La noche del 24 de diciembre de 2008, en una casa del sector Mitras norte de Monterrey, Nuevo León, una familia celebraba la Navidad como lo había hecho durante años. Había regalos bajo el árbol, tamales recién hechos en la mesa y risas que llenaban cada rincón de la vivienda. Roberto Fuentes, un hombre de 42 años, abrazó a su esposa Laura y le susurró al oído que volvería en 10 minutos.
solo iba a la tienda de la esquina por cigarros. Ese abrazo capturado en la última fotografía que le tomaron esa noche sería la última vez que su familia lo vería con vida. 15 años después, durante la demolición de un antiguo taller mecánico, a menos de 800 m de donde vivían los fuentes, los trabajadores de construcción harían un descubrimiento que transformaría ese abrazo navideño en la pieza central de uno de los casos más perturbadores que Monterrey había visto en décadas.
Lo que encontraron bajo el concreto no solo revelaría qué le sucedió a Roberto aquella noche, sino que expondría una red de complicidad y silencio que había perdurado por tres lustros. ¿Cómo es posible que un hombre desaparezca en un trayecto de 5 minutos en su propio barrio? ¿Qué verdad tan oscura puede ocultarse durante 15 años a menos de un kilómetro de la casa donde su familia lo esperó cada Navidad sin respuesta? Monterrey, capital del estado de Nuevo León.
Era en 2008 una ciudad industrial en transformación. Con casi 4 millones de habitantes en su área metropolitana, la ciudad conocida como la sultana del norte, experimentaba un crecimiento económico sostenido, pero también comenzaba a sentir los efectos de la violencia que azotaba a México en aquellos años.
El sector Mitras Norte, donde vivían los fuentes, era un barrio de clase media trabajadora, con calles arboladas y casas modestas, pero bien cuidadas. Las familias se conocían entre sí, los niños jugaban en las calles y existía esa sensación de comunidad que caracterizaba a los barrios regiomontanos de esa época. Roberto Fuentes había nacido en Monterrey en 1966.
era supervisor de una planta de autopartes ubicada en el parque industrial Santa Catarina. Un trabajo que desempeñaba desde hacía 17 años con dedicación y profesionalismo reconocido. Sus compañeros lo describían como un hombre metódico, puntual hasta el extremo y con una capacidad casi obsesiva para resolver problemas técnicos.

Roberto no era de muchas palabras, pero cuando hablaba la gente escuchaba. Había algo en su forma directa y honesta de comunicarse que generaba respeto. En su vida personal, Roberto era el pilar de su familia. Se había casado con Laura Sánchez en 1991 después de un noviazgo de 3 años que comenzó cuando ambos trabajaban en la misma empresa manufacturera.
Laura, dos años menor que Roberto, había dejado su trabajo cuando nació su primera hija, Daniela, en 1992. El segundo hijo de la pareja, Mateo, llegó en 1996. Para 2008, Daniela tenía 16 años y cursaba el segundo año de preparatoria en una escuela pública del sector, mientras que Mateo, de 12 años, estaba en primer año de secundaria.
La familia Fuentes vivía en una casa de dos plantas en la calle Montes Himalaya, una propiedad que Roberto había comprado con un crédito de Linfonait en 1998. No era una casa grande, pero Roberto la había ido mejorando con los años. Había ampliado la cocina en 2003, instalado un tinaco nuevo en 2006 y ese mismo 2008 había pintado la fachada de un color beige claro que Laura había escogido.
El pequeño jardín frontal era el orgullo de Laura, quien dedicaba sus tardes a cuidar las plantas de bugambilia que trepaban por la reja de herrería. Los vecinos de los fuentes los conocían como una familia unida y reservada. Roberto salía de casa todos los días a las 6 de la mañana para llegar a su trabajo a las 7 y regresaba invariablemente a las 6 de la tarde.
Los fines de semana lo veían lavando su Nissan Tsuru 2005 color blanco o haciendo reparaciones menores en la casa. Laura era más sociable, participaba en las juntas vecinales y mantenía relaciones cordiales con las familias de la cuadra. Los niños eran educados y responsables. Daniela ayudaba a su madre con las tareas domésticas y Mateo era conocido por su habilidad con los videojuegos y su pasión por el fútbol.
Sin embargo, detrás de esa fachada de normalidad existían tensiones que solo la familia más cercana conocía. Roberto fumaba aproximadamente una cajetilla diaria de cigarros Marboro, un hábito que Laura detestaba y que había sido fuente de discusiones constantesdurante años. Vas a morir de cáncer antes de ver a tus hijos graduarse”, le decía Laura con frecuencia, a lo que Roberto respondía con un gruñido y la promesa nunca cumplida de dejar el tabaco.
Este detalle aparentemente trivial cobraría una dimensión trágica en las semanas posteriores al 24 de diciembre de 2008. Además, la situación económica de la familia, aunque estable, había comenzado a mostrar grietas a finales de 2008. La crisis financiera global estaba afectando la industria automotriz y en la planta donde trabajaba Roberto se rumoreaba sobre posibles recortes de personal para el año siguiente.
Roberto nunca habló abiertamente con Laura sobre estas preocupaciones, pero ella notaba como su esposo se quedaba despierto hasta tarde, revisando papeles y haciendo cálculos en una libreta que guardaba en el cajón de su buró. A pesar de estas tensiones subyacentes, la familia Fuentes mantenía sus tradiciones con firmeza, especialmente durante las fiestas de sembrinas.
Cada año, desde que Daniela tenía memoria, pasaban la nochebuena en casa. Laura preparaba tamales de puerco y de rajas, ponche de frutas y su famoso bacalao que había aprendido a cocinar de su madre. Roberto se encargaba de armar el árbol de Navidad el primer domingo de diciembre. Y los niños lo decoraban con los mismos adornos que la familia había acumulado a lo largo de los años.
Había una estrella dorada en la punta del árbol que Roberto había comprado el primer año que pasaron en esa casa, en 1998 y que se había convertido en un símbolo de continuidad para la familia. El 24 de diciembre de 2008 amaneció con un cielo despejado y una temperatura inusualmente fría para Monterrey, alrededor de 8 gr. Roberto se levantó a las 6 de la mañana como siempre, aunque ese día no tenía que ir a trabajar.
La planta había cerrado del 24 al 26 de diciembre, dándoles a los empleados tres días de descanso. Roberto aprovechó la mañana para terminar de arreglar una gotera en el baño de la planta alta, un problema que llevaba semanas posponiendo. Laura escuchaba los golpes del martillo mientras preparaba el desayuno y pensaba, con cierta ironía, que su esposo era incapaz de quedarse quieto incluso en días festivos.
La familia desayunó junta alrededor de las 9 de la mañana. Daniela había llegado tarde la noche anterior de una posada con sus amigas de la escuela y se veía cansada pero animada. Mateo no paraba de hablar sobre el regalo que esperaba recibir, un nuevo videojuego para su PlayStation 2. Roberto escuchaba a sus hijos con una pequeña sonrisa en el rostro.
Esa expresión que Laura había aprendido a reconocer como su forma de mostrar afecto sin palabras. Después del desayuno, Roberto salió a comprar algunas cosas que faltaban para la cena. Laura le había dado una lista escrita a mano, refrescos, hielo, pan dulce y servilletas. Roberto fue al supermercado local, una tienda de autoservicio mediana a 10 cuadras de su casa, y regresó alrededor de las 11 de la mañana con todo lo solicitado, más una bolsa extra de botanas que había comprado por iniciativa propia. para cuando lleguen
tus hermanas”, le dijo a Laura, refiriéndose a las dos hermanas de su esposa que habían prometido pasar por la casa alrededor de las 8 de la noche. La tarde transcurrió con la típica actividad de una nochebuena. Laura cocinaba mientras escuchaba villancicos en la radio. Daniela ayudaba picando verduras y probando el ponche cada 15 minutos para verificar el sabor, como justificaba Entre Risas.
Mateo y Roberto armaban un rompecabezas en la sala, una tradición que padre e hijo mantenían cada Navidad desde que Mateo tenía 6 años. Este año era un rompecabezas de mil piezas con la imagen del cerro de la silla, el símbolo montañoso más reconocible de Monterrey. Alrededor de las 6 de la tarde, cuando el sol ya se había ocultado y las luces navideñas del barrio comenzaban a brillar en la oscuridad, Laura encendió las luces del árbol de Navidad.
Era el momento que marcaba el inicio oficial de la celebración. Los cuatro se sentaron en la sala y Roberto sirvió ponche para todos en las tazas de cerámica que solo usaban en esta época del año. El olor a canela y tejocote llenaba la casa, mezclándose con el aroma de los tamales que se cocían en la vaporera de la cocina.
Cenaron alrededor de las 7:30 y la mesa estaba decorada con un mantel rojo que Laura había abordado años atrás y en el centro había colocado un arreglo de flores artificiales navideñas. Roberto bendijo la mesa como hacía cada año, con una oración corta y sencilla que había aprendido de su padre. comieron con calma conversando sobre temas triviales, las calificaciones de Daniela, el próximo torneo de fútbol de Mateo, los planes de Laura para el año nuevo.
Nadie mencionó las preocupaciones económicas ni los rumores de la planta. Esa noche era para la familia, para la tradición, para mantener viva la ilusiónde que todo estaría bien. Después de la cena, alrededor de las 8:30, procedieron a abrir los regalos. Roberto sacó de debajo del árbol las cajas envueltas en papel brillante que había escondido durante semanas en el closet de su habitación.
Daniela recibió un juego de maquillaje que había estado pidiendo desde noviembre y su rostro se iluminó al abrirlo. Mateo desempacó el videojuego que tanto esperaba, un FIFA 09, y abrazó a su padre con una fuerza que casi lo tira de la silla. Laura recibió un perfume, un Chanel Nome 5 que Roberto había comprado en el centro comercial Plaza Fiesta hacía dos semanas, gastando más de lo que normalmente permitía su presupuesto.
Roberto, por su parte, recibió una cartera nueva de piel que Laura había elegido para reemplazar, la que usaba desde hacía 6 años y que ya estaba completamente desgastada. Era aproximadamente las 9:15 de la noche cuando Roberto se dio cuenta de que se había quedado sin cigarros. Revisó la cajetilla que tenía en el bolsillo de su camisa y encontró solo dos cigarros.
Laura había establecido años atrás una regla estricta: “Nada fumar dentro de la casa”. Roberto respetaba esa regla sin excepción, así que si quería fumar, tenía que salir al jardín o a la calle. Pero dos cigarros no serían suficientes para el resto de la noche, especialmente considerando que las hermanas de Laura llegarían pronto, y su presencia siempre lo ponía ligeramente nervioso, aunque nunca lo admitiría en voz alta.
“Voy a la tiendita por cigarros”, anunció Roberto, poniéndose de pie y buscando las llaves de su coche en el pequeño mueble junto a la puerta principal. Laura lo miró con esa expresión de desaprobación familiar, pero no dijo nada. Daniela y Mateo apenas levantaron la vista de sus regalos. Ahorita van a llegar mis hermanas en cualquier momento”, dijo Laura. “Finalmente, voy y vengo.
” 10 minutos respondió Roberto, poniéndose una chamarra ligera de mezclilla sobre su camisa a cuadros azul y blanca. La temperatura exterior había bajado aún más, probablemente a unos 5 gr C. Antes de salir, Roberto se acercó a Laura. que estaba recogiendo los papeles de regalo del suelo, la abrazó por detrás, rodeando su cintura con sus brazos.
“Feliz Navidad, mi amor”, le susurró al oído. Laura se giró y lo besó brevemente en los labios. “Apúrate, que el ponche se va a enfriar”, le respondió con una sonrisa. Ese abrazo, ese beso, esas palabras cotidianas y sin trascendencia aparente quedarían grabados en la memoria de Laura como cuchillos.
Porque Roberto Fuentes salió de su casa en la calle Montes Himalaya a las 9:23 de la noche del 24 de diciembre de 2008 caminando hacia la tienda de conveniencia ubicada a cinco cuadras de distancia en la esquina con la avenida Eugenio Garzasada. Y nunca, nunca volvió. La tienda a la que Roberto se dirigía era un establecimiento que conocía bien.
Era un local de cadena abierto las 24 horas con un letrero luminoso visible desde varias cuadras de distancia. Roberto había optado por caminar en lugar de tomar su coche, probablemente porque la noche estaba clara y la distancia era corta. Además, había tomado dos copas de vino durante la cena y aunque no estaba ebrio, era el tipo de hombre que prefería no arriesgarse conduciendo después de beber.
Las calles del sector Mitras Norte esa noche presentaban el ambiente típico de una noche buena en Monterrey. Desde las casas se escuchaba música navideña. Algunas familias tenían sus puertas abiertas dejando salir el aroma de la comida y el sonido de las conversaciones. Las luces de Navidad decoraban fachadas y jardines, creando un efecto festivo en el barrio.
El tráfico vehicular era mínimo. La mayoría de las personas estaban en sus casas celebrando. Roberto caminó por la calle Montes Himalaya hasta llegar a la avenida principal. Dos vecinos lo vieron pasar. Don Ramiro Gutiérrez, un hombre de 68 años que vivía tres casas más abajo de los fuentes, estaba fumando en su porche cuando Roberto pasó.
Buenas noches, Roberto. Feliz Navidad, le dijo. Igualmente, don Ramiro, respondió Roberto sin detenerse. Don Ramiro notó que Roberto parecía ir con prisa, con las manos metidas en los bolsillos de su chamarra. Esta breve interacción sería testimoniada después por don Ramiro, quien recordaba claramente la hora porque acababa de checar su reloj.
Eran las 9:25. La segunda persona que vio a Roberto fue Cecilia Ramos. Una mujer de 35 años que regresaba de dejar a sus hijos en casa de sus padres. Cecilia iba conduciendo su auto en dirección contraria a la que caminaba Roberto. Lo reconoció porque sus hijos y los hijos de Roberto iban a la misma escuela.
Hizo sonar su claxon brevemente y agitó la mano en saludo. Roberto levantó la mano en respuesta. Cecilia recordaría después que esto ocurrió aproximadamente a dos cuadras de la tienda alrededor de las 9:27 de la noche. Después de estos dos testimonios, Roberto Fuentes se desvaneció.Simplemente dejó de existir en el mundo visible.
En su casa, Laura continuó con sus actividades. Guardó los regalos, terminó de limpiar la sala y preparó más ponche, anticipando la llegada de sus hermanas. Cuando el reloj marcó las 10 de la noche y Roberto aún no había regresado, sintió una pequeña punzada de irritación. Seguro se encontró con algún conocido y se puso a platicar. Pensó.
Roberto tenía esa costumbre. Era parco en casa, pero cuando se encontraba con viejos amigos en la calle, podía quedarse conversando durante media hora. A las 10:15 las hermanas de Laura llegaron. Claudia y Patricia Sánchez entraron a la casa cargadas de regalos para los sobrinos y una charola de galletas navideñas que habían horneado esa tarde.
“¿Y Roberto?”, preguntó Claudia al no verlo en la sala. “Fue por cigarros, ya no tarda”, respondió Laura, aunque en su voz había una nota de incertidumbre que no pasó desapercibida para sus hermanas. Pasaron 15 minutos más, media hora. A las 11 de la noche, Laura ya no podía ocultar su preocupación. Intentó llamar al celular de Roberto, pero el teléfono sonaba y sonaba sin que nadie contestara.
Esto era extraño. Roberto siempre contestaba el teléfono. Era casi obsesivo con estar localizable. Laura llamó cinco veces consecutivas. En la quinta llamada, el teléfono fue directamente a buzón de voz, como si se hubiera apagado o quedado sin batería. Voy a buscarlo”, dijo Laura tomando las llaves del coche de Roberto.
Sus hermanas intentaron calmarla sugiriendo que tal vez Roberto había tenido un problema con el auto o se había encontrado con algún vecino. “Fue caminando,” respondió Laura, y el tono de su voz hizo que Claudia se pusiera de pie inmediatamente. “¡Vamos juntas”, dijo. Laura y Claudia recorrieron en el coche las cinco cuadras hasta la tienda.
El trayecto tomó menos de 3 minutos. Cuando llegaron, estacionaron en el pequeño aparcamiento del establecimiento y entraron. El empleado de turno, un joven de unos 22 años llamado Sergio, estaba detrás del mostrador viendo la televisión. Laura le preguntó si había visto a un hombre de su descripción, 42 años, aproximadamente 1,70 de estatura, complexión media, cabello corto y oscuro, con una chamarra de mezclilla azul.
Sergio pensó por un momento y negó con la cabeza. No, señora, en las últimas dos horas solo han venido tres clientes y todos eran jóvenes. Laura sintió que el piso se movía bajo sus pies. ¿Estás seguro? Insistió Sergio. Asintió completamente. Ha estado muy tranquilo esta noche. La mayoría de la gente está en su casa. Laura y Claudia volvieron al coche y recorrieron las calles aledañas.
Buscaron en cada esquina, en cada local abierto, preguntaron a cada persona que encontraron caminando. Nadie había visto a Roberto. Era como si se hubiera evaporado en el aire frío de la noche navideña. A las 12:30 de la madrugada, ya en la madrugada del 25 de diciembre, Laura llamó a la policía municipal.
La operadora que atendió la llamada tomó los datos con una eficiencia mecánica que a Laura le pareció insultante. Señora, tiene que esperar 24 horas para reportar a un adulto como desaparecido. Probablemente su esposo está celebrando con amigos. Y Laura interrumpió con voz firme. Mi esposo no es de esos.
Algo le pasó. La operadora, quizás sensibilizada por el tono de desesperación en la voz de Laura, o quizás simplemente siguiendo protocolo, dijo que enviaría una patrulla a la casa para tomar el reporte. Media hora después, dos oficiales se presentaron en la casa de los fuentes. Uno de ellos, un hombre de unos 40 años con bigote espeso llamado Agente Delgado, hizo las preguntas de rutina mientras su compañero, más joven, tomaba notas.
¿Cuándo fue la última vez que vio a su esposo? A las 9:23 de la noche. ¿Qué vestía? Pantalón de mezclilla azul, camisa a cuadros azul y blanca, chamarra de mezclilla, zapatos deportivos negros. ¿A dónde dijo que iba? A comprar cigarros a la tienda. ¿Habían discutido? No. Su esposo tiene problemas económicos de drogas, de alcohol. No, no, no.
¿Alguna razón por la que quisiera desaparecer? Ninguna. El agente delgado explicó el procedimiento. Emitirían una alerta, circularían la descripción a otras patrullas, revisarían hospitales y el servicio médico forense por si hubiera habido algún accidente. Pero agregó con una honestidad brutal. En fechas como esta, con la cantidad de gente en las calles y las celebraciones, era difícil rastrear a alguien específicamente.
Dele tiempo, señora. La mayoría de estos casos se resuelven solos cuando la persona aparece al día siguiente, pero Roberto no apareció al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Los primeros días fueron un torbellino de actividad desesperada. Laura, con la ayuda de sus hermanas y algunos vecinos, imprimió cientos de volantes con la fotografía de Roberto y una descripción detallada.
Pegaron estos volantes en postes, en comercios, enparadas de autobús. Contactaron a todos los conocidos de Roberto, sus compañeros de trabajo, viejos amigos de la escuela, familiares lejanos. Nadie sabía nada. Roberto simplemente había desaparecido. La policía municipal realizó una investigación básica. Revisaron grabaciones de cámaras de seguridad de negocios en la ruta que Roberto debió haber tomado, pero muchas de esas cámaras estaban apagadas o no funcionaban.
Lograron conseguir material de una gasolinera ubicada a una cuadra de la tienda donde Roberto supuestamente se dirigía. En esa grabación con time stamp de 219 horas del 24 de diciembre de 2008, se ve a un hombre que podría ser Roberto caminando por la banqueta. La imagen es borrosa, el ángulo es malo, pero la estatura y la vestimenta coinciden.
Esa es la última evidencia visual que existe de Roberto Fuentes con vida. Los investigadores también revisaron los registros telefónicos de Roberto. Su celular, un Nokia básico, había dejado de emitir señal a las 21:31 horas, aproximadamente a dos cuadras de su destino. El último pin de la torre celular ubicaba el teléfono en movimiento, como si Roberto todavía estuviera caminando.
Y entonces nada, el teléfono se apagó o la batería murió. Cuando Laura revisó las llamadas entrantes y salientes de los días previos, no encontró nada inusual. Llamadas a la planta, algún mensaje de texto a La aura, una llamada al mecánico sobre un problema menor con el coche. Todo absolutamente normal. La cuenta bancaria de Roberto no mostró movimientos después del 24 de diciembre.
Su tarjeta de débito nunca volvió a usarse. El cheque de su quincena, que debía depositarse automáticamente el 31 de diciembre, quedó sin retirar en la cuenta que compartía con Laura. Esto eliminaba las teorías de que Roberto hubiera planeado su desaparición o estuviera huyendo de algo. Durante las primeras semanas, Laura se aferró a la esperanza de que Roberto estuviera vivo en algún lugar, quizás con amnesia, quizás secuestrado, pero con posibilidades de ser rescatado.
La familia esperaba una llamada de extorsión, algo que indicara que Roberto estaba vivo y podía ser recuperado a cambio de dinero. Pero esa llamada nunca llegó. Los meses pasaron y la investigación se enfrió. La policía municipal tenía casos más urgentes y el de Roberto se fue archivando en ese limbo de los desaparecidos sin pistas.
No había cuerpo, no había testigos de un crimen, no había motivo aparente. Roberto Fuentes se había convertido en un fantasma, uno más en las estadísticas de personas desaparecidas en México durante esos años violentos. Para 2009, Monterrey estaba experimentando niveles de violencia sin precedentes debido a la guerra entre cárteles del narcotráfico.
La gente desaparecía con frecuencia alante. Algunos eran hallados después víctimas de ejecuciones. Otros nunca aparecían. La teoría más aceptada, aunque nunca comprobada, era que Roberto había tenido la mala fortuna de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, quizás presenciando algo que no debía ver, quizás siendo confundido con alguien más, pero en el fondo nadie sabía realmente qué había pasado y esa incertidumbre era la peor tortura de todas.
Los primeros meses después de la desaparición de Roberto fueron los más difíciles para la familia Fuentes. Laura se hundió en una depresión profunda que la mantenía en cama durante días enteros. Claudia y Patricia prácticamente se mudaron a la casa para cuidar de ella y de los niños. Daniela, con solo 16 años tuvo que madurar de golpe.
Asumió responsabilidades que no le correspondían por edad. cocinar para su hermano menor, mantener la casa en orden, responder a las llamadas de las personas que preguntaban por noticias de su padre. Mateo, por su parte se encerró en sí mismo. El niño, que antes era alegre y platicador se volvió callado y distante.
Sus calificaciones en la escuela cayeron drásticamente. La orientadora escolar llamó a Laura en febrero de 2009, preocupada porque Mateo había empezado a tener episodios de llanto en clase. Laura intentó llevarlo a terapia psicológica, pero el seguro médico de Roberto había caducado con su desaparición y ella no tenía recursos para pagar sesiones privadas de forma sostenida.
La situación económica se convirtió en una crisis adicional. El salario de Roberto había sido el único ingreso estable de la familia. Laura había trabajado años atrás, pero llevaba 16 años sin empleo formal. Su experiencia estaba obsoleta. Sus contactos en el sector manufacturero se habían perdido. Intentó conseguir trabajo en comercios, en tiendas departamentales, en lo que fuera, pero con 40 años y sin experiencia reciente, las oportunidades eran escasas.
Finalmente, en marzo de 2009, consiguió un puesto como cajera en un supermercado, trabajando turnos de 8 horas diarias con un salario apenas superior al mínimo. El dinero no alcanzaba. La hipoteca de la casa seguíacorriendo y Laura se atrasó en los pagos. El banco empezó a enviar avisos de embargo.
Fue Claudia quien rescató la situación prestándole dinero a Laura para ponerse al corriente. Pero esto creó una deuda y una dependencia que Laura sentía como una humillación constante. Ella, que siempre había sido orgullosa de su autonomía, ahora tenía que pedir prestado para lo básico. Las investigaciones policiales continuaron esporádicamente durante el 2009, pero sin resultados.
Cada vez que aparecía un cuerpo no identificado en Monterrey o alrededores, Laura vivía un infierno de espera hasta que confirmaban que no era Roberto. Esto sucedió siete veces en el primer año. En la octava vez, Laura ya no fue personalmente a identificar el cuerpo. Envió una fotografía de Roberto y dejó que las autoridades hicieran la comparación.
No podía seguir sometiéndose a ese trauma. En diciembre de 2009, cuando se acercaba el primer aniversario de la desaparición, Laura tomó una decisión que marcaría el resto de sus Navidades. No habría celebración. El árbol de Navidad se quedó guardado en el closet. No hubo cena especial, no hubo regalos. Laura trabajó en el supermercado durante el turno del 24 de diciembre, cubriendo el horario de compañeras que querían estar con sus familias.
Daniela y Mateo pasaron esa nochebuena en casa de sus tías. Era mejor así, decidió Laura. Mejor el vacío evidente que la farsa de pretender normalidad. Los años pasaron con esa rutina de supervivencia y dolor contenido. Daniela terminó la preparatoria en 2010 y quiso estudiar enfermería en una universidad pública. Fue aceptada, pero las demandas económicas de los materiales, libros y transporte eran demasiado para el presupuesto familiar.
Daniela terminó trabajando en una tienda de ropa mientras tomaba cursos nocturnos de contabilidad. No era lo que había soñado, pero era lo que podía hacer. Mateo mostró señales de recuperación emocional alrededor de 2011 cuando tenía 15 años. Encontró escape en el deporte. Jugaba fútbol en un equipo amateur del barrio y esto le dio una estructura, amigos, un propósito.
Su entrenador, el señor Fernando Castillo, se convirtió en una figura paterna importante para él. Le enseñó disciplina. le dio consejos. Estuvo presente en momentos importantes. Mateo nunca olvidó a su padre, pero aprendió a vivir con ese vacío. Laura, por su parte, construyó una coraza emocional. En el trabajo era eficiente y cortés, pero mantenía distancia con sus compañeros.
No hablaba de su vida personal, rechazaba invitaciones a fiestas o reuniones. El único indicio de su tragedia era que nunca, bajo ninguna circunstancia, compraba cigarros cuando algún cliente los pedía en su caja. “Le toca a otro cajero”, decía secamente, y nadie se atrevía a cuestionar. En 2012, 4 años después de la desaparición, llegó un momento crucial.
El gobierno mexicano, a través de la Procuraduría General de la República, estaba procesando casos de personas desaparecidas durante el periodo de mayor violencia del narco. Un abogado de derechos humanos contactó a Laura, ofreciéndole incluir el caso de Roberto en una demanda colectiva. El proceso era complicado, lento y probablemente inútil, admitió el abogado.
pero al menos mantendría el caso vivo oficialmente. Laura accedió, firmó documentos, dio testimonios, proporcionó todas las evidencias que tenía. Durante meses, el caso de Roberto Fuentes estuvo en revisión. se unió a otros 230 casos similares. La demanda argumentaba negligencia estatal, falta de protección, investigaciones deficientes.
En 2014, el caso fue desestimado por cuestiones técnicas que Laura nunca entendió completamente. El abogado le explicó algo sobre jurisdicciones y plazos, pero para Laura solo significó una cosa, otra puerta cerrada. Fue después de este fracaso legal cuando Laura finalmente aceptó lo que en el fondo sabía desde hacía años.
Roberto estaba muerto. No sabía cómo, ni dónde, ni por qué, pero su esposo no estaba vivo en algún lugar esperando regresar. Esta aceptación no trajo paz, pero sí una forma diferente de dolor. Ya no esperaba que el teléfono sonara con noticias. Ya no miraba a los hombres en la calle buscando el rostro familiar.
El duelo cambió de forma de la agonía de la incertidumbre a la resignación del luto. En 2015, Daniela conoció a un hombre llamado Jorge, un ingeniero mecánico que trabajaba en una empresa de aire acondicionado. Se casaron en 2016 en una ceremonia civil pequeña, íntima. Daniela le pidió a Laura que no vistiera de negro.
Papá no hubiera querido eso dijo. Laura hizo el esfuerzo, usó un vestido azul marino y sonrió en las fotografías. En una de esas fotos, tomada durante el bals, Laura tiene los ojos llenos de lágrimas que se esfuerza en contener. Mateo terminó la preparatoria en 2014 y contra todo pronóstico, obtuvo una beca deportiva para estudiar en una universidad en Saltillo.
Se mudó en 2015para estudiar administración de empresas y jugar en el equipo de fútbol universitario. Laura sintió una mezcla de orgullo y abandono cuando Mateo se fue. La casa se vació. Era solo ella ahora. Volviendo del trabajo a una vivienda donde los recuerdos esperaban en cada esquina. Los vecinos del sector Mitras Norte, que al principio habían mostrado solidaridad y apoyo, eventualmente se olvidaron del caso de Roberto Fuentes. La vida continuó.
Nuevas familias se mudaron al barrio. Los niños que jugaban en las calles en 2008 ya eran adultos jóvenes. El mundo había seguido girando, indiferente al dolor de una familia. Don Ramiro Gutiérrez, el vecino que había visto a Roberto aquella última noche, murió en 2017 de un infarto. En su funeral, Laura pensó que con él se iba uno de los últimos testigos vivos de esa nochebuena.
Cecilia Ramos, la mujer que había saludado a Roberto desde su auto, se mudó a Guadalajara en 2016. Las personas que habían estado allí, que habían visto a Roberto en sus últimos momentos, se dispersaban llevándose fragmentos de memoria que nunca volverían a conectarse. Para el año 2020, 12 años después de la desaparición, el caso de Roberto Fuentes era poco más que un número en los archivos de personas desaparecidas.
Laura había cumplido 52 años. Daniela tenía un hijo de 2 años, un niño que nunca conocería a su abuelo. Mateo se había graduado y trabajaba en una empresa de logística en Querétaro. La familia se había reconfigurado alrededor del vacío que Roberto había dejado. Laura a veces se preguntaba qué habría sido de ellos si Roberto no hubiera desaparecido.
Daniela habría estudiado enfermería. Mateo habría conseguido esa beca. Ella misma habría descubierto esa fuerza que no sabía que tenía. El destino alternativo era imposible de conocer. Pero Laura no podía evitar construir esas ficciones en las noches de insomnio. Lo más difícil para Laura no era el no saber qué había pasado, sino el no poder llorar un cuerpo.
No había tumba donde llevar flores, no había lugar físico donde materializar el duelo. En fechas importantes, el cumpleaños de Roberto, su aniversario de bodas, Laura iba a la iglesia del barrio y encendía una veladora. Era su ritual privado, su forma de mantener viva la memoria. En 2022, 14 años después de la desaparición, Laura finalmente se jubiló del supermercado.
Su salud había empezado a deteriorarse. Sufría de presión alta y diabetes. Daniela insistió en que su madre se fuera a vivir con ella y su familia, pero Laura se negó. Esa casa en la calle Montes Himalaya con todos sus fantasmas era su casa. No podía abandonarla. Alguna parte irracional de ella sentía que sí se iba. Si rompía completamente con ese pasado, Roberto quedaría perdido para siempre.
No solo en el mundo físico, sino también en la memoria. Los días de Laura se volvieron más lentos, más solitarios. se levantaba tarde, preparaba su café, veía televisión, a veces ordenaba cosas de la casa que no necesitaban ser ordenadas. Otras veces simplemente se sentaba en el jardín mirando las bugambilias que seguía cuidando, las mismas plantas que había cuidado cuando Roberto estaba vivo, las mismas que él había visto crecer.
El tiempo había transformado el dolor agudo en una tristeza constante y manejable. Laura había aprendido a vivir con la ausencia, así como se aprende a vivir con cualquier incapacidad permanente. No era felicidad, pero era existencia. Y algunos días eso era suficiente, hasta que el 17 de agosto de 2023 el teléfono de Laura sonó con una llamada que cambiaría todo nuevamente.
En la mañana del 17 de agosto de 2023, una empresa constructora llamada Desarrollos Urbanos del Norte había comenzado la demolición de un antiguo taller mecánico ubicado en la esquina de las calles Montes Cárpatos y avenida Eugenio Garzasada. en el sector Mitras Norte. El taller que había operado desde finales de los años 80 bajo el nombre de Taller Mecánico Rodríguez había cerrado definitivamente en 2018 cuando su dueño, el señor Esteban Rodríguez, falleció a los 78 años de edad.
La propiedad había quedado en litigio entre los herederos hasta que finalmente en 2023 se vendió a la constructora que planeaba demolerlo y construir un pequeño edificio de departamentos. El taller estaba ubicado exactamente a 780 m de la Casa de los Fuentes, en la ruta que Roberto habría tomado aquella noche de 2008 si hubiera continuado caminando más allá de la tienda de conveniencia.
En realidad, el taller estaba dos cuadras después de dicha tienda en la dirección opuesta a la casa de Roberto. No había razón lógica para que Roberto hubiera caminado hasta allí aquella noche. La demolición comenzó a las 8 de la mañana. Un equipo de seis trabajadores supervisados por el ingeniero civil Marcos Benavides empezó derribando las paredes exteriores con una excavadora.
El plan era terminar la demolición en tr días. y comenzar apreparar el terreno para los nuevos cimientos. Era un trabajo rutinario, sin complicaciones previstas. Alrededor de las 11:30 de la mañana, cuando los trabajadores habían derribado aproximadamente la mitad del edificio, uno de ellos, un hombre de 35 años llamado Miguel Ángel Torres, notó algo extraño en el piso de concreto del área que había sido el taller principal.
Había una sección del piso de aproximadamente 2 met²ad donde el concreto parecía más nuevo que el resto. La coloración era ligeramente diferente y cuando Miguel golpeó esa sección con su pico, el sonido era hueco, no sólido como debería ser. Miguel llamó al ingeniero Benavides. Juntos examinaron el área.
Benavides ordenó romper cuidadosamente esa sección del piso. Con martillos neumáticos. Los trabajadores comenzaron a picar el concreto. La capa era más delgada de lo esperado, solo unos 10 cm. Y debajo del concreto había tierra suelta, tierra que claramente había sido removida y rellenada. Fue cuando el olor llegó.
un olor inconfundible que hizo que varios trabajadores retrocedieran cubriendo sus narices. Un olor a descomposición atenuado por el tiempo, pero aún presente. Miguel, que había trabajado en construcción durante 15 años y había visto de todo, supo inmediatamente lo que era. “Aquí hay algo enterrado”, le dijo al ingeniero Benavides.
“Y no es basura.” Benavides detuvo inmediatamente los trabajos y llamó a la policía. A las 12:43 minut, dos patrullas llegaron al sitio. Los oficiales acordonaron el área y contactaron a la Fiscalía General del Estado. A las 2 de la tarde, un equipo de investigación forense estaba en el lugar, comenzando la excavación cuidadosa del área.
Lo que encontraron confirmó los peores temores. A 1,5 de profundidad, envueltos en varios sacos de plástico negro deteriorados por el tiempo, estaban los restos esqueléticos de un ser humano adulto. Los restos estaban en posición fetal, las manos atadas por detrás de la espalda con una cuerda que había resistido la descomposición.
Junto a los restos había fragmentos de tela, un cinturón de cuero con una evilla metálica y lo que parecían ser los restos de zapatos deportivos. El equipo forense trabajó durante 4 horas documentando la escena, fotografiando cada centímetro, recolectando evidencias. Los restos fueron cuidadosamente exhumados y transportados al servicio médico forense para su análisis.
En el sitio se recuperaron también otros objetos, un teléfono celular Nokia completamente corroído, una cartera de piel que milagrosamente había conservado algo de su forma y varios objetos metálicos pequeños, incluyendo llaves. En la noche del 17 de agosto, los medios locales ya estaban reportando el descubrimiento. “Hayan restos humanos en demolición de taller en Mitras norte”, titulaban.
Pero en ese momento nadie había identificado a quién pertenecían esos restos. El trabajo de identificación comenzó al día siguiente. El Dr. Héctor Salinas, médico forense con 30 años de experiencia, examinó los restos. Determinó que pertenecían a un hombre adulto de entre 40 y 50 años al momento de la muerte, de aproximadamente 1,70 de estatura.
La causa de muerte fue evidente. Trauma craneal severo. El cráneo mostraba fracturas consistentes con al menos tres impactos de un objeto contundente. La muerte había sido violenta y probablemente rápida. La estimación temporal de la muerte era más complicada, pero basándose en el estado de descomposición de los restos, la degradación de los materiales sintéticos y otros factores tafonómicos, el Dr.
Salinas estimó que la muerte había ocurrido entre 12 y 18 años atrás. Esto situaba la muerte aproximadamente entre 2005 y 2011. Paralelamente, los investigadores examinaron los objetos recuperados. El teléfono Nokia estaba demasiado dañado para ser encendido, pero los técnicos lograron recuperar el número email grabado en el dispositivo.
Este número fue verificado contra las bases de datos de las compañías telefónicas. El teléfono había estado registrado a nombre de Roberto Fuentes con domicilio en calle Montes y Malaya, sector Mitras Norte. La cartera había conservado parcialmente una identificación de plástico del IMS. El nombre era apenas legible, pero los técnicos lograron reconstruirlo.
Roberto Fuentes. Fecha de nacimiento, 12 de abril de 1966. Las llaves encontradas incluían una llave de casa y una llave de coche. Los investigadores contactaron a la compañía que había emitido el crédito hipotecario de la casa en la calle Montes y Malaya. Las llaves coincidían con las cerraduras originales de esa propiedad, cerraduras que no habían sido cambiadas desde que se instalaron en 1998.
El 18 de agosto por la mañana, la identificación preliminar estaba completa. Los restos, casi con total certeza, pertenecían a Roberto Fuentes, el hombre que había desaparecido la noche del 24 de diciembre de 2008. Fue el inspector Julio Ramírez, asignado alcaso, quien tuvo la tarea de contactar a la familia.
encontró el expediente de la desaparición archivado, pero nunca cerrado oficialmente. Obtuvo el número telefónico de Laura Fuentes. A las 3:20 de la tarde del 18 de agosto de 2023, Laura estaba en su jardín cuando el teléfono sonó. No reconoció el número, pero contestó. Una voz masculina formal. Se identificó como inspector de la Fiscalía General del Estado.
Señora Fuentes, necesitamos que venga a nuestras oficinas. Hemos encontrado restos que creemos podrían ser de su esposo. Laura sintió que las piernas se le doblaban. Se sentó en los escalones del porche. ¿Dónde? Fue todo lo que pudo preguntar. En un taller mecánico en demolición, no muy lejos de su casa, Laura colgó el teléfono y llamó inmediatamente a Daniela.
encontraron a tu padre”, dijo. Y su voz era extraña como si perteneciera a otra persona. Daniela llegó a la casa en menos de 20 minutos. Juntas fueron a las oficinas de la fiscalía. El proceso de identificación final requirió comparaciones de ADN. Laura proporcionó una muestra de su sangre, al igual que Daniela y Mateo, quien tomó el primer autobús desde Querétaro al recibir la noticia.
Los resultados tardarían unos días, pero basándose en las evidencias circunstanciales, los investigadores ya no tenían dudas. El 22 de agosto, los resultados de ADN confirmaron lo que todos ya sabían. Los restos encontrados eran de Roberto Fuentes. Después de 15 años de preguntas sin respuesta, Laura finalmente tenía una respuesta.
Pero esa respuesta solo generaba más preguntas. ¿Cómo había terminado Roberto enterrado en ese taller? ¿Quién lo había matado? ¿Por qué? La investigación formal comenzó, pero ahora era una investigación de homicidio, no solo de persona desaparecida. El inspector Julio Ramírez, un hombre de 53 años con 25 años en la policía investigadora, asumió el caso con una determinación personal.
Había visto demasiados casos de desapariciones quedar sin resolver. Este finalmente tenía un cuerpo, evidencia física, un lugar donde comenzar. Lo primero que hizo Ramírez fue investigar el taller mecánico donde se encontraron los restos. El taller mecánico Rodríguez había sido operado por Esteban Rodríguez desde 1987.
El señor Rodríguez había sido un mecánico respetado en el barrio, conocido por su honestidad y habilidad. El taller había prosperado durante los años 90 y principios de los 2000, pero había comenzado a declinar alrededor de 2010 cuando la edad avanzada del señor Rodríguez le impedía trabajar con la misma eficiencia.
Esteban Rodríguez había muerto en 2018 a los 78 años de causas naturales. Su viuda Martina González, de 75 años, vivía ahora en Guadalajara con una de sus hijas. El inspector Ramírez viajó a Guadalajara el 24 de agosto para entrevistarla. Martina era una mujer menuda, encorbada por la artritis, con ojos todavía agudos y una memoria sorprendentemente clara.
Recibió al inspector en la sala de la casa de su hija, sentada en un sillón con un rosario entre las manos. Señora González, necesito preguntarle sobre el taller que operaba su esposo. Comenzó Ramírez. Martina asintió. ¿Qué quiere saber? ¿Su esposo trabajaba solo o tenía empleados? dependía de la temporada. A veces contrataba ayudantes por unos meses, especialmente cuando había mucho trabajo, pero la mayoría del tiempo trabajaba solo.
¿Recuerda quiénes trabajaban con él a finales de 2008? Martina pensó durante un largo momento. 2008. Eso fue cuando pasó toda esa violencia en Monterrey, ¿verdad? Ramírez asintió. Fue un año difícil. Esteban estaba preocupado. El taller no estaba yendo bien. La gente tenía miedo de salir. Había menos clientes.
Emple empleados, insistió Ramírez suavemente. Había un muchacho joven, tal vez veintitantos, se llamaba, Ay, mi memoria ya no es lo que era. Se llamaba Óscar. Óscar Reyes. Sí, ese era su nombre. Trabajó en el taller durante casi un año, creo, desde mediados de 2008. Ramírez anotó el nombre. ¿Recuerda algo específico sobre él? Martina frunció el seño.
Esteban decía que era buen trabajador, responsable, pero yo nunca confié en él completamente. Había algo en su mirada. No sé cómo explicarlo. Mi esposo me decía que estaba siendo prejuiciosa, que el muchacho solo necesitaba una oportunidad. ¿Sabe qué pasó con él? se fue, creo que a principios de 2009 o tal vez a finales de 2008, no me acuerdo exactamente.
Un día simplemente no volvió al trabajo. Esteban trató de contactarlo, pero el teléfono que tenía ya no funcionaba. Ramírez mostró una fotografía de Roberto Fuentes a Martina. Alguna vez vio a este hombre en el taller o cerca de él. Martina estudió la fotografía cuidadosamente. No que yo recuerde quién es. El hombre que encontramos enterrado en su taller. Martina se santiguó.
Dios mío, pobre hombre. Hubo un silencio. Inspector, mi esposo no tuvo nada que ver con esto. Esteban era un hombrebueno, trabajador, honesto. Nunca le haría daño a nadie. No estoy acusando a su esposo de nada, señora. Solo trato de entender qué pasó. De regreso en Monterrey, Ramírez se dedicó a buscar a Óscar Reyes. El nombre era común.
Pero el rango de edad y la conexión con el taller reducían las posibilidades. Después de revisar bases de datos de CURPE, registros de seguro social y antiguas declaraciones de impuestos del taller, encontró a un Óscar Reyes Campos, nacido el 8 de junio de 1983, que había trabajado en el taller entre mayo de 2008 y enero de 2009.
El rastro de Óscar Reyes después de enero de 2009 era difuso. No había registro de empleo formal, no había declaraciones de impuestos, no había movimientos bancarios. Era como si hubiera decidido volverse invisible en el sistema. Pero Ramírez era persistente. Contactó a familiares, buscó direcciones antiguas, habló con vecinos.
Finalmente, el 2 de septiembre, Ramírez localizó a la madre de Óscar. una mujer llamada Rosa Campos, que vivía en la colonia Independencia. Rosa, de 68 años, le dijo al inspector que no había visto a su hijo en más de 10 años. Óscar se metió en problemas, dijo Rosa con voz cansada. Yo le advertí, le dije que se alejara de esa gente, pero no me escuchó.
¿Qué gente?, preguntó Ramírez. No sé sus nombres. Óscar nunca me lo dijo, pero eran gente mala de esa que andaba en el narco. Óscar trabajaba para ellos haciendo no sé qué. Yo le rogaba que parara, que se consiguiera un trabajo honesto. Por un tiempo lo hizo. Trabajó en un taller mecánico.
Parecía que iba a enderezarse, pero luego volvió con ellos. ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? Debe haber sido 2010, tal vez 2011. Llegó a la casa una noche asustado, con un ojo morado. Me dijo que se tenía que ir de Monterrey, que no era seguro para él quedarse. Le pregunté qué había hecho, pero no me quiso decir. Al día siguiente se fue. Desde entonces nada.
No sé si está vivo o muerto. Ramírez le mostró la fotografía de Roberto. ¿Alguna vez vio a este hombre con su hijo? Rosa miró la foto y negó con la cabeza. No. Ramírez dejó a Rosa su tarjeta pidiéndole que lo contactara si alguna vez tenía noticias de Óscar. Luego continuó investigando, revisó archivos policiales y encontró que Óscar Reyes Campos tenía un expediente.
Fue arrestado en 2007 por posesión de drogas, pero el cargo fue reducido y solo recibió servicio comunitario. En 2009 había una orden de apreensón en su contra por asociación con actividades delictivas, pero nunca fue ejecutada porque Óscar nunca fue localizado. La imagen que emergía era clara. Óscar Reyes era un delincuente de bajo nivel que probablemente trabajaba para alguna organización criminal durante los años más violentos de Monterrey.
Tenía acceso al taller, tenía motivos para querer ocultar un cuerpo y había desaparecido exactamente cuando Roberto fue asesinado. Pero faltaba la conexión más importante. ¿Por qué Roberto? ¿Qué había hecho Roberto para convertirse en víctima de Óscar Reyes? ¿O había sido realmente Óscar el responsable? El inspector Ramírez decidió reconstruir la última noche de Roberto con el máximo detalle posible.
Volvió a entrevistar a las personas que lo habían visto. Don Ramiro ya había fallecido, pero su viuda recordaba que su esposo había comentado sobre Roberto esa noche. Cecilia Ramos, contactada por teléfono en Guadalajara. confirmó que había visto a Roberto caminando hacia la avenida principal alrededor de las 9:27. Ramírez obtuvo las viejas grabaciones de video que todavía existían en los archivos.
La imagen borrosa de la gasolinera mostraba a Roberto a las 21:29, caminando con las manos en los bolsillos, aparentemente tranquilo. La dirección en la que caminaba era hacia la tienda de conveniencia, pero si hubiera seguido en línea recta, en lugar de girar hacia la tienda, habría llegado eventualmente al taller mecánico Rodríguez.
Ramírez entrevistó a Sergio, el empleado que estaba en la tienda esa noche. Sergio, ahora de 37 años y trabajando en otro establecimiento, recordaba claramente esa nochebuena porque había sido muy tranquila. Confirmó que Roberto nunca entró a la tienda. Entonces, ¿qué había pasado? ¿Por qué Roberto no llegó a la tienda que estaba a solo dos cuadras de donde fue visto por última vez? ¿Qué o quién lo interceptó en ese corto trayecto? Ramírez revisó cada metro del camino que Roberto debió haber recorrido. Caminó la ruta varias veces,
de día y de noche. Notó que había un callejón entre dos casas, aproximadamente una cuadra de la tienda. Ese callejón conectaba con una calle trasera que llevaba directamente al taller mecánico. Era una ruta que alguien local conocería. Era una ruta perfecta para arrastrar o llevar a alguien sin ser visto, especialmente en una noche cuando la mayoría de la gente estaba dentro de sus casas.
La teoría que Ramírez comenzaba a formar era esta.Roberto había sido interceptado en ese callejón. Algo lo había hecho entrar allí o fue forzado. Fue golpeado en la cabeza, probablemente asesinado en el acto o muy cerca de allí. Su cuerpo fue llevado al taller que estaba a menos de 100 metros del callejón. Allí, probablemente esa misma noche, el cuerpo fue enterrado bajo el piso de concreto.
Pero había un problema con esta teoría. el piso de concreto, romper un piso de concreto, cabar, enterrar un cuerpo y volver a verter concreto. Todo eso tomaba tiempo, equipamiento, y no era algo que pudiera hacerse silenciosamente. El taller habría estado cerrado en Nochebuena, probablemente el 25 también, pero alguien con llaves podría haber entrado, alguien que conociera el lugar, alguien como Óscar Reyes.
Ramírez solicitó registros de ventas de materiales de construcción en el área durante la última semana de diciembre de 2008 y la primera semana de enero de 2009. Era una tarea monumental, pero después de semanas de investigación encontró algo interesante. Una ferretería a 10 cuadras del taller había vendido dos bolsas de cemento rápido el 26 de diciembre de 2008.
La venta se había hecho en efectivo, sin registro del comprador. El empleado que había trabajado ese día ya no estaba en la ferretería, pero Ramírez logró rastrearlo. El hombre, ahora de 50 años, recordaba vagamente esa venta porque había sido inusual que alguien comprara cemento el 26 de diciembre. La mayoría de la gente descansa esos días”, dijo.
No podía describir al comprador después de tanto tiempo. Mientras Ramírez continuaba su investigación, Laura y su familia procesaban la nueva realidad. Ahora sabían que Roberto había sido asesinado, que no había sufrido amnesia ni había desaparecido voluntariamente. Sabían dónde había estado su cuerpo durante 15 años, a menos de 1 kómetro de su casa, enterrado bajo un piso de concreto.
Esta información, que algunos podrían pensar que traería cierre, en realidad habría un nuevo capítulo de dolor. Laura no podía dejar de pensar en esa noche. Roberto había salido por cigarros. Una tarea tan simple, tan cotidiana, que lo había desviado de su camino. Vio algo que no debía, conoció a alguien, fue confundido con otra persona.
Daniela estaba consumida por la rabia. Alguien lo mató y siguió con su vida como si nada. Decía una y otra vez, alguien sabe qué pasó y nunca dijo nada. Mateo, más callado, procesaba el dolor de forma interna, igual que había hecho cuando tenía 12 años. La familia organizó un funeral para Roberto.
Después de 15 años, finalmente podían dar a Roberto un entierro digno. La ceremonia se llevó a cabo el 10 de septiembre de 2023 en una funeraria del sector. Asistieron familiares, viejos amigos, algunos vecinos que todavía vivían en Mitras Norte, compañeros de trabajo de Roberto que ahora estaban jubilados o habían cambiado de empleo. El señor Fernando Castillo, el entrenador de fútbol de Mateo, estuvo presente. El ataúd fue cerrado.
Los restos habían sido preparados lo mejor posible, pero no eran presentables. Laura había colocado sobre el ataúd la fotografía de Roberto tomada esa última Navidad, la foto donde abrazaba a Laura antes de salir. Al ver esa imagen, muchos de los asistentes lloraron. El padre Jaime, el sacerdote de la parroquia local, ofició la misa.
Habló de perdón, de paz eterna, de confiar en la justicia divina cuando la justicia humana falla. Laura escuchaba, pero no procesaba las palabras. Miraba el ataúd y pensaba, “Estuviste tan cerca todo este tiempo, tan cerca.” Roberto fue enterrado en el panteón jardín en una parcela que Daniela y Mateo habían comprado. La lápida era simple.
Roberto Fuentes, 19668. Amado esposo y padre, nunca olvidado. Pero el funeral no trajo el cierre que Laura esperaba. Si acaso intensificó su necesidad de saber qué había pasado exactamente, necesitaba respuestas, necesitaba justicia. El 15 de septiembre de 2023, el inspector Ramírez recibió una llamada que cambiaría el curso de la investigación.
era de un hombre que se identificó como Carlos Jiménez y dijo tener información sobre el caso de Roberto Fuentes. Ramírez y Jiménez se reunieron en una cafetería en el centro de Monterrey. Jiménez era un hombre de unos 45 años, delgado, con el rostro marcado por años de trabajo duro y aparentemente de preocupación constante. Inspector, lo que voy a decirle me ha estado carcomiendo durante 15 años.
comenzó Jiménez. Yo trabajaba en el taller de Esteban Rodríguez, no como empleado regular, sino haciendo trabajos ocasionales cuando necesitaba dinero extra. En diciembre de 2008 estaba pasando por una mala racha económica y Esteban me llamó para pedirme que cuidara el taller durante las fiestas. dijo que iba a estar cerrado del 24 al 26, pero quería que alguien revisara que todo estuviera bien.
Ramírez asintió tomando notas. La noche del 24, alrededor de las 10:30, yo estabapasando por el taller. Vivo cerca de ahí, entonces no era problema pasar a verificar. Cuando llegué, vi luz adentro. Pensé que tal vez Esteban había decidido trabajar a pesar de ser Nochebuena, pero cuando me acerqué escuché voces. estaban discutiendo.
Reconoció las voces. Una era de Óscar Reyes, el ayudante del taller. La otra no la reconocí. ¿Qué estaban diciendo? Jiménez bajó la mirada. No pude escuchar todo. Estaba fuera en la calle, pero la discusión sonaba acalorada. En un momento escuché a Óscar gritar algo como, “No te metas en lo que no te importa.
” Hubo más gritos y luego, “¡Silencio.” “¿Qué hizo usted? Debía haber entrado. Debía haber llamado a la policía. Pero, inspector, esos eran tiempos muy peligrosos. Óscar andaba con gente del narco. Todos lo sabían, aunque nadie lo decía. Yo tenía familia, tenía miedo. Pensé Pensé que si me metía podía terminar mal para mí también.
¿Qué pasó después? Esperé unos minutos afuera escondido. Luego vi a Óscar salir del taller. Iba solo. Cargaba algo, una bolsa grande, pero no pude ver qué era. Se subió a una camioneta y se fue. Yo entré al taller con mi llave porque Esteban me había dado una copia. Todo parecía normal a primera vista, pero había algo en el piso cerca del área de trabajo.
Parecía, parecía sangre. Ramírez se inclinó hacia adelante. ¿Y usted no reportó esto? Jiménez cerró los ojos. No. Al día siguiente pasé nuevamente por el taller. La mancha del piso había sido limpiada y había una sección del piso que se veía diferente, como si acabaran de verter concreto fresco. Yo sabía, sabía que algo terrible había pasado.
Pero tenía tanto miedo, inspector. Miedo de Óscar, miedo de quien estuviera detrás de él. ¿Por qué decide hablar ahora? ¿Por qué vi en las noticias que encontraron el cuerpo, porque ese hombre tiene familia que merece saber qué pasó? Porque he cargado con esta culpa durante 15 años y ya no puedo más.
Ramírez obtuvo una declaración formal de Jiménez. Este testimonio era la pieza que faltaba para entender la secuencia de eventos, pero aún faltaba la motivación. ¿Por qué Óscar habría matado a Roberto? La respuesta llegó de una fuente inesperada. Ramírez había puesto alertas en varios sistemas de búsqueda para cualquier información sobre Óscar Reyes.
El 20 de septiembre recibió un aviso. Óscar Reyes Campos había sido arrestado en Tijuana, Baja California, por posesión de drogas. Estaba siendo procesado y detenido en el cerezo de esa ciudad. Ramírez viajó inmediatamente a Tijuana. El 22 de septiembre se sentó frente a Óscar Reyes en una sala de interrogatorios de la prisión.
Óscar había cambiado mucho en 15 años. El joven de 25 años era ahora un hombre de 40 demacrado, con la piel marcada por el sol y los ojos hundidos de alguien que ha vivido demasiado y ha perdido demasiado. Cuando Ramírez le mostró la fotografía de Roberto Fuentes, algo cambió en el rostro de Óscar. una sombra de algo.
Tal vez arrepentimiento, tal vez solo reconocimiento. Sé quién eres, dijo Óscar con voz ronca. Vienes por lo del taller. Así es. Hubo un largo silencio. Finalmente, Óscar habló. Yo no quería matarlo. Tienes que creerme. Ramírez no respondió, solo esperó. Yo estaba haciendo un trabajo esa noche, continuó Óscar guardando cosas en el taller, cosas que no debía guardar, drogas, armas, no sé exactamente qué.
Trabajaba para gente que no aceptaba errores. Me habían dado las llaves del taller porque Esteban estaba de vacaciones con su familia. El taller estaba cerrado, era el lugar perfecto y Roberto, él pasaba por la calle cuando yo estaba descargando. Era tarde. Pensé que no habría nadie, pero él me vio. Vio lo que estaba descargando. Yo entré en pánico.
Salí corriendo detrás de él. Lo alcancé en el callejón. Le dije que olvidara lo que había visto, que no diría nada, pero él él dijo que iba a llamar a la policía, que no iba a ser cómplice de actividades criminales. Óscar se pasó las manos por el rostro. Discutimos. Él sacó su celular para llamar. Yo lo empujé tratando de quitarle el teléfono.
Caímos al suelo. Cuando nos levantamos, lo agarré del brazo, lo jalé hacia el taller. No sé qué estaba pensando. Solo sabía que si llamaba a la policía yo estaba muerto. La gente para la que trabajaba me mataría por haber sido visto. ¿Qué pasó en el taller? Seguimos discutiendo. Él intentó irse, empujó la puerta.
Yo yo agarré una llave de cruz que estaba en el suelo, lo golpeé. Solo quería aturdirlo detenerlo, pero lo golpeé en la cabeza. Cayó. Había sangre. Mucha sangre. Óscar cerró los ojos. Entré en pánico completo. Traté de reanimarlo, pero no respondía. estaba muerto. Yo había matado a un hombre inocente que solo estaba caminando en su barrio.
Lo arrastré dentro del taller, cerré la puerta. Pasé toda la noche limpiando la sangre, rompiendo el piso, cabando. Enterré el cuerpo ahí mismo, comprécemento al día siguiente y lo tapé. Luego me fui del taller y nunca volví. ¿Alguien más sabía lo que habías hecho? No, ni siquiera la gente para la que trabajaba.
Les dije que había habido un problema con el lugar, que no era seguro usar el taller. Conseguí otro sitio. Nunca volví a ese barrio. Ramírez sintió una mezcla de triunfo y asco. ¿Sabes que ese hombre tenía familia? Una esposa, dos hijos. Óscar asintió con lágrimas en los ojos. Lo supe después. Vi los volantes que pusieron buscándolo.
Vi las noticias. He vivido con eso durante 15 años. Cada vez que cerraba los ojos veía su cara. Sabía que eventualmente me alcanzaría. ¿Estás dispuesto a confesar formalmente? Sí. Ya no puedo cargar con esto. Hice algo terrible. Merece su justicia y su familia merece saber la verdad. El 25 de septiembre de 2023, Óscar Reyes Campos firmó una confesión completa del asesinato de Roberto Fuentes.
Proporcionó detalles que solo el asesino podría saber, detalles que coincidían con las evidencias forenses. Fue extraditado a Nuevo León para enfrentar cargos de homicidio. El inspector Ramírez convocó a Laura, Daniela y Mateo a su oficina el 26 de septiembre. les explicó todo. Como Roberto había tenido la mala fortuna de pasar por el lugar equivocado en el momento equivocado, cómo había visto algo que no debía ver, cómo había intentado hacer lo correcto llamando a la policía y cómo esa decisión le había costado la vida.
Laura escuchó todo en silencio. Cuando Ramírez terminó, ella preguntó, “¿Él sufrió? Ramírez consideró mentir, pero decidió que la familia merecía la verdad. Según la confesión y las evidencias forenses, la muerte fue rápida. Los golpes en la cabeza fueron fatales en cuestión de minutos. Laura asintió.
No era consuelo, pero al menos Roberto no había sufrido durante horas o días. Daniela tenía lágrimas corriendo por su rostro. Él solo iba por cigarros. Dijo solo iba a la tienda. ¿Cómo puede ser que algo tan simple termine así? Mateo, con la mandíbula apretada preguntó, “¿Qué va a pasar con Óscar Reyes? Será procesado con su confesión y las evidencias, es casi seguro que será condenado.
Probablemente pasará el resto de su vida en prisión.” No era suficiente para Mateo, nunca lo sería. Pero era algo. El juicio de Óscar Reyes comenzó el 15 de noviembre de 2023. El caso atrajo atención mediática, no solo por la naturaleza del crimen, sino por el largo tiempo que el cuerpo había permanecido oculto. Óscar se declaró culpable de homicidio.
Su abogado argumentó que había sido un crimen pasional, no premeditado, cometido en un momento de pánico. La fiscalía argumentó que, independientemente de la intención inicial, Óscar había tenido tiempo de sobra para reconsiderar, para llamar a una ambulancia, para hacer lo correcto, y había elegido, en cambio, ocultar el cuerpo y seguir con su vida.
Laura asistió a cada día del juicio. Se sentaba en la primera fila mirando fijamente a Óscar. quería que él viera el dolor que había causado, que viera el rostro de la viuda que había creado. Óscar nunca sostuvo su mirada por más de unos segundos. El 22 de noviembre, el juez dictó sentencia, 45 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional.
Durante los primeros 25 años. Óscar Reyes, ahora de 40 años, tendría 65 cuando pudiera siquiera solicitar su liberación. si es que vivía tanto. Mientras sacaban a Óscar de la sala, él se detuvo brevemente frente a Laura. “Lo siento”, dijo con voz quebrada. “Sé que no significa nada, pero lo siento.” Laura lo miró directamente a los ojos.
“Tienes razón”, dijo con voz firme. “No significa nada.” En los meses que siguieron al juicio, Laura intentó reconstruir su vida nuevamente. Era diferente esta vez ya no había incertidumbre, ya no había esperanza van de que Roberto apareciera algún día. Había claridad, aunque esa claridad doliera. Laura comenzó a visitar la tumba de Roberto semanalmente.
Llevaba flores, limpiaba la lápida, se sentaba en el pasto y le contaba cosas. Le hablaba de Daniela y su hijo, de Mateo y su nuevo empleo, de cómo el barrio había cambiado. Eran conversaciones unidireccionales, pero le daban paz. El 24 de diciembre de 2023, 15 años después de aquella nochebuena que cambió todo, Laura hizo algo que no había hecho desde 2008.
Celebró la Navidad. No fue una gran celebración. Solo Laura, Daniela, con su esposo e hijo y Mateo que viajó desde Querétaro. Cenaron tamales, tomaron ponche, intercambiaron regalos pequeños y por primera vez en 15 años Laura puso el árbol de Navidad. En la punta colocó la estrella dorada que Roberto había comprado en 1998.
Cuando la vio brillar bajo las luces, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. No felicidad exactamente, pero sí un tipo de paz. Roberto había muerto, eso nunca cambiaría, pero su memoria no moriría. No mientras Laura viviera, no mientras Daniela y Mateocontaran historias de su padre a las siguientes generaciones.
Esa noche, antes de dormir, Laura miró la fotografía de Roberto que mantenía en su mesa de noche. La fotografía de esa última Navidad donde Roberto la abrazaba antes de salir. “Finalmente te dimos el descanso que merecías”, susurró. “Finalmente sabemos qué pasó. Puedes descansar ahora, mi amor. Puedes descansar.
Este caso nos muestra cómo un momento cotidiano puede transformarse en tragedia. como una simple decisión de hacer lo correcto, puede costar todo. Roberto Fuentes era un hombre ordinario que se encontró en circunstancias extraordinarias y tomó la decisión moral de reportar un crimen.
Esa decisión le costó la vida, pero también demostró su carácter hasta el último momento. Durante 15 años, su familia vivió con la agonía de no saber. La incertidumbre es a menudo más dolorosa que la verdad. más dura. Cuando finalmente obtuvieron respuestas, no trajeron a Roberto de vuelta, pero sí permitieron que el proceso de duelo finalmente avanzara.
El caso también expone las consecuencias de la violencia del narcotráfico en México durante esos años oscuros. ¿Cuántas familias como la de Roberto siguen esperando respuestas? ¿Cuántos cuerpos permanecen ocultos? ¿Cuántas verdades siguen enterradas bajo el concreto de la indiferencia social?















