Hermanas desaparecidas en Vermont — 10 años después las hallan en una casa con símbolos extraños

El 23 de octubre de 1998, Carlos Méndez conducía su camión por la carretera secundaria que bordeaba el bosque de Ordesa en el Pirineo Aragonés. Era una ruta que conocía bien, transportando madera desde los acerraderos de montaña hasta Huesca, pero ese día algo le llamó la atención. Humo. Muy tenue, casi imperceptible, saliendo de entre los árboles a unos 200 m de la carretera. Carlos frenó bruscamente. En pleno otoño, con la sequedad de los bosques, cualquier fuego podía convertirse en tragedia.

Aparcó el camión en el arsén y corrió hacia el origen del humo, su móvil en mano para llamar a los bomberos si era necesario. Lo que encontró le el sangre entre los pinos centenarios, casi invisible por la maleza que la había devorado durante años, se alzaba una casa de piedra abandonada. El humo salía de su chimenea. Alguien había encendido un fuego allí dentro. Carlos se acercó con cautela. La puerta principal estaba entreabierta, colgando de una sola bisagra oxidada.

Las ventanas, rotas hace décadas dejaban entrar la luz del atardecer que iluminaba un interior devastado por el tiempo. ¿Hay alguien ahí? gritó Carlos, su voz resonando en el silencio del bosque. Ninguna respuesta, solo el crepitar del fuego en la chimenea. Empujó la puerta con cuidado. El interior olía a humedad, a madera podrida, a abandono, pero también a algo más reciente, a comida, a humo fresco, a vida. La sala principal era un desastre. Muebles destrozados, escombros por todas partes y las paredes, Dios santo, las paredes estaban cubiertas de símbolos, cientos miles de ellos grabados en la

piedra, pintados con carbón, algunos incluso parecían hechos con sangre seca, espirales, círculos concéntricos, figuras geométricas imposibles, letras en un alfabeto que Carlos no reconocía. Madre de Dios, susurró y entonces las vio. En el rincón más alejado de la sala, acurrucadas junto al fuego que habían encendido con restos de muebles viejos, había dos mujeres. Dos figuras esqueléticas, sucias, con el pelo enmarañado cayendo sobre rostros demacrados. Vestían arapos que alguna vez fueron ropa de calle. Y sus ojos, sus ojos miraban a Carlos sin verdaderamente verlo, como si hubieran olvidado que era un ser humano.

Carlos dio un paso atrás tropezando con los escombros. ¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí? Una de las mujeres, la más alta, ladeó la cabeza como un pájaro. Abrió la boca, pero lo que salió no fueron palabras. Fue un sonido gutural, primitivo, como si hubiera olvidado cómo hablar. La otra se encogió más contra la pared, temblando violentamente. Carlos sacó su teléfono con manos temblorosas y marcó el 112. Emergencias, ¿cuál es su situación? Necesito, necesito ayuda. Estoy en el bosque de Ordesa, cerca del kilómetro 32 de la A138.

He encontrado una casa abandonada y hay dos mujeres aquí. Creo que necesitan ayuda médica urgente y la Guardia Civil. Definitivamente necesito que venga la guardia civil. Las mujeres están heridas. No lo sé, pero están no están bien. Llevan aquí mucho tiempo. Creo creo que han estado atrapadas aquí. Permanezca en el lugar. Enviamos ayuda inmediatamente. Los siguientes 20 minutos fueron los más largos de la vida de Carlos. se quedó en la puerta sin atreverse a entrar más, observando a las dos mujeres.

Intentó hablar con ellas, hacerles preguntas, pero ninguna respondió con palabras comprensibles, solo sonidos gruñidos y ocasionalmente un llanto bajo y desesperado. Cuando llegaron las sirenas, Carlos sintió un alivio inmenso. Dos patrullas de la Guardia Civil, una ambulancia y, curiosamente, varios coches sin identificar que parecían oficiales. El sargento Javier Ruiz fue el primero en entrar a la casa. Era un hombre curtido con 20 años de servicio en la montaña. Había visto accidentes, muertes, tragedias, pero nada le había preparado para esto.

Santísima Virgen, murmuró al ver los símbolos en las paredes. Luego, al ver a las mujeres, necesitamos los sanitarios aquí. Ya. Los paramédicos entraron con camillas y mantas térmicas. Las mujeres se resistieron al principio, aterrorizadas por el contacto humano, pero finalmente permitieron que las envolvieran y las sacaran de la casa. A la luz del día, Carlos pudo verlas mejor. Ambas tenían entre 30 y 40 años, aunque era difícil determinarlo por su estado. Estaban peligrosamente delgadas con señales de desnutrición severa.

Sus ropas, ahora que podía verlas con claridad, eran de un estilo anticuado de principios de los años 90 quizás. ¿Cuánto tiempo creéis que llevan aquí? preguntó Carlos al sargento Ruiz. Ruis observó las mujeres mientras los sanitarios las cargaban en las ambulancias. No lo sé, pero voy a descubrirlo. Esa misma noche, en el hospital Miguel Cervet de Zaragoza, los médicos trabajaron para estabilizar a las dos mujeres. Deshidratación severa, desnutrición, múltiples infecciones, hipotermia leve, pero estaban vivas. Milagrosamente estaban vivas.

La doctora Elena Marcos, psiquiatra de urgencias, fue llamada para evaluarlas. Lo que encontró la desconcertó profundamente. No hablan. Informó al sargento Ruiz que había viajado hasta Zaragoza esa misma noche. O no pueden o no quieren. Reaccionan a estímulos básicos, pero no hay comunicación verbal. Es como si como si hubieran regresado a un estado prelingüístico, trauma psicológico, sin duda, pero de una magnitud que nunca he visto. Necesitarán meses, quizás años de terapia intensiva. Sabemos quiénes son. La doctora Marcos negó con la cabeza.

No llevaban identificación, pero les tomamos las huellas dactilares. Las hemos enviado a la base de datos nacional. La respuesta llegó a las 3 de la madrugada. El sargento Ruiz estaba dormitando en una silla de la sala de espera cuando su teléfono sonó. Era el capitán Ferrer de la comandancia de Huesca. Javier, tenemos una identificación y esto es complicado. ¿Quiénes son? Se llaman Laura y Ana Castellano, hermanas. Desaparecieron en octubre de 1988, hace exactamente 10 años. Ruiz se enderezó bruscamente.

10 años. Han estado en esa casa durante 10 años. Eso parece, pero hay más. La casa donde las encontraste pertenecía a su familia. Su abuelo paterno vivió allí hasta su muerte en 1985. Después quedó abandonada. Y nadie las buscó allí. Claro que sí. La casa fue registrada múltiples veces durante la investigación inicial de su desaparición. No había nadie. Estaba completamente vacía. Un escalofrío recorrió la espalda de Ruiz. Entonces, ¿cómo? No lo sé, Javier, pero esto acaba de convertirse en el caso más extraño que he visto en mi carrera.

Voy para allá y he contactado con los padres de las chicas. Llegarán por la mañana. Ruis colgó y miró hacia la habitación donde dormían las hermanas castellano, cedadas por los médicos. 10 años. 10 años en esa casa del bosque. ¿Cómo era posible? ¿Y qué significaban todos esos símbolos en las paredes? Algo le decía que esta era solo la punta de uniceberg muy oscuro y muy profundo. Antonio y Mercedes Castellano llegaron al hospital al amanecer del 24 de octubre.

Habían envejecido una década en una sola noche desde que recibieron la llamada. Su hija, es desaparecidas hacía 10 años habían sido encontradas vivas. Mercedes temblaba mientras caminaba por el pasillo del hospital, aferrada al brazo de su marido. Antonio tenía el rostro pétrireo, pero sus ojos estaban enrojecidos. 10 años de búsqueda, 10 años de esperanza que se convertía en desesperación cada noche, 10 años de preguntas sin respuesta. El sargento Ruiz los esperaba fuera de la habitación. Señores castellano, antes de que entren, debo prepararlos.

Sus hijas han sufrido mucho, no hablan, apenas reaccionan. Los médicos dicen que necesitarán tiempo para recuperarse. Queremos verlas, dijo Antonio con voz firme. Ahora Ruiz asintió y abrió la puerta. La habitación era amplia y luminosa, con dos camas separadas por una cortina blanca. En cada una yacía una mujer delgada, pálida, con el cabello limpio y recortado por las enfermeras. Ambas dormían, pero incluso en sueños sus rostros mostraban tensión, miedo. Mercedes se llevó las manos a la boca ahogando un soyo.

Laura, Ana, se acercó lentamente a la primera cama. Laura, su hija mayor, la última vez que la había visto, tenía 23 años. Acababa de terminar su carrera de biología en la Universidad de Zaragoza. Era octubre de 1988. Laura había ido a visitar a Ana, que estudiaba segundo año de medicina. Las dos habían decidido pasar el fin de semana juntas, un viaje de senderismo por el Pirineo. Nunca regresaron. Mi niña susurró Mercedes tocando suavemente la mano de Laura.

Mi pequeña. Los ojos de Laura se abrieron de golpe. Durante un instante, madre e hija se miraron. Mercedes vio un destello de reconocimiento, un momento de lucidez, pero luego los ojos de Laura se llenaron de terror puro. Empezó a gritar, un sonido agudo y desesperado, retorciéndose en la cama como si intentara escapar. Laura, soy yo. Soy mamá. Mercedes intentó calmarla, pero Laura seguía gritando, arañando las sábanas. Las enfermeras entraron corriendo. La doctora Marcos apareció inmediatamente después, inyectando un sedante en el suero de Laura.

Gradualmente los gritos se convirtieron en gemidos y, finalmente, en silencio, mientras Laura volvía a dormirse. Mercedes lloraba desconsoladamente. Antonio la abrazó, sus propias lágrimas cayendo silenciosamente. “Lo siento mucho”, dijo la doctora Marcos suavemente. “No reconocen a nadie todavía. El trauma es demasiado profundo. Su mente está protegida. Es un mecanismo de defensa. ¿Qué les hicieron? Preguntó Antonio su voz quebrándose. ¿Quién les hizo esto? Esa es la pregunta que todos queremos responder, intervino el sargento Ruiz. Señores castellanos, necesito que me cuenten todo sobre la desaparición, cada detalle que recuerden.

Se trasladaron a una sala de consultas. Antonio empezó a hablar. su voz monótona por repetir la misma historia incontables veces durante 10 años. Fue el 15 de octubre de 1988. Laura había vuelto a Zaragoza después de terminar sus estudios. Quería encontrar trabajo, quizás hacer un máster. Ana estaba en su segundo año de medicina. Las dos eran muy unidas, siempre lo fueron. Mercedes continuó. Ese viernes, Laura llamó diciendo que iba a recoger a Ana. Querían pasar el fin de semana haciendo senderismo.

Conocían bien la zona. Habían ido muchas veces cuando eran niñas. Nuestro abuelo, el padre de Antonio, tenía una casa en el bosque de Ordesa. Las chicas solían ir allí en verano. La casa donde las encontramos, dijo Ruiz. Sí, pero cuando desaparecieron, la casa ya estaba abandonada. El abuelo había muerto tres años antes. Nadie vivía allí. Las chicas tenían llaves de la casa. No, la habíamos cerrado completamente. Las ventanas estaban tapeadas, la puerta asegurada con candado. Después de la muerte del abuelo, hubo algunos robos en casas abandonadas de la zona.

No queríamos problemas. Antonio tomó el relevo. Debían volver el domingo por la noche. El lunes por la mañana, cuando no aparecieron y no contestaban al teléfono, llamamos a la Guardia Civil. Empezaron a buscar inmediatamente. Encontraron el coche de Laura. Continuó Mercedes. Un Renault 5 rojo estaba aparcado en un área de descanso cerca del kilómetro 28 de la A138, a solo 4 km de donde donde las encontraron ayer. Había algo en el coche. Sus mochilas estaban en el maletero.

Ropa, comida, mapas de senderismo, todo parecía normal, pero ellas habían desaparecido. Registraron la casa del abuelo. Por supuesto, fue uno de los primeros lugares donde buscaron. La Guardia Civil rompió el candado y registró cada habitación. No había nadie. No había señales de que alguien hubiera estado allí recientemente. Estaba llena de polvo, telarañas, completamente abandonada. Ruis tomaba notas meticulosamente y en los días siguientes buscaron por todo el bosque, dijo Antonio, su voz quebrándose. Helicópteros, perros voluntarios. Cientos de personas peinaron cada metro cuadrado.

Nada. Era como si la tierra se las hubiera tragado. Enemigos, alguien que quisiera hacerles daño. No eran chicas normales, estudiosas, queridas por todos. No tenían problemas con nadie. Novios, relaciones sentimentales. Laura había roto con su novio unos meses antes, pero en buenos términos. Ana salía ocasionalmente con chicos, pero nada serio. Ninguno fue sospechoso. Mercedes se secó las lágrimas. Durante años buscamos. Contratamos detectives privados, pusimos carteles por toda España, aparecimos en programas de televisión. Nada funcionó. Después de 5 años, la mayoría de la gente asumió que estaban muertas.

Pero nosotros nosotros nunca dejamos de esperar. Y ahora están aquí, dijo Ruiz suavemente. Vivas después de 10 años exactos en la misma casa que fue registrada y encontrada vacía en 1988. Antonio miró al sargento directamente a los ojos. ¿Cómo es posible? Ustedes buscaron allí. Estaba vacía. ¿Dónde estuvieron durante 10 años? No lo sé, señor Castellano, pero voy a averiguarlo. Esa tarde Ruiz reunió un equipo y regresó a la casa en el bosque, esta vez con equipo forense completo, luces, cámaras, especialistas en criminalística.

Iban a examinar cada centímetro de esa casa hasta encontrar respuestas. La casa era aún más inquietante a la luz del día. Los símbolos en las paredes parecían moverse con las sombras. El equipo forense comenzó a fotografiar y documentar todo meticulosamente. “Sargento, tiene que ver esto”, llamó uno de los técnicos desde el sótano. Ruiz bajó las escaleras de piedra cuidadosamente. El sótano era pequeño, húmedo, con olor a tierra. El técnico iluminaba una esquina con su linterna. “Mire las paredes.” Ruis se acercó.

Los mismos símbolos que arriba, pero aquí estaban organizados. Formaban patrones específicos como si fueran párrafos de un texto incomprensible. “Hay algo más”, dijo el técnico moviendo unas cajas viejas. Detrás había una puerta, una puerta de metal completamente oxidada que no aparecía en ningún plano de la casa. ¿Qué demonios? Dos agentes forzaron la puerta. Se abrió con un chirrido horrible, revelando un pasadizo. Un túnel excavado en la roca descendiendo hacia la oscuridad. Ruis sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Traigan más linternas y llamad al capitán Ferrer. Esto es mucho más grande de lo que pensábamos. El túnel descendía en un ángulo de 45 gr excavado directamente en la roca caliza del Pirineo. Las paredes estaban húmedas, cubiertas de musgo en algunas partes y en otras más símbolos, los mismos símbolos extraños que cubrían las paredes de la casa. Ruiz lideraba el grupo de exploración. cuatro agentes de la Guardia Civil, dos técnicos forenses y un espeleo llamado Miguel Ríos, experto en las cuevas del Pirineo aragonés.

“Esto no es natural”, dijo Ríos examinando las paredes con su linterna. “Ha sido excavado y no recientemente. Mira, las marcas de las herramientas están muy desgastadas. Esto tiene décadas, quizás más de un siglo.” Un siglo Ruiz estaba desconcertado. ¿Por qué alguien excavaría un túnel desde esta casa? Esa es la pregunta equivocada, respondió Ríos. La pregunta correcta es, ¿hacia dónde lleva? continuaron descendiendo. El aire se volvía más frío, más denso. Después de unos 50 m, el túnel se nivelaba y se ensanchaba, convirtiéndose en una cámara natural, una cueva.

Y en esa cueva, iluminada por sus linternas vieron algo que les celó la sangre, una habitación construida dentro de la cueva, paredes de piedra, un techo bajo, una puerta de madera podrida que colgaba de sus bisagras. Madre de Dios, susurró uno de los agentes. Se acercaron lentamente. Ruis empujó la puerta. Esta se dio con facilidad, cayendo hacia dentro con un crujido sordo. El interior era una celda, no había otra palabra para describirlo. Dos catres de metal oxidado, una mesa pequeña, una letrina primitiva en la esquina y las paredes.

Las paredes estaban completamente cubiertas de marcas, miles de ellas. Rayones hechos con piedras afiladas, contando días quizás, o simplemente la desesperación hecha visible. “Estuvieron aquí”, dijo Ruiz. Su voz apenas un susurro. 10 años. Estuvieron aquí abajo. Los técnicos forenses comenzaron a trabajar inmediatamente, fotografiando todo, recogiendo muestras. Ruiz salió de la celda necesitando aire fresco, aunque estuviera a 50 m bajo tierra. Sargento llamó Ríos desde más adelante. El túnel continúa. Siguieron avanzando. El túnel se bifurcaba en dos direcciones.

Tomaron la de la izquierda primero. Después de 20 m llegaron a otra cámara. Esta era más grande y había cosas cajas de madera apiladas contra las paredes. Ruiz abrió una. Estaba llena de latas de conservas. Algunas tan viejas que las etiquetas eran ilegibles. Otra caja contenía ropa, ropa de mujer de diferentes épocas. Algunas prendas parecían de los años 60 o 70. ¿Qué es este lugar?, preguntó uno de los agentes. Un almacén, respondió Ríos. Alguien preparó esto. Alguien planeó mantener personas aquí durante mucho tiempo.

Regresaron a la bifurcación y tomaron el otro camino. Este túnel era más estrecho, más claustrofóbico. Ruiz tuvo que agacharse en algunos puntos. Después de 30 m, el túnel terminaba en una pared de roca sólida, pero en esa pared había una abertura, un agujero apenas lo suficientemente grande para que una persona pasara arrastrándose. “Yo voy primero”, dijo Ruiz, ignorando las protestas de sus hombres. Se arrastró por el agujero. Al otro lado se encontró en otra cueva, esta natural, sin modificaciones humanas.

Y al fondo de esa cueva, luz, luz natural. “Es una salida!”, gritó hacia atrás. “Hay una salida aquí.” El resto del equipo lo siguió. Emergieron en un barranco profundo, completamente oculto por la vegetación. Era invisible desde la carretera, invisible desde el aire. El escondite perfecto. Ruis miró a su alrededor. Estaban a unos 300 m al norte de la casa en línea recta, pero a través de roca sólida. “Quien hizo esto conocía estas montañas muy bien”, dijo Ríos.

utilizó cuevas naturales existentes y las conectó con túneles excavados. Es un trabajo de años, quizás décadas. El abuelo de las chicas, sugirió uno de los agentes. Ruis negó con la cabeza. Murió en 1985, 3 años antes de la desaparición y según los padres era un hombre mayor, enfermo. No podría haber mantenido cautivas a dos mujeres jóvenes. Entonces, ¿quién? Esa era la pregunta que atormentaba a Ruiz mientras regresaban por el túnel hacia la casa. Quien había hecho esto había planeado durante años, quizás décadas.

Había preparado el escondite perfecto. Había secuestrado a Laura y a Castellano y las había mantenido cautivas durante 10 años. ¿Por qué? ¿Y dónde estaba ahora? Cuando regresaron a la superficie, el capitán Ferrer ya había llegado con más efectivos. La casa estaba rodeada de vehículos oficiales, técnicos forenses y agentes. Las noticias habían empezado a filtrarse. Varios periodistas merodeaban por la carretera, mantenidos a distancia por un cordón policial. Ruis informó a Ferrer sobre el hallazgo del túnel y las cámaras subterráneas.

El capitán escuchó en silencio su expresión cada vez más sombría. “Esto es un secuestro premeditado”, dijo. Finalmente alguien preparó todo esto con años de antelación. Necesitamos identificar a esa persona. ¿Qué sabemos del abuelo? Se llamaba Vicente Castellano, respondió Ruiz consultando sus notas. Murió en enero de 1985 a los 82 años. Vivió solo en esta casa durante los últimos 20 años de su vida. Viudo sin otros hijos aparte del padre de las chicas. Investiga su pasado. Quiero saber todo sobre él y necesitamos hablar con vecinos, con cualquiera que lo conociera.

También quiero un equipo revisando los registros de propiedad. ¿Quién más tenía acceso a esta casa? ¿Quién más conocía su existencia? Esa noche Ruis no durmió. Se quedó en su oficina de la comandancia de Huesca, rodeado de archivos antiguos. El expediente de Vicente Castellano era Delgado, nacido en 1903 en Torla, un pueblo cercano. Trabajó como guarda forestal durante 40 años. Se casó con Dolores Ara en 1930. Tuvieron un hijo, Antonio, en 1935. Pero había algo más, un recorte de periódico amarillento de 1956 encontrado entre los archivos municipales.

El titular decía: “Guarda forestal descubre restos humanos en cueva de Lordesa.” Ruiz leyó el artículo con creciente inquietud. Vicente Castellano había encontrado los restos de tres personas en una cueva remota, dos hombres y una mujer, según determinó el forense. Habían estado allí durante años, quizás décadas. Nunca fueron identificados. El caso se cerró como vagabundos desaparecidos durante la guerra civil. Coincidencia. Ruis no creía en coincidencias. A la mañana siguiente viajó a Torla. El pueblo era pequeño, apenas 200 habitantes, la mayoría ancianos.

En el bar del pueblo encontró a un grupo de hombres mayores jugando al mous. Disculpen, señores. Soy el sargento Ruiz de la Guardia Civil. Estoy investigando un caso antiguo. ¿Alguno de ustedes conoció a Vicente Castellano? Los hombres intercambiaron miradas. Finalmente, el mayor de ellos, un hombre de al menos 90 años con el rostro curtido por el sol de montaña, habló. Vicente. Claro que lo conocí. éramos vecinos cuando yo era niño. Murió hace 13 años. Exacto. ¿Qué puede decirme sobre él?

El anciano que se presentó como pascual dejó sus cartas sobre la mesa. Vicente era un hombre extraño, siempre lo fue. Vivía más en el bosque que en el pueblo. Decía que prefería la compañía de los árboles a la de las personas. Era violento, peligroso. Pascual se encogió de hombros. No que yo recuerde. Pero después de la guerra algo cambió en él. Se volvió más solitario, más raro. Raro. ¿Cómo? Hablaba de cosas extrañas, de voces en el bosque, de símbolos antiguos tallados en las cuevas.

Decía que había descubierto algo importante, algo que la gente no estaba lista para entender. Ruis sintió un escalofrío. Símbolos. ¿Qué tipo de símbolos? No lo sé. Nunca los vi. Pero Vicente estaba obsesionado con ellos. Pasaba días enteros en las cuevas dibujándolos, estudiándolos. Su mujer Dolores estaba preocupada. Pensaba que se estaba volviendo loco. Y su hijo Antonio. El niño casi no veía a su padre. Vicente lo ignoraba completamente. Cuando Antonio creció, se fue del pueblo lo más rápido que pudo.

No volvió hasta el funeral de su padre. Otro de los ancianos intervino. Hubo rumores. ¿Sabes? Después de que Vicente encontrara esos cuerpos en la cueva, la gente decía que él sabía más de lo que admitía, que quizás él mismo los había puesto allí. ¿Por qué pensaban eso? Porque la cueva donde los encontró era su lugar favorito. Iba allí constantemente y los cuerpos llevaban allí años, pero la cueva nunca había sido reportada como peligrosa o habitada. ¿Por qué Vicente nunca mencionó haber visto algo antes?

Pascual asintió. Siempre pensé que había algo oscuro en Vicente, algo roto, pero nunca se probó nada. Era guarda forestal, respetado por las autoridades. Nadie investigó demasiado. Ruis pasó el resto del día entrevistando a otros vecinos ancianos. Todos contaban historias similares. Vicente Castellano era un hombre solitario, obsesionado con las cuevas de Lordesa, que se había vuelto cada vez más extraño con los años. Pero nadie sabía nada sobre túneles o cámaras subterráneas. Si Vicente las había construido, había guardado el secreto perfectamente.

Esa noche, Ruis recibió una llamada del hospital. Era la doctora Marcos. Sargento, necesita venir inmediatamente. Ana Castellano ha hablado. Ruiz condujo a velocidad récord hasta Zaragoza. Llegó al hospital pasada la medianoche. La doctora Marcos lo esperaba fuera de la habitación de Ana. ¿Qué ha dicho? Solo una palabra, pero la ha repetido varias veces con mucha agitación. Marcos hizo una pausa. Ha dicho, “Él viene una y otra vez. Él viene. ¿Quién viene? No lo sabemos. No ha dicho nada más.

Pero está aterrorizada, sargento. Absolutamente aterrorizada. Ruiz entró a la habitación. Ana estaba despierta, sentada en la cama, abrazándose las rodillas. Sus ojos se fijaron en él con intensidad. Ana. dijo Ruiz suavemente, acercándose despacio. Soy el sargento Ruiz. Estás a salvo. Nadie va a hacerte daño. ¿Puedes decirme quién viene? Los labios de Ana se movieron. Su voz era apenas un susurro rasposo, como si no hubiera hablado en años, porque no lo había hecho. Él viene por nosotras. ¿Quién es él, Ana?

¿Quién te hizo esto? El guardián. El guardián. ¿Qué significa eso? Pero Ana había vuelto a su estado catatónico, mirando fijamente la pared, meciéndose ligeramente. Ruiz salió de la habitación con más preguntas que respuestas. El guardián. Vicente había sido un guardián. ¿Guardián de qué? Su teléfono sonó. Era uno de sus agentes en la casa del bosque. Sargento, hemos encontrado algo más. Debajo del suelo de la sala principal hay una caja enterrada, una caja de metal. Está cerrada con un candado muy antiguo.

¿Qué hacemos? No la abráis. Voy para allá. Ruis llegó a la casa al amanecer. El equipo forense había excavado cuidadosamente alrededor de la caja que ahora descansaba sobre una lona en el suelo de la sala principal. Era de metal oxidado de unos 60 cm de largo por 40 de ancho. El candado era antiguo de los que se usaban a principios del siglo XX. “¿Habéis intentado abrirlo?”, preguntó Ruiz. No, señor. Esperábamos sus órdenes. Traed las herramientas, vamos a forzarlo.

Tardaron 20 minutos en romper el candado corroído. Cuando finalmente la tapa se abrió con un chirrido metálico, todos se inclinaron para ver el contenido. Dentro había cuadernos, docenas de ellos con cubiertas de cuero desgastadas. Ruiz sacó el primero con cuidado. La primera página tenía una fecha, 15 de marzo de 1943 y un nombre. Vicente Castellano, Diario de Campo. Ruiz comenzó a leer en voz alta. Hoy he descubierto algo extraordinario en la cueva del Barranco Norte. Símbolos tallados en la roca, tan antiguos que ni siquiera el musgo los ha borrado completamente.

No son de ningún alfabeto que conozca. He pasado horas copiándolos. Debo estudiarlos más. Hay algo en estos símbolos, algo que llama que susurra secretos olvidados. Pasó varias páginas. Las entradas se volvían cada vez más obsesivas. 23 de abril de 1943. Los símbolos no son aleatorios. Forman patrones. Cuentan una historia. Una historia de algo que vivió en estas montañas hace milenios, algo que no era humano. 7 de mayo de 1943. Dolores dice que pasó demasiado tiempo en las cuevas.

No lo entiende. No puede entenderlo. Los símbolos me hablan ahora. Me muestran cosas. Me enseñan. 18 de junio de 1943. He encontrado la cámara central. Está profunda, muy profunda. Allí es donde ellos dejaron su legado. Allí es donde debo construir. Ruis sintió un nudo en el estómago. ¿Construir qué? Continuó leyendo. Las entradas saltaban varios años. El siguiente cuaderno estaba fechado en 1947. 12 de enero de 1947. El primer intento fue un fracaso. Los vagabundos que encontré en el camino no eran adecuados.

Demasiado débiles, demasiado rotos por la guerra. Los símbolos requieren algo más, algo puro. Ruis levantó la vista, su rostro pálido. Dios santo. Estaba experimentando con personas. Uno de los técnicos dijo, “Los cuerpos que encontró en 1956, él mismo los puso allí.” Ruiz continuó leyendo, saltando de cuaderno en cuaderno. La historia que emergía era de locura gradual, de obsesión que se convertía en psicosis. Vicente Castellano había creído que los símbolos en las cuevas eran mensajes de una civilización antigua, una civilización que había vivido en el Pirineo miles de años antes de los humanos modernos.

Según sus escritos delirantes, estos seres habían dejado conocimiento oculto, rituales, fórmulas para trascender la carne mortal. Y Vicente había dedicado su vida a descifrar ese conocimiento. Había construido el túnel y las cámaras durante décadas, trabajando solo de noche usando las cuevas naturales como base. Había experimentado con víctimas ocasionales, vagabundos, personas desaparecidas durante la guerra civil y la posguerra, gente que nadie echaría de menos. Pero todos habían fallado sus experimentos hasta que Ruiz llegó al último cuaderno. Estaba fechado en 1984, un año antes de la muerte de Vicente.

23 de octubre de 1984. Estoy viejo, enfermo, no me queda mucho tiempo, pero el trabajo debe continuar. Los símbolos han hablado, me han mostrado el camino. Necesito un sucesor, alguien de mi propia sangre. Alguien que entienda la importancia de esto. 15 de noviembre de 1984. Antonio me ha decepcionado. Es débil, mundano, pero sus hijas, mis nietas, hay algo en ellas, especialmente Laura. Tiene la edad correcta, el momento correcto. Se acerca. Debo preparar todo antes de morir. 28 de diciembre de 1984.

Todo está listo. Las cámaras están preparadas. Los símbolos están completos. Cuando llegue el momento, cuando mis nietas estén listas, alguien deberá traerlas aquí. Alguien que continúe mi trabajo. La última entrada estaba fechada el 10 de enero de 195, tr días antes de la muerte oficial de Vicente. Este es mi último día en este cuerpo mortal, pero no es el final. Los símbolos prometen continuidad, prometen transformación. He dejado instrucciones. He dejado el camino marcado. El guardián vendrá. El guardián sabrá qué hacer.

El ciclo continuará. Ruis cerró el cuaderno, sus manos temblando. ¿Qué demonios significa todo esto? El capitán Ferrer, que había llegado mientras Ruis leía, tomó uno de los cuadernos. Significa que Vicente Castellano estaba completamente loco y que preparó todo esto antes de morir. Pero hay algo que no cuadra. ¿Qué? Vicente murió en 1985. Las chicas desaparecieron en 1988. 3 años después. Si Vicente lo planeó todo, ¿quién la secuestró realmente? ¿Quién es el guardián que menciona? Ruis pensó en las palabras de Ana.

Él viene por nosotras. Quien sea, dijo lentamente. Todavía está ahí fuera y sabe que hemos encontrado a las chicas. Necesitamos protección policial en el hospital”, ordenó Ferrer inmediatamente. “24 horas. Y quiero vigilancia en la casa de los castellanos. También hay algo más”, dijo uno de los técnicos sacando un sobre amarillento del fondo de la caja. Esto estaba debajo de los cuadernos. Ruis abrió el sobre. Dentro había una fotografía antigua en blanco y negro, fechada en 1982. Mostraba a Vicente Castellano, ya muy anciano, de pie junto a otra persona.

Un hombre más joven de unos 30 años con una mirada intensa y perturbadora. Al dorso de la fotografía, con la letra temblorosa de Vicente había una nota. Mi verdadero heredero, el único que entendió. JMS, el guardián. JMS, murmuró Ruiz. Necesitamos identificar a este hombre ahora. Pero antes de que pudiera dar más órdenes, su teléfono sonó. Era el hospital. Sargento Ruiz tiene que venir inmediatamente. Ha habido un incidente. ¿Qué tipo de incidente? Alguien intentó entrar a la habitación de las hermanas castellano.

Un hombre. Los guardias de seguridad lo detuvieron, pero, sargento, él estaba cubierto de símbolos. Los mismos símbolos que ustedes encontraron en la casa. Ruis sintió que la sangre se le helaba. Lo tienen detenido. Sí, está en custodia, pero hay algo más. No dice nada, solo sonríe y dibuja símbolos en el aire con sus dedos. Una y otra vez voy para allá. Y capitán se volvió hacia Ferrer. Necesitamos refuerzos. Esto es más grande de lo que pensábamos. Mucho más grande.

Ruis llegó al hospital en 20 minutos. En la sala de seguridad, rodeado por cuatro guardias armados, estaba el hombre. Tendría unos 45 años, delgado, con barba descuidada y ojos que brillaban con una intensidad fanática. Sus brazos desnudos estaban completamente cubiertos de símbolos tatuados, los mismos que habían encontrado en la casa. ¿Cómo se llama?, preguntó Ruiz. El hombre sonrió, pero no respondió. Simplemente continuó moviendo sus dedos en el aire, trazando patrones invisibles. La doctora Marcos se acercó a Ruiz.

No ha dicho una sola palabra, pero mire esto. Le mostró una hoja de papel. El hombre había dibujado símbolos mientras esperaba, llenando completamente la página. Son exactamente iguales a los de la casa. Exactamente. Ruiz sacó la fotografía que habían encontrado en la caja. La comparó con el rostro del hombre detenido, más viejo, más delgado, pero sin duda era la misma persona. Es él, el guardián. Se sentó frente al hombre. Sé quién eres. Estabas con Vicente Castellano. Ayudaste a construir las cámaras.

Secuestraste a Laura y Ana. Por primera vez el hombre habló. Su voz era suave, casi melodiosa. No la secuestré. La salvé. Salvarlas. Las mantuviste cautivas durante 10 años. Las preparé como Vicente me enseñó. Los símbolos requieren tiempo, requieren transformación. Ellas estaban casi listas. ¿Listas para qué? El hombre se inclinó hacia delante, sus ojos brillando con fervor religioso. Para trascender, para convertirse en algo más que humano. Vicente lo entendió. Yo lo entendí. Pero ellas ellas escaparon demasiado pronto.

Arruinaron el proceso. Escaparon. No escaparon. Fueron encontradas. Una sombra cruzó el rostro del hombre. El fuego. Encendieron el fuego. La señal que no debían enviar. Y ustedes vinieron, destruyeron años de trabajo. Dame tu nombre completo ordenó Ruiz. El hombre sonrió. Juan Miguel Serrano. Pero ese nombre ya no importa. Soy el guardián. Eso es lo único que importa. ¿Dónde conociste a Vicente Castellano? En 1978. Yo era estudiante de arqueología en Zaragoza. Estaba investigando las cuevas del Pirineo para mi tesis.

Encontré los símbolos. Vicente me encontró a mí. me mostró la verdad. Qué verdad que esta tierra fue habitada por seres superiores hace milenios. Dejaron conocimiento grabado en piedra, rituales de transformación. Vicente dedicó su vida a decifrarlos. Cuando murió, me dejó su legado. Me pidió que continuara. ¿Por qué Laura y Ana? Porque eran su sangre. La sangre llama a la sangre. Los símbolos son más potentes con vínculos familiares. Vicente lo sabía. Por eso me pidió que esperara hasta que estuvieran listas.

1988 fue el año correcto. Las estrellas se alinearon. Todo era perfecto. Ruis sintió náuseas. Estás completamente loco. Loco. Juan Miguel rioó suavemente. Los he mantenido vivas durante 10 años en las profundidades de la tierra. Les he enseñado los símbolos. Las he alimentado con el conocimiento antiguo. Estaban tan cerca de completar la transformación. Tan cerca. Transformación en qué? En guardianas como yo, como Vicente quería ser, protectoras del conocimiento antiguo. Pero ahora su expresión se oscureció. Ahora todo está perdido.

Las trajeron de vuelta al mundo superficial. Las contaminaron con su medicina moderna, sus drogas. El proceso se ha revertido. Bien, dijo Ruiz firmemente, porque ese proceso era tortura y vas a pasar el resto de tu vida en prisión por lo que hiciste. Juan Miguel lo miró con lástima. No lo entiendes. Ninguno de ustedes entiende. Pero lo harán cuando los símbolos vuelvan a despertar, cuando la tierra recuerde lo que una vez fue, lo harán. Ruiz salió de la sala necesitando aire fresco.

El capitán Ferrer lo esperaba en el pasillo. Confesión completa y más. Está orgulloso de lo que hizo. Lo ve como un acto religioso. Necesitamos psiquiatras forenses aquí. Este tipo está profundamente perturbado. Ya están en camino. Mientras tanto, tenemos que averiguar si trabajó solo o si hay más como él. Durante los siguientes días, la investigación se expandió. Registraron la casa de Juan Miguel en un pueblo cerca de Ainsa. Lo que encontraron confirmó sus peores temores, más cuadernos, más símbolos y evidencia de que había estado vigilando a otras familias, otras candidatas potenciales para sus rituales retorcidos.

Afortunadamente, Laura Yana habían sido sus únicas víctimas. En el hospital, las hermanas comenzaron lentamente a recuperarse. Con terapia intensiva, Ana empezó a hablar más. Laura tardaría más. Su trauma era más profundo, pero mostraba signos de progreso. Antonio y Mercedes nunca dejaron su lado. 10 años de búsqueda, 10 años de dolor. Finalmente tenían a sus hijas de vuelta. Capítulo 5. El guardián Ruiz llegó al hospital en 20 minutos. En la sala de seguridad, rodeado por cuatro guardias armados, estaba el hombre.

Tendría unos 45 años, delgado, con barba descuidada y ojos que brillaban con una intensidad fanática. Sus brazos desnudos estaban completamente cubiertos de símbolos tatuados, los mismos que habían encontrado en la casa. ¿Cómo se llama?, preguntó Ruiz. El hombre sonrió, pero no respondió. Simplemente continuó moviendo sus dedos en el aire trazando patrones invisibles. La doctora Marcos se acercó a Ruiz. No ha dicho una sola palabra, pero mire esto. Le mostró una hoja de papel. El hombre había dibujado símbolos mientras esperaba, llenando completamente la página.

Son exactamente iguales a los de la casa. Exactamente. Ruis sacó la fotografía que habían encontrado en la caja. La comparó con el rostro del hombre detenido, más viejo, más delgado, pero sin duda era la misma persona. Es él, el guardián. Se sentó frente al hombre. Sé quién eres. Estabas con Vicente Castellano. Ayudaste a construir las cámaras. Secuestraste a Laura y Ana. Por primera vez el hombre habló. Su voz era suave. casi melodiosa. No la secuestré, la salvé.

Salvarlas. Las mantuviste cautivas durante 10 años. Las preparé, como Vicente me enseñó. Los símbolos requieren tiempo, requieren transformación. Ellas estaban casi listas. ¿Listas para qué? El hombre se inclinó hacia delante, sus ojos brillando con fervor religioso para trascender, para convertirse en algo más que humano. Vicente lo entendió. Yo lo entendí. Pero ellas ellas escaparon demasiado pronto. Arruinaron el proceso. Escaparon. No escaparon. Fueron encontradas. Una sombra cruzó el rostro del hombre. El fuego. Encendieron el fuego, la señal que no debían enviar y ustedes vinieron.

Destruyeron años de trabajo. Dame tu nombre completo ordenó Ruiz. El hombre sonrió. Juan Miguel Serrano. Pero ese nombre ya no importa. Soy el guardián. Eso es lo único que importa. ¿Dónde conociste a Vicente Castellano? En 1978. Yo era estudiante de arqueología en Zaragoza. Estaba investigando las cuevas del Pirineo para mi tesis. Encontré los símbolos. Vicente me encontró a mí. Me mostró la verdad. ¿Qué verdad que esta tierra fue habitada por seres superiores hace milenios? Dejaron conocimiento grabado en piedra, rituales de transformación.

Vicente dedicó su vida a decifrarlos. Cuando murió me dejó su legado. Me pidió que continuara. ¿Por qué Laura Yana? Porque eran su sangre. La sangre llama a la sangre. Los símbolos son más potentes con vínculos familiares. Vicente lo sabía, por eso me pidió que esperara hasta que estuvieran listas. 1988 fue el año correcto. Las estrellas se alinearon. Todo era perfecto. Ruis sintió náuseas. Estás completamente loco. Loco. Juan Miguel rió suavemente. Los he mantenido vivas durante 10 años en las profundidades de la tierra.

Les he enseñado los símbolos, las he alimentado con el conocimiento antiguo. Estaban tan cerca de completar la transformación. Tan cerca. Transformación en qué? En guardianas como yo, como Vicente quería ser, protectoras del conocimiento antiguo. Pero ahora su expresión se oscureció. Ahora todo está perdido. Las trajeron de vuelta al mundo superficial. Las contaminaron con su medicina moderna, sus drogas. El proceso se ha revertido. Bien, dijo Ruiz firmemente, porque ese proceso era tortura. Y vas a pasar el resto de tu vida en prisión por lo que hiciste.

Juan Miguel lo miró con lástima. No lo entiendes. Ninguno de ustedes entiende. Pero lo harán cuando los símbolos vuelvan a despertar, cuando la tierra recuerde lo que una vez fue, lo harán. Ruis salió de la sala necesitando aire fresco. El capitán Ferrer lo esperaba en el pasillo. Confesión completa y más. Está orgulloso de lo que hizo. Lo ve como un acto religioso. Necesitamos psiquiatras forenses aquí. Este tipo está profundamente perturbado. Ya están en camino. Mientras tanto, tenemos que averiguar si trabajó solo o si hay más como él.

Durante los siguientes días, la investigación se expandió. Registraron la casa de Juan Miguel en un pueblo cerca de Ainsa. Lo que encontraron confirmó sus peores temores, más cuadernos, más símbolos y evidencia de que había estado vigilando a otras familias, otras candidatas potenciales para sus rituales retorcidos. Afortunadamente, Laurayana habían sido sus únicas víctimas. En el hospital, las hermanas comenzaron lentamente a recuperarse. Con terapia intensiva, Ana empezó a hablar más. Laura tardaría más. Su trauma era más profundo, pero mostraba signos de progreso.

Antonio y Mercedes nunca dejaron su lado. 10 años de búsqueda, 10 años de dolor. Finalmente tenían a sus hijas de vuelta. Capítulo 6. El despertar. 6 meses después. Primavera de 1999. Laura Castellano estaba sentada en el jardín de la clínica de rehabilitación psiquiátrica en las afueras de Zaragoza. Había ganado peso, su cabello había crecido. Y aunque las sombras nunca abandonarían completamente sus ojos, había destellos de la mujer que una vez fue. Ana se sentó junto a ella.

Las hermanas se tomaron de las manos un gesto que repetían constantemente, como si necesitaran la confirmación física de que la otra estaba realmente allí. ¿Recuerdas el último día?, preguntó Ana suavemente. Era una pregunta que se hacía a menudo tratando de reconstruir lo que habían perdido. Recuerdo el fuego respondió Laura, su voz más fuerte ahora. Después de tantos años en la oscuridad, finalmente encontramos cerillas viejas en una de las cajas. Encendimos el fuego en la chimenea. Sabíamos que alguien podría verlo.

Era nuestra última esperanza. Y funcionó. Sí, funcionó. El sargento Ruiz las visitaba semanalmente. Ese día había traído noticias. Juan Miguel Serrano ha sido declarado mentalmente incompetente para ir a juicio. Será internado en una institución psiquiátrica de máxima seguridad de por vida. Y la casa preguntó Antonio, que también estaba presente. Está siendo demolida. El Ayuntamiento ordenó su destrucción completa, incluidos los túneles. Será sellada. Nadie más entrará allí nunca. Mercedes abrazó a sus hijas. Se acabó. Finalmente se acabó, pero Laura miró hacia las montañas distantes, hacia el pirineo.

Los símbolos, murmuró. Todavía están allí en las cuevas. Nadie puede destruirlos. Son solo piedras talladas, dijo Ruiz suavemente. No tienen poder real. Laura lo miró directamente. ¿Estás seguro? Estuvimos allí abajo 10 años. Los vimos cada día, los copiamos. mil veces porque él nos obligaba. Y puedo decirte, hay algo en ellos, algo que no entendemos. Vicente no estaba completamente loco. Encontró algo real, algo antiguo, algo que quizás debería permanecer olvidado. Un escalofrío recorrió a todos los presentes. Ana apretó la mano de su hermana.

Pero nosotras sobrevivimos, eso es lo que importa. Sobrevivimos. Años después, las hermanas castellanos reconstruirían sus vidas lentamente. Laura nunca volvió a la biología, pero se convirtió en defensora de víctimas de secuestro. Ana completó su carrera de medicina especializándose en trauma psicológico. Juntas escribieron un libro sobre su experiencia, ayudando a otras víctimas a encontrar esperanza en la oscuridad. La casa en el bosque de Ordesa fue efectivamente demolida. Los túneles fueron sellados con hormigón. Los cuadernos de Vicente Castellano fueron archivados en los registros criminales, accesibles solo para investigadores autorizados.

Juan Miguel Serrano murió en 2007 en la institución psiquiátrica sin haber recuperado nunca la cordura. Hasta su último día siguió dibujando símbolos. En cuanto a los símbolos mismos, las autoridades enviaron equipos de arqueólogos a las cuevas. Confirmaron que eran antiguos, posiblemente de la edad de bronce, pero no encontraron nada sobrenatural en ellos. Solo el arte de una civilización olvidada. Sin embargo, los lugareños todavía evitan ciertas cuevas de Lordesa y en las noches sin luna, algunos juran ver luces extrañas moviéndose entre los árboles cerca de donde una vez estuvo la casa.

Laura y Ana nunca regresaron a esas montañas. Algunas cicatrices son demasiado profundas para sanar completamente, pero encontraron paz en saber que habían sobrevivido lo imposible, que habían salido de la oscuridad literal y figurativa y que su historia ayudaría a otros a encontrar su propio camino de regreso a la luz. Los símbolos permanecen en las cuevas silenciosos testigos de locura y obsesión, recordatorios de que a veces los monstruos más terribles no vienen de las leyendas antiguas, sino de la mente humana retorcida por la obsesión.

y que la verdadera transformación no viene de rituales oscuros, sino de la fuerza del espíritu humano para sobrevivir, sanar y finalmente vivir de nuevo, vivir