En el verano de 1983, la familia Hernández visitó el popular parque de diversiones La Feria de Guadalajara para celebrar el séptimo cumpleaños de su hijo menor, Miguel. Durante la tarde llena de juegos y risas, el pequeño desapareció misteriosamente entre la multitud. Durante una década, la familia vivió con la angustia de no saber qué había pasado con su hijo. En 1993, 10 años después, la policía de Jalisco hizo un descubrimiento impactante que finalmente revelaría la terrible verdad sobre el destino de Miguel y cambiaría para siempre la vida de quienes lo conocieron.
Era un sábado caluroso del mes de julio de 1983 en Guadalajara, Jalisco. El sol brillaba intensamente sobre la ciudad, creando ondas de calor que danzaban sobre el pavimento de las calles principales. Las familias mexicanas aprovechaban el fin de semana para salir de sus casas y buscar entretenimiento en los lugares más populares de la ciudad. El aire olía a tacos de carnitas, elotes servidos y algodón de azúcar que vendían los comerciantes ambulantes por toda la metrópoliatía. La familia Hernández había esperado este día durante semanas.
Carmen Hernández, una mujer de 32 años con cabello negro recogido en una cola de caballo, trabajaba como secretaria en una oficina gubernamental del centro de Guadalajara. Su esposo, Roberto Hernández, de 35 años, era mecánico automotriz en un taller familiar que había heredado de su padre. Tenían tres hijos, María Elena de 12 años, Carlos de 9 y Miguel, quien ese día cumplía exactamente 7 años de edad. Miguel era un niño especialmente alegre y curioso. Tenía el cabello castaño claro, ojos grandes y expresivos de color café y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación donde entrara.
Le encantaba hacer preguntas sobre todo lo que veía, desde cómo funcionaban los autos por qué el cielo era azul. Sus padres siempre decían que Miguel tenía la curiosidad de un científico y la energía de 10 niños juntos. En la escuela primaria Benito Juárez, donde cursaba el segundo grado, todos los maestros lo conocían por su personalidad amigable y su capacidad para hacer reír a sus compañeros de clase. La familia vivía en una casa modesta de dos recámaras en la colonia americana, una zona de clase trabajadora donde todos los vecinos se conocían entre sí.
Carmen había ahorrado peso por peso durante meses para poder llevar a sus hijos al parque de diversiones más grande y famoso de Guadalajara. La feria. Este lugar era considerado el destino de entretenimiento más importante de todo el estado de Jalisco, con juegos mecánicos que habían llegado directamente desde Estados Unidos y Europa. Esa mañana del sábado, Carmen despertó temprano para preparar el desayuno especial de cumpleaños de Miguel. hizo susilaquiles favoritos con salsa verde, frijoles refritos y chocolate caliente con canela.

Roberto había conseguido el día libre en el taller, algo que casi nunca pasaba durante los fines de semana. Los niños estaban emocionados porque finalmente conocerían la feria, ese lugar mágico del cual habían escuchado hablar a todos sus amigos de la escuela. Alrededor de las 10 de la mañana, la familia abordó el autobús urbano que los llevaría desde su colonia hasta el centro de la ciudad, donde estaba ubicado el famoso parque de diversiones. El viaje duró aproximadamente 45 minutos, tiempo durante el cual Miguel no dejó de hacer preguntas sobre los juegos que vería y las atracciones que podría disfrutar.
Sus hermanos mayores, María Elena y Carlos, también estaban emocionados, pero trataban de mantener una actitud más madura y tranquila. Cuando llegaron a la feria alrededor de las 11 de la mañana, Miguel quedó completamente maravillado. Sus ojos se abrieron enormemente al ver la rueda de la fortuna gigante que se alzaba hacia el cielo, las montañas rusas que parecían tocar las nubes y todos los colores brillantes que decoraban cada atracción. El sonido de la música de los juegos mecánicos se mezclaba con las risas de las familias y los gritos de emoción de los niños que disfrutaban las atracciones más emocionantes.
Roberto compró los boletos de entrada para toda la familia en la taquilla principal. El costo total fue de 500 pesos, una cantidad significativa para el presupuesto familiar, pero que consideraban justificada para celebrar el cumpleaños de Miguel de manera especial. Carmen llevaba en su bolsa de mano algunos sándwiches que había preparado en casa, así como una botella de agua y refrescos para toda la familia. Durante las primeras dos horas, la familia Hernández disfrutó junta de varios juegos mecánicos apropiados para niños.
Miguel montó en los caballitos del carrusel tradicional, gritando de alegría mientras su caballo subía y bajaba al ritmo de la música de circo. Después probaron los carritos chocones donde Roberto ayudaba a Miguel a manejar el volante mientras chocaban suavemente contra los carros de María Elena y Carlos, quienes competían entre ellos para ver quién era mejor conductor. Alrededor de la 1 de la tarde, la familia decidió tomar un descanso para almorzar. Se sentaron en una de las mesas de picnic que estaban ubicadas cerca de la zona de comida del parque.
Carmen sirvió los sándwiches que había traído de casa mientras Roberto fue a comprar refrescos para todos. Los niños estaban cansados, pero felices, platicando animadamente sobre cuáles juegos querían probar durante la tarde. Después del almuerzo, María Elena y Carlos pidieron permiso para ir solos a probar algunos juegos más emocionantes que estaban diseñados para niños mayores. Sus padres aceptaron, pero establecieron reglas claras. Debían permanecer juntos todo el tiempo y regresar a la mesa donde estaban sus padres en exactamente una hora.
Miguel, por ser el más pequeño, se quedaría con Carmen y Roberto para seguir disfrutando de las atracciones más tranquilas. Durante la siguiente hora, Miguel disfrutó de varios juegos más. Subió a la rueda de la fortuna pequeña junto con sus padres, desde donde podía ver toda la ciudad de Guadalajara extendiéndose hacia el horizonte. También jugó en el área de juegos inflables, donde saltó y corrió con otros niños de su edad, mientras sus padres lo observaban desde las bancas cercanas.
Eran aproximadamente las 3:30 de la tarde cuando ocurrió algo que cambiaría para siempre, la vida de la familia Hernández. Roberto había ido al baño, que estaba ubicado a unos 50 m de donde estaban sentados. Carmen estaba cuidando las pertenencias de la familia y observando a Miguel, quien jugaba en un pequeño laberinto de espejos que estaba diseñado especialmente para niños pequeños. El laberinto de espejos era una atracción muy popular entre los niños menores de 10 años. consistía en un área cerrada con paredes de espejos que creaban múltiples reflejos y confundían a quienes entraban, creando un juego divertido donde los niños debían encontrar la salida correcta.
La entrada y la salida estaban claramente marcadas y normalmente los niños tardaban entre 5 y 10 minutos en recorrer todo el laberinto. Carmen observó a Miguel entrar al laberinto junto con otros tres niños de edades similares. Podía escuchar sus risas y gritos de diversión mientras exploraban los diferentes caminos entre los espejos. Después de unos minutos vio salir a los otros tres niños, quienes corrieron hacia sus respectivas familias. Carmen esperó algunos minutos más, pensando que Miguel tal vez había decidido recorrer el laberinto una segunda vez, algo que era común entre los niños que disfrutaban especialmente de esta atracción.
Cuando habían pasado 15 minutos y Miguel no había salido del laberinto, Carmen comenzó a preocuparse. Se acercó a la entrada y gritó el nombre de su hijo, pero no recibió respuesta. Pidió ayuda al empleado que operaba la atracción, un joven de aproximadamente 20 años llamado Raúl, quien inmediatamente entró al laberinto para buscar al niño. Después de revisar cada rincón y espacio posible dentro de la atracción, Raúl confirmó que no había nadie adentro. En ese momento regresó Roberto del baño y encontró a Carmen extremadamente angustiada, explicándole lo que había pasado.
Inmediatamente comenzaron a buscar a Miguel por todo el parque, gritando su nombre y preguntando a otras familias si habían visto a un niño de 7 años con cabello castaño y una playera roja con rayas azules. María Elena y Carlos también se unieron a la búsqueda cuando regresaron de sus juegos mecánicos. La administración del parque de diversiones fue notificada inmediatamente. El gerente general, el señor Eduardo Morales, un hombre de 50 años con experiencia en manejo de crisis, activó todos los protocolos de emergencia.
Se cerraron todas las salidas del parque para evitar que alguien pudiera sacar al niño del área. Se hizo un anuncio por el sistema de altavoces pidiendo que Miguel Hernández se reportara en la oficina administrativa y se movilizó a todo el personal de seguridad para realizar una búsqueda sistemática en cada área del parque. A las 5 de la tarde, cuando habían transcurrido una hora y media desde la desaparición, la familia Hernández decidió llamar a la policía. En 1983, los procedimientos policiales en México para casos de personas desaparecidas eran diferentes a los actuales.
No existía la regla de esperar 24 horas para reportar una desaparición cuando se trataba de menores de edad, pero los recursos tecnológicos y de comunicación eran mucho más limitados. El comandante de la policía de Guadalajara, José Luis Ramírez, llegó al parque junto con seis agentes uniformados. Inmediatamente establecieron un perímetro de seguridad y comenzaron a entrevistar a todos los empleados del parque, especialmente a aquellos que trabajaban cerca del laberinto de espejos. También interrogaron a las familias que habían estado en el área durante las horas previas a la desaparición, buscando cualquier información que pudiera ser útil para encontrar a Miguel.
Durante las siguientes 4 horas, más de 50 policías y bomberos de Guadalajara participaron en la búsqueda. Revisaron cada atracción, cada área de almacenamiento, cada oficina y cada rincón posible dentro del parque de diversiones. También establecieron puntos de control en las estaciones de autobuses cercanas y en las principales avenidas que rodeaban la feria. Desafortunadamente, cuando llegó la medianoche, no habían encontrado ninguna pista sobre el paradero de Miguel. La noticia de la desaparición del niño comenzó a extenderse rápidamente por toda la ciudad de Guadalajara.
En 1983 la comunicación se realizaba principalmente a través de la radio, la televisión y los periódicos locales. La estación de radio más popular de Jalisco, Radio Tapatía, comenzó a transmitir boletines informativos cada hora solicitando la colaboración de la ciudadanía para encontrar a Miguel Hernández. Si te está gustando este caso, suscríbete al canal y activa la campana de notificaciones para escuchar más casos como este. Los medios de comunicación describían a Miguel como un niño de 7 años con cabello castaño claro, ojos cafés, de aproximadamente 1,10 de estatura, que vestía una playera roja con rayas azules, pantalón de mezclilla azul y tenis blancos marca Convers.
La familia proporcionó a la policía una fotografía reciente que habían tomado durante una reunión familiar el mes anterior, en la cual Miguel aparecía sonriendo junto a sus hermanos en el patio de su casa. Durante la primera semana después de la desaparición, la investigación se concentró en varias teorías principales. La primera teoría sugería que Miguel había logrado salir del parque sin ser detectado y se había perdido en las calles de Guadalajara. Esta hipótesis llevó a la policía a organizar búsquedas en parques, lotes valdíos, construcciones abandonadas y áreas residenciales en un radio de 10 km alrededor de la feria.
La segunda teoría, mucho más preocupante para la familia, sugería que alguien había secuestrado a Miguel. En los años 80, México enfrentaba un aumento en los casos de secuestro, especialmente en las grandes ciudades como Guadalajara. Ciudad de México y Monterrey. Aunque la familia Hernández no tenía recursos económicos significativos, la policía no descartaba la posibilidad de que alguien hubiera confundido al niño con el hijo de una familia adinerada. La tercera teoría planteaba que algún empleado del parque podría estar involucrado en la desaparición.
Esta línea de investigación llevó a los detectives a realizar entrevistas exhaustivas con todos los trabajadores de la feria, desde los operadores de juegos mecánicos hasta el personal de limpieza y seguridad. Se verificaron los antecedentes criminales de cada empleado y se investigaron sus actividades durante el día de la desaparición. El detective principal del caso era un hombre llamado Alejandro Moreno, quien tenía 15 años de experiencia. Investigando crímenes en Jalisco. El detective Moreno se caracterizaba por su meticulosidad y su dedicación completa a cada caso que le asignaban.
Había resuelto varios casos complicados de secuestro durante su carrera, pero la desaparición de Miguel Hernández presentaba desafíos únicos debido a la falta de testigos directos y la ausencia de evidencia física en la escena. Durante el primer mes de investigación, la policía recibió más de 200 llamadas de ciudadanos que creían haber visto a Miguel en diferentes partes de la ciudad. Cada una de estas pistas fue investigada minuciosamente, pero ninguna condujo al paradero del niño. Algunas personas reportaron haber visto a un niño similar en mercados, parques públicos, estaciones de autobuses y centros comerciales.
Pero cuando los investigadores llegaban a verificar la información, descubrían que se trataba de otros niños o de falsas alarmas. La familia Hernández vivía en una angustia constante. Carmen tuvo que tomar una licencia indefinida de su trabajo porque no podía concentrarse en sus responsabilidades laborales. Roberto continuó trabajando en el taller mecánico, pero sus compañeros notaron que su rendimiento había disminuido significativamente y que frecuentemente se quedaba mirando al vacío, perdido en sus pensamientos sobre su hijo desaparecido. María Elena y Carlos también sufrieron enormemente por la ausencia de su hermano menor.
En la escuela, sus calificaciones bajaron considerablemente y sus maestros reportaron cambios drásticos en su comportamiento. María Elena, quien antes era una estudiante alegre y sociable, se volvió callada y retraída. Carlos comenzó a tener pesadillas frecuentes y se despertaba llorando en las madrugadas. preguntando cuándo regresaría Miguel a casa. Los vecinos de la colonia americana organizaron grupos de búsqueda voluntarios durante los fines de semana. Familias enteras participaban en estas actividades recorriendo colonias lejanas, distribuyendo fotografías de Miguel y preguntando en tiendas, restaurantes y otros establecimientos comerciales si alguien había visto al niño desaparecido.
La solidaridad de la comunidad fue extraordinaria, pero después de varios meses, estos esfuerzos voluntarios comenzaron a disminuir gradualmente. A medida que pasaban los meses, la investigación policial empezó a enfrentar limitaciones significativas. En 1983, las técnicas forenses y de investigación criminal en México no contaban con la tecnología avanzada que existe actualmente. No había bases de datos computarizadas para comparar información entre diferentes estados del país. No existían sistemas de videovigilancia en lugares públicos y la comunicación entre diferentes corporaciones policiales era mucho más lenta y complicada.
El detective Moreno exploró la posibilidad de que Miguel hubiera sido trasladado a otro estado de México o incluso a Estados Unidos. Durante los años 80 existían redes de tráfico de menores que operaban entre México y el país vecino del norte. Sin embargo, investigar estas conexiones requería coordinar esfuerzos con autoridades federales y estadounidenses, un proceso que podía tomar meses o incluso años. Después de 6 meses de investigación intensiva, el caso comenzó a enfriarse gradualmente. Aunque la policía de Guadalajara nunca cerró oficialmente el expediente, los recursos asignados al caso se redujeron considerablemente.
El detective Moreno fue asignado a otros casos urgentes, pero prometió a la familia Hernández que continuaría revisando cualquier nueva información que surgiera sobre Miguel. Durante los siguientes años, la familia Hernández aprendió a vivir con la incertidumbre y el dolor de no saber qué había pasado con Miguel. Carmen regresó a su trabajo en la oficina gubernamental después de un año, pero nunca fue la misma persona alegre y optimista que había sido antes. Roberto siguió trabajando en el taller mecánico, pero durante los momentos tranquilos del día, su mente siempre regresaba a las preguntas sin respuesta sobre su hijo desaparecido.
María Elena y Carlos crecieron llevando siempre en sus corazones el recuerdo de su hermano menor. Cuando cumplieron la mayoría de edad, ambos decidieron estudiar carreras relacionadas con la justicia y la ayuda social. María Elena se convirtió en trabajadora social, especializándose en casos de niños desaparecidos y abuso infantil. Carlos estudió criminología y eventualmente se unió a la policía del estado de Jalisco con la esperanza de poder ayudar a otras familias que pasaran por situaciones similares a la suya.
Los años pasaron lentamente para la familia Hernández. Cada cumpleaños de Miguel era una fecha especialmente dolorosa. Carmen siempre preparaba un pastel pequeño y prendía siete velas, la misma edad que tenía su hijo cuando desapareció. La familia nunca dejó de esperar que algún día Miguel regresara a casa o que al menos recibieran noticias sobre lo que había pasado con él. En 1990, 7 años después de la desaparición, el detective Moreno se jubiló de la policía de Guadalajara. Antes de dejar su cargo, hizo una revisión completa del caso de Miguel Hernández, pero no encontró nuevas pistas que pudieran reabrir la investigación de manera productiva.
Su sucesor, el detective Ricardo Sánchez, heredó el expediente junto con docenas de otros casos sin resolver de años anteriores. El detective Sánchez era un investigador más joven con formación moderna en técnicas de investigación criminal. Había estudiado en la Academia Nacional de Policía en Ciudad de México y tenía conocimientos actualizados sobre métodos forenses y análisis de evidencia. Aunque tenía muchos casos activos que requerían su atención inmediata, ocasionalmente revisaba los expedientes de casos antiguos sin resolver, buscando conexiones que sus predecesores pudieran haber pasado por alto.
En marzo de 1993, exactamente 10 años después de la desaparición de Miguel, un evento completamente inesperado cambiaría para siempre el curso de la investigación. Un grupo de trabajadores municipales de Guadalajara estaba realizando labores de mantenimiento en el sistema de drenaje pluvial que pasaba por debajo del antiguo terreno donde había estado ubicado la feria. El parque de diversiones había cerrado sus operaciones en 1988 debido a problemas financieros y el terreno había sido vendido a una compañía de desarrollo inmobiliario.
Los trabajadores municipales, dirigidos por el supervisor de obras públicas, Manuel Guerrero, estaban limpiando una sección del drenaje que se había obstruido durante las lluvias del invierno anterior. Mientras removían escombros y basura acumulada, uno de los trabajadores llamado Esteban López notó algo inusual entre los desechos. Era un pequeño trozo de tela roja que parecía estar atrapado entre las barras de metal de una rejilla de drenaje. Inicialmente, Esteban no pensó que el trozo de tela fuera importante. Sin embargo, cuando lo examinó más de cerca, se dio cuenta de que parecía ser parte de una prenda de vestir infantil y que tenía un patrón de rayas azules.
Algo en su instinto le dijo que debía reportar este hallazgo a las autoridades, especialmente considerando que estaban trabajando en el área donde anteriormente había estado el parque de diversiones la feria. El supervisor guerrero decidió llamar a la policía municipal para reportar el hallazgo. Cuando llegaron los agentes, examinaron el trozo de tela y decidieron contactar al detective Sánchez, quien había heredado varios casos sin resolver de la zona. El detective llegó al sitio aproximadamente una hora después e inmediatamente reconoció la posible importancia del hallazgo.
El detective Sánchez ordenó que se suspendieran los trabajos de mantenimiento y solicitó la presencia de un equipo forense para examinar exhaustivamente toda la zona de drenaje. También pidió que se trajera el expediente completo del caso de Miguel Hernández, incluyendo todas las fotografías y descripciones de la ropa que vestía el niño el día de su desaparición. Cuando el detective revisó los archivos del caso, confirmó que la descripción de la ropa de Miguel coincidía exactamente con las características del trozo de tela encontrado, una playera roja con rayas azules.
Esta coincidencia era demasiado específica para ser casual, especialmente considerando que el hallazgo había ocurrido exactamente en el área donde había estado ubicado el parque de diversiones. Durante los siguientes tres días, un equipo especializado de la policía científica de Jalisco realizó una excavación meticulosa en toda la sección del sistema de drenaje. Utilizaron herramientas especializadas y técnicas forenses avanzadas para buscar cualquier evidencia adicional que pudiera estar relacionada con la desaparición de Miguel. El trabajo era extremadamente delicado porque cualquier evidencia que hubiera permanecido en el lugar durante 10 años estaría en condiciones muy frágiles.
El segundo día de excavación, los investigadores hicieron un descubrimiento que confirmaría sus peores temores. A aproximadamente 2 metros de profundidad encontraron restos óse humanos de tamaño pequeño, así como fragmentos adicionales de ropa infantil, incluyendo un zapato tenis blanco marca Conbers, que coincidía con la descripción que había proporcionado la familia Hernández 10 años antes. El detective Sánchez inmediatamente contactó al médico forense del estado de Jalisco, el Dr. Fernando Villanueva, quien se especializaba en antropología forense. El Dr. Villanueva examinó los restos encontrados y confirmó que pertenecían a un niño de aproximadamente 7 años de edad.
Aunque las técnicas de identificación de ADN no estaban ampliamente disponibles en México durante 1993, el análisis dental y las características físicas de los restos eran consistentes con la descripción de Miguel Hernández. Antes de contactar a la familia Hernández con esta terrible noticia, el detective Sánchez decidió investigar cómo habían llegado los restos hasta esa ubicación en el sistema de drenaje. La teoría más probable era que el crimen había ocurrido en algún lugar del parque de diversiones y que posteriormente el cuerpo había sido ocultado en una zona que eventualmente había sido conectada con el sistema de drenaje pluvial.
Si te está gustando este caso, suscríbete al canal y activa la campana de notificaciones para escuchar más casos como este. La investigación reveló que durante la construcción original de la feria en los años 70 se había modificado significativamente el sistema de drenaje del área para acomodar las nuevas atracciones y edificaciones. Esto había creado varias áreas subterráneas y túneles de acceso que no estaban claramente documentados en los planos oficiales del parque. Estas áreas ocultas podrían haber sido utilizadas por el perpetrador para esconder evidencia del crimen.
El detective Sánchez también revisó nuevamente los expedientes de todos los empleados que habían trabajado en la feria durante 1983. Uno de los nombres que llamó su atención era el de un hombre llamado Julián Herrera, quien había trabajado como empleado de mantenimiento en el parque y había sido despedido aproximadamente dos meses después de la desaparición de Miguel por problemas de conducta y ausentismo laboral. Cuando los investigadores trataron de localizar a Julián Herrera, descubrieron que había abandonado Guadalajara poco después de ser despedido de la feria y que no había dejado una dirección de contacto.
Sin embargo, a través de registros del Seguro Social Mexicano, lograron rastrear que había trabajado esporádicamente en diferentes ciudades de México durante los años siguientes, siempre en empleos temporales y de corta duración. En abril de 1993, la policía de Jalisco finalmente localizó a Julián Herrera viviendo en la ciudad de León, Guanajuato, donde trabajaba como vigilante nocturno en una fábrica textil. Herrera era ahora un hombre de 42 años, soltero, sin familia conocida y con un historial de problemas de alcoholismo y comportamiento antisocial.
Cuando los detectives llegaron a arrestar a Herrera, encontraron que vivía en condiciones muy precarias en un cuarto de azotea en una zona marginal de León. Su comportamiento, cuando fue arrestado era nervioso y evasivo, especialmente cuando los investigadores le mencionaron que querían interrogarlo sobre eventos que habían ocurrido 10 años antes en Guadalajara. Durante el interrogatorio inicial, Herrera negó cualquier conocimiento sobre la desaparición de Miguel Hernández. Sin embargo, cuando los detectives le presentaron evidencia sobre su empleo en la feria y las circunstancias de su despido, comenzó a mostrar signos de extrema ansiedad y estrés.
El detective Sánchez, quien tenía experiencia interrogando sospechosos, notó que Herrera evitaba hacer contacto visual y que sus respuestas se volvían cada vez más contradictorias. Después de 6 horas de interrogatorio con varias pausas para que Herrera consultara con un abogado proporcionado por el Estado, finalmente el sospechoso comenzó a ceder bajo la presión de la evidencia acumulada en su contra. Admitió que recordaba haber visto al niño Miguel el día de su desaparición, pero siguió negando cualquier participación en su muerte.
Sin embargo, cuando los investigadores le explicaron que tenían evidencia forense, que conectaba los restos encontrados con el área donde él había trabajado y que además habían encontrado testigos que lo habían visto actuar de manera sospechosa durante los días posteriores a la desaparición, Herrera finalmente confesó la terrible verdad sobre lo que había pasado con Miguel Hernández. Según la confesión de Herrera, el día de la desaparición, él estaba trabajando en el área de mantenimiento cerca del laberinto de espejos.
Había estado bebiendo alcohol durante su turno de trabajo, algo que hacía frecuentemente y que eventualmente llevó a su despido. Cuando vio a Miguel salir del laberinto de espejos solo y aparentemente confundido, se acercó al niño con intenciones que inicialmente no eran violentas. Herrera confesó que había llevado a Miguel a un área de almacenamiento subterránea que se utilizaba para guardar equipos de mantenimiento y que no era accesible al público general. Según su versión, inicialmente solo quería hablar con el niño, pero cuando Miguel comenzó a llorar y a pedir que lo llevara de regreso con sus padres, Herrera entró en pánico.
El sospechoso admitió que había golpeado al niño para hacerlo callar, pero que no había tenido la intención de matarlo. Sin embargo, los golpes fueron más severos de lo que había calculado. Y Miguel falleció como resultado de las lesiones en la cabeza. Herrera confesó que después de darse cuenta de lo que había hecho, había ocultado el cuerpo en una zona del sistema de drenaje que era accesible desde el área de mantenimiento subterráneo. La confesión de Herrera proporcionó finalmente las respuestas que la familia Hernández había estado buscando durante 10 años.
Sin embargo, estas respuestas trajeron consigo un dolor renovado y la confirmación de sus peores temores sobre el destino de Miguel. El detective Sánchez tuvo la difícil tarea de comunicar estos hallazgos a Carmen y Roberto Hernández, quienes habían mantenido la esperanza durante una década de que su hijo pudiera estar vivo en algún lugar. Cuando la familia recibió la noticia, su reacción fue una mezcla de alivio por finalmente conocer la verdad y de devastación absoluta por la confirmación de que Miguel había muerto de manera tan violenta y sin sentido.
Carmen había soñado durante años con el momento en que Miguel regresara a casa y ahora tenía que aceptar que eso nunca sucedería. El proceso legal contra Julián Herrera comenzó inmediatamente. En México, durante los años 90, los casos de homicidio de menores de edad eran procesados con la máxima severidad que permitía la ley. El Ministerio Público de Jalisco asignó a su fiscal más experimentado para llevar el caso, asegurándose de que no hubiera errores procedimentales que pudieran afectar la condena del acusado.
Durante el juicio que se llevó a cabo entre agosto y octubre de 1993, la defensa de Herrera trató de argumentar que su cliente tenía problemas psicológicos y de alcoholismo que habían afectado su capacidad de juicio el día del crimen. Sin embargo, los peritos psiquiátricos contratados por la fiscalía determinaron que aunque Herrera tenía problemas de personalidad antisocial y adicción al alcohol, era completamente consciente de sus actos y de las consecuencias de los mismos. La familia Hernández asistió a todas las audiencias del juicio, acompañada por María Elena y Carlos, quienes para entonces ya eran jóvenes adultos.
Ver al hombre que había matado a su hermano menor fue extremadamente doloroso para toda la familia, pero también sentían que era importante estar presentes para asegurar que se hiciera justicia por Miguel. Durante el juicio salieron a la luz detalles adicionales sobre la personalidad y el comportamiento de Herrera, que explicaban cómo había sido capaz de cometer un crimen tan terrible. Varios testigos, incluyendo excompañeros de trabajo en la feria, testificaron que Herrera frecuentemente mostraba comportamiento agresivo e inapropiado hacia los visitantes del parque, especialmente hacia los niños.
También se reveló que había sido despedido de empleos anteriores por razones similares. En noviembre de 1993, el juez dictó sentencia contra Julián Herrera. fue declarado culpable de homicidio en primer grado y condenado a 30 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional. Esta sentencia, aunque no podía devolver la vida a Miguel, proporcionó a la familia Hernández una sensación de que finalmente se había hecho justicia por su hijo. Después del juicio, la familia pudo finalmente realizar una ceremonia de despedida apropiada para Miguel.
Los restos del niño fueron sepultados en el cementerio municipal de Guadalajara en una ceremonia a la que asistieron decenas de familiares, amigos y vecinos que habían conocido a Miguel o que habían participado en su búsqueda durante todos esos años. María Elena y Carlos, quienes para entonces ya habían comenzado sus carreras profesionales, establecieron una fundación en memoria de su hermano menor para ayudar a familias de niños desaparecidos. La fundación proporcionaba apoyo psicológico, asesoría legal y recursos para la búsqueda de menores desaparecidos en todo el estado de Jalisco.
Carmen y Roberto, aunque nunca se recuperaron completamente del trauma de perder a Miguel de manera tan violenta, encontraron algún consuelo en saber que su experiencia podía ayudar a otras familias que enfrentaran situaciones similares. Carmen se convirtió en vocera de la fundación, compartiendo su historia en escuelas y organizaciones comunitarias para crear conciencia sobre la seguridad de los menores en lugares públicos. El caso de Miguel Hernández también llevó a cambios importantes en las medidas de seguridad, en parques de diversiones y otros lugares de entretenimiento familiar.
En México se establecieron protocolos más estrictos para el monitoreo de niños en áreas de juego. Se implementaron sistemas de identificación temporal para menores y se mejoraron los procedimientos de emergencia en caso de niños perdidos. El detective Sánchez, quien había sido instrumental en resolver el caso después de 10 años, continuó su carrera en la policía de Jalisco, especializándose en casos de personas desaparecidas. Su trabajo, en el caso de Miguel Hernández lo motivó a desarrollar nuevas técnicas de investigación y a establecer mejores sistemas de comunicación entre diferentes corporaciones policiales para agilizar la búsqueda de personas desaparecidas.
Julián Herrera cumplió su sentencia completa en la prisión estatal de Jalisco. Durante sus años de encarcelamiento, nunca mostró remordimiento genuino por su crimen y mantuvo un comportamiento antisocial que le causó múltiples problemas con otros internos y con las autoridades penitenciarias. Murió en prisión en el año 2015 debido a complicaciones relacionadas con el alcoholismo y problemas hepáticos. Hoy en día, más de 30 años después de aquel terrible día de julio de 1983, podemos encontrar consuelo en saber que el pequeño Miguel finalmente descansa en paz.
Su sufrimiento terminó y ahora está en los brazos amorosos de nuestro Señor, donde no existe dolor ni traición. Para sus seres queridos que continuaron llevando el peso de esta pérdida, hay esperanza en la promesa divina de que algún día se reúnan nuevamente.















