Sus Hijos Le Dejaron A La Abuela Solo Una Choza De Paja, Pero Lo Que Encontró Debajo De Ella Lo…

Sus hijos le dejaron a la abuela [música] solo una choza de paja, pero lo que encontró debajo de ella lo cambió todo. El viento frío del amanecer levantaba la tierra seca cuando doña Elvira [música] llegó a la notaría del pueblo con las manos temblorosas y el corazón inquieto. [música] Sus tres hijos ya estaban ahí.

 Sentados en las sillas de plástico del pasillo, [música] ninguno se levantó a saludarla. Ernesto revisaba unos papeles con el ceño fruncido. Ricardo fumaba afuera mirando hacia la calle. [música] Leticia tenía los ojos clavados en la pantalla brillante de su celular, [música] moviendo el pulgar sin parar. “Buenos días, mamá”, dijo Ernesto sin levantar la vista. “Ya era hora.

 El licenciado nos está esperando.” Elvira se llevó la mano al rebozo gastado [música] que cubría sus hombros. Había caminado desde el rancho hasta [música] el pueblo casi dos horas bajo el sol que apenas empezaba a calentar. Las piernas le dolían, [música] pero no tanto como el nudo que sentía en el pecho desde que Ernesto la había citado con esa voz seria por teléfono.

¿Qué pasó, mi hijo? [música] ¿Para qué me mandaron llamar? Ahorita lo platicamos adentro. mamá no se ponga nerviosa. Cuando esa frase era justo lo que la ponía nerviosa, conocía a sus hijos, conocía ese [música] tono. Entraron a la oficina pequeña donde el notario, un hombre de bigote entre cano [música] y lentes gruesos, ya tenía los documentos listos sobre el escritorio.

Extendió la mano a Elvira [música] con cortesía fría, profesional, la misma con la que despachaba [música] trámites todos los días sin importarle las vidas que cambiaba con su firma. “Señora Elvira, buenos días. Tome asiento, por favor.” se sentó en la silla que le [música] indicaron con Ernesto a su derecha, Ricardo a su izquierda [música] y Leticia al fondo, todavía con el celular en la mano.

 [música] El notario carraspeó y comenzó a hablar con palabras largas y complicadas que Elvira apenas entendía. habló de división de bienes, de usufructo, [música] de actas constitutivas y otras cosas que sonaban importantes, [música] pero que se le resbalaban de la cabeza como agua en comal caliente. Lo único que entendió con claridad fue [música] cuando el hombre dijo, “La casa grande y las tierras cultivables quedarán divididas en partes iguales entre los tres herederos.

 [música] Ernesto Méndez Ruiz, Ricardo Méndez Ruiz y Leticia Méndez Ruiz. [música] Elvira sintió que el aire se le atoraba en la garganta y yo preguntó con la voz apenas audible. Yo, ¿dónde voy a vivir? [música] El notario la miró por encima de los lentes. Luego miró a [música] Ernesto esperando que él contestara.

 Su hijo mayor suspiró como si la pregunta fuera un fastidio. [música] Mamá, la casa grande da mucho gasto. El mantenimiento, la luz, [música] el agua. Ya no es práctico que usted viva ahí sola. Nosotros tenemos familias, obligaciones, [música] pero es mi casa. Dijo Elvira, sintiendo como las lágrimas empezaban [música] a quemar. Ahí viví con su papá.

 Ahí los crié a ustedes. Por eso mismo, mamá. Intervino Ricardo apagando el cigarro en el cenicero que había [música] en el escritorio. Usted ya cumplió, ya hizo su parte. Ahora nos toca a nosotros administrar lo que queda. Leticia ni siquiera levantó la vista del celular. El notario volvió a hablar. [música] Para la señora Elvira se ha designado la vivienda ubicada en el extremo norte de la [música] propiedad junto al lindero con el ejido vecino.

 Elvira tardó un momento en entender de qué vivienda hablaban. Luego lo supo, la choa de paja, esa choa vieja que Julián había construido hacía décadas para guardar herramientas, que llevaba años abandonada con las paredes de barro cuarteado y el techo medio [música] caído. La choza susurró, pero ahí no se puede vivir, se puede arreglar, dijo Ernesto [música] con frialdad.

 Es un techo, mamá. Agradezca que no la mandamos a un asilo. Esas palabras cayeron como piedras. Elvira miró a sus tres [música] hijos buscando algo, lo que fuera, una mirada de culpa, un gesto de duda, una señal de que seguían siendo las criaturas [música] que ella había amamantado, curado, velado en las noches de fiebre.

 Pero Ernesto firmaba [música] los papeles sin mirarla. Ricardo ya estaba pensando en otra cosa y Leticia seguía con el maldito celular en la mano. “Necesitamos que firme aquí, señora”, dijo el notario señalando una línea al final de la hoja. “No sé leer bien”, murmuró Elvira. “No se preocupe, yo le explico.

 Con esta firma usted acepta la vivienda asignada y renuncia a cualquier reclamo futuro sobre la propiedad principal. [música] Las manos de Elvira temblaban tanto que apenas pudo sostener la pluma. Miró una vez más a sus hijos. Ernesto le sostuvo la mirada con dureza, como retándola a hacer un escándalo.

 Ricardo ya estaba parado, listo para [música] irse. Leticia tecleaba algo en el celular, talvez un mensaje, tal vez nada importante. [música] Firmó. No sabía qué otra cosa hacer. Listo, [música] dijo el notario guardando los papeles en una carpeta manila. El trámite ha concluido que tengan buen día afuera [música] en el calor que ya empezaba a pegar duro.

Ernesto se acercó a ella. Pasamos a dejarla a la choza, mamá. Ya llevamos sus cosas para allá. Mis cosas, [música] lo necesario. Ropa, un catre, algunas ollas. No se preocupe. [música] Subió a la camioneta vieja que antes era de Julián y que ahora manejaba Ricardo. [música] En el asiento de atrás iba Toñito, el nieto de 5 años, que uno de ellos había dejado con ella hacía meses sin dar explicaciones.

 El niño la abrazó del cuello y Elvira sintió que era lo único en el mundo que seguía siendo suyo. El camino de terracería parecía más largo que [música] nunca. Polvo por todos lados. Espinas de Wisache rayando las ventanas, el silencio espeso que nadie rompía. [música] Cuando llegaron a la choa, Ricardo ni siquiera apagó el motor.

 “Ahí está su casa, mamá”, dijo Ernesto bajando dos maletas viejas [música] y dejándolas en el suelo. Si necesita algo, ya sabe dónde buscarnos. Pero su tono decía lo contrario. Decía, “No nos busque.” [música] Elvira bajó con Toñito en brazos. El niño escondió la cara en su cuello cuando vio la choza. [música] La camioneta arrancó levantando una nube de polvo que les llenó los ojos y la boca.

 Ninguno de los tres hijos volteó hacia atrás y ahí se quedaron los dos en medio del llano amarillo, una anciana de reboso gastado y un niño asustado, parados frente a una choa de paredes de barro cuarteado y puerta entornada. El viento frío del amanecer ya había pasado. Ahora el sol caía sin piedad sobre sus cabezas. Elvira apretó a Toñito contra su pecho [música] y dio el primer paso hacia la puerta.

 Dentro, el olor a tierra mojada y paja vieja la recibió como un golpe. El piso [música] era de tierra apisonada. El techo dejaba pasar rayitas de luz [música] por los agujeros. Había un catre torcido en una esquina y un balde abollado en otra. Nada más. [música] Aquí vamos a vivir, abuela.

 Preguntó Toñito con la vocecita quebrada. Elvira tragó saliva. Sintió el nudo en la garganta apretarse hasta casi ahogarla, [música] pero no lloró. No frente al niño. Sí, mi amor. Aquí vamos a vivir [música] y mientras estemos juntos, Diosito no nos va a abandonar. se sentó en el catre que crujió bajo su [música] peso. Abrazó a Toñito con fuerza y por primera vez en 70 años de vida, doña Elvira supo lo que significaba [música] quedarse sin nada.

La primera noche fue la más larga de todas. Elvira [música] se acostó con Toñito en el catre torcido que crujía con cada movimiento y sintió como el frío se colaba por las rendijas de las paredes de barro. El niño temblaba pegado a su cuerpo y ella lo abrazaba fuerte tratando de darle el calor que la choza no tenía.

 Por los agujeros del techo se veían las estrellas, tantas que parecía que el cielo se iba a caer encima de ellos. “Abuela, tengo hambre”, susurró Toñito en la [música] oscuridad. Elvira sintió que el corazón se le partía. En las maletas que le habían dejado había apenas un [música] poco de ropa vieja, dos cobijas raídas y nada de comida. [música] Nada.

 “Mañana desayunamos, mi amor. Ahorita duerme, pero ninguno de los dos durmió mucho esa noche. [música] Con las primeras luces del amanecer, Elvira se levantó y exploró bien la choa. La puerta colgaba chueca de una sola bisagra. El piso de tierra tenía grietas donde se metían las hormigas y en una esquina [música] había un nido de ratones que salieron corriendo cuando ella movió unas tablas viejas.

 El balde abollado tenía un agujero en el fondo. El catre estaba tan torcido que se inclinaba hacia un lado. No había estufa, no había luz, no había agua. Esto no era una casa, era un castigo, [música] pero no podía quedarse parada lamentándose. Toñito tenía hambre y ella también, aunque ya estaba [música] acostumbrada a aguantarse, tomó al niño de la mano y emprendieron la caminata hacia el pueblo, dos horas bajo el sol que empezaba a calentar, con [música] Toñito quejándose de que le dolían los pies. En el mercado del pueblo, [música]

Elvira buscó entre los puestos a ver qué podía conseguir. Llevaba en el bolsillo las pocas monedas [música] que había guardado, tan pocas que apenas alcanzaban para un kilo de frijol y unas tortillas. Las señoras, que vendían verduras la miraban con lástima. [música] Algunas apartaban la vista como si la desgracia se pudiera contagiar.

 [música] “Doña Elvira, ¿verdad?”, dijo una voz a su espalda. se dio vuelta y vio a doña Lupita, [música] una mujer entrada en carnes con mandil floreado y el pelo recogido en un chongo, la conocía de vista. De las pocas veces que había bajado al pueblo con Julián en los años buenos. “Sí, señora, buenos días.

 Meenteré de lo que le pasó”, dijo Lupita bajando la voz como si [música] estuviera compartiendo un secreto peligroso. Qué barbaridad, sus hijos. Bueno, mejor ni digo. Elvira agachó la mirada [música] sintiendo la vergüenza caliente subirle a las mejillas. Así son las cosas, señora. Dios sabrá por qué. Dios no tuvo nada que ver con eso, doñita. Eso fue pura maldad.

 Mire, Lupita se [música] acercó más. Yo vivo por el rumbo del molino. Si necesita algo, lo que sea, me busca. No es justo que la dejen así. Elvira sintió que las [música] lágrimas le quemaban los ojos, pero se aguantó. No iba a llorar en medio del mercado como una limosnera. Se lo agradezco mucho, señora.

 Lupita metió la mano en su mandil y sacó un billete arrugado. Tome para que le compre algo al niño. No, señora, no puedo. [música] Claro que puede y me va a hacer el favor de aceptarlo sin discutir, porque si no me enojo, Elvira aceptó el billete con las manos temblorosas [música] y murmuró un gracias que apenas se oyó.

 Lupita le dio una palmadita en el hombro y se fue entre los puestos, dejando tras de sí un olor a canela y pan dulce. [música] Con el dinero extra, Elvira compró un poco de arroz, unas papas y un chocolate para Toñito. El niño se lo comió ahí mismo, sentado en la banqueta, [música] con los ojos brillantes de felicidad.

 Ese momento pequeño, [música] ver a su nieto contento hizo que el dolor de las piernas y el cansancio valieran la pena. De regreso a la choa, Elvira se puso a trabajar, barrió el piso de tierra con [música] una escoba hecha de ramas secas que encontró afuera, acomodó las pocas cosas que tenían.

 amarró la puerta con un mecate para que no se cayera y [música] afuera, junto a la entrada, juntó piedras y barro para hacer un fogón pequeño [música] donde cocinar. Doñito la ayudaba como podía, trayéndole [música] piedritas, jugando con un palito en la tierra. A veces preguntaba cuándo iban a volver a la casa grande. Y Elvira no sabía qué contestarle.

[música] le decía que esta era su casa ahora, que aquí iban a [música] estar bien, que lo importante era estar juntos. Pero por las noches, cuando el niño se dormía, Elvira se quedaba despierta mirando las estrellas por los agujeros del techo y se preguntaba cómo había llegado hasta ahí. [música] 50 años casada con Julián, trabajando de sol a sol en el rancho, 50 años levantándose antes del amanecer para hacer tortillas, [música] cuidar los animales, sembrar la milpa, 50 años criando a tres hijos que ahora la trataban peor que a un perro. [música]

¿En qué se había equivocado? ¿Había sido demasiado blanda, demasiado dura? Los había malcriado sin darse cuenta. No encontraba respuestas, solo más preguntas que le dolían en el pecho. Los días se convirtieron en una rutina agotadora. [música] levantarse al amanecer, avivar el fogón, cocinar lo poco que tenían, caminar al pueblo a vender lo que podía, tortillas hechas a mano, algún ramo de hierbas que cortaba del monte, volver con algo de comida y la espalda partida, darle de comer a Toñito primero y ella después, [música]

si es que sobraba algo. Lupita se convirtió en su ángel de la guarda. Cada vez que [música] iba al pueblo, la mujer le daba algo a escondidas, un puñito de frijol, unas tortillas, [música] a veces un hueso con carne para hacer caldo. Nunca lo hacía frente a los demás, siempre en algún callejón o [música] en la parte de atrás del molino, como si le diera pena que la vieran ayudando a Elvira.

 No es lástima, doñita, le dijo una vez. [música] Es justicia. Lo que le hicieron sus hijos no está bien, [música] y mientras yo pueda ayudarle, lo voy a hacer. Esas palabras le daban fuerzas para seguir, pero la chosa seguía siendo la chosa, fría de noche, caliente de día, con el piso de tierra que nunca quedaba [música] limpio, por más que barriera, con el techo que dejaba pasar el agua cuando llovía.

 [música] Una tarde, después de una llovisna ligera, Elvira notó algo [música] extraño. El agua que se colaba por la puerta chueca no se iba pareja. Se juntaba en el centro del cuarto, en un pequeño montículo de tierra que parecía más alto [música] que el resto del piso. Se acercó y pisó ahí. El sonido fue distinto, hueco, como si debajo no hubiera tierra maciza, sino otra cosa lo dejó pasar.

 Tal vez [música] era su imaginación, el cansancio, el hambre, pero cada vez que barría [música] sus pies volvían a ese lugar y el sonido seguía ahí. Hueco [música] diferente, insistente. Una noche, mientras Toñito dormía enroscado en el catre, Elvira se quedó mirando ese montículo de tierra [música] en el centro del cuarto.

 La luz de la luna entraba por los agujeros del techo [música] y hacía que la tierra se viera plateada. casi mágica que habría debajo. Se levantó en silencio, descalza sobre la tierra fría [música] y se arrodilló junto al montículo. Puso la mano encimay sintió [música] algo. No sabía qué, pero algo mañana pensó. Mañana lo veo.

Se acostó otra vez junto a Toñito, [música] pero ya no pudo dormir pensando en ese sonido hueco que no la dejaba en paz. [música] Durante los días siguientes, ese sonido hueco se volvió una obsesión. Elvira intentaba ignorarlo, concentrarse en las tareas del día, hacer tortillas, lavar la ropa de Toñito en el arroyo seco con [música] el poquito de agua que quedaba, caminar al pueblo.

 Pero siempre, [música] siempre sus pies la llevaban de regreso a ese punto en el centro de la choza. [música] pisaba ahí y escuchaba toc toc, un sonido sordo, vacío, que no se parecía al resto del piso de tierra apisonada. Era como si debajo hubiera un espacio, un hueco, algo que no debería estar ahí.

 ¿Qué haces, abuela?, preguntó Toñito [música] una mañana, viéndola parada en el mismo lugar otra vez, con la escoba en la mano, pero sin barrer. Nada, mi amor. [música] No más estoy pensando. ¿En qué? En cosas de viejos, el niño se encogió de [música] hombros y salió a jugar con unas piedras que había juntado.

 Elvira lo vio irse y luego volvió a mirar el montículo. La tierra ahí era [música] un poco más oscura que en el resto del piso, como si estuviera más compacta, más trabajada. Alguien había acabado ahí hacía mucho tiempo. Estaba segura. [música] Pero, ¿quién, Julián? ¿Y por qué? La idea de cabar le daba miedo. Y si no había nada.

 Y si estaba volviéndose loca de tanta soledad y hambre. Y si cababa y lo único que encontraba era más tierra, más [música] decepción. Pero también le daba miedo no cabar. Ese sonido hueco. [música] La perseguía hasta en sueños. Soñaba que cababa y cababa hasta que sus manos sangraban, pero nunca llegaba al fondo.

[música] Soñaba que encontraba un tesoro enorme que resolvía todos sus problemas. Soñaba que encontraba los huesos de alguien enterrado ahí y se [música] despertaba gritando. “Doña Elvira, ¿está bien?”, le preguntó Lupita una tarde en el mercado, viéndola distraída mientras escogía unos nopales.

 “Sí, señora, no más ando cansada. Se ve preocupada. Pasó algo. Elvira dudó. No quería que la gente pensara que estaba perdiendo la cabeza, [música] pero Lupita tenía esa cara amable que invitaba a confiar. Es una tontería, señora, pero en la chosa hay un lugar en el piso que suena raro cuando lo piso. Raro como hueco, como si debajo hubiera algo.

 Lupita la miró con atención, sin burla, [música] sin lástima, solo curiosidad genuina. Y ya acabó para ver. [música] Me da miedo. Y si no hay nada. Y si hay algo replicó Lupita. Mire, doñita, [música] usted no tiene nada que perder. Ya le quitaron todo. Si caba y no encuentra nada, pues sigue igual. Pero si encuentra algo, ¿quién sabe? A lo mejor Dios le está poniendo una prueba [música] o a lo mejor no más me estoy volviendo loca.

 loca es la que se queda con la duda. Cabe, doña Elvira, cabe. Esa noche [música] Elvira no pudo dormir. Las palabras de Lupita le daban vueltas en la cabeza. Usted no tiene nada que perder. [música] Era cierto. ¿Qué podía perder? Ya vivía en una choa miserable. Ya no tenía casa, ya sus hijos la habían traicionado. Lo peor ya había pasado, [música] ¿o no? se levantó en silencio del catre, cuidando de no despertar a Toñito.

 [música] La luna estaba casi llena esa noche y entraba suficiente luz por los agujeros del techo [música] para ver. Se arrodilló junto al montículo de tierra en el centro exacto de la choza y puso las dos manos sobre la tierra fría. Cerró los ojos. Julián [música] susurró, “Si hay algo que deba saber, dame una señal.

” El viento sopló [música] afuera haciendo crujir la puerta chueca nada más. Se sentía ridícula [música] hablándole a su marido muerto, pidiéndole señales como si fuera una de esas curanderas que leían el futuro en las [música] cartas. Pero al mismo tiempo sentía que Julián estaba ahí de alguna manera en las paredes de barro, en el aire frío, en ese sonido hueco que no la dejaba en paz.

 Volvió a acostarse, pero ya había tomado una decisión. Mañana acabaría. Sin importar lo que encontrara o no encontrara, [música] necesitaba saber. El día siguiente amaneció gris con nubes bajas que amenazaban lluvia. Elvira le dio a Toñito su desayuno, [música] tortillas con frijoles, y esperó a que el niño saliera a jugar.

 Luego buscó entre las pocas cosas que tenían y encontró una cuchara vieja de metal. La única herramienta que tenía para cavar se arrodilló frente al montículo. El piso de tierra estaba duro como piedra por el sol y [música] el tiempo clavó la cuchara con fuerza y apenas logró sacar un puñito de tierra. [música] Volvió a clavar otro puñito, las manos ya le empezaban a doler.

 [música] “Esto va a tardar toda la vida”, murmuró. Pero siguió. Clavaba la cuchara, sacaba tierra, la echaba a un lado, clavaba, sacaba, [música] echaba. El sudor leempezó a correr por la frente. Las rodillas le dolían contra el piso [música] duro. La cuchara se resbalaba de sus manos sudorosas. Afuera, Toñito cantaba una canción que le había enseñado, algo sobre un burrito que iba al mercado.

 Elvira se concentró en esa vocecita alegre para no darse por vencida. Pasó una hora, dos, el agujero que había hecho era apenas del tamaño de un plato hondo, [música] pero ella seguía acabando. La tierra se hacía más suave conforme profundizaba, como si alguien ya la hubiera movido antes y vuelto a aplanar. De repente, la cuchara chocó con algo duro.

 Elvira se quedó helada. No era piedra. [música] Las piedras sonaban de otra manera. Esto era madera. Con las [música] manos temblorosas quitó más tierra. Con los dedos aparecieron líneas, [música] bordes, esquinas, una tapa, una tapa de madera oscurecida por el tiempo y la humedad, [música] enterrada justo en el centro de la chosa.

 El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. [música] Siguió quitando tierra hasta que toda la tapa quedó al descubierto. Era rectangular. del tamaño de una caja de zapatos grande, tal vez un [música] poco más. Dios santo. Susurró, sí había algo. Intentó levantar la tapa, pero no se movía.

 Tenía un candado viejo, todo oxidado, [música] que la mantenía cerrada. Elvira se sentó sobre los talones, mirando ese candado como si fuera un acertijo [música] imposible de resolver, de dónde iba a sacar una llave. ¿Quién había enterrado eso ahí? ¿Cuánto tiempo llevaba bajo el piso? Y la pregunta más importante, [música] ¿qué había adentro? Intentó jalar el candado, pero estaba demasiado firme.

Pensó en romperlo con una piedra, [música] pero tenía miedo de dañar lo que hubiera adentro. Necesitaba ayuda. Se levantó con las rodillas crujiendo y salió de la chosa. Toñito jugaba a unos metros [música] ajeno a todo. Mi amor, vamos al pueblo otra vez, abuela. Mis [música] pies ya están cansados. Te cargo un ratito en el camino. Ándale.

 Es [música] importante. No sabía exactamente qué iba a hacer. Pero una cosa era segura. Ese [música] baú enterrado bajo el piso de su choa miserable no estaba ahí por casualidad. [música] Y fuera lo que fuera lo que guardaba, ella necesitaba saberlo. Mientras caminaban hacia el pueblo bajo el cielo gris, Elvira sintió algo que no había sentido en semanas.

 Esperanza pequeña, frágil, pero esperanza al fin. Algo iba a cambiar, tenía que cambiar. El cielo amenazaba con soltar agua en cualquier momento cuando Elvira [música] y Toñito llegaron al pueblo. Las nubes se veían gordas y oscuras, cargadas de promesas que a veces [música] no cumplían. Elvira caminaba rápido con el niño tomado de la mano, buscando con la mirada el puesto de doña Lupita en el mercado.

 La encontró acomodando nopales en [música] canastas de mimbre. Doña Lupita, la llamó Elvira casi sin aliento. Necesito hablar con [música] usted. Lupita vio la urgencia en su cara y dejó los nopales. ¿Qué pasó, doñita? Se ve alterada. Cabé, como [música] usted me dijo, y encontré algo.

 Los ojos de Lupita se abrieron grandes. [música] ¿Qué encontró? Un baúl enterrado justo en el centro de la chosa, pero tiene un candado y no sé cómo abrirlo. [música] Lupita se quedó callada un momento pensando, luego chasqueó los dedos. El herrero, don Chui, [música] tiene herramientas para esas cosas. Venga, la llevo. Dejó el puesto al cuidado de su sobrina y caminaron las tres, Lupita, [música] Elvira y Toñito, hasta la herrería, al otro lado del pueblo.

 [música] Era un local pequeño con techo de lámina donde don Chui, un hombre viejo con brazos todavía [música] fuertes, martillaba algo sobre un yunque. “Don Chuy!”, gritó Lupita por encima del ruido. [música] Necesitamos su ayuda. El herrero dejó el martillo y se limpió las manos en el mandil negro de mugre.

 [música] Dígame, Lupita, la doña aquí encontró un baúl enterrado y necesita abrirlo. ¿Puede ayudarnos, don Chuy? Miró a Elvira con curiosidad, luego asintió. Deme un [música] ratito y voy para allá. ¿Dónde vive? En la choosa de paja, [música] al norte del rancho de los Méndez, el herrero hizo una mueca [música] como si el nombre le dejara mal sabor en la boca.

 Todos en el pueblo sabían lo que había pasado. Ahí llego en un rato, doña, no se preocupe. El camino de regreso a la choa se hizo eterno. Elvira no dejaba de pensar en ese baúl, [música] en lo que podría tener adentro. Dinero, no. Julián nunca había tenido mucho dinero. Joyas tampoco. Ellos siempre habían sido gente de rancho, de trabajo duro, sin lujos.

 Entonces, que cuando llegaron el cielo ya estaba completamente negro y las primeras [música] gotas empezaron a caer, gruesas, pesadas, que levantaban polvito al chocar contra la tierra [música] seca. Elvira metió a Toñito rápido a la choa y él corrió directo al agujero en el piso. [música] Es un tesoro, abuela,como en los cuentos.

 A ver si es cierto, mi amor. A ver si es cierto. Don Chui llegó media hora después. [música] Empapado de la lluvia que ahora caía con fuerza, traía un morral con herramientas que tintineaban al caminar. [música] Buenas tardes, doña. A ver ese baúl. Elvira lo llevó al centro de la chosa y le señaló el agujero. Don Chuy se arrodilló, [música] sacó una linterna del morral y alumbró dentro. Silvó bajito.

 Ese candado está pero bien oxidado, pero no se apure, [música] lo saco. Sacó unas pinzas grandes, un cincel y un martillo pequeño. Empezó a trabajar con cuidado, [música] sin prisas, mientras Elvira y Toñito lo miraban como si fuera un mago haciendo trucos. El sonido del metal contra metal llenaba la choza, mezclándose con el tamborileo de la lluvia [música] en el techo de paja.

 “Ya casi”, murmuró don Chui, sudando a pesar del frío. [música] “Ya mero crack”, el candado se rompió y cayó [música] al piso de tierra con un golpe sordo. “Listo, doña, ahora sí, ese baúl ya es todo suyo.” Elvira sintió que las piernas le temblaban. [música] Don Chuy levantó el baúl del agujero con cuidado y lo puso en el piso.

 [música] Era más pesado de lo que parecía, forrado de cuero viejo y lleno de manchas de humedad. Tenía grabadas las iniciales [música] JM en la tapa. Julián Méndez. [música] ¿Quiere que me quede?, preguntó don Chui. No, don Chuy, ya hizo mucho. Muchas gracias. [música] De nada, doña. Y lo que encuentre ahí adentro, guárdeselo bien.

 Uno nunca sabe quién anda con las orejas paradas. El herrero se fue bajo la lluvia, dejándolos solos con el baúl. Elvira se arrodilló frente a él con las manos temblorosas sobre la tapa. Doñito se pegó a su costado, los ojos brillantes de emoción. Ábrelo, abuela. Elvira respiró hondo y levantó la tapa.

 Adentro no había oro ni joyas, [música] había papeles, montones de papeles amarillentos doblados, algunos atados con cordeles, otros sueltos. Olían a viejo, a humedad, a tiempo guardado. [música] Elvira los sacó con cuidado, uno por uno, sin entender muy bien qué eran. Escrituras, recibos, documentos, [música] con sellos oficiales y firmas elegantes que ella no sabía leer.

 Y en medio de todo, un sobre blanco con su [música] nombre escrito en la letra inconfundible de Julián. Para Elvira, si algún día la traicionan, se le cortó [música] la respiración. Las manos le temblaron tanto que casi deja caer el sobre. Lo abrió [música] despacio, sacó las hojas que tenía dentro y empezó a leer o intentó leer porque [música] las palabras se le trababan, bailaban frente a sus ojos.

Pero algunas frases sí las entendió, [música] las entendió perfectamente. Él vira mi vida. Si estás leyendo esto [música] es porque yo ya no estoy y porque nuestros hijos hicieron lo que siempre temí que hicieran. Las lágrimas empezaron a caerle sin que pudiera detenerlas. Siempre vi la ambición en sus ojos, sobre todo en Ernesto.

 Por eso, hace años, sin decirte para no preocuparte, registré en secreto parte de las mejores tierras a tu nombre. La casa grande también. Todo está a tu nombre, Elvira, y en el nombre del nieto que algún [música] día tendremos. Elvira dejó de respirar. En este baúl están las escrituras verdaderas, las que tienen validez legal, las [música] que demuestran que tú eres la dueña.

 Si algún día te quitan todo, como me temo que lo harán, usa estos papeles. La ley está de tu lado, mi amor. Siempre estuvo de tu lado. La carta seguía, pero Elvira [música] ya no podía leer. Las lágrimas le nublaban la vista. [música] El pecho le dolía de tanto contener el llanto. Julián lo había sabido.

 Lo había sabido todo este tiempo y había protegido sus espaldas desde la tumba. ¿Qué dice, abuela?, preguntó Toñito jalándole la manga. Dice, [música] dice que tu bisabuelo nos dejó un regalo. Elvira revisó los demás papeles con las manos temblorosas. [música] Ahí estaban las escrituras de la casa grande a su nombre, las escrituras [música] de las mejores tierras a su nombre, un testamento firmado por Julián ante notario, un notario diferente al que usaron sus hijos, [música] donde dejaba todo clarísimo y hasta había copias guardadas en sobres sellados. Por

si acaso, Julián había sido un hombre simple, de pocas palabras, que apenas sabía leer y escribir, [música] pero había sido lo suficientemente sabio para protegerla, para asegurarse [música] de que si sus hijos algún día la traicionaban, ella tendría cómo defenderse. [música] Julián, susurró Elvira, abrazando los papeles contra su pecho. Gracias,

 viejo. Gracias. Afuera, la lluvia seguía cayendo con fuerza, haciendo charcos en la tierra seca. Pero adentro de la choza miserable, [música] doña Elvira sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. Poder, no el poder del dinero o de la tierra, el poder de saber que la verdad estaba de su lado, que no estaba sola, que sumarido, desde donde estuviera, [música] seguía cuidándola.

 Guardó los papeles de vuelta en el baúl y lo cerró. lo escondió debajo del catre tapado con las cobijas viejas. Nadie podía saber, todavía no. Primero necesitaba un plan. Esa noche Elvira no durmió nada. Se quedó acostada en el catre, mirando las estrellas por los agujeros del techo, [música] con Toñito dormido a su lado y el baúl escondido debajo de ellos como un secreto que pesaba [música] toneladas.

Los papeles que había adentro podían cambiarlo todo [música] o podían no cambiar nada si ella no sabía qué hacer con ellos. Porque una cosa era tener las escrituras y otra muy diferente era enfrentar a sus hijos. ¿Cómo iba a hacer eso? [música] Una vieja analfabeta que apenas sabía firmar su nombre.

 iba a [música] pelear contra Ernesto con sus trajes y sus palabras difíciles, contra Ricardo y su manera de ver todo como negocio, contra [música] Leticia y su indiferencia que dolía más que cualquier insulto. Julián susurró en la oscuridad, “Me dejaste las armas, pero no sé cómo usarlas. El viento sopló afuera [música] moviendo la puerta chueca nada más.

” Cuando amaneció, Elvira se levantó con la decisión ya tomada. No sabía cómo, pero iba a intentarlo. [música] Por ella, por Toñito, por todas las décadas que había trabajado en ese rancho [música] sin pedir nada a cambio. No iba a quedarse callada esta vez. Después de darle el desayuno a Toñito, caminó hasta la casa de doña Lupita.

[música] La encontró barriendo su patio con el pelo todavía suelto y la cara sin lavar. Doña Elvira, ¿qué hace aquí tan temprano? Necesito hablar con usted, [música] señora, es importante. Lupita dejó la escoba y la hizo pasar. Le sirvió un café aguado en una taza desportillada y se sentaron en unas sillas de plástico bajo un árbol de mezquite.

 ¿Qué encontró en el baúl? Elvira miró alrededor para asegurarse de que nadie las escuchara. Luego se [música] acercó y habló en voz baja. Papeles, escrituras, documentos que dicen que la casa grande [música] y las tierras están a mi nombre. Julián la registró en secreto hace años, cuando todavía vivía. Lupita [música] dejó caer la taza, se le derramó el café en la falda, pero ni lo notó.

 ¿Qué dice lo que oyó, señora? [música] Mi marido me dejó todo protegido. Sabía que mis hijos me iban a traicionar. y me dejó [música] las escrituras escondidas. Dios santo. Lupita se llevó las manos a la boca. Entonces [música] usted es la dueña legal de todo. Sus hijos. Ellos cometieron fraude. Eso parece, pero no sé qué hacer.

 No entiendo de leyes, de juicios, de nada [música] de eso. Necesita un abogado, doña Elvira, alguien que la represente. No tengo dinero para pagar abogados, señora. Lupita se quedó [música] pensando un momento, tamborileando los dedos en la mesa de plástico. Luego se le iluminó la cara. El licenciado Ramírez es un hombre bueno, honesto, [música] no es de esos abogados caros de la ciudad.

 Él es del pueblo, entiende cómo son las cosas y si ve que usted tiene la razón, a lo [música] mejor hasta la ayuda sin cobrarle. ¿Usted cree? No pierdes nada con intentar. Ven, te acompaño. El despacho del licenciado Ramírez estaba en una casa vieja del centro del pueblo con un letrero despintado que decía asesoría legal y una ventana con rejas.

 [música] Lupita tocó y les abrió una secretaria joven que mascaba chicle. [música] ¿Tienen cita? No, señorita, pero es urgente. Dijo Lupita con autoridad. Dígale al licenciado que es un caso de despojo de tierras. La muchacha se fue y regresó al minuto. Dice que pasen. [música] El licenciado Ramírez era un hombre de unos 50 años con lentes de armazón negro y una calvicie que brillaba bajo la luz del [música] foco pelón.

 Tenía el escritorio lleno de papeles, libros amontonados y una foto enmarcada de su familia. Buenos días. Siéntense, por favor. ¿En qué las [música] puedo ayudar? Elvira se sentó en la orilla de la silla, nerviosa, apretando su rebozo con las manos. No sabía ni por dónde empezar. [música] Lupita le dio un codazo de ánimo.

“Licenciado”, comenzó Elvira con voz temblorosa. Mis hijos me quitaron mi casa, me hicieron firmar unos papeles [música] en la notaría y me dejaron en una choa para que me muriera. Ramírez frunció el seño y empezó a tomar notas. ¿Cuándo fue eso? Hace como tres semanas. Y usted entendió lo que firmaba. No, señor, yo casi no sé leer.

 [música] Me dijeron que no más era para ordenar las cosas del rancho. El abogado movió la cabeza con [música] disgusto. Es un caso típico de abuso. Tiene copia de esos documentos. No tengo [música] copia de esos, pero tengo otros documentos. De antes de mi marido, Elvira sacó del morral las escrituras que había guardado con tanto cuidado.

 Envueltas [música] en un trapo limpio, las puso sobre el escritorio y el licenciado las tomó con curiosidad. [música] Empezó a leer ensilencio, pasando las páginas despacio, ajustándose los lentes, volviendo a leer, el silencio se alargó. Elvira sentía que el corazón le iba a explotar de la angustia. Lupita [música] le apretó la mano por debajo de la mesa.

Finalmente, el licenciado Ramírez levantó la vista. Tenía una expresión seria, casi grave. Doña Elvira, ¿usted sabe lo que tiene aquí? Papeles de mi marido. No, no son solo papeles, son [música] escrituras legales registradas ante notario público, con sellos oficiales y firmas válidas. Según estos documentos, usted es la propietaria legal de la casa principal y de aproximadamente el 70% de [música] las tierras del rancho.

 Su marido las registró a su nombre hace más de 10 años. Elvira sintió que se le aflojaban las piernas, aunque ya lo sabía. Escucharlo de boca de un abogado lo hacía más real. [música] Entonces, ¿qué pasó en la notaría?, preguntó. ¿Cómo pudieron quitármelo? Se aprovecharon [música] de su desconocimiento, dijo Ramírez con voz dura.

 Los documentos que le hicieron firmar no tienen validez, porque estos otros son anteriores y [música] tienen prioridad legal. Lo que hicieron sus hijos se llama despojo por engaño. [música] Es un delito. Delito. Elvira se llevó la mano al pecho. Mis hijos pueden ir a la cárcel. podrían si usted presenta una denuncia, pero esa es su decisión, señora.

 Lo que sí le puedo decir es que la ley [música] está completamente de su lado. Con estos documentos podemos recuperar todo lo que le quitaron. Lupita soltó [música] un grito de alegría y abrazó a Elvira, pero Elvira no sentía alegría todavía. [música] Sentía miedo, miedo de lo que vendría después. Licenciado, yo no tengo dinero para pagarle.

 Ramírez se quitó los lentes y se frotó los ojos cansado. Doña Elvira, llevo 20 años trabajando en este pueblo. [música] He visto mucha injusticia, mucho abuso contra la gente humilde, pero lo que le hicieron sus propios hijos, eso no tiene nombre. Este caso lo llevo gratis y si ganamos y vamos a ganar, usted me paga cuando pueda, ¿le parece? Elvira sintió que las lágrimas le quemaban, no podía hablar.

solo [música] asintió. “Necesito que me cuente todo desde el principio”, dijo Ramírez sacando una libreta nueva [música] con detalles. “Quiero saber exactamente qué le dijeron en la notaría, qué firmó, quién estaba presente, [música] todo.” Elvira empezó a contar. Contó del día en la notaría, de cómo sus hijos ni la miraban, de las palabras del notario que no entendió, de la firma que puso sin saber que estaba firmando su condena.

 Con toda la choa del hambre, del frío, de [música] Toñito asustado, preguntando si se iban a morir contó del baúl enterrado y de la carta de Julián. Ramírez escribía sin parar, haciendo preguntas, pidiendo detalles, tomando [música] notas en los márgenes. Cuando Elvira terminó, ya habían pasado 2 horas. Listo, dijo el abogado.

 Mañana mismo voy a la notaría a solicitar [música] copias de los documentos que firmó y a verificar el registro de estas escrituras. [música] En una semana podemos presentar la demanda y después, después viene lo difícil. Doña Elvira, [música] sus hijos van a pelear, van a decir que usted está senil, que la manipularon, que los documentos son falsos.

 Van a hacer [música] todo lo posible por mantener lo que tienen. ¿Y yo qué hago? Usted se mantiene firme. No hable con ellos. No acepte dinero. No firme nada más. Y sobre [música] todo cuide esos papeles como si fueran oro. Son su única arma. Elvira salió del despacho sintiéndose mareada. como si hubiera estado dando vueltas. [música] Lupita la abrazó en la calle.

 Lo va a lograr, doña Elvira. Ya verá [música] que sí. Tengo miedo, señora. Es natural, pero es un miedo que vale la pena [música] porque del otro lado está su dignidad. Caminaron de regreso en silencio. Elvira pensaba en sus hijos, en cómo reaccionarían cuando se enteraran. pensaba en la pelea que vendría, en los gritos, en las acusaciones, pero también pensaba en Toñito, en la choa miserable, [música] en todas las noches que había pasado, preguntándose si iba a amanecer viva.

No, ya no iba a quedarse callada. Ah, si había que pelear, pelearía. Los rumores en los pueblos chicos corren más rápido que el viento. Para el mediodía del día siguiente, ya medio pueblo sabía que doña Elvira había ido al despacho del licenciado Ramírez con unos papeles. [música] Para la tarde ya sabían que esos papeles tenían que ver con el rancho de los Méndez.

 Y para la noche la historia había crecido tanto que algunos decían que Elvira había encontrado un testamento millonario y otros [música] que había documentos que probaban que sus hijos la habían robado. Elvira se enteró de los chismes cuando fue al mercado a comprar un [música] poco de maíz.

 Las señoras del puesto de verduras dejaron de hablar en cuanto la vieron llegar, pero sus miradas lo decían todo.Curiosidad, lástima, [música] morbo. Algunas hasta le sonreían con esa sonrisa falsa que significa qué bueno que te va mal para tener de qué hablar. Doña Elvira la llamó una de ellas, la señora Meche, conocida por meterse en lo que no le importaba.

 [música] ¿Es cierto que encontró un tesoro enterrado en su casa? No es un [música] tesoro, señora. Son papeles de mi marido. Ay, pero dicen que son papeles importantes, que a lo mejor hasta puede recuperar [música] su casa. Dios dirá lo que tiene que pasar. Pues yo no más le digo una cosa, doñita. Se acercó Meche bajando la voz, aunque había cinco personas [música] escuchando. Tenga cuidado.

 Cuando hay herencias de por medio, la familia se pone fea. [música] Yo tuve un tío que Elvira dejó de escuchar. Ya conocía esas historias. Todo el mundo conocía a alguien que había peleado por una herencia, que había terminado sin hablarse con sus hermanos, que había perdido todo en abogados. Pero esto era diferente.

 [música] Esto no era pelea por herencia. Esto era recuperar lo que le habían robado. [música] Compró su maíz rápido y se fue antes de que más gente empezara a hacerle preguntas. En la choza, Toñito jugaba con unas figuritas que había hecho con barro seco. [música] Elvira se sentó en el catre y lo observó, preguntándose cómo afectaría todo esto al niño.

 Entendería lo que estaba pasando. Le dolería ver a su familia destruirse, [música] “Abuela”, dijo Toñito sin levantar la vista. “¿Por qué ya no vienen a vernos mis tíos?” La pregunta le clavó un puñal en el pecho. Porque están ocupados, mi amor. Ocupados haciendo qué? Cosas [música] de adultos, cosas malas. Elvira no supo qué contestar.

 No quería llenarle la cabeza de odio al niño, pero tampoco podía mentirle. A veces la gente hace cosas que duelen a otros, no porque sean malos, sino porque están confundidos. Toñito siguió jugando, aparentemente satisfecho con la respuesta, pero Elvira sabía que las [música] preguntas volverían y cada vez serían más difíciles de responder.

 Dos días después, [música] el licenciado Ramírez la mandó llamar. Elvira caminó al pueblo con el estómago hecho nudo. [música] Cuando llegó al despacho, el abogado tenía cara de satisfacción. Buenas noticias, doña Elvira. Ya verifiqué las escrituras que me trajo y están completamente [música] en orden, registradas ante el registro público de la propiedad hace 11 años.

[música] Tienen sellos auténticos, firmas válidas, son documentos legales al 100%. Y los papeles que firmé en la notaría, esos también los conseguí y como me lo imaginaba, son una trampa. El notario que los redactó nunca verificó [música] si había documentos previos. Se aprovechó de que usted no sabía leer bien y de que sus hijos callaron información importante.

 [música] Es negligencia profesional como mínimo. Entonces, ¿qué sigue? [música] Ramírez se reclinó en su silla juntando las manos como si estuviera rezando. Ahora viene lo interesante. Tengo que notificar a sus hijos que existe una demanda en su [música] contra. La ley me obliga a hacerlo y en cuanto reciban la notificación van a venir a buscarla.

Elvira sintió que se le helaba la sangre. A buscarme, sí. Van a querer hablar con usted, [música] convencerla de que retire la demanda. ofrecerle dinero, amenazarla, [música] es lo que siempre pasa en estos casos. ¿Yo qué hago cuando vengan? [música] Nada. No les abre la puerta, no les habla, no acepta nada y si la presionan mucho, me habla a mí o al comisario de elegido. Entendido. Elvira asintió.

[música] Aunque por dentro sentía pánico, no había visto a sus hijos desde el día que la dejaron en la choa, [música] casi un mes ya. y la idea de verlos otra vez, de tener que mirarlos a los ojos sabiendo lo que le habían hecho. Una cosa más, dijo Ramírez, esta noticia va a explotar [música] cuando la gente del pueblo se entere de que usted está demandando a sus propios hijos.

 Van a opinar, unos van a estar de su lado, [música] otros van a decir que está mal. Prepárese para eso. Ya empezaron, licenciado. Ya empezaron. Salió del despacho sintiendo [música] que cargaba un peso enorme en los hombros. El cielo estaba despejado, hacía calor, pero ella sentía frío, un frío que le venía de adentro y tenía razón en temer.

 Porque esa misma tarde, cuando caminaba de regreso a la choza con Toñito, [música] escuchó el ruido de un motor acercándose, se dio vuelta y vio la camioneta vieja de sus hijos levantando polvo en [música] el camino de terracería. Su primer instinto fue correr, agarrar a Toñito y esconderse, pero sus piernas [música] no le respondieron.

 Se quedó ahí parada en medio del camino, viendo como la camioneta [música] se acercaba cada vez más rápido. El vehículo frenó bruscamente a unos metros de ella, [música] levantando una nube de tierra. De la cabina bajó Ernesto con la cara roja de furia. Detrás de él veníaRicardo, también con cara de pocos amigos. Leticia [música] ni siquiera se bajó, solo miraba desde la ventana con esa expresión de aburrimiento que nunca [música] cambiaba.

 “¿Qué hiciste, mamá?”, gritó Ernesto antes de estar cerca. [música] “¿Qué chingados hiciste?” Elvira apretó la mano de Toñito. El niño se escondió detrás [música] de su falda. “Buenos días, hijo. No me vengas con buenos días.” Ernesto se [música] plantó frente a ella, tan cerca que podía oler el cigarro en su aliento. Me llegó una citación del juzgado.

 Tú nos estás demandando. Estoy [música] recuperando lo que es mío, lo que es tuyo. Se rió, pero era una risa sin alegría. Todo lo que tenemos es nuestro. Papá nos lo dejó a nosotros. Tú no más firmaste lo que tenías que firmar. Tu papá me dejó las escrituras a mí, las verdaderas. Ernesto [música] se quedó callado un momento procesando lo que acababa de escuchar.

Luego miró a Ricardo que se veía igual de sorprendido. ¿De qué escrituras hablas? [música] Las que tu papá registró hace años, sin decirles a ustedes las que estaban enterradas en la choa donde me mandaron a morir. “Estás mintiendo,”, dijo [música] Ricardo, pero su voz no sonaba tan segura. Papá nunca hizo eso.

 Sí lo hizo [música] porque sabía cómo eran ustedes. Sabía que me iban a traicionar. Ernesto dio un [música] paso hacia ella amenazante. Elvira no retrocedió. Escúchame bien, mamá. No sé que te metieron en la cabeza, pero vas a retirar esa demanda ahora. No. ¿Cómo que no? Dije que [música] no, Ernesto. Ya me quitaron todo una vez. No va a volver a pasar.

 Tú no sabes lo que estás haciendo gritó Ernesto. Vas a destruir a esta familia. La familia ya está [música] destruida dijo Elvira con voz tranquila. La destruyeron ustedes el día que me trajeron aquí y me dejaron como a un perro. Hubo un silencio largo. Se escuchaba solo el viento soplando entre las espinas [música] y el motor de la camioneta todavía encendido.

 Ricardo intentó otro camino. Mira, mamá, seamos razonables. ¿Qué quieres? Dinero. Te damos dinero. [música] Una casa mejor. Te conseguimos una casa en el pueblo, pero retira esa [música] demanda. No quiero su dinero. Quiero lo que es mío. Es nuestro. gritó Ernesto otra vez perdiendo el control. Nosotros trabajamos esas tierras, nosotros las hicimos producir con el sudor de su padre y con el mío, Ernesto [música] apretó los puños.

 Por un momento, Elvira pensó que iba a pegarle, [música] pero Toñito salió de atrás de su falda y lo miró con esos ojos grandes y asustados. [música] No le pegues a mi abuela. Eso detuvo a Ernesto. Se quedó mirando al niño, luego a Elvira, luego al cielo como pidiendo paciencia. [música] Esto no se va a quedar así, dijo entre dientes. Ya verás lo que te espera.

 Se dio la vuelta y caminó de regreso a la camioneta. Ricardo lo siguió [música] sin decir nada más. La camioneta arrancó con un chirrido de llantas y se alejó dejando una estela [música] de polvo. Elvira se quedó ahí parada, temblando, sosteniendo a Toñito contra ella. Sabía que [música] esto era apenas el principio. La guerra acababa de empezar.

Pasaron tres días [música] sin que Elvira supiera nada de sus hijos. Tres días de silencio que la ponían más nerviosa [música] que los gritos. Porque el silencio significaba que estaban planeando algo. [música] Ernesto nunca dejaba las cosas así no más. Conocía a su hijo mayor. Sabía cómo funcionaba su cabeza.

 Si no había vuelto, era porque estaba organizando su siguiente movimiento. El licenciado Ramírez pasó a visitarla una tarde trayéndole [música] noticias del proceso. La demanda ya está presentada formalmente, doña [música] Elvira. Ahora solo es cuestión de tiempo. El juez va a citar a una audiencia y ahí vamos a presentar todas las pruebas.

 ¿Cuánto tiempo? Un mes, tal vez [música] dos. Estas cosas no son rápidas, pero vamos bien. Los documentos que tiene son sólidos como roca. Y mientras tanto, mientras tanto usted vive su vida normal, no deje que la intimiden. Pero vida normal era algo que Elvira ya no recordaba cómo era. [música] El cuarto día, cerca del atardecer, cuando el cielo empezaba a ponerse color naranja y las sombras se alargaban, Elvira [música] estaba afuera de la choza preparando la cena en el fogón.

 Toñito jugaba cerca con unos palitos que había convertido en soldaditos. Fue el niño quien los vio primero. Abuela, ahí vienen otra vez. Elvira levantó la vista y sintió que el estómago se le revolvía. No era solo la camioneta de Ernesto. Venían dos vehículos. En el segundo iba Leticia, quien por primera vez [música] se dignaba a aparecer.

 Y también venía una mujer que Elvira no conocía. [música] Vestida elegante, con portafolio. Los dos vehículos se estacionaron frente a la chosa, levantando nubes de [música] polvo. Bajaron todos. Ernesto, Ricardo, Leticia y la mujer desconocida. Veníancon caras serias, preparados para la batalla. Ernesto fue directo al grano. Mamá, te trajimos a la licenciada Domínguez.

 [música] Es especialista en derecho familiar. Queremos arreglar esto de manera civilizada. [música] La mujer dio un paso adelante y extendió la mano. Elvira no se la estrechó. Señora Elvira, soy Mariana Domínguez. Sus hijos me contrataron para mediar en esta [música] situación. Entiendo que ha habido malentendidos. Y no hubo malentendidos.

[música] Interrumpió Elvira. Me despojaron de mi casa y mi tierra. Eso no es malentendido, [música] es robo. La abogada apretó los labios. Comprendo que se sienta así, pero debe entender que sus hijos tienen derechos [música] legítimos sobre la propiedad de su difunto esposo. Mi esposo me dejó todo a mí. Los papeles lo demuestran.

[música] Sí, sobre esos papeles queremos hablar, intervino Ernesto. Mira, mamá, nosotros no sabíamos de esos documentos. [música] Si papá hizo eso, fue porque estaba enfermo, confundido. Tu papá estaba más lúcido que [música] ustedes tres juntos. No nos falto. Gritó Ernesto perdiendo la compostura. [música] La licenciada Domínguez levantó una mano tratando de calmar la situación.

 Por favor, mantengamos la calma, señora Elvira. [música] Venimos con una propuesta. Sus hijos están dispuestos a llegar a un acuerdo. No quiero acuerdos. Al menos escúchelos. [música] Le están ofreciendo una casa en el pueblo completamente equipada, un apoyo económico mensual de por vida y la mitad del valor de las tierras en efectivo [música] es una oferta muy generosa.

Elvira las miró a todos uno por uno. Ernesto con sus brazos cruzados tratando de verse fuerte, [música] pero con los ojos llenos de preocupación. Ricardo fumando nervioso [música] sin poder quedarse quieto. Leticia finalmente sin el celular en la mano prestando atención por primera vez en años.

 ¿Saben qué es lo [música] más triste de todo esto? Dijo Elvira con voz tranquila. Que ustedes piensan que esto se arregla con dinero. Es más de lo que mereces. Estalló Ricardo. Cualquier vieja en tu lugar estaría feliz con esa oferta. Yo no soy cualquier vieja, soy su madre. Precisamente por eso dijo Leticia [música] hablando por primera vez, porque eres nuestra madre, deberías pensar en nosotros.

 [música] Tenemos familias, hijos, responsabilidades. Elvira se rió. Una risa amarga que le dolió en la garganta. Ahora soy su madre. Hace un mes me dejaron aquí a morir y yo no era su madre. ¿Qué cambió? [música] Cambiaron las circunstancias. dijo la licenciada Domínguez. [música] Y precisamente por eso estamos aquí, para encontrar una solución que beneficie a todos. Ya les dije mi respuesta, no.

Ernesto dio un paso amenazante hacia ella. Mamá, no sabes con quién te estás [música] metiendo. Vamos a pelear esto hasta el final. Vamos a demostrar que papá estaba seniló [música] esos papeles. Vamos a demostrar que alguien te manipuló para que nos demandaras. Inténtenlo, [música] la verdad está de mi lado.

 La verdad no importa, gritó Ernesto. Lo que importa es quién [música] tiene mejores abogados y nosotros tenemos dinero para contratar a los mejores y yo tengo a Dios de mi lado. Eso pareció enfurecer más a Ernesto. Intentó acercarse más, pero en ese momento, por la [música] puerta torcida de la chosa salió Toñito. El niño no había entrado cuando llegaron.

se había quedado escondido adentro [música] escuchando todo. “Ya váyanse”, dijo con su vocecita temblorosa. “Dejen en paz a mi abuela.” Leticia lo miró con algo parecido a la culpa [música] en los ojos. Era su hijo. Después de todo, el hijo que había abandonado con el vira sin dar explicaciones y al que no había vuelto a buscar.

 “Toñito, ven con mamá”, dijo extendiendo [música] los brazos. “No, el niño se pegó más a Elvira. Tú no eres mi mamá. Mi mamá no nos hubiera dejado aquí. El silencio que siguió fue brutal. Leticia bajó los brazos y se dio [música] la vuelta, pero Elvira alcanzó a ver las lágrimas en sus ojos. La licenciada Domínguez guardó sus papeles en el portafolio con movimientos bruscos.

 Señora Elvira, lamento que haya decidido tomar este camino. Le advierto que el proceso legal será largo y costoso [música] y al final podría terminar sin nada. Ya no tengo nada, respondió Elvira. Solo mi dignidad y esa no está [música] en venta. Esto es ridículo, dijo Ricardo tirando el cigarro al suelo y apagándolo con el pie. Estamos perdiendo el tiempo.

Sí, coincidió Ernesto. Pero que quede claro, mamá, esto es guerra y en la guerra no hay piedad. Ustedes empezaron esta guerra el día que me trajeron aquí. Yo solo me estoy defendiendo. Ernesto señaló la choza con desprecio. [música] Mira dónde vives. Mira cómo vive tu nieto. Eso es lo que quieres para él. pobreza [música] y pleitos legales.

Prefiero que viva pobre pero con dignidad, a que viva rico pero sin valores. Eres una necia y ustedes sonunos desagradecidos. La licenciada Domínguez hizo una señal y todos empezaron a caminar de regreso a los vehículos. Leticia fue la última en moverse, [música] mirando a Toñito con ojos llenos de algo que podría haber sido arrepentimiento.

 [música] Pero no dijo nada, solo se subió a su camioneta. Antes de arrancar, Ernesto [música] bajó la ventanilla. Última oportunidad, mamá. Acepta el acuerdo o prepárate para perderlo todo en la corte. Ya perdí todo lo [música] que importaba cuando ustedes dejaron de ser mis hijos. Las camionetas se alejaron a toda velocidad.

 [música] Levantando tierra y piedras, Elvira se quedó parada ahí con Toñito abrazado a su cintura, viendo como desaparecían en el horizonte, [música] solo cuando ya no se veían, sus piernas se dieron. Se sentó en el suelo, ahí mismo en la tierra, y dejó que las lágrimas salieran. [música] Toñito se sentó junto a ella y le limpió las mejillas con sus manitas sucias.

¿Estás triste, abuela? Sí, mi amor, estoy muy triste. [música] ¿Por qué? Porque a veces hacer lo correcto duele mucho. El niño la abrazó con toda la fuerza que tenía en su cuerpecito de 5 años. Yo siempre voy a estar contigo, abuela. Siempre. Elvira lo apretó contra su pecho y lloró todo lo que no había llorado en semanas.

 Lloró por sus hijos perdidos, por la familia destruida, [música] por todos los años de sacrificio que no habían servido de nada. Pero también lloró de alivio, porque por primera vez en mucho tiempo había defendido lo suyo. Había dicho no. Había plantado los pies en la tierra y se había negado a moverse [música] cuando se le acabaron las lágrimas. Se levantó y limpió su falda.

[música] Vamos adentro, mi amor. Ya se hizo de noche. Esa noche, [música] mientras Toñito dormía, Elvira sacó el baúl debajo del catre y revisó otra vez los documentos. [música] Los leyó como pudo, pasando los dedos por las letras que apenas entendía, pero sintiendo el peso de lo que significaban, Julián había sabido, [música] lo había sabido todo y la había protegido hasta desde la tumba.

 Gracias, viejo”, susurró. “No te voy a fallar.” Guardó los papeles [música] y escondió el baúl afuera. Los grillos cantaban y el viento movía las paredes [música] de paja de la choza. La guerra apenas comenzaba, pero ella no tenía miedo. Las semanas [música] que siguieron fueron las más difíciles de toda su vida.

 Elvira sentía que cargaba [música] el peso del mundo en los hombros. No dormía bien. Soñaba con juicios, con papeles que se le volaban de las manos, con sus hijos señalándola como una mala madre. [música] Despertaba empapada en sudor, con el corazón latiéndole tan rápido que le dolía el pecho. El licenciado Ramírez la mantenía informada de cada paso [música] del proceso.

 Los abogados de sus hijos habían presentado un contraataque feroz. Decían que [música] las escrituras de Julián eran falsas, que él estaba enfermo cuando las [música] firmó, que alguien había manipulado a Elvira para que demandara a sus propios hijos. Cada acusación era como una bofetada. [música] “No se preocupe, doña Elvira”, le decía Ramírez.

 “Son tácticas desesperadas. Yo conozco [música] al notario que certificó las Escrituras de su esposo. Es un hombre honorable y va a testificar a su favor, [música] pero las palabras de consuelo no aliviaban el dolor que Elvira sentía en el pecho [música] cada vez que pensaba en sus hijos.

 Porque por más que se dijera a sí misma [música] que estaba haciendo lo correcto, que estaba luchando por lo que le pertenecía, [música] una parte de ella, la parte que había sido madre durante 50 años, seguía doliendo. [música] Una noche, sentada en el catre, con Toñito dormido a su lado, Elvira sacó de su reboso una fotografía vieja [música] que había guardado.

 Era de cuando sus hijos eran pequeños. Ernesto tendría unos 8 años. Ricardo se Leticia apenas cuatro. Estaban los tres frente a la casa grande sonriendo, con las caras sucias de tierra, pero felices. Julián estaba detrás de ellos con la mano en el hombro de Ernesto. ¿Dónde habían quedado esos niños? ¿En qué momento se habían convertido en esas personas que ahora la trataban como enemiga? [música] Elvira tocó con el dedo las caritas en la fotografía y sintió que se lebraba algo por dentro.

 [música] Lloró en silencio para no despertar a Toñito. Lloró por [música] los hijos que tuvo y los hijos que perdió. Lloró por la familia que ya nunca sería la misma. Y entonces, en medio de esas lágrimas amargas, se preguntó, “¿Valía la pena, valía la pena destruir lo poco que quedaba de su familia por unas tierras? La duda la carcomió durante días.

 Cada vez que veía a Toñito jugando con sus palitos, se preguntaba si no sería mejor aceptar el dinero que le ofrecían [música] y olvidarse del pleito, comprar una casita en el pueblo, vivir tranquila los años que le quedaban, dejar que losmuchachos se quedaran con el rancho. [música] Doña Lupita la notó distraída cuando fue al mercado.

 ¿Qué le pasa, doñita? La veo apagada. Estoy cansada, [música] señora, cansada de todo. Está pensando en rendirse Elvira no contestó, pero su silencio dijo todo. [música] Lupita la tomó del brazo y la llevó a un rincón apartado del mercado, lejos de oídos curiosos. [música] Mire, doña Elvira, yo no me meto en lo que no me importa, pero esto sí me importa. Usted no puede rendirse ahora.

Estoy destruyendo a mi familia, señora. Su familia ya estaba destruida el día que la abandonaron en esa choa. Lo que usted está haciendo es defenderse. Pero son mis hijos. [música] ¿Y usted qué es? Un trapo que se tira cuando ya no sirve. Lupita apretó su brazo con fuerza. Doña Elvira, en este pueblo [música] todas las mujeres la están mirando.

 Todas las que han sido maltratadas, ignoradas, [música] despojadas por sus propias familias. Usted les está demostrando que una puede defenderse, que nunca es tarde para [música] decir, “Hasta aquí. No quiero ser ejemplo de nadie, solo quiero paz. La paz que viene de rendirse no es paz. Doñita, es derrota y usted ya vivió derrotada demasiado tiempo.

” Esas palabras se le quedaron grabadas. Esa noche, mientras preparaba la cena en el fogón, Elvira pensó en todas las veces [música] que había cedido en su vida, cuando Julián decidía las cosas sin consultarle, cuando los hijos hacían lo que querían sin pedirle permiso, cuando la trataban como si fuera parte del mobiliario, algo que [música] siempre estaría ahí sin importar cómo la trataran.

 Siempre había dicho que sí, siempre había agachado la cabeza. siempre [música] había puesto a los demás primero y mira dónde había terminado. Al día siguiente, [música] el licenciado Ramírez llegó a la choza con noticias importantes. Traía cara seria y un folder lleno de papeles. [música] Doña Elvira, necesito que tome una decisión.

 Los abogados de sus hijos presentaron una nueva oferta. Están dispuestos a subirla. ¿Cuánto? El doble de lo anterior. [música] Una casa grande en el pueblo, apoyo mensual vitalicio y el 60% del valor de las tierras en [música] efectivo es mucho dinero, señora. Con eso usted y su nieto vivirían cómodos el resto de sus vidas.

Elvira sintió que el corazón le latía [música] despacio, pesado. Miró alrededor de la choza, las paredes de barro agrietado, el techo de paja por donde entraba el sol. en rayos delgados, el piso de tierra que nunca quedaba limpio. [música] Luego miró a Toñito jugando afuera, descalzo con la ropita raída.

 Con ese dinero podría darle una vida mejor. Podría mandarlo a la escuela con zapatos nuevos. Podría comprarle juguetes de verdad, no palitos y piedras. Podría darle todo lo que un niño de su edad merecía. Pero también recordó las palabras de Lupita [música] y las de doña Meche y las miradas de las otras mujeres en el mercado, todas esperando ver qué [música] hacía.

Licenciado, dijo finalmente, ¿puedo hacerle una pregunta? Claro, dígame. [música] Si yo acepto ese dinero, mis hijos van a aprender algo de todo esto? Ramírez la miró sorprendido por la pregunta. Aprender. Sí. [música] Van a entender que lo que hicieron estuvo mal. ¿Van a arrepentirse de haberme tratado así? El abogado se quedó callado un momento. Luego negó con la cabeza.

 No, señora, probablemente [música] van a pensar que ganaron, que usted se rajó, que el dinero solucionó todo. Eso pensé. [música] Pero Ramírez se inclinó hacia delante. Esa no debería ser su preocupación. Usted tiene que pensar en lo que es mejor para usted y para su nieto. [música] Ya pensé en eso, licenciado.

 Y lo mejor para mi nieto es que crezca viendo que su abuela no se dejó, que luchó por lo que era suyo, [música] que no se puede comprar la dignidad con dinero. Entonces, dígales que no, que rechacé la oferta, que vamos a seguir hasta el final. [música] Ramírez sonrió. Era una sonrisa orgullosa, como si acabara de ver a Elvir que él esperaba, pero no estaba seguro de que fuera a pasar.

 [música] Está completamente segura. Esto va a ser difícil. Ellos van a pelear con todo. Que peleen, yo también sé pelear. 50 años peleando con la tierra, con las sequías, con las enfermedades. No le tengo miedo a un pleito legal. Muy bien, entonces preparémonos. La audiencia es en dos semanas. Ahí va a decidirse todo.

Cuando el licenciado se fue, [música] Elvira se quedó sentada en la entrada de la choza mirando el horizonte. El sol empezaba a bajar pintando el cielo de naranja y rosa. Toñito vino y se sentó junto a ella. Abuela, sí, mi amor. Vamos a tener que irnos de aquí. No lo sé, Toñito, pero lo que sí sé es que vamos a [música] pelear por quedarnos.

 Y si perdemos, Elvira lo miró a los ojos. Esos ojos grandes y confiados que la veían como si ella tuviera todas las respuestas del mundo. [música] Si perdemos, al menos perdemos de pie. Yeso, mi amor, también es una forma de ganar. El niño asintió sin entender completamente, pero confiando en ella, Elvira lo abrazó y [música] lo apretó contra su pecho.

 Ya había tomado su decisión. No había vuelta atrás. Esa noche escribió una carta. [música] Bueno, intentó escribirla con su letra temblorosa y las palabras mal escritas. Era para Julián, aunque sabía que él no podía leerla, pero necesitaba decirle que lo había entendido, que entendía por [música] qué había escondido esos papeles, que entendía que el amor verdadero es el [música] que protege incluso después de la muerte.

 Viejo escribió con dificultad, no te voy a fallar. [música] Voy a pelear hasta el final. Por ti, por mí, por Toñito y por todas las mujeres que se han quedado [música] calladas demasiado tiempo. Dobló la carta y la guardó en el baúl [música] junto con las escrituras. Dos semanas. En dos semanas sabría si Dios estaba de su lado [música] y si no lo estaba, al menos habría intentado.

 El día de la audiencia amaneció con un cielo despejado y un calor que prometía [música] ser brutal. Elvira se levantó antes del alba como siempre. Pero esta vez no fue para [música] hacer tortillas o avivar el fogón. Se levantó porque no había podido dormir. [música] Las mariposas en el estómago no la dejaban en paz.

 Se puso su mejor vestido, [música] que no era gran cosa. Un vestido azul desteñido, que había sido de cuando Julián aún vivía, pero estaba limpio y [música] planchado con piedras calientes. Se recogió el pelo en un chongo apretado y se puso su rebozo. Quería verse digna. Quería que el juez viera a una mujer respetable, no a una limosnera.

 Toñito estaba nervioso también, aunque no entendía bien qué iba a pasar. Vamos a ver al juez, abuela. Sí, mi amor. Y el juez es bueno o malo. Espero que sea justo. Eso es lo único que necesitamos. [música] Doña Lupita llegó temprano para acompañarla. Traía un vestido de domingo y hasta se había pintado los labios.

 No podía dejar que fuera sola, doñita. Hoy es un día [música] importante. El licenciado Ramírez pasó por ellas en su coche viejo que hacía ruidos raros al [música] andar. El trayecto al juzgado en la ciudad más cercana tomó casi dos horas. [música] Elvira iba callada mirando por la ventana los campos secos, las vacas flacas pastando, las casitas [música] pobres perdidas en el monte.

 Todo le parecía igual diferente, como si estuviera viéndolo por primera vez. El juzgado era un edificio feo de concreto gris con barrotes [música] en las ventanas. Adentro olía a papel viejo y a desinfectante. Había gente esperando en [música] bancas de plástico azul, todos con caras cansadas y ojos sin esperanza. [música] Elvira se sentó en una de esas bancas con Toñito pegado a su costado [música] y Lupita del otro lado dándole palmaditas en la mano.

 “Ya van a llamar”, dijo Ramírez. [música] “Recuerde, señora, deje que yo hable. Si el juez le hace preguntas directas, [música] conteste con la verdad. No se ponga nerviosa, fácil de decir”, pensó Elvira. Media hora después llegaron sus hijos. Los tres venían vestidos elegante. [música] Ernesto con traje oscuro y corbata, Ricardo con camisa de vestir, Leticia con un vestido [música] caro y tacones altos.

 Venían acompañados de la licenciada Domínguez y otro abogado que Elvira no conocía, un hombre grande con cara de pocos amigos. Ernesto la vio y desvió la mirada. Ricardo fumaba fuera nervioso. Leticia se sentó lo más lejos posible con los ojos clavados en el celular como siempre. Caso número 4682, gritó un secretario desde la puerta.

Méndez Ruiz contra [música] Méndez Ruiz, pasen a la sala tres. Elvira sintió que las piernas no le respondían. Lupita tuvo [música] que ayudarla a levantarse. La sala era pequeña, con una mesa larga donde se sentó el juez, un hombre de unos 60 años con lentes y [música] cara seria y sillas para los abogados y las partes.

 Elvira se sentó junto a Ramírez con las manos sudorosas apretando su reboso. [música] Enfrente estaban sus tres hijos con sus abogados, todos con portafolios llenos de papeles. El juez golpeó con un martillito de madera. Comenzamos, [música] licenciado Ramírez, presente su caso. Ramírez se puso de pie y empezó a hablar.

 [música] Explicó toda la historia desde el principio, cómo los hijos de Elvira la habían llevado a la notaría, cómo le habían hecho firmar papeles que ella no entendía, cómo la habían abandonado en una choa miserable. Luego [música] presentó las escrituras de Julián, los documentos que probaban que la casa y las tierras [música] estaban a nombre de Elvira desde hacía 11 años.

 Estos [música] documentos son legales, están debidamente registrados y tienen prioridad sobre cualquier [música] papel que se haya firmado después. Concluyó Ramírez. Mi clienta no está pidiendo nada que no le [música] pertenezca, solo está recuperando lo quees suyo por derecho. Luego habló la licenciada Domínguez. dijo que las [música] escrituras de Julián eran sospechosas, que él estaba enfermo cuando las firmó, [música] que probablemente alguien lo había manipulado.

 Dijo que los hijos habían actuado de buena fe, [música] que no sabían de esos documentos, que ellos eran los verdaderos herederos. Además, agregó con voz [música] dura, la señora Elvira está siendo manipulada por terceros que buscan aprovecharse de esta situación familiar. Elvira sintió que la rabia le subía por la garganta.

 [música] Quiso pararse y gritar que nadie la estaba manipulando, que ella sabía muy bien lo que hacía. Pero Ramírez le apretó el brazo para que se quedara callada. El juez pidió ver los documentos, los revisó durante lo que pareció una [música] eternidad. El silencio en la sala era tan espeso que se podía cortar con cuchillo.

 Elvira escuchaba los latidos de su propio corazón, fuertes, [música] rápidos, desesperados. Finalmente, el juez levantó la vista. [música] Licenciada Domínguez, sus argumentos son débiles. Estos documentos presentados por el licenciado Ramírez están en perfecto orden. Tienen sellos [música] auténticos, firmas verificables y están debidamente registrados ante las [música] autoridades correspondientes.

Pero su señoría, el estado [música] mental del difunto, a menos que presente pruebas médicas de que el señor Julián Méndez estaba incapacitado mentalmente [música] en el momento de firmar. Ese argumento no procede. Tiene esas pruebas. La abogada titubeó. No en este momento, su señoría, pero podemos solicitarlas.

El [música] momento es ahora, licenciada, o presenta pruebas, o este tribunal va a fallar con base [música] en lo que tiene frente a sí. Hubo un silencio largo. Ernesto susurró algo urgente al oído [música] de su abogada. Ricardo se veía pálido. Leticia miraba al suelo. No tenemos las pruebas médicas en este momento, [música] admitió finalmente la licenciada Domínguez.

 El juez asintió y empezó a escribir. [música] El sonido de su pluma sobre el papel era el único ruido en la sala. [música] Elvira contenía la respiración. Sentía que el pecho le iba a explotar. “Muy bien”, dijo el juez después [música] de unos minutos que parecieron horas. Este tribunal determina que las escrituras presentadas por la señora Elvira Méndez Viuda de Ruiz son legales y válidas.

[música] Los documentos firmados posteriormente en la notaría son nulos por haberse realizado sin verificar la existencia de escrituras previas y aprovechándose del desconocimiento de la señora Méndez, [música] Elvira sintió que el mundo se le detenía. Por lo tanto, continuó el juez, ordeno la restitución inmediata de la propiedad a su legítima dueña, la señora Elvira Méndez.

 Los señores Ernesto, Ricardo y Leticia Méndez Ruiz deberán firmar ante notario la devolución de todos los bienes y entregar las escrituras correspondientes en un plazo no mayor a 15 días. El [música] martillazo final resonó en la sala como un trueno. Se levanta la sesión. Elvira se quedó sentada [música] en shock, sin poder procesar lo que acababa de pasar. Ramírez la abrazó.

Lupita gritaba de alegría, pero ella solo podía mirar a sus hijos. Ernesto tenía la cara roja de furia contenida. Ricardo se había tapado los ojos con las manos. [música] Leticia lloraba en silencio, con las lágrimas corriéndole el rímel. La licenciada Domínguez guardó sus papeles con movimientos bruscos. Vamos a apelar esto le [música] dijo a Ernesto. No dijo él con voz cansada.

 Ya perdimos. Se acabó. Afuera del juzgado. Ramírez le explicó a Elvira lo que seguía. Tienen que ir a una notaría y firmar las escrituras de devolución. [música] Yo voy a estar presente para asegurarme de que todo se haga correctamente. En dos semanas máximo, usted será oficialmente la dueña registrada de todo.

 Y ellos, preguntó Elvira mirando a sus hijos salir del edificio. Ellos tendrán que buscar otro lugar donde vivir. Usted tiene el derecho de decidir si les permite quedarse o no. Elvira vio a sus tres hijos caminar hacia sus camionetas. Se veían derrotados. pequeños, como si les hubieran [música] quitado algo más que tierras. Leticia volteó una vez y sus ojos se encontraron.

 [música] Había dolor ahí, vergüenza, tal vez hasta arrepentimiento, pero era tarde para eso. Dos semanas [música] después, en la misma notaría donde todo había empezado, sus tres hijos firmaron los papeles de devolución. [música] No hubo gritos, esta vez, no hubo amenazas, solo silencio y firmas rápidas. como si quisieran acabar con eso lo antes posible.

 Cuando terminaron, Ernesto [música] se acercó a Elvira. Espero que estés feliz, mamá. Destruiste a esta familia. Ustedes la destruyeron primero respondió ella con voz tranquila. [música] Yo solo me defendí. Los tres se fueron sin despedirse. Elvira los vio alejarse y sintió un vacío enorme en el pecho.[música] Había ganado las tierras, pero había perdido a sus hijos. Valía la pena.

 Miró a [música] Toñito, que jugaba con un carrito de juguete que Lupita le había comprado para celebrar. El niño la vio y le sonrió con esa sonrisa limpia e inocente. Sí, valía la pena. [música] El día de la audiencia amaneció con un cielo despejado y un calor que prometía ser [música] brutal. Elvira se levantó antes del alba como siempre, [música] pero esta vez no fue para hacer tortillas o avivar el fogón.

 Se levantó porque no había podido dormir. Las mariposas en el estómago no la dejaban en paz. Se puso su mejor vestido, que no era gran cosa, un [música] vestido azul desteñido que había sido de cuando Julián aún vivía, pero estaba limpio y planchado con [música] piedras calientes. Se recogió el pelo en un chongo apretado y se puso su reboso.

[música] Quería verse digna. Quería que el juez viera a una mujer respetable. No a una limosnera, Toñito [música] estaba nervioso también, aunque no entendía bien qué iba a pasar. Vamos a ver al juez, abuela. Sí, mi amor. ¿Y el juez es bueno o malo? [música] Espero que sea justo. Eso es lo único que necesitamos.

Doña Lupita llegó temprano para acompañarla. Traía un vestido de domingo y hasta se había pintado los labios. No podía dejar que fuera sola doñita. Hoy es un día importante. El licenciado Ramírez pasó por ellas en su coche viejo que hacía ruidos raros al andar. El [música] trayecto al juzgado en la ciudad más cercana tomó casi dos horas.

Elvira iba callada, mirando por la ventana los campos secos, las vacas flacas pastando, las casitas pobres perdidas en el monte. Todo le parecía igual diferente, como si estuviera viéndolo por primera vez. El juzgado era un edificio feo de concreto gris con barrotes en las ventanas. Adentro olía a papel viejo y a desinfectante.

Había gente esperando en bancas de plástico azul. Todos con caras cansadas y ojos sin esperanza. Elvira se sentó en una de esas bancas con Toñito pegado a su costado y Lupita del otro lado dándole palmaditas en la mano. “Ya van a llamar”, dijo Ramírez. “Recuerde, señora, deje que yo hable. Si el juez le hace preguntas directas, conteste con la verdad.

No se ponga nerviosa, fácil de decir”, pensó Elvira. Media hora después llegaron sus hijos. Los tres venían [música] vestidos elegante. Ernesto con traje oscuro y corbata, Ricardo con camisa de vestir, [música] Leticia con un vestido caro y tacones altos. Venían acompañados de la licenciada Domínguez y otro abogado que Elvira no conocía, un hombre grande con cara de pocos amigos.

 [música] Ernesto la vio y desvió la mirada. Ricardo fumaba afuera, nervioso. [música] Leticia se sentó lo más lejos posible con los ojos clavados en el celular como siempre. Caso número cuatro [música]  882, gritó un secretario desde la puerta. Méndez Ruiz contra Méndez Ruiz, pasen a la sala tres. Elvira sintió que [música] las piernas no le respondían.

Lupita tuvo que ayudarla a levantarse. La sala era pequeña, [música] con una mesa larga donde se sentó el juez, un hombre de unos 60 años con lentes y cara [música] seria y sillas para los abogados y las partes. Elvira se sentó junto a Ramírez [música] con las manos sudorosas apretando su rebozo.

 Enfrente estaban sus tres hijos con sus abogados, todos con [música] portafolios llenos de papeles. El juez golpeó con un martillito de madera. Comenzamos, licenciado Ramírez, presente su caso. [música] Ramírez se puso de pie y empezó a hablar. Explicó toda la historia desde el principio, [música] cómo los hijos de Elvira la habían llevado a la notaría, cómo le habían hecho firmar papeles que ella no entendía, cómo la habían abandonado en una choza miserable.

[música] Luego presentó las escrituras de Julián, los documentos que probaban que la casa y las tierras estaban a nombre de Elvira desde hacía 11 años. Estos documentos son legales, [música] están debidamente registrados y tienen prioridad sobre cualquier papel que se haya firmado después, [música] concluyó Ramírez.

 Mi clienta no está pidiendo nada que no le pertenezca, [música] solo está recuperando lo que es suyo por derecho. Luego habló la licenciada Domínguez. [música] Dijo que las escrituras de Julián eran sospechosas, que él estaba enfermo cuando las firmó, [música] que probablemente alguien lo había manipulado.

 Dijo que los hijos habían actuado de buena fe, que no sabían de esos documentos, que ellos eran los verdaderos herederos. Además, agregó [música] con voz dura, la señora Elvira está siendo manipulada por terceros que buscan aprovecharse de esta situación familiar. Elvira sintió que la rabia le subía por la garganta. Quiso pararse y gritar que nadie la estaba manipulando.

Que ella sabía muy bien lo que hacía, pero Ramírez le apretó el brazo para que se quedara callada. [música] El juez pidió ver los documentos, los revisódurante lo que pareció una eternidad. El silencio en la sala era tan [música] espeso que se podía cortar con cuchillo. Elvira escuchaba los latidos de su propio corazón, fuertes, rápidos, [música] desesperados.

Finalmente, el juez levantó la vista. Licenciada Domínguez, sus argumentos son débiles. Estos documentos presentados por el licenciado Ramírez están en perfecto orden. [música] Tienen sellos auténticos, firmas verificables y están debidamente registrados ante las autoridades correspondientes. su señoría, el estado [música] mental del difunto, a menos que presente pruebas médicas de que el señor Julián Méndez estaba [música] incapacitado mentalmente en el momento de firmar.

 Ese argumento no procede. Tiene esas pruebas. [música] La abogada titubeó. No en este momento, su señoría, pero podemos solicitarlas. [música] El momento es ahora, licenciada, o presenta pruebas, o este tribunal va a fallar con base en lo que tiene frente a sí. [música] Hubo un silencio largo.

 Ernesto susurró algo urgente al oído de su abogada. Ricardo se veía pálido. Leticia miraba al suelo. No tenemos las pruebas médicas en este momento, admitió finalmente la licenciada Domínguez. El juez asintió y empezó a escribir. El sonido de su pluma [música] sobre el papel era el único ruido en la sala. Elvira contenía la respiración.

 Sentía que [música] el pecho le iba a explotar. “Muy bien”, dijo el juez después de [música] unos minutos que parecieron horas. Este tribunal determina que las escrituras presentadas por la señora Elvira Méndez Viuda de Ruiz son legales y válidas. Los documentos [música] firmados posteriormente en la notaría son nulos por haberse realizado sin verificar la existencia de escrituras previas y aprovechándose del desconocimiento [música] de la señora Méndez, Elvira sintió que el mundo se le detenía.

[música] Por lo tanto, continuó el juez, ordeno la restitución inmediata de la propiedad a su [música] legítima dueña, la señora Elvira Méndez. Los señores Ernesto, Ricardo y Leticia Méndez Ruiz deberán firmar ante notario [música] la devolución de todos los bienes y entregar las escrituras correspondientes en un plazo no mayor a 15 días.

 El martillazo final resonó en la sala como un trueno. Se levanta la sesión. Elvira se quedó sentada en shock, [música] sin poder procesar lo que acababa de pasar. Ramírez la abrazó. Lupita gritaba de alegría, pero ella solo podía mirar a sus hijos. Ernesto tenía la cara roja de furia [música] contenida.

 Ricardo se había tapado los ojos con las manos. Leticia lloraba en silencio, [música] con las lágrimas corriéndole el rímel. La licenciada Domínguez guardó sus papeles con movimientos bruscos. [música] Vamos a apelar esto le dijo a Ernesto. No, dijo él con [música] voz cansada. Ya perdimos. Se acabó. Afuera del juzgado.

 Ramírez le explicó a Elvira lo que seguía. [música] Tienen que ir a una notaría y firmar las escrituras de devolución. Yo voy a estar presente para asegurarme de que todo se haga correctamente. En dos semanas máximo, usted será oficialmente la dueña registrada de [música] todo. ¿Y ellos? Preguntó Elvira mirando a sus hijos salir del edificio.

 Ellos tendrán que buscar otro lugar donde vivir. [música] Usted tiene el derecho de decidir si les permite quedarse o no. Elvira vio a sus tres hijos caminar hacia sus camionetas. [música] Se veían derrotados, pequeños. como si les hubieran quitado algo más que tierras. Leticia volteó una vez y sus ojos se encontraron.

 Había dolor ahí, vergüenza, [música] tal vez hasta arrepentimiento. Pero era tarde para eso. Dos semanas después, en la misma notaría donde todo [música] había empezado, sus tres hijos firmaron los papeles de devolución. No hubo gritos, esta vez no hubo amenazas, solo silencio y firmas rápidas. como si quisieran acabar con eso lo antes posible.

 Cuando terminaron, Ernesto se acercó a Elvira. Espero que estés feliz, mamá. Destruiste [música] a esta familia. Ustedes la destruyeron primero respondió ella con voz tranquila. Yo solo me defendí. Los tres [música] se fueron sin despedirse. Elvira los vio alejarse y sintió un vacío enorme en el pecho. Había ganado las tierras, pero había perdido a sus hijos.

 ¿Vía la pena? Miró [música] a Toñito, que jugaba con un carrito de juguete que Lupita le había comprado para celebrar. [música] El niño la vio y le sonrió con esa sonrisa limpia e inocente. Sí, valía la pena.