
Se llamaba Ramón Salazar, según murmuraban algunos vendedores, pero nadie sabía de dónde venía. Ramón solo se quedaba unos minutos. Entregaba una pequeña mochila gris en las manos de Mateo y se marchaba sin decir una palabra. Nunca compraba nada, nunca miraba a su alrededor, simplemente aparecía y desaparecía por el callejón trasero del mercado.
Varias veces Javier, el velador, que también hacía labores de limpieza, había presenciado esos encuentros desde detrás de su escoba. Fingía estar ocupado, pero no perdía detalle. Cada vez que Ramón se iba, Mateo se quedaba un largo rato con la cabeza gacha, mirando la mochila como si sopesara algo muy pesado en su corazón.
Una mañana, la niebla descendió más densa que de costumbre. El mercado estaba silencioso, solo se oía el goteo del agua desde los techos de lámina. Javier llegó más temprano con la intención de limpiar el área alrededor del puesto de vagres. Pero lo primero que olió no fue pescado, sino un aroma metálico y químico penetrante le revolvió el estómago.
Se detuvo y levantó la lona azul que cubría una de las cubetas más grandes. El agua en su interior era de un color grisáceo y en el fondo se veía un pequeño objeto envuelto en plástico. Justo cuando iba a tocarlo, escuchó pasos detrás de él. Muy de mañana, Javier, la voz grave pertenecía a Mateo. Emergió de la niebla con su chamarra desgastada y una cubeta vacía en la mano.
Su mirada era aguda, pero forzó una sonrisa. Ah, sí, don Mateo. Solo estaba limpiando el piso. No toquesnada ahí. Acabo de cambiar el agua. Su tono era bajo pero firme. Había una presión en su voz que hizo que Javier retrocediera un paso. Tragó saliva, mirando al anciano que ahora se inclinaba para volver a cubrir la cubeta con la lona, asegurándose de que quedara bien ajustada.
Hubo unos segundos de silencio. El viento del lago sopló frío. Debajo de la mesa se oyó un click metálico como el de un candado al cerrarse. Javier fingió seguir barriendo, pero sus ojos no se apartaban del puesto. Observó como Mateo sacaba una mochila de debajo de la mesa y la metía en una canasta de mimbre.
Sus movimientos eran cautelosos, como si temiera ser visto. Poco después, desde el final del callejón, apareció de nuevo la figura de la chamarra negra. Ramón llegó con paso rápido, la cabeza agacha y se detuvo frente al puesto. No hubo saludos, solo una breve mirada. La mochila cambió de manos. No se vio dinero, pero la expresión de Mateo se tensó como si un arrepentimiento inconfesable se apoderara de él.
Tan pronto como Ramón se fue, apareció doña Isabel con un termo de café de olla. Mateo, ¿por qué sus bagres están quietos hoy? Usualmente nadan con más energía. Mateo esbozó una sonrisa débil. Quizás sea el clima, doña. El agua está fría. Sin embargo, su mirada parecía perdida en la distancia. En esa mirada había un miedo que se escondía detrás de la calma de su rostro.
La mañana siguió su curso, pero una extraña sensación flotaba en el aire. El vago olor a productos químicos aún persistía alrededor del puesto, aunque las cubetas estuvieran bien cerradas. Y desde ese día, la niebla sobre el lago de Patscuaro se sintió más espesa que de costumbre, como si ocultara algo que aún no estaba listo para ser revelado.
Javier seguía de pie en la distancia. Sus ojos observaban el puesto de vagres, que parecía normal, pero en su corazón sabía que algo no estaba bien debajo de esa lona azul. Pasaron tres días desde aquella mañana neblinosa. El murmullo se había extendido por el mercado. La gente empezaba a susurrar cada vez que pasaba frente al puesto de Mateo Vargas.
Algunos decían que ahora vendía un tipo nuevo de bagre, más grande y con un brillo extraño. Otros comentaban que su pescado olía a metal, pero nadie se atrevía a preguntarle directamente. Esa mañana el cielo estaba nublado y la niebla del lago cubría parte del mercado. Entre el ajetreo de los vendedores apareció la figura de la señora Carmen, dueña de una pequeña fonda en la calle principal.
sonreía amablemente como siempre, llevando una canasta de palma. “Don Mateo, sus bagres siguen frescos, ¿verdad? Me dijeron que ahora tiene unos especiales, un pedido de fuera de la ciudad”, preguntó con ligereza. La pregunta hizo que la mano de Mateo, que estaba sacando agua, se detuviera. Miró a la señora Carmen durante unos segundos, como sopesando algo.
“Ah, sí, señora.” Unos vagres especiales, pero no son para venta general. ¿Puedo probarlos? Quizás me sirvan para un nuevo platillo en la fonda. Hubo un momento de silencio. Mateo respiró hondo y luego asintió. Está bien, pero por favor no le diga a nadie. se dirigió a la parte trasera del puesto y destapó una lona negra que cubría una cubeta grande.
De su interior sacó varios vagres más gordos y de un color plateado. Sus movimientos eran lentos, cuidadosos, como si estuviera tocando algo frágil. La señora Carmen pagó y se fue, sin notar la mirada ansiosa de Mateo, que la siguió hasta que desapareció al final del callejón. En su fonda, el aire de la tarde era húmedo. La señora Carmen preparó los pescados sobre una mesa de madera, pero cuando estaba a punto de limpiar el primero, el cuchillo en su mano se detuvo.
Había una fina línea de sutura en la parte inferior del vientre del bagre, una costura impecable, como la de una cirugía. Frunció el ceño. Qué extraño. ¿Quién se pondría a coser un pescado? murmuró en voz baja. Con cuidado, hizo una incisión en esa parte. Del interior del pez salió un pequeño paquete de plástico envuelto en cinta aislante negra. Sus manos comenzaron a temblar.
Abrió ligeramente una esquina. Dentro vio un trozo de papel con una serie de números y letras al azar. No había olor a podrido, pero un aroma químico le picó la nariz. “Dios mío”, susurró. Apresuradamente llamó a su esposo. Revisaron los otros pescados. Uno, dos, tres. Todos eran iguales. Tenían un paquete en el vientre.
Su esposo la miró aterrorizado. Tenemos que informar al comandante Montoya ahora mismo. Unas horas más tarde, la noticia se extendió por todo el mercado como un reguero de pólvora. Dicen que los vagres de Mateo traen paquetes”, susurró una vendedora de verduras. “Quizás esté metido en contrabando,”, respondió otro.
En un instante, el ambiente del mercado se volvió tenso. Los compradores disminuyeron. Los vendedores miraban con recelo hacia el puesto de Vagres, que ahora parecía desierto.Mientras tanto, Javier estaba de pie cerca de la entrada trasera del mercado, observando a Mateo desde lejos. El anciano parecía inquieto, mirando constantemente hacia la calle principal como si esperara a alguien.
Luego, sin decir mucho, cerró su puesto más temprano de lo habitual. Tan pronto como Mateo se fue, Javier se acercó sigilosamente. Debajo de la mesa de madera vio un charco de agua mezclado con una espuma grisácea. Se agachó y lo tocó con el dedo. Olía fuerte y sintió un ligero ardor en la piel. Esto no es agua normal”, murmuró.
Cuando estaba a punto de levantarse, escuchó a lo lejos el sonido agudo de la sirena de una patrulla. Dos oficiales caminaban rápidamente hacia el puesto de Vagres, seguidos por el comandante Ricardo Montoya. Su rostro estaba tenso. “¿Dónde está Mateo Vargas?”, preguntó bruscamente. Se acaba de ir, comandante.
Montoya miró el puesto durante un largo rato y luego dijo, “Aseguren esta área, que nadie se acerque.” Una cinta amarilla fue colocada alrededor del puesto vacío. Los vendedores observaban desde la distancia, susurrando entre ellos mientras la niebla volvía a descender. Las grandes cubetas seguían allí. Algunas estaban volcadas y su agua se derramaba por el suelo, formando pequeños arroyos que se dirigían hacia el drenaje.
El olor químico aún flotaba débilmente, el mismo olor del día en que el secreto comenzó a revelarse. Y detrás de la fina niebla que cubría el mercado de Patsquaro esa tarde, la figura de Mateo Vargas ya no se veía por ninguna parte, como si se lo hubiera tragado el lago. A la mañana siguiente, el mercado de Patsquaro se sentía inusualmente silencioso.
La niebla cubría la mitad de la plaza, como si se negara a marcharse. En el lado oeste, el puesto de vagres de Mateo Vargas ahora solo era una mesa de madera inclinada y cubetas vacías. La lona de plástico azul enrollada en una esquina todavía goteaba agua sobre el cemento. No había ruidos, no había risas de los vendedores, solo el olor a lodo y un vago aroma metálico que flotaba en el aire.
El comandante Ricardo Montoya estaba de pie frente al puesto junto a dos policías locales. Su rostro estaba tenso. No volvió a su casa anoche. También está vacía informó uno de los oficiales. Montoya asintió lentamente. Revisen todo. No dejen ni un rincón sin mirar. Javier ayudó en la búsqueda. Aunque sus manos temblaban un poco, levantó una lona de arpillera que cubría el espacio debajo de la mesa.
Cuando la tela se alzó, el aire se enfrió de repente. Debajo había una pequeña caja de madera húmeda y cubierta de Mo. Estaba medio enterrada en el lodo. Javier miró a Montoya y juntos levantaron la caja sobre la mesa. Con cuidado, uno de los policías abrió la tapa. Un olor penetrante invadió el lugar al instante.
Una mezcla de productos químicos y pescado podrido. Dentro había varias bolsas de plástico pequeñas envueltas en cinta aislante negra, idénticas a la que había encontrado la señora Carmen. A un lado había un cuaderno raído. Sus páginas estaban húmedas, pero aún se podían leer. Montó ya lo tomó. La primera página estaba llena de nombres y fechas.
Al final de cada anotación se repetían dos letras HP. Montoya frunció el seño. ¿Quién es HP? Murmuró. Uno de los policías se acercó. Quizás sea un proveedor o un código de envío. Montoya no respondió. Siguió pasando las páginas. Todas registraban envíos de pescado a varios mercados alrededor del lago de Patscaro, Sinsunsan, Janicio, Quiroga.
Mientras tanto, Javier observaba una cubeta grande en la esquina del puesto. El agua en su interior estaba turbia, de un color grisáceo. Tomó un palo y la removió lentamente. Del fondo de la cubeta emergió un trozo de plástico transparente con el sello de una fábrica de productos químicos de Morelia. Comandante, mire esto. Dijo rápidamente.
Montoya lo miró y sus ojos se endurecieron. Un envoltorio de productos químicos murmuró. Así que es verdad, esos vagres no eran solo pescado. La policía tomó fotos y registró las pruebas. La gente del mercado observaba desde lejos. Sus rostros eran una mezcla de curiosidad y miedo. “Así que todo este tiempo nos vendía pescado envenenado”, susurró una mujer.
“O contrabandeaba algo prohibido,”, añadió otro. Montoya miró a su alrededor con una expresión sombría. Conocía a Mateo desde hacía más de 10 años. un vendedor humilde, trabajador, que siempre rechazaba cualquier intento de soborno, pero las pruebas que tenía delante eran irrefutables. “Si de verdad está involucrado, debe haber una razón muy poderosa detrás”, dijo en voz baja.
Al caer la tarde, la niebla volvió a descender, cubriendo parte del mercado. Mientras se colocaba la cinta amarilla de la policía alrededor del puesto, Montoya caminó lentamente hacia la orilla del lago. Desde allí, el agua parecía tranquila, reflejando la luz anaranjada del atardecer, pero detrás de esa calma, su mentetrabajaba a toda velocidad.
Recordó un viejo rumor sobre la cooperativa Pescadores Unidos de Michoacán, un proyecto de pisicultura que había fracasado y fue cerrado en 2014. Uno de sus fundadores era un tal Héctor Palacios, un agrónomo experto en alimentos para peces de Morelia. Sus iniciales HP. Montoya cerró los ojos por un momento. Fragmentos del pasado que creía enterrados resurgían ahora.
Él mismo había firmado el permiso para esa cooperativa años atrás, convencido de que era un proyecto limpio. Y ahora alguien estaba usando esa red de nuevo. Mientras los oficiales cerraban la caja de madera y la subían a una patrulla, Javier encontró algo más debajo de la cubeta más grande, una vieja fotografía medio mojada.
Se la entregó a Montoya. En la foto, tres hombres posaban frente a un estanque de peces con un letrero de fondo donde se leía débilmente. Cooperativa Pescadores Unidos, 2014. Uno de ellos era claramente Mateo Vargas. Los otros dos eran desconocidos. Montoya la observó durante un largo rato. Sintió un peso en el pecho.
“Conozco al que está en el medio”, dijo en voz baja. Héctor Palacios. se volvió hacia el lago. Su voz apenas un susurro. Si de verdad sigue vivo, esto aún no ha terminado. Los oficiales cerraron el maletero del coche. El motor se encendió. El sonido de los grillos comenzó a llenar el aire. La niebla se elevaba lentamente desde el agua, envolviendo el mercado, ahora oscuro y frío.
El viejo puesto quedó vacío. Solo quedaban charcos de agua y un vago olor a productos químicos que no desaparecía. Y entre la niebla de la noche, una cosa estaba clara para Ricardo Montoya. Esto no era solo un caso de pescado, sino el comienzo de algo mucho más grande. Esa tarde, el cielo de Patscaro estaba cubierto de nubes grises.
El viento del lago soplaba frío, trayendo consigo el olor a lodo y humedad. La patrulla se detuvo frente a la modesta casa de adobe de Mateo Vargas, no lejos de la orilla. La casa de madera parecía silenciosa. La pintura de las paredes estaba descascarada y la cerca de bambú inclinada a punto de caer.
El comandante Montoya bajó del coche junto a dos policías y Javier. Fuera de la cerca, varios vecinos observaban y susurraban. Sus rostros eran una mezcla de miedo y curiosidad. Dicen que encontraron una caja dentro, comandante”, dijo una mujer en voz baja. Montoya solo asintió y entró. En cuanto abrieron la puerta, un aire húmedo los golpeó.
El suelo de madera crujía bajo sus pasos. En una pequeña mesa todavía había una taza de café a medio tomar, fría, como si la hubieran dejado allí hacía solo unas horas. “Se fue deprisa,” murmuró Montoya. La policía se dispersó registrando cada habitación. La cocina estaba oscura, iluminada solo por la tenue luz de una pequeña ventana.
En un rincón, entre cubetas viejas y redes de pesca, uno de los oficiales gritó, “Comandante, aquí encontramos algo.” Se acercaron rápidamente. Allí, cubierta por una lona de arpillera húmeda, había una gran caja de madera con un grueso candado de hierro. Un fuerte olor a barniz y productos químicos se escapaba por las rendijas.
“¡Ábranla con cuidado”, ordenó Montoya. Un oficial cortó el candado con una cizalla. El sonido del metal chirreando rompió el silencio de la tarde. Levantaron la tapa de la caja y el aire de la habitación se enfrió de repente. Dentro había docenas de pequeños paquetes negros envueltos prolijamente en cinta aislante.
Junto a la caja había una gran hoja de papel, un mapa de la región del lago de Patscuaro. Montoya lo extendió sobre la mesa. Varios puntos en Patscaro, Sinsunsan y Kiroga estaban marcados con tinta roja. En una esquina del mapa estaba escrito a mano, ruta oeste, HP. Javier tragó saliva, así que esta es la red de distribución.
Montoya asintió lentamente. Sí, IHP no es un lugar. Debajo de la pila de paquetes encontraron una vieja fotografía descolorida. Tres hombres de pie frente a un gran estanque de peces con un letrero que decía Cooperativa Pescadores Unidos, 2014. Uno de ellos era, sin duda, Mateo. Los otros dos eran desconocidos.
En el reverso de la foto estaba escrito, “No olvides nuestra promesa.” Montoya miró la foto durante un largo rato. Su rostro se tensó. Conozco a uno de ellos”, dijo en voz baja el de la izquierda, Héctor Palacios. Era un experto en alimentos para peces de Morelia. Desapareció después de que la cooperativa cerrara.
Los policías se miraron entre sí, así que las iniciales HP en el cuaderno eran de él. “Eso parece”, respondió Montoya. Y parece que Mateo trabajaba para él. Uno de los oficiales encontró una carpeta marrón debajo de la mesa. Contenía hojas con registros de envío de productos químicos, todas firmadas con las mismas iniciales HP.
También había varios recibos de envíos a través de un pequeño muelle en Sinsunsan, todos con fecha del año anterior. La lluvia comenzó a caer afuera, golpeando el techo de lámina.En medio del sonido de las gotas, Montoya se sentó en silencio en una silla mirando la foto que ahora estaba mojada en sus manos. Creí que esa cooperativa había muerto hace casi 10 años, murmuró.
Resulta que solo cambió de forma. Javier lo miró preocupado. Comandante, si es así, ¿dónde está Mateo ahora? Montoya suspiró profundamente. No lo sé, pero no está solo. Quizás todavía haya alguien cuidando su antiguo lugar de operaciones. Su antiguo lugar. Montoya volvió a mirar el mapa señalando uno de los círculos rojos en la orilla del lago, la antigua ubicación de la cooperativa Pescadores Unidos, en un rancho abandonado.
Si queda algo, debe estar allí. Los oficiales comenzaron a recoger las pruebas en cajas de plástico. Afuera, la lluvia arreciaba, ahogando el sonido de sus pasos. La luz del atardecer se filtraba por la ventana, proyectando un sombrío tono anaranjado en las paredes de madera. Antes de irse, Montoya volvió a mirar la habitación.
En el aire todavía flotaba un vago olor a productos químicos mezclado con café rancio, un olor que ahora se sentía como el rastro de un pasado que se negaba a desaparecer. Miró hacia el lago de Patscaro en la distancia. Su superficie estaba agitada por la lluvia. Mañana por la mañana iremos a ese rancho abandonado”, dijo en voz baja.
Allí es donde todo comenzó y quizás allí es donde terminará este secreto. A la mañana siguiente, el cielo de Patsquaro estaba cubierto por una espesa niebla. La patrulla conducida por el comandante Montoya avanzaba lentamente por un camino de terracería hacia el rancho abandonado, el lugar que alguna vez fue el centro de la cooperativa Pescadores Unidos.
Dentro del vehículo iban dos policías y Javier. Sus rostros estaban tensos mientras miraban por las ventanas empañadas. Cuando el vehículo se detuvo frente a un viejo portón, la atmósfera cambió de inmediato. La maleza cubría el camino de entrada. Un letrero de madera con las palabras cooperativa pescadores unidos estaba inclinado, a punto de caer.
Detrás, un enorme estanque de peces lucía de un verde oscuro. El agua estaba turbia y olía mal. El viento traía un aroma a tierra húmeda mezclado con un lodo penetrante. “Este lugar parece un cementerio”, susurró Javier en voz baja. Montoya examinó los alrededores. Pero alguien todavía viene aquí. Miren la hierba frente a la puerta de la bodega ha sido pisada recientemente.
Caminaron lentamente hacia el edificio principal. Las paredes estaban cubiertas de musgo, las ventanas rotas y la puerta de madera crujió al abrirse. Dentro el aire era húmedo y viciado. Estantes apoyaban contra las paredes, algunos todavía con sacos vacíos de alimento para peces. En el suelo se veían huellas de zapatos recientes.
“Estuvo aquí no hace mucho”, dijo uno de los policías. Montoya se agachó para examinar las huellas. eran grandes. Se dirigían hacia el estanque trasero. Sigámoslas. Pasaron por un pasillo estrecho y salieron al área del estanque. El agua parecía tranquila, pero en la superficie aparecían pequeñas burbujas, como si algo se moviera bajo el lodo.
Un oficial clavó una varilla de metal para medir la profundidad. Es profundo, dijo. Y la parte central parece haber sido dragada. Montoya frunció el ceño. ¿Para qué cabar el fondo de un estanque? De repente, el detector de metales en manos de otro oficial comenzó a sonar. Bip, bip, bip. Cada vez más rápido. Todos se concentraron.
“Hay algo aquí abajo”, exclamó el oficial. Prepararon una cuerda de acero y un gancho de metal, bajándolos lentamente al agua. Pequeñas ondas aparecieron en la superficie. Luego la cuerda se tensó. Con todas sus fuerzas tiraron juntos. El lodo seitó y agua de color marrón negros salpicó a su alrededor. Lentamente emergió un gran cofre de hierro oxidado en los bordes, pero aún cerrado herméticamente.
El sonido del metal pesado raspando contra las piedras hizo que el aire pareciera vibrar. Otro cofre”, murmuró Javier con el rostro pálido. Montoya lo miró fijamente. “Cada cofre siempre guarda un nuevo secreto.” Los oficiales limpiaron el lodo de la superficie. En un costado del cofre se veían dos letras grabadas toscamente. “H.
” Montoya permaneció en silencio unos segundos con la mirada sombría. “No hay duda, esto es de Héctor Palacios.” Arrastraron el cofre hasta la orilla del estanque. El viento soplaba con más fuerza, haciendo crujir los bambúes cercanos. La niebla descendió lentamente, cubriendo parte del área. Montoya hizo una señal.
Abranlo ahora. El sonido de una sierra para metal cortando el candado resonó entre la niebla. Cuando la tapa se abrió, un fuerte olor a metal viejo mezclado con productos químicos los golpeó. Dentro del cofre había gruesos cuadernos de contabilidad, varias botellas de vidrio pequeñas con un líquido azulado y una carpeta transparente con informes de distribución.
Montoya tomó uno de los cuadernos. En la primera página, escrito con unacaligrafía pulcra, se leía distribución ruta oeste del lago, Sinzunsan, Quiroga, Patscuaro, Erongaricuaro. En cada línea, la misma pequeña firma aparecía al final, HP. Sigue vivo”, dijo Montoya en voz baja y está extendiendo esta red por toda la región del lago.
Mientras todos estaban ocupados tomando notas, Javier notó algo en el fondo del cofre, un sobre de plástico pequeño. Lo tomó y lo abrió. Dentro había una fotografía reciente. Mateo Vargas de pie junto a un hombre con gafas de sol oscuras, Héctor Palacios. Detrás de ellos, una camioneta abierta estaba llena de cubetas de vagres. En una esquina de la foto estaba impresa la fecha, marzo de 2023.
Montoya miró la foto durante un largo rato. Su pecho se oprimió. Así que se encontraron el año pasado. Significa que Mateo no era una víctima, dijo Javier lentamente. No respondió Montoya con frialdad. Fue parte de esto hasta el final. Debajo de la pila de libros encontraron un contenedor cilíndrico de metal sellado.
En la parte superior estaba grabada la inscripción HP serie 2, guardaron silencio. La niebla se espesó. El sonido del agua goteando del estanque sonaba como un susurro. “Lleven esto al laboratorio en Morelia”, dijo Montoya. Este secreto aún no ha terminado. Abandonaron el área en silencio. Detrás de ellos, el viejo estanque volvió a la calma.
Solo pequeñas ondas en su superficie parecían indicar que algo allá abajo seguía vivo. Esa noche el camino a Morelia estaba mojado por la lluvia. La patrulla avanzaba rápidamente llevando el cofre de hierro y el tubo metálico HP serie 2 desde el rancho abandonado. Dentro del coche, el comandante Montoya estaba sentado en silencio con la mirada fija en el tubo gris sellado que sostenía un oficial.
Cada vez que el coche se sacudía, se oía un suave sonido metálico vibrando, como si el objeto aún contuviera un aliento. Cuando llegaron al laboratorio forense de Morelia, el aire en el interior se sentía frío y silencioso. Paredes de cemento, luces de neón blancas. Una investigadora los recibió, la doctora Elena Ríos, una química ambiental de la Universidad Michoacana que había ayudado anteriormente en casos de contaminación del agua en el lago.
“Este es el tubo que encontraron”, preguntó en voz baja mirando la etiqueta HP serie 2 en la superficie metálica. Montoya asintió. No sabemos qué contiene, pero todas las pruebas apuntan a un nombre, Héctor Palacios. Elena examinó el sello del tubo con cuidado. En la parte inferior había un pequeño código descolorido que decía acuel biocatalizador.
Frunció el ceño. Este código se usaba en un proyecto de desarrollo de hormonas para peces, pero el producto fue prohibido en 2015 por causar una grave contaminación. La atmósfera en la habitación se tensó de inmediato. Montoya la miró fijamente. Así que es un químico peligroso. Mucho más que eso, respondió Elena en voz baja.
Si esta es una nueva versión de Aquacel, entonces están creando una fórmula de segunda generación. La serie 2 de Héctor Palacios. Un técnico abrió el tubo lentamente bajo una campana de protección de vidrio. Se escuchó un suave silvido y luego un fino vapor a su lado se escapó. Dentro había tres frascos pequeños con un líquido azul brillante que aún vibraba sutilmente como si estuviera vivo.
Un olor a metal y amoníaco impregnó el aire. Elena tomó una pequeña muestra y la dejó caer en un recipiente de vidrio con agua clara. En solo unos segundos, el agua se tornó de un color verde grisáceo. Luego, pequeñas burbujas aparecieron en la superficie. “Una reacción extremadamente rápida,” murmuró Elena.
Es un compuesto sintético diseñado para acelerar el crecimiento de organismos. Si entra en un estanque, los peces pueden duplicar su tamaño en una semana, pero después el agua se vuelve tóxica. Cualquiera que la toque sin protección podría envenenarse. Montoya respiró hondo, así que este era su objetivo todo el tiempo, vender bagres tratados con químicos peligrosos para obtener ganancias rápidas.
Elena asintió y Mateo Vargas probablemente era solo una de las muchas personas que la red de HP usaba para distribuir este producto en secreto a través de los mercados populares. Uno de los oficiales se acercó, “Comandante, también encontramos archivos en una memoria USB dentro de uno de los cuadernos. Hay un mapa digital y una lista de otros mercados alrededor del lago de Patsquero.
Montoya miró inmediatamente la pantalla del monitor cuando se abrió el archivo. Puntos rojos se extendían por casi toda la ribera, Patsquaro, Sinsunsan, Quiroga, hasta Santa Clara del Cobre. Esta es una red de distribución completa”, dijo Montoya en voz baja. No es un negocio pequeño. Elena señaló otro archivo con la etiqueta proyecto HP03 borrador.
Al abrirlo apareció un documento con una nueva fórmula y una anotación de Héctor Palacios. La versión HP02 ha sido un éxito. La siguiente distribucióncomenzará en marzo de 2024. Usar las redes de Vargas y Salazar para las pruebas de mercado. Ese nombre hizo que Montoya se congelara. Ramón Salazar. La tercera persona en la foto de la cooperativa.
Significa que todavía hay uno más activo dijo en voz baja. La habitación quedó en silencio. Solo el sonido de las gotas de agua de una tubería resonaba en las paredes. Elena cerró el archivo y miró a Montoya con seriedad. Si es cierto que Ramón sigue vivo, entonces Héctor no ha terminado. Están preparando algo más grande.
Montoya se levantó y miró el tubo HP02 detrás del vidrio de laboratorio. El líquido azul parecía girar lentamente, reflejando una extraña luz en la pared. A partir de esta noche, todas las rutas de distribución alrededor del lago deben ser cerradas, dijo con firmeza. Y mañana iremos por Ramón Salazar. Elena lo miró preocupada.
Comandante, si Ramón sabe que hemos descubierto esto, no se quedarán de brazos cruzados. Montoya asintió lentamente. Lo sé. Pero mientras este material siga existiendo, el lago de Patsquaro ya no es un lugar tranquilo. Fuera de laboratorio, la lluvia seguía cayendo con fuerza. Dentro de la habitación, el tubo HP02 permanecía bajo la luz blanca, como si esperara su turno para revelar un secreto aún más oscuro.
El amanecer apenas tocaba la superficie del lago de Patsquaro cuando el equipo de investigación partió de Morelia. La niebla aún colgaba baja sobre el agua, ocultando la mitad del paisaje. En el asiento delantero del coche, el comandante Montoya sostenía la vieja foto de la cooperativa con el rostro tenso.
A su lado, Javier examinaba el mapa digital de la memoria USB encontrada en el laboratorio. “El último punto de entrega de HP02 está en el pueblo de Santa Fe de la Laguna”, dijo en voz baja. Aquí se registra el nombre del destinatario, Ramón Salazar. Montoya asintió. Si de verdad sigue allí, debemos actuar antes de que salga la nueva mercancía.
El viaje duró casi 2 horas. El camino descendía en curvas cerradas. A ambos lados solo había pinos y acantilados. Cuando llegaron al pueblo, el ambiente se sentía extraño. Las casas de madera estaban cerradas. El aire estaba impregnado de un olor a lodo y alimento para peces. No se oía a los niños jugar, solo el zumbido de una bomba de agua a lo lejos.
Se detuvieron frente a una vieja bodega a la orilla del lago, un gran edificio con techo de lámina oxidada, parcialmente cubierto por la maleza. En un letrero en la entrada se leía débilmente centro de estanques independiente. Montoya lo miró durante un largo rato. Un nombre diferente, pero es el estilo de la antigua cooperativa.
La policía preparó sus armas. La puerta de la bodega estaba cerrada con una cadena. Montoya e hizo una señal. Uno de los oficiales la cortó con una cizalla. El sonido de la cadena al romperse resonó por todo el lago. Entraron lentamente en el interior. El olor a productos químicos era abrumador. Hileras de grandes cubetas de plástico llenas de agua verdosa abarrotaban el lugar.
Algunos vagres nadaban lentamente en ellas, sus escamas brillando con un tono azulado. Sobre una larga mesa en el centro había botellas de vidrio y hojas de notas esparcidas. Javier susurró, “Comandante, esto es exactamente igual a la fórmula HP02.” Montoya se acercó a un escritorio en la esquina. Allí había una gorra negra polvorienta y debajo una foto familiar medio quemada.
El rostro de la foto era claramente el de Ramón Salazar, junto a un hombre que sostenía una carpeta con el logo Proyecto “Hp. Está aquí”, murmuró Montoya en voz baja. De repente se escuchó el ruido de un motor fuera de borda. Todos se volvieron. Desde detrás del muelle, una pequeña lancha se acercaba. Un hombre alto con una chamarra de cuero marrón saltó a tierra llevando una bolsa grande.
Caminó rápidamente hacia la bodega. Montoya hizo una señal de silencio. El equipo se escondió detrás de una pila de cubetas. En cuanto se abrió la puerta, se escuchó una voz grave. El envío ya llegó. Héctor dijo que este es el último lote. Ramón Salazar. Su voz era profunda y tranquila, pero en sus ojos se notaba la tensión. dejó la bolsa sobre la mesa y la abrió, revelando varios tubos metálicos idénticos al HP02.
Montoya salió de su escondite. Su voz firme rompió el aire. Ramón Salazar, no te muevas. Ramón se sobresaltó. Su rostro palideció. Montoya esbozó una sonrisa nerviosa. No deberías haberte metido. Esto ya no es asunto tuyo. Claro que es mi asunto, respondió Montoya con frialdad. Estás envenenando el ago que alimenta a miles de personas.
Ramón se rió entre dientes. ¿Crees que me gusta esto? Héctor empezó todo. Yo solo estoy terminando su trabajo. ¿Y dónde está Héctor ahora? Fuera de tu alcance, Montoya. Pero créeme, este lago es solo el comienzo. Antes de que Montoya pudiera acercarse, Ramón presionó un pequeño botón en el costado de la mesa.
Se escuchó unapequeña explosión y la puerta trasera de la bodega se abrió automáticamente. Un humo químico se extendió, dificultando la respiración. Ramón corrió hacia el muelle y saltó a la lancha. La policía disparó tiros de advertencia. Las balas impactaron en el agua. Javier gritó, se escapa hacia el sur. Montoya corrió hacia la orilla sin aliento. La lancha de Ramón se alejaba cada vez más, dirigiéndose hacia la espesa niebla.
Pero detrás de él, la bolsa grande con los tubos HP02 cayó al agua y se hundió lentamente, dejando una estela verdosa en la superficie. Montoya se quedó paralizado, observando como las pequeñas ondas se extendían. logró escapar”, murmuró. Javier miró el agua que comenzaba a cambiar de color. “Pero mire, comandante, el agua está reaccionando.
” La superficie del lago brillaba con un tono azulado y emitía pequeñas burbujas como si estuviera hirviendo. Montoya lo miró con el rostro helado. “Si ese líquido se extiende, toda la orilla del lago se contaminará.” Se volvió hacia su equipo con los ojos llenos de determinación. Contacten a Elena en Morelia.
Tenemos que neutralizar esto antes de que sea demasiado tarde y a partir de ahora cazaremos a Héctor Palacios. La niebla volvió a descender cubriendo el lago y tragándose la lancha de Ramón que desaparecía lentamente en la distancia. Solo quedó la estela de agua azulada, una señal de que el peligro apenas comenzaba.
Hacia la tarde, la noticia de la explosión en la bodega de Santa Fe de la Laguna se extendió rápidamente. El equipo de investigación se dirigió de inmediato al lugar junto con la doctora Elena Ríos, quien llevaba un equipo de laboratorio de emergencia. Cuando llegaron al muelle, el agua del lago de Patsquaro ya había cambiado de color.
Parte de su superficie reflejaba un extraño brillo a su lado. El aire circundante estaba impregnado de un olor penetrante, como a metal quemado. El comandante Montoya miraba el lago, tranquilo pero mortal. Es el efecto del HP02, dijo secamente. Elena asintió con el rostro tenso. Tenemos que detener la reacción antes de que se expanda.
Si este compuesto se mezcla con la corriente principal, todo el ecosistema de lago podría morir en una semana. Instalaron un pequeño puesto en la orilla. Elena preparó un dispositivo para detectar los niveles de químicos mientras Javier y dos policías bajaban una pequeña lancha. En la pantalla del monitor, el indicador de color cambió a rojo.
La concentración de toxinas está aumentando rápidamente, dijo Elena. Hay una liberación de catalizador activo del metal dentro de los tubos. Montoya suspiró profundamente. Significa que los tubos que cayeron tienen una fuga. Correcto. Pero todavía podemos neutralizarlo si encontramos el epicentro de la reacción. Sin esperar, Montoya saltó a la lancha.
Voy contigo. Elena lo miró preocupada. Comandante, es arriesgado. El gas puede dañar los pulmones. Montoya solo respondió, si me quedo quieto, lo que se dañará no serán mis pulmones, sino este lago. La lancha avanzó hacia el centro del agua. La niebla comenzó a descender de nuevo, ahogando el sonido del pequeño motor.
Siguieron la dirección de la estela azulada hasta un punto donde el agua liberaba grandes burbujas. Elena dejó caer una solución de prueba en el agua. El color cambió instantáneamente a un púrpura intenso. “Aquí está el centro”, dijo rápidamente. “Tenemos que verter el agente neutralizador.” Javier abrió un pequeño barril con un líquido limpiador a base de enzimas que habían traído de laboratorio.
Con cuidado, lo vertieron en el lago. El agua siseó ligeramente. Las burbujas se detuvieron lentamente, pero un momento después algo emergió de debajo de la superficie, una gran bolsa de metal, todavía medio cubierta de lodo. Montoya la reconoció. Era la bolsa de Ramón. La subieron a la lancha. Al abrirla encontraron varios tubos de HP02 de repuesto y una carpeta de plástico con notas escritas a mano.
Montoya la abrió rápidamente, aunque el papel estaba mojado. En la primera página se leía próxima distribución enviada por vía acuática. Coordenadas 27.44 Muelles sur de Patscaro. Héctor vendrá personalmente. Elena lo miró sorprendida. irá a Patscaro mañana por la mañana. Montoya miró la niebla que los rodeaba.
Significa que esto aún no ha terminado. Después de asegurarse de que el agua comenzaba a aclararse, regresaron al puesto. Otros oficiales ya habían cerrado el área y prohibido a los residentes acercarse. En la orilla del muelle, varios peces muertos flotaban, sus escamas reflejando un pálido color azul. Elena se agachó.
Su voz era grave. Miren, la primera señal de contaminación. Si hubiéramos tardado una hora más, la mitad del lago estaría contaminado. Montoya miró la vasta extensión de agua con la mandíbula apretada. Héctor sabe muy bien cómo amenazar. No es solo un experto en alimentos para peces. También conoce nuestra debilidad, la confianza.
La noche cayó rápidamente en el puesto de emergencia. El equipo trabajó sin descanso. Elena registraba los datos de las pruebas mientras Javier revisaba la logística. Comandante dijo, si Héctor realmente va a Patsquaro, significa que viene a recoger los tubos que quedan en el laboratorio. Montoya miró por la ventana. Las luces de las barcas de los pescadores parecían estrellas sobre el agua y no sabe que lo estamos esperando.
Miró la carpeta mojada en sus manos. En una esquina del papel había una nota adicional con una letra diferente. Si la ruta acuática falla, activar fase. Regreso al origen. Elena miró la frase. Origen. ¿Qué significa? Montoya miró hacia el lago oscuro en la distancia. El rancho abandonado respondió en voz baja. El lugar donde todo comenzó.
El sonido de un trueno retumbó desde el oeste del lago, anunciando una tormenta. Montoya se levantó y miró a su equipo. Preparen el equipo esta noche. Mañana por la mañana iremos al muelle sur de Patsquaro. Si Héctor aparece allí, será nuestra última oportunidad. El viento frío del lago soplaba la lona del puesto hasta hacerla vibrar.
Detrás de la oscuridad del agua, ahora lentamente en calma, el tono su lado no había desaparecido por completo, como una herida recién abierta. Y en algún lugar, en medio de la niebla, quizás Héctor Palacios ya sabía que iban por él. De madrugada, el cielo de Patscaro estaba cubierto de nubes oscuras. El viento del lago soplaba frío, golpeando los rostros de todos en el muelle.
Bajo una carpa de emergencia, el comandante Montoya, Elena Ríos y Javier se preparaban en silencio. Todas las comunicaciones estaban sintonizadas a una frecuencia cerrada. Patrullas de policía se desplegaron a lo largo de la orilla del lago. Coordenadas 27.44. Justo aquí, dijo Elena mientras miraba un mapa digital. Si las notas de Ramón son correctas, Héctor llegará por vía acuática entre las 6 y las 7 de la mañana.
Montoya miró su reloj. Son las 6:10. Preparen la lancha de vigilancia. La niebla comenzó a descender, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros. A lo lejos escuchó el sonido de un motor de lancha acercándose. Montoya levantó la mano haciendo una señal de silencio. Todos se agacharon esperando. Lentamente de detrás de la niebla apareció una pequeña embarcación gris con dos personas a bordo.
Una de ellas estaba de pie, erguida, con una gabardina larga y un sombrero de ala ancha. Su rostro era difícil de ver, pero Montoya reconoció su postura sin dudarlo. Héctor Palacios susurró. La marcación atracó en un viejo muelle en ruinas. Héctor bajó lentamente, llevando una maleta de metal en la mano derecha. Sus pasos eran tranquilos, llenos de confianza.
Miró a su alrededor y se detuvo cerca de una pila de cajas de madera donde normalmente se almacenaban productos químicos. Ramón llamó en voz baja. No hubo respuesta. Respiró hondo, como si ya supiera que algo andaba mal. En ese momento, Montoya salió de detrás de una lancha. No va a venir, Héctor. Héctor se giró.
Sus ojos se entrecerraron. Ricardo Montoya. Ya había oído tu nombre de boca de Ramón. Veo que todavía te gusta meterte en los asuntos de otros. Tus asuntos ya no son un secreto privado, respondió Montoya con dureza. Contaminaste el lago, arruinaste el sustento de miles de personas. Todo esto se acaba ahora.
Héctor se rió entre dientes. ¿Crees que no lo sé? Todos ellos volverían a la pobreza sin este material. El pescado crece lento, las cosechas son malas y los intermediarios de la ciudad les bajan los precios. Yo solo les di una solución rápida. Una solución que mata interrumpió Elena dando un paso adelante. El agua de lago casi se contamina por completo por tu HP02.
La mirada de Héctor se desvió hacia Elena. Ah, los científicos de la universidad siempre hablando de moral. ¿Crees que al mundo le importan sus teorías? Solo quieren ganancias. Abrió la maleta de metal mostrando tres tubos de HP03 aún sellados. Esta es la nueva versión. Más fuerte, más rápida, indetectable. Y tú, Montoya, no me detendrás.
Montoya levantó su pistola. Suelta la maleta, ordenó con frialdad. ¿Sigues siendo el mismo de siempre? creyendo que la ley puede salvarlo todo. Dejó la maleta lentamente en el suelo, pero su dedo presionó un pequeño botón en el costado de un tubo. Una luz roja en su superficie comenzó a parpadear. Elena gritó, “¡Comandante, es el dispositivo de activación.
” Héctor retrocedió hacia su lancha. Ese tubo se abrirá automáticamente en 5 minutos. Tiempo suficiente para que yo me vaya de aquí. Montoya disparó a los pies de Héctor. La bala golpeó la madera del muelle haciéndolo tropezar. Javier se movió rápidamente para someterlo en el suelo. Héctor luchó con fuerza, pero otros policías llegaron para ayudar a esposarlo.
Desactiva el mecanismo! Gritó Montoya. Elena corrió hacia la maleta de metal. abrió un pequeño panel en el costado del tubo. La luz roja parpadeabarápidamente. Quedaban menos de 2 minutos. Sus manos temblaban mientras intentaba introducir la combinación numérica. “El código debe estar relacionado con HP”, murmuró.
Montoya miró a Héctor, que ahora estaba sentado en el suelo con sangre goteando de su 100. “¿Cuál es el código?” El hombre lo miró con frialdad. ¿Quieres saberlo? Intenta recordar el año en que me echaron de la cooperativa. Esa es la respuesta. Montoya pensó rápidamente. 2014, gritó Elena.
Tecleó los números y presionó enter. La luz roja dejó de parpadear. Silencio. Elena suspiró aliviada. Sus rodillas flaquearon. Lo logramos. Montoya miró a Héctor fijamente. Tu juego ha terminado. Héctor bajó la cabeza y se rió en voz baja. No, Montoya, solo detuvieron una versión. Envié la fórmula del HP03 al extranjero hace una semana.
El sonido de las sirenas de la policía se acercaba desde la carretera principal. Montoya se acercó al rostro de Héctor. Su voz era un susurro tenso. Quizás, pero aquí te aseguro que nunca volverás a contaminar esta agua. Héctor miró el lago detrás de Montoya. Una leve sonrisa apareció en su rostro. No puedes detenerlo, que ya está en el agua.
Mientras se lo llevaban a la patrulla, la niebla sobre el lago comenzó a disiparse. Elena miró la superficie del agua que lentamente volvía a su color normal, pero su corazón no estaba tranquilo. Si era cierto que los datos ya habían sido enviados, la amenaza aún no había terminado. Montoya miró hacia el muelle sur de Patscuaro, envuelto en la luz de la mañana.
Quizás no, pero al menos hoy el lago de Patscuaro está a salvo. Dos semanas después del arresto de Héctor Palacios, el aire en Patscaro volvió a ser tranquilo. Una fina niebla todavía danzaba sobre la superficie del lago, pero esta vez sin el olor a productos químicos. En el muelle sur de Patscuaro, la cinta policial había sido retirada y los pescadores comenzaban a lanzar sus redes de nuevo.
Sin embargo, detrás de esa calma, el comandante Monto ya sabía que la herida dejada por este caso aún no había sanado por completo. En la pequeña oficina del mercado, una pila de archivos de la investigación se acumulaba sobre su escritorio. Las fotos de los tubos HP02, las pruebas y los registros de la cooperativa ya eran pruebas oficiales.
Javier entró con un periódico de la mañana. Comandante, noticias de hoy. Héctor finalmente será juzgado la próxima semana en Morelia. Montoya asintió. Bien. El mundo debe saber lo que hizo. Javier lo miró en voz baja, pero todavía hay algo que no está claro. ¿Dónde está Mateo Vargas? Esa pregunta dejó la habitación en silencio.
Montoya miró por la ventana. El viento del lago entraba trayendo el suave sonido de las olas. El equipo todavía lo está buscando, pero lo más probable es que no quiera ser encontrado. Esa tarde Monto ya fue solo al rancho abandonado, el lugar donde toda esta historia comenzó. La maleza ya cubría la mitad del camino de entrada.
El edificio de la antigua cooperativa estaba desolado, sus paredes cubiertas de musgo. Caminó lentamente hacia el estanque donde se encontró el cofre. El agua ahora estaba clara, reflejando el cielo azul, pero en la orilla del estanque vio algo, un sombrero raído que solía usar Mateo. Montoya se agachó y lo recogió. Debajo había un pequeño sobre de plástico.
Lo abrió lentamente. Dentro solo había una hoja de papel mojada con una caligrafía temblorosa. Yo no quería el dinero, Montoya. Solo quería que nadie se curara. Perdóname. Creí que solo era un producto para hacer que los peces crecieran más rápido. No sabía que se convertiría en esto. Ese nombre oprimió el pecho de Montoya.
Nadia, la nieta de Mateo, que padecía una enfermedad renal, recordó como Mateo había rechazado un préstamo de la cooperativa por temor a no poder pagarlo. Al parecer, por esa niña, había aceptado la oferta de Héctor sin conocer el peligro que entrañaba. Montoya apretó la carta con fuerza. No era un criminal, era una víctima.
El cielo comenzó a oscurecerse. Se quedó de pie en la orilla del estanque, contemplando la tranquila superficie del agua. El viento del lago traía un familiar aroma a tierra mojada. Por un momento, le pareció oír la voz de Mateo, tranquila, arrepentida y ausente. Mientras tanto, Elena Ríos en el laboratorio de Morelia continuaba examinando los datos restantes del HP03.
Esa noche encontró un mensaje encriptado en un antiguo archivo de Héctor. Si yo fallo, la próxima generación continuará. El agua seguirá siendo el camino. Elena miró la pantalla durante un largo rato y luego cerró su computadora portátil. Escribió su informe final para entregarlo al ministerio.
Los compuestos HP02 y HP03 han sido completamente desactivados. Sin embargo, el riesgo de que surjan fórmulas similares siempre existirá mientras la humanidad siga cambiando la naturaleza por ganancias. A la mañana siguiente, Montoya y Elenaestaban juntos en la orilla del lago. La niebla se levantaba lentamente, revelando un agua que volvía a ser de un azul cristalino.
Unos niños corrían por el muelle riendo mientras arrojaban trozos de pan al agua. Uno de ellos gritó, “¡Mire, comandante, los vagres están vivos otra vez.” Montoya sonrió débilmente. “Finalmente, este lago puede volver a respirar.” Elena asintió. “Esperemos que la humanidad también aprenda a respirar correctamente.
” Permanecieron en silencio un momento escuchando el sonido de las pequeñas olas chocando contra las rocas bajo el sol de la mañana. Sus sombras se reflejaban en la superficie tranquila del agua. Un agua que había guardado tantos secretos, pecados y arrepentimientos. Montoya miró a lo lejos hacia el centro del lago.
En su corazón susurró, “Descansa en paz, Mateo. Tu secreto está a salvo con esta agua.” El viento sopló suavemente trayendo el aroma a pescado fresco y café de olla del mercado de Patsquero. La vida seguía adelante, pero el recuerdo de los vagres cosidos de Héctor Palacios y de los tubos HP02 siempre permanec.















