¡Caos en Morelos! Viuda joven enterró a sus 3 amantes en una fosa bajo el guayabal  

¡Caos en Morelos! Viuda joven enterró a sus 3 amantes en una fosa bajo el guayabal  

 

 

Un par de jóvenes entraron en la huerta de guayabos que se extendía solitaria en las afueras del pueblo de Santa Cecilia de las Flores, en el corazón de Morelos. La noche caía en silencio. El viento seco de Julio soplaba suavemente, arrastrando el aroma de la tierra y algo más, algo extraño y penetrante. Uno de ellos se detuvo en seco.

 Su rostro se tensó al asomar la cabeza por encima de un matorral. Un edor nauseabundo, punzante, asaltó de pronto sus fosas nasales, un olor que les revolvió el estómago, como carne en descomposición mezclada con el olor húmedo del cemento fresco. Apuntaron con sus linternas y allí, bajo la sombra frondosa de un viejo guayabo, vieron un montículo de cemento grande y agrietado en varias partes, del cual se filtraba lentamente un líquido oscuro y espeso.

Un perro callejero ladraba sin cesar, sus garras escarvando frenéticamente sobre el montículo. Y cuando uno de los jóvenes pateó ligeramente la superficie, un trozo de tela y un mechón de cabello humano emergieron de entre las grietas. Un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Esa mañana el cielo de Julio se había clavado sobre Santa Cecilia, un azul pálido y sin una sola nube.

 El sol golpeaba con fuerza, derramando un calor seco sobre las hileras de guayabos cargados de fruta en el terreno perteneciente a una viuda llamada Sochil Flores. El rugido de un motor de excavadora era el único sonido constante, parte de un proyecto de irrigación de elegido acordado por todos para cabar una zanja para la tubería que llevaría el agua del canal y liberaría a las huertas de la dependencia de unas lluvias cada vez más inciertas.

Al volante de la excavadora, un hombre de mediana edad llamado Ramiro, curtido por el sol y el trabajo, llevaba 30 años familiarizado con las entrañas de la tierra. sabía distinguir el tacto del cucharón contra la arcilla, la arena o una roca, solo por la vibración que sentía en sus brazos. Puro tepetate con grava fina, murmuró para sí, guiando el brazo de acero para trazar una zanja recta entre dos filas de guayabos viejos.

Una, dos, tres veces. Todo iba según lo planeado. Entonces, en el cuarto golpe se oyó el sonido, un clan metálico agudo y limpio, como si un martillo de acero hubiera golpeado una placa de metal. El brazo de la máquina rebotó, la cabina se sacudió y Ramiro por puro instinto tiró de las palancas conteniendo la respiración.

Una piedra grande del río pensó, pero la vibración que había sentido no era dentada como la de una roca al romperse. Esto era más sólido, más plano, como chocar contra un piso. Ramiro inclinó el cucharón raspando la capa de tierra a un metro de profundidad. La tierra húmeda cayó revelando una superficie lisa de un gris pálido.

No era piedra, era concreto. ¿Qué piso iban a construir en medio de la huerta?, se preguntó Ramiro, frunciendo el ceño. En su cabeza surgieron varias posibilidades. Los cimientos de una vieja bodega, una fosa séptica abandonada. Sin embargo, los mapas del proyecto indicaban que esa franja de tierra estaba libre de cualquier construcción enterrada.

Redujo la velocidad, tomó un ángulo más agudo y rozó el borde del bloque. El concreto no se movió, pero una fisura delgada como un cabello apareció en la superficie. Una beta blanquecina. Ramiro le dio más potencia. Una vez más metió los dientes del cucharón en el ángulo de la grieta. Crack. Un trozo del tamaño de una charola se desprendió y en ese preciso instante el aire cambió. Algo emanó del agujero.

Un olor. No era un olor común. No era solo tierra mojada o la sabia dulce de los guayabos. Ramiro conocía ese aroma por las historias oscuras que se contaban en las obras de construcción. eledor a carne podrida, mezclado con un punzsante y amargo olor químico. El olor se coló a través de su cubrebocas de tela agarrándose a su garganta.

Tosió presionando el botón de parada de emergencia. El motor se detuvo con un quejido. La sangre se le heló mientras sus ojos, ahora llorosos, se fijaban en la abertura. Siendo joven, Ramiro rara vez sentía miedo, pero esta vez las rodillas le temblaban. saltó de la cabina, sus botas aterrizando en la tierra caliente y se asomó a la oscura grieta del concreto.

Entonces vio algo pálido detrás de los escombros, una pequeña forma curva lisa, y en su extremo cinco falanges delgadas y dobladas. Virgen santísima susurró. Dio un paso atrás, luego otro. Dedos. Parecían los dedos de una persona. De repente, todo lo familiar se volvió extraño. La huerta, que antes estaba llena del canto de los pájaros, ahora era un silencio ensordecedor.

El canto de los grillos sonaba como una sirena. Ramiro se dio la vuelta y corrió tropezando hacia el camino de tierra, gritando para llamar al jefe de tenencia, don Eladio, que estaba supervisando la descarga de un camión. Los otros trabajadores voltearon, algunos acercándose con una curiosidad morbosa. Los más jóvenes con una mueca detensión, los más viejos con el rostro pálido.

“No se acerquen”, gritó don Heladio, su voz cortando el aire. No toquen nada. Llamen a la policía ahora mismo. En poco tiempo, la noticia se extendió como un incendio en un pastizal seco. Los vecinos cuyas huertas colindaban con la de Sochi salieron de sus casas. El vendedor de verduras detuvo su carreta en la entrada del camino.

 A los niños se les prohibió acercarse, pero aún así espiaban desde detrás de los troncos de las palmeras. El pueblo se sumió en un silencio tenso, solo roto por el susurro del viento y un murmullo de ansiedad que crecía por momentos. Don Eladio cerró con candado el portón de la huerta de Sochil Flores. Sus manos temblaban mientras giraba la llave.

 Conocía a Sochi, una mujer que desde la muerte de su esposo cuidaba la huerta sola. Hablaba poco, siempre bajaba la mirada al saludar. Esta es la tierra de una buena mujer”, dijo en voz baja, sin saber a quién se lo decía. Pero el olor, cada vez más intenso, se arrastraba fuera del terreno. El sol subía. El reloj en el kiosco de la plaza aún no marcaba las 10 cuando una caravana de camionetas blancas y grises se detuvo sin sirenas.

De una de ellas bajó un hombre de bigote fino y postura erguida, el comisario Héctor Valdivia. A su lado, una figura más joven con una tablita en la mano, el teniente Rafael Rafa Montes. Ambos miraron el portón, luego los rostros pálidos de Don Eladio y Ramiro. ¿Quién fue el primero en encontrarlo?, preguntó Valdivia.

 Su voz era breve y directa. Yo, señor, yo y la máquina, respondió Ramiro tragando saliva. El cucharón golpeó un piso de concreto y había una mano. Valdivia no reaccionó de forma exagerada. Algo cambió en sus ojos, una agudeza que no buscaba el sensacionalismo, sino el orden del procedimiento. Abrán el portón. Perímetro de 50 m. Registre la identidad y el número de teléfono de todos los presentes.

Nadie toma fotos, nadie transmite nada. ¿Entendido? ¿Entendido, mi comisario?”, respondió el teniente Montes y de inmediato ordenó a sus hombres que extendieran la cinta amarilla. Se estableció un punto de entrada. Se marcaron los senderos para no contaminar las huellas en la tierra. A los curiosos se les pidió que retrocedieran.

 Dos pasos, tres pasos más. hasta que sus murmullos se convirtieron en un zumbido lejano. Valdividia se puso guantes de nitrilo, cubiertas para los zapatos y un doble cubrebocas. Caminó lentamente, pasando entre las hileras de guayabos, cuyas hojas susurraban con el viento, observando cada piedra, cada marca de llanta y cada huella en la tierra seca.

 Se detuvo junto a la zanja. El concreto agrietado le devolvía la mirada como el ojo de un pez muerto. De la grieta manaba una sustancia negra, el exibiado que se filtraba desde el interior. “Tomen fotos del perímetro”, ordenó y muestras de tierra en cuatro puntos a dos profundidades distintas. Rafa anotaba, “Hay indicios de que es concreto vaciado a mano, no prefabricado.

La mezcla es de grava de río, mire el color y el tamaño. Y las varillas son de alambre áspero. Esto no son los restos de una construcción antigua.” El teniente sentía sus dedos danzando sobre la pantalla. Anotado, comisario. Hay huellas recientes del cucharón en el borde oeste. El olor es intenso. Nivel de descomposición de medio ha avanzado.

Valdivia se arrodilló observando el trozo de concreto que se había desprendido. No lo tocó, solo inclinó el cuerpo para mirar dentro de la grieta. Se quedó en silencio un momento, luego se puso de pie conteniendo la respiración y examinó la extensión de la huerta. Se veía ordenada, demasiado ordenada. Los árboles viejos estaban podados de manera uniforme.

La maleza había sido eliminada por completo. La superficie del suelo estaba tan lisa que parecía peinada. Comisario, se acercó Rafa casi en un susurro. La dueña del terreno, Sochi Flores, ya viene para acá. La llamó don Eladio. Valdividia se volvió. Bien, cuando llegue siéntenla en un lugar con sombra. No la dejen acercarse a la zanja y llame a Ramiro de nuevo. Sí, señor.

Señor Ramiro, por favor, explíqueme desde el principio la velocidad del motor, la dirección de la excavación y en qué momento exacto escuchó ese sonido metálico. Ramiro, tratando de calmarse, relató todo con el detalle que solo un hombre de campo entendería. La distancia entre las hileras de árboles, la profundidad de la zanja, como las revoluciones del motor bajaron justo antes de las 9, el ángulo del cucharón que se atascó hasta el momento en que el trozo se soltó y el olor lo invadió. Valdividia escuchaba

sin interrumpir, señalando ocasionalmente un punto en el suelo, pidiéndole a Ramiro que repitiera para confirmar la dirección. Gracias por ahora, descanse en el kosco. No hable con nadie fuera de la línea policial. dijo Valdivia con un tono plano pero tranquilizador. Ramiro asintió su rostro todavía tenso y caminó tambaleándose hacia una banca demadera donde bebió un vaso de agua de Jamaica que de repente le supo a nada.

El sonido de una motocicleta se detuvo frente al portón. Dos mujeres ayudaban a bajar a una tercera que llevaba un reboso negro. Su rostro estaba pálido, sus ojos hinchados. Sochil flores. En cuanto el viento llevó el aroma de la zanja hacia ellos, Sochil se cubrió la boca instintivamente con el dorso de la mano.

 Sus ojos se abrieron de par en par, mirando la cinta amarilla, la cabina de la excavadora abandonada y finalmente al comisario Valdivia. ¿Qué pasa en mi huerta, señor? Su voz era un susurro ronco y quebrado. Valdivia la miró brevemente y luego señaló una silla de plástico bajo la sombra de un árbol de mango. Señora Flores, siéntese, por favor.

 Hay un procedimiento que debemos seguir. Le pido su cooperación. Sochil tragó saliva y se sentó. Sus dedos se entrelazaron con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Un temblor en la comisura de sus labios intentaba ser controlado. Los vecinos la miraban desde la distancia, algunos con compasión, otros con sospecha.

Todos tenían la posibilidad que flotaba en el aire como una niebla densa. Si eso era realmente una mano humana, ¿quién estaba enterrado bajo los guayabos? El equipo de identificación llegó trayendo consigo una sierra para concreto, cinceles, martillos de goma y luces portátiles. Valdivia asintió levemente. Empecemos.

Recuerden, despacio con limpieza y cada etapa debe ser grabada. La sierra giró a gran velocidad, sus dientes mordiendo el borde de la grieta, escupiendo un polvo gris al aire. Cada 2 cm la herramienta se detenía, se tomaba una foto, se registraban las coordenadas. Rafa guiaba a dos técnicos que intentaban levantar los fragmentos con palancas delgadas.

El cincel golpeaba tic tic tic, un sonido pequeño y consistente que se sentía más fuerte que el rugido del motor. Cuando un trozo cuadrado del tamaño de la palma de una mano fue levantado, el olor golpeó con más fuerza. Varios vecinos retrocedieron cubriéndose la nariz con sus sombreros. Valdividia levantó la mano pidiendo al equipo que se detuviera por 5 segundos, dando espacio para que el aire circulara.

acercó una lámpara allí abajo. Algo pálido volvía a curvarse. Esta vez era más claro, dedos con uñas ennegrecidas, adheridos a lo que parecía ser el dorso de una mano. El silencio que siguió fue tan pesado que oprimía los hombros. Valdivia respiró hondo a través del cubrebocas. Su voz, grave pero firme, sonó como el martillo de un juez sobre madera vieja.

Anoten, alta probabilidad de que este sea un lugar de entierro ilegal. Cambiamos el protocolo a escena de un crimen por homicidio. Amplíen el perímetro. Llamen al equipo forense del Estado. Todas las muestras de tierra, polvo de concreto y fluidos van a contenedores etiquetados. A partir de ahora, cada paso es una prueba. Rafa respondió brevemente.

Entendido. Luego se giró para movilizar al personal. La cinta amarilla se extendió aún más. La huerta, que antes parecía amigable, se transformó de repente en un espacio silencioso que contenía la respiración. Los pájaros volaron a otras ramas. El sol se hizo más intenso. Las sombras de los oficiales se alargaban cortando la tierra rojiza bajo la sombra de los guayabos.

Sochil mantenía la cabeza gacha. Su rostro era ilegible. Solo sus manos seguían apretándose blancas y su respiración trataba de mantenerse regular. Don Eladio la observaba de reojo, una chispa de duda brillando en sus ojos, una duda que rápidamente intentó ahogar. No hay que pensar mal. se dijo a sí mismo, aunque su corazón entendía que las peores tragedias a menudo comienzan con un pequeño agujero oculto durante mucho tiempo, y esa huerta en la mañana más brillante acababa de revelar el suyo. El pueblo de Santa Cecilia de las

Flores parecía haber perdido su color. El cielo, normalmente vibrante, se había vuelto de un gris plomizo y el sol luchaba por atravesar un velo de nubes. En la huerta de guayabos de Sochil Flores, el equipo forense trabajaba sin descanso. El olor a descomposición era tan fuerte que ni los cubrebocas más gruesos podían contener las náuseas.

Un sopilote solitario giraba en círculo sobre sus cabezas, como si anunciara a los cielos que algo maligno acababa de ser desenterrado. El comisario Héctor Valdivia estaba de pie al borde de la zanja. Su mirada, afilada como un cuchillo, se clavaba en la losa de concreto, ahora descubierta en casi un tercio.

“Levanten con cuidado. No la rompan más de lo necesario”, dijo en voz baja. Dos oficiales agachados levantaron con sumo cuidado un gran fragmento. Debajo de esa capa apareció un hueso de brazo envuelto en restos de tela. El color de la tela estaba desbaído, pero aún se podía distinguir un patrón de cuadros. El teniente Rafa Montes tragó saliva, anotando rápidamente en su tablet restos de camisa de hombre, patrón de cuadros, descolorida, estado de descomposición avanzado.Hueso intacto.

Estimación de la data de muerte, 8 meses o más. Valdivia se inclinó, su rostro impasible. Continúan por el lado este. No toquen la parte central todavía. Minutos después, uno de los técnicos exclamó en voz baja, “Señor, hay otra capa debajo.” Valdivia se acercó enfocando la luz de su linterna. Era cierto. El concreto estaba dispuesto en dos niveles.

La capa superior cubría un cuerpo, mientras que debajo había una cavidad más grande que contenía algo aún no visible. Concreto de dos capas, murmuró Valdivia. Esto no fue casualidad, fue planeado. La sierra volvió a rugir cortando el borde inferior con precisión. Poco después, la segunda capa se abrió revelando otros dos cuerpos, uno a la izquierda, otro a la derecha.

Estaban acostados de lado, espalda contra espalda, como si hubieran sido colocados meticulosamente. Uno llevaba pantalones de mezclilla rotos en la rodilla, el otro un pantalón de vestir. Había algo en común. Sus manos estaban atadas con alambre de acero y sus bocas amordazadas con trapos. Un murmullo sordo se extendió entre los vecinos que observaban desde fuera de la línea policial.

Alguien gritó, otro rezó un ave María en voz baja. Sochil Flores, que había permanecido sentada en la silla de plástico bajo el mango, ahora cerraba los ojos con fuerza. Sus labios se movían, ya fuera en oración o para contener un temblor. Valdivia se enderezó contemplando la escena frente a él.

 Tres cuerpos, tres historias aún por contar. levantó su radio. Llamen a la morgue. Preparen tres bolsas para cadáveres. Los numeraremos como uno, dos y tres. Fotografíen cada posición antes de moverlos. Rafa miró a su superior. Su voz apenas un susurro. Tres víctimas, comisario. Todos hombres. ¿Quién pudo enterrarlos tan profundo sin que nadie se diera cuenta? Valdivia respondió sin girarse.

 Alguien con tiempo y una razón muy poderosa. Eran las 10 de la noche. La luz de los reflectores se reflejaba en los rostros sudorosos de los oficiales. Las tres bolsas con los cuerpos ya habían sido retiradas. A cada una se le asignó una etiqueta. En la primera bolsa, un técnico encontró un pequeño dije de madera en forma de media luna colgando del cuello de la víctima.

En la segunda, una credencial escolar con un nombre apenas legible, Mateo Cruz. Rafa se acercó mostrándole el hallazgo. Era maestro de educación física en la secundaria de Tepostlán, comisario desaparecido desde agosto del año pasado. Valdivia asintió lentamente. Anoten y aseguren todos los efectos personales.

Es nuestra primera pista. So Flores seguía de pie, rígida. Su mirada estaba perdida, pero sus ojos estaban enrojecidos, como si contuviera una tormenta en su interior. Don Eladio, el jefe de tenencia, intentó acercarse. Doña Sochil, tenga paciencia. La policía encontrará al culpable. Pero Sochiló por un instante y respondió con un hilo de voz.

 Yo no sé nada, don Heladio. Esa parte de la tierra no la he escarvado en mucho tiempo. Valdivia escuchó la conversación. Observó a la mujer desde la distancia. Su lenguaje corporal era demasiado tranquilo para alguien que acababa de encontrar tres cadáveres en su propiedad. Anotó mentalmente, “Necesita un interrogatorio a fondo.

” La noche avanzaba. El pueblo de Santa Cecilia estaba ahora bajo una estricta vigilancia. Lámparas de gas iluminaban la huerta de guayabos, convertida en una macabra escena del crimen. Los oficiales trabajaban empaquetando pruebas, fragmentos de concreto, trozos de alambre, muestras de tierra impregnada del edor.

 Todo se guardaba en cajas estériles etiquetadas. Caso 6011 Santa Cecilia. Valdivia estaba de pie junto al portón. encendió un cigarro que el viento apagó de inmediato. No llegó a darle una calada. Rafa se le unió trayendo un informe preliminar. Comisario, la identificación preliminar indica tres hombres de entre 20 y 40 años, todos con signos de violencia.

Uno parece haber sido estrangulado, otro apuñalado en el pecho y el tercero probablemente fue golpeado con un objeto contundente antes de ser enterrado. Valdividia resopló. Diferentes causas de muerte, pero enterrados juntos. Esto no fue un crimen espontáneo. Esto es un patrón. Rafa asintió. Posiblemente un solo autor para todos.

No necesariamente uno, pero sí un solo lugar y una sola mente organizadora. Valdivia miró la huerta durante un largo rato. Bajo la luz de los reflectores, los guayabos se mecían lentamente, como si guardaran un secreto. En medio del silencio, el canto de un grillo solitario añadía tensión al aire. Los amordazaron, murmuró Valdivia, y lo sellaron todo concreto.

Eso significa que el asesino sabía exactamente lo que hacía. Quería ocultar el olor, quería borrar el tiempo. Se volvió hacia Rafa. Empezaremos por aquí. Requiero una lista de todas las personas desaparecidas en la región en los últimos dos años. Y también investiga a todos los que tenían alguna relación con Sochil Flores.Quiero esos nombres esta misma noche.

Entendido, comisario, respondió Rafa con presteza. Cuando el reloj marcaba casi las 9 de la noche, Valdivia se acercó a Sochil Flores. Llevaba una pequeña libreta. Su rostro permanecía sereno. “Señora Flores”, dijo Cortés, pero firmemente. “Necesitamos algunas declaraciones. ¿Cuándo fue la última vez que se cabó en esta parte de la huerta?” Sochi miró al suelo, sus labios estaban secos.

“Quizás hace un año, señor.” Le pedí a un trabajador que me ayudara a hacer un pozo para almacenar agua de lluvia, pero después de eso nunca más se acabó allí. ¿Quién era ese trabajador? No recuerdo su nombre. Era de fuera del pueblo. Vino por unas semanas y luego se fue.

 Valdivia la miró directamente a los ojos. ¿Conoce usted a un tal Mateo Cruz? Sochil se sobresaltó. Sus pupilas se dilataron por un instante y luego bajó la mirada rápidamente. No, señor, no lo conozco. Valdivia simplemente tomó nota sin decir nada más, aunque su mente se encendió de inmediato, la respuesta fue demasiado rápida, demasiado preparada.

Cerró su libreta. Bien, señora Flores, por esta noche le pedimos que permanezca en su casa. Mañana por la mañana la citaremos en la comandancia para una declaración más detallada. Sochi la sintió débilmente y se alejó caminando lentamente, acompañada por dos vecinas. Cada uno de sus pasos parecía pesado, pero en su rostro no había lágrimas, solo una sombra oscura que se hacía más profunda.

Cuando los oficiales comenzaban a recoger su equipo, el teniente Rafa encontró algo bajo las raíces de un guayabo cercano al bloque de concreto. Una pequeña pulsera de plata medio enterrada en la tierra. En su interior, una inscripción grabada con letra fina para Mateo DX. Rafa llamó rápidamente. Comisario Valdivia, esto parece pertenecer a la víctima.

Valdivia la tomó con unas pinzas de metal, observando la inscripción durante un largo rato. Sus labios murmuraron, casi inaudibles. X. Soil. Su mirada se dirigió hacia la casa de la viuda, cuyas luces ahora brillaban débilmente en la distancia. El viento nocturno soplaba suavemente, trayendo consigo el aroma de los guayabos y el persistente dor a muerte.

En su interior, el comisario Valdivia sabía que esto era solo el comienzo de algo mucho más oscuro. A la mañana siguiente, el cielo estaba cubierto por una fina capa de niebla. El camino de tierra que llevaba a la casa de Sochil Flores estaba desierto. Solo el canto de los gallos y el ruido de la vieja motocicleta del comisario Valdivia rompían el silencio.

Detrás de él, el teniente Rafa llevaba una carpeta gruesa con las fotos de la escena del crimen y el informe forense preliminar. La casa de Soochil se veía impecable, pintada de un verde pálido, con un patio limpio y macetas de flores dispuestas simétricamente. “Demasiado limpio, pensó Valdivia. Había visto muchas casas de culpables, siempre intentaban parecer normales.

Y Sochil, según los testimonios de los vecinos, era conocida por ser callada, pero muy trabajadora. Una joven viuda que vivía de los frutos de la huerta que le dejó su esposo, fallecido 5 años atrás en un misterioso accidente. Valdivia llamó a la puerta tres veces. Desde dentro se oyeron pasos lentos. La puerta se abrió.

Sochil apareció vistiendo una falda sencilla y una blusa bordada. Un reboso negro cubría su cabello. Sus ojos estaban hinchados, pero una pequeña sonrisa forzada se dibujaba en sus labios. “Pasen, señores policías”, dijo en voz baja. “Estoy lista para dar mi declaración”. La sala de estar de Sochil era modesta, pero ordenada.

Las paredes estaban llenas de fotos antiguas. su difunto esposo, Paisajes de la huerta y una foto en blanco y negro que captó la atención de Valdivia. Era la foto de un joven con uniforme deportivo, de pie al borde de un campo con una sonrisa radiante. Debajo de la foto, una inscripción manuscrita.

 Mateo Cruz, campeón del torneo 2018. Valdivia se quedó mirando la foto. ¿Conocía a este hombre? Preguntó con calma. Sochil se giró rápidamente como si se arrepintiera de haber colgado esa foto allí. Era un viejo amigo, señor. Nos conocimos cuando tomé un curso de agricultura en Cuernavaca. Hace mucho tiempo, un viejo amigo, Valdivia entrecerró los ojos.

 ¿Qué tipo de relación tenían? Sochil respiró hondo. Su voz temblaba ligeramente. Solo me ayudó con unos trámites para el negocio en aquel entonces. Nada más. Valdividia no respondió. Abrió la carpeta y colocó la foto de la credencial de Mateo sobre la mesa. Anoche encontramos una pulsera de plata con la inscripción para Mateo DX cerca de la tumba de concreto.

Sochil se quedó helada. Su mirada se movió de la foto a las manos de Valdivia. Yo yo sí le di esa pulsera, pero fue hace mucho tiempo. No sé por qué estaba allí. Valdivia la miró fijamente. Usted sabe que Mateo desapareció en agosto del año pasado. Sochil se mordió el labio y bajó la mirada.

Escuché rumores, pero nunca no sabía nada, señor. El teniente Rafa, que había permanecido en silencio, comenzó a tomar notas. Señora Flores, también encontramos otra capa de concreto debajo de los tres cuerpos. Uno de ellos está confirmado como Mateo. Los otros dos están en proceso de identificación, pero uno era un albañil llamado Felipe Rojas y el otro, un hombre llamado Budy Santoso, conocido como el caimán, un prestamista de la zona.

 Sochil se enderezó. Deudas. Yo no le debo nada a nadie”, dijo rápidamente. “Demasiado rápido.” Valdivia observó como los dedos de Sochil se aferraban entre sí en su regazo. En silencio, leía un lenguaje corporal que era más honesto que sus palabras. Después del breve interrogatorio, Valdivia pidió permiso para inspeccionar la casa.

 Con una orden judicial, él y Rafa registraron cada habitación. La cocina estaba limpia. El dormitorio ordenado, pero dentro de un armario, detrás de una pila de telas, encontraron un pequeño frasco de vidrio con una etiqueta descolorida, silacina, sedante para animales grandes. Valdividia levantó el frasco con unas pinzas. Este medicamento es para vacas o caballos, señora.

¿Usted cría animales grandes? Sochil miró el frasco con una expresión vacía y negó con la cabeza. No, señor. Quizás son restos de algún medicamento que dejó un antiguo trabajador que me ayudó en la huerta. Pero la etiqueta de la tienda coincide con los registros de compra cerca de la escena del crimen. Intervino Rafa.

Sochi lo miró y dijo con un tono monótono. No sé nada de eso. Valdivia no insistió. simplemente cerró la caja de pruebas y dijo en voz baja, “Bien, nos llevaremos esto para analizarlo en el laboratorio.” Esa tarde la comandancia de Santa Cecilia estaba llena de periodistas locales, pero Valdivia rechazó todas las entrevistas.

Se quedó mirando un pizarrón en la sala de investigación. En el colgaban las fotos de las tres víctimas con hilos rojos que las conectaban a un solo nombre en el centro, Sochil Flores. Rafa se paró a su lado. Comisario, llegaron los resultados preliminares de la autopsia. Los tres murieron en momentos diferentes.

Mateo hace aproximadamente un año, el Caimán quizás hace 9 meses y Felipe hace solo seis. Así que los asesinatos ocurrieron de forma escalonada. Valdivia entrecerró los ojos. Eso significa que el asesino esperó y cada vez estaba seguro de que no sería descubierto. Rafa añadió, “Todas las víctimas son hombres y todos tenían alguna conexión con Sochi.

Mateo, su examante, el caimán, el prestamista de su difunto esposo, y Felipe, un peón que trabajó para ella.” Valdivia se tocó la barbilla. Tres hombres, tres motivos diferentes. Pero, ¿por qué enterrarlos en el mismo lugar? Un símbolo preguntó Rafa. No, respondió Valdivia en voz baja. No es un símbolo, es un mensaje.

Se acercó a la ventana mirando la polvorienta calle del pueblo. ¿Sabes, Rafa? Un asesino como este no suele ser espontáneo. Tiene una herida antigua que le hace creer que el mundo necesita ser limpiado. Quiero saber qué herida guarda Sochil Flores. Esta noche Valdivia revisó archivos antiguos en el registro del municipio.

Encontró un informe de 2018 sobre la muerte de Ricardo Vargas, el esposo de Sochi. El informe decía que murió al caer de una escalera en la huerta con una herida grave en la cabeza. No se encontraron signos de violencia, pero una foto de la escena del crimen mostraba algo más, una contusión en la 100 que parecía causada por un golpe contundente.

El caso nunca se investigó a fondo. Se consideró un accidente doméstico. Valdividia cerró los ojos uniendo los hilos de una historia que comenzaba a formar una imagen oscura. Un esposo muerto en circunstancias misteriosas. Un examante desaparecido un año después. Un prestamista que se desvanece meses más tarde y todo termina bajo los guayabos de una viuda que parece frágil, pero que esconde una sonrisa helada.

Encendió un cigarro y lo apagó de nuevo. Vamos a desenterrar su pasado dijo en voz baja. Habla con la gente que conocía a Mateo. Quizás ellos sepan la verdadera naturaleza de su relación. A la mañana siguiente, Rafa fue a la secundaria de Tepostlán, donde Mateo solía enseñar. Allí habló con una maestra mayor llamada doña Elena.

 La mujer tembló al oír el nombre de Sochil Flores. “La recuerdo”, dijo doña Elena. Mateo solía hablar de una viuda del pueblo de las huertas. Decía que era una buena mujer, pero posesiva. Le llamaba por las noches, preguntándole dónde estaba, con quién. Unos meses antes de que Mateo desapareciera, parecía asustado. Incluso dijo una vez que esa mujer lo había amenazado con quitarse la vida si él la dejaba.

Rafa anotó rápidamente. Mateo mencionó el nombre de esa mujer. Sí, respondió doña Elena con la mirada perdida. Sochil Flores. Cuando ese informe llegó al escritorio del comisario Valdivia, él permaneció en silencio durante mucho tiempo. Afuera,la lluvia caía con fuerza, golpeando el cristal de la ventana como un frío conteo del tiempo.

 Miró el expediente y murmuró en voz baja, “Cuando el amor se convierte en rencor, no hay muro de concreto que pueda contener su edor. Y afuera, en la casa verde pálido al borde de la huerta de guayabos, Sochil Flores estaba sentada sola en su sala. Frente a ella, la foto de Mateo todavía colgaba en la pared.

 La miró durante un largo rato. Sus dedos tocaron una pulsera de plata que llevaba puesta, una pulsera idéntica a la que encontraron en la tumba de Mateo. Sus labios se movieron en un susurro apenas audible. Si no te hubieras ido, Mateo, nada de esto habría sido necesario. La lluvia caía sin cesar sobre Santa Cecilia de las Flores.

 Esa noche un relámpago lejano partió el cielo en dos. En la comandancia, el comisario Valdivia observaba el pizarrón de la investigación, ahora saturado de fotos. Sochil Flores, Mateo Cruz, el Caimán, Felipe Rojas y en la esquina superior derecha la foto del esposo de Sochi, Ricardo Vargas. ahora incluida. Los hilos rojos se entrecruzaban, formando una telaraña que convergía en un solo punto en el centro, la huerta de guayabos de Sochi.

 El teniente Rafa entró con una carpeta mojada por la lluvia. Comisario, el informe financiero acaba de llegar y es interesante. Abrió las páginas. Tres meses después de la muerte de su esposo, la cuenta bancaria de Sochil Flores recibió una transferencia de 200,000 pesos de la cuenta de Mateo Cruz. Valdivia levantó una ceja.

 200,000 pesos. ¿Para qué? No hay registro de un préstamo ni una nota de compraventa. Pero dos semanas después de esa transferencia, Mateo comenzó a visitar Santa Cecilia con frecuencia. Decía que estaba ayudando a Sochil con un proyecto en la huerta. Valdividia resopló y un año después Mateo desapareció sin dejar rastro.

Volvió a mirar el pizarrón. Todo gira en torno a una cosa, la confianza. Sochil hacía que la gente confiara en ella y luego los eliminaba uno por uno. A la mañana siguiente, Valdividia lideró un nuevo registro en la huerta de Sochi. Esta vez trajeron perros rastreadores y detectores de metales. Sochil protestó enérgicamente cuando llegó la policía, pero una orden judicial la dejó sin opciones.

Se quedó en el porche de su casa con el cuerpo rígido y la mirada perdida como una estatua de piedra. El perro rastreador corrió alrededor del montículo de concreto ya desmantelado. Luego se detuvo en el lado norte de la huerta, justo debajo de una pila de viejos tambos de fertilizante. Ladró con fuerza, escarvando la tierra con sus patas.

“Caben ahí”, ordenó Valdivia. La tierra húmeda comenzó a ser removida. Minutos después, los oficiales encontraron un costal de plástico que contenía ropa de hombre, varios relojes de pulso y una cartera dañada. Dentro de la cartera había una credencial de Budy Santoso, el caimán, junto con una navaja oxidada.

Rafa examinó la navaja bajo la luz de una linterna. Tiene una mancha oscura en la hoja. Podría ser sangre vieja. Valdivia miró el costal sin parpadear. guardó las pertenencias de las víctimas aquí, no las desechó, como si quisiera recordar su paso por el mundo. Sochil se mordió el labio hasta hacerlo sangrar.

La oficial que la custodiaba la miró con preocupación. Señora, siéntese para que no se desmaye. Pero Sochil no respondió. Sus ojos estaban fijos en el suelo, en el costal que acababan de desenterrar. Y de sus labios salió una frase en un susurro. Él empezó todo. Valdivia escuchó esa frase, se dio la vuelta y la miró directamente a la cara.

 ¿Quién empezó, señora? Sochil guardó silencio por unos segundos. Luego, como si se diera cuenta de que había hablado de más, se dio la vuelta y entró en la casa sin responder. Por la tarde, Valdivia estaba sentado en la sala de interrogatorios. Frente a él, Sochil Flores, con las manos en el regazo y el rostro pálido.

Sobre la mesa, un mazo de agua y las fotos de Mateo Cruz con su sonrisa amable. “Señora Flores,” comenzó Valdividia, su voz suave pero firme. “Ya sabemos que Mateo le transfirió dinero. También sabemos que él venía a menudo a su casa antes de desaparecer. Solo queremos escuchar de usted qué fue lo que realmente sucedió esa noche.

Sochil permaneció en silencio durante un largo rato. La lluvia afuera caía con más fuerza. Solo se escuchaba el tic tac del reloj en la pared. Luego, lentamente comenzó a hablar. Mateo vino esa noche. Dijo que quería terminar la relación. dijo que iba a volver con su esposa. Sus lágrimas comenzaron a caer, pero su voz se mantuvo fría.

Yo le había dado todo. Pensé que me amaba, pero resultó que solo era su escape. Valdivia preguntó en voz baja. ¿Y qué hizo usted? Sochil negó con la cabeza. Yo no lo maté. Él se enfureció. Discutimos. Me abofeteó. Y luego se cayó. Se cayó dónde? En la cocina. Se golpeó la cabeza contra la orilla de la mesa.

 Rafa, que escuchaba desde unaesquina de la habitación, la miró con asombro. Valdividia tomó nota sin cambiar de expresión. Si fue así, ¿por qué su cuerpo fue encontrado bajo concreto, señora? Sochil cerró los ojos. Las lágrimas cayeron de nuevo, esta vez con más intensidad. Tenía miedo. Nadie me iba a creer. Todos dirían que yo era la asesina. Así que llamé a un trabajador. Le dije que era para una fosa séptica.

Solo quería enterrarlo, no hacerlo desaparecer. Valdivia se recostó en su silla y los otros dos cuerpos. Felipe Rojas y Buddy Santoso también se cayeron en la cocina. Sochil no respondió. Miró la mesa con la vista perdida. Sus labios temblaron y luego dijo en un susurro. Ellos vinieron a buscar problemas. Ellos no sabían.

Yo solo me defendí. Valdivia dejó el bolígrafo y la miró profundamente a los ojos. Señora, cada vez que alguien buscaba problemas con usted, terminaba muerto y todos enterrados en el mismo terreno. Eso no es una coincidencia. Esa noche, Valdivia y Rafa revisaron nuevamente los informes forenses. El médico forense explicó que la herida en la cabeza de Mateo no era compatible con un golpe contra una mesa de cocina, sino con un impacto de un objeto contundente desde atrás.

Mientras tanto, en el cuerpo del caimán se encontraron restos de un sedante para animales en su torrente sanguíneo. Felipe también mostraba signos similares antes de ser estrangulado. “Los durmió antes de matarlos”, dijo el médico con frialdad. Valdivia miró las fotos de las heridas y ella a todo eso le llama a defenderse.

Días después, la noticia de la viuda de concreto de Santa Cecilia comenzó a circular en los medios. Los periodistas llegaron en masa, sus cámaras llenando el patio de la comandancia, pero a Valdivia no le importaba la atención. Solo quería saber una última cosa. ¿Por qué? La noche siguiente decidió visitar a Sochil en su celda de detención.

La habitación era fría, olía a metal y humedad. Sochil estaba sentada en el suelo abrazando sus rodillas. Su rostro estaba casi sin color. Valdivia se paró frente a los barrotes. Señora, no vengo a presionarla. Solo quiero saber por qué todos esos hombres terminaron muertos en sus manos. Sochi levantó la cabeza lentamente.

Sus ojos estaban vacíos, pero su voz era clara, como la de alguien que ya ha hecho las paces con sus pecados. Todos eran iguales, señor. Venían como si trajeran amor, pero en realidad querían llevarse mi dinero, mi herta, mi corazón, todo. Y cuando se iban, dejaban una herida. Yo solo les devolví lo que ellos me dieron. Valdivia guardó silencio.

Sus palabras no eran apasionadas, pero su frialdad calaba hasta los huesos. Sabía que frente a él ya no había una mujer común, sino alguien que había orquestado la muerte con una lógica que la razón no podía tocar. Miró la tenue luz del techo y dijo en voz baja, “Señora, las heridas no sanan si se cubren con tierra y cemento.

” La tierra y el cemento los hicieron callar, comisario. Y eso para mí fue suficiente. Valdividia la miró por un largo momento, luego se dio la vuelta y abandonó la celda. Afuera, Rafa esperaba con rostro sombrío. ¿Cómo le fue, comisario? Valdivia respiró hondo. No está loca, Rafa. Es plenamente consciente de lo que hizo, pero dentro de ella hace mucho tiempo que no hay luz.

Salieron del edificio cruzando el patio ahora desierto. La lluvia había cesado, pero el aire seguía húmedo. A lo lejos, la huerta de Guayabo se veía como una mancha oscura bajo una media luna. El viento soplaba trayendo el olor a tierra mojada, el olor que una vez ocultó tres cuerpos y un secreto que finalmente había salido a la luz.

Y a lo lejos, la voz de Valdivia se escuchó en voz baja, como si hablara consigo mismo. A veces el mal no nace de la ira, nace de un amor que se ha podrido. La lluvia volvió a caer fuera de la celda. Dentro, Sochi Flores estaba sentada en silencio, mirando el suelo húmedo. Sus recuerdos viajaron lejos, a una época en la que todo era cálido y la vida parecía simple.

Antes, Sochi no era la mujer solitaria que era ahora. Era una joven del pueblo que se casó con Ricardo Vargas, un comerciante de fertilizantes, un hombre testarudo pero cariñoso. Los primeros años de su matrimonio estuvieron llenos de risas y trabajo duro en la huerta de guayabos. Pero todo cambió cuando Ricardo comenzó a endeudarse con Budy Santoso, el caimán, un usurero despreciable.

A partir de ahí, su hogar se desmoronó lentamente. El caimán venía a menudo a la casa cobrando de manera grosera, a veces forzando a Sochil a firmar papeles en blanco, amenazando con quitarles la huerta si no pagaban. Ricardo, que antes era amable, se convirtió en un hombre iracundo, bebiendo a guardiente y golpeando a su esposa cada vez que la presión aumentaba.

Una noche, Ricardo llegó a casa borracho. Acusó a Sochil de vender las joyas de su madre y la empujó hasta hacerla caer. En su agarre, Sochi vio los ojos de su esposo, ya no como antes, sino llenos deodio y derrota. Mientras su mano buscaba algo con que defenderse, encontró un martillo de hierro cerca de la estufa.

Un golpe, dos golpes. Ricardo se desplomó sin hacer ruido. Un largo silencio se apoderó de la noche. Sochi se quedó de pie rígida, su cuerpo temblando. Afuera, la lluvia caía a cántaros ocultándolo todo. A la mañana siguiente, arrastró el cuerpo de su esposo a la huerta, cabó un pequeño agujero bajo un guayabo y lo cubrió con cemento en silencio.

Se dijo a sí misma, “Nadie lo sabrá. Solo se resbaló. Ese fue el comienzo de todo. Meses después apareció Mateo, un joven educado que traía sonrisas y una atención que hizo que Sochi olvidara su antiguo pecado. Él la ayudó a expandir la huerta, le enseñó a administrar el negocio e incluso le escribía cartas de amor en el reverso de las notas de compra de fertilizantes.

Sochi creyó que quizás esta era su redención, pero ese amor no duró. Mateo ya estaba casado en la ciudad. Cuando intentó alejarse, Sochil se negó. La noche en que Mateo vino a terminar la relación, la ira y el miedo se fusionaron en uno solo. Mateo la abofeteó, gritó y ella blandió lo primero que tuvo a su alcance, el mismo martillo.

La sangre manchó el suelo de la cocina y Sochil volvió a enfrentarse al silencio que ya conocía. lo enterró en el mismo lugar sobre la tumba de Ricardo. Una nueva capa sobre una vieja capa. Después vino Felipe, el joven y cándido trabajador. Él ayudó a acabar el hoyo, a preparar el cemento, sin saber que bajo la tierra que removía ya había dos cuerpos.

Pero empezó a sospechar, especialmente cuando encontró un trozo de tela ensangrentada entre la tierra. Sochil supo que no podía dejar que esa boca se abriera. La noche siguiente, vertió Dante en el café de Felipe. Esperó a que su cuerpo se debilitara y luego lo estranguló con una cuerda.

 Una vez más, el cemento fue vertido. Una vez más, el pecado fue enterrado. De vuelta en la celda, Sochil respiró hondo. Fuera de los barrotes, el comisario Valdivia la observaba en silencio. Sabía por su mirada que Sochil no se arrepentía, solo estaba cansada. Sochi finalmente dijo en voz baja, sin mirarlo. Todos vinieron con promesas, señor, pero al final todos me dejaron sola de nuevo.

 Valdivia respondió en voz baja. Pero esta vez, señora, su soledad durará mucho tiempo. Muchísimo tiempo. Sochil miró al frente. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. No tengo miedo. Allá afuera el mundo también es una tumba, solo que aún no le han echado cemento. Valdivia la observó un segundo más, luego se dio la vuelta y se fue.

 Detrás de él, el sonido de la cerradura de la celda retumbó con un eco frío. fuera. La lluvia había cesado, pero desde la lejana huerta de guayabos, el olor a tierra húmeda todavía revelaba los restos de una historia que nunca podría ser completamente enterrada, la historia de un amor podrido y de una mujer que sembró el pecado con sus propias manos.

Tres meses después del descubrimiento de la tumba de concreto, la sala del juzgado de Cuernavaca estaba abarrotada. Medios de comunicación, vecinos de Santa Cecilia y estudiantes de derecho llenaban los asientos. Todos querían ver el rostro de la que ahora llamaban la viuda de concreto, la mujer que enterró a tres hombres en su huerta como si estuviera plantando semillas de guayaba.

Cuando Sochil Flores fue conducida a la sala, un silencio instantáneo se apoderó del lugar. Vestía el uniforme naranja de prisionera. Un reboso negro cubría parte de su rostro. No había llanto, no había lágrimas, solo una mirada vacía que se clavaba al frente. El fiscal, un hombre llamado Irvan Setiaban, abrió su expediente.

Su voz era firme y fría. Su señoría, la acusada Sochil Flores, está imputada por tres cargos de homicidio premeditado. La primera víctima, Ricardo Vargas, su esposo. La segunda, Mateo Cruz, su amante. La tercera, Quelipe Rojas, un trabajador de la huerta. Tres vidas, un lugar, un autor.

 Pequeños murmullos se extendieron por la sala. Una anciana en la última fila se cubrió la boca. se ve tan tranquila y pensar que sus manos están manchadas de sangre. El fiscal continuó mostrando fotos de la escena del crimen en un proyector, los fragmentos de concreto, el costal de plástico y la pulsera con la inscripción para Mateo DX. La sala se sintió de repente pesada con un silencio sofocante.

Cuando llegó su turno, Sochil se puso de pie. Su voz era suave pero clara. Nunca tuve la intención de matar a nadie. Todos ellos me atacaron, me engañaron. Solo quería protegerme. El juez la miró fijamente. Protegerse, señora Flores, no significa enterrar a la gente en cemento y plantar árboles sobre ellos. Sochil bajó la cabeza, sus manos temblaban.

Tenía miedo, su señoría, nadie me habría creído. Al mundo no le importan las viudas pobres. Vienen, prometen y luego se van. Algunas personas en la sala guardaron silencio. Unos sintieron lástima, otros la miraron con dureza.El comisario Valdivia, sentado como testigo principal, la observó con frialdad. Cuando fue llamado al estrado, su voz fue contundente.

Dirigí la investigación. Todas las pruebas apuntan a un homicidio premeditado. La acusada compro sedantes en dos ocasiones, ordenó cemento y supervisó las excavaciones. Eso no es una reacción de miedo, es preparación. Sochil miró a Valdivia con los ojos llorosos. Usted no sabe lo que es ser abandonada. Valdivia no respondió.

Sabía que detrás de esas lágrimas había algo más antiguo que la culpa, una amargura que se había petrificado. El juicio duró días. Un psicólogo forense explicó que Sochil sufría un trauma prolongado desde la muerte de su esposo, pero que era plenamente consciente de sus actos. No estaba loca, solo era fría. Cuando el fiscal leyó la acusación final, su voz resonó.

 Exigimos para la acosada Sochil Flores, la pena de cadena perpetua. Sochil cerró los ojos por un instante. Parecía aliviada, no asustada. El juez golpeó el mazo dictando sentencia en el décimo día del juicio. Considerando todas las pruebas y los testimonios, este tribunal declara a la acusada Sochil Flores, culpable de homicidio premeditado, y la condena a cadena perpetua.

El segundo golpe del mazo resonó con fuerza y en ese momento los vecinos en la parte de atrás susurraron al unísono finalmente. Pero Sochilo, sonrió levemente. Se puso de pie, miró al juez y dijo con calma, “Al menos en la cárcel, nadie vendrá a quitarme nada.” Los guardias la escoltaron fuera. Las cámaras de los periodistas destellaron, los micrófonos se agolparon, pero Sochi caminó sin bajar la cabeza, sin mirar a los lados, como si el mundo a su alrededor ya no tuviera sentido.

Fuera del edificio, el cielo estaba nublado. El comisario Valdivia estaba de pie en las escaleras, viendo cómo se alejaba el furgón que la transportaba. El teniente Rafa se paró a su lado. Comisario, ¿cree que se arrepiente? Valdividia negó con la cabeza lentamente. No, solo está cansada. A veces los seres humanos ya no distinguen entre la culpa y el alivio.

El furgón se perdió en la distancia, dejando un rastro de agua en el asfalto mojado. Y a lo lejos, el pueblo de Santa Cecilia de las Flores volvía al silencio. La huerta de guayabos ahora estaba vacía, pero su tierra aún guardaba un secreto que nunca estaría del todo en paz. El secreto de una mujer que sembró amor, pero cosechó muerte.

 Han pasado 10 años desde que se inauguró el jardín del recuerdo de Santa Cecilia. El pequeño pueblo, antes conocido por su huerta de guayabos, se ha convertido en un lugar tranquilo y fértil. Cada mañana los niños de la escuela pasan por el jardín y se detienen un momento a leer la placa de piedra en el centro. Ningún amor merece crecer del odio.

 Las nuevas generaciones solo conocen el nombre de Sochil Flores por las historias de sus padres. Para ellos es una leyenda oscura, una figura aterradora, pero también triste. Sin embargo, para los ancianos del pueblo, la imagen de la viuda que enterró a tres hombres en su huerta sigue viva en su memoria. Cada vez que llueve, el aroma de la tierra del jardín trae de vuelta viejos recuerdos.

Don Eladio, el antiguo jefe de tenencia, ahora encorbado por los años, a menudo se sienta en una banca de madera en una esquina del jardín. Sus manos tiemblan, pero sus ojos todavía observan el lugar con una mezcla de arrepentimiento y alivio. Es extraño, le dice a su nieta que se sienta a su lado.

 Este lugar que antes solía a muerte, ahora tiene el aroma de las flores. La niña llamada Mira lo mira con inocencia. Abuelo, ¿por qué enterraron a esa gente aquí? ¿Eran malos? Don Eladio suspira profundamente. No, mi niña, no eran malos, simplemente perdieron su camino. A veces las personas que aman demasiado también pueden quedarse ciegas.

Mientras tanto, en Cuernavaca, el antiguo teniente Rafa Montes, ahora comisario, dirige un seminario en la academia de policía. Utiliza el caso de Sochil Flores como un estudio clásico sobre el crimen nacido del trauma. Ante los jóvenes cadetes, Rafa muestra fotos antiguas de la huerta, los bloques de concreto, el rostro de Sochil en la sala de interrogatorios.

Nunca olvidaré sus ojos”, dice Rafa en voz baja. Unos ojos que ya no distinguían entre el amor y el rencor. Recuerden, jóvenes, el crimen no siempre comienza con la intención de matar, a veces crece del miedo a perder. La sala queda en silencio. Uno de los cadetes levanta la mano. Comisario, un criminal así puede cambiar si siguiera vivo.

 Rafa mira por la ventana la lluvia que cae suavemente. Quizás si alguien la perdonara, pero el problema es que ella nunca se perdonó a sí misma. En Santa Cecilia el cambio continúa. El jardín del recuerdo se ha convertido en una pequeña atracción turística. La gente viene con flores, no para lamentarse, sino para rezar y reflexionar.

En el centro del jardín, el guayabo que se plantó hace 10 años ha crecidofrondoso, cargado de frutos. Los aldeanos lo llaman el árbol de Sochi. Cada cosecha, sus frutos se reparten gratis a los niños del pueblo, un símbolo de que incluso de la tierra más oscura puede brotar la vida. Pero no todos pueden olvidar.

La viuda de Mateo Cruz. que ahora vive en la ciudad de México, a veces visita el jardín en secreto, nunca habla con nadie, solo se para frente a la placa de piedra, mirando el guayabo mientras aprieta una pulsera de plata que una vez perteneció a su esposo. Un adolescente del pueblo la vio llorar una vez. Cuando le preguntó si odiaba a Sochil Flores, la mujer solo respondió en voz baja antes.

 Sí, pero ahora creo que ella fue castigada mucho antes que nadie. Por la noche, cuando el viento sopla desde el valle, las hojas del guayabo susurran entre sí. Muchos aldeanos creen que el espíritu de Sochil Flores todavía camina entre los árboles, no para asustar, sino para asegurarse de que nadie más cometa el mismo error.

 Una noche, mira, la nieta de don Eladio, tuvo un sueño. Vio a una mujer con un reboso negro de pie en el jardín, mirando el guayabo y sonriendo. En sus manos sostenía una rosa roja. La mujer dijo suavemente, “Si amas a alguien, no dejes que el miedo te haga sembrar odio, porque el amor con miedo se convierte en muerte.” Mira se despertó sudando frío.

 Cuando le contó el sueño a su abuelo, Danadao solo sonrió débilmente. Quizás su alma viene a asegurarse de que no olvidemos. A veces un alma culpable solo descansa si alguien la recuerda con compasión, no con horror. Años después, cuando don Eladio falleció, fue enterrado en la colina detrás del jardín, donde solía sentarse a contemplar la huerta.

 En su funeral, Rafa vino de la ciudad y dejó una flor en su tumba. Miró hacia el guayabo, cargado de frutos maduros, y susurró, “El caso se cerró hace mucho tiempo, pero la lección nunca terminará. caminó lentamente hacia el centro del jardín y releyó la inscripción en la placa de piedra, ya un poco desgastada. El rencor nunca cultiva nada más que muerte.

 Rafa tocó la piedra y luego miró el cielo anaranjado del atardecer. Desde los árboles el viento sopló trayendo el dulce aroma de los guayabos y la tierra húmeda. Por un instante pareció escuchar una voz suave del pasado, la voz de una mujer que una vez se ahogó en sus propios pecados. Gracias por dejarme ser tierra útil. Rafa cerró los ojos, dejó que el viento pasara y luego se dio la vuelta para abandonar el jardín.

Detrás de él, los niños reían y corrían recogiendo los guayabos caídos. Y allí, en la tierra que una vez fue una tuma de pecado, la vida volvía a girar. Pero cada vez que alguien pasaba junto a la placa de piedra, sabía que allí había vivido una historia, la de una mujer que amó demasiado profundamente hasta ahogarse en su propio amor.

 Chil Flores se había ido hace mucho tiempo, pero su sombra permanecía.