MADRE y su HIJA de Monterrey DESAPARECIERON en 2004 — su antiguo correo volvió a activarse en 2015

La madrugada del 11 de enero de 2004 amaneció fría en Monterrey con ese viento seco del norte que bajaba de las montañas y hacía tiritar incluso a los regios más acostumbrados. En el fraccionamiento Country, uno de los barrios residenciales más tranquilos de San Pedro Garza García, la casa de los Villarreal permanecía en silencio mientras las primeras luces del día comenzaban a filtrarse por las ventanas. Nadie en esa calle arbolada podía imaginar que en cuestión de horas esa vivienda de dos pisos con fachada de cantera se convertiría en el epicentro de uno de los misterios más perturbadores que la ciudad industrial del norte de México había conocido.

Mauricio Villarreal despertó pasadas las 7 de la mañana, como cada domingo, con la intención de preparar café y leer el periódico antes de que su esposa y su hija bajaran a desayunar. A sus años, Mauricio era un hombre de rutinas inquebrantables, gerente de operaciones en una planta manufacturera de autopartes. Llegaba puntual cada día. organizaba su escritorio con precisión militar y planeaba las vacaciones familiares con meses de anticipación. Ese domingo, sin embargo, al bajar las escaleras, notó algo extraño.

La cocina estaba exactamente como la habían dejado la noche anterior después de cenar. Los platos limpios en el escurridor, la cafetera apagada, ningún rastro de que alguien hubiera preparado el desayuno temprano. No era inusual que Berenice, su esposa, durmiera hasta tarde los fines de semana, pero había algo en el silencio de la casa que le resultó inquietante. subió nuevamente las escaleras, sus pasos resonando en el pasillo alfombrado y tocó suavemente la puerta de la habitación principal. No hubo respuesta.

Giró la manija y empujó la puerta. La cama estaba hecha, las cortinas abiertas y sobre el tocador, el joyero de Verenice permanecía cerrado junto a su perfume favorito. Era como si nadie hubiera dormido allí. El corazón de Mauricio comenzó a acelerarse. Caminó rápidamente hacia el cuarto de su hija Abril, una adolescente de 14 años que cursaba el tercer año de secundaria en el Instituto Tecnológico. Abrió la puerta sin tocar. La habitación estaba ordenada de una manera antinatural para una chica de su edad.

La cama tendida con esmero, los libros alineados en el escritorio, la mochila escolar colgada en su lugar habitual. Mauricio revisó toda la casa llamándolas por sus nombres, su voz cada vez más alta y desesperada. Bajó al estudio, revisó el cuarto de lavado, incluso abrió la puerta del sótano donde guardaban las decoraciones navideñas. Nada. Salió al jardín trasero, donde el pasto brillaba con la escarcha de la madrugada. Las rejas perimetrales estaban intactas, el portón eléctrico cerrado. Regresó corriendo a la cochera.

El Honda Accord plateado de Verenice seguía estacionado en su lugar junto a su propia camioneta Ford. Las llaves del auto colgaban del tablero de llaves en la cocina. Fue entonces cuando el pánico verdadero se apoderó de él. Si disfrutas de estas historias, te invito a suscribirte al canal y déjame un comentario contándome desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo significa mucho. Mauricio marcó al celular de Verenice con manos temblorosas. El teléfono sonó una, dos, tres veces y luego se fue al buzón de voz.

volvió a marcar lo mismo. Intentó llamar al celular de abril, pero ese ni siquiera sonó. Fue directo al buzón. Con la respiración agitada, Mauricio subió nuevamente a las habitaciones, esta vez buscando con más detenimiento. En el closet de Berenice, toda su ropa parecía estar en su lugar. sus zapatos ordenados en el zapatero, en el baño, su cepillo de dientes, su maquillaje, todo estaba allí. Lo mismo en el cuarto de abril, su ropa, sus tenis favoritos, incluso su diario personal que guardaba en el cajón de la mesita de noche.

Era como si ambas hubieran desaparecido en medio de la noche sin llevarse absolutamente nada. A las 9 de la mañana, después de llamar infructuosamente a la madre de Berenice, a su hermana y a las dos amigas más cercanas de su esposa, Mauricio marcó al 06. La operadora le tomó los datos con una calma profesional que a él le pareció exasperante. Le explicaron que en casos de adultos desaparecidos debían esperar 24 horas, pero que tratándose de una menor de edad enviarían una patrulla de inmediato.

40 minutos después, dos agentes ministeriales tocaban a su puerta. Mauricio los hizo pasar y le relató todo con lujo de detalle. La última vez que había visto a su esposa y a su hija había sido la noche anterior, cerca de las 11, cuando él se fue a dormir. Berenice estaba viendo televisión en la sala y Abril había subido a su cuarto a hacer tarea. Todo parecía completamente normal. Los agentes recorrieron la casa, tomaron fotografías, hicieron preguntas. ¿Había habido alguna discusión familiar?

No, ninguna. Verenis tenía problemas con alguien, deudas, conflictos. No, que él supiera. Abril había mencionado problemas en la escuela, algún novio, amigas con las que pudiera haberse ido. Nada de eso. Abril era una estudiante ejemplar, callada, dedicada, sin problemas de conducta. Uno de los agentes, un hombre corpulento de bigote canoso llamado subinspector Lozano, revisó las ventanas, las puertas, buscó señales de forcejeo o entrada forzada. Todo estaba en orden. No había vidrios rotos, cerraduras dañadas, ni signos de violencia.

Era como si Verenice y Abril simplemente se hubieran desvanecido en el aire. Durante los días siguientes, la casa de los Villarreal se convirtió en un hervidero de actividad. Detectives de la Policía Ministerial del Estado de Nuevo León entraban y salían a todas horas. Instalaron equipos para monitorear las líneas telefónicas por si llegaba alguna llamada de secuestradores pidiendo rescate. Mauricio, que provenía de una familia acomodada y tenía una posición económica sólida, estaba preparado para pagar lo que fuera necesario, pero la llamada nunca llegó.

Los investigadores interrogaron a vecinos, amigos, familiares, compañeros de trabajo de Verenice, quien trabajaba medio tiempo como contadora en un despacho del centro de Monterrey, y compañeros de escuela de abril, todos decían lo mismo. Eran una familia normal, sin enemigos conocidos, sin problemas aparentes. La hermana de Veren Leticia, llegó desde Saltillo el mismo domingo por la tarde. Era una mujer práctica y directa, dos años menor que Verenis, y las dos habían sido muy unidas desde niñas. Leticia no podía creer lo que estaba sucediendo.

Había hablado con su hermana apenas dos días antes, el viernes por la tarde, y Veren había sonado perfectamente normal. Habían hablado de planes para el cumpleaños de su madre en febrero, de lo bien que le estaba yendo a abril en la escuela, de lo cansado que estaba Mauricio por los turnos extras en la planta. Nada, absolutamente nada. Sugería que Verenice estuviera planeando irse o que estuviera en peligro. Los días se convirtieron en semanas. Mauricio contrató a un detective privado, un exagente federal llamado Rodrigo Saucedo, que tenía reputación de ser discreto y efectivo.

Saucedo comenzó su propia investigación paralela. Revisó los registros bancarios de Vereniz. No había retiros inusuales, no había movimientos sospechosos. Su última transacción había sido el sábado 10 de enero por la tarde, una compra en el supermaturismo HEB por 700 pesos. Las cámaras de seguridad del supermercado mostraban a Verenice y a Abril comprando víveres juntas, conversando normalmente, llevando el carrito del mandado, nada fuera de lo común. Esa fue la última imagen de ellas que alguien pudo encontrar. Saucedo también investigó la posibilidad de que Berenice hubiera estado planeando abandonar a Mauricio.

Habló con sus amigas más íntimas, indagó sobre la relación matrimonial, buscó indicios de infidelidad o de planes secretos. No encontró nada. Todas las personas cercanas a la pareja describían un matrimonio sólido, sin grandes conflictos. Mauricio era un esposo atento, quizás un poco obsesivo con el orden y las rutinas, pero no había indicios de violencia doméstica o de problemas graves. Y aún si Berenice hubiera querido irse, ¿por qué llevarse a abril? ¿Por qué no llevarse ropa, dinero, documentos?

Los pasaportes de ambas estaban en el estudio de la casa, guardados en el archivero junto con las actas de nacimiento y otros documentos importantes. La Procuraduría General de Justicia del Estado emitió una ficha de búsqueda. Las fotografías de Verenice y Abril comenzaron a aparecer en postes de luz, en paradas de autobús, en las noticias locales. Eren era una mujer atractiva de 38 años, de estatura media, cabello castaño oscuro que solía llevar corto. Ojos cafés, complexión delgada. Abril era su viva imagen, misma complexión delgada, mismo cabello castaño, aunque más largo, ojos grandes y expresivos, brackets en los dientes.

En la foto que Mauricio proporcionó a las autoridades, ambas sonreían en unas vacaciones familiares en Puerto Vallarta el verano anterior. Era una imagen que pronto se volvería icónica en Monterrey, reproducida una y otra vez en periódicos y noticieros. Las teorías comenzaron a multiplicarse. Algunos vecinos susurraban que quizás Berenice había tenido una aventura amorosa y se había fugado con su amante, llevándose a la niña. Otros sugerían que tal vez había caído en manos de una red de trata de personas, aunque eso no explicaba por qué no había habido forcejeo, ni por qué ambas desaparecieron sin dejar rastro.

Los más oscuros insinuaban que Mauricio podría estar involucrado, que quizás había asesinado a su familia y montado una escena para parecer inocente. La policía investigó exhaustivamente esta posibilidad. Revisaron las finanzas de Mauricio, su historial, interrogaron a sus compañeros de trabajo sobre su comportamiento. Mauricio se sometió voluntariamente a un detector de mentiras y pasó la prueba. No había evidencia de que hubiera hecho daño a su familia. Febrero llegó con temperaturas más cálidas, pero sin noticias. El cumpleaños de la madre de Vereniz transcurrió en un ambiente fúnebre, todos reunidos esperando noticias que no llegaban.

El hermano mayor de Mauricio, Octavio, sugirió que tal vez había sido un secuestro exprés que salió mal, aunque eso tampoco tenía mucho sentido. En Monterrey, a principios de 2004, la violencia del narcotráfico todavía no había alcanzado los niveles que tendría en años posteriores, pero los secuestros no eran desconocidos. Sin embargo, en esos casos siempre había algún tipo de comunicación, alguna demanda. En el caso de Berenice y Abril, solo había silencio. Mauricio dejó de ir al trabajo. No podía concentrarse, no podía funcionar.

Su hermano Octavio lo convenció de tomar una licencia indefinida. Pasaba los días en la casa esperando junto al teléfono intervenido, saliendo a repartir volantes con las fotografías de su esposa e hija, visitando hospitales, revisando reportes de personas no identificadas en el servicio médico forense. Cada llamada anónima, cada supuesto avistamiento resultaba ser una pista falsa. Una mujer llamó diciendo que había visto a Verenice en una terminal de autobuses en Laredo. Mauricio viajó inmediatamente allá con dos detectives. Era otra persona.

Un hombre reportó haber visto a una mujer y una adolescente que coincidían con la descripción en un restaurante de carretera cerca de Saltillo. Otra pista que no llevó a ninguna parte. En marzo, un periodista del norte, el principal diario de Monterrey, escribió un extenso reportaje sobre el caso. El artículo detallaba la extraña desaparición de la madre y la hija, la falta absoluta de pistas, las teorías contradictorias de las autoridades. El reportaje generó un renovado interés público. Decenas de personas llamaron con información, pero nada concreto surgió.

El detective Saucedo le dijo a Mauricio con brutal honestidad que después de dos meses las probabilidades de encontrarlas con vida disminuían drásticamente cada día que pasaba. Mauricio se negaba a aceptarlo. No podía. No quería imaginar que Verenice y Abril estuvieran muertas. se aferraba a la posibilidad de que estuvieran retenidas en algún lugar esperando ser rescatadas. El cuarto de abril permanecía exactamente como ella lo había dejado. Mauricio no permitía que nadie tocara nada. A veces entraba y se sentaba en la cama de su hija, mirando los pósters en las paredes.

Estrellas pop de esa época, bandas que a él le parecían ruidosas, pero que Abril adoraba, ojeando sus cuadernos escolares, leyendo las notas que intercambiaba con sus amigas. Buscaba alguna pista, algo que los investigadores hubieran pasado por alto, algún indicio de qué había sucedido esa noche. Nunca encontró nada. La habitación guardaba sus secretos también como guardaba la ropa y los libros de su dueña ausente. Junio marcó 6 meses desde la desaparición. Leticia, la hermana de Berenice, organizó una vigilia en el parque central de San Pedro Garza García.

Acudieron más de 200 personas, amigos, vecinos, compañeros de la escuela de abril, gente que ni siquiera conocía a la familia. pero que estaba conmovida por la historia. Encendieron velas, colocaron las fotografías de Berenice y Abril en un altar improvisado, rezaron, cantaron. Mauricio habló brevemente ante la multitud, su voz quebrándose, pidiendo a quien tuviera información que se comunicara con las autoridades. Ofreció una recompensa de 500,000 pesos por información que llevara a encontrar a su familia. Varios noticieros locales cubrieron el evento.

Por unos días, el caso volvió a estar en boca de todos y luego, como siempre, el interés se desvaneció. Los investigadores oficiales comenzaron a reducir los recursos dedicados al caso. Había otros crímenes, otros desaparecidos, otros asuntos que requerían atención. El subinspector Lozano le dijo a Mauricio que el caso permanecía abierto, que no se cerraría nunca hasta que hubiera respuestas, pero Mauricio sabía leer entre líneas. Sin nuevas pistas, sin testigos, sin evidencia física, no había mucho más que hacer.

El detective privado Saucedo continuó trabajando en el caso durante algunos meses más, pero eventualmente él también se quedó sin pistas que seguir. A finales de 2004, la investigación estaba prácticamente congelada. Mauricio intentó reconstruir su vida, aunque cada día era una batalla contra la desesperación. volvió al trabajo porque necesitaba mantenerse ocupado, porque la alternativa era volverse loco en esa casa llena de recuerdos y fantasmas. Sus compañeros de trabajo caminaban sobre cáscaras de huevo a su alrededor, sin saber qué decir, cómo actuar.

Algunos evitaban mencionarle a sus propias familias, como si hablar de esposas e hijos frente a Mauricio fuera una crueldad. Él apreciaba las intenciones, pero odiaba la lástima en sus miradas. Los años pasaron con una lentitud agónica. 2005, 2006, 2007. Cada aniversario de la desaparición era un recordatorio punzante. Cada cumpleaños no celebrado, cada Navidad vacía, cada momento en que veía a otras familias completas y felices, era como un cuchillo en el pecho. En 2008, Mauricio finalmente accedió a vender la casa de Contry.

No podía seguir viviendo allí, rodeado de recuerdos, esperando que en cualquier momento la puerta se abriera. y Berenice y Abril entraran como si nada hubiera pasado. Se mudó a un departamento más pequeño en el centro de Monterrey, un espacio impersonal y anónimo donde no había historia, no había fantasmas. Empacó cuidadosamente las pertenencias de su esposa y su hija, la ropa, los libros, las fotografías, todo, y las guardó en un almacén de autoservicio. No podía deshacerse de esas cosas.

pero tampoco podía vivir entre ellas. La vida de Mauricio entre 2008 y 2015 fue una existencia a medio vivir, un transcurrir mecánico de días sin propósito real más allá de la mera supervivencia. Había momentos, a veces semanas enteras en que casi lograba convencerse de que había aceptado que nunca sabría qué les había sucedido a Verenice y Abril. Pero luego algo lo golpeaba sin previo aviso, el perfume de una desconocida en el elevador que olía exactamente como verenice, una adolescente riéndose en la calle que tenía la misma risa cristalina de abril, una fecha en el calendario que marcaba algún aniversario olvidado y entonces todo volvía a derrumbarse.

En 2009, 5 años después de la desaparición, la Procuraduría cerró oficialmente el caso por falta de evidencia, aunque técnicamente permanecía abierto a nueva información. El subinspector Lozano se había jubilado. Los nuevos investigadores que Mauricio contactó apenas conocían los detalles del caso y les importaba menos. Le sugerían con delicadeza, pero con firmeza, que considerara declarar a su esposa e hija legalmente muertas para poder seguir adelante con su vida. Mauricio se negó rotundamente. Declarar a alguien muerto requería aceptar su muerte y él no estaba dispuesto a hacer eso.

No sin pruebas, no sin cuerpos, no sin respuestas. Su familia, preocupada por su salud mental, le suplicó que buscara ayuda profesional. Mauricio accedió a regañadientes y comenzó a ver a una psicóloga especializada en duelo y trauma. Las sesiones semanales en ese consultorio luminoso del segundo piso de una plaza comercial en San Pedro se convirtieron en el único espacio donde Mauricio podía hablar abiertamente de Verenice y Abril sin sentir la incomodidad ajena. La doctora Montes era una mujer de mediana edad, paciente y comprensiva, que no intentaba apresurar su proceso ni convencerlo de superar la pérdida.

le enseñó técnicas para manejar la ansiedad, para dormir mejor, para funcionar en su trabajo sin que el peso de la ausencia lo aplastara completamente. Pero había noches, muchas noches en que Mauricio abría su laptop y buscaba obsesivamente en internet. Leía sobre otros casos de personas desaparecidas, buscaba coincidencias, patrones. Había descubierto foros y grupos de apoyo en línea donde familiares de desaparecidos compartían sus historias y sus búsquedas. Encontró consuelo en esas comunidades virtuales de dolor compartido, donde nadie lo juzgaba por seguir buscando después de tanto tiempo, donde todos entendían la necesidad implacable de respuestas.

Publicaba regularmente las fotografías de Verenice y Abril. actualizaba su historia por si acaso alguien en algún lugar las hubiera visto. En 2010, Monterrey comenzó a cambiar dramáticamente. La violencia del narcotráfico, que había sido un problema distante, explotó en las calles de la ciudad. Balaceras en plena luz del día, cuerpos colgados de puentes, extorsiones, secuestros. La guerra entre el cártel del Golfo y los setas convirtió a la otrora tranquila capital industrial del norte en una zona de guerra.

Mauricio, como muchos regios, aprendió a identificar el sonido de disparos, a evitar ciertas zonas, a no salir de noche. Irónicamente, en medio de ese caos de violencia y muerte, su tragedia personal parecía aún más insignificante, que eran dos desaparecidas de 2004 comparadas con las docenas de personas que desaparecían cada semana en 2010, 2011, 2012. Sin embargo, la escalada de violencia también trajo algo inesperado, un renovado enfoque en las personas desaparecidas. Grupos de madres buscadoras comenzaron a organizarse exigiendo respuestas, presionando a las autoridades, excavando en terrenos valdíos, buscando fosas clandestinas.

Mauricio se unió a algunas de estas búsquedas. Los fines de semana se encontraba con otros familiares en algún terreno periférico de la ciudad, armados con palas y varillas, buscando señales de tierra removida. Era un trabajo agotador y macabro, pero al menos sentía que estaba haciendo algo. En esas excavaciones encontraron restos humanos en más de una ocasión, pero nunca de verenice o abril. Cada vez que los forenses confirmaban que los restos no correspondían a su familia, Mauricio sentía un alivio culpable mezclado con decepción.

Fue en una de esas búsquedas en agosto de 2012, donde conoció a Norma, una mujer de cadereita, cuyo hijo universitario había desaparecido camino a clases en 2011. Norma tenía esa misma mirada que Mauricio veía en el espejo cada mañana. Ojos cansados que habían llorado todo lo que podían llorar, pero que seguían buscando, siempre buscando. Desarrollaron una amistad basada en el dolor compartido. Se encontraban para tomar café, para hablar de sus desaparecidos, para darse ánimo mutuo en los días difíciles.

Norma fue quien le enseñó a Mauricio sobre el sistema nacional de personas desaparecidas, sobre cómo navegar las bases de datos de hospitales y morgues, sobre recursos legales que él desconocía. En 2013, 9 años después de la desaparición, la madre de Berenice falleció de un infarto. La mujer, que nunca se había recuperado de la desaparición de su hija y nieta se apagó como una vela. sin aire. En el funeral, Leticia le dijo a Mauricio entre lágrimas que su madre había muerto de corazón roto, que nunca había dejado de esperar que Berenice y Abril aparecieran.

Mauricio cargó con esa culpa también, aunque racionalmente sabía que no era responsable. Pero la culpa de los sobrevivientes no atiende a razones. El mundo seguía girando. La violencia en Monterrey comenzó a disminuir gradualmente después de 2012, aunque la ciudad quedó marcada para siempre. Mauricio cumplió 50 años en 2013, un hito que debería haber celebrado con su esposa a su lado, con su hija ya en la universidad quizás, estudiando alguna carrera brillante. En lugar de eso, lo celebró solo en su departamento con una llamada de su hermano Octavio y un pastel que no probó.

Abril habría tenido 23 años ese año. Mauricio se preguntaba cómo se vería, si se habría parecido aún más a su madre con los años, si habría estudiado arquitectura como quería cuando tenía 14 años, si tendría novio, si sería feliz. Los avances tecnológicos trajeron nuevas posibilidades. Mauricio entregó muestras de ADN a las autoridades para que fueran cargadas. en las bases de datos genéticas que se estaban creando para identificar restos. Se unió a Facebook, aunque le costó trabajo entender la plataforma, y creó una página dedicada a la búsqueda de Berenice y Abril.

Publicaba regularmente, compartía cualquier información relevante, mantenía viva la memoria de su familia. La página atrajo algunos seguidores, otros familiares de desaparecidos principalmente, que compartían sus publicaciones y ofrecían palabras de apoyo. Fue también en 2013 cuando Mauricio tomó una decisión que había postergado por años, acceder finalmente a revisar la computadora personal de Verenize. Había estado guardada en el almacén todo ese tiempo. una laptop del que ella usaba para trabajar desde casa ocasionalmente. Los investigadores la habían revisado en 2004, por supuesto, pero no habían encontrado nada relevante.

Mauricio llevó la computadora a un técnico experto en recuperación de datos, un joven en sus 25 años que trabajaba en un pequeño local en la colonia obrera. El técnico que se presentó como Irvin, le explicó que podría recuperar archivos borrados, historiales de navegación, correos electrónicos antiguos. Dos semanas después, Irvin le entregó la laptop con toda la información recuperada organizada en carpetas. Mauricio pasó noches enteras revisando todo. Fotos familiares que había olvidado, documentos de trabajo de Verenice, presupuestos familiares, listas de compras mundanas del supermercado y su cuenta de correo electrónico.

Berenice había usado una cuenta de Hotmail desde finales de los 90. Mauricio recordaba la dirección. Berenice, Villarreal. Hotmail. com leyó cada correo guardado en laptop buscando algo, cualquier cosa. Correspondencia con su hermana Leticia, correos de trabajo, cadenas de chistes que se reenviaban en esa época, newsletters de tiendas. Nada inusual, nada sospechoso, nada que explicara qué había pasado esa noche de enero de 2004. Por curiosidad, una noche de insomnio en noviembre de 2013, Mauricio intentó acceder a la cuenta de correo directamente desde el navegador.

Escribió la dirección Berenice Villarrealhotmail.com. En el campo de usuario. No sabía la contraseña. Berenice nunca se la había dicho, nunca había necesitado saberla. Probó algunas combinaciones obvias. el nombre de abril, su fecha de nacimiento, su aniversario de bodas. Nada funcionó. Después de tres intentos fallidos, se dio por vencido. De todos modos, razonó. ¿Qué esperaba encontrar? La cuenta llevaba casi 10 años inactiva. Microsoft probablemente la había cerrado por inactividad hacía tiempo. Los años 2014 y principios de 2015 transcurrieron en esa misma rutina gris.

Mauricio trabajaba, asistía a sus sesiones de terapia, participaba ocasionalmente en búsquedas con grupos de familiares, mantenía actualizada la página de Facebook y vivía con ese vacío constante que nunca desaparecía del todo. Había aprendido a funcionar con él, a cargarlo como se carga una mochila pesada que nunca puedes quitarte. La gente a su alrededor había dejado de preguntar, había dejado de mencionar el tema. Para el mundo, Berenice y Abril eran un caso frío, una historia triste del pasado, dos nombres más en la interminable lista de desaparecidos de México.

El 15 de junio de 2015, 11 años y 5 meses después de la desaparición, Mauricio estaba en su oficina revisando reportes de producción cuando sonó su teléfono celular. Era un número desconocido de Monterrey. Normalmente no contestaba llamadas de números que no reconocía. Había recibido demasiadas llamadas de extorsionadores haciéndose pasar por secuestradores, una plaga común en la región, pero algo lo impulsó a contestar. Bueno, respondió con cautela Mauricio Villarreal, preguntó una voz femenina joven al otro lado de la línea.

Sí, soy yo. ¿Quién habla? Mi nombre es Paulina Estrada. Soy periodista de reporte índigo. Estoy investigando casos de personas desaparecidas en Nuevo León y me gustaría hablar con usted sobre su esposa y su hija. Mauricio suspiró. Cada tanto, algún periodista lo contactaba queriendo hacer un reportaje sobre casos sin resolver o las tragedias olvidadas de Monterrey. Generalmente accedía a las entrevistas con la esperanza de que la exposición mediática generara nueva información, aunque nunca había funcionado. “Claro, puedo hablar con usted”, respondió.

“Excelente. Pero señor Villarreal, hay algo más. Estoy trabajando con un especialista en tecnología forense y hemos estado rastreando actividad digital relacionada con varios casos de desaparecidos. Y bueno, sé que esto va a sonar imposible, pero necesito preguntarle. ¿Su esposa tenía una cuenta de correo electrónico? Sí, tenía una cuenta de Hotmail. ¿Por qué? Hubo una pausa al otro lado de la línea. Mauricio podía oír a Paulina. respirando como si estuviera reuniendo valor para decir lo siguiente. Señor Villarreal, ¿cuál era la dirección exacta de ese correo?

Berenice, Villarreal, Hotmail Comet, ¿qué tiene que ver esto con señor Villarreal? Lo interrumpió Paulina, su voz tensa. Esa cuenta de correo electrónico se reactivó hace tres semanas. Alguien inició sesión el 25 de mayo de 2015. El mundo de Mauricio se detuvo. El teléfono casi se le resbaló de la mano. ¿Qué fue todo lo que logró decir? La cuenta de su esposa, que estuvo inactiva durante 11 años mostró actividad reciente. Alguien accedió a ella. Necesitamos hablar personalmente. ¿Puede reunirse conmigo esta tarde?

Mauricio accedió aturdido, le dio la dirección de una cafetería cerca de su oficina y colgó el teléfono con las manos temblando. Durante 11 años había vivido con preguntas sin respuesta, con misterio y vacío. Y ahora, de repente algo había cambiado. Alguien había accedido al correo electrónico de Verenís. Pero, ¿quién y por qué era ella? estaba viva o era alguien más, alguien que sabía que había pasado. Las horas hasta la reunión con la periodista fueron una agonía. Mauricio no pudo concentrarse en nada.

Llamó a Leticia, la hermana de Berenice, y le contó sobre la llamada. Ella tampoco podía creerlo. ¿Crees que sea posible? ¿Crees que Verenice esté viva? le preguntó Leticia, su voz mezclando esperanza y miedo. Mauricio no sabía qué responder. 11 años era mucho tiempo. ¿Por qué si estaba viva Berenice esperaría 11 años para acceder a su correo? ¿Y dónde estaba Abril? Las preguntas se multiplicaban como hidras. A las 6 de la tarde, Mauricio estaba sentado en la cafetería, una taza de café intacta frente a él cuando llegó Paulina Estrada.

Era una mujer de unos 30 años, cabello negro recogido en una cola de caballo, lentes de armazón grueso cargando una mochila y una laptop. La acompañaba un hombre delgado de veintitantos años, barba descuidada con una laptop propia. Señor Villarreal, gracias por reunirse con nosotros”, dijo Paulina estrechando su mano. Él es Diego, nuestro especialista en tecnología forense. Se sentaron los tres en una mesa apartada. Diego abrió su laptop y giró la pantalla hacia Mauricio. “Señor Villarreal, lo que voy a mostrarle puede ser perturbador”, advirtió Paulina.

Hemos estado monitoreando actividad de cuentas asociadas a personas desaparecidas como parte de nuestra investigación. Es complicado técnicamente, pero básicamente rastreamos patrones de inicio de sesión en diversos servicios. La cuenta de Hotmail de su esposa mostró un inicio de sesión el 25 de mayo de 2015 a las 11:47 de la noche. Diego amplió una captura de pantalla que mostraba detalles técnicos. Dirección IP, ubicación aproximada, tipo de navegador. La sesión se inició desde una IP en Monterrey, específicamente en la zona de la colonia moderna.

La sesión duró aproximadamente 17 minutos. Durante ese tiempo, la persona revisó la bandeja de entrada, aunque no hay registro de que se enviaran o borraran correos. Mauricio miraba la pantalla sin terminar de procesar la información. “¿Pueden rastrear quién fue? ¿Pueden encontrar la ubicación exacta?”, preguntó. Es complicado, respondió Diego. La IP corresponde a una conexión de internet residencial de Telmex en esa zona, pero identificar la dirección exacta requeriría una orden judicial y la cooperación de la compañía telefónica.

Nosotros no tenemos ese poder. Las autoridades sí. Entonces tengo que ir a la policía con esto”, dijo Mauricio, comenzando a levantarse. “Espere”, lo detuvo Paulina. “Hay más. Esto no fue un incidente aislado. Hemos identificado al menos ocho casos en los últimos dos años de cuentas de correo electrónico o redes sociales de personas desaparecidas que súbitamente muestran actividad después de años inactivas. Siempre en Monterrey o área metropolitana, siempre accesos breves que no dejan rastro significativo. Es un patrón.

Mauricio sintió que la cabeza le daba vueltas. ¿Qué significa eso? ¿Que hay alguien accediendo a las cuentas de personas desaparecidas? ¿Por qué alguien haría eso? Esa es la pregunta, dijo Paulina. Por eso necesitamos investigar más. Por eso necesito su ayuda. Necesito que me cuente todo sobre la desaparición. Necesito acceso a los registros del caso y necesitamos convencer a las autoridades de que esto es real y que requiere investigación. Mauricio pasó las siguientes dos horas contándole a Paulina cada detalle que recordaba de enero de 2004, de la investigación fallida de los 11 años de búsqueda infructuosa.

Paulina tomaba notas meticulosamente. Ocasionalmente interrumpía para hacer preguntas específicas. Diego continuaba en su laptop analizando datos, haciendo anotaciones técnicas que Mauricio no comprendía. Al día siguiente, Mauricio acudió a las oficinas de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Nuevo León, ubicadas en el complejo Gubernamental de San Pedro. había solicitado una cita urgente con el fiscal especializado en personas desaparecidas, un puesto que no existía en 2004, pero que había sido creado en respuesta a la crisis de desaparecidos de los años de la violencia.

El fiscal, un hombre de apellido Navarro que no debía tener más de 40 años, lo recibió en una oficina atestada de expedientes. Mauricio le explicó todo. La llamada de la periodista, la reactivación de la cuenta de correo, el patrón de otras cuentas de desaparecidos mostrando actividad similar. Navarro escuchó con atención, tomando notas ocasionales, pero su expresión era escéptica. Señor Villarreal, entiendo su angustia y entiendo que cualquier desarrollo en el caso de su familia es significativo para usted.

Comenzó Navarro con un tono que Mauricio reconoció inmediatamente como el preámbulo de una negativa, pero necesita entender que el acceso a una cuenta de correo electrónico no necesariamente significa que su esposa esté viva o que esté relacionado con su desaparición. Podría ser un hacker, alguien que obtuvo acceso a contraseñas antiguas. Es difícil para nosotros justificar recursos de investigación basados en algo tan ambiguo. Ambiguo la voz de Mauricio se elevó. Mi esposa desapareció hace 11 años sin dejar rastro y ahora alguien accede a su cuenta de correo.

¿Cómo es eso, ambiguo? Ustedes tienen el poder de solicitar información a la compañía telefónica, de rastrear esa dirección IP, de investigar. Yo no puedo hacer eso. Necesito su ayuda. Navarro suspiró. Déjeme ver qué puedo hacer. No le prometo nada, señor Villarreal, pero presentaré una solicitud para acceder a los registros de la compañía telefónica. Puede tomar semanas obtener respuesta, quizás meses. Mientras tanto, si hay cualquier otra actividad en esa cuenta, notifíquenos inmediatamente. Mauricio salió de la fiscalía con una mezcla de frustración y esperanza.

Al menos Navarro había accedido a intentar algo, aunque sus expectativas no eran altas, basándose en experiencias pasadas con autoridades. Llamó a Paulina Estrada para informarle del resultado de la reunión. Es mejor que nada, comentó Paulina. Mientras tanto, Diego y yo seguiremos investigando por nuestra cuenta. Y, señor Villarreal, necesito pedirle un favor. Necesito que intente acceder usted mismo a la cuenta de su esposa. No sé la contraseña respondió Mauricio. Lo sé, pero Hotmail tiene un sistema de recuperación de contraseñas.

Si su esposa configuró preguntas de seguridad en su momento, usted podría conocer las respuestas. Vale la pena intentarlo. Esa noche en su departamento, Mauricio se sentó frente a su computadora e intentó hacer exactamente eso. Accedió a la página de Hotmail. Ingresó Verenice Villarreal Hotmail.com y cliqueó en Olvidó su contraseña. El sistema le pidió verificar su identidad. Había una opción de responder preguntas de seguridad. La primera pregunta apareció en pantalla. ¿Cuál era tu apodo de infancia? Mauricio sabía la respuesta.

Leticia le había contado que de niñas le decían bere a Verenice. Escribió la respuesta. El sistema aceptó y le presentó la segunda pregunta. ¿Cuál fue tu primer coche? Mauricio también sabía esto. Un chevi rojo que Berenice había comprado de segunda mano cuando tenía 22 años antes de conocerlo. Lo había vendido cuando abril nació y compraron un coche más familiar. Escribió Chevy Rojo. El sistema lo aceptó. Una tercera pregunta apareció. ¿Cuál es el nombre de soltera de tu madre?

Gutiérrez, escribió Mauricio, el corazón latiéndole con fuerza. El sistema procesó las respuestas y apareció un mensaje. Identidad verificada. puede crear una nueva contraseña. Mauricio casi no podía creer que hubiera funcionado. Creó una nueva contraseña, una que pudiera recordar fácilmente y presionó enter. La pantalla cambió y de repente estaba dentro de la cuenta de correo de Berenice viendo su bandeja de entrada después de 11 años. La cuenta estaba inundada de spam, obviamente miles de correos no leídos acumulados durante más de una década.

Pero lo que llamó su atención inmediatamente fue que varios correos recientes estaban marcados como leídos. Los correos más antiguos de 2004 y anteriores también estaban marcados como leídos, pero los de los años intermedios no lo estaban. Alguien había entrado a esta cuenta recientemente y había estado revisando los correos antiguos. Mauricio revisó la carpeta de enviados vacía, revisó la carpeta de borradores, también vacía, revisó la carpeta de elementos eliminados. Había un correo allí eliminado el 25 de mayo de 2015 a las 11:59 pm, justo en la ventana de tiempo que Diego había identificado.

Mauricio cliqueó en el correo eliminado con manos temblorosas. Era un correo que Berenice había recibido en diciembre de 2003, un mes antes de su desaparición. El remitente era una dirección que Mauricio no reconocía. Contacto seguro Yahoo com No había asunto. El cuerpo del correo contenía solo una línea. Miércoles 7N23. Estacionamiento AEB Linda Vista. Ven sola con A. No digas nada o no hay trato. Mauricio leyó el mensaje tres, cuatro cinco veces. El 7 de enero de 2004 había sido el último miércoles antes de que Berenice y Abril desaparecieran.

Habían desaparecido en la madrugada del domingo 11 de enero. ¿Qué significaba este correo? Berenice había ido a reunirse con alguien ese miércoles. ¿Y qué era el trato? Mauricio no recordaba nada inusual de esa semana. Verenice no había mencionado nada o sí lo había hecho y él no había prestado atención. Con las manos temblando, Mauricio tomó capturas de pantalla del correo, de los detalles del remitente, de todo. Luego llamó inmediatamente a Paulina Estrada. Eran pasadas las 11 de la noche, pero ella contestó al segundo timbre como si hubiera estado esperando su llamada.

“Entré a la cuenta”, le dijo Mauricio sin preámbulos. Encontré algo. Un correo de diciembre de 2003. Alguien citó a Verenic a una reunión tres días antes de que desapareciera. No se mueva de su casa respondió Paulina. Voy para allá. Media hora después, Paulina y Diego estaban en el departamento de Mauricio examinando las capturas de pantalla en la laptop de Diego. “Esto cambia todo”, murmuró Paulina. Este correo nunca fue encontrado por los investigadores en 2004, ¿verdad? No, respondió Mauricio, o al menos nunca me lo mencionaron.

Revisaron su computadora entonces, pero quizás no pudieron acceder a la cuenta de correo o no sabían la contraseña o no revisaron los eliminados o alguien lo ocultó deliberadamente, agregó Diego. Miren, este correo fue eliminado hace 11 años, probablemente por la propia Veren antes de desaparecer. estuvo en la carpeta de eliminados todo este tiempo. Pero el 25 de mayo de 2015 alguien entró, navegó específicamente a los correos antiguos, encontró este mensaje y luego se fue. ¿Por qué? Alguien está revisando el pasado, dijo Paulina pensativa.

Alguien está regresando a estas cuentas 11 años después buscando algo o cubriendo rastros o o es ella. Interrumpió Mauricio. Es Verenice, está viva y está tratando de comunicarse de alguna manera. Paulina y Diego intercambiaron miradas. Era claro que no querían darle falsas esperanzas a Mauricio, pero tampoco podían descartarlo. “Necesitamos rastrear esa dirección de Yahoo”, dijo Diego. “Conto seguro yahoo com probablemente ya no existe, pero podemos intentar.” Efectivamente, cuando intentaron enviar un correo a esa dirección rebotó. La cuenta había sido cerrada o desactivada.

Diego explicó que Yahoo tenía políticas de cerrar cuentas inactivas después de cierto tiempo y 11 años definitivamente calificaba. Durante los días siguientes, Mauricio, Paulina y Diego trabajaron juntos en paralelo a la investigación oficial. Mauricio contactó nuevamente al fiscal Navarro y le mostró el correo encontrado. Navarro, para su crédito, tomó la nueva evidencia en serio, reabrió formalmente el caso y asignó a dos detectives para investigar. También aceleró la solicitud a Telmex para obtener información sobre la dirección IP desde donde se había accedido a la cuenta el 25 de mayo.

Paulina, mientras tanto, continuó investigando los otros casos de cuentas reactivadas. Logró contactar a familiares de tres de las personas desaparecidas cuyos correos habían mostrado actividad similar. En todos los casos, igual que con Verenice, las familias no tenían idea de quién podría estar accediendo a las cuentas. En uno de los casos, los familiares habían logrado entrar a la cuenta después de recuperar la contraseña, tal como había hecho Mauricio, y también habían encontrado correos antiguos eliminados siendo revisados. Un patrón empezó a emerger.

Todas las personas desaparecidas cuyos correos habían sido accedidos, habían desaparecido entre 2003 y 2007, todos en el área metropolitana de Monterrey y todos sin dejar rastro significativo. No había cuerpos, no había demandas de rescate, no había testigos. Era como si un mismo fenómeno los hubiera tocado a todos. Y ahora, entre 2013 y 2015, alguien estaba revisando sus cuentas digitales. Hay dos posibilidades, razonó Diego una tarde, mientras los tres se reunían en la pequeña oficina que Paulina tenía en reporte índigo.

o es la misma persona accediendo a todas estas cuentas, alguien involucrado en las desapariciones o son las propias personas desaparecidas que por alguna razón están regresando a sus cuentas después de años. ¿Pero por qué lo harían? Preguntó Mauricio. Si Berenice está viva, si todas estas personas están vivas, ¿por qué no contactar directamente a sus familias? ¿Por qué este juego extraño de acceder a cuentas de correo sin enviar mensajes? Miedo, sugirió Paulina. Quizás están siendo controladas o vigiladas.

Quizás están intentando enviar una señal sin poner en riesgo su seguridad o la de otros. O culpa, agregó Diego. Quizás se fueron voluntariamente por alguna razón y ahora no saben cómo volver. Berenice no se habría ido voluntariamente”, insistió Mauricio firmemente, no dejando a abril, no sin despedirse de su familia, no así. A finales de junio, la fiscalía finalmente obtuvo respuesta de Telmex. La dirección IP desde donde se había accedido a la cuenta de Vereniz correspondía a una conexión en un edificio de departamentos en la colonia moderna.

Los detectives visitaron el edificio, un complejo de cuatro pisos construido en los 80. Hablaron con la administración y descubrieron que la conexión de internet en cuestión pertenecía al departamento 3B, que había estado siendo rentado por diferentes inquilinos a lo largo de los años. En mayo de 2015, el departamento lo ocupaba una mujer soltera de 28 años que trabajaba como enfermera en un hospital privado. Los detectives la interrogaron. La mujer desconcertada insistió en que no sabía nada sobre cuentas de correo electrónico de personas desaparecidas.

Vivía sola. no tenía visitas frecuentes. Su computadora estaba protegida con contraseña. Los detectives confiscaron su laptop y su router de internet para análisis forense. Los técnicos determinaron que efectivamente el acceso había sido desde esa conexión, pero no había forma de saber si había sido desde la laptop de la inquilina o desde algún otro dispositivo conectado a esa red wifi. La contraseña de su Wi-Fi era bastante débil”, explicó Diego cuando Paulina le contó los resultados. “¿Es posible que alguien haya hackeado su red inalámbrica desde algún departamento vecino o incluso desde la calle?” En 2015 no era difícil hacer eso con el equipo correcto.

Otro callejón sin salida. Sin embargo, ahora sabían algo. Quien quiera que estuviera accediendo a estas cuentas estaba en Monterrey, probablemente en la zona de la colonia moderna o alrededores, y era lo suficientemente sofisticado tecnológicamente para cubrir sus rastros. En julio, Mauricio tomó una decisión drástica. Le pidió al técnico Diego que configurara alertas en la cuenta de correo de Vereniz. para notificarle inmediatamente si había otro inicio de sesión. Diego creó un sistema de monitoreo. También configuraron la cuenta para que si alguien accedía, automáticamente enviara un correo a una dirección secundaria controlada por Diego.

Era una trampa digital. Las semanas pasaron sin actividad. Mauricio revisaba obsesivamente la cuenta cada día buscando señales, pero nada. Agosto llegó con su calor sofocante característico de Monterrey y con él la frustración de no tener avances concretos. El fiscal Navarro le informó que la investigación estaba estancada nuevamente. Sin más pistas digitales, sin testigos, sin evidencia física, no había mucho que pudieran hacer, excepto esperar. Fue Leticia quien sugirió algo que no se le había ocurrido a Mauricio. Publicar sobre el correo encontrado en la página de Facebook dedicada a Verenice y Abril.

Quizás alguien recuerde algo de ese miércoles, razonó. Alguien que las vio ese día, alguien que notó algo extraño en el estacionamiento del chef Linda Vista. Mauricio redactó una publicación cuidadosa, sin revelar demasiados detalles que pudieran comprometer la investigación, pero lo suficientemente específica para ser útil. Preguntaba si alguien había visto a Verenice y Abril el miércoles 7 de enero de 2004 en la zona del Hev Linda Vista por la noche. La publicación se compartió cientos de veces. Llegaron docenas de comentarios, pero la mayoría eran mensajes de apoyo o de personas que no tenían información concreta.

Hasta que tres días después una mujer llamada Patricia comentó, “Yo trabajaba como cajera en ese HB en 2004. Recuerdo ese miércoles porque fue extraño. Había una señora con una niña que llegaron cerca de las 11 de la noche, justo antes de cerrar. No compraron nada, solo entraron. Caminaron por los pasillos como buscando a alguien y luego salieron. Me acuerdo porque la niña parecía nerviosa y la señora seguía mirando su reloj. No sé si eran ellas, pero cuando vi las fotos en tu publicación me acordé.

Mauricio contactó inmediatamente a Patricia por mensaje privado. Ella accedió a reunirse con él y con los detectives. En la entrevista formal, Patricia describió lo que recordaba. La mujer y la adolescente habían llegado al supermercado alrededor de las 11:15 pm ese miércoles. Patricia recordaba porque esa era su última semana trabajando allí antes de mudarse a Guadalajara y estaba ansiosa por terminar el turno. La mujer y la niña habían entrado, caminado por varias secciones sin poner nada en un carrito y luego habían salido rápidamente.

Quizás 10 minutos después. ¿Viste a dónde fueron cuando salieron?, preguntó el detective. No exactamente, respondió Patricia, pero vi por las ventanas que caminaron hacia el fondo del estacionamiento, donde hay menos luz. Pensé que era raro porque normalmente la gente estaciona cerca de la entrada. ¿Viste algún vehículo, alguien más con ellas? Patricia negó con la cabeza. Lo siento, no recuerdo más. Han pasado 11 años. Solo me acordé porque esa publicación en Facebook me trajo el recuerdo. Era poco, pero era algo.

Berenice y Abril habían estado en ese estacionamiento esa noche, aparentemente esperando reunirse con alguien. habían entrado al supermercado quizás para matar tiempo o para sentirse más seguras en un lugar público y luego habían ido al fondo del estacionamiento y después qué se subieron a un vehículo. Alguien las obligó, ¿fueron voluntariamente? El fiscal navarro ordenó revisar las grabaciones de seguridad del HB de esa fecha, si es que aún existían. No existían. Las tiendas normalmente no guardaban grabaciones más de 3 meses y 11 años era una eternidad.

Otra puerta cerrada. Septiembre llegó y con él otra sorpresa. Diego detectó un nuevo inicio de sesión en la cuenta de Vereniz. El 12 de septiembre de 2015 a las 2:17 a alguien accedió nuevamente, esta vez desde una IP diferente en la colonia del Valle. La sesión duró solo 8 minutos. Durante ese tiempo, la persona accedió a la carpeta de enviados y a los borradores, ambos vacíos, y luego cerró sesión. Es como si estuvieran buscando algo específico, observó Diego, o esperando encontrar un mensaje que no está ahí.

¿Puedes enviar un mensaje visible para quien acceda?, preguntó Mauricio. Algo que vean cuando entren a la cuenta. Diego pensó un momento. Podríamos crear un borrador de correo. Si alguien entra y revisa los borradores, lo vería. trabajaron juntos en redactar un mensaje cuidadoso. Si eres Verenice, tu familia te está buscando. Mauricio, Leticia, todos te extrañan. Por favor, da señales de vida. Si necesitas ayuda, podemos ayudarte. Si estás en peligro, podemos protegerte. Si alguien más está leyendo esto, por favor, danos información.

11 años es suficiente. Las familias merecen respuestas. Guardaron el mensaje como borrador, visible para cualquiera que accediera a la cuenta, y esperaron. Los días se convirtieron en semanas. Octubre pasó sin actividad, noviembre también. Mauricio comenzó a perder la esperanza nuevamente. Quizás quien quiera que estuviera accediendo a la cuenta había decidido dejar de hacerlo. Quizás se habían dado cuenta de que estaban siendo monitoreados. La trampa digital permanecía armada, pero nadie mordía el anzuelo. Diciembre llegó con su brisa fresca y sus decoraciones navideñas que a Mauricio le parecían una burla.

11 Navidades sin verenice, sin 11 años de silla vacía, de regalos no comprados, de tradiciones familiares rotas. Se sentía más viejo que sus 53 años, cansado hasta los huesos, desgastado por la búsqueda interminable. Y entonces, la madrugada del 18 de diciembre de 2015, el teléfono de Mauricio vibró con una alerta. Alguien había accedido a la cuenta de Verenice. Eran las 3:42 am. Mauricio, que había dormido poco las últimas semanas, estaba despierto. Inmediatamente llamó a Diego, quien también estaba recibiendo la alerta en su sistema.

Alguien está dentro ahora mismo, confirmó Diego, su voz tensa. Están en la carpeta de borradores. Están leyendo nuestro mensaje. Mauricio contuvo la respiración. Pasaron 3 minutos, cuatro. Diego narraba lo que veía en su sistema de monitoreo. Están escribiendo algo. Están creando un nuevo borrador. El corazón de Mauricio latía tan fuerte que pensó que iba a desmayarse. Se fueron, anunció Diego. Cerraron sesión. ¿Qué escribieron? ¿Dejaron mensaje? Estoy entrando a verificar ahora”, respondió Diego. Pasaron segundos que parecieron horas.

Sí, hay un nuevo borrador. Solo dice, “Espera, te leo textualmente. No puedo volver, lo siento. Protege a quien queda, RV.” Las iniciales RV podían significar muchas cosas, pero para Mauricio solo había una interpretación que importaba. R de su apellido, Villarreal, y la V, también Villarreal, o era simplemente una firma críptica. El mensaje era desconcertante en su brevedad. No puedo volver, sugería que quien escribía estaba vivo, pero impedido de regresar. Lo siento, implicaba remordimiento o culpa. Pero era la última frase la que más inquietaba a Mauricio: “Protege a quién queda?

¿Quién queda? Quedaba alguien además de él, se refería a algún miembro de la familia o significaba que una de las dos, Berenice o Abril, seguía viva, mientras la otra no. Esa posibilidad lo aterrorizaba y le daba esperanza. Al mismo tiempo, Mauricio reenvió inmediatamente la información al fiscal Navarro, quien a esas horas de la madrugada no respondió. A las 7 de la mañana ya estaba llamando insistentemente a la fiscalía. Para cuando logró comunicarse con Navarro, los técnicos ya habían rastreado la nueva IP.

Esta vez provenía de un café internet en la colonia obrera, uno de esos lugares que todavía existían, aunque cada vez menos gente los usaba. Los detectives llegaron al establecimiento antes de las 9 de la mañana. El dueño, un hombre de unos 60 años llamado don Rutilio, cooperó completamente. Sí, recordaba a alguien usando las computadoras en la madrugada. Mantenía el local abierto 24 horas porque muchos trabajadores de turnos nocturnos en las fábricas cercanas necesitaban servicios de internet. La persona que había estado allí entre las 3:30 y las 400 am era, según su descripción, una mujer de mediana edad, cabello oscuro, complexión delgada, usando lentes oscuros a pesar de ser de noche y una gorra de béisbol.

¿Podría ser ella?, le preguntó el detective mostrándole una foto de Veren de 2004. Don Rutilio entrecerró los ojos mirando la imagen. Tal vez, pero 11 años cambian a las personas. La mujer que vi se veía más delgada, más demacrada y no le vi la cara con los lentes y la gorra. Pagó con tarjeta, dejó algún nombre. No, pagó en efectivo, 30 pesos por la hora. No pidió recibo ni dio nombre. Las cámaras de seguridad del café internet existían, pero don Rutilio admitió con vergüenza que no funcionaban desde hacía meses.

Otra oportunidad perdida. Sin embargo, los técnicos confiscaron la computadora que la mujer había usado. El análisis forense reveló que había borrado el historial del navegador antes de irse, pero algunos fragmentos de datos recuperados confirmaron que efectivamente había accedido a la cuenta de Hotmail de Berenice. Mauricio quedó atrapado entre la euforia y la desesperación. Alguien, posiblemente Verenice, estaba viva y en Monterrey, pero no podía volver. ¿Por qué? ¿Qué la retenía? Era amenaza, miedo, vergüenza, algo más. Y la referencia a quien queda lo atormentaba.

Necesitaba respuestas, no más acertijos. Paulina Estrada publicó un reportaje extenso sobre el caso en reporte índigo a finales de diciembre. El artículo detallaba la desaparición original, los 11 años de búsqueda, la misteriosa reactivación de la cuenta de correo, el mensaje críptico. El reportaje se volvió viral en redes sociales. Miles de personas compartieron la historia, comentaron, especularon. Los medios nacionales recogieron la nota. Por primera vez en 11 años. El caso de Berenice y Abril Villarreal estaba en el centro de la atención pública nacional.

Con la presión mediática, la fiscalía asignó más recursos al caso. Crearon un equipo especializado de cinco investigadores. Revisaron exhaustivamente todos los otros casos de cuentas digitales reactivadas que Paulina y Diego habían identificado. Entrevistaron nuevamente a todas las familias involucradas. Buscaron conexiones entre los desaparecidos. Había algo que los vinculara más allá de la geografía y el periodo temporal. Fue una investigadora joven del equipo, la agente Reyes, quien encontró la primera conexión concreta. Tres de las ocho personas desaparecidas, cuyos correos habían sido accedidos, incluyendo Berenice, habían tenido cuentas en el mismo banco, Bancomer.

Las tres habían reportado problemas con transacciones no autorizadas en sus cuentas en los meses previos a sus desapariciones. Los reportes habían sido archivados como fraude menor, casos rutinarios que el banco había resuelto reembolsando el dinero. Nadie había conectado esos incidentes con las posteriores desapariciones. Mauricio revisó los estados de cuenta bancarios de Berenice de finales de 2003. Efectivamente, en noviembre de ese año había habido dos cargos no autorizados por mont, 300 y 500 pesos, respectivamente. Verenice los había reportado.

El banco había investigado y reembolsado el dinero. Mauricio recordaba vagamente que Berenice había mencionado el problema, pero en ese momento no le había dado importancia. fraudes bancarios pequeños eran comunes. Y si no era fraude común, planteó la agente Reyes en una reunión del equipo investigador a la que Mauricio fue invitado y si alguien estaba probando accesos, recopilando información personal. En 2003 la seguridad bancaria digital era mucho más débil. Es posible que alguien haya usado estas transacciones menores para obtener datos personales de las víctimas.

¿Para qué? Preguntó Mauricio. ¿Para secuestrarlas? ¿Para extorsionarlas o para reclutarlas? Sugirió otro investigador, el veterano subinspector Cortés. Hay precedentes de redes de trata de personas que usaban información personal para identificar víctimas vulnerables, contactarlas con pretextos falsos, atraerlas a reuniones. La teoría tomaba forma, aunque seguía siendo especulativa. Si alguien había usado información bancaria para contactar a Verení, quizás ofreciéndole algún tipo de solución a sus problemas financieros o algún trabajo u oportunidad. Eso explicaría el correo misterioso de diciembre de 2003.

El mensaje había mencionado el trato. ¿Qué trato? Berenice había sido engañada para ir a esa reunión y por qué llevar a abril. Mauricio repasó todo lo que sabía sobre la situación financiera de su familia en 2003-2004. Él ganaba bien. Tenían una casa cómoda, dos autos, abril en escuela privada. No eran ricos, pero tampoco tenían problemas económicos graves. O sí los tenían y él no lo sabía. Revisó meticulosamente los registros financieros. encontró algo que le había pasado desapercibido antes.

Berenice había sacado un préstamo personal de 50,000 pesos en octubre de 2003. Mauricio no lo sabía. Ella lo había obtenido a su nombre sin consultarle. Confrontó a Leticia con esta información. La hermana de Berenice pareció incómoda. “Verenice me pidió que no te dijera”, admitió finalmente Leticia. “El préstamo era para ayudar a nuestra madre. Mamá tenía deudas médicas de cuando se enfermó de los riñones ese año. Berenice no quería preocuparte porque sabía que ya estabas estresado con los recortes en tu trabajo.

Iba a decírtelo, pero quería primero resolver parte de la deuda. Mauricio recordó vagamente que la planta automotriz había tenido problemas financieros ese año. Había rumores de recortes de personal. Él había estado ansioso por su empleo. Verenís, tratando de protegerlo, había manejado el problema familiar sola. 50,000 pesos no era una cantidad enorme, pero para una familia de clase media requería ajustes. Alguien se había aprovechado de esa necesidad. El equipo investigador se centró en rastrear el origen del correo contacto Seguro Yahoo.

Comes Yahoo cooperó con la investigación, pero los registros de 2003 eran limitados. La cuenta había sido creada en septiembre de 2003 desde una IP pública, probablemente otro café internet o biblioteca. Había enviado correos a al menos 15 personas diferentes entre septiembre y diciembre de 2003. Yahoo ya no tenía registro de quiénes eran esos destinatarios, pero el patrón sugería que quien operaba esa cuenta estaba contactando múltiples personas simultáneamente. Enero de 2016, 12 años después de la desaparición, Mauricio tomó otra decisión drástica.

Con ayuda de Paulina, grabó un video dirigido directamente a Verenís, suplicándole que se comunicara, asegurándole que no había nada que no pudiera perdonarse, que solo quería saber que estaba viva y segura. El video se publicó en YouTube y se compartió masivamente. Mauricio exponía su dolor, su confusión, su necesidad desesperada de respuestas. mostró fotos de abril niña. Recordó momentos familiares. Habló del amor que siempre había sentido por su esposa. Si estás viéndome, Berenice, por favor dame una señal, cualquier señal.

No tienes que volver si no puedes o no quieres, pero por favor dime qué pasó. Dime si abril está bien. Dime qué significa protege a quien queda. Haré lo que me pidas, pero necesito saber. El video se volvió viral, alcanzando millones de vistas en pocos días. La historia de Mauricio Villarreal y su familia desaparecida tocó fibras profundas en un país traumatizado por decenas de miles de desaparecidos. Era la historia de todos los que buscaban sin encontrar, de todos los que vivían en ese limbo entre la esperanza y el duelo.

Y entonces, el 3 de febrero de 2016 sucedió algo inesperado. Una mujer se presentó en las oficinas de la fiscalía pidiendo hablar con los investigadores del caso Villarreal. Era una mujer de unos 45 años, rostro curtido por el tiempo y las dificultades, manos trabajadoras. Se identificó como Lidia Campos, originaria de un pueblo pequeño cerca de Linares, a 2 horas de Monterrey. Lo que Lidia tenía que contar cambiaría todo lo que Mauricio creía saber sobre la desaparición de su familia.

Lidia explicó que había visto el video de Mauricio y que había llorado viendo su dolor porque ella entendía ese dolor demasiado bien. Su propia hija Rocío había desaparecido en circunstancias similares en noviembre de 2003. Rocío tenía 22 años entonces. trabajaba como secretaria en una empresa de transporte en Linares. Semanas antes de desaparecer le había contado a Lidia sobre una oportunidad laboral increíble que le habían ofrecido. Alguien la había contactado por correo electrónico, supuestamente de una empresa estadounidense que buscaba empleadas mexicanas para trabajar en oficinas en Texas con salarios excelentes y beneficios.

Todo sonaba legítimo. Tenían sitio web, referencias, documentación. Rocío estaba emocionada, contó Lidia con voz quebrada. iba a ganar en dólares, nos iba a ayudar a salir adelante. Yo era viuda, criaba sola a tres hijos y Rocío era la mayor. Quería ayudar. Le dijeron que tenía que ir a una reunión en Monterrey para una entrevista final. Fue un sábado por la noche. Me dijo que volvería el domingo. Nunca regresó. ¿Reportó su desaparición?, preguntó el fiscal navarro. Sí, pero en Linares, en 2003.

A nadie le importaba una muchacha desaparecida. Me dijeron que probablemente se había ido con un novio que volvería cuando se le acabara el dinero, pero Rocío no tenía novio y no se llevaría su ropa ni sus documentos. Todo quedó en casa. La agente Reyes preguntó, “¿Conserva alguna comunicación que su hija recibió de esa supuesta empresa?” Lidia negó con la cabeza. Rocío usaba el internet del trabajo. No teníamos computadora en casa, pero me dijo que la persona que la contactó firmaba como Recursos Valle y que la reunión sería en un hotel cerca del aeropuerto de Monterrey.

Recursos Valle RV, las mismas iniciales del mensaje críptico en la cuenta de Verenice. El equipo investigador trabajó febrilmente durante las siguientes semanas. Identificaron otros tres casos de 20034 de mujeres jóvenes desaparecidas después de responder a ofertas laborales por internet. Todas en Nuevo León, todas sin rastro. En ninguno de los casos se había encontrado evidencia de las supuestas empresas que las habían contactado. Los sitios web habían desaparecido, los correos electrónicos rebotaban, las direcciones físicas proporcionadas no existían. Era una red de trata de personas, concluyeron los investigadores, sofisticada para los estándares de 2003, usando la entonces naciente comunicación digital para identificar y contactar víctimas.

Pero, ¿cómo encajaba Verenice en esto? Ella no era una joven buscando trabajo, era una mujer casada, con hija, con empleo estable. La respuesta vino de revisar más exhaustivamente los registros financieros. El detective Cortés descubrió que Berenice había estado buscando oportunidades de trabajo adicional en línea a finales de 2003. encontraron registros de que había creado perfiles en sitios de empleos ofreciendo servicios de contabilidad independiente. Con el préstamo que había sacado para ayudar a su madre y los rumores de recortes en el trabajo de Mauricio, Berenice había estado tratando de generar ingresos extra.

Eso la había hecho visible para los depredadores. Pero, ¿por qué llevarse a abril?, preguntó Mauricio, su voz cargada de angustia. Si era una trampa para Vereniz, ¿por qué mi hija? El silencio en la sala fue pesado. Nadie quería verbalizar las posibilidades más oscuras. Finalmente, el fiscal navarro habló con cuidado. Es posible que no hayan planeado llevarse a abril. Es posible que Verenice la haya llevado porque no tenía con quién dejarla esa noche. Usted dijo que estaba durmiendo cuando salieron.

Quizás Verenice se pensó que iba a una reunión rápida y volvería en un par de horas. Oh, agregó la agente Reyes aún más cuidadosamente. Es posible que los perpetradores hayan visto oportunidad en tener una adolescente también. El tráfico de menores es aún más lucrativo que el de adultos. Mauricio sintió que iba a vomitar 12 años. 12 años en los que su esposa y su hija podrían haber estado atrapadas en alguna red de explotación, sufriendo horrores que él no quería ni imaginar.

Y él había estado aquí buscando en los lugares equivocados, haciendo las preguntas equivocadas. Pero el mensaje, dijo con voz estrangulada, el mensaje en el correo, no puedo volver. Si están atrapadas, si están siendo forzadas, ¿cómo es que Verenice pudo acceder a internet, a su cuenta de correo? Esa es la pregunta clave, respondió Navarro y sugiere que quizás la situación es más compleja de lo que pensamos. Quizás después de tanto tiempo hay cierto grado de libertad, pero también de miedo o de complicidad forzada.

El síndrome de Estocolmo es real o quizás hay amenazas que la mantienen callada. La investigación tomó un nuevo rumbo. Se enfocaron en rastrear redes de trata de personas que habían operado en Nuevo León entre 2003 y 2007. La fiscalía coordinó con agencias federales con unidades especializadas contra la trata. Revisaron decenas de casos, arrestos, rescates. Había habido operativos contra varias redes durante los años subsecuentes. En algunos se habían rescatado mujeres que llevaban años desaparecidas, pero ninguna había sido verenice o abril.

En marzo de 2016 recibieron información de un informante en prisión. Un hombre llamado Antonio Ibarra, cumpliendo condena por trata de personas y crimen organizado, ofreció información a cambio de reducción de sentencia. Ibarra había sido parte de una organización que operaba entre 2000 y 2005, reclutando mujeres con pretextos de empleo y trasladándolas a diferentes estados del país, principalmente para trabajo sexual forzado y servidumbre doméstica. Algunas, decía, eran enviadas a Estados Unidos. y barra proporcionó nombres, fechas, lugares, describió cómo operaban, contacto inicial por internet o teléfono, reuniones en lugares específicos, promesas falsas.

Y luego, una vez que las víctimas estaban aisladas, amenazas y violencia, les quitaban documentos, las amenazaban con lastimar a sus familias, las movían constantemente de un lugar a otro. Algunas víctimas eventualmente eran vendidas a otras redes. Otras, las que más resistían, simplemente desaparecían. “Hubo un caso”, dijo Ibarra durante un interrogatorio. Una mujer con una hija adolescente era 2004, creo. No era común que trajeran una pareja así. El jefe se puso furioso porque la mujer había traído a la niña sin avisar.

Decía que complicaba todo. Yo solo las vi un día en una casa de seguridad en Santa Catarina. La mujer seguía exigiendo que la dejaran ir diciendo que todo era un malentendido. La niña estaba aterrada. ¿Qué pasó con ellas?, preguntó el fiscal navarro conteniendo apenas su urgencia. No sé. Me movieron a otro trabajo esa semana. Nunca las volví a ver. Pero oír rumores después cuando la organización se estaba desmoronando en 2006 de que algunas de las mujeres más problemáticas habían sido enviadas a trabajar a burdeles en Coahuila, lugares remotos donde nadie haría preguntas.

Con esta información, el equipo amplió la búsqueda a Coahuila, particularmente a ciudades pequeñas y zonas rurales conocidas por tener establecimientos de prostitución encubierta. Coordinaron con autoridades estatales, visitaron docenas de lugares, mostraron fotografías de Verenice y Abril, a trabajadoras sexuales, a dueños de negocios, a residentes locales. Nadie reconoció a nadie o nadie quiso hablar. Era mayo de 2016 cuando finalmente tuvieron un avistamiento creíble. Una trabajadora social en Piedras Negras, Coahuila, ciudad fronteriza con Tesas, contactó a las autoridades después de ver el caso en las noticias.

Trabajaba en un centro de ayuda para víctimas de violencia y había conocido años atrás a una mujer que podría ser verenís. Fue en 2009 o 2010, relató la trabajadora social, cuyo nombre Sandra. vino al centro pidiendo ayuda para salir de una situación de explotación. Estaba en muy mal estado físico y emocional. Dijo que llevaba años atrapada, que la habían engañado con promesas de trabajo. Pero cuando empezamos los trámites para ayudarla formalmente, para contactar a su familia, se asustó y se fue.

Nunca volvió. Me dijo que su nombre era Beatriz, pero ahora que veo las fotos, creo que podría ser esta mujer, Verenice. Los rasgos coinciden, aunque se veía mucho más demacrada. ¿Mencionó algo sobre una hija?, preguntó ansiosamente la agente Reyes. Sandra pareció dudar. Mencionó que tenía una razón para no poder irse, alguien que dependía de ella. Pensé que hablaba de algún otro miembro de su familia. o alguna deuda, no dio detalles. Sabe dónde estaba viviendo, dónde trabajaba. No con certeza.

Por lo que entendí, trabajaba en algún tipo de establecimiento de servicio, tal vez un bar o restaurante, pero en piedras negras hay docenas de esos lugares, muchos con actividades ilegales encubiertas. El equipo investigador desplegó operaciones en piedras negras. Durante dos semanas peinaron la ciudad. Visitaron bares, cantinas, hoteles de mala muerte, lugares donde la explotación sexual se escondía tras fachadas legales. La Policía Federal realizó varios operativos rescatando a varias mujeres en situación de trata, pero ninguna era Verenice o abril.

Mauricio viajó personalmente a Piedras Negras contra el consejo de los investigadores. Recorrió las calles, mostró fotografías a cualquiera que quisiera mirarlas, pegó volantes en postes y paredes. La desesperación lo consumía. Estaba tan cerca, sentía que estaba tan cerca. Pero la ciudad era un laberinto de secretos y nadie quería hablar. Todos tenían miedo de represalias. Una noche, sentado en un hotel barato de piedras negras, exhausto y derrotado, Mauricio revisó su correo electrónico por enésima vez. Allí, en su bandeja de entrada, había un mensaje de una dirección desconocida: auxilio digitalgmail.com.

El asunto decía simplemente, “Rv, el corazón de Mauricio se detuvo.” Abrió el correo con manos temblorando. El mensaje era breve. Deja de buscar. Es peligroso. Ella está viva, pero no puede ser encontrada así. Hay gente vigilando. Abril está segura, pero lejos. Vive tu vida. No hay vuelta atrás. Esto es lo único que puedo decirte. Perdón por todo. Mauricio leyó el mensaje una y otra vez. Ella está viva. Verenice. Abril está segura, pero lejos. ¿Dónde? Lejos de qué, de quién.

Hay gente vigilando. Todavía después de 12 años no hay vuelta atrás. ¿Por qué no? Intentó responder al correo inmediatamente. El mensaje rebotó. La cuenta había sido creada específicamente para enviar ese único mensaje y luego cerrada. Diego, el especialista en tecnología, intentó rastrear su origen. Había sido enviado desde un servidor en Estados Unidos, probablemente usando software de anonimización, imposible de rastrear con certeza. El fiscal Navarro interpretó el mensaje como confirmación de que tanto Berenice como Abril estaban vivas, pero bajo control o amenaza de alguna organización criminal que aún operaba.

Quien quiera que envió esto quiere que sepas que están vivas, pero también quiere que dejes de presionar porque tu búsqueda las pone en peligro. No puedo simplemente detenerme, protestó Mauricio. No después de saber que están vivas. Señor Villarreal”, dijo Navarro con firmeza, pero con pasión, “Entienda la posición imposible en la que esto lo pone. Si su búsqueda pública realmente las pone en peligro, ¿qué hace? La investigación oficial continúa, pero quizás usted necesita bajar el perfil por el bien de ellas.” Era una decisión desgarradora.

Mauricio consultó con Leticia, con Paulina, con su hermano Octavio. Todos tenían opiniones divididas. Finalmente tomó una decisión salomónica. reducir drásticamente su búsqueda pública, detener las apariciones en medios, cerrar la página de Facebook, pero continuar trabajando silenciosamente con las autoridades en segundo plano. Grabó un último video publicado en junio de 2016 en el que anunciaba que daría un paso atrás de la búsqueda pública. No explicó por qué, solo dijo que había recibido información que le hacía creer que era lo mejor para su familia.

Agradeció a todos los que habían ayudado, pidió que las autoridades continuaran investigando y expresó su esperanza de que algún día, de alguna manera, tendría respuestas. El video fue visto por millones. Los comentarios eran mixtos. Algunos apoyaban su decisión, otros lo acusaban de rendirse, otros especulaban sobre qué información habría recibido. Mauricio apagó las notificaciones y trató de seguir adelante con una vida que nunca volvería a ser normal. Los años siguientes transcurrieron en una quietud tensa. La investigación oficial continuaba, pero sin el componente mediático, sin la presión pública, avanzaba lentamente.

En 2018 hubo otro operativo contra una red de trata en Coahuila que rescató a 17 mujeres. Ninguna era Verenice o Abril, pero tres de las rescatadas mencionaron haber conocido años atrás a una mujer y su hija que coincidían con la descripción general. No recordaban nombres, no sabían a dónde habían sido trasladadas después. El rastro seguía siendo esquivo. Mauricio, ahora acercándose a los 60 años, había envejecido prematuramente. Su cabello era completamente blanco, su cara marcada por líneas profundas de sufrimiento.

Seguía trabajando, seguía viviendo, pero era una existencia mecánica. No había vuelto a casarse, no había intentado rehacer su vida familiar. ¿Cómo podría cuando su familia verdadera estaba en algún lugar atrapada en circunstancias que no podía ni imaginar completamente, ocasionalmente recibía indicios de que alguien seguía observando un correo electrónico anónimo ocasional, siempre breve, siempre críptico. Están bien, sigue viviendo algún día. Nunca suficiente información para actuar, solo lo suficiente para mantener la chispa de esperanza ardiendo débilmente. En enero de 2024, 20 años después de la desaparición, Mauricio cumplió 62 años.

La fecha pasó sin celebración, como todas las fechas en su vida desde 2004. Estaba sentado solo en su departamento cuando su teléfono sonó. Número desconocido. Normalmente no contestaba, pero algo lo impulsó a hacerlo. Bueno, respondió, hubo silencio al otro lado, solo respiración y luego una voz, una voz que no había escuchado en 20 años, pero que reconocería en cualquier lugar, en cualquier circunstancia, hasta el día de su muerte. Mauricio”, dijo la voz suavemente. “Soy yo.” Era Verenice.

Mauricio no pudo hablar. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba sucediendo. “No puedo hablar mucho”, continuó Verenís. Su voz sonando más vieja, cansada, pero inequívocamente ella. “Solo quería que supieras en el aniversario que sigo aquí. que Abril sigue aquí, que pensamos en ti todos los días, que lo sentimos más de lo que jamás podrás entender. ¿Dónde están? Logró decir Mauricio entre soylozos. ¿Dónde estás? Iré a donde sea, haré lo que sea.

No puedes venir, no puedes buscarnos. Es demasiado complicado de explicar y no tengo tiempo, pero quiero que sepas que fue mi error, mi decisión terrible. Esa noche. Pensé que estaba haciendo lo correcto por nuestra familia, que estaba resolviendo problemas y todo se volvió una pesadilla de la que no pudimos escapar. Abril. Mauricio apenas podía decir su nombre. ¿Cómo está Abril? Ella está sobreviviendo como yo. Tiene 34 años ahora. Es fuerte. Se parece a ti en eso. Te extraña.

Hablamos de ti, de cómo sería regresar, pero no podemos. Hay demasiado en juego, demasiadas complicaciones. Solo quería que escucharas mi voz, que supieras que el amor que compartimos fue real, que la familia que fuimos fue real y que de alguna manera retorcida ese amor nos ha mantenido con vida todos estos años. Berenice, por favor, suplicó Mauricio. Tengo que irme. No intentes rastrear esta llamada. No valdrá la pena. Solo vive, Mauricio, vive la vida que nosotras no podemos vivir.

Sé feliz si puedes, perdónanos si puedes y recuerda que donde quiera que estemos siempre fuiste amado. La línea se cortó. Mauricio se quedó sentado en la oscuridad de su departamento. El teléfono todavía en su oído, llorando como no había llorado en años. No eran lágrimas solo de dolor, aunque el dolor seguía allí agudo y profundo como siempre. Eran lágrimas de confirmación, de cierre parcial, de saber finalmente con absoluta certeza que estaban vivas. Había recibido lo que millones de familias de desaparecidos en México nunca recibirían.

La voz de su ser amado, la confirmación de vida. era insuficiente, no era justicia, no era reunión, no era respuesta completa, pero era algo después de 20 años de silencio total, era algo. La llamada no pudo ser rastreada, como Verení se había advertido. Había sido hecha desde un teléfono desechable, probablemente destruido inmediatamente después. No había forma de localizarla. Mauricio reportó la llamada a las autoridades, pero incluso el fiscal Navarro, ahora más viejo y cansado, también admitió que había poco que pudieran hacer con esa información.

Mauricio decidió finalmente hacer algo que había postergado por 20 años. Vivir, no olvidar, nunca olvidar, pero vivir. Comenzó a ver nuevamente a la doctora Montes, su psicóloga. empezó a socializar tímidamente con compañeros de trabajo que habían estado tratando de incluirlo en actividades por años. Visitó a su hermano Octavio y sus sobrinos más frecuentemente. No era felicidad, no era plenitud, pero era algo parecido a la paz, una paz imperfecta y complicada, pero paz al fin. Y ocasionalmente en fechas significativas, el cumpleaños de abril, el aniversario de bodas, la Navidad, su teléfono sonaba, número desconocido.

A veces era Berenice quien hablaba brevemente, a veces era Abril, su voz de mujer adulta, tan diferente de la voz de niña que él recordaba, pero con la misma calidez subyacente. Nunca decían dónde estaban. Nunca explicaban completamente qué les había pasado o por qué no podían volver. Solo confirmaban que estaban vivas, que se tenían la una a la otra, que seguían adelante de alguna manera. Mauricio nunca supo completamente la verdad de qué le había sucedido a su familia.

Las investigaciones oficiales eventualmente se enfriaron nuevamente. Las redes de trata fueron desmanteladas y reemplazadas por nuevas. El mundo siguió girando con sus violencias y sus tragedias, con sus desaparecidos que se contaban por decenas de miles en México. Pero Mauricio Villarreal, ahora un hombre al borde de los 65 años, vivía con un secreto extraño y agridulce. Sabía que su esposa y su hija estaban vivas en algún lugar. No podía estar con ellas. Quizás nunca volvería a verlas cara a cara.

Pero estaban vivas. Y en un país donde tantas familias buscaban sin encontrar, donde tantos desaparecidos nunca daban señales, donde la incertidumbre era la norma, él tenía al menos esa certeza terrible y hermosa. En las noches, antes de dormir, miraba las fotografías viejas. Berenice sonriendo en Puerto Vallarta, Abril con sus brackets abrazando su mochila escolar y se permitía imaginar que en algún lugar ellas también miraban fotografías, recordaban y seguían amándolo a pesar de todo. La historia nunca tuvo un final feliz tradicional.

No hubo reunión emotiva, no hubo justicia clara, no hubo respuestas completas, pero hubo algo que muchos buscadores nunca obtienen, la confirmación de vida, la voz de los desaparecidos diciendo, “Seguimos aquí.” Y para Mauricio, en el contexto de un país marcado por la ausencia y el silencio, eso era al mismo tiempo suficiente e insuficiente. Un regalo y una maldición, un final y un comienzo. Los misterios permanecieron. ¿Por qué exactamente no podían volver? ¿Qué complicaciones las retenían después de tantos años?

habían sido cómplices forzadas de crímenes que las comprometían legalmente. ¿Estaban protegiendo a alguien más o simplemente llevaban tanto tiempo en ese mundo de sombras que ya no sabían cómo regresar a la luz? Mauricio nunca lo sabría con certeza y había aprendido dolorosamente a vivir con esa incertidumbre, a honrar a su familia, no buscándolas obsesivamente hasta ponerlas en peligro. sino viviendo, recordando y esperando pacientemente las llamadas ocasionales que le recordaban que el amor, incluso fracturado y distante, sobrevive en las circunstancias más imposibles.

20 años después de aquella madrugada de enero, cuando despertó y encontró su casa vacía, Mauricio Villarreal seguía sin tener todas las respuestas. Pero tenía algo, la voz de Vereniz diciéndole, “Te amo”, la voz de Abril llamándolo papá y la certeza de que en algún lugar en México su familia sobrevivía. Y en un país de desaparecidos, eso era más de lo que la mayoría podía decir.