Ella tenía una bolsa de plástico en la cabeza, rogándole a Dios que alguien la ayudara. Fue entonces cuando su propio cachorro se me acercó ladrando desesperado. En ese momento hice algo que cambió mi vida para siempre. Y si estás aquí ahora es porque esta historia necesita ser escuchada.
Nunca pensé que el frío pudiera doler tanto como la soledad. Pero aquella tarde de enero, regresando a casa por la carretera federal 57 cerca de Matehuala en San Luis Potosí, descubrí que ambos podían juntarse y formar algo todavía peor, una especie de vacío que pesa en el pecho y te aprieta la garganta.
El sol ya se estaba ocultando cuando salí de la ciudad. Había ido a buscar pastura para el ganado y unas medicinas a la farmacia. Nada del otro mundo, la rutina de siempre. Desde hace 4 años, cuando enterré a Mariana, mi vida se convirtió en eso. Despertar, trabajar, comer cualquier cosa fría, dormir y repetir. Sin plática, sin risas, sin más motivo que mantener el rancho en pie.
La carretera estaba sola. El viento golpeaba fuerte los costados de mi troca vieja, levantando una polvareda que lo cubría todo. El matorral alrededor se veía gris, seco, cansado, igual que yo. El cielo tenía ese color naranja pálido que anuncia una noche de helada. Y vaya que iba a enfriar.
El radio decía que la temperatura podía caer hasta los 0 gr esa madrugada. A mí no me importaba mucho el frío, ya había pasado por cosas peores, pero algo en ese atardecer me traía inquieto. Tal vez era el silencio, tal vez era el recuerdo de Mariana pidiéndome que no saliera de casa cuando se ponía así el clima. “Te pones más triste con el frío, Antonio”, me decía.
y tenía razón, pero ahora no había nadie para decirme eso. Faltaban unos 15 km para llegar a la casa cuando vi un bulto a la orilla del camino. Pensé que era basura, un costal de alimento viejo tal vez o restos de una llanta. Uno ve tanto abandono por estas carreteras que ya ni se le hace raro.
Pero algo me hizo soltar el acelerador. No sé decir que fue. Instinto a lo mejor o esa voz de Mariana que a veces todavía resuena en mi cabeza. Fíjate bien, Antonio, siempre fíjate bien. Estacioné la troca en el acotamiento y apagué el motor. El silencio se volvió todavía más pesado, solo el viento silvando entre las cercas de alambre de púas.
Abrí la puerta despacio y bajé. El frío ya calaba hasta los huesos. Me aproximé unos 5 m y me detuve. No era basura. La bolsa de plástico se estaba moviendo. Sentí que se me revolvía el estómago. Ese movimiento no era por el viento, era algo vivo, intentando respirar. Me obligué a dar unos pasos más, cada uno de ellos pesado, como si supiera que después de eso algo iba a cambiar.
Y fue cuando la vi amarrada a un poste de madera. De esos que sostienen las cercas viejas estaba una perra grande. Por el tamaño, debía ser de raza cruzada, tal vez pastor alemán con criollo. El cuerpo estaba cubierto de lodo seco, el pelo apelmazado, las costillas marcándosele en la piel. Pero lo peor no era eso.
Lo peor era la bolsa de plástico. Alguien le había puesto una bolsa de supercún y corriente en la cabeza. Amarrada, no solo puesta a la fuerza, pero lo suficientemente ajustada para pegarse a su hocico cada vez que ella intentaba jalar aire. Con cada respiración desesperada, el plástico se le metía en la boca, asfixiándola más, y ella no podía quitárselo.
Las patas delanteras estaban sujetas por una cuerda demasiado corta, amarrada con fuerza al cuello, que la mantenía de pie, sin oportunidad de echarse, sin chance de descansar. Aquello no era abandono, era una sentencia, una ejecución lenta. La cuerda le había lastimado la piel del cuello, sangre seca mezclada con tierra por el estado de su cuerpo.
Llevaba ahí días, tres, tal vez cuatro, sin comida, sin agua, sin nadie, solo el frío, el sol que quema de día y la desesperación de no poder respirar bien. Pero no estaba sola. Del lado izquierdo, pegado al poste y medio escondido entre unas ramas secas estaba un cachorrito, demasiado pequeño. No debía tener más de un mes.
El cuerpecito flaco, los ojos medio abiertos, pero sin brillo. No lloraba, no tenía fuerzas. Solo levantaba sus patitas de vez en cuando en un gesto débil, como si pidiera ayuda, como si supiera que su madre no podía hacer nada. Me quedé parado ahí con el viento dándome en la cara, el frío entrando por mis poros y una rabia sorda subiendo por mi pecho.
Rabia contra quien había hecho eso. Rabia contra mí por casi haberme pasado de largo. Rabia contra el mundo que deja que estas cosas pasen. La perra levantó la cabeza despacio, con esfuerzo. La bolsa de plástico se le pegó otra vez al hocico. Intentó gruñir, pero no le salió sonido, solo un suspiro débil, dolorido.
Tenía los ojos hundidos, pero me miraron. Y en esa mirada no había agresividad, no me tenía miedo, solocansancio, desesperación y una súplica silenciosa. Ayúdame. Pude haberme ido. Pude haber llamado a alguien. Pude haber pensado en las mil excusas que uno siempre inventa cuando quiere evitarse problemas.
Podía ser una trampa, podían tener una enfermedad, podía ser mucho trabajo. Yo ya había aprendido de la forma más dolorosa que encariñarse duele, que cuidar de algo es arriesgarse a perderlo otra vez, que la soledad es más segura. Pero el cachorro levantó la patita una vez más y la madre intentó jalar aire de nuevo y el plástico se pegó y ella empezó a temblar.
Y entendí en ese segundo que ya no había tiempo para dudas. La bolsa de plástico no iba a esperar. Esa sería su última noche. Me hinqué en el suelo con las piedritas del asfalto lastimándome la rodilla y empecé a forcejear con la cuerda. Estaba demasiado apretada, tiesa por la sangre vieja. Mis dedos temblaban.
No sé si era por el frío o por el miedo. Tal vez por ambos. La perra no se movió, no intentó morder, solo me miraba jadeante, como si supiera que esta era su última oportunidad. Logré aflojar la cuerda. Jalé con fuerza y se soltó. Tenía el cuello en carne viva, manchas moradas. Cortes profundos, pero seguía viva. Arranqué la bolsa de plástico de su cabeza con las dos manos.
Ella jaló aire de un solo golpe. Un sonido ronco, desesperado, como si estuviera muriendo y naciendo al mismo tiempo. El pecho le subía y bajaba rápido. Tosió, babeó, temblaba entera, pero respiraba. Yo respiré con ella. Cargué al cachorro. Estaba helado, el cuerpecito casi no reaccionaba. Abrí mi chamarra vieja y lo puse adentro contra mi pecho.
La madre intentó levantarse, pero las piernas no le obedecieron. Cayó de lado, respirando profundo, todavía mareada. El viento arreció. La noche estaba cayendo rápido. Si los dejaba ahí, no pasarían de la madrugada. Miré a la perra. Ella me devolvió la mirada y en ese momento, sin que pudiera explicarlo bien, sentí algo que no sentía hace años.
Miedo, no de morir, sino de perder algo otra vez, porque sabía que si me los llevaba conmigo, me iba a encariñar. Y el cariño duele, el cariño cobra factura. Pero el cachorro se movió dentro de mi chamarra y la madre intentó levantarse de nuevo, mirándome, esperando. Entonces la cargué. Pesaba mucho más de lo que esperaba.
El cuerpo le temblaba tanto que lo sentía en mis propios brazos. Logré acomodarla en el asiento de atrás de la troca junto con el cachorro. Se quedaron juntos acurrucados el uno contra el otro, temblando pero vivos. Me subí. y encendí el motor. El calor empezó a subir poco a poco. Miré por el retrovisor. La perra había cerrado los ojos, pero respiraba.
El cachorro estaba quieto, pero su pecho subía y bajaba. Puse las manos en el volante y sentí que me temblaban. Ya no era solo por el frío. Di la vuelta y seguí por la carretera sola, con la noche cayendo rápido, el viento aullando afuera y dos seres en el asiento de atrás que, sin saberlo, estaban empezando a traer de vuelta algo que yo creía que se había muerto junto con Mariana, Esperanza.
Pero lo que todavía no sabía era que cuando saliera el sol al día siguiente, algo inesperado me estaría esperando en aquel rancho. Y que salvar a esos dos era solo el comienzo de una historia que lo iba a cambiar todo. El camino de tierra que llevaba al rancho nunca me pareció tan largo. Cada bache, cada brinco de la troca hacía que la perra gimiera bajito en el asiento de atrás.
Yo trataba de esquivar las piedras más grandes, pero era imposible sacarle la vuelta a todo. La brecha estaba muy seca, llena de zanjas que el invierno del semidesierto deja cuando deja de llover. Miraba por el espejo cada 10 segundos. La perra se había acomodado medio de lado con el cachorrito pegado a su panza. Los dos temblaban.
Aunque traía la calefacción a todo lo que daba, el frío se colaba por las rendijas viejas de la troca. Mi camioneta tenía más de 15 años. La compré usada justo después de que me casé con Mariana. Ella decía que un día la íbamos a cambiar por una más nueva, pero ese día nunca llegó. Cuando crucé la entrada del rancho, el cielo ya estaba casi negro.
Solo quedaba una rayita anaranjada en el horizonte. terca aguantando el día por unos minutos más. La casa estaba a unos 200 m de la entrada al final de un camino de eucaliptos que yo mismo planté hace 20 años. Los árboles se mecían con el viento, haciendo ese ruido de hojas secas rozándose, sonido de soledad. Paré la troca justo frente al porche.
Apagué el motor y me quedé ahí sentado unos segundos con las manos en el volante mirando la casa. Era una casa sencilla, tres cuartos, sala chica, cocina que daba para atrás, la pintura ya deslavada, las cejas con algunas grietas que siempre prometía arreglar, pero nunca lo hacía. Desde que Mariana se fue, la casa se volvió solo un lugar para dormir.
Ya no era un hogar, era un refugio. Respiré profundo y bajé. Elfrío me pegó de golpe. Ya debíamos estar cerca de los 6 grados. Abrí la puerta de atrás despacio con miedo de asustar a la perra. Ella abrió los ojos. Estaban vidriosos, perdidos. Intentó levantar la cabeza, pero se rindió a la mitad. El cachorro ni se movió.
“Tranquila, chula”, le dije bajito, casi susurrando, “te voy a ayudar.” Pasé los brazos por debajo de ella y la cargué. El cuerpo estaba flácido, pesado, no reaccionó, no gruñó ni intentó morder, solo se dejó. Era como si hubiera renunciado a tener miedo, como si cualquier cosa fuera mejor que quedarse en esa carretera.
La cargué hasta el porche y empujé la puerta de la entrada con el pie. La casa estaba oscura y fría. Hacía tiempo que no prendía la chimenea. Qué sentido tenía. De todos modos pasaba frío solo, pero ahora era diferente. Puse a la perra en el piso de la sala encima de un tapete viejo que Mariana había comprado en un mercado en San Luis Potosí.
Se quedó echada de lado, respirando lento. Volví corriendo a la troca y traje al cachorro. Estaba todavía más helado. Lo puse junto a su madre y los tapé a los dos con una cobija que agarré del sillón. Prendí la luz de la sala. La claridad amarillenta reveló el estado real de los dos. Estaban peor de lo que vi en la carretera.
La perra tenía heridas por todo el cuerpo. No eran solo los lastimados del cuello. Tenía marcas en las patas, como si hubiera intentado escarvar el suelo por días. La piel estaba agrietada en algunos puntos con sangre seca. Las orejas tenían garrapatas prendidas. El hocico estaba hinchado, marcado por el plástico, los ojos hundidos, sin vida.
El cachorro estaba todavía más frágil. Se le notaban las costillas, la panza hinchada, señal de lombrices, las patitas flacas, sin fuerza, el pelo sin brillo, no abría bien los ojos, solo se quedaba ahí respirando muy rápido, como si el corazón le fuera a explotar en cualquier momento. Me quedé ahí parado, mirándolos, sintiendo un nudo en el pecho.
No era lástima, era miedo, miedo de que fuera demasiado tarde. Me obligué a moverme. Fui a la cocina, agarré una tina vieja, la llené con agua tibia y regresé. Mojé un trapo limpio y empecé a limpiarle el hocico a la perra. No se movió. Le limpiaba despacio, con cuidado, quitándole el lodo seco y la sangre vieja. Cada pasada del trapo revelaba más heridas, más dolor, más abandono.
Cuando terminé con el hocico, pasé al cuello. Eso fue lo peor. La cuerda se le había enterrado en la piel. Estaba inflamado, morado, caliente. Iba a necesitar medicina. Pero yo no tenía nada en la casa, solo unos antibióticos viejos que sobraron de cuando curé a una vaca de mastitis. Servirían o la pondrían peor. Miré el reloj de la pared. Pasaban de las 7 de la noche.
El veterinario más cercano estaba en el pueblo a casi 30 km y ya estaba cerrado. No iba a haber nadie que atendiera ahorita. Estaba solo. Ellos estaban solos. Y la noche apenas empezaba. Sequé a la perra con otro trapo y la volví a tapar. Agarré al cachorro con cuidado. No pesaba nada. Era como cargar un pajarito.
Me lo llevé a la cocina y calenté un poco de leche en la estufa. No era lo ideal. Yo lo sabía. Un cachorro necesita leche especial. Pero era lo que tenía. Mojé la punta de un trapo limpio en la leche tibia y se la acerqué a la boca. No reaccionó. Le apreté poquito para que saliera una gota. Nada. Intenté otra vez. Y otra. A la quinta vez su lengüita se movió.
Solo un poquito, pero se movió. Eso susurré. Ándale, huérfanito, solo un poquito más. Me quedé ahí como 20 minutos goteándole leche tibia en la boca, gota por gota. Tomó muy poco, casi nada, pero algo es algo. Volví a la sala e intenté lo mismo con la perra. Abrió los ojos cuando le acerqué el trapo mojado al hocico, pero no movió la lengua. No tenía fuerzas.
Yo sabía que su cuerpo estaba muy deshidratado. Necesitaba suero. Necesitaba un profesional, pero no podía hacer nada hasta el día siguiente, solo esperar y rezar. Prendí la chimenea. Las llamas empezaron a subir despacio, tronando, aventando sombras en las paredes. El calor se empezó a sentir en la sala. Arrastré el tapete con los dos más cerca del fuego, pero no tanto.
Les puse más cobijas encima. Me senté en el suelo a su lado y me quedé ahí solo mirando. La perra respiraba, el cachorro respiraba, pero los dos colgaban de un hilo. Las horas pasaron lento, muy lento. No tenía sueño. No podía moverme de ahí. Cada suspiro de ellos me detení. Cada temblor me asustaba.
La leña tronaba, el viento golpeaba las ventanas, el reloj de la pared hacía tic tac. Y yo ahí sentado en el piso frío, cuidando a dos animales que ni conocía, pero que de alguna forma ya tenían un pedazo de mí. Me acordé de Mariana. Ella siempre quiso tener un perro. Cada vez que pasábamos por uno abandonado en la carretera, me pedía que paráramos.
Yo siempre inventaba una excusa, que daban trabajo, que costabandinero, que ya teníamos a las vacas y las gallinas, que no necesitábamos nada más. Pero la verdad era otra. Tenía miedo. Miedo de encariñarme y perderlo. Como perdí a mi padre cuando era niño. Como perdí a mi madre años después. Como perdí a Mariana.
Y ahora estaba ahí a mitad de la noche cuidando a dos perros que alguien tiró como si fueran basura. La vida tiene esas ironías. Cerca de la medianoche, el cachorro empezó a temblar más fuerte. Todo el cuerpecito le sacudía. Lo cargué otra vez y me desabroché la chamarra poniéndolo contra mi pecho piel con piel.
Su corazón latía demasiado rápido, desbocado. Yo sabía lo que eso significaba. Hipotermia, debilidad extrema. Se me estaba muriendo. No dije en voz alta, sorprendiéndome a mí mismo. No te vas a morir. Tú no te vas a morir. No sé si le estaba hablando al cachorro o a mí mismo. Me quedé con él en el regazo por más de una hora, calentándolo, respirando al mismo ritmo, platicándole bajito, diciéndole cualquier tontería, lo que fuera, con tal de que escuchara una voz, para que supiera que no estaba solo.
Y poco a poco, muy despacio, los temblores fueron disminuyendo. Su corazón se calmó, se hizo más regular, suspiró profundo y recargó su cabecita en mi pecho. No era alivio, era una tregua. Lo puse de vuelta junto a su madre. Ella ya había abierto los ojos y me estaba mirando. Por primera vez vi algo distinto en esa mirada.
No era solo cansancio, era reconocimiento, como si ella supiera, como si entendiera que yo lo estaba intentando. Estiró el hocico despacio y olfateó mi mano. No me ló, no tenía fuerzas, pero me tocó y se quedó ahí con el hocico caliente contra mi piel fría. Algo dentro de mí se rompió en ese momento. No sé explicarlo bien, pero fue como si una pared que yo mismo levanté a lo largo de 4 años se agrietara de repente y por esa grieta entrara algo que ya se me había olvidado cómo se sentía, algo cálido, vivo.
Me quedé sentado ahí hasta que el sol empezó a aclarar el cielo. No dormí, no podía, solo me quedaba ahí alimentando la chimenea, cubriéndolos a los dos, revisando que respiraran, esperando el amanecer. Cuando la primera luz entró por la ventana de la sala, miré el reloj. Eran casi las 6 de la mañana. La perra todavía respiraba, el cachorro también.
habían sobrevivido a la noche, pero yo sabía que aquello era apenas el comienzo. Necesitaban un veterinario, necesitaban un tratamiento serio y yo tenía que decidir qué iba a hacer, si los iba a llevar al pueblo para dejarlos en un albergue o si iba a cargar con el peso de cuidarlos, de encariñarme, de arriesgarme.
Me levanté del suelo con las piernas entumecidas y la espalda doliéndome. Fui a la cocina a preparar café, mi rutina de siempre. Pero cuando volví a la sala con el jarro humeante en la mano, me detuve en la puerta. La perra había logrado levantar la cabeza. Estaba mirando al cachorro que mamaba debilucho, casi sin fuerzas, pero mamaba.
Ella se las había arreglado para acomodarlo. Había logrado darle el pecho. Aunque estuviera destrozada, aunque no tuviera nada, ella seguía siendo madre. Bebí el café despacio, sintiendo el líquido caliente bajar por la garganta, mirando aquella escena, aquella madre y aquel hijo que el mundo había desechado, pero que todavía daban pelea.
Y fue en ese momento, con el café todavía tibio en la mano y el sol naciendo allá afuera, que tomé la decisión. No los iba a abandonar. No iba a ser como el que los dejó en esa carretera. iba a intentarlo. Iba a luchar aunque doliera, aunque perdiera de nuevo, porque por primera vez en 4 años sentía que tenía un motivo para despertar que no fuera solo mantener el rancho funcionando.
Terminé el café, lavé el jarro, me puse la chamarra y agarré las llaves de la troca. El pueblo abría a las 7, la veterinaria a las 8. Tenía tiempo de llegar, pero cuando me di la vuelta para recoger a los dos y llevarlos al carro, vi algo que me hizo detenerme en seco. Afuera de la ventana, parado en medio del patio, mirando fijo hacia adentro de la casa, estaba un perro que yo nunca había visto.
era grande, negro, con manchas blancas en el pecho y estaba simplemente ahí sentado esperando como si supiera que debía estar ahí como si me estuviera esperando a mí. Me quedé parado a mitad de la sala con las llaves de la troca en la mano mirando por la ventana. El perro seguía ahí sentado en el corral, inmóvil como una estatua.
No ladraba, no se movía, solo miraba hacia adentro de la casa con una intensidad que me hizo sentir incómodo. Era un perro criollo grande, mezcla de varias razas. El pelaje negro le brillaba con el sol naciente y las manchas blancas del pecho parecían una estrella irregular. tenía las orejas paradas, alerta, la cola apoyada en el suelo.
No se veía agresivo, pero tampoco parecía perdido. Parecía estar exactamente donde quería estar. Abrí la puerta principal despacio. El frío de la mañana entró degolpe, cortante, húmedo. El perro giró la cabeza hacia mí, pero no se levantó. Nos quedamos mirando por unos segundos. Yo esperando que él hiciera algo.
Él esperando que yo hiciera algo. Quiúbole. Le hablé sin mucha convicción. Y tu dueño nada, solo esa mirada fija. Bajé los tres escalones del porche y caminé unos pasos hacia él. El perro finalmente se levantó, pero no retrocedió, no avanzó, solo se quedó ahí de pie. Llegué a unos 2 metros de distancia y me detuve. podía verlo mejor ahora.
Era un macho adulto, bien cuidado. Tenía el pelo limpio, sin garrapatas, las uñas recortadas, el cuerpo fuerte, bien alimentado. Definitivamente no era un perro abandonado. Alguien cuidaba de él. Pero, ¿qué estaba haciendo en mi rancho a las 6 de la mañana? ¿Te perdiste, verdad?, le pregunté sabiendo que era una tontería hablarle a un perro como si fuera gente.
Pero la soledad le enseña a uno a hacer esas cosas. Dio dos pasos hacia mí, se detuvo, miró hacia la casa, me miró a mí y dio un paso más. Fue cuando me di cuenta de que estaba olfateando el aire. Él hocico se le movía, captando algún rastro que venía de la casa. Y entonces entendí, había sentido el olor de la perra y del cachorro.
Están heridos, le dije como si pudiera entenderme. Los encontré en la carretera. No sé si la van a librar. El perro dio unos pasos más. Pasó junto a mí sin miedo, sin dudarlo, y subió los escalones del porche. Se detuvo en la puerta y miró hacia atrás, como esperando que yo lo siguiera. Una sensación extraña se apoderó de mí. No era miedo, era otra cosa.
Como si aquel perro supiera algo que yo no, como si hubiera venido hasta aquí por algún motivo que iba más allá de la casualidad. Entré detrás de él. En cuanto cruzó la puerta, el perro se fue directo a la sala. Cuando vio a la perra y al cachorro echados en el tapete cerca de la chimenea, se detuvo. Se quedó ahí parado por unos largos segundos, solo observando. Luego, despacio, se acercó.
La perra levantó la cabeza. Sus ojos vidriosos intentaron enfocar. Vio al perro acercarse e hizo lo que yo no esperaba. No gruñó, no intentó proteger al cachorro, simplemente agachó la cabeza de nuevo, como si lo reconociera, como si supiera que no había peligro. El perro negro se acercó y olfateó a la perra, el hocico, el cuello herido, el cuerpo tembloroso.
Después se giró hacia el cachorro y también lo olfateó. El pequeñito ni se movió. Estaba dormido o casi desmayado. Era difícil saberlo. Entonces el perro hizo algo que me dejó completamente sin palabras. Se echó al lado de ellos, pegó su cuerpo grande y caliente junto al cuerpo frágil de la perra, dándoles calor, y se quedó ahí quieto, protegiéndolos.
Me quedé parado en la entrada de la sala viendo aquella escena, tratando de procesar lo que estaba pasando. Un perro desconocido había aparecido de la nada, se había metido en mi casa y ahora estaba cuidando a dos animales que yo acababa de salvar de la muerte. No tenía sentido, pero tampoco se sentía mal. Miré el reloj. 7:15.
La veterinaria iba a abrir en 45 minutos. tenía que irme, pero tampoco podía dejar a ese perro ahí solo. Y si era de alguien, y si aparecía el dueño buscándolo y si atacaba a la perra y al cachorro cuando yo me fuera. Pero cuando volví a mirar a los tres ahí echados, calentándose unos a otros, algo me dijo que no había riesgo.
No sé cómo, solo lo sabía. Tú te quedas aquí cuidándolos”, le dije al perro negro, sintiendo otra vez esa extrañeza de hablarle a un animal como si entendiera. “Vuelvo pronto.” Él me miró y volvió a bajar la cabeza, recargándola en el pelo de la perra. Agarré las llaves de la troca y salí. El camino hacia el pueblo nunca me había parecido tan lleno de pensamientos.
Manejaba en automático, esquivando los baches que me sabía de memoria. Pero la cabeza la tenía en otro lado. No podía dejar de pensar en ese perro, ¿de dónde había salido? ¿Cómo sabía que había alguien necesitando ayuda en mi casa? ¿Sería coincidencia? ¿O acaso esas cosas no existen? Como siempre decía Mariana, ella creía en las señales, en los mensajes, en cosas que uno no puede explicar, pero que pasan por algo.
Yo siempre fui más escéptico, más de pies en la tierra. Pero esa mañana, con el sol subiendo despacio sobre el cielo despejado del campo, empecé a dudar de mi propio escepticismo. Llegué al pueblo cuando los comercios estaban abriendo. San Juan despertaba despacio, como siempre. Poca gente en la calle, uno que otro carro pasando. Estacioné frente a la clínica de la doctora Elena, una mujer de unos 50 años que cuidaba a los animales de la región desde hacía más de 20.
La conocía desde que llegué al rancho. Siempre fue competente, siempre fue cara también, pero no tenía opción. Bajé de la troca y fui a la puerta. Todavía estaba cerrada. Miré por el vidrio y vi movimiento adentro. Toqué la puerta. Una muchachajoven que debía ser pasante se asomó y señaló el reloj en la pared. Faltaban 10 minutos para las 8. Toqué otra vez.
Puso cara de fastidio, pero fue a llamar a alguien. La doctora Elena apareció secándose las manos con un trapo. Cuando me vio, frunció el ceño. Abrió la puerta. Antonio, ¿qué pasó? ¿Alguna vaca enferma? No es una vaca, respondí con la voz saliendo más urgente de lo que quería. Es una perra y un cachorro. Los encontré en la carretera ayer.
Están mal, muy mal. Me miró a mí, luego a la troca vacía, luego a mí otra vez. ¿Dónde están? Los dejé en la casa. No podía traer a los dos. Solo vine por medicina y a saber qué hacer. Elena me estudió por unos segundos, luego suspiró. Pásale. Cuéntame bien qué está pasando. Entré a la clínica. El olor a desinfectante mezclado con croquetas me pegó de frente, me llevó al consultorio y me hizo sentar. Se lo conté todo.
La carretera, la bolsa de plástico, el lazo, el estado de los dos, la noche que pasé en vela y el perro negro que había aparecido en la mañana. Mientras más hablaba, más seria se ponía. Antonio, lo que me estás describiendo es tortura, dijo ella cuando terminé. Alguien amarró a esa perra ahí para que se muriera despacio. Eso es un delito.
Tienes que denunciar. Lo sé, pero ahorita lo que importa es salvarlos. Luego pienso en lo demás. Se cruzó de brazos. Está bien. Te voy a dar las medicinas. Antibiótico para la infección, desinflamatorio para el dolor, suero para rehidratar, pomada para las heridas y alimento especial para cachorro.
Pero Antonio, necesito verlos hoy mismo. ¿Puedes traerlos? Puedo, los traigo en la tarde. ¿Y ese perro negro, ¿de quién es? No sé, nunca lo había visto. Qué raro. Los perros no aparecen así porque sí. Ya sé, pero apareció. Elena sacudió la cabeza como si tratara de armar un rompecabezas que no cuadraba. Está bien, voy a preparar los medicamentos.
Y Antonio me miró muy en serio. No te encariñes de más. Por lo que me cuentas, sus probabilidades no son buenas. Tragué saliva. Lo sé, pero era mentira. Ya estaba encariñado. Regresé al rancho con una bolsa llena de medicinas y comida. El sol ya estaba alto cuando pasé la tranca. Debían ser como las 9:30. Manejé rápido por el camino de tierra, levantando una nube de polvo rojo detrás de la troca.
Cuando me detuve en el patio, lo primero que vi fue al perro negro. Estaba sentado en el porche, en el mismo lugar de antes, como un guardián. En cuanto me vio, se levantó y bajó los escalones para salir a mi encuentro. Se detuvo a unos 2 met y movió la cola. Una vez, dos. No era un movimiento alegre, era contenido, como si me dijera, “Todo está bien aquí.
” ¿Siguen vivos? Le pregunté sabiendo que no iba a contestar, pero necesitando hablar. Se dio la vuelta y regresó al porche. Lo seguí. Adentro de la sala, la escena era distinta a la que había dejado. La perra había cambiado de posición. Ahora estaba echada boca abajo, con la cabeza levantada y los ojos más alertas.
El cachorro estaba mamando, mamando de verdad, con fuerza, con las patitas empujando la panza de su madre. Me detuve en la puerta sosteniendo la bolsa de medicinas, sintiendo algo cálido subirme por el pecho. Habían mejorado, no mucho, pero habían mejorado. La perra me miró y esta vez, por primera vez desde que la encontré, movió la cola.
Fue un movimiento pequeño, débil, que apenas levantó polvo del tapete, pero fue un saludo. Entré despacio y me arrodillé junto a ellos. El perro negro vino y se sentó a mi lado como si fuera parte de todo aquello. Abrí la bolsa y saqué el antibiótico. Una pastilla grande, difícil de pasar. Iba a tener que esconderla en la comida.
Fui a la cocina y preparé un poco de arroz cocido con pollo dehebrado. Nada muy elaborado, pero era lo que había. Mezclé la pastilla machacada en medio y volví. Puse el plato frente a la perra. Olfateó. dudó, me miró, miró al cachorro y despacio, muy despacio, empezó a comer. No comió mucho, unos cuatro o cinco bocados, pero comió.
Era un avance. Le curé las heridas del cuello con la pomada que me dio Elena. La perra se encogió cuando la toqué, pero no intentó morder. Me dejó. Confió. Le puse la pomada con cuidado, limpiando las llagas, tratando de no lastimarla más. Cuando terminé, apoyó la cabeza en el suelo y suspiró profundo, cansada, pero viva.
El cachorro terminó de mamar y se acomodó junto a su madre con la panza finalmente llena. Se quedó dormido en segundos. Me quedé ahí sentado en el suelo mirándolos a los tres. La perra herida, el cachorro frágil y el perro negro que había aparecido de la nada. Y por primera vez en mucho tiempo la casa no se sentía vacía.
Pasé el resto de la mañana cuidándolos, cambiándoles el agua, ofreciéndoles comida, limpiando las heridas. El perro negro no se apartaba. Se quedaba siempre ahí vigilando como si fuera su responsabilidad. Intenté varias veces preguntarme dedónde habría salido. Di vueltas por el rancho buscando algún agujero en la cerca, alguna señal de por dónde se había metido. Nada.
Las cercas estaban enteras, los portones cerrados. Simplemente había aparecido. Cerca del mediodía intenté darle de comer a él. Puse croquetas en un plato y lo dejé en la cocina. Olfateó, pero no comió. No era el hambre lo que lo había traído ahí. Entonces, ¿qué? Por la tarde, como había prometido, subía la perra y al cachorro a la troca.
La perra logró quedarse en pie por unos segundos, pero las piernas todavía le temblaban. Tuve que cargarla en brazos otra vez. Al cachorro lo puse en una caja de cartón forrada con trapos. Cuando iba a cerrar la puerta de atrás, el perro negro de un salto se metió adentro. ¡Epa! Tú no vas”, le dije intentando bajarlo.
Pero se negó a salir. Simplemente se sentó en el asiento mirando hacia enfrente firme. Intenté empujarlo. Nada. Intenté jalarlo del collar que no tenía. Nada. Él iba. Punto final. Suspiré. Está bien. Tú ganas. Cerré la puerta y di la vuelta. Los cuatro nos fuimos al pueblo. La consulta en la clínica de la doctora Elena duró casi dos horas.
Revisó a la perla de arriba a abajo, pesó al cachorro, les sacó sangre a los dos, les puso suero, recetó más medicinas y cuando terminó me llamó a un rincón del consultorio. Antonio, voy a ser sincera contigo. La perra está deshidratada, desnutrida, con una anemia severa y varias infecciones. El cuello le va a dejar cicatriz, pero es fuerte, está luchando.
y sigues cuidándola como hasta ahora tiene oportunidad, una buena oportunidad. Y el cachorro, pregunté, ella vaciló un momento. Él está más complicado, está muy débil, muy chiquito. Puede que no aguante, pero si pasa de esta semana y gana algo de peso, entonces sí las probabilidades mejoran. Tragué saliva con dificultad. Voy a hacer lo que sea necesario.
Elena me puso la mano en el hombro. Sé que lo harás, pero Antonio, ¿estás seguro de que quieres echarte este compromiso encima? Es mucha responsabilidad, es gasto, es tiempo y tú estás allá solo en el rancho. Miré hacia atrás. La perra estaba echada en la camilla con los ojos siguiendo mis movimientos. El cachorro dormía en la caja y el perro negro estaba sentado a un lado de la camilla inmóvil vigilando.
“Ya no estoy solo”, respondí, sorprendiéndome a mí mismo. Elena siguió mi mirada y vio al perro negro. ¿Y ese de quién es? No lo sé. Apareció hoy por la mañana. ¿Ya les preguntaste a los vecinos? Todavía no. Pregunta. Alguien debe estar buscándolo. Lo haré, dije. Pero algo dentro de mi corazón ya sabía que nadie iba a aparecer.
Ese perro no estaba perdido, lo habían mandado. Regresamos al rancho al final de la tarde. El cielo estaba anaranjado otra vez, anunciando otra noche de frío. Pero esta vez yo no tenía miedo. Esta vez tenía compañía. Metí a los tres a la sala, encendí la chimenea, preparé comida y les di sus medicinas. Cuando la noche cayó por completo, me senté en el sofá viejo y me quedé mirándolos.
La perra dormía más tranquila, el cachorro mamaba y el perro negro vigilaba. Por primera vez, en 4 años la soledad no calaba tanto, pero lo que aún no sabía era que esa misma noche algo iba a suceder. algo que iba a poner a prueba todo, que me haría elegir entre la seguridad y el riesgo, entre el miedo y el coraje, y que iba a cambiar las cosas de una vez por todas.
Debían ser cerca de las 11 de la noche cuando el viento empezó a cambiar. Yo estaba en el sofá entre azul y buenas noches, con una cobija delgada sobre las piernas. De la chimenea ya solo quedaban brasas arrojando una luz rojiza y tenue en la estancia. Los tres perros dormían sobre el tapete. La perra respiraba pesado, pero con ritmo.
El cachorrito estaba acurrucado contra su panza y el perro negro seguía en la misma posición de centinela, con la cabeza erguida y las orejas siempre alertas. La primera señal fue el ruido de las tejas, un crujido diferente. No era solo el viento frío de la noche, era algo más fuerte, más urgente. Me levanté del sofá y fui hacia la ventana.
El cielo se veía extraño, nublado, pesado, con ese color medio verdoso que anuncia tormenta fuerte en el campo. Relámpagos silenciosos cortaban el horizonte, todavía lejos, pero acercándose rápido. No era época de aguas, ya estábamos en junio y la sequía se había instalado hacías semanas.
Pero el campo es así, cuando menos te lo esperas, te manda un temporal violento solo para recordarte que la naturaleza no sigue calendarios. Y este venía fuerte, lo sentía en los huesos. Volví a la sala y miré a los perros. La perra había abierto los ojos. Ella también había sentido el cambio. El perro negro se levantó y vino hasta la ventana parándose a mi lado.
Miramos juntos el cielo que se oscurecía a cada segundo. Viene el agua dije en voz baja, y viene brava. Como si confirmara mis palabras, un trueno estalló fuerte,demasiado cerca de esos truenos que hacen que la casa tiemble y el corazón dé un brinco. El cachorro despertó asustado y empezó a jimotear. La perra intentó levantarse, pero las patas aún no le respondían bien.
Logró quedarse sentada y jaló al cachorro hacia ella con el hocico, protegiéndolo. Entonces empezó el diluvio. No fue de esa lluvia que llega despacio avisando. Fue un golpe de agua. De un momento a otro, el agua empezó a caer con una violencia que no había visto en años. El ruido en el techo era ensordecedor. Parecía que alguien estaba aventando piedras allá arriba.
El viento arreció aullando entre las rendijas de las ventanas viejas y haciendo que las puertas se azotaran. Corrí por la casa cerrando todo. La ventana de la cocina estaba trabada. Tuve que forzarla. El agua ya se estaba metiendo, mojando el piso de cemento. Logré cerrarla, pero la madera hinchada apenas aguantaba. El viento empujaba como si quisiera arrancarlo todo.
Volví corriendo a la sala. La luz parpadeó una vez, dos veces y se fue. Oscuridad total. Solo la brasa débil de la chimenea iluminaba el contorno de las cosas. Agarré la linterna que tenía en el trastero de esas antiguas y pesadas. La encendí. El as de luz cortó la oscuridad, mostrando a los tres perros encogidos y juntos. El cachorro temblaba tanto que todo su cuerpecito se sacudía.
La perra lo lamía intentando calmarlo, aunque ella misma estaba asustada. Otro trueno aún más cerca. La casa vibró de verdad. Esta vez oí un estallido afuera y un ruido de madera rompiéndose. Corrí a la ventana del frente y miré. Una de las ramas grandes del eucalipto más viejo se había partido y caído en el patio a pocos metros de la camioneta.
Mi corazón se aceleró. Si la tormenta seguía así, podía derribar el árbol entero. Y si caía, se vendría directo sobre la casa, sobre la recámara del fondo, sobre la cocina. sobre nosotros. Volví a la sala tratando de pensar rápido. La casa era vieja, la estructura estaba bien, pero el techo tenía partes débiles.
Si alguna teja se soltaba, iba a empezar a entrar el agua y con la humedad la situación de los perros empeoraría mucho. La perra seguía muy débil y el cachorro no aguantaría el frío y la humedad juntos. Tenía que protegerlos. Miré a mi alrededor buscando el lugar más seguro. La sala estaba muy expuesta, tenía ventanas por ambos lados.
La recámara principal también. La cocina tenía la ventana trabada que podía ceder en cualquier momento. Solo quedaba el pasillo, un espacio estrecho entre los cuartos, sin ventanas y con las paredes más gruesas. No era cómodo, pero era lo más seguro. Agarré todas las cobijas que encontré y armé una especie de nido en el suelo del pasillo.
Cargué a la perra primero. Se sentía más pesada que antes, o tal vez yo estaba más cansado. La puse sobre las mantas, luego llevé al cachorro y lo puse junto a ella. El perro negro me siguió sin que tuviera que llamarlo y se echó al lado de los dos haciendo una barrera con su cuerpo. Volví a la sala y traje más cobijas, la bolsa con las medicinas, agua y la linterna de repuesto.
Armé un campamento improvisado. No era lo ideal, pero tendría que servir. La tormenta aumentaba. El ruido era tan fuerte que apenas podía escuchar mis propios pensamientos. Los rayos iluminaban la casa entera por fracciones de segundo, proyectando sombras distorcidas en las paredes. El viento chiflaba como algo vivo, rasguñando los muros, arrancando tejas.
Me senté en el suelo del pasillo, recargado en la pared, con la linterna entre las piernas. Los tres perros estaban amontonados, temblando. Estiré la mano y la puse sobre la perra. Estaba caliente, pero no era fiebre, era miedo. El cachorro se metió debajo de mi brazo buscando protección. El perro negro apoyó su cabeza en mi pierna y así nos quedamos los cuatro esperando a que el temporal pasara.
No sé cuánto tiempo transcurrió. Pudo ser una hora o pudieron ser tres. El tiempo se estiraba en la oscuridad y cada minuto parecía una eternidad. La lluvia no daba tregua, el viento no amainaba y los truenos seguían estallando, cada uno más cerca que el anterior. Entonces oí el ruido que más temía, un crujido alto, prolongado, como madera siendo torcida y rota al mismo tiempo.
Venía de arriba del techo. Me levanté rápido con el corazón en la garganta. Apunté la linterna al techo del pasillo, pero no vi nada raro. El ruido seguía y venía de la sala. Corrí hacia allá, dejando a los perros en el pasillo. Cuando entré y apunté la luz hacia arriba, lo vi. Una de las vigas del techo se había rajado. No se había partido del todo todavía, pero estaba cediendo.
Con cada ráfaga de viento, gemía doblándose más. Y justo debajo de ella, en medio de la sala, estaba el tapete donde los perros habían pasado la noche anterior. Si la viga caía, se traería la mitad del techo con ella. Volví corriendo al pasillo. Miré a los tres perros, a la madre que apenaspodía sostenerse, al cachorro que no sobreviviría al frío si teníamos que salir, y al perro negro que me miraba como si supiera exactamente lo que yo estaba pensando.
Tenía dos opciones, quedarme ahí dentro y rezar para que el techo aguantara. Si aguantaba, estábamos a salvo. Si no, podíamos morir sepultados o salir y enfrentar la tormenta, llevar a los tres a la camioneta e intentar llegar al pueblo. Pero el camino iba a estar imposible. Podía haber árboles caídos o deslaves y la perra estaba demasiado débil.
El cachorro podría no aguantar el frío de la lluvia. No había opción buena, solo la menos peor. Otro crujido, más fuerte. La viga estaba cediendo definitivamente. Tomé la decisión. Nos vamos de aquí, dije en voz alta, más para mí mismo que para ellos. Va a salir bien. Tiene que salir bien.
Agarré la lona impermeable más grande que tenía, de esas gruesas que uso para cubrir la carga de la camioneta. Envolví a la perra y al cachorro juntos, dejando solo sus cabezas fuera. La perra me miró con esos ojos profundos y asustados, pero confió en mí. No luchó, solo se dejó llevar. El perro negro se levantó y se puso a mi lado, listo para seguirme.
Cargué el bulto envuelto en la lona que pesaba por lo menos 20 kg. El perro negro iba al frente como si me marcara el camino. Abrí la puerta principal con dificultad. El viento casi me la arranca de la mano. La lluvia entró de golpe, mojándolo todo. Afuera era un caos. El agua caía tan fuerte que apenas se veía a 3 m.
El patio se había vuelto un lodazal. El viento empujaba con una fuerza que me hacía perder el equilibrio. Los eucaliptos se balanceaban violentamente, pareciendo que se iban a arrancar de raíz en cualquier momento. Bajé los escalones del porche, casi resbalando. El lodo me succionaba las botas. Cada paso era una batalla.
La perra y el cachorro estaban encogidos en la lona tratando de cubrirse de la lluvia que pegaba de lado. El perro negro iba adelante abriendo paso como si supiera exactamente a dónde ir. Llegué a la camioneta e intenté abrir la puerta de atrás. Estaba cerrada con seguro. Necesitaba la llave, pero la llave estaba en el bolsillo de mi pantalón y no tenía cómo sacarla cargando a los dos perros.
sea grité contra el viento. El perro negro ladró. Fue el primer sonido que le escuché. Un ladrido fuerte, grave, urgente saltó hacia la camioneta y rasguñó la ventana del conductor que se había quedado apenas un poco abierta. Entendí. Rodeé la camioneta luchando contra el viento y el lodo. Puse el bulto con los dos perros sobre el cofre, sosteniéndolos con una mano.
Con la otra logré abrir la puerta del conductor por la rendija. El perro negro saltó hacia adentro y quitó el seguro de la puerta de atrás, empujando el botón con el hocico. No sé cómo sabía hacer eso, no pregunté, solo agradecí en silencio. Subí al asiento de atrás y los cubrí de nuevo. El perro negro también brincó atrás y se echó sobre ellos para protegerlos del frío.
Me subí al asiento del conductor, empapado y temblando, con el corazón latiendo a mil por hora. Encendí el motor, tosió una vez, luego otra. Al tercer intento, arrancó. La calefacción empezó a echar aire frío. Tardaría en calentar. Puse la camioneta en marcha, las llantas patinaron en el lodo. Forcé el motor, patinaron otra vez. Le pisé más al acelerador.
Las ruedas giraron aventando fango por todos lados hasta que finalmente agarraron tracción. Empecé a moverme despacio, muy despacio. El camino de terracería que llevaba a la entrada del rancho se había vuelto un río de lodo. La camioneta se coleaba, se iba de lado, se hundía, pero yo seguía dándole. No podía parar.
Si paraba, me atascaba y si me atascaba, estábamos perdidos. Tardé 10 minutos en recorrer 200 m. Cuando llegué al portón, vi que el viento lo había arrancado. Los postes de concreto seguían en pie, pero la reja de fierro estaba tirada en el suelo, retorcida. Pasé por encima de ella, sintiendo como la camioneta se arrastraba.
Del otro lado, la situación no era mejor. La carretera principal también estaba inundada. Había tramos con el agua hasta la mitad de la llanta, árboles caídos cruzando el camino y ramas por todos lados. Miré por el retrovisor. Los tres perros estaban amontonados en el asiento de atrás, mojados y temblando, pero vivos. Lo vamos a lograr, dije.
Más para convencerme a mí mismo. Solo un poco más. Pisé el acelerador y seguí adelante con la lluvia golpeando el parabrisas tan fuerte que los limpiaparabrisas no daban abasto. La visibilidad era casi nula. manejaba por puro instinto, conociendo cada curva de ese camino, cada bache, cada bajada, hasta que llegué al punto donde el camino bajaba para cruzar el arroyo y lo vi.
El puente se había ido. No era un puente grande, era solo un paso de concreto sobre el arroyo que en secas apenas tenía 20 cm de agua, pero ahora el arroyo se había convertido en un río furioso. El aguapasaba violenta por encima del bado, llevándose todo a su paso. Ramas, tierra, piedras y la estructura, que ya era vieja había cedido de un lado.
La mitad había sido arrancada por la corriente. Detuve la camioneta a unos 10 m de la orilla. Me quedé ahí con las manos en el volante, mirando esa agua café que corría con furia. No se podía pasar. Si lo intentaba, la corriente se llevaría la camioneta y moriríamos ahogados. Pero tampoco podía volver. La casa tenía el techo colapsando, no era seguro.
Estábamos atrapados entre dos peligros, entre dos decisiones imposibles. Miré por el retrovisor otra vez. El perro negro me observaba fijamente. En su mirada había algo. No era miedo, era confianza. como si supiera que yo encontraría una salida, como si estuviera seguro de ello. Y fue en ese momento, mirando a los ojos a ese perro que había aparecido de la nada, que entendí, no estaba solo en esto.
Había tres vidas dependiendo de mí, tres vidas que yo había elegido salvar. Y ahora tenía que elegir otra vez entre lo seguro y lo correcto, entre lo fácil y lo necesario. Respiré profundo. Miré alrededor buscando una alternativa. El agua estaba muy alta para cruzar por el puente, pero unos 50 m a la izquierda, donde el arroyo hacía una curva, la orilla se veía más baja.
Tal vez por ahí se podía cruzar. Era arriesgado, muy arriesgado, pero era la única oportunidad. Maniobré la camioneta, las llantas patinaron en el fango, pero logré dar la vuelta. Manejé despacio hasta la orilla. El agua se veía más calmada ahí, pero seguía siendo fuerte. Debía tener unos 40 cm de profundidad, tal vez más.
Me detuve al borde y calculé el riesgo. Si el agua era más profunda de lo que parecía, el motor se apagaría. Si la corriente era más fuerte, me arrastraría. Si la llanta se enterraba, nos quedaríamos ahí, pero no había de otra. Miré hacia atrás una última vez. La perra había levantado la cabeza y me miraba.
El cachorro estaba hecho bolita temblando. El perro negro seguía firme confiando. Agárrense, dije. Va a estar cabrón, pero vamos a pasar. Pisé el acelerador a fondo. La camioneta se zambulló en el agua. El impacto fue seco, violento. El agua saltó sobre el frente, cubriendo el cofre por completo. El motor rugió luchando por no ahogarse.
Las llantas buscaron desesperadamente tracción en el fondo del arroyo. Encontraron piedra. Agarraron. Seguí empujando sin soltar. El agua golpeaba el costado de la troca intentando arrastrarme corriente abajo. La fuerza del río era mucha. Más de lo que había calculado. La camioneta empezó a de lado, deslizándose.
No, no, no grité peleando con el volante hasta que me dolieron los brazos. Aceleré más, las llantas giraron locas, lanzando lodo y agua para todos lados. La parte trasera se coleó. Por un segundo sentí que nos íbamos a voltear, que el agua entraría a la cabina, que hasta ahí habíamos llegado. Pero entonces las llantas delanteras mordieron suelo firme, subieron por la orilla, jalando con rabia el resto de la camioneta y de repente estábamos del otro lado.
Me detuve ahí mismo con el motor ronroneando, el corazón a punto de salírsele del pecho y las manos temblándome sobre el volante. Miré por el retrovisor. Los tres perros estaban bien, asustados, empapados, pero vivos. Recargué la frente en el volante y solté un suspiro que llevaba atorado en los pulmones desde hacía minutos. Lo habíamos logrado, pero todavía faltaba llegar al pueblo.
Todavía faltaba encontrar refugio. Todavía faltaba pasar la noche. E intuitivamente sabía que la tormenta aún no soltaba su peor golpe. Puse la troca en marcha otra vez. El camino frente a mí estaba negro, inundado, traicionero, pero no me iba a detener, no podía porque tres vidas dependían de mí y por primera vez en 4 años, eso significaba algo, significaba todo.
El camino después del arroyo estaba todavía más difícil que antes. La lluvia seguía cayendo a cántaros y el lodo se había vuelto espeso, pegajoso como miel de caña oscura. La camioneta avanzaba a vuelta de rueda, quejándose a cada metro. Las llantas patinaban buscando un apoyo que casi no existía. Sujetaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos.
Faltaban unos 8 km para llegar al pueblo. En condiciones normales habrían sido 10 minutos de camino. Pero esa noche cada kilómetro se sentía como una eternidad. Los faros de la troca cortaban la cortina de agua, iluminando apenas unos metros adelante. Lo demás era oscuridad absoluta, ni luna, ni estrellas, ni una triste luz de poste, solo la tormenta y nosotros cuatro.
Volví a mirar por el retrovisor. La perra estaba echada de lado, respirando con dificultad. El esfuerzo de salir de la casa, el frío, la humedad, todo le estaba pasando la cuenta. El cachorro había dejado de temblar y eso me asustó más que cuando tiritaba. significaba que su cuerpecito se estaba rindiendo, que ya no tenía fuerzas para luchar contrael frío.
El perro negro seguía echado sobre ellos tratando de pasarles calor, pero hasta él estaba ya empapado. “Aguanten un poco más”, dije con la voz ronca. “Solo un poco más.” Pasé por una curva cerrada y por poco me salgo. La parte trasera de la camioneta se barrió, deslizándose peligrosamente hacia la orilla del camino, donde había una zanja profunda.
Giré el volante hacia el lado contrario, contravirando como mi padre me enseñó cuando era apenas un chamaco. Las llantas buscaron agarre, rasparon el suelo y finalmente lo encontraron. La camioneta regresó al centro de la brecha. Solté el aire que tenía guardado. Seguí. Un kilómetro más, otro más. La lluvia no daba tregua. El viento sacudía la troca de lado con cada ráfaga.
Y entonces, en la subida, justo antes de la entrada al pueblo, vi obligó a frenar en seco. Un árbol enorme, un sabino viejo que debía tener más de 50 años, había caído atravesado en el camino. El tronco era tan grueso que no había forma de pasar por arriba, ni por abajo, ni por los lados. El camino estaba completamente bloqueado. Apagué la camioneta y bajé.
La lluvia me empapó de nuevo en segundos. Me acerqué al árbol alumbrando con mi lámpara. Las raíces se habían arrancado de cuajo de la tierra, dejando un boquete enorme a la orilla del camino. El tronco yacía atravesado, bloqueando todo el paso. No había forma de quitar eso de ahí. Se necesitaría un tractor, cadenas y varias personas.
Y yo estaba solo en medio de la tempestad con tres perros muriéndose de frío dentro de la camioneta. Regresé a la troca y me senté en el asiento del conductor escurriendo agua, temblando de pies a cabeza. Miré el tablero. La aguja de la gasolina estaba baja, muy baja. Se me había pasado cargar combustible cuando fui al pueblo por la mañana.
Con el motor encendido para mantener la calefacción no iba a durar mucho. Hice cuentas mentalmente. Si apagaba el motor ahora para ahorrar, los perros se iban a congelar. Si lo mantenía encendido, me quedaría sin gasolina en menos de una hora. ¿Y después qué? Se congelarían de todos modos.
No había salida, estábamos atrapados. El pueblo estaba a escasos 3 km de ahí, pero bien podrían haber sido 300. sin poder pasar el árbol, sin poder regresar por el arroyo que solo se ponía más bravo, sin combustible para aguantar la noche entera. Por primera vez, desde que me detuve en esa carretera para salvar a los perros, sentí la desesperación de verdad.
Apoyé la cabeza en el volante y cerré los ojos. Me temblaban las manos, me dolía el cuerpo. La mente me daba vueltas buscando una solución que no existía. Y fue en ese momento cuando sentí algo húmedo rozarme la nuca. Abrí los ojos y me volví. El perro negro se había levantado y puesto el hocico entre los asientos delanteros tocándome.
Sus ojos me miraban con esa intensidad de siempre, pero había algo más ahí, algo que no sabía cómo nombrar. Era como si me estuviera diciendo, “No te rindas ahora. No sé qué hacer”, dije en voz alta y la voz se me quebró cargada de un cansancio que ya no era solo físico. “Lo intenté, de verdad, lo intenté, pero no se puede. Estamos atrapados aquí.
El perro negro no me quitó la vista de encima.” Entonces hizo algo inesperado. Se pasó por el espacio entre los asientos, saltó al lugar del copiloto y puso las patas delanteras en el vidrio de la ventana. se quedó mirando hacia afuera, hacia el lado izquierdo del camino, hacia el monte. Seguí su mirada. No veía nada más que oscuridad y lluvia, pero él seguía mirando insistente, como si quisiera enseñarme algo.
¿Qué pasa?, pregunté sabiendo que era una locura hablarle a un perro como si fuera a contestar. ladró, un ladrido corto, urgente. Me incliné sobre el asiento y miré por la ventana del pasajero tratando de ver a través del aguacero. Apunté la linterna hacia donde él miraba. Al principio solo vi maleza cerrada, árboles sacudiéndose, agua corriendo.
Pero entonces allá al fondo, entre los troncos, vi algo distinto, una luz tenue, amarillenta, parpadeante. No era un relámpago, era luz de un quinqué o de una vela. Significaba una sola cosa. Había alguien ahí. Había una casa. El corazón se me aceleró. Agarré la lámpara y bajé de la camioneta otra vez.
La lluvia seguía arreciando, pero la adrenalina me hacía ignorarla. Rodeé el árbol caído y me acerqué a la orilla del camino, iluminando el monte. Y entonces la vi. No era un camino, era una vereda vieja, casi invisible, devorada por la maleza, pero se notaba que alguien había pasado por ahí hace poco. El zacate estaba aplastado y al final de la vereda, a unos 50 m monte adentro, estaba una casita pequeña de madera con una luz débil en la ventana.
Regresé corriendo a la camioneta y miré al perro negro. ¿Viste eso? ¿Tú sabías que había una casa ahí? Él movió la cola una sola vez. No tenía lógica. Él nunca había estado aquí antes. Al menos no queyo supiera, pero había visto la casa, me la había mostrado. No había tiempo para preguntas, tenía que moverme.
Abrí la puerta de atrás y cargué a la perra de nuevo. Se sentía más pesada ahora, empapada, sin fuerzas. Al cachorro me lo metí dentro de la chamarra contra el pecho. El perro negro saltó hacia afuera y se puso a mi lado. Vamos, le dije. Tú vas al frente. Y así lo hizo. Me metí en la vereda, siguiendo al perro negro que iba abriendo paso entre el monte mojado.
Las botas se me hundían en el lodo, las ramas bajas me azotaban la cara, el agua se me metía en los ojos, pero seguí un paso a la vez. cargando a la perra, protegiendo al cachorro, siguiendo a ese perro que había aparecido de la nada y que ahora parecía saber exactamente a dónde ir. Me tomó casi 10 minutos recorrer 50 m.
Pero cuando salí del otro lado del monte y vi la casa de cerca, casi lloro de alivio. Era una casa humilde, muy sencilla, madera vieja, techo de lámina, un portal estrecho al frente, pero estaba en pie. Las paredes resistían y había luz adentro. Subí los dos escalones del portal, casi tropezando. El perro negro rasguñó la puerta de madera con la pata.
una vez, dos veces, tres. Del otro lado oí pasos arrastrados, lentos, de alguien viejo o cansado o ambas cosas. La puerta se abrió y frente a mí estaba un hombre que debía tener unos 70 años, flaco, encorbado, con una barba blanca descuidada y los ojos hundidos, sostenía un quinqué de gas en la mano. La luz amarillenta iluminó mi cara empapada.
Luego bajó hacia la perra en mis brazos, al cachorro dentro de mi chamarra, al perro negro a mi lado. Nos quedamos mirando por unos segundos largos. Entonces habló con una voz rasposa, cansada. Sabía que alguien iba a llegar hoy. El lobo me avisó. Miré al perro negro a mi lado, luego al hombre. Lobo. El viejo asintió con la cabeza.
Ese mero. El perro negro. Es el lobo. Aparece cuando alguien necesita ayuda. Siempre ha sido así. Sentí un escalofrío que no era por el frío. Es suyo. El hombre sonrió, pero era una sonrisa triste. No, muchacho. Él no es de nadie y es de todos. Pásale. Estás hecho una sopa y esos animales se te están muriendo. Entré.
El interior de la casa era todavía más sencillo de lo que imaginaba. una estancia pequeña que servía también de cocina, una mesa vieja, dos sillas, un fogón de leña en la esquina, una puerta que debía dar a un cuarto y nada más, pero estaba caliente, seco, seguro. El hombre cerró la puerta tras nosotros, bloqueando el viento y la lluvia.
El silencio repentino era casi ensordecedor después de horas oyendo la tempestad. Ponlos aquí”, dijo señalando un rincón cerca del fogón. “Es el lugar más tibio.” Obedecí. Dejé a la perra en el suelo, saqué al cachorro de mi chamarra y lo puse junto a su madre. El perro negro, lobo, como le había dicho el hombre, se echó al lado de los dos.
El viejo agarró un par de trapos viejos, pero limpios, y me los dio. Sécalos rápido. La hipotermia mata más pronto que el hambre. Empecé a secar a la perra con cuidado, quitándole el agua del pelo, frotando para activar su circulación. El hombre hizo lo mismo con el cachorro, con manos sorprendentemente ágiles para alguien tan viejo.
Cuando terminamos, agarró una cobija gruesa y los tapó a los dos. “Ahora vas tú, dijo dándome otro trapo. Quítate esa ropa mojada. Hay una muda vieja en el cuarto. No te va a quedar bien, pero es mejor que eso. Fui al cuarto y me cambié. El pantalón me quedaba corto, la camisa apretada, pero estaba seca y eso era lo único que importaba.
Cuando regresé, el hombre estaba meneando una olla en el fogón. Un olor a caldito de frijoles con longaniza llenó la casa. El estómago me rugió. No recordaba cuándo había sido la última vez que comí. Siéntate, ordenó señalando la silla. Come. Luego platicamos. Me senté. Puso un plato hondo frente a mí lleno de caldo caliente.
Agarré la cuchara y comí. Era algo sencillo, pero era la mejor comida que había probado en mucho tiempo. Mientras yo comía, él preparó algo para los perros. Arroz cocido con un poco de carne debrada. lo puso en un plato y lo llevó cerca de la perra. Ella olfateó, dudó y entonces despacio empezó a comer poco, pero comió.
El cachorro todavía estaba muy débil. El hombre agarró un gotero viejo y preparó un poco de leche con miel. Se la dio al cachorro gota a gota. El animalito tragó. Una gota, dos, cco, 10. Terminé mi plato y finalmente pude ver bien a ese hombre. que nos había recibido en medio de la tormenta. Gracias, dije, y la voz se me cortó. Si no fuera por usted, nosotros no sabía qué hacer.
Él asintió y se sentó en la otra silla con movimientos lentos de quien siente el dolor en los huesos. No fui yo quien te trajo aquí, dijo mirando al lobo. Fue él. Miré al perro negro. Estaba echado, quieto, con los ojos abiertos. cuidando a la perra y al cachorro. ¿Quién es? ¿De dónde salió?,pregunté. El hombre se quedó en silencio unos segundos, mirando la flama del quinque.
Nadie sabe bien, empezó con voz baja. Apareció por estos rumbos hace como 5 años. No le pertenece a nadie. No se queda en ningún lugar. Solo aparece cuando alguien lo necesita. Ya salvó a un niño perdido en el monte. Ya avisó de una víbora en la puerta de una casa. Ya guió a gente perdida de regreso al camino.
Siempre ha sabido cuándo y dónde estar. Sentí que un escalofrío me recorría la espalda. Eso no puede ser. Muchas cosas no pueden ser hasta que pasan respondió el viejo mirándome fijo. ¿Tú creías que ibas a encontrar a dos perros amarrados en una brecha para morir? ¿Creías que ibas a aguantar un tormentón de estos con ellos? ¿Creías que ibas a hallar mi casa en medio de la nada? No respondí porque tenía razón.
El lobo sabe cosas, continuó. No sé cómo explicarlo, pero sabe. Y cuando se le aparece a alguien es porque esa persona lo necesita o porque él necesita de esa persona. ¿A qué se refiere? El hombre se levantó y fue hacia la ventana. miró hacia afuera, hacia la tormenta que seguía rugiendo. “Tú salvaste a estos dos animales”, dijo sin voltear.
“Pero en el fondo, muchacho, el que necesitaba ser salvado eras tú.” Las palabras cayeron pesadas en el silencio de la casita. Sentí un nudo en el pecho. “Usted no me conoce”, dije a la defensiva. “No hace falta”, respondió dándose la vuelta. “Lo veo en tus ojos. Lo mismo que yo tenía en los míos cuando murió mi señora.
Soledad, ganas de rendirse, esa voluntad de no más dejar que pasen los días hasta que se acaben. Bajé la mirada. No podía sostenerle la vista porque tenía razón. Dolorosamente tenía razón. Pero te detuviste en ese camino. Siguió regresando a la silla. Pudiste haber seguido de largo. Pudiste haberte hecho el que no vio nada, pero te detuviste y ahora estás aquí en medio de un tormentón cargando con tres animales que no significan nada para ti.
Así que dime, ¿quién está siendo salvado aquí? Me quedé callado. Las palabras no me salían. Solo sentía ese nudo en el pecho apretando más y más hasta que se volvió un nudo en la garganta. “No lo sé”, pude decir al fin con voz débil. “No sé qué estoy haciendo. Yo solo no podía dejar que se murieran.
¿Y por qué no? Porque me detuve, respiré profundo. Porque yo sé lo que es estar amarrado sin poder moverse. Sé lo que es estar atrapado en un lugar sin poder salir. Sé lo que es no tener a nadie. El silencio que siguió fue largo. El viejo asintió despacio. Por eso el lobo te escogió, dijo, porque todavía sientes, todavía te importa.
Y eso, muchacho, es raro, más raro de lo que te imaginas. Me limpié la orilla del ojo antes de que se me escapara la lágrima. No iba a llorar, no frente a un extraño. Pero el hombre se dio cuenta y no dijo nada, simplemente se levantó y fue hacia el fogón para poner más café. El lobo levantó la cabeza y me miró. Y en esa mirada lo vi de nuevo.
No era lástima, no era juicio, era reconocimiento, como si él lo supiera, como si siempre lo hubiera sabido. Pasamos la noche en esa casa, el viejo que se llamaba Sebastián, nos dio cobijas y preparó más comida. La tormenta siguió hasta casi el amanecer, pero dentro de esa casa sencilla estábamos seguros, calientes, vivos. La perra logró comer un poco más.
El cachorro tomó más leche. El lobo se quedó despierto toda la noche, cuidándolos a los dos. Cuando el sol finalmente empezó a salir, la lluvia ya había parado. Abrí la puerta del frente y miré hacia afuera. El cielo todavía estaba gris, pero ya no amenazaba. El aire estaba limpio, oliendo a tierra mojada.
Sebastián se acercó a la puerta y se puso a mi lado. La carretera va a estar mejor ahora dijo. Puedes llegar al pueblo. Gracias, le dije volteando a verlo. Por todo, si no fuera por usted. Él levantó la mano interrumpiéndome. No fui yo, fue él. Señaló al lobo. Y fuiste tú por haberte detenido, por haber elegido no rendirte. Miré al perro negro.
estaba sentado en el porche mirando hacia el horizonte. “¿Él viene conmigo?”, pregunté. Él va a donde tiene que ir, respondió Sebastián. Si es contigo, irá. Si es a otro lado, también irá. El lobo no le pertenece a nadie. Asentí. No lo entendía completamente, pero tampoco me hacía falta. Cargué a la perra y al cachorro de vuelta a la camioneta que había sobrevivido a la noche. El lobo me siguió.
Subí a los dos en el asiento de atrás. El lobo saltó con ellos. Me despedí de Sebastián. Él se quedó en el porche agitando la mano despacio. Mientras yo maniobraba y volvía al camino. El árbol seguía ahí. Pero durante la noche alguien, no sé quién, tal vez otros vecinos, tal vez el mismo Sebastián, había abierto un paso por el monte a un lado, estrecho, ajustado, pero se podía pasar.
Pasé y seguí en dirección a Santa Clara con el sol saliendo despacio, iluminando el campo mojado, los charcos de agua quebrillaban, el mundo renaciendo después de la tempestad. Miré por el retrovisor. Los tres perros estaban juntos, quietos, descansando. Y por primera vez, en 4 años sentí algo que se me había olvidado cómo se sentía. Esperanza.
El pueblo de Santa Clara despertaba despacio esa mañana de sábado. Las calles todavía estaban mojadas, llenas de ramas caídas y charcos que reflejaban el cielo cenizo. Algunas casas tenían tejas arrancadas, postes de luz ladeados. Los estragos de la tormenta estaban por todas partes. Manejé directo a la clínica de la doctora Elena.
Eran casi las 7 de la mañana. demasiado temprano para que estuviera abierto, pero no tenía opción. Estacioné enfrente y me quedé tocando el claxon insistente hasta que vi movimiento adentro. Elena apareció en la puerta, todavía en bata, con el cabello recogido de cualquier forma. Cuando me vio, su expresión cambió de irritación a preocupación.
Antonio, ¿qué pasó? Bajé de la camioneta y abrí la puerta de atrás. Ella se acercó y vio a los tres perros. La perra echada, más débil que antes, el cachorro casi sin moverse y el lobo que permanecía allí como un guardián silencioso. Dios mío. Elena se llevó la mano a la boca. Se metieron en la tormenta. La casa se iba a caer.
Expliqué rápidamente. Tuve que sacarlos. Nos quedamos atrapados en la carretera. Pasamos la noche. Me detuve dándome cuenta de que la historia era demasiado larga. Luego te explico. Están mal, muy mal. Elena no perdió tiempo. Llamó a la pasante que vivía en el departamento arriba de la clínica. Juntas me ayudaron a cargar a la perra y al cachorro hacia adentro.
El lobo nos siguió como siempre. Pusieron a la perra en la camilla. Elena empezó a examinarla mientras daba órdenes rápidas a la pasante. Suero a la avena, antibiótico inyectable, toma de temperatura, presión, latidos del corazón. Me quedé allí parado, recargado en la pared, viéndolas trabajar. Me dolía todo el cuerpo, los ojos me ardían de sueño.
La ropa prestada de Sebastián estaba húmeda otra vez por el rocío de la mañana, pero no podía moverme de ahí. No podía dejar de mirar a esa perra que luchaba por sobrevivir. Después de unos 20 minutos, Elena se volteó hacia mí. Está deshidratada y con una infección fuerte. La exposición al frío y a la humedad lo empeoró todo, pero vaciló.
Pero es una luchadora, Antonio. Su cuerpo está respondiendo al tratamiento. Si pasa las próximas 48 horas, tiene una oportunidad. Y el cachorro. Elena miró hacia la mesita de al lado, donde el cachorro estaba acostado, conectado a un equipo de suero minúsculo. Él está más grave. Hipotermia. desnutrición severa. Su corazoncito está muy acelerado, demasiado débil.
Antonio me miró directo a los ojos. Tienes que estar preparado. Su probabilidad es pequeña. Sentí como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago. ¿Cuánta? 20, 30% máximo. El silencio pesó entre nosotros. Voy a hacer todo lo que pueda continuó Elena con la voz más suave. Pero va a depender de él.
Si él quiere luchar, si tiene fuerza, la tiene. Interrumpí sorprendido por la firmeza de mi propia voz. Pasó por todo esto, no se va a rendir ahora. Elena asintió despacio. Entonces vamos a cruzar los dedos y a cuidarlo. Es lo que podemos hacer. Ella regresó a los procedimientos. Yo me senté en una silla en la esquina de la sala y me quedé allí.
El lobo vino y se sentó a mi lado, recargando su cuerpo en mi rodilla. Puse la mano sobre su cabeza, sintiendo el pelo todavía húmedo, pero caliente. Gracias, susurré, por todo. Él me miró y en esa mirada había algo que yo estaba empezando a entender. No era magia, no era un milagro, era solo conexión. La conexión entre seres que reconocen el dolor del otro, que entienden lo que es estar perdido y que eligen aún así no rendirse.
Las horas que siguieron fueron las más largas de mi vida. Elena dejó a la perra y al cachorro internados en la clínica. Dijo que necesitaban observación constante. Me ofrecía quedarme allí cuidándolos, pero ella se negó. dijo que necesitaba irme a casa, bañarme, comer algo, dormir. Pero, ¿cómo iba a dormir? Me fui porque ella insistió, pero regresé tres horas después.
Había pasado a la casa, me bañé rápido, comí unas galletas viejas que encontré en la alacena y volví. No podía estar lejos. Cuando llegué a la clínica por segunda vez, Elena estaba en la recepción llenando expedientes. Levantó la cabeza y suspiró. Antonio, necesitas descansar. ¿Cómo están ellos? Ella dejó la pluma a un lado.
La perra está estable. El suero está haciendo efecto. Bebió agua, logró comer un poco. Sus signos vitales están mejor. Y el cachorro, Elena vaciló. Y esa duda me lo dijo todo. Está luchando Antonio, pero está difícil. Su cuerpito es muy pequeño, muy débil. Él no esperé a que terminara. Pasé por la recepción y fui directo a la sala de internamiento.
Elena me siguió llamándome por minombre, pero no me detuve. Empujé la puerta y entré. La perra estaba en una jaula grande, echada sobre cobijas, conectada al suero. Cuando me vio, intentó levantar la cabeza. Lo logró. movió la cola muy débilmente. Eso me dio un alivio que casi me hizo desmoronarme ahí mismo.
Pero entonces miré hacia la incubadora improvisada a un lado, un calentador pequeño encima de una caja de acrílico y adentro, casi invisible de tan pequeño, estaba el cachorro. No se movía. Me acerqué despacio. El cuerpito estaba estirado de lado. Su pancita subía y bajaba demasiado rápido, los ojos cerrados, las patitas no se movían.
“Está respirando”, dijo Elena detrás de mí, “pero está muy débil. Me arrodillé frente a la incubadora. Puse la mano en el vidrio, queriendo tocarlo, pero sabiendo que no podía sacarlo del ambiente controlado. “Por favor”, susurré sintiendo que la voz se me quebraba. “Por favor, aguanta, solo un poco más.
” Elena puso su mano en mi hombro. “Antonio, hiciste todo lo que pudiste, más de lo que cualquiera haría. Si no sobrevive, no es tu culpa.” Sacudí la cabeza. Lo prometí. ¿Qué prometiste? Que los iba a salvar a los dos. No puedo rendirme con uno ahora. No te estás rindiendo. Estás haciendo todo lo correcto. Pero a veces, a veces no depende solo de nosotros.
La miré sintiendo ese nudo en la garganta que venía creciendo desde que salí de la casa de Sebastián. No puedo perderlo dije y mi voz salió rota. No, otra vez. Elena frunció el ceño otra vez. Respiré profundo. No quería hablar de eso, nunca hablaba de eso, pero las palabras empezaron a salir solas. Mariana, mi esposa.
Estábamos intentando tener un hijo. Ella se embarazó. Estábamos tan felices. Compramos ropita, pintamos el cuarto, hicimos planes y entonces me detuve sintiendo el dolor antiguo volver como si fuera ayer. Lo perdió. A los 5 meses. Era una niña. La íbamos a llamar Clara. El silencio en la sala era absoluto. Después de eso, Mariana nunca volvió a ser la misma. Seguí.
Se puso triste. Se apagó. Lo intentamos de nuevo, pero no lograba embarazarse. Ella decía que era su culpa, que su cuerpo le había fallado. Yo le decía que no, que eran cosas que pasaban, pero ella no lo creía. Y entonces vino la enfermedad, cáncer, demasiado rápido, demasiado agresivo y me quedé solo, con una casa vacía, con un cuarto de bebé que nunca se usó, con una soledad que no se acaba nunca. Elena tenía los ojos húmedos.
Antonio, no lo sabía. Lo siento mucho. Por eso necesito salvarlo dije mirando de nuevo al cachorro. Porque si no lo logro es como perder de nuevo y no sé si aguante perder otra vez. Nos quedamos en silencio por un largo rato, solo el ruido de los aparatos, el respirar pesado de la perra, el silencio del cachorro.
Entonces Elena se agachó a mi lado. Deja que te diga una cosa dijo ella con voz baja. Trabajo con animales desde hace más de 20 años. He visto de todo. Perros que deberían haber muerto, pero sobrevivieron. Gatos que tenían todas las de ganar, pero no lo lograron. ¿Sabes qué hace la diferencia? La miré. No es la medicina, no es el tratamiento, es la voluntad de vivir y la presencia de alguien que cree en ellos.
Los animales saben cuando alguien se preocupa, lo sienten y eso hace la diferencia. Entonces, aquí me quedo dije, hasta que él decida. Elena suspiró, pero asintió. Está bien, quédate, pero al menos siéntate en una silla y cómete esto. Sacó un paquete de galletas del cajón. De nada sirve que tú también te pongas mal.
Acepté las galletas y me senté en una silla al lado de la incubadora. Elena salió, pero dejó la puerta entreabierta. Me quedé allí mirando a ese cachorrito que luchaba por respirar, a esa perra que había sobrevivido a lo peor y al lobo que se había echado en el suelo entre la jaula y la incubadora, como si hiciera un puente entre los dos. Las horas pasaron, llegó la tarde y luego la noche.
Elena entraba de vez en cuando a checar los signos vitales, cambiar el suero, ajustar la temperatura, pero no me corría. Solo dejaba que me quedara. Cerca de las 10 de la noche, el cachorro dejó de respirar. Vi que su pecho se congeló, no subió, no bajó, simplemente se detuvo. Me levanté de la silla de un brinco. Elena, Elena.
Ella vino corriendo, abrió la incubadora, tomó al cachorro en sus manos, empezó a darle masaje cardíaco con dos dedos, sopló aire en su boca minúscula. Masaje, aire, masaje, aire. Me quedé allí parado, paralizado, viendo esa escena suceder en cámara lenta. La perra se había levantado en la jaula y ladraba. Un ladrido desesperado, angustiado.
El lobo se había puesto de pie también, alerta, tenso. “Vamos, pequeño!” Elena susurraba mientras trabajaba. “Vamos, vuelve. Regresa con nosotros. Masaje, aire, masaje, aire, nada. Por favor, oí mi propia voz estrangulada, por favor, no. Masaje, aire, masaje. Y entonces, como un milagro que no merecía, pero que necesitaba desesperadamente,el pecho del cachorro se movió.
Una vez, dos, volvió a respirar. Elena soltó el aire que estaba conteniendo, puso al cachorro de vuelta en la incubadora con cuidado, con las manos temblando, cerró la tapa, checó los signos vitales. “Está estable”, dijo ella con la voz ronca. “Fue por poco, muy poco. Me dejé caer en la silla otra vez, con las piernas como gelatina.
Me cubrí la cara con las manos y lo dejé salir. Dejé que el llanto viniera. 4 años de dolor reprimido, 4 años de soledad, 4 años de pérdida. Todo salió. Elena puso la mano en mi hombro y se quedó allí en silencio, mientras yo lloraba como no lloraba desde el entierro de Mariana. Y cuando finalmente pude parar, cuando levanté la cara y me limpié las lágrimas, miré de nuevo al cachorro.
Estaba respirando regular, más fuerte, los ojitos todavía cerrados, pero el pecho subiendo y bajando, subiendo y bajando vivo. Pasé la noche en la clínica. Elena trajo una colchoneta y dejó que durmiera en el suelo al lado de la incubadora. No fue un sueño profundo. Me despertaba con cada ruido, checando si el cachorro todavía respiraba, pero respiraba cada vez más fuerte.
Cuando el sol salió el domingo, Elena entró al cuarto con una taza de café para mí. “Buen día”, dijo ella, y tenía una pequeña sonrisa en la cara. “Tenemos novedades.” Me senté en la colchoneta tallándome los ojos. Eh, ¿qué tipo de novedades? señaló la jaula. La perra estaba de pie, bebiendo agua, comiendo croquetas.
“Mejoró mucho durante la noche”, explicó Elena. La fiebre bajó, la infección está respondiendo al antibiótico. Las heridas están empezando a cicatrizar. Se va a poner bien, Antonio. Sentí un alivio inmenso. Y él, Elena miró la incubadora. Ganó peso. 10 g. Parece poco, pero para un cachorro de ese tamaño es mucho. La temperatura está estable, la respiración regular. Ya brincó el charco.
¿Estás segura? Nada es 100% seguro en la medicina”, dijo ella, “Pero sí creo que va a sobrevivir.” Solté un suspiro que llevaba guardando tanto tiempo que ni recordaba cuándo había empezado. “Gracias”, le dije mirándola, “por no haberte rendido. El que no se rindió fuiste tú”, respondió Elena. Y ellos lucharon porque sentían que alguien creía en ellos.
Me levanté de la colchoneta y me acerqué a la incubadora. El cachorro había cambiado de posición. Estaba boca abajo ahora con las patitas estiradas hacia adelante, como duermen los cachorros cuando están cómodos, seguros. Miré a la jaula. La perra me miraba con esos ojos que ya no estaban nublados, estaban vivos, alertas, agradecidos.
Y entonces miré al lobo que seguía allí echado entre los dos, vigilando. Y tú, le pregunté, ¿cuándo te vas? Como si entendiera la pregunta, el lobo se levantó, caminó hasta la puerta de la sala, se detuvo y miró hacia atrás, clavando sus ojos en mí. ¿Te vas ahora?, pregunté sintiendo una puntada extraña en el pecho.
No respondió, solo siguió mirando. Entendí. Había hecho lo que vino a hacer, me había guiado, me había mostrado el camino, se había quedado hasta tener la certeza de que yo iba a poder. Y ahora se iba a donde quiera que tuviera que ir, a ayudar a quien quiera que lo necesitara. Me arrodillé frente a él y puse la mano sobre su cabeza peluda.
“Gracias”, le dije, sintiendo la emoción volver por aparecer, por no dejarme rendir, por recordarme que todavía vale la pena. El lobo rozó su occoo contra mi mano por un segundo, dos, y luego se apartó. Elena abrió la puerta de la clínica. Él salió, bajó la rampa, cruzó la calle vacía de aquella mañana de domingo y desapareció en la esquina.
Me quedé allí en la puerta viéndolo irse, sabiendo que tal vez nunca más lo volvería a ver, pero sabiendo también que él lo había cambiado todo. Elena se puso a mi lado. De verdad es especial, dijo ella en voz baja. Sí, asentí muy especial. Volvimos adentro hacia la perra que movía la cola, hacia el cachorro que dormía tranquilo, hacia la vida que continuaba.
Una semana después me los llevé a los dos al rancho. La perra ya caminaba sola, aunque todavía cojeaba un poco. Las heridas del cuello estaban cicatrizando, dejando marcas que cargaría para siempre, pero estaba viva, fuerte, renacida. El cachorro había triplicado su tamaño. Sus ojitos finalmente se habían abierto por completo, revelando una mirada curiosa, lista. Ahora ladraba, jugaba, corría.
Era difícil creer que era el mismo animalito que casi se nos muere en la incubadora. Preparé un rincón en la sala para los dos. cobijas nuevas, platos para agua y comida, juguetitos que compré en la veterinaria y que me hicieron sentir un tonto, pero un tonto feliz. En la primera noche en casa me senté en el sofá y me quedé mirándolos, la perra acostada amamantando al cachorro, los dos seguros, protegidos, vivos.
Y por primera vez en 4 años la casa no se sentía vacía, ya no había solo silencio. Estaba el ruidito delcachorro mamando, estaba el respirar de la perra. Había vida. Tomé el teléfono e hice algo que no hacía desde hacía mucho tiempo. Llamé al padre Miguel allá en la parroquia del pueblo. Le dije que quería hacer una donación, una donación buena para el albergue de animales, para ayudar a otros que estuvieran en la misma situación en la que esos dos habían estado.
Él se sorprendió, pero aceptó. Colgué el teléfono y volví a mirar a los dos. Vamos a estar bien, les dije los tres. Vamos a estar bien. La perra me miró y por primera vez vi algo distinto en esa mirada. No era solo gratitud, era reconocimiento, era complicidad, era familia, familia. Una palabra que yo creía haber perdido para siempre, pero que estaba ahí reconstruida de una forma distinta, no sustituyendo lo que había perdido, sino creando algo nuevo, algo que tenía espacio para el dolor y para la alegría, para el pasado y para el futuro. Me
levanté del sofá y fui hasta el cuarto que había sido de Mariana y mío. Abrí la puerta del ropero y saqué la caja que estaba en el fondo. dentro la ropita de bebé que nunca se usó, los zapatitos, el móvil que iba en la cuna. Miré aquellas cosas y por primera vez no sentí solo dolor, sentí paz, porque entendí que Clara siempre iba a ser parte de mí, que Mariana siempre iba a estar en mi corazón, pero que yo no necesitaba quedarme atrapado en ese dolor para honrarlas, que podía vivir, podía seguir, podía abrir espacio para nuevos
afectos. Cerré la caja con cuidado y la puse de vuelta en su lugar. Algún día tal vez iba a ser capaz de donar esa ropa a alguien que la necesitara. Pero no hoy. Hoy se trataba solo de entender que estaba bien seguir adelante. Volvía a la sala. El cachorro había terminado de mamar e intentaba subirse al sofá.
Lo cargué en mis brazos. Era tan pequeño todavía. Cabía en la palma de mi mano, pero tan fuerte, tan vivo. ¿Necesitas un nombre? Le dije, “No puedo seguir llamándote cachorro para siempre.” Me miró con esos ojitos brillantes y me dio una lamedura en el dedo. Pensé por un momento en todo lo que habíamos pasado, en la tormenta, en el miedo, en la lucha, en la supervivencia.
Sol. Decidí. Te voy a llamar sol, porque volviste a nacer cuando el sol regresó después de la tormenta. Ladró un ladridito agudo, gracioso. Miré a la perra y tú serás luna, porque me guiaste por la noche más oscura. Ella movió la cola y así, en aquella noche de domingo, en la sala de una casa que había vuelto a ser un hogar, nació una nueva familia, pequeña, improbable, pero real.
En los meses que siguieron, muchas cosas cambiaron. Luna se recuperó por completo. Se puso fuerte, maciza, protectora. No dejaba que nadie se acercara al rancho sin avisar. Pero con quienes confiaba era la cosa más dulce del mundo. Sol creció, se volvió un perro listo, juguetón, lleno de energía. Corría por el campo, perseguía a las gallinas, me robaba las botas, llenaba la casa de desorden y de vida y yo volví a vivir.
No fue de la noche a la mañana. Hubo días malos, hubo noches en que la soledad todavía apretaba. Hubo momentos en que miraba el retrato de Mariana en la pared y sentía ese viejo dolor regresar, pero estaban ellos dos ahí, luna rozando su hocico en mi mano cuando notaba que yo estaba triste, sol brincando en mi regazo y haciendo payasadas hasta que me hacía reír.
Y poco a poco el dolor se fue haciendo más pequeño. No desapareció, pero se hizo más pequeño, más soportable. Volví a platicar con los vecinos, volvía a ir al pueblo sin que fuera solo para lo necesario. Volvía a cuidar el rancho con un propósito que no era simplemente sobrevivir, sino vivir. Y de vez en cuando, generalmente al caer la tarde, cuando el sol va bajando y pinta el monte de color naranja, veía una sombra negra a lo lejos, en el límite de la propiedad, parada, mirando.
El lobo nunca entraba. nunca se acercaba, solo se quedaba ahí por unos minutos verificando, asegurándose, y luego se iba a donde sea que necesitara estar, para quien sea que lo necesitara. Yo siempre le hacía una seña con la mano, aún sabiendo que probablemente no me veía, pero saludaba porque era mi forma de decirle gracias, de decirle que había entendido, de decirle que ya estaba bien.
Un año después de aquella noche en la carretera, volví al lugar donde había encontrado a Luna y a Sol. Era una mañana de sábado. El cielo estaba limpio, hacía calor. El monte estaba verde porque había llovido la semana anterior. Estacioné la camioneta en el mismo lugar. Me bajé. Luna y sol bajaron detrás de mí. El poste todavía estaba ahí, medio chueco, pero seguía ahí.
Lo miré por un largo rato recordando, sintiendo. Entonces tomé una pala que había traído y cabé un hoyo a un lado del poste. Puse ahí una placa sencilla de madera que yo mismo había hecho. En ella decía, “Aquí comenzó una nueva vida para tres seres que estaban perdidos. Gracias por hacerme parar.
Gracias porhacerme recordar que siempre vale la pena intentar, siempre vale la pena creer. Enterré la placa, alicé la tierra y me quedé ahí parado con luna de un lado y sol del otro, mirando aquel pedazo de carretera que lo había cambiado todo. “Lo logramos”, les dije. “Los tres lo logramos.” Luna recargó su cabeza en mi pierna. Sol ladró feliz. Y cuando volvimos a la camioneta y seguimos de camino a casa, miré por el retrovisor una última vez y allá, parado al lado de la placa estaba el lobo mirando, vigilando, asegurándose, y entonces se dio la vuelta y desapareció
en el monte a donde sea que tuviese que ir, y supe con absoluta certeza que su vida continuaba al igual que la mía, guiando, salvando, Recordándole a la gente que siempre hay esperanza, siempre hay una oportunidad, siempre vale la pena detenerse, siempre vale la pena creer. A veces pensamos que estamos solos, que a nadie le importa, que no hace diferencia si nos detenemos o seguimos de largo, que las decisiones que tomamos son demasiado pequeñas para cambiar algo.
Pero yo aprendí en aquel invierno que casi me lleva para siempre, que cada elección importa. Detenerse en esa carretera importó, cortar esa soga importó, romper esa bolsa de plástico importó, enfrentar la tormenta importó, no rendirse importó. Y hoy, cuando despierto por la mañana y veo a Luna echada en el tapete y a Sol robándose mi calcetín, sé que tomé la decisión correcta. No fue fácil.
Hubo momentos en que quise tirar la toalla. Hubo momentos en que pensé que no lo iba a lograr, pero lo logré porque había algo más grande que yo mismo en juego. Había vidas que dependían de mí. Y esa responsabilidad que antes me asustaba, se convirtió en lo que me salvó, porque al salvarlos a ellos, me salvé yo también.
Y aprendí que la vida no se trata de no tener dolor, se trata de elegir, aún con dolor, continuar. Se trata de encontrar belleza en las cosas pequeñas. Se trata de construir una familia en los lugares más improbables. Se trata de creer que mañana puede ser mejor, incluso cuando hoy está difícil. Así que si estás leyendo esto y si estás pasando por algo difícil, quiero decirte, detente, mira a tu alrededor.
Tal vez haya alguien necesitándote o tal vez tú estés necesitando a alguien, pero detente. No pases de largo, no finjas que no viste nada, porque a veces un solo momento de coraje, un solo gesto de humanidad puede cambiarlo todo. puede salvar una vida o tres o cuatro si contamos al lobo o cinco si contamos la mía y al final eso es lo que importa, no cuántos años vivimos, sino cuántas vidas tocamos, cuántas decisiones correctas tomamos, cuántas veces decidimos detenernos. Así que detente.
Mira, elige creer, elige intentar, elige no rendirte, porque siempre vale la pena. Siempre.















