El 14 de abril de 2019, Maite Fuentes y Diego Maldonado celebraron apenas su segundo mes de casados. Habían decidido emprender un viaje por carretera desde la Ciudad de México hasta Oaxaca. Un recorrido que prometía ser la escapada perfecta para fortalecer su recién estrenado matrimonio. Maite, de 28 años, trabajaba como diseñadora gráfica en una agencia boutique del barrio de la Condesa, mientras que Diego, de 31, se desempeñaba como arquitecto en un despacho corporativo. Ambos compartían una pasión por la fotografía y los viajes, lo que hacía de esta aventura el complemento ideal para su luna de miel tardía, que habían pospuesto por compromisos laborales.
La pareja había planificado meticulosamente cada detalle del viaje. Saldrían un martes por la mañana para evitar el tráfico capitalino. Harían paradas estratégicas en pueblos pintorescos y llegarían a Oaxaca el viernes por la tarde. Diego había reservado un hotel boutique en el centro histórico, cerca del Zócalo, donde planeaban quedarse hasta el domingo. Maite había preparado una lista de mercados artesanales que quería visitar, mientras que Diego estaba entusiasmado por fotografiar la arquitectura colonial de la región. Sus familias sabían del viaje y habían recibido el itinerario completo.
Una precaución que la madre de Maite, Guadalupe, había insistido en tomar. La mañana del 14 de abril amaneció despejada y fresca. Maite y Diego cargaron su onda CRV gris con dos maletas pequeñas, equipo fotográfico, bocadillos para el camino y una hielera con agua y refrescos. Antes de partir, Maite publicó una fotografía en su cuenta de Instagram, mostrando el auto listo para la aventura con el pie de foto tres kias rumbo al sur con mi amor. Oaxaca. Allá vamos.
La publicación recibió decenas de comentarios de amigos y familiares deseándoles buen viaje. A las 8:30 de la mañana la pareja salió de su departamento en la colonia Roma Norte. tomó la avenida Insurgentes hacia el sur y se incorporó a la autopista 150D con destino a Puebla. El primer kia transcurrió sin contratiempos. Diego y Maite conversaban animadamente sobre sus planos futuros mientras la música de Natalia La Furcat sonaba de fondo. Hicieron su primera parada en Cholula alrededor del mediodía, donde almorzaron en un restaurante cerca de la Gran Piámide.
Maite tomó fotografías de las coloridas cúpulas de las iglesias mientras Diego compraba artesanías para decorar su departamento. Continuaron su camino hacia Tehuacán, donde habían reservado un pequeño hotel familiar para pasar la noche. Durante la cena en un restaurante local, ambos comentaron lo bien que estaba saliendo todo y Maite envió un mensaje de voz a su madre, confirmando que habían llegado sin problemas a su primer destino.

El 15 de abril, la pareja se levantó temprano para continuar su viaje. El plan era atravesar la región de la mixteca y llegar hasta la ciudad de Guajuapán de León antes del anochecer. Diego revisó el vehículo antes de partir. Verificó la presión de las llantas y el nivel de gasolina. Maite preparó un termo con café y empacó algunos panes dulces que habían comprado la noche anterior. A las 7:45 de la mañana abandonaron el hotel y retomaron la carretera federal 150 que eventualmente se convertiría en la carretera 135 hacia el sur.
Durante las primeras horas del recorrido, el paisaje se transformó dramáticamente. Las montañas áridas y el clima seco de la región contrastaban con la vegetación más abundante que habían visto el día anterior. Diego conducía con precaución por las curvas sinuosas de la carretera mientras Maite documentaba el viaje con su cámara, capturando imágenes de los pueblos pequeños que atravesaban. Alrededor de las 11 de la mañana decidieron desviarse brevemente hacia Jangwitlan para visitar el exconvento de Santo Domingo, una impresionante construcción del siglo X que Maite había leído en una guía turística.
Pasaron aproximadamente una hora explorando el convento y sus alrededores. Ate quedó fascinada por los detalles arquitectónicos del lugar y tomó decenas de fotografías tanto del interior como del exterior. Diego conversó brevemente con el encargado del sitio, un hombre mayor que les recomendó tomar la carretera estatal hacia Nochxtlán en lugar de continuar por la federal, asegurándoles que era una ruta más pintoresca y menos transitada. La sugerencia les pareció atractiva, ya que buscaban precisamente ese tipo de experiencias auténticas lejos de las rutas turísticas convencionales.
Retomaron el camino cerca del mediodía, siguiendo las indicaciones hacia Nochxtlan, por una carretera estatal más estrecha, pero en buen estado. El tráfico era escaso, apenas algunos vehículos locales y camiones de carga ocasionales. Maite aprovechó para revisar sus redes sociales y responder mensajes de amigos que comentaban sobre sus publicaciones del viaje. Le envió a su hermana menor, Daniela, algunas fotografías del convento junto con un mensaje de audio describiendo la belleza del lugar. Todo parecía transcurrir con normalidad mientras avanzaban por aquella carretera secundaria.
Alrededor de la 1:30 de la tarde, Diego notó que el indicador de gasolina mostraba menos de un cuarto de tanque. Aunque habían visto algunas gasolineras en pueblos pequeños durante el trayecto, decidió que sería prudente llenar el tanque en la próxima estación disponible. Según el GPS del teléfono de Maite, había una gasolinera aproximadamente 20 km adelante en las afueras de un pueblo llamado San Pedro Topiltepec. Diego aceleró ligeramente, confiando en que llegarían sin problemas con el combustible restante.
El pueblo apareció después de atravesar una serie de curvas pronunciadas rodeadas de vegetación baja y terreno semiárido. San Pedro Topiltepec era una comunidad pequeña con casas modestas dispersas a lo largo de la carretera principal y algunas tiendas de abarrotes con fachadas de colores. desvanecidos. La gasolinera estaba exactamente donde el GPS la había indicado, una estación independiente de aspecto humilde, con dos bombas antiguas y un pequeño local anexo que vendía refrescos y frituras. Diego se estacionó junto a una de las bombas mientras un joven empleado de Overol Azul se acercaba para atenderlos.
Mientras Diego supervisaba el llenado del tanque, Maite bajó del auto para estirar las piernas. Hacía calor y el sol pegaba fuerte en aquella hora del día. Entró al pequeño local para comprar agua embotellada y preguntarle al encargado, un hombre de mediana edad con bigote canoso, sobre la distancia hasta Guajuapán de León. El hombre le explicó que faltaban aproximadamente dos horas de camino si seguían por aquella ruta, pero que debían tener cuidado porque algunas secciones de la carretera tenían baches profundos.
Maite le agradeció la información, compró tres botellas de agua fría y regresó al auto. Diego terminó de pagar la gasolina y revisó nuevamente el GPS para confirmar la ruta. El dispositivo mostraba dos opciones. Continuar por la carretera estatal hasta conectar con la Federal 190 o tomar un atajo por un camino vecinal que reducía el tiempo de viaje en aproximadamente 40 minutos. La segunda opción aparecía marcada en el mapa digital como una línea gris más delgada, indicando que era una vía de menor categoría, pero según las reseñas de otros usuarios que habían usado la aplicación, el camino estaba en condiciones aceptables para vehículos convencionales.
Maite y Diego discutieron brevemente las opciones. Ella se mostraba indecisa, prefiriendo mantenerse en la carretera principal a pesar de que tomara más tiempo. Diego, por su parte, argumentaba que el atajo les permitiría llegar a Guahuapan antes del anochecer, lo que les daría tiempo de instalarse en el hotel y cenar con tranquilidad. Finalmente, después de ver que el sol todavía estaba alto y considerando que eran apenas las 2 de la tarde, decidieron tomar el atajo. Maite accedió con la condición de que si el camino se veía muy deteriorado o peligroso, darían vuelta y regresarían a la ruta principal.
Aproximadamente 3 km después de la gasolinera encontraron el desvío que indicaba el GPS. Un letrero oxidado y apenas legible señalaba la dirección hacia varios pueblos pequeños que ni siquiera aparecían en el mapa impreso que llevaban como respaldo. El camino era de terracería compactada, más angosto que la carretera estatal, pero inicialmente parecía en condiciones razonables. Diego redujo la velocidad y avanzó con precaución, evitando los baches más pronunciados que aparecían ocasionalmente. Durante los primeros 15 minutos, el paisaje no varió significativamente del que habían visto en la carretera principal.
Campos secos, algunas milpas dispersas y vegetación baja se extendían a ambos lados del camino. Ocasionalmente pasaban frente a pequeñas rancherías con dos o tres casas. donde niños jugaban en los patios polvorientos y perros ladraban al escuchar el motor del vehículo. Maite fotografiaba el paisaje por la ventanilla, comentando que estas eran las imágenes auténticas de México que no aparecían en las guías turísticas convencionales. Sin embargo, conforme avanzaban, el camino comenzó a deteriorarse notablemente. Los baches se hicieron más frecuentes y profundos, obligando a Diego a maniobrar constantemente para evitar dañar la suspensión del vehículo.
La velocidad había disminuido de los 60 km porh, iniciales a apenas 30, lo que significaba que el supuesto atajo estaba tomando mucho más tiempo del estimado. Maite miraba preocupada el reloj del tablero mientras revisaba su teléfono, notando que la señal celular se había debilitado considerablemente hasta mostrar solo una barra intermitente. Después de aproximadamente 45 minutos por aquel camino vecinal, llegaron a una bifurcación que no aparecía claramente marcada en el GPS. El dispositivo mostraba que debían continuar por la vía de la izquierda.
Pero ambos caminos se veían igualmente transitados y no había señalización alguna. Diego detuvo el auto completamente para analizar la situación. Maite intentó hacer zoom en el mapa de su teléfono, pero la débil señal hacía que la aplicación se congelara constantemente. Estuvieron varios minutos discutiendo qué hacer mientras el sol comenzaba lentamente su descenso hacia el horizonte. Finalmente decidieron seguir la indicación del GPS y tomaron el camino de la izquierda. Casi inmediatamente el terreno se volvió más irregular. El camino ascendía por una colina cubierta de matorrales espinosos y rocas sueltas.
Diego tuvo que activar la tracción en las cuatro ruedas del vehículo para mantener el agarre en algunas secciones particularmente empinadas. Maite se aferraba al asidero superior del auto mientras observaba con creciente ansiedad el paisaje cada vez más agreste y despoblado que los rodeaba. Cuando finalmente llegaron a la cima de la elevación, esperaban ver al otro lado alguna indicación de que se acercaban a una zona más poblada o al menos al camino principal. En cambio, lo que encontraron fue un panorama desolador.
El camino descendía abruptamente hacia un pequeño valle árido, donde apenas se distinguían un puñado de construcciones dispersas que parecían estar abandonadas. No había señales de actividad humana, ni vehículos, ni animales de granja. El silencio era perturbador, interrumpido solo por el sonido del motor del auto y el viento que movía los arbustos secos. Diego consultó nuevamente el GPS, pero la aplicación había perdido completamente la señal satelital y ahora mostraba un mensaje de error. Intentó reiniciar su teléfono mientras Maite hacía lo mismo con el suyo, pero ninguno de los dispositivos lograba restablecer la conexión.
La preocupación era evidente en el rostro de Maite, quien sugirió que deberían dar marcha atrás y regresar al último punto donde tenían señal para pedir indicaciones o simplemente volver a la carretera principal, aunque eso significara perder varias horas. Diego estuvo de acuerdo, pero cuando intentó dar vuelta al vehículo, descubrió que el camino era demasiado estrecho y el terreno a los lados demasiado irregular para hacer una maniobra segura. decidieron continuar descendiendo hacia el valle con la esperanza de encontrar un lugar más amplio donde pudieran girar o quizás incluso hallar algún habitante local que pudiera orientarlos de regreso a la ruta correcta.
Avanzaron lentamente por la pendiente pronunciada con Diego usando el freno motor para controlar la velocidad del descenso. Al llegar al fondo del valle, encontraron lo que parecía haber sido alguna vez un pequeño poblado. Había aproximadamente una docena de estructuras de adobe y ladrillo en diversos estados de deterioro. Algunas casas tenían los techos parcialmente colapsados, otras mostraban puertas y ventanas tapeadas. Era evidente que aquel lugar había sido abandonado hacía años, quizás debido a la escasez de agua o la falta de oportunidades económicas que caracterizaba a muchas comunidades rurales de la región.
Diego detuvo el vehículo en lo que parecía haber sido la plaza central del poblado abandonado, un espacio abierto, cubierto de maleza, donde aún se distinguían los restos de una cancha de basquetbol con los aros oxidados y torcidos. El silencio era absoluto y opresivo. Maite, visiblemente nerviosa, insistió en que debían irse de inmediato de aquel lugar. Diego, sin embargo, notó algo que llamó su atención. A un costado de la plaza, parcialmente oculta por unos arbustos crecidos, había una camioneta pickup relativamente moderna, una Ford color azul que no parecía compartir el abandono del resto del lugar.
La presencia de aquel vehículo sugería que quizás el poblado no estaba completamente deshabitado después de todo. Diego, tratando de calmarse a sí mismo tanto como a Maite, razonó que probablemente se trataba de algún ranchero de la zona que usaba las construcciones abandonadas para guardar herramientas o resguardar ganado. decidió tocar el clxon brevemente, esperando que si había alguien cerca se acercara a ayudarlos con indicaciones. El sonido del claxon resonó de manera inquietante en el silencio del valle, pero no hubo respuesta alguna.
Después de esperar unos minutos sin obtener reacción, Diego decidió bajar del auto para examinar más de cerca la camioneta azul, pensando que quizás encontraría alguna pista sobre quién era su dueño o si había alguna forma de contactarlo. Maite le pidió que no se alejara del auto, pero él le aseguró que solo sería un momento. Caminó lentamente hacia la pickup, notando que tenía placas del estado de Oaxaca. y que a pesar del polvo acumulado, parecía haber sido usada recientemente.
Las llantas dejaban marcas frescas en la tierra suelta. Mientras Diego examinaba el vehículo, Maite permaneció en el auto con las puertas cerradas, mirando nerviosamente a su alrededor. El sol estaba comenzando a bajar más notablemente y las sombras de las construcciones abandonadas se alargaban de manera siniestra sobre el terreno irregular. Fue entonces cuando notó algo que la hizo estremecerse. En una de las casas más alejadas, una cortina rasgada se movió ligeramente en una ventana, como si alguien estuviera observándolos desde el interior.
El corazón le comenzó a latir aceleradamente mientras intentaba determinar si realmente había visto movimiento o si era solo su imaginación alimentada por el miedo. Diego regresó al auto sin haber encontrado nada útil en la camioneta. Maite le contó rápidamente sobre el movimiento que creyó ver en la ventana. Él miró hacia la casa que ella señalaba, pero no observó nada fuera de lo común. No obstante, el relato de Maite reforzó su propio instinto de que debían abandonar aquel lugar lo antes posible.
subió al auto, encendió el motor y comenzó a buscar una forma de salir del valle por una ruta diferente a la que habían usado para descender. Bordeando las construcciones abandonadas, encontraron lo que parecía ser la continuación del camino hacia el otro lado del poblado. Era una senda aún más precaria que por la que habían llegado, pero al menos apuntaba en dirección ascendente hacia la siguiente elevación del terreno. Diego no vio otra opción y decidió tomarla, esperando que eventualmente los llevara de regreso a alguna carretera principal o al menos a una zona con señal celular donde pudieran pedir ayuda.
El camino se volvió progresivamente más difícil. En varios tramos las rocas sueltas hacían que las ruedas perdieran tracción y Diego tenía que acelerar con cuidado para superar las secciones más complicadas. Maite guardaba silencio con las manos apretadas sobre su regazo, mirando fijamente hacia delante. El sol continuaba su descenso y ambos eran conscientes de que quedarse atrapados en aquellos caminos después del anochecer sería extremadamente peligroso. Después de lo que pareció una eternidad, pero que en realidad fueron unos 20 minutos, llegaron a la cima de otra elevación.
Desde allí podían ver a la distancia lo que parecía ser una carretera asfaltada con algunos vehículos circulando. Un suspiro de alivio escapó simultáneamente de ambos. Diego aceleró tanto como el terreno lo permitía, ansioso por llegar a aquella carretera que representaba seguridad y civilización. El GPS de Maite finalmente recuperó señal y confirmó que efectivamente se trataba de la carretera federal 190, exactamente donde debían estar. Cuando finalmente llegaron a la carretera pavimentada eran aproximadamente las 5:30 de la tarde.
Ambos estaban exhaustos física y emocionalmente por la experiencia. Diego detuvo el auto en el acotamiento y ambos se permitieron unos minutos para recuperar la compostura. Meel envió un mensaje a su madre informándole que habían tenido problemas con el GPS, pero que ya estaban de nuevo en la ruta correcta. No mencionó los detalles de lo que había sucedido porque no quería preocuparla innecesariamente. Decidieron que lo mejor sería continuar directamente hasta Guahuapan de León. Sin más desvíos o aventuras.
Según el GPS estaban a aproximadamente una hora y media de su destino, lo que significaba que llegarían justo al anochecer. Diego condujo en silencio, concentrado en la carretera mientras Maite revisaba su teléfono respondiendo mensajes atrasados y actualizando sus redes sociales. No publicó nada sobre el incidente del camino vecinal, prefiriendo dejar esa experiencia en el olvido. A las 7:15 de la tarde, finalmente llegaron a Guajuapan de León. La ciudad los recibió con sus luces encendidas y el bullicio característico del final de la tarde.
Encontraron su hotel sin dificultad, un establecimiento modesto pero limpio, ubicado cerca del centro. Después de registrarse en la recepción, subieron a su habitación en el segundo piso, dejaron caer sus maletas y simplemente se sentaron en la cama por varios minutos, agradecidos de haber llegado sanos y salvos después de aquella tarde angustiante. La noche en Guajoapán de León transcurrió con relativa normalidad después de la experiencia perturbadora del camino vecinal. Diego y Maite bajaron al restaurante del hotel alrededor de las 8:30 de la noche.
Ordenaron cena sencilla y conversaron brevemente sobre lo sucedido. Ambos coincidieron en que habían sido imprudentes al tomar el atajo, sin conocer realmente las condiciones del camino, y acordaron que al día siguiente se mantendrían exclusivamente en carreteras principales para llegar a Oaxaca. La cena consistió en mole negro con arroz, tlayudas y agua de jamaica. Maite apenas probó su comida, todavía con el estómago revuelto por la tensión del día. Después de cenar, regresaron a su habitación. Maite se dio una ducha prolongada mientras Diego revisaba el itinerario del día siguiente en su computadora portátil.
Había calculado que si salían temprano alrededor de las 8 de la mañana, podrían llegar a Oaxaca aproximadamente a las 2 de la tarde, con tiempo suficiente para instalarse en el hotel Boutique que habían reservado y explorar el centro histórico antes del anochecer. La ruta era directa. tomarían la carretera federal 190 hacia el sureste, pasando por Tlaxiaco y luego descendiendo hacia el valle de Oaxaca. Antes de dormir, Maite llamó a su madre por videollamada. Guadalupe se veía preocupada en la pantalla, con el seño fruncido mientras escuchaba a su hija contarle una versión editada de los acontecimientos del día.
Maite minimizó la situación explicando simplemente que se habían perdido por unas horas debido a indicaciones incorrectas del GPS, pero que ya estaban seguros en el hotel. Su madre no parecía del todo convencida, pero decidió no presionar más, confiando en que su hija era lo suficientemente responsable para cuidarse. Se despidieron con la promesa de que Maite la llamaría nuevamente al llegar a Oaxaca al día siguiente. La madrugada del 25 de abril, Maite se despertó abruptamente a las 3:47 de la mañana.
había tenido una pesadilla confusa en la que caminaba sola por el poblado abandonado mientras figuras sombrías la observaban desde las ventanas de las casas en ruinas. En el sueño buscaba desesperadamente a Diego, pero no podía encontrarlo, y su voz se perdía en el silencio opresivo del lugar. Se incorporó en la cama respirando agitadamente y necesitó varios segundos para recordar dónde estaba. Diego dormía profundamente a su lado, completamente ajeno a la perturbación de su esposa. Maite se levantó silenciosamente para no despertar a Diego.
Caminó hasta la ventana y corrió ligeramente la cortina. La ciudad dormía bajo un cielo despejado, lleno de estrellas. Las calles estaban vacías, excepto por un par de vehículos que pasaban ocasionalmente y un perro callejero que olfateaba cerca de un contenedor de basura. La normalidad de la escena la tranquilizó gradualmente. Regresó a la cama, pero no pudo volver a dormirse. Se quedó mirando el techo durante casi 2 horas, reproduciendo mentalmente los eventos del día anterior y tratando de convencerse a sí misma de que todo había sido producto de su imaginación exaltada.
A las 6:30 de la mañana, la alarma del teléfono de Diego sonó con su habitual melodía suave. Él se despertó con relativa rapidez y notó inmediatamente que Maite estaba despierta con ojos cansados. le preguntó si había dormido bien y ella confesó que había tenido dificultades para conciliar el sueño después de una pesadilla. Diego la abrazó brevemente y le aseguró que ese día sería completamente diferente, que pronto estarían en Oaxaca disfrutando de su hotel y olvidando las complicaciones del viaje.
Sus palabras, aunque bien intencionadas, no lograron disipar completamente la sensación de inquietud que Maite sentía en el pecho. Se prepararon con relativa rapidez. Ambos se ducharon, empacaron sus pertenencias y bajaron al comedor del hotel para desayunar. El lugar estaba lleno de otros huéspedes, principalmente viajeros de negocios y algunas familias que también parecían estar de paso. El desayuno buffet ofrecía opciones tradicionales: chilaquiles, huevos al gusto, frijoles refritos, pan dulce y café. Maite intentó comer algo sustancioso, sabiendo que tenían varias horas de camino por delante, pero su apetito seguía siendo escaso.
Diego, en cambio, comió con normalidad mientras revisaba las noticias locales en su teléfono. A las 8:15 de la mañana, después de liquidar su cuenta en la recepción, subieron al auto y retomaron el viaje. La mañana era fresca y agradable, con el sol todavía bajo en el horizonte, proyectando una luz dorada sobre las calles de Guajuapán. Diego programó el GPS para que los llevara exclusivamente por la carretera federal 190, sin atajos ni rutas alternativas. La aplicación indicaba que el viaje tomaría aproximadamente 5 horas y 45 minutos con tráfico normal.
Maite conectó su teléfono al sistema de audio del auto y puso una playlist de música tranquila tratando de crear un ambiente relajado para el trayecto. Los primeros kilómetros transcurrieron sin incidentes. La carretera estaba en buenas condiciones, con tráfico moderado compuesto principalmente por autobuses de pasajeros, camiones de carga y algunos autos particulares como el suyo. El paisaje era impresionante, con montañas que se extendían en todas direcciones y valles profundos cubiertos de vegetación que gradualmente se volvía más verde conforme avanzaban hacia el sur.
Diego conducía con precaución, respetando los límites de velocidad y manteniendo una distancia prudente con los demás vehículos. Alrededor de las 10:30 de la mañana hicieron su primera parada en una gasolinera en las afueras de Tlaxiaco. Mientras Diego llenaba el tanque, Maite entró a la tienda de conveniencia para comprar agua y bocadillos. Había varias personas en el establecimiento, incluyendo una familia con niños pequeños que compraban dulces y un grupo de hombres que conversaban animadamente junto a la máquina de café.
Todo parecía normal y cotidiano, lo cual reconfortaba a Maite después de la experiencia del día anterior. Cuando regresó al auto, Diego ya había terminado de cargar gasolina y estaba limpiando los vidrios del vehículo. Maite notó que parecía de buen humor, silvando una melodía mientras trabajaba. Ella le entregó una botella de agua y unos cacahuates enchilados que había comprado. Antes de subir nuevamente al auto, Maite tomó su teléfono y publicó una fotografía del paisaje montañoso con el comentario: “Camino a Oaxaca, el sur de México, nunca deja de sorprender.” La publicación recibió rápidamente varios likes y comentarios de amigos.
retomaron la carretera y continuaron hacia el sureste. El GPS indicaba que faltaban aproximadamente tres horas para llegar a Oaxaca. Diego comentó que a ese paso llegarían incluso antes de lo previsto, lo cual les daría más tiempo para explorar la ciudad. Maite respondió con menos entusiasmo del que normalmente mostraría, aunque intentaba mantener una actitud positiva por el bien del viaje. La experiencia del día anterior seguía pesando en su mente de una manera que no podía explicar completamente. Alrededor de las 11:45 de la mañana, aproximadamente 40 km después de Tlaxiacoo, Diego notó que el auto comenzaba a hacer un sonido extraño proveniente de la parte frontal derecha.
Era un ruido rítmico, como un golpeteo suave, pero constante que se hacía más notorio cuando aumentaban la velocidad. Preocupado, decidió orillarse en el próximo lugar seguro para revisar qué podía estar causando el problema. Maite lo miró con expresión de alarma, preguntándole si pensaba que era algo grave. Diego intentó minimizar la situación explicando que probablemente era solo una piedra atascada en el guardabarros o quizás un problema menor con el neumático. Sin embargo, su tono completamente convincente. Redujo la velocidad y activó las luces intermitentes de emergencia mientras buscaba un lugar apropiado para detenerse.
Después de unos 2 km encontró un área de descanso pequeña al costado de la carretera, un espacio de tierra compactada con algunas mesas de picnic deterioradas y un contenedor de basura oxidado. Se estacionaron y Diego bajó inmediatamente para inspeccionar el vehículo. Caminó alrededor del auto, examinando cuidadosamente las ruedas, los guardabarros y la suspensión. No encontró ninguna piedra atascada ni daño visible en los neumáticos. Decidió levantar parcialmente el capó para revisar el motor, aunque el sonido no parecía provenir de allí.
Maite también había bajado del auto y observaba a su esposo con los brazos cruzados, claramente preocupada por lo que esto pudiera significar para su viaje. Después de varios minutos de inspección, Diego no pudo identificar la fuente del ruido. El motor parecía funcionar normalmente, los niveles de fluidos estaban bien y visualmente no había nada obviamente roto o suelto. decidió que lo mejor sería continuar conduciendo con precaución y detenerse en el próximo taller mecánico que encontraran para una revisión profesional.
Según el GPS, había un pueblo llamado San Martín Peras, aproximadamente 25 km adelante, donde probablemente encontrarían un taller. Retomaron el camino, pero ahora ambos estaban tensos y atentos al sonido del vehículo. El golpeteo continuaba a veces más fuerte, a veces casi imperceptible. Diego mantenía una velocidad moderada de aproximadamente 70 km porh evitando acelerar bruscamente. Maite buscaba en su teléfono talleres mecánicos en la zona, pero los resultados eran limitados y no había reseñas confiables de los establecimientos que aparecían en las búsquedas.
Llegaron a San Martín Peras cerca de las 12:30 del mediodía. Era un pueblo pequeño con construcciones modestas alineadas a lo largo de la carretera principal. Vieron algunas tiendas de abarrotes, una farmacia, una iglesia con su campanario blanco y finalmente lo que parecía ser un taller mecánico informal, un espacio abierto con techo de lámina donde había varios vehículos en diversos estados de reparación. Un letrero pintado a mano decía refaccionaria y taller Don Isidro. Diego se estacionó cerca de la entrada del taller.
Un hombre de aproximadamente 50 años, con overall, manchado de grasa y una gorra desgastada, se acercó al auto. Diego le explicó el problema del sonido extraño y el hombre asintió con conocimiento, sugiriendo que probablemente se trataba de un rodamiento de rueda que comenzaba a fallar. Era un problema común en carreteras de montaña, explicó debido al estrés constante en la suspensión por las curvas pronunciadas y los desniveles del terreno. El mecánico, que se presentó como Isidro, le pidió a Diego que levantara el auto con un gato hidráulico que tenía en el taller para poder examinar las ruedas más detenidamente.
Diego aceptó, aunque Maite mostró cierta reticencia ante la idea de dejar que un desconocido en un taller informal trabajara en su vehículo, sin embargo, no parecían tener muchas opciones. El siguiente pueblo grande estaba a una considerable distancia y continuar con un posible problema en la suspensión podría resultar más peligroso. Isidro levantó la rueda delantera derecha y comenzó a girarla manualmente, escuchando atentamente. Después de unos segundos, asintió confirmando su diagnóstico inicial. El rodamiento estaba desgastado y necesitaba ser reemplazado.
Cuando Diego preguntó cuánto tiempo tomaría la reparación, Isidro explicó que el problema era que no tenía la refacción específica para su modelo de vehículo en el taller. tendría que enviar a alguien a Tlaxiaco o incluso a Oaxaca para conseguir la pieza, lo cual podría tomar varias horas o incluso hasta el día siguiente si no encontraban una refaccionaria abierta. La noticia cayó como un balde de agua fría sobre los planes de la pareja. Diego intentó negociar con el mecánico preguntando si había alguna forma de hacer una reparación temporal que les permitiera llegar a Oaxaca, donde podrían buscar un taller de la marca del vehículo para hacer el trabajo correctamente.
Isidro se rascó la cabeza pensativo, considerando la petición. Finalmente explicó que podría ajustar el rodamiento y agregar un poco de grasa para reducir el ruido y la fricción, pero que no garantizaba que durara más de 100 km y que había riesgo de que la rueda se bloqueara completamente si el rodamiento fallaba por completo. Maite y Diego se alejaron unos pasos del taller para discutir en privado qué hacer. Ella estaba visiblemente alterada, argumentando que deberían quedarse en el pueblo hasta que consiguieran la refacción correcta y se hiciera la reparación apropiadamente.
Diego, por su parte, señalaba que eso significaría perder al menos un día completo de su viaje, posiblemente dos, y que su reservación en el hotel de Oaxaca no era reembolsable. Además, tendría que llamar a su trabajo para notificar que se ausentaría más días de los planeados. La discusión se volvió tensa. Maite, con lágrimas de frustración en los ojos, le reclamó a Diego que nada de esto habría sucedido si no hubieran tomado aquel maldito atajo el día anterior.
Aunque el mecánico había sugerido que el desgaste del rodamiento era normal en vehículos que viajaban por carreteras montañosas, Maite estaba convencida de que el camino vecinal accidentado había acelerado o causado el daño. Diego intentó calmarla poniéndole una mano en el hombro, pero ella se alejó bruscamente. Después de varios minutos de deliberación y viendo que no tenían muchas alternativas, decidieron aceptar la reparación temporal que ofrecía Isidro. El plan sería conducir con extrema precaución hasta Oaxaca, manteniéndose en velocidades moderadas y deteniéndose periódicamente para verificar que el rodamiento no se estuviera recalentando peligrosamente.
Ego le pidió a Isidro que hiciera el ajuste y también revisara exhaustivamente el resto de la suspensión y los frenos para asegurarse de que todo lo demás estuviera en orden. Mientras el mecánico trabajaba en el vehículo, Maite y Diego caminaron por el pueblo buscando dónde almorzar. Encontraron un pequeño comedor familiar con mesas de plástico bajo una palapa. Una mujer mayor los atendió amablemente, ofreciéndoles el menú del día, caldo de res verduras, arroz rojo y tortillas hechas a mano.
Ordenaron y se sentaron en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. La tensión entre ellos era palpable y el ambiente romántico del viaje se había evaporado completamente. El almuerzo estuvo listo en unos 20 minutos. comieron mecánicamente sin disfrutar realmente la comida, a pesar de que estaba bien preparada. Maite revisaba constantemente su teléfono respondiendo mensajes de su familia y actualizando su ubicación en el GPS para que su madre pudiera seguir su progreso. Diego miraba por la ventana del comedor hacia la calle polvorosa del pueblo, observando a los lugareños ir y venir en sus actividades cotidianas.
Después de terminar de comer y pagar la cuenta, regresaron al taller yidro había terminado el trabajo y estaba limpiando sus herramientas. Les explicó lo que había hecho. Había ajustado el rodamiento, agregado grasa de alta temperatura y verificado que los frenos y la suspensión estuvieran funcionando correctamente. Les advirtió nuevamente que debían conducir con cuidado y detenerse inmediatamente si notaban que el ruido empeoraba o si sentían alguna vibración anormal en el volante. El costo de la reparación temporal fue sorprendentemente económico, menos de 1000 pesos.
Diego pagó en efectivo y le dio una propina adicional a Isidro por el trabajo rápido y la honestidad en su diagnóstico. El mecánico les deseó buen viaje y les recomendó que al llegar a Oaxaca buscaran un taller certificado para hacer la reparación definitiva antes de emprender el viaje de regreso a la ciudad de México. Diego le agradeció el consejo y prometió hacerlo. Subieron al auto. Ahora ya eran casi las 2:30 de la tarde, significativamente más tarde de lo que habían planeado llegar a Oaxaca.
Retomaron la carretera con precaución. Diego mantenía la velocidad entre 60 y 70 km porh, muy atento a cualquier sonido o vibración anormal. Maite había perdido interés en conversar o en poner música. simplemente miraba por la ventana en silencio, observando el paisaje que ahora le parecía más amenazante que hermoso. Las montañas, que antes le habían parecido majestuosas, ahora se veían como barreras interminables que lo separaban de la seguridad y comodidad de la civilización. Aproximadamente una hora después de salir de San Martín Peras, el GPS indicaba que faltaban aúnas dos horas para llegar a Oaxaca.
Habían entrado en una zona particularmente montañosa de la Sierra Madre del Sur, con curvas pronunciadas y descensos vertiginosos. Diego conducía con extrema concentración, reduciendo la velocidad aún más en las curvas cerradas. El tráfico era ligero, con largos intervalos entre vehículos, lo que le permitía tomar su tiempo sin sentirse presionado por conductores impacientes detrás de él. Mientras descendían por una sección particularmente sinuosa de la carretera, Maite notó que su teléfono comenzaba a perder señal nuevamente. No era una pérdida completa como el día anterior, pero las barras fluctuaban constantemente entre una y dos, haciendo que las aplicaciones funcionaran con lentitud.
le comentó esto a Diego, quien respondió con tono de frustración que era normal en zonas montañosas y que no debían preocuparse mientras se mantuvieran en la carretera principal. Sin embargo, unos 20 km más adelante se encontraron con algo inesperado, un reténit. Varios soldados con armas largas y chalecos antibalas habían detenido el tráfico en ambos sentidos de la carretera. Había conos naranjas canalizando los vehículos hacia un solo carril donde los soldados realizaban inspecciones aleatorias. Diego redujo la velocidad y se detuvo cuando uno de los militares le indicó que lo hiciera.
Maite sintió como su corazón se aceleraba nuevamente, a pesar de que sabía que no habían hecho nada malo. Un soldado joven de no más de 25 años se acercó a la ventanilla del conductor. Diego la bajó y saludó cortésmente. El militar les preguntó de dónde venían y hacia dónde se dirigían. Diego explicó que viajaban desde la Ciudad de México hacia Oaxaca para una escapada de fin de semana. El soldado asintió y les pidió sus identificaciones y la tarjeta de circulación del vehículo.
Diego entregó los documentos mientras Maite permanecía en silencio con las manos apretadas sobre su regazo. El soldado revisó cuidadosamente los documentos comparando las fotografías de las identificaciones con los rostros de los pasajeros. Luego caminó alrededor del vehículo, examinando las placas y mirando a través de las ventanas traseras. Finalmente regresó a la ventanilla del conductor y les preguntó si podía revisar la cajuela. Diego aceptó sin objetar y presionó el botón para abrir la cajuela desde el interior del auto.
Otro soldado se acercó y examinó brevemente el contenido, las dos maletas pequeñas y el equipo fotográfico de la pareja. Después de unos minutos que parecieron eternos, el primer soldado les devolvió sus documentos y les agradeció su cooperación. les advirtió que condujeran con precaución porque había reportes de niebla densa más adelante en la carretera. Diego agradeció la información y cerró la ventanilla mientras el soldado les hacía señas para que continuaran. Cuando se alejaron del retén, Maite exhaló profundamente, sin haber notado que había estado conteniendo la respiración durante parte de la interacción.
Diego intentó aligerar el ambiente comentando que los retenes eran rutinarios en las carreteras de Oaxaca, parte de los esfuerzos de seguridad del gobierno federal. Maite simplemente asintió sin responder verbalmente. Estaba exhausta emocionalmente y comenzaba a arrepentirse profundamente de haber aceptado hacer este viaje. Lo único que quería era llegar al hotel en Oaxaca, encerrarse en la habitación y no salir hasta que fuera momento de regresar a casa. Conforme continuaban avanzando, el paisaje comenzó a cambiar notablemente. La vegetación se volvió más densa y el aire más húmedo.
Las nubes bajas comenzaron a formarse alrededor de las cimas de las montañas, creando un ambiente brumoso que reducía la visibilidad. Diego encendió las luces del auto, aunque todavía era de día, siguiendo la recomendación del soldado en el retén. El tráfico se había vuelto prácticamente inexistente. No habían visto otro vehículo en casi 15 minutos. A las 5:15 de la tarde, mientras navegaba en una sección particularmente estrecha de la carretera, bordeada por un acantilado a un lado y una pared de roca al otro, Maite fue la primera en notar algo extraño.
A lo lejos, en medio de la carretera, parecía haber una figura humana de pie. Al principio pensó que era solo su imaginación o una ilusión óptica causada por la niebla, pero conforme se acercaban, la figura se hacía más definida. Era una mujer vestida con ropa oscura, parada completamente inmóvil en el centro del carril. Diego también la vio y comenzó a reducir la velocidad, confundido y preocupado. ¿Qué hacía alguien parado en medio de la carretera en un lugar tan remoto?
Cuando estaban a aproximadamente 50 m de distancia, la mujer levantó ambos brazos haciéndoles señas desesperadas para que se detuvieran. Diego frenó completamente y se detuvo a unos 10 met de donde estaba la mujer. Ahora podían verla con más claridad. Era joven, probablemente de unos 30 años, con el cabello largo y revuelto, y su rostro mostraba una expresión de angustia evidente. Antes de que Diego pudiera decidir qué hacer, la mujer corrió hacia el auto y comenzó a golpear desesperadamente la ventanilla del conductor, gritando algo que no podían escuchar claramente con las ventanas cerradas.
Maite se sobresaltó y le gritó a Diego que no abriera la puerta. que algo no estaba bien. Pero Diego, movido por la compasión y preocupado de que la mujer estuviera en verdadero peligro, bajó ligeramente la ventanilla para escuchar lo que decía. “Por favor, ayúdenme”, gritaba la mujer con voz desesperada. “Mi auto se salió del camino más adelante. Mi esposo está herido. Necesito que me lleven al hospital más cercano, por favor.” tenía lágrimas corriendo por sus mejillas y sus manos temblaban visiblemente mientras se aferraba al marco de la ventanilla.
Diego miró a Maite buscando su opinión, pero ella tenía una expresión de terror absoluto en el rostro, negando con la cabeza repetidamente. La súplica de la mujer era genuinamente desesperada y Diego sintió que no podía simplemente ignorarla y continuar conduciendo. A pesar de las obvias reservas de Maite, bajó completamente la ventanilla y le preguntó a la mujer dónde exactamente había ocurrido el accidente. Ella señaló hacia adelante, explicando entre sollozos que aproximadamente 2 km más allá, en una curva pronunciada, su camioneta había perdido el control en el pavimento mojado por la niebla y se había salido parcialmente del camino.
Su esposo había golpeado su cabeza contra el parabrisas y estaba sangrando, consciente, pero desorientado. Maite, desde el asiento del pasajero, intervino con voz temblorosa, preguntando por qué no había llamado a una ambulancia o a la policía si tenía un teléfono celular. La mujer explicó rápidamente que no había señal en esa sección de la carretera, que lo había intentado múltiples veces sin éxito. Había estado esperando durante casi 30 minutos a que pasara algún vehículo y el de ellos era el primero que aparecía.
“Su nombre era Paulina”, agregó tratando de establecer una conexión humana que los convenciera de ayudarla. Diego abrió la puerta del conductor y comenzó a bajar del auto, a pesar de las protestas de Maite, quien le suplicaba que no lo hiciera. Él le explicó que no podían simplemente dejar a alguien herido sin ayuda, que moralmente era lo correcto. Le dijo que él iría con Paulina a revisar la situación del accidente y que Maite podría quedarse en el auto con las puertas cerradas si se sentía más segura así.
Si realmente había alguien herido, llamarían a emergencias tan pronto como tuvieran señal o lo llevarían al hospital más cercano si la situación era crítica. Paulina le agradeció efusivamente a Diego mientras lo guiaba rápidamente hacia delante en la carretera. Maite, paralizada por la indecisión y el miedo, observaba como su esposo se alejaba caminando junto a aquella mujer desconocida. Cada instinto en su cuerpo le gritaba que algo no estaba bien, pero al mismo tiempo se sentía egoísta y cruel por dudar de alguien que aparentemente necesitaba ayuda desesperadamente decidió enviar un mensaje de texto rápido a su hermana Daniela, explicando la situación y proporcionando su ubicación exacta.
Según el GPS, el mensaje de Maite no se envió. La señal celular había desaparecido por completo, mostrando el temido mensaje sin servicio en la esquina superior de la pantalla. Intentó varias veces más bajando del auto y caminando unos metros en diferentes direcciones, tratando de captar algo de señal, pero fue inútil. miró hacia delante en la carretera tratando de ver a Diego, pero la niebla se había vuelto más espesa y apenas podía distinguir formas a más de 20 m de distancia.
Pasaron 5 minutos, luego 10. Maite comenzó a caminar nerviosamente alrededor del auto, mirando constantemente hacia donde había visto desaparecer a Diego. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el goteo ocasional de agua condensada cayendo de los árboles cercanos. No había sonidos de tráfico, ni pájaros, ni siquiera insectos. Era un silencio antinatural que intensificaba su ansiedad con cada segundo que pasaba. Después de 15 minutos, sin ninguna señal de Diego o de Paulina, Maite tomó una decisión. Sacó su teléfono y comenzó a grabar un mensaje de video, explicando la situación por si algo le sucedía.
Con voz temblorosa describió cómo les había pedido ayuda, como Diego había ido con ella y cómo ella estaba sola ahora en la carretera sin señal celular. dio la ubicación aproximada según el último punto donde el GPS había funcionado y mencionó detalles físicos de Paulina por si era relevante más tarde. Guardó el video en su teléfono y lo respaldó en su almacenamiento en la nube, rezando para que se subiera automáticamente cuando recuperara señal. decidió que no podía quedarse esperando indefinidamente.
Tomó las llaves del auto de donde Diego las había dejado en el contacto, cerró todas las puertas con seguro y comenzó a caminar en la dirección que habían tomado Diego y Paulina. Su corazón latía aceleradamente mientras avanzaba por la carretera neblinosa. Cada sombra, cada sonido la hacía sobresaltarse. Después de caminar aproximadamente 1 km, llegó a la curva pronunciada que Paulina había mencionado. No había ningún vehículo accidentado, no había marcas de derrape en el pavimento, no había vidrios rotos ni señales de que algún auto se hubiera salido de la carretera.
Maite se detuvo en seco, sintiendo como un escalofrío recorría su espalda. Gritó el nombre de Diego varias veces, pero solo el eco de su propia voz le respondió. Caminó hasta el borde de la carretera y miró hacia abajo del acantilado, temiendo ver algo horrible, pero la vegetación densa y la niebla hacían imposible ver más allá de unos pocos metros. Completamente aterrorizada. Ahora Maite comenzó a correr de regreso hacia donde había dejado el auto. Sus pensamientos eran un torbellino de pánico.
Había sido una trampa. ¿Dónde estaba Diego? ¿Por qué no había ningún accidente? Tropezó varias veces en su prisa, raspándose las manos contra el pavimento áspero. Cuando finalmente llegó al punto donde había dejado el vehículo, se quedó. helada. El auto había desaparecido. Durante varios segundos, Maite no pudo procesar lo que estaba viendo. El lugar donde definitivamente había estacionado el Honda CRV estaba vacío. No había manchas de aceite, no había marcas de llantas, nada que indicara que alguna vez un vehículo había estado allí.
Iró en círculos desorientada, tratando de entender si quizás se había confundido de lugar, pero no. Reconocía una roca particular al costado del camino y un árbol con una rama colgante distintiva. Este era definitivamente el lugar. Maite sacó su teléfono, que todavía mostraba sin señal, y por puro reflejo intentó llamar a emergencias. Nada. La pantalla se iluminaba inútilmente mientras ella temblaba de frío y terror. Estaba completamente sola en medio de una carretera neblinosa, sin su esposo, sin el auto, sin forma de comunicarse con nadie.
Decidió caminar. No tenía otra opción. comenzó a avanzar en dirección a donde supuestamente quedaba el siguiente pueblo. Según recordaba del GPS. Cada paso era agónico, mirando constantemente hacia atrás, esperando ver faros de algún vehículo que pudiera ayudarla. La niebla se hacía más densa con el paso de los minutos y el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, sumiendo todo en una penumbra grisácea. Después de caminar durante lo que le pareció una eternidad, pero probablemente fueron solo 40 minutos, finalmente vio luces a la distancia.
Un vehículo se acercaba desde la dirección opuesta. Maite se paró en medio de la carretera, agitando los brazos desesperadamente. Era una camioneta pickup conducida por un hombre de edad avanzada. El conductor frenó bruscamente y bajó la ventanilla, preguntándole con preocupación qué le había sucedido. Entre soyozos, Maite intentó explicar la situación. El hombre la escuchó con expresión cada vez más seria. le dijo que subiera a la camioneta, que la llevaría al pueblo más cercano, donde había una comandancia de policía.
Durante el trayecto de 15 minutos, el hombre, quien se presentó como don Ernesto, le contó algo que hizo que la sangre de Maite se congelara. En esa misma sección de carretera, durante los últimos tres años habían desaparecido al menos siete personas en circunstancias similares, viajeros que se detenían para ayudar a alguien en aparente necesidad y que simplemente se esfumaban sin dejar rastro. Llegaron al pueblo de Santo Domingo Yangitlán, cerca de las 7 de la noche. Don Ernesto llevó a Maite directamente a la pequeña oficina de policía municipal.
El comandante de turno, un hombre corpulento de unos 45 años, escuchó su relato con rostro impasible. Le pidió todos los detalles. Descripción física de Paulina, marca y modelo del auto desaparecido, última ubicación conocida, cualquier cosa que pudiera ayudar. El comandante hizo algunas llamadas por radio. Maite pudo escuchar fragmentos de las conversaciones. Sí, otra vez en el kilómetro 167. Necesitamos patrullas que vengan de Tlaxiaco también. La forma casual en que lo decía, como si fuera algo rutinario, aterrorizó aún más a Maite.
Le ofrecieron agua y una silla mientras esperaban a que llegaran más autoridades. En las siguientes dos horas llegaron agentes de la policía estatal y posteriormente elementos de la policía federal. Maite tuvo que repetir su historia incontables veces, cada versión más entrecortada que la anterior debido al agotamiento emocional. Revisaron su teléfono, tomaron fotografías de sus identificaciones y le informaron que iniciarían inmediatamente un operativo de búsqueda tanto de Diego como del vehículo. Uno de los agentes federales, un hombre de rostro severo con cicatriz en la mejilla, le explicó con brutal honestidad lo que probablemente había sucedido.
Aquella zona era territorio disputado por grupos del crimen organizado que se dedicaban, entre otras actividades, al robo de vehículos y al secuestro exprés. La táctica de usar a una mujer como ceñuelo para detener a viajeros desprevenidos era común. Diego probablemente había sido emboscado por cómplices de Paulina que esperaban escondidos y el auto había sido llevado inmediatamente a un lugar donde lo desmantelarían para vender las partes. “¿Y mi esposo?”, preguntó Maite con voz quebrada. El agente la miró con una mezcla de compasión y realismo.
Depende. Si cooperó, si les dio todo lo que tenían de valor sin resistencia, hay posibilidad de que lo dejen en algún camino apartado. Tenemos que actuar rápido. Las primeras 24 horas son cruciales. Contactaron a la familia de Maite. Guadalupe, su madre, respondió el teléfono llorando al escuchar la voz de su hija. Le pidieron que no viajara inmediatamente porque la situación era peligrosa y complicada, que esperara instrucciones de las autoridades. La madre de Diego también fue notificada. Ambas familias quedaron destrozadas por la noticia.
Esa noche, Maite fue alojada en un pequeño hotel del pueblo bajo protección policial. No pudo dormir ni un minuto. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Diego alejándose con aquella mujer. Se culpaba por no haber insistido más en que no bajara del auto, por haber aceptado tomar aquel maldito viaje por cada decisión que los había llevado a ese momento. Los operativos de búsqueda comenzaron al amanecer del 26 de abril. Decenas de elementos policiales y militares peinaban la zona donde Maite había reportado la desaparición.
Utilizaron drones, helicópteros y perros rastreadores. Interrogaron a habitantes de comunidades cercanas. Revisaron cámaras de seguridad de las pocas gasolineras en un radio de 100 km y establecieron retenes en todas las carreteras principales de la región. Maite fue trasladada a Oaxaca capital, donde permaneció en un hotel proporcionado por la Fiscalía Estatal. Un equipo de psicólogos forenses trabajaba con ella tratando de extraer cada detalle que pudiera recordar sobre Paulina, sobre la ubicación exacta, sobre cualquier cosa que hubiera visto u oído.
Revisaron sus redes sociales, las de Diego, buscando alguna conexión que explicara por qué habían sido específicamente seleccionados como víctimas. Durante tres días no hubo ningún avance significativo. El Honda CRV no apareció en ningún radar. No hubo llamadas de rescate pidiendo dinero, lo cual desconcertaba a los investigadores, porque típicamente, en casos de secuestro, los captores establecían contacto rápidamente. El teléfono de Diego estaba apagado o sin batería, imposible de rastrear. Era como si tanto él como el vehículo se hubieran disuelto en el aire.
El cuarto día, el 29 de abril, llegó el primer hallazgo. Un campesino reportó haber encontrado una mochila tirada en un barranco cerca del kilómetro 165 de la carretera federal 190. Dentro estaban la billetera de Diego con su identificación, tarjetas de crédito y aproximadamente 2000 pesos en efectivo. También había un reloj que Maite reconoció inmediatamente como el que le había regalado a Diego en su primer aniversario. No había sangre en ninguno de los objetos, pero tampoco había más pistas sobre su paradero.
Los investigadores interpretaron el hallazgo de maneras contradictorias. Algunos pensaban que era señal de que Diego seguía vivo, que los captores habían tomado sus pertenencias personales, pero eventualmente las habían descartado. Otros, con perspectiva más sombría, sugerían que podría ser evidencia de que lo habían ejecutado y estaban deshaciendo cualquier cosa que pudiera identificarlo. Maite se negaba a aceptar la segunda posibilidad. La historia comenzó a filtrarse a los medios de comunicación. Primero fueron notas breves en periódicos locales de Oaxaca, pero rápidamente la narrativa de la pareja recién casada, el viaje romántico que terminó en tragedia capturó la atención nacional.
Noticieros de televisión enviaron reporteros a cubrir el caso. Las redes sociales explotaron con el hashtag donde está Diego y posticia para Maite. Miles de personas compartían las fotografías de Diego del auto desaparecido pidiendo cualquier información que pudiera ayudar. La presión mediática obligó a las autoridades federales a intensificar los esfuerzos. Se formó un grupo especial de investigación que incluía a la Fiscalía General de la República, la Guardia Nacional y agentes especializados en delincuencia organizada. ofrecieron recompensas por información que condujera a encontrar a Diego o al vehículo.
Realizaron arrestos de personas conocidas por participar en redes de robo de vehículos en la región, pero ninguno tenía información relevante sobre este caso específico. Dos semanas después de la desaparición, el 9 de mayo, encontraron el Honda CRV. Estaba abandonado en un terreno valdío en las afueras de Guahuapan de León, completamente desmantelado. Le habían quitado el motor, las ruedas, los asientos, el sistema de sonido, prácticamente todo lo que tenía valor. Los investigadores forenses lo revisaron exhaustivamente buscando evidencia.
Huellas digitales, restos de sangre, fibras, cualquier cosa. Encontraron múltiples huellas que no coincidían con Diego ni con Maite, sugiriendo que varias personas habían trabajado en el desmantelamiento del vehículo. Pero lo más perturbador fue lo que encontraron en la cajuela. escondida entre los restos del tapizado, había una nota escrita a mano en un papel arrugado. El mensaje era breve y escalofriante. Lo sentimos. No teníamos opción. Busquen en San Lorenzo. No había firma ni ninguna otra indicación de quién había escrito el mensaje o qué significaba exactamente.
San Lorenzo podía referirse a docenas de lugares en Oaxaca. Había al menos 15 comunidades con ese nombre en el estado. Los investigadores comenzaron a buscar sistemáticamente en cada una, priorizando aquellas que estaban en rutas lógicas desde donde había ocurrido la desaparición. Fue un proceso agotador que consumió otra semana de investigación sin resultados concretos. Maite se había convertido en una sombra de sí misma. Había perdido casi 8 kg. Tenía ojeras profundas por el insomnio crónico y necesitaba medicación para controlar los ataques de pánico que la asaltaban varias veces al día.
Su familia había viajado a Oaxaca para acompañarla. Su madre Guadalupe prácticamente no se separaba de su lado, mientras que su hermana Daniela manejaba las comunicaciones con los medios y coordinaba con las autoridades. La familia de Diego también estaba destrozada. Su madre, doña Patricia, culpaba abiertamente a Maite por la desaparición de su hijo, argumentando que ella debió haber impedido que bajara del auto. Las tensiones entre ambas familias se volvieron insostenibles, complicando aún más una situación ya de por sí terrible.
Los investigadores tuvieron que mediar entre ellas para mantener cierta armonía necesaria para la investigación. El 23 de mayo, exactamente un mes después de la desaparición, un pastor de cabras en la comunidad de San Lorenzo, Texmelucan, una pequeña ranchería en las montañas de la mixteca, encontró un cuerpo semienterrado en una zona boscosa apartada. Las autoridades fueron notificadas inmediatamente. El nivel de descomposición hacía imposible la identificación visual, pero la ropa y algunos objetos encontrados junto al cuerpo coincidían con la descripción de Diego.
El análisis forense confirmó lo peor mediante estudios dentales y de ADN. era Diego Maldonado. La autopsia reveló que había muerto por traumatismo cráneoencefálico severo, consistente con múltiples golpes con objeto contundente. No había señales de tortura, lo que sugería que su muerte había sido relativamente rápida. Los investigadores estimaban que probablemente había muerto el mismo día de su desaparición, el 25 de abril, apenas horas después de que Maite lo vio alejarse con Paulina. La noticia destrozó completamente a Maite.
Tuvo que ser hospitalizada por un colapso nervioso. Durante días no pudo hablar, comer ni procesar lo que había sucedido. Los psiquiatras le administraron sedantes fuertes para evitar que se hiciera daño a sí misma. Su madre permanecía junto a su cama día y noche, sosteniéndole la mano mientras ella miraba la pared con ojos vacíos. Los medios cubrieron el funeral de Diego de manera masiva. Cientos de personas asistieron, muchas de ellas desconocidos que simplemente se habían conmovido por la historia.
Maite asistió en silla de ruedas, completamente medicada, incapaz de mantenerse en pie por sí misma. No pronunció palabra durante toda la ceremonia. Cuando bajaron el ataúd, simplemente cerró los ojos y dejó que las lágrimas corrieran silenciosamente por sus mejillas. La investigación continuó durante los meses siguientes. Arrestaron a tres personas vinculadas con el caso, dos hombres que habían participado en el desmantelamiento del vehículo, y, finalmente, en agosto de 2019 a una mujer que coincidía con la descripción de Paulina.
Su nombre real era Brenda Solís, una mujer de 32 años con antecedentes penales por robo y extorsión. Había trabajado como ceñuelo para una red criminal que se dedicaba al robo de vehículos y ocasionalmente al secuestro. Durante los interrogatorios, Brenda confesó su participación, pero insistió en que ella no había matado a nadie. explicó que su trabajo era simplemente detener vehículos con la historia del accidente inventado. Cuando las víctimas bajaban para ayudar, cómplices escondidos los emboscaban, tomaban el vehículo y cualquier objeto de valor y normalmente dejaban a las víctimas atadas en algún lugar apartado donde eventualmente serían encontradas.
Diego, según su testimonio, había resistido. Había intentado pelear cuando se dio cuenta de la trampa y uno de sus cómplices lo había golpeado más fuerte de lo planeado. “No debía morir”, dijo Brenda durante una de las audiencias con lágrimas que muchos consideraron fabricadas. Solo debíamos robar el auto. Pero se puso violento y todo se salió de control. Los fiscales no le creyeron. La evidencia sugería que la organización para la que trabajaba tenía un historial de violencia y que probablemente Diego había sido asesinado para evitar que pudiera identificar a sus captores.
Los tres detenidos fueron procesados por homicidio calificado, robo con violencia y secuestro. El juicio se prolongó durante meses. Maite tuvo que testificar en múltiples ocasiones, reviviendo cada detalle de aquel día horrible. Cada sesión en el tribunal era una tortura, especialmente cuando tenía que sentarse a pocos metros de Brenda, la mujer cuyas lágrimas falsas habían convencido a Diego de bajar del auto. En marzo de 2020, casi un año después de la tragedia, los tres acusados fueron sentenciados. Brenda recibió 35 años de prisión.
Sus dos cómplices recibieron 40 y 45 años respectivamente, siendo el último identificado como quien había golpeado fatalmente a Diego. La sentencia fue recibida con alivio, pero sin verdadera satisfacción por parte de las familias. Ninguna cantidad de años de cárcel devolvería a Diego. Maite intentó reconstruir su vida, pero fue un proceso dolorosamente lento. Pasó más de un año en terapia intensiva tratando de procesar el trauma. tuvo que mudarse de su departamento en la Roma porque cada rincón le recordaba a Diego.
Dejó su trabajo como diseñadora gráfica porque no podía concentrarse. Durante mucho tiempo. Simplemente existía sin realmente vivir. Con el tiempo encontró cierto propósito en convertirse en activista por la seguridad de viajeros en México. trabajó con organizaciones que documentaban casos de personas desaparecidas en carreteras. Dio entrevistas, compartió su historia una y otra vez, esperando que pudiera prevenir que otras familias sufrieran lo que ella había sufrido. Colaboró con autoridades para implementar mejores sistemas de respuesta a emergencias en zonas remotas y promover mayor vigilancia en carreteras conocidas por su peligrosidad.
En 2022, 3 años después de la tragedia, Maite publicó un libro contando su historia completa. Lo tituló El último viaje. Los ingresos fueron donados a organizaciones que ayudaban a familias de víctimas de violencia en carreteras. El libro se convirtió en un éxito inesperado, no por Morvo, sino porque Maite logró articular el dolor universal de la pérdida súbita y la sensación de impotencia frente a la violencia. Nunca volvió a casarse. En entrevistas posteriores explicaba que una parte de ella había quedado en aquella carretera neblinosa en Oaxaca junto con Diego.
Aprendió a vivir con el peso de la culpa del sobreviviente, con las preguntas que nunca tendrían respuesta. ¿Qué habría pasado si hubieran tomado la carretera principal? Si hubieran esperado en San Martín Peras a que consiguieran el rodamiento correcto, si ella hubiera insistido más enérgicamente en que Diego no bajara del auto. Para 2025, el caso seguía siendo uno de los más recordados en la historia criminal reciente de Oaxaca. se había convertido en una advertencia frecuentemente citada sobre los peligros de viajar por carreteras secundarias en ciertas regiones de México.
Las academias de policía lo usaban como estudio de caso. Los medios regresaban a la historia cada aniversario, actualizando sobre el progreso de Maite en su sanación y su trabajo de activismo. Maite desarrolló una rutina. Cada 25 de abril viajaba a Oaxaca acompañada de su madre. Visitaban el lugar donde Diego fue encontrado, ahora marcado con una pequeña cruz blanca que ella había mandado colocar. Dejaba flores frescas y pasaba unas horas allí hablándole mentalmente, pidiéndole perdón, contándole cómo seguía su vida sin él.
Luego visitaban la tumba de Diego en la ciudad de México, donde su familia había decidido enterrarlo para tenerlo cerca. El trauma nunca desapareció completamente. Maite desarrolló hipervigilancia crónica, especialmente al viajar. No podía estar en carreteras sin experimentar ansiedad severa. Evitaba por completo cualquier viaje que no fuera absolutamente necesario. Cuando tenía que viajar, solo lo hacía durante el día en carreteras principales y constantemente compartía su ubicación con múltiples contactos de confianza. La historia de Maite y Diego se convirtió en símbolo de algo más grande que su tragedia personal.
representaba las miles de historias similares que ocurrían en México cada año. Personas que simplemente querían vivir sus vidas, disfrutar de su país, pero que se encontraban con la violencia en el momento menos esperado. Familias destruidas por la delincuencia organizada que operaba con casi total impunidad en vastas regiones del territorio nacional. En 2024, 5 años después de los hechos, la Comisión Nacional de Búsqueda estimaba que había más de 100,000 personas desaparecidas en México. Diego era solo un número en esa estadística desgarradora, pero para Maite, para su familia, para los amigos que lo conocieron, era mucho más que eso.
Era el hombre amable que soñaba con diseñar edificios sustentables. era el esposo devoto que preparaba desayunos los domingos. Era la vida que pudo ser y nunca sería. Maite eventualmente aprendió a vivir con el dolor, aunque nunca lo superó. encontró pequeños momentos de paz en el trabajo con otras familias de víctimas, en los atardeceres que observaba desde su ventana, en las fotografías de Diego que guardaba cuidadosamente en álbum que revisaba en las noches solitarias. Su vida se había dividido permanentemente en dos, el antes y el después, de aquel 25 de abril de 2019.
La última actualización pública sobre el caso llegó en 2025. Las autoridades confirmaron que la investigación permanecía técnicamente abierta porque creían que había más personas involucradas en la red criminal que nunca fueron capturadas. Brenda Solís y sus cómplices continuaban en prisión sin posibilidad de libertad anticipada. Ocasionalmente surgían reportes de actividad similar en la misma región de Huachaca, víctimas que habían sobrevivido emboscadas usando tácticas idénticas, confirmando que la práctica continuaba a pesar de las condenas. Aramaite cada día era un esfuerzo consciente de seguir adelante, de honrar la memoria de Diego viviendo lo mejor que podía con el peso de su ausencia.
En entrevistas recientes reflexionaba sobre cómo un momento de compasión humana, el simple acto de querer ayudar a alguien en necesidad, había terminado en una tragedia que definió el resto de su vida. No culpaba a Diego por haber querido ayudar. Esa bondad era parte de quién era él. Pero la injusticia de que esa bondad hubiera sido explotada y destruida era algo que nunca podría aceptar completamente. La historia de la tragedia que sacudió México, del matrimonio reciente, de los tres días de viaje que terminaron en pérdida irreparable, permanecía como testimonio doloroso de una realidad que muchos preferirían ignorar, pero que exigía ser confrontada.
recordada y transformada.














