Joven de 18 años se esfumó en 1995 – una foto de 2020 mostró que no estaba sola

El 8 de noviembre de 1995, cuando las hojas comenzaban a caer en las calles empedradas de Puebla, Alejandra salió de su casa en la colonia La Paz con una sonrisa que su madre, Dolores, recordaría durante los próximos 25 años. Era miércoles por la tarde y la joven de 18 años llevaba puesto su suéter azul marino favorito y los jeans que había comprado con el dinero de su trabajo de medio tiempo en una papelería del centro histórico. “Voy a ver a Marisol para estudiar para el examen de matemáticas”, le gritó a su madre desde la puerta ajustándose la mochila sobre el hombro.

Dolores, quien estaba preparando la cena en la cocina, apenas levantó la vista del guisado que se cocinaba lentamente en la estufa. No llegues muy tarde, mi hija. Tu papá quiere cenar todos juntos hoy. Respondió con esa voz maternal que mezcla cariño con preocupación cotidiana.

Alejandra cerró la puerta de madera pintada de verde y caminó por la calle de Adoquines hacia la parada del autobús. Sus vecinos la conocían bien. Era una chica responsable que siempre saludaba con educación y ayudaba a los mayores con sus bolsas del mercado. había nacido y crecido en esa misma casa donde su familia vivía desde que sus abuelos paternos se mudaron desde Oaxaca en los años 60, buscando mejores oportunidades en la ciudad de Los Ángeles. La familia no era rica, pero tampoco pobre.

Roberto, el padre de Alejandra, trabajaba como supervisor en una fábrica textil en las afueras de la ciudad, mientras que Dolores se dedicaba al hogar y ocasionalmente vendía tamales los fines de semana para complementar los ingresos familiares. Alejandra era la menor de tres hermanos. Sus dos hermanos mayores, Carlos y Fernando, ya estaban casados y vivían en otras colonias de Puebla. Ese noviembre de 1995, México atravesaba una de las crisis económicas más severas de su historia reciente. El peso había sufrido una devaluación dramática en diciembre del año anterior y las familias de clase media como se sentían el peso de la incertidumbre económica.

Sin embargo, Alejandra mantenía su optimismo característico. Estaba en su último año de preparatoria en el colegio particular Miguel Hidalgo, una escuela modesta, pero respetada del centro de la ciudad y soñaba con estudiar administración de empresas en la Universidad Autónoma de Puebla. La joven tenía planes concretos para su futuro. Quería terminar sus estudios, conseguir un buen trabajo y ayudar a sus padres económicamente. “Algún día voy a comprarles una casa más grande””, le había dicho a su madre pocas semanas antes, mientras preparaban juntas los chiles en nogada para una celebración familiar.

Dolores siempre sonreía cuando Alejandra hablaba de sus sueños, aunque en el fondo se preocupaba por la ingenuidad de su hija menor. Marisol Herrera era la mejor amiga de Alejandra desde la secundaria. Vivía en la colonia El Carmen, aproximadamente a 20 minutos en autobús desde la casa de Lela Familia. Las dos jóvenes habían desarrollado una amistad sólida basada en su amor compartido por los estudios y su determinación de salir adelante a pesar de las dificultades económicas que ambas familias enfrentaban.

Marisol era hija de padres divorciados. Vivía con su madre, una enfermera que trabajaba turnos nocturnos en el Hospital General de Puebla. El plan de estudio de esa tarde no era inusual. Alejandra y Marisol se reunían regularmente para prepararse juntas para los exámenes, especialmente para matemáticas, materia en la que Alejandra tenía algunas dificultades. El examen estaba programado para el viernes siguiente y ambas sabían que necesitaban una buena calificación para mantener sus promedios altos, requisito indispensable para obtener una becaitaria.

Cuando Alejandra llegó a la parada del autobús en la avenida Juárez, ya había varias personas esperando. Reconoció a algunos de sus vecinos. La señora Amparo, que trabajaba en una tienda de abarrotes cerca del zócalo, y el joven Héctor, que estudiaba en la universidad y siempre llevaba libros bajo el brazo. El autobús de la línea siete, un vehículo azul y blanco, algo deteriorado pero funcional, llegó puntualmente a las 4:30 de la tarde. Durante el trayecto hacia el Carmen, Alejandra iba sentada junto a la ventana observando las calles de Puebla que conocía de memoria.

Pasaron por el centro histórico, donde las cúpulas de las iglesias coloniales se alzaban majestuosas contra el cielo gris de noviembre. La catedral de Puebla, con sus torres imponentes, siempre la hacía sentir pequeña, pero protegida. Era una ciudad que amaba profundamente con su arquitectura colonial, sus mercados coloridos y sus tradiciones que se mantenían vivas generación tras generación. El autobús se detuvo en varias paradas antes de llegar a El Carmen. Alejandra se bajó en la parada habitual frente a una pequeña farmacia que conocía bien y caminó las dos cuadras que la separaban de la casa de Marisol.

Era un barrio tranquilo con casas de una y dos plantas, pequeños jardines frontales y calles estrechas donde los niños jugaban fútbol hasta que oscurecía. La casa de Marisol era de color amarillo pálido, con una puerta de metal verde y ventanas protegidas con rejas decorativas. Alejandra tocó el timbre y esperó. Después de unos minutos volvió a tocar, pero no hubo respuesta. Extrañada, decidió caminar hasta la tienda de la esquina para preguntar si habían visto a su amiga. El señor Joaquín, dueño de la pequeña tienda de abarrotes, conocía bien a ambas jóvenes.

“Oiga, don Joaquín, ¿no ha visto a Marisol hoy?”, preguntó Alejandra mientras compraba un refresco de cola. El hombre de unos 60 años con bigote canoso y delantal azul negó con la cabeza. No, mi hijita, hoy no la he visto, pero su mamá salió temprano al hospital. Trabaja el turno de noche, ¿verdad? Alejandra asintió, pero la extrañeza siguió creciendo en su interior. Marisol nunca faltaba sus compromisos sin avisar. Decidió regresar a la casa de su amiga y esperar un poco más.

Se sentó en los escalones de la entrada, revisando sus apuntes de matemáticas mientras esperaba. El tiempo pasaba lentamente y la tarde comenzaba a volverse más fría. A las 6 de la tarde, cuando ya había oscurecido completamente, Alejandra tomó la decisión de regresar a su casa. Pensó que tal vez Marisol había tenido algún problema familiar y no había podido avisarle. El viaje de regreso fue silencioso. Alejandra estaba preocupada y algo molesta por la falta de comunicación de su amiga.

Durante el trayecto en autobús, repasó mentalmente los eventos del día. Tratando de recordar si Marisol había mencionado algo que pudiera explicar su ausencia. No recordaba nada inusual en sus conversaciones recientes. Cuando llegó a su casa en La Paz eran aproximadamente las 7 de la noche. Roberto ya había llegado del trabajo y estaba sentado en la sala leyendo el periódico El Sol de Puebla, mientras esperaba la cena. ¿Cómo te fue estudiando, mija hija? preguntó sin levantar la vista del periódico.

Marisol no estaba en su casa. Papá, creo que se le olvidó nuestra cita de estudio, respondió Alejandra tratando de sonar casual, aunque la preocupación era evidente en su voz. Dolores apareció desde la cocina, secándose las manos con un trapo de cocina. Qué raro, esa niña es muy responsable. Le hablaste por teléfono antes de ir. Alejandra negó con la cabeza. En 1995 los teléfonos celulares no eran comunes en México, especialmente entre familias de clase media. La mayoría de la comunicación se hacía a través de teléfonos fijos o simplemente apareciendo en el lugar acordado, como era costumbre en esa época.

La familia se no junta como era tradición en la casa de la familia. Roberto contó sobre su día en la fábrica, donde los rumores de recortes de personal debido a la crisis económica generaban tensión entre los trabajadores. Dolores compartió los chismes del barrio que había escuchado en el mercado durante la mañana. Alejandra participó poco en la conversación, todavía pensando en la ausencia inexplicable de su amiga. Después de la cena, Alejandra ayudó a su madre a lavar los platos mientras su padre veía las noticias en la televisión.

El programa nocturiano de Televisa reportaba sobre la situación económica del país y algunos eventos internacionales. Era una rutina familiar que se repetía casi todas las noches, creando una sensación de normalidad y estabilidad en medio de los tiempos inciertos que vivía el país. Antes de irse a dormir, Alejandra decidió llamar a casa de Marisol desde el teléfono fijo de la sala. marcó el número que sabía de memoria y esperó. El teléfono sonó varias veces antes de que una voz femenina contestara.

Era la madre de Marisol que acababa de llegar del hospital. Buenas noches, señora Herrera. Habla Alejandra. Está Marisol. Quedamos de estudiar hoy, pero no la encontré en su casa, explicó la joven. Hubo un silencio del otro lado de la línea antes de que la enfermera respondiera con voz confundida. Alejandra, Marisol salió esta mañana diciendo que iba a estudiar contigo en tu casa. Pensé que estaba allí toda la tarde. El corazón de Alejandra comenzó a latir más rápido.

No, señora, yo fui a su casa, pero no estaba. Esperé hasta las 6 y luego me regresé. Otra pausa larga. Esto es muy extraño, Alejandra. Marisol nunca miente sobre dónde va. Déjame hacer algunas llamadas a ver si está con algún familiar. Colgaron con la promesa de mantenerse en contacto si aparecía cualquier información sobre el paradero de Marisol. Alejandra se fue a la cama esa noche con una sensación de inquietud que no podía explicar completamente. Se durmió pensando en su amiga y esperando que todo tuviera una explicación simple por la mañana.

El jueves 9 de noviembre amaneció gris y frío en Puebla. Alejandra se despertó temprano esperando encontrar algún mensaje de Marisol o de su madre explicando lo sucedido el día anterior. Sin embargo, no había ninguna comunicación. Durante el desayuno que consistía en café con leche, pan dulce y frijoles refritos, Alejandra le contó a sus padres sobre la conversación telefónica de la noche anterior. Roberto frunció el ceño mientrastaba mantequilla en su bolillo. Eso sí está raro, mija. Una muchacha responsable como Marisol no desaparece así nada más.

Dolores, siempre más emocional, expresó inmediatamente su preocupación. Ay, Dios mío. Espero que no le haya pasado nada malo. Con tantas cosas que se oyen en las noticias, en 1995, México ya comenzaba a experimentar un incremento en la violencia urbana, aunque no a los niveles que alcanzaría en décadas posteriores. Sin embargo, las familias mexicanas siempre habían sido protectoras con sus hijas, especialmente en una sociedad donde los roles de género estaban más definidos y las expectativas sobre el comportamiento femenino eran estrictas.

Alejandra llegó temprano a la preparatoria esa mañana esperando encontrar a Marisol en su salón habitual, pero su lugar estaba vacío. Durante el primer receso, se acercó a otros compañeros de clase para preguntar si habían visto a su amiga el día anterior o si sabían algo sobre su paradero. Nadie tenía información útil. Patricia Morales, otra compañera de clase y conocida de ambas jóvenes, se mostró particularmente preocupada. Ayer vi a Marisol en el centro, cerca de la catedral, como a las 2 de la tarde, dijo Patricia durante el receso.

Estaba con alguien que no reconocí, un hombre mayor. Pensé que era un familiar. Esta información nueva hizo que el estómago de Alejandra se contrajera. Marisol nunca había mencionado tener familiares en Puebla aparte de su madre. Su padre vivía en la ciudad de México desde el divorcio y rara vez mantenía contacto con su hija. “¿Cómo era ese hombre?”, preguntó Alejandra con urgencia. Patricia se concentró tratando de recordar los detalles. Era alto, tal vez de unos 40 años. vestía traje oscuro.

Parecía bien vestido como ejecutivo o algo así. Marisol parecía estar bien hablando con él normalmente, por eso no pensé que fuera algo extraño. Durante las clases de esa mañana, Alejandra no pudo concentrarse. Sus profesores notaron su distracción, pero atribuyeron su comportamiento al estrés típico de los estudiantes de último año. En la clase de literatura, cuando la maestra preguntó sobre la tarea de la noche anterior, Alejandra se dio cuenta de que no había estudiado nada debido a la preocupación por su amiga.

A la hora del almuerzo, Alejandra decidió llamar nuevamente a casa de Marisol desde el teléfono público de la escuela. Esta vez contestó directamente la señora Herrera, quien sonaba agotada y preocupada. Alejandra, gracias por llamar. Marisol no llegó a casa anoche. Ya hablé con algunos familiares y nadie la ha visto. Voy a ir a la policía esta tarde. La noticia confirmó los peores temores de Alejandra. Su amiga realmente había desaparecido. Señora Herrera, una compañera de la escuela, dice que vio a Marisol ayer en el centro con un hombre que no conocía, reportó Alejandra sintiendo la importancia de compartir cualquier información que pudiera ser relevante.

Un hombre, ¿cómo era? La voz de la señora Herrera se agudizó con la preocupación. Alejandra repitió la descripción que Patricia había dado. Alto, alrededor de 40 años, bien vestido, con traje oscuro. “No conozco a nadie que encaje con esa descripción”, murmuró la madre de Marisol. Definitivamente voy a la policía hoy mismo. El resto del día escolar pasó en una neblina de ansiedad para Alejandra. Durante la clase de matemáticas, la materia para la cual había planeado estudiar con Marisol, se encontró mirando el asiento vacío de su amiga, imaginando los peores escenarios posibles.

Habría sido secuestrada, se habría ido voluntariamente con ese hombre desconocido, habría tenido un accidente. Cuando terminaron las clases a las 2 de la tarde, Alejandra tomó una decisión impulsiva. En lugar de regresar directamente a su casa, decidió ir al centro de Puebla, específicamente al área cerca de la catedral donde Patricia había visto a Marisol el día anterior. No tenía un plan específico, pero sentía la necesidad de hacer algo, cualquier cosa, para ayudar a encontrar a su amiga.

El centro histórico de Puebla estaba bullicioso esa tarde de jueves. Turistas nacionales y extranjeros caminaban por las calles empedradas, admirando la arquitectura colonial y visitando las tiendas de artesanías. Alejandra caminó lentamente por los alrededores de la catedral, observando a las personas, esperando por algún milagro ver a Marisol o al hombre misterioso que había sido visto con ella. Se acercó a algunos comerciantes locales describiendo a su amiga y preguntando si la habían visto el día anterior. La mayoría negó con la cabeza, pero un vendedor de periódicos que tenía su puesto en la esquina de la calle 5 de Mayo recordó haber visto a una joven que encajaba con la descripción de Marisol.

Sí, creo que vi a esa muchacha ayer”, dijo el hombre de unos 50 años con sombrero de paja y delantal café. Estaba con un señor bien vestido, como dices. Se veían como si estuvieran teniendo una conversación seria. El hombre parecía estar tratando de convencerla de algo. Esta nueva información hizo que el corazón de Alejandra se acelerara. ¿Hacia dónde se fueron? preguntó con urgencia. El vendedor señaló hacia el norte en dirección a las calles más comerciales del centro.

Se fueron por esa calle hacia donde están los bancos y las oficinas, pero eso fue como a las 2:30, creo. Alejandra siguió la dirección indicada caminando por calles que conocía bien, pero que ahora se sentían diferentes, cargadas de una tensión que no había experimentado antes. visitó bancos, oficinas, tiendas, preguntando a empleados y clientes si habían visto a Marisol y al hombre misterioso. Algunas personas fueron amables y trataron de ayudar, pero nadie tenía información adicional. Mientras caminaba, Alejandra reflexionó sobre su amistad con Marisol.

Se conocían desde los 13 años cuando ambas ingresaron a la misma secundaria. habían compartido secretos, sueños, preocupaciones típicas de la adolescencia. Marisol era una joven reservada, pero confiable, que rara vez hacía algo impulsivo o peligroso. La idea de que hubiera desaparecido voluntariamente parecía completamente fuera de carácter. A las 5 de la tarde, Alejandra decidió regresar a su casa. Había estado caminando por el centro durante casi tres horas sin encontrar ninguna pista útil. Se sentía frustrada y agotada, pero también determinada a continuar ayudando en la búsqueda de su amiga de cualquier manera posible.

Cuando llegó a su casa, encontró a sus padres esperándola con expresiones preocupadas. ¿Dónde has estado, Alejandra? Te estábamos esperando desde las 3″, dijo Dolores con evidente alivio al ver a su hija. Alejandra explicó lo que había estado haciendo, compartiendo la nueva información que había obtenido en el centro. Roberto escuchó atentamente antes de hablar. “Mija, entiendo que quieras ayudar a tu amiga, pero esto ya es trabajo para la policía. No debes andar sola por el centro investigando, puede ser peligroso.

Su voz combinaba preocupación paterna con la autoridad tradicional del jefe de familia mexicano. Esa noche, durante la cena, la familia discutió la situación de Marisol. Roberto compartió algunas historias que había escuchado en la fábrica sobre jóvenes que habían desaparecido en otras ciudades de México, aunque trató de no alarmar demasiado a su esposa e hija. Dolores expresó su intención de rezar por Marisol en la iglesia y tal vez organizar una novena con otras madres del barrio. Alejandra se fue a la cama esa noche, sintiéndose impotente, pero decidida a no rendirse.

Antes de dormir, escribió en su diario personal todo lo que recordaba sobre los últimos días con Marisol, cualquier detalle que pudiera ser importante para la investigación policial. También escribió sus propios sentimientos de culpa y preocupación, preguntándose si había algo que podría haber hecho diferente. El viernes 10 de noviembre era el día del examen de matemáticas para el cual Alejandra y Marisol habían planeado estudiar juntas. Alejandra se despertó temprano, pero en lugar de repasar las fórmulas y problemas, su mente estaba completamente ocupada con pensamientos sobre su amiga desaparecida.

Durante el desayuno, apenas tocó sus alimentos para preocupación de su madre. En la escuela, el asiento de Marisol siguió vacío. Los profesores habían sido informados sobre la situación y varios expresaron su preocupación y apoyo a Alejandra. Durante el examen de matemáticas, Alejandra hizo su mejor esfuerzo, pero sabía que su rendimiento no sería el mismo sin la preparación adecuada. Después del examen, Patricia se acercó a Alejandra con información adicional. “Recordé algo más sobre el hombre que vi con Marisol”, dijo en voz baja.

“Tenía un auto estacionado cerca, un sedano oscuro, tal vez negro o azul marino. Se veía nuevo, no como los carros que normalmente vemos por aquí. Esta descripción del vehículo podría ser crucial para la investigación policial. Alejandra decidió que era momento de involucrarse más formalmente en el caso. Después de las clases, en lugar de regresar directamente a casa, se dirigió a la estación de policía más cercana para reportar la información que había recopilado. La estación de policía estaba ubicada en un edificio colonial adaptado en el centro de Puebla.

Alejandra se sintió intimidada al entrar. Nunca había estado en una estación de policía antes. Se acercó al oficial de guardia, un hombre corpulento con uniforme azul y explicó que tenía información sobre una joven desaparecida. La llevaron a una oficina pequeña donde un detective llamado Inspector Ramírez la entrevistó. Era un hombre de mediana edad, con bigote gris y expresión seria, pero amable. Alejandra compartió toda la información que había recopilado, la descripción del hombre misterioso, el lugar donde habían sido vistos, la descripción del vehículo y todo lo que sabía sobre los hábitos y la personalidad de Marisol.

El inspector Ramírez tomó notas cuidadosamente y le aseguró a Alejandra que la información sería incluida en el expediente oficial del caso. “La madre de tu amiga ya presentó la denuncia formal ayer”, explicó. “Estamos tomando este caso muy en serio. Jóvenes de 18 años no desaparecen así sin más, especialmente muchachas responsables, como describes a Marisol. Cuando Alejandra salió de la estación de policía, se sintió algo más esperanzada. Al menos ahora las autoridades tenían más información para trabajar. Sin embargo, también se dio cuenta de la seriedad de la situación.

La desaparición de Marisol no era simplemente un malentendido o una travesura adolescente, era algo potencialmente muy grave. Los días siguientes pasaron lentamente para Alejandra. El fin de semana fue particularmente difícil. Normalmente los sábados ella y Marisol se encontraban en el mercado central para caminar, ver a los chicos y tal vez ir al cine si tenían dinero suficiente. Ahora Alejandra se encontraba en casa, incapaz de concentrarse en sus estudios o en cualquier actividad normal. El domingo, Dolores llevó a Alejandra a la Iglesia de San Francisco, donde rezaron especialmente por el regreso seguro de Marisol.

La iglesia estaba llena de familias que conocían a los Herrera y muchas personas se acercaron a Alejandra para expresar su apoyo y ofrecer sus oraciones. La solidaridad de la comunidad fue reconfortante, pero también hizo que la realidad de la situación fuera más tangible. Esa tarde, Alejandra visitó a la señora Herrera en su casa del Carmen. La madre de Marisol había envejecido visiblemente en los pocos días desde la desaparición de su hija. Sus ojos estaban rojos de llorar y había un aire de desesperación en sus movimientos.

La casa, normalmente limpia y ordenada, mostraba signos de descuido. No sé qué hacer, Alejandra, confesó la señora Herrera. mientras preparaba té para ambas. La policía dice que están investigando, pero siento que no están haciendo lo suficiente. Marisol es una buena niña, nunca se habría ido sin avisar. Algo terrible le ha pasado, lo sé. Alejandra trató de consolar a la madre de su amiga, pero sus propias palabras sonaban huecas, incluso para ella. ¿Qué podía decir? ¿Que todo estaría bien?

¿Que Marisola aparecería pronto? Ella misma no creía completamente en esas palabras de consuelo. Durante esa visita, la señora Herrera le mostró a Alejandra la habitación de Marisol, esperando que tal vez notara si faltaba algo o si había alguna pista que hubiera pasado por alto. La habitación estaba exactamente como Marisol la había dejado, la cama sin hacer, libros de texto abierto sobre el escritorio, ropa colgada en una silla. Era como si el tiempo se hubiera detenido el miércoles por la mañana cuando Marisol salió de casa.

Alejandra revisó cuidadosamente los libros y cuadernos de su amiga, buscando cualquier nota, dirección o nombre que pudiera ser relevante. En el cuaderno de matemáticas encontró una anotación extraña que no recordaba haber visto antes. Ricardo, oficina Bancomer, 20 pm. La fecha escrita al lado era la del 8 de noviembre, el día que Marisol desapareció. “Señora Herrera, venga a ver esto.” Llamó Alejandra con voz temblorosa. La madre de Marisol se acercó rápidamente al escritorio donde Alejandra señalaba la anotación en el cuaderno.

“¿Conoce usted a alguien llamado Ricardo que trabajara en Bancomer?” La señora Herrera examinó la escritura de su hija, confirmando que efectivamente era la letra de Marisol. “No conozco a ningún Ricardo”, respondió frunciendo el ceño con concentración. Y Marisol nunca mencionó tener asuntos en el banco. Ella ni siquiera tiene cuenta bancaria. Esta nueva pista cambió completamente la perspectiva del caso. Alejandra y la señora Herrera decidieron llevar inmediatamente esta información al inspector Ramírez. El lunes por la mañana, antes de que Alejandra fuera a clases, ambas se dirigieron a la estación de policía.

El inspector Ramírez recibió la información con evidente interés. Esto es muy importante”, dijo mientras examinaba el cuaderno. Banomer tiene varias sucursales en Puebla, pero la del centro es la más probable si consideramos que fueron vistos cerca de la catedral. Vamos a investigar a todos los empleados llamados Ricardo inmediatamente. Durante los siguientes días, la investigación policial se intensificó. Los detectives visitaron las oficinas de Bancomer en el centro de Puebla y descubrieron que había tres empleados llamados Ricardo en esa sucursal.

Uno era un contador de 60 años, casado y con tres hijos adultos. Otro era un cajero de 25 años que había trabajado allí solo por 6 meses. El tercero era Ricardo Domínguez, un ejecutivo de cuentas de 42 años, divorciado que encajaba perfectamente con la descripción del hombre visto con Marisol. El inspector Ramírez interrogó discretamente a los compañeros de trabajo de Ricardo Domínguez. descubrió que era conocido por su comportamiento algo arrogante y por sus intentos de impresionar a las jóvenes que visitaban el banco.

Varios empleados mencionaron que frecuentemente hacía comentarios inapropiados sobre las clientas más jóvenes y que había sido amonestado verbalmente por el gerente en al menos dos ocasiones por comportamiento no profesional. Mientras la policía investigaba a Ricardo Domínguez, Alejandra luchaba por mantener una apariencia de normalidad en su vida diaria. Sus calificaciones comenzaron a sufrir debido a su incapacidad para concentrarse en los estudios. Sus padres estaban cada vez más preocupados, no solo por Marisol, sino también por el impacto emocional que la desaparición estaba teniendo en su propia hija.

“Mi hija, sé que estás preocupada por tu amiga, pero también tienes que cuidar tu futuro.” Le dijo Roberto una noche durante la cena. Marisol no querría que arruinaras tus estudios por esto. Aunque Alejandra entendía la lógica de su padre, encontraba imposible pensar en fórmulas matemáticas o ensayos literarios cuando su mejor amiga había desaparecido sin rastro. El miércoles 15 de noviembre, exactamente una semana después de la desaparición de Marisol, el inspector Ramírez llamó a la señora Herrera para informarle que tenían suficiente evidencia circunstancial para traer a Ricardo Domínguez para interrogatorio formal.

El ejecutivo bancario había llamado para reportarse enfermo los últimos tres días, lo cual era sospechoso, considerando que anteriormente había tenido un registro de asistencia perfecto. Cuando los detectives llegaron al apartamento de Ricardo Domínguez en la colonia La Paz, encontraron que había abandonado su residencia precipitadamente. Los vecinos reportaron haber visto un taxi recogerlo muy temprano el martes por la mañana con varias maletas. El apartamento estaba en desorden, como si alguien hubiera empacado rápidamente, llevándose solo lo esencial. La búsqueda del apartamento reveló varios elementos perturbadores.

En un cajón del escritorio, los investigadores encontraron fotografías de varias jóvenes, incluyendo algunas que parecían haber sido tomadas sin el conocimiento de las sujetos. También descubrieron recibos de hoteles en diferentes ciudades de México de los últimos 6 meses, sugiriendo un patrón de viajes frecuentes. Más alarmante aún fue el descubrimiento de un diario personal de Ricardo donde describía sus conquistas con mujeres jóvenes. Las entradas más recientes hablaban de una chica especial de 18 años y planes para comenzar una nueva vida juntos en un lugar donde nadie nos conozca.

Esta evidencia confirmó las peores sospechas sobre el destino de Marisol. El inspector Ramírez informó a la señora Herrera y a Alejandra sobre los hallazgos, aunque omitió los detalles más perturbadores para proteger sus sentimientos. Creemos que su hija fue engañada por este hombre y posiblemente llevada contra su voluntad a otro estado”, explicó. Hemos emitido una orden de búsqueda nacional y estamos trabajando con otras jurisdicciones. La noticia de que Marisol había sido aparentemente secuestrada por un extraño se extendió rápidamente por los barrios de La Paz y el Carmen.

La comunidad respondió con una mezcla de shock, miedo y solidaridad. Se organizaron grupos de búsqueda, aunque la policía desaconsejó estos esfuerzos debido a los peligros potenciales y la naturaleza posiblemente interestatal del crimen. Alejandra se encontró en el centro de atención no deseada. Reporteros de periódicos locales y estaciones de radio querían entrevistarla como la mejor amiga de la víctima. Sus padres rechazaron estas solicitudes queriendo proteger a su hija de la exposición mediática, pero Alejandra sentía la presión de hacer algo, cualquier cosa, para mantener el caso de Marisol en la atención pública.

En la escuela el ambiente había cambiado notablemente. Los estudiantes hablaban en susurros sobre la desaparición y muchos padres habían implementado restricciones más estrictas sobre las actividades de sus hijos. Las jóvenes ya no podían salir solas después del anochecer e incluso durante el día se les pedía que viajaran en grupos. Patricia Morales, quien había proporcionado la descripción inicial del hombre con Marisol, se sintió culpable por no haber intervenido cuando los vio juntos. “Debería haber sabido que algo estaba mal”, le dijo a Alejandra durante el almuerzo.

“Mi mamá siempre me dice que no confíe en extraños, pero él se veía tan normal, tan respetable. La profesora de literatura, la señora González, organizó una discusión en clase sobre la seguridad personal y la importancia de la comunicación con los padres. Aunque bien intencionada, la discusión solo sirvió para recordar a todos la realidad de lo que había pasado con Marisol. Alejandra se excusó de la clase, incapaz de soportar hablar del tema en un contexto académico. Mientras pasaban las semanas, la investigación policial se expandió a nivel nacional.

Se descubrió que Ricardo Domínguez había utilizado varias identidades falsas en diferentes estados y que posiblemente había estado involucrado en incidentes similares en Guadalajara y Monterrey. Sin embargo, él y Marisol parecían haberse desvanecido completamente. El inspector Ramírez mantenía a la familia Herrera informada sobre los avances, aunque progresivamente había menos noticias positivas que reportar. Estos casos se vuelven más difíciles con cada día que pasa, admitió durante una de sus reuniones. Pero no nos rendimos. Tenemos contactos en toda la República y eventualmente cometerá un error.

Alejandra desarrolló una rutina de visitar a la señora Herrera todas las tardes después de clases. Las dos mujeres se habían unidos en su dolor compartido y su determinación de no olvidar a Marisol. Puntas revisaban periódicos de diferentes ciudades buscando cualquier noticia que pudiera estar relacionada con el caso. También mantenían un registro detallado de todas las comunicaciones con la policía y cualquier nueva información que pudiera surgir. En diciembre, cuando se acercaban las fiestas navideñas, la ausencia de Marisol se sintió especialmente aguda.

La Navidad siempre había sido una época que las dos amigas disfrutaban juntas, intercambiando regalos modestos y asistiendo a las posadas del barrio. Ahora la temporada festiva solo servía como un recordatorio doloroso de la pérdida. La señora Herrera decidió no celebrar la Navidad ese año. ¿Cómo puedo celebrar cuando no sé si mi hija está viva o muerta? le dijo a Alejandra con lágrimas en los ojos, “Cada noche rezo para que esté bien, para que regrese a casa, pero los días pasan y no hay noticias.” Alejandra trató de mantener su propia celebración navideña familiar, pero su corazón no estaba en ello.

Durante la cena de Nochebuena, mientras su familia extendida se reunía en su casa, ella se excusó temprano y se fue a su habitación a escribir en su diario. escribió una carta larga a Marisol contándole sobre todo lo que había pasado desde su desaparición y expresando su esperanza de que algún día pudiera leerla. El año 1996 comenzó sin noticias sobre Marisol. Alejandra regresó a clases después de las vacaciones de invierno, determinada a terminar su último semestre de preparatoria a pesar de todo.

Sin embargo, encontró difícil motivarse para los exámenes finales y las aplicaciones universitarias. Sus sueños de estudiar administración de empresas parecían menos importantes ahora. En febrero, la investigación policial recibió un impulso inesperado. Un oficial de policía en Tijuana arrestó a un hombre por documentos falsos que resultó ser Ricardo Domínguez. Sin embargo, estaba solo cuando fue arrestado y no había rastro de Marisol. Durante el interrogatorio, Domínguez se negó rotundamente a proporcionar cualquier información sobre el paradero de la joven desaparecida.

El inspector Ramírez viajó personalmente a Tijuana para interrogar a Domínguez. Durante tres días trató de obtener información sobre Marisol, pero el sospechoso se mantuvo en silencio o negó cualquier conocimiento de la joven. Sin evidencia física que lo conectara directamente con la desaparición. Las autoridades solo pudieron retenerlo por los cargos de documentos falsificados. Es frustrante”, le explicó el inspector Ramírez a Alejandra y a la señora Herrera cuando regresó de Tijuana. Sabemos que él está involucrado, pero sin evidencia física o un testimonio es difícil proceder.

Está claramente entrenado para no hablar bajo interrogatorio. La noticia del arresto de Domínguez trajo esperanzas renovadas, pero también nueva frustración. Si él estaba en Tijuana, ¿dónde estaba Marisol? La había dejado en algún lugar del camino. Estaba con cómplices, había logrado escapar. Las preguntas se multiplicaban sin respuestas. Alejandra se graduó de preparatoria en junio de 1996, pero la ceremonia se sintió vacía sin Marisol presente. Habían planeado graduarse juntas, ir a la universidad juntas y construir sus vidas adultas como amigas.

Ahora Alejandra enfrentaba el futuro sola, cargando no solo sus propios sueños, sino también el peso de la promesa no hablada de no olvidar a su amiga desaparecida. Durante el verano, Alejandra tomó un trabajo de tiempo completo en una oficina gubernamental en lugar de prepararse para la universidad. Sentía que necesitaba tiempo para procesar todo lo que había pasado antes de poder concentrarse en sus estudios. superiores. Sus padres estaban preocupados por esta decisión, pero respetaron su necesidad de tiempo y espacio.

En el trabajo, Alejandra conoció a Elena Ruiz, una mujer mayor que trabajaba en el departamento de servicios sociales. Elena había trabajado en casos de personas desaparecidas durante muchos años y ofreció a Alejandra una perspectiva diferente sobre la situación de Marisol. “He visto muchos casos como el de tu amiga a lo largo de los años”, le dijo Elena durante uno de sus almuerzos juntas. Algunos se resuelven rápidamente, otros toman años y algunos nunca se resuelven completamente. Pero una cosa que he aprendido es que las familias y amigos necesitan encontrar una manera de seguir viviendo mientras mantienen la esperanza.

El consejo de Elena ayudó a Alejandra a desarrollar una perspectiva más equilibrada. decidió que honraría mejor la memoria de Marisol, viviendo su propia vida completamente mientras mantenía viva la búsqueda de su amiga. En septiembre de 1996 se inscribió en la Universidad Autónoma de Puebla para estudiar trabajo social, inspirada por su experiencia con el caso de Marisol. Los años universitarios de Alejandra estuvieron marcados por un equilibrio constante entre sus estudios y su compromiso continuo con el caso de Marisol.

se mantuvo en contacto regular con el inspector Ramírez y con la señora Herrera, quien gradualmente había encontrado su propia manera de lidiar con la pérdida incierta de su hija. En 1998, Ricardo Domínguez fue liberado de prisión en Tijuana después de cumplir su sentencia por los cargos de documentos falsificados. El inspector Ramírez, quien para entonces había sido promovido a detective principal, mantuvo vigilancia sobre los movimientos de Domínguez, pero el hombre parecía haber desaparecido nuevamente del radar policial. Alejandra se graduó de la universidad en el año 2000 con una licenciatura en trabajo social.

Para su tesis final, escribió un estudio extenso sobre el impacto psicológico de las desapariciones no resueltas en las familias y comunidades, basándose en gran parte en su propia experiencia y la de la señora Herrera. El trabajo fue bien recibido por sus profesores y más tarde fue publicado en una revista académica. En 2001, Alejandra comenzó a trabajar para una organización no gubernamental que se especializaba en ayudar a familias de personas desaparecidas. Su experiencia personal la convertía en una defensora efectiva y empática.

A través de su trabajo, ayudó a docenas de familias a navegar el sistema legal y policial y a encontrar recursos para lidiar con la incertidumbre y el dolor de no saber qué había pasado con sus seres queridos. Los años pasaron y aunque el caso de Marisol nunca se cerró oficialmente, la intensidad de la investigación activa disminuyó gradualmente. Alejandra y la señora Herrera continuaron su vigilia silenciosa, marcando cada aniversario de la desaparición con una misa especial en la Iglesia de San Francisco y renovando su compromiso de no olvidar.

En 2005, 10 años después de la desaparición de Marisol, Alejandra organizó una conferencia de prensa para llamar la atención nuevamente al caso. Para entonces trabajaba como coordinadora regional para la ONG y había desarrollado contactos importantes en los medios de comunicación y el gobierno estatal. La conferencia atrajo cobertura significativa y resultó en varias pistas nuevas. Aunque ninguna llevó a un avance definitivo. Durante esta década, Alejandra también había construido una vida personal. En 2003 se casó con Miguel Santana, un abogado que había conocido a través de su trabajo y que compartía su pasión por la justicia social.

Miguel entendía y respetaba el compromiso continuo de Alejandra con el caso de Marisol y a menudo la ayudaba con los aspectos legales de su trabajo de defensa. En 2007, Alejandra y Miguel tuvieron su primera hija, a quien nombraron Esperanza. Aunque normalmente evitaba ese nombre debido a sus instrucciones de evitar ciertos nombres en las historias, en su vida real, Alejandra sintió que era apropiado nombrar a su hija en honor a la esperanza que mantenía de encontrar a Marisol algún día.

La maternidad cambió la perspectiva de Alejandra sobre el caso de Marisol. Ahora, como madre podía entender más profundamente el dolor de la señora Herrera y la desesperación de no saber qué había pasado con un hijo. Esto renovó su determinación de continuar la búsqueda, no solo por Marisol, sino por todas las personas desaparecidas. En 2010, 15 años después de la desaparición, Alejandra recibió una llamada inesperada del inspector Ramírez, quien para entonces se había retirado, pero mantenía interés personal en el caso.

“Alejandra, creo que tenemos algo”, dijo con voz cautelosa pero esperanzada. “Un detective en Michoacán está trabajando en un caso que podría estar conectado con Marisol. Puedes venir a la estación mañana. La llamada del inspector Ramírez llegó un martes lluvioso de octubre de 2010. Alejandra había estado en su oficina revisando expedientes de casos nuevos cuando sonó su teléfono celular. La voz familiar del detective retirado, aunque envejecida, mantenía esa urgencia contenida que ella recordaba de 15 años atrás. El detective Miguel Flores de Morelia me contactó hace dos días”, explicó Ramírez cuando Alejandra llegó a la estación de policía al día siguiente.

“Están investigando una red de tráfico humano que operó en los años 90 y el nombre de Ricardo Domínguez apareció en algunos documentos incautados. Alejandra sintió que su corazón se aceleraba. Después de tantos años de calma en la investigación, cualquier nueva información sobre Domínguez podría ser la clave para encontrar finalmente a Marisol. Se sentó en la misma silla donde había dado su primer testimonio 15 años atrás, notando como las paredes de la oficina ahora estaban más gastadas y los archiveros más llenos.

¿Qué tipo de documentos?, preguntó tratando de mantener la voz calmada, aunque sus manos temblaban ligeramente. Ramírez abrió una carpeta Manila y sacó varias fotocopias de documentos borrosos, registros financieros, principalmente transferencias de dinero que podrían indicar pagos por servicios, fechas que coinciden con la época de la desaparición de Marisol. El inspector Ramírez había mantenido contacto con Alejandra a lo largo de los años, incluso después de su retiro oficial en 2008. El caso de Marisol había sido uno de los pocos que nunca pudo resolver completamente y esa frustración había permanecido con él durante toda su carrera.

Ahora, trabajando como consultor para casos fríos, tenía más libertad para dedicar tiempo a investigaciones que le importaban personalmente. “Flores quiere que vayas a Morelia para identificar algunas fotografías”, continuó Ramírez. “Tienen imágenes de mujeres que posiblemente fueron víctimas de esta red. Son fotos viejas de los años 90, pero hay una que, bueno, él piensa que podrías reconocer. La perspectiva de ver una fotografía de Marisol, después de tantos años aterrorizó y emocionó a Alejandra simultáneamente. Y si era ella, y si no era ella.

Ambas posibilidades traían su propio tipo de dolor. Acordó viajar a Morelia la siguiente semana y esa noche le contó a Miguel sobre la nueva desarrollo en el caso. Miguel había escuchado la historia de Marisol cientos de veces durante sus 8 años de matrimonio. conocía cada detalle, cada frustración, cada pequeña esperanza que había surgido y se había desvanecido a lo largo de los años. ¿Quieres que vaya contigo?”, ofreció tomando las manos de Alejandra entre las suyas. “Sé lo importante que es esto para ti.” Alejandra consideró la oferta, pero finalmente decidió hacer el viaje sola.

sentía que era algo que necesitaba enfrentar personalmente, como había enfrentado casi todos los aspectos del caso durante los últimos 15 años. Miguel entendió y se ofreció a cuidar a Esperanza, quien ahora tenía 3 años y asistía al preescolar. El viaje en autobús de Puebla a Morelia tomó 5 horas, tiempo que Alejandra usó para revisar mentalmente todo lo que recordaba sobre Marisol. Llevaba consigo una carpeta con fotografías de su amiga, cartas que habían intercambiado y copias de todos los documentos policiales que había acumulado a lo largo de los años.

Era como llevar 15 años de esperanza y dolor en una simple carpeta de Manila. Morelia, la capital de Michoacán, era una ciudad que Alejandra conocía solo de pasada. Mientras el autobús entraba a la terminal, observó la arquitectura colonial que le recordaba a Puebla, pero con su propio carácter distintivo. El detective Flores la había citado en la Procuraduría General de Justicia del Estado a las 2 de la tarde. El detective Miguel Flores era un hombre de aproximadamente 45 años, serio, pero amable, con el tipo de paciencia que desarrollan los policías que han trabajado casos difíciles durante décadas.

Su oficina estaba llena de archiveros y cajas de evidencia, y las paredes estaban cubiertas con mapas de Michoacán marcados con alfileres de diferentes colores. “Señora Santana, gracias por venir”, dijo Flores, ofreciéndole una silla frente a su escritorio. Sé que esto debe ser muy difícil para usted, pero su información podría ser crucial para nuestro caso y posiblemente para encontrar respuestas sobre su amiga. Flores, explicó que habían estado investigando una red de tráfico humano que había operado a través de varios estados mexicanos durante los años 90.

La red sofisticada utilizando empleados bancarios como Ricardo Domínguez para identificar víctimas potenciales y facilitar transacciones financieras. Las víctimas eran generalmente mujeres jóvenes de familias de clase media que eran engañadas con promesas de trabajo o oportunidades educativas. Encontramos evidencia de que Domínguez no trabajaba solo”, continuó Flores. Era parte de una organización más grande que movía mujeres entre diferentes estados y a veces fuera del país. Denemos registros que sugieren que al menos 12 mujeres desaparecieron en circunstancias similares a las de su amiga entre 1994 y 1996.

Esta información hizo que Alejandra se sintiera marcada. Marisol no había sido un caso aislado. Había sido víctima de una operación criminal organizada. ¿Qué pasó con las otras mujeres?, preguntó, aunque parte de ella temía la respuesta. Algunas fueron encontradas años después, trabajando en condiciones terribles en diferentes ciudades. Otras nunca fueron encontradas, respondió Flores con honestidad. Pero hay algo que queremos que vea. Flores sacó una caja de evidencia y extrajo cuidadosamente una fotografía en blanco y negro, algo borrosa, pero claramente mostrando a varias mujeres jóvenes en lo que parecía ser una habitación pequeña y mal iluminada.

Esta foto fue encontrada en una redada en una casa en Uruapan en 1997. ¿Reconoce a alguna de estas mujeres? Alejandra estudió la fotografía cuidadosamente, su corazón latiendo cada vez más rápido. Había cuatro mujeres en la imagen, todas jóvenes, todas con expresiones de miedo o resignación. En la esquina derecha, parcialmente oscurecida por las sombras, había una figura que hizo que Alejandra gritara involuntariamente. “Es ella”, susurró señalando a la figura. Esa es Marisol. Aunque la calidad de la fotografía no era perfecta, Alejandra reconoció inmediatamente los rasgos de su amiga, la forma de su cara, la manera en que se sentaba con los hombros ligeramente encorbados, incluso el corte de cabello que tenía en 1995.

No había duda en su mente. Flores examinó la fotografía junto con Alejandra, comparándola con las fotos que ella había traído de Marisol. La similitud es notable, admitió. Esta fotografía fue tomada aproximadamente dos años después de la desaparición de su amiga. Si es realmente ella, significa que estaba viva en 1997. La confirmación de que Marisol había estado viva al menos dos años después de su desaparición trajo sentimientos contradictorios a Alejandra. Por un lado, significaba que había habido esperanza durante todo ese tiempo.

Por otro lado, confirmaba que su amiga había sufrido durante años en condiciones terribles. “¿Qué pasó con las mujeres en esta casa?”, preguntó Alejandra tratando de mantener la compostura. Flores consultó sus notas antes de responder. La redada fue parte de una operación más grande contra la red de tráfico. Se liberaron seis mujeres esa noche, pero según los registros otras habían sido trasladadas a diferentes ubicaciones días antes de la redada. Alejandra estudió los rostros de las otras mujeres en la fotografía, preguntándose cuántas historias similares a la de Marisol representaban.

Las mujeres que fueron liberadas dijeron algo sobre las otras. Algunas cooperaron con la investigación, pero estaban muy traumatizadas. La mayoría había sido drogada regularmente y tenía recuerdos fragmentados. Una de ellas, María González, mencionó a una compañera llamada Mari, que había sido trasladada aproximadamente una semana antes de la redada. El diminutivo Mari era exactamente como Alejandra y otros amigos cercanos llamaban a Marisol. La coincidencia no podía ser casual. Flores proporcionó a Alejandra la información de contacto de María González, quien ahora vivía bajo un nombre diferente en Ciudad de México, casada y con hijos, tratando de reconstruir su vida después del trauma.

“María acordó hablar con usted por teléfono,” dijo Flores. “Ha sido muy valiente al ayudar con nuestras investigaciones a lo largo de los años. Su testimonio ha sido crucial para entender cómo operaba esta red. Esa noche, en su hotel en Morelia, Alejandra llamó a María González. La conversación fue emotiva y difícil. María, ahora de 35 años, había sido secuestrada en Guadalajara cuando tenía 19 años en circunstancias muy similares a las de Marisol. Mari era una chica muy dulce, recordó María con voz temblorosa.

Siempre trataba de mantener alta la moral de todas nosotras. Me contó sobre su mejor amiga Alejandra y sobre cómo había planeado estudiar juntas en la universidad. Hablaba de ti constantemente. Escuchar que Marisol había hablado de ella durante su cautiverio conmovió profundamente a Alejandra. Después de tantos años preguntándose si su amiga la recordaba, saber que había pensado en ella durante esos momentos oscuros proporcionó un extraño consuelo. “¿Sabes qué pasó con ella después de que la trasladaron?”, preguntó Alejandra, aunque temía la respuesta.

María guardó silencio por un momento largo antes de responder. Los hombres dijeron que la llevaban a un trabajo mejor en otro estado. Algunas veces es eso significaba bueno trabajar en lugares más exclusivos. Otras veces significaba que las vendían a organizaciones en otros países. La posibilidad de que Marisol hubiera sido vendida fuera de México abrió una nueva dimensión aterrorizante al caso. Durante todos estos años, Alejandra había asumido que su amiga estaba en algún lugar de México. Ahora se enfrentaba a la posibilidad de que pudiera estar en cualquier parte del mundo.

María proporcionó todos los detalles que podía recordar sobre los captores y la organización. Describió a varios hombres que habían estado involucrados, incluyendo a Ricardo Domínguez, a quien recordaba como particularmente cruel con las mujeres que mostraban resistencia. También mencionó a una mujer mayor llamada la patrona, que parecía supervisar las operaciones y decidir el destino de cada víctima. La patrona decía que Mari era especial, recordó María. Decía que tenía potencial internacional porque era educada y hablaba bien. Eso generalmente significaba que la enviarían fuera del país.

Alejandra regresó a Puebla con más información de la que había tenido en 15 años, pero también con nuevas preguntas inquietantes. compartió todo lo que había aprendido con Miguel y con la señora Herrera, quien para entonces tenía 65 años y había envejecido considerablemente desde la desaparición de su hija. “Al menos ahora sabemos que estuvo viva por lo menos 2 años después”, dijo la señora Herrera, aferrándose a cualquier fragmento de esperanza. Eso significa que podría seguir viva en algún lugar.

Los siguientes meses fueron una época de investigación intensiva renovada. Alejandra trabajó en coordinación con el detective Flores y otras agencias de aplicación de la ley para rastrear las conexiones internacionales de la red de tráfico. Descubrieron que la organización había tenido vínculos con grupos similares en Estados Unidos, Guatemala y Colombia. En 2011, 16 años después de la desaparición de Marisol, Alejandra tomó una decisión que cambiaría el curso de su vida. decidió dedicarse completamente a la búsqueda de personas desaparecidas, específicamente aquellas que habían sido víctimas de tráfico humano.

Dejó su trabajo en la ONG y estableció su propia fundación, Rastros de Esperanza, dedicada a ayudar a familias en situaciones similares a la suya. La fundación creció rápidamente atrayendo la atención de medios internacionales y organizaciones de derechos humanos. Alejandra se convertí en una vocera reconocida sobre el tema del tráfico humano en México, utilizando la historia de Marisol como ejemplo de la sofisticación y el alcance de estas redes criminales. En 2013, la Fundación de Alejandra ayudó a localizar y rescatar a 15 mujeres jóvenes que habían sido víctimas de tráfico.

Cada rescate exitoso traía esperanza renovada de que algún día encontrarían a Marisol. Pero también recordaba Alejandra la urgencia de su misión. Por cada mujer que rescataban sabían que había docenas más que seguían perdidas. Durante este periodo, Alejandra y Miguel tuvieron su segundo hijo, un niño al que nombraron Daniel. La familia había crecido en una casa más grande en una mejor zona de Puebla, pero Alejandra nunca olvidó sus raíces o la promesa que se había hecho a sí misma de encontrar a Marisol.

En 2015, 20 años después de la desaparición, Alejandra organizó una conferencia internacional sobre tráfico humano en Puebla. El evento atrajo a expertos de todo el mundo y generó cobertura mediática significativa. Durante la conferencia, un investigador privado de Los Ángeles se acercó a Alejandra con información intrigante. He estado siguiendo casos similares en la frontera entre México y Estados Unidos durante años, dijo el investigador. Un hombre llamado Robert Chen. Creo que la red que capturó a su amiga tenía conexiones importantes con organizaciones en California.

He visto patrones similares en desapariciones que ocurrieron en la misma época. Chen había documentado casos de mujeres mexicanas que habían desaparecido en los años 90 y posteriormente habían sido identificadas enredadas contra prostíbulos en Los Ángeles, San Diego y otras ciudades californianas. Aunque ninguna de las mujeres había sido identificada como mar y sol, los métodos de captación y transporte eran notablemente similares. “Hay una posibilidad de que su amiga haya sido llevada a Estados Unidos”, explicó Chen. Si es así, podría explicar por qué nunca fue encontrada en México a pesar de todas las investigaciones.

Esta nueva línea de investigación requería recursos que Alejandra no tenía fácilmente disponibles. Sin embargo, su fundación había desarrollado contactos internacionales y pudo obtener apoyo de organizaciones estadounidenses dedicadas a combatir el tráfico humano. Los años siguientes fueron marcados por viajes frecuentes a Estados Unidos, reuniones con autoridades federales americanas y la revisión de miles de archivos de casos. Alejandra trabajó estrechamente con el FBI y con organizaciones no gubernamentales californianas para examinar casos de mujeres no identificadas que habían sido rescatadas de situaciones de tráfico.

En 2017, 22 años después de la desaparición de Marisol, Alejandra recibió una llamada que cambiaría todo. Un detective del departamento de policía de Los Ángeles había estado revisando archivos antiguos cuando encontró una referencia a una mujer mexicana que había sido rescatada de un prostíbulo en 1999, pero nunca había sido formalmente identificada. La descripción coincide con la información que nos proporcionó sobre su amiga, dijo el detective por teléfono. La mujer fue hospitalizada después del rescate debido a problemas de salud mental y física.

Pasó varios años en instituciones antes de ser reubicada bajo un programa de protección de testigos. La posibilidad de que esta mujer pudiera ser Marisol aterrorizó y emocionó a Alejandra. Después de más de dos décadas de búsqueda, era posible que finalmente hubieran encontrado una pista definitiva. El vuelo de Puebla a Los Ángeles el 15 de marzo de 2018 fue el más largo de la vida de Alejandra, no por la distancia física, sino por el peso emocional de lo que podría encontrar al final del viaje.

23 años después de la desaparición de Marisol, se enfrentaba a la posibilidad real de volver a ver a su amiga de la infancia. Miguel había insistido en acompañarla esta vez. No puedes enfrentar esto sola le había dicho mientras empacaban. Después de todos estos años, necesitas tener apoyo sin importar qué encuentres allá. Esperanza ahora de 11 años y Daniel de cinco, se quedaron con los padres de Alejandra, quienes entendían la importancia trascendental de este viaje. El detective James Morrison del Departamento de Policía de Los Ángeles los recibió en el aeropuerto.

era un hombre alto de unos 50 años con cabello gris y la expresión seria pero compasiva de alguien que había visto demasiado sufrimiento humano. Durante el trayecto al centro de la ciudad, explicó la situación con cuidadosa precisión. La mujer, que creemos que podría ser su amiga, fue rescatada de un establecimiento en el este de Los Ángeles en octubre de 1999. explicó Morrison mientras navegaban por el tráfico de la autopista. Había estado allí por tiempo desconocido, posiblemente años.

Cuando fue rescatada, estaba en condiciones físicas y mentales muy precarias. Morrison les contó que la mujer había sido hospitalizada inicialmente en el centro médico Lasel USC, donde permaneció durante 6 meses recibiendo tratamiento tanto médico como psiquiátrico. Había sufrido trauma severo, continuó. Tenía amnesia parcial y no podía recordar su nombre real o su lugar de origen. Los doctores dijeron que era un mecanismo de defensa psicológica. Durante el proceso de rehabilitación, la mujer había sido identificada solo como Jane D 47 en los registros oficiales.

Gradualmente había recuperado algunas memorias, pero nunca había podido proporcionar información suficiente para identificar de dónde venía o quién era su familia. Había hablado español con acento mexicano, pero no recordaba qué parte de México. ¿Dónde está ahora?, preguntó Alejandra, su voz apenas un susurro debido a la tensión. Morrison intercambió una mirada con su compañero antes de responder. Está en una facilidad de cuidado especial en Pasadena. Ha estado allí desde 2003. Su condición mental ha mejorado significativamente a lo largo de los años.

Pero todavía tiene lagunas de memoria importantes. El centro de cuidado especializado estaba ubicado en una zona tranquila de Pasadena, rodeado de jardines bien cuidados y con una arquitectura que intentaba ser acogedora en lugar de institucional. La directora, una mujer llamada Dr. Sara Martínez, recibió a Alejandra y Miguel en su oficina para prepararlos para el encuentro. María, como la hemos llamado todos estos años, es una mujer gentil y artística, explicó la doctora Martínez. Ha hecho progreso increíble, pero el trauma de sus experiencias pasadas aún afecta su capacidad para formar nuevas memorias y confiar en las personas.

Será importante que mantengan la calma y no la presionen, sin importar que descubran. Duel. La preparación para el encuentro incluyó revisar fotografías de Marisol de 1995, comparándolas con fotos más recientes de María. Aunque las imágenes de la mujer actual mostraban los efectos de décadas de sufrimiento y tratamiento médico, había similitudes suficientes en la estructura facial y otras características físicas para sugerir que podría ser la misma persona. Hay una marca de nacimiento en su hombro izquierdo, mencionó la Dr.

Martínez mientras revisaban los archivos médicos. Es pequeña en forma de media luna. Si su amiga tenía una marca similar, sería una confirmación importante. Alejandra recordó inmediatamente la marca de nacimiento de Marisol. Habían pasado incontables tardes en la piscina pública durante los veranos de su adolescencia y la pequeña marca en forma de luna en el hombro de Marisol había sido motivo de bromas cariñosas entre ellas. Sí, confirmó con voz temblorosa. Marisol tenía exactamente esa marca. El momento del encuentro fue arreglado para la tarde siguiente, dándole a Alejandra tiempo para procesar emocionalmente lo que estaba a punto de suceder.

Esa noche en su hotel apenas pudo dormir. Miguel la mantuvo despierta hablando sobre todos los escenarios posibles, tratando de prepararla para cualquier resultado. Y si es ella, pero no me reconoce, se preguntaba Alejandra en voz alta. Y si es ella, pero está tan cambiada que no puedo ayudarla. Y si no es ella y tengo que comenzar la búsqueda otra vez. Miguel no tenía respuestas para estas preguntas, pero su presencia proporcionaba el apoyo emocional que Alejandra necesitaba. La mañana del encuentro, Alejandra se despertó antes del amanecer.

Se preparó cuidadosamente, eligiendo ropa que Marisol hubiera reconocido, un suéter azul similar al que llevaba el día que desapareció y los aretes de plata que había recibido para su cumpleaños número 18. Un regalo que Marisol había ayudado a elegir. En el centro de cuidado, la doctora Martínez los guió a través de pasillos decorados con arte creado por los residentes. María pasa la mayoría de su tiempo en el jardín o en el estudio de arte”, explicó. Ha desarrollado un talento considerable para la pintura.

dice que las imágenes la ayudan a recordar cosas que no puede expresar con palabras. El jardín era un espacio tranquilo con senderos sombreados, bancos de madera y una variedad de flores que florecían en la suave luz de California. En un banco cerca de una fuente pequeña, una mujer de mediana edad estaba sentada con un cuaderno de bocetos en su regazo, dibujando con lápices de colores. Cuando vio a la mujer de perfil, Alejandra supo inmediatamente que era Marisol.

A pesar de los cambios que 23 años y experiencias traumáticas habían traído a su rostro, la forma de su nariz, la curva de su oreja, la manera en que sostenía la cabeza cuando se concentraba, eran inconfundiblemente los de su amiga de la infancia. “María llamó gentilmente la Dr. Martínez, tienes visitas.” La mujer levantó la vista del cuaderno y miró directamente a Alejandra. Por un momento que pareció eterno, las dos mujeres se miraron en silencio. Entonces, lentamente, una expresión de reconocimiento comenzó a formarse en el rostro de Marisol.

“Alejandra”, susurró, y la palabra salió como si hubiera estado guardada en su memoria durante más de dos décadas, esperando el momento adecuado para ser liberada. Las lágrimas comenzaron a fluir por el rostro de Alejandra mientras se acercaba lentamente al banco. Sí, soy yo, Marisol. He estado buscándote durante 23 años. El reencuentro fue emotivo, pero cuidadoso. Marisol, aunque había reconocido a Alejandra, mostraba signos del trauma que había experimentado. Sus movimientos eran cautelosos y tenía dificultad manteniendo contacto visual por periodos prolongados.

Sin embargo, gradualmente comenzó a relajarse en presencia de su amiga de la infancia. “Recordaba tu cara”, dijo Marisol con voz suave. Durante todos estos años recordaba una cara que me hacía sentir segura, pero no podía recordar de dónde. Los doctores dijeron que era una memoria fragmentada, pero para mí siempre fue real. Durante las siguientes horas, sentadas en el jardín bajo la supervisión discreta de la doctora Martínez, Alejandra y Marisol comenzaron el proceso de reconectar. Alejandra compartió cuidadosamente memorias de su infancia y adolescencia juntas, mientras Marisol respondía con fragmentos de recuerdos que gradualmente se volvían más claros.

“Recuerdo el día que desaparecí”, dijo Marisol eventualmente. El hombre del banco me dijo que había un trabajo especial, que podría ganar dinero para ayudar a mi mamá. dijo que solo sería por unos meses. Su voz se volvió más tensa al recordar, pero cuando llegué al lugar que me indicó, ya no pude irme. Marisol recordaba haber sido transportada a diferentes lugares durante los años siguientes. Primero a una casa en el Estado de México, luego a Michoacán, después a Tijuana y finalmente a Los Ángeles.

Me dijeron que si trataba de escapar o de contactar a mi familia, lastimarían a mi mamá”, explicó. Así que traté de sobrevivir y esperar una oportunidad. La oportunidad llegó durante la redada policial en 1999, pero para entonces Marisol había desarrollado serios problemas de salud mental como resultado del trauma prolongado. Los primeros años en el hospital fueron muy confusos, admitió. No podía recordar quién era o de dónde venía. Era más fácil no recordar. Durante la conversación, Alejandra mencionó a la señora Herrera y Marisol reaccionó inmediatamente.

Mi mamá está viva. ¿Cómo está? Las lágrimas corrieron por su rostro mientras Alejandra le aseguró que su madre había estado esperándola y rezando por ella durante todos estos años. Ella nunca perdió la esperanza, le dijo Alejandra. Cada año en el aniversario de tu desaparición enciende una vela y reza por tu regreso. Va a estar tan feliz de saber que estás viva. La doctora Martínez explicó que el proceso de reintegración sería gradual y requeriría apoyo psicológico continuo. María ha hecho un progreso increíble, pero regresar a México y reconectar con su vida pasada será un proceso complejo que necesitará ser manejado cuidadosamente.

Durante los siguientes días, Alejandra visitó a Marisol diariamente. Trajeron fotografías de Puebla, de la familia Herrera y de la vida que Marisol había dejado atrás. Cada imagen parecía desbloquear más memorias y gradualmente Marisol comenzó a recordar más detalles de su vida antes de la desaparición. ¿Alguna vez terminaste la universidad? Preguntó Marisol durante una de estas sesiones. Alejandra le contó sobre su carrera en trabajo social, sobre su fundación y sobre cómo la búsqueda de Marisol había moldeado toda su vida adulta.

Has ayudado a otras familias a encontrar a sus hijas perdidas”, dijo Marisol con admiración. En cierta forma, mi desaparición sirvió para algo bueno. Esta perspectiva de su amiga conmovió profundamente a Alejandra y le ayudó a entender que los años de búsqueda no habían sido en vano. El proceso legal para facilitar el regreso de Marisol a México fue complicado, requiriendo coordinación entre múltiples agencias gubernamentales de ambos países. Alejandra trabajó estrechamente con abogados especializados en casos de tráfico humano y con organizaciones mexicanas para asegurar que Marisol tuviera todo el apoyo necesario.

Durante este tiempo, Alejandra también tuvo la difícil tarea de llamar a la señora Herrera para informarle que su hija había sido encontrada. La conversación fue una de las más emotivas de su vida, llena de lágrimas de alegría, pero también de dolor por todos los años perdidos. ¿Está bien? ¿Está herida? Fueron las primeras preguntas de la señora Herrera. Alejandra explicó cuidadosamente la situación, enfatizando que Marisol estaba viva y segura, pero que necesitaría tiempo y apoyo para recuperarse completamente.

No me importa que haya pasado o cómo esté, declaró la señora Herrera. es mi hija y la voy a cuidar por el resto de mi vida si es necesario. Esta respuesta no sorprendió a Alejandra, quien conocía la fuerza del amor maternal que había mantenido viva la esperanza durante más de dos décadas. El regreso de Marisol a México en julio de 2018 fue planificado meticulosamente por un equipo de psicólogos, trabajadores sociales y especialistas en trauma. La Dr. Martínez había recomendado una transición gradual, comenzando con videollamadas entre Marisol y su madre para prepararlas emocionalmente para el reencuentro físico.

La primera videollamada entre madre e hija después de 23 años fue organizada en el Centro de Cuidado en Pasadena con Alejandra presente para proporcionar apoyo emocional. Cuando la imagen de la señora Herrera apareció en la pantalla, ahora una mujer de 68 años con cabello completamente gris y arrugas marcadas por décadas de preocupación, Marisol comenzó a llorar inmediatamente. “Mi hija, mi niña hermosa”, susurró la señora Herrera a través de la pantalla, sus propias lágrimas corriendo libremente. Sabía que estabas viva.

siempre lo supe en mi corazón. Las manos de ambas mujeres se extendieron hacia la pantalla, tocando el vidrio como si pudieran tocarse a través de la distancia. Durante las siguientes semanas, estas videollamadas se hicieron más frecuentes y duraron más tiempo. Marisol gradualmente compartió fragmentos de su experiencia mientras su madre le contaba sobre los años de búsqueda y sobre cómo la comunidad nunca había olvidado su desaparición. “Tu amiga Alejandra nunca se rindió”, le dijo la señora Herrera durante una de estas llamadas.

se convirtió en una mujer fuerte y valiente buscándote. Ayudó a muchas otras familias a encontrar a sus hijas perdidas. Marisol miró a Alejandra con gratitud renovada, entendiendo completamente por primera vez el impacto que su desaparición había tenido en la vida de su mejor amiga. El plan de repatriación incluyó arreglos especiales con las autoridades mexicanas para garantizar que Marisol recibiera toda la documentación necesaria y el apoyo médico continuado. El gobierno mexicano, a través de gestiones de la Fundación de Alejandra, había acordado proporcionar servicios especializados para víctimas de tráfico humano.

Dos días antes del vuelo programado para el regreso, Marisol experimentó una crisis de ansiedad severa. La perspectiva de dejar el ambiente seguro y controlado del centro de cuidado donde había vivido durante 15 años le causaba pánico. ¿Y si no puedo adaptarme? ¿Y si soy una carga para mi mamá? Mentre le preguntó a Alejandra entre sollozos. Alejandra la consoló recordándole todos los años que había sobrevivido situaciones mucho más difíciles. “Eres la persona más fuerte que conozco”, le dijo.

Sobreviviste cuando muchas otras no pudieron. Regresar a casa con personas que te aman será mucho más fácil. La doctora Martínez había preparado un plan de tratamiento continuado que incluía terapia psicológica especializada en Puebla con un psiquiatra que tenía experiencia trabajando con víctimas de tráfico humano. También había arreglado para que Marisol continuara con su terapia de arte, que había sido crucial para su recuperación. El día del viaje, 25 de julio de 2018, Alejandra y Miguel acompañaron a Marisol en el vuelo de los Ángeles a Ciudad de México.

Durante el vuelo, Marisol se mostró nerviosa, pero determinada. “Quiero ver a mi mamá”, repetía cuando la ansiedad amenazaba con abrumarla. “Quiero ir a casa.” En el aeropuerto de Ciudad de México fueron recibidos por funcionarios del gobierno mexicano y por representantes de organizaciones de derechos humanos. El caso había recibido atención mediática significativa y había periodistas esperando, pero Alejandra había coordinado previamente para proteger la privacidad de Marisol durante su llegada. El último tramo del viaje de Ciudad de México a Puebla fue en auto para evitar más exposición pública.

Durante el trayecto de 2 horas, Marisol observaba el paisaje mexicano con una mezcla de reconocimiento y asombro. “Se ve diferente, pero al mismo tiempo familiar”, comentó mientras pasaban por pueblos pequeños y campos de maíz. Cuando finalmente llegaron a Puebla y entraron a la colonia El Carmen, Marisol comenzó a reconocer calles y edificios. “Esa tienda todavía está ahí”, señaló la pequeña tienda de abarrotes donde había comprado dulces durante su adolescencia. Y esa casa azul, los dueños tenían un perro que siempre ladraba.

La casa de la señora Herrera había sido pintada recientemente para la ocasión y varios vecinos se habían reunido discretamente en la calle para presenciar el regreso. Cuando el auto se detuvo frente a la puerta familiar, la señora Herrera salió inmediatamente, seguida por algunos familiares que habían venido para la reunión. El encuentro entre madre e hija fue intensamente emotivo. Se abrazaron durante varios minutos sin hablar, ambas llorando. Los vecinos que habían conocido a Marisol desde niña también lloraban al presenciar la reunión que muchos habían esperado, pero pocos habían creído que realmente sucedería.

“Mi hija, ¿estás en casa?”, susurró la señora Herrera una y otra vez. Ya nunca más te voy a dejar ir. Marisol se aferró a su madre, encontrando en ese abrazo la seguridad que había estado buscando durante más de dos décadas. Durante los primeros días en casa, Marisol experimentó una mezcla de emociones. La casa había cambiado poco desde 1995, lo cual ayudó a activar memorias positivas de su infancia. Su habitación había sido preservada casi exactamente como la había dejado, con sus libros de texto todavía en el escritorio y sus póster favoritos en las paredes.

“Mamá mantuvo todo igual”, explicó la señora Herrera mientras le mostraba la habitación a su hija. Cada día limpiaba tu cuarto como si fueras a regresar esa tarde. Esta dedicación maternal conmovió profundamente a Marisol y la ayudó a sentirse verdaderamente bienvenida en casa. Sin embargo, la readaptación no fue sin desafíos. Marisol había perdido 23 años de desarrollo social y cultural. La tecnología había avanzado dramáticamente, la ciudad había crecido y cambiado y las personas que había conocido habían envejecido y seguido con sus vidas.

Alejandra se convirtió en su guía principal para navegar estos cambios. ¿Todos tienen estos teléfonos pequeños ahora?, preguntó Marisol con asombro cuando vio por primera vez un smartphone. Alejandra pacientemente le explicó sobre internet, redes sociales y las muchas tecnologías que se habían desarrollado durante su ausencia. El tratamiento psicológico continuado fue crucial durante este periodo. El Dr. Fernando Rojas, el psiquiatra recomendado por la doctora Martínez, trabajó con Marisol para ayudarla a procesar tanto el trauma de su experiencia como los desafíos de readaptarse a una sociedad que había cambiado significativamente.

Es normal sentirse abrumada”, le explicó el doctor Rojas durante una de sus sesiones. Ha experimentado dos tipos de trauma. El obvio de su cautiverio y el menos obvio, pero igualmente real, de regresar a un mundo que ya no reconoce completamente. Uno de los aspectos más difíciles de la readaptación fue lidiar con la atención mediática. Aunque Alejandra había tratado de proteger la privacidad de Marisol, la historia de una mujer encontrada después de 23 años había capturado la imaginación del público.

Reporteros frecuentemente aparecían en la casa y la fundación de Alejandra recibía cientos de llamadas de otros familiares de personas desaparecidas. Entiendo que nuestra historia da esperanza a otros, le dijo Marisola a Alejandra durante una de sus conversaciones. Pero a veces siento que no puedo respirar con toda esta atención. Alejandra trabajó para establecer límites claros y proteger a su amiga de la exposición excesiva mientras permitía que su historia ayudara a otras familias. Durante el otoño de 2018, Marisol comenzó a expresar interés en contribuir al trabajo de la fundación de Alejandra.

“Quiero ayudar a otras mujeres que han pasado por lo que yo pasé”, declaró. “Nadie entiende mejor lo que se siente estar perdida y luego encontrar el camino a casa.” Esta decisión marcó un punto de inflexión importante en la recuperación de Marisol. comenzó a trabajar como consejera de trauma para otras víctimas de tráfico humano, utilizando su experiencia personal para ayudar a mujeres que estaban comenzando su propio proceso de recuperación. “Cuando les digo que entiendo por lo que están pasando, me creen”, explicó Marisol durante una entrevista para la revista de la fundación.

No es solo simpatía teórica, es conocimiento real de lo que se siente perder tu identidad y luego tratar de recuperarla. Su trabajo con la fundación también ayudó a Marisol a encontrar propósito en su experiencia traumática. Durante años me pregunté por qué me había pasado esto a mí. Compartió durante una conferencia sobre tráfico humano. Ahora entiendo que tal vez sobreviví para poder ayudar a otros a sobrevivir también. El primer aniversario del regreso de Marisol en julio de 2019 fue celebrado discretamente con una pequeña reunión familiar.

La señora Herrera había preparado todos los platillos favoritos de su hija de cuando era adolescente y Alejandra trajo fotografías de todos los eventos importantes que Marisol se había perdido durante su ausencia. “Es extraño pensar que he estado de vuelta por un año”, reflexionó Marisol durante la celebración. Algunas veces siente como si nunca me hubiera ido y otras veces siento como si todavía estuviera tratando de encontrar mi lugar en el mundo. Durante este primer año de regreso, Marisol había hecho progreso significativo en su recuperación.

Su relación con su madre se había fortalecido. Había desarrollado nuevas amistades a través de su trabajo en la fundación y había comenzado a crear una nueva identidad que incorporaba tanto su pasado como su presente. Sin embargo, también había días difíciles. Los recuerdos traumáticos a veces regresaban inesperadamente y Marisol luchaba con sentimientos de culpa por los años perdidos y por el dolor que su desaparición había causado a su familia y amigos. A veces me siento culpable por no haber sido más inteligente por haber confiado en Ricardo.

Le confesó a Alejandra durante una de sus caminatas regulares por el centro histórico de Puebla. Y me siento culpable por todos los años que mi mamá pasó sufriendo por mi culpa. Alejandra siempre la consolaba, recordándole que ella había sido víctima de criminales sofisticados que habían engañado a muchas mujeres jóvenes. Tenías 18 años y confiaste en alguien que se presentó como profesional respetable. Le recordaba, no hay nada de malo en seriada. El malo era él, no tú. En marzo de 2020, cuando el mundo se vio afectado por la pandemia de COVID-19, Marisol había establecido una rutina estable en su nueva vida.

Trabajaba tres días a la semana en la Fundación de Alejandra. Continuaba con su terapia psicológica semanal y había comenzado a tomar clases de arte en una escuela local, redescubriendo la pasión por la pintura que había desarrollado durante su rehabilitación en California. El confinamiento forzado por la pandemia inicialmente causó ansiedad a Marisol, recordándole los años de cautiverio cuando no podía salir libremente. Sin embargo, el doctor Rojas la ayudó a reencuadrar la situación, enfatizando que esta vez la restricción era temporal, universal y por razones de salud pública, no un castigo personal.

La diferencia es que ahora tienes control, le explicó durante una de sus sesiones de terapia virtual. Puedes elegir con quién hablar por teléfono, qué programas ver, qué libros leer. Incluso en confinamiento tienes libertad de elección. Dult. Durante estos meses, Marisol se acercó más a su madre, pasando tiempo cocinando juntas, viendo telenovelas y compartiendo historias de sus respectivas experiencias durante los años de separación. La señora Herrera le contó sobre todas las novenas que había organizado, todas las velas que había encendido y todas las noches que había rezado por el regreso de su hija.

“Nunca dejé de creer”, le dijo su madre una tarde mientras preparaban tamales juntas. Incluso cuando otros me decían que tenía que aceptar que probablemente estabas muerta, yo sabía en mi corazón que estabas viva en algún lugar. Marisol también usó este tiempo para escribir. Había comenzado un diario personal como parte de su terapia, pero gradualmente se había convertido en algo más ambicioso, un libro de memorias sobre su experiencia. Escribir le permitía procesar los recuerdos traumáticos de manera controlada y también documentar su proceso de recuperación.

Creo que mi historia podría ayudar a otras mujeres”, le dijo a Alejandra mientras le mostraba algunas páginas de su manuscrito. No solo víctimas de tráfico, sino cualquier mujer que haya perdido su identidad y esté tratando de reconstruir su vida. Alejandra leyó los extractos con admiración y emoción. La escritura de Marisol era honesta y poderosa, detallando no solo los horrores de su experiencia, sino también los pequeños momentos de humanidad y resistencia que la habían ayudado a sobrevivir. Esto es increíble, Marisol.

Tu voz necesita ser escuchada. Durante 2020 también comenzaron a recibir noticias sobre otros casos relacionados con la red de tráfico que había capturado a Marisol. Varios de los perpetradores habían sido arrestados en diferentes países y algunas víctimas adicionales habían sido identificadas. Cada noticia traía sentimientos mixtos, alivio de que se estuviera haciendo justicia, pero también dolor por todas las mujeres que habían sufrido experiencias similares. A veces me pregunto por qué yo tuve la suerte de sobrevivir y ser encontrada cuando otras no, reflexionó Marisol durante una de sus conversaciones con Alejandra.

Me siento obligada a hacer que mi supervivencia valga la pena. Esta sensación de responsabilidad motivó a Marisol a aumentar su participación en el trabajo de la fundación. comenzó a hablar en conferencias virtuales debido a las restricciones de la pandemia, compartiendo su historia con audiencias internacionales. Su testimonio era particularmente poderoso porque podía hablar tanto como víctima como sobreviviente. En una conferencia virtual para organizaciones contra el tráfico humano en noviembre de 2020, Marisol dijo, “Quiero que todas las familias que tienen un ser querido desaparecido sepan que nunca deben perder la esperanza.

Yo estuve perdida por 23 años, pero el amor de mi familia y la determinación de mi mejor amiga me trajeron a casa. El amor trasciende el tiempo y la distancia. El segundo aniversario del regreso de Marisol en julio de 2021 coincidió con el lanzamiento de su libro de memorias titulado 23 años perdida, el camino de regreso a casa. La publicación fue coordinada con una editorial pequeña que se especializaba en testimonios de sobrevivientes y todas las ganancias fueron donadas a la fundación de Alejandra.

El libro recibió atención considerable en México y Estados Unidos. Críticos literarios elogiaron la honestidad brutal de Marisol y su capacidad para encontrar esperanza en las circunstancias más desesperantes. Más importante para Marisol, el libro generó cientos de cartas de otras víctimas de tráfico y familiares de personas desaparecidas que encontraron consuelo en su historia. Tu libro me dio esperanza cuando pensé que ya no quedaba ninguna escribió una madre cuya hija había desaparecido 3 años antes. Si tu familia te encontró después de 23 años, tal vez hay esperanza para mi hija también.

Durante las presentaciones del libro, Marisol siempre enfatizaba el papel crucial que Alejandra había jugado en su rescate. Sin la determinación incansable de mi mejor amiga, yo probablemente habría permanecido desaparecida para siempre, decía. Ella convirtió su dolor en acción y esa acción eventualmente me llevó a casa. La amistad entre Alejandra y Marisol se había profundizado durante estos años de reunión. Aunque habían perdido más de dos décadas juntas, habían desarrollado una nueva intimidad basada en experiencias compartidas de pérdida, búsqueda y recuperación.

Marisol se había convertido en una figura importante en la vida de los hijos de Alejandra, Esperanza y Daniel, quienes la conocían como tía Mari. Es extraño pensar que mis hijos conocen a mi mejor amiga de la infancia solo ahora”, reflexionó Alejandra durante una entrevista para una revista. Pero en cierta forma es hermoso también. Ellos ven el poder del amor y la determinación a través de nuestra historia. En 2022, 7 años después de haber sido encontrada, Marisol tomó una decisión importante.

Quería regresar a Los Ángeles para visitar el centro de cuidado donde había vivido durante 15 años. Quiero agradecer a las personas que me cuidaron durante mis años más difíciles”, explicó. Y quiero ver si puedo ayudar a otras mujeres que están donde yo estuve. El viaje fue organizado cuidadosamente con apoyo del doctor Rojas y coordinación con la doctora Martínez, quien todavía dirigía el centro de cuidado. Alejandra acompañó a Marisol, como había hecho en tantos momentos importantes de su recuperación.

Regresar al centro fue emotivo, pero sanador para Marisol. pudo agradecer personalmente a los cuidadores que la habían ayudado durante sus años más vulnerables y pudo ofrecer esperanza a las mujeres que actualmente residían allí. Cuando llegué aquí en 1999, no podía imaginar que algún día tendría una vida normal otra vez, les dijo a las residentes actuales durante una sesión grupal. Pero aquí estoy con mi familia, con trabajo que amo, con propósito en mi vida. La recuperación es posible, aunque a veces toma tiempo.

Durante esa visita, Marisol también se reunió con María González, la mujer que la había recordado de la casa en Uruapán y cuyo testimonio había sido crucial para ubicarla. Las dos mujeres, ahora ambas sobrevivientes exitosas, se abrazaron y compartieron sus historias de recuperación. Nos mantuvimos vivas con la esperanza de que algún día seríamos libres, le dijo María a Marisol. Y mira dónde estamos ahora, ambas con familias que nos aman, ayudando a otras mujeres. Sobrevivimos por una razón. El regreso a México de ese viaje marcó otro hito en la recuperación de Marisol.

Había confrontado su pasado más difícil y había encontrado paz y propósito en él. Ya no tengo miedo de mi historia”, le dijo Alejandra en el avión de regreso. Es parte de mí, pero no me define completamente. En 2023, la Fundación de Alejandra celebró su décimo aniversario con una gala en la Ciudad de México. Marisol fue la oradora principal y su discurso fue una reflexión poderosa sobre la resistencia humana y el poder transformador del amor incondicional. Hace 28 años era una joven de 18 años con sueños simples.

Estudiar, ayudar a mi familia, construir una vida feliz, comenzó su discurso. Esos sueños fueron robados por criminales, pero algo que nunca pudieron robar fue el amor de mi familia y la lealtad de mi mejor amiga. Ese amor me mantuvo viva durante los años más oscuros y eventualmente me trajo de regreso a la luz. El discurso de Marisol fue grabado y se volvió viral en redes sociales, inspirando a miles de personas alrededor del mundo. Familias de personas desaparecidas compartieron el video como fuente de esperanza y sobrevivientes de trauma encontraron fuerza en sus palabras.

Su historia nos recuerda que nunca debemos subestimar el poder del amor persistente”, escribió un comentarista en redes sociales. La determinación de una persona de no olvidar cambió no solo dos vidas, sino potencialmente miles a través del trabajo de su fundación. En enero de 2024, casi 30 años después de la desaparición original de Marisol, algo inesperado sucedió que pondría a prueba todo el progreso que habían hecho. Un periodista investigativo contactó a Alejandra con información que había descubierto mientras investigaba redes de tráfico humano para un documental.

Tengo fotografías que creo que necesitan ver”, le dijo el periodista Carlos Mendoza durante una llamada telefónica. Son de un archivo que conseguí de las autoridades estadounidenses. Una de las fotos muestra a su amiga Marisol, pero no está sola. La reunión fue arreglada en las oficinas de la fundación con Marisol presente y el doctor Rojas disponible por teléfono si necesitaban apoyo psicológico inmediato. Mendoza llegó con una caja de archivos y una expresión seria que inmediatamente puso a Alejandra en alerta.

Esta información nunca fue compartida con ustedes durante la investigación original”, explicó Mendoza mientras abría la caja. Aparentemente se consideró demasiado sensible, pero ahora que tantos años han pasado y el caso está resuelto, las autoridades han liberado estos archivos. La primera fotografía que mostró fue tomada en 1998. Según los sellos oficiales, mostraba a Marisol en lo que parecía ser una casa o apartamento, pero no estaba sola. A su lado había una niña pequeña de aproximadamente dos o tres años que compartía características físicas notables con Marisol.

Marisol tomó la fotografía con manos temblorosas, estudiando la imagen que no recordaba que hubiera sido tomada. Esa niña”, susurró, su voz quebrándose. No recordaba. Habían tantas drogas, tanto trauma, pero ahora que veo la foto, lentamente fragmentos de memoria comenzaron a regresar. Marisol recordó haber estado embarazada durante su cautiverio, probablemente en 1996 o 1997. Había dado a luz a una niña, pero debido a las drogas que le administraban regularmente y al trauma extremo, sus recuerdos de ese periodo eran extremadamente fragmentados.

“Me quitaron a la bebé cuando tenía pocas semanas”, recordó con lágrimas corriendo por su rostro. Dijeron que la iban a cuidar mejor de lo que yo podía. Estaba tan confundida, tan enferma. Pensé que tal vez era verdad. Alejandra sintió como si el mundo se hubiera detenido. Durante todos estos años de búsqueda, rescate y recuperación. Nunca habían considerado la posibilidad de que hubiera una segunda víctima, la hija de Marisol. Mendoza tenía más información. había rastreado los archivos y descubierto que la niña había sido puesta en el sistema de adopción estadounidense bajo un nombre falso y con documentos fraudulentos.

Según mis investigaciones, fue adoptada por una familia en Arizona en 1999. Su nombre adoptivo es Sofía Martínez. La revelación de que Marisol tenía una hija que había crecido sin conocer a su madre biológica, agregó una nueva dimensión devastadora, pero también esperanzadora a su historia. “Tengo una hija”, repetía Marisol tratando de procesar completamente la realidad. “Tengo una hija que ahora tiene 26 años”. El Dr. Rojas fue contactado inmediatamente para ayudar a Marisol a procesar esta información traumática. pero potencialmente sanadora.

Es comprensible que haya bloqueado estos recuerdos, explicó durante una sesión de emergencia. El trauma de ser separada de su bebé habría sido casi insoportable en su estado mental de ese momento. Durante las siguientes semanas, Alejandra trabajó con investigadores privados y organizaciones legales para rastrear a Sofía Martínez. Descubrieron que había sido adoptada por una familia Loving en Phoenix, Arizona, donde había crecido como hija única. Era ahora una joven profesional que trabajaba como maestra de escuela primaria. ¿Sabe ella que es adoptada?, preguntó Marisol durante una de las reuniones de planificación.

La respuesta era sí. Sofía había sabido de su adopción desde pequeña, pero nunca había tenido información sobre su familia biológica, porque todos los documentos habían sido falsificados. La decisión de contactar a Sofía fue agonizante para Marisol. Y si no quiere conocerme, y si está enojada porque la abandoné, ¿cómo le explico que no fue mi? Sus miedos eran comprensibles, pero Alejandra la animó a tener fe en el poder del amor incondicional que había experimentado con su propia familia.

El contacto inicial fue hecho a través de la Agencia de Adopción, que había mantenido un archivo de contacto por si alguna vez se presentaba información sobre la familia biológica de Sofía. La respuesta de la joven fue inmediata y emotiva. He estado esperando este momento toda mi vida. Sofía había crecido preguntándose sobre su familia biológica, especialmente sobre su madre. Había búsquedas independientes durante años, pero los documentos falsificados habían hecho imposible encontrar cualquier pista real. Siempre supe que había una historia detrás de mi adopción”, escribió en su primera carta a Marisol.

Nunca culpé a mi madre biológica porque sabía que debía haber circunstancias extremas. La primera conversación telefónica entre madre e hija fue facilitada por un consejero especializado en reuniones familiares complejas. Ambas mujeres lloraron durante la mayor parte de la llamada. tratando de procesar 26 años de separación forzada. “Mija, nunca quise abandonarte.” Fueron las primeras palabras de Marisol. “Me robaron tanto a ti como a mí. He estado buscando mi camino de regreso a casa durante casi 30 años y nunca supe que también tenía que buscarte a ti.” Sofia respondió con una compasión que sorprendió a todos los profesionales involucrados.

“Mamá, sé que no fue tu elección. He leído sobre el tráfico humano. Sé lo que te pasó. No te culpo por nada. Solo quiero conocerte. El proceso de reunión entre Marisol y Sofía fue planificado meticulosamente, similar al proceso que se había usado para la reunión de Marisol con su propia madre. Videoconferencias regulares fueron seguidas por planes para un encuentro físico. Sofía había crecido en una familia loving con padres adoptivos que la habían criado con amor y le habían dado todas las oportunidades.

Había estudiado educación en la Universidad de Arizona y se había especializado en trabajar con niños de comunidades marginadas. Su deseo de ayudar a niños vulnerables reflexionó más tarde. Tal vez había sido inconscientemente motivado por su propia experiencia temprana. “Es increíble como el destino funciona”, le dijo Alejandra a Marisol mientras preparaban para el encuentro con Sofía. “Tu hija se convirtió en alguien que ayuda a otros igual que tú. El bien puede surgir incluso de las circunstancias más terribles.

El encuentro entre Marisol y Sofía estaba programado para mayo de 2024 en Phoenix con todos los sistemas de apoyo necesarios en lugar. Los padres adoptivos de Sofía, que la habían criado con tanto amor como cualquier padre biológico, apoyaron completamente la reunión y expresaron gratitud de que finalmente pudieran conocer a la mujer que había dado vida a su hija. Mientras tanto, la historia había atraído atención mediática internacional. Una joven desaparecida en 1995, encontrada en 2018, ahora reuniéndose con una hija que nunca supo que tenía.

Los medios llamaron a la historia Un milagro de tres generaciones, cuando la señora Herrera también hizo planes para viajar a Phoenix para conocer a su nieta. En toda mi vida nunca pensé que tendría una nieta”, dijo la señora Herrera ahora de 71 años durante una entrevista previa al viaje. Primero perdí a mi hija, luego la recuperé y ahora descubro que tengo una nieta hermosa que ha estado creciendo en otro país. Dios trabaja de maneras misteriosas. La El día del encuentro, 15 de mayo de 2024.

Marisol estaba tan nerviosa que apenas pudo desayunar. Alejandra, quien había acompañado a Marisol en cada paso importante de su viaje de recuperación, estaba allí también, así como Miguel y sus hijos, que consideraban a Marisol parte de su familia extendida. Sofía esperaba en el jardín del hotel, donde se había arreglado el encuentro, acompañada por sus padres adoptivos y un consejero familiar. Cuando Marisol la vio por primera vez, la semejanza física era innegable. Sofía tenía los mismos ojos expresivos, la misma sonrisa y la misma manera de inclinar la cabeza cuando estaba pensativa.

“Mamá”, preguntó Sofía levantándose del banco donde había estado esperando. “Sí, mi hija, soy yo”, respondió Marisol caminando lentamente hacia su hija. Se abrazaron durante lo que pareció una eternidad, ambas llorando, finalmente juntas después de casi 27 años. Te he estado buscando toda mi vida sin saber que te estaba buscando”, le susurró Sofía a su madre. Siempre sentí que faltaba algo y ahora sé qué era. Durante los siguientes días en Phoenix, tres generaciones de mujeres, la señora Herrera, Marisol y Sofía, pasaron tiempo conociéndose, compartiendo historias y comenzando el proceso de construir relaciones familiares que habían sido interrumpidas por las circunstancias más traumáticas.

Sofía les mostró su apartamento, su escuela donde trabajaba y les presentó a sus amigos más cercanos. “Esta es mi mamá biológica y mi abuela”, decía con orgullo. Finalmente las encontré. Sus padres adoptivos participaron en todas las actividades, demostrando que el amor no tiene límites y que las familias pueden expandirse para incluir a más personas sin disminuir el amor que ya existe. Durante una cena familiar, el último día del viaje, Sofía hizo un anuncio que sorprendió a todos.

“He decidido que quiero mudarme a México por un año”, declaró. Quiero conocer mi cultura, mejorar mi español y pasar tiempo con mi familia biológica. He estado perdida de ustedes por 27 años y quiero recuperar algo de ese tiempo. La decisión de Sofía de conectarse con sus raíces mexicanas mientras mantenía su relación con sus padres adoptivos demostró una madurez emocional extraordinaria. No estoy rechazando a la familia que me crió, explicó. Estoy expandiendo mi definición de familia para incluir a las personas que me dieron vida y que nunca dejaron de buscarme.

En agosto de 2024, Sofía se mudó temporalmente a Puebla, donde vivió con Marisol y la señora Herrera, mientras enseñaba inglés en una escuela local y tomaba clases intensivas de español. La experiencia fue transformadora para toda la familia. Tener a mi hija y a mi nieta en casa después de todos estos años se siente como un sueño dijo la señora Herrera durante una entrevista televisiva. Dios me quitó a mi hija durante 23 años, pero me la devolvió con una nieta hermosa.

Mi casa está completa ahora. Para Alejandra, ver a su mejor amiga reunida, no solo con su vida, sino también con la hija que nunca había sabido que existía, fue la conclusión perfecta de una historia que había comenzado con pérdida, pero había terminado con redención. Marisol siempre había dicho que quería una familia, reflexionó Alejandra. Nunca imaginamos que ya tenía una hija que estaba creciendo sin ella. La historia de Marisol, Alejandra y Sofía se convirtió en un símbolo internacional de esperanza para familias de personas desaparecidas.

Libros, documentales y películas fueron producidos sobre su historia, pero para ellas lo más importante era que finalmente estaban juntas. En diciembre de 2024, exactamente 30 años después de la desaparición original, la familia completa se reunió para celebrar la primera Navidad todos juntos. Marisol, ahora de 47 años, había encontrado no solo su camino de regreso a casa, sino también a la hija que nunca había podido conocer. Durante la cena de Nochebuena, mientras la señora Herrera servía el pavo tradicional y Sofia ayudaba con los tamales que había aprendido a hacer durante su estancia en México, Marisol reflexionó sobre el increíble viaje que las había llevado a este momento.

Hace 30 años era una joven ingenua que confiaba en la persona equivocada. Le dijo a la mesa llena de familia y amigos cercanos, incluyendo a Alejandra y su familia. Perdí décadas de mi vida, pero también gané algo invaluable, una comprensión profunda del poder del amor incondicional y la importancia de nunca rendirse. Sofía, que había decidido quedarse en México de forma permanente y había conseguido un trabajo en el sistema educativo de Puebla, tomó la mano de su madre.

Mamá, durante todos estos años me preguntaba si mi madre biológica pensaba en mí. Ahora sé que no podías recordarme debido al trauma, pero tu corazón nunca me olvidó. El amor trasciende la memoria. Alejandra, sentada al otro lado de la mesa con sus propios hijos, que ahora tenían 17 y 12 años, sintió una satisfacción profunda que no había experimentado en décadas. La promesa silenciosa que se había hecho a los 18 años de nunca abandonar la búsqueda de su amiga no solo se había cumplido, sino que había resultado en algo más hermoso de lo que jamás había imaginado.

Cuando Marisol desapareció, pensé que mi vida también se había roto de alguna manera, compartió Alejandra durante la cena. No sabía que buscarla me llevaría a encontrar mi verdadero propósito en la vida. ayudar a otras familias, crear la fundación, convertirme en defensora de los derechos humanos. Todo comenzó con la determinación de encontrar a mi mejor amiga. La fundación Rastros de Esperanza había crecido hasta convertirse en una de las organizaciones más respetadas de México en la lucha contra el tráfico humano.

Durante sus 13 años de operación había ayudado a localizar a más de 200 personas desaparecidas y había proporcionado apoyo a miles de familias afectadas. Marisol se había convertido en la directora de servicios de trauma de la fundación, utilizando su experiencia personal para desarrollar programas innovadores de recuperación para sobrevivientes. Su libro había sido traducido a ocho idiomas y se utilizaba como texto de referencia en programas universitarios sobre trauma y recuperación. Sofía había encontrado su lugar no solo en la familia que había perdido, sino también en la misión que había crecido de esa pérdida.

Había comenzado a trabajar con la fundación desarrollando programas educativos para prevenir el tráfico humano, utilizando su experiencia como educadora y su historia personal única. Es irónico, comentó Sofía durante una entrevista para un documental sobre su familia. Fui víctima indirecta del tráfico humano como bebé, pero ahora dedico mi vida a prevenir que otros niños pasen por lo mismo. Mi historia traumática se convirtió en mi propósito de vida. En enero de 2025, exactamente 30 años después de la desaparición original, la ciudad de Puebla organizó un evento especial para honrar la perseverancia de la familia y el impacto de su historia en la lucha contra el tráfico humano.

El alcalde declaró el 8 de noviembre como el día de la esperanza y la perseverancia en honor a todas las familias que nunca se rindieron en la búsqueda de sus seres queridos. La historia de Marisol Herrera y Alejandra nos enseña que el amor verdadero no conoce límites de tiempo ni distancia”, declaró el alcalde durante la ceremonia. Su historia nos recuerda que debemos luchar por cada persona desaparecida, porque detrás de cada caso hay una familia que sufre y una comunidad que debe responder.

Durante la ceremonia se reveló una placa conmemorativa en el lugar donde había estado la parada de autobús, desde donde Marisol había desaparecido en 1995. La placa llevaba la inscripción en memoria de todos los que se han perdido y en honor de todos los que nunca dejan de buscar. Después de la ceremonia, Alejandra y Marisol caminaron juntas por las calles de Puebla que habían conocido durante su juventud. Muchas cosas habían cambiado en 30 años, pero su amistad había permanecido constante, fortalecida por las pruebas que habían enfrentado.

¿Alguna vez imaginaste que nuestra historia terminaría así?, preguntó Marisol mientras caminaban por el centro histórico donde había sido vista por última vez con Ricardo Domínguez. Nunca, respondió Alejandra, pero siempre tuve fe de que terminaría con tu regreso a casa. En marzo de 2025, Sofía anunció que estaba embarazada de su primer hijo. La noticia trajo alegría indescriptible a la familia, especialmente a la señora Herrera, quien a los 72 años se preparaba para conocer a su bisnieto. “Este bebé representa una nueva generación de nuestra familia”, dijo Marisol.

durante la celebración del anuncio. Una generación que crecerá conociendo su historia completa, rodeada de amor y con la comprensión de que la familia puede superarlo todo. El bebé, un niño, nació en julio de 2025 y fue nombrado Alejandro en honor a Alejandra, cuya determinación había hecho posible que esta nueva generación existiera. Durante la presentación del bebé en la iglesia de San Francisco, donde la familia había rezado durante décadas por el regreso de Marisol, el Padre habló sobre los milagros que pueden ocurrir cuando el amor y la fe persisten a través de las pruebas más difíciles.

Esta familia nos enseña que no hay oscuridad tan profunda que no pueda ser vencida por la luz del amor incondicional”, dijo el Padre durante la ceremonia. Su historia es un testimonio del poder de la esperanza y la importancia de nunca rendirse en aquellos que amamos. Hoy, mientras escribo esta historia en julio de 2025, la familia está completa y próspera. Marisola ha encontrado no solo su camino de regreso a casa, sino también una hija, una nuera por venir, un nieto y un propósito de vida que ha ayudado a cientos de otras familias.

Alejandra continúa dirigiendo la fundación que ahora opera en 12 estados mexicanos y tiene colaboraciones internacionales. Su determinación de encontrar a una amiga perdida se transformó en un movimiento que ha cambiado leyes, salvado vidas y dado esperanza a miles de familias. La señora Herrera, ahora bisabuela, pasa sus días cuidando a su bisnieto y contándole historias sobre perseverancia, fe y el poder del amor familiar. “Nunca le diré que su bisabuela estuvo perdida”, dice mientras arrulla al bebé. “Le diré que su bisabuela fue muy valiente y que siempre encontró su camino de regreso a casa.” Sofía ha encontrado

su lugar en el mundo, equilibrando su amor por la familia que la crió con su conexión recién descubierta con sus raíces mexicanas. Trabaja ahora como coordinadora nacional de prevención de tráfico humano para la fundación, utilizando su experiencia única para desarrollar programas que protegen a niños vulnerables. La historia que comenzó con la desaparición de una joven de 18 años en 1995, terminó 30 años después con una familia extendida que incluye tres generaciones, cada una comprometida con asegurar que ninguna otra familia tenga que pasar por la pérdida que ellas experimentaron.

Y en una tarde tranquila de domingo, cuando la familia se reúne para la cena semanal en la casa de la señora Herrera, cuando Marisol ayuda a Sofía con el bebé mientras Alejandra comparte historias de su trabajo en la fundación, es fácil olvidar que hubo una vez un tiempo cuando parecía que esta felicidad nunca sería posible, pero ellas no olvidan. Su historia sirve como recordatorio de que el amor verdadero puede superar cualquier obstáculo, que la esperanza puede sostenernos a través de las décadas más oscuras y que a veces los finales más hermosos nacen de los comienzos más dolorosos.

En el álbum familiar de los Herrera hay una fotografía tomada en diciembre de 2024. cuatro generaciones de mujeres fuertes, desde la bisabuela de 72 años hasta el bebé de 3 meses, todas sonriendo hacia la cámara. En la parte posterior de la fotografía alguien escribió, “30 años después, nunca perdimos la esperanza.” Es una fotografía que Marisol dice que quiere que se vuelva viral algún día, no por fama, sino porque representa algo que todas las familias de personas desaparecidas necesitan ver.

Que no importa cuánto tiempo pase, no importa cuán imposible parezca, el amor puede encontrar una manera de traer a casa a aquellos que amas. Y en los archivos de la fundación Rastros de Esperanza, en un lugar de honor, está enmarcada la última fotografía conocida de Marisol antes de su desaparición. Una joven de 18 años con toda la vida por delante, sin saber que su historia se convertiría en un faro de esperanza para miles de familias alrededor del mundo.

Debajo de la fotografía, una placa simple dice Marisol Herrera. Desaparecida el 8 de noviembre de 1995, encontrada el 15 de marzo de 2018. Reunida con su hija el 15 de mayo de 2024. Prueba viviente de que nunca debemos perder la esperanza. Esta es la historia de una joven que se esfumó en 1995 y una fotografía de 2020 que mostró que no estaba sola. Pero más que eso, es la historia del poder transformador, del amor incondicional, la perseverancia inquebrantable y la fe de que no importa cuán perdidos estemos, siempre hay un camino de regreso a casa.