Cuando entré a esa subasta, ni yo mismo podía creer que fuera a salir de ahí, al menos con una gallina. Aquello era un remate de gente de mucho billete, personas poderosas, dueños de ranchos repletos de ganado de registro. Pero fue ahí donde Dios me dio una oportunidad, una vaca flaquita, sencilla, pero que ya me iba a tirar un paro enorme.
Cuando me acerqué a ella, empezaron las burlas. Decían que esa vaca era un desperdicio, que para qué me llevaba esa porquería. Algunos empezaron a grabarme con el celular, se rieron en mi cara. Lo que ellos no sabían es que esa vaca escondía un secreto y días después todos se quedarían con el ojo cuadrado. Y si estás aquí escuchándome, es porque crees en mí.
Te agradezco de corazón que te hayas detenido a oírme. Si puedes, comenta ahí desde qué ciudad me ves y suscríbete al canal para apoyarme. Hay días en los que uno se levanta y ya sabe que el sol va a pesar más de lo que debería. Aquella mañana de junio, el frío de los Altos de Jalisco calaba hasta los huesos antes de que siquiera pusiera los pies en el piso de cemento del cuarto. Me quedé ahí.
sentado en la orilla de la cama, mirando el lado vacío donde dormía Guadalupe. Hace 6 años que se me fue, pero cada mañana todavía me despierto esperando oír el ruido de ella trajinando en la cocina, el olor del café de olla pasado por el colador de tela, su voz suavecita llamándome por mi nombre.
Juan Bautista, levántate que el día no perdona. El día no perdona, pero a veces uno quisiera que lo hiciera, que nos diera un chance para respirar, para juntar los pedazos antes de seguir. Me levanté despacio con ese dolor de espalda que ya no se me quita con nada. 49 años de vida, pero el cuerpo siente como si hubiera vivido el doble.
Me puse las botas gastadas, las mismas que uso desde hace 7 años, con la suela ya queriéndose despedir del cuero, y me asomé a la ventana. El rancho estaba demasiado callado. No era ese silencio bonito el de la caída de la tarde después de la faena, cuando uno se sienta en el porche y escucha a los grillos empezar a cantar.
Era el silencio de algo que se está muriendo, de tierra seca, de pasto ralo, de corral casi vacío. Miré al horizonte y vi lo que ya sabía que iba a haber. polvo, tierra colorada levantándose con el viento flojo, cubriéndolo todo con un velo triste. La presa allá abajo, que en tiempos de abundancia se llenaba hasta desbordarse, ahora mostraba las orillas agrietadas con el agua bajando más cada semana. 23 cabezas de ganado.
Era lo que me quedaba de un ato que llegó a tener más de 100. Fui vendiendo de a poco, siempre malbaratando, siempre con ese nudo en el pecho de quien sabe que está soltando un pedazo de su propia historia. Fui a la cocina y prendí el fogón. El café lo hago igualito a como lo hacía Lupita en el colador de tela que ella misma bordó con flores chiquitas en las orillas.
A veces, cuando la soledad aprieta demasiado, le paso la mano a esa tela ya desgastada y juego a que ella todavía está ahí a mi lado diciéndome que todo va a salir bien, pero no estaba saliendo bien. La carta del banco llegó hace dos semanas. 38,000 pesos de deuda acumulada, 30 días para pagar o se quedan con la tierra.
Esta tierra que mi padre compró con puro sudor, que mi abuelo ayudó a acercar, la que le prometí a Guadalupe en su lecho de muerte que iba a cuidar hasta el fin. Promételo, Juan. Promete que no vas a dejar que esta tierra se muera. Lo prometí. Y ahora estaba viendo la promesa escurrirse entre los dedos como agua de presa seca.
Lucas se asomó a la puerta de la cocina todavía en pijama, con los ojos hinchados de sueño. 12 años, pero ya con ese modo serio de chamaco que creció antes de tiempo. Desde que su mamá murió, se fue quedando más callado, más observador. A veces lo cachaba mirándome con una cara que yo no sabía decifrar. Si era preocupación, miedo o no más esa tristeza queda que uno carga.
cuando pierde a alguien siendo tan chico. Buenos días, papá. Buenos días, hijo. ¿Dormiste bien? Él se encogió de hombros, se sentó en la silla y se quedó mirando a la nada. Le serví café a los dos y me senté frente a él. La mesa de madera, llena de marcas de cuchillo y manchas de café derramado, contaba la historia de décadas de comidas en familia.
Ahí se sentaron mis padres, mis hermanos, Lupita, los niños cuando estaban chiquitos. Ahora solo éramos Lucas y yo. María Clara, mi hija la mayor, se había ido a Guadalajara a estudiar enfermería. Mandaba dinero cuando podía, pero yo sabía que la vida en la ciudad no era fácil para ella tampoco. Papá, dijo Lucas rompiendo el silencio.
Hoy es lo de la subasta, ¿verdad? Yo asentí sin poder sostenerle la mirada. Sí, de veras va a ir. Voy a ir. Se quedó quieto un momento, moviendo la taza sin beber. Y si no sale nada, su pregunta me dio directo en el pecho como un puñetazo, no por lo que preguntó, sino por lo que había detrás, el miedo,la incertidumbre, lo mismo que yo sentía cada noche cuando me acostaba en esa cama vacía y me quedaba viendo el techo a oscuras.
Va a salir bien, dije, y la mentira me raspó la garganta. Lucas me miró con esa seriedad suya y supe que no me había creído ni un poquito, pero no dijo nada, solo se terminó el café en silencio y se fue a cambiar. Me quedé ahí solo con el ruido del viento golpeando la ventana y el peso del mundo en los hombros. El remate era en Tepatitlán, a dos horas entre brecha y carretera bacheada.
Agarré la troca vieja, una Ford F150 del 98 que ya debería haber pasado a mejor vida hace años, pero que se empeñaba en funcionar como yo me empeñaba en vivir. Y salí antes de que el sol empezara a quemar. El camino se me fue yendo lento y yo me puse a pensar en la vida. Nací en esta tierra. Crecí corriendo por los potreros, bañándome en la presa, aprendiendo a lazar becerros con mi padre.
Me casé con Lupita debajo del árbol de mango, que todavía está allá en el patio, ya viejo y chueco, pero dando fruta cada año como si quisiera demostrar que la vida sigue, aunque todo parezca acabarse. Tuvimos dos hijos, criamos ganado, sembramos la milpa, pasamos por sequías y por Bonanza. Hubo años en que no sabíamos dónde guardar tanto maíz.
Hubo años en que no teníamos ni un grano que guardar. La vida en el campo es así. Uno controla nada, solo trabaja y espera que Dios eche la mano. Lupita se enfermó de repente, un cáncer que llegó calladito, sin avisar, y se la llevó en 8 meses. 8 meses de hospital, de quimioterapias, de ver a la mujer de mi vida marchitarse frente a mí sin que yo pudiera mover un dedo.
El día que murió, le prometí tres cosas: cuidar a los hijos, cuidar la tierra y nunca rendirme. Cumplí las dos primeras. La tercera se me estaba poniendo cada vez más difícil. Llegué a la subasta cerca de las 10 de la mañana. El lugar ya estaba a reventar. Trocas del año, tractores relucientes, hombres de sombrero fino y botas de piel exótica, platicando en bolitas, presumiendo relojes y hablando de cabezas de ganado, como quien habla de números en una tabla.
Yo me bajé de mi Ford oxidada y sentí las miradas. No necesitaba un espejo para saber cómo me veía. Camisa de cuadros deslavada, pantalón de mezclilla con las rodillas raídas, botas que ya habían visto días mejores. El sombrero de palma, regalo de Lupita, en un cumpleaños lejano, era lo único que portaba con orgullo.
El remate era grande, organizado por una asociación de ganaderos de la región. Había de todo, ganado de registro, caballos de raza, sementales con pedigré y precio de carro de agencia. Yo no venía por nada de eso. Venía buscando una vaca lechera, cualquier cosita barata que pudiera ayudar a subir la producción, generar aunque fuera, un mínimo de dinero para ganar tiempo mientras pensaba en otra salida.
Si es que había otra salida. Fui caminando por los corrales, viendo a los animales, oyendo los precios y sintiendo que el estómago se me hundía, hasta el ganado más corriente estaba fuera de mi alcance. Con el dinero que traía en la bolsa, 2,300 pesos, todo lo que alcancé a juntar vendiendo unas gallinas y un puerco la semana pasada, no compraba ni la cola de una de esas vacas de exposición.
El sol fue subiendo y el calor apretando. Ya estaba casi por darme por vencido pensando en regresarme a la casa con las manos vacías y toparme con la realidad de una vez cuando oí las risas. Venían de la esquina más apartada, cerca de un corralito separado de los demás. Me fui acercando despacio, sin saber qué esperar y entonces la vi.
La vaca más flaca que he visto en toda mi vida. No era flacura de animal que pasó hambre una temporada y se va a recuperar. Era flacura de abandono, de hambre vieja, de esa sed que se vuelve costumbre. Las costillas se le marcaban debajo del cuero estirado, como si quisieran romperse hacia afuera. La cadera era puro hueso, las patas le temblaban de pura debilidad, pero lo que más me caló fueron los ojos.
Ojos grandes, castaños, hondos como pozo seco, ojos que ya se habían cansado de esperar cualquier cosa buena, ojos que yo conocía bien, porque se parecían a los que yo veía en el espejo cada mañana. Alrededor del corral, un grupo de hombres se reía y señalaba. Algunos filmaban con el celular haciendo mofa. Miren nada más, el estado de esa desgraciada.
No sirve ni para hacer jabón. ¿Quién trajo este vagazo para acá? ¿Esto es subasta o fierro viejo? Ha puesto 100 pesos a que nadie se lleva a esa bicha ni regalada. Las carcajadas arreciaron. Un tipo de playera tipo polo y sombrero importado se arrimó al corral y puso cara de asco. Eso ya es de denuncia. Quien deja que un animal llegue a este punto merece cárcel.
Yo me quedé ahí parado viendo a la vaca oyendo las burlas. sin procesar bien las cosas. Había algo en esa escena que me movía el piso de una forma que no sabía explicar. A lo mejor era la soledad en su mirada.A lo mejor era el modo en que se quedaba ahí quieta, aguantando la humillación sin chistar, como si ya hubiera aceptado que el mundo no tenía nada bueno que ofrecerle.
Me acerqué al corral despacio. La vaca levantó la cabeza y me miró por un segundo. Un segundo que duró una eternidad. Nuestros ojos se cruzaron y lo entendí. Entendí que esa vaca era yo. Era todo lo que yo venía sintiendo estos últimos meses. El cansancio, la derrota, las ganas de simplemente echarme y esperar a que llegara el fin.
la sensación de ser mirado por encima del hombro, juzgado, desechado, de no valer ya nada para los demás. Pero también entendí otra cosa. Entendí que igual que yo, ella todavía estaba de pie, todavía estaba respirando, todavía estaba ahí, a pesar de tener todo en contra y a veces quedarse de pie ya es una victoria.
El subastador llamó al Lote. Su voz por el micrófono sonó casi como un chiste. Lote 47. Una hembra mestiza, aproximadamente 4 años de edad. Puja inicial. Hizo una pausa, miró al animal y soltó una risita. Puja inicial de 300 pesos. ¿Alguien ofrece 300 pesos? Silencio. Las risas seguían alrededor, pero nadie levantó la mano. El subastador repitió, “300 pesos.
¿Quién da 300 por esta?” Buscó la palabra. Esta hembra más silencio. 200 pesos. Pues, ¿alguien ofrece 200? Un hombre a mi lado le dio un codazo al otro y dijo que 200 pesos. Yo no pagaba ni 20. Eso es carne de sopilote. Se rieron más. Y fue ahí cuando hice la cosa más tonta o más acertada de mi vida. Levanté la mano.
El subastador se quedó a medias y me miró como si yo hubiera salido de debajo de la tierra. Usted, el Señor está ofreciendo. Sí. Dije con la voz más firme de lo que yo mismo esperaba. 200 pesos. El silencio que vino después fue distinto al de las risas. Era un silencio de pasmo de no poderlo creer. Todo el mundo se volteó a verme, al hombre de la camisa vieja, de las botas gastadas, de la troca oxidada, al loco que estaba comprando la vaca más inútil del remate.
“200 pesos para el señor de allá”, dijo el subastador señalándome. ¿Alguien da más? ¿Alguien ofrece 250? Nadie dijo nada. 210 205. Silencio absoluto. Vendido por 200 pesos al señor del sombrero de palma. Las risas volvieron ahora más fuertes. Alguien gritó, “Felicidades, compa. Se compró un difunto que todavía respira.” Otro completó.
Llévesela a su casa y entiérrela de una vez, que sale más barato que darle de comer. Yo no contesté. Fui hasta el corral, agarré el cabestro que un trabajador me extendió y miré a la vaca de cerca. Ella me sostuvo la mirada y les juro que vi algo cambiar en esos ojos. No era esperanza todavía. Era más como reconocimiento, como si ella supiera que por primera vez en mucho tiempo alguien la había elegido.
“Vente”, le dije bajito, jalando el cabestro con cuidado. “Vente conmigo”, dio un paso, luego otro. Las patas le temblaban, pero vino. Salimos del corral bajo las miradas y las burlas. Yo mantuve la cabeza agachada, no por vergüenza, sino porque no quería darles el gusto de ver ninguna reacción mía.
Fui caminando despacio, a su ritmo hasta llegar a la troca. Abrí la puerta de la batea y miré a la vaca. No iba a poder subir sola, eso era seguro. Estaba demasiado débil. Un muchacho de la subasta se acercó, un joven de unos 20 años, y me preguntó, “¿Necesita ayuda para subirla, jefe?” Sí, por favor”, le dije. Juntos con cuidado.
Logramos que subiera a la batea. Se echó casi de inmediato. Las patas le cedieron con la respiración pesada. El muchacho me miró con una cara rara. No era burla como los otros, era más como curiosidad. “Usted sabe que lo más seguro es que no aguante el viaje, ¿verdad?” Miré a la vaca echada, el modo en que respiraba, sus ojos que ahora estaban cerrados de puro cansancio.
Lo sé, dije, pero lo voy a intentar. Él sacudió la cabeza sin entender por qué. Me quedé pensando en su pregunta un momento. Pensé en Guadalupe, en la promesa, en la tierra, en Lucas esperándome en casa, en las deudas, en la desesperación. Pensé en todo lo que me había llevado hasta ahí, hasta ese momento absurdo en el que gastaba 200 pesos que no me sobraban para comprar una vaca que probablemente se me iba a morir antes de llegar al rancho.
Porque a veces, dije, más para mí que para él. Uno necesita creer en algo, aunque todo el mundo diga que no vale la pena. El muchacho no respondió, solo dio un paso atrás y me dejó ir. Me subí a la troca, arranqué el motor cansado y empecé el camino de vuelta. Por el retrovisor veía a la vaca echada en la batea, con los ojos ahora abiertos, mirando al cielo.
Y mientras la brecha pasaba debajo de las ruedas, me sorprendí haciendo algo que no hacía en mucho tiempo. Rezando, continúa en el capítulo 2. La carretera de regreso se me hizo tres veces más larga. No era solo la preocupación por la vaca en la batea, aunque me paraba cada 20 minutos para checar si todavía respiraba. Era elpeso de la decisión que había tomado.
Con cada kilómetro que pasaba, con cada bache que la troca cruzaba, haciendo ese ruido de fierro viejo cansado, me preguntaba si no acababa de cometer el error más grande de mi vida. Pesos. No era mucho para el que tiene, pero para mí en ese momento era casi lo de un recibo de la luz. Era la medicina de la presión que me urgía comprar.
Era el dinero del gas que ya se me estaba acabando y me lo había gastado en una vaca que todo el mundo decía que se iba a morir. El sol de la tarde castigaba el campo sin piedad. Incluso con las ventanillas abajo, el calor dentro de la cabina era sofocante. El polvo se metía por todos lados, pegándose a la piel sudada y dejando un sabor a tierra en la boca.
Me detuve una vez más en el acotamiento bajo la sombra rala de unisache que se empeñaba en sobrevivir a la orilla de la carretera. Bajé y fui hacia la batea. La vaca se había movido. Ya no estaba echada de lado. Había logrado acomodarse con las patas dobladas bajo el cuerpo y la cabeza levantada. Cuando me vio, sus ojos grandes y castaños me siguieron con una atención que me tomó por sorpresa.
“Aguanta, chula”, le dije sin saber bien por qué estaba platicando con ella. Ya falta poco. Agarré la botella de agua que traía y me mojé la mano. Con cuidado le pasé la mano húmeda por el hocico. Ella cerró los ojos por un momento y juraría que vi un temblor de alivio pasar por su cuerpo flaco. “Cuando lleguemos al rancho, vas a beber agua de verdad”, le prometí.
“Vas a comer pasto fresco. Te vas a poner bien.” Abrió los ojos de nuevo y me miró. Y en ese momento, solo en la orilla de una carretera polvorienta, en medio de la nada, hice otra promesa, una promesa silenciosa, solo entre yo y ese animal que nadie quería. iba a hacer que viviera, aunque fuera lo último que hiciera.
Llegué a la casa cuando el sol ya estaba cayendo, pintando el cielo de naranja y rojo. Lucas estaba sentado en el porche con los pies columpiándose en el aire y los ojos fijos en el camino, como si hubiera pasado toda la tarde esperando. En cuanto vio la troca acercarse, se levantó de un brinco y vino corriendo. Papá, se tardó mucho. Estaba preocupado.
Estacioné la camioneta cerca del corral y bajé despacio, con las piernas entumecidas por el viaje tan largo. Lucas ya estaba al lado de la batea con los ojos de plato. Apá, ¿qué es eso? Me acerqué a él y miré a la vaca junto con mi hijo. Seguía en la misma posición, pero su respiración se sentía más pesada.
Ahora el esfuerzo del viaje le estaba pasando la factura. Es una vaca, dije, sabiendo que la respuesta no era suficiente. Ya sé que es una vaca, pá. Pero buscó las palabras adecuadas. Está muy flaca, parece enferma. Está débil, pasó hambre y sed, pero se va a recuperar. Lucas me miró con esa expresión seria que a veces me asustaba de lo adulta que era.
La compró en la subasta. La compré. ¿Cuánto le costó? Dudé antes de responder. 200 pesos. No dijo nada por un momento. Se quedó mirando a la vaca, procesando la información. Después volvió a mirarme. Los otros animales de la subasta eran caros, muy caros. Y ella era la más barata. Lo era. Otro silencio. Podía ver los engranes girando en su cabeza, intentando entender por qué su padre, que siempre decía que teníamos que ahorrar cada centavo, se había gastado el dinero en una vaca que parecía más muerta que viva. ¿Por qué la compró,
apá? La pregunta era simple, pero la respuesta no. Miré a la vaca, luego al cielo que se oscurecía y después a mi hijo de 12 años que se merecía una explicación que tuviera sentido, porque nadie más la iba a comprar, dije finalmente. Y si nadie la compraba, se iba a morir. Se iba a morir sola, sin que a nadie le importara.
Y yo se me cortó la voz por un segundo. Yo no pude dejar que eso pasara. Lucas se quedó callado un buen rato. Luego, para mi sorpresa, rodeó la camioneta y empezó a bajar la puerta de la batea. “Entonces vamos a bajarla de ahí”, dijo con una determinación nueva en la voz. “Necesita agua y comida. Sentí un nudo en la garganta, no de tristeza, sino de algo que no sentía hace mucho tiempo.
Orgullo tal vez o esperanza. Vamos, dije. Bajar a la vaca de la troca fue más difícil que subirla. Estaba más débil. El cuerpo le temblaba con cualquier esfuerzo. Lucas y yo trabajamos juntos despacio, con todo el cuidado del mundo. Usamos una rampa improvisada con unos tablones viejos y al final logramos que bajara.
se quedó parada en el suelo por un momento con las patas temblorinas, como si no creyera que ya había llegado a alguna parte. Después dio un paso titubeante probando el terreno. “Llévala al corralito”, le dije a Lucas, “aler la casa. La quiero cerca para poder vigilarla.” Lucas agarró el cabestro y fue guiando a la vaca despacio.
Yo iba detrás observando cada paso, cada temblor, cada respiración. El corralito era el que usábamos para los animales enfermos olas vacas con becerro nuevo. Tenía la sombra de un mango grande, bebedero y comedero. Era el lugar más protegido del rancho. Cuando llegamos allá, la vaca se fue directo al bebedero, pero en lugar de meter el hocico en el agua, como haría cualquier animal con sed, se detuvo.
Se quedó mirando el agua como si no creyera que fuera real. ¿Puedes beber?”, dije bajito, acercándome. “Esta agua es tuya.” Ella me miró, luego miró el agua otra vez y entonces despacio, bajó la cabeza y empezó a beber. Lucas y yo nos quedamos ahí parados viendo. Bebió por mucho tiempo, tanto que empecé a preocuparme.
Tanta agua de golpe podía hacerle daño a un animal tan debilitado. Ya basta, dije, apartándola suavemente del bebedero. Al rato bebes más despacio. Protestó con un bramido débil, pero dejó que la alejara. Fui al comedero y le puse un poco de pasto picado, mezclado con un puño de alimento que guardaba para las emergencias. Comió despacio, masticando con cuidado, pero comió.
Y cuando terminó, hizo algo que me dejó completamente frío. Se acercó a mí y recargó su cabeza en mi pecho. Se quedó ahí quieta, con los ojos cerrados, sintiendo su respiración caliente a través de la tela de mi camisa. No me moví, no sabía qué hacer. Solo me quedé ahí sintiendo el peso de esa cabeza huesuda contra mí, sintiendo el temblor suave de su cuerpo, sintiendo algo que no sabía cómo nombrar.
Lucas miraba de lejos en silencio. Cuando la vaca finalmente se apartó y se fue a echar bajo la sombra del mango, sentí que mis ojos estaban húmedos. “Apá”, dijo Lucas bajito, “creo que le está dando las gracias. Me limpié los ojos con el dorso de la mano y traté de mantener la voz firme. Creo que sí, hijo. Creo que sí.
Esa noche no pude dormir. Me quedé acostado en la cama mirando el techo oscuro, escuchando los ruidos del rancho por la noche, el canto de los grillos, el croar de las ranas allá en la presa, el viento golpeando las hojas del mango, sonidos que conocía desde niño, tan familiares como mi propia respiración. Pero mi cabeza no paraba.
30 días era lo que tenía para pagar la deuda del banco. 30 días para conseguir 100,000 pesos que no tenía, que no sabía de dónde sacar, que parecían tan lejanos como la luna en el cielo. Había vendido casi todo lo que podía vender. Las vacas de leche se habían ido una por una, siempre a precio de remate porque me urgía el dinero, los becerros, los cerdos, las gallinas.
El tractor viejo lo había vendido el año pasado para pagar el tratamiento de Lupita. Dinero echado a la basura, a fin de cuentas, porque se murió de todos modos. ¿Qué quedaba? 23 cabezas de ganado flaco que no valían ni la mitad de la deuda. La tierra que el banco quería quitarme, la casa que se iba con la tierra y ahora una vaca esquelética que había comprado por 200 pesos en un arranque de locura.
Me levanté de la cama y fui a la ventana. Se alcanzaba a ver el corralito desde ahí, iluminado por la luna llena. La vaca estaba echada en la misma posición en que la dejé, con las patas dobladas y la cabeza apoyada en el suelo, pero estaba viva. Eso ya era algo. De madrugada me despertó un ruido extraño, un bramido débil, diferente a los normales del ganado.
Tenía algo de urgencia, como un pedido de auxilio. Me levanté de un brinco, me puse las botas y salí corriendo al corral. La vaca estaba de pie o intentando estarlo. Las patas delanteras le temblaban violentamente y parecía a punto de caerse en cualquier momento. Cuando me vio, soltó otro bramido, más débil que el primero.
“Tranquila”, dije entrando al corral despacio. “Tranquila, aquí estoy.” Me acerqué a ella y vi el problema. Había intentado caminar durante la noche y una de las patas traseras se le había atorado en una raíz que sobresalía del suelo. El esfuerzo por soltarse la había dejado agotada. Con cuidado le solté la pata. Casi se cae cuando se vio libre, pero la sostuve apoyando su cuerpo flaco contra el mío.
Despacio, le dije, despacio. Me quedé ahí sosteniéndola. hasta sentir que las patas le habían dejado de temblar tanto. Después la guié de vuelta al lugar donde estaba echada antes, lejos de la raíz traicionera. Se echó con un suspiro que parecía de alivio y entonces me miró con esos ojos grandes y cansados.
“Me despertaste, ¿verdad?”, le dije sentándome en el suelo del corral a su lado. “¿Sabías que iba a venir?” No respondió claro. Solo era una vaca. Pero algo en la forma en que me miraba me hacía sentir que había algo más que puro instinto ahí. Había reconocimiento, confianza, tal vez. Me quedé ahí sentado hasta que el sol empezó a salir, pintando el cielo de rosa y dorado.
La vaca se durmió con la respiración cada vez más calmada y regular. Y yo me quedé vigilando como si eso fuera lo más importante del mundo, porque a lo mejor lo era. Los días siguientes fueron de entrega total. Me despertaba antes que el sol para cuidarla. Le daba agua encantidades pequeñas varias veces al día.
le preparaba comida especial, alfalfa nueva mezclada con melaza, un poco de harina de maíz, sal mineral, todo lo que sabía que podía ayudar a un animal debilitado a recuperarse. Lucas ayudaba siempre que podía, antes y después de la escuela. Le había agarrado un cariño a la vaca que me sorprendía.
En veces lo encontraba sentado en el corral platicando con ella, contándole cosas de su día. ¿Sabe doña Vaca? Le decía, “Hoy la maestra nos dejó una tarea muy difícil, pero voy a poder con ella, así como usted está pudiendo ponerse fuerte otra vez.” La vaca escuchaba o parecía escuchar con esa atención calmada que solo tienen los animales.
Al tercer día logró levantarse sola. Al quinto día dio los primeros pasos firmes por el corral. Al séptimo día empezó a comer pasto del potrero, arrancando los manojos con una determinación que me hizo sonreír por primera vez en semanas. Está mejorando, pa, dijo Lucas con los ojos brillando. Está mejorando de verdad.
Sí, asentí despacio, pero ahí va. Pero mientras la vaca mejoraba, mi situación empeoraba. El plazo del banco seguía corriendo. 23 días ahora. Luego 20, luego 15. Cada día que pasaba era un día menos para conseguir un milagro que no sabía de dónde vendría. Había ido al pueblo a hablar con el gerente del banco, un hombre de traje que me miró por encima de sus lentes con una mezcla de lástima e impaciencia.
Don Juan tiene que entender la situación. El banco ya le ha dado varias prórrogas. No podemos esperar más. Lo sé”, dije apretando el sombrero en la mano como un poriosero. “Pero si pudiera darme un poco más de tiempo.” “¿Más tiempo para qué?”, me interrumpió. Tiene con qué pagar. No tuve respuesta para eso. “30 días”, dijo cerrando la carpeta sobre el escritorio.
“Es el plazo final. Si no paga para entonces, tendremos que ejecutar la garantía.” Ejecutar la garantía. Palabras elegantes para decir que me iban a quitar mi tierra, la tierra de mi padre, de mi abuelo, la tierra donde me casé, donde crié a mis hijos, donde enterré a mi mujer debajo del guayacán amarillo que ella tanto quería.
Salí del banco con las piernas flojas y el corazón pesado y me fui a la casa a cuidar a la vaca porque era lo único que todavía podía hacer. Fue en el décimo día cuando me di cuenta. Le estaba dando de comer temprano, observando como su cuerpo ya no era solo hueso y cuero. Había empezado a aparecer un poco de carne ahí, un poco de vida.
El pelo, que estaba opaco y feo, empezaba a ganar un brillo discreto y entonces le vi la panza. Al principio pensé que estaba aventada, normal en animales que pasan hambre y luego comen de más. Pero no era una hinchazón pareja. Tenía una forma diferente, un bulto de un lado que no tenía sentido. Me acerqué y le puse la mano en el vientre.
Ella se quedó quieta, dejándome examinarla y entonces lo sentí. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero definitivamente un movimiento. Quité la mano como si me hubiera dado un toque eléctrico. Miré a la vaca que me clavaba esos ojos tranquilos y sentí que el mundo me daba vueltas. “Tú, empecé con la voz fallándome.
¿Estás cargada?”, bramó bajito como confirmándolo. Me senté en el suelo del corral con las piernas fallándome y la mente tratando de procesar lo que eso significaba. La vaca más flaca de la subasta, la vaca de la que todos se rieron. La vaca que nadie quería estaba cargada y nadie se había dado cuenta. Ni los dueños anteriores que la dejaron pasar hambre, ni los organizadores de la subasta que la pusieron a la venta, ni los hombres de botas caras y trocas nuevas que se rieron y grabaron y dijeron que no servía para nada. Nadie había mirado más
allá de las costillas de fuera. Nadie había visto lo que llevaba dentro. Me quedé ahí sentado por mucho tiempo, mirando a la vaca, sintiendo una mezcla de emociones que no podía separar. Miedo, esperanza, incredulidad, alegría, todo junto, todo revuelto, todo pesando en el pecho. Esto lo cambia todo. Dije en voz alta para mí mismo.
Esto lo cambia todo. Pero todavía no sabía qué tanto. No tenía idea de que ese descubrimiento era solo el comienzo y que lo que vendría después iba a poner a prueba todo lo que yo tenía. Capítulo 3. El secreto que cargaba. El descubrimiento lo cambió todo, o mejor dicho, cambió la forma en que yo veía todo.
Esa misma tarde, después de pasarme la mañana entera sentado en el corral tratando de digerir lo que había descubierto, me fui al pueblo a buscar al doctor Antenor, un veterinario viejo, graduado hace más de 40 años que conocía cada rancho y cada animal. en un radio de 50 km. Había atendido el ganado de mi padre, había atendido el mío y era el único profesional en el que confiaba de verdad.
Su consultorio estaba en una casa antigua en el centro de San Juan, con una placa descolorida al frente que decía Dr. Antenor Méndez, médicoveterinario. Lo encontré sentado en el porche tomando café y leyendo el periódico, como hacía cada tarde desde que tengo memoria. Juan Bautista, dijo levantando la vista del periódico. Hace mucho que no te apareces por aquí.
Siéntate, échate un café. Me senté, pero no pude ni probar el café. Las palabras me salieron atropelladas una tras otra, contándole lo de la subasta, lo de la vaca, las burlas y el descubrimiento de esa mañana. El doctor Antenor escuchó todo en silencio, con los ojos atentos detrás de sus lentes gruesos.
Cuando terminé, se quedó callado un momento rascándose la barbilla. ¿Estás seguro de que sentiste movimiento? Totalmente, doctor. Le puse la mano en la panza y lo sentí clarito. No eran gases, don Antenor, era algo más. Él sacudió la cabeza despacio, pensativo, interesante, muy interesante. Se levantó de su silla y agarró ese maletín de cuero desgastado que siempre cargaba para sus visitas en el campo.
Vamos a ver a esa vaca milagrosa tuya. El doctor Antenor examinó a la vaca por casi una hora. le palpó el vientre de todas las formas posibles, usó el estetoscopio, la hizo caminar de un lado a otro del corral. La vaca aguantó todo con una paciencia que me dejó frío. Normalmente un animal que ha pasado por tanto maltrato se vuelve uraño, desconfiado.
Pero ella dejó que el veterinario hiciera su trabajo como si entendiera que era por su propio bien. Lucas ya había regresado de la escuela y se quedó mirando todo trepado en la cerca con los ojos pelones de la pura curiosidad. Y luego, doctor, le pregunté cuando por fin terminó, “¿Qué dice usted?” El doctor Antenor se quitó los lentes, los limpió con el borde de la camisa y se los volvió a acomodar.
Era el gesto que siempre hacía cuando estaba buscando las palabras para dar una noticia fuerte. Juan dijo con calma, “Esta vaca no nada más está cargada. Mi corazón empezó a latir a 1000 por hora. ¿Cómo que no nada más? Él señaló el vientre abultado. Por el tamaño, por la posición y por lo que pude sentir, viene de gemelos.
El mundo se detuvo. Escuché las palabras, pero mi cabeza tardó en procesarlas. Gemelos, dos crías, en una vaca que compré por 1000 pesos, porque ya nadie daba un centavo por ella. Gemelos. Repetí con la voz apenas como un hilo. “Cuates”, confirmó. Y por cómo va el desarrollo, yo diría que tiene unos 7 meses de gestación.
En un par de meses más nacen los becerros. Me tuve que recargar en la cerca porque sentí que las piernas se me doblaban. Lucas saltó de la madera y se puso a mi lado, agarrándome el brazo con su mano pequeña. “Papá, ¿estás bien?” Sí, mi hijo, todo bien. Pero no era cierto. Estaba en shock. El doctor Antenor se acercó y me puso la mano en el hombro.
Juan, tengo que ser derecho contigo. La situación está difícil. Lo miré esperando el golpe. Esta vaca pasó por un estrés muy cabrón. hambre de mucho tiempo, deshidratación, abandono. Su cuerpo usó hasta la última reserva para mantenerla viva a ella y para mantener vivos a los potrillos. Es un milagro que no haya abortado antes. ¿Y ahora qué? Él soltó un suspiro pesado.
Ahora necesita cuidados intensivos, alimento de primera, suplementos, que no se le quite el ojo de encima. Su cuerpo apenas se está recuperando, pero está cargando con dos vidas además de la suya. Es mucho peso para un organismo tan amolado. ¿Va a poder? La pregunta salió antes de que pudiera frenarla. Era lo que más quería saber y al mismo tiempo a lo que más miedo le tenía.
El doctor Antenor me miró fijo a los ojos. Depende. Si sigue mejorando así, si logras darle lo que necesita y si no hay complicaciones en el parto, tiene oportunidad, buena oportunidad. Y los becerros, los gemelos siempre son de riesgo. Pueden nacer chiquitos, debiluchos, pero si la madre tiene fuerza para parir y para darles de mamar, ellos también tienen chance.
Miré a la vaca, estaba ahí quietecita, mirándonos con esa calma que yo ya empezaba a conocer, como si supiera que estábamos hablando de su futuro, del futuro de sus hijos. Voy a hacer lo que sea necesario, dije. Lo que sea. El doctor Antenor asintió. Sé que lo harás, Juan. Siempre has sido un hombre de palabra. Hizo una pausa.
Pero hay otra cosa que tienes que saber. ¿Qué pasa? Los gemelos en el ganado de carne son raros, pero en el ganado lechero son todavía más difíciles de ver. Y esta vaca, la señaló con el dedo, no es una vaca de engorda cualquiera. Mírale la estructura, la forma de la cabeza, la conformación de la ubre, aunque esté atrofiada.
tiene sangre de ganado lechero de mucha clase, girolando si tuviera que adivinar, tal vez con algo de genética importada de esa fina. No entendía a dónde quería llegar con todo eso. ¿Y eso qué significa? Significa que si esos becerros nacen sanos, especialmente si son hembras, pueden valer una lanísima. El ganado con buena genética para leche tiene mucha demanda ahorita y los gemelos son una rareza.por la que los criadores pagan muy bien.
Sentí un mareo de repente. ¿Cuánto? El doctor Antenor se rascó la barbilla otra vez. Depende. Si son hembras sanas con la genética que yo creo que traen, cada una podría valer entre 60 y 80.000 pesos, tal vez más, dependiendo del comprador. De 60 a 80.000 cada una. Si fueran dos hembras eran casi 150.000 pesos.
Casi exactamente lo que le debía al banco. Miré al cielo, luego a la vaca y finalmente a mi hijo que me observaba sin entender nada. Gracias doctor, dije con la voz cortada. De verdad, muchas gracias. Él me apretó la mano con fuerza. No me agradezcas todavía, Juan. Primero hay que lograr que esos becerros nazcan y para eso vas a tener mucha chamba por delante.
Esa noche le conté todo a Lucas. Nos sentamos en el porche después de cenar, mirando las estrellas que brillaban en un cielo sin luna. El aire estaba frío, ese frío seco de finales de año que cala hasta los huesos y te hace querer enterrarte bajo las cobijas. Le hablé de la deuda del banco, del plazo de 30 días que ya solo eran 18, del miedo de perder el rancho, la casa y todo lo que teníamos.
Lucas escuchó en silencio, con los ojos cada vez más serios. ¿Por qué no me habías dicho antes, papá? La pregunta me dolió más de lo que esperaba. Porque eres un niño, hijo. No quería ponerte ese peso encima. Tengo 12 años. dijo con una firmeza que me recordó muchísimo a Aparecida. Ya no soy un niño y esta es nuestra casa.
Tengo derecho a saber. Tenía razón. En ese momento supe que me había equivocado al ocultárselo. Tienes razón, le dije. Perdóname. Nos quedamos en silencio un rato. Luego Lucas preguntó, “¿Y ahora los becerros nos van a salvar?” Lo pensé mucho antes de contestar. Tal vez si nacen sanos, si son hembras, si logramos venderlos a buen precio, a lo mejor sale para pagar la deuda o al menos la mayor parte.
Y si no sale, si no sale, tragué saliva para deshacer el nudo en la garganta. Vamos a tener que irnos de aquí a la ciudad, tal vez a empezar de cero. Lucas se quedó callado mucho tiempo mirando hacia el monte. Cuando volvió a hablar, le temblaba la voz. Yo no me quiero ir de aquí, papá. Esta es nuestra casa.
Aquí está mi mamá. Yo sabía perfectamente a qué se refería. La tumba de Aparecida estaba allí mismo, debajo de la primavera que ella misma había plantado cuando nos casamos. Cada semana íbamos, le llevábamos flores y platicábamos con ella como si todavía pudiera escucharnos. Yo tampoco me quiero ir, mijo”, le dije jalándolo hacia mí.
“Y voy a hacer hasta lo imposible para que nos quedemos”. Él recargó la cabeza en mi hombro y así nos quedamos, padre e hijo, mirando las estrellas y rezándole en silencio al destino para que fuera bondadoso con nosotros. Los días siguientes fueron de pura Siguiendo las instrucciones del doctor Antenor, cambié por completo la alimentación de la vaca.
Conseguí un préstamo pequeño con don Geraldo, un vecino de rancho que siempre fue muy amigo de la familia, para comprar alimento especial, pasta de soya y sal mineral de la buena. Me levantaba de madrugada para preparar la mezcla. Le daba de comer tres veces al día en porciones controladas y me aseguraba de que siempre tuviera agua limpia y fresca. Lucas ayudaba en todo.
Antes de irse a la escuela, pasaba al corral a darle los buenos días a la vaca. En cuanto regresaba se iba directo para allá y se quedaba platicando con ella mientras yo terminaba las otras labores del campo. La vaca a la que Lucas empezó a llamar esperanza, un nombre que me pareció demasiado bonito como para llevarle la contraria.
Respondía bien a los cuidados. Con cada día que pasaba se notaba la diferencia. El pelo se le puso más brilloso. La carne empezó a cubrirle las costillas. Los ojos cobraron una luz que no tenían antes y la panza seguía creciendo. Primero despacio, casi ni se notaba, después más rápido, más evidente.
Los becerros se desarrollaban ahí adentro, protegidos por el cuerpo de esa madre que luchaba por alimentar tres vidas al mismo tiempo. Empecé a dormir en la bodega, cerca del corral, en un colchón viejo tirado en el suelo. Quería estar cerca por si pasaba cualquier cosa en la noche. A la esperanza parecía gustarle la compañía.
Cada vez que yo llegaba, se acercaba a la cerca y me ponía el hocico en la mano como si me saludara. Todo va a salir bien”, le decía cada noche antes de apagar el quinque. “Tú vas a poder, nosotros vamos a poder.” Y de verdad quería creer en mis propias palabras, pero el reloj del banco no se detenía. 18 días, 15, 12, 10. Y los becerros todavía no nacían.
Fue a los ocho días de que se cumpliera el plazo cuando se presentó el primer problema gordo. Me desperté de madrugada con un ruido que me heló la sangre. Un mugido diferente a todos los que había escuchado en mi vida, un mugido de puro dolor. Salí corriendo al corral con el corazón en la mano y la linterna bailando en mi mano temblorosa.
La esperanza estaba echada de lado, respirando con dificultad. moviendo las patas como si intentara levantarse sin éxito. La panza se le veía todavía más grande que el día anterior, hinchada de una forma que no era normal. “Tranquila, chula”, le dije arrodillándome a su lado. “Tranquila, aquí estoy.” Ella me miró con los ojos llenos de algo que solo podía describir como miedo y entonces soltó otro mugido de dolor con el cuerpo retorciéndose.
Yo no sabía qué hacer. No soy veterinario, no tengo experiencia con partos complicados, pero sabía que algo andaba muy mal. Corrí a la casa, desperté a Lucas y le encargué que se quedara con la esperanza mientras yo iba por ayuda. Agarré la camioneta y manejé como un loco hacia el pueblo, rezando para encontrar al doctor antenor despierto, rezando para llegar a tiempo, rezando para no perderlo todo.
Justo cuando estaba tan cerca de lograrlo, toqué a su puerta a las 4 de la mañana. me abrió en pijama con los ojos hinchados de sueño, pero en cuanto me vio la cara no preguntó nada, solo agarró su maletín y se subió a la camioneta. “Cuéntame qué está pasando”, dijo mientras yo le pisaba al acelerador por la carretera oscura.
Le conté todo, los mugidos, la panza hinchada, el miedo en su mirada. El doctor Antenor se quedó callado un momento y luego dijo, “Puede ser una torsión de útero o que los becerros estén queriendo nacer antes de tiempo o una mala posición. No vamos a saber hasta que la vea. ¿Se me va a morir?” La pregunta me desgarró la garganta. No lo sé, Juan.
Vamos a hacer lo que se pueda. Lo que se pueda. Siempre era lo mismo. Cuando llegamos al rancho, encontré a Lucas sentado junto a la esperanza, acariciándole la cabeza con su manita y susurrándole palabras de consuelo. Está peor, papá, dijo cuando me vio. Se queja mucho. El doctor Antenor no perdió el tiempo. la examinó con rapidez y eficiencia, con los años de experiencia guiando cada uno de sus movimientos.
“No es torsión”, dijo finalmente, y sentí un alivio momentáneo. “Los becerros ya quieren salir, pero ella todavía no está lista. Su cuerpo no está listo. ¿Qué hacemos? Hay que aguantar el parto. Si los becerros nacen ahorita estando ella tan débil, va a ser fatal para ella. Y para ellos me dio instrucciones detalladas, medicamento para relajarle los músculos, una posición específica para que descansara, señales de alerta que debía vigilar.
Se pasó toda la madrugada ahí con nosotros monitoreando, ajustando, esperando. Salió el sol y la esperanza seguía viva, seguía luchando, pero el parto solo se había no cancelado. Los becerros iban a nacer, era solo cuestión de tiempo. Y con cada hora que pasaba, con cada día que el plazo del banco se acortaba, sentía el peso del destino apretándome por todos lados.
Necesita más tiempo”, dijo el doctor Antenor antes de irse. “Una semana más, por lo menos. Si logra aguantar una semana, las posibilidades mejoran mucho. Una semana. Yo tenía 8 días para lo del banco y necesitaba un milagro para conseguir las dos cosas. Los días que siguieron fueron los más largos de mi vida. No me despegué de la esperanza. Dormía en la bodega.
Me despertaba con cualquier ruido, cuidaba cada uno de sus suspiros. Lucas se repartía entre la escuela y el corral, llegando a casa a toda prisa para ver si había novedad. María Clara llamó desde Guadalajara cuando supo cómo estaban las cosas. Quería venirse, quería ayudar, quería estar aquí.
No hace falta, hija! Le dije por teléfono tratando de sonar más tranquilo de lo que estaba. Quédate allá, atiende tus estudios. Aquí nosotros podemos. Pero la verdad es que no estaba seguro de si podíamos. La esperanza tenía días buenos y días malos. Había mañanas en las que se levantaba animada, comía bien y caminaba por el corral con paso casi firme.
Otras mañanas apenas podía levantar la cabeza con la respiración pesada y los ojos hundidos de puro cansancio, y la panza seguía creciendo. Ya podía ver a los becerros moviéndose ahí adentro. Movimientos chiquitos que hacían ondas en su piel estirada, pruebas de vida que me llenaban de esperanza y de miedo al mismo tiempo.
“Aguanta un poquito más”, le decía yo cada noche. “Solo un poquito más.” Y ella me miraba con esos ojos grandes y cansados, como si me entendiera, como si me prometiera que lo iba a intentar. 4 días antes de que se cumpliera el plazo, llamó el gerente del banco. Don Juan. Le llamo para confirmar. Va a tener el dinero para el pago este viernes.
Agarré el teléfono con fuerza, sintiendo como el sudor me corría por la frente. No, no lo sé todavía. ¿Cómo que no sabe? El plazo vence en 4 días. Lo sé. Solo necesito un poco más de tiempo. Un poquito más. Don Juan. La voz del tipo se puso dura. El banco ya le dio muchas prórrogas. Si no paga, vamos a proceder con el embargo el lunes mismo.
Lunes era el día siguiente al plazo final. Colgué el teléfono y mequedé mirando a la nada por un buen rato. 4 días. tenía 4 días para conseguir cerca de 150,000es y mi única esperanza estaba en una vaca cargada que podía parir en cualquier momento o no aguantar y quedarse en el intento. Fui al corral y encontré a la esperanza echada bajo la sombra de un árbol de mango.
levantó la cabeza cuando me vio y les juro que vi preocupación en sus ojos como si ella también lo supiera, como siera el peso que yo cargaba encima. Me senté a su lado, recargué mi cabeza en su cuerpo caliente y cerré los ojos. “Ya no sé qué más hacer”, dije y se me quebró la voz. “Ya lo intenté todo. Trabajé toda mi vida, hice las cosas bien y de todos modos todo se está cayendo a pedazos.
La esperanza volteó la cabeza y me rozó la cara con el hocico, un toque suave, casi como un beso. Luego hizo un sonido bajito, un mugido diferente, muy dulce. Y en ese momento, solo en el corral con una vaca que yo había salvado de la muerte, hice lo único que me quedaba por hacer. Lloré.
Lloré como no lo había hecho desde el día en que enterramos a Aparecida. Lloré por el miedo, por el cansancio, por la soledad, por la injusticia de partirse el lomo tanto para que al final no fuera suficiente. Lloré por mis hijos que merecían una vida mejor, por la tierra que iba a perder, por las promesas que no iba a poder cumplir.
La esperanza se quedó ahí quietecita, dejando que yo empapara su pelo con mis lágrimas. Y cuando finalmente logré contenerme, ella me miró con esos ojos que parecían decir, “Lo sé. Yo también me rendí una vez, pero aquí seguimos. Seguimos de pie. Me limpié la cara con la manga de la camisa y respiré profundo. Tienes razón”, le dije. “Seguimos de pie.
” Y mientras estuviéramos de pie, yo iba a seguir luchando tres días antes del plazo. No había dormido bien desde hacía casi una semana. Las ojeras profundas debajo de mis ojos contaban la historia mejor que cualquier palabra. El cuerpo me dolía de puro cansancio, pero la mente no me dejaba descansar.
Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro del gerente del banco, veía la orden de embargo, veía a mi familia siendo expulsada de la tierra que nos pertenecía desde hacía tres generaciones. Aquella mañana desperté con el canto del gallo y me fui directo al corral, como ya se había vuelto costumbre. El sol aún no salía y el frío de junio calaba los huesos con una crueldad que parecía hecha a propósito.
Esperanza estaba distinta. Me di cuenta en cuanto me acerqué. Estaba de pie, pero inquieta, caminando en círculos pequeños, deteniéndose, volviendo a andar. Su respiración era más rápida de lo normal y emitía un sonido bajo, continuo, casi como un quejido. El corazón se me aceleró. Ey, chula”, le dije entrando al corral despacio.
“¿Qué pasa? ¿Sientes algo?”, se detuvo y me miró. Y en sus ojos vi lo que ya había visto una vez hacía muchos años cuando Lupita entró en labor de parto de Lucas, miedo, dolor y una determinación feroz de seguir adelante como fuera. “Dios mío”, susurré, “ya.” Corrí a la casa. Desperté a Lucas y lo mandé a llamar al Dr.
Antenor mientras yo regresaba al corral. Los dedos me temblaban tanto que apenas podía encender el quinqué para ver mejor. Esperanza se había echado. Su cuerpo se contraía en oleadas, la panza se ponía dura y luego se relajaba en un ritmo que yo conocía bien. Eran contracciones. El parto había comenzado. Lucas llegó corriendo con el teléfono en la mano.
Papá. El doctor Antenor no contesta. Se fue directo al buzón de voz. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Intenta de nuevo, intenta las veces que sea necesario. Él volvió a marcar mientras yo me quedaba ahí, arrodillado junto a esperanza, sin saber qué hacer. Ya había visto vacas parir antes, claro, pero siempre eran partos normales, simples, que la naturaleza resolvía solita. Esto era diferente.
Esperanza era una vaca debilitada, cargando cuates, intentando hacer algo que podía matarla. Calma, decía yo, más para mí que para ella. Calma, todo va a salir bien. Pero las contracciones seguían cada vez más fuertes, cada vez más seguidas y esperanza bramaba de una forma que me desgarraba por dentro. El doctor Antenor llegó casi una hora después, una hora que se sintió como una eternidad, una hora en la que me quedé ahí apretando la mano de Lucas con una mano y acariciando a esperanza con la otra, rezando todas las oraciones que me
sabía e inventando algunas nuevas. Cuando vi su camioneta entrando al rancho, casi lloro de alivio. Se bajó corriendo con su maletín de cuero en la mano y el rostro serio. Perdona la demora, Juan. Estaba atendiendo una emergencia del otro lado del municipio. Iba entrando al corral cuando se detuvo a ver a Esperanza.
¿Cómo está? Mal, le dije. Las contracciones empezaron hace más de una hora, pero no ha pasado nada todavía. se arrodilló a su lado y empezó a examinarla. Sus manos expertas trabajaban rápido, palpando,verificando, evaluando. “Hay un becerro encajado”, dijo después de un momento. “Pero viene en mala posición. Si no lo corregimos, no va a poder expulsarlo.
¿Qué hay que hacer?” Me miró a los ojos. “Voy a tener que acomodar al becerro por dentro. es arriesgado. Puede lastimarla a ella o a la cría, pero si no lo hago, perdemos a los tres. A los tres, a Esperanza y a sus dos hijos. Hágalo dije sin dudar. Haga lo que tenga que hacer. Lucas se agarró de mi brazo con los ojos llenos de lágrimas.
Papá, ¿se va a morir? No. Le dije con una convicción que no sé de dónde saqué. No se va a morir. No lo vamos a permitir. Lo que pasó en las horas siguientes no lo puedo describir bien. Fue sangre, fue sudor, fueron bramidos de dolor que voy a escuchar en mis pesadillas por el resto de mi vida.
Fue el doctor Antenor con el brazo entero dentro de esperanza, con la cara torcida por el esfuerzo, tratando de girar a un becerro que no quería moverse. A Lucas lo mandé a la casa después de los primeros minutos. Él no tenía por qué ver eso, no tenía por qué cargar con esas imágenes. Pero yo me quedé, sostuve la cabeza de esperanza en mi regazo, la acaricié, le hablé sin parar. Aguanta, chula, tú puedes.
Eres fuerte, más fuerte de lo que cualquiera de ellos se imaginó. Atravesaste hambre, sedo. Llegaste hasta aquí. No te rindas ahora. No te me rindas. Y ella me miraba con esos ojos enormes, llenos de dolor y miedo, pero también de algo que yo solo podía llamar confianza. Confiaba en mí. Confiaba en que yo iba a cuidar de ella y yo no podía fallarle.
El primer becerro nació cuando el sol ya estaba alto en el cielo. Una hembra pequeña, mojada, temblando de frío y de susto, pero viva, viva y respirando. El doctor Antenor la limpió rápido, le despejó la nariz y la boca y la puso cerca de esperanza para que la madre sintiera su olor.
Esperanza levantó la cabeza con la poca fuerza que le quedaba y lamió a su hija. un gesto instintivo ancestral, lleno de un amor que no necesitaba palabras, pero no había terminado. Viene otro, dijo el doctor con el rostro cansado, pero decidido. Y este también viene difícil. Recomenzó todo, las contracciones, los quejidos, la lucha. Esperanza estaba exhausta, con los ojos casi cerrándose, con el cuerpo queriendo tirar la toalla.
No le dije sosteniendo su cabeza. No te puedes dormir ahora. No puedes rendirte. Tu otro hijo te necesita. Despierta, Esperanza. Despierta. Abrió los ojos y me miró. Y vi ahí, en esa mirada, lo mismo que había visto en mi propio reflejo tantas veces. el cansancio de quien ya no puede más, las ganas de simplemente dejar de luchar. Pero también vi otra cosa.
Vi la decisión de seguir a pesar de todo. Sacó fuerzas de algún lugar que no sé explicar. Su cuerpo se contrajo una vez, dos veces, tres veces y a la cuarta, con un bramido que fue casi un grito, expulsó al segundo becerro. Otra cría, otra hembra, dos becerritas. El doctor Antenor cuidó de la segunda con la misma eficiencia que la primera.
La limpió, la revisó y la puso junto a su madre. Y entonces se sentó en el suelo del corral con la ropa sucia de sangre y sudor y dijo las palabras que yo más quería escuchar. Están bien, Juan. Las tres están bien. No sé cuánto tiempo me quedé ahí sentado en el suelo de ese corral, viendo a Esperanza Lamer a sus dos hijas.
Pudieron ser minutos o pudieron ser horas. El tiempo había perdido el sentido. Las becerritas eran pequeñas, es verdad, más chicas que un becerro normal, porque eran cuates y porque la madre había pasado por muchas penurias, pero estaban vivas, se estaban moviendo. Y cuando una de ellas logró ponerse de pie sobre sus patitas temblorosas y buscó la ubre de su madre para mamar, supe que todo iba a salir bien.
Lucas apareció en la entrada del corral con los ojos rojos de haber llorado a escondidas. Papá, ¿ya terminó? Me levanté despacio, con todo el cuerpo doliéndome y abrí los brazos para él. Ya terminó, hijo. Ven a ver. Vino corriendo y se lanzó a mis brazos. Nos quedamos abrazados un buen rato y después se soltó para ir a ver a las becerritas.
“Papá”, dijo con la voz llena de asombro. Están bien chiquitas. Sí, asentí, pero van a crecer, se van a poner fuertes como su mamá. Miré a Esperanza, que ahora descansaba con sus dos hijas acurrucadas contra su cuerpo. “Más fuertes todavía,”, le dije, porque ellas ya nacieron sabiendo que la vida no es fácil y que aún así vale la pena luchar.
El doctor Antenor se quedó hasta el final de la tarde, monitoreando a las 3, asegurándose de que no hubiera complicaciones después del parto. Cuando finalmente se despidió, me estrechó la mano con fuerza. Hiciste un buen trabajo, Juan. Sin ti ahí sosteniéndola hablándole, creo que no habría aguantado. Yo no hice nada, dije. Solo me quedé ahí.
A veces quedarse ahí es todo lo que uno puede hacer y es suficiente. Él se fue y yo me quedé. Me quedé hasta que cayó la noche, hasta quelas estrellas aparecieron en el cielo, hasta que el frío arreció y tuve que ir por cobijas al cobertizo porque no iba a dejar a Esperanza y a sus hijas solas. Lucas se durmió recargado en mí con su cuerpecito dándome calor y yo me quedé despierto vigilando, pensando. Dos días.
Tenía dos días hasta el plazo del banco. Dos días para descubrir cómo transformar a esas dos becerritas recién nacidas en 38,000 pesos. Pero esa noche, por primera vez en semanas, dormí en paz, porque por primera vez en mucho tiempo tenía esperanza de verdad. El día siguiente amaneció con noticias. El doctor Antenor le había marcado a unos conocidos suyos, criadores de ganado de la región, que él sabía que se interesaban por genética de calidad.
La historia de esperanza se había corrido, no sé cómo, pero se supo. La vaca más flaca de la subasta, la que nadie quería, de la que todos se burlaron, había parido cuates sanos contra todo pronóstico. Y los criadores tenían curiosidad. Hay tres interesados en venir a ver a las becerritas, me dijo el doctor Antenor por teléfono.
Uno de ellos es don Otavio, el dueño del rancho Santa Clara. ¿Lo ubicas? Que si lo ubicaba, el rancho Santa Clara era una de las propiedades más grandes de la región. Don Otavio era el tipo de hombre que había visto en la subasta. Botas de piel fina, camioneta del año, dinero de sobra.
El tipo de hombre que miraba a los que somos como yo por encima del hombro. ¿Quiere ver a las becerritas? Sí. Le hablé de la genética, del parto difícil, de cómo sobrevivieron. Le interesó. ¿Cuándo viene? Mañana por la mañana. Los otros dos también. Mañana. Era el último día antes del plazo. Gracias, doctor, dije con la voz temblorosa. Muchas gracias.
No agradezcas todavía. No sabemos si se va a armar el trato. Esos hombres son difíciles, Juan. Van a intentar pagar lo menos posible. Lo sé, pero al menos es una oportunidad. Sí, asintió él. Es una oportunidad. Pasé el resto del día preparando todo. Limpié el corral hasta que brilló. Bañé a esperanza.
Le cepillé el pelo hasta que quedó suavecito. Revisé a las becerritas una docena de veces, asegurándome de que estuvieran bien, sanas y presentables. Lucas ayudó en todo sin quejarse. Había faltado a la escuela. Ya me preocuparía por eso después. En ese momento había cosas más importantes. Por la noche, cuando todo estuvo listo, me senté en el porche y me quedé mirando al cielo.
Lupita dije bajito, como hacía a veces cuando la soledad me apretaba el alma. Mañana es el día. Si tienes forma de echarnos una mano desde allá arriba, te lo voy a agradecer. El viento sopló suave, agitando las hojas del árbol de mango. Sé que solo era el viento, pero me gustaba pensar que era ella respondiéndome.
Llegaron a las 9 de la mañana, tres camionetas nuevas reluciendo bajo el sol, tres hombres de sombrero fino y botas de piel bajando con aire de tener cosas más importantes que hacer. A don Otavio. Lo reconocí de inmediato, alto, robusto, con un bigote canoso y ojos que parecían calcular el valor de todo lo que veían. A los otros dos no los conocía, pero eran del mismo corte.
El doctor Antenor vino con ellos para explicar la parte técnica. Yo me quedé un paso atrás con mi sombrero de paja en la mano tratando de no parecer tan desesperado como me sentía. Los tres hombres fueron al corral y se quedaron mirando a las becerritas por un largo rato. Esperanza levantó la cabeza cuando se acercaron y juré que vi un brillo desafiante en sus ojos, como si dijera, “¿Se quieren burlar de mí ahora? Genética interesante”, dijo don Otavio finalmente rascándose la barbilla.
“Dice que tiene sangre de girolando.” El doctor Antenor confirmó explicando sobre la estructura ósea, la conformación de la ubre y los indicadores que había observado. Los tres hombres escuchaban, hacían preguntas técnicas y discutían entre ellos en voz baja. Yo no entendía ni la mitad de lo que hablaban, solo me quedaba ahí esperando, rezando.
Después de casi una hora de revisión y discusión, don Otavio se volvió hacia mí. ¿Cuánto quiere por las becerritas? La pregunta que había estado esperando. La pregunta que podía salvarlo o destruirlo todo. Tragué saliva y dije el número que había ensayado toda la noche. 40,000 20 por cada una. Don Otavio se rió. No era una risa cruel como las de la subasta, pero tampoco era amistosa.
Usted está bromeando. Esas son becerritas de dos días de nacidas. Nadie paga 40,000 por crías de dos días. Son cuates dije tratando de mantener la voz firme. Los cuates son raros y la genética es buena. genética que no podemos confirmar”, dijo uno de los otros hombres. “No hay registro, no hay pedigrí, es solo la palabra del veterinario.
La palabra del doctor Antenor vale más que cualquier papel.” Dije, y esta vez la firmeza en mi voz era real. Silencio. Los tres hombres se miraron entre sí. Después, don Otavio habló. Le ofrezco 20,000 por las dos. 20,000.La mitad de lo que había pedido, menos de lo que necesitaba. No dije con el corazón apretado. Necesito más.
25 ofreció el otro hombre. Todavía no era suficiente. 35 dije, es lo menos. Don Otavio sacudió la cabeza. 30. Es mi última oferta. 30,000. Me faltaban todavía 8,000 para la deuda del banco. Miré a Esperanza, que me observaba desde el corral. Miré al cielo buscando una respuesta que no llegaba. Miré a mi hijo que estaba parado en la puerta de la casa, viendo todo de lejos.
Y entonces pasó algo que no esperaba. Lucas vino corriendo hasta donde estábamos y se plantó frente a don Otavio. El hombre lo miró desde arriba sorprendido. “Señor”, dijo Lucas con voz de niño, pero con ojos serios de adulto. “¿Usted sabe por todo lo que pasó esta vaca?” Don Otavio frunció el seño. “¿Cómo dices? Se estaba muriendo cuando mi papá la compró. Todos se burlaron.
Todos dijeron que no servía para nada. Pero mi papá vio que ella valía y él la cuidó. Se despertó de madrugada, le dio de comer, le dio sus medicinas, se quedó a su lado cuando nacieron los becerros. Lucas señaló a las becerritas, ellas solo están vivas porque mi papá creyó en ellas y ahora usted quiere pagar menos de lo que valen solo porque puede.
El silencio que siguió fue pesado. Don Otavio miró a Lucas por un largo momento. Después me miró a mí. Después miró al doctor Antenor, que observaba todo con una expresión que no lograba descifrar. Y entonces hizo algo que me tomó completamente por sorpresa. Sonríó. Muchacho, dijo, “ties razón.” Se dio la vuelta hacia los otros dos hombres y les dijo algo en voz baja.
Discutieron un momento y luego se pusieron de acuerdo. Don Octavio volvió a mirarme. “38,000”, dijo, “por las dos becerritas es mi oferta real y final. 38,000 pesos. exactamente el valor de mi deuda. Sentí que piernas me flaqueaban. Sentí que los ojos me ardían. El peso de meses de angustia empezó a resbalar de mis hombros.
Trato hecho dije con la voz casi desaparecida. Hecho. Don Octavio extendió la mano y yo se la estreché. Su mano era grande y áspera de alguien que también trabajaba la tierra a pesar de tener dinero. “Tiene usted un buen hijo”, me dijo bajito, solo para que yo lo oyera. Lo enseñó bien. No pude responder. Solo asentí con la cabeza mientras las lágrimas ya corrían por mi rostro.
Lucas vino corriendo y se lanzó a mis brazos. Y allí en medio del corral, con tres extraños de testigos y una vaca mirándonos con ojos que parecían sonreír, abracé a mi hijo y lloré de puro alivio. Lo habíamos logrado. Contra todo y contra todos lo habíamos logrado. No dormí esa noche. No fue por la preocupación como en las semanas anteriores. Era otra cosa.
una mezcla de alivio, de incredulidad, de una alegría extraña que no sabía cómo procesar. Me quedé acostado mirando al techo, escuchando los ruidos de la noche, el canto de los grillos, el viento entre las hojas, el mugido ocasional de esperanza en el corral. Sonidos que conocía de toda la vida, pero que esa noche se sentían distintos, más bonitos, tal vez más llenos de vida.
Don Octavio me había dejado un cheque, 38,000 pesos, firmado y sellado, con la promesa de pasar por las becerras en una semana, cuando estuvieran más fuertes para el viaje. Una semana más con ellas, una semana para que Esperanza se despidiera de sus hijas. El cheque estaba en el cajón del buró, a un lado de la foto de nuestra boda, la de Guadalupe y mía.
Abría el cajón como cinco veces durante la noche, solo para confirmar que seguía ahí, que era real, que no había sido el sueño de un hombre desesperado. Cuando el sol empezó a aclarar el cielo, me levanté y puse el café. Los movimientos eran los mismos de siempre. Encender la estufa, poner el agua a hervir, preparar el colador de tela que Lupita había bordado.
Pero todo se sentía diferente, más ligero. Lucas despertó cuando el olor del café de olla se esparció por la casa. Apareció en la cocina con el pelo alborotado y los ojos todavía hinchados de sueño. “Papá”, dijo sentándose a la mesa. “Lo de ayer fue de verdad, ¿verdad? Si lo logramos.” Puse una jarra de café frente a él y me senté del otro lado. Fue real, hijo.
Lo logramos. Se quedó en silencio un momento con las manos rodeando la taza caliente. Luego dijo casi en un susurro, “Mi mamá estaría orgullosa. El nudo en mi garganta se apretó tanto que no pude responder de inmediato. Solo asentí tragándome las lágrimas que querían brotar. Sí que lo estaría, dije finalmente, estaría muy orgullosa de ti, principalmente.
Lucas me miró sorprendido. De mí. ¿Por qué? Por lo que hiciste ayer, lo que le dijiste a don Octavio. Eso. Busqué las palabras correctas. Eso fue lo que hizo la diferencia, hijo. Hablaste con la verdad de una forma que yo no hubiera podido. Y él te escuchó. Lucas bajó la mirada apenado.
Solo dije lo que sentía papá. No fue para tanto, fue para mucho, le dije. Lo fue todo. Nos quedamos ensilencio un momento tomando café, dejando que el peso de las últimas semanas se fuera disolviendo poco a poco. Luego Lucas preguntó, “¿Y ahora, papá? ¿Qué vamos a hacer?” Era una buena pregunta, una pregunta en la que no había tenido tiempo de pensar bien.
Ahora dije despacio, vamos a pagarle al banco. Después descansamos un poco y luego luego veremos cómo empezamos de nuevo. A la mañana siguiente tomé la camioneta y me fui al pueblo. El cheque me pesaba en el bolsillo de la camisa como si fuera de plomo. Me estacioné frente al banco y me quedé ahí un momento.
mirando ese edificio gris que había sido el escenario de mis peores pesadillas los últimos meses, respiré profundo y bajé. El gerente me recibió con esa misma expresión de lástima e impaciencia de siempre. Se sentó en su silla de piel, cruzó las manos sobre el escritorio y dijo, “Don Juan, el plazo vence mañana. Viene a pedir otra prórroga.
” No respondí, solo saqué el cheque del bolsillo y lo puse sobre la mesa frente a él. Miró el cheque, me miró a mí, miró el cheque otra vez. La expresión de su cara cambió. Primero sorpresa, luego algo que parecía casi decepción. 38,000 pes, dijo tomando el cheque y revisándolo. Exactamente el valor de la deuda. Exactamente.
Confirmé. se quedó en silencio un momento verificando la firma, el sello, la autenticidad. Luego suspiró y abrió un cajón. Voy a tener que procesar esto. ¿Puede esperar? Puedo, dije. Esperé meses. Una hora más no hace diferencia. me miró con una expresión extraña. Ya no era lástima, era otra cosa, respeto tal vez, o solo la sorpresa de ver que lo había conseguido.
Es usted un hombre de suerte, don Juan, dijo mientras llenaba los papeles. Pensé en todo lo que había pasado, en la vaca más flaca de la subasta, en las burlas, en los días sin dormir, en el parto difícil, en la fe que casi había perdido. No dije, suerte no fue. Levantó la vista esperando que le explicara, pero no lo hice.
No era algo que se pudiera explicar con palabras. Una hora después salí del banco con un recibo en la mano. La deuda estaba liquidada, la tierra estaba a salvo. Me subí a la camioneta, cerré la puerta y me quedé ahí quieto mirando el papel. Y entonces, solo en ese estacionamiento caliente, hice algo que no hacía en mucho tiempo. Sonreí.
Cuando volví al rancho, encontré a Lucas sentado en el corral, a un lado de esperanza. Las becerritas estaban mamando con sus piernitas ya más firmes que el día del nacimiento. Esperanza descansaba tranquila, con los ojos entrecerrados de puro contento, dejando que sus hijas se alimentaran. Entré al corral despacio y me senté junto a mi hijo. “¿Pagaste?”, preguntó sin mirarme.
“Pagué.” “Entonces, ¿la tierra ya es nuestra otra vez?” “Siempre fue nuestra”, le dije. Ahora el banco ya lo sabe también se ríó bajito. Era bueno escucharlo reír. Hacía mucho que no lo hacía. Nos quedamos allí en silencio un momento, viendo a Esperanza y a las crías. El sol de la tarde entraba de lado, pintándolo todo de dorado.
El viento traía olor a pasto y a tierra mojada. Había llovido la noche anterior, la primera lluvia decente en semanas. Papá, dijo Lucas después de un rato, ¿te vas a poner triste cuando se las lleven? Sabía que hablaba de las becerras. Sí, admití. Pero es lo correcto. Van a ir a un buen lugar con gente que las va a cuidar.
Y nosotros necesitábamos el dinero y Esperanza. Ella se va a poner triste. Miré a la vaca que había abierto los ojos y me observaba con esa calma que yo ya conocía bien. Sí, dije, una madre siempre se pone triste cuando sus hijos se van, pero ella va a entender. Los animales entienden más de lo que imaginamos.
Lucas se quedó pensando en eso un momento. Luego dijo, “Mi mamá entendió cuando María Clara se fue a León. La pregunta me tomó por sorpresa. Tardé en responder. Entendió.” Dije finalmente. Se puso triste, pero entendió. Sabía que era por el bien de tu hermana. Sabía que uno no puede retener a los hijos para siempre. Hice una pausa.
Ella solo hubiera querido tener más tiempo con ustedes. Eso me dijo cerca del final, que lo único que lamentaba era no haber tenido más tiempo. Lucas recostó su cabeza en mi hombro. La extraño, papá. Yo también, hijo, todos los días. ¿Tú crees que ella nos está viendo? Miré al cielo que empezaba a pintarse de tonos naranja y rosa. Yo creo que sí.
Creo que vio todo lo que pasó y creo que está feliz. Lucas sonrió. Una sonrisa pequeña pero verdadera. Yo también lo creo. La semana siguiente pasó más rápido de lo que hubiera querido. Me dediqué a cuidar a Esperanza y a las becerras como si fuera lo más importante del mundo. Y de cierta forma lo era. Habían sido esas tres vidas las que habían salvado la nuestra.
Lo mínimo que podía hacer era garantizar que sus últimos días juntas fueran buenos. Esperanza se recuperaba cada día más. El cuerpo que antes era puro hueso,ahora tenía carne, tenía fuerza. El pelo le brillaba bajo el sol, castaño y sano. Los ojos que habían estado hundidos por el cansancio, ahora tenían vida, tenían curiosidad, tenían paz.
Las becerras crecían rápido, como hacen los animales jóvenes. Las piernitas temblorosas se volvieron patas firmes que correteaban por el corral. Mamaban, dormían, jugaban una con la otra en un ciclo infinito que daba gusto ver. Lucas empezó a levantarse temprano para estar con ellas antes de irse a la escuela. les puso nombres, aurora y estrella, porque una tenía una mancha blanca en la frente y la otra había nacido de madrugada.
Nombres bonitos que fingí que no me gustaban, pero que en secreto me parecieron perfectos. El doctor Antenor pasó un par de veces para ver cómo seguían las tres. En la segunda visita me llamó aparte y me dijo, “¿Sabe Juan? Llevo atendiendo animales más de 40 años. He visto de todo, pero lo que pasó aquí, eso nunca lo había visto.
El qué, que una vaca en ese estado sobreviviera, que pariera gemelas sanas, que se recuperara así. Sacudió la cabeza. No tiene explicación científica. Por lo que yo sé de veterinaria, ella debió morir. Las becerras debieron morir, pero ahí están, vivas y fuertes. ¿Me está diciendo que fue un milagro? Se encogió de hombros.
No sé si creo en los milagros, pero si existen, creo que eso fue lo que pasó aquí. Miré a Esperanza, que pastaba tranquila en el corral. Tal vez solo fue terquedad, dije, de ella y mía. El doctor Antenor se rió. Tal vez, pero la terquedad a veces es solo otro nombre para la fe, ¿no cree. No respondí, pero me guardé esa frase en el corazón.
El día de llevarse a las becerras llegó un martes de sol fuerte. Don Octavio vino personalmente con un camión adaptado y dos trabajadores para ayudar con el embarque. Yo había preparado a Aurora y a Estrella desde temprano. Les cepillé el pelo, verifiqué que estuvieran sanas y dejé que mamaran por última vez antes del viaje. Esperanza estaba inquieta.
Sentía que algo iba a pasar. Caminaba de un lado a otro del corral, soltando mujidos bajos, mirando a sus hijas con una intensidad que dolía ver. Cuando los hombres de don Octavio entraron al corral para llevarse a las becerras, ella se puso enfrente, no de forma agresiva, sino protectora. Se quedó ahí parada, mirando a los hombres como diciendo, “No se las van a llevar así de fácil.
” Tranquila, bonita, le dije entrando al corral y acercándome a ella. Todo está bien, ellas van a estar bien. Me miró con esos ojos grandes y oscuros y vi ahí lo que cualquier madre sentiría en esa situación. Miedo, tristeza, el dolor de dejar ir algo que nació de tus entrañas. Lo sé, le dije bajito, acariciándole la cabeza. Sé que duele.
Yo también tuve que dejar que mi hija se fuera. ¿Te acuerdas? María Clara se fue a la ciudad a estudiar y yo me quedé aquí y cada día la extraño. Cada día quisiera que se hubiera quedado. Esperanza se quedó quieta escuchando, pero la dejé ir porque era lo mejor para ella. Así como dejar que tus hijas se vayan es lo mejor para ellas.
Van a ir a un lugar bueno con gente que las va a cuidar. Van a crecer fuertes y sanas. Y tú, tú te vas a quedar aquí conmigo. Nos vamos a cuidar el uno al otro. No sé si entendió las palabras, pero algo comprendió porque se relajó. Dio un paso al lado, dejando que los hombres se acercaran a las becerras. El embarque fue rápido.
Subieron a Aurora y a Estrella al camión con cuidado en espacios acojinados con agua y pasto para el viaje. Antes de cerrar la puerta, me acerqué a ellas y les hice un cariño a cada una. Ustedes nos salvaron, les dije. Nunca lo voy a olvidar. Don Octavio se acercó y me dio la mano. Fue un placer hacer negocios con usted, Juan, y tenga por seguro que van a estar muy bien cuidadas.
Estreché su mano con firmeza. Sé que lo estarán. Se subió al camión. El motor arrancó y se fueron. Me quedé parado en el camino de tierra, viendo cómo el vehículo se hacía pequeño hasta convertirse en un punto en el horizonte. Cuando me volví, Lucas estaba ahí a mi lado tomándome de la mano. Van a estar bien, papá.
Sí, dije, “vanresé al corral y encontré a Esperanza parada justo donde habían estado sus hijas. Miraba hacia la nada buscando algo que ya no estaba ahí. Soltaba mugidos bajos, llamándolas, esperando una respuesta que no llegaba. Entré al corral y me senté a su lado. No dije nada, solo me quedé ahí haciéndole compañía.
Ella giró la cabeza y me miró. Y en esa mirada vi algo que me hizo doler el pecho. Vi mi propia soledad reflejada en sus ojos. “Nos parecemos, ¿verdad?”, le dije. Los dos solos, los dos extrañando a los que se fueron. recostó su cabeza en mi hombro de la misma forma que lo había hecho el primer día cuando la traje de la subasta.
Nos quedamos allí en silencio compartiendo un dolor que no necesitaba palabras para entenderse. El sol se fue ocultando, el cielo se oscureció ynosotros seguimos ahí. Dos solitarios haciéndose compañía y de alguna manera eso era suficiente. Esa noche soñé con Guadalupe. No era la primera vez que soñaba con ella desde que murió, pero era la primera vez que el sueño se sentía así, claro, nítido, real.
Estaba de pie debajo del árbol de primavera, ese de flores amarillas, con el vestido floreado que usaba los domingos. Me sonreía de esa forma que hacía que el mundo pesara menos. “Lo lograste”, me dijo. “Sabía que lo lograrías.” “Casio,”, le respondí. “Casi me rindo.” “Pero no lo hiciste. Eso es lo que importa.” Se acercó y puso su mano en mi mejilla.
Sentí su tacto, tibio, suave, demasiado real para ser solo un sueño. “¿Puedes ser feliz de nuevo, Juan?” dijo, “Quiero que seas feliz.” No sé si pueda, le dije. No sin tíró, pero había algo de tristeza en su sonrisa. Puedes y debes hacerlo por nuestros hijos, por ti mismo. Hizo una pausa. Y por ella también. ¿Por quién? Por la vaca que salvaste, la que te salvó a ti de vuelta.
Desperté con el sol, entrando por la ventana y la cara mojada de lágrimas. Y por primera vez en 6 años las lágrimas no eran solo de tristeza, eran también de despedida. Las semanas que siguieron fueron extrañas, no extrañas de mala manera, extrañas porque yo ya no sabía cómo vivir sin el peso de la desesperación sobre los hombros.
Durante meses me había despertado cada día con el corazón apretado, la mente llena de números, de plazos y de miedos. Ahora que la deuda estaba liquidada, ahora que la tierra estaba segura, me cachaba despertando, sin saber muy bien qué hacer con tanta ligereza. Era como haber cargado una piedra enorme en la espalda por tanto tiempo, que cuando finalmente caía, el cuerpo extrañaba su ausencia.
Me quedaba buscando el peso, esperando que volviera, pero no volvía. El rancho seguía siendo el mismo, el potrero necesitando cuidados, el ganado necesitando alimento, la cerca necesitando reparaciones. El trabajo no se había acabado, nunca se acaba para quien vive del campo. Pero ahora hacía las cosas con un ritmo distinto. Me detenía a mirar el cielo.
Me sentaba en el porche después de la comida para tomarme un café de olla. platicaba con Lucas sobre la escuela, sobre sus amigos, sobre los sueños que tenía para el futuro, cosas sencillas que se me habían olvidado hacer cuando la preocupación ocupaba todo el espacio. Esperanza se fue recuperando poco a poco de la partida de sus crías.
En los primeros días se quedaba parada en un rincón del corral, mirando a la nada, soltando mujidos de llamado que nadie respondía. Pero con el tiempo la tristeza fue dando lugar a otra cosa, una calma nueva, una aceptación. La solté en el pastizal más grande junto con el resto del ganado. Al principio se quedaba apartada, desconfiada, sin saber cómo encajar en ese grupo que no conocía.
Pero los otros animales la fueron aceptando poco a poco, de la forma en que lo hacen los animales, sin prisas, sin forzar, solo dejando que el tiempo hiciera su labor. Una tarde estaba yo arreglando una cerca al fondo de la propiedad, cuando vi a Esperanza pastando junto con las otras vacas. Ya no estaba sola en un rincón, estaba en medio del grupo comiendo zacate, moviendo el rabo para espantar las moscas, viviendo.
Pausé el trabajo y me quedé mirando por un momento. Ella había encontrado su lugar y yo me pregunté si yo también encontraría el mío. María Clara vino a visitarnos un fin de semana de julio. Llegó en camión a la central de lagos de Moreno y fui a buscarla en la troca vieja que se empeñaba en seguir funcionando.
Cuando bajó del autobús, casi no la reconocí. Estaba más flaca, más adulta, con un modo de caminar que demostraba que la ciudad la había cambiado. Pero el abrazo fue el mismo, apretado, largo, lleno de nostalgia. Papá”, dijo con la voz entrecortada, “Usted se ve diferente.” Diferente como, “No sé, más ligero, menos cansado.” Yo sonreí.
Pasaron muchas cosas, hija, muchas cosas. En el camino al rancho le conté todo. Sobre la deuda que ella no sabía que era tan grande, sobre la subasta, sobre esperanza, sobre las burlas y la humillación, sobre las becerras gemelas, el parto difícil, la venta que salvó la tierra. María Clara escuchó en silencio con los ojos muy abiertos.
Papá”, dijo cuando terminé, “¿Por qué no me lo dijo antes? Yo pude haber ayudado, pude haber mandado más dinero, pude”, “Hija,” la interrumpí con ternura. “Tú ya ayudas demasiado.” Y había cosas que yo necesitaba resolver solo o casi solo. Casi. Tu hermano ayudó mucho, más de lo que te imaginas. Ella se quedó callada un momento, mirando por la ventana el paisaje del campo que pasaba.
Lucas siempre fue especial, dijo finalmente. Se parece a su mamá. Se parece a sentí. Tú también te pareces. Ella sonrió, pero tenía una lágrima en la orilla del ojo. La extraño, papá, todos los días. Yo también, hija, todos los días. María Clara se quedó unasemana. Una semana de casa llena, de risas en la mesa a la hora de la cena, de pláticas en el porche hasta tarde en la noche, Lucas le mostró a su hermana todo lo que había pasado, el corral donde se había quedado esperanza, el lugar donde nacieron las becerras, el árbol de mango que nos dio sombra en los
momentos más difíciles y le mostró a esperanza también. María Clara quedó impresionada con la transformación. Papá, esta es la vaca que compró en la subasta de la que todos se rieron. Es ella misma, pero está hermosa, fuerte, sanita. Yo miré a Esperanza, que pastaba tranquila en el potrero con el pelo brillando bajo el sol de la tarde.
Es lo que pasa cuando alguien cree en uno. Dije, uno florece. María Clara me miró con una expresión que no supe descifrar. ¿Usted está hablando de la vaca o de usted mismo, papá? Pensé en la pregunta por un momento. De los dos, yo creo. En la última noche de la visita de María Clara, fuimos a la tumba de Lupita. Estaba debajo del árbol de primavera que ella había plantado cuando nos casamos.
El árbol había crecido junto con nuestro matrimonio. Chiquitito al principio, se fue haciendo más grande y más fuerte cada año. Ahora era enorme, con ramas que se extendían hacia el cielo y flores amarillas que caían como lluvia dorada en su temporada. La tumba era sencilla, una lápida de piedra con su nombre, las fechas y una frase que yo había elegido.
Amada esposa y madre, su amor sigue floreciendo. Nos quedamos allí los tres, yo, María Clara y Lucas, en silencio por un momento. Después, María Clara se arrodilló y puso un ramo de flores que había traído de la ciudad. Hola, mamá”, dijo bajito. “Perdón por tardar en venir. La vida en la ciudad es muy acelerada, pero pienso en usted cada día, cada día.
” Lucas se arrodilló al lado de su hermana. “Mamá, lo logramos. Papá salvó el rancho con la ayuda de una vaca que nadie quería. A usted le hubiera gustado mucho. Es terca como mi papá. Yo no pude arrodillarme, las piernas no me obedecieron. Me quedé allí de pie, mirando la tumba de la mujer que había amado por 25 años, sintiendo el viento mover las ramas de la primavera sobre nosotros.
Lupita dije usando el nombre que solo yo decía con ese tono. Traté de cumplir la promesa. Traté de cuidar la tierra, de cuidar a los hijos, de no rendirme. Hubo momentos en que casi no lo lograba. Hubo momentos en que quise tirarme y dejar que el mundo me pasara por encima, pero no lo hice. Y aquí seguimos los tres juntos.
El viento sopló fuerte, agitando las flores amarillas del árbol. Algunos pétalos cayeron sobre la tumba, sobre mis hijos arrodillados, sobre mí. Voy a seguir intentándolo dije. Cada día hasta el día en que nos volvamos a encontrar. María Clara se levantó y vino a abrazarme. Lucas vino justo después. Nos quedamos ahí los tres abrazados debajo del árbol que Lupita había plantado, rodeados de flores amarillas que parecían bendiciones cayendo del cielo.
Y por un momento, solo un momento, juré que la sentí allí con nosotros. Después de que María Clara se fue, la vida volvió a su ritmo de siempre, pero ya no era el mismo ritmo. Había algo diferente ahora. una paz que no había sentido en mucho tiempo, una aceptación de que la vida era así, llena de pérdidas y de ganancias, de tristezas y de alegrías, de finales y de comienzos.
Esperanza se había vuelto parte de la familia. No era solo una vaca en el ato, era la vaca que nos había salvado. Cada vez que pasaba junto a ella en el potrero, venía hacia la cerca y pegaba el hocico a mi mano esperando un cariño. Y yo se lo daba. Siempre se lo daba. Tú sabes que eres especial, ¿verdad?, le decía a veces.
¿Sabes que lo cambiaste todo? Ella me miraba con esos ojos cafés y calmados y me gustaba imaginar que entendía. Lucas volvió a ser niño. No completamente. Aún tenía ese modo serio que la pérdida de su madre le había dejado. Pero ahora se reía más, jugaba más, soñaba más. Había empezado a hablar de ir a la universidad cuando creciera.
Quería ser veterinario, cuidar a los animales como el Dr. Antenor. Decía que quería ayudar a los bichos, que nadie más quería ayudar. Yo no podía estar más orgulloso. El rancho se fue recuperando junto con nosotros. La lluvia volvió después de aquella sequía tan larga, llenando la presa de nuevo, haciendo que el pastizal creciera verde y fuerte.
El ganado engordó. La producción de leche aumentó. Las cuentas empezaron a cuadrar sin aquel apuro de cada mes. No nos hicimos ricos ni de lejos, pero estábamos bien. Y después de tanto tiempo viviendo en el filo de la navaja, estar bien parecía un lujo. Un domingo de septiembre me desperté más temprano de lo normal.
No por preocupación, no por obligación. Me desperté porque quería ver el amanecer. Salí al porche con un jarro de café en la mano y me senté en la mecedora que Lupita había comprado en una feria de artesanías. Hace tantos años que ya nime acordaba cuántos. La madera rechinaba bajito cuando mecía, un sonido familiar y reconfortante.
El cielo se fue aclarando despacio. Primero aquel azul oscuro de fin de noche, luego tonos morados, rosas, naranjas. El sol apareció detrás de los cerros a lo lejos, un disco rojo que se fue volviendo dorado a medida que subía. Me quedé allí observando, tomando café, sin pensar en nada. Era la primera vez en años que lograba hacer eso.
Solo existir, solo estar presente, sin la mente corriendo hacia delante, preocupada por el futuro, sin la mente corriendo hacia atrás, presa en el pasado, solo ahí, solo ahora. Lucas apareció en la puerta todavía en pijama, con el pelo alborotado. Papá, ¿está bien? Yo sonreí. Sí, hijo, estoy muy bien.
Él vino y se sentó a mi lado en el suelo del porche, recargando la cabeza en mi pierna. El sol está bonito hoy dijo. Sí, asentí muy bonito. Nos quedamos ahí en silencio, viendo nacer el día, escuchando a los pajaritos empezar a cantar, sintiendo el viento fresco de la mañana. Y en ese momento entendí algo que me había tomado 49 años comprender.
La felicidad no es tener todo lo que uno quiere, es querer lo que uno tiene. Yo tenía una tierra que era mía, tenía hijos que me amaban. Tenía salud para trabajar. Tenía una vaca terca que me recordaba cada día que vale la pena luchar. No era mucho, pero lo era todo. Aquella tarde fui al potrero a ver al ganado.
Esperanza estaba apartada del grupo debajo de un árbol rumeando tranquila. Cuando me vio acercarme, levantó la cabeza y me miró. Luego se levantó despacio y vino hacia la cerca. Le pasé la mano por la cabeza, sintiendo el pelo suave, la piel caliente por el sol. ¿Sabes? Le dije, “Nunca te di las gracias como es debido por todo lo que hiciste.
” Ella se me quedó mirando con los ojos calmos y atentos. “¿Me enseñaste algo importante?”, continué. Me enseñaste que el valor no es lo que los otros ven, es lo que cargamos por dentro. Tú estabas ahí en esa subasta, la más flaca, la más débil, la que todos despreciaron. Pero tenías dentro de ti una fuerza que nadie vio.
Tenías dos vidas que estabas protegiendo con todo lo que tenías. Hice una pausa sintiendo el nudo en la garganta apretar. Yo era igual que tú. Estaba ahí. derrotado, creyendo que ya no valía nada, creyendo que lo había perdido todo. Pero había cosas dentro de mí que yo tampoco estaba viendo. Había fuerza para seguir, había amor por mis hijos, había fe aún cuando creía que ya no me quedaba.
Esperanza pegó el hocico a mi mano, ese gesto que siempre hacía, que parecía un cariño, una bendición. “Tú me salvaste”, dije con la voz quebrada. Yo creí que te estaba salvando cuando te compré en aquella subasta, pero eras tú la que me estaba salvando a mí todo este tiempo. Ella soltó un mugido bajo, suave, casi como una respuesta, y yo me quedé ahí acariciándola, dejando que las lágrimas cayeran sinvergüenza, porque a veces llorar es la única forma de agradecer que tenemos.
Un año después, muchas cosas habían cambiado. El rancho estaba mejor que nunca. Con el dinero que sobró después de pagar la deuda y con el ingreso que fue llegando poco a poco, logré invertir en mejoras. Arreglé las cercas, compré algunas cabezas de ganado nuevo, remodelé el corral. Ya no era el rancho decadente que estaba a punto de ser embargado por el banco.
Era una propiedad viva, productiva, llena de futuro. Lucas estaba en el último año de la secundaria sacando buenas notas, hablando cada vez más en serio sobre ser veterinario. El doctor Antenor había empezado a dejar que lo acompañara en algunas visitas enseñándole sobre los animales, sobre la profesión. Sobre la vida.
María Clara había terminado su carrera de enfermería y conseguido trabajo en un hospital de Guadalajara. Mandaba noticias cada semana. Venía a visitarnos cuando podía. Estaba saliendo con un muchacho que ella decía que era un tipazo y yo estaba ansioso por conocerlo. Y Esperanza, Esperanza se había vuelto una leyenda. Su historia se regó por toda la región.
La vaca más flaca de la subasta, la que nadie quería, de la que todos se burlaron, se había convertido en el símbolo de algo en lo que la gente necesitaba creer. De vez en cuando aparecía alguien en el rancho queriendo conocerla, tomarse una foto, escuchar la historia otra vez. Yo la contaba siempre, sin cansarme, porque era una historia que merecía ser contada, una historia sobre no rendirse, sobre ver valor donde otros ven desperdicio, sobre tener fe cuando todo parece perdido.
Don Otavio me buscó algunos meses después de la venta para darme noticias de las becerras. Aurora y Estrella habían crecido fuertes y sanas y estaban entre las mejores productoras de leche de su rancho. Quería comprar a Esperanza también me ofreció un buen dinero. Yo me negué. Ella no está a la venta. Le dije. Es de la familia. Él entendió.
Me estrechó la mano y se fue. Esperanza seiba a quedar ahí hasta el fin de sus días en la tierra que ella había ayudado a salvar. con la familia que ella había ayudado a mantener en pie. Era lo mínimo que se merecía. Un día de mayo, casi un año y medio después de todo lo que pasó, estaba yo en el porche cuando vi un coche que no conocía entrando por el camino del rancho.
Era un coche de la ciudad demasiado limpio, fuera de lugar en aquel polvo rojo. Se detuvo frente a la casa y un hombre bajó. joven de unos 30 años, bien vestido, con ese aire nervioso de quien no sabe si está en el lugar correcto. Don Juan Bautista, preguntó. Soy yo. Se acercó y me tendió la mano. Mi nombre es Fernando.
Fernando Méndez. Soy periodista. Trabajo para una revista de Guadalajara. Yo, titubió, escuché la historia de la vaca de esperanza y vine a preguntar si usted aceptaría darme una entrevista. Me quedé mirándolo un momento sin saber qué decir. Entrevista, sí, para un reportaje sobre historias de superación, gente común haciendo cosas extraordinarias.
Su historia es exactamente lo que estamos buscando. Pensé en negarme. No me gustaba figurar, ser el centro de atención. Pero entonces pensé en otra cosa. Pensé en todas las personas que podrían estar pasando por lo que yo pasé. Solas, desesperadas, creyendo que ya no había salida. Pensé que tal vez, solo tal vez, mi historia podría ayudar a alguien a no rendirse.
Está bien, dije. Puede hacer la entrevista. El rostro del periodista se iluminó. En serio, acepta. Acepto. Pero con una condición. ¿Cuál? Señalé hacia el potrero, donde esperanza estaba echada a la sombra de su árbol. La verdadera heroína de la historia es ella, así que la entrevista tiene que ser allá. A su lado. El periodista sonríó. Hecho.
El reportaje salió un mes después. Ocupó cuatro páginas de la revista con fotos de esperanza mías, de Lucas y del rancho. El título decía La vaca que nadie quería, una historia de fe, compasión y segundas oportunidades. Leí el reportaje sentado en el portal con Lucas a mi lado. Cuando terminé me quedé en silencio por un momento.
¿Y bien, papá?, preguntó Lucas. ¿Te gustó? Miré la foto de esperanza que ocupaba una página entera, sus ojos castaños y tranquilos, el pelo brillante, esa expresión de paz. “Me gustó”, le dije. “Quedó muy bonita.” “Ya te hiciste famoso, papá”, dijo él soltando una risita. “No, lo corregí. Ella es la famosa.
Yo solo tuve la suerte de estar ahí con ella.” Lucas recargó la cabeza en mi hombro. Papá, ¿crees que mi mamá leyó el reportaje allá desde el cielo? Miré hacia el horizonte, hacia el árbol de primavera que se mecía con el viento, con esas flores amarillas que ya empezaban a caer y alfombrar el suelo. Yo creo que sí, hijo, respondí, y estoy seguro de que está sonriendo.
Hay algo que he aprendido en todos estos años de vida. Uno no elige las pruebas que le llegan. No elige perder a la mujer que ama. No elige pasar por dificultades de dinero, ni elige ser humillado frente a los demás. Esas cosas simplemente pasan, como la lluvia que cae o el sol que sale cada mañana sin pedirle permiso a nadie.
Lo que uno sí elige es qué hacer con eso. Aquel día en la subasta, cuando vi a esperanza por primera vez, pude haber hecho lo que todos los demás. Pude haberme burlado, señalarla con el dedo o grabarla con el celular para subir el video a internet. Pude haberle dado la espalda y largarme de ahí para buscar un animal que sí valiera la pena, pero elegí distinto.
Elegí ver lo que nadie más veía. Elegí creer cuando no tenía sentido hacerlo. Elegí tenderle la mano a alguien o, en este caso, a un animal que el mundo entero ya había desechado. Y esa decisión lo cambió todo. No porque yo sea alguien especial, no lo soy. Solo soy un ranchero común y corriente, de manos callosas y espalda adolorida, que lucha diario para mantener a su familia y su tierra.
Soy igual a miles de hombres y mujeres repartidos por todo México, gente de campo que se levanta antes que el sol y se acuesta mucho después de que salen las estrellas. Pero ese día tomé una decisión que no fue común, una decisión de compasión, de empatía, de fe. Y aprendí que eso es precisamente lo que separa los días que solo pasan de los días que dejan huella.
Uno se encuentra personas en el camino y animales también que parecen no tener valor, que parecen no servir para nada, que el mundo mira desde arriba y descarta sin pensarlo dos veces, pero a veces es exactamente en esas criaturas despreciadas donde se encuentra nuestra salvación.
A veces el milagro que tanto buscamos viene disfrazado de problema. A veces la mayor riqueza viene envuelta en pobreza y a veces, solo a veces, a quien salvamos termina salvándonos a nosotros. Hoy, cuando el sol sale sobre el rancho que sigue siendo mío, salgo al portal con mi café de olla y miro hacia el horizonte.
Veo el pasto verde, el ganado pastando, la presa llena reflejando elcielo. Y allá, en medio del ato, la veo a ella, Esperanza, la vaca más flaca de la subasta, la que nadie quería, de la que todos se rieron. Ella levanta la cabeza cuando siente mi mirada, me observa por un momento con esos ojos castaños y sabios y luego vuelve a lo suyo, tranquila, en paz.
Y yo sonrío porque sé que mientras ella esté ahí, todo va a estar bien. No todo lo que parece débil es inútil. A veces es justo ahí donde está la respuesta y los mismos que hoy se ríen de ti mañana pronunciarán tu nombre en silencio.















