TODOS SE RIERON CUANDO PLANTÓ 486 CASTAÑOS EN MEDIO DE SUS PRADOS Y DIJERON QUE ESTABA «QUITÁNDOLE COMIDA A LAS VACAS»… SEIS VERANOS DESPUÉS, DURANTE LA OLA DE CALOR DE 2003, LOS MISMOS VECINOS FUERON A MIRAR POR QUÉ SU GANADO SEGUÍA PASTANDO A LAS CINCO DE LA TARDE PARTE 1 La primera persona que dijo que Manuel Castaño estaba arruinando una buena pradera fue su propio hermano. —Plantas árboles donde deberían comer las vacas. Manuel no levantó la cabeza. Seguía midiendo. Veintidós metros. Clavó una estaca. Volvió a caminar. Era febrero de 1997. Interior de Lugo. Una explotación familiar de algo menos de cuarenta y siete hectáreas. Treinta y cuatro vacas de carne. Principalmente cruces de Rubia Gallega y algunas madres más rústicas que Manuel llevaba años seleccionando por: facilidad de parto, patas, capacidad para aprovechar pasto. Tenía cuarenta y dos años. Su esposa, Carmen, cuarenta. Una hija: Iria, catorce. Un hijo: Xoán, diez. La finca principal se llamaba A Veiga Longa. Un conjunto de prados ligeramente ondulados, con bastante lluvia la mayor parte del año pero veranos que podían dejar varias semanas de hierba parada. El padre de Manuel había hecho exactamente lo contrario a lo que él estaba haciendo. Había eliminado árboles. Sauces. Robles jóvenes. Castaños dispersos. Todo lo que: dificultaba segar, ocupaba superficie, sombreaba hierba, entorpecía el tractor. Durante los años setenta aquello tenía sentido. La prioridad era abrir. Mecanizar. Producir más forraje. Manuel no despreciaba esa decisión. Pero después de veinte años manejando ganado había empezado a observar otro problema. En julio y agosto: las vacas se concentraban bajo los pocos árboles que quedaban. No veinte minutos. Horas. En días calurosos dejaban de pastar durante buena parte de la tarde. Se amontonaban junto a: setos, paredes, una pequeña nave, cualquier sombra. El resultado no era solamente comportamiento. Al concentrarse: pisoteaban, embarraban puntos concretos, acumulaban estiércol, castigaban raíces de los cuatro árboles supervivientes. Un verano especialmente caluroso en 1995 le hizo empezar a tomar notas. No científicas. Temperatura del aire. Hora. Dónde estaban las vacas. Cuándo volvían a pastar. El 18 de julio escribió: “16:20. TODAS BAJO DOS ROBLES.” “18:05. SALEN.” Otro día: “PRADO NORTE SIN SOMBRA. SE JUNTAN EN CIERRE.” Un técnico de extensión agraria llamado Pablo Varela revisó el cuaderno. —¿Qué quieres demostrar? —Nada. Quiero saber si estoy perdiendo horas de pastoreo por calor. —Probablemente en algunos días sí. —Entonces quiero sombra distribuida. Pablo respondió: —¿Con árboles? —Sí. —¿Cuántos? —Todavía no sé. El primer borrador de Manuel tenía: casi novecientos. Pablo tachó la cifra. —Esto no es una plantación forestal. Si quieres mantener pasto, necesitas pensar: distancia, orientación, copa futura, raíces, maquinaria. Después consultaron a una ingeniera forestal: Elena Souto. Treinta y seis años. Elena miró la finca. —¿Qué especie? Manuel respondió: —Castaño. —¿Por qué? —Está adaptado aquí. Da sombra. Madera. Puede dar fruto. Elena asintió, pero corrigió: —Puede. No vamos a contar tres ingresos futuros antes de que sobreviva el primer verano. También había que considerar: tinta del castaño, chancro, material vegetal, drenaje. No cualquier zona servía. Eligieron principalmente terrenos: bien drenados, con profundidad suficiente, sin encharcamiento persistente. Diseño: calles amplias. Distancias variables según sector. Árboles suficientemente separados para conservar: entrada de luz, paso de maquinaria, superficie herbácea. Número final:   No todos en una sola parcela. Repartidos en varios prados. El hermano de Manuel, Ramón, llegó cuando estaban marcando. —¿Cuánto te cuestan? Manuel dijo la cifra aproximada. Árboles. Protectores. Tutores. Mano de obra. Ramón silbó. —Y además pierdes hierba. —Algo. —¿Cuánta? —Todavía no sé. —Gran plan. Carmen también estaba preocupada. No por árboles. Por dinero. —Tenemos el préstamo del establo. —Lo sé. —Y quieres gastar ahora en algo que quizá produzca madera cuando tengamos setenta años. —No los planto solo por madera. —¿Entonces? —Sombra. —Tenemos árboles en las lindes. —No suficiente. Carmen miró los planos. —¿Cuánto tiempo quieres probar? Manuel respondió: —Seis años antes de juzgar demasiado pronto. Ella rio. —Qué práctico. Para entonces ya habrás tenido seis años para inventar otra excusa. Plantaron. 486 castaños jóvenes. Menos de metro y medio. Desde lejos parecían: palos con tubo protector. En el bar alguien preguntó: —¿Manuel ahora cría árboles o vacas? Otro respondió: —Ninguna de las dos bien. Manuel lo escuchó. No discutió. El primer verano murieron setenta y tres. Y durante varias semanas pareció que los vecinos habían tenido razón.

TODOS SE RIERON CUANDO PLANTÓ 486 CASTAÑOS EN MEDIO DE SUS PRADOS Y DIJERON QUE ESTABA «QUITÁNDOLE COMIDA A LAS VACAS»… SEIS VERANOS DESPUÉS, DURANTE LA OLA DE CALOR DE 2003, LOS MISMOS VECINOS FUERON A MIRAR POR QUÉ SU GANADO SEGUÍA PASTANDO A LAS CINCO DE LA TARDE PARTE 1 La primera persona que dijo que Manuel Castaño estaba arruinando una buena pradera fue su propio hermano. —Plantas árboles donde deberían comer las vacas. Manuel no levantó la cabeza. Seguía midiendo. Veintidós metros. Clavó una estaca. Volvió a caminar. Era febrero de 1997. Interior de Lugo. Una explotación familiar de algo menos de cuarenta y siete hectáreas. Treinta y cuatro vacas de carne. Principalmente cruces de Rubia Gallega y algunas madres más rústicas que Manuel llevaba años seleccionando por: facilidad de parto, patas, capacidad para aprovechar pasto. Tenía cuarenta y dos años. Su esposa, Carmen, cuarenta. Una hija: Iria, catorce. Un hijo: Xoán, diez. La finca principal se llamaba A Veiga Longa. Un conjunto de prados ligeramente ondulados, con bastante lluvia la mayor parte del año pero veranos que podían dejar varias semanas de hierba parada. El padre de Manuel había hecho exactamente lo contrario a lo que él estaba haciendo. Había eliminado árboles. Sauces. Robles jóvenes. Castaños dispersos. Todo lo que: dificultaba segar, ocupaba superficie, sombreaba hierba, entorpecía el tractor. Durante los años setenta aquello tenía sentido. La prioridad era abrir. Mecanizar. Producir más forraje. Manuel no despreciaba esa decisión. Pero después de veinte años manejando ganado había empezado a observar otro problema. En julio y agosto: las vacas se concentraban bajo los pocos árboles que quedaban. No veinte minutos. Horas. En días calurosos dejaban de pastar durante buena parte de la tarde. Se amontonaban junto a: setos, paredes, una pequeña nave, cualquier sombra. El resultado no era solamente comportamiento. Al concentrarse: pisoteaban, embarraban puntos concretos, acumulaban estiércol, castigaban raíces de los cuatro árboles supervivientes. Un verano especialmente caluroso en 1995 le hizo empezar a tomar notas. No científicas. Temperatura del aire. Hora. Dónde estaban las vacas. Cuándo volvían a pastar. El 18 de julio escribió: “16:20. TODAS BAJO DOS ROBLES.” “18:05. SALEN.” Otro día: “PRADO NORTE SIN SOMBRA. SE JUNTAN EN CIERRE.” Un técnico de extensión agraria llamado Pablo Varela revisó el cuaderno. —¿Qué quieres demostrar? —Nada. Quiero saber si estoy perdiendo horas de pastoreo por calor. —Probablemente en algunos días sí. —Entonces quiero sombra distribuida. Pablo respondió: —¿Con árboles? —Sí. —¿Cuántos? —Todavía no sé. El primer borrador de Manuel tenía: casi novecientos. Pablo tachó la cifra. —Esto no es una plantación forestal. Si quieres mantener pasto, necesitas pensar: distancia, orientación, copa futura, raíces, maquinaria. Después consultaron a una ingeniera forestal: Elena Souto. Treinta y seis años. Elena miró la finca. —¿Qué especie? Manuel respondió: —Castaño. —¿Por qué? —Está adaptado aquí. Da sombra. Madera. Puede dar fruto. Elena asintió, pero corrigió: —Puede. No vamos a contar tres ingresos futuros antes de que sobreviva el primer verano. También había que considerar: tinta del castaño, chancro, material vegetal, drenaje. No cualquier zona servía. Eligieron principalmente terrenos: bien drenados, con profundidad suficiente, sin encharcamiento persistente. Diseño: calles amplias. Distancias variables según sector. Árboles suficientemente separados para conservar: entrada de luz, paso de maquinaria, superficie herbácea. Número final: No todos en una sola parcela. Repartidos en varios prados. El hermano de Manuel, Ramón, llegó cuando estaban marcando. —¿Cuánto te cuestan? Manuel dijo la cifra aproximada. Árboles. Protectores. Tutores. Mano de obra. Ramón silbó. —Y además pierdes hierba. —Algo. —¿Cuánta? —Todavía no sé. —Gran plan. Carmen también estaba preocupada. No por árboles. Por dinero. —Tenemos el préstamo del establo. —Lo sé. —Y quieres gastar ahora en algo que quizá produzca madera cuando tengamos setenta años. —No los planto solo por madera. —¿Entonces? —Sombra. —Tenemos árboles en las lindes. —No suficiente. Carmen miró los planos. —¿Cuánto tiempo quieres probar? Manuel respondió: —Seis años antes de juzgar demasiado pronto. Ella rio. —Qué práctico. Para entonces ya habrás tenido seis años para inventar otra excusa. Plantaron. 486 castaños jóvenes. Menos de metro y medio. Desde lejos parecían: palos con tubo protector. En el bar alguien preguntó: —¿Manuel ahora cría árboles o vacas? Otro respondió: —Ninguna de las dos bien. Manuel lo escuchó. No discutió. El primer verano murieron setenta y tres. Y durante varias semanas pareció que los vecinos habían tenido razón.

August 28, 2026