Alumnas de escuela católica desaparecieron en 1978 — en 2005 hallan cuerpos en túnel bajo el altar…
15 de marzo de 1978, Sevilla, España. Dos mejores amigas de 15 años salen de clase como cualquier día normal, pero Jessica Morales y María González nunca llegan a casa. Sus mochilas aparecen abandonadas en el patio del colegio católico, los libros esparcidos como si hubieran huído despavoridas. Pero, ¿de qué? De quién.
Durante 27 años este caso atormentó a las autoridades españolas. Cientos de pistas seguidas, miles de horas de investigación, pero las niñas parecían haberse desvanecido en el aire. Sus padres envejecieron buscándolas. La comunidad vivió con miedo y la verdad permanecía enterrada. Hasta que en 2005, durante una simple renovación del colegio, los trabajadores hicieron un descubrimiento que cambiaría todo.
Bajo el altar sagrado encontraron algo que nadie esperaba, un túnel secreto. Y lo que había dentro revelaría el horror más impensable que una mente humana pueda concebir. Prepárate para conocer la verdad que estuvo oculta durante casi tres décadas. Asegúrate de suscribirte al canal para no perder más casos como este y cuéntame en los comentarios desde dónde estás viendo.
En el corazón de Sevilla, donde las campanas de la catedral marcan el ritmo de la vida andaluza, se alzaba el colegio Santa María de la Esperanza. Era marzo de 1978 y la primavera mediterránea comenzaba a despertar entre los naranjos del patio escolar. Dos alumnas de 15 años, Jessica Morales y María González, habían forjado una amistad inquebrantable en los pasillos de mármol de esta institución católica centenaria.
Jessica, huérfana desde los 8 años tras un trágico accidente automovilístico que se llevó a sus padres, había encontrado en el colegio no solo educación, sino también refugio. Su pelo castaño claro y sus ojos verdes reflejaban una madurez prematura producto de las adversidades que había enfrentado. Vivía con su tía abuela Carmen, una mujer mayor que trabajaba como costurera y apenas podía costear la educación de la niña.
María González, por el contrario, provenía de una familia tradicional sevillana. Su padre, Antonio González, era carpintero y su madre, Esperanza, se dedicaba al hogar. Tenía el cabello negro azabache típico de la región y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Era el orgullo de sus padres, quien veían en su educación la oportunidad de ascender socialmente.
Ambas niñas compartían una devoción especial por los estudios y participaban activamente en las actividades religiosas del colegio. Sin embargo, algo oscuro comenzaba a ensombrecer sus vidas. El padre Pedro Ruiz, un sacerdote de 53 años con problemas mentales no diagnosticados, había llegado al colegio 6 meses antes como capellán visitante.
Sus ojos hundidos y su comportamiento errático ya habían causado inquietud entre algunas religiosas, pero la jerarquía eclesiástica había hecho caso omiso a las preocupaciones. El 15 de marzo de 1978, después de las clases vespertinas, Jessica y María desaparecieron sin dejar rastro. Sus mochilas fueron encontradas abandonadas en el patio principal junto a sus libros esparcidos como si hubieran sido arrojados precipitadamente.
La comunidad escolar entró en pánico. Las hermanas organizaron búsquedas inmediatas por todo el edificio, revisando cada aula, cada rincón, cada posible escondite. La noticia del desaparecimiento se extendió como un reguero de pólvora por las estrechas calles del barrio de Santa Cruz. Antonio González, el padre de María, abandonó su taller de carpintería y se sumó a las búsquedas junto con decenas de vecinos.
La tía Carmen, a pesar de su avanzada edad, recorrió cada iglesia, cada plaza, preguntando por su sobrina nieta, con la voz quebrada por la angustia. La Guardia Civil estableció un operativo de búsqueda que abarcó toda la ciudad. Se interrogó a profesores, compañeros de clase, vecinos y cualquier persona que hubiera tenido contacto con las menores.
El padre Pedro Ruiz fue uno de los primeros en ser cuestionado, pero su cuartada parecía sólida. Había estado en el confesionario hasta las 6 de la tarde, hora en que las niñas ya habían sido vistas por última vez. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. La investigación oficial comenzó a enfriarse gradualmente.
Los agentes habían seguido cada pista, revisado cada testimonio, pero no encontraron evidencia concreta que los condujera a las menores. La Sociedad Sevillana de finales de los años 70 no contaba con las herramientas forenses modernas y la comunicación entre diferentes cuerpos policiales era limitada. Durante este periodo, algo extraño comenzó a suceder en el colegio.
Varias alumnas reportaron haber escuchado ruidos extraños provenientes del sótano durante las noches, pero estas denuncias fueron desestimadas como producto de la histeria colectiva. El padre Pedro, mientras tanto, continuaba con sus labores pastorales, mostrando una preocupación aparentemente genuina porel paradero de las niñas.
La prensa local cubrió el caso intensamente durante los primeros meses, pero gradualmente el interés mediático se desvaneció. Las familias, sin embargo, nunca perdieron la esperanza. Antonio González hipotecó su casa para contratar a un detective privado, quien tampoco logró encontrar pistas relevantes. Mientras la ciudad lloraba la pérdida de las dos adolescentes, a apenas metros bajo sus pies se desarrollaba una realidad que superaba cualquier pesadilla.
El padre Pedro Ruiz había construido secretamente un túnel que conectaba el sótano del colegio con los cimientos del altar mayor de la capilla. Esta obra había sido ejecutada durante meses, aprovechando sus conocimientos de arquitectura religiosa y el acceso privilegiado que tenía al edificio. El túnel, de aproximadamente 20 m de longitud había sido excavado con herramientas rudimentarias durante las madrugadas, cuando el colegio permanecía vacío.
Pedro había justificado su presencia nocturna, alegando que realizaba meditación y oración prolongada. La tierra extraída era transportada en pequeñas cantidades y esparcida en diferentes lugares del jardín, mezclándose con la tierra de las macetas y jardineras. La entrada al túnel se encontraba disimulada detrás de una falsa pared en el sótano, oculta por estanterías que contenían antiguos libros religiosos y objetos litúrgicos en desuso.
La salida secreta se ubicaba directamente bajo el altar mayor, camuflada por las losas de mármol que podían ser levantadas desde abajo mediante un ingenioso sistema de poleas que Pedro había diseñado. Este espacio subterráneo se había convertido en una prisión perfecta. Las paredes de piedra y tierra absorbían cualquier sonido y la profundidad hacía imposible que los gritos llegaran a la superficie.
Pedro había instalado un sistema básico de ventilación y había acondicionado el lugar con una rudimentaria comodidad, un colchón viejo, mantas y recipientes para agua y comida. Fue en este lugar donde Jessica y María permanecieron cautivas durante años. El sacerdote las visitaba regularmente, llevándoles alimentos básicos y sometiéndolas a abusos físicos y psicológicos sistemáticos.
Las cadenas de metal, que las mantenían prisioneras, se habían convertido en sus grilletes permanentes, impidiéndoles cualquier intento de escape. Los años transcurrieron lentamente en la oscuridad del túnel subterráneo. Jessica y María, que habían ingresado como adolescentes llenas de sueños y esperanzas, se convirtieron en prisioneras de un infierno que nadie podía imaginar.
El padre Pedro había diseñado un sistema de control perfecto. Las alimentaba lo suficiente para mantenerlas vivas, pero las mantenía en un estado de debilidad constante que impedía cualquier resistencia significativa. La rutina diaria se había vuelto predecible y aterradora. Pedro descendía al túnel durante las primeras horas de la mañana antes de que comenzaran las actividades del colegio.
Durante estos encuentros la sometía a diversos tipos de abuso mientras les recordaba constantemente que nadie las buscaría, que habían sido olvidadas por el mundo exterior. Las cadenas que las sujetaban por las muñecas y los tobillos estaban diseñadas para permitir un movimiento limitado, pero no lo suficiente para alcanzar la entrada del túnel.
El metal había dejado marcas permanentes en sus huesos, creando surcos profundos que con el tiempo se convirtieron en parte integral de su anatomía. La humedad constante del subsuelo había oxidado parcialmente las cadenas, pero su resistencia permanecía intacta. Jessica, quien había demostrado una fortaleza extraordinaria durante sus primeros años de orfandad, desarrolló mecanismos de supervivencia psicológica que la ayudaron a mantener cierta cordura.
creaba historias mentales elaboradas sobre su eventual rescate y reunión con su tía Carmen. María, por su parte, se aferraba a los recuerdos de su familia, recitando mentalmente las canciones que su madre le cantaba durante la infancia. El aislamiento había comenzado a afectar gravemente su salud física y mental. La falta de luz solar había causado deficiencias vitamínicas severas y la dieta inadecuada había resultado en problemas de crecimiento y desarrollo.
Sus cuerpos adolescentes, que deberían haber florecido durante estos años cruciales, se habían marchitado en la oscuridad perpetua del túnel. Mientras Jessica y María languidecían en su prisión subterránea. La vida en Sevilla continuaba su curso normal. El colegio había reanudado sus actividades regulares, aunque un aura de tristeza permanecía entre los pasillos.
Una placa conmemorativa había sido colocada en el jardín principal, recordando a las dos estudiantes desaparecidas y manteniendo viva la esperanza de su regreso. Antonio González había envejecido prematuramente durante estos años. Su cabello, antes negro y abundante, ahora mostrabaextensas canas y su rostro reflejaba el peso de la pérdida constante.
Había convertido la búsqueda de su hija en el propósito central de su vida, contactando periódicamente con la Guardia Civil para preguntar sobre nuevos desarrollos en el caso. La tía Carmen, ahora con más de 70 años, había desarrollado una rutina casi ritual. Cada domingo después de misa visitaba la comisaría para preguntar sobre Jessica.
Su fe inquebrantable la sostenía, pero la edad y la preocupación constante habían comenzado a afectar su salud. Mantenía intacta la habitación de Jessica como si esperara su regreso en cualquier momento. El padre Pedro, mientras tanto, había perfeccionado su doble vida. Durante el día era el sacerdote devoto que consolaba a las familias y dirigía las oraciones por las niñas desaparecidas.
Su comportamiento público era impecable, mostrando una compasión aparentemente genuina por el sufrimiento de las familias. Incluso había organizado varias misas especiales, pidiendo por el regreso seguro de Jessica y María. Durante estos años, el sacerdote había desarrollado una rutina meticulosa para mantener en secreto su crimen.
Compraba alimentos adicionales que justificaba como donaciones para los pobres y había creado un sistema de excusas para explicar sus ausencias prolongadas. Su conocimiento íntimo del funcionamiento del colegio y su autoridad religiosa le proporcionaban la cobertura perfecta. El año 1985 marcó un punto de inflexión trágico en la historia de Jessica y María.
Después de 7 años de cautiverio, sus cuerpos habían llegado al límite de la resistencia humana. La desnutrición crónica, las condiciones insalubres del túnel y el trauma psicológico constante habían cobrado un precio devastador en su salud. Jessica fue la primera en su cumbir. Su cuerpo, debilitado por años de malnutrición y abuso, finalmente se dio durante una fría noche de febrero.
María, quien había sido su compañera de sufrimiento durante todos estos años, experimentó el horror adicional de presenciar la muerte de su mejor amiga. La soledad que siguió fue quizás más cruel que todos los abusos anteriores. El padre Pedro, al descubrir que Jessica había muerto, experimentó un momento de pánico.
Su mente perturbada luchó por procesar las implicaciones de lo que había hecho. Sin embargo, en lugar de liberar a María o confesar su crimen, decidió continuar con su rutina siniestra. Removió el cuerpo de Jessica, pero mantuvo a María cautiva como si nada hubiera cambiado. María sobrevivió apenas unos meses más. Su espíritu, quebrado por la pérdida de Jessica y la desesperanza absoluta, comenzó a desvanecerse gradualmente.
Los recuerdos de su familia y su vida anterior se habían vuelto más como sueños distantes que como realidades tangibles. En agosto de 1985, María también falleció, poniendo fin a 7 años de sufrimiento inimaginable. Pedro enfrentó entonces la realidad de tener dos cadáveres en su túnel secreto. Su mente, ya profundamente perturbada, desarrolló una extraña lógica para justificar mantener los cuerpos en el lugar.
Los veía como parte permanente de su santuario privado, testigos silenciosos de su control absoluto. Las cadenas, que habían sido instrumentos de tortura, se convirtieron en elementos decorativos macabros de su altar subterráneo. Las décadas de 1990 y principios de 2000 transcurrieron en un silencio sepulcral sobre el destino de Jessica y María.
El padre Pedro había continuado con su ministerio, aunque colegas cercanos notaron cambios sutiles en su comportamiento, se había vuelto más retraído, obsesivo con la limpieza del altar y extrañamente protector del área del sótano. Durante estos años, el colegio había experimentado varias renovaciones y modernizaciones. Sin embargo, el sótano y el área del altar habían permanecido intactos, principalmente debido a la insistencia del padre Pedro.
quien argumentaba que estas áreas tenían un valor histórico y religioso que debía preservarse. Su autoridad en asuntos litúrgicos había sido respetada sin cuestionamientos. Antonio González nunca había perdido completamente la esperanza, aunque la había templado con el realismo. Ahora, en sus 60 años había desarrollado una teoría personal sobre el destino de su hija.
Sospechaba que María había sido víctima de trata de personas, posiblemente trasladada a otra ciudad o país. Esta teoría le proporcionaba cierto consuelo, ya que implicaba que su hija podría seguir viva en algún lugar. La tía Carmen había fallecido en 1998, llevándose a la tumba sus oraciones constantes por Jessica. Su muerte había sido tranquila, pero quienes la conocían sabían que había muerto con el corazón roto.
En su testamento había dejado todas sus posesiones a Jessica, manteniendo la esperanza hasta el final. La comunidad sevillana había gradualmente archivado el caso en la memoria colectiva. Las nuevas generaciones de estudiantes conocían lahistoria como una leyenda urbana, pero pocos recordaban los detalles específicos.
El padre Pedro se había convertido en una figura respetada en la comunidad, conocido por su dedicación a los más necesitados y su profunda espiritualidad. En 2005, el colegio Santa María de la Esperanza decidió emprender una renovación completa de sus instalaciones. La modernización incluía la actualización de los sistemas eléctricos, la instalación de calefacción central y la restauración completa de la capilla histórica.
El proyecto financiado por una fundación benéfica representaba la inversión más grande en la historia del colegio. Los trabajos de renovación comenzaron en el verano cuando el colegio estaba vacío. El equipo de construcción, liderado por el maestro constructor Miguel Herrera, había planificado comenzar con las áreas más complejas, incluyendo el sótano y los cimientos del altar mayor.
Para el padre Pedro, esta noticia representaba una amenaza existencial. a su secreto más oscuro. Durante las primeras semanas, Pedro intentó desviar la atención de los trabajadores del área del sótano, sugiriendo que se concentraran primero en las aulas y oficinas. Sin embargo, la lógica de la construcción requería que los trabajos de cimentación se realizaran antes que las instalaciones superficiales.
Su nerviosismo creciente no pasó desapercibido para algunos colegas. El 15 de agosto de 2005, exactamente 27 años después del desaparecimiento, los trabajadores comenzaron a excavar cerca del altar mayor para instalar los nuevos sistemas de calefacción. Miguel Herrera, un hombre experimentado en renovaciones de edificios históricos, notó irregularidades en el suelo que sugerían la presencia de espacios vacíos subterráneos.
Al principio, los trabajadores asumieron que habían encontrado una cripta antigua o un sistema de drenaje medieval. Sin embargo, cuando ampliaron la excavación, descubrieron la entrada camuflada al túnel. La sorpresa inicial se transformó rápidamente en horror cuando las linternas iluminaron el interior del espacio subterráneo.
El descubrimiento de los esqueletos encadenados creó una conmoción inmediata. Miguel Herrera, a pesar de su experiencia en construcción, nunca había enfrentado algo así. Los restos humanos estaban claramente dispuestos, de manera que indicaba violencia y cautiverio prolongado. Las cadenas oxidadas aún sujetaban los huesos de las muñecas y tobillos, contando una historia silenciosa de sufrimiento prolongado.
La noticia del descubrimiento se extendió rápidamente por toda Sevilla. La Guardia Civil acordonó inmediatamente el colegio y estableció una investigación forense completa. Los primeros análisis confirmaron que los restos pertenecían a dos mujeres jóvenes que habían muerto aproximadamente 20 años antes. Las evidencias de trauma físico y la presencia de las cadenas indicaban claramente que habían sido víctimas de secuestro y abuso prolongado.
Antonio González, ahora de 67 años, recibió la noticia con una mezcla de devastación y extraño alivio. Después de 27 años de incertidumbre, finalmente conocía el destino de su hija. Su primer impulso fue el dolor, pero gradualmente este se transformó en una ira fría y calculadora. Sabía que el responsable aún vivía y estaba determinado a encontrarlo.
Los análisis forenses adicionales revelaron detalles estremecedores sobre los últimos años de Jessica y María. Las marcas en los huesos indicaban malnutrición severa, evidencia de fracturas múltiples mal curadas y signos de abuso físico sistemático. La disposición de los cuerpos y la construcción del túnel sugerían que el perpetrador había tenido acceso regular y prolongado al edificio.
El padre Pedro, al enterarse del descubrimiento, experimentó un colapso nervioso aparente. Su comportamiento errático y sus intentos de abandonar la ciudad inmediatamente después del hallazgo levantaron sospechas. Sin embargo, la investigación oficial se movía lentamente siguiendo procedimientos legales que Pedro conocía bien.
La comunidad sevillana experimentó una conmoción profunda. La revelación de que tal horror había ocurrido en el corazón de una institución religiosa respetada desafió las creencias fundamentales de muchos residentes. Las familias que habían confiado en el colegio durante décadas se sintieron traicionadas y vulnerables. Antonio González, mientras tanto, había comenzado su propia investigación.
utilizó sus contactos en la comunidad de carpinteros y constructores para rastrear quién había tenido acceso al sótano durante los años relevantes. Su metodología era simple, pero efectiva. Si alguien había construido ese túnel, había dejado rastros que él podía seguir. La investigación de Antonio González lo llevó directamente al padre Pedro Ruiz.
Los registros de construcción, los testimonios de trabajadores y la cronología de los eventos apuntaban inequívocamente alsacerdote como el único individuo con el acceso, conocimiento y oportunidad necesarios para cometer estos crímenes. Sin embargo, el sistema legal se movía con una lentitud que Antonio encontraba insoportable.
El 3 de septiembre de 2005, después de semanas de investigación silenciosa, Antonio tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre. había localizado la residencia del padre Pedro en una casa parroquial en las afueras de Sevilla. Armado con las herramientas de su oficio de carpintero, se dirigió al encuentro que había planificado meticulosamente.
El enfrentamiento entre Antonio y Pedro fue breve, pero definitivo. El padre, confrontado con la evidencia de su culpabilidad y la ira paternal de Antonio, confesó completamente sus crímenes. escribió los años de cautiverio, los abusos sistemáticos y la muerte gradual de las dos jóvenes. Su confesión fue grabada por Antonio, quien había previsto la necesidad de documentar la verdad.
Lo que siguió fue un acto de justicia paternal que conmocionó a España entera. Antonio, utilizando sus propias herramientas sometió a Pedro al mismo tipo de tortura que había infligido a Jessica y María. Las cadenas que había forjado específicamente para este propósito se convirtieron en instrumentos de una venganza meticulosamente planificada.
La muerte del padre Pedro fue descubierta tres días después por la comunidad parroquial. La escena recreaba deliberadamente las condiciones que habían sufrido las víctimas originales, cadenas, aislamiento y evidencia de sufrimiento prolongado. Junto al cuerpo, Antonio había dejado la confesión grabada.
y una carta detallada explicando sus acciones. Antonio González se entregó voluntariamente a las autoridades inmediatamente después de completar su venganza. Su juicio se convirtió en un evento nacional dividiendo a la opinión pública entre quienes lo veían como un héroe justiciero y quienes lo consideraban un vigilante criminal.
Fue condenado a 15 años de prisión, pero la sentencia fue recibida con apoyo masivo de la comunidad. La historia de Jessica María y la venganza de Antonio González se convirtió en un símbolo de la lucha entre la justicia institucional y la justicia emocional. El caso reformó las políticas de seguridad en instituciones educativas religiosas y estableció precedentes legales sobre los derechos de las víctimas de abuso institucional.
Hoy, 20 años después, una memorial permanente en el colegio honra la memoria de Jessica y María. Sus historias se han convertido en un recordatorio eterno de la importancia de proteger a los más vulnerables y de nunca permitir que la autoridad institucional eclipse la responsabilidad moral fundamental de proteger a los inocentes.
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