasta la sección más alejada del panteón, la sección de la fosa común.
Allí enterraban a los indigentes, a los que morían sin nombre o sin familia, a los que nadie reclamaba. Las fosas comunes eran zanjas largas, donde cabían hasta 20 cuerpos, uno encima del otro. No había lápidas, no había cruces, solo tierra removida y un número pintado con cal en una tabla de madera. Aquí, dijo Teodoro señalando un espacio vacío al final de la zanja.
No es mucho, pero es lo que hay. José de Jesús se arrodilló en la tierra, depositó el cuerpo de su madre con cuidado. Teodoro le dio una pala. ¿Sabes cabar?, le preguntó. José de Jesús negó con la cabeza. Nunca había sostenido una pala en su vida. Teodoro le enseñó. Y durante las siguientes dos horas, José de Jesús Hernández cabó la tumba de su madre con sus propias manos.
No era una tumba profunda, apenas un metro y medio. Pero para él, que nunca había hecho trabajo físico más allá de lavar ropa en la cárcel, fue como cabar un pozo sin fondo. Las manos se le llenaron de ampollas. Luego las ampollas reventaron. siguió cabando con las manos sangrando. Cuando la tumba estuvo lista, Teodoro lo ayudó a bajar el cuerpo envuelto en la sábana.
José de Jesús se quedó mirando a su madre por última vez. Entonces se quitó la camisa ensangrentada, la misma camisa con la que le había limpiado la boca la noche anterior y la puso sobre el cuerpo como si fuera una manta. Empezó a echar tierra palada tras palada hasta que el cuerpo quedó completamente cubierto.
Cuando terminó, se quedó parado frente a la tumba sin nombre. con el torso desnudo, las manos destrozadas, los pies sangrando, el sol de marzo cayéndole en la espalda. Y entonces dijo la única frase que pronunció en voz alta en todo ese día. La única frase que alguien lo escuchó decir en su vida fuera de la cárcel, ya estamos fuera, mamá.
Ya estamos fuera. Teodoro Campos, el sepulturero que presenció todo, contó esa historia hasta el día de su muerte en 1942. Decía que nunca había visto a nadie llorar sin derramar una sola lágrima. Porque José de Jesús no lloró, simplemente se quedó parado frente a esa tumba, mirándola como si estuviera grabando en su memoria exactamente dónde quedaba.
Después de 10 minutos se dio vuelta y empezó a caminar. Teodoro le gritó, “¡Espera, ¿a dónde vas?Pero José de Jesús no respondió, simplemente siguió caminando, salió del panteón de Dolores y desapareció. Nadie volvió a verlo nunca más. Pero hay algo que sí quedó registrado, el cronista Luis González Obregón, quien en el año 1920 publicó un libro llamado Las calles de México, leyendas y sucedidos.
Investigó esta historia. habló con guardias de Belén, con presas que conocieron a María Guadalupe, con personas que vieron pasar a José de Jesús por el Zócalo aquel 12 de marzo. González Obregón escribió lo siguiente. cuentan los sepultureros del panteón de dolores que cada 12 de marzo, sin falta, durante más de 50 años aparecía una flor silvestre sobre aquella tumba sin nombre en la fosa común, una flor de campo de esas que crecen solas en las milpas.
Nadie sabía quién la dejaba. Los guardias del panteón juraban que nadie entraba esa madrugada, pero al amanecer del 12 de marzo, ahí estaba una flor fresca, como si alguien la hubiera cortado esa misma mañana. La última vez que apareció una flor en esa tumba fue el 12 de marzo de 1962. Después de esa fecha, nunca más.
Existen varias versiones sobre qué fue de José de Jesús Hernández. Una versión dice que se hizo fraile en el convento del desierto de los leones, que vivió allí en silencio durante décadas, que hacía voto de mutismo, que solo hablaba una vez al año, el 12 de marzo, para decir, “Ya estamos fuera, mamá.” Hay quienes dicen que murió en ese convento en 1962.
El mismo año en que dejó de aparecer la flor en la tumba. Otra versión cuenta que se fue a las montañas de Hidalgo, al pueblo de donde era originaria su madre, que vivió como ermitaño en una cueva, que los campesinos lo veían a veces bajar al pueblo para comprar sal y maíz, pero que nunca hablaba con nadie, que murió solo en esa cueva y que su cuerpo fue encontrado años después por unos cazadores.
Una tercera versión, la más oscura, dice que José de Jesús no soportó la libertad, que el mundo exterior era demasiado grande, demasiado ruidoso, demasiado extraño para alguien que había crecido en una celda de 2 met por tr y que pocas semanas después de salir de Belén se quitó la vida. Pero la verdad es que nadie lo sabe.
José de Jesús Hernández desapareció de los registros oficiales después del 12 de marzo de 1910. No hay acta de defunción, no hay documentos, no hay fotografías, solo queda su historia. Y esa flor que apareció durante 52 años en una tumba sin nombre. Pero, ¿qué fue de las niñas que nacieron después en las cárceles mexicanas? ¿Cambió algo después de esta historia o el sistema siguió condenando a niños inocentes? Si quieres saber qué pasó con las leyes que permitían que esto ocurriera y cómo el caso de José de Jesús influyó
en los cambios legislativos del sistema penitenciario mexicano, suscríbete al canal y activa la campanita, porque lo que descubrirás te va a hacer cuestionar si realmente hemos avanzado como sociedad. La historia de José de Jesús Hernández nunca llegó a los periódicos grandes de la época. El imparcial, el periódico oficial del régimen porfirista, publicó apenas una nota de seis líneas el 13 de marzo de 1910.
decía textualmente, “Ayer por la mañana causó revuelo en las calles del centro un joven que salió de la cárcel de Belén cargando el cadáver de su madre. Las autoridades informaron que se trató de un caso aislado y que el joven ha sido localizado y se encuentra en buen estado. Mentira. José de Jesús nunca fue localizado y el caso no era aislado, porque durante todo el porfiriato y las primeras décadas del siglo XX, cientos de niños nacieron y crecieron dentro de las cárceles mexicanas.
No solo en Belén, también en la cárcel de Lecumberry, cuando fue inaugurada en 1900 en la cárcel de Guadalajara, en la de Monterrey, en la de Puebla. El sistema penitenciario mexicano operaba bajo una lógica brutal. Si una mujer entraba embarazada a prisión, su hijo nacía dentro. Si una mujer quedaba embarazada dentro de la prisión, ya fuera por visita conyugal o por violación de algún guardia, su hijo también nacía dentro.
Y esos niños crecían entre rejas hasta los 6 años. Después, en teoría, debían ser trasladados a hospicios, pero la mayoría nunca llegaba. morían antes de desnutrición, de enfermedades, de abandono. No hay estadísticas oficiales de cuántos niños murieron en las cárceles mexicanas durante esa época, pero los registros fragmentarios que se conservan en el Archivo General de la Nación hablan de cifras escalofriantes.
Entre 1890 y 1920 se estima que nacieron al menos 400 niños dentro de la cárcel de Belén. De esos 400, solo 82 llegaron vivos a los 6 años. Una tasa de mortalidad del 79%. La mayoría moría antes de cumplir un año. causas: disentería, neumonía, desnutrición severa, tétanos, tifoidea, enfermedades completamente prevenibles, pero en un sistema donde las presas no tenían acceso a agua limpia,donde no había médicos permanentes, donde un bebé dormía en el suelo de tierra de una celda compartida con otras seis mujeres, La muerte era la norma, no la excepción.
José de Jesús fue uno de los pocos que sobrevivió y su supervivencia fue un milagro producto del amor obsesivo de una madre que sacrificó su propia vida para mantenerlo con vida. Después de la Revolución Mexicana empezaron a surgir voces que denunciaban estas condiciones. En 1917, el diputado Félix Palavisini presentó ante el Congreso Constituyente una iniciativa para prohibir que los hijos de las presas permanecieran en las cárceles más allá de los primeros 3 meses de vida.
La iniciativa fue rechazada. El argumento de los opositores era que separar a un bebé de su madre era inhumano. La ironía cruel es que condenar a ese bebé a crecer en condiciones infrahumanas aparentemente no lo era. En 1923, una periodista llamada Esperanza Velázquez Bringas publicó una serie de reportajes en el periódico El Universal titulada Los niños de Belén.
En esos reportajes describía las condiciones en que vivían los hijos de las presas. Entrevistó a guardias, a presas, a médicos. documentó 17 casos de niños que habían muerto en el último año. Sus artículos causaron conmoción, pero no causaron cambios. No fue sino hasta 1935 que el presidente Lázaro Cárdenas firmó un decreto estableciendo que los hijos de las presas debían ser separados de sus madres al cumplir 6 meses y enviados a instituciones de asistencia social.
El decreto también ordenaba la creación de guarderías dentro de las cárceles para que las madres pudieran amamantar a sus bebés durante los primeros meses. En la práctica, estas guarderías nunca fueron construidas. o si fueron construidas, operaban sin presupuesto, sin personal capacitado, sin condiciones mínimas de higiene.
Hoy, en el año 2025, el problema persiste. Según datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en México hay aproximadamente 500 niños viviendo dentro de centros penitenciarios junto a sus madres. La ley establece que pueden permanecer hasta los 3 años, pero las condiciones en muchas de estas prisiones siguen siendo deplorables.
Asinamiento, falta de espacios adecuados, nutrición deficiente, acceso limitado a atención médica. La historia de José de Jesús Hernández no cambió el sistema porque el sistema no quería cambiar, porque para el sistema los hijos de las presas eran invisibles, eran daños colaterales, eran los que pagaban por crímenes que no cometieron.
Y eso es lo más oscuro de esta historia. No es solo la tragedia de un niño que creció entre rejas, es la tragedia de un país que durante más de un siglo permitió que eso siguiera pasando. La cárcel de Belén fue demolida en 1933. En su lugar se construyó el mercado de Belén, conocido después como Mercado Juárez.
Hoy ya no existe ni el mercado. En ese terreno está un conjunto de oficinas gubernamentales. No hay ninguna placa que recuerde lo que ahí ocurrió. No hay ningún monumento a los cientos de niños que nacieron, crecieron y murieron entre esos muros. La celda 47 del pabellón de mujeres, donde José de Jesús pasó 18 años de su vida, fue demolida piedra por piedra.
Su ubicación exacta se perdió como si el gobierno quisiera borrar la evidencia de su propia crueldad. La tumba de María Guadalupe Hernández tampoco existe ya. La fosa común donde fue enterrada fue removida en 1965 durante una ampliación del panteón de Dolores. Los restos de cientos de personas fueron trasladados a una fosa común nueva en otra sección.
No hubo manera de identificar cuáles eran los de María Guadalupe. Hoy su cuerpo descansa en algún lugar de ese panteón sin nombre, sin lápida, mezclado con los huesos de otros olvidados. Pero su historia no ha sido olvidada. En el año 2010, exactamente 100 años después de que José de Jesús saliera de Belén cargando a su madre, un grupo de activistas de derechos humanos organizó una ceremonia simbólica.
Colocaron una placa temporal en el lugar aproximado donde estuvo la entrada de la cárcel de Belén. La placa decía, “En memoria de María Guadalupe Hernández y su hijo José de Jesús y de todos los niños inocentes que cumplieron sentencias que nunca fueron suyas.” Las autoridades retiraron la placa tres días después.
Dijeron que no había permiso oficial para colocarla, pero la memoria persiste en las historias que se cuentan de boca en boca, en los documentos que se conservan en archivos polvorientos, en las investigaciones de historiadores que se niegan a dejar que estas vidas sean borradas por completo, porque al final eso es lo único que queda de los olvidados.
La memoria frágil, imperfecta, pero resistente. José de Jesús Hernández vivió 18 años sin conocer el cielo, sin saber cómo se siente la tierra bajo los pies descalzos cuando no está contenida entre cuatro paredes, sin ver un árbol, sin escuchar el cantode un pájaro que no fuera el grasnido de las palomas enfermas del patio.
finalmente salió al mundo. El mundo era demasiado grande para él, demasiado ruidoso, demasiado brillante, demasiado libre. Y quizás esa libertad fue su última prisión. Porque, ¿cómo vive alguien que creció en una jaula cuando finalmente le abren la puerta? ¿Cómo respira alguien que nunca aprendió a respirar? sin el peso del encierro.
La respuesta es que no se sabe porque José de Jesús nunca tuvo la oportunidad de contarlo. Lo que sí sabemos es que durante 18 años hubo un niño que no cometió ningún crimen, que no fue juzgado por ningún juez, que no fue sentenciado por ninguna ley, pero que cumplió una condena completa. la condena de nacer en el lugar equivocado, en el momento equivocado de la madre equivocada.
Porque en el México del porfiriato, en el México de la Revolución y en muchos aspectos en el México de hoy, la pobreza sigue siendo el peor crimen y la justicia sigue siendo un privilegio de los que tienen dinero para comprarla. María Guadalupe Hernández no era una asesina, era una madre desesperada que hizo lo único que podía hacer cuando el sistema le falló de todas las formas posibles, cuando la violación de su hija fue ignorada, cuando su muerte fue tratada como un inconveniente menor, cuando la justicia oficial decidió que la vida de una niña
indígena de 13 años no valía nada. Frente a la reputación de un señorito de buena familia, buscó justicia con el único instrumento que tenía, un cuchillo cebollero, y pagó con 20 años de su vida. Su hijo pagó con 18 y miles de otros niños, cuyos nombres nunca conoceremos, pagaron con sus vidas completas.
Esta historia duele porque es verdad, duele porque no es una excepción, es la regla. Duele porque mientras tú escuchas esto, en alguna prisión de México, de América Latina, del mundo, hay un niño creciendo entre rejas por el único crimen de haber nacido de una madre encarcelada. Y duele porque la flor que apareció durante 52 años en aquella tumba sin nombre dejó de aparecer.
Porque quien quiera que la pusiera ahí ya no está. Y con él o con ella se fue el último testigo directo de esta historia. Pero la historia no muere porque ahora tú la conoces y mientras alguien la recuerde, María Guadalupe y José de Jesús no estarán completamente muertos. Estarán fuera. Por fin fuera. Gracias por acompañarnos en este recorrido por uno de los casos más desgarradores de la historia de la Ciudad de México.
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