Amigas desaparecen en campamento – 2 años después,reaparecen en el último abrazo

Julio de 1994. El calor del verano madrileño era sofocante, pero Clara Fernández y Marina Soler apenas lo notaban. Estaban demasiado ocupadas preparando sus mochilas para el viaje que habían planeado durante meses. Acampar en la Sierra de Gredos en plena naturaleza, lejos de todo y de todos. Libertad absoluta.
Clara tenía 17 años y el espíritu de una exploradora. Desde pequeña había soñado con aventuras, con conocer cada rincón de España, con dormir bajo las estrellas. Marina, también de 17, era su complemento perfecto, más cautelosa, más organizada, pero igual de entusiasta cuando se trataba de estar con su mejor amiga. Se conocían desde los 5 años cuando las familias se mudaron al mismo barrio de Vallecas.
Habían crecido juntas, compartido secretos, llorado las mismas penas, celebrado las mismas alegrías. Eran inseparables. Todo el mundo lo sabía. Donde iba una, iba la otra. “¿Has metido el saco de dormir?”, preguntó Marina revisando su lista por tercera vez. “Sí, mamá.” Clara se rió. “Y la linterna y las herillas y la brújula que ni siquiera sé usar.
” “Pues más vale que aprendas. La sierra de gredos no es el retiro.” Clara abrazó a su amiga por los hombros. Por eso es perfecto. Una aventura de verdad. El padre de Clara, Antonio Fernández, no estaba tan convencido. Cuando su hija le había pedido permiso dos meses atrás, había dicho que no inmediatamente, pero Clara era persuasiva y Marina tenía la habilidad de tranquilizar a los padres más nerviosos.
Al final, ambas familias habían cedido con condiciones, irían con un grupo de otros jóvenes, se quedarían en la zona de acampada autorizada y llamarían desde el pueblo más cercano cada dos días. Prométeme que tendrás cuidado, Antonio”, le dijo a Clara la mañana de la partida. “La montaña no perdona errores. Papá, vamos a estar bien.
Hay siete personas más en el grupo y Marina es tan precavida que llevamos hasta un botiquín de primeros auxilios. Aún así, si pasa algo, si veis que el tiempo cambia, bajáis inmediatamente. ¿Me lo prometes? Te lo prometo.” Pero Clara no podía imaginar qué promesa acababa de hacer. A las 8 de la mañana, el grupo se reunió en la estación de autobuses de Méndez Álvaro.
Nueve jóvenes en total, todos entre 16 y 18 años. Llevaban mochilas enormes, sacos de dormir, tiendas de campaña. La energía era contagiosa. Risas, bromas, la emoción de la aventura que les esperaba. El viaje en autobús duró 3 horas. Bajaron en el pueblo de Hoyos del Espino, un lugar pequeño y tranquilo al pie de la sierra.
Desde allí, un camino de tierra llevaba hasta la zona de acampada libre, a unos 5 km monte arriba. Última oportunidad para comprar provisiones, anunció Javier, el chico que había organizado el viaje. Hay una tienda aquí que vende de todo. Entraron en tropel en la pequeña tienda del pueblo. El dueño, un señor mayor con bigote canoso, los miró con una mezcla de diversión y preocupación.
¿Vais a acampar ahí arriba? Sí, señor, respondió Clara. tres días y dos noches. Pues tened cuidado, el tiempo en la sierra cambia rápido. Esta mañana está despejado, pero esta tarde podría llover y cuando llueve aquí llueve de verdad. Estaremos atentos, prometió Marina comprando un mapa de la zona.
Comenzaron la caminata cerca del mediodía. El sendero era empinado, pero bien marcado. Los pinos y robles daban sombra y el aire era fresco comparado con el calor de Madrid. Clara iba adelante cantando canciones, señalando pájaros y flores silvestres. Marina la seguía de cerca, riendo de las ocurrencias de su amiga. Tardaron dos horas en llegar a la zona de acampada, un claro amplio junto a un arroyo.
Ya había otras tiendas montadas, otros grupos disfrutando del verano. El ambiente era relajado, amistoso. Montaron sus tiendas en círculo compartiendo el espacio. Clara y Marina pusieron la suya un poco apartada del resto bajo un pino grande que les daba sombra. Querían intimidad para charlar por las noches como siempre hacían. Esto es perfecto suspiró Clara, tumbándose en el saco de dormir y mirando las ramas del pino moverse con la brisa.
Ojalá pudiéramos quedarnos aquí para siempre. Tres días son suficientes. Marina sonrió. Luego querré mi cama. Mi ducha caliente y la tortilla de patatas de mi madre pasaron la tarde explorando los alrededores. El arroyo era poco profundo, pero helado, alimentado por el descielo de las cumbres.
Se quitaron las botas y metieron los pies gritando por el frío. Recogieron leña para la hoguera de la noche. Hablaron con otros campistas, compartieron historias. Cuando comenzó a anochecer, el grupo se reunió alrededor del fuego. Alguien había traído una guitarra. Cantaron, comieron bocadillos, bebieron limonada tibia.
Las estrellas empezaron a aparecer. Primero unas pocas, luego miles, tantas que el cielo parecía un manto brillante. “Nunca había visto tantas estrellas”, murmuró Marina con la cabeza apoyada enel hombro de Clara. “Porque en Madrid hay demasiada luz. Aquí es como debería ser siempre.” Cerca de medianoche, el grupo se fue retirando a sus tiendas.
Clara y Marina fueron las últimas en irse sin querer que ese momento perfecto terminara. Ya en sus sacos de dormir siguieron hablando en susurros. ¿Crees que algún día dejaremos de ser amigas? Preguntó Marina de repente. ¿Qué? Claro que no. ¿Por qué dices es eso? No sé. A veces pienso en el futuro.
Iremos a la universidad, puede que a ciudades diferentes. Conoceremos gente nueva. Las cosas cambian. Clara se dio la vuelta para mirar a su amiga en la oscuridad. Escúchame bien, Marina Soler. Tú y yo vamos a ser amigas hasta que seamos viejas arrugadas. Nada va a cambiar eso, te lo prometo. Marina sonrió. ¿Lo prometes? Lo prometo.
Se durmieron con esa promesa flotando entre ellas, sin saber que pronto esa promesa tomaría un significado que ninguna de las dos podría haber imaginado. La mañana del 17 de julio amaneció gris. Clara fue la primera en despertar. Cerca de las 7. Algo no se sentía bien. El aire estaba pesado, húmedo. Las nubes bajas ocultaban las cumbres de la sierra.
se asomó fuera de la tienda y vio que el resto del campamento aún dormía. “Marina, despierta”, susurró sacudiendo suavemente a su amiga. Marina gruñó y se dio la vuelta. “¿Qué hora es?” “Temprano, pero mira el cielo. Creo que va a llover.” “Pues entonces quedémonos dentro. Tenemos libros, tenemos comida, no pasa nada.
” Clara no estaba convencida, pero volvió a meterse en el saco. Media hora después empezaron a caer las primeras gotas. suaves al principio, después más intensas. Para las 8 de la mañana llovía con fuerza. Los demás del grupo comenzaron a despertarse. Javier salió de su tienda con una cazadora impermeable. Menudo día.
Parece que nos quedamos aquí hasta que escampe. Pero la lluvia no escampó. A las 10 seguía cayendo. A las 11, el arroyo que la noche anterior era un hilo de agua cristalina, se había convertido en un torrente marrón y rugiente. A mediodía, algunos del grupo empezaron a preocuparse. “Deberíamos bajar al pueblo”, sugirió una chica llamada Marta. “Esto no pinta bien.
” “¡Imposible”, respondió Javier señalando el sendero por el que habían subido. “Está completamente embarrado. Resbalaríamos. Es más seguro quedarnos aquí y esperar.” Clara y Marina se quedaron en su tienda jugando a las cartas, leyendo, intentando pasar el tiempo, pero el sonido de la lluvia golpeando la lona era incesante, hipnótico, inquietante.
Hacia las 3 de la tarde, Marina miró su mochila y frunció el ceño. Clara, ¿has visto mi cámara de fotos? La desechable que compraste en Madrid. Sí, la dejé aquí esta mañana, pero no la encuentro. Buscaron por toda la tienda. Nada. Después recordaron que el día anterior durante la exploración de la tarde, Marina había estado sacando fotos por todas partes.
“A lo mejor la dejaste junto al arroyo”, sugirió Clara. “Cuando nos quitamos las botas.” “Es posible. Vamos a buscarla.” Clara miró hacia fuera. Seguía lloviendo, pero menos intensamente que antes. Una llovisna persistente. “Podemos intentarlo. No está tan lejos. 10 minutos ida y vuelta. No se clara. Quizá deberíamos esperar. por una cámara. Venga, no seas gallina.
Nos ponemos las cazadoras, vamos rápido y volvemos. Marina dudó, pero al final se dio. Siempre cedía cuando Clara insistía. Se pusieron las cazadoras impermeables, las botas de montaña y salieron de la tienda. Javier las vio. ¿Dónde vais? Al arroyo. Marina ha perdido su cámara. No tardéis. Y si veis que la cosa se pone peor, volvéis corriendo. Tranquilo, papá.
Clara, bromeó. se alejaron del campamento siguiendo el sendero que bordeaba el arroyo hacia arriba. La visibilidad era mala por la niebla que había empezado a formarse. Los árboles goteaban agua constantemente. El suelo estaba resbaladizo. Llegaron al punto donde habían estado el día anterior. Marina buscó entre las rocas, pero no había arrastro de la cámara. No está aquí.
Puede que la corriente la arrastrara. Clara señaló río abajo. Vamos a mirar un poco más. siguieron el arroyo, ahora convertido en río pequeño. La niebla se hizo más espesa. De repente, Clara se detuvo. Oyes eso era un sonido extraño, como un rugido lejano grave. Es solo el agua, dijo Marina, nerviosa. Vámonos, Clara.
No me gusta esto. Pero Clara había visto algo. Una apertura en la roca parcialmente oculta por el hechos. una cueva o gruta. Mira eso. ¿Crees que tu cámara pudo rodar hasta ahí dentro? Clara, no. Volvamos. Solo un segundo. Voy a echar un vistazo rápido. Clara se acercó a la apertura apartando los elechos.
La entrada era estrecha pero accesible. Sacó su linterna y alumbró dentro. La cueva parecía profunda con el suelo inclinado hacia abajo y entonces pasó algo que ninguna de las dos esperaba. El suelo bajo los pies de Clara, reblandecido por la lluvia, cedió. Clara gritó y comenzó adeslizarse hacia dentro de la cueva. Clara.
Marina se lanzó hacia ella agarrándola del brazo, pero el impulso las arrastró a ambas. Rodaron juntas por la pendiente de la cueva gritando, intentando agarrarse a algo. Cayeron varios metros golpeándose contra rocas hasta que finalmente se detuvieron en una cámara más grande dentro de la gruta. Quedaron tendidas en el suelo, aturdidas, adoloridas.
La luz de la entrada era apenas visible desde donde estaban. La linterna de Clara había rodado lejos, proyectando sombras extrañas en las paredes de piedra. Marina, ¿estás bien? Me duele todo. ¿Qué ha pasado? Hemos caído en la cueva. Tenemos que salir. Intentaron volver por donde habían bajado, pero la pendiente era demasiado empinada y resbaladiza.
No había forma de subir sin cuerdas o ayuda. Socorro, gritó Clara. Ayuda. Estamos aquí abajo gritaron durante varios minutos, pero nadie respondió. El sonido del agua y el viento se tragaba sus voces. Marina empezó a llorar. Nadie nos oye. No saben dónde estamos. Clara la abrazó. Tranquila. Cuando no volvamos, vendrán a buscarnos.
Saben que fuimos al arroyo, nos encontrarán. Pero en el fondo Clara también tenía miedo. La entrada de la cueva estaba oculta, la niebla era espesa y cada vez hacía más frío. Mientras tanto, en el campamento pasó una hora, después dos. Javier empezó a preocuparse, salió de su tienda y miró alrededor.
No veía a Clara ni a Marina por ninguna parte. ¿Alguien ha visto a Clara y Marina? Nadie las había visto desde que se fueron. Javier sintió que el estómago se le encogía. Voy a buscarlas. Siguió el sendero hacia el arroyo, llamándolas a gritos. No obtuvo respuesta. La niebla era tan densa que apenas veía a 3 m de distancia.
El ruido del agua crecida ahogaba cualquier otro sonido. Volvió al campamento media hora después, empapado y asustado. No las encuentro. Hay que avisar. Bajaron al pueblo lo más rápido que pudieron, resbalando en el barro, tropezando. Llegaron al cuartel de la Guardia Civil en Hoyos del Espino casi a las 7 de la tarde.
Dos chicas del grupo han desaparecido, fueron a buscar algo junto al arroyo y no han vuelto. El sargento de guardia, un hombre de unos 40 años con cara seria, tomó nota de todo. Nombres, descripciones, última vez que las vieron. Con esta niebla y esta lluvia no podemos hacer nada hasta mañana. Pero en cuanto amanezca organizamos la búsqueda.
Los padres fueron avisados esa misma noche. Antonio Fernández y los padres de Marina, Isabel y Miguel Soler, tomaron sus coches y condujeron desde Madrid en la oscuridad con el corazón en un puño. Mientras tanto, en la cueva, Clara y Marina se acurrucaban juntas para darse calor. La temperatura había bajado considerablemente.
Estaban mojadas, cansadas, asustadas. Van a venir a buscarnos, Clara repetía, tanto para tranquilizar a Marina como a sí misma. Mañana nos encontrarán, pero no sabían que acababan de empezar la noche más larga de sus vidas. El amanecer del 18 de julio trajo cielos despejados como si la tormenta nunca hubiera existido.
Pero para las familias de Clara y Marina, el día empezó con una angustia que ningún sol podía aliviar. A las 6 de la mañana, más de 30 personas se habían reunido en Hoyos del Espino, guardias civiles, voluntarios del pueblo, miembros de protección civil y un equipo de rescate de montaña que había llegado desde Ávila durante la noche.
Antonio Fernández tenía los ojos rojos de no haber dormido. Isabel Soler temblaba a pesar del calor que ya empezaba a sentirse. Miguel Soler hablaba con el coordinador de la búsqueda, un capitán de la Guardia Civil llamado Herrera. ¿Cuál es el plan? Vamos a peinar toda la zona alrededor del campamento. El arroyo y sus alrededores son la prioridad, ya que fue donde se las vio por última vez.
Tenemos perros rastreadores llegando en una hora. ¿Y si están heridas? ¿Y si no pueden responder? Por eso buscamos rastros, ropa, objetos personales, cualquier señal de que pasaron por ahí. La búsqueda comenzó a las 7. Los equipos se desplegaron en abanico desde el campamento. Llamaban los nombres de las chicas cada pocos minutos.
Los perros olfateaban el suelo tirando de sus correas. En la cueva clara despertó con el cuerpo entumecido. Había pasado la noche durmiendo a ratos, despertándose con cada ruido. Marina estaba currucada contra ella, todavía dormida. Clara la miró con ternura mezclada con culpa. Esto era su culpa. Ella había insistido en buscar la cámara.
Se movió cuidadosamente para no despertar a su amiga y exploró un poco más la cueva con la linterna. La cámara donde estaban tenía unos 10 m de diámetro. El techo era bajo en algunos puntos. Había varias grietas en las paredes, pero ninguna lo suficientemente grande para pasar. La única salida era por donde habían caído y esa pendiente era imposible de escalar sin ayuda.
“Lara, ¿dónde estás?” La voz asustada de Marina la hizo volver. “Aquí tranquila,solo estaba mirando si hay otra salida.” Y Clara negó con la cabeza. Marina empezó a llorar de nuevo. Vamos a morir aquí. No digas eso. Escucha, tenemos que ser inteligentes, conservar fuerzas, gritar solo cuando escuchemos voces arriba y quedarnos juntas para darnos calor. Tengo sed.
Clara también tenía sed y hambre. No habían comido desde el día anterior. En sus mochilas, que habían rodado con ellas, encontraron dos barritas energéticas y una botella de agua medio vacía. Tendrían que racionarlo todo. Arriba, la búsqueda continuaba. Los perros siguieron un rastro hasta el arroyo, pero allí se perdía.
El agua crecida de la noche anterior había borrado cualquier olor. El equipo de rescate revisó las orillas metros arriba y abajo. Nada. ¿Es posible que las arrastrara la corriente?, preguntó Antonio con voz rota. Es una posibilidad, admitió el capitán Herrera, pero el arroyo baja hasta un embalse a 2 km. Vamos a buscarlo todo el recorrido.
Pasó el primer día, después el segundo y el tercero. Encontraron la mochila de Clara enganchada en unas ramas varios metros río abajo, pero de las chicas ni rastro. Los medios de comunicación llegaron, cámaras de televisión, periodistas con micrófonos. Las caras de Clara y Marina aparecieron en todos los telediarios.
Búsqueda desesperada en la Sierra de Gredos. Dos adolescentes desaparecidas. Las familias piden ayuda. Isabel Soler dio una rueda de prensa con la voz quebrándose. Por favor, si alguien sabe algo, si alguien las ha visto, que llame. Son solo niñas. Solo quiero que mi hija vuelva a casa. En la cueva Clara y Marina habían perdido la noción del tiempo.
¿Cuántos días habían pasado? Dos. Tres. La oscuridad era casi total. La linterna se había apagado el segundo día. El frío era constante, el hambre era insoportable, pero peor era la sed. Habían intentado lamer las paredes húmedas de la cueva, pero apenas conseguían unas gotas. Las barritas energéticas hacía tiempo que se habían acabado.
“Lara, no puedo más”, susurró Marina. Su voz era tan débil que apenas se oía. “Aguanta, por favor, aguanta. Nos van a encontrar.” Pero en su corazón, Clara empezaba a perder la esperanza. Arriba, después de 10 días de búsqueda intensa, el operativo empezó a reducirse. Los equipos de rescate profesionales tenían que irse a otras emergencias.
Quedaron solo voluntarios locales y las familias que se negaban a marcharse. El capitán Herrera fue honesto con los padres. Hemos buscado en un radio de 10 km. Hemos usado perros, helicópteros con cámaras térmicas, buceadores en el embalse. No hay rastro de sus hijas. Es posible que Es posible que no las encontremos. ¿Qué está diciendo Antonio? Casi gritó, “¿Que dejamos de buscar?” No estoy diciendo eso, pero tenemos que ser realistas.
Si están en alguna grieta profunda, si cayeron en algún lugar inaccesible, podríamos no encontrarlas nunca. Las palabras cayeron como piedras. Los padres se abrazaron llorando, pero negándose a aceptarlo. La búsqueda oficial terminó después de dos semanas. El caso quedó abierto, pero no había más recursos disponibles.
Las familias volvieron a Madrid destrozadas, dejando parte de su alma en esas montañas. En la cueva, Clara y Marina yacían abrazadas. Hacía días que ninguna de las dos tenía fuerzas para moverse. El hambre había dado paso a un entumecimiento general. Ya no sentían el frío de la misma manera. Clara, Marina, susurró. ¿Te acuerdas cuando te prometí que seríamos amigas para siempre? Sí, lo cumplí hasta el final. Yo también.
Se abrazaron más fuerte. Ya no lloraban, no les quedaban lágrimas. Solo se aferraban la una a la otra, dándose el último consuelo posible en la oscuridad. No tengo miedo, mintió Marina. Yo tampoco mintió Clara. Mientras estemos juntas, siempre juntas. Y así, en la oscuridad de aquella cueva olvidada, dos amigas inseparables permanecieron abrazadas mientras la vida se les escapaba lentamente, cumpliendo, sin saberlo, la promesa que se habían hecho bajo las estrellas.
Los dos años que siguieron fueron un infierno pausado para las familias. Cada día despertaban con la misma pregunta sin respuesta. ¿Dónde están nuestras hijas? Antonio Fernández dejó su trabajo. No podía concentrarse. No podía fingir que la vida seguía con normalidad. Pasaba los días buscando en internet foros sobre personas desaparecidas, leyendo casos similares, aferrándose a cualquier esperanza por remota que fuera.
Su mujer, Carmen, había muerto 5 años antes de un cáncer. Clara era todo lo que le quedaba y ahora también la había perdido. Los Soler intentaron mantener una apariencia de normalidad por su hijo pequeño, Dani, de 11 años. Pero la casa estaba llena de silencios pesados. El cuarto de Marina permanecía exactamente como ella lo había dejado.
Nadie entraba allí, excepto Isabel, que se sentaba en la cama de su hija y lloraba durante horas. Los cumpleaños eran especialmenteduros. El 3 de febrero de 1995, Clara habría cumplido 18 años. Antonio fue solo a la sierra, llevando flores que dejó junto al arroyo donde su hija había desaparecido.
Se quedó allí todo el día llamándola, esperando un milagro que no llegó. El 15 de mayo, Marina habría cumplido 18. Los Soler organizaron una pequeña ceremonia en su casa con familiares cercanos. Encendieron velas, compartieron recuerdos, lloraron juntos. Pero lo peor era no saber. Si hubieran encontrado los cuerpos, por horrible que fuera, al menos habrían podido enterrarlas, despedirse, tener un lugar donde llorarlas.
Esta incertidumbre era una tortura sin fin. Estaban muertas probablemente, pero sin confirmación siempre quedaba esa pequeña y cruel esperanza. Y si estaban en algún hospital sin memoria, y si alguien las había secuestrado, y si estaban vivas en alguna parte intentando volver a casa. Las asociaciones de familias de desaparecidos contactaron con ellos.
Les ofrecieron apoyo, terapia de grupo, recursos legales. Antonio y los Soler asistieron a algunas reuniones. Era desgarrador escuchar historias similares, conocer a otras familias atrapadas en el mismo limbo. En 1995 hubo un momento de esperanza cruel. La Guardia Civil llamó diciendo que habían encontrado restos humanos en una cueva a 15 km de donde las chicas desaparecieron.
Antonio y Miguel fueron a identificarlos con el estómago revuelto, sin saber si querían que fueran sus hijas o no. No lo eran. Los restos pertenecían a un excursionista que había desaparecido años antes. El alivio y la decepción se mezclaron de forma confusa. Seguían sin respuestas. Los medios de comunicación perdieron interés.
Otros casos ocuparon las portadas. Clara y Marina se convirtieron en estadísticas más en la lista de personas desaparecidas en España. Sus fotos seguían en carteles desgastados en algunos pueblos de la sierra, pero cada vez menos gente las recordaba. Solo las familias seguían buscando. Antonio iba a gredos cada dos meses.
Recorría los senderos, preguntaba a los lugareños, buscaba el solo donde los profesionales habían fracasado. Los Soler pusieron anuncios en periódicos cada aniversario del desaparecimiento. Un año sin ti, dos años esperando, con las fotos de las chicas sonriendo ajenas a su destino. En julio de 1996, exactamente 2 años después de la desaparición, ambas familias decidieron hacer un acto conmemorativo en Hoyos del Espino.
Querían agradecer al pueblo que había ayudado en las búsquedas. Querían mantener viva la memoria de sus hijas. Unas 30 personas asistieron. El alcalde del pueblo dio un breve discurso. Un sacerdote rezó una oración. Antonio e Isabel hablaron con la voz rota sobre sus hijas, sobre cómo eran, qué las hacía reír, qué soñaban ser. Clara quería ser veterinaria”, dijo Antonio. Le encantaban los animales.
Siempre traía gatos y perros callejeros a casa. “Marina quería ser maestra”, añadió Isabel. Decía que quería enseñar a los niños a amar la naturaleza, a cuidar el planeta. Sueños que nunca se cumplirían. Después del acto, algunas personas se acercaron a darles el pésame, aunque técnicamente no había fallecimiento confirmado.
Un hombre mayor que vivía en el pueblo desde hacía 50 años habló con Antonio. Yo he recorrido cada metro de estas montañas. Conozco cuevas y grietas que ni siquiera los mapas muestran. Si quiere, puedo enseñarle algunos lugares donde no buscaron. Antonio aceptó inmediatamente. Pasaron tres días explorando zonas remotas.
Bajaron a barrancos, se metieron en cuevas pequeñas, buscaron detrás de cascadas, no encontraron nada, pero Antonio agradeció el esfuerzo. Mientras tanto, dos excursionistas llamados Tomás y Lucía, una pareja de Valencia de unos 30 años, habían llegado a la sierra ese mismo fin de semana de julio de 1996. Eran senderistas experimentados, amantes de la naturaleza, que pasaban sus vacaciones explorando montañas.
El 21 de julio decidieron hacer una ruta fuera de los senderos marcados. Querían llegar a una cascada que Tomás había visto en un mapa antiguo. La ruta no era popular, apenas había marcas humanas. Caminaron durante horas disfrutando del paisaje, del aire puro, del silencio. Cerca del mediodía, Lucía se detuvo para beber agua.
miró a su alrededor y frunció el ceño. Eso es una cueva. Tomás siguió su mirada. A unos 20 metros parcialmente oculta por el hechos y maleza que había crecido salvaje. Había una apertura en la roca. Parece que sí. ¿Quieres echar un vistazo? Solo un momento. Tengo curiosidad. Se acercaron apartando la vegetación. La entrada era estrecha. Tomás sacó su linterna y alumbró hacia dentro.
El as de luz reveló una pendiente que bajaba hacia la oscuridad. “Ten cuidado”, advirtió Lucía. “El suelo parece inestable”. Tomás asintió y empezó a descender con cuidado, agarrándose a las rocas. Lucía lo siguió. Bajaron varios metros hasta llegar a una cámara más grande yentonces Tomás vio algo que hizo que se le helara la sangre.
En el suelo, acurrucadas contra la pared del fondo, había dos figuras, dos cuerpos, dos chicas abrazadas. Habían esperado dos años para ser encontradas y finalmente alguien las había encontrado. Tomás se quedó paralizado, la linterna temblando en su mano. El as de luz iluminaba una escena que se quedaría grabada en su memoria para siempre.
Dos cuerpos claramente de chicas jóvenes estaban abrazados en posición fetal. La ropa estaba deteriorada pero reconocible. Una llevaba una cazadora roja, la otra azul. Lucía. Su voz apenas salió como un susurro. Lucía, no bajes más. Pero ella ya estaba a su lado. Cuando vio lo que él veía, ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. Dios mío, son sí.
Tenemos que salir y avisar a la guardia civil. Subieron tan rápido como pudieron, resbalando en la pendiente, arañándose las manos contra las rocas. Cuando llegaron arriba, Lucía se apoyó contra un árbol y vomitó. Tomás respiraba agitadamente intentando calmarse. “Las chicas desaparecidas”, dijo Lucía cuando pudo hablar.
“las que buscaron hace dos años tienen que ser ellas. Tenemos que bajar al pueblo rápido.” Corrieron por el sendero tropezando sin detenerse. Tardaron casi una hora en llegar a Hoyos del Espino y rumpieron en el cuartel de la Guardia Civil sudando y sin aliento. Hemos encontrado dos cuerpos en una cueva. Creemos que son las chicas desaparecidas.
El guardia de turno se puso de pie inmediatamente. ¿Dónde? ¿Pueden llevarnos? Sí, sí, pero necesitamos un momento. Acabamos de correr todo el camino. Media hora después, un equipo de la Guardia Civil, el forense y Tomás y Lucía, subían por la montaña. Tardaron otra hora en llegar al lugar. Los guardias marcaron la zona, sacaron fotos, documentaron todo.
El forense, un hombre de unos 50 años con cara seria, descendió a la cueva con equipo de iluminación. examinó los cuerpos sin tocarlos más de lo necesario. Cuando subió, su expresión era sombría. Dos chicas jóvenes, entre 17 y 20 años aproximadamente, llevan mucho tiempo ahí por el estado de descomposición y momificación natural.
Diría que al menos 2 años. Las ropas coinciden con las descripciones de Clara Fernández y Marina Soler. Causa de muerte. Tendré que hacer análisis más detallados, pero a primera vista no hay señales de violencia. Mi hipótesis preliminar es hipotermia y deshidratación. Cayeron ahí, no pudieron salir y murieron de frío y sed.
Uno de los guardias se acercó al borde de la cueva y miró hacia abajo. ¿Cómo no encontramos este lugar hace dos años? Buscamos toda la zona. La entrada está muy escondida y con la vegetación que ha crecido en dos años es aún menos visible. Fue pura suerte que estos excursionistas la encontraran. El capitán Herrera, que había dirigido la búsqueda original, fue avisado y llegó una hora después.
Cuando vio la cueva, cerró los ojos brevemente. Estuvimos a 50 m de aquí. 50 m. No se culpe, dijo el forense. Esta zona está llena de cuevas y grietas. Es imposible revisar todas. Había dos familias esperando respuestas y nosotros pasamos de largo. No había respuesta para eso. Los cuerpos fueron extraídos con cuidado. Esa misma tarde.
Los forenses habían traído equipo especial. La escena era delicada, triste y todos los presentes trabajaban en silencio respetuoso. Lo que más impactó a todos fue la posición de los cuerpos. Estaban abrazadas con fuerza los brazos de una alrededor de la otra, las caras juntas, incluso en la muerte habían permanecido unidas.
“No se soltaron”, murmuró uno de los guardias jóvenes con la voz quebrada. “Hasta el final no se soltaron. Ahora venía la parte más difícil, avisar a las familias.” El capitán Herrera condujo personalmente hasta Madrid esa noche. Primero fue a casa de Antonio Fernández. Eran casi las 11 de la noche. Antonio abrió la puerta en pijama con los ojos hinchados de alguien que ha llorado mucho y dormido poco.
Cuando vio el uniforme de la Guardia Civil en su puerta, supo inmediatamente que habían encontrado algo. ¿Es ella? Creemos que sí. Necesitaremos identificación formal, pero encontramos dos cuerpos en una cueva. Las ropas, la edad, todo coincide. Antonio se agarró al marco de la puerta. No lloró. No podía. Era como si hubiera usado todas sus lágrimas en los últimos dos años.
¿Dónde? A 2 km del campamento, una cueva escondida. Cayeron ahí y no pudieron salir. Sufrieron. Herrera dudó. Quería mentir, decir que no, que fue rápido, pero le debía honestidad a este hombre. Probablemente sí, hipotermia y deshidratación. Pero estaban juntas, abrazadas. No estuvieron solas. Antonio cerró los ojos. Una pequeña parte de él encontraba consuelo en eso.
Su hija no había muerto sola y asustada. Su mejor amiga había estado con ella hasta el final. ¿Cuándo puedo verla? Mañana. Primero necesitamos hacer la identificación formal en el InstitutoAnatómico Forense. Después fue a casa de los Soler. La conversación fue casi idéntica. Isabel se desplomó en brazos de su marido cuando le dieron la noticia.
Miguel simplemente asintió, como si hubiera estado esperando esto durante dos años y finalmente hubiera llegado. ¿Puedo preguntar algo?, dijo Miguel con voz rota. Dice que estaban abrazadas. Marina y Clara se tenían la una a la otra. Sí. Entonces no estuvieron completamente solas. Eso es algo era lo único que podían agarrar.
Un pequeño consuelo en medio de una tragedia inmensa. A la mañana siguiente, las noticias explotaron. Encontrados los cuerpos de las chicas desaparecidas en gredos. Dos años después, las amigas inseparables aparecen juntas. Trágico final para búsqueda que conmovió a España. Las familias fueron al Instituto Forense en Madrid.
La identificación formal se hizo a través de registros dentales y objetos personales. No les permitieron ver los cuerpos directamente, pero les mostraron las pertenencias. La cazadora roja de Clara, la cazadora azul de Marina, las mochilas y la cámara de fotos desechable de Marina que había rodado con ellas hasta la cueva.
¿Puedo quedarme con esto?, preguntó Isabel agarrando la cámara con manos temblorosas. Sí, por supuesto. Días después, Isabel hizo revelar las fotos. Fueron las últimas imágenes que Marina tomó antes de morir. Clara sonriendo junto al arroyo. El grupo alrededor de la hoguera, las estrellas sobre la sierra. Imágenes de felicidad momentos antes de la tragedia.
La última foto de todas mostraba a Clara haciendo una mueca divertida a la cámara. Al fondo, borrosa, se veía la entrada de la cueva donde morirían. Isabel guardó esas fotos como un tesoro. Eran lo último que le quedaba de su hija. La autopsia confirmó lo que el forense había sospechado. Clara Fernández y Marina Soler murieron de hipotermia severa combinada con deshidratación extrema.
No había señales de violencia, no había indicios de que alguien más estuviera involucrado. Fue un accidente trágico. El informe forense fue más allá, pintando un cuadro devastador de sus últimos días. Basándose en el estado de los cuerpos y los objetos encontrados, los expertos reconstruyeron lo que probablemente había sucedido.
Las chicas cayeron en la cueva durante la tarde del 17 de julio de 1994. Intentaron salir, pero la pendiente era demasiado empinada. Gritaron pidiendo ayuda, pero nadie las escuchó debido a la tormenta y la distancia del campamento. Tenían poca comida y agua. Probablemente murieron entre cinco y 7 días después de la caída.
La hipotermia fue la causa principal. Las temperaturas en la cueva, especialmente durante las noches, habrían bajado a menos de 10 gr. Mojadas por la lluvia inicial, sin fuego, sin mantas adecuadas, sus cuerpos simplemente no pudieron mantener el calor. Lo que partió el corazón de todos fue un detalle que el foren se encontró.
En la pared de la cueva, cerca de donde yacían los cuerpos, había arañazos, marcas hechas con piedras afiladas, palabras grabadas con esfuerzo. Mamá, papá, lo siento. No fue culpa de nadie. Marina y Clara, amigas para siempre, habían sabido que iban a morir y habían usado sus últimas fuerzas para dejar un mensaje.
Cuando Antonio leyó el informe, se derrumbó completamente. Su hija había pensado en él en sus últimos momentos. Había intentado consolarlo incluso desde más allá de la muerte. El funeral se celebró el 28 de julio de 1996 en Madrid. Fue un evento masivo. Cientos de personas asistieron. Compañeros de clase, profesores, vecinos, gente que ni siquiera conocía a las chicas, pero había seguido el caso.
Dos ataúdes blancos, uno al lado del otro, ambos cerrados, por supuesto, cubiertos de flores. Antonio pidió que pusieran girasoles sobre el de Clara, sus flores favoritas. Los Soler eligieron rosas blancas para Marina. El sacerdote habló sobre amistad, sobre amor que trasciende la muerte. sobre dos almas que permanecieron unidas hasta el final.
“Clara y Marina nos enseñan algo importante”, dijo con voz solemne. Nos enseñan que incluso en la oscuridad más profunda, incluso frente a la muerte misma, no estamos solos si tenemos a alguien que nos ama. Ellas se tuvieron la una a la otra, se dieron consuelo. No murieron solas ni asustadas porque estaban juntas.
Muchos en la iglesia lloraban abiertamente. El coro de la escuela donde habían estudiado cantó Ave María. Los amigos leyeron poemas. Javier, el chico que había organizado el viaje, habló con voz quebrada. Siento no haberlas cuidado mejor. Siento no haberlas encontrado. Las voy a recordar siempre. Su risa, su energía, su amistad.
Descansada en paz, clara y marina. Fueron enterradas en el cementerio de la Almudena. en tumbas una al lado de la otra. Las lápidas eran idénticas diseñadas para reflejar su amistad. Clara Fernández, 1977 y 994. Amiga inseparable, hija amada, siempre en nuestros corazones. Marina Soler, 19774.Amiga inseparable, hija amada, siempre en nuestros corazones.
Entre las dos tumbas, las familias plantaron un árbol, un cerezo que florecería cada primavera, símbolo de vida nueva, de belleza, de renovación. En los meses que siguieron, ambas familias intentaron encontrar una forma de seguir viviendo. No era FAC. Algunos días eran insoportables, pero al menos ahora tenían respuestas.
Sabían qué había pasado. Tenían un lugar donde ir a llorarlas. Antonio volvió a la sierra solo una vez más. fue a la cueva donde su hija había muerto. Las autoridades habían sellado la entrada para evitar que otros cayeran. Él se quedó allí durante horas, hablando con clara como si pudiera oírle. Te he echo de menos cada día, cada maldito día, pero sé que no estuviste sola.
Sé que Marina estuvo contigo. Eso me da paz. Los Soler crearon una fundación en memoria de sus hijas. Fundación Clara y Marina, dedicada a promover la seguridad en actividades de montaña para jóvenes. Organizaban charlas en colegios, donaban equipos de emergencia a grupos de senderismo, financiaban cursos de primeros auxilios.
Si podemos evitar que otra familia pase por esto, dijo Isabel en la presentación de la fundación, entonces la muerte de nuestras hijas tendrá algún significado. El caso de Clara y Marina se convirtió en una historia de advertencia, pero también de amor. Los medios las recordaban cada aniversario. Libros y documentales se hicieron sobre su desaparición, pero más que la tragedia, lo que la gente recordaba era su amistad.
Dos chicas que habían prometido ser amigas para siempre y que habían cumplido esa promesa de la forma más absoluta posible. Juntas hasta el último aliento, abrazadas en la oscuridad, inseparables incluso en la muerte. 10 años después, en 2004, se erigió un monumento en Hoyos del Espino, una placa de bronce con las caras sonrientes de Clara y Marina y una inscripción en memoria de Clara Fernández y Marina Soler, amigas inseparables que nos enseñaron que el amor verdadero nunca nos abandona, ni siquiera en la oscuridad. Julio 1994.
Cada verano, el 17 de julio, gente del pueblo sube a dejar flores junto a la cueva sellada. Excursionistas que pasan por allí se detienen un momento en silencio y las familias, aunque el dolor nunca desaparece completamente, encuentran consuelo en saber que Clara y Marina están juntas. Antonio, ahora un hombre mayor, sigue visitando la tumba de su hija cada semana.
Lleva girasoles frescos, habla con ella sobre su día, le cuenta cosas que sabe que a ella le habrían gustado. Isabel y Miguel hacen lo mismo. A veces coinciden con Antonio en el cementerio. Se sientan juntos en un banco entre las dos tumbas. No siempre hablan. A veces simplemente estar allí cerca de sus hijas es suficiente.
El cerezo que plantaron ha crecido fuerte y hermoso. Cada primavera florece espectacularmente, sus ramas extendiéndose sobre ambas tumbas como un abrazo protector. Y cuando el viento sopla entre sus hojas, hay quienes juran que se puede escuchar algo. Como risas lejanas de dos chicas jóvenes, como susurros de amistad eterna, como el eco de una promesa cumplida.
Clara y Marina, amigas inseparables en vida y en muerte para siempre.















