Hallaron su cuaderno… la última página nunca debió escribirse

En mayo de 2017, la cordillera blanca del Perú registró una desaparición que hasta hoy no tiene respuesta. No hubo tormenta, no hubo avalancha, no hubo llamada de auxilio, solo el silencio de una montaña que devolvió un cuaderno, pero no a su dueño. Un montañista experimentado, conocido en los círculos de alpinismo, por su meticulosidad y respeto por el protocolo, ingresó al Parque Nacional Huascarán para realizar una ruta de aclimatación. No era una expedición de alto riesgo, era una travesía conocida, documentada, transitada incluso por grupos familiares en temporada alta.

Él llevaba años de experiencia, equipo completo, un plan claro y un cuaderno donde anotaba cada detalle del camino. Durante 4 días todo fue normal. Sus registros mostraban ascenso controlado, clima estable, condiciones óptimas. Luego dejó de responder, no al campamento base, no a su familia, no a nadie. Cuando el equipo de rescate lo encontró tres días después, no encontraron a un hombre. encontraron su mochila, su bastón, su cuaderno. Todo estaba ahí ordenado, protegido, como si alguien lo hubiera dispuesto con cuidado antes de irse.

Pero él no estaba y nunca más apareció. Lo que más perturbó a los rescatistas no fue la ausencia del cuerpo, fue la última página del cuaderno. Las anotaciones previas eran técnicas, precisas, rutinarias, pero la última entrada hablaba de algo distinto, de un camino que se repetía, de un silencio que no debería existir en una montaña con viento, de una sensación que él, un hombre acostumbrado a la soledad de las alturas, describió con una sola palabra. equivocado. El cuaderno terminaba ahí sin despedida, sin explicación, sin una última coordenada, solo esa palabra y el vacío que vino después.

Hoy vas a conocer lo que encontraron en esas páginas y lo que nunca lograron explicar. Capítulo 1. Una travesía sin riesgos aparentes. La ruta elegida por el montañista era la quebrada, un sendero de aclimatación dentro del parque nacional Huascarán, que miles de excursionistas recorren cada año sin incidentes graves. No se trataba de una expedición técnica hacia cumbres de más de 6000 m, ni de travesías por glaciares activos o zonas de grietas ocultas. era, en términos del alpinismo andino, una ruta de aproximación, el tipo de camino que se usa para preparar el cuerpo antes de intentar ascensos más exigentes.

La altitud máxima planeada era de 4700 m sobre el nivel del mar, una cifra moderada para alguien con su experiencia. El sendero estaba marcado, documentado en mapas oficiales del parque y transitado incluso por turistas sin experiencia técnica durante la temporada seca. El montañista había llegado a Guaraz tres días antes del inicio de la travesía. Según los registros del albergue donde se hospedó, pasó ese tiempo revisando equipos, comprando provisiones y aclimatándose a los 3000 m de altitud de la ciudad.

No mostró signos de apresuramiento ni de subestimar la montaña, todo lo contrario. Consultó con guías locales sobre el estado del sendero, verificó el pronóstico meteorológico y dejó una copia detallada. de su itinerario en la oficina del parque. Ese itinerario indicaba 5 días de caminata con retorno programado para el 18 de mayo. En caso de no regresar en esa fecha, el protocolo exigía activar la búsqueda de inmediato. El equipo que llevaba consigo era completo y apropiado para las condiciones esperadas.

Mochila de 60 L con sistema de hidratación. Carpa de alta montaña resistente a vientos de hasta 80 km porh. Saco de dormir clasificado para temperaturas de -15º. Celus, hornilla de gas. GPS portátil con baterías de repuesto. Radio de emergencia sintonizada en la frecuencia del parque, botiquín, alimentos liofilizados. para 7 días y ropa técnica adecuada para clima frío y variable. También llevaba casco, bastones de treking ajusta, lentes de alta protección UV y crema solar de factor 50. No había nada improvisado, no había nada que sugiriera negligencia.

Era el perfil exacto de un montañista responsable que conocía los riesgos y sabía cómo mitigarlos. Durante los dos primeros días, otros excursionistas lo vieron en el sendero. Uno de ellos, un guía peruano que trabajaba con turistas europeos, declaró haberlo saludado en el campamento intermedio conocido como Pamp Payaca, ubicado a 4200 met de altitud. Según ese testimonio, el montañista estaba de buen ánimo, sin signos de mal de altura ni fatiga. Intercambiaron comentarios breves sobre el clima y sobre la belleza del valle.

El guía recordó que el hombre mencionó que era su tercera visita a la cordillera blanca y que esta vez quería tomarse el tiempo necesario para observar el paisaje sin prisas. No había urgencia. No había tensión, solo un hombre disfrutando de la montaña con la tranquilidad de quien sabe dónde está y qué está haciendo. El último contacto directo que se tiene de él con otro ser humano ocurrió al final del segundo día, cuando un grupo de montañistas chilenos acampó cerca de su carpa.

Ellos no conversaron largamente, solo intercambiaron saludos cordiales y comentaron sobre las estrellas visibles esa noche. Uno de los chilenos recordó haber escuchado música suave proveniente de la carpa del montañista alrededor de las 9 de la noche y luego todo quedó en silencio. A la mañana siguiente, cuando el grupo chileno se despertó, la carpa del hombre ya no estaba. Asumieron que había partido temprano, algo común entre quienes prefieren caminar con las primeras luces del día para evitar el sol intenso de la tarde.

No les pareció extraño, no les pareció preocupante. Era simplemente otro montañista siguiendo su propio ritmo en una montaña donde cada uno avanza según su plan personal. Pero lo que ninguno de ellos sabía en ese momento era que ese hombre nunca llegaría al siguiente campamento, nunca regresaría al punto de partida y nunca volvería a ser visto con vida. Lo único que la montaña devolvería sería su cuaderno, su mochila y un conjunto de preguntas que hasta hoy permanecen sin respuesta.

Porque en algún momento de esa mañana, en una ruta considerada segura, algo cambió, algo que ni el equipo, ni la experiencia, ni el conocimiento del terreno pudieron prever ni evitar. Capítulo 2. El cuaderno como registro del avance. El cuaderno que el montañista llevaba consigo no era un diario personal en el sentido convencional, no contenía reflexiones filosóficas, ni descripciones poéticas del paisaje, ni pensamientos íntimos sobre la vida o la soledad. Era un registro técnico, un documento de trabajo que cualquier montañista experimentado reconocería de inmediato como parte de una práctica profesional estándar.

Cada página estaba dividida en columnas donde anotaba hora, altitud, temperatura, condiciones del viento, estado del sendero y sensaciones físicas. Era, en esencia una bitácora de navegación terrestre diseñada para monitorear el propio cuerpo y el entorno en tiempo real. La primera entrada correspondía al 14 de mayo a las 6:30 de la mañana, momento en que inició la caminata desde el poblado de Yaca, punto de partida oficial de la ruta. La anotación era breve pero precisa. Altitud 3850 m sobre el nivel del mar, cielo despejado.

Temperatura 8ºC, mochila ajustada sin molestias. sendero en buenas condiciones. La caligrafía era ordenada, legible, sin prisas. No había signos de nerviosismo ni de ansiedad. Era el registro de alguien que estaba cumpliendo con un procedimiento rutinario, casi mecánico, pero necesario. A lo largo de ese primer día realizó cinco anotaciones más, todas ellas igualmente técnicas. registró el cruce de un arroyo a las 9:15, una pausa para hidratación a las 11:00, el avistamiento de una manada de vicuñas a las 14:30 y la instalación de la carpa a las 17:45 a una altitud de 4100 m.

La última línea de ese día decía cuerpo respondiendo bien, sin cefalea, apetito normal, noche clara. El segundo día mantuvo el mismo patrón de registro. Las anotaciones comenzaron a las 7 de la mañana y documentaron un ascenso gradual hacia la zona conocida como Pampayaca. El montañista anotó que el terreno se volvía más pedregoso, que el viento aumentaba levemente en intensidad y que la vegetación comenzaba a escasear a medida que ganaba altura. A las 10:30 registró un encuentro con el guía peruano que posteriormente daría testimonio a las autoridades.

La anotación era simple. Conversación con guía local. confirma buen estado del sendero adelante sin reportes de problemas recientes. Esa noche acampó a 4350 m y cerró la jornada con una observación breve. Respiración ligeramente acelerada en reposo. Normal para la altitud. Hidratación constante, todo según lo esperado. El tercer día fue el último en el que las anotaciones mantuvieron esa normalidad técnica y predecible. El montañista despertó temprano, según indicaba la primera entrada fechada a las 5:45 de la mañana.

registró una temperatura de 2º Celus, cielo parcialmente nublado y ausencia de viento fuerte. Durante esa jornada alcanzó los 4600 m de altitud, acercándose al límite superior de su plan de aclimatación. Las anotaciones seguían siendo coherentes, sin signos de confusión o desorientación. A las 12 del mediodía escribió: “Laguna glaciar visible a 300 m al oeste, color turquesa intenso, superficie parcialmente congelada. A las 15:30 documentó una pausa prolongada para descanso y comida y a las 1800, al instalar la carpa en lo que sería su último campamento documentado, escribió algo que en retrospectiva adquiere un peso inquietante.

Silencio inusual, sin aves, sin viento, sensación de amplitud vacía. Esa fue la penúltima anotación técnica del cuaderno. Hasta ese momento, todo encajaba dentro de lo esperado para una travesía de alta montaña. Los registros eran claros, ordenados, sin contradicciones. No había menciones a dolor de cabeza severo, náuseas, vómitos o cualquier otro síntoma de mal agudo de montaña. No había referencias a equipos dañados, provisiones insuficientes o condiciones meteorológicas peligrosas. No había nada que sugiriera que algo estaba saliendo mal.

Y sin embargo, lo que vendría después en esas páginas no seguiría la misma lógica. La última entrada estaba fechada en la madrugada del cuarto día, 17 de mayo, a las 4:20 de la mañana. No era la hora habitual en la que el montañista realizaba sus anotaciones. Era demasiado temprano, incluso para alguien acostumbrado a madrugar en la montaña. La caligrafía seguía siendo legible, pero algo había cambiado en el tono. Ya no era un registro técnico, ya no había columnas organizadas ni dato de altitud o temperatura.

Era un texto corrido, escrito de forma continua, sin pausas evidentes entre las frases. Decía lo siguiente. Desperté sin razón clara. No hubo ruido, no hubo frío repentino. Salí de la carpa. El sendero que recorrí ayer está frente a mí otra vez. Las mismas rocas, la misma disposición, como si no hubiera avanzado. Reviso el GPS. Marca la posición correcta. Pero el terreno no coincide. Hay algo equivocado en el espacio. El silencio no tiene eco. No debería ser posible.

Ahí terminaba el texto. No había más anotaciones. No había una firma de despedida. No había coordenadas finales, no había una explicación de qué pensaba hacer a continuación. Solo esas palabras escritas en la oscuridad de una madrugada andina por un hombre que sabía leer montañas, pero que en ese momento parecía haber encontrado algo que no encajaba en ningún mapa. Y después de esas palabras, solo quedó el vacío, un vacío que los equipos de rescate encontrarían tres días más tarde, cuando el cuaderno apareció entre las rocas intacto, protegido, esperando ser leído como si fuera un mensaje dejado deliberadamente para quien viniera después.

Capítulo 3. El momento en que cesa el contacto. El 18 de mayo de 2017, a las 1400 horas, la oficina de guardaparques del Parque Nacional Huascarán recibió una llamada telefónica desde Lima. Era la esposa del montañista, quien había intentado comunicarse con él durante las últimas 36 horas sin obtener respuesta. explicó que su esposo tenía por costumbre enviar mensajes de texto breves cada dos días desde poblados cercanos cuando bajaba a zonas con cobertura móvil o al menos hacer una llamada rápida para confirmar que todo estaba bien.

El último mensaje había llegado el 15 de mayo desde Guaraz antes de iniciar la caminata. Desde entonces, solo silencio. La mujer conocía bien los protocolos de su esposo. Sabía que él no era imprudente, que no tomaba riesgos innecesarios y que siempre cumplía con los plazos establecidos. Por eso su voz, aunque controlada, dejaba entrever una preocupación que iba más allá de la simple demora. El guardaparque, que atendió la llamada revisó de inmediato el registro de itinerarios depositados en la oficina.

confirmó que el montañista había dejado un plan detallado 5co días antes, con fecha de retorno programada para ese mismo día 18 de mayo. Según el protocolo interno del parque, cualquier excursionista que no regresara dentro de las 24 horas posteriores a la fecha declarada debía ser considerado en situación de riesgo potencial. Sin embargo, dado que la esposa ya estaba reportando falta de comunicación desde hacía más de un día y que el perfil del montañista era el de una persona experimentada y meticulosa, se tomó la decisión de activar el operativo de búsqueda de inmediato, sin esperar el plazo reglamentario completo.

A las 15:30 del mismo día, un equipo de tres guardaparques equipados con radios, GPS y equipo de primeros auxilios partió hacia la quebrada, siguiendo el itinerario que el hombre había dejado registrado. Durante las primeras horas de búsqueda, el equipo avanzó sin encontrar señales de emergencia. No había marcas de auxilio en el sendero, no había prendas abandonadas, no había señales de fuego ni destellos de espejos de señalización. El clima en la zona había sido estable durante toda la semana.

Los registros meteorológicos del parque indicaban temperaturas nocturnas entre 0ºC y -5ºC, vientos moderados de entre 15 y 25 km/h y ausencia total de precipitaciones, niebla densa o tormentas eléctricas. No había ocurrido ninguna avalancha reportada en la cordillera blanca durante ese periodo. No se habían registrado desprendimientos de rocas, deslizamientos de tierra ni actividad sísmica significativa en la región. En términos técnicos, las condiciones habían sido ideales para una travesía de montaña. No había ningún factor ambiental evidente que pudiera explicar una emergencia súbita.

Al caer la noche del primer día de búsqueda, los guardaparques establecieron un campamento temporal a 4200 m de altitud y solicitaron refuerzos por radio. A la mañana siguiente, el equipo de búsqueda se amplió a siete personas, incluyendo dos guías de alta montaña con experiencia en rescate y un médico especializado en medicina de altura. También se incorporó un perro entrenado en búsqueda y rescate, un pastor alemán llamado Inti, que había participado en operativos previos en la zona con resultados exitosos.

El animal fue expuesto a una prenda de ropa del montañista que su esposa había enviado desde Lima en un vuelo de emergencia coordinado con las autoridades. Inti registró el olor, pero durante las siguientes 6 horas de rastreo en la zona del último campamento esperado según el itinerario, el perro no mostró ninguna reacción de alerta. No detectó rastro humano reciente fuera del sendero principal. No señaló ninguna dirección específica, simplemente avanzaba siguiendo el camino marcado sin indicar desviaciones. Fue durante la tarde del segundo día de búsqueda, 19 de mayo, cuando uno de los guardaparques encontró la primera evidencia física.

A aproximadamente 4,550 m de altitud, en una zona de terreno pedregoso, a pocos metros del sendero principal, estaba la mochila del montañista. No estaba oculta, no estaba enterrada, no estaba dañada, estaba simplemente apoyada contra una roca de forma vertical, como si alguien la hubiera colocado ahí con cuidado antes de alejarse. La cremallera principal estaba cerrada, las correas estaban ajustadas, no había signos de haber sido arrastrada por el viento ni de haber caído desde alguna altura. Junto a la mochila, a menos de un metro de distancia, estaba uno de los bastones de treking del hombre, también

en posición vertical, clavado entre las piedras pequeñas del suelo y debajo de la mochila, protegido parcialmente por su peso, estaba el cuaderno. El equipo de rescate aseguró la zona de inmediato y comenzó a documentar el hallazgo con fotografías y mediciones precisas. Abrieron la mochila con guantes para preservar cualquier evidencia. En el interior encontraron todos los elementos esperados, la carpa plegada y guardada en su funda, el saco de dormir comprimido dentro de su bolsa de transporte, la ropa técnica ordenada en compartimentos separados, los alimentos sin abrir, el botiquín intacto, la hornilla de gas con el cartucho todavía con combustible, el GPS portátil apagado, pero con baterías funcionales y la radio de emergencia, también apagada y operativa.

No faltaba nada, no había sido saqueada, no mostraba signo de forcejeo, rasgaduras o violencia. Todo estaba en su lugar, como si el dueño hubiera decidido simplemente dejar su equipo ahí y continuar sin él. Lo que más desconcertó al equipo fue la ausencia total de huellas claras. alrededor de la mochila. El terreno pedregoso no permitía la formación de huellas definidas como en tierra suave o nieve. Pero en una búsqueda de rescate experimentada siempre hay pequeños indicios: piedras movidas, tierra removida, marcas de arrastre, ramas rotas, vegetación aplastada.

Sin embargo, en un radio de 20 m alrededor del hallazgo, no había nada que indicara movimiento humano reciente más allá del sendero principal, que miles de excursionistas habían transitado en los meses previos. Era como si la mochila y el bastón hubieran sido colocados ahí sin que nadie hubiera caminado hasta ese punto o como si alguien hubiera caminado con un cuidado extremo de no dejar rastro, algo prácticamente imposible en terreno de alta montaña, donde cada paso deja algún tipo de marca visible para un rastreador entrenado.

El GPS portátil fue encendido de inmediato por uno de los técnicos del equipo de rescate. El dispositivo funcionaba perfectamente. La última posición registrada correspondía a las coordenadas exactas donde se encontraba la mochila. 9 gr 28 minut 15 segundos sur 77 gr 26 minutos y 42 segundos oeste a 4551 m sobre el nivel del mar. La última actualización de posición había sido registrada el 16 de mayo a las 18:47 horas, momento en que el montañista habría estado instalando su campamento según su rutina habitual.

Después de esa hora, el dispositivo había sido apagado manualmente. No había registro de desplazamiento posterior. No había un track de ruta que indicara un cambio de dirección. una desviación accidental o un intento de descenso de emergencia. Simplemente el GPS había sido apagado en ese punto y el hombre había dejado de moverse o había dejado de llevar el GPS consigo, algo absolutamente inusual en un montañista experimentado que sabía que ese dispositivo podía ser la diferencia entre la vida y la muerte en caso de emergencia.

La radio de emergencia también fue revisada. Estaba sintonizada en la frecuencia 156,800 MHz, el canal 16 de emergencia marítima que también se usa en operaciones de rescate de montaña en el Perú. Las baterías tenían carga suficiente para al menos 48 horas de transmisión continua. Pero no había registro de ningún intento de llamada. No había mensajes grabados en la memoria interna del dispositivo. No había señales de que el montañista hubiera intentado pedir ayuda en ningún momento. Y eso era lo que más inquietaba a los rescatistas.

Porque incluso en situaciones de desorientación, hipotermia o pánico, el instinto humano básico es intentar comunicarse, pedir auxilio, dejar algún tipo de señal. Pero este hombre, que había llevado consigo todos los medios para hacerlo, aparentemente no lo había intentado ni una sola vez. El cuaderno fue el último objeto examinado en esa tarde del 19 de mayo. Los guardaparques lo abrieron con cuidado, esperando encontrar quizás una explicación, una pista, una última anotación que aclarara qué había sucedido. y lo que encontraron fue lo que ya conoces, los registros técnicos ordenados de los primeros días y luego esa última entrada escrita en la madrugada del 17 de mayo.

Esas palabras sobre un sendero que se repetía, sobre un silencio sine eco, sobre algo equivocado en el espacio. palabras que no ofrecían respuestas, sino que habrían un conjunto completamente nuevo de preguntas que nadie en ese equipo de rescate estaba preparado para responder. Capítulo 4. El hallazgo del cuaderno. La noche del 19 de mayo, el equipo de rescate estableció un campamento de operaciones a menos de 100 met del lugar donde habían encontrado la mochila. La decisión de permanecer en el sitio no era únicamente por razones logísticas, sino porque existe un principio básico en búsqueda y rescate

en montaña, que establece que el punto donde se encuentra el equipo de una persona desaparecida suele estar cerca del lugar donde esa persona tuvo su último momento de lucidez o decisión consciente. En teoría, si el montañista había dejado su mochila ahí, su cuerpo no debería estar lejos. Podría haber sufrido un colapso súbito, una caída no visible desde el sendero, un episodema cerebral causado por la altitud incluso un simple tropiezo que lo llevara a rodar por una pendiente oculta entre las formaciones rocosas.

Pero la búsqueda exhaustiva de esa noche y de todo el día siguiente no produjo ningún hallazgo adicional. Los rescatistas dividieron la zona en cuadrantes de búsqueda siguiendo protocolos estándar. Peinaron cada metro cuadrado en un radio de 500 m alrededor del punto donde estaba la mochila. revisaron grietas, ondonadas, áreas de vegetación baja, acumulaciones de rocas que pudieran ocultar un cuerpo y cualquier irregularidad del terreno que pudiera sugerir un lugar donde alguien hubiera caído o se hubiera refugiado. Utilizaron silvatos de emergencia cada 15 minutos, esperando que si el hombre estaba herido y consciente pudiera responder de alguna manera.

Encendieron bengalas durante la noche para iluminar áreas extensas y hacer visible cualquier movimiento o reflejo de ropa técnica. El perro de rescate fue empleado en múltiples recorridos, siempre partiendo del punto central donde estaba la mochila, pero en ninguna ocasión mostró señales de haber detectado rastro humano fuera del sendero principal. Uno de los guías de alta montaña, un hombre llamado Raúl, que había trabajado en la cordillera blanca durante más de 20 años, expresó en su informe posterior algo que incomodó al resto del equipo.

dijo que en toda su experiencia de rescates en montaña jamás había visto un caso donde el equipo estuviera tan perfectamente conservado y organizado sin que hubiera un cuerpo cerca. explicó que cuando una persona sufre hipotermia avanzada, uno de los síntomas es la llamada desnudez paradójica, un fenómeno en el que la víctima siente un calor intenso, ilusorio y comienza a quitarse la ropa de forma desordenada. Cuando hay un accidente traumático, siempre quedan marcas: sangre en las rocas, equipo desperdigado, huellas de arrastre.

Cuando hay desorientación por mal de altura, las personas suelen dejar objetos a lo largo de un recorrido errático, como un rastro involuntario de su confusión mental. Pero en este caso no había nada de eso, solo una mochila colocada verticalmente, un bastón clavado en el suelo y un cuaderno protegido debajo. Era, en palabras de Raúl, como si alguien hubiera preparado una escena para ser encontrada. El cuaderno se convirtió rápidamente en el centro de atención del equipo de rescate, no solo por su contenido, sino por el estado en el que se encontraba.

El clima en alta montaña es implacable con el papel. la humedad de las heladas nocturnas, la condensación de las madrugadas, el viento que arrastra polvo y partículas de hielo. Todo eso deteriora rápidamente cualquier material orgánico expuesto. Sin embargo, el cuaderno estaba en condiciones casi perfectas. Las páginas no mostraban humedad excesiva, no estaban arrugadas ni despegadas, no había signos de exposición prolongada a los elementos. La tinta de las anotaciones era perfectamente legible, sin manchas ni borrones causados por agua.

Incluso la cubierta de cartón del cuaderno estaba intacta, sin desgaste visible. Uno de los guardaparques, que también tenía formación en criminalística básica, estimó que el cuaderno no podía haber estado expuesto más de 24 a 36 horas como máximo, pero según la cronología conocida deberían haber pasado al menos 72 horas desde la última anotación hasta el momento del hallazgo. Las autoridades del parque tomaron fotografías de cada página del cuaderno antes de enviarlo a Lima para análisis forense. Querían preservar no solo el contenido escrito, sino también cualquier detalle que pudiera ser relevante.

Presión de la escritura, inclinación de las letras, espaciado entre palabras, presencia de borrones o correcciones. Un experto en grafología fue consultado de manera informal durante los días siguientes, aunque su análisis nunca formó parte del informe oficial. Según sus observaciones preliminares, la caligrafía en las primeras páginas del cuaderno mostraba un trazo firme, regular, con presión constante, indicativo de una persona en estado mental, tranquilo y concentrado. Pero la última entrada, aquella escrita en la madrugada del 17 de mayo, mostraba sutiles cambios.

La presión del bolígrafo era ligeramente más intensa, en algunas palabras, como si la mano hubiera temblado o presionado más de lo necesario. Las líneas no seguían perfectamente la pauta del cuaderno, sino que bajaban levemente hacia la derecha, un indicador de escritura realizada en condiciones de estrés o con poca luz. Y había algo más. Ciertas palabras habían sido escritas con una pausa notable entre ellas, como si el autor hubiera estado pensando cuidadosamente cada término antes de anotarlo. La frase “El silencio no tiene eco, fue la que más análisis generó entre quienes leyeron el cuaderno.

Desde un punto de vista literal, era una contradicción. El silencio, por definición, no produce sonido, por lo tanto, no puede generar eco. Pero varios miembros del equipo de rescate interpretaron esa frase de otra manera. En la montaña, incluso en momentos de calma aparente, siempre hay sonido. El viento rozando las rocas, el crujido de los glaciares en la distancia, el goteo del agua de descielo, el propio sonido de la respiración amplificado por la altitud. Y cuando una persona emite un grito o un sonido fuerte en un valle o quebrada, casi siempre hay algún tipo de eco o reverberación, incluso si es débil.

Entonces, ¿a qué tipo de silencio se refería el montañista? ¿A un silencio tan absoluto que incluso los sonidos propios desaparecían? ¿O estaba describiendo algo más? algo que su mente no podía procesar de forma racional y que intentaba expresar con las palabras más cercanas que encontraba. Otro elemento que llamó la atención fue la referencia al GPS. El montañista había escrito: “Reviso, el GPS marca la posición correcta, pero el terreno no coincide.” Esto planteaba una disyuntiva técnica compleja. Si el GPS indicaba la posición correcta, entonces los satélites estaban funcionando adecuadamente y el dispositivo estaba calculando latitud, longitud y altitud sin errores.

Pero si el terreno no coincidía con lo que el hombre esperaba ver en esas coordenadas. Eso significaba que o bien había un fallo masivo en su memoria espacial y capacidad de orientación, algo extremadamente raro en un montañista experimentado que llevaba días caminando por el mismo sendero. o bien estaba experimentando algún tipo de desorientación cognitiva severa causada por hipoxia cerebral, es decir, falta de oxígeno en el cerebro debido a la altitud. Sin embargo, los registros previos del cuaderno no mostraban ningún síntoma progresivo de mal de altura.

No había menciones a dolor de cabeza creciente, náuseas, mareos o confusión. El deterioro cognitivo por altitud no aparece de forma súbita en la madrugada sin señales previas. Se desarrolla gradualmente a lo largo de horas o días. El equipo de rescate también intentó replicar el recorrido exacto que el montañista había descrito en su cuaderno. Siguieron sus coordenadas GPS, verificaron las altitudes registradas, identificaron los puntos de referencia que había mencionado, como la laguna glaciar de color turquesa. Todo coincidía perfectamente.

El sendero era lineal, bien definido, sin bifurcaciones engañosas ni zonas donde fuera fácil perder la orientación. No había áreas donde el terreno se repitiera de forma confusa, ni formaciones rocosas idénticas que pudieran generar la sensación de estar caminando en círculos. Y sin embargo, el hombre había escrito con total claridad que el sendero que recorrió el día anterior estaba frente a él otra vez, con las mismas rocas, la misma disposición, como si no hubiera avanzado. Era una descripción imposible desde el punto de vista topográfico, pero inquietantemente específica desde el punto de vista testimonial.

Durante la tercera noche de búsqueda, uno de los guardaparques más jóvenes del equipo pidió permiso para dormir en una de las carpas del campamento base en lugar de quedarse en la zona del hallazgo. Cuando se le preguntó el motivo, respondió que no se sentía cómodo, permaneciendo cerca del lugar donde estaba la mochila. explicó que durante la tarde, mientras realizaba un recorrido de búsqueda solo, había experimentado una sensación extraña que no podía describir con precisión. No era miedo exactamente, ni tampoco incomodidad física.

Era algo más sutil, la impresión de que el espacio alrededor de ese punto específico no se comportaba como debería. dijo que cuando gritaba el nombre del montañista desaparecido, su propia voz sonaba apagada, como si el aire absorbiera el sonido más rápido de lo normal. Otros miembros del equipo le restaron importancia, atribuyendo sus palabras al cansancio y al estrés emocional acumulado después de 3 días de búsqueda infructuosa. Pero nadie pudo negar que ese comentario resonaba de forma incómoda con la última frase que el montañista había escrito en su cuaderno.

El silencio no tiene eco. El cuaderno fue finalmente enviado a Lima el 22 de mayo junto con el resto del equipo recuperado para ser analizado por expertos forenses y lingüistas. Pero las conclusiones oficiales nunca aportaron claridad. No se encontraron huellas dactilares ajenas a las del propio montañista. No había sustancias químicas extrañas en las páginas. No había indicios de alteración o falsificación del contenido. era en todos los aspectos técnicos verificables exactamente lo que parecía ser el registro personal de un hombre que había caminado durante varios días por una montaña y que en algún momento de la

madrugada del 17 de mayo había experimentado algo que su mente racional no podía procesar ni explicar y después de escribir esas palabras había desaparecido sin dejar más rastro que los objetos que eligió dejar atrás, como si fueran las únicas pruebas de que alguna vez estuvo ahí. Capítulo 5. Objetos sin rastro del montañista. La búsqueda se extendió durante dos semanas completas. El equipo inicial de siete personas creció hasta incluir más de 20 rescatistas entre guardaparques, guías de montaña, voluntarios con experiencia en alta altitud y dos unidades caninas adicionales traídas desde Guaraz.

Se estableció un campamento base permanente con comunicación por radio satelital y un helicóptero del ejército peruano realizó tres sobrevuelos de reconocimiento en días con condiciones climáticas óptimas. Las cámaras térmicas instaladas en el helicóptero fueron capaces de detectar pequeñas variaciones de temperatura en el suelo que pudieran indicar la presencia de un cuerpo vivo o muerto, pero no registraron ninguna anomalía significativa en un radio de 3 km alrededor del punto donde se encontró la mochila. Los sobrevuelos también permitieron descartar una de las teorías iniciales más plausibles, que el montañista hubiera caído por alguna grieta oculta o fisura profunda en el terreno.

Las imágenes aéreas de alta resolución fueron comparadas con mapas geológicos del parque y no revelaron ninguna apertura lo suficientemente grande como para que un cuerpo humano cayera sin dejar evidencia en la superficie. Las grietas visibles en la zona eran superficiales con profundidades menores a 2 m y todas fueron inspeccionadas físicamente por el equipo de rescate sin encontrar nada. Tampoco había barrancos pronunciados ni acantilados cercanos desde los cuales alguien pudiera haber caído sin que hubiera señales previas de desplazamiento hacia ese borde.

Uno de los aspectos más desconcertantes del caso fue el análisis del bastón de treking encontrado junto a la mochila. Los bastones de treking modernos están diseñados para soportar el peso del cuerpo y proporcionar estabilidad en terrenos irregulares. El bastón recuperado estaba en perfecto estado funcional, sin abolladuras, sin fracturas en las secciones telescópicas, sin desgaste excesivo en la punta de metal, pero lo más notable era la forma en que estaba clavado en el suelo. La punta había penetrado aproximadamente 8 cm entre las piedras pequeñas, una profundidad que requiere fuerza deliberada y controlada.

No era el resultado de un bastón que se cae accidentalmente o que es arrojado por el viento. Era el resultado de alguien que presiona el bastón contra el suelo con intención, como quien planta una bandera o marca un punto específico. Algunos miembros del equipo interpretaron esto como una señal, una forma de decir estuve aquí. Pero una señal para quién y con qué propósito era imposible de determinar. El segundo bastón nunca fue encontrado. El montañista llevaba un par, según constaba en la lista de equipo que había declarado al parque.

Pero solo uno apareció junto a la mochila. Se realizaron búsquedas específicas para localizar el bastón faltante, asumiendo que podría haber sido dejado en otro lugar o usado como apoyo durante algún desplazamiento posterior. Sin embargo, después de semanas de búsqueda exhaustiva, el segundo bastón simplemente no estaba en ninguna parte de la zona. Esto generó especulación. ¿Había el montañista continuado caminando con un solo bastón? ¿Lo había perdido antes de llegar al punto donde dejó la mochila? ¿O lo había llevado consigo hacia algún destino desconocido después de dejar el resto de su equipo?

La carpa que estaba guardada dentro de la mochila también fue examinada minuciosamente. No presentaba rajaduras, quemaduras ni manchas de sangre. Las varillas de soporte estaban intactas y correctamente plegadas dentro de su funda. La cremallera de la puerta principal funcionaba sin problemas. No había evidencia de que hubiera sido usada la noche del 16 al 17 de mayo, la última noche antes de la desaparición. Esto contradecía lo que se esperaría de un montañista que acampa. Normalmente la carpa se monta al final del día, se duerme dentro de ella y se desmonta a la mañana siguiente.

Pero según el estado del equipo, parecía que el hombre nunca había montado su carpa esa última noche. ¿Había caminado durante toda la noche? ¿Había decidido no dormir? O había ocurrido algo que lo llevó a guardar todo su equipo y dejarlo atrás antes de que cayera la noche. El GPS portátil se convirtió en una fuente de frustración para los investigadores. El dispositivo había sido apagado manualmente, como ya se mencionó, el 16 de mayo a las 18:47 horas. No había registro de desplazamiento posterior, pero lo que nadie podía explicar era por qué un montañista experimentado apagaría su

GPS en plena montaña, especialmente si estaba experimentando algún tipo de desorientación o confusión, como sugería su última anotación en el cuaderno. El GPS es el instrumento más confiable para saber dónde estás. Incluso si tus sentidos te dicen otra cosa, apagarlo era equivalente a cortarte tu única conexión con la certeza espacial, a menos que, por alguna razón el hombre ya no confiara en lo que el jefe S le estaba diciendo. La familia del montañista viajó desde Lima durante la segunda semana de búsqueda.

Su esposa, sus dos hijos adultos y un hermano permanecieron en Guaraz durante 5co días visitando el campamento base y hablando con los rescatistas. La esposa mencionó algo que no constaba en ningún informe oficial, pero que varios miembros del equipo recordaron después. dijo que su esposo le había comentado semanas antes del viaje que sentía una atracción especial por la cordillera blanca, algo más allá del simple interés deportivo. Le había dicho que las montañas de esa región tenían una presencia diferente, una cualidad que no sabía describir con palabras precisas.

Ella no le dio mayor importancia en ese momento, asumiendo que era simplemente la forma poética en que su esposo hablaba del paisaje. Pero después de leer el cuaderno, esas palabras adquirieron un peso distinto. El caso fue oficialmente cerrado el 8 de junio de 2017, tres semanas después del inicio de la búsqueda. El informe final del Parque Nacional Huascarán concluyó que el montañista había sufrido un accidente fatal de causa no determinada y que su cuerpo probablemente había quedado oculto en alguna formación geológica inaccesible o había sido arrastrado por un fenómeno natural no detectado.

La familia aceptó esta conclusión con resignación, aunque sin convicción total. El certificado de defunción fue emitido basándose en la ausencia prolongada y la presunción legal de muerte. Los objetos recuperados fueron devueltos a la familia, excepto el cuaderno que quedó archivado en las oficinas del parque como parte del expediente del caso. Pero incluso después del cierre oficial, algunos miembros del equipo de rescate continuaron hablando del caso en conversaciones privadas. Raúl, el guía con 20 años de experiencia, confesó meses después en una entrevista informal que ese había sido el único rescate en su carrera, donde sintió que algo fundamental no encajaba.

Dijo que en la montaña siempre hay una lógica, incluso en las tragedias. La gente cae, se pierde, sufre hipotermia, comete errores, pero siempre hay una secuencia de eventos que tiene sentido cuando se reconstruye. En este caso no había secuencia, solo había un hombre que estaba ahí y luego ya no estaba, dejando atrás un conjunto de objetos dispuestos con un cuidado que sugería intención, pero sin ninguna explicación de cuál era esa intención o hacia dónde condujo después. Y quizás lo más perturbador de todo era que el cuaderno no contenía ninguna despedida.

Si el hombre hubiera sentido que estaba en peligro mortal, si hubiera intuviviría, lo lógico habría sido dejar un mensaje final para su familia. Una última línea diciendo que los amaba, que lamentaba lo ocurrido, que no los olvidara. Pero no había nada de eso, solo esa descripción técnica y fría de algo que no debería ser posible. un sendero que se repetía, un silencio sin eco, un espacio equivocado, como si en sus últimos momentos de lucidez lo único que importaba no era despedirse de los suyos, sino documentar lo que estaba viendo, como si necesitara dejar constancia de que lo que estaba experimentando era real, aunque nadie más pudiera entenderlo.

El Parque Nacional Huascarán sigue recibiendo miles de montañistas cada año. La quebrada continúa siendo una ruta de aclimatación popular, considerada segura, transitada incluso por familias con niños durante la temporada alta. Los guías locales la recomiendan sin reservas. Los mapas oficiales no señalan ninguna advertencia especial en la zona donde se encontró la mochila. Y sin embargo, algunos excursionistas que han acampado en esa área específica, cerca de los 4550 m de altitud, han reportado experiencias que no saben cómo explicar.

Uno de ellos, un ingeniero chileno que visitó la zona en 2019, mencionó en un foro de montañismo que durante la noche escuchó su propia voz. repitiendo palabras que no recordaba haber dicho en voz alta. Otro montañista, una mujer española, escribió en su diario de viaje que al despertar en la madrugada en ese sector, sintió que el paisaje que veía por la ventana de su carpa no era el mismo que había visto antes de dormir, aunque no podía señalar qué exactamente había cambiado.

Ninguno de estos testimonios fue tomado en serio. se atribuyeron a la altitud, al cansancio, a la sugestión psicológica, pero están ahí registrados esperando a que alguien decida conectarlos. La familia del montañista desaparecido nunca volvió a la cordillera blanca. Su esposa guarda el cuaderno en un cajón de su casa en Lima. No lo ha vuelto a abrir desde que le fue devuelto. Dice que las palabras de su esposo no le traen consuelo, sino más preguntas. Preguntas que no tienen respuesta, preguntas que quizás no deberían tener respuesta.

Hay quienes creen que el hombre simplemente sufrió un episodio de desorientación aguda, que caminó en una dirección equivocada durante la noche y cayó en algún lugar donde nunca será encontrado. Hay quienes piensan que algo en su mente se fracturó a causa de la altitud, que lo que escribió en el cuaderno era el delirio de un cerebro privado de oxígeno y que después colapsó sin dejar rastro. Son explicaciones racionales, son explicaciones que cierran el caso de forma ordenada.

Pero entonces queda esa frase, “El silencio no tiene eco.” Y queda la mochila colocada verticalmente contra una roca y queda el bastón clavado en el suelo con fuerza deliberada. Y queda el GPS que marcaba la posición correcta, pero donde el terreno no coincidía. Y queda la ausencia total de huellas, de sangre, de señales de lucha o de pánico. Y queda la pregunta que nadie del equipo de rescate pudo responder satisfactoriamente. ¿Por qué un hombre experimentado enfrentando algo que claramente lo perturbaba, eligió apagar todos sus instrumentos de comunicación y orientación, guardar su equipo con cuidado y simplemente irse.

Los guardaparques del Huascarán ya no hablan del caso con visitantes. Está archivado, está cerrado, está resuelto en los términos oficiales que permiten seguir adelante. Pero de vez en cuando, cuando los grupos de rescate se reúnen en las oficinas del parque después de una jornada larga, alguien menciona al montañista que desapareció en 2017. Y siempre hay un silencio breve, un silencio que no necesita palabras, porque todos los que estuvieron en esa búsqueda saben que hay algo en esa montaña que no encaja en los manuales de rescate.

Algo que no se puede medir con GPS ni explicar con hipoxia cerebral. Algo que tomó a un hombre y no lo devolvió. Algo que dejó sus objetos atrás como recordatorio de que estuvo ahí, pero que se llevó todo lo demás, su cuerpo, su futuro, sus respuestas. Y hasta hoy nadie volvió a hablar de eso. ¿Qué crees que ocurrió en aquella madrugada del 17 de mayo cuando el sendero dejó de tener sentido y el silencio dejó de comportarse como debería?

fue el cerebro humano enfrentándose a sus límites físicos en la altitud. O fue algo más, algo que la montaña guarda y que solo revela a quienes caminan solos en la oscuridad. La cordillera blanca sigue ahí esperando silenciosa y el cuaderno sigue en ese cajón en Lima con su última página abierta. a una pregunta que nadie pudo responder.