“¡Caos en Xochiaca! Hallan 69 cuerpos s en México; ¡el país está conmocionado!”

El calor del atardecer en el bordo de Sochiaca, en las afueras de la ciudad de México, era tan intenso que se sentía como si quisiera quemar la piel. Un edor agrio a basura en descomposición, a plásticos recalentados y a la miseria de miles de vidas se adhería a cada bocanada de aire. Pero todo eso no fue nada comparado con el grito que rasgó la atmósfera pestilente.
Una de las excavadoras, en su monótono trabajo de mover montañas de desechos, arrastró un costal de yute que se rasgó y de él rodó algo vagamente esférico, pálido y cubierto de lodo. Joaquín, un pepenador con la piel curtida por décadas bajo el sol, dejó caer la varilla de metal con la que hurgaba y se acercó.
Lo que vio le el heló la sangre en las venas. Era una cabeza humana. Y luego el brazo de la excavadora levantó el resto del costal, del cual se desprendió un torso. La piel era pálida, casi translúcida, y las manos parecían aferrarse a una esperanza que se había extinguido hacía mucho tiempo.
Joaquín gritó una sola vez, un sonido gutural que rebotó entre las colinas de basura y se convirtió en la prueba de que el infierno tenía una sucursal en la tierra. El grito atrajó a otros. Un costal se abrió, luego otro y otro más. Todos contenían restos humanos y todos compartían un detalle macabro, cavidades vacías en el pecho y el abdomen, como si hubieran sido vaciados con una precisión quirúrgica y unas suturas toscas cerrando la piel.
Entre los girones de ropa, alguien encontró una pequeña estampa de la Virgen de Juquila, un detalle que gritaba Oaxaca. La frase se formó en la mente de todos, un susurro que se convirtió en un clamor. Son de los nuestros. Hay gente de nuestra tierra aquí. Si al escuchar esto sienten el mismo escalofrío que yo, los invito a dejar su opinión en los comentarios.
No olviden suscribirse y activar la campana para no perderse el siguiente capítulo de este caso que apenas comienza a desvelar su horror. Que la paz sea con todos ustedes. Tomémonos un momento para ofrecer una oración por estas almas y por la fortaleza de sus familias. Que la fe nos brinde serenidad en estos tiempos oscuros.
El sol descendía lentamente sobre el horizonte del Estado de México, pintando el cielo de tonos anaranjados y violetas que contrastaban brutalmente con la sordidez del paisaje abajo. El aire pesado, casi masticable, hacía que cada movimiento se sintiera como un esfuerzo sobrehumano. Para los hombres y mujeres que vivían de la basura en el bordo de Sochaca, la sinfonía de olores era el pan de cada día, el metano que emanaba de la tierra, la podredumbre orgánica, el olor a llanta quemada y a los químicos de los
desechos industriales. Nada, sin embargo, los había preparado para el olor a muerte fresca que acompañó el grito de Joaquín. Joaquín llevaba casi 20 años trabajando en ese vertedero. Conocía cada rincón, cada colina de basura. sabía dónde anidaban las ratas más grandes y donde se acumulaban los vidrios rotos.
Cuando el brazo de la excavadora mordió una loma de tierra negra y plásticos, algo duro se atoró en sus dientes de acero, rodando hacia abajo. Un joven que supervisaba la maniobra fue el primero en reaccionar. Al principio pensaron que era un maniquí viejo de esos que desechan las tiendas del centro. Pero cuando el tejido andrajoso que lo envolvía se rasgó, revelando un tono de piel enfermizamente pálido, un silencio denso cayó sobre ellos, interrumpido solo por el grasnido insistente de los sopilotes que circulaban en lo alto como
heraldos de la tragedia. Joaquín, venciendo el miedo con una oleada de furia y curiosidad, corrió y tiró de la tela. El grito que salió de su garganta ya no era humano, era el sonido del terror más profundo y viseral. Vieron una mano pequeña con los dedos doblados y una cicatriz de sutura en el pecho, tan precisa y limpia que parecía el trabajo de un profesional, aunque hecho con prisa.
No había charcos de sangre, solo una cavidad vacía y fría. En cuestión de minutos, una multitud se arremolinó. Los teléfonos celulares se alzaron, sus flashes parpadeando erráticamente en la luz moribunda del crepúsculo. Las voces de pánico se extendieron como un reguero de pólvora. hasta Nesagual Coyotl.
Los trabajadores, que momentos antes se movían con una resignación cansada, se convirtieron de repente en testigos de una pesadilla. Una mujer con el rostro surcado de arrugas, se estremeció y dijo con voz quebrada, “Este no es de por aquí. Miren esa camisa. Tiene un bordado de San Jerónimo, de la sierra de Oaxaca. Los pequeños objetos adheridos a los cuerpos comenzaron a ser examinados con una mezcla de horror y fascinación.
un escapulario descolorido, un trozo de papel con el nombre de una cooperativa de transportes. Pronto, más de un costal abierto. Cada uno contenía un cuerpo o partes de un cuerpo. Todos compartían la misma y terrible mutilación, el torso abierto y vaciado. Los órganos internos habían sidoextraídos. Las incisiones eran finas, hechas con un visturí afilado y por una mano que sabía exactamente lo que hacía.
No era el trabajo chapucero de un ladrón o un asesino en pánico. Era la obra de alguien entrenado, alguien que conocía la anatomía humana al detalle. El rumor cruzó los límites del municipio y llegó a la comandancia de la policía estatal. Los agentes locales, ayudados por los propios pepenadores, acordonaron la zona, conteniendo a la multitud con una mezcla de firmeza y ansiedad.
Un comandante llamó por radio al equipo forense de la Fiscalía Central. Cuando las luces rojas y azules de las patrullas iluminaron las montañas de basura, los rostros de los presentes reflejaban una mezcla de conmoción, ira y miedo. Entre los objetos encontrados junto a los cuerpos había un encendedor con el logo de un café en Tijuana, un trozo de tela de mezclilla del tipo que usan los obreros de las maquiladoras en la frontera y lo más desgarrador, un pequeño rosario de hilo rojo en la muñeca de un joven que parecía apenas un
adolescente. El comandante Arturo Vargas recibió el informe antes de la medianoche. No era un hombre que se sobresaltara fácilmente. Demasiados casos habían grabado líneas de cansancio en su rostro. Sin embargo, cuando las primeras fotos del forense llegaron a su escritorio, sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
Inmediatamente ordenó que las imágenes fueran enviadas al Instituto de Ciencias Forenses en la Ciudad de México. Vargas sabía que sin un trabajo rápido y meticuloso las pruebas se desvanecerían entre la basura y la burocracia y las pistas se enfriarían. En el anfiteatro del servicio forense, el Dr. Elías Benítez esperaba.
Con los guantes de látex puestos, sus ojos recorrían foto tras foto en la pantalla de una tableta. Examinaba la suturas, el patrón de las incisiones, los restos de tejido. “Esto es trabajo de profesionales”, dijo con un tono monótono que desmentía la gravedad de sus palabras. No es un asesinato común.
Sabían qué órganos tomar y cómo cerrar. No lo hicieron para exhibir, lo hicieron para vender. La noticia estalló como una brasa sobre papel seco. Familias de varios pueblos de Oaxaca y Chiapas que habían denunciado la desaparición de hijos o esposos comenzaron a llegar a las oficinas de la fiscalía. Llevaban fotos descoloridas, ropa, actas de nacimiento.
Sus dedos temblorosos señalaban las imágenes que se filtraban en las noticias. Esa es la camisa de mi hijo”, soyó una madre aferrándose al brazo de un oficial. El pequeño rosario de hilo rojo hizo que varias familias guardaran un silencio sepulcral. Un amuleto como ese era una costumbre, un regalo de una madre a un hijo antes de que partiera a buscar trabajo al norte.
Era una señal de amor y una plegaria por su protección. La inspectora Elena Ríos de la Unidad de Inteligencia se unió a la investigación inicial. Para Elena no era solo un caso más, tenía una razón personal y devastadora. Su hermano menor, Miguel, había desaparecido meses atrás después de aceptar una oferta de trabajo en una maquiladora de Ciudad Juárez.
Una oferta que sonaba demasiado buena para ser verdad. Elena guardaba una foto del joven en el bolsillo de su chaqueta mientras caminaba por el vertedero esa noche. Entre las imágenes de los cuerpos, entre los rostros vacíos, existía la aterradora posibilidad de encontrar un rosario idéntico, un trozo de ropa similar. Un equipo conjunto comenzó a trazar un patrón, los camiones de carga que transitaban por la zona de noche, la dirección del café de Tijuana en el encendedor, los testimonios de testigos que habían visto vehículos con placas de
otros estados cerca de caminos rurales. Todo apuntaba a una red mucho más grande que un simple asesino local. Había indicios de rutas transfronterizas, de clínicas clandestinas, de gente dispuesta a apagar fortunas por órganos en el mercado negro médico. Esa noche, mientras el viento soplaba entre los árboles y el sonido de los insectos llenaba el aire, los vecinos de las colonias cercanas observaban las luces de las patrullas.
Se paraban en las puertas de sus casas, preguntándose cómo el mundo podía ser un lugar tan frío. En la pequeña oficina de la comandancia, el comandante Vargas miraba un mapa de México, marcando ubicaciones y pensando en el siguiente paso. Cada hora que pasaba podía significar una nueva víctima. Cada documento no incautado podía significar la libertad de los culpables.
Mientras tanto, en un puesto de tacos al borde de la carretera, Mateo Herrera, un periodista veterano que había cubierto durante años las rutas de la migración y el crimen fronterizo, escribía en su libreta desgastada. Conocía las entrañas de redes como esta. Había visto patrones similares en otros lugares y siempre tenían algo en común.
Los poderosos que las manejaban rara vez eran visibles. Los que pagaban el precio más alto eran vidas humanas.Entre todos los fragmentos, una cosa quedó clara. El descubrimiento en el bordo de Sochiaca no era el final. Era una puerta que se abría a algo mucho más grande y oscuro, un crimen que susurraba en las sombras de las bodegas y las carreteras desiertas.
Y el siguiente paso no era solo descubrir quién había dejado esos costales en la basura. Se trataba de reconstruir las vidas robadas, de poner nombre a los cuerpos y de cumplir una promesa a las familias que esperaban una respuesta. En un sendero que llevaba a la ciudad, una madre sostenía la foto de su hijo hacia las luces de una patrulla, esperando una respuesta que nunca sería fácil.
En la sala de mando, Vargas miraba los rostros de su equipo. Sabían que este caso los quemaría por dentro. Sabían que exigiría más que valentía. Exigiría justicia. Las noches que siguieron al descubrimiento en el vertedero parecían cubiertas por una ceniza que nunca se enfriaba. El viento arrastraba el olor a basura y el zumbido de las noticias.
Cada vez que la inspectora Elena Ríos cerraba los ojos, veía la imagen del pequeño rosario de hilo rojo, idéntico al que su madre siempre ataba en la muñeca de su hermano Miguel antes de que se fuera al norte. Un sentimiento de culpa la carcomía. Nunca se perdonaría haber dejado que Miguel aceptara esa oferta de trabajo que prometía un buen sueldo y un lugar seguro para vivir.
Ahora su recuerdo se mezclaba con la fría pila de evidencias. En la sala de mando improvisada, un mapa de la República estaba cubierto de chinchetas rojas y líneas punteadas. El comandante Arturo Vargas lo miraba fijamente hasta que los ojos le ardían. convocó a los miembros clave del equipo, el doctor Elías Benítez, el capitán Jorge Soto de Operaciones especiales, Mateo Herrera, el periodista y varios agentes de inteligencia.
Vargas hablaba poco, pero cada frase era un martillazo. No vamos a limitarnos a recoger pruebas, dijo. Su voz plana, pero cargada de una determinación inquebrantable. Vamos a desmantelar esta red y a rescatar a los que todavía están vivos. Elena tragó saliva. Sabía a que se enfrentaba. Esto no era solo un trabajo, era personal.
Se trataba del rostro joven y confiado de su hermano. Construyó su máscara en su mente, la voz ronca de alguien derrotado, el andar cansino, los ojos vacíos de una trabajadora que ha aceptado su destino. Todo debía ser perfecto. El nombre que giraba en la investigación era Dr. Leonardo Acosta, apodado el cirujano, un hombre que aparecía repetidamente en testimonios fragmentados.
un exparamédico conocido por ser tan frío y preciso como el visturí que usaba. Para infiltrarse, el equipo creó una historia de tapadera. Elena sería vendida por un pollero corrupto. Pasaba a un camionero que habitualmente transportaba trabajadores a la frontera y finalmente dejada en una vieja bodega en las afueras de Ciudad Juárez.
Allí se encontró con rostros agotados, una mezcla de esperanza y miedo. Sus ojos estaban vacíos, sus voces eran apenas susurros. Entre ellos, Elena vio las señales que confirmaban sus sospechas, trozos de tela con bordados similares, miradas perdidas y una vez más un rosario de hilo rojo.
En su tercera noche dentro, Elena recibió un mensaje de Sofía, una joven estudiante de enfermería que había sido obligada a trabajar en la clínica clandestina. Sofía parecía aterrorizada, pero había un fuego de valentía en sus ojos. Mientras barría el suelo, deslizó un trozo de papel en la mano de Elena sin que los guardias se dieran cuenta.
El papel contenía una escritura temblorosa, una lista de nombres con códigos al lado. Debajo ponía, “Por favor, avisen a sus familias en Oaxaca, Sofía.” Al lado de la firma había una mancha seca de color marrón. Quizás sangre. Elena sintió que la adrenalina fría le recorría las venas. Esto no era solo una prueba, era el grito silencioso de alguien que aún albergaba esperanza.
Sofía luego le dio pista sobre el horario de los contenedores refrigerados que salían de noche, la ruta hacia el cruce fronterizo y sobre un hombre que siempre revisaba el contenido antes de que partieran. Leonardo Acosta. Elena comenzó a unir las piezas. Acosta no era solo un ejecutor, era el nexo entre la clínica clandestina y el mercado internacional de órganos.
Tenía conocimientos médicos, una mano firme y una red que lo hacía casi intocable. Una noche, mientras intentaba forzar la puerta de un sótano, fue casi descubierta por un guardia corpulento llamado Ramón. Esos segundos fueron una danza entre la vida y la muerte. Elena contuvo la respiración, mintiendo con voz temblorosa que solo buscaba agua.
Ramón la miró fijamente con la sospecha en sus ojos antes de marcharse sin decir más. Después de eso, Elena supo que su tiempo allí se agotaba. Cada día podría ser el último. Afuera, el equipo trabajaba sin descanso. Mateo Herrera investigaba nombres de empresas fachada que podrían estar relacionadas.Mientras tanto, el capitán Soto infiltraba las redes de comunicación en busca de transacciones sospechosas.
Encontraron un patrón de transferencias a través de cuentas bancarias de empresas fantasma en Tijuana y San Diego. También había manifiestos de envío que declaraban productos marinos congelados, una tapadera perfecta. Todas las pistas conducían a un almacén en las afueras de la ciudad oculto detrás de hileras de naves industriales abandonadas.
Entre los datos surgió un hombre que hizo que la sangre de Vargas se helara. Adán Romero, un agente de aduanas que conocía personalmente. Romero siempre parecía un tipo normal, amable en las convivencias de la agencia, pero su rastro digital mostraba que a menudo se comunicaba con los transportistas nocturnos y que los números de placa de ciertos camiones desaparecían del sistema después de cruzar.
Cuando Vargas se enteró, sintió que el suelo bajo sus pies se volvía resbaladizo. La traición desde dentro era lo que permitía que la red operara con tanta impunidad. Elena recibió nueva información que le revolvió el estómago, una grabación de voz que Sofía había escondido en una pequeña radio.
La voz de un hombre ordenaba la carga de un contenedor mencionando códigos como RN2 y CR1. El doctor Beníz al escuchar la grabación palideció. Inmediatamente tradujo los códigos se referían a tipos de órganos y a la prioridad del envío. R2 era riñón, tipo de sangre o positivo. CR1 era córnea. Elena supo que se enfrentaban a una operación que usaba un lenguaje técnico para convertir el asesinato en una mercancía.
El pánico alcanzó su punto álgido cuando un contenedor que coincidía con el horario estuvo a punto de pasar la inspección. El capitán Soto rastreó la última señal de GPS y el equipo se movilizó. Encontraron el contenedor a medio llenar en un pequeño puerto seco listo para ser enviado al otro lado de la frontera con documentos aparentemente en regla.
Al mismo tiempo, Vargas supo que el agente Romero iría al almacén para supervisar el envío. Era una oportunidad y una trampa. La noche del asalto, el plan se diseñó como una obra de teatro. El equipo se dividiría en tres. Uno para cortar las comunicaciones, un segundo para asaltar el almacén y un tercero para bloquear las rutas de escape.
Vargas sabía que solo tenían una oportunidad, un paso en falso y todas las pruebas. y Elena se perderían. Elena, que estaba al borde de la locura entre los pacientes y los gritos ahogados que escuchaba cada noche, se preparó para la parte más peligrosa: abrir el sótano, fotografiar las pruebas y salir antes del amanecer. La tensión llegó a su clímax cuando se escucharon disparos en la lejanía.
Eso no era parte del plan. Los disparos rompieron el silencio y pusieron a todos en alerta máxima en el almacén. Un guardia, presa del pánico, encendió las luces y salió. Pero para su sorpresa, el agente Romero llegó acompañado de un hombre corpulento, prueba irrefutable de su implicación. Vargas dio la señal y dos equipos procedieron al arresto.
En medio del caos, la voz de Elena se escuchó en la radio. Estoy en el sótano. Hay muchos pacientes. Hay un libro de registro. Su voz fue como un rayo. Esa noche lograron asegurar a varios miembros de la red y documentos cruciales, pero una figura clave había desaparecido. Leonardo Acosta no estaba entre los capturados. Había rastros de sangre, una mesa de operaciones desordenada, pero las manos frías del cirujano parecían haberse evaporado en la oscuridad.
Sin embargo, el equipo encontró algo invaluable, un grueso cuaderno de contabilidad que era un grito silencioso. En el figuraban nombres, fechas y los mismos códigos que Elena había escuchado. Y en una esquina de una página, una breve nota para las familias en Oaxaca. Perdónenos. Eso confirmaba que habían destapado una parte de la maquinaria, pero muchas otras piezas seguían girando libremente.
Cuando el amanecer tiñó de gris el cielo del desierto, el aire se sentía pesado. Había alivio por las vidas salvadas, pero también miedo por los culpables que seguían libres. Elena se sentó en una silla de plástico con la mirada perdida. En su pecho sentía un pequeño nudo de victoria, pero también la amarga certeza de que su hermano podría ser uno de los nombres en ese libro.
Abrió el bolsillo de su chaqueta, miró la foto de Miguel y se prometió a sí misma que encontraría la verdad hasta el final sin importar el costo. En la sala de mando, mientras la primera luz tocaba el mapa, Vargas dijo en voz baja, “Apenas hemos rasgado la superficie. Todavía tienen muchas manos.” Sus ojos se clavaron en un punto del mapa, un nombre aún no mencionado, una ubicación no visitada.
Allí la sombra del príncipe se sentía cada vez más grande, una sombra que movía los hilos del comercio con manos que nadie podía tocar. La noche terminó no con respuestas, sino con más preguntas. Habían capturado a algunos peones,salvado a algunas víctimas y encontrado pruebas vitales. Pero el cirujano había escapado.
Romero estaba demostrado como corrupto y el príncipe seguía oculto tras su máscara. Para Elena, la herida ya no era solo profesional, era una promesa hecha a su propia sangre. Yo viía a cántaros esa noche, una tormenta del desierto que azotaba la tierra de Baja California como si quisiera ahogar todos los secretos que guardaba.
Los relámpagos iluminaban el paisaje, revelando un camino de terracería que solo transitaban vehículos especializados. Por allí, el equipo del comandante Vargas se movía en silencio, penetrando la oscuridad con linternas de luz tenénue y la respiración contenida. Las coordenadas encontradas en el cuaderno de Sofía los llevaron al corazón del desierto, a un punto sin nombre en los mapas, solo referido como la ubicación principal del príncipe.
Las huellas de neumáticos anchos eran visibles en el lodo, mezcladas con manchas oscuras que aún no se habían secado del todo. Vargas se arrodilló tocando la tierra. “Aún está fresco”, dijo cerca. El doctor Beníz recogió un fragmento de un frasco de uso médico. Acosta pasó por aquí, no puede estar lejos. La caminata a través de la maleza espinosa les llevó más de una hora hasta que llegaron a un claro.
Frente a ellos se alzaba un edificio de dos plantas, de un blanco deslucido, parcialmente cubierto por la vegetación. Desde fuera parecía una clínica rural abandonada, pero cuando Elena Ríos vio el letrero descolorido, clínica la esperanza, su cuerpo se tensó. Es el mismo nombre que mencionó Sofía, susurró. La lluvia se convirtió en una llovisna fina, pero el aire se volvió más pesado.
Vargas hizo una seña. El doctor Benítez y dos miembros de las fuerzas especiales se movieron hacia la parte trasera. Mientras tanto, el capitán Soto desplegó un escáner de señales. Segundos después, la pequeña pantalla parpadeó. Hay un servidor activo bajo tierra. La señal es fuerte. Vargas miró a Elena. Entramos por la escalera sur.
La escalera que descendía al sótano era húmeda y fría. Una luz de neón parpadeaba en la pared de hormigón creando sombras danzantes. Un olor a metal desinfectante y sangre seca llenaba el aire. Una puerta de acero se abrió con un chirrido pesado. Detrás encontraron una escena que les oprimió el pecho, mesas de operaciones manchadas, lámparas quirúrgicas colgando y grandes congeladores industriales con etiquetas escritas a mano. RN2 CR1 HG.
El doctor Beníz abrió uno de los congeladores. Una niebla fría se derramó revelando bolsas de plástico que contenían órganos humanos etiquetados con fechas e iniciales. “Los almacenan como si fueran mercancía”, dijo con la voz ronca. Vargas apretó la mandíbula tratando de contener la rabia.
Elena caminó hacia la siguiente habitación. La luz de arriba vibraba iluminando el suelo mojado. Sobre una mesa había una tarjeta de identificación empapada. La recogió lentamente Miguel Ríos. San Jerónimo, Oaxaca. Su respiración se congeló. El mundo pareció detenerse. Era la identificación de su hermano. Sus manos temblaban, sus ojos se nublaron por las lágrimas.
No, no puede ser. Vargas le puso una mano en el hombro. Su voz era firme, pero suave. Todavía no hemos terminado, Elena. Necesitas saber quién hizo esto. Se escucharon pasos en el piso de arriba, pesados, acompañados por el rose de metal. Elena levantó su arma. Subieron lentamente por la estrecha escalera. En la sala principal, un hombre estaba de pie bajo una lámpara colgante.
Su bata blanca estaba salpicada de sangre. Su rostro era pálido, tranquilo y su mirada tan afilada como un visturí. Leonardo Acosta. El cirujano, susurró Vargas. Llegan tarde, dijo Acosta con una sonrisa torcida. El príncipe ya está lejos. Lo que encuentran aquí son solo los restos de mi trabajo. Vargas apuntó su arma.
Suelta el arma Acosta. Esto se acabó. Acosta lo miró y luego se ríó suavemente. Se acabó. El mundo no necesita héroes, comandante. Solo necesita órganos frescos. Los disparos estallaron casi simultáneamente. El sonido retumbó en todo el edificio. A costa se tambaleó. Una bala le había atravesado el hombro. Cayó de rodillas, su sangre manchando el suelo blanco.
Elena se acercó mirándolo con una mezcla de odio y dolor. Miguel, él estuvo aquí, ¿verdad? Acosta sonrió con amargura. Ese chico se negó a ser cebado. Me miró hasta el final, pero ahora es libre. Esas palabras golpearon a Elena con más fuerza que una bala. Sus lágrimas cayeron. Vargas la detuvo antes de que disparara de nuevo. Ya es suficiente, Elena.
Dejemos que la ley se encargue. Cuando los paramédicos entraron con una camilla, Acosta ya estaba inconsciente. Afuera la lluvia cesó dejando una niebla fina y la pálida luz del amanecer. Vargas se paró en el umbral mirando el cielo grisáceo. “Solo queda un hombre”, dijo en voz baja el príncipe. “Y esta vez lo encontraremos.
“El desierto solo dejó el sonido del agua goteando de las plantas y el olor a formol. Pero todos allí sabían que esto no había terminado. Acababan de abrir la puerta al capítulo más oscuro de una red de muerte que había devorado docenas de vida sin nombre. Apenas amanecía en el desierto cuando el rugido de un helicóptero sacudió el aire húmedo.
El cuerpo inerte de Leonardo Acosta fue sacado en una camilla. En su mano aún apretaba un pequeño papel arrugado y húmedo. Dentro una frase apenas legible: “El príncipe esperará en el puerto viejo.” El comandante Vargas leyó la nota con una mirada penetrante. Sabía a qué puerto se refería. Un antiguo muelle comercial abandonado en la costa de Baja California.
El lugar perfecto para el contrabando. Intentará escapar esta noche, dijo Vargas. Tenemos que llegar antes del próximo amanecer. El equipo se dividió. El capitán Soto monitorearía las señales de telecomunicaciones, mientras que Elena Río se uniría al equipo de asalto. La lluvia había dejado el camino convertido en un lodasal.
El vehículo táctico avanzaba lentamente. En el interior el silencio era denso. Elena miraba el rosario de hilo rojo en su muñeca. Desde que encontró la identificación de Miguel, cada paso era como caminar sobre espinas. “Si el príncipe escapa,” dijo Vargas rompiendo el silencio, “todo lo que hemos hecho no habrá servido de nada.
” Elena miró por la ventana, su voz apenas un susurro. No va a escapar. Me aseguraré de ello. Al anochecer llegaron al puerto. Los edificios oxidados se alzaban como fantasmas. El viento salado traía olor a diésel y pescado podrido. A lo lejos, las luces de un barco pesquero parpadeaban. Soto informó por radio.
Hay una señal de celular activa en el muelle 4. Un solo dispositivo, pero se mueve rápido. Vargas hizo una seña. Nos acercaremos en silencio. Nadie dispara hasta mi orden. Se movieron entre los contenedores oxidados. El sonido de cadenas golpeadas por el viento era el único ruido. La puerta de un almacén estaba entreabierta.
Una luz amarilla se filtraba por la rendija. Vargas levantó tres dedos. La puerta fue empujada lentamente. Un olor a sal y químicos los recibió. Dentro. Docenas de cajas de madera estaban apiladas con etiquetas que decían material médico de investigación. Tránsito a Singapur. Elena abrió una caja dentro. Bolsas de plástico con órganos en formol.
Siguen operando,” susurró de repente un ruido en el piso de arriba. Pasos pesados y lentos. Vargas indicó que se detuvieran. Luego, una voz habló en un español con un acento extraño, casi neutro. Sabía que vendrían. Acosta está muerto y creen que me rendiré. Elena miró hacia arriba. Su corazón latía con fuerza.
De las sombras emergió un hombre con un traje oscuro. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una mascarilla quirúrgica, pero sus ojos eran fríos y tranquilos. No había miedo, solo arrogancia. El príncipe, murmuró Vargas. No se acerquen dijo el hombre. No saben cuánta gente me espera al otro lado del mundo.
El mundo necesita gente como yo, no a ustedes con su falsa moralidad. Vargas dio un paso. El mundo no necesita asesinos. El príncipe río. Yo doy vida. Órganos para los ricos, dinero para los poderosos. Soy parte del sistema que ustedes mismos crearon. De repente sacó una pistola y disparó. La bala impactó en una viga de metal. La respuesta fue inmediata.
Dos disparos de Vargas y uno de Elena. Uno de ellos alcanzó el brazo del príncipe que se tambaleó, pero antes de caer presionó un botón en su bolsillo. El rugido de un motor resonó desde afuera. Un barco en el muelle comenzaba a moverse. “¿Quiere escapar?”, gritó Elena. Corrieron hacia el muelle. Un viejo carguero se alejaba lentamente.
Sin dudarlo, Elena saltó a la escalera de cuerda del costado del barco, colgando sobre el agua agitada mientras Vargas la cubría. El príncipe estaba en la cubierta, la sangre manando de su brazo. Su rostro era una máscara de frialdad. ¿Crees que puedes detenerme, pequeña inspectora? Elena levantó su pistola, sus ojos ardiendo.
Esto no es para detenerte. Es para que pagues por todo lo que te llevaste. El último disparo rasgó el aire. El príncipe se tambaleó y cayó al mar oscuro. Las olas se lo tragaron sin dejar rastro. Elena se quedó inmóvil en la cubierta mojada. Vargas se acercó. Se acabó. Elena respondió en voz baja. No, comandante.
La gente como él nunca muere de verdad. Pero al menos esta noche muchos podrán dormir en paz. El cielo comenzaba a clarear en el horizonte. El puerto viejo volvió al silencio. Solo el sonido del mar arrastraba los pecados hacia un lugar desconocido. El carguero seguía meciéndose en el muelle cuando llegó el equipo forense.
El día había reemplazado a la noche, pero el aire seguía cargado. Vargas estaba en la cubierta mirando el mar. No había rastro del cuerpo del príncipe. “Búsquenlo hasta que lo encuentren”, ordenó. Pero todos sabían que en ese marun cuerpo podía desaparecer para siempre. Elena estaba sentada en la escalera del barco con el uniforme empapado.
Su rostro estaba vacío, pero sus ojos reflejaban un extraño alivio. El doctor Benite se le acercó. “Has hecho más que suficiente, Elena. Muchas vidas se salvaron. Gracias a tu valor. Elena negó con la cabeza. Solo cumplía una promesa a Miguel y a todos los que no pudieron volver a casa. Mientras tanto, el capitán Soto se acercó a Vargas con una tableta.
Comandante, hemos copiado todos los datos del servidor de la clínica. Hay listas de compradores, transacciones y rutas de envío. Pero hay algo extraño. La última transacción se realizó después de la muerte de Acosta. Vargas se giró. Soto asintió. Sí. Alguien con el código S3 autorizó un envío.
Y la ubicación no es de aquí, sino de la Ciudad de México. Silencio. Vargas miró al mar y suspiró. El príncipe puede haberse ahogado, pero su sombra sigue viva. Solo hemos cortado una rama, no la raíz. Horas después dejaron el puerto. En el vehículo, Elena miraba su reflejo en la ventana. Cada vez que cerraba los ojos, veía la última mirada del príncipe, fría, tranquila, como si supiera algo que ellos no entendían.
Al llegar a la comandancia, la noticia de su éxito ya se había extendido. Los medios titulaban desmantelada la mayor red de tráfico de órganos en la frontera. Pero en la sala de reuniones no había tiempo para celebraciones. Los nuevos datos mostraban una red de empresas, algunas registradas legalmente como proveedores médicos en la Ciudad de México y Monterrey.
“Miren esto,” dijo Soto señalando la pantalla. La empresa Sim Global recibió transferencias de la misma cuenta que la red de Acosta. La descripción es compra de especímenes de investigación. Las cantidades son millonarias. El doctor Beníz golpeó la mesa. Si eso es cierto, esta red tiene protectores muy poderosos en la capital.
Vargas los miró. Pensábamos que esto terminaba aquí, pero vamos a llevar el juego a su terreno. Elena levantó la cabeza. Yo voy. Deme una oportunidad más, comandante. Vargas la miró fijamente y asintió. Ya has estado en el infierno una vez, Elena, pero si estás lista, vamos a prenderle fuego. Esa noche comenzaron nuevos preparativos.
Los informes se enviaron a la central, pero Vargas sabía que cuanto más alto apuntaran, más delgada se volvería la línea de la justicia. Horas después de enviar el informe, su teléfono sonó. Una voz grave y fría al otro lado dijo, “Comandante Vargas, tenemos informes de que el carguero de anoche no fue el único.
” Otros dos barcos partieron de Veracruz hacia Manila con documentos idénticos. Vargas miró la noche de la ciudad. Así que el juego continúa murmuró. Afuera, la lluvia comenzó a caer de nuevo. Elena estaba bajo un toldo mirando el cielo gris. Abrió la palma de su mano y miró el rosario de hilo, ahora descolorido. En su corazón, el alivio se mezclaba con una advertencia.
El mal no muere con un solo hombre. miró las luces de la calle y susurró, “Todavía no he terminado, Miguel. Seguiré hasta que todas las puertas oscuras se cierren.” Y en algún lugar, en medio del océano, una sombra flotaba a la deriva. No era un cadáver, sino alguien con el rostro vendado que subía a un barco pesquero sin ser reconocido.
Sus labios formaron una débil sonrisa mientras susurraba, “¿Creen que han ganado? Un príncipe no se ahoga. Las olas se tragaron su voz, pero en la distancia una nueva tormenta comenzaba a formarse, señal de que el siguiente acto de esta pesadilla apenas comenzaba. Semanas después de la operación en Baja California, el cielo de la Ciudad de México era de un gris plomiso, como si imitara el estado de ánimo de quienes trabajaban en el edificio central de la Policía Federal.
En una sala de reuniones en el décimo piso, el comandante Vargas estaba frente a una pantalla que mostraba un mapa de rutas de envío de órganos. Líneas rojas conectaban la frontera norte con el puerto de Veracruz y de allí a Singapur, terminando en un punto en la Ciudad de México, etiquetado como laboratorio Zuriamed Global.
Todas las rutas financieras terminan aquí”, explicó el capitán Soto. “La empresa es legal, tiene permisos de investigación biomédica, pero sus transacciones delatan la compra de órganos humanos camuflada.” El doctor Benítez añadió, “Yo de sus directores es un exalto funcionario de la Secretaría de Salud.” La sala quedó en silencio.
Vargas sabía que esta vez estaban tocando un círculo mucho más poderoso que un simple sindicato. Elena Ríos estaba sentada al final de la mesa con la mirada fija en el logo de Zuriamet. Si esta es la raíz, significa que el príncipe no trabajaba solo. Era solo una mano. Hay alguien detrás más poderoso. Vargas asintió.
Necesitamos pruebas directas. No quiero que nuestro informe sea enterrado antes de llegar a un tribunal. A Elena se le asignó una nueva misión encubierta como Maya, una técnica delaboratorio independiente. Fue aceptada en las instalaciones de Zuriamet en una zona industrial. El edificio parecía normal, pero por dentro estaba lleno de puertas de acero y cámaras.
Los primeros días fueron tranquilos. Trabajaba en el almacén registrando datos, pero pronto notó irregularidades. Llegaban cajas refrigeradas cada noche con etiquetas de confidencial y solo un equipo especial podía abrirlas. Una noche, durante un fallo del sistema de refrigeración, vio a un hombre con bata de laboratorio entrar a toda prisa.
Llevaba una mascarilla, pero al girarse, Elena vio una gran quemadura en el costado de su cuello. Su respiración se detuvo. Era la misma cicatriz que el príncipe debía tener tras el tiroteo en el barco. Se agachó fingiendo buscar algo. El hombre pasó a su lado. No estaba muerto, estaba aquí. Inmediatamente envió un mensaje encriptado a Vargas. Sujeto vivo.
Cicatriz coincide. Ubicación Zuriamet. Necesito equipo de extracción silencioso. Pero la señal se cortó. La red de todo el edificio se cayó. Las puertas se bloquearon y las luces de emergencia se encendieron. Por los altavoces se escuchó una voz familiar, tranquila y burlona. Inspectora Ríos. Qué bueno que viniste desde tan lejos solo para confirmar que sigo vivo.
Era la voz del príncipe. Elena miró a su alrededor. ¿Crees que vas a escapar esta vez?, gritó. Escapar. Acabo de recibir un ascenso respondió la voz seguida de una risa. Tengo amigos en este edificio, gente de uniforme que me protege. Afuera, el equipo de Vargas llegó justo cuando el sistema de seguridad se activaba.
Cortaron la energía principal y entraron por la parte trasera. Un olora formó, los recibió. Soto detectó la señal de Elena en el sótano. Está en la cámara fría. Vargas lideró al equipo hacia abajo. Al final del pasillo, Elena estaba frente a una pared de cristal. Detrás, el príncipe estaba sentado en una silla.
Su cuerpo estaba vendado, la mitad de su rostro quemado, pero sus ojos brillaban. Llegaron más rápido de lo que esperaba. Dijo, “Quiero que vean cómo empieza el infierno.” Presionó un botón. Una explosión sacudió el edificio. El fuego se extendió desde la sala de generadores. Vargas sacó a Elena de allí, rompiendo el cristal a tiros. El equipo corrió llevándose los discos duros de la sala de control.
Detrás de ellos, el laboratorio ardía. El príncipe desapareció entre las llamas una vez más. Desde la distancia, Elena observaba el cielo nocturno de la ciudad tenido de rojo. “Siempre está un paso por delante”, murmuró. Vargas miró el incendio. “Entonces tendremos que ser una sombra más rápida que su fuego.
” Y entre las sirenas supieron que la batalla no había terminado. El fuego en la capital apenas comenzaba. Tres días después del incendio en Zuriamet, la ciudad estaba sumida en un estado de pánico controlado. Los medios de comunicación mostraban las imágenes del fuego mientras los funcionarios negaban cualquier implicación.
Tras bastidores, a Vargas y su equipo se les prohibió hablar con la prensa. Todos los documentos de la investigación fueron sellados por seguridad nacional, pero Vargas sabía que la verdad no podía ser silenciada. En el disco duro rescatado había más que datos médicos. Había un archivo oculto con una lista de nombres, no solo médicos y empresarios, sino también políticos y oficiales militares de alto rango.
Debajo de la columna de transacciones, una firma digital S3. Vargas apretó la mandíbula. S3 no es solo el príncipe, es una red de tres niveles, el sindicato, los patrocinadores y el sistema. Soto lo miró. ¿Quiere decir que hay funcionarios del estado protegiéndolos? Vargas respondió, no solo protegiéndolos, son los dueños.
Elena, aún recuperándose de quemaduras leves, insistió en estar en la reunión. Entonces, no hay una vía oficial. destruirán esta evidencia antes de mañana. Vargas la miró. Por eso atacaremos de una forma que no esperan. Esa noche un pequeño equipo se reunió en secreto en la vieja casa del periodista Mateo Herrera.
Están jugando con un fuego que podría quemar al país, dijo Mateo. Pero yo tengo algo más caliente. Abrió una caja fuerte y sacó una pila de sobres. He investigado a Zuriamed durante 10 años. Tienen un laboratorio secreto en el extranjero en Davao, Filipinas. Todas las transacciones terminan allí. Si quieren desmantelarlos, tienen que ir allí. Elena miró a Vargas.
Filipinas está fuera de nuestra jurisdicción. Vargas asintió. Pero no fuera de nuestra responsabilidad. Sabían que el tiempo se agotaba. A la mañana siguiente, el caso Zuriamet se cerraría oficialmente como un accidente industrial. Esa misma noche partieron en un vuelo comercial con identidades falsas. Al llegar a Daao, un contacto de Mateo, un exagente de inteligencia llamado Ramón los llevó a las afueras de la ciudad a una instalación logística que parecía una fábrica de alimentos.
“Allí guardan los órganos antes deenviarlos a Hong Kong y Dubai”, dijo Ramón. El dueño es el mismo que ustedes llaman el príncipe. El equipo comenzó la vigilancia. Guardias armados patrullaban cada 5 minutos. El plan era rápido. Elena y Ramón se infiltrarían por el lado del puerto mientras Vargas y Soto cortaban la energía.
Cuando la noche cayó, la operación comenzó. Elena se deslizó entre los contenedores. Dentro de uno vio lo que eló su sangre, cuerpos humanos en bolsas refrigeradas apilados como mercancía. Mientras tanto, en la sala de control, Vargas encontró la computadora principal. En la pantalla apareció una transmisión en vivo del rostro del príncipe parcialmente vendado.
Se los dije, comandante, resonó su voz. No necesito México. El mundo es mi laboratorio. De repente sonó una alarma. Habían sido detectados. Las luces rojas parpadearon. Se escucharon disparos de armas automáticas. Elena, sal de ahí ahora. Gritó Vargas por la radio. Elena corrió mientras Ramón la cubría. Saltó al mar justo cuando las balas impactaban detrás de ella.
Vargas y Soto intentaron llevarse el disco duro, pero en la última imagen que vieron, el rostro del príncipe sonreía. Atraparon a la sombra. Yo sigo vivo en cada sistema que usan. Una explosión sacudió todo el puerto. El fuego devoró la fábrica. Al amanecer, Elena llegó a una playa de arena negra. Vargas se acercó a ella llevando una pequeña bolsa con el disco duro medio carbonizado.
“Lo perdimos todo”, dijo Soto. Vargas negó con la cabeza mirando al mar. No, todavía tenemos algo que no pueden destruir, la verdad. Y la verdad no se puede quemar. A lo lejos, el humo se elevaba, formando la silueta de un rostro frío, vago y eterno. La sombra del príncipe no se había ido. Seguía ahí, detrás de cada corazón que latía con sangre robada.
Tres días después de la explosión en Davao, el equipo de Vargas regresó a México, física y mentalmente destrozado. El disco duro estaba dañado en su mayor parte, pero una carpeta era legible. Contenía grabaciones de reuniones en línea, siluetas de personas hablando en una mezcla de español, mandarín e inglés.
Uno de ellos usaba el alias de director general. No es el príncipe, dijo Soto. Pero cada vez que este hombre habla, el príncipe solo escucha en segundo plano como un subordinado. Vargas asintió. Significa que hay alguien por encima de él. Afuera la lluvia caía sin cesar. Elena estaba sentada en un rincón mirando la foto de su hermano.
Había perdido demasiado para rendirse ahora. El doctor Benitez entró con un informe. Revisé los fragmentos de datos. Hay coordenadas GPS en medio de un complejo de oficinas en Santa Fe, en la Ciudad de México, la Torre Adicara. Y el dueño es la misma empresa fantasma, Suriam Global. Vargas miró el mapa. Si ese sucede, el juego termina allí.
Elena lo miró o apenas comienza de verdad. Esa noche planearon el asalto final sin permisos, sin apoyo del gobierno, porque sabían que parte del gobierno estaba de lado enemigo. Mateo Herrera los ayudaría desde fuera, preparando a los medios. La operación comenzó a las 2 de la madrugada. La torre Adicara se alzaba, imponente, pero bajo tierra albergaba un laboratorio de última generación.
Elena y Soto se infiltraron por los conductos de servicio, mientras que Vargas y Benítez entraron con identificaciones falsas. En la sala de control principal, pantallas gigantes mostraban un mapa del mundo con las rutas de la red de órganos. Cientos de puntos rojos parpadeaban en Asia y Oriente Medio.
“Dios mío”, susurró Elena. “esto no es un sindicato, es una industria.” Una voz detrás de ellos los hizo detenerse. Un hombre mayor, elegantemente vestido, salió de las sombras. Era el doctor Suria Darmaban, el famoso filántropo, fundador de Su McGob. “Aprecio su trabajo”, dijo con calma. Pero no lo entienden. Este mundo no se salva con moral.
Yo solo acelero el proceso natural. El fuerte sobrevive. El débil sirve a un propósito. Vargas levantó su arma. Usted roba vidas por riqueza, suria río. Y ustedes roban tiempo con sus creencias. La diferencia es que yo viviré más tiempo. Detrás de un cristal apareció el príncipe, su cuerpo cubierto de nuevos vendajes.
“Les dije que no me ahogaba”, dijo fríamente. “Fui resucitado.” Elena lo miró, sus ojos ardiendo. “Ya no eres humano.” El príncipe sonrió. “Quizás, pero la humanidad me necesita.” Sonó una alarma. Tropas de seguridad aparecieron por dos flancos. Soto, sube los datos ahora, gritó Vargas. Soto conectó un disco a la terminal principal.
La carga era lenta, las balas volaban. Elena se cubrió disparando a dos guardias. Vargas protegía a Beníques, que llevaba un servidor de respaldo. El príncipe se acercó a Elena desde el otro lado del cristal. ¿Quieres vengar a tu hermano? Mira a tu alrededor. Todo esto existe gracias a gente como él, pobres, crédulos, fáciles de vender.
Elena disparó al cristal una y otra vez hasta que se hizo añicos.Se abalanzó apuntando su arma al pecho del príncipe. Esto es por Miguel. El disparo resonó. El príncipe cayó. Vargas presionó un pequeño detonador destruyendo el laboratorio. El fuego consumió los archivos. Salieron justo antes de que el edificio comenzara a colapsar.
En el cielo de la Ciudad de México, las sirenas aullaban entre la lluvia. Soto revisó su laptop. Los datos se subieron a un servidor internacional. Ahora todo el mundo lo sabe. Vargas miró las llamas. Pueden matar gente, pero no pueden matar la verdad. Elena se quedó a su lado y esta noche susurró, finalmente cumplí mi promesa a Miguel.
El fuego se reflejaba en sus ojos, una pequeña brasa que se negaba a extinguirse. La última sombra del príncipe se desvaneció con el humo, pero la estela de su pecado quemaría al mundo para siempre. Tres meses después del incidente en la Torre Adicara, la Ciudad de México parecía haber vuelto a la normalidad. El edificio quemado estaba cerrado con un letrero de en renovación, como si nunca se hubiera derramado sangre allí.
Pero para Vargas y su pequeño equipo, la herida seguía abierta. Ahora trabajaban en una unidad clandestina, sin nombre oficial, con una sola misión, asegurarse de que la red del príncipe fuera aniquilada por completo. Los datos que Soto subió habían sacudido al mundo. Medios internacionales exigían investigaciones en México, pero como siempre la política se movió más rápido que la justicia.
Muchos nombres importantes desaparecieron de las listas filtradas. Algunos funcionarios renunciaron por motivos personales, mientras que los peones capturados se convirtieron en chivos expiatorios. Vargas estaba sentado en su nueva y pequeña base de operaciones. Un mapa del mundo cubría una pared con chinchetas rojas marcando países donde la red aún operaba.
Debajo las fotos de las víctimas, incluyendo la de Miguel. Elena entró con un nuevo expediente. Su rostro era frío y decidido. Un informe de la Interpol. Un laboratorio clandestino en Bangkok fue allanado hace dos semanas. Encontraron a una sobreviviente que dice haber trabajado para el príncipe. Vargas la miró.
Su nombre Sofía. El nombre silenció la habitación. La joven estudiante de enfermería de Ciudad Juárez. Todos pensaban que había muerto. Dos días después, Vargas y Elena volaron a Bangkok. El hospital donde Sofía estaba internada tenía una fuerte vigilancia. Estaba demacrada, pero sus ojos aún tenían la misma chispa de valentía.
Al ver a Elena, sus labios temblaron. “¿Lograste salir?” Elena le tomó la mano. Y tú salvaste muchas vidas con ese cuaderno. La voz de Sofía era débil. Pensé que todo había terminado, pero siguen vivos. El príncipe tenía copias de todo. Escuché que hablaban de un director general que vive en el extranjero. Él lo controla todo, incluso un nuevo proyecto en Europa.
¿Qué proyecto?, preguntó Vargas. Sofía asintió. Lo llaman proyecto Génesis. Su objetivo ya no es vender órganos, sino crearlo sintéticamente a partir del ADN de las víctimas. Soto, escuchando por videoconferencia se tensó, si eso es cierto, no es solo un negocio ilegal, es un experimento para crear vida. Sofía los miró. Escape para detenerlos, pero me buscarán.
La gente que atraparon eran solo intermediarios. A quien buscan ahora es al hombre que reemplazó al príncipe. ¿Quién? Preguntó Elena rápidamente. Sofía susurró la persona que creían que murió en Nabao. Un escalofrío recorrió la habitación. El príncipe tenía un gemelo. Lo llaman la sombra. es el que toma la identidad del príncipe si una operación falla.
Él es quien dirige Génesis. Ahora, antes de que pudieran preguntar más, el monitor cardíaco de Sofía se aceleró. Su cuerpo convulsionó. Los médicos entraron corriendo, pero era demasiado tarde. Elena miró la pantalla vacía, la mataron a distancia. un veneno biológico, probablemente implantado hace mucho tiempo. Esa noche, desde el balcón de su hotel, Vargas miraba el cielo de Bangkok.
Elena se le unió con una laptop. Revisé los viejos correos de Zuriamet. Hay un mensaje automático enviado hace dos días a una dirección en el extranjero desde el mismo servidor que Génesis. ¿A dónde?, preguntó Vargas. Elena señaló la pantalla. Sorich, Suiza. Vargas respiró hondo. Así que el juego no ha terminado.
Elena miró a lo lejos, su rostro una máscara de acero. Mientras haya una sola persona que crea que un ser humano puede ser vendido como mercancía, no nos detendremos. A lo lejos, un relámpago iluminó las nubes, dibujando la silueta de los dos en el balcón. Ambos sabían lo que significaba el próximo viaje. No era solo cazar a un enemigo, era cazar a un fantasma dentro de un sistema más antiguo que la ley y más resbaladizo que la justicia.
Vargas miró su reloj. Mañana por la mañana vamos a Suric. Elena asintió, sus ojos fijos en el cielo. Y esta vez no dejaremos a nadie vivo. Bangkok seguía zumbando bajoellos, pero entre los miles de ruidos de la ciudad, un pequeño susurro parecía atravesar el viento. La sombra no ha muerto.
El aire de Zich a principios de invierno era cortante. Una fina capa de nieve cubría los tejados de los edificios antiguos junto al río Limat. Detrás de esa tranquila belleza, Vargas sabía que algo podrido se escondía. Junto con Elena y Soto, caminaron por una calle estrecha hacia un pequeño distrito industrial, la ubicación conectada a la última señal del servidor del proyecto Génesis.
La empresa se llamaba Gilex Jan, registrada como un laboratorio de biotecnología. Desde fuera todo parecía legítimo, pero las imágenes satelitales de Soto habían detectado una vasta instalación subterránea. “Esto no es un laboratorio de investigación”, dijo Soto. “Construyeron un búnker.” Vargas asintió. Entraremos esta noche.
Cerca de la medianoche, el equipo se movió. Elena, vestida como técnica de laboratorio con una tarjeta de acceso aqueada, logró entrar por una puerta de servicio. Descendieron por una escalera de metal hacia un gigantesco espacio subterráneo. Las paredes eran de un blanco brillante. En el centro, docenas de cilindros de vidrio contenían un líquido azul.
Dentro, formas humanas flotaban como sombras inacabadas. Elena contuvo el aliento. Están creando personas. El doctor Benítez, que los acompañaba, examinó un panel. No son personas completas, son órganos sintéticos con ADN de donantes. Pero miren el código genético. Están usando los datos de nuestras víctimas. Se escucharon pasos.
Se escondieron dos hombres con matas blancas pasaron hablando en alemán. Uno de ellos abrió una puerta de cristal al final del pasillo. Vargas se asomó y lo vio. Un rostro familiar, pero diferente. Era el rostro del príncipe, pero sin cicatrices, más tranquilo, más frío. “La sombra”, susurró Elena. El hombre habló con un acento gélido.
La fase final está casi lista. Una vez que el primer lote de órgano se envíe a Dubai, comenzaremos los trasplantes completos. Crearemos un suministro eterno. Soto activó una grabadora, pero cuando la sombra miró hacia una cámara de seguridad, sus ojos parecieron atravesar la pantalla. “Tenemos invitados”, dijo con una leve sonrisa.
Las luces se apagaron. Sonó una alarma. Las puertas de metal se cerraron. “Busquen una salida”, gritó Vargas. Corrieron por pasillos oscuros, iluminados solo por luces rojas de emergencia. Detrás los pasos de los guardias se acercaban. Soto abrió un panel de control intentando desactivar el sistema. “Necesito 2 minutos.
” No los tienes”, respondió Vargas disparando a un guardia. De repente, una pantalla de holograma en la pared mostró el rostro de la sombra. ¿Creen que pueden detener esto? El mundo necesita génesis. Solo están retrasando el futuro. Vargas disparó al proyector. Si tu futuro se construye sobre la sangre de inocentes, lo enterraré con tu pasado.
Soto logró abrir una puerta de emergencia. Irrumpieron en la sala central de servidores. Si destruimos esto, todos sus datos se pierden, gritó Soto. Vargas asintió. Hazlo. Elena colocó un pequeño explosivo. Dos minutos en el temporizador corrieron hacia un ascensor de emergencia. La sombra apareció al final del pasillo con una pistola plateada.
No pueden detener algo que ya ha comenzado. Elena lo miró. Tienes razón, pero podemos terminarlo aquí. La explosión sacudió toda la instalación. El fuego se extendió por los cables. Los cilindros de cristales estallaron. El líquido azul inundó el suelo. Salieron al aire helado de Zich con los rostros cubiertos de Ojin.
Detrás de ellos, Hilex Chanage era una bola de fuego. Todos los datos, todos los experimentos destruidos dijo Vargas. Elena miró el cielo, pero si la sombra sobrevivió. Vargas miró hacia el horizonte donde la sirenas de la policía se acercaban. Puede que esté vivo, pero esta vez el mundo conoce su nombre.
Ya no hay donde esconderse. Se quedaron al borde de la nieve que se derretía lentamente. El primer sol del invierno apareció reflejando su luz en el rostro de Elena. por primera vez en mucho tiempo, sonrió, no por la victoria, sino por saber que el largo viaje hacia la justicia finalmente había alcanzado la luz. Sin embargo, muy por debajo de las ruinas de laboratorio, entre el humo y el metal retorcido, una pequeña luz indicadora seguía parpadeando, señalando que un único servidor de respaldos No.















