Él era discapacitado. Estaba ahí, sin poder creer que su propia dueña, después de tantos años, tuviera el corazón de hacerle eso. Fue abandonado en medio de una carretera vacía, silenciosa y triste. Pero el destino, o mejor dicho, Dios, me puso exactamente en ese lugar a esa misma hora. Y lo que hice allí cambió mi vida para siempre.
Yo nunca fui de creer en señales, no de esas de las que habla la gente en la iglesia o que mi madre solía ver en las nubes cuando yo era un chamaco. Para mí la vida siempre ha sido lo que es. Tierra seca, sol fuerte, trabajo duro y noches demasiado largas para un hombre solo.
Pero aquella mañana de agosto, cuando salí del rancho de don Valdemar rumbo a mi casa, algo en el aire se sentía distinto. No sé explicarlo bien. Tal vez era la forma en que el viento soplaba sobre la hojarasca del camino. Tal vez era solo el cansancio. Me había pasado toda la mañana ayudando a arreglar unos cercados al fondo de su propiedad, allá por los rumbos de Dolores Hidalgo, Guanajuato, trabajo pesado.
El sol de agosto no perdona a nadie por estas tierras y yo ya no tengo la misma fuerza que cuando tenía 30 años. Ahora, con 56 acuestas, cada movimiento duele un poco más. Cada cerca parece más lejana. Cada día pesa distinto. La troca vieja rechinaba en las curvas del camino de tierra. El polvo rojo se levantaba por el retrovisor. Yo iba despacio, sin prisa.
¿Porque prisa, ¿para qué? para llegar a casa y encontrarme con el silencio, para calentar comida recalentada y comer solo mirando al vacío. Desde que Elena se fue, hace ya 4 años, la casa se volvió solo un lugar donde duermo. Ya no es un hogar, es un refugio. El asfalto apareció después de unos 20 minutos.
La carretera federal, esa que corta el semidesierto y lleva hacia San Luis de la Paz. Normalmente la tomaba y seguía directo, unos 40 minutos hasta mi parcela. Pero ese día, cuando viré para entrar al pavimento, lo vi en medio del carril, una mancha oscura, pequeña, moviéndose. Frené. El motor rugió. Pensé que era un animal atropellado.
Pasa seguido por aquí, un coyote, un armadillo, a veces hasta un tlacuache. Pero cuando me acerqué vi que no era eso. Era un perro. se arrastraba, usaba solo las patas delanteras. Las traseras se quedaban atrás, chuecas, rígidas, sin vida. Jalaba su propio cuerpo sobre el asfalto caliente, centímetro a centímetro, como si todavía tuviera algún lugar a donde ir, pero no tenía.
De eso me di cuenta. Pronto. Estacioné la troca a la orilla de la carretera, apagué el motor. El silencio regresó pesado como siempre. Solo el viento y el sonido apagado de sus patas rasguñando el suelo. Bajé despacio, me puse el sombrero de paja para protegerme del sol y caminé hacia él.
El asfalto quemaba a través de la suela de mis botas. Sentí el calor subiendo y pensé, “Este animal se ha de estar tatemando vivo.” Cuando llegué cerca, dejó de arrastrarse, levantó la cabeza, me miró, no gruñó, no intentó huir, solo me miró. Sus ojos eran cafés, profundos, cansados, demasiado cansados para un animal joven, porque era joven, no pasaba de los seis o 7 meses, pelo corto, medio canela, medio blanco, orejas gachas, occoo sucio de tierra.
Fue ahí donde vi el collar viejo de cuero gastado, cortado, cortado por la mitad con cuchillo o tijeras, que sé yo, y a un lado, justo en el acotamiento, marcas recientes de llantas. Alguien se había parado ahí. Alguien había bajado a ese perro del carro, le había cortado el collar, lo había dejado en el asfalto y se había alargado. Sentí un nudo en la garganta.
Miré a mi alrededor, la carretera vacía, ni un coche, ni una casa, solo monte de los dos lados, cercas de alambre de púas, y el cielo demasiado azul, sin una sola nube. El calor era de esos que hace que la vista se nuble. El perro intentó arrastrarse de nuevo, avanzó medio metro, paró.
Las patas traseras se arrastraban por el suelo como peso muerto. No tenía herida, no había sangre, simplemente no podía mover las piernas. Nació así probablemente o quedó así demasiado pronto. Y alguien en algún momento pensó que no valía la pena. Me quedé parado ahí de pie, mirándolo y él mirándome a mí.
Pensé en tantas cosas en ese momento. Pensé que tenía trabajo esperándome en casa, que el día había sido largo, que apenas tenía dinero para mí, mucho menos para cuidar a un animal enfermo. Pensé en Elena, que siempre quiso tener un perro, pero yo siempre le decía que daban mucho trabajo. Pensé en lo injusta que es la vida.
Pensé en irme, porque si yo me iba, nadie más se iba a detener. Nadie se para en una carretera desierta a recoger a un perro liciado. La gente pasa de largo. Yo lo sé. Yo he pasado de largo tantas veces, pero esta vez no pude. Me arrodillé. El asfalto me quemó la rodilla a través delpantalón de mezclilla.
Estiré la mano despacio. El perro no se movió. Dejó que lo tocara. Su piel estaba demasiado caliente, temblaba, no de miedo, de cansancio. Me quité la camisa de cuadros, la misma que uso todos los días para trabajar. La puse en el suelo, justo debajo de él, para protegerle la panza del calor. Gimió bajito, un sonido débil, casi desaparecido.
“Tranquilo, chiquito”, le dije y mi voz salió ronca. Tranquilo, pasé los brazos por debajo de él con cuidado. Estaba liviano, demasiado liviano, puro hueso y pellejo. Lo levanté del suelo envuelto en mi camisa y lo cargué hasta la troca. Abrí la puerta del copiloto y lo puse en el asiento, despacio, como si fuera de vidrio.
No reaccionó, solo recostó la cabeza y cerró los ojos. Regresé al volante, encendí el motor, miré el reloj en el tablero. Las 2:30 de la tarde. Si regresaba ahora a casa, iba a perder el resto del día. Tenía un tinaco que limpiar. Tenía que ir por forraje al pueblo. Tenía cuentas que pagar. Pero miré al perro en el asiento de al lado y pensé, si no hago nada, se muere hoy.
Pisé el acelerador y salí de ahí. El camino hasta San Luis de la Paz se me hizo una eternidad. Manejaba volteando de vez en cuando, viendo si todavía respiraba. Respiraba, pero débil, muy débil. No había veterinario en Dolores que atendiera de a gratis. Yo lo sabía. Y el dinero que traía en la bolsa estaba contado.
Pero también sabía de un lugar, una clínica pequeña a la que Elena solía llevar a los gatos de la calle. El dueño era buena gente. Tal vez él me echaba la mano. Llegué al pueblo casi tres horas después. La clínica estaba en una calle de tierra cerca del mercado viejo. Una casa sencilla, pintada de blanco con un letrero descolorido.
Clínica veterinaria San Francisco. Me estacioné enfrente, agarré al perro en brazos, todavía envuelto en la camisa, y entré. Había una muchacha en el mostrador. Me miró, miró al perro y llamó al doctor Ernesto sin preguntar nada. El hombre apareció unos minutos después, cabello canoso, lentes de lectura colgados al cuello, bata blanca manchada.
Miró al perro y frunció el ceño. ¿Qué pasó?, preguntó. Lo hallé en la carretera. Respondí, abandonado. No mueve las patas de atrás. El doctor Ernesto tomó al perro de mis brazos y lo llevó a una mesa al fondo. Lo examinó rápido, le palpó las piernas, le miró los ojos, la boca, las encías. Está deshidratado, desnutrido y tiene parálisis en las patas traseras.
Puede ser de nacimiento o alguna lesión en la columna. Difícil saberlo. Sin estudios. ¿Va a sobrevivir?, pregunté. El veterinario me miró por encima de los lentes. Depende si se cuida bien, tal vez, pero va a dar trabajo y va a salir caro. Tragué saliva. Sabía que iba a salir caro, pero no pude decir que no. Haga lo que pueda, doctor, yo le pago como vaya pudiendo.
Él asintió, le puso suero, le dio antibiótico, me dio una lista de cuidados, remedio, comida especial, limpieza. Atención. Cuando salí de ahí, el sol ya estaba abajo. El perro dormía en el asiento respirando mejor. Me había gastado la mitad de lo que tenía guardado para apagar la luz, pero estaba vivo. Llegué a casa cuando ya era de noche.
El rancho estaba oscuro, silencioso. Lo llevé para dentro. Le preparé una cama con cobijas viejas cerca de la estufa de leña. Le puse agua, intenté darle de comer, pero no quiso. Me quedé sentado en el suelo a su lado, mirando, pensando. Elena siempre decía que yo era demasiado duro, que no dejaba que nada me conmoviera.
Tal vez tenía razón, tal vez he pasado tanto tiempo solo que se me olvidó cómo es cuidar de alguien. Pero esa noche, mientras el perro dormía temblando de vez en cuando, me quedé despierto. Me quedé despierto porque por primera vez en 4 años no estaba completamente solo y eso asustaba, pero también calentaba algo dentro de mí que yo creía que se había muerto junto con ella.
La madrugada llegó despacio, como siempre llega al semidesierto, sin prisa, sin aviso, solo la oscuridad cediendo su lugar a un azul débil que se va aclarando poco a poco. No dormí ni lo intenté. Me quedé ahí sentado en el suelo de cemento frío de la cocina con la espalda apoyada en el trastero viejo que Elena pintó de blanco hace tantos años que la pintura ya se estaba descarapelando.
El perro respiraba, pero era una respiración extraña. A veces pausaba, se detenía por unos segundos demasiado largos y yo contenía mi propio aliento. esperando hasta que volvía a jalar aire despacio, débil, como si cada bocanada le costara todo lo que tenía. No sabía su nombre, no sabía nada de él en realidad, de dónde venía, cuánto tiempo estuvo en esa carretera, cuántas personas pasaron frente a él antes que yo.
Pero sabía una cosa, estaba luchando y yo, sin entender bien por qué, también lo estaba. Me levanté como cuatro veces durante la noche. Puse la mano cerca de su hocico para sentir el aire calientede su respiración. Mojé un trapo y le humedecí la boca como el doctor Ernesto me había mandado. Le acomodé las cobijas cuando se movía.
Él nunca abrió los ojos, solo gemía bajito, un sonido que partía el alma. Como a las 5 de la mañana, cuando el gallo del vecino cantó allá a lo lejos, me descubrí platicando con él. “Aguanta, eh”, murmuré pasándole la mano suavemente por la cabeza. “Yo sé que está difícil. Sé que has de estar bien cansado, pero aguanta solo un poco más.” Mi voz salió entrecortada.
Yo no lloraba fácil. Aprendí desde chico que el hombre de campo no tiene tiempo para eso. Mi padre decía que las lágrimas no siembran frijol, no arreglan cercas, no traen la lluvia. Pero ahí, solo en la cocina, con ese animal casi muerto en el suelo, sentí que los ojos me ardían, porque yo sabía lo que era que te dejaran atrás.
Sabía lo que era sentir que ya a nadie le importas. Cuando Elena murió, así fue como me sentí, como si el mundo hubiera seguido adelante y yo me hubiera quedado parado a mitad de la carretera, igual que ese perro, esperando que alguien se detuviera. Pero nadie se detiene. Gente saluda, te dice que lo siente mucho, te manda mensajes, te lleva comida los primeros días, después desaparecen y tú te quedas ahí arrastrando tu propio cuerpo intentando entender cómo se sigue.
Pasé la mano por el hocico del perro otra vez. Estaba caliente, demasiado caliente. Fiebre, dije bajito y el miedo me apretó el pecho. Me levanté rápido, me tronaron las rodillas, fui al refrigerador, agarré hielo, lo envolví en un trapo de cocina y se lo puse cerca de la cabeza, entre las orejas, como había visto a Elena hacer con los gatos cuando se enfermaban.
El perro se movió un poco, olfateó, pero no despertó. Me senté de nuevo, recargué la cabeza en el mueble, cerré los ojos solo por un instante y cuando los abrí, el sol ya estaba entrando por la ventana de la cocina fuerte, iluminando el polvo que bailaba en el aire. Debían ser como las 7, 7:30. Miré al perro. Él me estaba mirando a mí, los ojos cafés, todavía cansados, todavía hundidos, pero abiertos, vivos.
“Ay, chiquito”, dije y la voz se me quebró. “Aquí estás”, parpadeó despacio. No intentó levantar la cabeza, pero me miró. Y en esa mirada había algo, no era gratitud, porque los animales no entienden de eso, pero era reconocimiento. Él sabía que yo estaba ahí, que no me había ido. Me arrastré más cerca.
Agarré la vasija con agua que el doctor me había dicho que le diera de poquito en poquito. Me mojé los dedos y dejé que me lamiera. La lengua estaba caliente, rasposa. Me lamió dos veces, tres. Después paró, exhausto. Despacio le dije. Despacio, que tenemos tiempo. Pero de veras teníamos. Lo miré bien ahora con la luz del día.
Era puro pellejo y hueso. Se le saltaban las costillas por debajo del pelo. Las patas traseras chuecas parecían dos varas secas. La columna hacía una curva extraña. ¿Quién le había hecho eso? ¿Quién mira a un animal así y decide que no vale nada? Sentí coraje. Una rabia vieja, conocida, de esas que uno guarda en el pecho y no sabe bien hacia dónde aventar.
rabia contra el mundo, contra la gente, contra la injusticia tonta que hace que un animal nazca liciado y todavía lo dejen para morir solo. Pero la rabia no iba a ayudar ahora, así que me la tragué de vuelta y me concentré en lo que importaba. Estaba vivo por ahora. El día pasó despacio. Yo tenía 1000 cosas que hacer. El tinaco necesitaba limpieza.
La bomba de agua estaba fallando otra vez. Había maleza creciendo cerca de la hortaliza que Elena plantó y que nunca tuve el corazón de arrancar. Pero no hice nada de eso. Me quedé en casa, me quedé con él. Cada dos horas le daba agua, le mojaba la boca con el trapo. Intenté darle un poco de caldo de pollo que hice en la estufa de leña, bien ralo, pero no quiso. Volteaba la cabeza.
Yo insistía. Él gemía y cerraba los ojos. Está bien, le decía. Está bien, sin presiones. Le llamé al doctor Ernesto a media tarde, le expliqué la situación, la fiebre, la debilidad, que no quería comer. Es normal, dijo él del otro lado de la línea. Su cuerpo todavía está en choque. Fue mucho trauma, mucho cansancio.
Siga dándole agua. Si para mañana no mejora, tráigamelo. ¿Y si no aguanta para mañana? Pregunté y la voz me tembló. El doctor se quedó callado por un segundo. Entonces usted hizo lo que pudo, don Juan. A veces uno trata y no es suficiente, pero al menos lo intentó. Colgué el teléfono y me quedé mirando la pared. Usted hizo lo que pudo.
Era lo que la gente me había dicho cuando murió Elena. Hiciste lo que pudiste, Juan. Dios así lo quiso. Ella ya está en paz como si eso ayudara, como si hacer lo que uno puede fuera suficiente cuando pierdes lo que amas. Regresé a la cocina. El perro dormía otra vez. Respiración débil, pero constante. Me senté en el suelo a su lado.
Puse la mano en un costado de su cuerpo solopara sentir el calor, el movimiento de su pecho subiendo y bajando. “No te vas a morir”, dije bajito. “No voy a dejar que te mueras.” Era una tontería. Yo lo sabía. Yo no tenía poder sobre la vida y la muerte. Nadie lo tiene. Pero en ese momento, en esa cocina vieja, con el sol entrando por la ventana e iluminando a ese animal roto, yo necesitaba creer que podía hacer alguna diferencia.
La noche llegó de nuevo. Prendí la lámpara de aceite porque la luz eléctrica estaba fallando, como siempre fallaba a fin de mes, cuando se me atrasaba el recibo. La flama bailaba, lanzando sombras largas en las paredes. El perro seguía en el mismo lugar, envuelto en las cobijas. Me hice café. Café cargado.
De ese que Elena decía que me iba a matar de tanta cafeína. Me senté en la silla de madera cerca de la mesa mirándolo. Fue ahí cuando se movió, no mucho, solo la cabeza. La levantó despacio con un esfuerzo que me dolió ver y miró a su alrededor. Sus ojos se clavaron en los míos. Nos quedamos así, mirándonos por un tiempo que pareció eterno.
Entonces hizo algo que no me esperaba. Movió la cola. Fue un movimiento débil. Casi imperceptible, solo la puntita moviéndose de un lado a otro, rozando la cobija, pero era un meneo, era vida. Me reí. No sé si fue por los nervios o por el alivio, pero me reí. Una risa bajita, ronca, medio llorosa. Ay, canijo le dije.
Ya estás mejor, ¿verdad? Me levanté y agarré el traste del agua. Esta vez, cuando se lo acerqué, bebió. No mucho, pero bebió solito. La mía el agua con la lengua temblorosa de pura debilidad, pero no paró. Y cuando terminó, recostó su cabecita en mi brazo. Fue un gesto de nada, sencillo, pero para mí lo fue todo. Me quedé ahí tieso, sintiendo el peso de esa cabecita caliente contra mi piel.
Y por primera vez en 4 años, desde que Elena se me fue, sentí que tal vez, solo tal vez podría seguir adelante. No porque fuera fácil, no porque el dolor se hubiera esfumado, sino porque ahí en esa cocina, con ese animalito que el mundo había desechado, yo tenía un motivo. Pasé la segunda noche en vela también, pero esta vez no fue por miedo, fue porque no podía dejar de verlo, vigilando como su respiración se calmaba poco a poco, viendo cómo se acomodaba de vez en cuando entre las cobijas.
De madrugada, como a las 3, agarré la guitarra vieja que estaba arrumbada en un rincón de la sala. Hacía años que no le rascaba a las cuerdas. A Elena le encantaba cuando yo tocaba. Decía que tenía mi estilo, aunque fuera medio desafinado. Pero después de que ella faltó, la guitarra se quedó ahí juntando polvo porque no tenía sentido tocar para nadie.
Regresé a la cocina, me senté en el piso recargado en la pared. Afiné las cuerdas que estaban todas flojas y empecé a tocar muy quedito, una canción que mi jefa me cantaba cuando yo era un chamaco, la llorona. El perro abrió los ojos, me miró y se quedó escuchando quietecito, con la cabeza apoyada en las patas de adelante.
Toqué hasta que me dolieron las yemas de los dedos y cuando paré todavía me estaba mirando. ¿Te gustó, verdad?, le pregunté y mi voz salió suavecita. Parpadeó despacio y se volvió a dormir. Dejé la guitarra a un lado. Me acosté en el piso junto a él. Cerré los ojos y por primera vez en dos días dormí.
Dormí sabiendo que cuando despertara él seguiría ahí. Y así fue. Desperté con el sol ya bien alto. Debían ser como las 9 o 10 de la mañana. No recordaba la última vez que me había quedado dormido hasta esa hora. En el rancho uno se levanta con el gallo a las 5 o 5:30 a más tardar, pero el cuerpo me cobró la factura de las dos noches en vela.
Dormí ahí mismo, en el piso frío de la cocina, con el brazo entumecido y el cuello tieso. Lo primero que hice fue mirar al perro. Estaba sentado, bueno, a medias. Las patas de adelante firmes en el suelo, el pecho erguido, pero las de atrás caídas de lado, chuecas como siempre. Pero tenía la cabeza levantada, los ojos se veían más vivos.
Y en cuanto me vio moverme, la cola golpeó el piso dos veces. Tres. Buenos días a ti también, le dije con la voz todavía enredada por el sueño. Me arrastré hasta él. Le pasé la mano por la cabeza. El pelo ya no se sentía tan caliente, la fiebre había cedido. Agarré el traste del agua y se lo puse cerca del hocico. Esta vez bebió sin esperar.
Bebió con ganas, lamiendo hasta la última gota. Tienes sed, ¿verdad, chiquitín? Dije sonriendo sin querer. Me levanté con trabajo, con las rodillas protestando. Fui al fregadero y me lavé la cara con agua helada. Me miré en el espejito que colgaba de la pared, la barba crecida, el pelo hecho un desastre, las ojeras hasta el suelo.
Parecía que me había agarrado a madrazos con el mundo y había perdido, pero por dentro algo había cambiado. No sabía explicar bien qué, solo sabía que era distinto. Fui a la estufa, prendí el fuego y puse el agua a hervir. El café no podía faltar, aunqueel resto del día se desmoronara. Mientras el agua calentaba, saqué un huevo del refrigerador, lo cosí, lo machaqué bien y lo mezclé con un poco de arroz que había sobrado.
Lo puse en un plato hondo. Volví a la cocina. Me senté en el suelo con las piernas cruzadas y el plato en la mano. “Vamos a ver si comes algo hoy”, dije acercándole el plato. El perro olisqueó, bufó. me miró a mí y luego al plato y despacio, muy despacio, empezó a comer. No fue mucho, unas tres o cuatro probadas, pero comió.
Y para mí aquello fue como ver un milagro. Eso mero así dije sintiendo un nudo bonito en el pecho. Come despacito, que hay más. comió un poco más, se detuvo, se lamió los belfos, me miró de nuevo y yo juraría que había gratitud en esos ojos cafés. Me quedé ahí solo mirándolo, pensando. Este animal necesitaba un nombre, no podía seguir diciéndole chiquitín para siempre.
Pero, ¿qué nombre ponerle? Yo nunca fui bueno para esas cosas. Elena era la que les ponía nombre a todo, a las gallinas, a los gatos, hasta las macetas les ponía nombre. Recordé lo que había pensado esa primera noche. Recordé cómo había luchado por seguir aquí, cómo, contra todo seguía dando batalla.
Esperanza, dije en voz alta, probando cómo sonaba. Te voy a llamar esperanza, porque eso fue lo que me diste. El perro ladeó la cabeza. como si estuviera entendiendo. La cola golpeó el piso otra vez. Esperanza, pues, repetí, y esta vez se sintió correcto. Los días que siguieron fueron de rutina. Una rutina nueva, rara, pero buena. Me levantaba temprano, atendía a los animales afuera, las gallinas, los puercos, las tres vacas que me quedaron después de que tuve que vender el resto del ganado.
Luego regresaba, me hacía mi café y le daba su comida a esperanza. Mejoraba cada día, despacio, pero iba para arriba. empezó a comer más, a beber solito, a quedarse despierto más tiempo. Yo lo limpiaba diario con un trapo húmedo, porque él no podía moverse bien para asearse solo. Al principio se ponía tenso, desconfiado, pero después de unos días se relajaba, me dejaba hacer.
Era extraño volver a cuidar de alguien. Se me había olvidado cómo era. Desde que Elena no estaba, solo cuidaba de mí. Y eso a medias. Comía cualquier cosa, dormía poco, trabajaba hasta que el cuerpo me gritaba, pero con esperanza ahí las cosas cambiaron. Tenía que levantarme porque él me necesitaba. Tenía que comer bien porque necesitaba fuerzas para cargarlo.
Tenía que dormir porque si no no aguantaba el tirón al día siguiente. Y él en su silencio me enseñaba cosas que yo ya había echado en el olvido. Paciencia, cómo saber esperar, cómo aceptar que las cosas tienen su tiempo. Una semana después de haberlo encontrado en la carretera, le hablé al Dr. Ernesto otra vez. Ya está mejor.
Le dije, “Come, bebe y está más despierto.” Pero las patas de atrás siguen sin responder. “Era de esperarse, don Juan,”, respondió el doctor. “La parálisis es permanente. No va a volver a caminar con las patas traseras, pero eso no significa que no pueda tener una buena vida. Hay formas de ayudarlo.” “¿Cómo cuáles?”, plen pregunté. Una silla de ruedas.
Se puede mandar a hacer una a la medida o improvisar. Si usted le sabe a la carpintería. Carpintería. Yo no era carpintero, pero le entendía a la madera. Tenía las herramientas de mi padre guardadas en el teján. Cerrucho, martillo, clavos, lija. Tal vez podría armar algo. Voy a calarle, dije. Si ocupo ayuda, le marco o paso por allá para que me enseñe unos modelos.
Le agradecí y colgué. Esa misma tarde me fui al Tejabán. Estaba todo lleno de polvo, abandonado. Hacía años que no movía nada ahí. La última vez fue cuando arreglé la cerca del fondo hace como dos años, pero las herramientas ahí seguían y había madera, sobras de una remodelación que nunca terminé. Me pasé toda la tarde dibujando, midiendo, cortando. No estaba fácil.
Me equivocaba. Lo volvía a hacer. Fallaba otra vez. Mis manos, callosas de tanto usar el azadón, no eran muy finas para ese trabajo, pero le echaba ganas. Esperanza se quedaba en la entrada del tejabán mirándome. Lo había llevado cargando hasta allá y lo puse en la sombra sobre una cobija vieja. Y él se quedaba ahí quieto, no más observando.
Estoy haciendo algo para ti, le dije limpiándome el sudor de la frente. Pero no sé si vaya a servir de algo. Él movió la cola. Trabajé hasta que se puso el sol. Cuando terminé, vi el resultado. Estaba rústico, sencillo, hecho con madera de guacal, dos pedazos de tubo de PVC como eje y dos rueditas chiquitas.
que le quité a una carretilla del mandado que estaba arrumbada por ahí, pero parecía que iba a funcionar. Le hice dos correas de tela que pasaban por abajo de la panza de esperanza para sostenerle las patas traseras. Las rueditas quedaban a la altura donde las patas empezaban a doblarse. La idea era que usara las de adelante para jalarse ylas ruedas cargaran el resto.
“Vamos a ver si jala”, dije levantándolo. Lo llevé de regreso a la casa, lo puse en el piso de la cocina. Con cuidado le pasé las correas, le acomodé las ruedas. Él se puso tenso, lloró bajito. “Tranquilo, tranquilo”, le dije acariciándole la cabeza. Solo estoy ajustando. No te va a doler. Acomodé todo.
Lo aseguré con un velcro viejo que hallé en un cajón y finalmente lo levanté. Las patas traseras quedaron volando, apoyadas en la estructura, las de adelante firmes en el suelo. Me hice a un lado, di dos pasos hacia atrás. Ven, Esperanza. Lo llamé aplaudiendo. Ven para acá. Me miró. Miró sus propias patas y trató de dar un paso. La rueda chirrió. Se detuvo asustado.
Ándale, si puedes le dije. Aquí estoy yo. Lo intentó de nuevo. Una pata de adelante, luego la otra. Las ruedas se movieron despacio, con torpeza, pero se movieron. Esperanza dio tres pasos. se detuvo, me miró con los ojos bien abiertos y luego, como si le hubiera caído el 20, dio otros dos pasos, luego tres más y de repente ya estaba caminando, no rápido, no perfecto, pero caminaba.
Me hinqué en el piso, aplaudí otra vez, “Ven, ven para acá.” y vino, vino hacia mí arrastrando las rueditas en el piso de cemento con las patas de adelante jalando todo el cuerpo. Cuando llegó conmigo, brincó, bueno, quiso brincar y apoyó las patas de adelante en mi pecho. La cola se le movía como loca, la lengua de fuera, los ojos brillando, yo, ahí hincado en el piso de esa cocina vieja, abracé a ese perro y lloré.
Lloré de alivio, lloré de alegría. Lloré porque hacía tanto tiempo que no sentía algo parecido a la esperanza de verdad, que se me había olvidado cómo se sentía. “Lo lograste, chiquitín”, dije con la voz cortada. “Lo lograste.” Me quedé ahí abrazado a él hasta que cerró la noche y esa noche cuando me fui a dormir, Esperanza se fue conmigo.
Por primera vez no durmió en la cocina, durmió en mi cuarto, en una cama que le hice con cobijas en el suelo a un lado de la mía y dormía en paz. Las semanas pasaron. Esperanza se fue acostumbrando a su carretita. Al principio era bien buey, chocando con todo y tropezándose, pero pronto le agarró el modo.
En pocos días ya andaba por toda la casa, por la cocina, por la sala, por el patio. Yo le iba haciendo ajustes a la silla conforme crecía, porque estaba creciendo por fin, ganando peso, poniéndose fuerte y me acompañaba a todo. Cuando iba a darles de comer a las gallinas, él iba conmigo rodando por la tierra del patio.
Cuando iba al potrero, se quedaba en la sombra esperando. Cuando me sentaba en el porche, al final del día, venía y recostaba la cabeza en mi pie. La soledad que cargaba desde hace 4 años, esa soledad pesada que hacía que la casa pareciera un panteón, empezó a aligerarse. Todavía dolía. Todavía había noches en que extrañaba a Elena con una fuerza que me dejaba sin aire, pero ahora estaba esperanza y él, sin decir una palabra, me recordaba diario que todavía valía la pena.
Una tarde, don Valdemar se asomó por la entrada, tocó el claxon de su camioneta vieja, salí a ver qué se le ofrecía. “¿Qué onda, Juan?”, gritó bajándose del mueble. “Vine a devolverte la llave perica que me prestaste. Agarré la llave, le di las gracias. Ah, caray. ¿Y ese perro? Preguntó viendo a Esperanza arrimarse con su carretita.
Lo hallé en la carretera. Estaba tirado. Lo curé. Don Valdemar se agachó y le pasó la mano a esperanza. El perro le movió la cola. No pues, ¿qué cosa? Me miró de arriba a abajo. Muy tu estilo, Juan. Siempre fuiste de los que cuidan a los demás. No contesté. No sabía qué decir. Te ves diferente, siguió él. Más vivo.
Esta vez sonreí solo un poquito, pero sonreí. Sí, creo que sí lo estoy. Se fue al poco rato y yo me quedé ahí viendo a esperanza. ¿Sabías que ibas a cambiarlo todo, chiquitín? Le pregunté. Me miró con la cabeza ladeada y movió la cola. Yo no tenía la respuesta, pero no hacía falta. Porque a veces la vida te cambia. sin avisar.
Y a veces el que te cambia es un perro roto que el mundo tiró a la basura. Noviembre llegó trayendo ese calor pesado que avisa que ya vienen las aguas. El campo se ponía seco, agrietado, sediento. El polvo colorado se levantaba con cualquier airecito y se te pegaba en la piel, en la ropa, en el pelo. Las plantas se marchitaban esperando el chorro.
Y yo, que conocía bien esta tierra, sabía que cuando la lluvia llegara no iba a venir de buenas. Iba a venir con rabia, cobrando los meses de sequía. Esperanza ya estaba bien adaptado. Hacía casi dos meses que lo había recogido de la carretera. Había subido de peso, el pelo le brillaba y los ojos estaban bien despiertos. La carretita que le hice ya llevaba como tres arreglos.
La iba mejorando, ajustándola para que estuviera más cómoda. Hasta le puse una almohadilla en las correas hecha con retazos de una camisa vieja de Elena para que no lecalara en la panza. Me seguía a todos lados. Cuando me iba a la huerta, se quedaba bajo la sombra del guayabo, observando. Cuando arreglaba la cerca, se venía conmigo olfateando todo de curioso.
En las noches dormía en mi cuarto, en su cama de cobijas, y en la mañana él era quien me despertaba pegando su hocico frío en mi mano. Me había acostumbrado más que eso. me había encariñado y eso me daba miedo porque el cariño duele. Yo ya lo sabía, lo aprendí con Elena. Entre más quieres a alguien, más te duele cuando te lo quitan y la vida tiene la maña cruel de quitarte justo lo que más amas.
Pero Esperanza ahí estaba todos los días y poco a poco fui soltando el miedo y dejando que ese animal ocupara un lugar en mi pecho que yo pensaba que ya estaba muerto. Fue un jueves, ya tarde, cuando todo cambió. Estaba arreglando la puerta del corral del fondo. La madera ya estaba podrida, la polilla se había comido la mitad. Tenía que cambiar las tablas antes de que se me viniera abajo.
Esperanza estaba echado en la sombra como siempre, vigilándome con esos ojos atentos. El cielo se empezó a poner oscuro, pero no era la oscuridad normal de la tarde, era diferente. Las nubes venían gordas, pesadas, negras como el carbón. El viento cambió de golpe, se puso fuerte, frío, trayendo ese olor a tierra mojada mezclado con algo eléctrico, metálico, olor a tormenta de las de a de veras.
Miré al cielo y sentí un vuelco en el pecho. Esperanza. Vámonos! Le grité. Esto se va a poner feo. Agarré las herramientas y las eché al balde. Esperanza ya venía hacia mí con sus rueditas haciendo ruido en la tierra seca. Lo cargué en brazos con todo y su carrito y empecé a caminar rápido hacia la casa. El viento arreció.
Los árboles empezaron a doblarse, hojas secas volaban por todos lados. Y entonces en el horizonte lo vi, una pared de agua gruesa, gris, viniendo hacia nosotros como una ola de mar. “Chingada madre”, murmuré. Empecé a correr o a intentar correr con esperanza en los brazos, pesado con todo y su silla de ruedas, no podía ir rápido. Pero lo intenté.
Las piernas me quemaban, el corazón me latía fuera de ritmo, la lluvia me alcanzó antes de llegar a la casa. Cayó todo de un solo golpe. No fue lluvia, fue un diluvio, pesada, violenta, fría. En segundos estaba empapado hasta los huesos. El suelo se volvió puro lodo. Me resbalé. Casi me caigo, pero logré equilibrarme.
Esperanza gemía en mis brazos, asustado con el estruendo, con el agua. “¡Calma, calma!”, grité por encima del ruido de la tormenta. “Ya casi llegamos.” Pero la casa parecía más lejos a cada paso. El barro me jalaba las botas, la lluvia me golpeaba la cara, me cegaba, el viento aullaba y entonces cayó el rayo. Cayó cerca, tan cerca que sentí el olor a quemado.
Vi el resplandor blanco que iluminó todo por un segundo. El trueno vino pegado, ensordecedor. El suelo tembló. Esperanza se sacudió en mis brazos aterrorizado. Lo apreté contra mi pecho. Todo está bien. Todo está bien. Mentía porque nada estaba bien. Finalmente llegué a la casa. Subí los tres escalones del porche resbalándome, casi cayendo de nuevo.
Empujé la puerta con el hombro. Entramos. Cerré la puerta con el pie jadeando. Adentro estaba oscuro. Se había ido la luz. Puse a esperanza en el suelo con cuidado. Estaba temblando, empapado, con los ojos pelones de puro miedo. Yo también temblaba, pero no era solo por el frío. “Quédate ahí”, le dije. “Voy por una toalla.
” Fui hasta el cuarto tanteando en la oscuridad. Agarré dos toallas viejas. Volví. Encendí una vela que tenía sobre la mesa. La luz débil iluminó la cocina. Esperanza seguía donde lo dejé encogido, siguiéndome con la mirada. Me arrodillé, le quité el carrito con cuidado, empecé a secarlo con la toalla. Temblaba tanto que apenas podía quedarse quieto.
“Ya pasó, chiquito”, le dije bajito. “Ya estamos dentro de casa, estás a salvo.” Pero la tormenta allá afuera solo empeoraba. El viento sacudía las ventanas, la lluvia golpeaba el techo de lámina con tanta fuerza que parecía que caían piedras, otro rayo, otro trueno y entonces un ruido diferente. Crack, un crujido fuerte de madera rompiéndose.
Corrí a la ventana, miré hacia afuera. Por lo poco que se alcanzaba a ver en la oscuridad y la lluvia, uno de los árboles grandes del patio se había caído. No por completo, estaba medio ladeado, recargado sobre la cerca. No, no, no murmuré. Si la cerca rompía, las vacas se iban a escapar. Y si se escapaban en esta tormenta, en lo oscuro, no las iba a encontrar.
Podría perderlo todo. Miré a esperanza. Miré la puerta, la cabeza me daba vueltas. ¿Qué hacer? No podía salir. Era demasiado peligroso, pero si no hacía nada, perdería el ganado. Y las vacas eran lo único que me quedaba. Eran la leche, el sustento, la poca lana que entraba. Sin ellas no tenía cómo pagar las cuentas.
“Mierda!”, grité pasándome las manos por la cara mojada. Esperanza gemíaacercándose a mí y arrastrando las patas traseras porque le había quitado el carrito. Respiré hondo. Pensé rápido. Tenía que ir. Tenía que al menos ver el daño, amarrar la cerca con alambre, cualquier cosa para que aguantara hasta que pasara la tormenta.
Me volví hacia esperanza. “Tú te quedas aquí”, le dije. “No te muevas, ¿oíste?” Lo puse en su camita de cobijas. Me miraba con esos ojos que me partían el alma como si me estuviera pidiendo que no me fuera, pero tenía que irme. Agarré el impermeable viejo que estaba colgado detrás de la puerta. Me lo puse.
Agarré la linterna de pilas. La probé. La luz era débil, pero funcionaba. Me metí las pinzas y un rollo de alambre viejo en el bolsillo. Abrí la puerta. El viento casi me la arranca de la mano. La lluvia entró de golpe, mojando el piso de la cocina. Miré a esperanza una última vez. Ya vuelvo le dije. Y salí. Afuera era el caos.
La lluvia caía tan fuerte que apenas se podía respirar. La linterna iluminaba unos pocos metros frente a mí. Caminaba despacio tratando de no resbalar. El lodo me llegaba a los tobillos. Llegué cerca del árbol caído. Era peor de lo que pensaba. El tronco se había rajado en la base y se había desplomado, llevándose un pedazo grande del alambrado.
Las vacas estaban inquietas, mujiendo, asustadas, pero al menos seguían ahí. Empecé a trabajar. Amarré el alambre en la cerca tratando de jalar, de sostener. Las manos se me resbalaban. Los dedos los tenía entumecidos por el frío. Otro rayo cayó cerca otra vez. El resplandor me cegó por un segundo. Seguí trabajando. Me tomó casi una hora, tal vez más.
Perdí la noción del tiempo. Cuando finalmente terminé, la cerca estaba remendada. No iba a aguantar mucho, pero serviría hasta el día siguiente. Me di la vuelta para volver a la casa. Y fue ahí cuando lo oí. Un ladrido débil, ahogado por la lluvia, pero era un ladrido. Esperanza. Se me heló la sangre.
Apunté la linterna hacia donde venía el sonido y lo vi. Estaba ahí en medio del patio, sin su carrito, arrastrándose en el lodo con las patas delanteras, las traseras hundidas en el agua, ladrando, buscándome esperanza, grité corriendo hacia él. Estaba empapado, cubierto de lodo, temblando violentamente. ¿Cómo se había salido de la casa? La puerta no la había cerrado bien.
El viento debió empujarla. Lo cargué. Estaba helado. Demasiado helado. ¿Qué estás haciendo aquí, animalito loco? Grité, pero mi voz sonaba desesperada. Tenías que quedarte adentro. Él solo gemía débil con la cabeza pesada sobre mi brazo. Corrí de vuelta a la casa, entré, cerré la puerta con fuerza, lo puse en el suelo, agarré todas las toallas que tenía, empecé a secarlo rápido con desesperación.
No, no, no repetía sin parar. No te puedes enfermar, esperanza. No puedes. Pero temblaba demasiado. Y cuando puse la mano en su pecho, sentí el corazón latiéndole demasiado rápido, irregular. Lo cargué de nuevo, lo llevé al cuarto, lo puse en mi cama envuelto en cobijas, me acosté a su lado pasándole la mano por el cuerpo tratando de calentarlo.
“Quédate conmigo”, susurré. “Quédate conmigo, esperanza. por favor. La tormenta afuera seguía, pero dentro del cuarto solo estábamos nosotros dos, yo perro, que me había salvado tanto como yo lo había salvado a él. Y mientras la noche se arrastraba, recé. Recé a un dios en el que ya no sabía si creía. Recé para que cuando saliera el sol, Esperanza todavía estuviera ahí vivo, respirando conmigo. Capítulo 5.
El precio de la esperanza. La madrugada fue la más larga de mi vida, más larga incluso que aquella en que Elena murió en el hospital cuando me quedé sentado en la silla de plástico duro del pasillo, esperando que alguien me dijera que había sido un error, que ella iba a estar bien. Pero nadie lo dijo y se fue.
Ahora era esperanza y no podía perderlo a él también. Me quedé acostado en la cama con él envuelto en las cobijas a mi lado. La tormenta afuera había bajado un poco, pero seguía lloviendo. La lluvia golpeaba el techo de lámina con un ritmo constante, hipnótico. Dentro del cuarto, solo la vela encendida sobre la mesa de luz, la llama temblando, proyectando sombras en las paredes descascaradas.
Esperanza respiraba, pero era una respiración mal, equivocada. demasiado rápida, agitada. De vez en cuando tosía un sonido seco que me apretaba el pecho. Le pasaba la mano despacio tratando de calmarlo. Abría los ojos de vez en cuando, me miraba y lo cerraba de nuevo. “Aguanta firme, chiquito”, le repetía con la voz ronca.
“Solo hasta que amanezca, entonces te llevo con el doctor.” Pero la madrugada se arrastraba. Las manecillas del reloj viejo en la pared parecían no moverse. Las 5 de la mañana, las 5:30. El cielo afuera seguía oscuro, la lluvia no paraba. Me levanté como tres veces para checarle la temperatura. Caliente, muy caliente. La fiebre estaba alta.
Otra vez mojé un trapo con agua fría. Selo pasé por la frente, por las orejas. Él gemía bajito. A las 6 la lluvia finalmente empezó a dar tregua. Se volvió una llovisna. El cielo aclaró un poco, un gris sucio que anunciaba el día. Me levanté de la cama con cuidado para no despertar a esperanza, pero ya estaba despierto.
Me miraba con esos ojos cansados. “Buenos días, bicho”, le dije forzando una sonrisa. Vamos a dar una vuelta con el doctor. ¿Está bien? Agarré su carrito que todavía estaba mojado, lo sequé con una toalla. Me puse ropa seca, cargué a esperanza, envuelto en una cobija. Estaba lacio, sin fuerzas.
Eso me asustó más que cualquier otra cosa. Salí de la casa. El patio era un mar de lodo. El árbol caído seguía ahí, recargado en la cerca remendada. Las vacas estaban quietas ahora, amontonadas debajo del árbol de mango, tratando de protegerse de la llovizna que seguía cayendo. Puse a esperanza en el asiento del copiloto de la camioneta con cuidado, acomodando la cobija a su alrededor.
Di la vuelta, me subí, encendí el motor, arrancó al tercer llavazo. El camino estaba horrible, baches llenos de agua, lodo por todos lados. iba despacio, sorteando lo que podía, pasando por encima de lo que no tenía de otra. La camioneta se coleaba de vez en cuando, el corazón se me aceleraba, miraba a esperanza. Estaba quieto, con la cabeza apoyada en el asiento, los ojos entrecerrados.
Solo un poco más, dije, más para mí que para él. Tardé casi dos horas en llegar a San Juan del Río. Lo que normalmente tomaba 40 minutos se volvió una eternidad. Cuando finalmente me estacioné frente a la clínica del doctor Ernesto, eran casi las 8 de la mañana. Cargué a esperanza. Empujé la puerta de la clínica con el hombro.
La muchacha de la recepción me vio y se levantó rápido. Don Juan, ¿qué pasó? Se quedó en la lluvia. dije con la voz angustiada. Tiene fiebre, está tosiendo. Necesito que el doctor lo vea. Ella desapareció hacia atrás y volvió con el doctor Ernesto. Traía su bata blanca, el pelo revuelto, como si se acabara de despertar, pero cuando vio a Esperanza, su cara se puso seria.
“Tráelo para acá.” Llevé a esperanza hasta la sala de auscultación. Lo puse en la mesa. El doctor empezó a revisarlo. Temperatura, latidos, respiración. Le miró la garganta, las encías, los ojos. Se quedó callado un rato, demasiado rato. ¿Y bien?, pregunté con las manos temblándome. ¿Va a estar bien? El doctor Ernesto se quitó el estetoscopio del cuello. Me miró.
Neumonía. La palabra cayó como una piedra. Neumonía. Sus defensas no son buenas, don Juan, por la parálisis, por la desnutrición que traía de antes. Su cuerpo ya es frágil y quedarse bajo la lluvia fría fue el golpe de gracia. Pero, ¿pero tiene tratamiento, verdad?, pregunté sintiendo que el desespero me subía por la garganta.
¿Se puede curar? Sí, pero es grave. Va a necesitar antibióticos fuertes, tal vez hasta oxígeno si empeora y aún con el tratamiento no le puedo garantizar nada. ¿Cuánto cuesta? Pregunté directo. Él vaciló. El tratamiento completo, unos 8000, 10,000 pesos, depende de cuánto tiempo tenga que quedarse internado. 10,000 pes.
Sentí que el suelo se me hundía. No tenía 10,000 pes. No tenía ni la mitad. El dinero que sobraba al final del mes apenas alcanzaba para la comida y la luz. Le debía a la tienda del pueblo. Debía la letra del tractor viejo que compré el año pasado y que ya se había descompuesto dos veces. 10,000 pesos podían ser la diferencia entre poder sembrar la próxima cosecha o pasar hambre.
Pero miré a esperanza ahí, acostado en la mesa, respirando con dificultad, buscándome con la mirada, incluso estando tan mal, y supe que no importaba. “Hágale el tratamiento”, dije. Yo veo de dónde saco la lana. El doctor Ernesto me puso la mano en el hombro. Voy a hacer lo posible, don Juan. Lo voy a cuidar como si fuera mío. Asentí sin poder hablar.
Tenía la garganta cerrada. Dejé a esperanza allá. Fue una de las cosas más difíciles que he hecho. Me miraba cuando salía con esos ojos que parecían preguntar por qué me iba. Casi me doy la vuelta, casi lo cargo y me lo llevo de regreso a la casa, pero sabía que allá no iba a mejorar. Necesitaba cuidados médicos, necesitaba al doctor Ernesto.
Salí de la clínica y me subí a la camioneta. Me quedé ahí sentado con las manos en el volante y por primera vez en mucho tiempo lloré. Lloré de miedo. Lloré de impotencia. Lloré porque no era justo. Nada de esto era justo. Él no pidió nacer así. No pidió que lo abandonaran. Y ahora que finalmente había encontrado un lugar, una persona, un poco de paz, la vida venía y trataba de quitarle todo otra vez.
No es justo”, dije en voz alta con la voz quebrada. No es justo, Pero la vida nunca ha sido justa. Yo lo sabía. Lo sabía desde niño, cuando mi padre murió de un infarto a mitad de la milpa y dejó a mi madre sola con cinco hijos que mantener. Lo supe cuando Elena se enfermó, cuando losmédicos dijeron que ya no había nada que hacer. La vida no es justa.
Nunca lo ha sido, nunca lo será. Pero eso no quiere decir que uno se rinda. Me limpié la cara con el dorso de la mano. Respiré hondo, encendí el motor. Tenía que conseguir el dinero y rápido pasé los tres días siguientes vendiendo todo lo que podía. La televisión vieja que ya casi ni prendía, el sofá de la sala que Elena había comprado hace 10 años, herramientas que no usaba, una motosierra descompuesta que tal vez a alguien le sirviera para piezas.
Cada cosa que vendía era una puñalada porque eran recuerdos, eran pedazos de la vida que había construido, pero esperanza valía más. Le llamé a don Valdemar. Le pedí un adelanto por el trabajo que le iba a hacer el próximo mes. Dudó, pero aceptó. Me mandó 1500 pesos. Fui al banco. Intenté pedir un préstamo.
Me lo negaron. Mi nombre estaba manchado. Cuentas atrasadas de quién sabe cuándo. Al segundo día vendí una de las vacas, la más joven, la que daba más leche. Un ganadero de los alrededores me pagó 4000 pes. Era menos de lo que valía, pero no podía esperar. Acepté. Al tercer día junté todo, 7000 pes.
Todavía faltaban 3000. Fui a la clínica. El Dr. Ernesto estaba en su oficina. revisando unos papeles. ¿Cómo está él? Pregunté antes de cualquier cosa. Me miró y suspiró estable, respondiendo al antibiótico, pero todavía no está fuera de peligro. Traje el dinero que conseguí, dije poniendo el sobre encima del escritorio. 7000 pes. Faltan 3,000. Se los pago.
Solo necesito un poco más de tiempo. El doctor tomó el sobre. No lo abrió. Solo me miró. Don Juan, yo sé que usted está haciendo lo imposible y voy a seguir tratando a esperanza con o sin el dinero completo. Me paga cuando pueda. Sentí que los ojos me ardían otra vez. Gracias. Fue todo lo que pude decir. ¿Quiere verlo?, preguntó. Asentí.
Me llevó a la parte de atrás. Había como cinco jaulas grandes con animales internados, perros. gatos hasta un loro. Y allá en la esquina, en una jaula forrada con cobijas, estaba Esperanza. Levantó la cabeza cuando me vio. La cola golpeó el suelo. Débil, pero la golpeó. “Hola, chiquito”, le dije arrodillándome frente a la jaula.
Se acercó a la reja, metió el hocico entre los barrotes, me lamió la mano. “Estás mejor”, le dije acariciándole la cabeza. Vas mejorando, ¿verdad? gemía bajito. Un sonido bueno, un sonido de reconocimiento. Me quedé ahí como 20 minutos solo mirándolo, hablándole bajito, diciéndole que pronto lo llevaría a casa, que íbamos a estar bien, que todo saldría adelante.
Le mentí tanto en esos 20 minutos que yo mismo casi me lo creo. Cuando salí de la clínica, el sol ya se estaba poniendo. El cielo estaba despejado, ni una sola nube. Después de la tormenta, el tiempo seco había regresado. Los charcos de lodo se estaban secando. El mundo volvía a la normalidad, pero yo no.
Manejé de regreso a casa en la oscuridad. La carretera estaba sola, solo yo, el ruido del motor y ese silencio pesado que te cae encima cuando te quedas solo otra vez. Llegué a casa tarde. La casa estaba a oscuras, fría, vacía. Entré, prendí la luz, miré a mi alrededor. El plato de comida de esperanza seguía ahí en el piso de la cocina.
Su carretita de madera estaba recargada contra la pared. Su camita de cobijas estaba en mi cuarto vacía. Me senté en la silla de la cocina, me cubrí la cara con las manos y lo pensé. De verdad vale la pena todo este sufrimiento, toda esta lucha, todo este dinero que no tengo solo para salvar a un perro que el mundo tiró a la basura. Pero entonces me acordé.
Me acordé de la primera vez que me miró allá en la orilla de la carretera. Me acordé de cómo movió la cola cuando logró caminar con su carretita. Me acordé de cómo dormía en mi cuarto, de cómo me seguía a todos lados, de cómo me hizo sentir que la vida todavía tenía un sentido. Y supe la respuesta. Valía. Valía cada centavo, cada sacrificio, cada noche sin pegar el ojo, porque él me había salvado a mí también.
Y cuando uno ama a alguien, aunque ese alguien sea un perro chueco con una carretita de madera, uno hace lo que tiene que hacer siempre. Pasaron 7 días, 7 días que me parecieron 7 años. Me despertaba todos los días antes de que saliera el sol. Terminaba la chamba en el campo a las carreras y me iba hastao a ver a Esperanza.
Me quedaba ahí media hora, una hora, el tiempo que el doctor Ernesto me permitía. Platicaba con él a través de las rejas de la jaula. Le contaba cómo estaba la casa, las vacas, las gallinas. puras tonterías que él no entendía, pero que yo necesitaba decir. Y él iba mejorando despacio, pero iba. Al tercer día ya podía quedarse sentado por más tiempo. Al quinto comió solito.
Al sexto, cuando llegué, estaba parado en la jaula, con las patas delanteras firmes y la cola batiendo el aire en cuanto me vio. Este animal tiene unas ganas de vivir que nunca había vistodijo el Dr. Ernesto parado a mi lado. Cualquier otro ya se hubiera rendido, pero él no es fuerte. dije sintiendo un orgullo que me inflaba el pecho.
Siempre lo ha sido. Al séptimo día, un jueves por la mañana, sonó el teléfono. Eran las 6. Yo estaba sacando agua del pozo cuando oí el timbrazo desde adentro de la casa. Solté la cubeta y corrí. Contesté jadeando. Don Juan. Era la voz del Dr. Ernesto. El corazón se me disparó. Una llamada tan temprano nunca era buena noticia.
Doctor, pasó algo malo. Ya puede venir por esperanza. Ya está sano. Me quedé parado, sin reacción, sin palabras. Don Juan, ¿me escucha? Sí, dije con la voz saliendo toda apretada. Aquí sigo. Yo yo voy para allá ahora mismo. Ya salgo. Colgé. Me quedé ahí parado en medio de la cocina apretando el teléfono y entonces me caí de rodillas.
No de tristeza, de puro alivio, de alegría, de una gratitud tan grande que no me cabía en el pecho. Gracias, dije en voz alta, no sé bien a quién, a Dios, tal vez, al universo, a la vida misma. Gracias. Llegué a la clínica en tiempo récord. Ni me importaron los baches de la carretera de terracería. La troca saltaba, rechinaba, pero yo no le aflojaba al acelerador.
Cuando me estacioné frente a la clínica, casi me vuelo el espejo retrovisor por la prisa de bajarme. Entré. La muchacha del mostrador me sonrió en cuanto me vio. Lo está esperando, don Juan. Me fui directo a la parte de atrás. El doctor Ernesto ya estaba ahí con esperanza en brazos y cuando me vio el animalito casi se le tira de los brazos al veterinario.
Ladró, movió la cola con tanta fuerza que todo el cuerpo se le jaloneaba. Esperanza dije cargándolo. Me lamió toda la cara, las orejas, la nariz, la boca. Lloriqueaba de pura felicidad y yo me reía y lloraba al mismo tiempo, abrazándolo fuerte, sintiendo su calor, su corazoncito latiendo recio contra mi pecho.
“Calma, mi hijo, calma”, le decía, pero yo también estaba fuera de mí. El doctor Ernesto sonreía con los lentes brillando por la luz de la ventana. “Está bien, don Juan.” Totalmente recuperado. La neumonía ya pasó. Los pulmones están limpios, solo necesita reposo unos días más. Nada de esfuerzos pesados, pero fuera de eso está perfecto.
Gracias, doctor, le dije mirándolo a los ojos. Gracias por todo. Sé que todavía le debo el resto del dinero, pero le juro que le voy a pagar. Me tardaré lo que sea necesario, pero le pago hasta el último peso. Él hizo un gesto con la mano, restándole importancia. No se apure por eso ahorita. Págueme cuando pueda. Lo importante es que él está bien.
Asentí sin poder decir más. Agarré la carretita que el doctor había guardado. Se la puse a esperanza. Él estaba inquieto, queriendo echarse a andar. Ya, calma que ya nos vamos para el rancho”, le dije. Salimos de ahí. Lo subí en el asiento del copiloto. Esta vez no se quedó acostado. Se quedó sentado mirando por la ventana con la lengua de fuera y la cola golpeando el asiento de felicidad.
El viaje de regreso fue distinto. El sol estaba fuerte, pero no quemaba. El cielo azulito, sin nubes. La carretera tenía los mismos baches de siempre, pero se sentía menos rasposa. Todo parecía menos áspero. Miré a esperanza. Él me devolvió la mirada y en esos ojos vi todo lo que necesitaba saber.
Estaba feliz, estaba vivo, regresaba a casa conmigo. Cuando llegamos, el patio todavía tenía las huellas de la tormenta. El árbol caído seguía ahí, que todavía no había tenido fuerzas para quitarlo. La cerca remendada seguía chueca, pero la casa estaba en pie y ahora iba a tener vida otra vez. Cargué a esperanza y entré. Lo puse en el suelo.
Se quedó parado un momento, olfateándolo todo, reconociendo su lugar. Luego empezó a caminar despacito por la cocina, por la sala hasta mi cuarto. Cuando llegó a su camita de cobijas, dio una vuelta toda chueca y se echó. Suspiró. Cerró los ojos. “A poco no, mi hijo”, dije sonriendo. “Como el hogar no hay dos.” Me fui a la cocina.
Le preparé comida, carne deshebrada con arroz y un poco de zanahoria que el doctor me encargó que le diera. Se lo puse en su plato, se lo llevé al cuarto. Esperanza se levantó, olisqueó y comió. Se lo acabó todo. Lamió el plato hasta que quedó brillando. Buena señal, dije. Me pasé el resto del día en la casa con él. No salí a la chamba, no fui a arreglarla cerca.
No hice nada. Solo me quedé ahí sentado en el piso del cuarto con esperanza echado a mi lado, con su cabeza apoyada en mi pierna. Y por primera vez en mucho tiempo me sentí completo. Los días que siguieron fueron de recuperación para él y para mí. Esperanza fue volviendo a ser el de antes.
Primero se quedó solo adentro de la casa, descansando. Luego empezó a andar un poquito por el patio, siempre con su carretita. Yo no le quitaba el ojo de encima, no dejaba que se cansara, pero cada día lo veía más fuerte, con más ánimos, más vivo. Y yo también fui cambiando. Me dicuenta de que me había pasado 4 años viviendo en automático.
Me despertaba, trabajaba, comía, dormía una y otra vez. No sentía nada, no quería nada, solo existía. Pero esperanza me había despertado, me había demostrado que todavía había una razón para levantarse en la mañana, que todavía había una razón para luchar, que todavía se podía creer que las cosas podían mejorar. Una semana después de traerlo de regreso, estaba yo en el porche tomándome un café cuando don Waldemar apareció otra vez, se bajó de su troca, se quitó el sombrero y se acercó.
¿Qué onda, Juan? ¿Cómo sigue el perro? Bien, patrón, respondí, ya se recuperó, gracias a Dios. Él miró hacia el patio. Esperanza estaba allá, echado bajo la sombra del guayabo, viendo cómo las gallinas picoteaban la tierra. Oye, dijo don Waldemar rascándose la cabeza. Me enteré de que vendiste la vaquita nueva para pagar el tratamiento.
No le respondí, solo le di un trago al café. Y me quedé pensando, siguió él, tengo una novilla que me sobra. Está dando buena leche. Pensé en regalártela para reponer la que vendiste. Lo miré sin entender. Don Waldemar, yo no puedo aceptarle eso. No te estoy preguntando si puedes. Te estoy diciendo que te la voy a dar.
Se puso el sombrero de nuevo. Eres un buen hombre, Juan. Siempre lo ha sido. Y al mundo le hace falta más gente como tú. Gente que se detiene a ayudar, gente a la que le importa. Sentí que se me cerraba la garganta. No sé ni qué decirle. No me digas nada. Mañana te la traigo. Me dio una palmadita en el hombro y se fue.
Me quedé ahí viéndolo irse y me di cuenta de que la bondad jala bondad. que cuando haces el bien, aunque te cueste todo, de alguna forma, la vida te lo devuelve. Pasaron dos meses, Esperanza estaba completamente recuperado. Más que eso, estaba feliz. Todos los días me despertaba temprano, rozándome la mano con su nariz fría. Desayunábamos juntos.
Yo me comía un bolillo con mantequilla y él su croqueta con un huevo estrellado. Después nos íbamos al patio, yo trabajaba y él me acompañaba. Cuando iba al corral, él iba conmigo rodando con su carretita por la tierra. Cuando arreglaba la cerca, él se quedaba en la sombra vigilando. Por la noche cenábamos juntos y después yo agarraba la guitarra.
había vuelto a tocar todas las noches y Esperanza se echaba a mi lado a escuchar con la cabeza en las patas y los ojos a medio cerrar. Una noche estaba yo tocando cielito lindo cuando se me ocurrió una idea. Dejé de tocar, miré a esperanza. “¿Y si ayudáramos a otros animales?”, dije en voz alta, “Iguales que tú, animalitos que nadie quiere de esos que tiran por ahí.
” Él me miró ladeando la cabeza. Tenemos espacio. Aquí está la bodega vieja que ni uso. Podríamos convertirla en un refugio chiquito, pero que sirva. ¿Cómo ves? Movió la cola. Me reí. Yo también pienso lo mismo. Y así fue como empezó todo. Limpié la bodega, la dividí por secciones, puse bebederos, platos, camas hechas de tarimas y cobijas viejas.
Era algo sencillo, rústico, pero era un hogar. Hablé con el Dr. Ernesto, le encantó la idea. Dijo que él me mandaría a los animales que llegaran a la clínica sin dueño. Animales abandonados, animales heridos. La primera fue una perra criolla que alguien dejó amarrada a un poste allá en Sitácuaro. Estaba cargada, flaca, llena de garrapatas.
Me la traje a la casa, la cuidé. Tuvo cinco cachorritos sanos, hermosos. Luego llegó un gato con la pata quebrada. Después dos perros ya viejitos que se quedaron solos porque su dueño se murió y la familia no los quiso. Luego más y más. En 6 meses ya tenía 12 animales en el rancho. Todos rescatados, todos bien cuidados.
Algunos les conseguí familias buenas que los adoptaran, otros se quedaron conmigo y todo estaba bien, porque la casa ya no estaba en silencio, ya no estaba vacía, estaba llena, llena de ladridos, maullidos, ruidos, llena de vida. Y yo ya no estaba solo. Un año después de haber encontrado a Esperanza en aquella carretera, estaba yo sentado en el porche un domingo por la tarde.
El sol se estaba ocultando, pintando el cielo de naranja y rosa. Esperanza estaba echado junto a mí. Como siempre, había engordado un poco, el pelo le brillaba. Su carretita ya era la cuarta versión que le hacía más reforzada con rueditas mejores que le compré en la ciudad. Lo miré. Tú ya sabías que ibas a cambiarlo todo, ¿verdad, mijo? Él me miró con esos ojos castaños, profundos, llenos de vida. Yo estaba perdido.
Seguí diciéndole. Estaba solo. Pensaba que ya no tenía nada por qué vivir y entonces apareciste tú roto, tirado a la basura, pero vivo, luchando. Le pasé la mano por la cabeza y tú me enseñaste que no importa qué tan rotos estemos, no importa qué tan duro nos pegue la vida, uno siempre puede volver a empezar. Siempre.
Él recargó la cabeza en mi rodilla. Miré hacia el patio. Los otros animales estaban ahí. La perra criolla,a la que le puse luna, jugaba con sus cachorros. El gato, que llamé suerte, estaba trepado en la barda. Los perros viejitos dormían en la sombra. Todos ellos habían sido desechados. A todos los habían dado por perdidos. Pero ahí, en ese pedazo de tierra colorada en el corazón de Michoacán, habían encontrado un hogar.
Y yo había encontrado un motivo. Hoy cuando alguien me pregunta por qué hago esto, por qué me gasto el dinero que no tengo, el tiempo que no me sobra y la paciencia que a veces me falta, respondo siempre lo mismo, porque alguien se detuvo por mí también. Cuando Elena murió, la vida me desechó. me tiró en la carretera esperando a que alguien se parara y nadie se paró hasta que un perro chueco un día de agosto me hizo recordar que yo todavía valía algo, que todavía podía hacer una diferencia, que todavía podía amar y ser amado de vuelta. Esperanza
está aquí a mi lado, siempre lo va a estar, porque él no es solo un perro. Él es la prueba viviente de que nada está perdido mientras haya alguien dispuesto a detenerse, a hincarse en el suelo, a estirar la mano. La gente pasa por la vida creyendo que no puede hacer una diferencia, que son muy pequeños, que no tienen lo necesario, que no sirve de nada intentarlo, pero sí sirve un gesto, uno solo. Puede cambiarlo todo.
Cambió para mí, cambió para esperanza y puede cambiar para ti también. Solo hace falta detenerse, que te importe, solo hace falta no irse. A veces a quienes el mundo desecha solo les hacía falta alguien que no se fuera. Y a veces quien se detiene a ayudar termina siendo salvado también. Porque esperanza no es solo el nombre de un perro, es lo que nace cuando uno decide creer, incluso cuando todo te dice que te rindas.















