(1889Michoacán)Gemelas Diaz–Daban posada a comerciantes

(1889Michoacán)Gemelas Diaz–Daban posada a comerciantes y enterraron 29 cadáveres bajo el establo 

 

En las afueras de Morelia, capital del estado de Michoacán, existía un camino serpenteante que atravesaba los bosques de pino y roble hacia las montañas. En 1889, este camino era frecuentado por comerciantes y viajeros que buscaban fortuna en las minas de plata o que transportaban mercancías entre poblados. A unos 5 kilómetros de la ciudad, donde el camino se estrechaba entre dos colinas, se alzaba una modesta posada de adobe y tejas rojas, conocida como la posada del camino.

 Las propietarias eran las hermanas Díaz, consuelo y dolores, gemelas idénticas de 42 años, con cabello negro recogido en apretados moños y miradas penetrantes que parecían ver más allá de lo aparente. habían heredado la posada de su padre, un hombre taciturno que murió repentinamente 10 años atrás, dejándolas como únicas dueñas de la propiedad que incluía un establo, un pequeño huerto y un pozo de agua fresca.

 La posada ofrecía tres habitaciones sencillas, pero limpias, comida casera abundante y precios razonables. Las hermanas eran conocidas por su hospitalidad silenciosa. Consuelo, la más comunicativa, atendía a los huéspedes mientras Dolores, la reservada, cocinaba guisos que llenaban la posada con aromas irresistibles. Los viajeros las consideraban mujeres trabajadoras y piadosas.

 Asistían a misa cada domingo en Morelia, vestidas de riguroso negro, como correspondía a su condición de solteras respetables. Aquella tarde de noviembre de 1889, Javier Mendoza, comerciante de telas de Patscuaro, llegó a la posada mientras el sol se ocultaba tras las montañas. Había visitado el lugar en ocasiones anteriores y apreciaba el orden y la tranquilidad que las hermanas mantenían.

“Buenas tardes, doña Consuelo”, saludó mientras desmontaba de su caballo. “Bienvenido, señor Mendoza”, respondió la mujer con una sonrisa tenue. “Veo que trae mercancía nueva.” Javier asintió, desatando los fardos de su caballo. Telas finas de la capital. He tenido un buen negocio en Morelia y mañana parto hacia Uruapan.

 Tendrá la habitación del fondo como le gusta”, comentó Consuelo mientras lo ayudaba con uno de los paquetes más pequeños. “Dolores está preparando chile con carne y frijoles. La cena estará lista en una hora.” Mientras ingresaban a la posada, Javier notó la presencia de dolores en la cocina, removiendo una olla humeante. Las hermanas intercambiaron una mirada rápida que le pareció cargada de un entendimiento mudo.

 Era algo que siempre había notado en ellas, esa capacidad de comunicarse sin palabras, como si compartieran un lenguaje secreto. Lo que Javier no sabía era que sería la última vez que alguien lo vería con vida. Las hermanas Díaz habían desarrollado un método efectivo para seleccionar a sus víctimas, comerciantes solitarios, preferiblemente aquellos que llevaban mercancías valiosas o dinero en efectivo.

 Y esta noche, Javier Mendoza cumplía con todos los requisitos. Mientras cenaba el sabroso guiso, el comerciante no notó el sabor ligeramente amargo que enmascaraba la potente hierba molida que Dolores había añadido. Una receta antigua que su abuela indígena les había enseñado, capaz de adormecer a un hombre adulto en menos de una hora.

El destino de Javier ya estaba sellado, convirtiéndose en la víctima número 30 que descansaría bajo el suelo del establo, en la tierra oscura que guardaba tantos secretos como las propias hermanas Díaz. El constante goteo de desapariciones no había pasado completamente desapercibido en Morelia. En la oficina del jefe político, don Sebastián Vargas, revisaba con preocupación creciente los informes de personas perdidas durante los últimos 3 años.

 Aunque la región no era extraña a bandidos y asaltantes, el patrón de estos casos particulares le resultaba inquietante. Todos comerciantes, todos viajando solos, todos desaparecidos en el mismo tramo del camino a Uruapán. murmuró para sí mismo mientras encendía un cigarrillo. Su asistente, el joven Emiliano Cárdenas, hijo de una respetable familia local y recién graduado de leyes en la Ciudad de México, observaba los documentos desde el otro lado del escritorio.

 “¿Hay algo más, don Sebastián?”, comentó Emiliano ajustándose los anteojos. He estado organizando estos casos por fechas y he notado que las desapariciones suelen ocurrir durante la luna nueva. Es como si alguien estuviera aprovechando las noches más oscuras. Don Sebastián levantó la mirada con interés renovado a sus 55 años.

 Después de tres décadas en el cuerpo de rurales y siete como jefe político, había aprendido a valorar los detalles insignificantes. ¿Qué hay en ese tramo del camino? ¿Algún rancho? ¿Alguna posada? Emiliano consultó un mapa desplegado sobre la mesa. Está la posada del camino, propiedad de las hermanas Díaz, y dos ranchos pequeños a mayor distancia.

 La posada sería el único lugar donde estos viajeros podrían haber pasado la noche. Las hermanas Díaz, repitió don Sebastiánrecordando a las mujeres, solteras, ¿verdad? Las veo cada domingo en misa. Parecen muy devotas. Mi madre las conoce, añadió Emiliano. Dice que son reservadas, pero amables. Nadie ha reportado nada extraño sobre ellas.

 Don Sebastián se levantó y caminó hacia la ventana, desde donde se podía ver la catedral de Morelia, iluminada por el sol de la tarde. Las apariencias pueden engañar, muchacho. He visto asesinos que besaban la mano del sacerdote los domingos y degollaban a sus víctimas los lunes. Tras un momento de reflexión, tomó una decisión.

 Mañana visitaremos esa posada. No como autoridades, sino como viajeros comunes. Quiero ver con mis propios ojos cómo operan esas mujeres. Emiliano asintió, sintiendo una mezcla de emoción y aprensión. Era su primera investigación importante desde que había regresado a Michoacán. Lo que ninguno de los dos hombres sabía era que estaban a punto de enfrentarse a un mal que se había alimentado durante años en la sombra, protegido por la fachada de normalidad que las hermanas Díaz habían construido cuidadosamente.

Esa misma noche, mientras don Sebastián y Emiliano planeaban su visita, las hermanas Díaz estaban ocupadas en el establo. Bajo la luz ténue de un farol cababan una fosa poco profunda. El cuerpo de Javier Mendoza, despojado de todas sus pertenencias valiosas, yacía envuelto en una manta áspera. “Este nos ha dejado buena ganancia”, susurró Consuelo, sosteniendo una bolsa de cuero llena de monedas de plata.

 “Y las telas se venderán bien en el mercado de San Juan.” Dolores más práctica continuaba acabando. Hay que terminar antes del amanecer. Mañana tenemos que ir al mercado temprano. No quiero levantar sospechas cambiando nuestra rutina. Nadie sospecha de dos viejas solteronas, respondió Consuelo con una sonrisa siniestra.

 Y si alguien lo hace, bueno, siempre hay espacio para uno más bajo el establo. Las hermanas no imaginaban que por primera vez en su macabra historia alguien había comenzado a conectar los puntos. El reloj comenzaba a correr en su contra. La mañana siguiente amaneció envuelta en una fina neblina que se arrastraba entre los pinos, típica del otoño michoacano.

 Don Sebastián y Emiliano cabalgaban por el camino a Uruapan, vestidos como comerciantes prósperos. Habían empacado maletas con telas y artículos diversos para mantener la apariencia. “Recuerde, don Emiliano,”, instruyó Sebastián mientras se acercaban a la posada. Somos primos que viajan a Uruapan para vender mercancías. Usted será mi aprendiz y yo el comerciante experimentado.

 Mantenga los ojos abiertos, pero no haga preguntas obvias. Emiliano asintió ajustándose el sombrero de fieltro que completaba su disfraz. A medida que avanzaban, la posada emergió entre los árboles, una construcción sólida de adobe con un patio empedrado donde varias gallinas picoteaban tranquilamente. A un costado se encontraba el establo, una estructura más grande de lo que cabría esperar para un establecimiento tan modesto.

 Consuelo Díaz salió al escuchar los cascos de los caballos. vestía un sencillo vestido negro con un delantal blanco inmaculado. Su cabello, ya veteado de gris estaba recogido en un moño apretado que acentuaba sus facciones angulosas. Buenos días, señores. Saludó con una leve inclinación. Buscan hospedaje. Don Sebastián desmontó con la agilidad de quien ha pasado media vida a caballo.

Así es, buena mujer. Mi primo y yo viajamos a Uruapan con mercancías y necesitamos descansar esta noche. Son bienvenidos, respondió Consuelo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos oscuros. Tenemos dos habitaciones disponibles. Prefieren compartir una o tomar habitaciones separadas. Separadas. respondió rápidamente don Sebastián.

 Mi primo es joven y ronca como un oso viejo. La broma provocó una risa educada en consuelo, quien los guió hacia el interior de la posada. El espacio principal consistía en un comedor con cuatro mesas de madera gastada y una pequeña sala con sillas de mimbre. Todo estaba impecablemente limpio y ordenado. Desde la cocina emergió Dolores, tan idéntica a su hermana, que por un momento Emiliano pensó que estaba viendo doble.

 La única diferencia notable era una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda de Dolores. “Mi hermana les preparará algo de comer mientras se instalan”, explicó Consuelo. ¿Qué les apetece? Tenemos caldo de pollo, frijoles con queso y tortillas recién hechas. El caldo suena perfecto, respondió don Sebastián. Hace frío en el camino.

 Mientras Consuelo los conducía a las habitaciones, Emiliano notó que Dolores los observaba con una intensidad inquietante. Sus ojos parecían evaluar cada detalle de su apariencia, como si estuviera haciendo cálculos mentales. Las habitaciones eran pequeñas, pero limpias, con camas de hierro forjado, un aguamanil y un crucifijo colgado sobre cada cabecera.

 Don Sebastián inspeccionó discretamente su cuarto buscando cualquier señal sospechosa, pero noencontró nada fuera de lo común. Cuando regresaron al comedor, Dolores estaba sirviendo dos humeantes tazones de caldo. El aroma era delicioso y tentador después del frío del camino. “Vienen muchos viajeros por aquí”, preguntó don Sebastián casualmente mientras tomaba una cucharada de caldo.

 “No tantos como antes,” respondió consuelo, sentándose en una silla cercana. “Los tiempos están difíciles y la gente tiene miedo de viajar sola. Miedo. ¿Por qué? Inquirió Emiliano fingiendo inocencia. Las hermanas intercambiaron una mirada rápida antes de que Consuelo respondiera. Los caminos no son seguros. Hay bandidos.

 Un comerciante que se hospedó aquí hace un mes contó que habían asaltado a su socio en el camino a Patscuaro. Es una lástima, comentó don Sebastián. ¿Recuerdan el nombre de ese comerciante? Quizás lo conocemos del mercado en Morelia. Oh, tantos viajeros pasan por aquí”, intervino Dolores hablando por primera vez.

 Su voz era ligeramente más grave que la de su hermana. Es difícil recordar todos los nombres. Durante la comida, don Sebastián mantuvo una conversación casual mencionando nombres de comerciantes desaparecidos como si fueran conocidos del gremio. Con cada nombre estudiaba cuidadosamente las reacciones de las hermanas, pero sus rostros permanecían impasibles.

Emiliano, mientras tanto, solicitó permiso para revisar el establo donde dejarían sus caballos. Me gusta asegurarme de que nuestros animales estén cómodos”, explicó con una sonrisa juvenil. “Por supuesto”, accedió Consuelo. “Dolores puede mostrarle el lugar. El establo era sorprendentemente espacioso y bien mantenido.

 Había seis pesebres, aunque la posada solo tenía tres habitaciones. El suelo era de tierra apisonada y Emiliano notó que una sección parecía haber sido removida recientemente. ¿Han hecho alguna reparación?, preguntó señalando el área. Las lluvias de la semana pasada causaron algunos hundimientos, explicó Dolores sin inmutarse.

 Tuvimos que nivelar el suelo. Mientras regresaban a la casa, Emiliano percibió un olor extraño, apenas perceptible, bajo los aromas normales del establo. No pudo identificarlo, pero le resultó inquietantemente familiar. Al caer la noche, don Sebastián y Emiliano se retiraron a sus habitaciones, aparentando normalidad.

 Una vez solo, Sebastián revisó cuidadosamente la puerta y descubrió que aunque tenía cerrojo por dentro, también había una pequeña ranura en el marco que permitiría deslizar algún tipo de herramienta para abrirla desde fuera. bloqueó esta ranura con un trozo de papel doblado. En su propia habitación, Emiliano hizo lo mismo.

 Además, colocó una silla bajo el picaporte como precaución adicional. Ambos hombres acordaron mantenerse despiertos por turnos durante la noche. Lo que no sabían era que las hermanas Díaz también habían estado evaluándolos. Mientras lavaban los platos en la cocina, Consuelo murmuró a su hermana, “No son comerciantes.

 El mayor tiene manos de hombre de ley, no de mercader, y el joven hace demasiadas preguntas.” Dolores asintió lentamente. “Habrá que ser cautelosas. Esta noche no haremos nada. Mañana, si aún tengo dudas, les diremos que no tenemos provisiones suficientes y que deben continuar su camino. Las gemelas continuaron sus tareas en silencio, pero sus mentes trabajaban calculando riesgos y posibilidades.

Después de 30 víctimas, habían desarrollado un instinto para detectar amenazas. Y estos dos hombres definitivamente representaban un peligro para ellas. La noche transcurrió sin incidentes, pero ni don Sebastián ni Emiliano durmieron profundamente. Cada crujido de la vieja casa de adobe los mantenía alerta.

 Cada sombra bajo la puerta provocaba que sus manos se movieran instintivamente hacia las armas ocultas bajo sus almohadas. Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol se filtraban por las pequeñas ventanas, Emiliano escuchó movimiento en la cocina. se vistió rápidamente y salió al pasillo donde se encontró con don Sebastián, quien parecía haber dormido tan poco como él.

 Buenos días”, saludó Emiliano en voz baja. “Todo tranquilo, don Sebastián asintió levemente. Demasiado tranquilo, diría yo. En la cocina, Dolores removía una olla de atole mientras Consuelo cortaba pan recién horneado. El aroma a canela y masa cocida llenaba el ambiente, creando una atmósfera hogareña que contrastaba con la tensión que ambos hombres sentían. Buenos días, señores.

” Saludó Consuelo con una sonrisa tenue. Espero que hayan descansado bien. El desayuno estará listo en unos minutos. Perfectamente. Gracias, respondió don Sebastián, observando detenidamente la interacción entre las hermanas. Notó que se comunicaban con miradas y gestos mínimos, como si pudieran leer los pensamientos de la otra.

 Durante el desayuno, don Sebastián mencionó casualmente su intención de quedarse una noche más. Desafortunadamente no será posible, respondió Consuelo conaparente pesar. Esperamos a un grupo de peregrinos que reservaron todas nuestras habitaciones. Deben partir hoy hacia Uruapán si quieren llegar antes del anochecer.

 Emiliano y don Sebastián intercambiaron una mirada fugaz. Era la primera vez que mencionaban estas supuestas reservas. Qué lástima, comentó don Sebastián. Me hubiera gustado descansar un día más. El camino ha sido largo desde Morelia. Hablando de Morelia, intervino Emiliano, conocen al comerciante Javier Mendoza. Debíamos encontrarnos con él en Uruapan, pero nos dijeron que quizás pasó por aquí hace unos días.

 Las hermanas mantuvieron expresiones neutras, pero don Sebastián, atento a cada detalle, notó un ligero temblor en la mano de Dolores mientras servía más a Tole. “Tantos viajeros pasan por aquí”, respondió Consuelo con voz monocorde. “No recordamos a todos. Era un hombre de mediana edad con un lunar prominente en la mejilla”, insistió Emiliano.

 Viajaba con telas finas de la capital. Ah, sí, dijo finalmente Dolores. Estuvo aquí hace tres días. Continuó su camino hacia Uruapan temprano por la mañana. Mencionó que tenía prisa. Don Sebastián notó la contradicción. Primero no lo recordaban, luego recordaban hasta que tenía prisa. Decidió presionar un poco más. ¿Puedo echar un último vistazo al establo antes de partir? Creo que mi caballo perdió una herradura y quiero revisarlo.

 Yo lo acompañaré. Se ofreció Consuelo rápidamente, demasiado rápidamente. En el establo, mientras fingía revisar las patas de su caballo, don Sebastián observó nuevamente el suelo. La tierra removida que Emiliano había mencionado ahora estaba cubierta con paja fresca. Además, percibió un olor extraño, sutil, pero inconfundible para alguien que había trabajado en casos de homicidio, el olor dulzón de la descomposición.

Disimuladamente, don Sebastián se agachó y recogió un pequeño objeto que brillaba entre la paja, un botón de plata con un diseño distintivo que reconoció inmediatamente. Había visto uno idéntico en la descripción de las pertenencias de Javier Mendoza, parte de un chaleco que su esposa había reportado como muy preciado para él.

 ¿Encontró la herradura suelta?, preguntó consuelo, observándolo con intensidad. No, parece que estaba equivocado, respondió don Sebastián guardando discretamente el botón en su bolsillo. El animal está en perfectas condiciones. De regreso en la posada, mientras pagaban por su estancia, don Sebastián notó algo más.

 Dolores contaba el dinero con dedos manchados de tierra, a pesar de que sus manos estaban limpias durante el desayuno. Habían estado cabando recientemente. Al despedirse, las hermanas los observaron montar con expresiones indescriptibles. Don Sebastián sintió un escalofrío recorrer su espalda al notar la mirada de Dolores, siguiéndolos mientras se alejaban por el camino.

 Una vez fuera del alcance visual de la posada, Emiliano se acercó a su superior. ¿Qué piensa, don Sebastián? El jefe político extrajo el botón de su bolsillo, mostrándoselo a su asistente. Pienso, don Emiliano, que hemos encontrado la tumba de Javier Mendoza y probablemente las de muchos otros. Volvemos con los rurales, ¿no? Aún, respondió don Sebastián, guardando nuevamente la evidencia.

 Primero, necesitamos pruebas más contundentes. Esta noche, cuando oscurezca, volveremos a ese establo. Y temo que lo que encontraremos será más horrible de lo que imaginamos. Mientras cabalgaban hacia Uruapan, las hermanas Díaz observaban desde la ventana de la posada. Su instinto les decía que estos hombres representaban un peligro.

 No son lo que aparentan murmuró Dolores. Debemos prepararnos. Consuelo asintió lentamente. Esta noche moveremos lo que está en el establo y mañana quizás sea hora de desaparecer. Lo que las hermanas no sabían era que su reino de terror estaba a punto de terminar. La justicia representada por don Sebastián y Emiliano regresaría con la oscuridad para revelar los secretos enterrados bajo el establo de la posada del camino.

La luna creciente apenas iluminaba el camino cuando don Sebastián y Emiliano regresaron a la posada aquella noche. Habían dejado sus caballos atados a un kilómetro de distancia y se aproximaban a pie, moviéndose entre las sombras de los pinos. Ambos iban armados. Don Sebastián con su revólver reglamentario y Emiliano con una pistola pequeña que su padre le había regalado al partir a la capital para sus estudios.

 Recuerde, susurró don Sebastián mientras se acercaban, “si nos descubren, somos autoridades realizando una investigación oficial. Muestre su identificación inmediatamente. Emiliano asintió, sintiendo el peso de la placa de asistente del jefe político en su bolsillo. Su corazón latía aceleradamente, mezcla de miedo y anticipación. La posada parecía dormida.

No había luces en las ventanas y el único sonido era el ocasional mugido de la vaca en el establo. Con extrema cautela bordearon la estructuraprincipal hasta llegar a la parte trasera, donde el establo se erguía como una forma oscura contra el cielo nocturno. La puerta del establo no tenía cerrojo, solo una tranca de madera que don Sebastián levantó con facilidad.

 El interior estaba en penumbras, pero un farol colgado de un clavo les proporcionó luz una vez encendido. La vaca se agitó momentáneamente, pero luego volvió a su descanso, acostumbrada a visitas nocturnas. “Aquí”, señaló don Sebastián, dirigiéndose hacia el área donde había visto la tierra removida. “Emiliano, busque una pala o algo con que cavar.

” El joven encontró dos palas apoyadas contra la pared junto a otros implementos agrícolas. Cuando regresó, don Sebastián ya había apartado la paja fresca que cubría el área sospechosa. “Esta tierra ha sido removida recientemente”, murmuró el jefe político. “y observe cómo es un rectángulo casi perfecto.” Comenzaron a acabar en silencio, trabajando metódicamente.

El olor que habían percibido antes se intensificaba con cada palada de tierra que retiraban. Tras 20 minutos de esfuerzo, la pala de don Sebastián golpeó algo sólido. “Con cuidado ahora”, advirtió mientras ambos retiraban la tierra con mayor delicadeza. Lo que emergió fue un bulto envuelto en una manta burda atada con cuerdas de enquen.

Don Sebastián cortó una de las cuerdas con su navaja y apartó un extremo de la tela. El rostro pálido y rígido de un hombre de mediana edad apareció ante ellos. A pesar de la distorsión causada por la muerte, era reconocible. Javier Mendoza confirmó don Sebastián, reconociéndolo por la fotografía que su esposa había proporcionado.

 Y mire, el chaleco que lleva tiene un botón faltante. Emiliano tuvo que apartar la mirada por un momento, superado por la visión del cadáver y el olor nauseabundo. Era su primer encuentro directo con la muerte violenta. Pero las hermanas nos dijeron que había partido hacia Uruap”, murmuró recuperando la compostura.

 “Evidentemente mintieron”, respondió don Sebastián cubriendo nuevamente el cuerpo. “Y algo me dice que no es la única víctima enterrada aquí.” decidieron continuar excavando en otras áreas donde la Tierra parecía haber sido perturbada anteriormente. El horror crecía con cada nuevo descubrimiento. Bajo el suelo del establo encontraron otros dos cuerpos en diferentes estados de descomposición.

“Dios santo”, exclamó Emiliano apoyándose en la pala. “¿Cuántos más habrá?” No lo sabremos esta noche”, respondió don Sebastián limpiándose el sudor de la frente. “Pero tenemos suficiente evidencia para arrestar a las hermanas Díaz. Vamos a la casa principal.” Recompusieron parcialmente las tumbas para no alertar a las asesinas si llegaran a revisar el establo antes del amanecer.

 Luego, farol en mano, se dirigieron hacia la casa en silencio. La puerta trasera que daba a la cocina estaba cerrada, pero no asegurada. Don Sebastián la abrió con extrema cautela, evitando cualquier crujido. El interior estaba en completa oscuridad. Yo iré a la habitación de la izquierda, usted a la de la derecha, susurró don Sebastián.

 Si están dormidas, las despertaremos y arrestaremos. Mantenga su arma lista, pero no dispare a menos que sea absolutamente necesario. Emiliano asintió, desenfundando su pequeña pistola. Con el corazón martilleando en su pecho, avanzó hacia el pasillo que conducía a las habitaciones. La casa estaba sumida en un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el suave crujir de las tablas del suelo bajo sus pies.

 Al llegar a la primera habitación, don Sebastián giró lentamente el picaporte y empujó la puerta. La habitación estaba vacía. La cama perfectamente hecha mostraba signos de haber sido utilizada recientemente. Don Sebastián llamó Emiliano en un susurro urgente desde la otra habitación. Venga a ver esto.

 La segunda habitación también estaba desocupada, pero sobre la cama había una nota escrita con caligrafía elegante. Sabíamos que volverían. Cuando lean esto, ya estaremos lejos. Busquen bajo el suelo de la cocina si quieren encontrar el origen de nuestra historia. Las hermanas Díaz, don Sebastián maldijo entre dientes. Nos adelantaron.

 Debieron partir en cuanto nos fuimos esta mañana. Emiliano miró alrededor notando que gran parte de las pertenencias personales habían desaparecido. ¿Qué habrán querido decir con el origen de nuestra historia? Vamos a averiguarlo, respondió don Sebastián. dirigiéndose a la cocina. Allí, iluminados por el farol, examinaron el suelo de tierra apisonada.

En una esquina, junto al fogón, notaron un área que parecía diferente al resto, como si el suelo hubiera sido removido y vuelto a compactar múltiples veces. “Aquí”, señaló don Sebastián, y ambos comenzaron a acabar. Lo que encontraron bajo el suelo de la cocina cambiaría para siempre su comprensión del caso de las hermanas Díaz.

 un esqueleto pequeño, claramente de un niño, y junto a él otroesqueleto adulto con un cráneo fracturado. Ambos estaban parcialmente envueltos en los restos podridos de una manta que alguna vez fue azul. “Creo que hemos encontrado al padre”, murmuró don Sebastián, y quizás a un hermano menor que nunca supimos que existía. La magnitud del horror apenas comenzaba a revelarse en la solitaria posada del camino a Uruapan.

 Al amanecer, la posada del camino se había convertido en un hervidero de actividad. Don Sebastián había enviado a Emiliano a Morelia para traer refuerzos y ahora media docena de rurales trabajaban metódicamente excavando el suelo del establo y de la casa principal. El área había sido acordonada y algunos vecinos de ranchos cercanos se habían congregado a distancia, observando con una mezcla de horror y fascinación.

 Don Sebastián permanecía en la cocina examinando documentos y objetos personales que las hermanas no se habían llevado en su apresurada huida. En un baúl oculto, bajo una tabla suelta del suelo, había encontrado un diario encuadernado en cuero oscuro. Las primeras páginas estaban escritas con una caligrafía infantil que gradualmente evolucionaba hasta convertirse en la elegante letra que habían visto en la nota de despedida.

 A medida que leía, el rostro del jefe político se ensombrecía. Las páginas revelaban una historia familiar. marcada por el abuso y la violencia. El diario pertenecía a Consuelo, quien había comenzado a escribirlo a los 12 años, documentando una infancia atormentada bajo el yugo de un padre alcohólico y brutal. “Don Sebastián, llamó uno de los rurales desde la puerta.

 Ya hemos desenterrado siete cuerpos del establo y el médico dice que llevan enterrados diferentes periodos de tiempo, algunos hasta 3 años. El jefe político asintió sin levantar la vista del diario. “Sigan buscando. Tengo la impresión de que encontraremos más.” Las páginas del diario contaban como Agustín Díaz, el padre de las gemelas, había enviudado cuando ellas tenían 8 años.

Tras la muerte de su esposa, el hombre había caído en el alcoholismo y comenzado a maltratar a sus hijas. Las páginas describían palizas brutales, hambre y humillaciones constantes. Lo más perturbador era la referencia a Miguel, el hermano menor de las gemelas, nacido poco antes de la muerte de la madre. Según el diario, Miguel había sido el favorito del padre, protegido de los abusos que sufrían las niñas, hasta que una noche, durante un arrebato de ira alcohólica, Agustín había golpeado al pequeño contra la pared cuando este

intentó defender a sus hermanas. El niño murió instantáneamente. Las siguientes entradas describían como el padre las obligó a enterrar el cuerpo bajo el suelo de la cocina. amenazándolas de muerte si alguna vez mencionaban lo sucedido. Durante años, las hermanas vivieron aterrorizadas, convertidas en sirvientas virtuales de su padre, quien administraba la posada con mano dura pero eficiente.

 Una entrada fechada 10 años atrás relataba el punto de inflexión. Hoy Dolores. Encontró las hierbas que la abuela nos enseñó a reconocer en el bosque. Preparamos el té como ella nos había enseñado, agregando suficiente cantidad para asegurar que funcionara. Padre lo bebió sin sospechar nada, pensando que era su tisana habitual para la digestión. Cayó dormido junto al fuego.

Dolores usó el hacha. Fue rápido, ahora está con Miguel bajo el suelo que pisamos cada día. La posada es nuestra por fin. Ya nadie volverá a lastimarnos. Don Sebastián cerró el diario sintiendo un escalofrío. La historia continuaba detallando cómo las hermanas habían comenzado su negocio macabro casi por accidente, cuando un comerciante borracho intentó abusar de consuelo y Dolores lo mató en defensa de su hermana.

 Al descubrir que llevaba una suma considerable de dinero, decidieron que habían encontrado un medio para prosperar. Los que viajan solos no son extrañados inmediatamente”, había escrito Consuelo. Y la posada nos proporciona un flujo constante de víctimas potenciales. Seleccionamos cuidadosamente, hombres solos, preferiblemente adinerados, sin familia que los acompañe.

 Las hierbas de la abuela son infalibles, dormidos, no sufren cuando Dolores usa el cuchillo. Es rápido, como compadre. La tierra del establo es suave y fácil de cabar. El sonido de cascos de caballo interrumpió sus reflexiones. Emiliano regresaba acompañado por el médico forense de Morelia, un hombre mayor de aspecto grave que cargaba un maletín de cuero desgastado.

 “Don Sebastián, saludó Emiliano desmontando apresuradamente. Hemos enviado telegramas a todas las poblaciones cercanas con la descripción de las hermanas. Y hay algo más. Un comerciante en Morelia reconoció algunos objetos que vendieron las hermanas la semana pasada. Pertenecían a uno de los desaparecidos. El jefe político asintió mostrando el diario.

 He encontrado su confesión completa y también la explicación de cómo empezó todo esto. El médicoforense, don Ricardo Fuentes, ya estaba examinando los restos encontrados bajo la cocina. Este niño murió por un traumatismo craneal severo”, confirmó señalando las fracturas evidentes en el pequeño cráneo. Y el adulto presenta un corte profundo en la base del cráneo, probablemente causado por un hacha o instrumento similar.

 Diría que estos restos tienen al menos 10 años. Don Sebastián asintió. coincide con lo escrito en el diario. El niño sería Miguel Díaz y el adulto Agustín Díaz, padre de las hermanas. ¿Y las otras víctimas? Preguntó Emiliano. Según el diario, 29 en total, respondió don Sebastián gravemente. Todos comerciantes o viajeros solitarios que tuvieron la mala fortuna de hospedarse aquí.

 Para media tarde habían recuperado 23 cuerpos del establo. Los rurales continuaban cavando, siguiendo un patrón metódico de búsqueda. Es el peor caso que he visto en mis 30 años como autoridad, comentó don Sebastián a Emiliano mientras observaban el trabajo. Y lo más perturbador es como estas mujeres pasaron de víctimas a victimarias.

 ¿Cree que las encontraremos?, preguntó el joven asistente. Don Sebastián contempló los bosques que rodeaban la posada, extendiéndose hacia las montañas en todas direcciones. Son mujeres inteligentes y conocen bien esta región, pero el mundo es pequeño para asesinas tan notorias. Alguien las verá, alguien hablará.

 La justicia puede ser lenta, pero raramente falla por completo. Lo que no sabían era que en ese preciso momento las hermanas Díaz avanzaban por senderos apenas visibles a través de las montañas, siguiendo rutas antiguas conocidas solo por los indígenas de la región. Llevaban consigo lo esencial, dinero, algunas joyas robadas a sus víctimas y un pequeño arsenal para defenderse.

 Su destino, la costa de Michoacán, donde planeaban abordar un barco hacia tierras lejanas donde nadie conociera su historia. La cacería humana más grande que Michoacán había visto en décadas estaba a punto de comenzar. Durante las siguientes semanas, la noticia de las asesinas de la posada se extendió como fuego por todo México.

 Los periódicos de la capital enviaron corresponsales a Morelia y pronto las ilustraciones de las hermanas Díaz aparecieron en primera plana junto con relatos sensacionalistas que mezclaban hechos con fantasías macabras. La cifra final de víctimas ascendió a 27 cuerpos recuperados. más los restos del padre y el hermano, totalizando las 29 muertes mencionadas en el diario de Consuelo.

Don Sebastián Vargas había establecido su centro de operaciones en la oficina del jefe político en Morelia, donde mapas de la región cubrían las paredes marcados con avistamientos reportados y posibles rutas de escape. Emiliano Cárdenas, ahora oficialmente reconocido por su papel en el descubrimiento del caso, trabajaba incansablemente a su lado, coordinando los esfuerzos de búsqueda.

 Tenemos informes de dos mujeres que coinciden con su descripción vistas en Patscuaro hace tres días, informó Emiliano señalando la ubicación en el mapa. y otro avistamiento cerca de Uruapán ayer. “Imposible que estuvieran en ambos lugares”, murmuró don Sebastián estudiando las distancias. “Una de las dos informaciones debe ser falsa.

” El caso se complicaba por la fascinación morbosa que había generado. Muchas personas afirmaban haber visto a las hermanas buscando los 15 minutos de fama que proporcionaba ser entrevistado por la prensa. Otros, motivados por la recompensa ofrecida por el gobierno estatal, inventaban avistamientos para dirigir la búsqueda hacia áreas donde tenían enemigos personales.

 Creo que deberíamos concentrarnos en la ruta hacia la costa”, sugirió Emiliano trazando una línea desde Morelia hacia el Pacífico. “Si yo fuera ellas, buscaría un barco para salir del país.” Don Sebastián asintió, frotándose los ojos enrojecidos por la falta de sueño. He enviado telegramas a todos los puertos, desde Manzanillo hasta Acapulco, con órdenes de revisar cada embarcación.

 Pero hay docenas de pequeñas calas donde un pescador podría ser sobornado para llevarlas a un barco mayor mar adentro. Mientras los hombres discutían estrategias, a más de 100 kómetros de distancia, en la densa selva que descendía hacia la costa michoacana, las hermanas Díaz avanzaban lentamente. Habían abandonado los caminos principales, moviéndose solo al amanecer y al anochecer para evitar encuentros.

Sus rostros, ahora famosos en todo el país, las obligaban a mantenerse ocultas. Estamos casi sin provisiones, murmuró Dolores mientras compartían una pequeña ración de carne seca junto a un arroyo. Tendremos que arriesgarnos a visitar algún poblado. Consuelo, quien había perdido peso y mostraba signos de agotamiento, asintió lentamente.

 Hay una aldea indígena a dos días de aquí. Según el mapa que compramos. Podríamos dividir el dinero entre nuestras ropas. Si una es capturada. La otra podrá continuar.Era la primera vez que hablaban abiertamente de la posibilidad de ser separadas. Durante toda su vida habían estado juntas, primero unidas por el miedo a su padre, luego por la complicidad en sus crímenes.

 No sobreviviríamos separadas, respondió Dolores con firmeza. Si una cae, la otra debe terminar el trabajo. Ambas entendieron el significado de esas palabras. habían hecho un pacto años atrás, nunca serían capturadas con vida. De vuelta en Morelia, un nuevo desarrollo sacudió la investigación. Un pescador de una pequeña aldea costera había reportado que dos mujeres le habían ofrecido una cantidad exorbitante por llevarlas a un barco comercial que se dirigía a San Francisco.

 “Podría ser nuestra primera pista sólida”, comentó don Sebastián estudiando el informe. El pescador las rechazó porque le pareció sospechoso tanto dinero. “¿Cuándo fue esto?”, preguntó Emiliano. “Hace 4 días. Si han mantenido el mismo ritmo, podrían estar llegando a la costa en cualquier momento.

 Don Sebastián movilizó inmediatamente un contingente de rurales hacia la zona costera, divididos en pequeños grupos para cubrir cada pueblo pesquero y embarcadero. Él mismo, junto con Emiliano y cuatro de sus hombres más confiables, se dirigió hacia la aldea donde se había producido el avistamiento. Tras dos días de viaje extenuante, primero a caballo y luego en una carreta alquilada, cuando el terreno se volvió demasiado accidentado para losquinos, llegaron a la pequeña comunidad pesquera de San Pedro.

 El pueblo consistía en unas 30 casas de adobe y palma, distribuidas a lo largo de una playa dorada, donde pequeñas embarcaciones descansaban sobre la arena. El pescador que había reportado el encuentro, un hombre llamado Matías Ochoa, los recibió en su humilde vivienda. Era un hombre de unos 50 años, curtido por el sol y el mar, con manos callosas que denotaban una vida de trabajo duro.

 “Las vi hace 5co días”, explicó sentado frente a don Sebastián en un banquillo de madera. Vinieron al amanecer cuando preparaba mi bote. Ofrecieron 50 pesos en plata por llevarlas al barco mercante que pasa cada semana rumbo al norte. ¿Estás seguro de que eran las hermanas Díaz?, preguntó don Sebastián mostrándole los retratos publicados en el periódico.

Matías estudió las imágenes y asintió con firmeza. Eran ellas, aunque la mayor parecía enferma, tosía mucho y tenía fiebre. Se notaba en sus ojos brillantes. Esta información era nueva y potencialmente crucial. Si Consuelo estaba enferma, su movilidad estaría limitada, lo que podría obligarlas a buscar refugio o atención médica.

 ¿Les dijo a alguien más sobre este encuentro, además de a las autoridades? inquirió Emiliano solo a mi compadre Joaquín, que tiene una tienda en el pueblo. Él fue quien me dijo que debía reportarlo, que había una recompensa. Don Sebastián y Emiliano intercambiaron miradas preocupadas. Si la noticia se había difundido localmente, las hermanas podrían haber sido alertadas.

 ¿Hay algún curandero o médico en la región al que pudieran acudir?, preguntó don Sebastián. Está doña Remedios, una curandera purépecha que vive en la montaña a unas tres horas de aquí”, respondió Matías. La gente va a ella cuando está muy enferma y no puede pagar un médico. Esta información proporcionó un nuevo rumbo a la búsqueda.

 Si Consuelo estaba lo suficientemente enferma, Dolores podría haberse visto obligada a buscar ayuda, incluso a riesgo de ser reconocidas. Esa misma tarde, don Sebastián, Emiliano y dos rurales emprendieron el ascenso hacia la cabaña de la curandera. El sendero era apenas visible, serpenteando entre la densa vegetación tropical que cubría las laderas.

 Al llegar encontraron una pequeña choa de adobe con techo de palma, rodeada por un jardín de plantas medicinales cuidadosamente cultivadas. Doña Remedios resultó ser una anciana diminuta de rasgos indígenas pronunciados y mirada penetrante. Al principio se mostró reticente a hablar con las autoridades, pero la gravedad del caso finalmente la convenció.

Vinieron hace dos días”, confirmó, preparando una infusión de hierbas para sus visitantes. La mayor estaba muy enferma, con fiebre alta y tos profunda, probablemente neumonía por dormir a la intemperie en el frío de la montaña. “¿Dónde están ahora?”, preguntó don Sebastián con urgencia. La anciana señaló hacia el oeste con un gesto vago.

“Se fueron ayer al amanecer. Les dije que la enferma necesitaba descanso, pero la otra insistió en continuar. Les dibas para la fiebre y un ungüento para el pecho. Mencionaron hacia dónde se dirigían, no directamente, pero hablaron de un barco y del norte. Y la enferma mencionó algo sobre un rancho abandonado cerca de la costa donde podrían esperar.

Esta información, aunque imprecisa, proporcionaba una dirección. Don Sebastián ordenó a uno de los rurales regresar al pueblo y traer refuerzos para peinar sistemáticamente el áreacostera con especial atención a estructuras abandonadas. La búsqueda se estaba estrechando. En algún lugar de aquellas selvas costeras, las hermanas Díaz luchaban por escapar, una de ellas debilitada por la enfermedad, ambas acorraladas por una red que se cerraba lentamente a su alrededor.

 El destino final de las asesinas más notorias de Michoacán estaba a punto de decidirse en los acantilados que se alzaban sobre el implacable océano Pacífico. Al amanecer del sexto día de búsqueda en la costa, el cielo amaneció cubierto de nubes grises que presagiaban tormenta. El viento soplaba desde el mar, trayendo consigo el olor a sal y la promesa de lluvia inminente.

 Don Sebastián reunió a su grupo ampliado de rurales y voluntarios locales para asignar las áreas de búsqueda del día. Nos concentraremos en esta zona, indicó señalando en un mapa improvisado dibujado en la arena un área de acantilados al norte de San Pedro. Según los pescadores, hay varias estructuras abandonadas allí.

 un antiguo faro, algunas cabañas de pescadores y las ruinas de lo que fue un pequeño monasterio en tiempos coloniales. Emiliano, quien había demostrado un talento natural para la investigación durante este caso, añadió información valiosa. Los locales también mencionan una cueva en los acantilados, accesible solo durante la marea baja.

 Sería un escondite ideal para quien conociera su existencia. Los grupos se dividieron, cada uno asignado a un área específica, equipados con silvatos para alertar a los demás en caso de encontrar algo. Don Sebastián Emiliano y tres rurales tomaron para sí la zona más escarpada, donde se ubicaban las ruinas del antiguo monasterio.

 Mientras tanto, a menos de 2 km de distancia, en una pequeña cueva parcialmente oculta por la vegetación que crecía en los acantilados, las hermanas Díaz luchaban con su propia crisis. Consuelo, consumida por la fiebre, yacía sobre una manta raída, respirando con dificultad. Su rostro, normalmente imperioso, estaba ahora demacrado y pálido, con manchas rojizas en las mejillas que delataban la gravedad de su estado.

 Dolores humedecía periódicamente un trapo con agua de mar, diluida con el poco agua dulce que les quedaba, colocándolo sobre la frente de su hermana. La situación se había vuelto desesperada. Las hierbas de la curandera habían aliviado temporalmente los síntomas. Pero la enfermedad había progresado, agravada por las condiciones extremas de su huida.

 “El barco pasará mañana”, murmuró Dolores, “masí misma que para su hermana semiinconsciente. Solo necesitamos resistir un día más. He encontrado un pescador que aceptó llevarnos por el precio correcto.” Consuelo abrió los ojos brillantes por la fiebre. No lo lograremos, hermana. Debes irte sin mí nunca, respondió Dolores con fiereza.

 Hemos estado juntas desde el vientre de nuestra madre. Viviremos o moriremos juntas. Un acceso de to sacudió el cuerpo debilitado de consuelo. Cuando por fin se calmó, un hilo de sangre corrió desde la comisura de sus labios, señal inequívoca de que la enfermedad había alcanzado sus pulmones. Escucha”, continuó Dolores limpiando la sangre con delicadeza.

 He preparado todo. Al anochecer, cuando la marea esté alta, el pescador vendrá con su bote. Nos llevará directamente al barco mercante sin pasar por ningún puerto. He pagado lo suficiente para comprar su silencio. Lo que Dolores no mencionó fue el cuchillo oculto entre sus ropas, el mismo que había usado para terminar con la vida de tantos viajeros desprevenidos.

El pescador nunca llegaría a gastar el dinero que le había prometido, un testigo menos que pudiera identificarlas. A media mañana, el grupo de don Sebastián alcanzó las ruinas del antiguo monasterio. La estructura, construida por franciscanos en el siglo XV y abandonada un siglo después, consistía en muros de ruidos de piedra gris invadidos por enredaderas y líquenes.

 El techo había colapsado décadas atrás, dejando a la intemperie lo que una vez fueron celdas monásticas, una pequeña capilla y un refectorio. “Separémonos para revisar cada rincón”, ordenó don Sebastián. “Busquen cualquier señal de ocupación reciente, cenizas de fogata, restos de comida, huellas. La búsqueda metódica de las ruinas no reveló nada significativo.

 Estaban a punto de partir hacia el siguiente punto. Cuando uno de los rurales, un hombre llamado Santos, con fama de ser el mejor rastreador del grupo, llamó su atención. Jefe, mire esto, dijo señalando unas marcas apenas perceptibles en el suelo polvoriento. Alguien ha pasado por aquí recientemente arrastrando algo pesado.

 Don Sebastián se agachó para examinar las marcas. Efectivamente, había un rastro sutil de tierra removida, como si alguien hubiera arrastrado un bulto o apoyado un bastón improvisado mientras caminaba. Buen trabajo, santos. siga el rastro, pero con cautela. El rural avanzó lentamente, siguiendo las marcas que para un ojo noentrenado serían invisibles.

 El rastro los condujo fuera de las ruinas hacia un sendero apenas visible que descendía por el acantilado. “Conduce hacia la costa”, observó Emiliano, “quizás hacia esa cueva que mencionaron los pescadores.” Don Sebastián asintió evaluando la situación. El sendero es demasiado estrecho para descender todos juntos. Santos y yo bajaremos primero.

 Ustedes esperen aquí. Si escuchan el silvato, bajen inmediatamente. Armados y alertas, don Sebastián y el rural comenzaron el descenso por el precario sendero. La pendiente era pronunciada y en algunos tramos debían aferrarse a raíces y salientes para mantener el equilibrio. A medida que descendían, el rugido del mar se hacía más intenso, rebotando contra las paredes del acantilado.

 Tras 15 minutos de descenso cauteloso, el sendero se ensanchó ligeramente, revelando una pequeña plataforma natural frente a la entrada de una cueva. Don Sebastián hizo una señal a Santos para que se detuviera observando detenidamente la entrada. No había signos evidentes de ocupación, pero una leve columna de humo casi imperceptible emergía de algún punto en el interior. Desenfundando su revólver.

Don Sebastián se acercó con extrema cautela a la entrada. La cueva era más profunda de lo que parecía desde fuera, con un túnel natural que se curvaba hacia la izquierda, ocultando su interior de la vista desde la entrada. El olor a humedad se mezclaba con otro más sutil, el de hierbas quemadas. Justo cuando estaba a punto de entrar, un sonido lo detuvo.

 Una tos débil pero inconfundible. seguida de un murmullo de voces femeninas. Las hermanas Díaz estaban allí. Con un gesto indicó a Santos que regresara por el sendero y alertara a los demás. Luego, apoyándose contra la pared de la cueva para minimizar su silueta, don Sebastián avanzó lentamente hacia el interior. La escena que encontró al doblar la curva del túnel quedó grabada en su memoria para siempre, en un pequeño ensanchamiento de la cueva, iluminado por la tenue luz de una pequeña fogata con suelo días ycía sobre una manta

claramente enferma. A su lado, Dolores se inclinaba sobre ella, humedeciendo su frente con un paño. El movimiento alertó a Dolores, quien se volvió bruscamente cuchillo en mano. Sus ojos, adaptados a la penumbra de la cueva, identificaron inmediatamente al intruso. “Jefe político”, dijo con una calma escalofriante.

“Ha sido persistente.” Don Sebastián mantuvo su revólver apuntando firmemente hacia ella. Dolores Díaz. Usted y su hermana están bajo arresto por los asesinatos de al menos 29 personas. Una sonrisa amarga cruzó el rostro de Dolores. 31. En realidad, hubo dos más que no registramos en el diario. Esta confesión casual, pronunciada con la frialdad de quien comenta el clima, confirmó a don Sebastián que estaba frente a una mujer para quien la vida humana carecía de valor.

 “Baje el cuchillo y apártese de su hermana”, ordenó avanzando un paso. “Para ser juzgadas, ejecutadas”, respondió Dolores sin moverse. Prefiero decidir mi propio destino, como lo hemos hecho siempre. Consuelo se incorporó ligeramente, su rostro consumido por la enfermedad, pero con los ojos llenos de la misma determinación implacable que su hermana.

“Nunca nos separarán”, murmuró con voz débil, “ni vida ni en muerte. Don Sebastián percibió el peligro en sus palabras. No cometan una tontería. Bajen las armas y entréguense. Tendrán un juicio justo. Dolores soltó una risa seca, carente de humor. Justo como la vida fue justa con nosotras. Cómo fue justo que nuestro padre matara a nuestro hermano frente a nuestros ojos.

 ¿Cómo fue justo que nadie notara lo que sucedía en nuestra casa durante años? Mientras hablaba, Dolores se había movido imperceptiblemente, colocándose entre su hermana y don Sebastián. Sus ojos no se apartaban del jefe político, calculando distancias y posibilidades. No hay salida, Dolores, insistió don Sebastián.

 Mis hombres están descendiendo por el sendero en este momento. La cueva está rodeada. Como para confirmar sus palabras, se escucharon voces y pasos aproximándose desde la entrada de la cueva. Emiliano y los rurales habían comenzado el descenso. Lo que sucedió a continuación ocurrió con una rapidez devastadora. Dolores, con la agilidad de un felino, se abalanzó hacia don Sebastián, el cuchillo dirigido hacia su garganta.

 El jefe político disparó por reflejo, alcanzando a la mujer en el hombro. Dolores trastabilló, pero no cayó, impulsada por una determinación sobrehumana. Antes de que don Sebastián pudiera disparar nuevamente, ella había llegado hasta su hermana. Juntas, como prometimos”, susurró y con un movimiento fluido clavó el cuchillo en el corazón de consuelo.

 La moribunda asintió levemente una sonrisa de paz cruzando sus labios mientras la vida la abandonaba. Don Sebastián avanzó para detener a Dolores, pero ella fue más rápida. Con el mismo cuchilloensangrentado, cortó profundamente su propia garganta, desplomándose junto al cuerpo de su hermana. La sangre se extendió rápidamente, mezclándose con la de consuelo sobre la manta raída.

 Cuando Emiliano y los rurales llegaron segundos después, encontraron a don Sebastián de pie, inmóvil, contemplando los cuerpos de las hermanas Díaz. Las asesinas más notorias de Michoacán habían cumplido su pacto. Ni en vida ni en muerte serían separadas. La tormenta que había amenazado toda la mañana finalmente estalló, golpeando los acantilados con furia, como si la naturaleza misma quisiera lavar la sangre y los horrores que aquella cueva había presenciado.

 Dos semanas después de los trágicos acontecimientos en la cueva, la posada del camino seguía siendo objeto de investigación. Los cuerpos recuperados habían sido identificados en su mayoría, permitiendo a las familias darse cultura adecuada a sus seres queridos desaparecidos. La posada misma permanecía acordonada, considerada ahora como la escena del crimen más horrendo que Michoacán había presenciado en su historia.

 Don Sebastián, quien había solicitado oficialmente encargarse personalmente de todos los aspectos del caso, regresó a la propiedad, acompañado por Emiliano y un equipo reducido de colaboradores. Su objetivo era completar la documentación y, eventualmente decidir qué hacer con el inmueble que se había convertido en un recordatorio sombrío de la oscuridad humana.

 El gobierno estatal sugiere demoler el lugar”, comentó a Emiliano mientras desmontaban frente a la estructura de Adobe. Borrar toda evidencia física para evitar que se convierta en un sitio de peregrinación macabra. Era una preocupación válida. Ya habían tenido que ahuyentar a curiosos y periodistas que intentaban llevarse recuerdos de la posada, desde Texas hasta trozos de madera del establo donde se habían encontrado los cuerpos.

 ¿Usted qué opina? preguntó Emiliano atando su caballo a un poste. Don Sebastián contempló la posada en silencio por un momento. Creo que la historia no debe borrarse, por oscura que sea. Este lugar debería permanecer como un recordatorio de las consecuencias del abuso y la violencia que engendran más violencia. El día transcurrió en labores metódicas, catalogar objetos, revisar cada rincón en busca de evidencias adicionales, completar los informes oficiales que serían archivados en Morelia.

 Al atardecer, cuando el equipo se preparaba para partir, uno de los asistentes llamó a don Sebastián con urgencia. Jefe, encontramos algo bajo el pesebre del establo. El descubrimiento resultó ser una pequeña caja de metal del tipo que se utilizaba para guardar documentos importantes, enterrada aproximadamente a medio metro de profundidad.

 La caja estaba cerrada con un candado que se dio fácilmente ante las herramientas adecuadas. En el interior encontraron un segundo diario más antiguo que el hallado anteriormente con las páginas amarillentas por el tiempo. La caligrafía era diferente, más firme y angulosa que la de consuelo. Es de Agustín Díaz el padre, confirmó don Sebastián tras examinar la primera página que databa de 1860, casi 30 años atrás.

 Emiliano y don Sebastián se retiraron a la cocina de la Posada, donde la luz era mejor para examinar el contenido del diario. Lo que descubrieron añadió una capa más de horror a la llama cabra historia de la familia Díaz. El diario de Agustín Díaz comenzaba como el registro mundano de un hombre que intentaba mantener a flote un negocio familiar.

 Las primeras entradas detallaban la compra de la posada, las reparaciones necesarias y sus esperanzas de prosperidad. Mencionaba a su joven esposa Teresa, descrita como bella, pero frágil de salud y espíritu, y el nacimiento de las gemelas en 1847. Sin embargo, a medida que avanzaban en la lectura, el tono cambiaba gradualmente. Las entradas se volvían más oscuras, salpicadas de quejas sobre viajeros ingratos y referencias crípticas a lecciones necesarias.

 Una entrada de 1865 revelaba el primer indicio del verdadero horror. Hoy el comerciante de Guadalajara intentó regatear el precio de la habitación. Dijo que era excesivo para un lugar tan simple. Le mostré lo que pasa con quienes no aprecian mi hospitalidad. Su cuerpo nutrirá la tierra del establo como los otros. Teresa lloró toda la noche amenazando con ir a las autoridades.

 Tuve que recordarle que ahora es cómplice. Las niñas no vieron nada esta vez. Don Sebastián levantó la mirada del diario, encontrándose con los ojos horrorizados de Emiliano. “El padre ya era un asesino”, murmuró el joven asistente. Las hermanas aprendieron de él. Don Sebastián asintió gravemente y continuó leyendo.

 Las entradas subsiguientes pintaban el retrato de un hombre consumido por la codicia y una crueldad metódica que seleccionaba cuidadosamente a sus víctimas entre los viajeros adinerados que pasaban por la posada. Con el tiempo, las referencias a Teresadisminuían hasta una entrada escueta de 1869. Teresa falleció durante el parto del niño. Quizás es mejor así.

 Últimamente hablaba demasiado sobre confesarse. El niño parece fuerte. Las gemelas están indiferentes ante su nuevo hermano. Los años siguientes documentaban el descenso de Agustín hacia el alcoholismo y una violencia cada vez más indiscriminada, no solo hacia los viajeros, sino también hacia sus hijas, a quienes describía como demasiado parecidas a su madre en su debilidad.

 Solo Miguel, el hijo menor recibía ocasionales comentarios de afecto. La última entrada, fechada apenas tres días antes de la muerte de Agustín, según las fechas mencionadas en el diario de Consuelo, contenía una revelación estremecedora. Las gemelas se parecen cada día más a mí, aunque no lo saben. Hoy vi Dolores observando al viajero de México con el mismo cálculo en sus ojos que yo tengo cuando evalúo a una potencial víctima.

 Me pregunto si sospechan lo que hay realmente bajo el establo. No solo los cuerpos de los últimos años, sino los más antiguos, los de antes de su nacimiento, cuando yo trabajaba solo, incluyendo al primer dueño de esta posada y su familia. Esta tierra ha bebido sangre desde mucho antes que ellas nacieran. Don Sebastián cerró lentamente el diario, un escalofrío recorriendo su espalda a pesar del calor de la tarde.

“Necesitamos excavar más profundo en el establo,”, ordenó poniéndose de pie. “Si lo que dices es cierto, hay víctimas que se remontan a los años 1840. El equipo trabajó hasta bien entrada la noche con lámparas de aceite iluminando la macabra labor. A casi 2 metros de profundidad encontraron los restos de lo que parecía ser otra fosa común, más antigua que las excavadas previamente.

Los huesos, ya sin tejido blando, indicaban que estas muertes habían ocurrido muchos años antes. “Dios mío”, murmuró uno de los trabajadores mientras extraían un cráneo con un evidente agujero de bala. “¿Cuántos más hay aquí abajo?” Al amanecer habían recuperado los restos de cinco cuerpos adicionales, incluyendo los de una mujer y un niño pequeño, probablemente la familia original mencionada en el diario.

 La maldad en este lugar no comenzó con las hermanas, ni siquiera con su padre”, comentó don Sebastián mientras observaba el trabajo. Es como si esta tierra estuviera  Emiliano, exhausto, pero incapaz de descansar ante tales descubrimientos, asintió lentamente. ¿Cree que Agustín Díaz mató al dueño original para quedarse con la posada? Es lo que sugiere su diario.

 Y las hermanas, que crecieron viendo estos horrores, eventualmente siguieron sus pasos. Primero como víctimas, luego como victimarias. La investigación continuó durante tres días más. revelando un total de ocho cuerpos adicionales de la época de Agustín Díaz, elevando el número total de víctimas a 39, abarcando casi medio siglo de horror continuado.

La noticia de estos nuevos descubrimientos se extendió rápidamente, añadiendo nuevas dimensiones al ya sensacional caso. Los periódicos de la capital rebautizaron el lugar como la posada de la muerte y los relatos populares comenzaron a incluir elementos sobrenaturales hablando de espíritus vengadores y maldiciones antiguas.

 Para don Sebastián, sin embargo, lo más perturbador no eran los cuentos fantasmales, sino la realidad de cómo la violencia se había transmitido de una generación a otra, creando un ciclo aparentemente interminable de crueldad y muerte. Una semana después de los últimos descubrimientos, cuando todos los restos habían sido documentados y retirados para su adecuada sepultura, don Sebastián tomó una decisión.

contra las recomendaciones del gobierno estatal, ordenó que la posada no fuera demolida, sino cerrada permanentemente, con un pequeño monumento conmemorativo para las víctimas. Este lugar debe permanecer como un recordatorio”, explicó a Emiliano mientras supervisaban la colocación de una placa de bronce junto al camino, no para glorificar a los asesinos, sino para honrar a las víctimas y recordarnos a todos que la maldad humana puede ocultarse tras las fachadas más ordinarias.

 La placa, sencilla solemne, llevaba una inscripción que el propio don Sebastián había redactado en memoria de las 39 almas que perdieron sus vidas en este lugar entre 1840 y 1889. Que sus espíritus encuentren la paz que les fue negada en vida y que su recuerdo nos inspire a combatir la oscuridad con luz y el odio con compasión.

 justicia y memoria. Mientras cabalgaban de regreso a Morelia, Emiliano reflexionó sobre todo lo que habían descubierto y experimentado. ¿Cree que las hermanas Díaz eran monstruos por naturaleza o fueron creadas por las circunstancias? Preguntó al jefe político. Don Sebastián, envejecido por el peso del caso, meditó su respuesta.

 Creo que nacieron como cualquier ser humano, con potencial para el bien y el mal, pero crecieron viendo horrores inimaginables,sufriendo abusos constantes, aprendiendo que la vida humana carecía de valor. En cierto modo, fueron moldeadas por su padre, convertidas en reflejo de su propia maldad. Eso las exculpa.

 No, respondió don Sebastián con firmeza. Muchos sufren abusos terribles y no se convierten en asesinos. Tuvieron elecciones, por difíciles que fueran, y eligieron el camino del mal. Pero entender no es excusar y recordar no es honrar. El sol comenzaba a ponerse cuando los dos hombres divisaron las torres de la catedral de Morelia en la distancia.

 Un capítulo oscuro de la historia de Michoacán había concluido, pero sus repercusiones continuarían reverberando por generaciones. Morelia, 1919. El automóvil avanzaba lentamente por el camino rural, levantando nubes de polvo a su paso. Al volante, un hombre de unos 50 años con cabello entre cano y lentes de montura metálica.

 A su lado, un joven de aproximadamente 20 años que observaba el paisaje con interés. “¿Falta mucho, abuelo?”, preguntó el joven consultando su reloj de bolsillo. Emiliano Cárdenas, ahora gobernador de Michoacán, sonrió ligeramente. Casi llegamos, Daniel. Es justo después de la siguiente curva. 30 años habían pasado desde los acontecimientos de la posada del camino, pero Emiliano recordaba el lugar como si hubiera sido ayer.

 Ahora, acompañado por su nieto, un estudiante de derecho que mostraba el mismo interés por la justicia que él había tenido en su juventud, regresaba por primera vez desde que el caso fue cerrado. Al doblar la curva, la vieja posada apareció ante ellos. La estructura de adobe había resistido el paso del tiempo notablemente bien, aunque la naturaleza había comenzado a reclamar partes del edificio.

 Enredaderas trepaban por las paredes y el techo mostraba signos de deterioro donde algunas tejas habían caído. El establo, ese lugar de tantos horrores, se había derrumbado parcialmente. Emiliano detuvo el automóvil frente a la propiedad y ambos descendieron. La placa de bronce que habían colocado décadas atrás seguía allí, aunque ahora verdosa por la exposición a los elementos.

 Este es el lugar del que te he hablado dijo Emiliano mientras su nieto leía la inscripción en la placa, el caso que definió mi carrera y mi comprensión de la justicia humana. Daniel asintió impresionado por estar finalmente en el sitio que había protagonizado tantas historias familiares. ¿Por qué decidiste volver ahora después de tantos años? Emiliano suspiró contemplando la estructura abandonada.

 Don Sebastián falleció la semana pasada. era el último aparte de mí que estuvo directamente involucrado en el caso. Con su muerte sentí la necesidad de regresar, de cerrar el círculo. El joven permaneció en silencio respetuoso mientras su abuelo avanzaba hacia la entrada de la posada. La puerta, aunque deteriorada, seguía en su lugar.

 Emiliano la empujó suavemente y entró, seguido por Daniel. El interior estaba sorprendentemente preservado, protegido de los peores efectos del clima. Una fina capa de polvo cubría los escasos muebles que quedaban, la mesa del comedor, algunas sillas derribadas, los restos de la cocina. Las habitaciones donde tantos viajeros habían pasado su última noche estaban vacías, sus camas y en seres retirados hace décadas.

 Después del caso, explicó Emiliano mientras recorrían el espacio, mucha gente quería demoler este lugar, borrarlo de la memoria. Otros querían convertirlo en una atracción macabra, un museo del horror. Don Sebastián se opuso a ambas ideas. Dijo que debía permanecer como estaba. Un recordatorio silencioso pero poderoso.

 Un recordatorio de ¿qué?, preguntó Daniel observando las marcas en la pared donde alguna vez colgaron cuadros o adornos. De la capacidad humana para el mal, pero también para la justicia, respondió Emiliano. De cómo la oscuridad puede transmitirse de generación en generación si no se detiene el ciclo de violencia y abuso. Salieron al patio trasero, donde una vez estuvo el huerto que proveía a la posada.

 Ahora era un espacio invadido por la maleza, aunque algunos árboles frutales sobrevivían, descendientes de los que las hermanas Díaz habían cultivado. “¿Sabes lo que más me impactó de este caso?”, continuó Emiliano recogiendo una manzana caída de uno de los árboles. No fue el número de víctimas, ni siquiera la frialdad de las asesinas.

 fue darme cuenta de que el mal no existe en el vacío. Las hermanas Díaz no nacieron siendo monstruos. Fueron creadas por un monstruo anterior, su padre, quien a su vez tal vez fue moldeado por sus propias experiencias. Daniel asintió absorbiendo las palabras de su abuelo. Eso significa que debemos comprender y perdonar a los criminales. No, comprender no es excusar, respondió Emiliano, repitiendo las palabras que don Sebastián le había dicho 30 años atrás.

 Significa reconocer que la justicia verdadera no se trata solo de castigar a los culpables, sino de prevenir que surjan nuevos culpables, deromper los ciclos de violencia antes de que creen monstruos, se dirigieron lentamente hacia el establo parcialmente derrumbado. La estructura que una vez albergó tantos secretos macabros, ahora parecía frágil, casi a punto de rendirse completamente ante el tiempo.

 Después de que el caso se cerró, dijo Emiliano, investigué más sobre la familia Díaz. Descubrí que Agustín Díaz, el padre, había crecido en un orfanato donde los abusos eran comunes. No justifica lo que hizo, pero ayuda a entender cómo la maldad puede perpetuarse. ¿Qué pasó con los cuerpos de las hermanas?, preguntó Daniel.

 Fueron enterradas en una tumba sin marcar en el cementerio de Morelia. Don Sebastián insistió en ello a pesar de la oposición. dijo que por monstruosas que fueran sus acciones, seguían siendo seres humanos y merecían al menos eso. Al regresar al automóvil, Emiliano se detuvo frente a la placa conmemorativa una vez más. El verdadero horror de la posada del camino no fueron los asesinatos en sí, sino ver cómo el mal puede transmitirse, cómo las víctimas pueden convertirse en victimarios si no reciben ayuda, si no hay intervención. Daniel, conmovido por

las palabras de su abuelo y la solemnidad del lugar, preguntó, “¿Qué pasará con este sitio ahora? Parece que en pocos años no quedará nada de él. Quizás es lo mejor, respondió Emiliano. La naturaleza reclamará este lugar eventualmente, borrando las evidencias físicas de lo que aquí ocurrió. Pero mientras queden registros y memorias, la lección perdurará.

 Antes de partir, Emiliano depositó un pequeño ramo de flores silvestres que había recogido en el camino junto a la placa conmemorativa, un gesto simple de respeto hacia las víctimas. tanto aquellas que murieron a manos de los días como aquellas que se convirtieron en monstruos debido a circunstancias que, aunque no las absolvían, ayudaban a explicar su transformación.

 “La posada tenía un nombre originalmente”, comentó Emiliano mientras encendía el motor del automóvil. Antes de que Agustín Díaz la tomara, se llamaba El descanso del peregrino, un nombre que resultó ser una amarga ironía para quienes encontraron su final descanso bajo su suelo. Mientras el automóvil se alejaba levantando nubes de polvo en el camino, Emiliano miró por última vez hacia la estructura que había marcado tan profundamente su vida y su comprensión de la justicia.

 El sol del atardecer bañaba las paredes de adobe con una luz dorada, dándole una belleza melancólica que contrastaba con su oscura historia. Con el tiempo, la posada finalmente colapsaría por completo, reclamada por la naturaleza y el olvido. Pero su historia, la de las hermanas Díaz y las víctimas que yacieron bajo el establo, perduraría como un recordatorio de la complejidad del mal humano, de cómo la violencia engendra violencia y de la importancia de romper esos ciclos antes de que sea demasiado tarde.

 En los años venideros, la historia de las gemelas Díaz se convertiría en una leyenda local relatada en noches oscuras como advertencia y escarmiento. Con cada generación algunos detalles se alterarían, otros se exagerarían, pero el núcleo permanecería. Dos mujeres marcadas por el abuso y el horror que eligieron perpetuar el ciclo de violencia en lugar de romperlo.

 Y en algún lugar de la memoria colectiva de Michoacán permanecería también el recuerdo de aquellos que, como don Sebastián Vargas y el joven Emiliano Cárdenas, se negaron a apartar la mirada ante el horror, buscando no solo justicia para las víctimas, sino también comprensión de las fuerzas oscuras que pueden habitar en el corazón humano.

Adiós, posada del camino”, murmuró Emiliano mientras la estructura desaparecía de la vista. Que tus víctimas descansen en paz y que tu historia sirva para que otros no sigan el mismo camino. El automóvil continuó su marcha dejando atrás un capítulo sombrío de la historia de Michoacán, pero llevando consigo las lecciones que nunca debían olvidarse. Sí.