(1939, San Luis Potosí) La Costurera Magnolia— Cada novia que vestía amanecía muerta

En el corazón del antiguo San Luis Potosí de 1939, donde las calles empedradas resonaban con el eco de tiempos mejores, se erigía un pequeño local de fachada desgastada, magnolia, alta costura para novias. Rezaba un letrero de madera tallada que se mecía suavemente con la brisa de la tarde.
La propietaria Magnolia Vega era una mujer de unos 50 años de dedos largos y ojos negros profundos como pozos sin fondo. Doña Eugenia Montero cruzó el umbral de aquella tienda con su hija Carmela, una joven de 22 años, cuya belleza había cautivado al hijo del hacendado más próspero de la región. El tintineo de la campanilla anunció su llegada, pero nadie salió a recibirlas.
El aire olía a tela nueva, a naftalina y a algo más, algo indefinible que provocaba un nudo en la garganta. “¿Hay alguien?”, preguntó doña Eugenia mientras su hija observaba fascinada los vestidos de novia expuestos. Eran creaciones magníficas de una blancura tan pura que parecían brillar con luz propia.
Desde la trastienda emergió entonces una figura delgada. Magnolia avanzó con paso ligero, casi flotando sobre el suelo de madera que no crujió bajo sus pies. Las estaba esperando. Dijo con una voz suave como terciopelo. No hubo presentaciones, no hubo preguntas, simplemente se acercó a Carmela y la miró como si pudiera ver a través de ella, tomando medidas invisibles con la mirada.
“Mi hija se casa en un mes”, explicó doña Eugenia incómoda ante el silencio. “Nos han recomendado su trabajo.” “¿Quién?”, preguntó Magnolia sin apartar la vista de Carmela. La señora Castillo de la calle Reforma. Un destello cruzó la mirada de Magnolia. Ah, sí, la madre de Lucía, una novia preciosa. Una lástima lo que pasó.
Carmela miró a su madre con expresión interrogante. Doña Eugenia tosió nerviosamente. No vinimos a hablar de desgracias, sino de felicidad. Mi hija necesita el vestido más hermoso que pueda crear. Magnolia asintió y extendió su mano hacia Carmela. Ven, niña, déjame tomarte las medidas. La joven siguió a la costurera hasta un biombo.
Mientras Magnolia la medía, sus dedos fríos rozaban ocasionalmente la piel de Carmela, provocándole escalofríos. “Tienes la misma complexión que Lucía”, murmuró Magnolia. “¿Y qué dolores? ¿Y qué consuelo?” “¿Quiénes son ellas?”, preguntó Carmela. otras novias, todas tan hermosas como tú. Desde el otro lado de la tienda, doña Eugenia observaba inquieta.
Había escuchado rumores, susurros en el mercado. Tres novias vestidas por Magnolia habían muerto en la noche de bodas en los últimos dos años. Coincidencias trágicas, decían algunos. Mala suerte, decían otros, pero las miradas se desviaban cuando el tema surgía. Al salir de la tienda, Carmela estaba entusiasmada. Doña Eugenia, sin embargo, sentía un peso en el pecho.
En la esquina de la calle, una anciana que vendía velas las miró fijamente antes de hacer la señal de la cruz. “Dios las ampare”, murmuró la vieja cuando pasaron junto a ella. Esa mujer cose con hilos del otro mundo. El reloj de la catedral marcaba las 6 cuando el Dr. Javier Argüelles cerró su maletín negro. Acababa de firmar otro certificado de defunción en menos de un año.
Fallo cardíaco durante el sueño. Era la explicación oficial para la muerte de Lucía Castillo, encontrada sin vida en su lecho nupcial apenas 12 horas después de su boda. Su esposo, enloquecido de dolor, había sido sedado. El médico salió a la calle y encendió un cigarrillo. Algo no encajaba. Lucía era joven y saludable, como también lo habían sido Dolores Méndez y Consuelo y Barra, tres novias, tres muertes idénticas, tres mujeres que, según los registros parroquiales que había consultado esa mañana habían encargado
sus vestidos de novia a la misma costurera Magnolia Vega. En la plaza central, Javier divisó a su amigo, el comisario Hernández, y se acercó a él. Eduardo, necesito hablar contigo sobre estas muertes. El comisario frunció el seño. Son tragedias naturales, Javier. No hay indicios de crimen. En a tres mujeres jóvenes, todas vestidas por la misma costurera, todas muertas en su noche de bodas, sin señales de violencia.
¿No te parece extraño? ¿Insinúas que una costurera está matando a sus clientas? ¿Con qué propósito? Javier sacudió la cabeza. No lo sé, pero hay algo siniestro en esa mujer. ¿De dónde vino? Nadie sabe nada de ella antes de que abriera su tienda hace 5 años. El comisario suspiró cansado. Los tiempos eran difíciles en México. La revolución había terminado oficialmente, pero sus secuelas seguían presentes.
El país intentaba reconstruirse y lo último que necesitaban eran rumores de brujería o maldiciones. Investiga si quieres, pero discretamente. No quiero histeria colectiva en mi ciudad. Esa misma tarde, Javier se presentó en la tienda de Magnolia con la excusa de encargar una jugar para su hermana.
La costurera lo recibió con una sonrisa que no llegaba asus ojos. Doctor Argüyes, qué sorpresa. No sabía que tuviera una hermana en edad de casarse. El médico sintió un escalofrío. Él no se había presentado ni había mencionado su profesión. Elena cumple 25 este año y finalmente ha encontrado pretendiente. Improvisó. Me gustaría ver algunos diseños.
Mientras Magnolia le mostraba telas y patrones, Javier observaba el lugar. En un rincón casi oculto había un pequeño altar con velas negras y lo que parecían ser mechones de cabello. La costurera interceptó su mirada y se interpuso entre él y aquel rincón. Encuentra algo de su interés, doctor, su reputación la precede, respondió él sosteniendo su mirada.
Las novias que visten sus creaciones son recordadas para siempre. Un silencio tenso se instaló entre ambos. Finalmente, Magnolia sonrió. La muerte y el matrimonio siempre han estado entrelazados, doctor, hasta que la muerte los separe, dicen los votos. A veces la muerte es solo el principio de un amor eterno.
Eh, cuando Javier salió de la tienda, notó que Magnolia había deslizado discretamente algo en el bolsillo de su chaqueta. Era un pequeño muñeco de tela con un alfiler clavado en el corazón y al examinar su solapa, descubrió un hilo negro enredado en el botón. Esa noche, mientras revisaba antiguos periódicos en busca de algún rastro del pasado de Magnolia, encontró una noticia de 1934.
Un incendio en un pueblo cercano había acabado con la vida de una joven en la víspera de su boda. El novio enloquecido, había desaparecido. La foto borrosa mostraba a los felices prometidos. Él era la viva imagen de un Javier Argüeyes más joven. La primera prueba del vestido de Carmela estaba programada para un miércoles a media tarde.
La joven acudió sola, pues su madre había caído enferma con fiebres inexplicables desde su visita a la tienda de Magnolia. La costurera la recibió con un vestido parcialmente terminado, un sueño de seda y encaje que parecía vibrar con vida propia. Carmela contuvo el aliento al verlo. Es perfecto susurró acariciando la tela. No está terminado respondió Magnolia ayudándola a ponérselo.
Aún faltan los detalles que lo harán único. Mientras ajustaba alfileres y marcaba dobladillos, Magnolia tarareaba una melodía antigua que Carmela no reconocía. Sus dedos hábiles trabajaban con precisión sobrenatural, como si la tela obedeciera a su voluntad. ¿Qué canción es esa?”, preguntó la joven. “Una nana que mi madre me cantaba”, respondió Magnolia sin dejar de trabajar.
“Habla de una novia que espera eternamente a su amado.” Cuando Carmela se miró al espejo, apenas se reconoció. El vestido parecía transformarla, otorgándole una belleza etérea, casi fantasmal. Por un instante creyó ver otras figuras reflejadas tras ella, siluetas de mujeres vestidas de novia que la observaban con ojos vacíos.
Parpadeó y la visión desapareció. Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, algo azul, recitó Magnolia mientras extraía de un cofre un pequeño broche de zafiro. Este será tu algo azul. Lo han llevado todas mis novias. El broche tenía forma de lágrima y al prenderlo cerca del corazón de Carmela, la joven sintió un dolor agudo, como si una aguja la hubiera pinchado.
Soltó un pequeño grito. “Perdona,” dijo Magnolia, aunque no había retirado el broche ni se disculpaba realmente, a veces duele un poco. Al salir de la tienda, Carmela se sentía extrañamente débil. Las calles parecían ondular bajo sus pies y los sonidos llegaban amortiguados a sus oídos como si estuviera sumergida en agua.
Frente a la catedral se encontró con Roberto, su prometido, pero al verlo no sintió la habitual calidez en el pecho. En cambio, una sensación de frío la invadió. ¿Estás bien, mi amor?, preguntó él, preocupado por su palidez. Solo cansada”, respondió ella, y su propia voz le sonó distante. Esa noche, Carmela soñó con un cementerio donde todas las lápidas tenían nombres de mujeres y fechas de muerte que coincidían con días de boda.
En cada tumba había un fragmento del mismo vestido que Magnolia estaba confeccionando para ella. Al despertar, descubrió que había estado llorando en sueños. Mientras tanto, el Dr. Argüyelles continuaba su investigación. Había descubierto que efectivamente el novio desaparecido en aquel incendio de 1934 se llamaba Héctor Vega.
Según los registros, se había suicidado dos días después de la tragedia, ahogándose en el río. Su cuerpo nunca fue recuperado, pero lo más perturbador fue lo que encontró en los archivos eclesiásticos. Magnolia Vega. había sido dada por muerta en ese mismo incendio. Era ella, no otra, la novia que había perecido en las llamas.
¿Cómo era posible entonces que estuviera viva regentando una tienda, cosiendo vestidos para novias que morían sistemáticamente? El médico decidió visitar a Carmela Montero. Si sus sospechas eran ciertas, la joven estaba en grave peligro. La mansión de los monteros recibía losúltimos rayos del sol. Cuando el Dr. Argüeyes cruzó sus puertas, la criada lo condujo hasta la habitación de doña Eugenia, postrada en cama desde hacía días con una misteriosa enfermedad que ningún médico lograba diagnosticar.
“Doctor”, susurró la mujer con voz débil, “Algo maligno entró en esta casa cuando visitamos esa tienda.” Javier le tomó el pulso, débil, pero constante. Sus síntomas eran similares a los de un envenenamiento gradual. ¿Dónde está su hija, señora Montero? En su habitación. Apenas come, apenas habla.
Desde que empezó con ese vestido se desvanece como una vela consumiéndose. El médico encontró a Carmela sentada junto a la ventana, contemplando el atardecer con mirada ausente. Al verla confirmó sus temores. La joven mostraba los mismos síntomas que las otras tres novias antes de su fatídico día. Señorita Montero, soy el doctor Argüyes.
Necesito hablarles sobre Magnolia Vega. Al escuchar ese nombre, Carmela se estremeció visiblemente. Ella me visita en sueños, confesó la joven. Me dice que seré su novia perfecta, que nunca la abandonaré como hizo él. Él no dice su nombre, pero habla de un hombre que la traicionó, que la dejó entre las llamas.
Dice que todas pagamos por su traición. Javier se acercó a ella y notó el broche de zafiro prendido en su camisón. Con cuidado intentó retirarlo, pero Carmela gritó de dolor. El broche parecía fusionado con su piel. “Esto es obra de brujería”, murmuró. “Tenemos que detener a Magnolia antes de que termine el vestido.
” Esa misma noche, Javier regresó a la tienda de la costurera con el comisario Hernández. El local estaba a oscuras, pero un resplandor rojizo filtraba por las rendijas de la puerta trasera. Al forzar la entrada, encontraron a Magnolia trabajando a la luz de velas negras. El vestido de Carmela flotaba frente a ella, sostenido en el aire sin maniquí ni soporte visible.
La costurera cosía con movimientos frenéticos, murmurando palabras en un idioma que ninguno de los hombres reconoció. Magnolia Vega queda detenida por intento de asesinato”, gritó el comisario. La mujer se volvió lentamente. Su rostro ya no era el de una mujer de mediana edad, sino el de una joven desfigurada por quemaduras. “Nadie puede detener lo que ya está en marcha”, dijo con voz inhumana.
Cada puntada es un latido robado, cada hilo una avena. El vestido ya está casi vivo. Javier avanzó hacia ella. Sé quién eres. Moriste en ese incendio en 1934. Tu prometido te abandonó y regresaste para vengarte en todas las novias felices. Magnolia soltó una carcajada que heló la sangre de ambos hombres. No regresé, doctor. Nunca me fui.
El fuego me transformó. Me dio poder sobre el umbral entre la vida y la muerte. Con un movimiento rápido, la costurera clavó una aguja en el corazón del vestido flotante. En ese mismo instante, a kilómetros de distancia, Carmela se desplomó en su habitación, presa de convulsiones. El comisario disparó, pero las balas atravesaron a Magnolia sin causarle daño.
Javier, desesperado, tomó una de las velas negras y la arrojó contra las telas acumuladas. El fuego se propagó con rapidez sobrenatural. “Fuego otra vez, Héctor!”, gritó Magnolia. Y Javier comprendió con horror la verdad. Él era la reencarnación del hombre que la había abandonado. El fuego devoraba la tienda con voracidad inucitada.
Las llamas, en lugar del habitual tono rojizo, ardían con un inquietante color azulado que proyectaba sombras danzantes en las paredes. El comisario Hernández había salido en busca de ayuda, dejando a Javier atrapado con aquella entidad que alguna vez fue Magnolia Vega. No puedes destruirme con lo que me creó”, dijo la costurera mientras las llamas lamían su cuerpo sin consumirlo.
“Cada vestido que coso contiene un fragmento del mío, el que nunca pude usar. Cada novia que muere me devuelve un poco de la vida que me fue arrebatada.” En un rincón de la tienda, milagrosamente intacto por el fuego, Javier distinguió un gran espejo de marco dorado. En su superficie no se reflejaban las llamas, sino un altar de bodas donde varias novias fantasmales permanecían de pie, inmóviles, con los ojos cerrados como en trance.
“¿Ves a mis novias, Héctor?”, preguntó Magnolia acercándose a él. esperan por ti, por tu disculpa, por tu arrepentimiento. No soy Héctor, insistió Javier, aunque un recuerdo borroso como de otra vida, comenzaba a formarse en su mente. Él, más joven, huyendo de una casa en llamas, abandonando a alguien a su suerte. “Tu alma lo es”, respondió ella.
“Las almas regresan, se disfrazan en nuevos cuerpos, pero mantienen sus deudas. y tú me debes una vida, una boda, una promesa incumplida. A través de la ventana, Javier vio que se acercaban hombres con cubos de agua. Tenía que ganar tiempo. Si soy quien dices, ¿por qué matar a esas jóvenes inocentes? Ellas no te hicieron daño.
El rostro quemado de Magnolia se contrajo en una mueca de dolor. Cada novia felizes un recordatorio de lo que me fue negado. Si yo no pude tener mi boda perfecta, nadie más la tendrá. Además, necesitaba sus esencias vitales para estar completa cuando regresaras. Con horror, Javier comprendió que los vestidos no eran simples prendas, eran conductos para absorber la fuerza vital de las novias.
Recordó el broche de zafiro en el pecho de Carmela, como parecía fusionado con su piel. El broche es tu ancla a ellas. Una sonrisa retorcida se dibujó en los labios quemados de Magnolia. inteligente, como siempre lo fuiste. Cada lágrima de zafiro contiene un fragmento de mi dolor que se alimenta del calor vital de sus corazones.
Javier miró nuevamente el espejo. Una idea desesperada tomó forma en su mente. Libera a Carmela y a las otras novias y me entregaré voluntariamente. Si es mi alma la que buscas, tómala, pero deja vivir a esas inocentes. Algo cambió en la expresión de Magnolia. Por un instante, la máscara de odio se resquebrajó, revelando a la joven enamorada que alguna vez fue.
¿Te sacrificarías por ellas? Sí, respondió él con firmeza. Si realmente soy Héctor, tengo una deuda contigo que debe ser saldada. Las llamas disminuyeron su intensidad como si escucharan la conversación. El cristal onduló como agua. Ven entonces, amado mío. Cumplamos por fin nuestros votos.
Javier avanzó lentamente hacia el espejo, sabiendo que probablemente no habría retorno. Cuando estaba a punto de tocarlo, un estruendo sacudió el edificio. Parte del techo se derrumbó entre ellos. El derrumbe del techo creó una barrera de escombros ardientes entre Javier y Magnolia. Desde el otro lado, la voz de la costurera resonó con furia sobrenatural.
No escaparás esta vez, Héctor. Si no vienes a mí, iré por lo que más valoras. Un viento helado atravesó las llamas, apagándolas momentáneamente. Y cuando volvieron a arder, Magnolia había desaparecido. Javier comprendió inmediatamente. Iba tras Carmela. Fuera. El comisario Hernández coordinaba a los hombres que intentaban controlar el incendio al ver salir a Javier cubierto de ollin y con una mirada de pánico lo detuvo.
¿Qué demonios pasó ahí dentro? No hay tiempo, jadeó Javier. Debemos llegar a casa de los Monteros antes que ella. En la mansión, Carmela yacía en su cama, debatiéndose entre la vida y la muerte. El broche de zafiro en su pecho brillaba con intensidad pulsante, como si la al ritmo de un corazón ajeno. A su lado, Roberto, su prometido, sostenía su mano con desesperación.
No me dejes, mi amor, suplicaba el joven. Nuestra boda será en tres días. Hemos esperado tanto. Un viento frío invadió la habitación, apagando las velas y haciendo crujir los cristales de las ventanas. En la penumbra, la figura de Magnolia se materializó junto a la cama. La novia no asistirá a esa boda anunció con voz sepulcral.
Tiene otro compromiso, eterno. Roberto se incorporó interponiéndose entre la aparición y su amada. ¿Quién es usted? Salga de aquí. Magnolia hizo un gesto con la mano y el joven salió despedido contra la pared, quedando inconsciente. Luego se inclinó sobre Carmela y colocó sus manos sobre el broche de Zafiro.
Despierta, mi pequeña. Es hora de unirte a mis otras novias. Los ojos de Carmela se abrieron, pero estaban vacíos, sin brillo. Como una marioneta, se incorporó lentamente. Su camisón blanco comenzó a transformarse, los hilos reorganizándose hasta formar un vestido de novia antiguo, idéntico al que Magnolia nunca pudo usar.
En ese momento, Javier y el comisario irrumpieron en la habitación. Al verlos, Magnolia soltó una carcajada. Llegas justo a tiempo para la ceremonia, Héctor. Esta vez no podrás huir. Javier avanzó con determinación. No soy Héctor, pero si él te debe algo, yo saldaré su deuda. Libera a Carmela y a las otras. Magnolia ladeó la cabeza estudiándolo.
Tanto te importan estas mujeres o es que temes enfrentar tu pasado. Me importa la justicia, respondió él. Y lo que haces no es justicia. Es venganza ciega. Algo en sus palabras pareció alcanzar un rincón humano en Magnolia. Su expresión vaciló. ¿Qué sabes tú de justicia? Me abandonaste entre las llamas. Me dejaste morir para salvarte a ti mismo.
Los recuerdos fragmentados en la mente de Javier comenzaron a cobrar forma. Un joven aterrorizado huyendo de un incendio. Una novia atrapada. Gritos desesperados. Pero había algo más. algo que no encajaba. No fue así, dijo con repentina certeza. Héctor no te abandonó. Intentó salvarte fue otra persona quien provocó el incendio.
El rostro de Magnolia se contrajo en una mueca de dolor y confusión. Mientes. Te vi huir. Te llamé y no volviste. Muéstrame, pidió Javier, extendiendo su mano hacia ella. Muéstrame lo que realmente ocurrió aquella noche. Al tomar la mano de Magnolia, Javier sintió que la habitación se desvanecía. De pronto estaban en una pequeña casa rural engalanada para una boda.
Era la noche anterior a la ceremonia 1934.A través de una ventana vieron a la joven Magnolia, radiante y hermosa, probándose por última vez su vestido de novia frente a un espejo. “Esa era yo”, susurró la magnolia espectral a su lado. Antes del fuego, antes del dolor, en la visión, la puerta de la habitación se abrió y entró una mujer mayor con el rostro contorsionado por la ira.
Mi madrina, explicó Magnolia, Dolores Vega, la tía de Héctor que se oponía a nuestra boda. Javier observó como la mujer discutía violentamente con la joven Magnolia. Aunque no podían escuchar las palabras, la tensión era palpable. La madrina señalaba el vestido con desprecio mientras Magnolia se defendía con lágrimas en los ojos.
Finalmente, la mujer mayor salió, no sin antes lanzar una última mirada de odio. La joven Magnolia, angustiada, se quitó el vestido y lo colgó cuidadosamente antes de acostarse. La escena cambió. Era más tarde esa misma noche. La casa dormía en silencio cuando una figura sigilosa entró en la habitación donde colgaba el vestido. Era Dolores Vega.
En sus manos llevaba una lámpara de aceite que derramó deliberadamente sobre el vestido y el suelo antes de encender una cerilla. “No fue Héctor”, murmuró Javier. Fue su propia tía quien provocó el incendio llamas se propagaron con rapidez inucitada. La visión mostró a la joven Magnolia despertando entre el humo, gritando desesperada mientras su habitación se convertía en un infierno.
En la puerta apareció un joven, Héctor, que intentaba abrirse paso entre las llamas. Magnolia, toma mi mano. Pero un madero ardiente cayó entre ellos. Lo último que vieron fue a Héctor siendo arrastrado fuera por otros hombres mientras gritaba el nombre de su amada. La joven Magnolia, atrapada, abrazó su vestido en llamas, fundiéndose con él en sus últimos momentos.
La visión cambió nuevamente. Ahora veían el río. Dos días después, el cuerpo de Héctor, siendo recuperado, ahogado, no se había suicidado. Había intentado repetidamente volver a la casa en llamas para salvar a su prometida. hasta que, exhausto y desesperado, fue arrastrado por la corriente. La habitación de los Monteros volvió a materializarse a su alrededor.
Magnolia temblaba, su rostro quemado, surcado por lágrimas que brillaban como zafiros. Todos estos años, culpando a quien más me amó, soyozó. Convertí mi dolor en odio, mi amor en venganza. El broche en el pecho de Carmela perdió su brillo pulsante. La joven parpadeó como despertando de un trance y cayó nuevamente sobre la cama, exhausta, pero viva.
Magnolia se acercó a ella y con delicadeza retiró el broche. Perdóname, niña. No eras tú quien debía pagar por mi dolor. Volviéndose hacia Javier, continuó, ni eras tú quien debía cargar con la culpa de Héctor. Veo ahora que aunque te pareces a él, tu alma es diferente. Has hecho lo que él habría hecho, sacrificarte por salvar a otros. Amaneció en San Luis Potosí con una llovisna suave que parecía lavar los pecados de la noche anterior.
En la mansión Montero, Carmela despertó completamente recuperada, sin recordar nada de lo ocurrido. El broche de zafiro había desaparecido y con él la maldición que amenazaba su vida. Doña Eugenia también mejoró milagrosamente. La influencia maligna que había entrado en la casa se había disipado con la redención de Magnolia.
En la plaza central, frente a la catedral, el doctor Argüyelles y el comisario Hernández contemplaban los restos humeantes de la tienda de costura. del local no quedaba más que cenizas y algunos objetos metálicos retorcidos, tijeras, agujas, dedales. ¿Crees que realmente se ha ido?, preguntó el comisario, que ahora creía firmemente en lo sobrenatural después de lo presenciado.
Javier suspiró. No se ha ido. Ha encontrado paz. Entre los escombros, algo brilló bajo la llovisna. El comisario se agachó y recogió el espejo de Marco Dorado, milagrosamente intacto. En su superficie ya no se reflejaban novias fantasmales, sino el cielo nublado sobre San Luis Potosí.
¿Qué hacemos con esto? Guardarlo a buen recaudo, respondió Javier. Algunas puertas deben permanecer cerradas. Esa tarde acudieron a la pequeña capilla donde yacían los restos recuperados de las tres novias fallecidas, Lucía, Dolores y Consuelo. Junto a cada ataúd colocaron una rosa blanca. Mientras rezaban por sus almas, una brisa perfumada recorrió la capilla y por un instante les pareció ver a las tres jóvenes sonriendo antes de desvanecerse en una luz serena.
La boda de Carmela Montero y Roberto Alcázar se celebró como estaba previsto, pero no sin ciertos cambios. La joven había desechado la idea de usar un vestido de novia tradicional, optando en cambio por un sencillo traje de seda color marfil que su abuela había guardado durante décadas.
Algo en ella, un recuerdo fugaz quizás, le provocaba escalofríos ante la idea de un vestido blanco. La ceremonia en la catedral fue sobria y emotiva. Entre los asistentes, el doctorArgüelles observaba con atención, buscando cualquier señal de que la influencia de Magnolia persistiera, pero todo transcurrió con normalidad. Los novios intercambiaron votos, las alianzas brillaron bajo la luz de los vitrales y finalmente salieron a la plaza entre vítores y pétalos de rosa.
Durante el banquete en la hacienda de los Alcázar, Javier se sentó junto al comisario Hernández, ambos vigilantes, pero progresivamente más relajados conforme avanzaba la celebración. Parece que todo ha vuelto a la normalidad”, comentó Eduardo sirviéndose una copa de tequila añejo. Javier asintió, aunque algo lo inquietaba todavía.
“¿Has notado que nadie menciona lo ocurrido? Es como si la ciudad hubiera decidido olvidar colectivamente. Era cierto. En los días posteriores al incendio de la tienda, un extraño silencio se había instalado en San Luis Potosí. Nadie hablaba de Magnolia, de las novias fallecidas, ni de los extraños acontecimientos de aquella noche.
Cuando alguien pasaba frente a los restos calcinados del local, apresuraba el paso y desviaba la mirada. “Quizás sea lo mejor”, respondió el comisario. “Hay verdades que esta ciudad no está preparada para enfrentar”. Al atardecer, mientras los invitados bailaban, Carmela se acercó discretamente a Javier. Doctor, hay algo que debo mostrarle.
Lo condujo hasta una habitación apartada donde había dispuesto su ajuar de novia. Sobre la cama descansaba una caja de madera tallada que Javier no había visto antes. Apareció esta mañana en mi tocador, explicó la joven. Nadie sabe cómo llegó aquí. Con manos temblorosas, Carmela abrió la caja. En su interior, sobre un lecho de seda negra, descansaba un pequeño dedal de plata con iniciales grabadas.
“MV, hay una nota”, añadió extrayendo un papel amarillento. Javier lo tomó y leyó en voz alta, “Para qué cosas felicidad en tu nueva vida. Algunas deudas nunca se saldan completamente, pero el perdón es el hilo más fuerte. Cuida de él como él cuidará de ti. Magnolia. Carmela miró al médico con expresión interrogante. ¿Qué significa? ¿Quién es Magnolia? Javier le devolvió la nota con una sonrisa tranquilizadora.
una vieja amiga que encontró su descanso. El de Dal es un regalo de bodas, un buen augurio. Cuando la joven se marchó para regresar a la fiesta, Javier observó por la ventana, en el jardín, bajo un magnolio en flor. Creyó ver por un instante la silueta de una mujer con un vestido de novia antiguo. aparición le sonrió antes de disolverse en la brisa nocturna, dejando tras de sí un perfume a flores y ceniza.
El médico comprendió entonces que Magnolia no había desaparecido completamente. Se había transformado como el fuego había transformado su cuerpo décadas atrás. Ya no era una entidad vengativa, sino una guardiana, una presencia que velaría por las novias de San Luis Potosí desde las sombras.
Al regresar a la fiesta, notó que Roberto sostenía a Carmela con particular ternura mientras bailaban. En el rostro del joven había una expresión de profunda gratitud, como si de algún modo intuyera lo cerca que había estado de perderla para siempre. “Quizás algunos fantasmas permanecen,”, pensó Javier, no para atormentarnos, sino para recordarnos lo frágil y precioso que es el amor. San Luis Potosí. 1969.
30 años habían pasado desde los extraños sucesos relacionados con Magnolia Vega. La ciudad había cambiado, modernizándose gradualmente, aunque su centro histórico conservaba el encanto colonial que la caracterizaba. El Dr. Javier Argüyes, ahora un anciano respetado de cabellos plateados, caminaba con paso lento por la plaza principal, apoyado en su bastón.
A susitantos años seguía ejerciendo la medicina, aunque solo para algunos pacientes especiales y en casos particulares. Frente a la catedral se detuvo para contemplar a una joven pareja que posaba para fotografías de boda. La novia, radiante en su vestido blanco, le recordó inevitablemente a Carmela. Una punzada de nostalgia lo atravesó al recordar que la mujer había fallecido el año anterior tras una vida larga y feliz junto a Roberto, dejando tres hijos y siete nietos.
Mientras observaba a los novios, una niña de unos 12 años se acercó a él. Llevaba un vestido azul y sostenía una magnolia blanca. ¿Es usted el doctor Argüelles? Preguntó con voz cantarina. Sorprendido, Javier asintió. Me pidieron que le entregara esto, dijo la niña, ofreciéndole la flor. Antes de que pudiera preguntarle quién la enviaba.
La pequeña se alejó corriendo, perdiéndose entre la multitud. Al examinar la flor, Javier descubrió un fino hilo negro enredado en el tallo. El corazón le dio un vuelco al reconocerlo como el mismo tipo de hilo que Magnolia usaba en sus creaciones. levantó la vista buscando a la niña y fue entonces cuando la vio en la esquina opuesta de la plaza, junto a una antigua casa, ahora convertida en boutique, estaba Magnolia, no como el espectrodesfigurado que recordaba, sino como la hermosa joven que había sido antes del incendio, vestida de novia, sonriendo
serenamente. A su lado, tomándola de la mano, se encontraba un joven que Javier reconoció inmediatamente, a pesar de no haberlo visto nunca, Héctor Vega, con su traje de novio y una expresión de absoluta devoción. Ambos lo saludaron con un gesto solemne antes de girarse y caminar lentamente hacia la catedral.
Con cada paso que daban, sus figuras se volvían más traslúcidas hasta desaparecer completamente al cruzar el umbral del templo. Un escalofrío recorrió la espalda de Javier, pero no era de miedo, sino de comprensión. Las almas de los amantes separados finalmente habían encontrado la paz reunidas en la eternidad que les fue negada en vida.
Esa noche, al regresar a su casa, Javier extrajo de un cajón cerrado con llave el pequeño espejo de marco dorado que había guardado durante tres décadas. En su superficie, por primera vez, no se reflejó su rostro anciano, sino una escena lejana, una boda en algún lugar más allá del tiempo, donde Magnolia y Héctor intercambiaban los votos que nunca pudieron pronunciar.
Mientras observaba todos los rostros de las novias que habían muerto bajo la maldición, aparecieron brevemente, ya no como espectros atormentados, sino como testigos serenos, perdonando a quien una vez les arrebató el futuro. La imagen se desvaneció lentamente y el espejo volvió a reflejar solo el rostro cansado del médico.
Javier lo envolvió cuidadosamente en un paño de seda negra y lo guardó en una caja que enterraría al día siguiente en el cementerio junto a una lápida sin nombre donde durante años había dejado flores en aniversarios que nadie más recordaba. Al cerrar el cajón, notó que el hilo negro de la magnolia se había enredado en su dedo anular, formando un anillo perfecto.
Intentó quitárselo, pero el hilo se deshizo en cenizas que se esparcieron en el aire nocturno. “Hasta pronto, Magnolia”, murmuró a la habitación vacía. “Que ambos encuentren en la muerte la felicidad que la vida les negó.” En la calle, una llovisna suave comenzó a caer sobre San Luis Potosí, lavando los últimos vestigios de una historia que con el tiempo se convertiría en leyenda.
Las madres advertirían a sus hijas sobre una misteriosa costurera que aparecía a las novias en apuros. Los enamorados jurarían haber visto a una pareja fantasmal bendiciendo las bodas desde las sombras de la catedral. Y en la tienda donde una vez estuvo el local de Magnolia, ahora convertida en una florería, las magnolias blancas florecían inexplicablemente, incluso en invierno, como un recordatorio silencioso de que algunos amores son más fuertes que la muerte y de que algunas historias, por terribles que sean, pueden encontrar redención en
el perdón. M.















