Tres motociclistas desaparecen durante un viaje — 8 años después sus motos aparecen en una venta

El 15 de abril de 2015, tres amigos motociclistas salieron de Guadalajara Rumbo a Puerto Vallarta para celebrar el cumpleaños número 30 de uno de ellos. Era un viaje que habían planeado durante meses, una ruta de apenas 4 horas que conocían perfectamente. Alejandro Castillo, Eduardo Jiménez y Francisco Ramos nunca llegaron a su destino. Durante 8 años, sus familias vivieron con la incertidumbre más cruel que puede existir, no saber qué había pasado con sus seres queridos. Hasta que el 22 de marzo de 2023, un mecánico de motos usadas en Tepiic reconoció algo que cambiaría todo.

Las tres motocicletas que habían desaparecido junto con los jóvenes estaban ahí en perfectas condiciones, siendo ofrecidas en venta por un precio sospechosamente bajo. ¿Cómo era posible que las motos aparecieran 8 años después en una ciudad que ni siquiera estaba en su ruta original? ¿Y dónde estaban Alejandro, Eduardo y Francisco?
Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México, siempre ha sido el hogar de una comunidad motociclista muy unida. En los barrios como Providencia y Americana era común ver grupos de amigos reuniéndose los fines de semana para planear sus escapadas por las carreteras de Jalisco. Alejandro Castillo trabajaba como ingeniero en una empresa de telecomunicaciones. Tenía 30 años y vivía con su esposa Paloma en una casa modesta, pero bien cuidada en la colonia Jardines del Country.

Su pasión por las motocicletas había comenzado cuando tenía apenas 18 años, cuando su padre le regaló su primera Kawasaki 250. Eduardo Jiménez, de 28 años, era contador en una firma mediana del centro de la ciudad. Soltero y viviendo aún con sus padres Remedios y Arturo en la colonia Santa Tere, había ahorrado durante 3 años para comprarse su onda CB600F, una motocicleta deportiva que mantenía impecable. Sus vecinos lo describían como un joven responsable que siempre saludaba con respeto y ayudaba a los adultos mayores de su cuadra con las compras pesadas.

Francisco Ramos completaba el trío a los 29 años. Trabajaba como supervisor en una fábrica textil y vivía en la colonia Oblatos con su novia Rocío, con quien planeaba casarse el siguiente año. Su Yamaha FZ09 era su orgullo. La había comprado de segunda mano, pero la había restaurado completamente con sus propias manos durante los fines de semana en el pequeño garaje de su casa. Los tres se habían conocido en un grupo de motociclistas que se reunía cada domingo en la glorieta de los niños héroes.

Era un punto de encuentro tradicional donde llegaban entusiastas de todas las edades, desde jóvenes con motos modificadas hasta veteranos con Harley Davidson clásicas. La amistad entre Alejandro, Eduardo y Francisco se había forjado a través de incontables viajes cortos a pueblos cercanos como Tequila, Chapala y Ajijik. El clima de Guadalajara en abril de 2015 había sido especialmente bueno. Las lluvias aún no comenzaban y las temperaturas rondaban los 28ºC durante el día, condiciones perfectas para un viaje en motocicleta.

La ruta hacia Puerto Vallarta era conocida por todos los motociclistas de la región. Tomar la autopista 15 de hasta Compostela y luego la carretera 200 hasta llegar a la costa. Era un recorrido de aproximadamente 330 km que ofrecía paisajes espectaculares de montañas, al final, la vista del océano Pacífico. La idea del viaje había surgido tres meses antes, cuando Alejandro mencionó que quería celebrar sus 30 años de una forma especial. “No quiero una fiesta en un salón”, había dicho mientras limpiaba su motocicleta en el estacionamiento de un centro comercial donde solían reunirse.

Quiero hacer algo que recordemos para siempre. Eduardo sugirió Puerto Vallarta inmediatamente. Tenía un primo que trabajaba en un hotel pequeños cerca de la playa y podía conseguirles una tarifa especial para pasar dos noches. Durante las semanas previas al viaje, los tres habían realizado una revisión minuciosa de sus motocicletas. Alejandro llevó la suya al taller de un mecánico de confianza en la colonia San Juan de Dios, donde le cambiaron el aceite, revisaron los frenos y verificaron la presión de las llantas.

Eduardo y Francisco hicieron lo mismo con sus respectivas motos en talleres diferentes, pero siguiendo la misma rutina meticulosa que caracterizaba a los motociclistas experimentados. La familia Castillo había mostrado cierta preocupación por el viaje. Paloma, esposa de Alejandro, había expresado sus temores durante la cena del domingo anterior. “¿Sabes que en las carreteras puede pasar cualquier cosa”,? Le había dicho mientras servía el pozole que preparaba cada fin de semana. Además, últimamente se han visto más retenes y patrullajes. Alejandro la había tranquilizado explicándole que viajarían durante el día por la carretera principal y que mantendrían comunicación constante a través de sus teléfonos celulares.

Los padres de Eduardo también habían expresado inquietudes similares. Remedios. Su madre le había preparado un termo con café y varios sándwiches de jamón para el camino. “Mi hijo, solo prométeme que vas a manejar con cuidado”, le había dicho la noche anterior mientras doblaba la ropa que él había lavado. Su padre Arturo, un hombre de pocas palabras que trabajaba como electricista, simplemente le había dado una palmada en el hombro y le había dicho, “Cuídate mucho, hijo.” Francisco había sido el más entusiasmado con el viaje.

Rocío, su novia, inicialmente había sugerido acompañarlos, pero él había explicado que sería mejor hacer este viaje solo con sus amigos. La próxima vez planearemos algo para todos, le había prometido mientras revisaba las condiciones del clima en su teléfono. Este es como un viaje de despedida de soltero anticipado, había bromeado haciendo reír a Rocío. El barrio donde vivía Francisco en Oblatos era conocido por su fuerte sentido de comunidad. Los vecinos se conocían entre sí y era común que se ayudaran mutuamente.

La señora Amparo, que vivía en la casa de al lado, siempre saludaba a Francisco cuando lo veía partir en su motocicleta hacia el trabajo cada mañana. “Ese muchacho es muy educado.” Solía comentar con otras vecinas. Siempre saluda y nunca hace ruido con esa máquina. La economía de la región en 2015 estaba pasando por un momento de relativa estabilidad. Los tres jóvenes tenían empleos seguros y habían logrado ahorrar lo suficiente para disfrutar de estos pequeños lujos como viajes de fin de semana.

El costo del combustible era razonable y las carreteras federales se mantenían en condiciones aceptables, aunque siempre existían tramos donde era necesario conducir con especial precaución. Durante las semanas previas al viaje, los tres amigos se habían reunido varias veces para planificar cada detalle. habían decidido salir temprano a las 7 de la mañana para llegar a Puerto Vallarta antes del mediodía. El plan incluía un desayuno en Tequida, donde harían su primera parada y una comida en Compostela antes de continuar hacia la costa.

Habían reservado habitaciones en un hotel modesto, pero limpio en la zona hotelera de Puerto Vallarta y tenían boletos para un tour en barco que salía al día siguiente por la mañana. Alejandro había sido designado como el líder del grupo, no solo porque era el mayor, sino porque tenía más experiencia en viajes largos en motocicleta. Había recorrido gran parte del occidente de México y conocía bien las particularidades de cada carretera. Lo más importante, había explicado a sus amigos durante una de sus reuniones de planificación, es mantenernos juntos y no separarnos por ningún motivo.

Si alguien tiene un problema mecánico, todos nos detenemos. Eduardo había llevado un mapa impreso de la ruta, aunque los tres tenían GPS en sus teléfonos celulares. Era una precaución que había aprendido de su padre, quien siempre decía que la tecnología podía fallar en el momento menos oportuno. También había preparado un pequeño botiquín de primeros auxilios que incluía vendas, alcohol, analgésicos y números de emergencia anotados en una libreta pequeña. Francisco se había encargado de revisar las condiciones meteorológicas para toda la semana.

Los pronósticos indicaban cielos despejados y temperaturas agradables, sin posibilidad de lluvia hasta por lo menos el siguiente fin de semana. También había contactado a su primo, que trabajaba en una gasolinera en la carretera hacia Tepic para confirmar que tendría combustible disponible, aunque no esperaba necesitarlo en esa parada específica. La víspera del viaje. Cada uno había hecho sus preparativos finales en sus respectivos hogares. Alejandro había empacado ropa para dos días en una pequeña maleta que se ajustaba perfectamente en la parte trasera de su motocicleta.

Paloma le había ayudado a verificar que tuviera todos sus documentos: licencia de conducir, tarjeta de seguro de la motocicleta, identificación oficial y tarjetas de crédito. También había incluido un cargador portátil para su teléfono celular. Eduardo había pasado la tarde del martes limpiando meticulosamente su onda. Había lavado y encerado cada superficie, verificado la tensión de la cadena y el nivel de todos los fluidos. Su madre había insistido en que llevara una chamarra extra por si refresca en la noche, aunque él había tratado de explicarle que Puerto Vallarta era conocido por su clima cálido constante.

Francisco había hecho una última revisión de su ruta en internet, leyendo comentarios recientes de otros motociclistas que habían hecho el mismo viaje. Todo parecía normal, no había reportes de construcción, los retenes de rutina estaban funcionando con normalidad y varios usuarios habían compartido fotos de sus viajes exitosos durante las semanas anteriores. La comunidad motociclista de Guadalajara era muy unida y se mantenían informados a través de grupos en redes sociales y aplicaciones de mensajería. Era común que compartieran información sobre condiciones de carreteras, lugares recomendados para comer y alertas sobre cualquier situación que pudiera afectar a otros viajeros.

Los tres amigos participaban activamente en estos grupos y habían informado sobre su viaje planeado, como era costumbre entre los motociclistas responsables. El martes 14 de abril de 2015, Alejandro se despertó a las 5:30 de la mañana en su casa de la colonia Jardines del Country. Paloma ya estaba en la cocina preparando café y había empacado algunos sándwiches adicionales para el viaje. “Dormí muy poco”, le confesó a su esposa mientras se duchaba. Estoy muy emocionado por este viaje.

Paloma notó que había estado despierto hasta tarde revisando su motocicleta en el garaje, pero no dijo nada para no preocuparlo. A las 6:15 de la mañana, Alejandro envió un mensaje al grupo de WhatsApp que tenía con Eduardo y Francisco. Buenos días, hermanos. ¿Listos para la aventura? Las respuestas llegaron inmediatamente. Eduardo escribió, “Despierto desde las 5. Ya estoy desayunando.” Francisco respondió, “Motocicleta lista, maleta empacada, solo falta el café.” Habían acordado encontrarse a las 7 en punto en la gasolinera Pemex de la avenida López Mateos, cerca del cruce con Periférico.

Era un punto de encuentro que conocían bien porque estaba en una ubicación central para los tres y tenía un área amplia donde podían estacionar las motocicletas sin obstruir el tráfico. Además, podrían hacer una última verificación del combustible antes de iniciar el viaje oficial. Eduardo salió de su casa en Santa Tere a las 6:45. Su madre Remedios estaba parada en la puerta despidiéndose como hacía cada vez que él salía en la motocicleta. “Ten mucho cuidado mi hijo”, le gritó mientras él se alejaba por la calle.

Eduardo agitó la mano sin voltear, una costumbre que tenían desde que él había comprado su primera motocicleta. Francisco fue el último en salir de su casa. Rocío lo acompañó hasta el portón y le dio un beso de despedida. Llámame cuando lleguen le pidió, y mándame fotos del atardecera en la playa. Francisco le prometió que lo haría y le dijo que regresarían el jueves por la noche. A las 7 de la mañana exactas, los tres estaban reunidos en la gasolinera.

El clima era perfecto, cielo despejado, temperatura de 22ºC y una ligera brisa que prometía un día excelente para viajar. Cada uno cargó combustible en su motocicleta y compraron botellas de agua para llevar en sus mochilas. ¿Todos tienen batería completa en el teléfono? Preguntó Alejandro mientras se ponía el casco. Eduardo y Francisco confirmaron que sí. Habían acordado mantener sus teléfonos encendidos durante todo el viaje y reportarse cada hora o inmediatamente si surgía algún problema. A las 7:15 de la mañana salieron de la gasolinera en formación.

Alejandro iba adelante, seguido por Eduardo y Francisco cerraba el grupo. Era un orden que habían establecido basándose en la experiencia, el más experimentado al frente y el que tenía la motocicleta más potente al final para poder alcanzar al grupo rápidamente si se separaban. El tráfico matutino de Guadalajara era típico para un miércoles. No había congestión severa, pero si el flujo constante de personas dirigiéndose a sus trabajos. Los tres navegaron con cuidado entre los automóviles hasta llegar a la entrada de la autopista 15d.

Alejandro envió un mensaje rápido al grupo entrando a la autopista. Todo perfecto hasta ahora. La primera hora del viaje transcurrió sin incidentes. La autopista estaba en excelentes condiciones y el tráfico era ligero. Pasaron varios camiones de carga, pero había suficiente espacio para rebasarlos con seguridad. A las 8:20 de la mañana, Alejandro envió otro mensaje. Acabamos de pasar el entronque hacia Amatitán, llegando a tiempo para el desayuno en Tequila. En Tequila hicieron su primera parada planeada. Era un pueblo que conocían bien por viajes anteriores y tenían un restaurante favoritos cerca de la plaza principal donde servían un desayuno tradicional excelente.

Estacionaron las motocicletas frente al restaurante y se quitaron los cascos y chaquetas. El aire matutino olía a tierra húmeda y a las plantas de agaban el pueblo. “Este es exactamente el tipo de mañana que soñé para este viaje”, comentó Francisco mientras se estiraba después de una hora de manejo. Eduardo tomó varias fotos de las tres motocicletas estacionadas juntas con el paisaje de Agabe de fondo. “Rocío va a querer ver esto”, dijo mientras enviaba las imágenes por WhatsApp.

Durante el desayuno discutieron el resto de la ruta. Alejandro desplegó el mapa que Eduardo había traído y repasaron los puntos principales. Después de Tequila continuarían hacia Magdalena, luego Compostela para la comida y finalmente la carretera costera hacia Puerto Vallarta. Si mantenemos este ritmo, calculó Eduardo, llegaremos al hotel a las 2 de la tarde. Perfecto para descansar un poco antes de ir a la playa. A las 9:45 de la mañana pagaron la cuenta del desayuno y se prepararon para continuar.

Alejandro envió un mensaje a Paloma. Desayuno delicioso en Tequila. Todo va perfecto. Te amo. Paloma respondió inmediatamente. Me da mucho gusto. Cuídense mucho y diviértanse. Eduardo llamó brevemente a su madre para reportarse. Mami, estamos en Tequida. Todo va muy bien, la carretera está perfecta y el clima también. Remedios le pidió que la volviera a llamar cuando llegaran a Puerto Vallarta y él le prometió que lo haría. Francisco envió varias fotos a Rocío junto con un mensaje. El paisaje está increíble.

Ya quiero que vengas conmigo la próxima vez. Rocío respondió con emojis de corazones y le deseo buen viaje. Salieron de tequila a las 10 de la mañana. La carretera hacia Magdalena era conocida por sus curvas suaves y el paisaje montañoso. Era una de las partes más hermosas del viaje, donde las montañas de la Sierra Madre Occidental ofrecían vistas espectaculares. El asfalto estaba en buenas condiciones y había poco tráfico. A las 10:50 de la mañana, Alejandro envió su reporte regular pasando Magdalena.

Tiempo excelente, carretera perfecta, próxima parada con postela para comer. Esa fue la última comunicación que recibieron sus familias. A las 12:30 del mediodía, Paloma intentó llamar a Alejandro para preguntarle cómo iba el viaje, pero la llamada fue directamente al buzón de voz. Pensó que tal vez estaba en una zona sin señal o que había apagado el teléfono para concentrarse en manejar. no se preocupó inmediatamente. Sabía que en algunas partes de la carretera la señal de celular era irregular.

Remedios. La madre de Eduardo intentó llamarlo a la 1 de la tarde. También le saltó el buzón de voz. comenzó a sentir una inquietud que no podía explicar, pero se tranquilizó pensando que probablemente estaban comiendo y habían apagado los teléfonos para disfrutar sin interrupciones. Rocío trató de contactar a Francisco a las 2 de la tarde. Cuando no obtuvo respuesta, envió varios mensajes de WhatsApp que aparecían como entregados, pero no leídos. comenzó a sentirse nerviosa, pero decidió esperar hasta las 4 de la tarde antes de preocuparse realmente.

A las 4 de la tarde, las tres familias ya estaban experimentando niveles significativos de ansiedad. Paloma había llamado cinco veces más a Alejandro sin obtener respuesta. Había intentado contactar a Eduardo y Francisco, pero tampoco respondían. Los mensajes de WhatsApp seguían apareciendo como entregados, pero no se marcaban como leídos. Remedius llamó a Paloma a las 4:30. ¿Has sabido algo de los muchachos?, le preguntó con la voz temblorosa. Paloma confirmó que no había tenido noticias desde las 10:50 de la mañana.

Acordaron darse otras dos horas antes de contactar a las autoridades, pensando que tal vez habían decidido hacer una parada adicional no planeada. Rocío se unió a las llamadas a las 5 de la tarde. Para entonces, las tres mujeres estaban coordinando sus esfuerzos para tratar de localizar a los jóvenes. Habían contactado al hotel en Puerto Vallarta, pero los recepcionistas confirmaron que los huéspedes esperados no habían llegado para hacer el checking. A las 6:30 de la tarde, después de más de 8 horas sin comunicación, las familias decidieron reportar oficialmente la desaparición.

Paloma fue la primera en llamar a la policía estatal de Jalisco. Le dijeron que debía esperar 24 horas antes de presentar un reporte oficial de persona desaparecida, pero que podían comenzar a hacer verificaciones informales. Dada la naturaleza del caso. Remedios y su esposo Arturo se dirigieron inmediatamente a la comandancia de policía más cercana. Arturo, normalmente un hombre de pocas palabras, habló extensamente con los oficiales explicando la situación. Mi hijo es muy responsable”, repetía una y otra vez.

Nunca dejaría de comunicarse por tanto tiempo sin una razón muy grave. Rocío y los padres de Francisco también acudieron a reportar la situación. Para las 8 de la noche, tres reportes separados habían sido presentados ante diferentes autoridades, todos describiendo la misma situación. Tres jóvenes motociclistas que habían desaparecido en algún punto entre Magdalena y Compostela. La policía estatal inició verificaciones preliminares esa misma noche. Contactaron a las autoridades de Nayarit para coordinar búsquedas en ambos lados de la frontera estatal.

También enviaron patrullas para recorrer la carretera federal en busca de cualquier señal de accidente o las motocicletas. Durante esa primera noche, ninguna de las familias durmió. Paloma se quedó despierta esperando junto al teléfono, rezando para que Alejandro llamara con alguna explicación lógica. Remedios y Arturo permanecieron en la sala de su casa, ella tejiendo nerviosamente y él fumando un cigarrillo tras otro, algo que había dejado de hacer años atrás. Rocío condujo hasta la casa de los padres de Francisco para estar acompañada.

Juntos intentaron pensar en cualquier explicación posible. Tal vez habían tenido un accidente menor y estaban en algún hospital rural sin identificar. Tal vez las tres motocicletas habían tenido problemas mecánicos y estaban varados en algún pueblo pequeño sin señal de celular. Los primeros días después del desaparecimiento fueron una mezcla caótica de esperanza desesperada y actividad frenética. Las familias se organizaron para crear grupos de búsqueda, distribuyeron volantes con las fotografías de los tres jóvenes y contactaron a todos los hospitales y centros de salud entre Guadalajara y Puerto Vallarta.

Paloma se convirtió en la coordinadora no oficial de los esfuerzos de búsqueda. Cada mañana a las 6 su casa se llenaba de familiares, amigos y miembros de la comunidad motociclista dispuestos a ayudar. Había convertido su sala en un centro de operaciones informal con mapas de la región pegados en las paredes y listas de números telefónicos de contactos útiles. “No podemos quedarnos con los brazos cruzados”, repetía constantemente durante esas primeras semanas. había dejado su trabajo temporalmente para dedicarse completamente a la búsqueda.

Sus ahorros se agotaron rápidamente debido a los gastos de gasolina, llamadas telefónicas, impresión de volantes y viajes constantes a diferentes ciudades para hablar con autoridades. Remedios. La madre de Eduardo desarrolló una rutina diaria que mantuvo durante meses. Cada mañana se despertaba a las 5, preparaba café para toda la familia y luego se dirigía a una iglesia diferente para rezar. Visitaba al menos tres iglesias cada día, encendía velas y pedía por el regreso seguro de su hijo. Los sacerdotes de varias parroquias llegaron a conocerla personalmente y la incluían en sus oraciones durante las misas.

El padre de Eduardo, Arturo, canalizó su angustia de manera diferente. Usando sus contactos como electricista, había logrado que varios conductores de camiones de carga mantuvieran los ojos abiertos durante sus viajes por las carreteras federales. Había creado una red informal de chóeres que llevaban fotografías de los tres jóvenes en sus cabinas y preguntaban en cada parada si alguien los había visto. La familia de Francisco decidió contratar a un investigador privado después de tres semanas sin resultados concretos de las autoridades oficiales.

Licenciado Esteban Aguilar era un expolicía judicial con más de 20 años de experiencia en casos de personas desaparecidas. Su oficina estaba en una colonia del centro de Guadalajara, en un edificio antiguo donde también trabajaban otros abogados y contadores. Licenciado Aguilar había manejado casos similares anteriormente y era brutalmente honesto sobre las posibilidades. Después de las primeras 72 horas, las estadísticas no son alentadoras, les explicó durante su primera reunión. Pero eso no significa que vamos a dejar de buscar.

He visto casos que se resolvieron después de años cuando aparecía la pista correcta. El investigador comenzó su trabajo reentrevistando a todas las personas que habían estado en contacto con los jóvenes durante las semanas previas al viaje. Habló con compañeros de trabajo, mecánicos que habían revisado las motocicletas, empleados de la gasolinera donde se habían encontrado esa mañana y cualquier persona que pudiera tener información relevante. Una de las líneas de investigación más prometedoras inicialmente vino de un empleado de la gasolinera en Tequila, donde los jóvenes habían desayunado.

Recordaba claramente haber visto tres motocicletas deportivas estacionadas frente al restaurante esa mañana y mencionó que había notado a dos hombres en una camioneta picub blanca que parecían estar observando las motocicletas con más interés del normal. “No pensé en nada raro en ese momento”, le explicó el empleado al licenciado Aguilar. Mucha gente se fija en las motos bonitas, pero cuando vi las fotos en los volantes, recordé que esos dos tipos estuvieron ahí parados como 10 minutos, solo viendo las motos y hablando entre ellos.

Esta información llevó a una búsqueda intensiva de la camioneta Picub Blanca. Las autoridades revisaron las grabaciones de las cámaras de seguridad de negocios en Tequida, pero la calidad de las imágenes era muy pobre y no se podían distinguir las placas ni las características específicas del vehículo. Sin embargo, esta pista mantuvo viva la esperanza de que había testigos del último paradero conocido de los jóvenes. Mientras tanto, la comunidad motociclista de Guadalajara se había movilizado de manera impresionante. Cada fin de semana, grupos de motociclistas voluntarios recorrían diferentes secciones de carreteras secundarias, caminos rurales y senderos que podrían haber sido utilizados como rutas alternas.

Llevaban fotografías laminadas de Alejandro, Eduardo y Francisco y las mostraban en cada pueblo, rancho y gasolinera que encontraban. Héctor Vargas, presidente del Club de Motociclistas Águilas de Jalisco, había conocido a los tres jóvenes en varias reuniones y eventos. Cuando uno de nosotros desaparece, todos sentimos el dolor, explicaba a los medios de comunicación locales que habían comenzado a cubrir el caso. No vamos a parar hasta encontrar respuestas. El club organizó una rodada masiva 3 meses después del desaparecimiento.

Más de 200 motociclistas de diferentes clubes y ciudades participaron en un recorrido que siguió exactamente la ruta planeada por Alejandro, Eduardo y Francisco. La caravana se detuvo en cada lugar donde los jóvenes habían estado o planeaban estar, distribuyendo volantes y hablando con residentes locales. Durante esta rodada masiva descubrieron algo que las autoridades habían pasado por alto. En un pequeño restaurante de carretera entre Magdalena y Compostela, una mesera recordaba haber visto tres motociclistas jóvenes el día del desaparecimiento.

Si llegaron aquí, confirmó Dolores, una mujer de unos 50 años que había trabajado en ese restaurante durante 15 años. Pero no se bajaron de las motos, solo se detuvieron afuera como 5 minutos. Uno de ellos habló por teléfono y luego se fueron. Esta información era crucial porque significaba que los jóvenes habían llegado más lejos de lo que las autoridades habían determinado inicialmente. El restaurante estaba apenas a 30 km de Compostela, lo que indicaba que habían estado muy cerca de su destino planeado para la comida.

Dolores también recordaba algo más. Había una camioneta estacionada en la parte de atrás del restaurante”, dijo. Cuando los muchachos se fueron, la camioneta también se fue, pero en la misma dirección. Desafortunadamente, no podía describir la camioneta con mucho detalle porque había estado ocupada atendiendo a otros clientes, pero creía que era blanca o de color claro. El licenciado Aguilar consideró esta información extremadamente significativa. Sugería la posibilidad de que los jóvenes estuvieran siendo seguidos, aunque advirtió a las familias que no sacaran conclusiones precipitadas.

“Podría ser una coincidencia”, explicó. Esa carretera es la ruta principal hacia la costa, así que es normal que varios vehículos vayan en la misma dirección. Sin embargo, decidió enfocar sus esfuerzos en el tramo de carretera entre ese restaurante y Compostela. Era una sección de aproximadamente 30 km que incluía varios puntos donde un vehículo podría salirse de la carretera principal sin ser visto fácilmente. También había varios caminos rurales que se conectaban con la carretera federal. Durante los siguientes meses, el investigador y grupos de voluntarios recorrieron meticulosamente cada camino secundario, cada sendero y cada propiedad privada a la que pudieron obtener acceso.

Usaron perros entrenados para búsqueda y rescate en tres ocasiones diferentes, pero nunca encontraron rastros de los jóvenes o sus motocicletas. La frustración comenzó a afectar profundamente a las familias durante el segundo año. Paloma había regresado a trabajar por necesidad económica, pero su rendimiento se había visto afectado por la constante preocupación y falta de sueño. Sus compañeros de trabajo la describían como una sombra de la persona alegre y energética que había sido antes. Es como vivir en un limbo”, le confesó a una amiga cercana durante una de las pocas conversaciones personales que tenía.

No puedes hacer luto porque no sabes si está muerto. No puedes seguir adelante porque no sabes si va a regresar. Cada día es exactamente igual despertarte esperando noticias que nunca llegan. Remedios había desarrollado algunos comportamientos obsesivos relacionados con la búsqueda de su hijo. Revisaba constantemente las páginas de internet de hospitales y morgues de varios estados, buscando reportes de personas no identificadas. había creado un archivo detallado con recortes de periódicos sobre cualquier noticia que involucrara motociclistas, accidentes o personas desaparecidas, aunque no tuvieran relación aparente con su caso.

Arturo había comenzado a beber más de lo normal. Sus compañeros de trabajo notaron que llegaba con olor a alcohol por las mañanas y su esposa había encontrado botellas escondidas en el garaje. Cuando Remedios lo confrontó sobre su drinking, él simplemente respondió, “¿Cómo quieres que maneje esto? ¿Cómo quieres que siga viviendo normal cuando mi hijo desapareció y nadie puede decirme qué pasó?” La familia de Francisco enfrentó problemas financieros significativos debido a los gastos de la investigación privada. habían gastado todos sus ahorros y se habían endeudado para pagar los honorarios del licenciado Aguilar y los costos de las búsquedas.

Rocío había comenzado a trabajar tiempo extra para ayudar con los gastos y varios vecinos de Oblatos habían organizado rifas y ventas de comida para recaudar fondos. Los medios de comunicación locales habían cubierto intensivamente el caso durante los primeros 6 meses, pero gradualmente el interés público comenzó a disminuir. Las familias se sintieron abandonadas cuando las noticias sobre el caso dejaron de aparecer en los periódicos y programas de televisión. Es como si la gente se hubiera olvidado de que nuestros hijos siguen desaparecidos”, comentó Paloma con amargura.

Sin embargo, las autoridades continuaron trabajando en el caso, aunque con recursos limitados. El comandante Raúl Flores de la Policía Estatal había asignado a un detective específicamente para mantener el caso activo. Detective Norma Ortega era una investigadora con 12 años de experiencia en casos de personas desaparecidas y había desarrollado una relación cercana con las familias. He trabajado en muchos casos como este”, les explicó durante una de sus reuniones regulares. La clave es mantener todas las líneas de investigación abiertas y seguir cada pista, sin importar cuán pequeña parezca.

A veces las respuestas llegan de donde menos las esperamos. Detective Ortega había expandido la investigación para incluir la posibilidad de que los jóvenes hubieran sido víctimas de crimen organizado. En 2015, varias organizaciones criminales operaban en las carreteras de Jalisco y Nayarit, y había reportes de secuestros de personas que viajaban con vehículos caros o que parecían tener dinero. Las motocicletas deportivas pueden atraer atención no deseada”, explicó a las familias. Desafortunadamente, hay grupos que se dedican a robar vehículos de alto valor y tres motocicletas juntas podrían haber parecido un objetivo atractivo.

Esta línea de investigación llevó a interrogatorios de varios sospechosos conocidos que operaban en la región, pero ninguno proporcionó información útil sobre el caso específico. Algunos ni siquiera sabían que había habido un caso de motociclistas desaparecidos, lo que sugería que si había sido un crimen, había sido cometido por un grupo muy discreto o por personas que no estaban conectadas con las redes criminales conocidas. Durante el tercer año, las familias comenzaron a considerar la posibilidad de que nunca obtendrían respuestas completas.

Paloma había iniciado terapia psicológica para lidiar con el duelo prolongado y la incertidumbre. Su terapeuta le había explicado que el duelo por una persona desaparecida es diferente al duelo por una muerte confirmada, porque la mente no puede procesar completamente la pérdida. Es importante que trates de reconstruir tu vida”, le aconsejaba la psicóloga. Eso no significa que dejes de buscar a Alejandro o que dejes de amarlo. Significa que tienes derecho a ser feliz incluso en medio de esta situación terrible.

Gradualmente, las familias desarrollaron rutinas que les permitían funcionar día a día mientras mantenían la esperanza. Paloma estableció un día específico cada mes para actividades relacionadas con la búsqueda, actualizar volantes, contactar autoridades, revisar nuevas pistas. El resto del tiempo trataba de enfocarse en su trabajo y en mantener relaciones sociales normales. Remedios encontró consuelo en trabajar con otras familias que habían pasado por situaciones similares. Se había unido a un grupo de apoyo para familias de personas desaparecidas, donde compartía su experiencia y recibía apoyo emocional de personas que entendían exactamente lo que estaba viviendo.

Los padres de Francisco eventualmente tuvieron que aceptar la posibilidad de que su hijo había muerto, aunque nunca dejaron de esperar milagros. Rocío tomó la decisión más difícil de su vida. Después de 4 años comenzó a salir con otra persona. Sé que Francisco hubiera querido que fuera feliz, le explicó a sus amigas. Pero también sé que una parte de mi corazón siempre va a estar esperándolo. El 22 de marzo de 2023, exactamente 8 años y 11 meses después del desaparecimiento, Mauricio Castillo estaba conduciendo por la ciudad de Tepique en su camión de reparto cuando algo captó su atención.

No era pariente de Alejandro a pesar del apellido común, pero conocía perfectamente el caso porque había sido ampliamente cubierto en los medios regionales durante años. Mauricio trabajaba para una empresa de distribución de productos electrónicos y esa mañana tenía entregas programadas en varias partes de Tepic. Había salido temprano de Guadalajara y planeaba regresar esa misma noche. Era una ruta que hacía al menos dos veces por mes desde hace 5 años, así que conocía bien la ciudad y sus negocios principales.

Alrededor de las 11 de la mañana se detuvo en un semáforo en la avenida Insurgentes, cerca del centro de Tepic. Mientras esperaba que cambiara la luz, notó un negocio de motocicletas usadas que nunca había visto antes. El local tenía varias motocicletas deportivas estacionadas en el frente con un letrero que decía a motos usadas Hernández, compramos y vendemos. Mauricio era aficionado a las motocicletas, aunque nunca había tenido una propia. Le gustaba ver los diferentes modelos y soñaba con ahorrar lo suficiente para comprarse una.

Cuando el semáforo cambió a verde, decidió dar la vuelta en la siguiente cuadra para regresar y echar un vistazo más de cerca al negocio. Estacionó su camión en la calle y se acercó a las motocicletas que estaban en exhibición. Había seis en total, dos Harley Davidson, una BMW y tres motocicletas deportivas japonesas. Las tres motocicletas japonesas inmediatamente llamaron su atención porque eran exactamente los mismos modelos que recordaba de las noticias sobre el caso de los motociclistas desaparecidos.

Una Kawasaki, una Honda CB600F y una Yamaha FZ09. ¿Puedo ver las motos más de cerca?, le preguntó a un hombre que salió del local cuando lo vio mirando. El hombre que se presentó como Efraín Hernández, el dueño del negocio, le dio permiso para examinar cualquier motocicleta que le interesara. Mauricio se dirigió primero hacia la Kawasaki. Era plateada con detalles en negro, exactamente como recordaba de las fotografías en los volantes que habían circulado años atrás. Cuando se agachó para examinar más de cerca, notó algo que le heló la sangre, una pequeña calcomanía en la parte inferior del tanque de combustible que decía Águilas de Jalisco el nombre del club de motociclistas de Guadalajara.

El corazón comenzó a latirle más rápido mientras se movía hacia la onda. Era azul metálico y aunque no recordaba el color exacto de la motocicleta de Eduardo Jiménez, el modelo era idéntico. Cuando examinó el asiento, encontró algo aún más perturbador, un pequeño agujero en el respaldo que había sido reparado con cinta adhesiva negra, pero se podía ver claramente que había sido hecho por algo punzante. La Yamaha era la más convincente de todas. Era color negro con gráficos rojos y Mauricio recordaba específicamente este color y diseño de las fotografías porque había sido la motocicleta más distintiva de las tres.

Cuando se agachó para ver el motor, notó algo que no había en las otras dos. Una placa pequeña soldada al chasís con un número de serie que había sido parcialmente borrado. “¿Cuánto tiempo llevan aquí estas tres motos?”, le preguntó a Efraín tratando de sonar casual. Me las trajeron hace como dos semanas. respondió el dueño. Un tipo de Guadalajara que necesitaba venderlas rápido por problemas económicos. Me hizo un buen precio porque necesitaba el dinero urgentemente. Mauricio sintió que las manos le temblaban ligeramente.

Recuerda el nombre del tipo que se las vendió. Efraín pareció pensarlo por un momento. Creo que se llamaba Salvador Sergio. Era un nombre que empezaba con ese. Me dijo que las había tenido guardadas en una bodega durante años y que finalmente había decidido venderlas para pagar unas deudas. Le pidió documentos de las motocicletas. “Claro, siempre pedimos la documentación completa”, respondió Efraín. Pero Mauricio notó un ligero cambio en su tono de voz. Todo está en orden, si es lo que te preocupa.

Mauricio decidió no hacer más preguntas que pudieran levantar sospechas. Le dijo a Efraín que necesitaba pensarlo y que regresaría más tarde si decidía comprar alguna. Tomó una tarjeta de presentación de negocio y se dirigió de vuelta a su camión con las manos temblando mientras marcaba el número del Detective Ortega que tenía guardado en su teléfono desde hace años. Detective Ortega, habla Mauricio Castillo. Soy el repartidor que le dio información sobre unos avistamientos hace tres años, dijo cuando contestó la llamada.

Creo que encontré las motocicletas de los muchachos que desaparecieron. Están en un negocio en Tepic y estoy casi seguro de que son las mismas. Detective Ortega le pidió que le explicara exactamente lo que había visto y que le diera la dirección del negocio. Mauricio le describió detalladamente cada motocicleta, incluyendo la calcomanía del club, el agujero reparado en el asiento y el número de serie alterado. ¿Está completamente seguro de que son las mismas motocicletas?, preguntó la detective. No al 100%, admitió Mauricio, pero las probabilidades de que sean tres motocicletas exactamente de los mismos modelos, colores y con esas características específicas son prácticamente imposibles.

Además, el dueño me dijo que se las vendió a alguien de Guadalajara hace dos semanas. Detective Ortega le pidió a Mauricio que no hiciera nada más y que no regresara al negocio. Le explicó que necesitaba obtener una orden judicial para examinar las motocicletas y verificar sus números de serie y que cualquier acción precipitada podría complicar la investigación. “Va a llamar a las familias para informarles sobre este desarrollo”, le dijo la detective. Pero por favor mantenga esta información confidencial hasta que podamos confirmar si realmente son las motocicletas que estamos buscando.

Mauricio terminó sus entregas programadas en Tepic, pero no pudo concentrarse en el trabajo durante el resto del día. Cada vez que pasaba cerca del negocio de motocicletas, reducía la velocidad para ver si las tres motocicletas seguían ahí. Afortunadamente, ninguna había sido movida. Durante el viaje de regreso a Guadalajara, Mauricio no podía dejar de pensar en las implicaciones de su descubrimiento. Si realmente eran las motocicletas de los jóvenes desaparecidos, significaba que alguien las había tenido escondidas durante casi 9 años antes de decidir venderlas.

¿Por qué ahora? ¿Qué había cambiado que hizo que esa persona decidiera deshacerse de las evidencias? Detective Ortega pasó el resto de la tarde coordinando con las autoridades de Nayarit para obtener las órdenes judiciales necesarias. También contactó a las tres familias para informarles sobre el posible hallazgo, aunque les advirtió que no se hicieran ilusiones hasta que pudieran confirmar definitivamente la identidad de las motocicletas. Paloma recibió la llamada a las 6 de la tarde mientras estaba en su casa preparando la cena.

Cuando escuchó las palabras posible hallazgo de las motocicletas, sintió que las piernas le temblaban y tuvo que sentarse en una silla de la cocina. ¿Qué significa esto?, preguntó con la voz quebrada. ¿Significa que están vivos o qué? No sabemos qué significa todavía, le respondió honestamente la detective. Pero es la primera pista sólida que hemos tenido en 8 años. Vamos a investigar cada detalle y les mantendremos informados de todo lo que descubramos. Remedios tuvo una reacción similar cuando recibió la llamada.

Después de tantos años de esperanza seguida de desilusión, había desarrollado una actitud protectora hacia su corazón. Ya no sé si puedo soportar otra falsa alarma”, le confió a su esposo esa noche, “Pero al mismo tiempo no puedo evitar sentir que tal vez, solo tal vez finalmente vamos a obtener respuestas.” Los padres de Francisco decidieron no contarle a Rocío inmediatamente. Sabían que ella había logrado reconstruir su vida con mucha dificultad y no querían causarle dolor innecesario si resultaba ser otra pista que no llevaba a ninguna parte.

decidieron esperar hasta tener más información antes de involucrarla. Esa noche las tres familias no pudieron dormir. Era la misma sensación que habían experimentado durante las primeras semanas después del desaparecimiento. Una mezcla de esperanza desesperada, miedo y la terrible anticipación de que finalmente podrían obtener respuestas que habían estado esperando durante casi una década. La mañana del 23 de marzo, Detective Ortega y un equipo de técnicos forenses se dirigieron a Tepic con las órdenes judiciales necesarias para examinar las motocicletas.

Habían coordinado con la Policía Estatal de Nayarit para tener apoyo local y asegurar que el procedimiento se realizara de manera completamente legal y documentada. Llegaron al negocio Motos Usadas Hernández a las 9 de la mañana. Efraín Hernández parecía nervioso cuando los oficiales se identificaron y le presentaron la orden judicial. ¿Hay algún problema con las motocicletas?, preguntó repetidamente. Yo las compré de buena fe. Tengo todos los documentos. Detective Ortega le explicó que estaban investigando un caso de personas desaparecidas y que necesitaban verificar los números de serie de tres motocicletas específicas.

le aseguró que si él había actuado de buena fe, no tenía nada de que preocuparse. El primer técnico forense comenzó con la Kawasaki plateada. Usando herramientas especializadas, localizó el número de serie principal en el chasís y lo comparó con los registros que habían traído de Guadalajara. Después de varios minutos de trabajo meticuloso, confirmó que coincidía exactamente con el número de la motocicleta de Alejandro Castillo. Es la misma, anunció el técnico. Detective Ortega sintió una mezcla de satisfacción y aprensión.

Después de 8 años, finalmente tenían evidencia física sólida relacionada con el caso. El examen de la onda CB600F de Eduardo confirmó la segunda coincidencia. El número de serie también era idéntico al de los registros oficiales. Cuando llegaron a la Ylamaja de Francisco, descubrieron que alguien había intentado alterar el número de serie, pero los técnicos forenses fueron capaces de restaurar parcialmente los dígitos originales usando técnicas químicas especiales. Sin duda alguna, estas son las tres motocicletas de los jóvenes desaparecidos, confirmó el técnico principal después de 3 horas de trabajo.

Detective Ortega inmediatamente arrestó a Efraín Hernández por posesión de propiedad robada y lo trasladó a la comandancia de policía para interrogarlo. Durante el traslado, Efraín insistía repetidamente. Yo no sabía nada. Me las vendió un tipo y yo pensé que todo estaba en orden. En la comandancia, la detective comenzó un interrogatorio formal. Efraín proporcionó una descripción del hombre que le había vendido las motocicletas, aproximadamente 45 años, estatura media, complexión robusta, cabello negro con algunas canas y una cicatriz visible en la mano derecha.

Dijo que el hombre se había identificado como Sergio Aguilar y que había venido acompañado de otro hombre más joven que no había hablado durante la transacción. “¿Conserva usted algún documento de la venta?”, preguntó Detective Ortega. Efraín admitió que la transacción había sido principalmente en efectivo y que los documentos que le había mostrado el vendedor parecían legítimos, aunque ahora se daba cuenta de que probablemente eran falsos. Había pagado 180,000 pesos por las tres motocicletas, una cantidad significativamente menor al valor real de mercado.

No le pareció sospechoso el precio tan bajo. Me dijo que necesitaba el dinero urgentemente y que había tenido las motos guardadas por años sin usarlas”, explicó Efraín. “En este negocio a veces encuentras buenas ofertas cuando la gente tiene problemas económicos.” Detective Ortega le mostró fotografías de varios sospechosos conocidos que operaban en la región, pero Efraín no pudo identificar positivamente a ninguno como el hombre que le había vendido las motocicletas. Sin embargo, proporcionó suficientes detalles para que un artista forense pudiera crear un retrato hablado.

Mientras tanto, técnicos especializados comenzaron un examen detallado de las motocicletas en busca de cualquier evidencia adicional, huellas dactilares, ADN, fibras o cualquier cosa que pudiera proporcionar pistas sobre lo que había pasado con los jóvenes. En la Kawasaki de Alejandro encontraron algo significativo, restos de pintura azul marino en una de las defensas laterales, como si la motocicleta hubiera estado en contacto con un vehículo de ese color. También descubrieron pequeños fragmentos de vidrio incrustados en el asiento que fueron enviados al laboratorio para análisis.

La onda de Eduardo reveló evidencias aún más perturbadoras. El agujero en el respaldo del asiento que Mauricio había notado no era por desgaste normal, sino que había sido causado por un objeto punzante. Los análisis preliminares sugerían que podría haber sido una navaja o un cuchillo pequeño. Laaja de Francisco tenía daños menores en la parte frontal que habían sido reparados hábilmente, pero que eran consistentes con un impacto a baja velocidad. Los técnicos también encontraron restos de tierra de un tipo específico que no era común en la región donde fueron encontradas las motocicletas.

Detective Ortega llamó a las familias esa tarde para confirmar oficialmente que las motocicletas habían sido identificadas positivamente. “Es un avance importante,” les explicó, pero también necesito prepararlas para lo que esto podría significar. El hecho de que las motocicletas aparezcan después de tanto tiempo y con evidencias de daños sugiere que los jóvenes probablemente fueron víctimas de un crimen. Paloma había estado esperando esta llamada todo el día, pero cuando llegó el momento sintió como si le hubieran quitado el aire de los pulmones.

¿Qué tipo de daños?, preguntó con voz temblorosa. Prefiero explicarles en persona, respondió la detective. ¿Podrían venir mañana a la comandancia? Voy a reunir a las tres familias para darles toda la información que tenemos hasta ahora. Esa noche fue una de las más largas en la vida de las familias. Sabían que al día siguiente obtendrían información que habían estado esperando durante 8 años, pero también sabían que probablemente no serían las noticias que habían estado esperando. Remedios pasó la noche rezando y llorando alternadamente.

“Al menos ahora vamos a saber qué pasó”, le dijo a su esposo. Es terrible, pero es mejor que seguir viviendo sin saber nada. Los padres de Francisco finalmente decidieron contarle a Rocío sobre el desarrollo del caso. Ella había estado en el trabajo cuando recibieron la llamada y cuando llegó a casa esa noche se encontró con sus antiguos suegros esperándola con expresiones sombrías. Encontraron las motocicletas, le dijeron sin preámbulos. Rocío se sentó lentamente en el sofá, sintiendo como si los últimos 8 años de reconstrucción emocional se desmoronaran en un instante.

Y ellos preguntó, aunque por la expresión en los rostros de los padres de Francisco, ya conocía la respuesta. “Todavía no sabemos”, respondió el padre de Francisco. Pero las evidencias sugieren que que no fue un accidente. Rocío se quebró por primera vez en años. Había logrado construir una vida nueva. Había encontrado paz en no saber. Había aprendido a vivir con la incertidumbre. Pero ahora enfrentarse a la posibilidad de confirmar lo que siempre había temido en su corazón era más de lo que podía manejar.

La reunión en la comandancia se llevó a cabo a las 10 de la mañana del 24 de marzo. Detective Ortega había preparado cuidadosamente todo lo que iba a compartir con las familias, sabiendo que sería una de las conversaciones más difíciles de su carrera. Las tres familias llegaron por separado, pero casi al mismo tiempo. Paloma venía acompañada de su hermana mayor para apoyo emocional. Remedios y Arturo llegaron tomados de la mano, algo que no habían hecho en público durante años.

Los padres de Francisco trajeron a Rocío, quien había decidido en el último momento que necesitaba escuchar toda la verdad. Antes de comenzar, dijo Detective Ortega cuando todos estaban sentados en la sala de juntas, quiero que sepan que vamos a encontrar a los responsables de lo que pasó. Las evidencias que hemos recolectado nos están llevando en una dirección muy específica y tengo confianza en que vamos a obtener justicia”, explicó detalladamente los hallazgos forenses, los daños en las motocicletas, la evidencia de pintura azul marino, el agujero en el asiento de la onda y los fragmentos de vidrio.

También les habló sobre el retrato hablado del hombre que había vendido las motocicletas. Basándome en toda esta evidencia, continuó la detective, creo que los jóvenes fueron interceptados por personas que pretendían robar sus motocicletas. Probablemente los siguieron desde Tequila. Esperaron el momento adecuado en una parte solitaria de la carretera y los forzaron a detenerse. Paloma se inclinó hacia adelante, aferrándose a cada palabra. ¿Significa eso que los mataron solo por robar las motocicletas? Es la teoría más probable basada en la evidencia, admitió Detective Ortega.

Pero hay algo más que necesito compartir con ustedes. Ayer por la tarde, el retrato hablado que creamos con la descripción de Efraín fue reconocido por un informante confidencial que trabajó con nosotros en casos anteriores. La habitación se quedó en silencio absoluto. El hombre en el retrato es probablemente Gustavo Jiménez, conocido como El Lobo. es un criminal de carrera que ha estado involucrado en robos de vehículos en Jalisco y Nayarit durante más de 20 años. Lo que es importante es que nuestro informante dice que Gustavo tiene una propiedad rural entre Magdalena y Compostela, exactamente en la zona donde creemos que ocurrió el crimen.

Eduardo, el padre de Eduardo Jiménez, habló por primera vez. Han ido a buscar ahí. Estamos preparando una operación para registrar la propiedad, explicó la detective. Pero necesito ser honesta con ustedes. Después de 8 años es poco probable que encontremos restos. Sin embargo, podríamos encontrar más evidencias que nos ayuden a confirmar lo que pasó y a identificar a todos los responsables. Remedius comenzó a llorar silenciosamente. Después de tantos años de esperanza, finalmente estaba enfrentando la realidad de que su hijo había sido asesinado por delincuentes que querían robar motocicletas.

¿Por qué aparecieron las motocicletas ahora?, preguntó Rocío. ¿Por qué después de tanto tiempo? Detective Ortega había estado esperando esa pregunta. Creemos que Gustavo las había mantenido escondidas porque eran demasiado calientes para vender inmediatamente. Probablemente las guardó en su propiedad rural esperando que pasara el tiempo y que la atención del caso disminuyera. El hecho de que decidiera venderlas ahora sugiere que tal vez necesitaba dinero urgentemente o que pensó que ya había pasado suficiente tiempo. Pero cometió un error, añadió, vendérselas a alguien en Tepic, una ciudad relativamente cercana donde todavía había gente que recordaba el caso.

Si las hubiera vendido en otro estado o por partes, probablemente nunca las habríamos encontrado. La detective les explicó que la operación para registrar la propiedad rural se llevaría a cabo al día siguiente. Tendrían equipos especializados en búsqueda de restos humanos y también buscarían cualquier evidencia adicional que pudiera estar enterrada o escondida en la propiedad. ¿Podemos estar ahí cuando registren el lugar? Preguntó Paloma. No durante el registro actual, respondió Detective Ortega. Pero les prometo que serán las primeras personas en saber inmediatamente cualquier cosa que encontremos.

Y cuando arrestemos a Gustavo y a cualquier cómplice, ustedes van a estar presentes en cada audiencia del proceso judicial. Las familias se fueron de la comandancia con sentimientos mezclados. Por un lado, finalmente tenían respuestas sobre lo que había pasado con sus seres queridos. Por otro lado, esas respuestas confirmaban sus peores temores. Esa tarde, mientras Detective Ortega preparaba la operación para el día siguiente, recibió una llamada del comandante de la policía estatal de Nayarit. Le informó que Gustavo Jiménez había sido arrestado esa mañana en un operativo no relacionado por posesión de drogas.

Estaba detenido en Tepic y podrían interrogarlo sobre el caso de los motociclistas desaparecidos. Esta es la oportunidad que estábamos esperando, pensó Detective Ortega mientras se dirigía hacia Tepic. Después de 8 años, finalmente iban a enfrentar cara a cara al hombre que probablemente había destruido tres familias para robar tres motocicletas. El interrogatorio de Gustavo Jiménez se llevó a cabo en la comandancia de Tepique el 25 de marzo de 2023. Detective Ortega había llegado acompañada del fiscal del caso y un psicólogo especializado en interrogatorios criminales.

Gustavo tenía 47 años, complexión robusta y efectivamente tenía una cicatriz visible en la mano derecha, exactamente como lo había descrito Efraín. Al principio, Gustavo negó conocer cualquier cosa sobre motocicletas robadas o jóvenes desaparecidos. No sé de qué me están hablando, repetía constantemente. Yo nunca he robado motocicletas. Sin embargo, cuando Detective Ortega le mostró las fotografías de las tres motocicletas y le explicó que habían sido identificadas positivamente por sus números de serie, su actitud comenzó a cambiar. ¿Dónde las encontraron?, preguntó revelando inmediatamente que si conocía las motocicletas.

En un negocio de Tepic, donde tú las vendiste hace dos semanas. respondió la detective. Tenemos al comprador que te identificó. Tenemos el retrato hablado y tenemos tu descripción física exacta. Gustavo permaneció en silencio durante varios minutos, claramente calculando sus opciones. Finalmente habló. Si les digo lo que pasó, ¿qué garantías tengo? Ninguna, respondió honestamente el fiscal. Pero cooperar con la investigación siempre es considerado favorablemente por los jueces. Y te puedo asegurar que vamos a descubrir la verdad de todos modos conoz.

Después de consultar brevemente con un abogado de oficio, Gustavo decidió confesar. Lo que revelaron sus palabras fue aún más perturbador de lo que las familias habían imaginado. Todo empezó en tequila. Comenzó. Mi sobrino Patricio y yo estábamos en un restaurante cuando vimos a esos tres muchachos con las motocicletas. Eran motos caras, se veían nuevas. y los chavos parecían ser de familias con dinero. Patricio dijo que deberíamos seguirlos y ver si había oportunidad de quitárselas. Gustavo explicó que él y su sobrino habían seguido a los jóvenes en una camioneta picup azul marino desde Tequila.

Los mantuvimos a distancia para que no se dieran cuenta. Cuando se pararon en ese restaurante de carretera entre Magdalena y Compostela, nosotros nos estacionamos atrás y esperamos a ver qué hacían. Cuando se fueron del restaurante, seguimos siguiéndolos. Estábamos esperando que pararan en algún lugar solitario, como una gasolinera aislada o algo así. No queríamos lastimar a nadie, solo queríamos las motocicletas. Detective Ortega interrumpió. ¿Qué pasó después? Como a 15 km después de Compostela, en una parte de la carretera donde hay una curva cerrada y mucha vegetación, Patricio sugirió que los rebasáramos y luego los obligáramos a parar.

Dijo que les podíamos inventar que necesitábamos ayuda con la camioneta y cuando se bajaran tomaríamos las motos y nos iríamos. La expresión en el rostro de Gustavo se oscureció, pero las cosas no salieron como planeamos. Cuando los rebas y nos paramos enfrente de ellos, el primero, el de la motocicleta plateada, inmediatamente sospechó que algo estaba mal. En lugar de detenerse completamente, trató de rodear nuestra camioneta por el lado derecho. Patricio se puso nervioso, sacó el cuchillo. Detective Ortega sintió un nudo en el estómago.

¿Qué pasó entonces? El muchacho de la motocicleta azul, el segundo, trató de defender a su amigo. Se bajó de su moto y se acercó a Patricio, gritando que los dejáramos en paz. Patricio le dio una cuchillada en el estómago. No era la intención matarlo, solo asustarlo. Pero la herida fue más profunda de lo que pensamos. Y los otros dos jóvenes. Gustavo bajó la cabeza. El tercero trató de escapar, pero yo lo alcancé con la camioneta. No era mi intención atropellarlo, solo quería que se detuviera.

Pero la motocicleta se volcó y él se golpeó la cabeza contra una roca. El primero, el de la motocicleta plateada, vio lo que había pasado y se puso histérico. Patricio se asustó mucho al ver que había herido de gravedad al segundo muchacho y golpeó al primero en la cabeza con una piedra para que se callara. La sala quedó en silencio absoluto. Detective Ortega había manejado muchos casos violentos, pero la descripción casual de Gustavo sobre el asesinato de tres jóvenes inocentes la llenó de rabia.

Murieron todos inmediatamente. El segundo, el que Patricio apuñaló, murió después de unos minutos. Perdió mucha sangre y no pudimos hacer nada para ayudarlo. El tercero probablemente murió instantáneamente por el golpe en la cabeza. El primero, él todavía estaba vivo cuando lo golpeó Patricio, pero después de eso no se movió más. ¿Qué hicieron con los cuerpos? Los llevamos a mi terreno rural. Está como a 5 km de donde pasó todo, por un camino de terracería que casi nadie usa.

Los enterramos ahí mismo en la parte de atrás de la propiedad junto a unos árboles grandes. Y las motocicletas las escondimos en una bodega que tengo en el mismo terreno. Patricio quería venderlas inmediatamente, pero yo le dije que era muy peligroso. Todo el mundo iba a estar buscando esas motos. Mejor esperarnos unos años hasta que se olvidara el caso. Detective Ortega preguntó por el sobrino, “¿Dónde está Patricio ahora? Murió hace 3 años en un accidente de tránsito en Guadalajara”, respondió Gustavo.

“Por eso decidí finalmente vender las motocicletas. Necesitaba dinero para pagar las deudas que él había dejado y pensé que ya había pasado suficiente tiempo.” La confesión completa tomó más de 4 horas. Gustavo proporcionó detalles específicos sobre la ubicación exacta de los restos, describió las ropas que llevaban los jóvenes ese día y admitió que habían conservado las billeteras e identificaciones, que también estaban escondidas en su propiedad. Al día siguiente, un equipo de antropólogos forenses y especialistas en búsqueda de restos humanos se dirigió al terreno rural de Gustavo.

Siguiendo sus indicaciones exactas, encontraron los restos de Alejandro, Eduardo y Francisco, enterrados bajo un grupo de árboles exactamente donde el criminal había dicho que estarían. También encontraron las billeteras, teléfonos celulares y otras pertenencias personales enterradas cerca de los cuerpos. Los teléfonos explicaban porque las comunicaciones habían cesado tan abruptamente. Habían sido destruidos intencionalmente para evitar que pudieran ser rastreados. Detective Ortega fue personalmente a informar a las familias sobre el hallazgo de los restos y la confesión completa de Gustavo.

Fue una de las conversaciones más difíciles de su carrera, pero también una de las más satisfactorias en términos de justicia. Al menos ahora sabemos exactamente qué pasó”, le dijo Paloma a la detective después de escuchar toda la historia. “Y sabemos que no sufrieron durante mucho tiempo. Es terrible, pero es mejor que la incertidumbre.” Remedios simplemente lloró en silencio durante toda la explicación. Cuando Detective Ortega terminó, lo único que dijo fue: “Gracias por no darse por vencida. Gracias por encontrar a mi hijo.

Los padres de Francisco abrazaron a Rocío durante toda la reunión. Francisco era valiente, comentó su padre después de escuchar como había intentado escapar. Siempre fue valiente, incluso al final. Gustavo Jiménez fue formalmente acusado de triple homicidio, robo con violencia y ocultación de cadáveres. El proceso judicial comenzó 6 meses después y las familias estuvieron presentes en cada audiencia, tal como Detective Ortega había prometido. Durante el juicio, Gustavo mantuvo su confesión y expresó remordimiento por sus acciones. Nunca quise que muriera nadie, Testefa.

Solo queríamos las motocicletas. Todo se salió de control muy rápido. Sin embargo, los peritos forenses testificaron que la evidencia sugería que había habido premeditación en el ataque, especialmente en el uso de armas y la preparación para deshacerse de los cuerpos. El jurado lo encontró culpable de todos los cargos después de apenas 3 horas de deliberación. Fue sentenciado a 45 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional. Las familias finalmente pudieron realizar funerales apropiados para Alejandro, Eduardo y Francisco en agosto de 2023, más de 8 años después de sus muertes.
Cientos de personas asistieron, incluyendo toda la comunidad motociclista de Guadalajara que había participado en las búsquedas durante años. Paloma estableció una fundación en memoria de Alejandro para ayudar a familias de personas desaparecidas. No quiero que otras familias tengan que esperar 8 años para obtener respuestas”, explicó durante la ceremonia de inauguración de la fundación. Remedios se encontró paz en trabajar como voluntaria con el grupo de apoyo para familias de personas desaparecidas, compartiendo su experiencia y ofreciendo esperanza a quienes estaban pasando por lo que ella había vivido.

Rocío decidió mudarse a otra ciudad para comenzar completamente de nuevo, pero mantuvo contacto con las otras familias. Francisco siempre va a ser parte de mi historia”, explicó, “Pero ahora puedo escribir nuevos capítulos sabiendo que él está en paz.” El caso se convirtió en un ejemplo de la importancia de nunca rendirse en la búsqueda de personas desaparecidas y de cómo a veces las respuestas llegan de las fuentes más inesperadas. Mauricio Castillo, el repartidor que reconoció las motocicletas, fue reconocido públicamente por su papel crucial en resolver el caso.

Detective Ortega continuó trabajando en casos de personas desaparecidas y frecuentemente usaba el caso de los tres motociclistas como ejemplo de porque era importante seguir cada pista sin importar cuánto tiempo hubiera pasado. Este caso nos muestra como la persistencia y la vigilancia de una comunidad pueden eventualmente llevar a la justicia. Incluso después de muchos años. La tragedia de Alejandro, Eduardo y Francisco también nos recuerda lo frágil que puede ser la vida y como decisiones criminales pueden destruir múltiples familias en cuestión de minutos.