La mañana del 19 de noviembre de 2004 amaneció fría en Monterrey, Nuevo León. Una neblina ligera cubría las calles de la colonia Independencia en el sector norte de la ciudad, mientras los primeros rayos del sol intentaban abrirse paso entre el cielo gris. María Selman, de 32 años, se despertó temprano, como cada viernes, al sonido del despertador que marcaba las 6 de la mañana. Su esposo, Rodrigo Pacheco, ya se había levantado y estaba en la regadera preparándose para su turno en la fábrica de autopartes, donde trabajaba desde hacía 8 años.
María se quedó un momento más en la cama, escuchando el agua correr por las tuberías viejas del pequeño departamento que rentaban en un edificio de tres pisos. Afuera, el ruido de los camiones de carga y los vendedores ambulantes comenzaba a llenar las calles. Era un día, como cualquier otro, en esa zona popular de Monterrey, donde las familias trabajadoras luchaban día a día por salir adelante. María finalmente se levantó y fue directamente a la habitación que compartían sus dos hijos, Diego, de 7 años y Paulina, de apenas cuatro.
Los encontró aún dormidos, abrazados bajo una cobija desgastada con dibujos de caricaturas que ya habían perdido su color original. Diego roncaba ligeramente con la boca abierta mientras Paulina apretaba contra su pecho un osito de peluche que había sido regalo de su abuela el año anterior. María los observó por un instante, sintiendo esa mezcla de ternura y preocupación que solo una madre puede experimentar. El dinero no alcanzaba, las deudas se acumulaban, pero al menos tenía a sus hijos sanos.
Eso era lo único que importaba realmente. Se acercó con cuidado y besó suavemente la frente de cada uno antes de salir de la habitación, cerrando la puerta con delicadeza para no despertarlos. Todavía podían dormir una hora más antes de ir a la escuela. En la cocina diminuta del departamento, María encendió la estufa de gas y puso a calentar agua para el café. Rodrigo salió del baño ya vestido con su uniforme azul marino, secándose el cabello con una toalla.
Era un hombre callado, de complexión robusta, con manos ásperas marcadas por años de trabajo manual. Se sentó a la mesa sin decir mucho, como era su costumbre por las mañanas, mientras María le servía una taza de café cargado y sacaba del refrigerador los frijoles que habían sobrado de la cena anterior. No había pan. María abrió la cena y confirmó lo que ya sabía. Tampoco quedaban tortillas. Suspiró. Tendría que salir a la panadería de don Esteban, que quedaba a tres cuadras en la esquina de las calles Aramberry y Pino Suárez.

Era una panadería tradicional, de esas que aún horneaban todo en la madrugada, y el olor a bolillo recién hecho se esparcía por toda la cuadra desde las 5 de la mañana. Los niños no podían ir a la escuela sin desayunar algo caliente. Rodrigo tomó su café en silencio mientras María preparaba los uniformes escolares de Diego y Paulina, planchándolos rápidamente sobre la tabla que instalaba en la sala. La plancha vieja soltaba vapor irregular y María tenía que moverla con cuidado para no quemar la tela.
Rodrigo terminó su café, se puso de pie y tomó su lonchera que María había preparado la noche anterior. Regreso como a las 7, dijo con voz ronca, todavía adormilado. María asintió sin dejar de planchar. Voy a salir por pan ahorita que se levanten los niños, comentó ella. Rodrigo se acercó, le dio un beso rápido en la mejilla y salió del departamento. Sus pasos pesados resonaron en las escaleras de concreto del edificio hasta que se perdieron en la distancia.
María se quedó sola con el sonido de la plancha y el tráfico que comenzaba a intensificarse en la avenida principal. A las 7:30, María despertó a Diego y a Paulina. Diego se levantó de mal humor, frotándose los ojos y quejándose de que tenía frío. Paulina, en cambio, saltó de la cama con energía, pidiendo inmediatamente su muñeca favorita que había dejado en la sala. María les dijo que se lavaran la cara y se vistieran mientras ella iba rápidamente a la panadería.
No me tardo nada, es aquí cerquita, les dijo mientras buscaba su bolsa de mano, una cartera de imitación de piel color café que ya mostraba signos de desgaste en las esquinas. metió un billete de 50 pesos que guardaba para los gastos de la semana, su credencial del seguro social y las llaves del departamento. Se puso un suéter gris de algodón sobre su blusa floreada y unos pantalones de mezclilla que usaba para las tareas del hogar. Si quieres saber qué sucedió con María, suscríbete al canal y déjame en los comentarios desde dónde nos estás viendo.
Tu apoyo significa mucho. Antes de salir, María les gritó a los niños desde la puerta. Ya vengo. Pórtense bien. Diego, ayuda a tu hermana a vestirse. Diego, que ya estaba poniéndose los calcetines en su cuarto, respondió con un gruñido afirmativo. María cerró la puerta del departamento, la aseguró con llave y bajó las escaleras. Eran las 7:45 de la mañana. El edificio estaba relativamente tranquilo a esa hora. La mayoría de los vecinos ya habían salido a trabajar o estaban preparándose para hacerlo.
En el primer piso, la señora Hortensia, una mujer mayor que vivía sola con sus tres gatos, estaba barriendo la entrada del edificio. “Buenos días, doña Hortensia”, saludó María al pasar. La anciana levantó la vista y respondió con una sonrisa desdentada. “Buenos días, mi hijita. Ya tan temprano de salida, María se detuvo brevemente. Voy por pan para los niños. No tardo nada. Hortensia asintió y volvió a su tarea de barrer las hojas secas que el viento había acumulado durante la noche.
María salió a la calle. El aire frío de noviembre le golpeó la cara y se arrepintió de no haberse puesto una chamarra más gruesa. Pero ya no quería regresar. La colonia independencia estaba despertando por completo. Los puestos de tacos ya estaban abiertos con el vapor saliendo de las grandes ollas donde hervían los frijoles y el chicharrón. Un hombre vendía periódicos en la esquina gritando los titulares del día. Noticias sobre la violencia en la frontera, el precio del dólar, un accidente en la carretera a Saltillo.
María caminó por la banqueta agrietada, esquivando los baches llenos de agua sucia de la lluvia de días anteriores. Pasó frente a la tienda de abarrotes de don Armando, que ya tenía las cortinas metálicas levantadas. Algunas mujeres hacían fila en la tortillería de la siguiente cuadra, esperando con sus bolsas de plástico y canastas. María la saludó con la mano, reconociendo a algunas vecinas del edificio y de las calles cercanas. La panadería de don Esteban estaba exactamente donde siempre había estado, en la esquina de Aramberry y Pino Suárez, un local pequeño con un letrero pintado a mano que decía panadería la espiga, en letras rojas y amarillas ya desteñidas por el sol y el tiempo.
El olor a pan recién horneado era inconfundible y se mezclaba con el humo de los camiones que pasaban constantemente por esa intersección. María empujó la puerta de vidrio que tintineó con una campanita al abrirse. Adentro el local era angosto con dos vitrinas llenas de bolillos, conchas, cuernos y pan dulce de diferentes tipos. Detrás del mostrador estaba Lidia, la hija de don Esteban, una mujer de unos 40 años con el cabello recogido en una red delantal blanco, manchado de harina y una sonrisa amable.
Buenos días, María. La saludó. Lo de siempre. María asintió. Sí. Dame una docena de bolillos y cuatro conchas de chocolate para los niños. Lidia comenzó a meter el pan en una bolsa de papel estrasa con movimientos rápidos y eficientes, pesándolo en una báscula antigua de metal. Mientras esperaba, María observó el interior de la panadería. Había otros dos clientes, un hombre mayor con sombrero que compraba pan de sal y una mujer joven con un bebé en brazos que pedía empanadas de piña.
La radio de la panadería transmitía música norteña, una canción de los Tigres del Norte que hablaba de migración y sueños rotos. Don Esteban salió de la parte trasera, de donde venía el calor intenso de los hornos con la cara enrojecida y sudorosa. Saludó a María con un movimiento de cabeza y volvió a entrar. Lidia terminó de empacar el pan y le cobró 30 pesos. María sacó el billete de 50 de su bolsa. recibió el cambio de 20 pesos y dos monedas de cinco.
Metió todo de vuelta en la bolsa y tomó el paquete de pan caliente entre sus manos. Gracias, Lidia. Buen día. Igual, María, salúdame a los niños, respondió Lidia, ya atendiendo al siguiente cliente. María salió de la panadería. Eran aproximadamente las 7:55 de la mañana. El tráfico había aumentado considerablemente en esos pocos minutos. La avenida estaba congestionada con automóviles, camiones de carga y autobuses urbanos que expulsaban nubes de humo negro por los escapes. María se quedó parada un momento en la esquina, esperando que el semáforo cambiara para cruzar la calle.
apretó la bolsa de pan contra su pecho, sintiendo el calor agradable del pan recién horneado a través del papel. Miró hacia ambos lados, calculando si podía cruzar antes de que cambiara la luz. El semáforo seguía en rojo para los peatones. Un autobús de la ruta 15 pasó frente a ella, casi salpicándola con el agua acumulada en la cuneta. María dio un paso atrás instintivamente. Junto a ella, una pareja de estudiantes con mochilas también esperaba para cruzar hablando sobre un examen que tendrían esa mañana en la preparatoria.
El semáforo cambió a verde. María comenzó a cruzar la calle junto con otras personas. Fue en ese momento cuando un vehículo se detuvo abruptamente junto a ella. Era una camioneta Chevrolet. Suburban color blanca, del tipo que usualmente se veía en la ciudad con vidrios polarizados que impedían ver quién iba dentro. María apenas tuvo tiempo de reaccionar. La puerta lateral se abrió violentamente y dos hombres bajaron. No eran particularmente altos ni llamativos. Vestían ropa común, jeans, camisas de manga larga, uno con gorra de béisbol, pero sus movimientos eran rápidos.
coordinados profesionales. Antes de que María pudiera gritar o entender qué estaba pasando, uno de los hombres la tomó del brazo con fuerza brutal, mientras el otro le cubría la boca con la mano. La bolsa de pan cayó al suelo, esparciéndose los bolillos y las conchas por el asfalto mojado. María intentó resistirse, patalear, pero la fuerza de los hombres era abrumadora. En cuestión de segundos la metieron dentro de la camioneta. La puerta se cerró de golpe y el vehículo arrancó a toda velocidad, perdiéndose entre el tráfico de la mañana.
Todo sucedió en menos de 30 segundos, tan rápido que muchos de los transeútes apenas procesaron lo que acababan de presenciar. La pareja de estudiantes se quedó paralizada. mirándose entre sí con expresión de horror e incredulidad. Un hombre que vendía chicles en la esquina soltó su caja y corrió hacia el lugar donde había caído el pan, pero la camioneta ya había desaparecido completamente, mezclada con decenas de vehículos similares que circulaban por la zona. Algunos autos que venían detrás frenaron, confundidos por la escena.
Una señora mayor comenzó a gritar señalando la dirección en que había oído la camioneta, pero nadie anotó las placas, nadie tenía un número, nadie sabía exactamente qué había pasado. El caos se apoderó de la esquina. Varios comerciantes salieron de sus negocios, incluida Lidia de la panadería, quien al ver el pan tirado en el suelo sintió que algo terrible había ocurrido. ¿Dónde está María?, preguntó con voz temblorosa. ¿Qué pasó? Nadie tenía respuestas claras. Mientras tanto, en el pequeño departamento de la colonia Independencia, Diego y Paulina terminaban de vestirse con sus uniformes escolares.
Diego buscaba su mochila y Paulina jugaba con su muñeca en la sala, esperando que su mamá regresara con el pan para desayunar. Pasaron 5 minutos, luego 10, luego 20. Diego comenzó a impacientarse. Y mi mamá, le preguntó a Paulina, quien simplemente se encogió de hombros sin dejar de jugar. A las 8:30, Diego abrió la puerta del departamento y bajó las escaleras para ver si su madre venía. No había señales de ella. Regresó al departamento ahora sintiendo una inquietud que no podía explicar.
Encendió la televisión para distraerse, pero no podía concentrarse en los programas infantiles de la mañana. Algo no estaba bien. Su mamá nunca tardaba tanto. En la esquina de Aramberry y Pino Suárez, la policía municipal había llegado finalmente después de varios llamados de los comerciantes y vecinos. Dos patrullas se estacionaron en la escena. Los agentes comenzaron a interrogar a los testigos tomando declaraciones confusas y fragmentadas. El vendedor de chicles explicó entre sollozos lo que había visto. Una camioneta blanca, dos hombres, una mujer que fue arrastrada adentro.
Los estudiantes confirmaron los hechos, aunque admitieron que no vieron las placas ni más detalles de los agresores. Lidia de la panadería llevó a los oficiales hasta el pan tirado en el suelo, que ahora estaba sucio y pisoteado. Ella acababa de comprar esto hace apenas unos minutos, explicó Lidia con lágrimas en los ojos. Es cliente de aquí, viene casi todos los días. Tiene dos niños chiquitos. Los policías tomaron notas en libretas pequeñas, hicieron preguntas básicas sobre la descripción de María, pero parecían más interesados en despejar el tráfico que en investigar seriamente lo ocurrido.
Las horas pasaron. A las 11 de la mañana, la vecina del departamento de arriba, preocupada porque escuchaba a los niños llorar, bajó a tocar la puerta. Diego abrió con los ojos rojos e hinchados. “Mi mamá no ha regresado”, dijo con voz quebrada. La vecina, una mujer llamada Patricia, que conocía bien a la familia Selman Pacheco, sintió un escalofrío. Entró al departamento y trató de calmar a los niños, prometiéndoles que todo estaría bien, que seguramente su mamá había tenido alguna emergencia.
Pero en su interior, Patricia sabía que algo grave había sucedido. Intentó comunicarse con Rodrigo a la fábrica, pero no le permitieron pasar la llamada hasta el mediodía. Cuando finalmente logró hablar con él, apenas pudo articular las palabras. Rodrigo, necesitas venir a casa ahora. María salió esta mañana y no ha vuelto. Nadie sabe dónde está. Rodrigo abandonó su turno de inmediato y tomó dos autobuses para regresar a casa. Un trayecto que normalmente le tomaba una hora, pero que ese día le pareció eterno.
Cuando llegó al departamento y vio a sus hijos llorando, a la vecina con expresión de angustia, y confirmó que María efectivamente no estaba y que nadie sabía nada de ella. Sintió que el mundo se derrumbaba. Corrió a la panadería de don Esteban, donde Lidia le contó lo que había sucedido en la esquina. Rodrigo no podía creerlo. Secuestrada, su esposa, ¿por qué? No tenían dinero, no tenían enemigos, eran gente trabajadora común y corriente. Nada de esto tenía sentido.
Con las manos temblando, se dirigió a la delegación de policía más cercana para presentar una denuncia formal. Era apenas el comienzo de una pesadilla que se extendería por años, una búsqueda desesperada que consumiría cada día de su vida y la de sus hijos. y un misterio que la ciudad de Monterrey jamás olvidaría. La delegación de policía de la zona norte de Monterrey era un edificio gris y deteriorado, con paredes descascaradas y ventanas protegidas por rejas oxidadas. Rodrigo Pacheco entró por la puerta principal con paso acelerado, aún sin poder procesar completamente lo que estaba viviendo.
En el interior, el lugar olía a humedad y tabaco viejo. Vía a varias personas esperando en bancas de plástico, una mujer con un niño en brazos, un hombre mayor con sombrero, algunos jóvenes que parecían haber sido detenidos esa misma mañana. Rodrigo se acercó al mostrador de recepción, donde un agente uniformado revisaba papeles con expresión aburrida. “Necesito reportar una desaparición”, dijo Rodrigo con voz temblorosa, intentando mantener la compostura. El agente levantó la vista lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo monumental.
“¿Desde cuándo desapareció la persona?”, preguntó con tono monótono. Desde esta mañana la secuestraron en plena calle. Hay testigos, todo. Respondió Rodrigo elevando la voz sin querer. El agente suspiró y le extendió una forma impresa. Llene esto y espere, alguien lo atenderá. Rodrigo tomó el formulario con manos que no dejaban de temblar. se sentó en una de las bancas y comenzó a llenarlo, pero las letras se volvían borrosas ante sus ojos llenos de lágrimas contenidas. Nombre completo: María Selman de Pacheco.
Edad, 32 años. Estatura aproximadamente 1, 60 m. Complexión delgada. Cabello negro largo hasta los hombros. Última vez vista. 19 de noviembre de 2004. aproximadamente 7:55 a en la esquina de Aramberry y Pino Suárez, colonia Independencia. Circunstancias: secuestrada por dos hombres que la metieron a una camioneta blanca tipo Suburban. Rodrigo escribía rápido, saltándose palabras, tachando cuando se equivocaba. Cuando terminó, regresó al mostrador y entregó el papel. El agente lo recibió sin mirarlo realmente, lo puso en una carpeta junto con decenas de otros documentos y le dijo, “Espere aquí, un investigador lo llamará.” Rodrigo se sentó nuevamente sintiendo una frustración y desesperación crecientes.
¿Cómo podían ser tan indiferentes? Su esposa había sido secuestrada en plena luz del día y estos hombres actuaban como si fuera un trámite rutinario más. Pasó más de una hora antes de que un detective lo llamara. Era un hombre de mediana edad, con bigote espeso y camisa arrugada que se presentó como el agente Norberto Saucedo. Lo llevó a una pequeña oficina llena de archiveros metálicos y un escritorio cubierto de folders amarillentos. Siéntese”, indicó Saucedo, mientras él mismo se acomodaba en una silla giratoria que rechinaba.
Encendió un cigarrillo sin pedir permiso y comenzó a hacer preguntas con la misma expresión de cansancio que parecía caracterizar a todos en ese lugar. Su esposa tenía problemas con alguien, deudas, enemigos. Rodrigo negó con la cabeza cada vez. No, nada. Somos gente tranquila. Ella es ama de casa. Yo trabajo en una fábrica. No nos metemos con nadie. Saucedo dio una calada profunda a su cigarrillo. Infidelidades. ¿Algún amante despechado? La pregunta golpeó a Rodrigo como una bofetada. No, mi esposa no es así.
¿Qué clase de pregunta es esa? El detective se encogió de hombros. Tengo que preguntarlo. La mayoría de estos casos involucran problemas personales o amorosos. Saucedo tomó algunas notas adicionales, pero Rodrigo podía ver que el hombre no estaba realmente interesado. El detective le explicó que enviarían patrullas a buscar la camioneta blanca, que hablarían con los testigos, que harían todo lo posible, pero su tono era mecánico, sin convicción. Antes de despedirlo, Saucedo le dio una última recomendación que eló la sangre de Rodrigo.
Mire, en estos casos de secuestro, usualmente es por dinero o por otros asuntos. Si recibe una llamada pidiendo rescate, no haga nada sin avisarnos primero y prepárese emocionalmente para cualquier escenario. Rodrigo salió de la delegación sintiéndose peor que cuando había entrado. No tenía respuestas, no tenía esperanza, solo tenía más miedo. Regresó a su departamento, donde sus hijos lo esperaban con Patricia, la vecina. Diego corrió a abrazarlo. ¿Dónde está mi mamá? Ya la encontraron. Rodrigo no sabía que responder.
Se arrodilló y abrazó a sus dos hijos, dejando finalmente que las lágrimas corrieran por su rostro. “La vamos a encontrar”, susurró. Aunque él mismo no estaba seguro de creerlo. Los días siguientes fueron una tortura. Rodrigo no regresó a trabajar. Pasaba las horas pegado al teléfono esperando alguna llamada de secuestradores pidiendo rescate o alguna noticia de la policía o algún milagro. Pero el teléfono permanecía en silencio. La investigación policial avanzaba con lentitud frustrante. Los agentes entrevistaron a los testigos de la esquina de Aramberry y Pino Suárez, pero las descripciones eran vagas e inconsistentes.
La camioneta blanca Suburban era un vehículo extremadamente común en Monterrey en aquellos años, utilizado tanto por familias como por comerciantes y desafortunadamente también por grupos criminales. Sin placas identificables o alguna característica distintiva, rastrearla era prácticamente imposible. Los dos hombres que habían ejecutado el secuestro fueron descritos de manera tan genérica que podrían haber sido miles de personas en la ciudad. Mediana estatura, complexión regular, ropa común. Uno con gorra, el otro sin ningún rasgo memorable. Era como buscar fantasmas.
La familia de María comenzó a llegar desde diferentes puntos del estado. Su madre, doña Cristina Selman, una mujer de 60 años con el rostro marcado por años de trabajo en el campo, llegó desde el pequeño pueblo de Cadereita Jiménez, ubicado a unos 50 km al sureste de Monterrey. Cuando entró al departamento y vio a sus nietos sin su madre, se derrumbó completamente. Rodrigo tuvo que sostenerla mientras sollyosaba de manera desgarradora. ¿Dónde está mi niña? ¿Quién se llevó a mi María?
Repetía entre lágrimas. También llegaron los dos hermanos de María, Francisco, un mecánico que vivía en la colonia Buenos Aires, y Guillermo, que trabajaba en una construcción en Apodaca. Ambos estaban furiosos, desesperados, dispuestos a salir a buscar a su hermana por toda la ciudad. Organizaron grupos de búsqueda con vecinos y amigos, imprimieron volantes con la fotografía de María y los pegaron por toda la colonia Independencia y Zonas aledañas. La foto era de la fiesta de cumpleaños de Diego del año anterior.
María sonreía a la cámara con su cabello negro peinado hacia atrás usando una blusa azul celeste. Debajo de la imagen, el texto en letras grandes decía desaparecida. María Selman, 32 años, vista por última vez el 19 de noviembre en Colonia Independencia. La comunidad respondió con solidaridad. Los comerciantes de la zona pegaron los volantes en sus aparadores. Las iglesias locales organizaron misas y cadenas de oración por el regreso de María. Doña Hortensia, la vecina del primer piso, se convirtió en un apoyo fundamental para cuidar a Diego y Paulina, mientras Rodrigo salía a buscar a su esposa o a lidiar con las autoridades.
La señora les preparaba comida, los ayudaba con la tarea escolar, intentaba mantener alguna apariencia de normalidad en medio del caos, pero era imposible ocultar la realidad a los niños. Diego de 7 años era lo suficientemente grande para entender que algo terrible había pasado. Dejó de comer bien, tenía pesadillas todas las noches, se despertaba gritando el nombre de su madre. Olina, de apenas 4 años, preguntaba constantemente cuándo iba a regresar su mamá, si ya había ido a comprar el pan, si la había olvidado.
Cada pregunta era una puñalada en el corazón de Rodrigo. Dos semanas después de la desaparición, la investigación policial seguía estancada. El detective Saucedo admitió en una reunión tensa con Rodrigo y los hermanos de María que no tenían pistas sólidas. Hemos revisado las cámaras de seguridad de la zona, pero la mayoría no funcionan o tienen mala calidad de imagen. No logramos identificar la camioneta con claridad”, explicó mientras encendía otro cigarrillo. Francisco, el hermano mayor de María, golpeó el escritorio con furia.
Lleva dos semanas desaparecida y ustedes no han hecho nada. ¿Para qué sirven? Saucedo levantó las manos en un gesto defensivo. Hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos. En esta ciudad desaparecen personas todos los días. No somos magos. La respuesta enfureció aún más a los familiares, pero era dolorosamente cierta. En el año 2004, Monterrey y toda la región estaban experimentando un aumento alarmante en la violencia y los secuestros, vinculados al crecimiento del crimen organizado y las disputas territoriales entre diferentes grupos.
María Selman era solo un nombre más en una lista cada vez más larga de víctimas. Rodrigo decidió entonces tomar el asunto en sus propias manos. Con la ayuda de los hermanos de María y algunos amigos de la fábrica, comenzó a investigar por su cuenta. Recorrieron las colonias cercanas preguntando en tiendas, talleres mecánicos, gasolineras, cualquier lugar donde alguien pudiera haber visto la camioneta blanca o tener información. Rodrigo llevaba siempre un fajo de volantes y la fotografía de su esposa, mostrándola a todo el que quisiera verla.
Algunas personas ofrecían palabras de ánimo o promesas de estar atentos, pero nadie tenía información concreta. Visitaron también los hospitales de la ciudad, temiendo encontrar a María herida o en condiciones peores, pero no había registros de ninguna mujer con sus características. Fueron a la morgue municipal, un lugar oscuro y frío que olía a formol y muerte, donde un empleado con delantal manchado les mostró los cuerpos no identificados que habían ingresado en las últimas semanas. Rodrigo tuvo que revisar cada uno con el corazón en la garganta, rezando para no encontrar a María entre esos restos anónimos.
Afortunadamente o desafortunadamente, ella no estaba ahí, lo cual significaba que podría estar viva, pero también que podría estar en cualquier otro lugar sufriendo de formas que Rodrigo no se atrevía a imaginar. Un rayo de esperanza llegó a principios de diciembre. Una mujer llamó de manera anónima a la línea que Rodrigo había puesto en los volantes, diciendo que había visto a alguien parecido a María en un barrio del municipio de Guadalupe, al este de Monterrey. La mujer describió a una persona con las características físicas de María que había sido vista subiendo a una camioneta con hombres en la colonia Reforma.
La información era vaga, pero era la primera pista real que tenían en semanas. Rodrigo, Francisco y Guillermo se dirigieron inmediatamente a esa zona. Pasaron días enteros recorriendo las calles de la colonia Reforma, preguntando en cada casa, cada negocio, cada esquina. Algunos residentes los miraban con desconfianza, otros con lástima. Nadie confirmó haber visto a María. La pista se desvaneció tan rápido como había aparecido, dejando a Rodrigo nuevamente sumido en la desesperación. Comenzaba a preguntarse si alguna vez volvería a ver a su esposa con vida.
La Navidad de 2004 fue la más amarga que la familia Pacheco Selman había experimentado jamás. No hubo árbol, no hubo regalos, no hubo celebración. Doña Cristina intentó cocinar algo especial para Diego y Paulina, pero nadie tenía apetito. Los niños preguntaban por qué su mamá no estaba ahí para la Navidad y nadie podía darles una respuesta satisfactoria. Rodrigo pasó la noche del 24 de diciembre sentado en la sala oscura del departamento mirando fotografías viejas de María. En una de ellas, tomada durante su luna de miel en playa Miramar hacía 10 años, María aparecía joven y radiante, con el cabello suelto y una sonrisa enorme, el mar de fondo brillando bajo el sol.
Rodrigo acarició la fotografía con los dedos, sintiendo un dolor físico en el pecho. ¿Dónde estaba ella en ese momento? Estaba sufriendo. Pensaba en él y en los niños. seguía viva siquiera. Las preguntas lo atormentaban sin cesar, sin respuestas, sin paz. El año 2005 comenzó sin mejores noticias. La investigación policial había sido prácticamente abandonada. El detective Saucedo ya no respondía a las llamadas de Rodrigo y cuando finalmente lo localizó en la delegación, el hombre fue brutalmente honesto. Mire, Pacheco, no hay más líneas que seguir.
Sin testigos confiables, sin evidencia física, sin llamadas de rescate. Este caso está frío. Mi recomendación es que se prepare para lo peor. Rodrigo se negó a aceptarlo. No podía, no quería. Mientras no hubiera un cuerpo, mientras no hubiera certeza, él seguiría buscando. Su vida se convirtió en una rutina obsesiva. Trabajar lo mínimo necesario para pagar las cuentas, pasar cada minuto libre buscando a María, cuidar a sus hijos en las noches. Francisco y Guillermo seguían ayudando, pero la realidad económica los obligaba a volver gradualmente a sus empleos y responsabilidades.
Doña Cristina se quedó viviendo en el departamento para ayudar con los niños, convirtiéndose en una presencia maternal sustituta que Diego y Paulina necesitaban desesperadamente. En febrero de 2005, tres meses después de la desaparición, surgió otra pista. Un hombre que trabajaba en un taller mecánico en la colonia moderna contactó a Rodrigo diciendo que recordaba haber visto una camioneta suburban blanca con daños en la defensa trasera estacionada frente a una casa abandonada en esa zona alrededor de las fechas del secuestro.
El hombre no había reportado nada en su momento porque no sabía que era relevante, pero después de ver los volantes de María decidió hablar. Rodrigo y los hermanos de María fueron inmediatamente al lugar. Era una casa de dos pisos, con las ventanas tapadas con madera y un jardín completamente descuidado, lleno de maleza y basura. Golpearon la puerta, pero nadie respondió. Los vecinos dijeron que la casa llevaba meses abandonada, que antes había sido rentada por unas personas que nadie conocía bien y que se habían ido repentinamente.
Rodrigo sintió escalofríos recorriendo su espalda. Había estado María ahí. La habían tenido cautiva en ese lugar. Llamaron a la policía quienes finalmente accedieron a inspeccionar la propiedad. Los agentes forzaron la entrada varios días después con Rodrigo presente exigiendo estar ahí. El interior de la casa estaba casi vacío, con rastros de ocupación reciente, pero nada concluyente. Había colchones viejos en el suelo, envolturas de comida, botellas de cerveza. En una de las habitaciones del segundo piso encontraron algo que hizo que el corazón de Rodrigo se detuviera.
Una blusa floreada del tipo que María solía usar. Rodrigo la tomó con manos temblorosas. Esta es de ella, estoy seguro. Esta es su blusa. Los policías la metieron en una bolsa de evidencia y prometieron analizarla, pero Rodrigo había perdido ya toda fe en las promesas de las autoridades. Semanas después le informaron que no habían podido extraer evidencia útil de la prenda. El ADN estaba demasiado degradado. Había múltiples muestras mezcladas que hacían imposible identificar a nadie específicamente. Otra pista que terminaba en la nada.
Otro golpe devastador para una familia que ya no tenía más resistencia emocional. A medida que pasaban los meses, la vida de Rodrigo Pacheco y sus hijos se transformó en una existencia marcada por la ausencia. El departamento de la colonia Independencia, que una vez había sido un hogar lleno de las rutinas simples de una familia trabajadora, se convirtió en un espacio impregnado de silencio y dolor. Diego, ahora con 8 años, había cambiado completamente. El niño alegre y travieso que había sido, se transformó en un chico retraído que apenas hablaba en la escuela y pasaba las tardes encerrado en su habitación.
Sus calificaciones bajaron drásticamente. Los maestros llamaban constantemente a Rodrigo para reportar que Diego se quedaba dormido en clase, que no entregaba tareas, que a veces lloraba sin razón aparente durante los recreos. Paulina, por su parte, desarrolló una dependencia total hacia su abuela Cristina, siguiéndola a todas partes como una sombra, aterrada de que ella también pudiera desaparecer un día. Rodrigo hacía lo que podía, pero la realidad es que estaba roto por dentro. Había regresado a trabajar en la fábrica de autopartes por necesidad económica, pero su rendimiento era terrible.
Cometía errores constantemente. Llegaba tarde. Se ausentaba sin previo aviso cuando surgía alguna nueva pista sobre María. Su supervisor, un hombre llamado Héctor, que conocía la situación familiar, fue paciente durante meses, pero finalmente tuvo que llamarlo a su oficina. Rodrigo, entiendo lo que estás pasando de verdad, pero esto no puede continuar así. Necesito que decidas si puedes estar aquí de verdad o si necesitas tomarte un tiempo”, le dijo con tono serio pero compasivo. Rodrigo sabía que tenía razón, pero ¿cómo podía concentrarse en ensamblar piezas de automóviles cuando su esposa estaba desaparecida, cuando cada minuto que pasaba podría ser crucial para encontrarla?
Era una situación imposible, sin solución. Los fines de semana, Rodrigo continuaba con las búsquedas. Había expandido el radio de acción, yendo más allá de Monterrey hacia municipios periféricos como Apodaca, Escobedo, Juárez, Santa Catarina. Visitaba comunidades rurales, campos agrícolas, zonas industriales abandonadas. Llevaba siempre la fotografía de María y los volantes, cada vez más desgastados y maltratados por el tiempo y el uso constante. La mayoría de las personas ya no prestaba atención. Los volantes de desaparecidos eran tan comunes en esa época que se habían vuelto parte del paisaje urbano, pegados en postes de luz, junto a anuncios de plomeros y vendedores de tamales.
Francisco y Guillermo seguían ayudando cuando podían, pero ambos tenían familias propias que atender. La carga principal recaía sobre Rodrigo, quien sentía que llevaba el peso del mundo sobre sus hombros. En junio de 2005, 7 meses después de la desaparición, Rodrigo tomó una decisión que cambiaría el curso de su búsqueda. Decidió acudir a los medios de comunicación. Hasta ese momento, el caso de María Selman había recibido poca atención mediática, apenas una nota pequeña en la sección de policía de los periódicos locales.
Pero Rodrigo había escuchado de otros familiares de desaparecidos que la presión pública podía generar resultados cuando las autoridades fallaban. contactó a varios periodistas de Monterrey, ofreciéndose para entrevistas, suplicando que contaran la historia de María. La mayoría lo ignoró o le ofreció excusas sobre falta de espacio o interés editorial. Finalmente, una reportera de un periódico de circulación local llamado El diario de Monterrey aceptó reunirse con él. Su nombre era Verónica Ibarra, una mujer de unos 35 años. con experiencia cubriendo temas de seguridad y derechos humanos.
Verónica fue al departamento de Rodrigo una tarde de sábado. Rodrigo le contó toda la historia desde el principio. La mañana del 19 de noviembre, el secuestro en plena calle, la indiferencia policial, las pistas que no llevaban a ninguna parte, el dolor insoportable de sus hijos. Verónica tomó notas detalladas, grabó parte de la conversación con una pequeña grabadora de audio y tomó fotografías del departamento y de la familia. Diego y Paulina, tímidos al principio, terminaron mostrándole a la reportera los dibujos que habían hecho de su mamá.
Imágenes simples de crayón donde María aparecía siempre sonriendo, siempre con los brazos abiertos. Verónica sintió un nudo en la garganta. Había cubierto decenas de historias similares, pero cada una seguía impactándola profundamente. Antes de irse, prometió a Rodrigo que haría todo lo posible para que la historia de María recibiera la atención que merecía. El artículo de Verónica Ibarra se publicó en la primera página de la sección local una semana después. El titular decía 7 meses sin María, la búsqueda desesperada de una familia regia.
El texto era detallado y emotivo, narrando cada aspecto del caso con sensibilidad, pero sin ocultar las fallas institucionales. Incluía la fotografía de María en su blusa azul celeste, así como una imagen reciente de Rodrigo con Diego y Paulina, los tres con expresiones de profunda tristeza. El artículo generó una respuesta inmediata. El teléfono de Rodrigo no dejó de sonar durante días. Hubo llamadas de personas ofreciendo apoyo, otras que afirmaban tener información sobre posibles avistamientos de María, algunas que simplemente querían expresar su solidaridad.
No todas las pistas eran útiles y muchas terminaron siendo falsas alarmas, pero al menos el caso había vuelto a estar en el radar público. Organizaciones civiles de derechos humanos contactaron a Rodrigo ofreciéndole asesoría legal y apoyo psicológico para él y sus hijos. Una de esas organizaciones era el centro de apoyo a familiares de personas desaparecidas, una ONG que operaba en Monterrey desde inicios de los años 2000, cuando comenzó a dispararse el número de desapariciones en el noreste del país.
La directora del centro, una abogada llamada Teresa Maldonado, se reunió con Rodrigo y su familia en julio de 2005. Teresa era una mujer de unos 50 años, de mirada firme y voz serena, que había dedicado la última década de su vida a ayudar a familias como la de Rodrigo. “Lo primero que debes entender,” le explicó a Rodrigo durante esa primera reunión, “es que no estás solo. Hay cientos, miles de familias en todo el país pasando por lo mismo que tú.
El Estado ha fallado sistemáticamente en proteger a sus ciudadanos y en investigar estas desapariciones, pero juntos organizados podemos presionar para obtener justicia. Teresa y su equipo comenzaron a trabajar en el caso de María desde una perspectiva legal y de derechos humanos. presentaron quejas formales ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Nuevo León, señalando las múltiples fallas en la investigación policial, la demora en responder, la falta de seguimiento a las pistas, la ausencia de recursos dedicados al caso.
También ayudaron a Rodrigo a presentar solicitudes de información a través de los mecanismos de transparencia recién establecidos en el país, tratando de obtener detalles sobre el expediente oficial del caso y qué acciones específicas había tomado la Procuraduría. La respuesta de las autoridades fue predeciblemente defensiva y burocrática, argumentando que habían seguido todos los protocolos establecidos y que la falta de resultados se debía a la ausencia de evidencia útil, no a negligencia institucional. Mientras los abogados del centro trabajaban en el aspecto legal, Teresa también conectó a Rodrigo con otros familiares de desaparecidos.
Fue así como conoció a Lorena, una mujer de Escobedo, cuyo hijo de 23 años había desaparecido en circunstancias similares 6 meses antes que María. También conoció a don Alberto, un hombre mayor cuya hija había sido secuestrada camino a su trabajo en una maquiladora en 2003 y de quien nunca se supo más. Estas reuniones con otros familiares fueron tanto consoladoras como devastadoras para Rodrigo. Por un lado, encontraba personas que realmente entendían su dolor, que no le decían frases vacías como, “Ten fe o todo saldrá bien.” Por otro lado, escuchar tantas historias similares, ver tantas fotografías de rostros desaparecidos, lo confrontaba con una realidad aterradora.
María era solo una víctima más en una crisis que había alcanzado proporciones epidémicas. El centro organizaba marchas mensuales por las calles de Monterrey, donde los familiares de desaparecidos caminaban juntos cargando fotografías grandes seres queridos, exigiendo justicia, exigiendo investigaciones serias, exigiendo que el gobierno reconociera la magnitud del problema. Rodrigo asistía a cada marcha sin falta, con Diego y Paulina a su lado cuando era posible o con doña Cristina cuando los niños estaban en la escuela. Caminaban por la macroplaza frente al palacio de gobierno, gritando consignas: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
Ni un desaparecido más.” Los transeútes los miraban, algunos con compasión, otros con indiferencia, otros con molestia por la interrupción del tráfico. Los medios cubrían las marchas de manera intermitente, dependiendo de si había otras noticias más importantes ese día. Pero los familiares no se rendían, no podían rendirse. Rendirse significaba abandonar a sus seres queridos, aceptar su desaparición como un hecho irreversible. En octubre de 2005, casi un año después del secuestro de María, surgió lo que parecía ser la pista más prometedora hasta la fecha.
Un hombre detenido por otros delitos en la cárcel de Topo Chico, ubicada en el norte de Monterrey, pidió hablar con las autoridades sobre varios casos de desapariciones a cambio de beneficios en su sentencia. El hombre, cuyo nombre nunca se hizo público por razones legales, afirmó tener conocimiento de una red de secuestradores que operaba en la zona metropolitana de Monterrey entre 2003 y 2005. Según su testimonio, el grupo era responsable de múltiples plagios, algunos con fines de extorsión y otros vinculados a la trata de personas.
Las víctimas eran seleccionadas de manera aparentemente aleatoria, aunque había ciertos patrones, mujeres jóvenes, personas solas, en rutas cotidianas y predecibles. El informante mencionó específicamente casos que encajaban con el perfil y las circunstancias del secuestro de María Selman. La Procuraduría Estatal contactó finalmente a Rodrigo para informarle sobre este desarrollo. Fue el detective Saucedo quien hizo la llamada con un tono que mezclaba cautela y algo parecido a la esperanza. Pacheco, tenemos nueva información que podría estar relacionada con su esposa.
Necesitamos que venga a la Procuraduría para una reunión. Rodrigo sintió que el corazón se le salía del pecho después de meses de silencio y puertas cerradas. Finalmente había un avance real. Fue a la procuraduría acompañado por Teresa Maldonado y su hermano político, Francisco. En una sala de juntas, varios agentes y un fiscal les explicaron la situación. El informante había proporcionado nombres, ubicaciones de casas de seguridad que el grupo había usado e incluso algunas descripciones de víctimas. Sin embargo, había un problema.
El hombre exigía protección total para él y su familia, reducción sustancial de su sentencia y garantías de que su identidad nunca sería revelada. Las negociaciones estaban en proceso, pero no había certeza de que se llegara a un acuerdo. Rodrigo apenas podía contener la emoción y la frustración. ¿Qué significa esto para María? ¿Saben dónde está? ¿Está viva? Las preguntas salían en Torrente. El fiscal levantó las manos en un gesto apaciguador. No tenemos información específica sobre su esposa en este momento, pero si logramos que este individuo coopere completamente, podríamos obtener respuestas sobre varios casos, posiblemente incluyendo el de la señora Selman.
Era una respuesta insatisfactoria, ambigua, pero era más de lo que habían tenido en 11 meses. Teresa Maldonado presionó para obtener más detalles, preguntando específicamente qué casas de seguridad habían sido mencionadas, si alguna estaba cerca de donde María fue secuestrada, si había alguna víctima que hubiera sido liberada y pudiera testificar. Los agentes fueron evasivos, argumentando que era información sensible de una investigación en curso. La reunión terminó sin conclusiones claras, solo con promesas de mantener a Rodrigo informado de cualquier progreso.
Las semanas siguientes fueron de angustiosa espera. Rodrigo llamaba a la procuraduría casi diariamente, siempre recibiendo la misma respuesta. Estamos trabajando en ello. Tenga paciencia. Pero la paciencia se había agotado hacía mucho tiempo. En noviembre de 2005, exactamente un año después de la desaparición de María, la familia organizó una misa especial en la iglesia del barrio, la parroquia de San José Obrero. La iglesia estaba llena de vecinos, amigos, compañeros de trabajo de Rodrigo, otros familiares de desaparecidos. El padre Anselmo, un sacerdote anciano que llevaba décadas sirviendo en esa comunidad, ofició la ceremonia con palabras que intentaban ofrecer consuelo, pero que sonaban huecas ante la magnitud del dolor.
“Mantengamos la esperanza en nuestros corazones”, decía el Padre. Dios no nos abandona en nuestros momentos más oscuros. Rodrigo quería creer esas palabras. Necesitaba creerlas, pero cada día que pasaba sin María hacía más difícil mantener la fe. Después de la misa, mientras los asistentes se acercaban a ofrecer sus condolencias y abrazos, se acercó a Rodrigo, un hombre que no había visto antes en la iglesia. Era delgado, de unos 40 años, con barba de varios días y ropa modesta.
se presentó como Tomás. Aunque después Rodrigo sospechó que probablemente era un nombre falso. El hombre que se identificó como Tomás llevó a Rodrigo a un rincón apartado del atrio de la iglesia. Con voz baja y nerviosa le dijo que había trabajado como vigilante en un almacén industrial abandonado en el municipio de Juárez durante 2004 y principios de 2005. Vi cosas que no debí ver”, confesó mientras miraba constantemente hacia los lados. Gente que llegaba en camionetas, mujeres que entraban pero no salían.
Escuché gritos algunas noches. Rodrigo sintió que se le helaba la sangre. “¿Viste a mi esposa?”, estuvo María ahí. Tomás negó con la cabeza. No sé, nunca vi las caras, pero ese lugar ahí pasaban cosas terribles. Dejé de trabajar ahí porque tenía miedo de que me mataran por saber demasiado. Le dio a Rodrigo la dirección exacta del almacén antes de desaparecer entre la multitud que salía de la iglesia. Rodrigo no esperó ni un día. A la mañana siguiente, junto con Francisco y dos amigos de la fábrica que se habían ofrecido a ayudar, se dirigió al lugar indicado.
Era una zona industrial desolada en las afueras del municipio de Juárez, llena de bodegas cerradas y lotes valdíos cubiertos de basura. El almacén específico estaba protegido por una cerca de alambre oxidado con agujeros por donde se podía entrar. El edificio principal era enorme, de lámina corrugada, con ventanas rotas y puertas colgando de las bisagras. Entraron con linternas porque no había electricidad. El interior olía humedad, orín y algo más que Rodrigo no quería identificar. Había colchones viejos tirados en el suelo, cadenas oxidadas atornilladas a las paredes, botellas de alcohol vacías.
En una esquina encontraron ropa de mujer, blusas, pantalones, zapatos, todo amontonado y cubierto de polvo. Rodrigo revisó cada prenda con manos temblorosas, buscando algo que reconociera como de María. No encontró nada concluyente, pero el lugar irradiaba violencia y sufrimiento. Llamaron inmediatamente a la policía desde ese lugar. Esta vez la respuesta fue más seria. Llegaron varias patrullas y una unidad de la policía ministerial. Acordonaron el área, tomaron fotografías, recogieron evidencia. Una gente le dijo a Rodrigo que el lugar sería analizado por peritos forenses, que buscarían restos de sangre, huellas dactilares, cualquier cosa que pudiera vincular el sitio con casos de desapariciones.
Rodrigo sintió una mezcla contradictoria de esperanza y terror. Y si encontraban evidencia de que María había estado ahí y si descubrían algo peor. Los días de espera por los resultados forenses fueron insoportables. Rodrigo apenas dormía imaginando los horrores que su esposa podría haber sufrido en ese lugar infernal. Los resultados llegaron tres semanas después. En diciembre de 2005, el análisis forense había encontrado restos biológicos de múltiples personas en el almacén, pero debido al tiempo transcurrido y las condiciones del lugar.
La mayoría de las muestras estaban degradadas. Lograron extraer perfiles de ADN parciales de algunas manchas de sangre en las paredes y el piso. La Procuraduría solicitó a Rodrigo y a los familiares de María que proporcionaran muestras de ADN para comparación. Rodrigo dio su muestra de sangre inmediatamente, al igual que doña Cristina y los hermanos de María. Las pruebas de compatibilidad genética tomaron semanas adicionales. Finalmente, en enero de 2006, 14 meses después de la desaparición, recibieron los resultados.
Ninguna de las muestras del almacén coincidía con el perfil genético de María Selman. Por un lado, significaba que probablemente ella no había estado en ese lugar específico. Por otro lado, significaba que seguían sin tener respuestas. La investigación del almacén, sin embargo, sí generó resultados en otros casos. Varios de los perfiles de ADN encontrados coincidieron con personas desaparecidas en la región entre 2003 y 2005. Esto condujo a la identificación y arresto de tres miembros de la red criminal que el informante de Topochico había mencionado.
Los detenidos fueron acusados de secuestro, extorsión y homicidio. Durante los interrogatorios, uno de ellos mencionó que su grupo había operado en varias zonas de Monterrey, incluyendo la colonia Independencia. Rodrigo fue convocado nuevamente a la Procuraduría para ver si podía identificar a alguno de los detenidos como los hombres que secuestraron a María. Le mostraron fotografías y videos de las ruedas de identificación. Rodrigo estudió cada rostro intensamente, buscando algún rasgo que coincidiera con las descripciones vagas de los testigos, pero había pasado demasiado tiempo y él nunca había visto directamente a los secuestradores.
No pudo hacer una identificación positiva. Los abogados del Centro de Apoyo a Familiares de personas desaparecidas presionaron para que los detenidos fueran interrogados. Específicamente sobre el caso de María Selman. Durante esos interrogatorios, uno de los criminales admitió conocer el caso superficialmente. Recordaba haber escuchado de un secuestro de una mujer en la zona norte en noviembre de 2004, pero juró que ni él ni su grupo inmediato habían sido responsables. mencionó que en esa época había múltiples células operando de manera independiente, algunas vinculadas a cárteles del narcotráfico que estaban expandiendo sus operaciones más allá del tráfico de drogas hacia secuestros y extorsiones.
Era un panorama aterrador, decenas de grupos criminales actuando simultáneamente sin coordinación entre las autoridades para combatirlos, dejando un rastro de víctimas y familias destrozadas. Para 2007, 3 años después de la desaparición, la vida de Rodrigo se había estabilizado en una nueva normalidad dolorosa. Diego tenía ahora 10 años y Paulina siete. Ambos habían sido sometidos a terapia psicológica durante dos años, ayudándoles a procesar el trauma de perder a su madre de manera tan repentina y violenta. Ciego había aprendido a funcionar, aunque llevaba cicatrices emocionales profundas que probablemente lo acompañarían toda su vida.
Paulina apenas recordaba detalles concretos de María, ya que tenía solo 4 años cuando desapareció, pero cargaba con un sentimiento de pérdida inexplicable. Doña Cristina seguía viviendo con ellos, convertida en la figura materna que los niños necesitaban. Su salud se había deteriorado significativamente por el estrés y el dolor, desarrollando diabetes e hipertensión que requerían medicación constante. Rodrigo nunca dejó de buscar. Ya no lo hacía con la intensidad frenética de los primeros meses, porque la vida diaria exigía su atención.
trabajar, pagar cuentas, cuidar a sus hijos, mantener alguna apariencia de funcionalidad. Pero cada pista nueva, cada llamada anónima, cada noticia de cuerpos encontrados en fosas clandestinas lo movilizaba inmediatamente. 2008 y 2009, cuando la violencia en Monterrey alcanzó niveles sin precedentes debido a la guerra entre cárteles, el número de desapariciones se disparó exponencialmente. Rodrigo asistía a las reuniones del centro de apoyo, donde cada mes había rostros nuevos, familias nuevas unidas por el mismo dolor. Las marchas crecieron en tamaño.
Ya no eran 30 o 40 personas, sino cientos, a veces miles, caminando por las calles de Monterrey, cargando fotografías de sus desaparecidos. En 2010, 6 años después, la Procuraduría localizó una fosa clandestina en un rancho abandonado cerca de Cadereita. Encontraron restos de 17 personas enterradas en condiciones que dificultaban la identificación. Rodrigo proporcionó nuevamente muestras de ADN, como lo había hecho decenas de veces en años anteriores, cada vez que aparecían restos no identificados. Esta vez hubo coincidencia parcial.
Los forenses determinaron que algunos de los restos óseos mostraban características compatibles con el perfil genético de María Selman, pero no lo suficientemente concluyentes para una identificación definitiva. Necesitaban análisis adicionales más especializados. Rodrigo vivió meses en un limbo angustiante. ¿Era María finalmente o era otra víctima no identificada? Los análisis complementarios tardaron casi un año. En marzo de 2011 recibió la notificación oficial. Los restos no correspondían a María Selman, otro callejón sin salida, otra esperanza destrozada. Los años siguieron pasando.
Diego se graduó de la secundaria en 2012, un momento agridulce donde la ausencia de María se sintió con particular intensidad. Rodrigo intentó mantener la compostura durante la ceremonia, pero cuando Diego subió al estrado a recibir su certificado, las lágrimas corrieron por su rostro. María debería haber estado ahí orgullosa de su hijo. Paulina desarrolló un interés profundo por temas de justicia social y derechos humanos, directamente influenciado por la experiencia de su familia. Para 2014, 10 años después de la desaparición, ella tenía 14 años y ya acompañaba a su padre a las marchas y reuniones de familiares de desaparecidos, no como víctima pasiva, sino como activista emergente con voz propia.
La historia de María Selman nunca fue resuelta oficialmente. Su expediente permanece abierto en la Procuraduría de Nuevo León, uno entre miles de casos de personas desaparecidas en México durante las primeras décadas del siglo XXI. Rodrigo, ahora con cabello canoso y rostro marcado por años de sufrimiento, sigue buscando respuestas. participa en cada acto conmemorativo del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Mantiene actualizada una página en redes sociales dedicada a María, compartiendo su fotografía regularmente esperando que alguien en algún lugar tenga información.
Diego estudia criminología en la universidad, motivado por encontrar respuestas sobre lo que le sucedió a su madre. Paulina trabaja con organizaciones de derechos humanos, canalizando su dolor en activismo para ayudar a otras familias. En noviembre de cada año, el día 19, Rodrigo regresa a la esquina de Aramberry y Pino Suárez, al lugar exacto donde María fue secuestrada. Coloca flores, enciende una veladora y se queda ahí durante horas, recordando aquella mañana fría de 2004, cuando su esposa salió a comprar pan y nunca regresó.
Los vecinos que aún viven en la zona lo reconocen y algunos se detienen a acompañarlo en silencio. La panadería La Espiga sigue operando, ahora administrada por los hijos de don Esteban. Lidia falleció en 2015, pero antes de morir siempre preguntaba por Rodrigo y recordaba con tristeza aquella mañana terrible. El caso de María Selman se convirtió en símbolo de una crisis nacional que ha destrozado a decenas de miles de familias mexicanas. Un recordatorio doloroso de que detrás de cada estadística hay una persona real, una familia destrozada, una vida interrumpida y preguntas que pueden nunca recibir respuesta.
Rodrigo Pacheco, sentado en esa esquina cada 19 de noviembre, mirando el tráfico pasar por el mismo lugar donde vio por última vez a su esposa, representa a todos los familiares que buscan incansablemente a sus desaparecidos. Su dolor no ha disminuido con los años, solo ha aprendido a llevarlo de manera diferente. María Selman de Pacheco, de 32 años, madre de dos niños, desapareció un viernes común realizando una tarea cotidiana, comprar pan para el desayuno de sus hijos. Su historia multiplicada por miles en todo México, es un testimonio brutal de una sociedad que falló en proteger a
los más vulnerables, de instituciones que no cumplieron su deber y de familias que, a pesar de todo, se niegan a olvidar y a rendirse. Sí.















