Toluca 1992; la joven MADRE ELBA CORONEL dejó bebé dormido y DESAPARICIÓ sin tomar nada de la casa

La madrugada del 18 de enero de 1992 amaneció fría en Toluca, Estado de México. Las calles del barrio de San Bernardino, aún permanecían oscuras cuando Elva Coronel se despertó sobresaltada. Eran las 5:40 de la mañana y su hijo de 8 meses Ismael dormía profundamente en la cuna de madera que su padre había fabricado dos semanas antes de abandonarlas. La joven madre de 23 años se incorporó en la cama con el corazón acelerado y una sensación de angustia que no podía explicar.

Elva vivía con su bebé en una pequeña casa de dos habitaciones al final de la calle Lerdo, una vivienda modesta que compartía con su madre Paulina, quien trabajaba como empleada doméstica en las casas de las familias adineradas cerca del centro histórico. Esta noche, Paulina había salido temprano para cumplir con un servicio especial en una cena familiar que se extendió hasta tarde, dejando a Elva sola con el pequeño Ismael. La casa tenía pisos de cemento pulido, paredes de concreto sin terminar y un techo de lámina que crujía con el viento helado que bajaba del nevado de Toluca.

Elva se levantó descalza y caminó hacia la cocina para preparar un té de manzanilla que la ayudara a calmar esos nervios inexplicables. La estufa de gas funcionaba a medias y tuvo que encender varios cerillos antes de lograr que la flama prendiera. Mientras esperaba que el agua hirviera, miró por la ventana hacia el callejón oscuro, donde apenas unas cuantas farolas proyectaban círculos amarillentos de luz sobre el pavimento irregular. Todo parecía tranquilo, demasiado tranquilo para su inquietud interior. El reloj de pared en la sala marcaba las 6:10 cuando Elva terminó su té.

revisó una vez más a Ismael, quien seguía durmiendo plácidamente, envuelto en una cobija tejida de colores azul y blanco, le acomodó el chupón que se le había caído a un costado y lo cubrió mejor para protegerlo del frío. La calefacción de la casa era prácticamente inexistente. Solo contaban con un calentador eléctrico viejo que consumía demasiada luz y que Paulina prefería no usar para evitar que el recibo llegara demasiado alto.

Elva había trabajado hasta hace tres meses en una fábrica textil en la zona industrial de Toluca, cociendo pantalones de mezclilla para una empresa que exportaba a Estados Unidos. Ganaba poco, pero era suficiente para ayudar a su madre con los gastos de la casa y comprar lo necesario para Ismael. Sin embargo, cuando el bebé cumplió 5 meses, la gerencia le dejó claro que no podía seguir llegando tarde por las mañanas debido a que tenía que preparar al niño y dejarlo con una vecina.

Aquí no estamos para cuidar niños ni entender problemas personales”, le había dicho el supervisor. Un hombre de mediana edad con bigote espeso y mirada dura. Elva perdió su empleo sin indemnización ni explicaciones formales. Desde entonces había estado buscando trabajo desesperadamente. Había dejado solicitudes en tiendas de ropa, tortillerías, panaderías y pequeños comercios en el mercado Juárez, pero nadie quería contratar a una madre soltera con un bebé pequeño. “¿Y quién te va a cuidar al chamaco mientras trabajas?”, Le preguntaban con desconfianza, “¿No se te va a enfermar seguido?

Porque aquí no podemos estar dando permisos todo el tiempo.” Las puertas se cerraban una tras otra y la frustración de Elva crecía cada día. El padre de Ismael, un joven llamado Octavio, había prometido casarse con ella cuando se enteró del embarazo. Al principio todo parecía ir bien, incluso habían comenzado a planear una boda sencilla en la parroquia de San José. Pero cuando Ismael nació, Octavio comenzó a alejarse. Primero fueron las excusas de que tenía demasiado trabajo en el taller de carpintería donde laboraba.

Luego las salidas con amigos que se extendían hasta la madrugada y finalmente la confesión de que no estaba listo para ser padre. Una tarde de noviembre, Octavio llegó a la casa, tomó su ropa y sus herramientas y se fue sin decir a dónde. Elva no volvió a saber de él. La situación económica se había vuelto insostenible. Paulina hacía lo que podía, pero su salario apenas alcanzaba para la comida básica, los servicios de la casa y los pañales desechables que Ismael necesitaba constantemente.

Elva había comenzado a vender tamales los fines de semana en la entrada del mercado, levantándose a las 4 de la mañana para preparar la masa, el relleno de pollo y salsa verde y envolver las hojas de maíz con manos expertas. que le había enseñado su abuela. Ganaba algo, pero no era suficiente. Esa mañana del 18 de enero, mientras el cielo comenzaba a aclararse tímidamente sobre los edificios grises de Toluca, Elva sintió que algo dentro de ella se quebraba.

Se sentó en el sillón raído de la sala y comenzó a llorar en silencio, con las manos cubriendo su rostro. pensó en su vida, en sus sueños de juventud cuando estudiaba la preparatoria y quería ser enfermera, en las promesas de Octavio que nunca se cumplieron, en la mirada de decepción de su madre cada vez que llegaba sin noticias de un empleo. Pensó en Ismael, en ese niño inocente que dependía completamente de ella y sintió un peso aplastante en el pecho.

se quedó así llorando en silencio hasta que escuchó el ruido de un automóvil deteniéndose frente a la casa. Él va se limpió las lágrimas rápidamente y se asomó por la cortina desgastada de la ventana. Era un coche oscuro, tal vez un Nissan viejo con las ventanas polarizadas. No reconocía el vehículo. Nadie en su familia o entre sus conocidos tenía un auto así. El motor quedó encendido y Elva pudo ver el vapor saliendo del escape en el aire frío de la mañana.

Pasaron unos minutos que se sintieron eternos. El coche no se movía, pero nadie bajaba de él. El va sintió un escalofrío que no tenía que ver con el frío. Algo no estaba bien. Pensó en cerrar la puerta con llave, pero ya estaba cerrada desde la noche anterior. Consideró despertar a Ismael y llevarlo a la habitación trasera, pero el bebé dormía tan tranquilo que le pareció innecesario alarmarse sin razón. Finalmente, el coche arrancó lentamente y desapareció por la calle.

Elbava respiró aliviada, aunque la inquietud seguía presente. Eran las 7 de la mañana cuando escuchó el ruido de la llave de su madre en la cerradura. Paulina entró cansada, con el uniforme arrugado y ojeras profundas bajo sus ojos. Ya llegué, hija. ¿Cómo estuvo todo? ¿Cómo está el niño? Bien, mamá, todo bien. Ismael sigue dormido, respondió Elva con una sonrisa forzada. No quiso preocupar a su madre con lo del coche extraño. Olina fue directo a su habitación a cambiarse de ropa y descansar un poco antes de salir nuevamente a las 11 para otro trabajo.

El preparó café en la estufa y se sirvió una taza, tratando de sacudirse esa sensación de malestar. que no la abandonaba. Se sentó en la mesa de la cocina con un cuaderno viejo donde anotaba las cuentas pendientes, los gastos de la semana y las deudas que iban acumulándose. La situación era grave. Debían dos meses de renta al dueño de la casa. El recibo de luz estaba atrasado y apenas tenían dinero para comprar leche en polvo para Ismael.

Mientras hacía cuentas que no cuadraban de ninguna manera, Elva escuchó que alguien tocaba la puerta. Eran las 7:30. Se levantó extrañada. Nadie los visitaba a esas horas. Cuando abrió, encontró a una mujer de aproximadamente 40 años, bien vestida, con un traje sastre color beige y un bolso de piel colgando de su hombro. Tenía el cabello corto teñido de castaño claro, maquillaje discreto y una sonrisa amable en el rostro. “Buenos días, ¿es usted el coronel?”, preguntó la mujer con voz suave y educada.

“Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarla?”, respondió Elva con cautela, sin abrir completamente la puerta. “Mi nombre es Patricia Núñez. Soy asistente social de una organización que ayuda a madres solteras y familias en situación vulnerable aquí en Toluca. Recibimos su solicitud de apoyo que dejó en el DIF la semana pasada y vengo a hacer una evaluación para ver cómo podemos ayudarla. Elva recordó vagamente haber llenado unos formularios en las oficinas del DIF después de que una conocida le dijera que ahí podían darle despensas o alguna ayuda económica.

temporal. No esperaba que alguien viniera a su casa tan pronto, pero la noticia le dio un rayo de esperanza. Abrió la puerta completamente y dejó pasar a la mujer. Patricia entró con una sonrisa profesional, observando discretamente el interior humilde de la vivienda. sacó una carpeta de su bolso y comenzó a hacer preguntas sobre la situación familiar de Elva, sus estudios, su experiencia laboral, la edad de Ismael, la situación del padre del niño. El B respondió con honestidad, sintiendo que finalmente alguien se interesaba genuinamente en ayudarla.

Veo que su situación es complicada, Elva, pero tenemos programas que pueden ser de mucha utilidad para usted”, dijo Patricia mientras anotaba en su carpeta. De hecho, hay una oportunidad laboral que podría interesarle. Una familia en Metepec está buscando a alguien que cuide a su hija pequeña y ayude con tareas domésticas ligeras. El trabajo incluye hospedaje y alimentación, además de un salario muy decente. ¿Podrían aceptar que lleve a su bebé con usted. Los ojos de Elva se iluminaron.

Metepec estaba muy cerca de Toluca, a solo 15 minutos en transporte público. Un trabajo con hospedaje significaría que su madre podría dejar de cargar con todos los gastos de la casa. De verdad, ¿puedo llevar a Ismael conmigo? Tendría que confirmarlo con la familia, pero según lo que me dijeron, están abiertos a la posibilidad si el bebé no representa una distracción en las tareas. ¿Le gustaría que coordinara una entrevista? Elva asintió entusiasmada. Patricia le explicó que la entrevista sería esa misma tarde y que podía recogerla a las 3 para llevarla a conocer a la familia.

Vivo lejos y no me conviene hacer dos viajes, así que si le parece bien, paso por usted a esa hora. Tráigase al bebé para que vean que está bien cuidado y que no será problema. Sí, claro. Muchas gracias, señora Patricia. No sabe cuánto significa esto para mí. Dijo Elva con genuina gratitud. Patricia se despidió cordialmente y salió de la casa. Elva cerró la puerta y sintió que por primera vez en mucho tiempo las cosas podrían mejorar. Corrió a la habitación de su madre para contarle las noticias.

Paulina, medio dormida, escuchó con atención y luego frunció el seño. Hija, ten cuidado. ¿No conoces a esa mujer? ¿Cómo sabes que es quien dice ser? Mamá, ella sabía mi nombre completo. Sabía que fui al DIF. Tiene papeles y todo se ve formal. Además, solo voy a una entrevista. No me estoy yendo a ningún lado sin antes ver de qué se trata. Paulina suspiró. Está bien, pero no vayas sola. Llévate a tu primo Benito o a alguien. Mamá, no puedo llevarme a Benito.

Está trabajando. Además, me van a ver mal si llego con un hombre a una entrevista de trabajo doméstico. Voy a estar bien, en serio. Las horas pasaron lentamente esa mañana. Elva bañó a Ismael con agua tibia en la palangana de plástico que usaban como tina de bebé. le puso su mejor mameluco limpio color celeste y lo peinó con cuidado también. Ella se arregló lo mejor que pudo, eligiendo un vestido sencillo, pero presentable de color azul marino, que había sido de su madre y que todavía le quedaba bien.

Se recogió el cabello largo y oscuro en una coleta baja, se puso un poco de rímel y brillo labial que guardaba para ocasiones especiales. Paulina tuvo que salir a su trabajo de las 11, no sin antes repetirle a Elva que tuviera cuidado y que la llamara desde un teléfono público en cuanto terminara la entrevista. Si a las 8 de la noche no sé nada de ti, voy a ir a buscarte”, le advirtió con firmeza antes de salir.

El preparó una pañalera pequeña con lo esencial para Ismael, pañales, toallitas húmedas, un biberón con leche preparada, el chupón de repuesto y una manta. A la 1 de la tarde le dio de comer al bebé. esperó a que digiriera bien para que no fuera a vomitar durante el trayecto y luego lo acostó para que tomara su siesta de la tarde. Elva aprovechó para revisar que todo estuviera en orden en la casa, cerró las ventanas y verificó que la estufa estuviera apagada.

A las 3 en punto, como había prometido, Patricia llegó en el mismo coche oscuro que Elva había visto en la mañana. Esta vez pudo ver mejor el vehículo. Era un Nissan Suru color vino, modelo de finales de los 80, con algunos rayones en la pintura, pero relativamente bien cuidado. Patricia tocó la bocina dos veces. Elva tomó a Ismael en brazos, colgó la pañalera de su hombro, agarró su bolsa con sus documentos personales y salió de la casa.

Buenas tardes, Elva. Veo que ya está lista. Qué bebé tan hermoso”, dijo Patricia con entusiasmo al ver a Ismael. “Suba adelante conmigo, estará más cómoda.” El subió al auto con cuidado, acomodando a Ismael en su regazo. El interior del coche estaba limpio, pero olía a ambientador artificial de cereza. En el asiento trasero había algunas carpetas y una bolsa de supermercado. Patricia arrancó el motor y comenzaron a avanzar por las calles de San Bernardino hacia la salida rumbo a Metepec.

Durante el trayecto, Patricia mantuvo una conversación amigable preguntándole a Elva sobre su familia, sus planes a futuro, qué le gustaría hacer si tuviera la oportunidad de estudiar algo. El se sintió cómoda hablando con ella, encontrando en Patricia una figura maternal comprensiva que escuchaba sin juzgar. Yo también fui madre soltera, ¿sabes? Sé lo difícil que es. Por eso me dedico a esto, a ayudar a mujeres como tú que solo necesitan una oportunidad. Pasarón el límite entre Toluca y Metepec.

Pero en lugar de tomar las avenidas principales hacia el centro de Metepec, donde vivían las familias de mejor posición económica, Patricia continuó por caminos más solitarios hacia la periferia. Elva comenzó a sentir esa misma inquietud de la mañana. ¿Dónde vive la familia? Preguntó tratando de sonar casual. Es una zona residencial nueva, un poco alejada, pero muy tranquila. Ya casi llegamos, respondió Patricia sin apartar la vista del camino. El Ba miró por la ventana y notó que estaban entrando a una zona que no conocía, con terrenos valdíos, construcciones a medio terminar y pocas casas habitadas.

El tráfico había desaparecido casi por completo. Su corazón comenzó a latir más rápido. Ismael, que había estado tranquilo durante el viaje, comenzó a ponerse inquieto y a hacer pequeños ruidos de molestia. “¿Falta mucho?”, preguntó Elva ahora con un tono evidente de preocupación en su voz. Ya casi estamos”, repitió Patricia, pero esta vez su tono era diferente, más frío, sin la calidez que había mostrado antes. Cuando Patricia detuvo el auto frente a una construcción abandonada, rodeada de maleza alta, Elva supo que algo estaba terriblemente mal.

Antes de que pudiera reaccionar, Patricia sacó algo de debajo de su asiento. Era un pañuelo empapado en alguna sustancia química. El ba intentó abrir la puerta del coche, pero Patricia fue más rápida y le presionó el pañuelo contra la nariz y boca mientras la sujetaba con fuerza. Elva luchó desesperadamente tratando de proteger a Ismael, que ahora lloraba con fuerza, pero sus movimientos comenzaron a volverse lentos y torpes. El olor penetrante del químico llenó sus pulmones y su visión comenzó a nublarse.

Lo último que pensó antes de perder la conciencia fue en su bebé. Ismael, mi bebé. Cuando Elva despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado. Se sentía mareada, con la boca seca y un dolor de cabeza pulsante. Intentó moverse, pero descubrió que estaba sentada en el piso de tierra, de lo que parecía ser una habitación pequeña y oscura. Sus manos estaban atadas a la espalda con cinta adhesiva y sus pies también estaban amarrados. La única luz provenía de una rendija debajo de lo que parecía ser una puerta de metal.

Ismael, gritó con voz ronca, “Mi bebé, ¿dónde está mi bebé?” Escuchó pasos acercándose y la puerta se abrió. era Patricia, pero su expresión amable había desaparecido por completo. Detrás de ella había un hombre alto y corpulento con una gorra de béisbol que ocultaba parte de su rostro. “Tu bebé está bien por ahora”, dijo Patricia con frialdad. “Si haces lo que te decimos, lo verás pronto. ¿Qué quieren de mí? ¿Dónde está mi hijo? Por favor, no le hagan daño”, suplicó Elba con lágrimas rodando por sus mejillas.

“Cállate y escucha”, ordenó el hombre con voz grave y autoritaria. “Vas a hacer exactamente lo que te digamos. Vas a quedarte aquí tranquila, sin hacer escándalo. Y cuando sea el momento, vas a hacer un trabajo para nosotros. Si cooperas, tú y tu bebé van a estar bien. Si no cooperas, bueno, hay muchas formas de hacer que la gente desaparezca en este país. El terror se apoderó de Elva. Había escuchado historias de secuestros, de redes de trata de personas, de cosas horribles que pasaban especialmente con mujeres jóvenes.

Qué trabajo. Yo haré lo que sea, pero por favor déjenme ver a mi bebé. tiene que comer. Necesita sus pañales cambiados. El bebé está siendo cuidado. Tú solo preocúpate por ti misma. Dijo Patricia antes de cerrar la puerta nuevamente, dejando a Elva en la oscuridad. Elva lloró durante horas. No sabía dónde estaba, no sabía qué hora era ni cuánto tiempo había pasado desde que salió de su casa. pensó en su madre, quien seguramente ya estaría buscándola desesperadamente.

Pensó en Ismael, tan pequeño e indefenso en manos de esos criminales. Se preguntó si alguna vez volvería a verlo, si alguna vez volvería a abrazarlo. Los días que siguieron fueron un infierno. Le daban comida una vez al día, algo simple como tortillas con frijoles o pan duro con agua. La llevaban al baño una vez por la mañana y una vez por la noche, siempre con los ojos vendados para que no pudiera ver dónde estaba. Le preguntaban cosas sobre su familia, si tenían dinero, si había alguien que pudiera pagar un rescate.

Elbava les explicó una y otra vez que eran pobres, que su madre apenas ganaba para comer, que no había nadie con dinero. “Entonces vas a tener que ganarte tu libertad de otra forma”, le dijo Patricia en una de sus visitas. Le explicaron lo que querían de ella. iba a ser utilizada como mula para transportar drogas de Toluca hacia la Ciudad de México. Le dijeron que una mujer joven con un bebé en brazos llamaba menos la atención en los retenes de policía que nadie sospechaba de una madre con su hijo.

Si hacía bien el trabajo, después de tres o cuatro viajes, la dejarían ir junto con Ismael. Si se negaba o intentaba escapar, nunca volvería a ver a su bebé. Elva no tenía opción, aceptó. El primer viaje ocurrió una semana después de su secuestro. Patricia llegó temprano en la mañana, le quitó las ataduras y le dio ropa limpia para que se cambiara. Vas a lucir presentable. Nada de caras largas o de andar llorando. Actúas normal, como una madre que va de paseo con su bebé a visitar a la familia en la ciudad.

Le trajeron a Ismael. El bebé había adelgazado un poco, pero parecía estar bien cuidado, con el pañal limpio y la ropa en buen estado. Elbava lo abrazó con desesperación, llorando de alivio al tenerlo en sus brazos nuevamente. Mi amor, mi bebito hermoso. Mamá está aquí. Mamá te va a cuidar. Patricia le entregó una pañalera aparentemente normal. En el fondo falso hay 2 kilos. No la abras, no revises nada. Llegas a esta dirección en la colonia Doctores en Ciudad de México.

Entregas la pañalera, te dan otra vacía y regresas. Vas a ir acompañada en el autobús por uno de nuestros hombres, pero va a ir sentado lejos de ti. Él solo está ahí para asegurarse de que no hagas ninguna tontería. ¿Entendiste? Sí, entendí”, respondió Elva con voz temblorosa. “Si intentas pedir ayuda, si hablas con algún policía, si haces algo que no debas, nunca vas a volver a ver a tu bebé. Y créeme, lo que le va a pasar a él va a ser tu culpa.” ¿Me expliqué?

El asintió apretando a Ismael contra su pecho. La llevaron en coche hasta la central de autobuses de Toluca. Le compraron un boleto sencillo a la terminal del norte en Ciudad de México. Patricia le dio dinero para el taxi y para que comprara algo de comer durante el trayecto. Te veo de regreso aquí a las 6 de la tarde, ni un minuto después. El viaje en autobús fue una tortura psicológica. Elva iba sentada junto a la ventana con Ismael en su regazo y la pañalera a sus pies.

Cada vez que veía a un policía en las paradas, sentía la tentación de pedir ayuda, pero luego recordaba las amenazas y el terror la paralizaba. Y si no era un bluf, y si realmente le hacían daño a su bebé, no podía arriesgarse. Llegó a la Ciudad de México después de una hora y media de viaje. Tomó un taxi y dio la dirección que le habían dado. El conductor la llevó a una zona de edificios viejos y calles estrechas en la colonia Doctores.

Se detuvo frente a un edificio de departamentos de cuatro pisos con pintura descascarada. Elva pagó, bajó del taxi y subió las escaleras hasta el tercer piso, como le habían indicado. Tocó la puerta del departamento 301. Un joven de no más de 20 años abrió la puerta, la miró de arriba a abajo, vio al bebé y le hizo un gesto para que pasara. Adentro había otros dos hombres contando dinero en una mesa. Nadie habló. Uno de ellos le indicó con la mano que dejara la pañalera en la mesa.

El va obedeció. El hombre abrió el compartimento falso, sacó los paquetes envueltos en plástico negro, los pesó en una báscula digital y asintió. Luego le entregó otra pañalera idéntica, pero esta vez vacía. “Listo, ya puedes irte.” Elva salió del departamento sin decir palabra, bajó las escaleras casi corriendo y caminó varias cuadras antes de tomar otro taxi de regreso a la terminal. Durante todo el trayecto sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Había cruzado una línea, había cometido un delito grave, era oficialmente una criminal.

regresó a Toluca justo a tiempo. Patricia la esperaba en la central de autobuses. Bien hecho. Veo que sí puedes seguir instrucciones. Ahora de regreso. La llevaron de vuelta al lugar donde la tenían cautiva. Intentó suplicar que la dejaran ir, que ya había hecho lo que le pidieron, pero Patricia solo se rió. Dijimos tres o cuatro viajes, no uno. Todavía te faltan. Durante las siguientes dos semanas, Elba hizo tres viajes más siguiendo el mismo patrón. Cada vez se sentía morir por dentro, cada vez odiaba más lo que estaba haciendo, pero el miedo por la vida de Ismael era más fuerte que cualquier otra cosa.

En el cuarto viaje, sin embargo, algo salió mal. Había un operativo de policía en la carretera entre Toluca y Ciudad de México. Los autobuses estaban siendo revisados. Elva sintió que se iba a desmayar cuando vio a los oficiales subir al autobús. Llevaban perros entrenados para detectar drogas. El animal pasó por varios asientos hasta que se detuvo junto a Elva, olisqueando insistentemente la pañalera a sus pies. Comenzó a ladrar. Señorita, ¿puede abrir esa bolsa, por favor?”, ordenó uno de los policías.

El no podía moverse, estaba paralizada del terror. Ismael comenzó a llorar, asustado por los ladridos del perro y el tono de voz autoritario del oficial. Los otros pasajeros comenzaron a murmurar, algunos con expresiones de disgusto al darse cuenta de lo que estaba pasando. “Señorita, le estoy hablando. Abra la bolsa ahora. Con manos temblorosas, Elva tomó la pañalera e intentó abrirla, pero sus dedos no respondían correctamente. El policía perdió la paciencia, tomó la bolsa y la abrió. Él mismo.

Encontró el compartimento falso y sacó los paquetes. Está arrestada por transporte de sustancias ilícitas. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga puede ser usado en su contra. Elva fue bajada del autobús esposada. con Ismael llorando en brazos de una mujer mayor que se ofreció a cargarlo mientras los policías realizaban el arresto. La llevaron a la comandancia más cercana donde fue procesada, fotografiada y fichada. Ismael le fue quitado temporalmente y entregado a servicios sociales para su cuidado mientras se aclaraba la situación legal de Elva.

En su declaración ministerial, Elba contó toda la verdad. el secuestro, las amenazas, los viajes forzados, pero el Ministerio Público no le creyó. Todas dicen lo mismo, que las obligaron, que no sabían. Los cargos siguen en pie. Va a ser procesada por delitos contra la salud y enfrentará entre 5 y 15 años de prisión. Elva fue trasladada al penal femenil de Toluca, donde permaneció en prisión preventiva mientras se llevaba a cabo el juicio. Durante dos meses no supo nada de Ismael.

Su madre, Paulina luchó desesperadamente por obtener la custodia del bebé, pero el sistema era lento y burocrático. Finalmente, después de 3 meses, se celebró la audiencia. El defensor de oficio asignado a Elba presentó evidencia circunstancial de que efectivamente había sido víctima de secuestro, basándose en el reporte de desaparición que Paulina había levantado el mismo día que Elva no regresó a casa. Sin embargo, no había pruebas suficientes para identificar a Patricia ni a los otros captores. El caso contra la red de narcotráfico quedó sin resolver.

El juez determinó que Elva era culpable de transporte de drogas, pero consideró las circunstancias atenuantes y le otorgó una sentencia reducida de 3 años con posibilidad de obtener beneficios penitenciarios por buena conducta. Paulina finalmente logró obtener la custodia de Ismael y llevarlo de regreso a casa. El cumplió 2 años de su sentencia antes de ser liberada por buena conducta. cuando salió del penal en enero de 1994, tenía 25 años y un historial criminal que haría imposible encontrar un trabajo decente.

Pero lo único que le importaba era volver a ver a su hijo. El reencuentro entre Elba e Ismael fue agridulce. El niño, que ahora tenía casi 3 años, no la reconocía. Había pasado dos años viviendo con su abuela Paulina. quien se había convertido en su figura materna principal. Cuando Elva intentó abrazarlo, Ismael se escondió detrás de las piernas de Paulina, mirándola con desconfianza. “Dale tiempo, hija”, le dijo Paulina con lágrimas en los ojos. “Es solo un niño, no entiende lo que pasó, pero poco a poco va a recordarte.

Ya verás.” Los primeros meses después de su liberación fueron extremadamente difíciles. Elva intentó reintegrarse a la vida normal, pero el estigma de haber estado en prisión la seguía a todas partes. Nadie quería darle trabajo cuando veían su historial. Las vecinas del barrio la miraban con desconfianza y cuchicheaban a sus espaldas. Esa es la que metieron presa por narcotráfico, decían. Qué vergüenza. Y con un hijo pequeño. Elbava cayó en una profunda depresión. Se sentía culpable por todo, por haber sido tan ingenua al confiar en Patricia, por haber expuesto a Ismael a tanto peligro, por los dos años de vida de su hijo que había perdido, por la carga económica que seguía siendo para su madre.

comenzó a aislarse, a pasar días enteros encerrada en su habitación sin comer ni hablar con nadie. Paulina, preocupada por la salud mental de su hija, la llevó con un psicólogo del centro de salud comunitario. Después de varias sesiones, le diagnosticaron depresión severa y trastorno de estrés postraumático. Le recetaron antidepresivos, pero el tratamiento era caro y no siempre tenían dinero para comprar las medicinas. Mientras tanto, Ismael crecía como un niño retraído y ansioso. Los psicólogos que lo evaluaron dijeron que había desarrollado un apego ansioso debido a la separación temprana de su madre y las múltiples transiciones entre cuidadores durante sus primeros años de vida.

Tenía pesadillas frecuentes, lloraba sin razón aparente y mostraba signos de ansiedad de separación extrema con Paulina. En medio de esta crisis familiar, en agosto de 1994 ocurrió algo que cambiaría todo nuevamente. Paulina sufrió un infarto mientras trabajaba en una de las casas donde hacía limpieza. fue llevada de emergencia al hospital, donde permaneció grave durante una semana antes de estabilizarse. Los médicos le dijeron que tenía que dejar de trabajar, que su corazón no resistiría más el esfuerzo físico que implicaba su trabajo.

Sin el ingreso de Paulina, la situación económica de la familia se volvió catastrófica. Elva no podía conseguir trabajo y ahora tampoco podía salir a buscar porque tenía que cuidar a su madre enferma y a Ismael. Recurrieron a programas de asistencia social, pero la ayuda era mínima y llegaba de forma irregular. Desesperada, Elba consideró volver con Octavio, el padre de Ismael, pero cuando finalmente logró localizarlo a través de un primo, descubrió que se había casado con otra mujer y tenía dos hijos más.

Octavio le dejó claro que no quería saber nada de ella ni de Ismael. Ese es tu problema. No el mío. Yo ya rehice mi vida. La única opción que quedaba era que Elva vendiera comida en la calle, igual que había hecho antes con los tamales. Con el poco dinero que tenían ahorrado, compró los ingredientes básicos para hacer tortas y comenzó a venderlas en el mercado Juárez. Se levantaba a las 5 de la mañana, preparaba las tortas, dejaba a Ismael con Paulina, que aunque enferma hacía lo que podía, y pasaba todo el día en el mercado bajo el sol o la lluvia tratando de vender lo suficiente para comer ese día.

Pasaron los meses y los años. Ismael entró al kinder y luego a la primaria. Era un niño inteligente, pero muy callado, con pocos amigos y tendencia a a los maestros notaban que algo no estaba bien, que el niño cargaba con una tristeza demasiado pesada para su edad. Elbava intentó ser la mejor madre que podía, pero la culpa y la depresión seguían siendo fantasmas constantes en su vida. En 1998, cuando Ismael tenía 6 años, llegó a la familia una noticia que reabrió todas las heridas.

Patricia Núñez, la mujer que había secuestrado a Elva, fue arrestada en Guadalajara como parte de una red de trata de personas y narcotráfico. Durante las investigaciones salieron a la luz docenas de casos similares al de Elva, mujeres jóvenes y vulnerables que habían sido engañadas, secuestradas y forzadas a trabajar como mulas o en prostitución. El Ministerio Público contactó a Elva para que testificara contra Patricia. Después de años de terapia y con el apoyo de un grupo de mujeres sobrevivientes de violencia, Elva encontró la fuerza para enfrentar a su captora en el juicio.

Fue un proceso doloroso que duró más de un año, pero finalmente Patricia fue sentenciada a 30 años de prisión por múltiples delitos, incluyendo secuestro. Trata de personas y asociación delictuosa. El juicio trajo algo de cierre emocional para Elva, pero no borró las cicatrices. Su expediente criminal seguía ahí, dificultando su reintegración social. Muchas personas que conocieron su historia la veían con lástima y esa mirada de compasión dolía casi tanto como la de juicio. En el año 2000, cuando Ismael cumplió 8 años, Paulina falleció debido a complicaciones cardíacas.

Su muerte dejó un vacío inmenso en la familia. Elva y su hijo quedaron solos, dependiendo completamente el uno del otro. El tuvo que trabajar el doble para mantener la casa y criar a Ismael, quien comenzó a presentar problemas de conducta en la escuela. El niño se metía en peleas, desafiaba a los maestros y mostraba signos de ira que no sabía cómo manejar. Con los años, la relación entre madre e hijo se volvió compleja y a veces conflictiva.

Ismael, conforme crecía y comprendía más sobre lo que había pasado, sentía una mezcla de amor y resentimiento hacia su madre. Por un lado, entendía racionalmente que ella había sido víctima, pero por otro lado, no podía evitar culparla por todos los años difíciles que habían vivido. Para el 2002, 10 años después de los hechos que marcaron sus vidas para siempre, Elva Coronel seguía viviendo en la misma casa humilde de San Bernardino en Toluca. Tenía 33 años, pero parecía de 45, con el rostro marcado por las preocupaciones y el cabello comenzando a encanecer prematuramente.

Seguía vendiendo comida en el mercado, seguía luchando día a día para sacar adelante a Ismael, quien ahora tenía 10 años y estudiaba quinto de primaria. La historia de la joven madre que desapareció aquella mañana de enero de 1992, dejando a su bebé dormido en la cuna, nunca apareció en los periódicos con el peso que merecía. Fue solo un caso más en un sistema que falla constantemente a las mujeres vulnerables. Un caso más en las estadísticas de víctimas que nadie quiso ver.

Elbava existía en un limbo entre ser víctima y victimaria, entre la comprensión y el juicio social, entre el deseo de olvidar y la imposibilidad de hacerlo. Su desaparición de tres meses había generado consecuencias que durarían toda la vida. para ella, para Ismael, para su madre, que murió con el peso de haber visto sufrir tanto a su hija. La casa de la calle Lerdo seguía siendo un recordatorio constante de aquella mañana, cuando un coche oscuro se detuvo frente a ella y cambió todo para siempre.

Algunos vecinos viejos del barrio todavía recordaban aquellos días de 1992 cuando Paulina recorría las calles desesperada mostrando fotos de Elva, preguntando si alguien la había visto. Recordaban los carteles pegados en los postes, las visitas constantes a la policía, que nunca hizo lo suficiente, el llanto del bebé Ismael, que no entendía por qué su madre no regresaba. Elva nunca volvió a ser la misma persona que era antes de aquel 18 de enero. Aquella joven de 23 años que soñaba con ser enfermera y que lloraba en silencio por sus problemas económicos, desapareció para siempre, reemplazada por una mujer endurecida por el trauma, la prisión y la supervivencia diaria.

El sistema la había fallado en todos los sentidos posibles. No la protegió cuando era vulnerable, no le creyó cuando dijo la verdad y no la reintegró adecuadamente cuando salió de prisión. En las noches tranquilas, cuando Ismael ya dormía y la casa quedaba en silencio, Elva a veces se sentaba en la misma silla donde había llorado aquella madrugada hace años. Miraba el espacio vacío donde solía estar la cuna de su bebé y se preguntaba cómo hubiera sido su vida si aquella mañana no hubiera abierto la puerta, si hubiera desconfiado desde el principio, si hubiera escuchado la intuición que le advertía que algo no estaba bien.

Pero el pasado no se puede cambiar, solo se puede cargar con él. Y el Bacoronel seguía cargando un día a la vez. con la esperanza de que algún día, de alguna forma ella e Ismael pudieran encontrar algo parecido a la paz. Mientras tanto, la vida continuaba en Toluca, indiferente a las historias de sufrimiento que ocurrían en sus calles, indiferente a las mujeres que desaparecían y reaparecían transformadas por el trauma, indiferente al dolor silencioso que se escondía detrás de las puertas cerradas de las casas humildes del barrio de San Bernardino.

La historia de Elva no tuvo un final feliz, pero tuvo supervivencia. Y en un país donde tantas mujeres desaparecidas nunca regresan, donde tantos casos quedan sin resolver y tantas familias quedan destruidas, la supervivencia a veces tiene que ser suficiente.