Elizabeth Morales tenía apenas 18 años cuando desapareció en las montañas de la sierra norte de Oaxaca durante una excursión escolar el 16 de octubre de 2014. Era un jueves fresco de otoño. La joven estudiante de último año de preparatoria había salido esa mañana en un autobús escolar junto con 21 compañeros y dos profesores para un viaje educativo de 2 días como parte de su curso de historia regional.
Llevaba puesta su chamarra azul favorita que su madre Sara le había regalado para su cumpleaños, una mochila con agua y snacks y su cámara fotográfica porque amaba capturar paisajes de las montañas. Elizabeth nunca regresó de esas montañas. Durante tres meses, su familia y las autoridades la buscaron sin descanso entre los bosques densos y los barrancos peligrosos de la sierra norte.
Su madre Sara recorrió cada sendero, cada cueva, cada rincón de esas montañas gritando el nombre de su hija hasta quedarse sin voz. Cientos de voluntarios se unieron a la búsqueda. Las autoridades estatales desplegaron equipos especializados en rescate de montaña, pero Elizabeth parecía haberse desvanecido en el aire frío de las montañas hasta que en enero de 2015, 3 meses después de la desaparición, dos topógrafos que trabajaban en una zona remota e intransitable de la sierra encontraron la entrada de una cueva
bloqueada por rocas y vegetación. Cuando lograron entrar, lo que vieron los dejó paralizados de horror en completa oscuridad entre el barro y el frío intenso. Elizabeth estaba sentada contra una pared de roca. Parecía un esqueleto viviente, vestida con harapos sucios y tenía su pierna derecha encadenada a una formación rocosa con una gruesa cadena oxidada.
Pero Elizabeth no estaba sola en esa cueva. A pocos metros de ella ycía el cuerpo del profesor Carlos Méndez, de 43 años, quien había sido responsable de la excursión escolar. Había muerto semanas atrás por hipotermia. Y la verdad de lo que había pasado en esas montañas durante 3 meses era más impactante de lo que nadie podía imaginar.
Una historia sobre supervivencia contra todo pronóstico, sobre una madre que nunca dejó de buscar y sobre un profesor que dio su vida intentando salvar a su alumna.

Comenta de qué país nos estás viendo. Nos encanta saber dónde está nuestra comunidad. Ahora vamos a descubrir qué le pasó realmente a Elizabeth Morales en las montañas de la Sierra Norte. La familia Morales vivía en la ciudad de Oaxaca, en la colonia Reforma. Sara Morales tenía 42 años y trabajaba como enfermera en el hospital general.
Era madre soltera desde que Elizabeth tenía 5 años. Su esposo las había abandonado y nunca había regresado. Sara había criado a Elizabeth sola, trabajando turnos dobles cuando era necesario, sacrificando todo para darle una buena educación a su hija. Elizabeth era una estudiante brillante. Había sido aceptada en la preparatoria federal de Oaxaca con una beca por mérito académico.
Sus calificaciones eran excelentes, especialmente en ciencias y matemáticas. Pero lo que más amaba Elizabeth era la fotografía. Pasaba horas explorando Oaxaca con su cámara, capturando la arquitectura colonial, los mercados coloridos, las montañas que rodeaban la ciudad. Soñaba con estudiar comunicación visual en la universidad.
Soñaba con viajar por México documentando paisajes y culturas. Sara y Elizabeth tenían una relación cercana. Eran madre e hija, pero también mejores amigas. Cada noche cenaban juntas y compartían los eventos del día. Sara le contaba sobre los pacientes en el hospital. Elizabeth le mostraba las fotos que había tomado.
Los fines de semana cocinaban juntas, veían películas, reían. Para Sara, Elizabeth era todo. Era la razón por la que se levantaba cada mañana. era su orgullo, su alegría, el centro de su universo. El profesor Carlos Méndez llevaba 15 años enseñando historia en la preparatoria federal. Era conocido como un maestro estricto, pero justo, apasionado por la historia de Oaxaca y por enseñar a sus estudiantes sobre su herencia cultural.
Tenía 43 años, estaba casado, tenía dos hijos pequeños. era un hombre meticuloso que planificaba cada detalle de sus clases y excursiones. Nadie que lo conociera hubiera imaginado que su última excursión escolar terminaría en tragedia. El viaje a la Sierra Norte se había planeado con un mes de anticipación. Era un viaje educativo estándar que la preparatoria realizaba cada año.
Dos días y una noche en las montañas visitando sitios históricos y aprendiendo sobre la geografía de la región. 22 estudiantes de último año participarían. Carlos Méndez sería el profesor responsable acompañado por la profesora asistente María Torres. La mañana del 16 de octubre de 2014, Sara despertó aElizabeth a las 6.
“Mi amor, es hora de levantarte”, le dijo suavemente. Tienes que prepararte para tu viaje. Elizabeth se estiró bostezando. Ya voy, mamá. Estoy emocionada. Voy a tomar fotos increíbles de las montañas. Sara sonró mientras preparaba el desayuno. Solo ten cuidado. Sí. Y llámame cuando lleguen al albergue esta noche.
Elizabeth bajó a desayunar vestida con jeans, botas de montaña y su chamarra azul favorita. Tenía su mochila lista con agua, snacks, una sudadera extra y su cámara fotográfica. Sara la miró con una mezcla de orgullo y preocupación maternal. Te ves muy preparada”, le dijo. Elizabeth se rió. “Mamá, es solo un viaje de dos días. Voy a estar bien.
” El profesor Méndez es super cuidadoso con todo. Cuando llegó el momento de irse, Sara abrazó a Elizabeth en la puerta. “Te quiero mucho, mi niña”, le dijo. “Cuídate y no te alejes del grupo.” Elizabeth rodó los ojos con cariño. “Mamá, tengo 18 años. Sé cuidarme, pero te prometo que tendré cuidado. Te llamo esta noche. Sara la besó en la frente.
Más te vale. Estaré esperando tu llamada. Esas fueron las últimas palabras que Sara le dijo a su hija antes de que Elizabeth saliera por la puerta. No sabía que pasarían tr meses antes de volver a ver a Elizabeth. No sabía que su vida estaba a punto de convertirse en una pesadilla de la que tardaría años en despertar.
El autobús escolar partió de la preparatoria a las 8 de la mañana. Los 22 estudiantes estaban emocionados, hablando, riendo, compartiendo audífonos para escuchar música. Elizabeth se sentó junto a su amiga Lucía cerca de la ventana. Llevaba su cámara lista para tomar fotos durante el camino.
El profesor Méndez estaba al frente del autobús revisando sus notas y mapas. La profesora Torres hacía una lista de asistencia para confirmar que todos los estudiantes estaban presentes. El viaje de Oaxaca a la Sierra Norte tomó aproximadamente 2 horas. El autobús serpentea por carreteras de montaña, subiendo gradualmente a través de bosques de pinos y encinos.
Los estudiantes tomaban fotos por las ventanas señalando las vistas impresionantes de los valles abajo. Elizabeth tomó docenas de fotos emocionada por la belleza del paisaje. A las 10:30 de la mañana, el autobús llegó al punto de partida de la excursión en el pueblo de Benito Juárez, un pequeño pueblo de montaña conocido por sus senderos ecológicos.
El profesor Méndez reunió al grupo. Escuchen con atención, dijo con voz seria. Vamos a caminar el sendero de las cascadas. Es una ruta de dificultad media que toma aproximadamente 4 horas. Nadie se aleja del grupo, nadie toma rutas alternativas. ¿Entendido? Los estudiantes asintieron. El grupo comenzó la caminata a las 11 de la mañana.
El sendero era hermoso, serpenteando entre árboles altos, cruzando arroyos pequeños, ofreciendo vistas espectaculares de las montañas circundantes. Elizabeth caminaba tomando fotos constantemente. Cada curva del sendero revelaba una nueva vista que quería capturar. Lucía caminaba a su lado, riéndose de la obsesión de su amiga con la fotografía.
Aproximadamente a las 2 de la tarde, después de 3 horas de caminata, el grupo se estaba cansando. El sendero se había vuelto más empinado y difícil. Algunos estudiantes comenzaron a quedarse atrás. El profesor Méndez caminaba adelante manteniendo un ritmo constante. La profesora Torres estaba en la parte trasera del grupo, asegurándose de que nadie se perdiera.
Fue en un tramo particularmente empinado donde la cadena de estudiantes se alargó. Elizabeth, que había estado caminando en medio del grupo, se detuvo. Lucía, que iba a su lado, recordaría después ese momento con claridad dolorosa. Elizabeth vio algo entre los árboles a la derecha del sendero, una vista del valle abajo que quería fotografiar.
“Espera un segundo”, le dijo a Lucía. Solo voy a tomar una foto rápida de esto. Elizabeth se salió del sendero principal apenas unos metros, tal vez cinco o seis pasos entre los árboles. Lucía continuó caminando, esperando que Elizabeth la alcanzara en unos segundos. Pero cuando miró atrás un minuto después, Elizabeth ya no estaba visible.
Lucía pensó que simplemente estaba detrás de un árbol. No le dio importancia. continuó caminando con el grupo. Pasaron 10 minutos antes de que alguien notara que Elizabeth faltaba. Fue la profesora Torres quien hizo un conteo rápido y se dio cuenta de que solo había 21 estudiantes cuando deberían ser 22.
¿Dónde está Elizabeth? preguntó. Los estudiantes se miraron unos a otros. Lucía sintió pánico inmediato. Se detuvo a tomar una foto, dijo, “Hace como 10 minutos pensé que nos alcanzaría.” El profesor Méndez detuvo al grupo inmediatamente, se dio vuelta y comenzó a caminar de regreso por el sendero. “Quédense aquí todos”, ordenó con voz firme.
“No se muevan de este punto. Voy a buscarla”. La profesora Torres se quedó con los estudiantes mientras el profesor Méndezregresaba por el sendero llamando el nombre de Elizabeth. Elizabeth gritaba, ¿dónde estás? Responde si me escuchas. Pero solo el silencio del bosque le respondía. Caminó de regreso aproximadamente 500 m buscando entre los árboles, revisando ambos lados del sendero.
No había señal de Elizabeth, era como si hubiera desaparecido completamente. Después de 20 minutos de búsqueda sin éxito, el profesor Méndez regresó al grupo. Su rostro mostraba preocupación. Llamó a la profesora Torres aparte. No la encuentro”, le dijo en voz baja. “Necesitamos llamar a las autoridades.” La profesora Torres asintió y sacó su teléfono celular, pero no había señal.
Estaban demasiado adentro de las montañas. El profesor Méndez tomó una decisión. Profesora Torres, lleve al grupo de regreso al pueblo. Yo voy a quedarme aquí y seguir buscando a Elizabeth. En cuanto llegue al pueblo, llame a las autoridades y a la familia de la estudiante. La profesora Torres vaciló. No debería quedarse solo dijo.
Es peligroso. Pero el profesor Méndez fue inflexible. No puedo dejar a una estudiante perdida en las montañas. Vayan, yo estaré bien. La profesora Torres guió a los 21 estudiantes restantes de regreso por el sendero hacia el pueblo de Benito Juárez. Tardaron casi dos horas en llegar. Muchos estudiantes estaban llorando, asustados por su compañera perdida.
Lucía sollyosaba incontrolablemente, sintiéndose culpable por no haber esperado a Elizabeth. En cuanto llegaron al pueblo, la profesora Torres corrió al puesto de policía local. Una estudiante se perdió en el sendero de las cascadas”, dijo con voz urgente y un profesor se quedó buscándola. “Necesitamos ayuda inmediatamente.” El comandante del puesto activó el protocolo de rescate de montaña, llamó a Protección Civil del Estado, reunió a voluntarios locales que conocían bien las montañas.
Mientras tanto, en Oaxaca, Sara Morales estaba terminando su turno en el hospital. cuando recibió la llamada que cambiaría su vida. Era la directora de la preparatoria. Señora Morales comenzó con voz temblorosa. Necesito informarle que su hija Elizabeth se perdió durante la excursión escolar en la Sierra Norte. Estamos haciendo todo lo posible para encontrarla.
Sara sintió que el mundo se detenía. ¿Qué? Susurró. ¿Cómo que se perdió? ¿Dónde está? ¿Está herida? La directora intentó calmarla. No lo sabemos todavía. Un profesor está buscándola en las montañas. Las autoridades ya están en camino. Vamos a encontrarla, señora Morales. Sara no esperó a escuchar más.
Colgó el teléfono y corrió hacia su auto. Necesitaba llegar a la Sierra Norte. Necesitaba encontrar a su hija. Lo que Sara no sabía todavía era que Elizabeth no era la única persona perdida en esas montañas. El profesor Carlos Méndez también había desaparecido. Cuando el equipo de rescate llegó al Sendero de las cascadas esa noche, no encontraron ni a Elizabeth ni al profesor.
Ambos se habían desvanecido en el vasto bosque de la Sierra Norte, como si la montaña misma se los hubiera tragado. Y comenzó una búsqueda que duraría tres meses, una búsqueda que involucraría a cientos de personas, una búsqueda que llevaría a Sara Morales al borde de la desesperación, una búsqueda que terminaría con un descubrimiento que nadie esperaba en una cueva oscura escondida en lo más profundo de las montañas, donde la verdad de lo que había pasado finalmente saldría a la luz.
Sara Morales llegó a Benito Juárez a las 9 de la noche del 16 de octubre. Había conducido dos horas por carreteras de montaña en completa oscuridad, llorando todo el camino con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que explotaría. Cuando llegó al puesto de policía del pueblo, encontró a los 21 estudiantes sentados en el piso.
Muchos llorando, todos asustados. La profesora Torres estaba hablando con el comandante de Protección Civil. “¿Dónde está mi hija?”, gritó Sara entrando. ¿Dónde está Elizabeth? El comandante, un hombre de 50 años llamado Alberto Ruiz, se acercó a ella con expresión seria. Señora Morales, tenemos equipos de rescate buscando en este momento.
Están usando linternas y perros de búsqueda. Vamos a encontrar a su hija. Sara lo miró con ojos desesperados. Quiero ir con ellos. Quiero buscarla. El comandante negó con la cabeza. Es demasiado peligroso en la oscuridad, señora. Las montañas son traicioneras de noche. Déjenos hacer nuestro trabajo. Pero Sara no podía quedarse sentada esperando.
Esa noche, contra el consejo de todos, salió al sendero con una linterna que le había prestado un voluntario. Comenzó a caminar gritando el nombre de su hija. Elizabeth, mi amor, ¿dónde estás? Mamá, está aquí. Su voz resonaba entre los árboles oscuros, pero solo el silencio le respondía. Caminó durante horas hasta que dos rescatistas la encontraron y la obligaron a regresar al pueblo.
Estaba exhausta, empapada por la nieblade la montaña, temblando de frío y miedo. La búsqueda oficial comenzó al amanecer del 17 de octubre. Más de 100 voluntarios se reunieron en Benito Juárez. Eran residentes locales que conocían bien las montañas, guías turísticos, equipos de protección civil de Oaxaca y grupos de rescate especializados.
Dividieron el área en cuadrículas. Cada equipo tenía asignada una sección del bosque para peinar metódicamente. Sara insistió en unirse a uno de los equipos. Nadie podía detenerla. Era su hija. Tenía que buscarla. Durante los primeros tres días, la búsqueda fue intensiva. Helicópteros sobrevolaban el área.
Perros de búsqueda rastreaban el sendero y el bosque circundante. Los equipos gritaban los nombres de Elizabeth y del profesor Méndez cada pocos minutos. Pero no encontraron nada. Ninguna señal de ropa, ninguna huella clara, ningún indicio de dónde podrían estar. Lo desconcertante era que habían desaparecido dos personas. Elizabeth había salido del sendero para tomar una foto.
Eso tenía sentido, aunque fuera imprudente. Pero, ¿qué le había pasado al profesor Méndez? Había ido a buscarla y simplemente nunca regresó. Se había perdido. También había encontrado a Elizabeth y luego ambos se habían extraviado. ¿Habían caído por algún barranco. Las preguntas atormentaban a todos los involucrados en la búsqueda.
Sara dormía en una pequeña pensión en Benito Juárez. o más bien intentaba dormir. Pasaba las noches despierta mirando el techo, llorando, rezando para que Elizabeth estuviera bien. Cada mañana se levantaba al amanecer y se unía a los equipos de búsqueda. Caminaba durante 8, 10, 12 horas al día. Sus pies desarrollaron ampollas que se reventaban y sangraban dentro de sus botas.
Sus manos se cortaban con las ramas y rocas, pero no le importaba el dolor físico, solo importaba encontrar a Elizabeth. El esposo del profesor Méndez, Carolina, también llegó a Benito Juárez. Era una mujer de 40 años con dos hijos pequeños que lloraban preguntando por su papá. Carolina y Sara se encontraron en el puesto de comando de búsqueda.
Se miraron con una comprensión inmediata del dolor de la otra. Ambas eran madres. Ambas habían perdido a alguien amado en estas montañas crueles. Se abrazaron y lloraron juntas. Vamos a encontrarlos, le dijo Sara a Carolina. No podemos rendirnos. Carolina asintió limpiándose las lágrimas. Mi esposo es un hombre cuidadoso.
Sabe de montañas. Si están juntos, estoy segura de que Carlos está cuidando a tu hija. Está haciendo todo lo posible por mantenerla a salvo. Sara se aferró a esas palabras como si fueran un salvavidas. Necesitaba creer que Elizabeth no estaba sola, que alguien estaba con ella, que tenía una oportunidad de sobrevivir.
Después de una semana de búsqueda intensiva sin resultados, las autoridades comenzaron a considerar otras posibilidades. Era posible que Elizabeth y el profesor hubieran planeado huir juntos. La idea era desagradable, pero los investigadores tenían que considerarla. Interrogaron a los estudiantes. ¿Había alguna relación inapropiada entre Elizabeth y el profesor Méndez? Los estudiantes negaron rotundamente.
El profesor Méndez era profesional. Nunca había mostrado favoritismo hacia Elizabeth ni hacia ningún estudiante. Elizabeth ni siquiera tenía clases con él ese semestre. Sara estaba furiosa cuando le preguntaron sobre esta teoría. Mi hija no huyó con nadie”, gritó a los investigadores. Ella es una buena chica.
Estaba emocionada por su futuro. Tenía planes para la universidad. Esta investigación está desperdiciando tiempo precioso mientras mi hija está perdida en las montañas. Búsquenla. Eso es lo que deberían estar haciendo. Las teorías se multiplicaban. Algunos especulaban que habían sido secuestrados. La sierra norte, aunque era generalmente segura, no estaba completamente libre de actividad criminal.
Era posible que alguien los hubiera tomado, pero no había notas de rescate, no había evidencia de lucha y secuestrar a dos personas simultáneamente en medio de una excursión escolar parecía extremadamente improbable. Otros sugerían que habían caído por algún barranco o precipicio, que sus cuerpos estaban en algún lugar inaccesible donde los equipos de búsqueda no podían verlos.
Esta teoría era más plausible, pero igualmente aterradora. Si habían caído, probablemente estaban gravemente heridos o muertos. Sara se negaba a aceptar esta posibilidad. No repetía una y otra vez. Elizabeth está viva. Lo siento. Una madre sabe estas cosas. Dos semanas después de la desaparición, la búsqueda oficial se redujo. Ya no había 100 voluntarios.
Los equipos de rescate especializados regresaron a sus bases. Solo quedaban algunos grupos locales que conocían bien las montañas y que continuaban buscando esporádicamente. Las autoridades les dijeron a Sara y Carolina que habían hecho todo lo posible, que habían peinado cientos dekilómetros cuadrados de bosque, que si Elizabeth y Carlos estuvieran en el área de búsqueda, ya los habrían encontrado.
Pero Sara no aceptó esa conclusión. Tomó dos semanas de licencia de su trabajo en el hospital. Se quedó en Benito Juárez. Cada día salía sola a las montañas con su mochila, agua, snacks y mapas que había marcado meticulosamente. Exploraba áreas que los equipos oficiales habían descartado. Bajaba por barrancos peligrosos.
Se metía en cuevas oscuras con solo una linterna. Gritaba el nombre de Elizabeth hasta que su voz se quebraba. Los residentes de Benito Juárez la veían salir cada mañana y regresar cada noche exhausta, cubierta de lodo, con los ojos rojos de llorar. Algunos la admiraban por su determinación. Otros pensaban que estaba en negación, incapaz de aceptar que su hija probablemente había muerto.
Pero nadie podía detenerla. Era una madre buscando a su hija. Nada más importaba. Un mes después de la desaparición, Sara tuvo que regresar a Oaxaca. No tenía más días de licencia, no tenía más dinero para quedarse en Benito Juárez. Necesitaba trabajar para pagar sus cuentas, pero prometió que regresaría cada fin de semana y cumplió esa promesa.
Cada sábado por la mañana, Sara conducía 2 horas a la Sierra Norte. Pasaba el fin de semana completo buscando. Regresaba el domingo por la noche y repetía el ciclo la siguiente semana. Sus colegas en el hospital estaban preocupados por ella. Sara había perdido peso. Tenía ojeras permanentes bajo los ojos. Sus manos temblaban constantemente.
Apenas comía, apenas dormía. Estaba destruyéndose a sí misma en la búsqueda. Pero cuando le sugerían que tal vez debía aceptar lo que había pasado, que debía comenzar a hacer su duelo. Sara se ponía furiosa. Mi hija no está muerta, decía. Está perdida y voy a encontrarla. Pero, ¿qué había pasado realmente en esas montañas el 16 de octubre? La verdad era mucho más simple y mucho más trágica de lo que nadie imaginaba.
Cuando Elizabeth se salió del sendero para tomar una foto, no se dio cuenta de que el suelo bajo sus pies era inestable. Era una capa delgada de tierra y vegetación sobre una cavidad subterránea. Cuando puso su peso sobre ella, el suelo cedió. Elizabeth cayó aproximadamente 4 metros a través de la tierra colapsada, aterrizando duramente en el piso de una cueva natural.
El impacto la dejó aturdida con dolor en todo el cuerpo. Cuando finalmente pudo orientarse, se dio cuenta de dónde estaba. Estaba en una cueva oscura. La única luz venía del agujero por donde había caído. Un círculo pequeño de luz diurna muy arriba de ella. intentó trepar, pero las paredes eran de roca lisa. No había forma de subir.
Elizabeth comenzó a gritar, “¡Ayuda! Estoy aquí abajo. Alguien ayúdeme.” Pero su voz se perdía en las profundidades de la cueva. El agujero por donde había caído estaba oculto por vegetación. Nadie caminando por el sendero arriba podría verlo fácilmente y el sonido no viajaba bien desde dentro de la cueva hacia afuera.
Mientras tanto, el profesor Carlos Méndez había regresado por el sendero buscando a Elizabeth. Cuando llegó al área donde Lucía, dijo que Elizabeth se había detenido. Comenzó a buscar entre los árboles. Elizabeth llamaba. ¿Dónde estás? Responde si me escuchas. Caminó en círculos cada vez más amplios, apartando ramas, mirando detrás de rocas.
Entonces escuchó algo, un sonido débil que venía del suelo. Se detuvo y escuchó con atención. Ahí estaba otra vez. Una voz. Elizabeth gritó. Carlos se acercó al origen del sonido. Vio vegetación alterada. Se agachó y apartó las plantas, y ahí estaba el agujero en el suelo. Un colapso reciente de tierra que revelaba una cavidad debajo.
Profesor Méndez, gritó Elizabeth desde abajo. Estoy aquí. Me caí. Carlos se asomó por el agujero. Podía ver a Elizabeth en la oscuridad abajo. ¿Estás herida? Preguntó Elizabeth evaluó su cuerpo. Me duele mucho el tobillo respondió. Creo que está torcido o roto, pero estoy consciente. Carlos pensó rápidamente. Está bien, dijo. Voy a ir por ayuda.
Quédate ahí. Voy a regresar con equipo de rescate. Pero cuando Carlos intentó levantarse para correr de vuelta al sendero, sucedió lo impensable. El borde del agujero donde estaba arrodillado también era inestable. Más tierra colapsó bajo su peso. Carlos cayó por el agujero, aterrizando junto a Elizabeth en el piso de la cueva.
El impacto fue brutal. Carlos sintió un dolor agudo en su espalda y su pierna. intentó moverse, pero el dolor era insoportable. “Creo que me rompí algo”, dijo con voz tensa. Ahora ambos estaban atrapados en la cueva y el agujero por donde habían caído había colapsado completamente con la segunda caída. Ahora estaba cubierto por toneladas de tierra y rocas.
La cavidad subterránea donde estaban no tenía otra salida visible. Estaban encerrados en completa oscuridad. Carlos sacó su teléfono celular. Nohabía señal como esperaba, pero la linterna del teléfono funcionaba. La encendió y exploró la cueva. Era una cavidad natural en la roca, aproximadamente del tamaño de una habitación pequeña.
Las paredes eran de piedra lisa, el piso era tierra y rocas. Había formaciones rocosas extrañas, estalacmitas y estalactitas que indicaban que la cueva era antigua, pero no había salida obvia. Elizabeth dijo Carlos con voz calmada, aunque por dentro sentía pánico. Necesito que te mantengas tranquila. Vamos a salir de aquí, pero necesitamos conservar energía.
Apagó la linterna para ahorrar batería del teléfono. La oscuridad era absoluta. Elizabeth comenzó a llorar. Tengo miedo dijo. No quiero morir aquí. Carlos buscó su mano en la oscuridad y la apretó. No vas a morir. Te prometo que vamos a encontrar una manera de salir. Durante los primeros días tenían esperanza.
Estaban seguros de que los equipos de búsqueda los encontrarían. Podían escuchar vagamente sonidos desde arriba a veces voces distantes, perros ladrando. Gritaban con todas sus fuerzas cada vez que escuchaban algo, pero sus voces no penetraban la roca y tierra que los separaba del mundo exterior. Los rescatistas pasaban por encima de ellos sin saber que estaban ahí abajo.
Carlos racionaba el uso de su teléfono celular cuidadosamente. Solo lo encendía unos minutos al día para revisar si tenían señal y para dar algo de luz. La batería duró una semana antes de morir completamente. Después de eso, estuvieron en oscuridad total. Elizabeth tenía una botella de agua en su mochila.
Carlos no tenía nada. Compartieron el agua durante tres días antes de que se acabara. El hambre y la sed se volvieron insoportables. Exploraban la cueva a tientas en la oscuridad buscando humedad. Encontraron que una de las paredes tenía condensación. Lamían las gotas de agua de la roca. Era apenas suficiente para mantenerlos vivos, pero no suficiente para saciar la sed. No había comida.
Los snacks en la mochila de Elizabeth se terminaron en el segundo día. El frío era otro enemigo. Las cuevas en la Sierra Norte son naturalmente frías, especialmente de noche. La temperatura bajaba a cerca de 5 gr celus. Elizabeth y Carlos se acurrucaban juntos para compartir calor corporal. Carlos le dio su chamarra a Elizabeth.
Tú la necesitas más que yo. Dijo. Tienes que mantenerte caliente. Elizabeth protestó, pero Carlos insistió. Pasaron las semanas. Carlos sabía que su cuerpo estaba fallando. La herida en su espalda por la caída se había infectado. Podía sentir la fiebre. Sentía que su fuerza se desvanecía día a día, pero no le decía nada de esto a Elizabeth.
Intentaba mantener su ánimo alto. Le contaba historias sobre sus hijos, le hacía preguntas sobre su vida, sus sueños, sus planes para el futuro, cualquier cosa para mantenerla mentalmente activa, para darle razones para seguir luchando. Elizabeth también sabía que estaba muriendo. podía sentir como su cuerpo consumía sus propias reservas.
Había perdido tanto peso que sus huesos sobresalían. Se sentía débil, mareada constantemente, pero seguía luchando porque el profesor Méndez seguía luchando porque si se rendía estaría abandonándolo a él también. Un día, Carlos le dijo algo que Elizabeth nunca olvidaría. Si solo uno de nosotros va a salir de aquí, tienes que ser tú.
dijo, “Tienes 18 años, tienes toda una vida por delante. Tienes a tu madre esperándote.” Elizabeth negó con la cabeza en la oscuridad. No digas eso. Vamos a salir los dos. Pero Carlos sabía la verdad. Estaba muriendo y lo único que podía hacer era intentar mantener a Elizabeth viva el mayor tiempo posible. Aproximadamente dos meses después de caer a la cueva, Carlos encontró algo en la oscuridad.
Era una cadena antigua, probablemente dejada por mineros décadas atrás cuando exploraban la zona. Tenía una idea. Si ata a Elizabeth a una formación rocosa con la cadena, si los rescatistas finalmente entraban a la cueva, la verían inmediatamente. No tendría que moverse para señalar su presencia. Incluso si estaba demasiado débil para gritar, la cadena la haría visible.
Elizabeth no entendió por qué esto era necesario, pero Carlos insistió. usó la cadena para asegurar suavemente su pierna a una formación rocosa, no demasiado apretado, solo lo suficiente para mantenerla en un lugar. Es solo una precaución, le dijo, “para que nos encuentren más fácilmente.” Elizabeth aceptó porque confiaba en su profesor. Días después, Carlos murió.
Elizabeth lo supo porque dejó de responder cuando le hablaba. dejó de moverse. Su cuerpo se enfrió completamente. Elizabeth gritó y lloró en la oscuridad. No se lo lleven, suplicaba a nadie en particular. No me dejen sola. Pero estaba sola ahora, sola con el cuerpo de su profesor en una cueva oscura a metros bajo tierra.
Elizabeth no sabía cuánto tiempo había pasado después de eso. Los días se mezclaban en una neblina dehambre, sed, frío y desesperación. A veces alucinaba. Veía luz donde no había ninguna. Escuchaba la voz de su madre llamándola. Se preguntaba si estaba muriéndose o si ya estaba muerta. Había momentos en que quería rendirse, momentos en que el sueño parecía tan tentador, tan pacífico, pero algo la mantenía luchando.
La memoria de su madre, la promesa que le había hecho al profesor Méndez de no rendirse. Y entonces, tres meses después de caer a la cueva, Elizabeth escuchó algo que pensó que era otra alucinación. Voces, ruido de herramientas, luz brillante penetrando la oscuridad. intentó gritar, pero su voz era apenas un susurro.
La cadena en su pierna sonó levemente cuando intentó moverse y eso fue suficiente. Los rescatistas la escucharon, la vieron y finalmente, después de 90 días en el infierno, Elizabeth Morales fue encontrada. Los topógrafos que encontraron a Elizabeth se llamaban Miguel Ortiz y Javier Ramírez. trabajaban para una compañía que estaba haciendo un estudio geológico de la Sierra Norte.
El 15 de enero de 2015, 3 meses después de la desaparición de Elizabeth, estaban explorando una zona remota e intransitable cuando Miguel notó algo extraño. “Hay vegetación colapsada aquí”, le dijo a Javier, “como si hubiera un hueco debajo.” Se acercaron a investigar. Efectivamente, había un área donde la tierra había cedido.
Apartaron ramas y rocas y encontraron una abertura parcialmente bloqueada. Miguel sacó su linterna de alta potencia y la dirigió hacia el agujero. La luz penetró la oscuridad revelando una cavidad profunda debajo y entonces vieron algo que hizo que su sangre se helara. Una figura humana sentada contra una pared rocosa, demacrada, vestida con harapos, con una pierna encadenada a la roca.
“Dios mío”, susurró Miguel. “¿Hay alguien ahí abajo? ¿Está viva?” Javier se asomó por el agujero. “¡Hola! Gritó, “¿Nos puede escuchar? ¿Está consciente?” Elizabeth levantó su cabeza lentamente. Después de tres meses en completa oscuridad, la luz de la linterna era cegadora. Cerró los ojos con dolor, pero logró emitir un sonido apenas audible.
“Ayuda”, susurró. “Por favor.” Miguel sacó su radio inmediatamente. “Esto es una emergencia”, dijo con voz urgente. Encontramos a alguien vivo en una cueva en las coordenadas que les voy a dar. Necesitamos equipo de rescate inmediatamente. Dentro de 30 minutos, helicópteros de protección civil estaban en camino.
El comandante Alberto Ruiz, quien había dirigido la búsqueda original 3 meses atrás, lideró el equipo de rescate. Cuando llegaron al sitio y vieron el agujero en el suelo, entendieron por qué nunca habían encontrado a Elizabeth. La cueva estaba en un área que habían buscado superficialmente, pero el colapso original del suelo había sido completamente cubierto por vegetación.
No había señal visible desde arriba. El equipo de rescate trabajó rápidamente. Necesitaban ensanchar la abertura para poder bajar con seguridad y sacar a Elizabeth. Usaron herramientas para remover rocas y tierra. Después de dos horas de trabajo, tenían una abertura lo suficientemente grande.
Dos paramédicos descendieron por cuerdas con equipo médico. Cuando llegaron al fondo de la cueva, la escena que encontraron era desgarradora. Elizabeth estaba sentada apoyada contra la pared de roca con su pierna derecha encadenada. Estaba tan delgada que parecía un esqueleto cubierto de piel. Su ropa estaba sucia y rasgada.
Su cabello largo estaba enredado y lleno de barro, pero estaba viva. Sus ojos, aunque apenas podían abrirse por la luz, mostraban que estaba consciente y a unos metros de ellacía el cuerpo del profesor Carlos Méndez. Había estado muerto por semanas, quizás un mes. El frío de la cueva había preservado su cuerpo relativamente bien.
Estaba vestido solo con una camisa delgada. Su chamarra estaba sobre Elizabeth, quien la había estado usando para mantenerse caliente. Elizabeth dijo uno de los paramédicos arrodillándose junto a ella con voz suave. Soy Rafael. Soy paramédico. Vinimos a sacarte de aquí. ¿Puedes hablar? ¿Puedes decirme tu nombre? Elizabeth movió sus labios.
Su voz era apenas un susurro ronco. Elizabeth Morales logró decir, “Mi mamá, mi mamá sabe.” Rafael asintió con lágrimas en los ojos. Tu mamá sabe. Te ha estado buscando durante tres meses. Ella nunca se rindió. Los paramédicos evaluaron rápidamente su condición. Elizabeth estaba severamente deshidratada, desnutrida, hipotérmica.
tenía múltiples infecciones. Su tobillo, que se había lesionado en la caída original, nunca había sanado apropiadamente, pero milagrosamente estaba viva. Después de 90 días atrapada en una cueva sin comida adecuada, con apenas agua, había sobrevivido. Rafael comenzó a administrarle suero intravenoso inmediatamente mientras su compañero trabajaba en romper la cadena que la sujetaba a la roca.
¿Por qué estás encadenada? preguntó Rafael gentilmente.Elizabeth miró hacia dondecía el profesor Méndez. Él me encadenó, susurró, para que me encontraran, para que no tuviera que moverme. Sabía que estaba muriendo. Quería asegurarse de que yo sobreviviera. Los paramédicos entendieron entonces. La cadena no era un instrumento de tortura, era un acto final de protección.
El profesor Méndez, sabiendo que estaba muriendo, había usado su última energía para aumentar las posibilidades de que Elizabeth fuera rescatada. Había dado su chamarra para mantenerla caliente. Había asegurado que estuviera visible y luego había muerto sabiendo que había hecho todo lo posible por salvar a su alumna.
Arriba en la superficie, Sara Morales estaba siendo transportada en helicóptero desde Oaxaca. El comandante Ruiz la había llamado personalmente. “Señora Morales”, había dicho con voz emocionada, “Encontramos a Elizabeth. Está viva.” Sara había gritado de alegría y colapsado en el piso de su casa.
No podía creer lo que estaba escuchando. Después de tres meses de búsqueda desesperada. Después de que todos le dijeron que perdiera la esperanza, su hija estaba viva. El helicóptero aterrizó cerca del sitio de rescate 40 minutos después. Sara salió corriendo antes de que las aspas dejaran de girar. ¿Dónde está?, gritó. ¿Dónde está mi hija? El comandante Ruiz la detuvo suavemente.
Están sacándola ahora, señora. necesita prepararse. Ha estado atrapada durante 3 meses. Está muy débil, pero está viva. Está consciente y lo primero que preguntó fue por usted. Sara comenzó a llorar incontrolablemente. Mi bebé, mi niña, sabía que estaba viva. Lo sabía. Una madre siempre sabe. Mientras esperaba, Sara rezaba, lloraba, temblaba de anticipación y miedo.
Quería ver a Elizabeth inmediatamente, pero también tenía miedo de lo que vería. ¿Qué le habían hecho tres meses de aislamiento a su hija? Después de lo que parecieron horas, pero fueron solo 30 minutos, los paramédicos comenzaron a subir a Elizabeth en una camilla especial diseñada para rescates verticales. Emergió lentamente del agujero envuelta en mantas térmicas con una máscara de oxígeno sobre su rostro conectada a múltiples bolsas de suero intravenoso.
Cuando la camilla llegó a la superficie y la colocaron en el suelo, Sara corrió hacia ella. Elizabeth dijo Sara con voz quebrada arrodillándose junto a la camilla. Mi amor, ¿me escuchas? Soy mamá. Estoy aquí. Elizabeth abrió sus ojos lentamente. La luz del día era dolorosa después de tres meses de oscuridad, pero necesitaba ver a su madre.
Cuando sus ojos se ajustaron, vio el rostro de Sara inclinado sobre ella. “Mamá”, susurró. viniste. Nunca dejé de buscar. Sara tomó la mano de Elizabeth, una mano tan delgada y fría que parecía frágil como vidrio. Nunca me rendí, dijo Soyosando. Todos me dijeron que lo hiciera, pero no pude. Sabía que estabas viva.
Elizabeth apretó débilmente la mano de su madre. El profesor Méndez, susurró. Él me salvó, me mantuvo viva, le dio su chamarra, me dijo que siguiera luchando. Sara miró hacia el equipo de rescate. Uno de ellos negó con la cabeza tristemente. Sara entendió. El profesor Méndez no había sobrevivido. Elizabeth fue transportada en helicóptero al hospital general de Oaxaca.
Los doctores estaban asombrados de que hubiera sobrevivido. Pesaba apenas 38 kg cuando la rescataron. Había perdido más de 20 kg durante su encierro. Estaba severamente deshidratada a pesar del agua de condensación que había estado lamiendo de las paredes de la cueva. Tenía múltiples infecciones, incluyendo una infección seria en su tobillo lesionado. Tenía hipotermia.
Su cuerpo había comenzado a consumir sus propios músculos para sobrevivir, pero los doctores dijeron que con tratamiento se recuperaría físicamente. El daño psicológico sería más difícil de sanar. 3 meses de aislamiento en oscuridad completa, 3 meses de hambre y sed, tr meses creyendo que moriría en esa cueva.
Eso dejaba cicatrices profundas que no desaparecerían fácilmente. Las primeras semanas en el hospital fueron difíciles para Elizabeth. No podía soportar estar en habitaciones pequeñas. Le recordaban la cueva. Necesitaba que las cortinas estuvieran abiertas todo el tiempo para poder ver el cielo. Tenía pesadillas cada noche.
Despertaba gritando, creyendo que todavía estaba en la oscuridad. Sara dormía en una silla junto a su cama cada noche, sosteniendo su mano, diciéndole que estaba a salvo. Elizabeth también tenía problemas con la comida. Después de 3 meses de inanición, su estómago no podía procesar alimentos normales. Los doctores tuvieron que reintroducir nutrición gradualmente, comenzando con líquidos y progresando lentamente a alimentos sólidos.
Elizabeth lloraba de frustración porque tenía tanta hambre, pero no podía comer sin sentir dolor. La historia del rescate se volvió noticia nacional. Los medios de comunicación cubrían cada detalle. La joven que sobrevivió tresmeses en una cueva. El profesor que dio su vida para salvar a Swall a su alumna.
La madre que nunca dejó de buscar. La gente en todo México estaba conmovida por la historia. Flores, tarjetas y regalos llegaban al hospital. Desconocidos enviaban mensajes de apoyo. Elizabeth se convirtió en un símbolo de resiliencia y supervivencia. Carolina, la esposa del profesor Méndez, visitó a Elizabeth en el hospital dos semanas después del rescate.
Fue un momento extremadamente emotivo. Carolina estaba de luto por su esposo, pero también agradecida de que su sacrificio no hubiera sido en vano. “Gracias por sobrevivir”, le dijo a Elizabeth con lágrimas corriendo por sus mejillas. Carlos habría querido que vivieras. hizo todo lo posible para asegurarse de que salieras de esa cueva.
Por favor, vive una vida plena por él. Elizabeth lloró abrazando a Carolina. Lo siento tanto dijo. Fue mi culpa. Me salí del sendero. Si no hubiera hecho eso, su esposo estaría vivo. Carolina negó con la cabeza. No fue tu culpa. Fue un accidente terrible. Y Carlos eligió quedarse contigo. Eligió cuidarte. Esa era la clase de hombre que era, un maestro que nunca abandonaría a un estudiante.
El funeral del profesor Carlos Méndez se llevó a cabo una semana después de que recuperaran su cuerpo. Elizabeth no pudo asistir. Todavía estaba demasiado débil, pero Sara fue en su nombre. La iglesia estaba llena de estudiantes actuales y anteriores, colegas maestros, miembros de la comunidad.
Todos habían venido a honrar a un hombre que había dado su vida protegiendo a una estudiante. Durante el servicio, el director de la preparatoria leyó una carta que Elizabeth había escrito desde su cama de hospital. En ella, Elizabeth describía cómo el profesor Méndez la había mantenido con vida durante esos tres meses, cómo le había hablado en la oscuridad para mantener su mente activa, cómo había compartido las pocas gotas de agua que encontraban, cómo le había dado su chamarra aun cuando él mismo se estaba congelando, cómo había usado la
cadena para aumentar sus posibilidades de ser encontrada, cómo había muerto asegurándose de que ella tuviera la mejor oportunidad de sobrevivir. No hay palabras suficientes para agradecer al profesor Méndez por lo que hizo,” escribió Elizabeth. Me mantuvo viva cuando quería rendirme. Me dio esperanza cuando no había ninguna.
Sacrificó su vida para darme una oportunidad. Pasaré resto de mi vida honrando su memoria, viviendo de la manera más plena posible. No hubo un ojo seco en la iglesia cuando terminaron de leer la carta. Elizabeth pasó seis semanas en el hospital. Cuando finalmente fue dada de alta en marzo de 2015, había ganado algo de peso y sus infecciones habían sanado.
Físicamente se estaba recuperando, pero psicológicamente el camino sería largo. Comenzó terapia intensiva con una psicóloga especializada en trauma. tenía que procesar no solo los tres meses en la cueva, sino también la pérdida del profesor Méndez y la culpa que sentía por su muerte. Sara dejó de trabajar turnos nocturnos para poder estar en casa con Elizabeth.
Las primeras noches fueron las más difíciles. Elizabeth no podía dormir en su habitación. Le parecía demasiado pequeña, demasiado cerrada. Dormía en la sala con todas las luces encendidas. Sara se quedaba despierta con ella. hablando, viendo películas, haciendo cualquier cosa para distraerla de los recuerdos. Gradualmente, muy gradualmente, Elizabeth comenzó a sanar.
Aprendió técnicas de respiración para controlar sus ataques de pánico. Comenzó a escribir en un diario sobre su experiencia. Su terapeuta le dijo que poner las palabras en papel ayudaría a procesar el trauma. Elizabeth escribió cientos de páginas sobre los tres meses en la cueva, sobre el miedo, el hambre, la sed, la oscuridad, pero también sobre las conversaciones con el profesor Méndez, sobre su amabilidad, sobre su sacrificio.
6 meses después del rescate, Elizabeth tomó una decisión. Quería regresar a la escuela. Quería terminar su preparatoria, quería seguir con su vida. Sara estaba preocupada de que fuera demasiado pronto, pero Elizabeth estaba decidida. “El profesor Méndez me salvó para que pudiera vivir”, dijo. “No voy a desperdiciar ese regalo quedándome encerrada en casa con miedo.
” Regresar a la preparatoria fue difícil. Sus compañeros la miraban con una mezcla de admiración y lástima. Algunos no sabían qué decirle. Otros le hacían preguntas constantemente sobre la cueva. Elizabeth aprendió a establecer límites. Agradeció el apoyo, pero también necesitaba privacidad. Necesitaba ser más que solo la chica que sobrevivió.
Un año después del rescate, Elizabeth se graduó de la preparatoria. Fue un momento emotivo. Durante la ceremonia, la escuela dedicó un memorial al profesor Carlos Méndez, una placa con su nombre y las palabras. Un maestro que dio su vida para salvar a una estudiante, un héroe que nunca será olvidado.
Elizabeth habló en la ceremonia compartiendo su gratitud por el profesor que la había salvado y su determinación de vivir una vida que honrara su sacrificio. Elizabeth decidió estudiar comunicación visual en la universidad como siempre había soñado, pero ahora tenía un propósito adicional. quería usar sus habilidades fotográficas para documentar historias de supervivencia y resiliencia.
Quería darle voz a personas que habían pasado por experiencias traumáticas. Quería que su experiencia sirviera para algo positivo. Dos años después del rescate, Elizabeth y Sara regresaron a Benito Juárez. Fue un viaje difícil, pero necesario. Elizabeth necesitaba ver el lugar donde todo había pasado. Necesitaba confrontar sus miedos. Caminaron hasta el área donde estaba la cueva.
El agujero había sido sellado por seguridad, pero había un pequeño memorial cerca. Flores que la gente había dejado, fotos del profesor Méndez, mensajes de esperanza. Elizabeth se arrodilló frente al memorial. “Gracias, profesor”, susurró. “Gracias por no rendirse conmigo. Gracias por mantenerme viva. Prometo vivir bien. Prometo hacer que su sacrificio valga la pena.
Sara se arrodilló junto a ella y ambas lloraron. Pero estas lágrimas eran diferentes, no eran solo de dolor, también eran de gratitud. Gratitud por la segunda oportunidad, gratitud por el héroe que la había hecho posible.















