La familia desaparecida tras vender su casa en Guadalajara 2008

El 14 de marzo de 2008, un viernes por la tarde, Claudia Méndez llegó al número 847 de la calle Libertad en la colonia americana de Guadalajara, con tres carpetas bajo el brazo y la certeza de que algo andaba mal. Había llamado al celular de su hermana durante 4 días seguidos sin obtener respuesta. Los mensajes de texto quedaban sin leer.

 El teléfono fijo de la casa sonaba en el vacío. Claudia había conducido desde Zapopan aquella tarde porque el silencio ya no era normal, porque Mónica siempre contestaba porque habían quedado en verse el domingo anterior y su hermana nunca apareció. Cuando tocó el timbre y nadie acudió. Cuando miró por la ventana lateral y vio el interior despojado de muebles, cuando comprobó que el buzón desbordaba propaganda sin abrir, supo que había perdido a su hermana.

 Mónica Durán tenía 39 años aquel marzo. Vivía en esa casa de dos plantas con fachada color terracota desde hacía 11 años junto a su esposo Javier Sepúlveda, de 42, y sus dos hijas Valeria de 14 y Sofía, de 11. Javier trabajaba como gerente de ventas en una distribuidora de productos farmacéuticos. Mónica daba clases de piano desde casa tres tardes por semana y los sábados por la mañana.

 Las niñas estudiaban en el colegio Cervantes a seis cuadras de distancia. Eran, según todos los que los conocieron, una familia sin sobresaltos aparentes. Mónica compraba el pan en la misma panadería cada mañana. Javier jugaba frontón los domingos en un club cercano. Las niñas caminaban juntas al colegio. No destacaban por nada en particular, salvo quizá por la forma en que Mónica cuidaba las bugambilias del jardín frontal con esmero casi obsesivo.

Durante el año 2007. Sin embargo, algo cambió. Javier comenzó a ausentarse más seguido. Viajes de trabajo que antes eran esporádicos se volvieron semanales. Mónica dejó de dar algunas clases sin explicación. En diciembre, durante la posada del colegio, Valeria le comentó a una compañera que tal vez se mudarían pronto.

 La compañera se lo contó a su madre, quien después recordaría el dato con incomodidad. En enero de 2008, los Sepúlveda Durán pusieron su casa en venta. El anuncio apareció en el periódico local y en dos portales inmobiliarios. El precio era razonable, casi demasiado. La propiedad tenía tres recámaras, dos baños completos, cochera para dos autos y un pequeño patio trasero con un limonero.

 Para febrero ya habían recibido varias visitas. El comprador final fue Ernesto Villanueva, un ingeniero civil de 51 años que buscaba una casa para su hija recién casada. Visitó la propiedad el 18 de febrero. Mónica lo recibió sola. le mostró cada habitación con cortesía mecánica, respondió sus preguntas con precisión y evitó hablar de nada personal.

 Ernesto recordaría después que la casa estaba impecable, pero curiosamente fría, como si ya nadie viviera realmente allí. Los muebles seguían en su sitio, pero faltaban fotografías en las paredes. No había juguetes de las niñas a la vista. Las habitaciones olían a cerrado. Cuando Ernesto preguntó el motivo de la venta, Mónica respondió que la familia se mudaría fuera de la ciudad por razones de trabajo. No dio más detalles.

 Ernesto hizo una oferta al día siguiente. Mónica la aceptó sin regatear. La firma de la escritura se realizó el 28 de febrero en una notaría del centro de Guadalajara. Javier y Mónica acudieron juntos, pero según el notario apenas intercambiaron palabras. Firmaron los documentos en silencio. Recibieron un cheque certificado por 1,120,000 pes.

 El notario, un hombre de 63 años llamado Rodrigo Zamora, declaró más tarde que Mónica sostenía el bolso con ambas manos como si esperara que alguien se lo arrebatara. Javier fumó dos cigarrillos en la calle antes de entrar al despacho. Cuando todo terminó, salieron por separado. Mónica primero, Javier 10 minutos después.

 Ninguno de los dos regresó a la casa aquella tarde. Durante los siguientes días, los vecinos notaron movimiento irregular. Una camioneta de mudanzas llegó el 2 de marzo, un domingo. Dos hombres sacaron muebles y cajas durante 3 horas. Nadie de la familia estuvo presente para supervisar. La señora Hortensia Castillo, que vivía en la casa contigua desde hacía 20 años, observó desde su ventana y encontró extraño que Mónica no estuviera allí.

Mónica era meticulosa, controladora, incluso no era propio de ella dejar que desconocidos manejaran sus pertenencias. Al día siguiente, el lunes 3 de marzo, Hortensia vio que las luces de la casa permanecían apagadas. El martes tampoco hubo señales de vida. El miércoles tocó la puerta, nadie respondió.

 El jueves llamó al celular de Mónica. El teléfono estaba fuera de servicio. Claudia Méndez, la hermana menor de Mónica, comenzó a preocuparse cuando su hermana no asistió al almuerzo familiar del domingo 9 de marzo. Cada segundo domingo del mes, sin falta desde hacía años, lasdos hermanas y su madre se reunían en casa de esta última en Tlaquepaque.

Mónica nunca faltaba, ni siquiera avisó. Claudia llamó el lunes, nadie contestó. llamó el martes, el miércoles, el jueves. Para el viernes, ya había recorrido la ciudad hasta tocar el timbre de aquella casa vacía en la calle Libertad. Fue entonces cuando supo que algo irremediable había ocurrido. Claudia acudió a la policía esa misma tarde.

 El agente de guardia le pidió que esperara 48 horas antes de presentar una denuncia formal por desaparición. Le explicó que muchas familias se mudaban sin avisar, que era común, que probablemente su hermana había olvidado informarle. Claudia insistió en que Mónica jamás haría algo así. El agente tomó nota de sus datos y le pidió que regresara el lunes.

 Claudia salió de la comandancia con la sensación de que nadie buscaría a su hermana con urgencia. El fin de semana fue una sucesión de llamadas infructuosas. Claudia contactó al colegio Cervantes. Le informaron que las niñas no asistían desde el viernes 29 de febrero. Los padres habían enviado un correo electrónico notificando la baja definitiva por cambio de residencia.

Claudia llamó a la distribuidora donde trabajaba Javier. La secretaria le dijo que Javier había renunciado tres semanas atrás. Dejó el empleo sin previo aviso, sin liquidación formal. Simplemente dejó de presentarse. Claudia llamó a los pocos amigos que Mónica tenía. Nadie sabía nada.

 Una de las alumnas de piano recordaba que su última clase fue el 27 de febrero. Mónica le canceló las siguientes sesiones por mensaje de texto, alegando una emergencia familiar. El lunes 17 de marzo, Claudia presentó la denuncia formal. El caso fue asignado al detective Ramiro Ochoa, un hombre de 54 años con 30 años de servicio y una reputación de ser meticuloso pero desencantado.

 Ochoa visitó la casa en la calle Libertad al día siguiente. Ernesto Villanueva, el nuevo propietario, le permitió acceso. La vivienda estaba completamente vacía. No quedaba un solo mueble. Las paredes mostraban los rectángulos más claros donde habían colgado cuadros. En el baño principal, Ochoa encontró un cepillo de dientes infantil abandonado detrás del lavabo.

En el closet de la recámara principal había tres ganchos de ropa nada más. Ochoa entrevistó a Ernesto Villanueva durante 2 horas. Ernesto le entregó copias de todos los documentos de la compraventa. Todo estaba en orden. Las firmas eran legítimas, verificadas por el notario. El dinero se había transferido correctamente.

 Ernesto nunca volvió a ver a la familia después de la firma. La mudanza, según le informaron por teléfono, sería coordinada por una empresa externa. Cuando Ochoa preguntó quién había hecho esa llamada, Ernesto no pudo recordar si fue Mónica o Javier. Solo recordaba una voz neutra, profesional, apresurada. La investigación avanzó con lentitud burocrática.

 Ochoa rastreó los movimientos bancarios de Javier y Mónica. El cheque por la venta de la casa fue depositado en su cuenta conjunta el 29 de febrero. Al día siguiente, el sábado 1 de marzo, se realizaron tres transferencias electrónicas. La primera por 200,000 a una cuenta en Monterrey a nombre de una empresa de asesoría financiera que resultó ser inexistente.

 La segunda por 300,000 fue retirada en efectivo en un cajero automático de la colonia del Valle en Ciudad de México. La tercera por 500,000 pesos se transfirió a una cuenta en Panamá que el banco se negó a rastrear sin una orden judicial internacional. Los 120,000 restantes fueron retirados en efectivo en dos operaciones distintas, una en Guadalajara y otra en Querétaro.

 Ochoa solicitó las grabaciones de las cámaras de seguridad de los cajeros automáticos. En la grabación de Ciudad de México aparecía un hombre de complexión similar a Javier, pero llevaba gorra y lentes oscuros. Imposible confirmar con certeza. En la grabación de Querétaro, una mujer de edad y estatura compatible con Mónica retiraba el dinero, pero la cámara estaba mal enfocada y la imagen era borrosa.

 Ochoa mostró las grabaciones a Claudia. Ella creyó reconocer a su hermana en la forma de mover las manos, pero no estaba segura. La desesperación nubla la certeza. El 2 de abril, Ochoa recibió una llamada anónima. Una voz masculina, joven con acento del interior del estado, le dijo que un hombre parecido a Javier Sepúlveda había sido visto en un hotel de paso en Colima a mediados de marzo.

Ochoa viajó a Colima y visitó cinco hoteles. En el tercero, el encargado nocturno recordó a un hombre que se registró bajo el nombre de José Hernández. Pagó en efectivo por tres noches. Estuvo solo. Se marchó una madrugada sin avisar. No dejó nada en la habitación. El encargado no tenía forma de confirmar que fuera Javier, pero la descripción coincidía.

 Estatura media, cabello oscuro, complexión delgada, cicatriz pequeña en la ceja izquierda.Claudia comenzó su propia búsqueda paralela. Contrató a un investigador privado llamado Miguel Ángel Torres, exagente ministerial con contactos en varios estados. Torres rastreó las últimas comunicaciones telefónicas de Mónica y Javier.

 El celular de Mónica dejó de emitir señal el 29 de febrero a las 11 de la noche. La última antena que captó la señal estaba en la zona de Tlajomulco, al sur de Guadalajara. El celular de Javier se apagó el 1 de marzo a las 2 de la tarde. La última señal provenía de una carretera federal cerca de Tepatitlán.

 Torres también investigó la empresa de mudanzas. La compañía existía, pero el registro de servicios para esa fecha no incluía ningún trabajo en la calle Libertad. Alguien había contratado a los cargadores por fuera, pagándoles en efectivo y dándoles la dirección sin más explicación. Durante las semanas siguientes, los testimonios comenzaron a revelar grietas.

 Una vecina de tres casas más abajo recordó haber visto a Javier discutir con un hombre en la calle a finales de enero. La discusión fue breve pero tensa. El desconocido vestía traje oscuro y llegó en un auto gris que la vecina no supo identificar. Cuando la discusión terminó, Javier entró a su casa y no salió hasta el día siguiente.

 Otra vecina que paseaba a su perro cada noche afirmó haber visto a Mónica salir de la casa pasada la medianoche en dos ocasiones durante febrero. Mónica subía a un taxi y regresaba horas después, siempre antes del amanecer. Nunca llevaba equipaje, nunca iba acompañada. El notario Rodrigo Zamora, cuando fue entrevistado nuevamente admitió algo que no había mencionado antes.

 Durante la firma de la escritura, Mónica le había pedido usar el baño. Tardó casi 15 minutos. Cuando regresó, sus ojos estaban enrojecidos. Zamora asumió que había llorado, pero no preguntó. Javier, por su parte, había recibido una llamada telefónica justo antes de firmar. Salió de la oficina para contestar. Cuando volvió, parecía más tenso.

 Firmó los documentos sin leerlos. Zora no le dio importancia en ese momento. Ahora, en retrospectiva, aquellos detalles adquirían un peso distinto. En mayo, un maestro del colegio Cervantes contactó a Claudia. le contó que Valeria, la hija mayor, había tenido un episodio extraño en febrero. Durante una clase de historia, la niña comenzó a llorar sin motivo aparente.

Cuando el maestro le preguntó qué ocurría, Valeria dijo que no quería irse. El maestro le preguntó a dónde. Valeria no respondió, solo repitió que no quería irse. El maestro informó al departamento de orientación, pero Mónica nunca respondió la citación. Una semana después, las niñas dejaron de asistir. Miguel Ángel Torres también descubrió que Javier había solicitado un préstamo personal de 150,000 pesos en noviembre de 2007.

 El préstamo fue rechazado por falta de garantías suficientes. Un mes después, Javier empeñó su auto en una casa de préstamos por 80,000 pesos. Nunca lo recuperó. Torres siguió la pista del dinero. 80,000 pesos no eran suficientes para resolver un problema grave, pero sí para comprar tiempo. ¿Tiempo para qué? Esa pregunta quedó sin respuesta.

 El 12 de junio, un jardinero que trabajaba en una residencia privada de Chapala reportó haber visto a dos niñas que coincidían con la descripción de Valeria y Sofía. Las niñas jugaban en el jardín de una casa de fin de semana. Estaban acompañadas por una pareja mayor. Ochoa viajó a Chapala con Claudia. Localizaron la casa. La pareja resultó ser unos abuelos con sus nietas de visita desde Colima.

 No había relación alguna con los sepúlveda Durán. Fue una de muchas pistas falsas. Para julio, la investigación oficial se había estancado. Ochoa presentó un informe preliminar que concluía con tres hipótesis posibles. Primera, la familia había decidido desaparecer voluntariamente para escapar de alguna amenaza o compromiso financiero.

Segunda, Javier estaba involucrado en actividades ilícitas que pusieron en peligro a la familia, forzándolos a huir. Tercera, la familia había sido víctima de un crimen aún no descubierto. Ninguna de las tres hipótesis contaba con pruebas suficientes. El caso quedó abierto, pero sin movimiento activo. Claudia no se rindió.

 Continuó buscando durante meses. Publicó carteles con las fotografías de su hermana y sus sobrinas. Creó un perfil en redes sociales pidiendo información. Contactó a organizaciones de búsqueda de personas desaparecidas. Recibió decenas de llamadas. La mayoría eran pistas inútiles. Personas que decían haber visto a alguien parecido en Tijuana, en Veracruz, en Texas.

 Ninguna condujo a nada concreto. En septiembre, un dato nuevo surgió de forma inesperada. Una empleada del Hospital Civil recordó que Mónica había acudido a urgencias en enero de 2008. Fue atendida por un golpe en el brazo izquierdo. Cuando el médico le preguntó cómo se había lastimado,Mónica dijo que se había caído en las escaleras de su casa.

 El médico anotó que la lesión era consistente con un impacto directo, no con una caída. Mónica rechazó que se registrara el incidente como violencia doméstica. firmó su alta voluntaria y se marchó. El médico en su momento no hizo seguimiento, ahora se arrepentía de ello. Miguel Ángel Torres, el investigador privado, también localizó a una compañera de trabajo de Javier en la distribuidora farmacéutica.

 La mujer, que pidió no ser identificada, reveló que Javier había estado involucrado en un problema con inventarios faltantes en octubre de 2007. La empresa no presentó cargos porque no pudieron comprobar su participación directa, pero Javier quedó bajo sospecha interna. Su desempeño laboral decayó notablemente después de aquello.

 Llegaba tarde, se ausentaba sin justificación, cometía errores en los reportes. La compañera creía que Javier estaba bajo mucha presión, pero nunca supo exactamente por qué. Ernesto Villanueva, el comprador de la casa, también aportó un detalle que había olvidado mencionar. El día de la firma, cuando salió de la notaría, vio a Mónica subir a un auto que la esperaba.

No era su coche familiar que Ernesto había visto durante las visitas previas. Era un sedán oscuro, tal vez un Nissan o un Volkswagen. El conductor era un hombre que Ernesto no alcanzó a ver con claridad. Mónica subió al asiento trasero. El auto se marchó hacia el norte. Ernesto no le dio importancia en ese momento.

 Solo ahora, al recordarlo, le parecía extraño que Mónica no condujera su propio auto aquel día. En noviembre de 2008, 8 meses después de la desaparición, Claudia recibió una carta sin remitente. El sobre llevaba matellos de Morelia, Michoacán. Dentro había una hoja doblada con una sola frase escrita a mano. Están bien, no busquen más.

 La caligrafía no era demónica. Claudia se la mostró a Ochoa. El detective envió la carta a análisis grafológico, pero no encontraron coincidencias con ninguna muestra conocida. El papel era común, comprado en cualquier papelería. La tinta estándar. No había huellas dactilares útiles. La carta no probaba nada.

 Podía ser una broma cruel, una distracción. o tal vez un mensaje genuino. Claudia quiso creerlo, pero no pudo. El caso fue archivado oficialmente en diciembre de 2008 por falta de avances. Ramiro Ochoa se jubiló 6 meses después. En su última conversación con Claudia le confesó que tenía la sensación de que alguien había cerrado puertas deliberadamente.

 Los registros bancarios en Panamá fueron bloqueados sin explicación. La empresa fantasma de Monterrey nunca dejó rastro. Las grabaciones de seguridad de los cajeros automáticos desaparecieron del archivo policial meses después de haber sido revisadas. Ochoa no acusaba a nadie en particular, pero tampoco descartaba que hubiera habido interferencia.

 Claudia le preguntó si creía que su hermana seguía viva. Ochoa le respondió que no lo sabía, que quería creerlo, pero que había visto demasiados casos terminar mal como para alimentar falsas esperanzas. Miguel Ángel Torres dejó de trabajar en el caso en 2009 cuando Claudia ya no pudo seguir pagando sus honorarios.

 Antes de despedirse, Torres le entregó un archivo con toda la información recopilada. Le dijo que había tres cosas que nunca lograron explicar. ¿Por qué Mónica y Javier retiraron el dinero en lugares distintos el mismo día? ¿Quién era el hombre del traje oscuro que discutió con Javier en enero? ¿Y por qué la empresa de mudanzas no tenía registro oficial del servicio? Torres creía que la familia había planeado su desaparición, pero no estaba seguro de si lo hicieron juntos o si alguien forzó las circunstancias.

Claudia continuó buscando sola durante años. En 2010 creyó ver a Valeria en una estación de autobuses en León, Guanajuato. Corrió hacia la niña, pero cuando la alcanzó se dio cuenta de que no era su sobrina, solo se parecía. En 2012, un hombre que afirmaba haber conocido a Javier en Puerto Vallarta contactó a Claudia.

 Ella viajó hasta allá, pero el hombre resultó ser un estafador que le pidió dinero a cambio de información falsa. En 2015, Claudia dejó de publicar carteles, no porque hubiera perdido la esperanza, sino porque ya no sabía dónde más buscar. La casa en la calle Libertad cambió de dueños dos veces más. Ernesto Villanueva la vendió en 2011.

 La familia que la compró vivió allí 5 años y luego se mudó por razones laborales. Ahora vive una pareja joven con un bebé. No saben nada de la historia. La bugambilia que Mónica cuidaba con tanto esmero murió hace tiempo. En su lugar crece un rosal descuidado. Hortensia Castillo, la vecina de al lado, falleció en 2017. Antes de morir, le contó a su hija que durante años había tenido la impresión de que Mónica sabía que algo iba a ocurrir, que en las últimas semanas antes de la venta, Mónica tenía lamirada de alguien que ya se había

despedido de todo. Hortensia nunca supo si esa mirada era de miedo, de alivio o de resignación. solo sabía que era la mirada de alguien que no esperaba volver. Claudia sigue viviendo en Zapopan. Tiene 52 años ahora. Cada 28 de febrero, el aniversario de la firma de la escritura enciende una vela en su casa.

 No reza porque no sabe si debe pedir por los vivos o por los muertos. Solo enciende la vela y piensa en su hermana, en las niñas que ahora serían mujeres adultas, en las preguntas que nunca obtuvo respuestas. A veces, en noches de insomnio, Claudia revisa el archivo que Miguel Ángel Torres le entregó. Lee los testimonios. Observa las fotografías borrosas de los cajeros automáticos.

Estudia el mapa con las últimas ubicaciones de los celulares. Busca algo que todos pasaron por alto. Un patrón, una conexión, una verdad escondida entre los datos. Nunca encuentra nada nuevo, pero tampoco deja de buscar. Hay quienes creen que la familia Sepúlveda Durán está muerta, que fueron víctimas de un crimen que nunca se descubrió, que los restos están enterrados en algún lugar remoto de Jalisco o más allá.

Hay quienes creen que están vivos, que cambiaron de identidad y comenzaron una nueva vida lejos de Guadalajara, que la carta desde Morelia era real, que Mónica finalmente logró escapar de algo que no podía ser nombrado. Hay quienes creen que la investigación fue saboteada, que alguien con poder o con dinero se aseguró de que ciertas puertas permanecieran cerradas, que la verdad quedó sepultada bajo capas de burocracia y olvido.

Claudia ya no sabe qué creer. solo sabe que su hermana vendió una casa un 28 de febrero de 2008, que cobró un cheque, que desapareció junto a su esposo y sus dos hijas y que desde entonces nadie los ha vuelto a ver con certeza. Solo sabe que quedan preguntas sin respuestas, documentos sin explicación, silencios demasiado largos.

En la calle Libertad número 84, la vida continúa. Los niños juegan en la acera, los autos se estacionan frente a las casas, las bugambilias florecen en otros jardines. Nada señala que allí vivió una familia que un día dejó de existir. Nada, salvo tal vez la sombra casi imperceptible de un rectángulo más claro en la pared del comedor, donde alguna vez colgó una fotografía de cuatro personas sonriendo.

Una fotografía que nadie sabe dónde está ahora.